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¿Está preocupado porque oye voces o tiene visiones que los demás no perciben? ¿Cree que hay otras personas que tratan de hacerle daño o de controlarle? ¿Cree que está sucediendo algo extraño a su alrededor que no puede explicar? ¿Le preocupa que otras personas puedan leer su mente o que alguien esté introduciendo pensamientos en su cabeza? ¿Crees que estás loco? Piénsalo dos veces proporciona una ayuda paso a paso efectiva que le ayudará a comprender sus problemas, realizar cambios positivos y promover la mejoría. Escrito por expertos en el campo, este libro le ayudará a: • Entender cómo se desarrollaron sus problemas y por qué persisten • Utilizar cuestionarios y hojas de seguimiento para identificar y registrar los cambios en los períodos entre experiencias • Aprender cómo modificar sus pensamientos, sentimientos y comportamientos Basado en técnicas clínicamente contrastadas y repleto de ejemplos sobre cómo la terapia cognitiva puede ayudar a las personas con angustiosas experiencias psicóticas, ¿Crees que estás loco? Piénsalo dos veces será un valioso recurso para las personas con psicosis.
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Anthony P. Morrison, Julia C. Renton, Paul French y Richard P. Bentall
¿CREES QUE ESTÁS LOCO? PIÉNSALO DOS VECES
RECURSOS PARA LA TERAPIA COGNITIVA DE LA PSICOSIS
Traducción deMiquel Codony Bodas
Herder
Título original: Think You’re Crazy? Think Again. A Resource Book for Cognitive Therapy for Psychosis
Traducción: Miquel Codony Bodas
Diseño de la cubierta: Claudio Bado
Maquetación electrónica: Manuel Rodríguez
© 2008, Psychology Press, miembro de Taylor & Francis Group
© 2010, Herder Editorial, S.L., Barcelona
1ª edición digital, 2014
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3039-8
Depósito legal: B-13774-2014
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
www.herdereditorial.com
A Soph y Lula,
por su contribución masiva a mi propio bienestar.
Anthony Morrison
A Lawrie, Thomas y Oliver,
con amor y agradecimiento.
Julia C. Renton
A Delia, Chloe, Nadia y Ben,
con mucho amor.
Paul French
A Aisling, Keeva y Flintan.
Richard P. Bentall
Editores
Prólogo a la edición española
¿Es posible la autoayuda en las psicosis? Jorge L. Tizón
Agradecimientos y una nota de introducción
1. ¿Qué es la psicosis?
¿Qué es la psicosis?
¿Importa el diagnóstico?
2. ¿Son anormales mis experiencias?
¿Cuál es la frecuencia de los diagnósticos psiquiátricos como el de esquizofrenia?
¿Con qué frecuencia se oyen voces?
¿De dónde vienen las voces?
¿Por qué algunas personas se sienten perturbadas por sus voces?
¿Es frecuente sentirse paranoico?
¿Con qué frecuencia se tiene otro tipo de creencias inusuales?
¿De dónde vienen las creencias delirantes?
¿Por qué algunas personas se sienten perturbadas por sus creencias inusuales?
¿Son anormales mis propias experiencias?
¿Debería buscar ayuda?
3. ¿Seré siempre así?
4. ¿Qué me está pasando?
Descomponer los problemas para entenderlos: el método de la terapia cognitiva
Las experiencias de Calvin
¿Cómo me siento?
Entonces, ¿qué papel desempeña el pensamiento?
Ideas (o cómo interpretamos los acontecimientos)
¿Cómo podemos identificar los pensamientos automáticos?
Comportamientos
5. Evaluando sus pensamientos
Evaluando la preocupación por los acontecimientos que han sucedido
Preocupación por las voces
Evaluando la preocupación por el contenido de las voces
Evaluando su preocupación por lo que las voces le ordenan
Evaluando los efectos sobre los sentimientos
Formando su propia opinión alternativa o equilibrada
La opinión alternativa equilibrada de Calvin
6. Evaluando sus pensamientos mediante la modificación de su conducta
¿Qué quiere descubrir?
Experimentos
Experimentos conductuales
7. Estrategias de afrontamiento útiles y perjudiciales
Afrontar la psicosis
Afrontar el estigma asociado con los problemas de salud mental
Afrontar la vida cotidiana
Estrategias de afrontamiento alternativas
8. Sintiéndose bien con uno mismo
¿Por qué persisten las creencias?
Identificando las creencias básicas
Evaluando creencias básicas
Ficha de creencias básicas
9. Manteniéndose bien
Aplicación práctica
Firma de recaída
Formulación
La formulación de Cath
Su formulación
10. Uso de medicamentos
Algunos antecedentes
Fármacos antipsicóticos: los hechos
Algunos mitos sobre el tratamiento antipsicótico
Comprendiendo los efectos de su medicación: obtener información
Averiguando si sus medicamentos están ayudándole
Manteniendo su tratamiento farmacológico
Decidiendo abandonar los medicamentos
11. La recuperación
El camino de Calvin hacia la recuperación
El camino de Cath hacia la recuperación
Su camino hacia la recuperación
12. ¿Quién puede ayudarme?
Otras páginas de interés
Referencias bibliográficas
Formularios
Índice temático
Anthony P. Morrison es profesor en la Clínica Psicológica de la universidad de Manchester y director asociado de los Servicios de Intervención Precoz de Bolton, Salford y Trafford Mental Health Trust.
Julia C. Renton es psicóloga clínica consultora en Bedfordshire and Luton Mental Health and Social Care Partnership Trust.
Paul French es investigador en terapias cognitivas en la universidad de Manchester y director asociado de los Servicios de Intervención Precoz de Bolton, Salfort y Trafford Mental Health Trust.
Richard P. Bentall es profesor de Psicología Clínica en la universidad de Bangor.
Jorge L. Tizón
Expresada así, la pregunta puede parecer una mera cuestión retórica o incluso una perogrullada. Rápidamente, podrá aducirse que por supuesto que en las psicosis eso es posible, como en cualquier otra situación humana. Desde la perspectiva psicodinámica-psicoanalítica se recordará que, siguiendo la tradición de Bion y Rosenfeld, es fundamental considerar que en cada paciente con psicosis existen aspectos o partes tanto «sanos» como «enfermos». Sin embargo, ese reconocimiento teórico generalizado no suele plasmarse en las prácticas técnicas ni en el día a día del tratamiento de los pacientes con psicosis: ambos campos siguen estando dominados por actitudes muy asimétricas y distantes, cuando no directamente «profesorales», controladoras, antidemocráticas y sectarias: es como si –teniendo en cuenta las indudables limitaciones cognitivas y relacionales que poco a poco van invadiendo a estos pacientes si no median activos e intensos tratamientos– se diera por supuesto que ellos no pueden hacerse cargo ni de sus vidas ni, mucho menos, de su trastorno. Y evidentemente, la psicosis supone una afectación de esas capacidades, pero ¿la experiencia clínica cuidadosa o los estudios realizados apoyan esa falta de consideración de los pacientes, esa no inclusión de sus opciones, de sus opiniones y de ellos mismos como sujetos en los planes y técnicas terapéuticas?
Otra cosa diferente es que, cuando hablamos de «autoayuda en los trastornos mentales» lo hagamos pensando que eso evita el contacto y la ayuda con otras personas, con otros sujetos y, entre ellos, con los profesionales. Esa deformación de lo que es «autoayuda», que a menudo se confunde con «auto-curación» o con «rechazo narcisista de la ayuda de los otros» o «de los profesionales» ha llevado a los autores de este volumen a recordarnos que prefieren no enfocarlo como un libro de «autoayuda». Rechazan su uso en ese sentido deformado que la «autoayuda» ha ido recibiendo entre nosotros, y postulan este volumen como una herramienta que ayude a los afectados que están haciendo una terapia con un profesional de la salud mental con una formación adecuada.
El tema posee una profundidad sociológica y clínica en la cual no podemos entrar aquí. En efecto, puede que parte de las reacciones de rechazo de la psiquiatría y la psicoterapia oficiales, habituales o dominantes, provenga de una reacción especular ante las actitudes aún tan sumamente asimétricas, cuando no dogmáticas y altaneras, por parte de esas disciplinas para los pacientes con psicosis. Por ende, porque se trata de actitudes aún mucho menos sostenibles y defendibles en un mundo dominado por Internet y los medios de comunicación (e incomunicación) de masas. ¿O es que aún nos creemos que los pacientes y sus familias no acuden a Internet en busca de las explicaciones que nuestros dispositivos de salud mental no quieren, no pueden o no saben darles? En ese sentido, si bien en Internet existen algunos «sitios» muy adecuados para tales consultas –varios de ellos citados en este libro–, la red de comunicaciones mundial se halla asimismo infestada de artículos, informaciones y explicaciones carentes de la mínima seriedad, rigor y cuidado para estos pacientes y sus familias. De ahí que concentrar en un libro aportaciones concretas para los enfermos de psicosis de cuatro profesionales y terapeutas con amplio reconocimiento en estos ámbitos posee un más que indudable valor.
Porque, a otro nivel, todavía muchos psiquiatras, libros de psiquiatría e informaciones psiquiátricas se muestran de forma auténtica transidos por una visión de esos pacientes que procede de otros tiempos y ámbitos: de las experiencias con las instituciones para pacientes con psicosis más descompensadas. Aún hoy estos pacientes deben ingresar en instituciones enormemente medicalizadas y basadas en la más radical asimetría asistencial que conocemos en el campo de los cuidados de la salud: los servicios de psiquiatría de hospital general y los de psiquiatría de hospitales monográficos. La asimetría es tan patente como que algunos de los pacientes, para ingresar, tienen que ser desprovistos incluso de algunos de sus derechos básicos como ciudadanos. Se trata de una realidad que sigue siendo indispensable en algunos ingresos, que han de hacerse en contra de la voluntad del paciente, por supuesto. El problema mayor es que luego buena parte de la pragmática de la institución y de sus profesionales mantenga en muchos otros ámbitos del cuidado de estos pacientes esas tendencias a la asimetría relacional y al control, más que al intercambio relacional o a la ayuda psicoterapéutica, como muy bien explicaban las narraciones incluidas en el libro de Hardcastle y colaboradores y en algún otro, publicados en esta misma colección. Otra consecuencia es que cada vez haya más voces psiquiátricas exigiendo el «tratamiento ambulatorio involuntario»… sin aclarar, por ejemplo, que están hablando, en pura metonimia, del «tratamiento farmacológico», como si todos aquellos no hospitalarios de las psicosis, o al menos los principales, fueran los farmacológicos (cuestión más que dudosa). Y, además, como si la aceptación mínimamente estable de un tratamiento con neurolépticos actualmente pudiera hacerse sin la colaboración de técnicas psicoterapéuticas.
Esas actitudes técnicas y profesionales, tan partidarias de la asimetría paciente/terapeuta y de los tratamientos involuntarios o poco psicológicamente motivados, han de ser discutidas hoy desde numerosos puntos de vista: político-democráticos, técnicos, teóricos, humanos… Los técnicos deberíamos mejorar nuestra sensibilidad y nuestras técnicas de trabajo para conseguir que los tratamientos que juzgamos necesarios para un paciente y su familia puedan ser aceptados por ellos como sujetos y como personas. La realidad es que en tal aceptación debería hallarse implícita la consideración del paciente completo. Y la única forma en que podemos lograrlo es apoyándonos en las partes sanas de la personalidad de los pacientes y en los elementos resilientes bien patentes de ellos mismos y de sus familias y grupos sociales, a menudo desbordados ante el impacto psicosocial desestructurante que supone la psicosis. No olvidemos que, como antes decíamos, muchos de los pacientes que actualmente muestran los síntomas de una psicosis aguda, consultan Internet y navegan por la red comunicacional, a veces, más horas al día de lo que sería recomendable. No olvidemos tampoco que muchos de esos pacientes han pasado los últimos meses o años anteriores a que su trastorno sea diagnosticado, incluso viajando por el mundo real (no digital) y realizando proyectos para empresas transnacionales, o yendo en migraciones de meses y años, atravesando países, culturas y situaciones totalmente extrañas para ellos. En ocasiones, han podido hacerlo así durante años, a pesar de su psicosis; y me estoy refiriendo a personas concretas, conocidas y tratadas por sus psicosis en algunos de nuestros dispositivos. Debería resultar evidente para nosotros la existencia de esas partes sanas, de esas capacidades de afrontamiento y resiliencia, para que hayan conseguido mantener esa vida autónoma incluso en situaciones tan estresantes durante meses y años. Es decir: que incluso en la situación de psicosis aguda y subaguda persisten capacidades y posibilidades resilientes bien patentes.
A esa parte de la personalidad de los pacientes o posibles pacientes va dirigido este libro. No a la persona que aún protagoniza los libros de la psiquiatría más oficialista, los manuales de las técnicas e instituciones de la psiquiatría clásica y/o incluso la imaginería popular, sino a los pacientes que, antes o después del primer episodio de psicosis aguda, han vivido años y seguirán viviendo decenios con esas tendencias ambivalentes dentro de ellos: a la integración y a la desintegración, al contacto y al aislamiento, a la mentalización y a la desmentalización... Hemos de considerar que la única forma de atender esas tendencias patológicas son las que les proporcionamos desde fuera, ¿les damos unas técnicas supuestamente preparadas para hacerlo? Evidentemente no, y ése es el punto de partida de este libro.
Si abandonamos la seudoseguridad de las teorías y técnicas hasta ahora frecuentemente desplegadas para «tratar» las psicosis y tratar acerca de ellas, tenemos mucho que aprender de los métodos de contención y resiliencia que esos pacientes y sus familias se aplican durante años. Pero para ello, deberíamos forzarnos a un cambio de perspectiva teórico-técnica que no todos podemos o deseamos realizar: abandonar el pesimismo terapéutico que ha regido en nuestra aproximación a esos trastornos (posiblemente influido por el modo de nuestras instituciones para tratarlos, así como por el hecho de que comenzamos a tratarlos años o decenios después de que el trastorno haya comenzado); abandonar las actitudes antidemocráticas, excesivamente asimétricas o autoritarias en las aproximaciones profesional-consultante, salvo en contadas situaciones de urgencia y puntuales; replantearnos el tipo y organización de nuestras instituciones actuales para atenderlos, tanto hospitalarias como extrahospitalarias, a menudo estereotipos de acartonamiento, inmovilismo y totalitarismo donde los haya… Por ejemplo, ya es hora de que esas instituciones tan medicalizadas y jerarquizadas que hemos creado durante el siglo xx dejen de seguir llamándose y construyéndose como hospitales y en hospitales: «servicios de internamiento hospitalarios», «hospitales psiquiátricos» (cuando son residencias biológicamente asistidas), «hospitales de día» (cuando son o deberían ser instituciones para tratamientos psicosociales intensivos), etcétera. Porque seguimos llamándolas así incluso cuando los tratamientos que aplican son fundamentalmente psicológicos y psicosociales, como en muchos de los mejores «hospitales de día»… Parece evidente que, salvo en el caso de unidades superespecializadas para un número seleccionado de sujetos con gran componente biológico en su situación patológica, las instituciones psiquiátricas hospitalarias que hoy siguen dominando la asistencia deberían ser sustituidas paso a paso por servicios comunitarios psicosocialmente integrados (proactivos y orientados a la detección y atención precoces, a la ayuda a las familias y a los grupos sociales con riesgo de psicosis), por residencias para crisis, por residencias «a medio camino» y alojamientos asistidos, etcétera. Ésa es la «cuarta reforma de la atención psiquiátrica», que hoy considero cada vez más urgente poner en marcha y en la cual, posiblemente, los sistemas biológicos de tratamiento han de cumplir una función, pero mucho menos dominante y excluyente de la que poseen en la actualidad. Por supuesto que, en esa alternativa, la perspectiva biológica de la psiquiatría –y las empresas que la fabrican– deberán aceptar estar integradas en el conjunto de actividades y equipos comunitarios, integradores de lo biológico, lo psicológico y lo social, para la atención a este tipo de pacientes (y a sus familias).
Desde esa perspectiva alternativa, han escrito Morrison, Renton, French y Bentall el libro que el lector tiene entre sus manos: para dar herramientas, medios de comprensión, afrontamiento y resiliencia al propio paciente y a su familia. Un trabajo que creo que es cada vez más útil. Un trabajo que no es nuevo, puesto que allá por los años setenta del siglo xx intenté contribuir al mismo cuando me atreví a escribir un libro con esos objetivos.1 Pero el volumen que el lector tiene entre sus manos posee un enfoque diferente, desde luego: mucho más práctico al tiempo que más actualizado y orientado, además, por una de las perspectivas de la psicología actual más avanzada en la defensa de otra consideración para las psicosis: la perspectiva o paradigma cognitivo-conductual.
Más de un clínico o autor, tanto de orientación psicoanalítica o psicodinámica como incluso del mismo modo de pensar teórico de los autores, podría tachar esta obra de «superficial, en exceso optimista, hipomaníaco o (incluso) peligroso»… Cierto que algunos pacientes con psicosis tal vez tomen alguna de sus páginas e indicaciones de forma que pueda favorecer el trastorno o hasta de manera que dificulte la relación con sus terapeutas. Es un peligro real, como en muchos otros libros de divulgación y manuales de autoayuda o como el mismo Internet.
Pero, nuevamente, tal vez parte de esos temores se hallan aún demasiado lastrados por una perspectiva muy asimétrica con respecto a las capacidades mentales y de juicio de la realidad de los pacientes con psicosis y, sobre todo, por una perspectiva individualista de su tratamiento, no basada en auténticos equipos integrados que usen los medios comunitarios para ayudar a estos pacientes. Algunas de esas críticas parten quizás de una perspectiva científica que considera las psicosis tan sólo como «enfermedades genéticas del cerebro» y no como trastornos profundos de la vivencia y de las relaciones del sujeto.
A menudo, los libros y trabajos que proporcionan técnicas y herramientas para que el sujeto pueda hacerse cargo al menos de una parte de sus enfermedades o trastornos, y más en el ámbito del trastorno mental, son criticados desde diversas perspectivas, con la idea de que pueden facilitar que la información o las recomendaciones contenidas en los mismos alimenten la delusión,2 el autoengaño y los mecanismos de defensa psicóticos. Pero si contamos con equipos integrales, interprofesionales e interparadigmáticos, bien en contacto con la comunidad, tal vez esos profesionales y equipos pueden contrarrestar (o ayudar a hacerlo) incluso el englobamiento o la utilización de estas propuestas por la parte psicótica de la personalidad de los lectores –suponiendo que, previamente, antes, tal dinámica haya desbordado sus partes sanas, sus capacidades de juicio y resiliencia.
Por otra parte, para los profesionales y técnicos potencialmente lectores, si parten de esa otra perspectiva o de esas posibilidades, un libro como el aquí se presenta puede cobrar incluso nuevos sentidos: por ejemplo, podría ser utilizado por otros miembros de los equipos comunitarios o de la propia comunidad para ayudar a las personas afectadas… Aunque de entrada, esta posibilidad resulte extraña o poco probable, y más en algunos países como el nuestro, cuyos servicios se hallan en exceso centrados en los fármacos y en perspectivas biológicas…
Pero otras perspectivas son posibles, otros mundos son posibles. Máxime por el optimismo y la frescura con que escriben Morrison, Renton, French y Bentall, haciéndonos acompañar a Calvin y Cath en sus experiencias, sentimientos, pensamientos, delusiones y alucinaciones, y formas de afrontar y contenerlas…
Optimismo, frescura y utopía no son sinónimos de ingenuidad y peligro, como a menudo tenemos tendencia a sentir (o incluso a creer). Ciertamente, un paciente que haya leído este libro puede negar o denegar más la «enfermedad» y, posiblemente, preguntará y dudará de más afirmaciones y prescripciones de algunos de sus cuidadores, lo cual puede resultar negativo para su tratamiento, desde luego. Pero tal vez, sobre todo, se opondrá más fundamentadamente a una psiquiatría anencefálica, a una psiquiatría sin consideración del sujeto, y eso significará más problemas para las descripciones y sentencias dogmáticas que hoy dominan la psiquiatría «oficial».
La capacidad de autonomía, pensamiento y actitudes autónomas es uno de los componentes de la definición de salud integral, casi desde cualquier perspectiva actualizada. ¿En virtud de qué «apriorismos» teóricos y pragmáticos hemos de pensar que ese aspecto de la salud no es aplicable a la capacidad que el propio paciente con psicosis posee (o no) para comprender partes de su propio trastorno e incluso para afrontarlas?
Una perspectiva biologista o incluso sociologista tal vez pueda descuidar ese elemento de la salud y esa necesidad de que el paciente se haga cargo, en la medida de lo posible, de su trastorno. Una perspectiva psicoterapéutica y una perspectiva integradora, nunca.
Jorge L. Tizón
Neuropsiquiatra, psicólogo, psicoanalista, director del equipo de Prevención en Salud Mental EAPPP (Equip d’Atenció Precoç als Pacients en risc de Psicosi). Institut Català de la Salut
Gran parte de este libro tiene una deuda con el trabajo realizado por muchos clínicos e investigadores. Especialmente, nos gustaría expresar nuestro agradecimiento a Tim Beck por desarrollar la terapia cognitiva en primer lugar, y a Dennis Greenberger y Christine Padesky por escribir El control de tu estado de ánimo, que supone una herramienta especialmente útil tanto para terapeutas cognitivos como para pacientes y que, en verdad, ha servido de inspiración para este libro. También nos gustaría expresar nuestro agradecimiento a nuestros colegas en los campos de la terapia cognitiva y la psicosis, cuyo número es demasiado grande para mencionarlos individualmente. Para acabar, agradecemos a los usuarios de nuestros servicios y a sus familias la gran cantidad de información que nos han proporcionado a lo largo de los años respecto a los mejores métodos para conseguir que nuestro enfoque sea alcanzable. Esperamos que este texto esté a la altura de la ayuda que nos prestaron y haga que la terapia cognitiva sea más accesible para las personas que sufren angustiosas experiencias psicóticas. Su propósito no es ser un libro de autoayuda, sino una herramienta que ayude a los afectados cuando reciben terapia cognitiva de un profesional de la salud mental con una formación adecuada. Eso no quiere decir que esta publicación no deba ser leída por aquellas personas que no estén recibiendo terapia, pero es más probable que resulte de utilidad si hay alguien que las aconseje y que las guíe a través de los capítulos.
Calvin es un joven de veintiséis años. Desde los dieciocho, a menudo cuando no hay nadie a su alrededor, oye voces que sólo él puede escuchar. La mayoría de las veces, esas voces parecen proceder de algún lugar cercano situado a su izquierda, pero en otras ocasiones parece que el origen esté justo detrás de su frente. Pueden aparecer en cualquier momento del día, aunque lo más frecuente es a última hora de la tarde o al anochecer. A veces pasan hasta diez días sin que las oiga, pero en otras ocasiones le atormentan durante horas. Su volumen y su claridad también varían, oscilan desde un leve balbuceo de difícil comprensión hasta una voz tan clara como la de alguien que estuviera sentado justo a su lado. Ha intentado buscar diversas explicaciones al porqué de esas voces. En algunas ocasiones culpa a Dios o al diablo, en otras (normalmente después de una de sus reuniones habituales con su psiquiatra o con el profesional comunitario de enfermería psiquiátrica) intenta aceptar que algo funciona mal en su cerebro, aunque esa explicación nunca le convence por completo. Siguiendo el consejo de su médico, ha tratado de no hacer caso a las voces, pero con frecuencia le resulta imposible. Cuando éstas son muy angustiantes procura enfrentarse a ellas volviendo a su piso, tumbándose en la cama, poniéndose los auriculares y escuchando música con el volumen elevado.
Las voces no siempre le han alterado tanto. De hecho, cuando aparecieron por primera vez eran bastante reconfortantes. Le hablaban de la terrible época de su infancia durante la cual sufrió abusos sexuales, le decían que no había sido culpa suya y que no tenía nada de lo que avergonzarse. Siendo vagamente consciente de lo poco corriente de su experiencia, guardó silencio acerca de esto. Las voces hacían su aparición siempre que se sentía especialmente infeliz y le levantaban el ánimo. Sin embargo, todo cambió cuando, a los veintidós años, Calvin se peleó con un empleador que se había metido con él utilizando insultos racistas. Después de meses de tormento, cedió al final a la provocación, arremetió contra el hombre y lo golpeó. En consecuencia, éste llamó a la policía. Al ser interrogado, Calvin habló abiertamente de las voces por primera vez y sin pensarlo bien con el médico de la policía, que había sido llamado a la comisaría para examinarlo. Debido a ello, fue «detenido en contra de su voluntad» según el artículo 22 de la Mental Health Act (Ley de Salud Mental), y se le obligó a recibir medicación antipsicótica. Fue una experiencia horrible. Tras rechazar el tratamiento, el personal de enfermería lo inmovilizó y le administró una dolorosa inyección en la nalga. El incidente fue muy traumático y le recordó algunas de sus experiencias anteriores, especialmente la violencia y los abusos a que se había visto sometido durante su vida en un hogar de acogida.
Después de su estancia en el hospital, las voces de Calvin se volvieron cada vez más críticas. Hablaban de él de forma negativa o le criticaban directamente. Durante los últimos años ha tomado la medicación de forma intermitente. No obstante, hace unos meses y debido a las frecuentes visitas de su enfermera psiquiátrica comunitaria, Calvin ha tomado el medicamento con regularidad. Tiene sentimientos encontrados respecto al tratamiento, porque, por un lado, no está del todo seguro si quiere que las voces desaparezcan (curiosamente, a menudo se siente aburrido y solo después de períodos prolongados sin ellas) y, por otro, porque cuando toma los fármacos, se siente muy aletargado, desmotivado y emocionalmente aplastado.
A muchos usuarios de los servicios de salud mental, a sus familias y a los profesionales que se ocupan de ellos, las experiencias de Calvin les resultarán muy familiares. Pese a esta familiaridad, también pueden parecer las desconcertantes pruebas de una mente que ha perdido contacto con la realidad. Es bastante frecuente que las personas que oyen voces se sientan amenazadas por ellas y teman estar deslizándose por una pendiente que sólo puede acabar en la locura absoluta. De hecho, en ocasiones Calvin se ha preguntado si está sufriendo un lento deterioro y se ha comparado con un anciano tío suyo al que, hace algunos años, vio derivar hacia la demencia y, al final, hacia la muerte. Los amigos y los familiares de Calvin también sienten temor por lo que le deparará el futuro. A su madre le preocupa, en especial, que pueda volverse violento e incontrolable; con frecuencia ve en la televisión muchos casos de pacientes psiquiátricos que atacan a otras personas, e incluso llegan a asesinar a desconocidos.
En este sentido, el personal psiquiátrico que se ha ocupado de Calvin durante estos años no siempre ha sido de ayuda. Algunos de los psiquiatras a quienes ha visitado le han dicho que sufre «esquizofrenia», y otros que tiene una «psicosis paranoide», pero ninguno le ha explicado el significado de estos términos. El hecho de que diferentes psiquiatras no parezcan estar completamente de acuerdo entre sí ha alimentado sus dudas acerca del tratamiento propuesto. Para aumentar más su confusión acerca de este tema, Calvin es consciente de que otras personas que han recibido estos mismos diagnósticos parecen tener problemas muy diferentes a los suyos.
Cath es una mujer de cuarenta y un años con dos hijos adultos, que ha estado en contacto con los servicios de salud mental durante más de la mitad de su vida. Sus problemas comenzaron hace veintidós años, justo después del nacimiento de Steven, su primer hijo, cuando empezó a creer que los servicios sociales la estaban espiando. Se negaba a abandonar su domicilio porque temía que planearan quitarle al niño. Al final, su pánico remitió y dos años después nació su hija Claire.
Después del segundo nacimiento, todos los temores de Cath reaparecieron y se volvieron más intensos que nunca. Convencida de que los trabajadores sociales la espiaban a través de las ventanas de su casa, e incluso a través del televisor, corrió las cortinas y se negó a salir al exterior para que no le arrebataran a sus hijos. Ni siquiera cogía el teléfono. Cuando una enfermera del distrito fue a su casa para comprobar el estado de los niños y ella le prohibió la entrada, se llamó a un psiquiatra y, finalmente, Cath fue ingresada en un servicio de psiquiatría. No sorprende que esa experiencia sirviera para reforzar los temores de Cath. Ninguno de los intentos de su esposo o del personal de enfermería por tranquilizarla pareció ayudarla.
Los problemas de Cath han persistido a lo largo de los años y actualmente cree que la policía trabaja en colaboración con los servicios sociales locales para procesarla. Está convencida de que, en las raras ocasiones en las que abandona el domicilio, los policías entran en su casa y reordenan objetos –adornos y pequeñas piezas del mobiliario– como recordatorio de que está siendo vigilada. Durante las pocas veces que sale, Cath va cabizbaja, mira hacia el suelo y cuenta mentalmente para evitar que agentes de policía y trabajadores sociales lean sus pensamientos.
Después de más de dos décadas con estos problemas, la relación de Cath y su marido está peor que nunca. A menudo, él le reprocha que no fuera una buena madre y que él tuviera que llevar la carga de criar a sus hijos. También le dice que, ante todo, debería sentirse agradecida de que él se casara con ella (el matrimonio se celebró de forma apresurada, tras descubrir que Cath estaba embarazada). Como si quisieran confirmar la mala opinión sobre ella, Steven y Claire no se esfuerzan por ocultar cuán difícil les resulta verla, y a pesar de vivir en la misma población, la visitan, como mucho, una vez al mes.
Al igual que Calvin, Cath ha recibido varios diagnósticos, entre los cuales se incluyen el de «psicosis puerperal» (el diagnóstico que recibió tras el nacimiento de Steven), «depresión psicótica» y «esquizofrenia paranoide». Está aún más convencida que Calvin de que los profesionales psiquiátricos no comprenden realmente lo que le ha sucedido, y la falta de una explicación convincente a sus problemas ha alentado su creencia de ser víctima de algún tipo de conspiración.
Se han utilizado muchas etiquetas (por ejemplo «esquizofrenia», «paranoia» y «psicosis») para describir los tipos de problemas sufridos por Calvin, Cath y los millones de personas en el mundo que padecen un cuadro parecido al suyo. Un problema que tienen muchos afectados que reciben atención psiquiátrica es que no existe una fuente de información fácilmente accesible que les permita obtener una explicación de estos términos o saber qué pueden esperar de su tratamiento psiquiátrico. A pesar de que en Internet existen algunos sitios útiles, la mayoría de ellos son difíciles de leer y, en ocasiones, algunos de ellos parecen contradecirse. Hay muy pocos libros que proporcionen información sobre la enfermedad mental presentada de una forma clara. Si tienen suerte, los pacientes pueden dar con un psiquiatra, un psicólogo o un profesional de enfermería psiquiátrica que dedique algo de tiempo a hablar sobre sus experiencias, pero los sobrecargados servicios de psiquiatría no siempre proporcionan este tipo de ayuda. Ésta es una de las razones por las que hemos redactado este libro.
Puede resultar útil que empecemos por destacar que las diferentes etiquetas que emplean los profesionales de la salud mental al hablar de las dificultades de sus pacientes han sido objeto de una evolución histórica, a medida que distintos psiquiatras y psicólogos se han esforzado por hallar la manera de describir los síntomas de sus pacientes. Consecuentemente, cuando el personal de la salud mental utiliza diferentes términos (por ejemplo, cuando una enfermera se refiere a un paciente diciendo que sufre de «psicosis» y otra lo califica como «esquizofrenia»), en general no pretende hacer referencia a cosas diferentes. Por ello no debería darse una importancia excesiva a los términos que utilizan psiquiatras, psicólogos y enfermeras respecto a sus pacientes (aunque diferentes profesionales pueden no estar de acuerdo en cuáles son las causas de las dificultades de los pacientes, como comentaremos en secciones posteriores del libro).
El término más amplio que se utiliza para describir el tipo de problemas experimentado por Calvin y Cath es psicosis
