9,99 €
Más de nueve millones de alemanes entre soldados y civiles murieron como resultado de las políticas llevadas a cabo por los aliados en los cinco años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muertes que aún son ignoradas, cuando no negadas, por los gobiernos occidentales. Crimen y perdón es una historia extraordinaria de lo que le pasó a esta gente y por qué. James Bacque ha tenido acceso a los archivos del KGB recientemente abiertos en Moscú, así como a la información desclasificada de la Hoover Institution, y en ella ha podido encontrar pruebas de la aniquilación masiva de prisioneros, tanto en la carretera como en campos de prisioneros aliados. Pero este libro también habla de los extraordinarios esfuerzos hechos por un grupo de líderes occidentales que ayudaron a los alemanes en un programa de asistencia alimenticia que salvó millones de vidas alrededor del mundo durante los tres años de hambruna. Nunca antes se ha conocido una revancha como esta. Nunca antes se ha mostrado tanta compasión.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2015
PAPELES DEL TIEMPO
www.machadolibros.com
CRIMEN Y PERDÓN
El trágico destino de la población alemana bajo la ocupación aliada (1944-1959)
James Bacque
Traducción de Eric Jalain Fernández
PAPELES DEL TIEMPO
Número 27
Título original:Crimes and mercies
© 1997 by James Bacque © de la traducción: Cooperativa Aeiou Traductores, 2013
© Machado Grupo de Distribución, S.L.
C/ Labradores, 5 Parque Empresarial Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (MADRID)[email protected]
ISBN: 978-84-9114-078-8
Lista de ilustraciones
Prólogo,por Alfred de Zayas
Introducción
I.Un estado pirata
II.¿Lecciones aprendidas?
III.«De donde ningún prisionero regresa»
IV.Unas vacaciones en el infierno
V.Y las iglesias ondeaban banderas negras
VI.Muerte y transfiguración
VII.La victoria de la compasión
VIII.Historia y olvido
Anexos
Bibliografía seleccionada
Dedicado a Herbert Hoover y al reverendo John F. Davidson
Siglas
CFM
Council of Foreign Ministers(«Consejo de ministros de Exteriores»)
CRS
Congressional Record of the Senate(«Registro parlamentario del Senado»)
CSSA
Central State Special Archive(Moscú) («Archivos especiales del Estado central»)
FEC
Famine Emergency Committee(«Comisión de emergencia contra el hambre»)
HIA
Hoover Institution Archive(Stanford) («Archivos del Instituto Hoover»)
LC
Library of Congress(Washington) («Biblioteca del Congreso»)
NAC
National Archives of Canada(Ottawa) («Archivo nacional de Canadá»)
NARS
National Archives and Record Service(Washington y Maryland) («Archivo nacional y servicio de registro»)
OMGUS
Office of the Military Governor(Estados Unidos)(«Oficina del gobernador militar de Estados Unidos»)
PRO FO
Public Records Office, Foreign Office(Londres)(«Oficina pública de registro, Ministerio de Exteriores»)
RG
Record Group(«Grupo de registros»)
Página 34
Mapa que muestra la división y control de Alemania inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Fuente:The Oder-Neisse Problem, Friedrich von Wilpert (Bonn, Atlantic-Forum, 1962).
Página 35
Mapa que muestra la expulsión de los alemanes de sus hogares en el Este. Fuente:The Oder-Neisse Problem, Friedrich von Wilpert (Bonn, Atlantic-Forum, 1962).
Páginas 96-97
El ejército estadounidense ordenó a los ayuntamientos alemanes que advirtieran a los ciudadanos que llevar comida a los prisioneros constituía un delito castigado con la muerte. Esta circular fue hallada, en los ochenta, en los archivos del pueblo de Langenlonsheim, por Jakob Zacher.
Páginas 186-187
Nota impresa dirigida a los alemanes expulsados de Kraslice, en los Sudetes, República Checa. Fuente: Sudetendeutsches Bildarchiv, Munich.
Página 231
Este memorando de Robert Murphy, principal consejero político del gobernador militar estadounidense en Alemania desde 1945, ha sido mantenido en secreto hasta los noventa. Murphy predijo que las muertes iban a superar en 2 millones a los nacimientos. Fuente: Instituto Hoover, Stanford.
1. Henry Morgenthau, secretario de Economía. Su plan de desmantelamiento de la industria alemana provocó la muerte de millones de alemanes hasta años después de haber finalizado la guerra. (Ejército de EEUU.)
2. La Conferencia de Potsdam en el verano de 1945, donde se aprobó el traslado de millones de alemanes de Polonia, Checoslovaquia y Hungría. Truman está situado en primer plano, dando la espalda a la cámara; Stalin está sentado más al fondo, a la derecha, y Churchill, a la izquierda. (Ejército de EEUU.)
3. El presidente estadounidense Harry Truman (izquierda) saluda a Herbert Hoover el 28 de mayo de 1945, antes de una reunión de tres cuartos de hora para hablar sobre una campaña mundial de ayuda alimenticia. (Acme International/Archivo Bettman.)
4. En septiembre de 1945, el secretario de Defensa estadounidense Robert Patterson y el presidente Truman estaban al mando de la más poderosa máquina bélica de la historia de la humanidad. Decidieron utilizarla para llevar a cabo una enorme campaña de ayuda humanitaria. (Biblioteca del Congreso de EEUU.)
5. Norman Robertson, vice-secretario de Exteriores de Canadá, gestionó el programa de ayuda humanitaria canadiense desde 1945. Más tarde, se convirtió en embajador en los Estados Unidos. (Herb Nott/Archivo de Ontario.)
6. William Lyon Mackenzie King, primer ministro de Canadá. Trabajó con Norman Robertson y con Herbert Hoover para hacer llegar trigo canadiense a poblaciones amenazadas por el hambre en todo el mundo. (Gilbert Milne/Archivo de Ontario.)
7. Dibujo realizado por Kurt Spillman, prisionero en el campo de Thorée-les-Pins, cerca de La Flèche, a comienzos de la primavera de 1945. «Llegamos hacia las seis de la mañana, en medio de una tormenta de nieve. Los muertos que yacen a la derecha son camaradas que se han asfixiado durante el viaje. Las tropas de apoyo francesas nos golpean mientras los soldados estadounidenses observan.» (Kurt Spillman.)
8. Campo estadounidense de Sinzig, en el Rin, cerca de Remagen, en la primavera de 1945. Millones de prisioneros del Eje fueron concentrados como ganado en campos descubiertos y mantenidos ahí durante meses sin suficiente comida, agua ni refugio. (Ejército de EEUU.)
9. Vista aérea del tristemente famoso campo ruso de Vorkuta, a casi tres mil kilómetros al noreste de Moscú, entre el mar de Barents y las montañas del norte de los Urales. (Intituto Hoover.)
10. En estas pequeñas hojas (tamaño natural) se apuntaron nombres de prisioneros austríacos muertos. Rudolf Haberfellner (actualmente residente en Toronto) arriesgó su vida para sacar esta lista de su campo de Novo Troitsk, URSS. (Rudolf Haberfellner.)
11. Los aliados privaron a Alemania de fertilizantes químicos, por lo que este granjero utiliza estiércol líquido, cerca de Bamburgo. Las vacas que tiran de los toneles de madera también aportaban leche y, cuando se hacían demasiado viejas para seguir trabajando, carne para los hambrientos. (Ejército de EEUU.)
12. Abril de 1946: ingenieros alemanes son obligados a desmontar una central eléctrica en Gendorf para enviarla a la URSS en concepto de reparaciones de guerra. (Ejército de EEUU.)
13. Enero de 1946: civiles en Kiel se dedican a desescombrar frente al Empire Building, donde los británicos establecieron su servicio de asistencia a sus militares. (Gerhard Garms.)
14. Manifestación en Kiel contra las excesivas restricciones impuestas por los aliados, que contribuyeron a la escasez de alimentos en 1947. Las pancartas dicen: «Pedimos control del reparto de alimentos»; «Castigos más duros contra el mercado negro»; «Pedimos comida suficiente para todo el mundo»; y «Dejad de desmantelar. Queremos trabajar». (Gerhard Garms.)
15. Hamburgo, 1946: un niño alemán, con los pies desnudos, hurgando en busca de comida. (Archivo Gollancz, Universidad de Warwick.)
16. El filántropo y editor británico Victor Gollancz denunció de forma apasionada los crímenes aliados. Esta foto lo muestra en su visita a la zona británica de Dusseldorf en 1946. (Archivo Gollancz, Universidad de Warwick.)
17. Una enfermera británica en Berlín atiende a tres niños alemanes refugiados expulsados de un orfanato de Danzig, Polonia. El niño de la izquierda, de nueve años, pesa 18 kilos y está demasiado débil para sostenerse solo. El niño del centro tiene doce años y apenas pesa 21 kilos y su hermana de ocho años, a la derecha, apenas pesa 17 kilos. Esta fotografía se publicó por primera vez en la revistaTimeel 12 de noviembre de 1945. (Black Star/revistaTime.)
18. Siete bebés desnutridos en el hospital católico infantil de Berlín, en octubre de 1947. El bebé de la derecha está a punto de morir. (Ejército de EEUU.)
19. Cartel canadiense pidiendo contribuciones para ayudar a salvar las vidas de niños en Alemania; no tiene fecha, pero probablemente sea de 1947. (Archivos Nacionales de Canadá.)
20. En 1946, la señora Hugh Champion de Crespigny (en el centro), esposa del delegado regional británico de Schleswig-Holstein, colabora en las celebraciones navideñas de los niños refugiados instalados en el centro de convalecencia, establecido en un ala de su residencia oficial en Kiel. (Gerhard Garms.)
21. Niños asomando de unas ruinas. Numerosas familias de ciudades alemanas arrasadas habitaron durante años sótanos húmedos y sin calefacción. (Alfred de Zayas.)
22. Refugiados del Este, que han abandonado sus hogares con escasas pertenencias y apenas o ningún medio de transporte, pasan por delante de vehículos del ejército de EEUU. (International News.)
23. Mujeres y niños desplazados se trasladan lentamente, en carros tirados a caballo o bien a pie, por la carretera cercana a Wurzen. (Ejército de EEUU.)
24. Alemania, 1946: literas y mobiliario improvisado en un atestado barracón de refugiados. (Comité Internacional de la Cruz Roja.)
25. El primer paquete de comida que se permitió enviar desde Estados Unidos llegó a Berlín el 14 de agosto de 1946, a casa de Heinz Lietz. Numerosos alemanes morían de inanición mientras se prohibía la distribución de este tipo de ayuda. (Ejército de EEUU.)
26. La leyenda escrita a mano de esta fotografía dice: «“El pan nuestro de cada día” en Berlín. Gracias a la providencia de Dios y a la Cruz Roja holandesa que ha distribuido harina y otros deliciosos alimentos del MCC [Comité Central Menonita] a los refugiados menonitas en Berlín.» (Peter Dyck.)
27. Una anciana refugiada recoge leña para cocinar la escasa comida distribuida en parte por los menonitas de Canadá y de Estados Unidos. (Peter Dyck.)
28. El menonita estadounidense Peter Dyck ayuda a un joven muchacho expulsado del Este. (Peter Dyck.)
29. El estadounidense Cornelius Dyck, primer miembro del Comité Central Menonita en entrar en la zona británica a finales de 1946. El Comité aportó una ayuda inestimable distribuyendo paquetes de comida en Schleswig-Holstein, donde la población se había incrementado en un 70% tras la llegada de expulsados y refugiados. (Gerhard Garms.)
30. Mapamundi dibujado por un niño alemán hacia 1948 mostrando la ruta de la «comida Hoover» por tren desde Canadá, Estados Unidos y México y a través del Atlántico hasta Hamburgo. (Instituto Hoover.)
La injusticia nos ha acompañado desde tiempos inmemoriales, y nos seguirá acompañando mientras la humanidad exista. Hace ya dos milenios, los romanos señalaron una idea que incluso entonces ya era una obviedad:homo homini lupus. El hombre es, en efecto, un lobo para los demás hombres.
El sigloXVIIsufrió la «Guerra de los Treinta Años» (1618-1648), con sus enormes masacres de población civil. Tan solo en Alemania, un tercio de la población murió en nombre de la religión. Pero Europa ha sufrido muchos otros genocidios, guerras fraticidas y catástrofes. Recordemos, por ejemplo, la Cruzada albigense, lanzada por el Papa Inocencio III en 1209 contra los herejes maniqueos en el sur de Francia, durante la cual se exterminaron ciudades enteras en nombre de la «fe verdadera» (tan solo en Beziers, asesinaron a 20.000 hombres, mujeres y niños), a la que siguió el establecimiento de la Inquisición, la difusión de la aplicación de la tortura para obtener confesiones y/o abjuraciones e innumerables carnicerías de herejes recalcitrantes, entre ellas el «Bûcher de Montségur» en 1248, donde 200 líderes cátaros fueron quemados vivos.
La guerra, el hambre y la muerte también han azotado al sigloXX. De hecho, las llamadas dos Guerras Mundiales de la primera mitad de siglo podrían denominarse perfectamente «nuestra propia Guerra de los Treinta Años», iniciada en 1914 con el asesinato en Sarajevo del heredero del trono austríaco y terminada en 1945 con las bombas atómicas estallando en Hiroshima y Nagasaki.
James Bacque también aborda algunos de los crímenes del sigloXX. ¿Cómo hemos sido capaces de olvidar nuestros principios democráticos, nuestros valores judeo-cristianos de amor, solidaridad y perdón? Bacque nos muestra que, tanto en la guerra como en la paz, el sufrimiento es una experienciapersonal, no de grandes cifras. Nos desvela unas horrorosas estadísticas sobre las calamidades infligidas a los alemanes por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, pero nos pide que personalicemos todo ese sufrimiento, que seamos capaces de ver que tras las frías estadísticas hay carne y sangre, so pena de acabar siendo tan fríos e indiferentes como los propios números.
Los hechos son tan pavorosos que cuesta creerlos. Mis propias investigaciones publicadas enThe German ExpelleesyNemesis at Potsdamrevelan las terribles magnitudes estadísticas asociadas a la expulsión masiva de quince millones de alemanes de las provincias orientales y de los Sudetes hacia las zonas occidentales ocupadas durante el período de 1945-1950. Se estima que por lo menos 2,1 millones de personas murieron. El canciller Adenauer mismo escribió en sus memorias que habían perecido seis millones de alemanes. Y el gobierno de Alemania (occidental), bajo la presidencia precisamente de Adenauer, determinó en 1950 que 1,4 millones de prisioneros de guerra aún no habían regresado a sus casas1. Al día de hoy, siguen desaparecidos. Bacque desveló su destino en su libroOther Losses(1989). Y, ahora, saca a la luz las pruebas de que por lo menos cinco millones de alemanes fueron exterminados por el hambre durante la ocupación aliada tras la guerra. Estas cifras resultan tan tremendas, que el propio autor envió el borrador completo del libro a un epidemiólogo mundialmente famoso, que yo conocí cuando él trabajaba en Ginebra como asesor especial de la Organización Mundial de la Salud. Se trata del doctor Anthony B. Miller, director del departamento de medicina preventiva y de bio-estadística de la Universidad de Toronto. Miller leyó todo el trabajo, incluyendo su documentación, y comprobó sus estadísticas, las cuales, en palabras suyas: «confirman la validez de los cálculos [de Bacque] y demuestran que algo más de cinco millones de civiles alemanes murieron en toda Alemania durante el período de posguerra de acuerdo con el censo de 1950, muy por encima de los fallecimientos oficialmente admitidos. Dichas muertes parecen el resultado, directo o indirecto, de un racionamiento alimenticio de hambruna, al que estaba sometida la mayoría de la población alemana durante este período de tiempo».
Tras la caída del comunismo, Bacque visitó los archivos de la KGB en Moscú, donde halló nuevas pruebas de las asombrosas cifras de muerte publicadas enOther Losses. Estos archivos contienen documentos que revelan algunos de los peores crímenes del sigloXXcometidos por los soviéticos. Resulta sorprendente que tales pruebas no fueran inmediatamente destruidas, sino, al contrario, cuidadosamente conservadas. En su libro tituladoLenin, el historiador ruso Dimitri Volkogonov escribe: «Lenin no hizo nada para detener los crímenes cometidos contra hombres y mujeres con edades comprendidas entre catorce y setenta años, simplemente apuntaba “Al archivo” en el documento, estableciendo así la costumbre de registrar y archivar todas las actuaciones del régimen, por muy brutales,crueles e inmorales que fueran, y dejando así para la posteridad una historia que jamás sería escrita mientras el régimen durara»2. Ahora Bacque ha podido acceder a estos documentos, junto a otros recientemente desclasificados en los archivos del Instituto Hoover en Stanford y en la Biblioteca del Congreso, para determinar el destino de la mayoría de los civiles alemanes, aparte de los expulsados y de los prisioneros de guerra.
Los documentos más importantes pertenecían a un hombre que yo he conocido y admirado, a Robert Murphy, un estadounidense responsable, honrado y de gran corazón, que fue el representante diplomático del gobierno de EEUU en el gobierno militar en Alemania desde 1945 en adelante. El embajador Murphy fue un testigo apesadumbrado de la venganza infligida a los alemanes bajo la JCS 1067, la principal directiva estadounidense sobre la política de ocupación que siguió al supuestamente descartado Plan Morgenthau. En esta documentación, que hasta donde Bacque ha podido saber es la primera vez que se publica, Murphy señalaba en 1947 que, «atendiendo a las altas cotas alcanzadas por la presente tasa de mortalidad en Alemania», la población iba a menguar unos dos millones de habitantes en los próximos dos o tres años. La evidencia de dicha reducción de la población puede constatarse en los dos censos de 1946 y de 1950.
Esta historia no sirve solo para recordarnos que los planteamientos criminales totalitarios pueden desencadenar venganzas, sino sobre todo para advertirnos hasta qué punto estos mismos planteamientos pueden infectar, como un virus, incluso al cuerpo político de las democracias. Lamayor parte de lo que nos cuenta Bacque es desconocido o muy poco conocido en el mundo anglosajón. Incluso las personas razonablemente bien informadas se van a quedar asombradas cuando lean hechos tan perturbadores como el deliberado mantenimiento del bloqueo de alimentos a Alemania y Austria durante los ocho meses que siguieron a la firma del armisticio del 11 de noviembre de 1918, un bloqueo que se estima que supuso la muerte injustificable de un millón de personas. Otro ejemplo: ¿hasta qué punto era necesario y legítimo, en 1945 y a la luz del principio de autodeterminación de los pueblos, negar a quince millones de alemanes el derecho a vivir en su tierra y someterlos a una especie de «limpieza étnica», expulsándolos en una huida que costó la vida a millones de personas cuando ya habían terminado la hostilidades –muertes todas ellas provocadas «en nombre de la paz»–?
Es posible que numerosos historiadores expresen objeciones e insistan en que, por supuesto, ellos ya conocían todo esto. Pero el lector tendría entonces todo el derecho a preguntarse por qué, si son hechos conocidos, apenas nadie ha escrito nada al respecto. ¿Por qué no se ha informado al público? ¿Por qué nadie ha intentado contextualizar estos acontecimientos y compararlos a otras guerras y masacres?
Este libro de Bacque plantea, en su esencia, preguntas fundamentales que afectan a los derechos humanos y que deben ser contestadas. Nos relata los sufrimientos de los alemanes, austríacos y japoneses, así como de otras víctimas. ¿Por qué no? En el fondo, para que los principios de los derechos humanos sean realmente universales hay que luchar para que sean aplicados a las personas y pueblos «poco apreciados», no simplemente a las «víctimas de consenso» o «políticamente correctas». A menudo, son precisamente los casos más controvertidos,donde casi nadie quiere reconocer a las personas en cuestión su situación de víctimas, los que nos permiten reivindicar el imperativo universal de respeto de la dignidad humana, ladignitas humana. En este punto, resulta importante resaltar que Bacque es igualmente consciente y sensible a todo el sufrimiento de las víctimas de la agresión alemana y japonesa. Merecen todo nuestro respeto y compasión. Lo que no quita que el autor esté convencido de que existen otras «víctimas no reconocidas» que no deberían ser olvidadas.
Muchos lectores pueden sentir cierto desasosiego con las revelaciones de Bacque, por diversas razones. La primera, porque esos atroces crímenes fueron cometidos en nombre de las virtuosas democracias: Reino Unido, Estados Unidos, Francia y Canadá. La segunda, porque son prácticamente desconocidos. La tercera, porque las víctimas han sido continuamente ignoradas y no han recibido ni consuelo ni compensaciones. La cuarta, porque elestablishmentintelectual, las universidades y los medios no han sido capaces de abordar las implicaciones de estos acontecimientos.
Es innegable que las Potencias Centrales en la Gran Guerra y las Potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial cometieron numerosos y horrendos crímenes. Algunos de los cuales fueron juzgados en los Juicios de Leipzig de 1921-1922, en los Juicios de Nüremberg de 1945-1946 (así como en doce juicios adicionales bajo la Control Council Law nº 10) y en los Juicios de Tokio de 1946-1948. Decenas de miles de criminales de guerra fueron encarcelados, y varios miles ejecutados. La justicia, sin embargo, siempre ha de exigir respeto por la presunción de inocencia del acusado y por una rigurosa observación de las garantías procesales debidas a la hora de determinar la culpabilidad individual. Nadie debe verse sometido a untrato arbitrario o discriminatorio en base a una supuesta culpabilidad por asociación. Hay que establecer siempre una culpabilidad individual basada en pruebas creíbles, y las actuaciones individuales deben juzgarse siempre dentro de su contexto histórico y político, nunca a la luz de acontecimientos posteriores y/o conocimientos que no pueden atribuirse o imputarse al acusado. El concepto de culpabilidad colectiva es contrario a la dignidad humana y carece de valor en cualquier sistema de justicia.
Y, sin embargo, hasta la fecha es este concepto el que ha caracterizado y dominado los enfoques de historiadores y periodistas sobre las cuestiones planteadas por Bacque. En la medida en que se considera a los alemanes colectivamente culpables, estos, de alguna manera, pierden sus derechos. Se han alzado muy pocas voces reconociendo las injusticias perpetradas por nosotros y por nuestros aliados durante tantas décadas. Tan solo unos pocos valientes, como Herbert Hoover, George Bell y Victor Gollancz, se han atrevido a recordarnos este dilema moral. Porque, de hecho, ¿cómo podemos ir a la guerra en nombre de la democracia y de la autodeterminación, y después traicionar nuestros propios principios a la hora de restablecer la paz? Hablando claro, ¿cómo podemos ir a la guerra contra los métodos de Hitler, aplicando los mismos métodos durante y después de la guerra?
El capítulo de Bacque sobre la huida y expulsión de los alemanes al final de la contienda aporta mucha materia para la reflexión. En este contexto, vale la pena recordar las conclusiones del editor y filántropo británico Victor Gollancz en su libroOur Threatened Values: «Si la humanidad vuelve a recuperar alguna vez su conciencia y sensibilidad, estas expulsiones serán siempre recordadas, para la eterna vergüenza de todos los que las cometieron o las permitieron […]. No es que los alemanes fueran expulsados sin excesiva amabilidad, sino que lo fueron con el mayor grado de brutalidad»3.
El trato inhumano aplicado a los alemanes por unos aliados aparentemente compasivos, seguramente constituya una de las numerosas aberraciones del sigloXX. Aún hoy en día, muy pocas personas fuera de Alemania conocen aquel trato discriminatorio, antidemocrático e infrahumano. Que el lector pregunte a cualquiera si ha oído alguna vez hablar de la limpieza étnica de quince millones de alemanes orientales. Aparte de las enormes consecuencias culturales y económicas de esta catástrofe demográfica acontecida en pleno corazón de Europa, el fenómeno del traslado forzado de población suscita numerosas cuestiones que superan la mera experiencia alemana, desde el momento en que el derecho a vivir en la patria de cada uno, a permanecer en casa o a regresar a la misma, constituye uno de los derechos humanos más fundamentales que hay que afirmar y reivindicar.
El 26 de agosto de 1994, la sub-comisión de las Naciones Unidas para la prevención de la discriminación y la protección de las minorías adoptó la resolución 24/1994, que reafirma el derecho a permanecer y el derecho a regresar. Que el lector de este libro tenga en cuenta esta resolución a la hora de considerar algunos de los acontecimientos descritos aquí por Bacque.
Esperemos que muchos otros historiadores y periodistas canadienses, estadounidenses y británicos se tomen a partir de ahora en serio estos hechos y les dediquen la atención que merecen. Especialmente ahora que, gracias a la apertura de los archivos de la ex Unión Soviética y de otros Estados ex-comunistas de Europa del Este, es de esperarque salgan nuevas revelaciones a la luz pública. Bacque ya ha aprovechado esta nueva oportunidad y ha llevado a cabo investigaciones en los archivos de Moscú. Esperemos también que los historiadores rusos, polacos y checos también aprovechen esta oportunidad para abordar aspectos de su propia historia que hasta ahora permanecían inaccesibles.
Le debemos a James Bacque nuestro reconocimiento por su valentía de plantearnos preguntas nuevas e incómodas. Le agradecemos las respuestas que propone. Que comience pues el debate.
Alfred de Zayas
Miembro del New York Bar. Profesor visitante de Legislación Internacional en la
Universidad de Chicago. Doctor en Derecho (J. D.) por la Harvard Law
School.
Doctor en Filosofía (Historia) por la Universidad de
Göttingen, Alemania.
Ginebra, noviembre de 1994.
Notas al pie
1Véase el cap. III.
2Dimitri Volkogonov,Lenin, p. 29. (Trad. española:El verdadero Lenin: el padre legítimo del Gulag según los archivos secretos soviéticos. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1996.)
3Victor Gollancz,Our Threatened Values, p. 96.
Este libro supone un intento personal de comprender cómo es posible que aquí en Occidente, en el siglo veinte, no hayamos sido capaces de atender a los sabios consejos de la paz y nos hemos dejado arrebatar por una imperante insensatez; cómo es posible que ensalcemos a los peores personajes que ha habido entre nosotros, mientras olvidamos a los mejores; que, para combatir al diablo, lo imitemos; y cómo, a pesar de todo esto, ha habido entre nosotros quienes han escuchado a su conciencia y han actuado siempre con generosidad para salvar a nuestras víctimas, y, por tanto, para salvarnos a nosotros mismos.
Las fuerzas aliadas que desembarcaron en Europa en 1944 constituían el primer ejército en la historia organizado tanto para la victoria militar como para la ayuda humanitaria. Tenían órdenes de derrotar al enemigo, de liberar al oprimido y de alimentar al hambriento. En los dos últimos años de la contienda, 800 millones de personas en todo el mundo pudieron escapar a la hambruna principalmente gracias a los estadounidenses y a los canadienses, con la colaboración de los argentinos, británicos y australianos.
Pero fue una ayuda que llegó demasiado tarde para muchos millones de alemanes. A medida que los aliadostraían la libertad a la población oprimida por Hitler, pudieron asistir, en los campos de concentración, a escenas de horror jamás vistas anteriormente por europeos ni norteamericanos. La visión de estas pobres víctimas supuso que se le negara a la población alemana su parte de la ayuda que ya estaba siendo ofrecida al resto del mundo. Así que, durante varios años, los aliados descargaron su venganza sobre la población alemana con una saña nunca vista anteriormente. Convirtieron a todo un país en una cárcel de hambre. Por lo menos 7 millones de civiles murieron una vez terminada la guerra, además de 1,5 millones aproximadamente de prisioneros de guerra.
Este es el principal rasgo de una lucha moral tan vasta que desafía a cualquier definición. Es, a mi parecer, la misma lucha entre el bien y el mal que se entabló en la cabeza de Jesucristo, cuando, hallándose en una colina del desierto, fue tentado por el diablo; es como la lucha entre Mefistófeles y Fausto por el alma de este.
Se trata, evidentemente, de una lucha eterna, pero que presenta diferentes fases a lo largo del sigloXX. Comienza con la criminal insensatez de la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, y termina con el fracaso del Tratado de Trianon (de Versalles). Durante todo este tiempo, numerosas misiones humanitarias, como las dirigidas por Herbert Hoover, salvaron muchos cientos de millones de vidas. Después de Versalles, numerosos líderes de las democracias occidentales se emplearon a fondo para mitigar algunos de los horrores de la guerra organizando cumbres de desarme, perdonando las reparaciones de guerra, firmando acuerdos y tratados militares y humanitarios, pretendiendo apaciguar tímidamente al tirano de Hitler. Pero ni este ni su aliado Stalin se dejaron ablandar, y la guerra que siguió resultó ser la más horrible jamás acontecida. No fue sino años después de la Segunda Guerra Mundial cuando laamplia generosidad y la sabia tolerancia de las democracias occidentales comenzaron a imponerse a los comportamientos criminales a los que se vieron arrastradas por los tiranos. Bajo la influencia de Hoover, de Harry Truman, Mackenzie King, George Marshall y Clement Attlee, estas democracias lograron aportar paz, prosperidad y orden a un mundo desesperado. Junto a los miles de crímenes cometidos en nombre de la democracia desde 1945, se puede distinguir también el constante brillo de su genio civilizador. Un genio demostrado por las democracias occidentales en cientos de acontecimientos como la descolonización, la reconciliación con los enemigos, el desarme, el control voluntario de las guerras en terceros países, los programas sanitarios y alimenticios mundiales, la legislación internacional, la defensa de los derechos humanos, etc. Es el mismo espíritu que animó a héroes como Sájarov, Solzhenitsin y Pasternak en la Unión Soviética, que lideraron el movimiento para terminar con los Gulags y, posteriormente, para liberar al pueblo ruso con un mínimo derramamiento de sangre.
Esta lucha suele presentársenos como un combate entre «su mal» y «nuestro bien». Pero, como escribió Solzhenitsyn: «La línea que divide el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano.» La lucha entre el crimen y la bondad es tan amplia y extensa que yo tan solo he podido abordar unos pocos de los acontecimientos principales, sucedidos en su mayor parte en Occidente. Los hechos tratados en este libro me parecen interesantes por haber sido ocultados, e instructivos por lo que tienen de sorprendentes. Se supone que en las democracias occidentales los ideales de autodeterminación, de respeto hacia el vencido y de libertad de expresión están altamente valorados y sólidamente protegidos. Pero estos ideales han sido muy a menudo traicionados, y lo siguen siendo hoy en día.
Otro hecho que me ha resultado sorprendente es la disparidad entre nuestro alto concepto de nosotros mismos y los hechos. No quiero decir que no haya actuaciones que pongan de manifiesto nuestras virtudes colectivas, sino más bien que atribuimos virtudes a personas que carecen de ellas. Hemos seguido demasiado a menudo a heroicos líderes en sus desastrosas guerras, mientras ignorábamos ampliamente a personas que actuaban de forma desinteresada y expresaban grandes verdades. Al fabricar falsos dioses hemos endiosado a la falsedad. Si la verdad ha de hacernos libres, primero debemos liberar la verdad.
Dedico mi más cálido agradecimiento a Elisabeth Bacque, que se ha encargado de leer y traducir textos del alemán, francés e italiano para este libro, así como de descifrar mis propios jeroglíficos, sin perder nunca de vista lo principal: la decencia fundamental de los hombres y mujeres que formaron nuestros ejércitos y nuestros equipos humanitarios en Europa después de 1945. A Alfred de Zayas, buen amigo, brillante historiador e investigador, este libro le debe más de lo que puedo expresar. Ha aportado conocimientos, ecuanimidad, rigor y mucho material original, así como su convincente prólogo. A Paul Boytinck, amigo, guía y experto investigador, le debo extraordinarios documentos de todo tipo, así como innumerables pistas que me han conducido a toda suerte de periódicos y libros perdidos escritos en diferentes idiomas. Lo mismo puedo decir con respecto al coronel Ernest Fisher, que nunca ha escatimado en ayudas y buenos consejos. A Martin Reesink he de agradecerle todas las doctas pesquisas que ha realizado, y que me ha ayudado a realizar, en los archivos del Ejército Rojo y de la KGB, así como unas cuantas maravillosas cenas y divertidísimas caminatas y vueltas porMoscú en 1992 y 1993. Andrei Kashirin y Alexander Bystritsky me han preparado el minucioso informeSpravka, abordando todos los puntos esenciales del tratamiento y de las estadísticas de los prisioneros de guerra en la URSS. El capitán V. P. Galitski, de Moscú, ha aportado generosamente su tiempo y sus conocimientos en los mismos temas. A John Fraser, bizarro amigo, buen editor y mediocre jugador de béisbol, gracias por estar ahí tanto en las muchas duras como en las algunas maduras. Y muchas gracias también a ese tozudo investigador de Birmingham, E. B. Walker.
De nuevo, mi amigo el doctor Anthony Miller ha logrado sacar tiempo de su apretado calendario para leer, valorar, criticar y releer el manuscrito, aportando a cada sección estadística sus vastos conocimientos epidemiológicos. Gracias también a John Bemrose, por su cálida amistad, su inestimable asesoría y sus buenos consejos editoriales. Al profesor Angelo Codevilla, de la Universidad de Stanford, he de agradecerle sus sólidos consejos y su gran hospitalidad en los apartamentos para profesores visitantes en Stanford. He sacado de nuevo gran provecho de las discusiones con Peter Hoffman, así como de las orientaciones de Jack Granatstein, Josef Skvorecky y Pierre van den Berghe. Su aguda revisión me ha evitado más de un error. La encantadora y sentida carta de valoración del profesor Otto Kimminich de Regensburg me hizo saltar las lágrimas. Agradezco también al profesor Desmond Morton todo su apoyo en el Canada Council, así como al propio Canada Council por su oportuna beca, que me permitió visitar Moscú y Stanford. Gracias igualmente a Paul Tuerr y a Paul Weigel de Kitchener, por haberme ayudado ambos, especialmente a organizar una conferencia en el Massey College de Toronto, a la que acudieron un buen número de investigadores durante la primaverade 1996, y a preparar ponencias sobre diversos aspectos de la ocupación aliada de Alemania de 1945 a 1950. Junto a ellos, Karen Manion, Siegfried Fischer y Chris Klein también han colaborado en esta siempre ardua tarea.
A Ute y Wolfgang Spietz:vielen Dank. Gracias por sus orientaciones y ayudas al profesor Hartmut Froeschle, a Peter Dyck, a Gabriele Stüber y al profesor Richard Müller. Y gracias a mi querida Annette Roser, que ha hecho de esta su causa, así como al doctor Ter-Nedden de Bonn, a Annaliese Barbara Baum y, especialmente, a Lotte Börg-mann, amiga y guía, a la que creo conocer bien a pesar de habernos visto tan solo una vez:besten Dank.
Agradezco finalmente a Alan Samson, mi editor en Little, Brown en Londres, su valiente decisión de publicar este libro a pesar de los duros ataques que va a suscitar. Tanto él como Andrew Gordon han aportado consejos de gran utilidad para mejorar el manuscrito.
Toronto, abril de 1997
La clemencia no quiere fuerza; es como la plácida lluvia del cielo que cae sobre un campo y lo fecunda; dos veces bendita porque consuela al que la da y al que la recibe. Ejerce su mayor poder entre los grandes; el signo de la autoridad en la tierra es el cetro, rayo de los monarcas. Pero aún vence al cetro la clemencia, que vive, como en su trono, en el alma de los reyes. La clemencia es atributo divino, y el poder humano se acerca al de Dios cuando modera con la piedad la justicia.
«La creciente riqueza del mundo depende en parte de actuaciones que no son historia; y si las cosas no nos van tan mal a ti y a mí se lo debemos, en cierta medida, a las personas que han vivido valientemente una vida anónima y que descansan en tumbas que nadie visita.»
George Eliot,Middlemarch
Durante las décadas anteriores a 1914, las democracias occidentales experimentaron una serie de reformas nunca vistas anteriormente. Todas se dirigieron a abolir las instituciones más crueles: el duelo, la esclavitud, la discriminación religiosa y el trabajo infantil. En Ontario se puso en marcha el primer sistema educativo a largo plazo, universal, gratuito y obligatorio en la historia de la humanidad, que fue perfeccionándose a lo largo de cuarenta años. En Estados Unidos y en el Reino Unido, se descubrieron curas para enfermedades, se comenzó a aplicar la electricidad, se inventaron los aeroplanos y se abolió el hambre entre millones de seres humanos. Todas las democracias pusieronen marcha procesos de reformas electorales que llevaron a todas las personas a las urnas en 19251.
Se produjeron avances agrícolas, industriales y científicos que posibilitaron la prosperidad de la mayor parte de los ciudadanos, algo que nunca había ocurrido anteriormente. Las democracias realizaron todo esto sin necesidad de enemigos ni amenazas exteriores ni de superar a otras sociedades. Esto fue posible porque las personas poseían un genio civilizador basado en sus antiguas creencias.
Pero esta aceleración en la mejora de la vida, que parecía imparable en 1900, sufrió un importante frenazo debido a las catástrofes del sigloXX. Estas, en gran medida, hundían sus raíces en el siglo anterior. Darwin, Marx y Freud crearon las nuevas creencias de la humanidad, que coincidían en la idea de que las personas deben luchar unas contra otras eternamente. En el ámbito social, las clases deben combatir entre ellas; en el mundo natural, los individuos deben competir entre ellos; y dentro de la mente del propio individuo, el ego debe luchar contra la libido, o el instinto contra el comportamiento adquirido.
Todas estas ideas parecen ignorar el hecho de que la auténtica definición de la sociedad consiste en la cooperación de las personas por el bien común. Tan solo la cooperación y la confianza permiten a las sociedades sobrevivir, pero ideas como la guerra permanente de clases, el complejo de Edipo o la supervivencia del más fuerte suscitaron conflicto y desconfianza en las relaciones personales, revoluciones políticas, guerras entre naciones y programas de eugenesia, provocando en gran medida las catástrofes de este siglo.
El generoso espíritu de reforma del sigloXIXimperante en Inglaterra, Canadá, Francia y Estados Unidos se prolongó a lo largo del sigloXX, pero los propios reformadores acudieron a los vastos poderes del Estado para implementar sus filantrópicos ideales. Bajo los regímenes fascistas y comunistas, el movimiento de reforma fue directamente asumido por el Estado, promoviendo sus actuaciones y siendo dirigido por el mismo. Atendiendo a la brillante sentencia del filósofo Michael Polanyi: «Las generosas pasiones de nuestra era pueden ahora estallar de forma encubierta dentro de los engranajes de una despiadada maquinaria de violencia»2.
Lo que salvó a las democracias del destino sufrido por otros fue, en gran medida, las tradiciones derivadas de la Reforma protestante, que históricamente modelaron y limitaron la fe de las personas en los poderes centrales, ya fuera la Iglesia, la monarquía feudal o el Estado moderno. Las personas ya habían liberado sus conciencias individuales de los curas, aristócratas y burócratas que las habían mantenido controladas mediante una amplia maquinaria de condescendencia moral, de clasismo, de hipocresía y sentimientos de culpabilidad, de lealtades mutuas y de violencia.
El totalitarismo campó a sus anchas en Italia, España y Rusia, países donde no se produjo la revolución protestante, o donde las antiguas tradiciones autoritarias cortaron sus alas, como en Alemania. Las tradiciones que permitieron la supervivencia de las democracias fueron la libertad de conciencia, materializada en la libertad de expresión, la alfabetización de la población, elhabeas corpus, el sufragio universal y otras diversas garantías constitucionales de losderechos individuales, todas procedentes en gran medida de la Reforma y de la Ilustración. Que estas tradiciones no siempre guiaron la política exterior de las democracias, es algo que quedó patente en Irlanda y en el Oeste norteamericano. Pero el fracaso más espectacular de estas loables tradiciones se produjo en Europa, tras las guerras con Alemania.
Dos hombres se disputaron el alma de Occidente en Londres durante la Primera Guerra Mundial. Winston Leonard Spencer Churchill, Primer Lord del Almirantazgo, el auténtico representante del arrogante y conservador Imperio Británico, y Herbert Hoover. Churchill, por aquel entonces, estaba llevando a cabo un bloqueo marítimo, con la intención de estrangular el esfuerzo de guerra de Alemania; pero el bloqueo también estaba provocando el hambre de millones de niños belgas. Este hecho ofendió profundamente a Hoover, un desconocido ingeniero de minas de Iowa que en aquella época habitaba en Londres. Tenía el típico espíritu de reforma, generosidad e independencia de numerosos estadounidenses opuestos al Imperio y a los grandes gobiernos, así como una fe ingenua en la bondad de los Estados Unidos.
Hoover inició los trámites para obtener el permiso del gobierno británico de enviar alimentos por barco desde Canadá y Estados Unidos a través del bloqueo hasta Bélgica. Churchill se negó a ello. Los alemanes, habiendo ocupado Bélgica y el norte de Francia, eran los responsables de alimentar a esa población, afirmó. Cualquier importación de alimentos a Bélgica tendría el efecto de aliviar la presión ejercida por el bloqueo sobre los alemanes.
El ímpetu moral de Hoover pronto lo condujo a graves roces con Herbert Asquith, primer ministro británico en 1915. Hoover pidió a Asquith que le permitiera acceder a 20.000 toneladas de harina canadiense almacenada en Inglaterra. Quería hacérsela llegar a siete millones de personas «rodeadas por un cerco infranqueable y absolutamente incapaces de sobrevivir por sí mismas por ningún medio imaginable». El mismo Hoover admitió que se dirigió de forma «bastante ruda» a Asquith, cuando le dijo que los belgas estaban muriendo de hambre por culpa del bloqueo británico, cuando se suponía que los británicos estaban luchando para salvar a Bélgica. También le dijo que no estaba mendigando para conseguir la harina canadiense, sino pidiendo permiso para comprarla. Y si no lograba dicha harina, se vería obligado a hacerlo público, algo que no iba a agradar a la población estadounidense, normalmente favorable a Gran Bretaña. Asquith señaló que no estaba acostumbrado a ser tratado en ese tono. Inmediatamente, Hoover pidió disculpas, aduciendo que había sido presa de emociones anticipadas ante la expectativa de una respuesta negativa por su parte3.
En enero de 1915, Hoover logró que varios de los dirigentes británicos más destacados tomaran en consideración sus propuestas. Tras su entrevista con Asquith, se reunió con Lord Grey, secretario de Exteriores, y con Lloyd George, canciller de Finanzas. Tras estos alentadores avances, se dirigió a Berlín para entrevistarse con la parte alemana. Su impresión de los dirigentes alemanes fue que eran gente «cuadrada e inhumana»4, a pesar de lo cual aceptaron cooperar, así que regresó a Londres, donde lo esperaba una sorpresa. Churchill, aliándose a Lord Kitchener, había organizado la oposición a cualquier medida de alivio del bloqueo, independientemente de la gravedadde la hambruna en Bélgica, que además ya se estaba extendiendo a la Francia ocupada.
Churchill estaba tan irritado por las iniciativas de Hoover, que acudió alForeign Officea plantear cargos de corrupción en su contra, acusándolo de ser un espía de los alemanes. Grey remitió los cargos a un juez del tribunal supremo británico, el cual no solo exoneró a Hoover de toda culpa, sino que lo elogió grandemente5.
El enfrentamiento entre Hoover y Churchill duró años, hasta que, finalmente, este último cayó en descrédito y se retiró de la escena pública tras el sangriento fracaso de Gallipoli. Entonces, Hoover tuvo el extraordinario privilegio de ser invitado por el Gabinete de Guerra británico para que explicara su propuesta de aliviar el bloqueo6.
Que Hoover fuera invitado a hablar en el Gabinete de Guerra era un hecho de por sí inaudito. La guerra se hallaba en un punto crítico, los aliados estaban perdiendo y lo que Hoover proponía no resultaba decisivo en términos bélicos. Pero los aliados aseguraban que estaban luchando por ideales como los que Hoover defendía. La indiferencia alemana por el destino de los belgas, cuyo país habían invadido y estaban ocupando, no podía justificar en ningún caso el olvido por parte de los aliados de una población hambrienta. El ejército francés, donde los motines estaban a la orden del día, se veía presionado a seguir luchando contra un enemigo cada vez más bárbaro, del que se contaba que quemaba librerías y practicaba el deporte de ensartar niños belgas con sus bayonetas. En su encuentro con Hoover, los ministros británicos tuvieron que enfrentarse a la razón de ser de la guerra tal y como se había justificado ante sus propias tropas.
Según David Lloyd George, el primer ministro que había sucedido a Asquith, y que era una persona de gran elocuencia, la intervención de Hoover fue «prácticamente la exposición más clara que había escuchado nunca sobre cualquier tema». Hoover se presentó ante el Gabinete el 18 de abril de 1917, con una mano metida en un bolsillo mientras con la otra realizaba leves gestos, «hablando de forma impecable, sin una palabra de menos ni una de más»7. Afirmó que los aliados habían entrado en guerra para preservar los derechos de las pequeñas democracias como Bélgica, por lo que una victoria a costa de la muerte por hambre de innumerables belgas debido al bloqueo aliado resultaría absurda. Pidió a los ministros que hicieran gala de una generosidad «que superara toda la amargura de esta guerra». Dos años antes, Lloyd George ya había mostrado su acuerdo a Hoover tras un encuentro con veteranos funcionarios británicos, llegando a exclamar: «Me ha convencido; tiene mi permiso»8. Ahora, en el Gabinete, en 1917, volvió a declararse de acuerdo.
Las razones esgrimidas por Hoover para salvar a los belgas eran tildadas en aquella época de «sentimentales», pues solían atribuirse a emociones frívolas muy propias del «sexo débil». Para los agresivos forjadores de imperios como Churchill, actuar movido por tales sentimientos era algo «enfermizo». Hoover percibió el convencimiento de Churchill de que la «inanición de mujeres y niños quedaba justificada si contribuía a una victoria que adelantara el final de la guerra»9. Todo el programa de ayuda a Bélgica estaba«en realidad lleno de sentimientos», como afirmó Hoover10.Pero el Gabinete tradujo dichos sentimientos en dinero para Hoover, comprometiéndose no solo a dejar pasar los barcos, sino también a la donación de una sustancial suma de un millón de libras mensuales a la Fundación Hoover11.En secreto, el gobierno francés también puso dinero para colaborar con los envíos de ayuda de Hoover12.
El éxito no se debió tan solo a Hoover: contaba con docenas de fieles ayudantes que lo obedecían ciegamente y que le habían puesto el humorístico apodo de «Jefe». Según un funcionario británico, la Comisión para la Ayuda de Bélgica era «un Estado pirata con fines benévolos»: contaba con su propia bandera, una flota de barcos y un sistema de comunicaciones propio; negociaba acuerdos en forma de tratados con los Estados europeos, recolectaba y gastaba grandes sumas de dinero, enviaba a emisarios a través de los frentes de batalla gracias a documentos que venían a ser pasaportes, y, cuando sospechaban que estaban siendo espiados, empleaban un lenguaje o código propio: jerga estadounidense13.
Sin darse cuenta de ello, Hoover había inventado más o menos la idea de los derechos humanos universales. Tal idea, tan familiar hoy en día, era aún desconocida en las reuniones del Gabinete14, si bien las propuestasex gratiapara salvar vidas no eran forzosamente rechazadas, salvoque fueran tildadas de bolcheviques o que interfirieran en los intereses imperialistas.
Este fue el primer paso del nacimiento de un gran filántropo. Cuando se inició el conflicto, Hoover ya era una persona rica con una trayectoria brillante. Pero la fe cuáquera de su madre canadiense y de su padre estadounidense lo hicieron especialmente sensible a la suerte de los norteamericanos atrapados en Europa cuando estalló la guerra en 1914. Hoover abandonó entonces sus lucrativas actividades para dedicar su dinero y sus habilidades organizativas a facilitar transporte, créditos, visados, permisos, comunicaciones y alojamiento a los numerosos norteamericanos que querían salir de Europa (pues EEUU aún no había entrado en la guerra). En esas escasas semanas de 1914, Hoover descubrió una pasión nueva que ya no lo abandonaría nunca, para bien de los millones de hambrientos que más tarde pondrían en él su última esperanza, cuando el resto del mundo ya los había abandonado.
Los siguientes en acudir a él fueron los polacos. Le pidieron comida tras la invasión alemana de 1914. Hoover organizó entonces un comité de ayuda estadounidense, que incluía a numerosos expertos en la situación de Polonia. Recolectaron dinero y productos básicos, negociaron créditos internacionales y permisos con los gobiernos extranjeros para lograr el tránsito de las mercancías, y las enviaron.
Hoover demostró ser tan digno de confianza, enérgico, honesto, discreto, eficaz, imaginativo, sensible y bienintencionado durante esta campaña y la de ayuda a Bélgica, que en 1918 el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, confió en él no solo para organizar la ayuda, sino como asesor sobre los aspectos políticos de la misma. Por ejemplo, tras la Primera Guerra Mundial, millones de rusos seguían prisioneros en campos alemanes. Hasta que el tratado Brest-Litovsk no puso fin a la guerra ruso-alemana en 1918, los rusos también tenían numerosos prisioneros alemanes. Mientras se mantuvo este sistema de rehenes mutuos, ambas partes trataron relativamente bien a sus prisioneros, pero tras el retorno de los prisioneros alemanes a resultas del tratado, el sistema se desbarató y los rusos que aún quedaban en Alemania comenzaron a pasar hambre.
En noviembre de 1918, el armisticio puso fin a la guerra en el Oeste, a pesar de lo cual los aliados mantuvieron su bloqueo, el cual no solo impedía a los alemanes importar comida por vía marítima, sino también mantener un comercio de ultramar que les aportara dinero con el cual comprar comida. Entonces fueron las mujeres y niños alemanes los que comenzaron a pasar hambre, que era lo que los aliados occidentales pretendían: mantener la presión sobre Alemania para que firmara un tratado de paz. A los aliados no parecía importarles demasiado que los alemanes ya hubieran firmado un armisticio en base a los «14 puntos de Wilson», que incluían el cese del bloqueo. Se suponía que estos 14 puntos constituían el marco de un eventual tratado de paz, por lo que la Conferencia de Paz de París, a la que asistieron Hoover y Wilson, debía limitarse, en teoría, a desarrollar los detalles de unos principios que los alemanes ya habían aceptado. A pesar de ello, se mantenía el bloqueo.
Esta era la razón por la cual los prisioneros rusos comenzaron a pasar hambre, mientras los aliados se preguntaban qué podían hacer al respecto. Si les enviaban alimentos, reducirían la presión impuesta a los alemanes. Si les permitían regresar a Rusia, podían acabar enrolándose o siendo enrolados en el Ejército Rojo, posibilidad que aterrorizaba a los aliados occidentales. Si no se hacía nada, estos hombres morirían tiempo después de que la guerra hubiera finalizado.
En febrero de 1919, Hoover escribió al presidente Wilson para sugerirle un plan que podía eludir las restricciones legales que afectaban a una potencial ayuda estadounidense a los prisioneros rusos, quienes ya estaban muriendo de hambre, «principalmente, por negligencia», como afirmaba Hoover15. Por un lado, la ley estadounidense limitaba los fondos destinados a ayuda a asuntos de caridad; por otro lado, según las convenciones internacionales el cuidado de los prisioneros era competencia de la Cruz Roja y de las autoridades implicadas (de la nación que mantuviera encarcelados a los soldados); por todo ello, no resultaba estrictamente legal que Hoover les enviara ayuda estadounidense. Pero entonces este señaló al presidente que dicha ayuda a los prisioneros perseguía el objetivo de «evitar que regresen a Rusia en mitad del invierno y se sumen al ejército bolchevique, por lo que se trata exclusivamente de un objetivo militar». Y se preguntaba si no era un deber del ejército estadounidense aportar suministros que los salvaran de la inanición y del bolchevismo (que en la mente de Hoover venían a ser sinónimos). Al ejército le sobraban suministros, ya contaba con una infraestructura básica de distribución y si se tomaba la decisión, nadie haría preguntas. Así que se envió la comida y se salvaron muchas vidas. Este fue el primero de una larga serie de favores estadounidenses prestados a los soviéticos, a pesar de su objetivo expreso de derrotar violentamente al capitalismo.
