Crisis animal - Alice Crary - E-Book

Crisis animal E-Book

Alice Crary

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Beschreibung

Este libro aborda los problemas generados por nuestros actuales sistemas de pensamiento y organización, no solo con respecto al cuidado y la protección de los animales, sino también de los seres humanos, partiendo de la premisa de que es necesario repensar por completo las relaciones que hemos establecido con el resto de los animales y nuestro entorno natural.

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Seitenzahl: 256

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Alice Crary y Lori Gruen

Crisis animal

Una nueva teoría crítica

Traducción de Ana Bustelo

Índice

LA GÉNESIS DE ESTE LIBRO

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

CAPÍTULO PRIMERO. Crisis / Orangutanes

El problema se extiende

CAPÍTULO 2. Ética / Cerdos

Tener en cuenta a los animales

Ideologías animales

CAPÍTULO 3. Sufrimiento / Vacas

Igual consideración

Jerarquías morales

El punto de vista del universo

Sensibilidad hacia los demás

CAPÍTULO 4. Mentes / Pulpos

De cómo los animales perdieron la cabeza

Espejito, espejito

De la mente a la moralidad

CAPÍTULO 5. Dignidad / Ratas

Violar la dignidad de los animales

Nuevos discursos sobre la dignidad

Odio a los animales, opresión a los humanos

Repensar la dignidad

CAPÍTULO 6. Ver / Loros

La visibilidad de los animales

Una mirada a los zoos

Ética y política de la «visibilidad»

CAPÍTULO 7. Política / Garrapatas

El «giro político» en la ética animal

Ética y política ecofeminista

Resistencia intempestiva

BIBLIOGRAFÍA

LECTURAS RECOMENDADAS

CRÉDITOS

La génesis de este libro

En la primavera de 2018, nos invitaron a escribir un ensayo para revisar el campo de la ética animal. Ambas estábamos en Princeton en ese momento, y nos reunimos en varios cafés y restaurantes en cuyas pequeñas mesas intentábamos hacer espacio para nuestros ordenadores. También nos vimos en nuestras respectivas casas, donde teníamos que sortear perros y niños, para hacer listas y redactar estrategias. No tardamos en darnos cuenta de que resultaría mucho más significativo hacer una petición breve y urgente para replantear, radicalmente, la ética animal tal y como se entiende en el campo de la filosofía, pero también como se presenta y desarrolla en los movimientos de protesta social. Las dos hemos escrito libros y artículos en los que instamos a esa reconsideración, cada una a su manera, y pensábamos que una colaboración avivaría nuestro antiguo compromiso de cuestionar críticamente las estructuras que permiten la destrucción de los animales, los seres humanos marginados y el planeta. Y así fue, pues descubrimos que, gracias a nuestro proceso de escritura en común, estos compromisos se hicieron más profundos y se reconfiguraron de manera útil y esclarecedora.

Es difícil escribir en solitario a contracorriente de las opiniones recibidas. Tener compañía frente a la resistencia intelectual e institucional, así como a la catástrofe ambiental global, representó, además de un beneficio personal para nosotras, un beneficio académico y político. Una de las principales preocupaciones que tenemos las dos, y que es fundamental en las páginas que siguen, parte de la creencia de que nuestras actitudes con respecto al mundo y quienes viven en él están distorsionadas de manera catastrófica por unas ideologías y unas costumbres asociadas que no captan adecuadamente el valor de las vidas y las relaciones humanas, ni tampoco el valor de las vidas y las relaciones de otros animales. Estas distorsiones impregnan los puntos de vista habituales de la ética animal y estructuran muchos debates filosóficos sobre la justicia social. Tenemos que exponer y desafiar las trampas ideológicas resultantes —que aparecen, en el mejor de los casos, como tolerancia y, en el peor, como apoyo a la falta de respeto, la mercantilización, la violencia masiva y la muerte— si queremos conseguir que haya intervenciones éticas que informen la acción política liberadora. Ha sido muy positivo escribir juntas acerca del trágico estado del mundo, durante una pandemia global, con una idea común en torno a cuáles son los problemas que configuran la crisis actual y un deseo compartido de reconocer las terribles condiciones a las que todos nos enfrentamos de forma diferenciada. Por supuesto, uno no puede cambiar el mundo solo, pero pensar y encontrar palabras juntos constituye una manera de practicar el cambio que queremos ver.

Agradecimientos

Para escribir este libro hemos recurrido a diversas fuentes: del mundo académico, de los medios de comunicación, de activistas y de colegas y amigos. Numerosos y distintos animales y sus defensores humanos nos han servido de inspiración. Agradecemos especialmente el trabajo que hacen las personas que dan cobijo a todo tipo de animales, como el refugio VINE de Vermont, el Foster Parrots/New England Exotic Wildlife Sanctuary de Rhode Island o las reservas de primates de todo el mundo, como las que se han creado en Borneo y Sumatra para los orangutanes en peligro de extinción. Las reservas no solo se ocupan del bienestar de los animales desplazados y rescatados, sino que proporcionan modelos de atención radical a múltiples especies. Queremos dar las gracias a Jo-Anne MacArthur y al equipo de We Animals Media, a Anna Boarini del refugio VINE y a Peter Godfrey-Smith por permitirnos utilizar sus magníficas fotografías. También queremos agradecer el apoyo que hemos recibido de la Escuela de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, el Centro Universitario de Valores Humanos de Princeton, el All Souls College de Oxford, la New School y la Universidad de Wesleyan. El Brooks Institute for Animal Rights Law and Policy nos brindó dos oportunidades de trabajar juntas antes de la pandemia, y les damos las gracias por su apoyo y porque nos facilitaron las colaboraciones.

Estamos enormemente agradecidas a los amigos y colegas que contribuyeron directa e indirectamente a esta reflexión, entre quienes se cuentan Elan Abrell, Carol Adams, Allison Argo, Jay Bernstein, Reginald Dwayne Betts, Chris Cuomo, Remy Debes, Cora Diamond, Ann Ferguson Matthew Garrett, Sally Haslanger, Dale Jamieson, Axelle Karera, Claire Jean Kim, Pattrice Jones, Justin Marceau, Stephen Mulhall, Timothy Pachirat, Fiona Probyn-Rapsey, Christopher Schlottmann, Amia Srinivasan, Dinesh Wadiwel y Margot Weiss.

Elan Abrell, Carol Adams, Jay Bernstein, Cora Diamond, Peter Godfrey-Smith, Stephen Mulhall y Dinesh Wadiwel hicieron anotaciones detalladas sobre los primeros borradores del manuscrito, igual que los lectores anónimos de Polity, y estamos en deuda con todos nuestros lectores por su compromiso crítico y amable con el libro. Nos tomamos en serio todos sus comentarios. Mark Rowlands, que revisó nuestra propuesta para la prensa, así como los revisores anónimos, nos hicieron comentarios alentadores desde el principio. Presentamos parte de este trabajo en la reunión inaugural del Harvard-Yale Animal Ethics Faculty Seminar. Agradecemos a Lisa Moses la convocatoria del seminario y a los participantes sus atentos comentarios.

Pascal Porcheron ha sido un editor magnífico, y también estamos agradecidos a Stephanie Homer y Ellen MacDonald-Kramer de Polity por su amable ayuda, así como a Sarah Dancy por su delicada corrección de textos. Apreciamos enormemente el buen hacer de Aaron Neber en la creación del índice. También queremos dar las gracias a Gretchen Crary, de February Media, por su increíble paciencia, por su flexibilidad y por su ingenio a la hora de dar a conocer este proyecto que tanto significa para nosotras.

Nuestras familias —las humanas y las no humanas— han sido muy pacientes y colaboradoras durante el proceso de escritura. Muchas gracias a Eli, Louise, Nathaniel, Shepard, Taz y Zinnia. Nuestra gratitud hacia ellos es infinita.

Prólogo

La relación entre los seres humanos y los animales se encuentra en una crisis de proporciones catastróficas. Hoy en día es innegable que la utilización y la destrucción de los animales y sus hábitats por parte del ser humano, incluyendo las prácticas que provocan muertes masivas de animales, tienen implicaciones existenciales no solo para los animales no humanos, sino también para los seres humanos y el planeta. Este libro está dirigido a quienes se comprometen con hacer visible dicha crisis, con la mirada puesta en nuevos modelos de vida que nos permitan construir relaciones mejores y más sostenibles y actuar para crear un futuro menos violento y más solidario.

La ética animal como disciplina académica tiene ya unos cincuenta años y ha supuesto un espacio clave para debatir las intervenciones éticas en esta crisis. Reconocemos la importancia que han tenido las formulaciones estándar de la ética animal en la concienciación de los problemas a los que se enfrentan los animales no humanos. Estos puntos de vista estándar han resultado informativos tanto en contextos académicos como en el movimiento más amplio de protección de los animales; sin embargo, las argumentaciones que siguen tienen una importante dimensión crítica.

Una destacada corriente de la ética animal se preocupa por el sufrimiento de los animales: el que se produce en mataderos, laboratorios y otros lugares en los que se los confina, así como el sufrimiento que experimentan en la naturaleza. Otra corriente prominente contrarresta este enfoque centrándose en la eliminación del sufrimiento, instando a que hagamos hincapié en el respeto de los derechos y la dignidad de los animales. Aunque estas corrientes de la ética animal contribuyen, sin duda, a un mayor reconocimiento de los problemas de los animales no humanos, gran parte de su trabajo oculta, y a veces incluso promueve, elementos de la crisis a la que queremos enfrentarnos. En las siguientes páginas señalamos distintos modos por los que las herramientas conceptuales empleadas en estos proyectos éticos no son adecuadas para lograr los objetivos de una auténtica liberación.

Si queremos abordar cuestiones éticas cruciales con respecto a la mejora de nuestra relación con los animales y de la existencia de todos los que viven precariamente en el capitalismo tardío, tenemos que repensar los supuestos básicos de la ética animal tal y como se entienden actualmente. Hay muchos métodos violentos que están integrados en instituciones más amplias que no solo dañan a los animales, sino que sirven para presionar excesivamente y a menudo subyugar a grupos de seres humanos socialmente vulnerables. Sin embargo, la disciplina de la ética animal se ha desarrollado, en gran medida, aislada de las tradiciones del pensamiento social crítico que se dedican a descubrir las estructuras opresivas que afectan a los humanos y al mundo no humano. Las tendencias dominantes en la ética animal hacen hincapié en la acción individual y pasan por alto las estructuras sociales perjudiciales y los mecanismos de poder del Estado, lo que da lugar a prescripciones que pueden servir para mantener estas estructuras e instituciones, reproduciendo los mismos males que pretenden atajar.

La reciente atención a las cuestiones políticas que afectan a las relaciones entre humanos y animales es prometedora. Sin embargo, incluso los intentos de establecer nuevos sistemas de derechos políticos para los animales corren el riesgo de ser contraproducentes si no identifican y contrarrestan la superioridad humana sobre los animales —el supremacismo humano— que organiza los sistemas políticos existentes. La necesidad de intervenciones más contundentes en estos sistemas destructivos es un tema recurrente de algunas tradiciones sociales y políticas desde hace tiempo, incluida la tradición del ecofeminismo.

El ecofeminismo, como marco teórico y proyecto político, tiene —igual que la ética animal— unos cincuenta años. Su evaluación de las costumbres que dañan y perjudican a los animales se basa en una crítica multifacética de la modernidad capitalista. Esto incluye historias intelectuales, que se remontan a los primeros años de la modernidad, que describen cómo el hecho de tener el mundo a la vista llega a entenderse como algo que requiere de una abstracción desapasionada. La aparición de esta concepción del pensamiento coincide tanto con las nuevas formas de devastación del mundo natural como con las nuevas formas de explotación de las personas —principalmente mujeres y miembros de grupos racializados y colonizados— que realizan el trabajo de reproducción social. La visión histórica resultante, combinada con los análisis de las primeras sociedades capitalistas, muestra cómo el crecimiento y el progreso se consideran necesarios para tratar la naturaleza viva y no viva como recursos gratuitos, y negar el valor del trabajo de cuidado y reproducción de las mujeres y de los pueblos racializados y colonizados. Este marco nos permite observar que las prácticas que destruyen la naturaleza, los animales y los grupos humanos marginados están estructuralmente interrelacionadas, y nos invita a reconocer que, además de estar unidas, las oposiciones jerárquicas entre humanos y animales, blancos y no blancos, hombres y mujeres, primitivos y civilizados, están incorporadas en el tejido de los modos capitalistas de organización social.

Algo fundamental que hemos aprendido tras hacer estos análisis es que, para avanzar de forma significativa hacia unas relaciones mejores y más respetuosas con los animales, es necesario tener en cuenta los mecanismos sociales que también perjudican a los miembros de los grupos externos humanos. Cuando reconocemos que las distinciones entre los que se consideran humanos y los que se consideran animales imponen clasificaciones normativas construidas en parte junto con las distinciones ordenadas normativamente de forma similar entre los seres humanos, podemos entender lo urgente que es oponerse a las taxonomías que valoran a unos para desvalorizar a otros, y que por lo tanto relegan a tantos seres humanos y animales a márgenes impotentes. Este reconocimiento nos permite apreciar no solo que las categorías «humano» y «animal» se construyen para seleccionar, respectivamente, a las élites y a los grupos marginales, sino también que una respuesta liberadora cuestionará la legitimidad de las categorías que apoyan abierta y encubiertamente las exclusiones violentas. Al mismo tiempo, nos muestra que la reticencia que tienen algunas voces de la ética animal tradicional a reconocer y enfrentarse a las formas en que las jerarquías de valores animan su pensamiento acaba por perjudicar a los animales.

En este libro, concebido para superar el aislamiento social y político de la ética animal tradicional, instamos a repensar qué es lo que cuenta como intervención ética. Aportamos recursos del ecofeminismo y de teorías sociales críticas afines para abordar la crisis animal y, al hacerlo, presentamos una nueva teoría crítica de los animales. A medida que desarrollamos este nuevo enfoque, tratamos de poner en evidencia las ideologías y las estructuras de opresión, así como visibilizar las vidas, experiencias y relaciones de otros animales.

Con demasiada frecuencia, en los debates sobre ética y política animal, los animales siguen siendo abstracciones. Nos oponemos a esta tendencia, comenzando cada capítulo con una historia que destaca las experiencias de los animales, tanto para señalar su importancia como para establecer conexiones entre la difícil situación de ciertos animales en contextos concretos con la marginación de los seres humanos en esos mismos contextos.

Investigamos los problemas de desigualdad económica y destrucción del hábitat en Indonesia mediante el análisis de un encuentro violento en el que se vio involucrada una madre orangután en el entorno de una plantación de aceite de palma. Examinamos la desechabilidad tanto de los trabajadores como de los cerdos en las plantas de envasado de carne y los peligros a los que se enfrentaron durante la pandemia mundial. A través de la historia de las vacas y sus crías que escapan de una muerte planificada en la industria minorista de la leche, señalamos las profundas relaciones que establecen las vacas, al tiempo que exploramos las formas en que algunos trabajos de ética animal nos impiden verlas claramente o del todo. Al reflexionar acerca de la vida y las experiencias de un pulpo, examinamos los modos en que la falta de familiaridad y las diferencias en los cuerpos, las mentes y las historias evolutivas pueden oscurecer nuestra comprensión de los demás. Uno de los animales más difamados, la rata, nos ayuda a estudiar la complejidad de los conflictos entre los seres humanos y los animales, así como las distintas formas en que podríamos desarrollar el respeto por la dignidad de animales muy diferentes de nosotros, y tal vez molestos. El estudio de las aves capturadas, comercializadas y enjauladas, como los loros, que se capturan por su belleza, revela cómo nuestra visión de otros animales puede estar distorsionada de muchas maneras y cómo esas distorsiones conducen a graves daños. Nuestro último estudio se refiere a las garrapatas y los mosquitos, que no solo están en conflicto con los humanos, sino que tienen vidas y experiencias particularmente difíciles de abordar. Este reto es, en muchos sentidos, paralelo al de imaginar cómo seguir adelante en medio de la crisis. Pensar simultáneamente en los distintos modos por los que los insectos resultan cruciales para la sostenibilidad de los ecosistemas y en la manera en que algunos insectos también perjudican a los humanos supone una buena ruta para entender el papel que la sensibilización con respecto a la complejidad ecológica, así como a las diversas condiciones de la vida terrestre, debe desempeñar para una resistencia política eficaz y oportuna.

A lo largo del libro nos esforzamos por darle a la ética animal una mayor relevancia y tracción política, en parte poniendo de relieve los predicamentos de animales reales en crisis, y proporcionamos herramientas para desarrollar un enfoque político crítico de la ética animal que nos permita advertir la compleja catástrofe que actualmente nos envuelve a todos, humanos y animales, y actuar para detenerla.

Orangutanes en una selva deteriorada de Indonesia.Foto: cortesía de Ulet Ifansasti/Stringer/Getty Images.

CAPÍTULO PRIMERO

Crisis / Orangutanes

Los miembros de la Unidad de Respuesta al Conflicto entre Humanos y Orangutanes encontraron a una hembra de orangután de 30 años en una plantación de aceite de palma cerca de Aceh, en Sumatra (Indonesia), que estaba al borde de la muerte. A pesar de estar acostumbrados a rescatar orangutanes en peligro de extinción, a algunos les sorprendió la situación. Esta madre lactante había recibido más de 74 disparos de perdigones, tenía heridas en los ojos, numerosos huesos rotos y presentaba laceraciones de herramientas afiladas o lanzas por todo el cuerpo. A su cría la encontraron más tarde en una cesta en un pueblo cercano, gravemente deshidratada y traumatizada. Mientras los socorristas las llevaban a las dos a una clínica veterinaria, la cría murió. Hope, como se llama ahora la madre, se quedó ciega debido a sus heridas, por lo que pasará el resto de su vida en un refugio dirigido por el Programa de Conservación de Orangutanes de Sumatra.

Este programa y otras organizaciones similares en las islas de Sumatra y Borneo, trabajan principalmente para reubicar o reintroducir a los grandes simios en hábitats protegidos cuando son capturados o heridos por el hombre. Los conflictos humanos con los orangutanes han aumentado en las últimas décadas, ya que sus hogares en el bosque se han visto diezmados para crear espacio para las plantaciones de aceite de palma. Si los orangutanes se adentran en las plantaciones, se les dispara; cuando buscan comida en las aldeas, se los recibe con violencia; y, cuando una madre está con su cría, intentan matarla para capturar al bebé, que puede venderse en el mercado negro por más de 20000 dólares.

Los orangutanes salvajes solo viven en estas dos islas, donde ahora están en peligro crítico de extinción. La Wildlife Conservation Society los describe como «los más extraños de los extraños». Una de las especies de orangutanes de Sumatra, el orangután de Tapanuli, es la especie de gran simio más amenazada del mundo, de la que solo quedan 800 ejemplares. Se calcula que solo hay 13800 orangutanes de Sumatra. Ambas poblaciones están en franco declive. En Borneo, se estima que la población se reducirá a 47000 individuos en 2025. Dado que una madre orangután permanece con su cría entre seis y nueve años, el fuerte descenso de la población es especialmente difícil de revertir.

Las exuberantes selvas tropicales, que albergan decenas de miles de especies, incluidas las mayores plantas carnívoras, las mayores polillas, osos malayos, panteras nebulosas, tigres, gibones, elefantes y orangutanes, están siendo destruidas a un ritmo alarmante. Como escribió Mel White para National Geographic en 2008,

teniendo en cuenta la insuperable biodiversidad de la isla —desde orangutanes y rinocerontes hasta diminutos musgos y escarabajos aún no descubiertos— y el ritmo al que se están perdiendo sus bosques, el futuro de Borneo bien podría ser el problema de conservación más acuciante de nuestro planeta.

En 2015, el rinoceronte de Borneo se consideraba extinto en estado salvaje. Los orangutanes, tanto en Borneo como en Sumatra, podrían ser los siguientes.

Cada minuto se talan 1,21 hectáreas de bosques autóctonos para hacer sitio a las plantaciones de monocultivos de aceite de palma. Cada dos años se transforman bosques del tamaño del estado de Connecticut para satisfacer la insaciable demanda mundial de productos de aceite de palma. El aceite de palma está presente en casi todo, desde los productos para el desayuno hasta la comida vegana, los jabones, los cosméticos, el champú, los dulces y los aperitivos. Si miramos los ingredientes de las galletas, las galletitas saladas, la margarina o la mantequilla de cacahuete en nuestra despensa o frigorífico, encontraremos que tienen aceite de palma o aceite de semilla de palma; y casi toda la glicerina proviene del aceite de palma. Borneo y Sumatra producen el 86% del suministro mundial. En 2019, el consumo mundial fue de casi 72 millones de toneladas, o aproximadamente 10 litros de aceite de palma por persona. Incluso aquellos que buscan activamente evitar el uso de aceite de palma lo encuentran difícil, ya que es omnipresente y a menudo está disfrazado (Orangutan Alliance).

Para cultivar las palmeras que producen los grandes frutos de los que se extrae el aceite de palma, se arrasan y después se queman los bosques tropicales autóctonos. Entre 2000 y 2015, 150000 orangutanes de Borneo murieron al destruirse sus hogares en la selva y quedar expuestos a los seres humanos. Pero no son las únicas criaturas que sufren esta destrucción masiva. En 2015, los incendios que se provocan para limpiar los bosques, ardieron sin control liberando humo y cenizas, lo que afectó gravemente a la calidad del aire. Investigadores de Columbia y Harvard calculan que esto provocó 100000 muertes humanas prematuras. El proceso de tala de los bosques, quema de lo que queda y cultivo de palmeras genera gases de efecto invernadero, lo que resulta irónico dado que el aceite de palma se utiliza como un biocombustible supuestamente respetuoso con el medio ambiente. Un investigador señaló que la producción de biocombustibles no iba a ser mejor para el clima, «en cambio, crearía casi el doble de emisiones de gases de efecto invernadero que los combustibles convencionales» (Lustgartner, 2018).

Si tiene este impacto tan destructivo, ¿por qué los habitantes de Borneo y Sumatra acogen las plantaciones de aceite de palma en sus islas de gran diversidad ecológica? Esta pregunta la podemos responder, en parte, si analizamos la historia de la explotación de las islas que han llevado a cabo los extranjeros. La extracción de madera, animales y oro por parte de los comerciantes chinos y portugueses, después de los colonos británicos y holandeses y, más recientemente, la extracción de petróleo por parte de empresas estadounidenses y europeas han creado grandes desigualdades entre los pueblos nativos y las empresas multinacionales y sus accionistas. El deseo de un control más directo y la promesa de desarrollo han llevado a muchos habitantes locales a unir fuerzas con las industrias del aceite de palma. Pero esto no siempre ha funcionado tan bien. Como señala un informe:

En los años ochenta del siglo pasado, con el fin de crear una base legal para el desarrollo, el Gobierno indonesio estableció un sistema comercial de reparto de tierras. En teoría, el sistema permitía a los pueblos ceder los derechos de desarrollo a cambio de una parte de los beneficios. Pero en la práctica, según muchos aldeanos, las empresas conseguían los permisos que necesitaban mediante una combinación de grupos de presión, sobornos e intimidaciones, y el resultado eran promesas incumplidas y pagos no efectuados (Rosner, 2018).

Muchos aldeanos empobrecidos ven a los grandes simios anaranjados como plagas aterradoras en lugar de verlos como compañeros que merecen tener protección o como indicadores de un inminente colapso medioambiental. Los padres del joven que estuvo a punto de acabar con la vida de Hope y que mató a su hijo, estaban resentidos porque la gente parecía preocuparse más por el orangután que por el futuro de su hijo (Beech, 2019). Pero la elección no es binaria, ni fácil.

Si aplicamos la estrechez de miras a la situación desesperada de los orangutanes de Sumatra y Borneo —si dejamos de lado características clave del contexto económico y político más amplio— el resultado pueden ser respuestas contraproducentes y puede dar la sensación de que boicotear a los consumidores de aceite de palma es suficiente para resolver el problema. Se necesita mucho más: entre otras cosas, un enfoque crítico más amplio con respecto a las lógicas destructivas que hay detrás de las industrias extractivas y que conducen a las tragedias que sufren los individuos en su búsqueda de beneficios. Las corporaciones multinacionales ya han comenzado a «maquillar de verde» sus métodos extractivos; producen un aceite de palma supuestamente «sostenible», que no ha ayudado a la población local ni a los animales autóctonos. Podemos, y debemos, preocuparnos por los orangutanes y los aldeanos que no han obtenido lo que esperaban de las corporaciones que están explotando la tierra, el trabajo y los animales a su alrededor. Lamentablemente, mientras las plantaciones de aceite de palma sigan causando estragos en Borneo y Sumatra, fomentando la desigualdad mundial, el futuro del niño que disparó a Hope y a su cría, el futuro de otros niños nativos, y el futuro de los orangutanes y otras especies parece sombrío.

EL PROBLEMA SE EXTIENDE

La destrucción del medio ambiente que está dañando a los habitantes de las islas, humanos y no humanos, en Borneo y Sumatra representa solo una fracción de la catástrofe que se está desarrollando en todo el mundo. Las actividades humanas están contaminando y destruyendo los hábitats de los animales en la tierra y en el mar a un ritmo tan asombroso que nos enfrentamos a una «sexta extinción masiva» (Kolbert, 2014). La contaminación está calentando los mares y dejándolos sembrados de detritus plásticos que degradan —en el momento de escribir este artículo— casi el 90% de los ecosistemas de los océanos del mundo (Jones et al., 2018), mientras sigue aumentando el tamaño y el número de «zonas muertas» o sistemas hipóxicos producidos por el exceso de fertilizantes y vertidos.

La destrucción de los ecosistemas terrestres ha alcanzado una escala similar y se está intensificando. Al igual que en Borneo y Sumatra, el ritmo de tala de bosques para la agricultura y otros fines humanos, que mata a los animales, sigue aumentando en muchas partes del mundo. Y los animales mueren a un ritmo cada vez mayor debido a los desastres provocados por el cambio climático antropogénico. Se calcula, por ejemplo, que 1000 millones de animales murieron a causa de los incendios que calcinaron los paisajes australianos durante las primeras semanas de la temporada de calor 2019-2020 (Rueb y Zaveri, 2020). Y los incendios y las temperaturas inusualmente altas en Estados Unidos durante el verano de 2021 mataron también a muchos humanos y animales, entre ellos más de mil millones de criaturas marinas (Cecco, 2021).

La contaminación y los cataclismos generados por el hombre no han perdonado a los animales que frecuentan los cielos. Miles de millones de aves han desaparecido en casi todas las zonas de Norteamérica desde la década de 1970, lo que supone una pérdida del 30 por 100 del número total (Axelson, 2019). Este silenciamiento del canto de los pájaros augura efectivamente la «extraña quietud» que Rachel Carson previó de forma triste y clarividente (1962: 110).

El resultado de estas formas interrelacionadas de devastación natural es la destrucción progresiva de la vida en la Tierra, o ecocidio. Como observa la periodista medioambiental Brooke Jarvis (2018):

Lo que estamos perdiendo no es solo la parte de la diversidad, sino la parte biológica: la vida en enormes cantidades [...] la mayor colonia de pingüinos rey del mundo se redujo en un 88% en 35 años, más del 97% del atún rojo que vivía en el océano ha desaparecido. El número de juguetes de Sophie la Jirafa que se venden en Francia en un solo año es nueve veces superior al de todas las jirafas que viven actualmente en África.

La destrucción antropogénica de animales también incluye la creación, explotación y matanza deliberada de animales en laboratorios, cotos de caza en tierra y en los océanos, granjas acuáticas y granjas industriales en tierra. Solo la cría industrial en tierra, cada vez más global, supone el sacrificio, en todo el mundo, de más de 200 millones de animales al día (Zamba, 2020). La explotación industrializada de los océanos, que incluye la pesca industrial y la piscicultura, supone a su vez el exterminio de casi tres billones de criaturas al año (Rowland, 2017). Estas tecnologías de uso intencionado y carnicería de animales son en sí mismas uno de los mayores contribuyentes a la aniquilación de los hábitats animales. En todo el mundo, la ganadería es un importante contribuyente a las emisiones de gases de efecto invernadero. Los científicos estiman que la demanda de terreno de pastoreo para animales de granja supone la pérdida de más de cinco millones de hectáreas de bosques anualmente (Pearce, 2018), que a su vez es responsable de casi el 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo, la erosión generalizada del suelo y los vertidos contaminantes en ríos, lagos y océanos (Derouin, 2019).

El alcance de la actividad humana en la vida y el entorno de los animales es tan amplio que sería difícil encontrar un animal o una población animal que no se vea afectada. Los horrores que los seres humanos infligen a los animales —tanto incidental como deliberadamente— son tan grandes y de proporciones tan masivas que, una vez que empezamos a tenerlos en cuenta, podemos sentirnos fácilmente desorientados e incapaces de comprenderlos adecuadamente. Si los seres humanos se mataran entre sí al mismo ritmo que matamos a los animales, la Humane League ha calculado que nos extinguiríamos en 17 días (@HumaneLeague, 15 de julio de 2018).

Estos horrores exigen una respuesta urgente. Los principales movimientos políticos e intelectuales a favor de los animales están respondiendo. Sus intervenciones políticas en curso son muy variadas: rescatar a los animales y a los seres humanos de los fenómenos meteorológicos adversos, intentar frenar la devastación de los bosques y los océanos, por ejemplo, mediante la defensa de las tierras indígenas y las huelgas climáticas de los jóvenes; agitar cambios políticos sistemáticos que cambien la forma en que los seres humanos interactúan con los animales y el medio ambiente; ayudar a los ganaderos a hacer la transición a la producción de alimentos a base de plantas; hacer llegar este tipo de alimentos a las comunidades que no tienen acceso a ellos; y exponer el trato cruel e insensible que damos a los animales en las operaciones concentradas de alimentación animal (CAFO) y en los mataderos industriales.