Cristinamente - Carlos Reymundo Roberts - E-Book

Cristinamente E-Book

Carlos Reymundo Roberts

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El libro donde digo cosas que nunca dije. Hago revelaciones. Doy primicias. Adelanto mi plan de gobierno para cuando asumamos por tercera vez. Y, sobre todo, no me disfrazo de buenita. No es fácil hacer reir, mucho menos tener el talento para analizar la política por la vía del humor. El periodista Carlos M. Reymundo Roberts maneja como pocos esa combinación precisa de agudeza, profundidad editorial e ironía. Cristinamente, una mirada audaz para reírnos de la realidad de estos tiempos.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cristinamente

Cristinamente

Carlos M. Reymundo Roberts

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo de CFK. Mi mejor retrato
Prólogo de CMRR. Ahora sí va a ser sincera
I. Yo
Pido decir algo
II. Yo y Sinceramente
Perdón, pero a mí me gustó
III. Yo y Néstor, y Máximo también
Con otra caripela
IV. Yo y el dinero
Millones de bolsos
V. Yo y mi futuro gobierno
Más ella que nunca
VI. Yo y Alberto
La fórmula de la felicidad
VII. “Yo ya no seré yo”. Entrevista a Alberto Fernández
VIII. Yo y mis frases célebres
IX. Yo y mi historia

Reymundo Roberts, Carlos

Cristinamente / Carlos Reymundo Roberts. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-815-083-3

1. Política. 2. Humor. I. Título.

CDD 320.01

Cristinamente

Carlos M. Reymundo Roberts

Este libro es una obra literaria humorística donde sus personajes han sido ficcionados en sus voces, dichos y circunstancias.

Primera edición. Primera reimpresión.

Colombia 260 - B1603CPH

Villa Martelli, Buenos Aires, Argentina

Las fotos son gentileza de La Nación

ISBN 978-987-815-083-3

©2019, Catapulta Children Entertainment S.A.

©2019, Carlos M. Reymundo Roberts

Hecho el depósito que determina la ley N.o 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión, o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Digitalización: Proyecto451

A Néstor, mi compañero de toda la vida, mi gran amor, mi único amor, mi confidente, mi amigo, mi guía, mi referente, mi administrador. A Néstor, que es todo para mí… y del que me olvidé en el libro anterior.

CFK

A Néstor, que nos dejó a Cristina.

CMRR

PRÓLOGO DE CFK

MI MEJOR RETRATO

Desde que dejé la Presidencia me impuse hablar menos.

Como ya he dicho, había llegado el momento de que los argentinos y las argentinas descansaran de mí, y que yo descansara de ellos y de ellas. Después de ocho años tan intensos, con una comunicación tan fluida, a todos nos venía bien bajar un cambio.

Florencia y Máximo se reían. “Mamá, no seas ilusa. Hay dos cosas que no podés dejar de hacer: pintarte y hablar”.

No les falta razón. Ya desde muy chica —lo he contado más de una vez— me gustaba pintarme como una puerta. Mamá me decía que no hacía falta, que era muy linda. Pero no tiene que ver necesariamente con la belleza. O quizá sí. Qué sé yo. La cuestión es que, efectivamente, el maquillaje me puede.

De hecho, una vez, siendo presidenta, hice volver el Tango 01, que me estaba llevando a Río Gallegos, porque me había olvidado en Olivos el bolso donde guardo todo lo que uso para el make up. El piloto me dijo que ya habíamos superado la mitad del trayecto y que por protocolo estaba contraindicado volver al aeropuerto de salida, salvo que fuera una emergencia. Le contesté: “¿Sabés qué?, acá mando yo. La emergencia es que me olvidé algo muy importante. Pegá la vuelta”. Al pobre le temblaban las piernas. Mientras, ordené también que un helicóptero llevara el bolso a Aeroparque. ¡Toda una movilización de la flota de aire! Era de noche y hacía mucho frío. Me acuerdo que me dio una gran ternura ver a uno de mis asistentes cruzar la pista en el sector militar de Aeroparque con el bolsito en la mano. Tiempo después la historia se filtró y salió publicada en La Nación, y muchos deben de haber pensado que era una broma. O un invento, uno de los tantos inventos de la prensa concentrada y hegemónica. Pero en ese caso era cierto. Me salí con la mía. ¡Estuvo buenísimo!

Que también me encanta hablar no es, a estas alturas, una novedad para nadie. Por un lado, disfruto de ese instrumento maravilloso que es la palabra, la posibilidad de decir lo que siento, de expresar mis convicciones. Si la naturaleza me distinguió con el atributo de la oralidad, tengo que explotarlo. A nadie se le ocurriría decirle a Messi que no juegue al fútbol, que es lo que mejor hace. O a Del Potro, que no use esa derecha espectacular que tiene. O al querido papa Francisco, que no escriba encíclicas o cartas apostólicas, para lo cual la Providencia le ha dado gracia de estado. ¡Y en abundancia! Aunque vaya a saber si las escribe él.

Por otra parte, también es evidente que a la gente le gusta escucharme. No necesito ser adivina: lo veo en sus rostros, lo percibo en sus miradas. Estoy dando un discurso y la gente queda como subyugada, aprende, se emociona, ríe, llora. ¿Cómo desaprovechar ese don?

Néstor era un político sublime, el mejor que haya dado la Argentina, pero, hay que decirlo, hablando era flojito. De hecho, cada vez que tenía que hacerlo me pedía ayuda. Todos sus discursos importantes se los escribí yo. Ni siquiera tenía buena dicción. En casa siempre me jorobaba con lo mismo: “Vos ocupate de hablar que yo me ocupo de gobernar”. Ya me referiré a esto en el libro, pero, más allá de la broma, se equivocaba: gobernar también es hablar, sobre todo cuando sos víctima de una prensa que te silencia, oculta e ignora.

En fin, retomo lo del principio: aunque Máximo y Flor no me creyeran, cumplí con lo que me había autoimpuesto. Llamarme a silencio. No es que estuve muda, pero reduje al mínimo indispensable mis intervenciones públicas, con la excepción, claro, de la campaña para las elecciones de medio término, en 2017. Después, volví al bajo perfil. No me aparté de esa conducta ni siquiera en momentos en que arreciaba contra mí la campaña orquestada por el gobierno de Macri, los jueces que trabajan para Macri y los medios que lo sostienen.

Callé cuando me atacaron, cuando irrumpieron por la fuerza en mis casas, cuando pasaron al baño y no tiraron la cadena, cuando se tomaron las gaseosas de la heladera, cuando mancillaron el buen nombre y honor de Néstor, cuando no se limpiaron los zapatos en el felpudo de la entrada, cuando me llamaron “loca”, “yegua”, “puta” y, lo peor, “maestra ciruela”. Cuando se metieron con mis hijos. Del pobre Máximo, dijeron que estaba todo el día jugando a la Play. ¡Otra patraña! Nunca lo he visto jugar más de tres horas seguidas. De Florcita dijeron tantas cosas que la terminaron enfermando.

Callé, callé y callé, con lo que eso me cuesta. Escribí tuits y grabé algunos videos, pero no es lo mismo. Parrilli me veía tan desesperada con mi abstinencia verbal que me traía chicles. Incluso me consiguió un yoyó, y una vez se apareció con un bozal. Un pelotudo, por supuesto. Pero quería ayudarme.

Tanto tiempo estuve callada que un buen día, ya harta, dije ¡basta! Acepté la sugerencia de Alberto Fernández de escribir Sinceramente. Era como un término medio entre seguir en silencio y hablar diez horas, o diez días, sin parar. Good idea. Lo que no resultó buena idea fue haberme convencido de presentar una imagen más friendly. Me dijeron: “No podés reaparecer con los tapones de punta en un libro hecho para juntar votos. Vas a espantar a todos”. Yo, que nunca le hago caso a nadie, acepté. La impronta de Sinceramente es fruto de esa decisión equivocada. Es como que no fui fiel a mí misma.

Al leerlo, cuando ya estaba a la venta, por momentos tenía la impresión de que la que hablaba era otra. No me reconocía. Yo no soy producto de un laboratorio de marketing electoral de Durán Barba. Soy Cristina, dos veces diputada provincial, cinco veces legisladora nacional y dos veces presidenta de este bendito país, elegida por voto popular. Nacional y popular. Mi encanto, más allá de mis atributos físicos e intelectuales, es que no me guardo nada, que me muestro tal cual soy, que odio lo políticamente correcto.

Por eso, cuando Sinceramente tenía apenas unas horas en la calle, decidí escribir otro libro. Uno en el que fuera sincera de verdad. Me dicen que un humorista habló de “Sincera miente”. Tiene un poco de razón. No dije toda la verdad. Acá, sí. En estas conversaciones con Roberts, al que convoqué para que vean que respeto la libertad de prensa y estoy abierta incluso a representantes del peor gorilaje, me van a ver —toda una ironía tratándose de mí, de esta “puerta”— sin maquillaje. En crudo. Por momentos puedo parecer demasiado vehemente, brutal, despiadada. No lo parezco. Lo soy. No permití que me editaran, me corrigieran, me suavizaran, me adecentaran.

He leído lo que antes se llamaba “pruebas de galera”, es decir, el primer borrador del libro, y quedé muy satisfecha. Digo cosas que nunca dije. Hago muchas revelaciones. Doy primicias. Adelanto mi plan de gobierno para cuando asumamos por tercera vez, el 10 de diciembre próximo. Y, sobre todo, no me disfrazo de buenita. No me permití concesiones al marketing.

¿El título? Se lo dejé poner a los de la editorial. Es un tema menor, sin importancia. Con que figure mi nombre en la tapa ya se vende como pan caliente. Cristinamente no me parece mal, aunque tampoco hubiese estado mal este: Divina mente.

Sobre el cierre de este libro que me retrata como nunca antes me había visto retratada, decidí anunciar la fórmula presidencial Alberto Fernández-Cristina Fernández. Gran sorpresa para todo el mundo, incluidísimo el propio Alberto. Cuando volvió al redil pidiendo perdón, hace algo más de un año, me dijo: “Cristina, es público y notorio que me he cansado de criticarte. Lo que quizá no sepas es que en esos tiempos me juntaba con los de Clarín y La Nación y les pasaba información que te comprometía. Yo trabajé muchos años para destruirte, Cristina”. Re auténtico, ¿no? Para que se quedara tranquilo le dije que yo también lo hubiese destruido a él, pero que siempre tenía algo más importante que hacer.

Lo que es la vida, hoy me acompaña como candidato. Por primera vez en la historia, el segundo elige al primero. ¿Qué quiere decir eso? Ningún misterio. Con la fórmula Fernández-Fernández, cuando ganemos voy a ser presidenta y vice.

CFK

PRÓLOGO DE CMRR

AHORA SÍ VA A SER SINCERA

Hace tres jueves me sonó el celular a las seis y media de la mañana. Cada vez que pasa eso, tiemblo. ¿Un accidente? ¿Un problema con alguna nota que publiqué? ¿Una radio que quiere sacarme al aire sin las neuronas conectadas y con voz de ultratumba?

Nada de eso. Era algo peor.

A tientas, en la oscuridad, manoteé el teléfono y alcancé a leer “PP”. Así lo tengo identificado a Oscar Parrilli. La primera P es, obviamente, de “pelotudo”, el cariñoso apelativo con que lo distingue Cristina cada vez que puede y que seguramente lo acompañará hasta la posteridad.

“Che, te está buscando la jefa —me dijo PP, él también con voz de recién despertado—. Es urgente”.

Hasta unos segundos antes yo dormía. Ahora creía estar viviendo una pesadilla. Para qué corno querría verme, y con urgencia, Cristina, con la que en los últimos tres años había hablado poco y nada.

Ya saben: trabajé para ella prácticamente desde la muerte de Néstor, el 27 de octubre de 2010, hasta meses después de que dejara la Presidencia. Aunque ideológicamente muy distante del kirchnerismo, por aquel entonces empecé a sentir por “la señora” —así me gustaba llamarla— conmiseración, ternura. Viuda en lo personal, viuda política, viuda joven, viuda del hombre que había convertido a aquella sencilla muchachita de Tolosa en reina del país, viuda de un extraordinario recaudador, viuda del que le manejaba la economía. Esa desgracia no podía haberle llegado en peor momento.

Desde el conflicto con el campo por la fatídica resolución 125, en 2008, el gobierno de CFK andaba a los saltos, peleándose con todo el mundo —las empresas, los medios, los mercados, la oposición, la Corte Suprema, la Iglesia, Estados Unidos, Europa, Uruguay, Chile, el juez Griesa, los fondos buitre y, creo recordar, hasta con algunas ONG y jardines de infantes—, al punto de parecer perdido y sin rumbo. Desquiciado.

Con el destino del país en juego ¿podía yo permanecer ajeno, refugiado en la comodidad de mi trabajo periodístico? ¿Podía seguir siendo un mero espectador —o peor, un durísimo crítico— de ese barco que estaba a la deriva? ¿Me importaba un bledo la suerte de 44 millones de argentinos?

No era lo único. Por un lado, la reacción de la Presidenta a la súbita desaparición de su marido había sido sorprendente: sus primeras medidas, apenas volvió a Buenos Aires tras las exequias en Río Gallegos, fueron todas de una gran racionalidad y prudencia. Básicamente estaban orientadas a llevar calma a los mercados, que vivían esas horas con inocultable tensión y temores. Por ejemplo, invitó a una misión del Fondo Monetario Internacional, con el que desde hacía años se había cortado el diálogo, a visitar el país. La que había encabezado la cruzada contra “las patronales del agro” y prometía dar su vida por una revolución nacional y popular, ahora se mostraba dispuesta a tomarse un tecito en tazas de porcelana con la representación más odiosa del capitalismo salvaje. Wow. Esta señal explícita de ortodoxia económica ¿no era una excelente oportunidad para que yo, consumado liberal y miembro del staff de un diario tan mercado-friendly como La Nación, hiciera un aporte?

Por otro lado, Cristina venía acentuando hasta niveles jamás vistos en el país la utilización de lo que terminó convirtiéndose en la principal arma de su gobierno: su palabra. Las cadenas nacionales ya constituían el núcleo de la estrategia para enfrentar las corridas cambiarias, el aumento de la inflación o de la pobreza, los conflictos internacionales, los crecientes escándalos de corrupción… ¿Trepaba el dólar? Discurso. ¿Aparecían pruebas de negociados o enriquecimientos ilícitos de su familia o de integrantes de su gabinete? Discurso (en el que hablaba de cualquier cosa menos de la acusación). ¿Crisis con Uruguay por la construcción de la papelera en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú? Discurso. ¿Florencia le había hecho un comentario a la mañana, desayunando? Discurso. ¿Homilía crítica de algún obispo? Furibundo discurso. ¿Un editorial crítico en La Nación o en Clarín? Discurso y activación del coro oficial de replicadores (ministros, legisladores, La Cámpora, Luis D’ Elía, Hebe de Bonafini, etcétera, etcétera, etcétera). ¿Arreciaban los cortes de luz? Discurso en cadena. ¿Aumentaba el precio de la carne vacuna? Discurso para exaltar los poderes afrodisíacos de la carne de cerdo. ¿Apertura del período de sesiones ordinarias del Congreso? Cuatro horas de discurso. Cuantos más problemas, más palabras. Cuantos más problemas, más necesidad de elaborar un relato que justificara todo y presentara un panorama que nada tenía que ver con la realidad.

Desde lo personal, no dejaba de resultarme interesante, enriquecedora y desafiante la posibilidad de darle una mano a una presidenta que le asignaba a la comunicación un papel tan importante, tan estratégico. A ver, en el mercado político argentino, si sos un experto en campañas electorales, tu máxima aspiración será trabajar con Mauricio Macri. Si tu expertise es la lucha contra la corrupción, querrás ser la mano derecha de Lilita Carrió o de Margarita Stolbizer. Y si te gusta crear ficciones y generar una épica a través del discurso, nada mejor que estar al lado de Cristina. Eso me pasó a mí. Dije: nunca más se me va a dar la oportunidad de que mi pluma y mis conocimientos sobre el fenómeno de la comunicación de masas vayan a ser tan valorados. Nunca más mi instrumento de trabajo diario, la palabra, va a tener rango de política de Estado.

La última razón —¿o habrá sido la primera?— que me hizo acercar al gobierno de Cristina es que pagaban muy bien. Cuando digo muy bien es muy, muy bien. Recontra bien. Siempre seré un agradecido con lo que me ha dado el periodismo a lo largo de cuarenta años de carrera, también en materia de bienestar económico. Pero si querés hacer la diferencia, trabajá para los K. En ese momento, yo tenía más de cincuenta años, era hora de pensar en el futuro de mis hijos y mis nietos.

Lo primero que me hicieron ver fue la necesidad de abrir una cuenta (o varias) en el exterior, no con mi nombre, por supuesto. “Nosotros nos ocupamos de todo porque el mecanismo ya está armado, despreocupate”, me dijo el funcionario de Presidencia —santacruceño, para más datos— encargado del papeleo administrativo. “Carlitos, hasta ahora eras un carlitos. Ahora vas a jugar en las grandes ligas”, añadió, guiñándome un ojo. Increíble. El Paraíso me estaba abriendo sus puertas. También los paraísos fiscales.

Fueron años inolvidables. Tuve el privilegio de estar en la mismísima cumbre del poder, en la cocina de los acontecimientos, en los pliegues más íntimos de ese aluvión que fue, o es, el cristinismo. Escribí discursos, preparé informes reservados, dirigí no menos de cincuenta media training para funcionarios de todos los niveles (al pedo, porque tenían prácticamente prohibido hablar con la prensa), hice unos pocos y pequeños retoques a la técnica expositiva de Cristina (por ejemplo, logré desterrarle el tic de agarrar los micrófonos mientras hablaba), puse mi columna de los sábados en la página 2 del diario al servicio de la causa, fui un abnegado y diligente buchón de “la señora”.

¿Si vi bolsos? Claro que sí: bolsos, bolsitos y bolsones. Por momentos, la Casa Rosada y el departamento de Uruguay y Juncal parecían el depósito de una marroquinería. Pero trataba de no concentrarme en eso. Mi problema no era tentarme o pegar el manotazo (pesqué a muchos con las manos en la masa), sino que me veía en menesteres más intelectuales: producción de contenidos, elaboración de estrategias, jugarle a la Play a Máximo.

Voy a ser franco: no me arrepiento de nada. Como dije, fueron años gloriosos. Aprendí muchísimo. Diría que haber sido colaborador de la señora marcó un antes y un después en mi vida.

Pero, claro, todo tiene un final, todo termina. Tras la llegada de Macri a la Presidencia seguí un tiempito más con los Kirchner, como para disimular. Un día me le presenté a Cristina en el living del departamento de Uruguay y le dije: “Señora, ya no me necesita. No tengo más que palabras de agradecimiento”. Me devolvió una mirada gélida e hizo un gesto con la cabeza que al principio no logré descifrar. No era para mí. A mis espaldas, una empleada doméstica abría la puerta para que me retirara.

“Evidentemente no fue la mejor despedida”, pensé mientras caminaba por las calles, entre aturdido y aliviado. No sabía por entonces que solo iba a empezar a recuperarme de la experiencia aleccionadora pero traumática de haber estado a las órdenes de Cristina, después de dos años y medio de una terapia que incluyó internaciones, aislamientos, curas de sueño y administración intensiva de psicofármacos. Literalmente, Cristina me dejó de cama.

Lo bueno de ella es que es una genia: superinteligente, piensa a lo grande, jamás se da por vencida, ve lo que otros no ven, es audaz y sabe disimular sus deficiencias y explotar al máximo sus atributos, que no son pocos.

Lo no tan bueno es que puede llegar a ser malísima. Digo, si se propone ser presuntuosa, desagradecida, soberbia, elitista, arbitraria, mezquina, cruel…, lo consigue sin ningún esfuerzo. Y se lo propone muy seguido. Contar, como hace en las primeras páginas de Sinceramente, que Macri “estuvo un buen rato en el baño” de la residencia de Olivos cuando fue a verla para acordar el traspaso del mando es de muy mala leche. Hay que ser jodido en serio, jodido de verdad. “Jodido mal”, dirían mis hijos.

Una reconocida psicóloga me hizo ver un aspecto en el que nunca había reparado: “Cristina no tiene amigas. Ni una sola. Leete todos los libros biográficos que se han escrito sobre ella, incluso los más apologéticos, y vas a descubrir eso: no tiene amigas. No las tiene ahora y tampoco las tuvo antes. ¿No te llama la atención? Las mujeres somos muy amigueras. Más que los hombres. Si una mujer no tiene amigas, mmmm, mala señal”.

Alejarme de ella fue una extraordinaria decisión. Tan extraordinaria que no parecía mía. Volví a vivir. En estos últimos años hemos tenido algunos intercambios fugaces, la mayoría por WhatsApp. En una ocasión, cuando la cosa se prolongó un poco, sentí que el pavimento se movía debajo de mis pies. Su nivel de toxicidad en sangre es más alto del que yo estoy en condiciones de tolerar.

Por eso, cuando aquel jueves recibí la llamada de PP, volví a sentir escalofríos y temblores. “¿Que me está buscando Cristina? ¿Estás seguro? ¿Qué carajo quiere?”.

Me contestó que era para proponerme algo interesante, que me iba a gustar. “Vas a hacerte famoso y, lo más importante, te vas a ganar unos buenos mangos”, agregó. La dimensión pecuniaria jamás está ausente en el universo kirchnerista.

Tres horas después estaba entrando en el departamento de Uruguay, al que por segunda vez veía sin bolsos ni movimientos raros (la primera había sido cuando fui a renunciar). Tomé la precaución de pasar antes por el baño del bar Melody, que está enfrente, cosa de no aparecer después escrachado como Macri.

Cristina me recibió sin maquillaje, sin saludo y sin ofrecerme un fucking café. “Mirá —dijo, el tono firme, la mirada clavada en unas hojas que tenía en sus manos—. No me quedé conforme con Sinceramente. Nada que reprocharles a los de la editorial. Ellos hicieron su trabajo. No estoy conforme con lo que escribí. Bah, con lo que dije en las entrevistas que me hicieron para el libro. No fui a fondo. No fui del todo sincera, me dejé llevar por Alberto [Fernández], que me rompió las pelotas para que diera una imagen más light, más edulcorada. Le hice caso, y ahora, después de leer el libro ya impreso, me quise matar. A Máximo le pasó lo mismo. Esa no soy yo. Quiero que aparezca Cristina, la verdadera Cristina. Ocupate de todo. Buscá editorial, conseguí dos buenos grabadores y vení hoy a la tarde para empezar a laburar. Y andá pensando en el título. Tenemos que juntarnos cinco o a lo sumo seis veces, porque la idea es que el nuevo libro esté en la calle en veinte días, para contrarrestar a Sinceramente. Yo acá escribí lo que sería la estructura y las principales cosas que quiero decir. Le vamos a dar la forma de una larga conversación entre los dos, aunque tu mayor aporte será quedarte callado. De los honorarios hablá con Parrilli”.

Cuando estaba a punto de irse, otra vez sin saludarme, atiné a preguntarle: “¿Por qué yo? ¿Por qué pensó en mí?”. No lo dije, pero estaba sobreentendido: lo más lógico sería recurrir a algún periodista militante, que habría estado dispuesto a hacerlo sin cobrar un peso.

“Tantos años al lado mío y no aprendiste nada, Roberts. Estoy en campaña. Con vos, un gorila neoliberal, me aseguro de llegar a la gran clase media, a los principales centros urbanos. Te veo a la tarde”.

Este libro es el fruto de seis entrevistas, en las que, en efecto, me dejó intervenir muy poco. De todos modos, pude colar mi impronta. Ya lo verán. Sorpresita… Todo fue tan rápido —el reencuentro de esa mañana, las larguísimas charlas grabadas, el proceso editorial— que ni tiempo tuve de pensar en que me había vuelto a convertir en su súbdito. No me arrepiento. PP me pagó al contado y por anticipado —todo en negro, por supuesto—, sin discutir la cifra que le pasé.