Crónica De Una Traición - Leo Augliera - E-Book

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Leo Augliera

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Beschreibung

”Crónica de una traición es un relato que se desarrolla en dos momentos históricos y lugares diferentes: Roma, en 1944, después del desembarco de los estadounidenses en Anzio; y Brooklyn, al comienzo de la década de 1980. El protagonista es un sexagenario italoamericano que vive en Brooklyn. Su vida metódica se ve alterada por la irrupción, en su apartamento, de un joven ladrón. El evento provoca en él un torbellino de recuerdos que lo llevan al período de la guerra cuando, aún siendo muy joven, se había convertido en partisano en una Roma cercana a la libertad. Las decisiones de entonces lo convencen de ayudar al ladrón. ¿Lo logrará?”.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Crónica de una traición
Leo Augliera
Tektime
Traicionar. Fuerte palabra. ¿Qué significa traición? De un hombre se dice que ha traicionado a un país, a los amigos, a la amada. En realidad, lo único que el hombre puede traicionar es a su propia conciencia.
Joseph Conrad
Copyright © 2025 Letterio Augliera
Todos los derechos reservados.
Traducción Elizabeth Garay
1
Nos engañamos creyendo que podemos olvidar. Sin embargo, siempre llega un momento en el que debemos enfrentarnos a un pasado con contornos tan confusos que nos hace esperar no recordar los errores cometidos. Nos negamos obstinadamente a mantener la mente clara, porque eso nos obligaría a repensar lo que hemos hecho. Preferimos creer que la vida pasada ya no nos pertenece y que el pasado ahora no tiene sentido y está exento de remordimientos. Pero no hace falta mucho para que los fantasmas que creíamos desaparecidos o incluso negados por nuestra conciencia reaparezcan, uno tras otro.
Giuseppe era un hombre decididamente insignificante, pertenecía a esa clase de humanidad que no logra mirar al futuro si no es para ver el día del final, imaginado aún más misero y desolado que todos los que lo precedieron. Ahora vivía encerrado entre los muros de su casa, convencido de que era el único remedio para protegerse de todo lo que estaba fuera.
Esperaba, inmóvil y esperanzado, que el día que acababa de comenzar fuera exactamente igual a los que habían pasado.
Aquella mañana de otoño de 1984 nada hacía presagiar el cambio de sus hábitos: las paredes, el periódico y hasta la soledad eran los mismos de siempre. La atmósfera plomiza de Brooklyn, que presagiaba un invierno particularmente duro, golpeaba insistentemente en su ventana. Pero Giuseppe no pareció darse cuenta, ya que estaba concentrado en construir la maqueta de la Santa María, la carabela utilizada por Cristóbal Colón para descubrir el Nuevo Mundo. Ese era el único momento del día que le recordaba que era italiano. Había desembarcado del barco en Ellis Island, huyendo de los escombros de Europa, desesperado entre los desesperados, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial: finalmente llegaba a un lugar que todavía era capaz de acoger a quienes pedían ayuda y protección. Huyendo de los horrores y la destrucción que habían arrasado toda Europa y desgarrado su país en la guerra civil, buscaba en la tierra prometida la luz necesaria para aplastar la oscuridad que llevaba dentro. Miraba con orgullo la Santa María que estaba construyendo con dedicación y esmerada paciencia, mientras sus ojos se humedecían: no podía evitar pensar que el gran país que lo había acogido había nacido gracias a un italiano. Sí, un italiano como él.
La radio, como siempre, seguía transmitiendo canciones antiguas y nuevas; cada hora, un locutor con voz cálida y seria recitaba noticias más o menos buenas, creando una atmósfera extraña, casi suspendida.
“Son las 9:30 am.... Noticias de la radio... Se ha concluido la reunión entre los sindicatos y General Motors. Esta intervención, solicitada por ambas partes, debería garantizar la renovación del contrato de los trabajadores de la industria automotriz... Política Exterior. El Secretario de Estado estadounidense, en su gira de consultas con los dirigentes de los países del Mediterráneo, se reunió hoy con el Primer Ministro israelí; las conversaciones, que se espera se centren en la situación del Oriente Medio, aún continúan... Crónica... Una agencia de noticias nos advierte que hace unos minutos, un solitario ladrón intentó robar un banco en Brooklyn. Ante la oportuna intervención de un policía vestido de civil, que se encontraba en el lugar por casualidad, el bandido no dudó en abrir fuego, hiriendo al propio guardia y a un cliente que se encontraba en el interior de la oficina. El ladrón solitario logró escapar a pie, pero la policía lo busca activamente y ha instalado controles en la zona... Otra crónica. Seis gemelos nacieron en un hospital de...”.
El timbre del teléfono ahogó la letanía. Giuseppe se levantó lentamente de su asiento, apagó la radio y cogió el receptor.
“Hola Giuseppe, ¿cómo te sientes hoy?”.
Incluso antes de contestar, Giuseppe sabía quién estaba al otro lado del teléfono: era George, su amigo de toda la vida, el antiguo compañero de oficina con el que había creado una extraña complicidad, casi morbosa, consolidada en más de treinta años pasados ​​uno frente al otro, detrás de los escritorios de una estrecha oficina. No lo veía desde el día en que se jubiló, pero su amistad continuaba gracias a aquella llamada telefónica que se repetía puntualmente cada mañana. A estas alturas, ambos estaban convencidos de que el intercambio de noticias, a menudo banales y sin sentido, era necesario para empezar bien el día. Después de muchos años, Giuseppe se había convertido en el confidente privilegiado de su colega, y no importaba si, a menudo, era excesivamente hablador. La cita diaria no le molestaba en absoluto, al contrario, la llamada telefónica era un motivo más para estar satisfecho con su estilo de vida, para repetirse cada día que había pasado bien su existencia; tan bien que sus amigos, sus verdaderos amigos, no habían renunciado a tenerlo en la consideración que merecía. “Mejor. El dolor de garganta que tuve ayer ha desaparecido casi por completo”.
“Menos mal, al menos tú estás bien. Yo, en cambio, tengo un demonio en la cabeza... No puedes imaginar lo que me ha pasado, ¡solo de pensarlo me hace sube la bilis!”.
Giuseppe no se impresionó por el tono de su amigo, lo conocía muy bien y era consciente de su tendencia a dramatizar incluso cosas que no merecían ninguna consideración. “¡En serio! ¿Qué pasó que fue tan grave?”. Su tono era divertido.
George no pareció notar la ironía de su amigo, por lo que continuó contando su historia en el mismo tono con el que había comenzado. “¿Qué pasó? Si estás sentado, agárrate fuerte a tu silla porque quiero contarte algo increíble, más allá de toda lógica... Esta mañana salí temprano de casa. ¿Sabes?, no había podido pegar ojo esa noche y con las primeras luces del alba estaba tan nervioso que salté de la cama con intención de salir a dar un paseo... Es increíble la sensación de libertad que sientes cuando caminas por las calles a esas horas de la mañana. Estaba prácticamente solo, feliz con la tranquilidad que compensaba el nerviosismo acumulado durante la noche. Hasta el frío cortante me agradaba, haciéndome sentir más vivo con cada paso que daba. Mientras disfrutaba de la paz que reinaba, ¿sabes a quién me encontré?... Intenta adivinar, si puedes”. George siempre contaba sus trivialidades cotidianas, intercalando acertijos estúpidos aquí y allá.
“¡¿Cómo voy a saber con quién te encontraste esta mañana?!”. Las preguntas capciosas eran quizá lo único que realmente irritaba a Giuseppe.
“Pero sí, al final es más fácil de lo que crees”.
“Te digo que no lo sé”.
“Bueno, bueno, entonces te lo cuento… ¿Te acuerdas de Marzio, el del departamento de proyectos? ¡Por supuesto que te acuerdas! Era muy delgado, con una gran nariz, parecía un cuervo de mal agüero y lo burlábamos de su voz chillona y amargada como de solterona... ¡Mira, no ha cambiado nada!... Pues bien, a esa hora de la mañana, cuando ni siquiera hay un perro en la calle, no lo veo venir a paso ligero en mi dirección, ¡como si llegara tarde a una cita importante! No puedes imaginarte la sorpresa que sentí cuando se detuvo frente a mí y me miró amenazadoramente con su expresión de murciélago, como si quisiera saltar sobre mí en cualquier momento... Confieso que al principio casi me asustó... Tras unos instantes de asombro, que nos hicieron quedarnos inmóviles uno frente al otro, lo vi levantar lentamente su brazo derecho y señalarme con su dedo índice: ¿No eres George Pollock? Sintiéndome desconcertado por el hecho de que me había reconocido, quise responder con la misma seguridad: ¡Y tú eres Marzio, Andrew Marzio!... ¿Sabes cómo terminó? Al final, tras superar la vergüenza inicial, nos abrazamos... Después de las típicas bromas, ¿sabes qué me preguntó sin rodeos?... Intenta adivinar”.
“No sigas preguntándome acertijos”. Giuseppe pensó que su confidente exageraba esa mañana y que, tal vez, era mejor terminar rápidamente la llamada telefónica.
“Entonces te diré lo que quería ese idiota… Con voz cada vez más estridente me dice: Disculpa que te pregunte, me da un poco de vergüenza esto, pero realmente lo necesito… Deberías devolverme los diez dólares que te presté hace cinco años. ¡¿Entiendes?! Quería los diez dólares que, según él, me había prestado hacía al menos cinco años… Me quedé en shock. Ni siquiera recordaba que me hubiera prestado tal suma; y luego, Santo Dios, después de tanto tiempo sin ver a un colega, el primer pensamiento que tienes es pedirle nada menos que ¡diez dólares de vuelta! Entonces, tratando de mantener un tono distante, le dije: Pero, ¿qué dices? Yo nunca le he pedido nada a nadie. Y luego, con todos los amigos que tengo, imagina si te pidiera un préstamo a ti. Y lo dejé colgado… ¿Qué dices? ¿Le respondí bien?”.
“Tal vez podrías haber…”.
“Te diré lo que pienso. Lo hace con cada ex-compañero que conoce y, entre muchos, siempre encuentra algún idiota dispuesto a complacerlo. Pero a él no le agrado, ¡ha encontrado algo en lo que hincar el diente conmigo!... Bueno, ahora que me he desahogado contigo me siento mejor. Por favor, saluda a tu esposa de mi parte. Hoy parece el día adecuado para no hacer nada”.
“Adiós”. Giuseppe se despidió lacónicamente. A veces le costaba comprender a su amigo que se sentía tan seguro de sí mismo, era como si percibiera en él una crueldad bien escondida, dispuesta a explotar cuando se presentara la oportunidad. También esta vez había percibido, al otro lado de la línea, el placer sádico que se filtraba a través del relato pedante de las humillaciones infligidas a Marzio; lo advirtió tan claramente que estuvo tentado de reaccionar, de mostrarle toda su indignación y tal vez invitarlo a que no le contara sus absurdas crueldades, porque ya no estaba dispuesto a escucharlo. Habría querido hacerlo, pero no lo hizo. Con un encogimiento de hombros liberador, rápidamente cayó de nuevo en la apatía que era natural en él; se dijo a sí mismo que, después de todo, no era asunto suyo y regresó a su escritorio. Miró la Santa María que ocupaba casi todo el tablero, sonrió satisfecho y se sentó a seguir construyendo el velero que una vez terminado, estaba seguro, lo llevaría lejos, en un viaje sin fin.