La Taberna Del Oso Perverso - Leo Augliera - E-Book

La Taberna Del Oso Perverso E-Book

Leo Augliera

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Beschreibung

Esta es la historia de Marco, un periodista a la deriva tras la violencia sexual sufrida por su mujer y su suicidio. La desesperación y el deseo de cambio lo transportan a lugares alejados de su mundo. Se encuentra, casi sin quererlo, frecuentando los barrios bajos de su ciudad y un tugurio, “La taberna del oso perverso”, donde conoce a una humanidad abandonada al margen de la legalidad, compuesta en su mayoría por ciudadanos extracomunitarios. Entre ellos destaca Ígor, un húngaro culto con experiencias intensas en Oriente Medio, donde ha combatido como contratista y como voluntario al lado de los kurdos contra ISIS. Marco se siente atraído por su personalidad, pero descubrirá algo que lo perturbará y agravará su crisis existencial.

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Seitenzahl: 269

Veröffentlichungsjahr: 2025

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La taberna del oso perverso
Leo Augliera
Tektime
Copyright © 2025 Letterio AuglieraTodos los derechos reservadosTraducción del italiano: Elizabeth Garay
Vive libre hombrecito.Vive libre de violencia, odio y racismo. Vive libre del egoísmo y la estupidez.Vive libre del oportunismo y del condicionamiento.Vive libre de la injusticia y la codicia.Vive libre y feliz hombrecito, si puedes, y a pesar de todo.                                             A mi nieto Leonardo
1
Todo comenzó hace un año, en una mañana que debería haber sido como cualquier otra pero que se convirtió en el trágico preludio de mi historia.
Desayunar en silencio era una costumbre que me acompañaba desde hacía mucho, demasiado tiempo. De niño, llegué a la conclusión de que no me gustaba la charla a primera hora de la mañana y que, al estar obligado a escuchar de mala gana las conversaciones de los demás, inevitablemente me haría sentir nervioso durante el resto del día. Sometido a este sufrimiento absurdo, repetía siempre los mismos gestos, encerrándome en un mundo que no permitía a nadie profanar.
Cuando me casé con Mascia, a ella le tocó sufrir mi silencio. Al principio, aceptó esta excéntrica actitud sin protestar; me amaba demasiado, tanto como yo la amaba, y eso nos permitió superar cualquier diferencia de opinión. Con el paso de los años se acabó el amor y con él, la paciencia.
Hoy, quince años después, todavía recuerdo cada momento de cuando la vi por primera vez.
Yo era joven, lleno de grandes esperanzas, todo me sonreía y yo sonreía al mundo. Una vez graduado, sin ningún deseo de buscar seriamente un trabajo, pasaba mis tardes felizmente yendo a varias fiestas. Veladas interminables organizadas por mis amigos o amigos de mis amigos, también recién graduados, que, como yo, intentaban desesperadamente y sin cesar continuar la vida despreocupada y superficial del periodo que acababa de terminar. Fue en una de nuestras fiestas ruidosas y sin sentido que la vi por primera vez. Definitivamente era hermosa, tanto que, con poca objetividad, inmediatamente pensé que era una chica única, desperdiciada en un lugar inconcluso y lleno de gente que solo tenía en mente el objetivo de ligar. Esa noche estaba solo, todavía tratando de digerir el abandono de la chica con la que había salido durante mis años universitarios. Sintiéndome prisionero de la desesperación, de repente me atrajo su risa, tan cristalina que despertó mi curiosidad. Me giré y la miré: su cabeza, que estaba adornada con cabello rubio estaba ligeramente inclinada, mientras sus perfectos dientes blancos estaban a plena exhibición, al reírse de la broma del chico sentado a su lado, que parecía muy interesado en ella. En ese mismo momento decidí conocerla mejor y comencé a estar atento a todos sus movimientos. Bailaba con gracia, mostrando su hermoso cuerpo sin ninguna malicia; y bebía a pequeños sorbos para evitar exceder la cantidad de alcohol, lo que podría haberle causado una pérdida de control. Incluso se reía cortésmente de los chistes, presuntuosamente juzgados por mí como idiotas, que provenían de sus amigos que competían por atraer su atención. En resumen, me había enamorado perdidamente de ella y quería conocerla a toda costa. Después de averiguar quién era, descubrí que se llamaba Mascia y que estaba cursando el tercer año de la carrera de Derecho. Tuve la oportunidad de acercarme a ella después de una hora de estrecha vigilancia. Extrañamente, se encontraba sola en la barra, esperando pacientemente una Margarita. Me senté a su lado sin decir palabra y fingí estar interesado en los movimientos del barman, quien, sintiéndose observado, agitaba el brebaje con excesiva teatralidad. Mascia no parecía haberme notado, ella también miraba fascinada los actos del hombre.
«¿Te gusta México?», susurré torpemente mientras el barman le entregaba la copa escarchada con sal, repleta de la bebida con tequila.
Mascia no pestañeó. Pensé que no había escuchado mis palabras debido al ruido ensordecedor de la música. Lentamente, levantó su copa, tomó un sorbo y, cuando me resigné a su silencio, respondió sin mirarme. «Nunca he estado en México, pero me gusta el tequila».
«Bebí la mejor Margarita en la zona vieja de la Ciudad de México».
Por supuesto, nunca había estado en la Ciudad de México, pero no pude resistir la tentación de impresionarla.
Finalmente, me miró. Tenía una expresión que ingenuamente pensé oscilaba entre la incredulidad y la admiración.
«¿Has estado en la Ciudad de México?».
«Hace un par de años. Estudié periodismo y el Departamento de Asuntos Exteriores envió a los tres mejores estudiantes a México para realizar una investigación sobre los cárteles de la droga mexicanos».
Había dicho algo tan grande que inmediatamente me arrepentí.
«¿Investigaste sobre los cárteles de la droga mexicanos?».
Su curiosidad me hizo tener esperanza de que había creído mi historia.
«Sí, tuvo tanto éxito que utilicé la investigación para escribir mi tesis. La comisión me elogió y me dio las mejores calificaciones, otorgándome el derecho a publicarla». Seguí diciendo mentiras sin limitarme.
«Debes haber corrido un gran riesgo, sé que los periodistas en México no tienen una vida fácil».
«Bueno, sí…, confieso que mis compañeros y yo escapamos de un atentado, cuando estábamos casi al final de la investigación».
«¿Intentaron matarte? ¿En serio?».
«Evidentemente con nuestras preguntas molestamos a alguien. Apresuradamente, fuimos repatriados por nuestra embajada».
A estas alturas ya andaba a rienda suelta y, lo confieso, empezaba a disfrutarlo.
«¿Alguien resultó herido?».
«Afortunadamente, todo resultó solo un gran susto».
«Por suerte».
Noté su sonrisa irónica y sospeché que quizá no se lo había creído. Pero, de todas formas, quise continuar con mis tonterías. «Cuando regresamos tuve que tomar seis meses de psicoanálisis. Ya no podía dormir sin soñar con esos cabrones que, a toda costa, querían decapitarme con machete».
«¡Qué horror!».
La actitud que siguió mostrando, mirándome directamente a los ojos, me dio la certeza de que algo no iba bien. En lugar de escuchar con interés, aprensión y sobre todo preocupación, Mascia se reía de mis desgracias. «No me crees, ¿verdad?». El tono resignado selló mi rendición. Ese juego, si hubiera continuado, habría corrido el riesgo de hacerme ver aún más ridículo.
«Sí, sí. ¿Por qué no debería hacerlo?». Hablaba con indiferencia, como si, en el fondo, no le importaran mis desventuras.
Su comportamiento me hizo darme cuenta de que todo era culpa mía y que tenía que solucionarlo. «Bueno, te conté un montón de tonterías, nunca he estado en México y nunca he hecho investigación en lugares peligrosos».
«Ay, ¿no?».
Ella pareció sorprendida por mi confesión, pero no caí en la trampa. «En realidad, hice el viaje, pero a España, a Barcelona, ​​donde hicimos una investigación de por qué esa ciudad atrae a tantos jóvenes de toda Europa».
«No es un viaje tan emocionante como el que me contaste, pero aun así es una experiencia agradable».
«Sé que te diste cuenta de inmediato que te estaba contando disparates».
«Entonces ¿por qué seguiste?». Su tono se había vuelto áspero.
«Me gustaría ser escritor y me gusta trabajar con mi imaginación. Una vez que empiezo, es más fuerte que yo, no puedo detenerme».
«Más que un escritor, me pareces un pobre idiota que intenta trepar por las espejos para impresionar».
Mascia se levantó y se alejó, sin que yo tuviera el valor de responderle o seguirla con la mirada. Me quedé allí, fijando mi vista en la copa vacía de su Margarita, con un nudo en el estómago y ganas de que me tragara la tierra. Solo después de varios minutos y un par de Martinis secos levanté la vista de la barra. Escudriñé cuidadosamente cada rincón de la habitación, pero ya no la vi. Probablemente, había huido, disgustada por mi actitud inusual y presumida.
Al día siguiente, me encontraba frente a la facultad de derecho, pero no la vi. Continué el día siguiente y los días después. No había rastro de ella, parecía haber desaparecido en el aire. Empecé a sospechar que Mascia era producto de mi imaginación, un fantasma que había querido crear a propósito para buscar consuelo y aplastar la decepción de mi amor anterior, todo ello alentado por la enorme cantidad de alcohol que había bebido esa noche. A estas alturas ya estaba casi convencido de esa hipótesis, cuando la vi caminar con porte aristocrático hacia la universidad. Me intimidó ese andar imponente, tanto que empecé a dudar de que pudiera ser ella. La vi alejarse cada vez más, pero no podía moverme, me quedé petrificado ante la posibilidad de detener a una extraña. Finalmente tomé una decisión, tenía que actuar rápido o corría el riesgo de perderla para siempre. En instantes, estuve detrás de ella, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir mi aliento corriendo por su cuello. Al notar una presencia extraña a unos pasos de ella, rápidamente aceleró su andar sin darse la vuelta. Ya casi la alcanzaba cuando encontré el valor suficiente de decir su nombre.
«Mascia».
No se giró, aunque estaba seguro de que había oído; continuó caminando rígidamente, su paso cada vez más firme. Quise insistir, llevado por la desesperación.
«Mascia, te pido disculpas por ser un idiota».
Finalmente, llamarme idiota en español hizo que se detuviera. Se giró y me miró con una sonrisa que me puso los pelos de punta.
«Tienes razón, solo eres un idiota». Hablaba lentamente y eso me hizo sentir aún más incómodo.
«¿Me perdonas?», dije en voz baja.
«Aprendiste bien el español en México».
«Lo siento, por todas las estupideces que te conté».
«¿Estabas borracho?».
«Tal vez, o tal vez quería impresionarte».
La sonrisa que hizo que me enamorara de ella aquella maldita noche, finalmente reapareció.
«Debiste haber evitado toda esa farsa».
«Tienes razón, lo siento».
«Tu estupidez resultaba innecesaria, ya me habías impresionado, incluso sin decir una palabra».
Ese fue el inicio de mi historia de amor con Mascia. Comenzó como un amor construido sobre la sinceridad total, probablemente por el turbulento preludio. Nos juramos el uno al otro que nunca nos mentiríamos, incluso si eso significara hacernos daño. Y fue con estas premisas que intentamos construir un futuro juntos. Solicité una pasantía en un periódico local. Era un diario con el que había colaborado durante mi época universitaria, escribiendo artículos breves que hablaban de los jóvenes, centrándose especialmente en el entorno ambiguo y multicolor de los estudiantes. El director del periódico era Giorgio Soldo, un periodista de grandes cualidades, pero que pertenecía a esa categoría, no demasiado rara en el mundo del periodismo, de los mastines, cuya característica era una maldad indescriptible. Si el objetivo era un político o un papable de la ciudad, el pobre estaba condenado. Los ataques, repetidos y fundamentados, obligaban a la víctima a elegir entre dos soluciones igualmente humillantes. Estas eran dimitir de su cargo y, posiblemente, huir de la ciudad, o llegar a un acuerdo con Soldo y convertirse así en una especie de afiliado de la congregación que controlaba la ciudad, y en el que mi director ocupaba un cargo importante. Giorgio Soldo era un amigo cercano de mi padre. Nunca entendí de donde surgió esa amistad, y debo confesar, allanó el camino para mi carrera en el periódico, convirtiéndome en una especie de protegido del director, envidiado y temido por todos mis demás colegas. Como un estudiante diligente escuché todos los consejos del gran jefe; tanto así que, en poco tiempo, me volví aún más cabrón que él. Así, durante unos años y solo para ganar experiencia, pasé mis días arrojando veneno a este o aquel personaje de la ciudad, mientras por la noche, exhausto y con náuseas, intentaba desintoxicarme en los brazos de Mascia. Mientras tanto, ella se graduó y comenzó su práctica para convertirse en abogada en uno de los despachos penalistas más famosos de la ciudad, recomendado, no lo creerán, por mi querido director Giorgio Soldo, quien por extensión también le había tomado cariño a Mascia. De vez en cuando el director nos invitaba a cenar a su casa y así conocí a la esposa de Giorgio, la dulce Dora. Aún hoy me pregunto cómo una mujer con la personalidad de Dora podría estar con una persona así. Eran como el día y la noche, pues Giorgio era irascible y rencoroso, mientras que Dora era tranquila, comprensiva, a disposición del resto de la humanidad. Esa mujer incluso lograba sonreír ante los terribles arrebatos de su esposo, quien, ante tanta indulgencia, se enojaba aún más. Al no tener oposición alguna, las travesuras del monstruo terminaban al cabo de unos minutos con una caricia de Dora; su mano tenía el extraño poder de relajar el tenso rostro de su marido, haciéndolo regresar por arte de magia del color morado a su tono habitual. Un par de veces, fui testigo de sus discusiones unilaterales y en mi corazón esperaba que, en lugar de una caricia, Dora le asestara un buen puñetazo en la nariz, lo suficientemente fuerte como para dejarlo inconsciente de una vez por todas. Pero cada vez, para mi gran decepción, no pasaba nada, Dora lo acariciaba con su dulzura habitual y todo volvía a ser como antes.
Cuando me casé, Giorgio fue mi padrino, mientras que Dora fue la madrina de Mascia. Con estas elecciones queríamos marcar nuestras inclinaciones: yo prefería estar con los cabrones, que eran dueños del mundo, mientras Mascia, con Dora, buscaba constantemente un método eficaz que hiciera el mundo mejor.
Pronto ambos nos dimos cuenta de que en nuestra casa no había ningún amo del mundo y que nunca encontraríamos la solución para mejorarlo. El gran amor de nuestra juventud se transformó poco a poco en una indiferencia progresiva que pronto desembocó en un rencor cada vez más maligno, recriminándonos mutuamente de haber dejado escapar, sin hacer nada para impedirlo, lo hermoso que nos había unido. Ninguno de los dos tuvo la humildad de admitir nuestros errores, así que terminamos viviendo vidas paralelas, que nunca se encontraban. Poco a poco me fue dejando de importar lo que pasaba por su mente. Aunque la tenía delante de mí todas las mañanas durante el desayuno, era como si no la viera y me hundía cada vez más en la indiferencia. Lo único que veía, cuando mis ojos se encontraban con los suyos, era solo una expresión que cada día se volvía más cansada. Ambos comprendimos que nuestra relación se había vuelto inútil.
Esa mañana, algo inusual alteró nuestro ritual entre cónyuges distanciados. Una extraña euforia que hacía tiempo no sentía me hizo mirar con curiosidad a mi esposa y, aunque estaba seguro de que frente a mí estaba sentada la misma mujer devastada por el sueño y el descontento, un detalle insignificante despertó mi imaginación. Sus ojos se posaron en su bata azul, que llevaba con despreocupación. Miré sus pechos con una curiosidad casi morbosa, como si los estuviera viendo por primera vez. La novedad me asustó tanto que sentí un extraño hormigueo de decepción recorriendo todo mi cuerpo. No había planeado volver a amar a Mascia, la consideraba algo del pasado, hermosa mientras había durado, pero que nunca podría volver a suceder. A estas alturas mi única preocupación era escuchar una voz absurda, que me decía que rechazara el amor que quizás Mascia todavía intentaba darme. Aceptar los viejos sentimientos me aterrorizaba; me desagradaba el trastorno que la novedad podía traer a mi vida, sobre todo en los últimos tiempos, con la metódica banalidad de la maldad, expresada de manera ejemplar en el trabajo y que defendía con todas mis fuerzas, tanto que ya no permitía que nadie neutralizara el veneno que tenía en mi interior.
Esa mañana me había rendido. La debilidad del momento me había arrastrado a un vórtice de sentimientos extraños, que ya no podía descifrar porque hacía mucho tiempo que no los sentía.
«¿Cuánto tiempo hemos perdido?». Hablé apresurado, pero con enorme dificultad, como si las palabras lucharan por salir de mi boca, todavía espesa por el sueño. La mirada perdida de Mascia y el pesado silencio que siguió me hicieron comprender demasiado tarde que había cometido una imprudencia. «Tal vez debería intentar compensártelo, porque te lo mereces, mi amor... Hoy quiero terminar temprano en el periódico. El día está precioso, podríamos salir a caminar y…».
Una áspera risa, diferente a la que alguna vez amé, llegó insoportablemente a mis oídos, interrumpiéndome y finalmente haciéndome levantar la mirada de su pecho. Observé su rostro con curiosidad y me enojé. Sus dientes estaban amarillentos por haber fumado tanto, mientras que la mueca de sus labios hacía que su piel se viera absurdamente apergaminada, haciéndola parecer mayor de lo que era. El arrepentimiento por aquella insensata propuesta me hizo esperar cobardemente su rechazo. «¿Tanta risa te provoco?».
La risa, que no mostraba señales de disminuir, me ponía cada vez más nervioso.
De repente, los labios de Mascia se apretaron en el puchero de una niña asustada, mientras sus ojos, que continuaban mirándome con asombro, se llenaron de lágrimas. Su mirada resistió mi decepción solo por unos instantes; desilusionada y con voz insegura, finalmente escupió todo el veneno que tenía dentro. «¿Qué has hecho que sea tan malo que necesites ser perdonado?».
«¿Crees que tengo algo que debas perdonar?».
«Estoy segura de ello».
«Lamento decepcionarte, pero no tengo nada que enmendar».
«No me lo creo, querido, tú a mí no me engañas».
«Pobre amor mío, en lo que hemos terminado».
Estaba empezando a cansarme de esas peleas rencorosas.
«¿Perdiste en el juego?».
«Sabes que nunca he jugado en mi vida».
«Así que llevaste a mi mejor amiga a la cama».
Que patético era su intento de arrojarme lodo, no tenia ni el talento ni la malicia necesaria.
«Lamento decepcionarte, pero no me he acostado con nadie». Mi expresión se convirtió en una sonrisa resignada por seguir intentando continuar el maldito juego que solo la lastimaba.
«Tienes razón, por tan poco no me habrías invitado a salir». El tono era irónico, patéticamente polémico.
Su agresividad, al final ingenua, que a mi modo de ver traicionaba su amor por mí, en lugar de conmoverme, me hizo volverme más malvado.
«Está bien, si no te importa, no haremos nada. A estas alturas todos mis intentos de acercarnos se han vuelto inútiles». Sentí un placer innoble al provocarla.
«¿Crees que esto…?».
«¡Por ​​amor de Dios, no empieces de nuevo!». Empecé a sentir náuseas por esta despreciable discusión, especialmente por mi comportamiento.
«El hecho es que…».
«Está bien, lo entiendo». La interrumpí, esperando que Mascia no insistiera más. Pronto me di cuenta de que no tenía sentido.
Aunque el sol todavía brillaba en aquella tarde de finales de primavera, un escalofrío frío recorrió sin piedad mi columna. El shock provocado por el estallido de luz, que me obligó a cerrar los ojos, se unió al fastidio que me causó el abrazo de Mascia. Una ira sutil y mal reprimida invadió mi alma por un momento. Reaccioné enfrentándome a la violencia de la luz y buscando redención en el dulce calor que finalmente comenzaba a calentar mi cuerpo. Sentí una sensación agradable y dejé a un lado mi mal humor.
“Es un día hermoso y no vale la pena desperdiciarlo”, pensé, tranquilizado por el sol del atardecer. Caminamos en silencio hacia el parque cerca de nuestra casa. Mis pasos eran lentos, con la desesperada esperanza de conservar aún la dichosa sensación que había disfrutado solo por un miserable momento. Al final me di por vencido y llegué a los senderos del parque sin una pizca de mi optimismo anterior. A estas alturas ya no quedaba nada que pudiera frenar el mal humor que otra vez había empezado a crecer dentro de mí. Me sentí nervioso, acosado por el monótono canto de mil pájaros invisibles, mientras el ruido convulsivo de la ciudad llegaba a mis oídos desde otra dimensión.
Algunos chicos atrajeron mi atención. Bromeaban y se reían, dándome sin querer un alivio inesperado. Me parecieron espléndidos en su desenfado, tan conscientes de estar en el comienzo de la vida que mostraban una irreverencia que me fascinaba. No muy lejos, pero a años luz, unos ancianos se habían instalado en un banco; sin hablar, con el rostro marcado por la tristeza y la decepción; mientras más lejos, un grupo de mujeres, abatidas por su papel de madres, vigilaban con ojos aburridos los juegos de sus hijos. Esa humanidad tan diferente me acercó inesperadamente a Mascia y sentí que la amaba tanto como en nuestro primer encuentro. La vida que nos rodeaba penetró en mi alma, regenerándome. Era natural que pensara allí mismo en lo que siempre había deseado, como si semejante milagro solo fuera posible allí. Ojalá tuviéramos un hijo, pensé resignadamente. La preocupación de un niño me atormentaba y no podía evitar asociar el pensamiento con el rostro de mi esposa, como si fuera solo ella la culpable de que ese sueño nunca se realizara. A estas alturas, Mascia y yo arrastrábamos nuestro peso de infelicidad por la inercia y el miedo de afrontar un nuevo tipo de vida que nuestras mentes, ya demasiado cansadas, no podían concebir. Los hijos arreglan muchos matrimonios, me dije sonriendo amargamente.
Pobre iluso.
No quería entender que la presencia de un niño nunca podría resolver las dudas y angustias que nos acosaban.
«¿Qué dijiste?».
Mascia estaba tan cerca que su cálido aliento se sentía en mi cuello.
Esa cálida caricia me puso la piel de gallina. No había previsto la excitación que provocó la sensualidad de su gesto y eso me molestó. Intenté distraerme alejándome de ella. «Sentémonos allí». Señalé un banco vacío a unos metros de nosotros, aislado de todos los demás.
Me senté, estiré las piernas, tensando todo el cuerpo, y traté de relajarme. Miré con el rabillo del ojo a Mascia, sentada a mi lado, y noté que estaba sonriendo. Impulsado por una ternura irreprimible, le rodeé el cuello con el brazo y la abracé fuerte, cerrando los ojos. Saboreé los débiles ruidos que oía cada vez más distantes a medida que el sueño nublaba mis sentidos. Me gustó ese letargo, nunca realmente alejado de la realidad; me sentí alerta, pero al mismo tiempo podía disfrutar del calor primaveral en un estado de semisueño. Escuché el susurro embriagador de un mundo finalmente inmaculado, que pasaba a mi lado sin tocarme jamás.
De ese limbo de inocencia fui arrojado violentamente a una realidad absurda por un puñetazo que me golpeó el rostro con una fuerza sobrehumana. Todavía estaba aturdido por el sueño y no entendía lo que pasaba a mi alrededor, solo podía ver siluetas borrosas que me mantenían prisionero. Apenas pude oír, como si viniera de una enorme distancia, un grito ahogado. Ya estaba oscureciendo. Todo a mi alrededor estaba impregnado de una realidad confusa, que no podía descifrar pero que conmocionaba mi razón, hasta el punto de hacerme perder el conocimiento.
Nunca supe cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero cuando desperté hubiera preferido no despertar nunca más. El agarre de un individuo, que me pareció enorme, me mantenía clavado al suelo de grava, dejándome apenas respirar. La sonrisa del bruto era tan repulsiva que sentí ganas de vomitar. Disfrutaba gustoso el infligirme una tortura depravada, inventada con la punta de un cuchillo que sostenía en su enorme mano. Todo intento de rebelión fue en vano, un dolor punzante en mis muñecas me hizo comprender que estaban atadas por un hilo fino que penetraba cada vez más profundo en la carne.
Un grito de dolor, no muy lejano, llamó mi atención. Lo que vi fue tan horrendo que me heló la sangre: Mascia, medio desnuda, era inmovilizada por dos hombres, mientras un tercero la violaba brutalmente. El silencio fantasmal, en el que se perdían sus gemidos, revelaba un vacío absoluto, como si Mascia y yo hubiéramos sido arrastrados a la fuerza a una isla desierta, poblada solo por esas bestias. El dolor físico y la rabia que se apoderaban de mi alma me hicieron perder nuevamente el conocimiento, permitiéndome escapar, no sé por cuánto tiempo, de esa absurda pesadilla. Me despertó una violenta patada en la ingle; comprendí con dificultad que un algo duro oprimía mi cerebro y me impedía razonar. La oscuridad no nos permitía distinguir a nuestros torturadores, pero los sentía fuertes, llenos de arrogancia, dueños de mi vida y de la de Mascia. Esa atmósfera me provocó la horrible sensación de estar definitivamente perdido.
«Esa perra de tu esposa no está nada mal».
La frase, pronunciada en un italiano forzado y con un acento indescifrable, resonó en el silencio fantasmal que había caído a mi alrededor. La risa estridente que acompañó esas palabras llenas de odio y desprecio solo fue correspondida por las hojas de los árboles con un susurro repentino. El aturdimiento que se había apoderado de mi mente me impedía comprender de dónde venía la voz o distinguir los rasgos faciales de la persona que había hablado; en cambio, escuché claramente sus fuertes pisadas sobre la grava, a medida que se alejaban cada vez más, hasta que el silencio, interrumpido a veces solo por un parloteo bajo, cayó liberador sobre aquel lugar. La llegada providencial de un hombre que paseaba a su perro puso fin a nuestra agonía. La ayuda no tardó en llegar y, sedados por el dolor, nos trasladaron en dos ambulancias.
2
Cuando volví a abrir los ojos estaba en la cama de una habitación de hospital. No podía mover la cabeza debido a un fuerte dolor. Por el rabillo del ojo pude notar el blanco inmaculado que reinaba en la habitación: el techo, las paredes, las sábanas y hasta los pocos muebles, todo era blanco. Creí haber pasado mucho tiempo en un estado semiconsciente, inmerso en aquella miseria aséptica y esto me provocó un profundo malestar. Inesperadamente sentí una extraña fuerza vital emergiendo desde el fondo de mi estómago. Con esfuerzo, giré la cabeza hacia la ventana y, aunque solo veía la penumbra debida a la caída de la tarde, de todos modos, mi corazón se abrió. La alegría duró poco, un dolor agudo en el costado me obligó a apoyar la cabeza en la almohada, devolviéndome una vez más a la blanca miseria de la habitación.
Llamó mi atención el molesto sonido de pasos apresurados acercándose. Después de unos momentos, dos médicos y una enfermera entraron; procedieron rápidamente, distraídamente, con aire de que, por enésima vez, repetían estos actos. Se pararon al pie de la cama y me miraron en silencio, como si intentaran estudiar mi aspecto desde esa distancia. Pensé que no irían más allá de esa mirada fugaz, pero debí pensarlo nuevamente, el médico de más edad se separó del grupo y se colocó a mi lado. Desde esa distancia lo vi claramente: era un hombre apuesto que se encontraba al final de su carrera, con barba y cabello brillante, cuidadosamente arreglado. Me pareció bastante alto, varios centímetros más alto que el colega que lo acompañaba. Tenía un porte confiado, casi arrogante, típico de alguien acostumbrado a gestionar las precarias existencias de los demás. Tomó con firmeza el historial médico y lo miró fijamente durante un largo momento. Molesto, miró su reloj como si hubiera recordado un compromiso, hizo una mueca de contrariedad y volvió a mirar la carpeta. Tuve la impresión de que, mientras hacía esos gestos bruscos y decididos, estaba pensando en algo que no tenía que ver conmigo. El otro médico, un hombre huesudo de unos cincuenta años, con anteojos y una calvicie que ahora había invadido su brillante cráneo, me miraba con ojos distraídos. La enfermera que los acompañaba, una muchacha sencilla, de cabello y pestañas muy rubias, miraba al médico jefe en silencio, con una expresión que me pareció demasiado respetuosa. Desconcertado por su silencio, me esforcé por dejar escapar un leve jadeo que fue suficiente para atraer su atención. El médico de más edad levantó la vista del historial y comenzó a observarme con curiosidad. Clavó su mirada en mí, buscando en mi rostro una señal que yo, exhausto, no podía darle.
«Doctor, ya despertó».
Después de un largo silencio, la voz de la enfermera resonó en mi cabeza como el sonido de cien campanas.
El hombre dejó lentamente el historial y bajó la cabeza hasta quedar a centímetros de mi oreja. «Intente no forzarse a hablar, aún es muy pronto».
Susurró las palabras con tal dulzura que me sonaron siniestras, idénticas a las frases reconfortantes y compasivas que uno le dice a un hombre moribundo que no tiene salvación. Con la misma delicadeza, agarró mi muñeca con su mano estrecha y sus labios carnosos se abrieron en una sonrisa deslumbrante. Era evidente que quería tranquilizarme, como si esa fuera la misión que debía cumplir a toda costa.
«Por suerte no hay fracturas. Sufrió un shock severo, contusiones y abrasiones en todo el cuerpo. En unos días, prometo, desaparecerán». Mi mirada fija en él sin mucha convicción, lo animó a continuar en el mismo tono meloso, como si mis problemas, después de todo, fueran solo la consecuencia de un accidente banal y sin importancia. «Su esposa está bien. Las señales externas de violencia y el estado de shock, rápidamente están desapareciendo, pero temo que tomará mucho tiempo borrar el recuerdo de lo que le ocurrió, si lo logra. En cuanto a los matones que los atacaron, lamentablemente la policía todavía los busca». No agregó nada más, se limitó a darme otra sonrisa forzada y salió de la habitación, seguido por el otro médico y la enfermera.
Los días que siguieron transcurrieron en una soledad casi total. Las visitas de amigos, de colegas del periódico y, al cabo de unos días, las de Mascia, no lograron disolver la nube que me había aprisionado. A medida que mi condición física mejoraba, sentí la necesidad de encontrar una ocupación adecuada para superar el aburrimiento que corría el riesgo de volverse más peligroso que las propias heridas. Aún sin poder leer debido a los fuertes dolores de cabeza, miraba con curiosidad todo lo que me rodeaba, buscando algo interesante a lo cual aferrarme. La desolación que vi no me ofreció muchas oportunidades, así que no encontré nada mejor que hacer que intentar hacerme amigo de la enfermera que había conocido el primer día.
Durante mi estancia en el hospital, ella se había convertido en la persona que veía con más frecuencia y fui tan bueno en convencerla de que era un paciente diferente a todos los demás que accedió casi inmediatamente, dejando a un lado su desconfianza natural. Lara, mi indulgente enfermera, cuando el turno de noche la obligaba a permanecer en ese lugar imposible, contraviniendo sus deberes profesionales y las normas del hospital, se sentaba al lado de mi cama y conversaba como con una vieja amiga a la que conoces desde hace mucho tiempo, contándome infinidad de cosas sobre ella, su familia, el hombre con el que vivía.