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Siguiendo la línea del volumen La cosa humana por excelencia. Controversias sobre la ciudad, editado por la Fundación para la Cultura Urbana en 2004, este libro recoge una selección de los artículos publicados por Marco Negrón en la prensa nacional (principalmente en Tal Cual y El Universal), en la que el autor continúa con su pertinente reflexión sobre asuntos esenciales en torno a la ciudad venezolana. En Crónicas de la ciudad asediada. Venezuela 2014-2019, Negrón, con su probada agudeza y autoridad, observa y atiende el pasado reciente de la urbe nacional (el siglo XX), su presente (el siglo XXI) y un posible porvenir para mostrarnos a los ciudadanos venezolanos los grandes desafíos que enfrentamos en relación con los temas urbanos.
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Seitenzahl: 324
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Presidente vitalicio: Rafael Cadenas
Presidente ejecutivo: Elías Pino Iturrieta
Junta directiva
Herman Sifontes Tovar
Gabriel Osío Zamora
Miguel Osío Zamora
Ernesto Rangel Aguilera
Juan Carlos Carvallo
Jesús Quintero Yamín
Producción
Staff Fundación para la Cultura Urbana
Corrección
Teresa Casique
Foto de portada
Plaza Venezuela, Caracas, 1983 Ramón Paolini © Archivo Fotografía Urbana
© 2022 Fundación para la Cultura Urbana
ISBN digital: 978-84-126031-7-0
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Crónicas de la ciudad asediada
Venezuela, 2014-2019
Marco Negrón
Arquitecto egresado en 1961 de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU), Universidad Central de Venezuela (UCV). Estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Regional y Urbano, Centro de Estudios del Desarrollo, UCV, 1961-1963. Profesor Titular (jubilado) de la FAU, UCV. Doctor honoris causa por la UCV. Miembro Honorario de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat desde 2016, donde es presidente de la Comisión de Desarrollo Urbano y Territorial. Decano de la FAU, UCV, 1990-1996. Premio Nacional de Arquitectura, mención Publicaciones, XI Bienal Nacional de Arquitectura, 2014. Presidente de la Fundación Fondo Andrés Bello para el Desarrollo Científico, UCV, 1997-2003. Asesor principal del Instituto Metropolitano de Urbanismo Taller Caracas, 2008-2017. Miembro de la Comisión Asesora ad honorem del Plan Nacional de Ordenación del Territorio, 1998. Miembro del Consejo Asesor de la Fundación Plan Estratégico de Caracas 2010, 1996-1999. Ha sido vicepresidente de la Sociedad Interamericana de Planificación y de la Sociedad Venezolana de Planificación.
En materia de investigación su interés se ha centrado en el estudio de las dinámicas territoriales y urbanas, los sistemas de ciudades y los procesos de metropolización. Tiene alrededor de 100 publicaciones en libros, monografías, informes técnicos y artículos en revistas especializadas; más de 70 ponencias presentadas en reuniones científicas y técnicas. Entre sus libros destacan: Ciudad y modernidad, 1936-2000. El rol del sistema de ciudades en la modernización de Venezuela (2001) y La cosa humana por excelencia. Controversias sobre la ciudad (2004), este último editado por la Fundación para la Cultura Urbana.
Para Mercedes porque, en un mundo que de repente se ha puesto patas arriba, están a punto de cumplirse los sesenta años de nuestro primer paseo por Hampstead Heath.
«El hombre no inventó la ciudad, más bien la ciudad creó al hombre y sus costumbres».
Guillermo Cabrera Infante,
El libro de las ciudades, Alfaguara, Madrid 1999.
«Las ciudades no son entes pensados. Son la suma de millones de acasos y el esfuerzo porque no se note: los intentos de ordenar el desorden creado por millones de iniciativas autónomas».
Martín Caparrós,
«México, la ciudad desbocada», El País Semanal, Madrid, 30 de marzo de 2019.
«No puede haber una ciudad abierta en un país cerrado».
Edward Glaeser,
El triunfo de las ciudades, Taurus, Madrid 2011.
Las páginas que siguen recogen los artículos publicados en la prensa caraqueña (continuamente en TalCual, esa hazaña del pensamiento independiente en época oscura construida por Teodoro Petkoff, y por un tiempo en El Universal) durante unos años especialmente negativos para la ciudad venezolana. Se consideró importante cerrar con otro texto más largo, publicado en la revista electrónica Analítica Premium en octubre de 2007 que tiene por título «Contra la ciudad», referido a los planteamientos sobre organización y gobierno de las ciudades y el territorio que proponía el ambicioso proyecto de Hugo Chávez para reformar la Constitución de 1999, afortunadamente derrotado en el referéndum de diciembre de aquel año. Otro breve ensayo que se incluye porque constituye un temprano e impresionante muestrario de lo que realmente pretendía el régimen en la materia, aunque posteriormente se ha intentado implantar por otros medios, aparece en una cuarta sección con el título «La ciudad según el chavismo».
La decisión de recuperar estos materiales no corresponde a un capricho personal, a un intento de prolongar artificialmente la vigencia de escritos perecederos, como se supone que son los destinados a la prensa cotidiana: más allá de su valor intrínseco, que no toca ponderar a quien escribe, ellos responden a un prolongado y sistemático ejercicio de observación, investigación y reflexión mantenido a lo largo de toda la carrera profesional y académica, que, utilizando el recurso de los medios de comunicación social, se ha procurado llevar también al público no especializado, intentando así estimular el indispensable debate en torno a temas que son, aunque no siempre adecuadamente valorados, de importancia indiscutible para el progreso de la sociedad venezolana, hoy enfrentada a la más grave crisis de su historia republicana.
La publicación que ahora se presenta estuvo precedida por otra similar, escrita todavía en circunstancias que, pese a las preocupantes señales ya presentes, hacían difícil imaginar la magnitud del descalabro: La cosa humana por excelencia, editada en 2004 por la Fundación para la Cultura Urbana. Dentro de la modesta escala del mercado editorial venezolano, tuvo un digno volumen de ventas y en 2014 fue distinguida con el Premio Nacional de Arquitectura en el área de publicaciones de la XI Bienal de Arquitectura de Venezuela.
Por supuesto, como ocurrió también con aquella edición, el material seleccionado no se ha dispuesto según un simple orden cronológico: a partir de su relectura, se ha ordenado por secciones temáticas, repensándolo desde una perspectiva integral que apunte a trascender la visión restringida de la coyuntura que en muchos casos pudo motivar la redacción de cada artículo en particular1.
Esas secciones temáticas están precedidas por una suerte de introducción general, «Por qué la ciudad», donde se ensaya una síntesis histórica del fenómeno urbano con énfasis en las cruciales transformaciones ocurridas durante el siglo XX, la formación de grandes áreas metropolitanas en todos los continentes y las polémicas desatadas en torno a ellas. Encuadradas en ese marco, se discuten las especificidades del proceso de urbanización en Venezuela, sus logros y sus contradicciones, con una aproximación al origen de la crisis de fin de centuria, la transición al siglo XXI y los factores que han determinado su profundización y conducido a la situación actual.
La primera sección, «La ciudad venezolana del siglo XXI», es una revisión de sus avatares bajo la égida del sedicente Socialismo del siglo XXI, necesaria sobre todo porque, aun con sus contradicciones y carencias, la experiencia de la segunda mitad de la pasada centuria, en particular con las reformas asociadas a la descentralización política y administrativa de la década de los ochenta, parecía anunciar una etapa superior en su evolución. Lamentablemente, esas expectativas no se mantuvieron en el nuevo siglo, por el contrario, nuestras ciudades entraron, por primera vez desde finales del ochocientos, en una decadencia acelerada en la que muchos de los logros hasta entonces alcanzados, particularmente en el campo de los servicios públicos, se han perdido. Paradójicamente, ello ocurre en un contexto en el cual sus pares en la región han registrado progresos nada desdeñables, a veces incluso notables. Este apartado cierra con tres modestos homenajes a otros tantos constructores de ciudad y ciudadanía que nos dejaron durante esos años. No fueron los únicos, desgraciadamente, pero estuvieron entre los más destacados.
Uno de los aspectos más importantes de aquellas reformas y que despertó mayores esperanzas fue el referido a la gestión de las regiones y los municipios: la elección popular de los gobernadores de estado, antes de libre designación y remoción por el presidente de la República, y la creación del Poder Ejecutivo municipal encarnado en los alcaldes —también ellos de elección popular— como instrumento para garantizar niveles adecuados de autonomía y facilitar la participación; a eso se sumó la creación, apenas iniciándose el siglo, del gobierno del Distrito Metropolitano de Caracas, un objetivo perseguido desde hacía muchos años para sentar las bases de la gobernabilidad de la fragmentada capital y que finalmente materializó la misma Asamblea Nacional Constituyente en el año 2000.
Así, los artículos agrupados en la segunda sección, «Gobiernos locales acosados», se orientan a explorar las causas que convergieron para frustrar en los hechos aquellas reformas, entre las cuales está, sin duda, el carácter crecientemente centralista, autoritario y, por último, tiránico del régimen, pero también la debilidad económica de los gobiernos locales asociada a algo aún más preocupante: la ausencia de una visión estratégica, de largo plazo, de la mayoría de las autoridades de la alternativa democrática (de sus pares oficialistas no cabía esperar nada, sobre todo desde que el exconstituyente y exalcalde Aristóbulo Istúriz, en el rol de orador de orden en la conmemoración del décimo aniversario de la Constitución que define a Venezuela como un Estado de justicia, federal y descentralizado, afirmó sin parpadear que «los mejores gobernadores y alcaldes serán los primeros que desbaraten las gobernaciones y alcaldías»).
La tercera sección, «Pensando en el futuro», aborda un aspecto ineludible como es la reflexión sobre el porvenir de nuestras ciudades. Quien intente imaginarlo a partir de lo ocurrido con ellas en lo que va de siglo, inevitablemente tendrá que formular un pronóstico pesimista; no solo porque su decadencia ha sido dramática, sino además porque, en el momento en el cual se den las condiciones necesarias para emprender la recuperación de la sociedad nacional, el tamaño de las necesidades será inconmensurable y la pérdida de recursos para atenderlas gigantesca, empezando por el talento humano.
Pero el panorama resulta todavía más complejo porque, además, la palanca aparentemente fácil para la recuperación y que sustentó el despliegue del Proyecto Nacional Moderno (Carrera Damas, 1991, pp. 147 y ss.) haciendo posible el crecimiento de Venezuela y de su sistema de ciudades durante dos tercios del siglo XX —la captura del valor retornado de las exportaciones petroleras por parte del gobierno nacional— constituye hoy un modelo agotado, cuyos primeros síntomas se hicieron patentes hacia finales de la década de 1970, pero que bajo el Socialismo del siglo XXI ha alcanzado niveles extremos que están, junto con el simultáneo desmantelamiento del aparato productivo interno, en la base de la monstruosa distorsión sufrida en estos años por la economía venezolana y su demoledor impacto en el plano social (Palacios, 2010).
La profundidad de la crisis es conocida: el país se encuentra postrado, al punto de que la economía se ha contraído en 65 % entre 2013 y 2019 (Bahar y Dooley, 2019), consecuencia de una larga secuela de errores que comenzó con los intentos del gobierno de Hugo Chávez por controlar, desde el año 2002, el sector interno económico a través de una caótica política de expropiaciones, confiscaciones y nacionalizaciones así como con la creación de nuevas empresas de propiedad estatal. Los resultados fueron un verdadero fiasco y se tradujeron en un debilitamiento aún mayor de esa ya no muy robusta área.
Esa verdadera debacle fue ocultada gracias a las importaciones posibilitadas por los altos precios del petróleo. Como señaló el economista Francisco Monaldi, «Los ingresos extraordinarios entre 2004 y 2013 representaron para Venezuela más del 300 % de su producto interno bruto anual. La bonanza más grande en la historia dela región» (Monaldi, 2016), pero a partir de ese último año a la crisis del sector interno se sumó la profunda caída de la producción petrolera, la columna vertebral de la economía nacional durante todo un siglo. Atenazada entre la ineficacia y la corrupción, se ubicaba a mediados de 2020 en alrededor de los 750.000 barriles diarios, cifra equivalente a lo registrado en 1945 y cuatro veces menos de lo que se producía finalizando la década de 1990. Esa caída se refleja, naturalmente, en el descenso de los ingresos por exportaciones que se ubicaron en 21 millardos de dólares, casi cinco veces menos que en 20122.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (más conocida como FAO), la subalimentación se cuadruplicó entre 2012 y 2018, y según la ONU habría 300.000 personas en riesgo por las dificultades de acceder a medicamentos y tratamientos médicos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) señala que 4,6 millones de personas abandonaron el país hasta 2019, dando lugar a una de las mayores crisis de refugiados de la historia moderna y despojándolo de una porción muy significativa de sus mejores talentos.
Siempre para aquellas fechas, los servicios públicos básicos —electricidad, agua, transporte, comunicaciones— bordeaban el colapso cuando en el pasado reciente habían ocupado posiciones de punta en la región. En 2018, la encuesta Encovi calculaba que 87 % de la población se encontraba sumida en la pobreza, Conindustria registraba que el sector trabajaba al 23,5 % de su capacidad y, Consecomercio declaró que el 40 % del comercio había cerrado.
Lo que indican todas esas cifras y la realidad que traducen es que, pese a que la oligarquía en el poder se jacta de que Venezuela cuenta con las mayores reservas probadas de hidrocarburos del mundo, el modelo rentista, lastrado además por la escasa capacidad de diversificación que le es inherente, entró en una fase en la que ya es incapaz de sostener el desarrollo del país (Daboín, Hernández y Morales, 2018). Reconstruir lo perdido y recuperar los rezagos solo será posible a partir de un modelo distinto, estructurado ya no en torno a la captación de la renta, sino sobre la base de la capacidad para desarrollar un sistema productivo innovador y diversificado, en el que necesariamente las ciudades deberán asumir un nuevo protagonismo.
Como consecuencia de esa brutal caída de la economía y las distorsiones resultantes, el aparato productivo, además de gravemente mermado, se encuentra bastante menos diversificado que al finalizar el siglo pasado, mientras la población enfrenta condiciones de vida cada vez más precarias, de modo que, con seguridad, los recursos internos disponibles serán dramáticamente escasos en relación con la magnitud y urgencia de las demandas.
Entre las consecuencias de este escenario podría ocurrir una postergación de las prioridades urbanas aún mayor de lo que ha sido tradicional, y ahora en circunstancias en las cuales la reconstrucción de nuestras ciudades, además de obra física, va a requerir de mucha innovación, de mucha capacidad para repensarlas tanto en términos de su configuración material e institucional como de su rol económico, su cultura y su gobierno, lo que significa que se necesitará de bastante investigación, una actividad que en estos últimos 20 años casi ha llegado a desaparecer, para entender las relaciones (si es que a alguien le interesan) entre desarrollo económico y social y reordenamiento del territorio y la ciudad.
Al reagrupar los artículos, saltan a la vista algunas cuestiones que no resultaban tan evidentes al considerar cada uno aisladamente, la primera de las cuales es la constatación de la continuada decadencia de nuestras ciudades durante el período analizado, en coincidencia con una dinámica de florecimiento de otras urbes de la región, incluidas algunas que pocos años antes se daban por desahuciadas.
Sin regatear méritos a ninguno de los éxitos del pasado, algunos realmente resaltantes, siempre hemos mantenido una posición crítica porque, pese a los logros alcanzados durante el siglo XX, finalizando este todavía las ciudades venezolanas registraban elevados grados de vulnerabilidad, desigualdad y exclusión, además de una nula autonomía financiera. No obstante, es realmente desconcertante constatar cómo, a lo largo de 20 años de sedicente socialismo, durante buena parte de los cuales el Estado obtuvo, como ya se vio, ingresos sin precedentes en toda la región y muy por encima de lo conseguido en los años de mayor bonanza, lo que hoy se contempla es un sistemático desmoronamiento de la ciudad, de sus incipientes bases económicas y, es innecesario decirlo, de sus habitantes.
Esto lleva a considerar otro aspecto que destaca en nuestra visión de conjunto, como es la importancia que adquiere la reflexión política, específicamente el análisis de las políticas del Estado. Es bien conocido el peso que, desde que se inició el ciclo de la economía petrolera en la Venezuela de los primeros años del siglo pasado, ha adquirido el Estado en la vida del país y no solo en su economía: una característica del petro-Estado venezolano —el cual, como se vio, por medio del Poder Ejecutivo captura directamente la totalidad de la renta petrolera, el principal motor de la economía nacional— es la capacidad que le otorga a los grupos en el poder para ejercer un elevado grado de control político, decidiendo qué tipo de actividades y sectores sociales favorecer en su distribución. En los regímenes democráticos esa capacidad se ve moderada no solo por la competitividad social que les es inherente, sino también por los principios de alternabilidad y separación de los poderes que impiden o, en todo caso, dificultan la constitución de hegemonías exclusivas. En cambio, en regímenes totalitarios como el nuestro actual, donde esos valores están anulados, es literalmente imposible impedir el enquistamiento de oligarquías exclusivistas capaces de mantenerse en el poder por períodos muy largos y vulnerar la legalidad democrática en función de sus particulares intereses3.
Veinte años deberían ser suficientes para demostrar que bajo el régimen instalado en 1999 es insensato pensar en un renacimiento del país y, menos aún, de sus ciudades; pero hay que tener cuidado con creer que la solución está en regresar al «pasado feliz» de la república civil de los últimos 40 años del siglo XX. Sin negar sus virtudes —no cabe duda de que fueron los mejores años de la vida venezolana—, sus serias falencias se pusieron en evidencia, precisamente, por el infortunado aterrizaje en el socialismo bolivariano. Pero también el acelerado cambio tecnológico de los tiempos más recientes, con sus impactos sobre la economía y las radicales transformaciones que están conociendo los conglomerados urbanos, exigen más eficientes estrategias de planificación y nuevas formas de organización política y de gobierno que, partiendo de los postulados básicos de la justicia y la igualdad, ensanchen y profundicen los espacios de la democracia y abran las puertas a una renovación del sistema urbano nacional en grado de producir ciudades sostenibles social, económica y ambientalmente, generadoras de crecimiento económico y capaces de establecer relaciones orgánicas y mutuamente ventajosas con su territorio.
La tarea que tenemos por delante los venezolanos que nos interesamos por los temas urbanos es enorme, plantea grandes desafíos y requerirá de muchos años, si es que soplan vientos favorables, para ver materializarse los resultados. A mi generación ya no le alcanzará el tiempo, pero a quienes vengan detrás les convendrá tener siempre presentes los versos de Kavafis:
Cuando emprendas el viaje de vuelta a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras y descubrimientos.
No temas a los lestrigones y a los cíclopes,
ni al colérico Poseidón.
Nunca encontrarás seres así en tu camino
si tu pensar es elevado,
si una extraña y selecta sensación
agita tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones, ni a los cíclopes,
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
a menos que los lleves dentro de tu alma,
a menos que sea tu alma quien los ponga frente a ti.
Marco Negrón
Con el cambio de siglo la ciudad ha pasado a ser la protagonista central del devenir de las sociedades también en términos cuantitativos: por primera vez en la historia la población urbana ha pasado a ser mayor que la rural; una transformación sustantiva a escala de la humanidad pero que para Venezuela no es novedad porque ya en 1959 la primera sobrepasó a la segunda y para el 2000 la urbana alcanzó el 79 %4. Hoy el nuestro es uno de los países con más alto índice de urbanización del planeta.
Sin embargo, a lo largo del siglo XX, particularmente durante su segunda mitad, abundaron las voces que atribuían a las llamadas ciudades grandes prácticamente todos los males de la modernidad, una prédica que tuvo especial fortuna en América Latina y que en nuestro país no solo no ha cesado sino que incluso ha cobrado renovada fuerza en importantes sectores de la sociedad. Entre los años setenta y ochenta, se sostenía específicamente que esas ciudades parásitas, incapaces de vivir sin él, le succionaban la savia al campo y, más en general, a la provincia, bloqueando el desarrollo de la sociedad, una visión que quizá no sea solo venezolana sino que, como ha sostenido Juan Nuño, tenga su raigambre en el corazón humano.
Entrando ya en la tercera década del siglo, cuando la evidencia empírica ha aportado abundantes pruebas en sentido contrario, esa certeza sigue teniendo un considerable peso en nuestro medio, incluso inspirando políticas de Estado, hasta convertirse, como hemos tratado de demostrar en algunos trabajos, en un importante obstáculo para el desarrollo. Los artículos de prensa que integran este libro se dedican a confirmar esa situación, a indagar acerca de sus causas y a explorar posibles estrategias alternativas; pero, para contribuir a su cabal comprensión, se estimó necesario encuadrarlos en una visión amplia del fenómeno urbano que hiciera explícita la posición epistemológica del autor. Eso es lo que sigue a continuación.
La ciudad en la historia: la minoría que transformó la humanidad
Como lo ha hecho notar el historiador Fernand Braudel, la percepción de una ciudad dedicada a expoliar al campo no es del todo gratuita en cuanto constata que las «ciudades son también formaciones parasitarias, abusivas»,y observa cómo«Herodoto ya hablaba de los comedores de mijo en el norte del Mar Negro, que cultivaban el trigo para las ciudades griegas». Señala, en consecuencia, que«El diálogo ciudad-campo es en realidad la primera, la más larga lucha de clases que la historia haya conocido». Y concluye reconociendo que,
(…) estas ciudades parásitas son también la inteligencia, el riesgo, el progreso, la modernidad hacia la que se mueve lentamente el mundo. Para ellas, los alimentos más refinados, las industrias de lujo, la moneda más ágil, muy pronto el capitalismo calculador y lúcido. Al Estado, siempre más bien lúgubre, prestan su insustituible vivacidad. Son los aceleradores de todo el tiempo de la historia. Lo que no significa que no hagan sufrir a los hombres a lo largo de los siglos; también a los hombres que en ellas viven (Braudel, 1977).
Llega entonces este historiador, en definitiva, a una visión de la ciudad que no se aleja mucho de la formulada por Claude Lévi-Strauss, el antropólogo fundador del estructuralismo:
No es pues metafóricamente que existe el derecho de comparar —como tan a menudo se ha hecho— una ciudad a una sinfonía o a un poema; se trata de objetos de la misma naturaleza. Probablemente aún más preciosa, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y lo artificial. Congregación de animales que encierran su historia biológica en sus propios límites y que al mismo tiempo la modelan con todas sus intenciones de seres pensantes, la ciudad da simultáneamente testimonio de la procreación biológica, de la evolución orgánica y de la creación estética. Ella es a la vez objeto de natura y sujeto de cultura; individuo y grupo; vivido y soñado: la cosa humana por excelencia… (Lévi-Strauss, 1955).
O la de Juan Nuño, quien al interrogarse acerca de por qué existen ciudades, dice:
Quizá sería preferible preguntar a la inversa: qué pasaría si no existieran ciudades. Respuesta: no existirían los individuos, es decir, los hombres libres. Es curioso y hasta paradójico: la ciudad es la consecuencia de una agrupación de seres humanos, de la misma manera que la colmena es la agrupación de unos determinados insectos. Pero hasta ahí llega la comparación: en las ciudades, el hombre realiza mejor su libertad que fuera de ellas. Fuera de ellas, solo existe la tribu, la especie, la errancia, el nomadismo. Es en las ciudades donde aparece por vez primera la noción de individuo, de ser aislado y soberano (Nuño, 2010).
Sin embargo, durante milenios esas urbes que lideraron la transformación del mundo, de la sociedad y de los individuos que las conforman, concentraban apenas una minoritaria fracción de la población del planeta. Aunque las ciudades grandes han existido desde siempre y en culturas muy distintas —Roma, Pekín, Delhi, Tenochtitlán, Estambul, más tardíamente Nápoles y Londres—, lo que predominaba era la población dispersa en el campo: hacia 1700 en Europa Occidental y Central, presumiblemente las regiones más urbanizadas de entonces, se calcula que la población urbana no representaba más del 20 % o 25 % de la población total, mientras que en Norteamérica, cuya población urbana apenas rondaba el 9 %, la ciudad más grande era Boston con 7.000 habitantes (Braudel, 1977).
El siglo de la urbanización
El siglo XX, particularmente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, registrará un cambio radical en esta materia: si en 1900, después de cinco o seis milenios de civilización, apenas el 5,5 % de la población mundial vivía en aglomeraciones mayores de 100.000 habitantes, al finalizar el mismo la urbanización se había convertido en un fenómeno con incidencia variable pero siempre muy relevante en todos los continentes, registrando una aceleración extraordinaria en las regiones entonces menos urbanizadas hasta interesar al 50 % de la población del mundo. Las ciudades grandes e incluso muy grandes se habían convertido en ese fin de siglo en algo común, contándose en más de 400 las que superaban el millón de habitantes, de las cuales 22 se ubicaban en el rango comprendido entre los 5.000.000 y los 10.000.000 y 19 superaban la barrera de los 10.000.000.
Las regiones más urbanizadas eran Europa, Norteamérica, América Latina y el Caribe y Oceanía, con más del 70 % de la población viviendo en ciudades; Asia y África, en cambio, no alcanzaban todavía el 40 % de población urbana, pero en términos absolutos esta sumaba 1.678 millones de habitantes, poco más que la población total de las primeras cuatro regiones mencionadas que era de 1.588 millones (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2000).
Para el observador común —y aquí vamos a un aspecto nuclear de nuestro planteamiento— suele pasar desapercibido que esa dinámica no solo ha conducido a un extraordinario desarrollo de las actividades de carácter rural para atender —como ya lo señalaba Braudel— la creciente y cada vez más refinada demanda de las ciudades, sino incluso a la progresiva desaparición de las diferencias entre campo y ciudad. En 2001, en el InformeHábitattitulado El estado de las ciudades del mundo, se afirmaba que en «sentido estricto el mundo está completamente urbanizado, pues el campo de fuerzas que forman las ciudades tiene el poder de conectar todos los lugares y todas las personas en una unidad productiva que se adapta constantemente» (UN-Habitat, 2001). Contrariamente a lo que algunas aproximaciones superficiales han mantenido, el campo y los campesinos, pese a la incontrovertible afirmación de Braudel acerca del abusivismo histórico de las ciudades, también han terminado siendo beneficiarios de las extraordinarias transformaciones que estas desencadenaron: no es casual que el lema acuñado por Naciones Unidas para conmemorar el Día Mundial del Hábitat en 2004 fuera «Las ciudades, motores del desarrollo rural».
La ciudad y el ambiente: ¿conflicto o cooperación?
Sin embargo, no le faltan argumentos a quienes ven a las ciudades como los malos de la película: aunque ellas apenas ocupan poco menos del 3 % del área terrestre del planeta, el impacto ambiental que están generando es enorme. Para medirlo se ha establecido la llamada Huella ecológica, que calcula la demanda de tierras biológicamente productivas y áreas pesqueras originadas por las actividades humanas5. El gráfico siguiente ilustra la evolución de los seis componentes de la Huella ecológica desde 1961, cuando se la midió por primera vez.
Evolución de la Huella ecológica, 1961-2007.
Fuente: WWF, Planeta Vivo, Informe 2010.
Allí se muestra cómo la Huella de la absorción del carbono se ha constituido claramente en el factor crítico que ha conducido a la superación de la biocapacidad anual de la Tierra6, y, como quiera que el 75 % de las emisiones de gases de efecto invernadero y el 80 % de las de CO2 se generan en las ciudades, algunos espíritus beatos han asomado la idea de que la solución estaría en frenar el crecimiento urbano e incluso revertirlo.
Esto revelaría, en primer lugar, una inexcusable ignorancia de las que son las tendencias demográficas desde mediados del siglo pasado y que, se estima, llevarán a que en 2050 se duplique la población urbana mundial que existía en 2005, pasando de 3.200 millones de habitantes a 6.400 millones, debido al impulso que en este siglo darán a la dinámica de urbanización África y Asia, hasta ahora los continentes menos urbanizados.
Población urbana por continentes, 2005-2050. (Millones de habitantes)
2005
2050
Mundo
3.200
6.400
África
300
1.200
Asia
1.600
3.400
Europa
500
América Latina Caribe
400
600
Norteamérica
300
Oceanía
20
Fuente: Naciones Unidas, División de Población.
Sin embargo, también revelaría una actitud profundamente injusta, al pretender negarle a sectores de la población —seguramente los más pobres y políticamente desvalidos— el derecho a la ciudad: esa dinámica de urbanización no es inercial ni corresponde a algo que pudiera asimilarse a un fenómeno natural, sino al legítimo deseo humano de perseguir las mejores oportunidades y la más alta calidad de vida posible, que es lo que, aun en las peores circunstancias, tradicionalmente han ofrecido las ciudades frente al medio rural.
Es imposible ignorar los efectos extraordinarios que ha tenido la transformación urbana de las sociedades en la vida material de los humanos, pero también en las esferas de la cultura y la política. De hecho, es en las ciudades donde se ha eliminado el analfabetismo y ensanchado extraordinariamente los horizontes culturales de todos, donde la humanidad ha producido las grandes obras maestras y se han desarrollado y universalizado los derechos humanos, se han afianzado el cosmopolitismo y el espíritu de tolerancia, además de consolidarse y perfeccionarse la democracia. Ya John D. Bernal, el destacado historiador de la ciencia, había enfatizado la enorme significación cultural de las ciudades:
La Edad de Bronce… produjo la crucial invención social de la ciudad —la civis de la civilización, la polis de la política—. Fue la ciudad la que hizo posibles los avances técnicos y con ellos un vasto complejo de invenciones intelectuales, económicas y políticas —los números, la escritura, el comercio—, en el marco de un renovado sistema de clases y de gobierno organizado. También emergía una ciencia consciente y las disciplinas reconocibles de la astronomía, la medicina y la química adquirían sus primeras tradiciones (Bernal, 1969).
Las ciudades metropolitanas constituyen la mayor riqueza de una sociedad
Hoy esas ciudades abusivas y contaminantes constituyen, más que cualquier recurso natural, la mayor riqueza de una sociedad. Esto ha sido comprobado a través de muchos estudios empíricos, siendo uno de los más recientes el llevado adelante por la Brookings Institution, la London School of Economics and Political Science y el Deutsche Bank Research. A partir de evidencias tales como que 150 áreas metropolitanas analizadas (entre las cuales figuran muchas latinoamericanas, pero ninguna venezolana) generaban el 46 % del valor agregado bruto mundial contando solamente con el 12 % de la población, concluyen que las metrópolis forman las bases de las economías nacionales e internacionales (Metropolitan Policy Program, 2010). Otras investigaciones registran que en estas áreas se patenta cerca del 90 % de las innovaciones y en ellas residen más del 80 % de los científicos más citados (Florida, Goulden y Melander, 2007).
La explicación de ese potencial de las modernas áreas metropolitanas para generar riqueza es que ellas, además de concentrar y potenciar el talento y la creatividad de los hombres, alojan los nodos que conectan a cada sociedad con el resto del mundo a través de las redes técnicas de los transportes y las telecomunicaciones, de las empresas-red transnacionales, de las redes universitarias y de investigación, de los medios de comunicación, de los mercados financieros (Dematteis, 1998-1999). Si, como ya se vio, las ciudades han sido instrumentos clave del desarrollo a lo largo de toda la historia de la humanidad, hoy, en un mundo interconectado y virtualmente urbanizado en su totalidad, donde el conocimiento se convierte cada vez más en la variable decisiva, ese rol se hace aún más relevante.
La solución no es entonces renunciar a la ciudad, lo que además, con toda seguridad, se revelaría como un ejercicio tan imposible como perjudicial, sino abordar con decisión las transformaciones que le permitan enfrentar los nuevos retos con el mismo o superior éxito del pasado. Pero para ello, como ha señalado Antonio Pasquali, es necesario comenzar identificando la nueva dimensión de la ciudad en el siglo XXI y las dinámicas que la rigen:
Esa pérdida del referente utópico ¿hasta dónde compromete nuestra tradicional comprensión del fenómeno Ciudad; disponemos de mejores sistemas categoriales de reemplazo? Pero antes que nada, ¿es realmente importante y prioritario entender más a fondo los procesos de aglomeración urbana? Sobre esto último la respuesta es no solo afirmativa sino apremiante: la precipitosa realidad, bajo el fuerte impulso de tecnologías siempre más innovadoras, viene dando vida a formas y modalidades inéditas del convivir en sus varios niveles, que terminarán originando nuevas políticas tout court y ciudades hoy apenas imaginables en su estructura y gobierno (Pasquali, 2011).
El miedo a la ciudad: la urbanización latinoamericana durante el siglo XX
La revisión hecha hasta aquí enseña que la ciudad que por milenios conoció la humanidad tiene muy poco que ver con la metrópoli que floreció durante el siglo pasado y que a los latinoamericanos prácticamente nos ha estallado en la cara a partir de la segunda mitad de la centuria. En nuestra región, su expansión adquirió una velocidad inusitada, dando origen al crecimiento espontáneo y desordenado de nuevas áreas con carencias críticas en relación con los equipamientos y servicios básicos que demanda la urbe moderna. Se pueden entender, entonces, el desconcierto y los temores que despertó y que condujeron a implementar funestas políticas antiurbanas, en particular antimetropolitanas, inspiradas en buena medida en las interpretaciones de influyentes intelectuales, entre los cuales destaca el mexicano Víctor Luis Urquidi, para quien las grandes ciudades de la región eran el anticipo de un insólito monstruo: «la futura no-ciudad» (Urquidi, 1969).
Desde muy temprano, esa lectura encontró amplio eco entre nosotros, destacando el caso de Arturo Uslar Pietri, sin duda uno de los intelectuales venezolanos más influyentes del siglo pasado y quien supo usar, con singular destreza y asiduidad, la prensa escrita y, sobre todo, el medio televisivo. Ya anciano, cerraba su última columna en el diario El Nacional con las siguientes palabras:
Muchas cosas tendrá que cambiar la mentalidad de la gente culta de América Latina para que pudiera llegar, siquiera, a concebirse la posibilidad de una verdadera política de la población que significara contener el crecimiento de las aglomeraciones informes y regresar al viejo ideal de lo que era y fue esa agencia fundamental de civilización, valga la redundancia, que ha sido históricamente la ciudad (Uslar Pietri, 1996).
Esa visión arraigó con fuerza inusitada y condujo a la implementación de estrategias de contención de la concentración urbana, articuladas sobre políticas dirigidas a limitar la producción de ciudad, las cuales, sin embargo, no pudieron frenar su crecimiento demográfico, pero, en cambio, potenciaron la urbanización informal, el desorden de los mercados y las crecientes ineficiencia y desigualdades de las aglomeraciones urbanas. El resultado fue el opuesto al que se buscaba: en lugar de ayudar al buen gobierno de la sociedad, esas actuaciones desquiciaron las políticas, agudizaron la exclusión y lastraron la evolución de los sistemas de ciudades dejándolos débilmente preparados para responder a los nuevos retos planteados por las dinámicas territoriales del siglo XXI.
A las políticas derivadas de esa visión respondió en aquellos mismos años, lamentablemente casi en solitario, el enfoque del economista brasileño Paul Singer, quien propugnaba en cambio «una acción positiva del planeamiento, en el sentido de facilitar la absorción, por la economía metropolitana, de la oferta de fuerza de trabajo proveniente tanto de la inmigración como del crecimiento vegetativo de la población» (Singer, 1979).
Aunque muchos problemas persisten en un número significativo de ciudades latinoamericanas, incluso en algunas que se daban por desahuciadas, se ha terminado por entender que la planificación urbana y los programas de renovación podían ser instrumentos útiles para impulsar la economía, mejorar las condiciones de vida de la población y atenuar las desigualdades. Lamentablemente no es ese nuestro caso, porque las políticas antiurbanas del siglo pasado se han repotenciado a extremos inimaginables con despropósitos como la idea de propiciar el abandono de las áreas tradicionales de concentración urbana promoviendo la relocalización de la población en regiones de baja ocupación, como los llamados ejes Norte Llanero u Orinoco Apure. Pareciera no haberse entendido que las ciudades históricas son un componente clave de la ecuación del desarrollo, por lo cual el centro de las políticas territoriales y urbanas no puede ser otro que el de rescatarlas y repotenciarlas.
¿Cuándo comenzó la crisis de las ciudades venezolanas?
Parece innecesario decir que hoy nuestras ciudades están mal, sumamente mal. Un malestar que no solo sentimos en carne propia sus habitantes, sino que además lo confirman numerosos estudios nacionales e internacionales. Como quiera que esta situación no ha existido siempre, si se la quiere superar es preciso comenzar haciendo un esfuerzo por identificar cuál fue el momento de inflexión e indagar acerca de las causas que lo originaron.
Aunque se trata de un mal desempeño que se ha agravado bajo el llamado Socialismo del siglo XXI, tiene sus antecedentes en los años de la república civil cuando, como hemos dicho, se instaló en la mente de nuestras elites políticas y culturales la idea de que los problemas del país tenían que ver con la supuesta excesiva concentración de población en las ciudades de la región centro norte costera y, particularmente, en Caracas, la más grande e importante de las ciudades venezolanas que, de distintas maneras, ejerce un liderazgo sobre el resto. Se trató de una visión completamente errada, como lo demuestra el hecho de que hoy esta capital apenas ocupa el lugar 17 por tamaño de población entre sus pares del continente mientras nuestro país ocupa el sexto; además, después de São Paulo, con el 10 %, la caraqueña es la segunda entre las grandes ciudades del continente con menos incidencia (11 %) sobre la población nacional; Bogotá, por ejemplo, llega al 17 % y Santiago de Chile al 36 %, duplicando además la población de la capital en un país con apenas poco más de la mitad de la población venezolana.
Pero lo más significativo es que casi todas esas ciudades más grandes y con más peso demográfico que Caracas (agréguense Lima, Buenos Aires o Ciudad de México) no solo están mucho mejor que nuestra capital en casi todos los indicadores relevantes, sino que además registran dinámicas sostenidas de mejoramiento7. Y aunque siguen enfrentando desafíos de envergadura, no se han cruzado de brazos sino que, antes por el contrario, continúan explorando y poniendo en práctica soluciones y planes innovadores. Si bien todas confrontan problemas de magnitud variable, sus economías nacionales han demostrado bastante más robustez que la venezolana.
En nuestro caso, como se verá más adelante, a esa visión antiurbana se sumó, durante las dos últimas décadas del siglo pasado, una persistente recesión económica con el resultado de que durante los años noventa prácticamente no hubo nuevas inversiones urbanas en el país.
Caracas, el epicentro de la crisis
Por ser la principal ciudad del país, la experiencia de Caracas es, sin duda, la mejor expresión de lo que han sido las políticas urbanas en Venezuela, de modo que una rápida revisión de dicha experiencia puede ser útil para reconocer el camino recorrido y cómo se ha llegado al aparente callejón sin salida de la actualidad.
En 1939, a escasos cuatro años de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez y cuando su población rondaba los 300.000 habitantes, se presentó el Plan Monumental de Caracas, el primer plan urbano de la Venezuela moderna8. En 1945, apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, fueron creadas la Comisión Nacional de Urbanismo y la Comisión Nacional de Vialidad; entre la primera y la Dirección de Urbanismo del Ministerio de Obras Públicas, que hereda sus funciones a partir de 1957, se formulan los planes urbanos de las principales ciudades (además de Caracas, Maracaibo, Ciudad Bolívar, Valencia, San Cristóbal, Ciudad del Caroní, futura Ciudad Guayana, entre otras) y se ensayan las primeras aproximaciones a la planificación regional.
La segunda, la Comisión Nacional de Vialidad, se responsabilizó de los planes nacionales de transporte terrestre, acuático y aéreo, y entregó, en 1947, el Plan Preliminar de Vialidad que guiaría la planificación y la construcción del sistema nacional de carreteras por todo el resto del siglo XX, transformándose, de hecho, en un poderoso instrumento de ordenación territorial.
Derrocada la dictadura militar (1948-1958) empieza la transferencia de la planificación urbana a los poderes locales con la creación, en 1960, de la Oficina Municipal de Planeamiento Urbano del Distrito Federal. En 1972, tras la firma del Convenio de Mancomunidad Urbanística del Área Metropolitana de Caracas, esa dependencia se convierte en Oficina Metropolitana de Planeamiento Urbano y desarrollará un esfuerzo sostenido de estudio e investigación que desembocará, en 1983, en el Plan Rector del Área Metropolitana de Caracas y el Litoral Vargas9
