Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Año 2062. Después de la Gran Guerra en Europa, España se convirtió en un régimen militar. Décadas después, Kyle White, huérfano de un soldado caído en la guerra, se traslada de Sevilla a Barcelona con su hermano pequeño Tom para estudiar en la universidad. Pero su vida de estudiante se ve repentinamente interrumpida cuando un virus letal incurable se propaga rápidamente por todo el país, contagiando a los humanos y convirtiéndolos en criaturas irracionales sedientas de muerte. Para poder sobrevivir, Kyle y su hermano se verán obligados a aliarse con un misterioso militar retirado y una joven muchacha, con los que cruzarán el país, sumido en el caos, hasta llegar a un lugar seguro. No obstante, pronto descubrirán que los infectados no son su mayor amenaza y que, en situaciones extremas, los humanos pueden ser aún más peligrosos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Roger Ibars Rodríguez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-637-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Prólogo
Tras el conflicto bélico conocido como la Gran Guerra que involucró a países de todo el mundo, los regímenes militares se han impuesto en Europa. Pocos años después del fin de la guerra, el gobierno militar está completamente asentado en España, pero una catástrofe biológica logra desestabilizarlo inesperadamente. En 2062, un virus letal se propaga por el país contagiando a los humanos y convirtiéndolos en seres irracionales con un único objetivo en mente: matar. Ante esta situación, el Gobierno toma la drástica decisión de bombardear a sus propios ciudadanos y dejarlos a su suerte.
Kyle White perdió a su padre durante la Gran Guerra y fue criado por su madre junto a su hermano pequeño Tom, con el que se muda de Sevilla a Barcelona para estudiar en la universidad. La propagación de los infectados durante el Día Cero cambia total e irremediablemente las vidas de ambos: solos en la ciudad, Kyle y Tom se ven obligados a aliarse con Bruno, un misterioso militar retirado que sabe más de lo que revela, y Alice, una chica joven y huérfana. Juntos, el grupo intentará encontrar a más supervivientes y llegar a un lugar seguro: Valhala, uno de los pocos asentamientos humanos que quedan en todo el país. Allí deberán enfrentarse a amenazas mayores que los infectados y establecerán vínculos que les influirán para siempre, descubriendo que la lucha por la supervivencia de la humanidad aún no ha terminado.
Con un ritmo ágil y mucha acción, Crónicas de un mundo perdido es un libro entretenido y fácil de leer, pero qué plantea preguntas que te harán reflexionar: ¿Cómo se construye una sociedad libre y segura? ¿Hasta dónde pueden llegar los humanos? ¿Y qué significado tiene la «humanidad»? En su primera novela publicada, Roger Ibars (Lleida, 2002), ganador de varios certámenes de microrrelatos, le da una vuelta a la distopía con una propuesta original que recuerda en algunos momentos a otras obras de ficción del género, como la popular The last of us, y que hará las delicias de los amantes de este tipo de novelas.
Kyle I: Ya nada es lo mismo
Resistir y sobrevivir; era una frase que esperábamos no usar jamás después de la guerra. Fue devastadora y, luego de todo el terror, la mayoría de los países se sumieron en regímenes militares. Todos los que no contábamos con mucho poder adquisitivo solíamos alistarnos en academias militares y, posteriormente, en las universidades del ejército. Desde pequeños ya nos decían lo importante que era servir al país, incluso recibíamos entrenamiento militar. Al finalizar mis estudios decidí ingresar a la universidad de Barcelona, obviamente militar; allí inicié mis estudios en química. Ya era mi quinto año cuando pasó el día cero.
Ahí conocí a mi novia Judith, la chica más guapa que alguien puede llegar a conocer. Era muy valiente, inteligente y capaz de salir de las situaciones más difíciles. Estudiaba enfermería y consiguió la nota más alta en las pruebas de campo en su segundo año. Este año mi hermano también vendría conmigo, así solo deberíamos pagar una residencia. Él eligió estudiar mecánica. Es un chico impulsivo y no se para a pensar que sus actos tienen consecuencias. Recuerdo lo último que me dijo mi hermano antes de todo:
—¡Vamos, Kyle, que llegamos tarde! —gritó desde la frutería.
—Llegamos bien, Tom. Llevo cinco años haciendo el mismo trayecto, vamos bien de tiempo —le dije.
—Lo que tú digas, pero date prisa, que hoy es mi primer día —dijo.
—Calla ya... ¡Tom, aparta! —grité.
Tom se apartó de la trayectoria de un coche que iba a atropellarlo. El coche rozó a una adolescente de unos quince años, quizás dieciséis, y la tiró al suelo. Rápidamente fui a levantarla. No parecía grave, pero igualmente tenía que ayudar.
—¿Chica, estás bien? ¿Me oyes? —pregunté.
—Creo que me he hecho algo en la pierna —respondió mientras le ayudaba a levantarse.
—Tienes un corte en la pierna, nada grave —le dije.
Empezó a venir gente como loca; muchos con mochilas cargadas hasta arriba, otros gritaban que el mundo estaba enfermo, gente tropezándose unos con los otros. Un hombre chocó conmigo y casi me tira al suelo.
—¡Corre, corre por tu vida! —dijo.
—¿Qué está pasando? ¿De qué huis? —pregunté.
No dijo nada, se dedicó a seguir corriendo. Miré a mi alrededor y oí a Tom hablando. Todo era muy extraño, pero tenía que centrarme.
—Kyle, mierda, ven a ver esto —dijo asustado.
—¿Es una manifestación? —pregunté extrañado. Lo dije porque después de la guerra la gente se hartó de todas las cosas relacionadas con el ejército. Fue un periodo terrible; éramos muy pequeños, pero sufrimos mucho.
—Rápido, chicos, entrad —dijo un hombre.
La voz venía de una frutería cercana.
—¡Kyle, no son personas! Entra a la chica en la frutería ahora —me ordenó Tom.
—Joder, tienes razón. Tú ayuda a esa mujer —dije señalando a la mujer que iba tras la chica.
—¡No se mueve! —exclamó. Justo después, un ser humanoide se lanzó hacia ellos, pero el hombre le disparó y la sangre salpicó a la mujer.
—¡Hazlo! —reproché.
—¡Vamos, os quedáis sin tiempo! —gritó el hombre.
Entramos a la mujer y a la chica. Dentro, el hombre me empujó y cerró la verja de golpe. Me caí al suelo junto a la chica y la ayudé a apoyarse en una silla; mi hermano recostó contra el suelo a la mujer y se sentó horrorizado. El hombre, de unos cuarenta y cinco años y con cicatrices en cara y brazos, nos miró a mi hermano y a mí. Tenía el pelo blanco y en uno de sus ojos se veía que no se andaría con tonterías.
Me quité el polvo de la camisa y me acerqué hacia él. Le iba a dar las gracias por un motivo que desconocía, ya que solo me había empujado dentro de una frutería, pero antes de decir nada me sorprendió con una frase muy impactante:
—Mirad, sé que os parecerá raro, pero si queréis vivir un día más, haced lo que os diga —ordenó.
—¿Quién eres? —dijo Tom.
—¡Mira, chaval, no hay tiempo para explicaciones! Coge un objeto contundente y asegúrate de que todo está cerrado, yo tapiaré las ventanas. Estamos en problemas —exclamó.
Estaba en shock, no sabía qué decir. Mi hermano y yo nos miramos con cara de interrogante, no teníamos ni idea de que estaba pasando; lo miramos a él buscando respuestas, pero solo repitió lo anterior de una forma un poco agresiva.
—¿Por qué tenemos que hacerlo? —dijo Tom indignado; no le gustaba recibir órdenes y mira que en la universidad se hubiera hartado de recibirlas.
—Tú hazlo, después ya te lo explicaré —dijo el hombre.
Así lo hicimos. Mi hermano y yo nos aseguramos de bloquear la puerta con un armario. Yo, rápidamente, busqué la navaja de camping que me regaló nuestro padre, que, aun siendo un poco vieja, es afilada y funcional; siempre la llevo encima porque es el último recuerdo que me queda de él. Mi hermano, en cambio, agarró un trozo de hierro que, aunque no se veía afilado, tenía pinta de que un golpe de eso iba a doler. Y así fue como llegué a esa situación.
Qué complicado se había vuelto todo. Ahora o cambiaba yo o mi muerte sería inevitable. Nadie está preparado para quitar una vida y mucho menos para perder la suya. Aquel que dice que no teme a la muerte puedo asegurar que está mintiendo. Se acercaba el fin de los días: este no era más que el simple comienzo de la última gran guerra para la humanidad.
Kyle II: Asuntos familiares
Mi hermano se acercó con ganas de explicaciones; era un chico con mucho temperamento, aunque estaba al borde del colapso, y era normal. Yo ya no sabía qué pensar, si ese señor estaba loco o aún no me había levantado de la cama hoy. Pero tuve que poner calma aunque estuviese soñando, porque mi hermano estaba histérico y sabía que no estaría mucho tiempo calmado.
—Hecho. Ahora explíquese —repliqué.
—Dame un buen motivo para no partirte el hierro en la cara —dijo mi hermano.
—Primero, soy veterano de la guerra europea; y segundo, ¿sabes qué son las cosas de ahí fuera? —susurró.
—Vale, ¿por qué susurra? —pregunté.
—Shhh. No hables muy alto. Eso de ahí fuera, son infectados con un virus que ataca al sistema nervioso. Sé que, si te muerden o te provocan una herida grave, estás jodido —explicó.
— ¿Qué más pueden hacer esas cosas? —pregunté.
—Yo qué sé. ¿Me ves con cara de libro? —dijo en tono burlón—. Sé que lo causa una infección en el tallo cerebral provocada por el virus que se va extendiendo por el cuerpo —acabó de explicar.
No sabía que responderle, todo parecía sacado de una película de terror o algo por el estilo. Miré a mi alrededor buscando a la señora que había entrado mi hermano, pero no estaba donde la dejó. Mis ojos la buscaban como desesperado. Retrocedí alarmado, creía haberme vuelto loco. También me giré para ver si la chica estaba bien; solo tenía ese corte y alguna magulladura, pero nada grave. Seguí buscando con la mirada, pero nada.
—¿Kyle te pasa algo? —preguntó Tom.
—Señor, ¿esa cosa que usted dice podría reanimar cadáveres a los que quizás le hayan tirado sangre encima? —pregunté—. Porque, si es así, tenemos un problema.
—Chico, no habrás entrado a alguien del que no sabías su estado, ¿verdad? —dijo mientras me miraba fijamente.
—Pero tú dijiste…
Se hizo el silencio. Miré a Tom, él miró al lugar donde había dejado a la mujer; solo quedaba un charco de sangre. Me di la vuelta sin hacer ruido, pero al estar oscuro resbalé con algo y oí una especie de gruñido procedente de la trastienda. El señor me hizo una señal para que no me moviera y, de repente, algo se abalanzó sobre la chica.
Claramente, era la señora convertida en una de esas cosas de fuera. Tenía los ojos completamente en blanco, no emitía un sonido humano; su piel era de un color amarillento y se había estirado bastante. Me quedé paralizado al ver eso, solo habían pasado veinte minutos, quizá veinticinco. Mi hermano agarró el hierro y golpeó a esa cosa en la cabeza repetidas veces. Cuando terminó, tiró el hierro al suelo y fue a ver como se encontraba la chica. Ella parecía traumatizada; se abrazó a mi hermano y empezó a llorar. Él se giró hacia mí, pero, antes de que dijera nada, el hombre le empujó con fuerza lejos de ella.
—¿Qué crees que estás haciendo? —gritó—. ¡No sé ni tu maldito nombre y quieres que confiemos en ti, luego nos das órdenes y ahora esto! —le gritó mientras se acercaba a él.
—Me llamo Bruno García y si hago esto es para que no mueras. ¿Sabes acaso si está mordida? —le respondió con un tono sarcástico—. Y como te acerques más, acabarás como una de esas cosas. Por si no lo sabías, no hace falta que te muerdan; la mayoría estamos infectados por el simple contacto con los infectados. Tu sistema inmunitario retendrá la infección evitando que te transformes, pero cuando mueras, la infección tomará tu cuerpo —dijo amenazante.
—Kyle, dile que se deje de estupideces de una vez. Venga, haz algo —me gritó.
No sabía qué hacer, si enfrentarme a Bruno e intentar que se calmaran o decir a mi hermano que se callara. Miré a Bruno y oí un golpe en la verja, luego volví la vista hacia ellos dos.
—Eso no va a aguantar mucho más. Mire, señor, por detrás se puede salir y llegaríamos a mi apartamento. Llevemos a la chica ahí y veamos qué hacer —dije intentando razonar.
—Kyle, ¿quieres salir con esas cosas? —replicó Tom.
—Mira, chavalín, tu hermano tiene razón; es morir aquí dentro o intentar llegar fuera. ¿Está lejos? Porque cuando salgamos tendremos que correr —explicó a mi hermano.
Mi hermano cogió a la chica en brazos y nos acercamos a la trastienda, que llevaba a un callejón. Bruno se asomó por la ventana para ver si todo estaba despejado y, luego de estar mirando unos segundos, dijo que esperásemos un momento ahí; así hicimos. Estuvimos esperando un buen rato. Cada vez se oían golpes más fuertes en la verja, hasta que, uno o dos minutos después, Bruno regresó manchado con lo que parecía ser sangre; no preguntamos nada ni mi hermano ni yo. Luego saqué las llaves que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón y nos dirigimos al callejón, pero nada más dar cinco pasos, Bruno se frenó en seco.
— ¿Qué haces, pa’ qué frenas? —le susurró Tom.
—No, no, no… — repetía.
— Venga, ¿qué te pasa? —le pregunté.
—Es… es ella —dijo mirando al frente.
Yo miré en la misma dirección que él. Había una de esas cosas atrapada en una escalera metálica que se había roto; tenía un rostro femenino y, según sus rasgos, tendría entre cuarenta o cincuenta años. Bruno se acercó, se arrodilló, empuñó su cuchillo y entre lo que parecían lágrimas le asestó el golpe de gracia a ese ser. Se dio la vuelta hacia nosotros y dio dos pasos hacia mí, para luego decir una de las frases que sin duda se quedarían en mi memoria para el resto de mis días.
―He luchado una guerra para salvar a mis seres queridos y ahora he tenido que quitarle la vida a uno. La guerra no ha servido de nada.
No hablamos más durante lo que quedaba de trayecto. Llegamos al apartamento, abrí la puerta intentando hacer poco ruido y entramos. Tom recostó a la chica en el sillón; justo después, miró a Bruno y se fue a su cuarto con cara de estar muy enfadado.
—Haz lo que sea que tengas que hacer —le dije mientras me iba hacia la cocina.
—Bien —respondió.
Tom se fue a su habitación, no parecía muy contento con la decisión. Salí de la cocina para ir a otro lugar que no fuese el salón, así que me fui hacia el balcón. Nuestro apartamento era el típico de estudiantes: tres habitaciones, una cocina pequeña, un baño al final del pasadizo y un salón bastante grande.
Me senté en una silla que teníamos en el balcón y veinte minutos después apareció Bruno. Se sentó a mi lado, yo miré hacia abajo; estaba todo lleno de esas cosas. Me recliné hacia atrás pensando en muchas cosas, aún estaba intentando asimilar que nada sería lo mismo; se acabaron las vacaciones, las fiestas y todo lo relacionado con el primer mundo. Y pensar que nos pasamos la vida planeando las cosas sin acordarnos que de un segundo para otro todo puede cambiar. Me giré hacia él y luego miré hacia el salón. Estaba tan preocupado que no pensaba con claridad, las dudas me asaltaban.
—¿Cómo os llamáis? Las presentaciones han sido rápidas y no me acuerdo bien —dijo.
—White, Kyle White; él es mi hermano, Tom —respondí mientras me mordía las uñas.
—¿Estás bien? —preguntó.
—¿Qué ha pasado con la chica? —le pregunté con una voz rota.
—Yo pregunté primero —contestó.
—No, no lo estoy —contesté.
—Ya… Bueno, la chiquilla está bien; tu hermano la está cuidando, lo hará mejor que yo. Esto de tener cuarenta y tantos años no es bueno —explicó.
—¿Sabes algo de ella? —pregunté más calmado.
—Tiene diecisiete años; también me dijo su nombre, pero ahora no me acuerdo muy bien. Pero no te preocupes, descansa un rato hasta que este caos esté más calmado —me dijo.
— ¿Seguro? —dije dubitativo buscando algún tipo de aprobación.
—Claro, necesitas descansar un rato —respondió.
Así hice; entré en el apartamento y me dirigí a mi habitación. De camino vi como la chica estaba apoyada sobre mi hermano; supongo que, después de todo lo que ha pasado, algún tipo de ayuda emocional se necesita. Llegué a mi cuarto y me tumbé en mi cama mirando el techo. Intenté abrir el televisor, pero nada, sin señal. También probé la cobertura del móvil y sí, había señal; tuve suerte con eso, pero no presté mucha atención a si tenía mensajes o llamadas. Sin nada más que hacer, cogí uno de mis muchos libros de química que usaba en la universidad y me puse a leer. No sé si me estaba volviendo loco; le buscaba algún tipo de utilidad a todo lo que nos habían enseñado, pero para este nuevo mundo.
Media hora después, me acomodé para dormir unos diez minutos, pero como de costumbre, me tuvo que despertar mi hermano, porque me había dormido tres horas. Me dirigí al salón con mi hermano porque Bruno quería decir algo.
—¿Qué pasa, Bruno? —dije con un bostezo.
—Calla y escucha, bella durmiente. Tengo un plan que podríamos intentar en unos días. Lo voy a explicar y ya mañana me decís que pensáis. Bueno, ¿recordáis eso del ejército? Pues hay un campamento bastante cerca. Solo tenemos que cruzar la ciudad y recorrer doscientos metros al sureste —explicó convencido—. Pero hay un problema —recalcó.
— ¿Cuál? —pregunté sin estar aún del todo despierto.
— ¿Cómo cruzamos la ciudad sin estar permanentemente en peligro? No podemos salir a la calle. Una cosa es andar cien pasos por una callejuela y otra cosa es llegar a la otra punta de la ciudad —explicó con un tono de duda.
—El metro —dijo la chica.
—Estará infestado, Alicia. Eran casi las diez, el tren no habría llegado y todo el mundo seguiría allí —dijo Bruno.
—Kyle, el coche. —dijo Tom.
—Puede que le falten reparaciones, es viejo —respondí.
—Puedo hacerlas —respondió él.
—Pero si no has ni empezado la universidad y ahora mismo dudo que lo hagas —dije en tono escéptico.
—¿Cómo crees que reparamos mamá y yo el Cadillac? Aparte, tengo los libros por si me pierdo —dijo con confianza.
Yo miré a Bruno y él asintió con la cabeza, luego se levantó.
—Vale, lo pensaré —declaró Bruno—. Kyle, ¿me puedes indicar un lugar donde descansar? —preguntó.
Obviamente no iba a decir que no, así que me dirigí con Bruno a la habitación de nuestro otro compañero llamado Marc, que había salido antes del piso por la mañana. En cuando llegamos al cuarto, me pidió que cerrara la puerta. Así lo hice, luego me recosté en una silla.
—No sé si llegaremos; las posibilidades son muy pocas, somos cuatro. Y si llegamos ¿luego qué? Tendremos que sobrevivir, Kyle. Esto no es un juego —expuso de un modo preocupado.
—Nos apañaremos. Si llegamos a la zona esa que dices, los militares dirán que hacer. Estaríamos a salvo y seguro que habrá más supervivientes —dije intentando animarle.
—No somos los únicos. ¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que os intenten atracar? ¿O que os den una paliza? ¿O que violen a la chiquilla? Con esa navajita no harás nada más útil que cortar ropa —dijo mientras se metía la mano en el bolsillo. — Toma, es una pistola; quedan quince balas y un cargador. Úsala bien y, lo más importante, guarda la última para ti —dijo claramente en forma de orden.
Sacó una imponente pistola. Yo me la quedé mirando sin saber exactamente qué hacer con ella. Mi padre me enseñó hace tiempo a disparar; no era precisamente sencillo. Tras un minuto mirando, deduje que era una 22 semiautomática. Acepté el arma, pero no tenía mucha confianza.
—Sabes disparar, ¿no? —me preguntó desconfiado.
—Sí, sé cómo usar un arma, más o menos —le dije.
—A ver, explícame las normas básicas —dijo medio sonriendo.
—Sostener correctamente, apuntar alineado, sincronizar la respiración con los disparos y creo que ya está —dije con seguridad.
—¿Has comprobado si la pistola tenía munición al principio? —me preguntó medio instruyéndome—. Es básico saber si tienes munición, si no, considérate hombre muerto —me dijo.
—Es verdad, pero una cosa, ¿por qué me la das a mí? —pregunté buscando una respuesta lógica. En esos dos minutos seguía sin entender el motivo.
—Eh, pues verás… Creo que tú la necesitaras más que yo —respondió después de pensar un rato. Parecía que estuviese mintiendo.
—¿Estás seguro? —pregunte para ver si decía algo más.
—Claro, si nos separamos me puedo defender bien. ¿La coges o no? —dijo.
No le podía decir que no, así que después de esa charla me dirigí al salón para hablar con mi hermano. No sabía qué hora debía ser, supuse que sobre las ocho u ocho y media. Al llegar vi a Alicia y Tom hablando uno en cada sillón, se veían muy unidos, como si se conocieran desde siempre. Sé que es de mala educación interrumpir una conversación, pero tenía que hablar con Tom.
—Perdona, Alicia, ¿puedes ir al cuarto de mi hermano un momento? Es que tengo que hablar con él —le dije con un poco de timidez.
—Claro, ¿al fondo del pasillo a la derecha, al lado de la tuya? —me preguntó.
—Sí —respondí.
—Okay. Por cierto, llámame Alice, me gusta más —aclaró mientras se iba.
Se fue a la habitación. Yo me senté en el sofá y hasta que no me aseguré de que no había cerrado la puerta no dije ni una sola palabra. En cuanto cerró la puerta, a sabiendas de que Bruno estaba dormido, intenté explicarle las cosas a mi hermano.
—Bueno, Kyle. ¿Querías algo? —me preguntó.
—Mira, ¿cómo te lo explico? Vamos a intentar tu idea, pero deberemos tener cuidado. Haremos todo lo que Bruno diga —le dije con inseguridad.
—¡Una mierda! No pienso hacer nada de lo que diga ese loco, casi mata a Alice. Aparte, tiene cuarenta y muchos años; en unos meses sería una carga —me replicó.
—¿Qué mierdas te pasa con esa chica, Tom? —le pregunté—. Y que sepas que Bruno es un hombre que nos puede ser útil —aclaré.
—No me pasa nada, ¿vale? Me cae bien, y después de todo lo que ha pasado… Mira, no sé qué te habrá dicho Bruno, pero piensa con la cabeza, Kyle. Podríamos morir —dijo mientras se levantaba—. Y para eso no hay vuelta atrás, tendrías que saberlo —siguió diciéndome mientras salía a la terraza y se sentaba en una silla.
Creo que tenía un poco de razón. Nuestro padre era militar y hace quince años, cerca del fin de la guerra europea, durante su última misión en Francia, no me acuerdo donde exactamente, su pelotón tuvo que pasar por terreno enemigo, pero les atraparon y pidió que dejasen marchar a los heridos y se quedasen con él. Fue torturado y nadie hizo nada al respecto, y a los seis meses se le dio por muerto. Sus compañeros trajeron una nota que aún guarda mi hermano. Él tenía seis años cuando la leyó.
Me levanté del sillón y me dirigí a hablar con él. Mientas andaba estuve pensando que quizás nos estábamos precipitando, pero no sabía qué hacer. Abrí la puerta, dejé el arma en la mesa y me apoyé sobre la barandilla.
—Es como la de papá —dijo.
—Parecida —respondí.
Cogió el periódico de ayer y se puso a leerlo. Después, en voz alta, repitió en voz alta el titular: «Cerradas las fronteras por la detección de una enfermedad altamente contagiosa». Luego lo tiró al vacío.
—Veinticuatro horas y todo se ha jodido —dijo.
—No podemos hacer nada —respondí intentando quitarle presión.
—¿Crees que mamá estará bien? —me preguntó.
—Estoy seguro de que estará a salvo —le dije con falsa seguridad.
— ¡Tenemos que llegar a Sevilla y encontrarla! —exclamó con seguridad e impotencia.
—Estás loco. Desde Barcelona no se puede llegar, por lo menos en esta situación —le recriminé.
—Venga, se lo estaba contando a Alice y le parece bien: ir primero a Lleida, rodear Zaragoza, luego ir a Madrid, ver si queda algo en Toledo que pueda ser de utilidad y de ahí a Sevilla para buscar a mamá —explicó convencidísimo.
—Claro. ¿Y cómo vas a ir, andando? —dije en tono sarcástico.
—Mira, desde la muerte de papá te crees el líder de la familia. Kyle, mira a tu alrededor, esas cosas. ¿Dejaras que mamá muera ahí fuera? Solo quiero que lo pienses —dijo en un tono amenazador y totalmente frustrado.
—Lee la carta de papá, sé que la guardas —dije intentando calmarle.
Se metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo, sacó un papel doblado con algunas arrugas pequeñas, lo desenvolvió poco a poco con mucha delicadeza y, sin más preámbulos, empezó a leer.
«Hola, niños. Si leéis esto es porque le ha pasado algo malo a papi. Kyle, cuida de tu hermano pequeño y de mamá: ahora eres tú el mayor de casa. Recuerda que ser mayor no es solo crecer, es saber que te lo tienes que pasar bien, pero recordando tus responsabilidades.
¿Y recuerdas la navaja esa que te dejaba cuando íbamos de acampada? Es tuya, guárdala bien. No existe otra igual, justo como decía el abuelo.
Tom, sé que eres muy pequeño para que comprendas lo que está ocurriendo, pero papá no podrá venir a tu fiesta de cumpleaños. Sé que querías un muñeco de acción, uno que siempre decías que querías al ver el anuncio en la televisión; te le va a dar mamá el día de tu cumpleaños. Quiero que sepas, mi pequeño soldadito, que siempre estaré a tu lado, aunque no me veas. Quiero que seas valiente a partir de ahora. Tienes que ser fuerte, soldadito.
Dadle un abrazo de mi parte a mamá. Os quiero, niños.»
De repente oímos como se abría la puerta; era Bruno, no tenía muy buena cara. Tom escondió la carta rápido. Él se fijó en eso, se acercó a nosotros y se apoyó en la barandilla. Sacó un cigarrillo, lo encendió y se dio la vuelta hacia nosotros.
—¿Qué era eso, Tom? —preguntó.
—¿Eso? No sé a qué te refieres —contestó evitando la pregunta.
—Vamos, chico, no te hagas el tonto. Es una nota con sello militar. ¿De dónde la has sacado? —volvió a preguntar.
—¡No es asunto tuyo! ¿Por qué has venido? —dijo Tom enfadado.
—Kyle, dile que es mejor decírmelo —me dijo mientras miraba a mi hermano.
—Tom, dáselo —dije mirando hacia abajo.
—Kyle, ¿esto es una broma o qué? Es personal —me replicó.
—Lo siento —dije. Debíamos empezar a confiar en Bruno.
Le miré y con una cara de decepción, sin más, tiró el papel encima de la mesa y se fue. Yo no estaba orgulloso de lo que acababa de pasar, pero Bruno era la única persona que podía ayudarnos y no quería tenerlo en contra. Abrí el papel y se lo leí a Bruno; al acabar, lo volví a doblar y lo guardé.
—¿Quién era vuestro padre? —preguntó.
— Capitán Jake White, de la octava división. Estaba destinado en Francia cuando desapareció. Nunca encontraron su cuerpo y, al estar en terreno enemigo, a los seis meses lo dimos por muerto —le expliqué.
—Eso es imposible. Mi pelotón lo rescató a él y a dos más en Estrasburgo cuando la tomamos. Estaba herido, pero sobrevivió. Incluso volvió a España; si no me acuerdo mal, se fue a vivir a Murcia —contestó.
—¿Cómo dices? Estás mintiendo. Nos dijeron que no había habido supervivientes de su pelotón y que él y dos más habían desaparecido. Nunca se supo más de ellos —le recriminé.
—Te juro por mi padre que vino a España huyendo de Estados Unidos que lo que digo es verdad —dijo con mucha seguridad.
—Y yo por mis abuelos que fueron a Sevilla por el mismo motivo que lo dieron por muerto, que su misión había fracasado —respondí con su mismo argumento. No me lo podía creer.
—¿Dices que lo que vi aquel día, las heridas que sané de un tal Jake White, Erick Richardson y Frank Williams, no pasó? ¿Que estas cicatrices que me hice al huir no existen, o qué? —dijo con clara rabia.
—Digo que si hubiese salido vivo lo sabríamos —respondí con la misma seriedad.
—Bueno, chico, será mejor que nos vayamos a dormir. Hoy ha sido un día difícil —dijo.
Yo no me lo podía creer, mi padre no nos haría eso. Me senté en mi habitación intentando asimilar lo que me acababa de decir. No daba crédito a sus palabras, eran muchas cosas que asimilar al mismo tiempo. Entonces se fue la luz y salí de la habitación con una linterna para ver si eran solo los fusibles. Para mí no sorpresa, no lo eran: se había ido la luz. Supuse que todo este caos había llegado hasta las centrales de energía. No teníamos electricidad y en una semana nos quedaríamos sin comida. Me volví para el cuarto, me tumbé y, como el móvil ya no estaba cargando, se le encendió la pantalla. Entonces vi que tenía un mensaje que me había llegado cuando Bruno estaba hablando en el comedor acerca del plan y otro antes de que se fuese la luz.
El mensaje era de mi novia Judith. Con todo este jaleo no me había puesto a pensar si estaba bien. Había hablado con ella por la mañana y dijo que me esperaba en la universidad. Sin pensarlo dos veces, abrí el mensaje. Decía así:
9:58. «Kyle, hay cosas raras en las calles. Hemos entrado en la universidad; estamos en un aula del segundo piso dos profesores de los nuevos, María, Jack, Rosa y yo. Kyle, tengo miedo».
11:03. «Kyle, dime que estás bien. He visto como una de esas cosas se comía a tu amiga María. No sé qué está pasando. Ayúdame».
16:18. «Un profesor ha muerto. Dios mío, ¿dónde estás, Kyle?».
17:31. «Jack se ha cansado de esperar sin hacer nada. Ha salido corriendo del aula de conferencias, pero una de esas cosas le ha atrapado».
19:21. «El profesor, Rosa y yo hemos llegado a mi nueva casa. Si lees esto, ven a buscarme, por favor».
20:47. «Kyle, desde mi casa se ve como esas cosas entran en la central de energía».
20:47. «Es posible que este sea el último mensaje que te pueda enviar».
20:48. «Te quiero».
No me lo podía creer, estaba viva. En ese momento se me ocurrió escaparme a buscarla por la noche. Si no recuerdo mal, su casa estaba detrás de la universidad, a unos quinientos metros. Sería fácil llegar con la bici, pero ¿qué pensarían los demás de mí? Me fui a dormir, pero puse el móvil con la alarma en vibración para despertarme antes que los demás y poder ir en busca de Judith. Esa noche soñé con una casa en llamas, me resultaba extrañamente familiar. Algo dentro de ella decía que tenía que entrar. Empecé a andar solo hacia la casa, pero por más que andaba no me acercaba. De repente, todo estaba en blanco y notaba mi piel como si se estuviera quemando. Me desperté sobresaltado; miré el reloj y eran las tres y cuarto. Me levanté de la cama y, sin hacer ruido, cogí la pistola y la navaja. Me fui a la cocina para coger agua y comida; me golpeé con algo, pero no hice mucho ruido. Cuando estaba a punto de salir apareció Tom, que me miró y me agarró del brazo.
—¿Qué estás haciendo, Kyle? —me preguntó.
—Tengo que ir a buscarla —le dije.
—¿Nos vas a dejar por Judith? —me dijo con tono acusador.
—Necesito saber que está bien —le respondí de forma persuasiva.
—¡Estás loco! Kyle, vamos. Soy tu hermano. Mírame y dime que no nos abandonarás aquí ―me dijo intentando culpabilizarme.
—Tom, yo… —Antes de terminar, salí por la puerta.
—Kyle, no lo hagas —dijo desde el otro lado.
—Tengo que hacerlo —respondí.
—Kyle, ya debe de estar muerta. No te vayas —dijo insultante.
—Nos vemos, soldadito —dije mientras reía.
Me fui del apartamento; bajé las escaleras. Al llegar al bajo miré por una ventana que mostraba un trozo de la calle. Se veían un par de esas cosas afuera. Solo se veía un trozo de calle, pero supuse que no habría nada más. Salí intentando no llamar la atención, pero entonces noté que algo me agarró desde dentro y me tiró al suelo. Pensé que ya había llegado mi hora; cerré los ojos esperando lo peor. Entonces dejé de notar la presión, abrí los ojos y vi que era Bruno.
—¡Chico! ¿Adónde crees que vas? —me gritó.
—Tengo que ir a buscar a alguien —le dije sin miedo.
—Mira, yo también he perdido gente, pero no por eso os he abandonado —me respondió como si me diese una lección.
—Hablas como si fueses mi padre —le dije muy enfadado—. No eres él, no mandas sobre mí.
—Kyle, escúchame: si sales ahí fuera es probable que mueras. ¿Lo entiendes? —dijo mientras seguía intentando que no me fuese.
—Voy armado, estaré bien —le dije para que me dejara en paz.
—No lo estarás, ni con la pistola. Por favor, escúchame, chico —insistió otra vez.
—No la perderé porque un hombre loco me lo diga —le recriminé. Ya me estaba cansando de escuchar sus sugerencias, tenía que ayudar a Judith.
—Escúchame, necesito que me escuches —dijo.
—Solo si me cuentas la verdad te escucharé —respondí indignado.
—¿Quieres saber la verdad? —dijo en un tono más serio.
Asentí con la cabeza. Por fin iba a obtener lo poco que aún nos hacía humanos: la verdad.
—Te he dado el arma porque tengo cáncer y me queda poco. Quería que si me pasaba algo no estuvieses desprotegido. Me quedan dos meses si no me lo quitan. —Eso explicaba un poco mejor las cosas, pero aún no era suficiente, así que hice el gesto de querer más información, ese que hacen los malos de las películas. —Esa mujer, la del callejón, era mi hermana —dijo.
—¿Y mi padre? —dije por si me contaba otra historia.
—Sigue vivo —dijo sin dudar.
Me di la vuelta y me dispuse a salir otra vez. Esta vez no dejaría que me detuviera, ya había perdido mucho tiempo. Me invadía una rabia al oírle hablar, lo de mi padre no podía ser. No me dejaba ir a buscar a mi novia porque no se fiaba. Todo estaba despejado, solo un par de esas cosas; iba a ser un camino fácil.
—Yo lo he perdido todo —dijo tras de mí.
—Yo no, si puedo evitarlo —respondí.
—¿Y si nos vamos? —preguntó para convencerme de que no me fuese.
—Os buscaré y continuaremos con el plan —dije. Luego simplemente me fui.
Todo era muy extraño fuera, no ver nadie en la calle viviendo en una de las más transitadas de la ciudad era difícil de creer. Las calles olían a putrefacción; había coches varados sin nadie dentro; cristales rotos, también postes y farolas. Miré hacia arriba y vi como Bruno volvía dentro. Pensé: «Seguro que ha salido al balcón para ver qué hago». Me concentré en lo que tenía que hacer, me agaché y me moví en silencio por las calles aprovechando todo cuanto pudiese para que no me viesen. Mientras me movía hacia la universidad, pensé como había podido pasar esto, un virus extraño que tomaba el control sobre ti infectando hasta la última célula de tu cuerpo. Era todo tan surrealista… No me podía creer que después de un problema viniese otro aún más grande.
Bueno, dejé de pensar y caminé hacia la universidad. Había ventanas rotas, puertas destrozadas; el escenario era horrible. Me acerqué y la cosa empeoraba por momentos; algunas personas por desesperación intentaron saltar por la ventana, no creí que quedase nadie. Había cuerpos por todos lados. Pero entré en el edificio. Quería ver si quedaba alguien que me sirviera de ayuda y también quería llegar al aula donde Judith me dijo que estuvo, no sé por qué, pero tuve el presentimiento de que tenía que llegar hasta ahí. Subí las escaleras, giré a la derecha y, al fondo, vi el aula. La puerta estaba medio rota; sin duda, esa era la mía.
Justo al lado había dos infectados empujando y arañando la puerta de mantenimiento. Dentro se oían llantos y súplicas. Me acerqué sin hacer mucho ruido, sin pensarlo dos veces agarré la navaja y se la incrusté en la cabeza a uno de ellos. El otro se volteó y se abalanzó sobre mí; lo empujé, desenfundé la pistola y disparé con la suerte de que le di en la cabeza. Me sentía muy mal, mareado, con náuseas, pero no debía pararme. Quité la navaja de la cabeza del primero y me acerqué a la puerta.
—¿Hola? ¿Hay alguien dentro? —pregunté aun sabiendo la respuesta.
—¡Dios santo! ¡Ayuda! ¿Quién eres? —respondió la voz entre llantos.
—Me llamo Kyle White. Sal de ahí, no quedan más de esas cosas. —Tenía curiosidad por saber quién era.
—Kyle, ¿estás vivo o estoy delirando? —Se abrió la puerta. — Tío, María ha muerto, Judith te estaba buscando —dijo él mientras se apoyaba en mí.
Para mi sorpresa, era Jack. Él estaba ensangrentado, su polo Ralph Lauren era un harapo desgarrado. Tenía una herida en la cabeza, pero nada grave. ¿Cuánto tiempo debió de estar encerrado ahí? Él se sentó al lado de la puerta; mostraba claros signos de fatiga, hambre y deshidratación. Ayer fue un día muy caluroso. Saqué un poco de comida y agua, y se la di.
—Gracias, tío —me dijo mientras comía.
—Lo de María… ¿cómo lo llevas? —dije, porque sabía que mantenían una relación—. ¿Qué pasó? —le pregunté.
—Me cansé de esperar la ayuda mientras oía como moría la gente, así que fui a buscarla —dijo mientras se encendía un cigarrillo—. Fue muy estúpido por mi parte. Una de esas cosas me cogió y me mordió, nada grave, me libré de ella fácilmente. Pero eran muy fuertes, me emboscaron dos y me encerré aquí. ¿Tú qué tal? —explicó ente caladas.
—Espera, ¿cómo que te mordieron? ¿Hace cuánto? —pregunté alarmado.
—No sé, sobre las siete y media. Pero ya te lo he dicho, nada grave, tranquilo —dijo despreocupado.
—Jack, es grave, muy grave. Más de lo que te imaginas. Es difícil de explicar, pero te queda medio día —le expliqué como pude qué eran esas cosas.
—¿Estás loco o qué? Has visto muchas películas —dijo con un tono de burla.
—Jack, no has visto lo que yo —le dije intentando que entrase en razón.
—Explícate, a ver —ordenó.
—Mira, esas cosas tienen una infección con un arma que se suponía que no se usaría más. Es un tipo de virus, todo muy extraño. El virus se propaga por mordidas, arañazos graves y cosas por el estilo —aclaré.
—Pero eso significa que… —Rompió en llanto.
—Lo siento, si pudiese hacer algo… —intenté mejorar esa noticia.
En ese momento, miró al suelo como buscando explicaciones mientras movía la cabeza de lado a lado en señal de negación. Luego se levantó y se acercó a mí.
—No quiero ser una de esas cosas, Kyle… —Se aclaró la voz. —¿Tienes munición? —preguntó.
—¿Qué quieres decirme? —le pedí una explicación a esa pregunta.
—No puedo ser eso, Kyle. Déjame el arma —dijo extendiendo la mano.
—¿Estás loco? No puedo. —No me creía lo que estaba diciendo.
—Kyle, voy a morir. Déjame estar con María. No quiero ser una de esas cosas —dijo abriendo la mano.
—¿Estás seguro, Jack? —le dije intentando cambiar su opinión mientras desenfundaba.
—Sí. —Puse el arma sobre su mano.
—Nos vemos —dije como despedida.
—Dile a Judith que me sigue debiendo diez euros. —Apretó el gatillo.
Su cuerpo se desplomó, no daba crédito. Vomité por la presión del momento: uno de mis mejores amigos muerto delante mío. Él era de los mejores, nunca me había dado la espalda; consiguió que Judith y yo saliésemos. Casi siempre estaba por nuestra casa, a veces incluso se quedaba dormir en el sofá por pereza a volver. Sin duda, no encontraría alguien como él.
Agarré la pistola y salí corriendo de ahí. Oía como se acercaban infectados por el corredor. Bajé por la escalera de emergencia. Me paré a descansar en un andamio donde no llegarían esas cosas si decidiesen atacar. Seguía sin creerme lo que había pasado. Saqué mi libreta que usaba para anotar cosas ―estaba casi nueva y traía otra por si acaso―; necesitaba pensar para quitarme todo el estrés y poder continuar. El tiempo se me echaba encima y mi cabeza daba vueltas.
Después de un buen rato sentado, llegué a la conclusión que Jack no sería mi última pérdida. Era como un hermano más, no sé cómo se lo diría a Judith. Decidí tumbarme y usar la mochila como cojín. Estaba seguro, así que me dormí un poco. Otra vez tuve un sueño rarísimo, esta vez no era una casa en llamas; estaba yo encadenado al suelo, intentaba pedir ayuda, pero no salía ningún sonido de mi boca. Entonces apareció Judith y me decía que la fuese a buscar. Intentaba ir hacia ella, pero seguía encadenado; luchaba con todas mis fuerzas, pero nada, se desvaneció. Intentaba quitarme las cadenas, pero si conseguía romper una, salía otra en su lugar y no servía de nada. No oía a Judith y mi cuerpo dejó de luchar.
Kyle III: Amor y traición
