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Cronos, el transcurrir del tiempo, va a nuestras clases y las alborota con sus prisas, tanto que apenas disfrutamos de la belleza de nuestra tarea. Nos hace falta escuchar mejor, pensar, mirar despacio a los ojos de otro ser humano, a los de un niño... Sentirnos maestros. Porque, siendo profesores, desempeñamos una tarea imprescindible, recorremos el camino más humano, ofrecemos la herencia más valiosa, exploramos la fuente de riqueza más necesaria, imaginamos sueños que duran siempre, hacemos el mundo mejor. Como docentes, cambiamos las vidas y abrimos futuros, así que estamos en disposición de comprender y aceptar la oportunidad que se nos ofrece, nuestro kairós. Un libro útil para comprender mejor cuál es la dimensión esencial del tiempo en educación.
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Para Pilar, Tomás, Miguela, Isabel, José Carlos, José Miguel, Lara,
Sandra, Marta, Montag, Álvaro
y el extraordinario claustro del C. P. San Miguel.
Y, a través de ellos, para todos mis compañeros de profesión docente.
Mi padre me enseñó solamente dos cosas que no sé si aprendí:
a escuchar y a medir el tiempo.
MARÍA ZAMBRANO
Todas las cosas le suceden a uno precisamente ahora.
JORGE LUIS BORGES
Casi todo el mundo está de acuerdo en que la educación es una ciencia y un arte. Si esto es verdad, un libro sobre educación debe integrar el saber y la belleza. El libro de Carmen Guaita cumple ambas condiciones, porque está muy bien pensado y estupendamente escrito. Cuando Carmen me envió el manuscrito experimenté una doble sorpresa. La primera, al comprobar que trataba de la relación entre el tiempo y la escuela. La segunda, al percatarme de lo injustificado de esa sorpresa, porque la gestión del tiempo y de sus ritmos es el factor esencial de la educación, y debería saberlo. «El tiempo –escribe la autora– es la esencia de la profesión docente». Comprendí que Carmen había tenido el talento de descubrir lo esencial, que suele estar oculto bajo los escombros de lo accidental.
Hablamos mucho del tiempo, al que dividimos en pasado, presente y futuro. Pero la autora nos recuerda que los antiguos griegos, extraordinariamente perspicaces, distinguían además tres modalidades del tiempo, cada una identificada con una divinidad: Cronos, el tiempo físico. Kairós, el momento oportuno. Y Aión, cuyo significado dejaré para el final.
Cronos es el tiempo que miden los relojes, el común a todos, el de los horarios, los calendarios y los programas pautados. Kairós es el tiempo eminentemente educativo, el que exige atender a la peculiaridad del momento. Como se lee en la Biblia:
Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol.
Un tiempo para nacer y un tiempo para morir.
Un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar.
Un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar (Ecle 3,1-4).
Eurípides definía el kairós como «la mejor guía para dirigir una actividad», y para los sofistas, tan expertos en asuntos humanos, era «el momento adecuado para hacer algo». Los romanos pintaban a la «ocasión» como una muchacha llevada por el viento, que empuja su cabellera hacia la frente. El refrán español «la ocasión la pintan calva» remite a esta representación plástica. Una vez que ha pasado, ya no puedes agarrarla, porque solo ves su coronilla sin pelo.
Con frecuencia, Cronos y Kairós se enfrentan en las aulas, y esta lucha incruenta, pero dramática, es la que nos cuenta Carmen en este magnífico y oportunísimo libro. En los centros educativos oímos demasiado la expresión: «¡No me da tiempo!». Los interminables programas son la quinta columna de Cronos. Mi afición a la horticultura me hace comparar la educación apresurada con la maduración de los tomates. Se cogen verdes y a los pocos días se han vuelto superficialmente rojos, pero sin madurar. No es de extrañar que los defensores de laslow educationbusquen con ella unadeeper education. A lo largo del libro se van describiendo, con la ayuda del testimonio de docentes, algunos episodios de esa batalla entre Cronos y Kairós. La necesidad de valorar el hoy. El respeto al tiempo de la infancia. La necesidad de concederse tiempo para dialogar, para preguntar y para pensar, sobre todo en un momento como el actual en que las nuevas tecnologías están provocando una «hiperactividad informativa» que hace que nuestros alumnos necesiten estar recibiendo mensajes nuevos continuamente.
Hay en las aulas un activismo desmesurado, un continuo trajín de actividades, una fragmentación de los libros de texto, una prioridad de la búsqueda de información sobre la comprensión de esa misma información, que producen un espejismo de aprendizaje. Un utilitarismo mal entendido presiona para arrinconar aquellas materias de las que, por nuestra incapacidad para explicar su profundo valor, se llega a pensar que no sirven para nada. Por eso recomiendo al lector el bello capítulo dedicado al arte comokairós. ¿Qué oportunidad nos brinda el acercamiento a la experiencia artística o a la experiencia espiritual o a la experiencia filosófica?
Todo el tiempo educativo debe ser un momento oportuno para la excelencia y el instante en que se decide el futuro. Carmen Guaita desgrana con elegante indignación las oportunidades perdidas, loskairósdespilfarrados. Recuerdo que, cuando era adolescente, leí una frase de un gran maestro, Pedro Laín Entralgo, que aún recuerdo: «Junto a los asesinos de realidades existen los asesinos de posibilidades. Son aquellos que se pasan la vida perdiendo el tiempo». Muchas veces es lo que hacemos los docentes al permitir que Cronos venza aKairós. No damos tiempo a que nuestros alumnos mediten sobre su singularidad, sobre la igualdad y la diferencia, ni nos damos tiempo a nosotros mismos para meditar acerca de nuestra profesión y sobre la mejor manera de desplegarla.
Al final, la autora nos presenta un «Manifiesto de la escuela delkairós», la crónica de una deseable victoria sobre Cronos, que es un brevísimo compendio de alta pedagogía que les animo a firmar.
Recordarán que, al principio de este prólogo, mencioné la tercera modalidad griega del tiempo –Aión– y prometí explicarla. Era una divinidad misteriosa, porque designaba el tiempo de la vida humana y también la eternidad. Era el reconocimiento de que la brevedad de la vida humana conecta de alguna manera con lo que desborda el tiempo. Algo parecido aleternal now,el eterno ahora. Me atrevería a decir que Aión es el dios de laintensidad vital. Carmen Guaita lo relaciona con los grandes valores, con la ética y con la poesía. Todos los docentes hemos tenido alguna vez la experiencia de un momento educativo luminoso en el que hemos visto cómo los límites del niño y los nuestros propios desaparecen por un instante. En el que sentimos la emoción creadora, que consiste en hacer que algo bello, bueno o verdadero que no existía exista. John Keats, en un conmovedor verso, dice:A thing of beauty is a joy forever. En efecto, un momento de belleza es una alegría para siempre. Supongo que esta intensificación que se da en la poesía es lo que ha hecho a Carmen Guaita terminar su libro con una antología de poemas. Al fin y al cabo, educar es una tarea poética. Y la autora quiere que no lo olvidemos.
JOSÉ ANTONIO MARINA
Hace años, uno de mis hijos, aún pequeño, me dijo:
–Mamá, ¿por qué tú nunca paseas?
Yo me quedé asombrada:
–Pero si voy andando a todas partes.
–Sí –me contestó muy reflexivo–, vas a los sitios, pero, ¿cuándo paseas?
La pregunta puede aplicarse también a los profesores. Cronos, el transcurrir del tiempo, va a nuestras clases y las alborota con sus prisas, tanto que apenas disfrutamos de la belleza de nuestra tarea. Nos hace falta escuchar mejor, pensar, mirar despacio a los ojos de otro ser humano, a los de un niño… Sentirnos maestros.
Cumplimos el horario, completamos la programación, pero, ¿cuándo «paseamos» los docentes?
Este libro contiene dieciséis ensayos independientes, un manifiesto y un epílogo. Espero que resulte útil para comprender mejor cuál es la dimensión esencial del tiempo en educación.
CARMEN GUAITA
abril de 2015
2
Ninguna época acumuló tantos y tan ricos conocimientos sobre el hombre como la nuestra. Ninguna época consiguió ofrecer un saber acerca del hombre tan penetrante.
Ninguna época logró que este saber fuera tan rápida y cómodamente accesible.
Y, no obstante, ninguna época supo menos qué es el hombre.
Martin Heidegger
Se me ocurrió preguntar si alguien podía explicar el concepto de «infinito»,
y va un gracioso y me salta: «Infinito es un buen colocón». ¡Qué tiempos estos!
MARÍA DEL MARG., profesora de Matemáticas en la ESO.
A las nueve de la mañana del 11 de septiembre de 2001, dos aviones impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y las destruyeron. María del Mar, que ya era profesora de matemáticas en un instituto andaluz, vio caer en directo aquellas torres. Estaba frente al televisor de su casa en Almería y eran las tres de la tarde. En aquel momento comprendió que se habían abolido dos referencias básicas para el hombre: el espacio y el tiempo. A miles de kilómetros de distancia, con varios husos horarios de diferencia, un suceso la conmocionaba tanto como a quienes lo vivían en realidad, y lo hacía a la vez, en el mismo instante. El espacio –la ubicación física del ser humano– y el tiempo –la ubicación psíquica– dejaban de ser intuiciones puras y propias para sumarse a un magma común que comenzaba a denominarse «globalización». Desde entonces hasta hoy hemos profundizado en ese proceso y ya para los jóvenesaquíes todo el planeta yahoraes siempre.
Cuando María del Mar entra en cualquiera de las aulas de su instituto encuentra un panorama muy diferente al de hace veinte años. Los valores que ella representa –el conocimiento, la autoridad– han perdido el crédito que los investía y ahora, cada mañana, esta profesora debe ganárselo todo: la atención, el interés de los chicos, la credibilidad, la confianza, el respeto. ¿Son peores estos jóvenes que los de hace veinte años? Por supuesto que no. Cuando María del Mar siente la tentación de evocar algo como: «En mis tiempos estas cosas no pasaban», procura recordar que sus alumnos crecen y se desenvuelven hoy «en sus tiempos».
En 1930, José Ortega y Gasset describió en su libroLa rebelión de las masasel perfil de sus contemporáneos. Los calificaba como vaciados de su propia historia, sin intimidad, dispuestos a fingir cualquier cosa, incapaces de entender que haya vocaciones particulares, abandonados a la impresión de que la vida es fácil, convencidos de que lo dominan todo, acostumbrados al exceso en lo material, sin autocrítica ni escucha, cerrados a toda instancia exterior, que ni ponen en tela de juicio sus opiniones ni cuentan con los demás. ¿Verdad que el retrato parece actual? Como casi todos los docentes, María del Mar identifica en estas palabras de Ortega a muchos de sus alumnos, pero no los culpa. Al fin y al cabo, los adolescentes reflejan la actitud general de la sociedad, y sus modelos éticos son los que esta les presenta. Esos chicos y chicas preguntan cada día a sus profesores algo muy difícil de responder: «El esfuerzo que me pides, ¿para qué sirve?». El propio Ortega se lo preguntó también: «¿Puede hoy un hombre de veinte años formarse un proyecto de vida que tenga figura individual y que por tanto necesite realizarse mediante sus iniciativas independientes y sus esfuerzos particulares?»2.
El filósofo reflejaba la desesperanza de los años treinta del sigloXX, un período entre dos guerras. La de nuestros chicos se enmarca en el sistema económico y social que nos gobierna, tal vez sucesor natural de aquel triste período de la historia.
A pesar de sus inmensas posibilidades, la sociedad occidental se fundamenta en la circulación del dinero y ha sacrificado el bienestar social por el económico, ahondando así las diferencias. El consumo nos ha tatuado en el alma la famosa frase de Benjamin Franklin:Time is money3. Aunque quienes la tradujeron al español adoptaron una forma más amable –el tiempo es oro–, Franklin la escribió como un consejo para hacerse rico y dijo literalmente lo que quería decir: el tiempo es dinero. De ahí a esas jornadas de trabajo interminables que separan a los padres de los hijos o a la invasión de la esfera privada por el trabajo no hay más que un paso, y casi todos lo hemos dado. Por eso hemos llegado a considerar lunáticos a quienes se atreven a decir: ¡el tiempo es vida!
Por otra parte, con las tecnologías de la comunicación, el prójimo es cada vez menos significativo. No sabemos el nombre de nuestros vecinos de escalera, pero podemos desvelar la intimidad a quienes nunca conoceremos. La solidaridad está más despierta cuanto más lejana es su causa. La vida transcurre proyectada en pantallas que sitúan una barrera entre nosotros y la realidad, por eso podemos cenar tranquilamente frente a imágenes reales del hambre o la guerra. Presumimos de contar con centenares deamigosen las redes sociales, nos vamos pasando de unos a otros pedacitos de banalidad e ignoramos que, bajo la oferta de gustos y opciones, solo hay homogeneidad cultural, laxitud moral y una preeminencia de las modas sobre las ideas. Creer que el mundo es tal como se nos presenta por Internet nos hace tan indefensos como a los hombres del Medievo, que no habían salido nunca de su aldea.
El impacto de la sociedad de la comunicación sobre el uso del tiempo tiene derivaciones particulares. Una de las más peligrosas es la respuesta instantánea a cualquier estímulo, que está modificando el ritmo de las relaciones humanas. Si hay algún consejo que ha perdido vigencia es el de «contar hasta diez antes de responder». Si hay algún reto difícil es el de permanecerdesconectadodurante algún momento del día. De hecho, tal vez los únicos seamos, precisamente, los profesores durante las horas de clase.
Por una parte hemos logrado el don de la ubicuidad. Por otra, recordamos las cartas manuscritas que se releían, se guardaban en «jornada de reflexión» antes de echarlas al correo, e incluso llegaban a romperse en pedacitos después de pensadas. Aquella posibilidad nos salvó seguramente de muchos disgustos. Hoy la velocidad de los mensajes obliga a potenciar más que nunca el autocontrol y la autocrítica.
Como sistema de valores, nuestra sociedad contiene demasiada indiferencia. No pensamos en consecuencias a largo plazo, en lo que estamos haciendo con la Tierra, con la infancia, con la justicia. Nuestra vida ya no parece una historia que cada uno escribe, sino uncarpe diem
