Consolación - Carmen Guaita Fernández - E-Book

Consolación E-Book

Carmen Guaita Fernández

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Beschreibung

Con el brío y la belleza de su inconfundible estilo literario, la escritora Carmen Guaita se ha zambullido en la apasionante vida de la madre María Rosa Molas para contarnos con exquisita fidelidad su historia. La de una mujer valiente, visionaria, emprendedora y generosa que quiso y supo mejorar la vida de enfermos, ancianos, mujeres y niños con amor y trabajo duro, que luchó contra epidemias y detuvo bombardeos, que supo anticiparse a los avances sanitarios y educativos. Consolación es el nombre de la congregación que fundó y la palabra que mejor describe su historia. Los hechos de la vida de santa María Rosa Molas narrados en este libro son reales y la mayor parte de las frases que ella pronuncia corresponden a sus escritos. Los sucesos históricos reflejados y las personas que aparecen también. En esta obra, pues, la autora no ha novelado los hechos biográficos, sino la forma de narrarlos.

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Seitenzahl: 330

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Nota de la autora

Prefacio

1. Un corazón laureado de penas y de favores divinos (1815-1834)

2. Sacrificado enteramente por Dios y por la humanidad infeliz (1835-1848)

3. Con indecible desprendimiento (1849-1857)

4. Y con dulce complacencia (1857-1876)

Epílogo

Notas

© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Carmen Guaita Fernández 2021

Los derechos de autor de esta obra serán donados a la ONGD Delwende, por expreso deseo de su autora.

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6437-3

Depósito legal: M. 23.482-2021

Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

Nota de la autora

Los hechos de la vida de santa María Rosa Molas narrados en este libro son reales y están tomados de las biografías escritas por su confesor, el padre Sebastián León Tomás, por el padre Atanasio Sinués, por la madre Esperanza Casaus y por la madre María Teresa Rosillo, hermanas de la Consolación. También se han obtenido de los documentos del proceso de su canonización, de los testimonios de sus contemporáneos y de las cartas escritas por ella misma. Las opiniones sobre su figura que se reproducen están documentadas. La mayor parte de las frases que ella pronuncia corresponden a sus escritos.

Los sucesos históricos reflejados también son reales, así como las hermanas, los sacerdotes, las autoridades religiosas, los gobernantes y, por supuesto, la familia de María Rosa. Las personas anónimas que van jalonando su camino aparecen mencionadas en las anteriores biografías y también son reales. Este libro solo añade a algunas de ellas un nombre y un rostro.

Así pues, la autora no ha novelado los hechos biográficos sino la forma de narrarlos, como recuerdos de la propia madre. Mirar desde dentro a una personalidad tan extraordinaria como María Rosa Molas ha sido un gigantesco reto y un maravilloso regalo.

Agradezco a la madre Antonia Munuera, superiora general de las Hermanas de la Consolación, la supervisión y el constante apoyo; y al padre Rafael Serra, párroco de la parroquia de la Inmaculada Concepción y rector de la parroquia de Cristo Rey, de Reus, su inestimable ayuda para abordar la dimensión mística de santa María Rosa Molas.

Ella sabía que un instante importa una eternidad.

P. SEBASTIÁN LEÓN TOMÁS,

confesor de María Rosa Molas

PREFACIO

Santa María Rosa Molas y Vallvé nació el 24 de marzo de 1815 en un momento convulso de la Historia de España, la posguerra de la Guerra de la Independencia. Por entonces toda Europa se desangraba a causa de las gigantescas heridas de las campañas napoleónicas, que en aquel año del nacimiento de María Rosa –el de la batalla de Waterloo– duraban ya cinco lustros. La ambición de Napoleón Bonaparte –astro, ídolo de masas, guerrero y destructor– había arrasado gobiernos, dinastías y alianzas, pero sobre todo gente: millones de soldados y civiles murieron en sus campañas, que se anegaron en un profundo río de lágrimas. Durante los seis años (1808-1814) en que las tropas francesas recorrieron España, fallecieron trescientas setenta y cinco mil personas en los combates o por las hambrunas que asolaron los pueblos. De la devastación y la miseria brotaron olas de atroces epidemias. De la desmoralización social y política, una cadena de amotinamientos, revoluciones y guerras civiles –las carlistas– que golpearon sin piedad la espina dorsal del siglo XIX español.

Reus, el lugar natal de María Rosa Molas, era en 1808 la segunda ciudad más poblada de Cataluña. Próspera e industriosa, campesina y burguesa, liberal hasta la médula, había atraído en torno suyo a un buen número de emprendedores. Al comenzar la guerra acogió también a centenares de refugiados que huían del asedio de Barcelona. Así llegó la familia del buen José Molas, artesano y comerciante, que ya quedó allí afincada. Enseguida la propia Reus se vio golpeada atrozmente por la campaña napoleónica. Como toda Cataluña, fue anexionada a Francia e incluso llegó a ser constituida capital del departamento galo de Bocas del Ebro. Así permaneció, sofocada y humillada, hasta 1814. Durante las décadas siguientes, en la infancia y la juventud de María Rosa, Reus pasó sucesivamente de manos españolas a francesas, presenció motines y sublevaciones, inició algaradas que quemaron sus iglesias y conventos, fue cuartel general de carlistas, soportó asedios y bombardeos, enfermedades, hambre y tristezas. En sus calles céntricas y en sus arrabales vivieron, amaron y perecieron miles de personas cuyos nombres se ocultan bajo los laureles de los reusenses ilustres, como el político Prim, el pintor Fortuny o el arquitecto Gaudí. Allí lloraron su soledad muchos ancianos y crecieron sin amparo muchos huérfanos que no entendían los vaivenes de la política sino los más humanos de la alegría y el dolor. Y a María Rosa, la muchacha alta, morena, callada e incandescente a quien en casa llamaban Doloretes, no le pasaron desapercibidas tantas penas. Ella las vio. Y las siguió viendo después, en Tortosa y en todos los lugares a los cuales la condujo esa mirada. Contó además, desde la infancia, con una dimensión mística, profunda y verdadera, que pasó casi desapercibida porque la mantuvo en silencio. Sin embargo, la profunda unión con Dios, a quien amaba y buscaba absolutamente, impregnó su vida entera y la llevó, en sus últimos años, a las moradas más altas de la espiritualidad.

María Rosa Molas y Vallvé, canonizada por la Iglesia católica en el año 1988, vivió en un tiempo que necesitaba consolación. Desde el principio comprendió esa llamada de sus contemporáneos y tendió las manos. Supo enseguida que a través de ellos le llegaba el grito doliente de toda la humanidad. Entonces pidió a sus hermanas que tendieran sus manos hacia el futuro, hasta hoy. Para siempre.

Ella poseyó, en palabras del padre Sebastián León, su confesor y biógrafo:

Un corazón laureado de penas y de favores divinos,

sacrificado enteramente por Dios y por la humanidad infeliz

con indecible desprendimiento

y con dulce complacencia.

Esta es su historia.

1

UN CORAZÓN LAUREADO DE PENAS

Y DE FAVORES DIVINOS

(1815-1834)

En la noche del 2 al 3 de septiembre de 1834

—Doloretes, tu madre ha muerto.

Había oscurecido. La luna pintaba de azul la fachada del seminario de los Paúles, recién confiscado por los liberales y convertido en hospital de incurables durante aquella terrible epidemia. Acababa de abrirse el gran portón y, al contraluz de los candiles, una Hija de la Caridad, envuelta en las alas blancas de su toca, había pronunciado estas palabras con la voz empapada de cansancio y compasión. A través de los ventanales, abiertos de par en par en busca de aire fresco, llegaban hasta la calle gemidos desgarradores. Provenían de los labios resecos de doscientos enfermos agitados por la sed inagotable de la peste azul, a quienes aliviaba solamente el aleteo amoroso de las tocas. En aquel magma de dolor había yacido María Vallvé, consumida por la fiebre, durante dos días de agonía interminable. Hasta aquel momento había sido siempre fuerte y sana. La víspera había cumplido 63 años.

Antón, su hijo mayor, y Doloretes, la más pequeña, no se habían movido de allí a la espera de noticias. El joven treintañero, con los puños cerrados y los ojos cuajados de llanto; la muchacha, rezando desde lo más profundo, absorta en la oración. Pero cuando se abrió la puerta y vieron salir como un ángel a sor Concepción Bruguetas, en quien Doloretes confiaba, ambos comprendieron antes de oírlo que su madre querida había exhalado el último aliento. Se había apagado para siempre la risa alegre que la enfermedad hundió en las mejillas; había cesado su actividad incansable. Doloretes levantó entonces sus ojos negros como el azabache, brillantes de lágrimas, y dijo en un susurro:

—Está en el cielo. Todas las palabras que Nuestro Señor guarda para los justos en el Juicio final las cumplió ella.

Sor Concepción descendió los escalones y la inundó con una mirada de afecto.

—Sí, hija mía, está en el cielo. Fray Salvador ha atendido su alma, y nosotras rezaremos por ella y la velaremos. Veintiuna personas se nos han ido solo en el día de hoy, que el Señor las acoja. Ahora marchad a casa. No podéis entrar, hay órdenes por la peste. Yo regreso al hospital.

Cuando la religiosa atravesó de nuevo el portón, Dolores no pudo evitar un gesto rápido, como si quisiera entrar con ella, pero se detuvo, bajó la frente y cerró los ojos. Antón comprendió que su hermana rezaba de nuevo y abrazó a aquella muchacha de diecinueve años que soportaba el peso de todo. Rosa Francisca María de los Dolores, llevaba por nombres de bautismo. Como él y como todos los Vallvé, era de buena estatura, con la piel dorada y la mirada intensa y compasiva. De distinto padre eran aquellos dos hermanos, sí –y había en Reus quien se encargaba de recordarlo– pero hijos ambos, sin poderlo negar, de aquella mujer valiente y buena que acababa de marcharse. Iban a llorarla mucho, por eso Antón había crispado otra vez los puños y por eso habló con la voz quebrada.

—Se nos ha ido por la caridad. Tuvo que cuidar de esa vecina, no sintió miedo. La gente se estaba muriendo por las calles, pero ella venga y dale: «Que está sola, que dejará cuatro huérfanos». Y la peste la cogió, Doloretes, la cogió a ella.

—Nuestra madre lo daba todo, Antón, por eso la muerte no se ha llevado nada. Pero mi padre, con lo que la quería, cuánto dolor va a sentir.

El joven miró al fondo de aquellos ojos profundos.

—Le quedas tú. Nos quedas a todos.

—Yo trabajaré en la casa, os atenderé, no te preocupes.

Entonces las lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de Dolores. Sí, la madre buena que conocía los secretos del corazón de su hija y comprendía su vocación ardiente, se había marchado demasiado pronto.

Los dos hermanos fueron recorriendo despacio las huertas, el humilde barrio y las viejas plazas de San Pedro y del Mercadal, que separaban el Seminario del número 19 de la calle San Pedro de Alcántara, el carrer Padró, donde estaba su casa. Comenzaba el mes de septiembre de 1834. El calor había sido sofocante durante todo el verano y aún abrasaba. Reus no podía dormir. Un murmullo parecido al de las olas, mezcla de llantos lejanos y ruedas de carretas, atravesaba las calles del centro y se perdía en los arrabales para regresar enseguida y alejarse otra vez, sin descanso. La epidemia de cólera había golpeado a aquella ciudad orgullosa cuando comenzaba a levantar la cabeza tras la invasión napoleónica. Decían que la habían traído los soldados al volver de la Guerra de Sucesión portuguesa, decían que unos misteriosos monjes habían envenenado las aguas, y mil motivos peregrinos que corrían de boca en boca, embozados en el temor a la muerte horrible de la peste, pero realmente nadie lo sabía. Las Hijas de la Caridad, con quienes Dolores tanto compartía, a quienes desde hacía tanto tiempo deseaba acompañar, cuidaban a centenares de enfermos en los hospitales, pero muchos otros fallecían en sus casas o en las calles. María Vallvé había permanecido en su hogar hasta que la enfermedad se hizo demasiado atroz y hubo que ingresarla. «Yo la cuidaré, la limpiaré, le daré de beber constantemente y estaré a su lado», había dicho Doloretes al médico. Y aquel buen hombre, impresionado por la abnegación de la muchacha, lo autorizó. Desde entonces, ella no se había separado del lecho donde yacía el pobre cuerpo agitado por los espasmos. José Molas, el padre de familia, rendido de dolor, aceptó que la hija que era toda su alegría arriesgara la vida al cuidado de su madre; y Antón la había apoyado aunque en la casa familiar vivían también su mujer y sus tres pequeños. Ya no convivían allí los otros dos vástagos de María Vallvé: María se había casado; José, el varón que precedía a Doloretes y era su único hermano de padre y madre, buscaba el sustento en Barcelona.

Y ahora, en esa primera hora de la noche de verano, Doloretes y Antón regresaban de los Paúles. Él, tembloroso; ella, dentro de sí misma, rezando, rezando.

—Has sido muy valiente.

—No me digas eso, Antón. Es lo que hubiera hecho madre.

—Consolar.

—Consolar... Si yo pudiera tanto.

—¿Sabes que me habló de ti hace pocos días, justo al comienzo de la enfermedad? Me dijo: «El Señor le ha dado a tu hermana un corazón tan amplio que cabe el mundo. Lo tendrá que poner al servicio de los demás».

Doloretes bajó la mirada. Ella sabía de sí misma, no le gustaban las palabras grandes.

—Antón, por favor, no me hables de esa manera. Lo que Dios haya puesto en mi corazón suyo es.

—¿Y ahora? ¿Qué será de tus sueños? ¿Qué será de tu vocación de monja?

—Mi padre me prohibió ir al convento hace tres años, ya lo sabes.

—Lo sé. Y sé que madre calló en aquel momento. ¿Adivinaría ella que se iba a marchar pronto?

—Antón, hermano, lo que está preparado para mí, va a llegar. Yo soñaba con ir deprisa pero iré despacio, quería que mis padres me acompañaran orgullosos al altar y tendré que acercarme sola. Pero llegará.

—Y mientras tanto tú con tus baldes de agua para que todo esté pulido, tus guisos y tus flores. A arremangarte y a trabajar, como nuestra madre.

—Y a rezar con toda el alma, que eso fue mi padre quien me lo enseñó. Va a sufrir mucho. ¿Cómo se lo diremos?

—Con compasión. Pero su hija eres tú, Doloretes.

—Sí, voy a su lado. Y luego... Quiero pedirte un favor, Antón. Aunque no llevas su sangre te aceptó como hijo por el amor que tenía a nuestra madre y te crio desde niño.

—Sí, y se lo agradeceré siempre. Dime cuál es el favor.

—Quédate con él esta noche. Así yo podré acompañar a las Hijas de la Caridad para velar a madre y prepararla.

—Doloretes, no puede ser. Ha muerto de la peste azul. Ya te has jugado la vida bastante estos días sin separarte de ella. Las hermanas le vestirán el sudario.

—Yo lo haré.

—Pero tú, ¿sabrás, xiqueta?

—Tengo ya diecinueve años. He ayudado cientos de veces a las monjas en el hospital. Madre me enseñó a amortajar cuando la acompañaba por las casas. Donde nadie quería entrar, ella entraba. Incluso ahora con la peste, con el terrible olor y la podredumbre, no dejó de hacerlo.

—Y tú a su lado. A consolar a los tristes, a velar a los moribundos, a tomar la mano de los apestados. Hasta que te consumas.

—Antón, a consolar se aprende. Es como abrir una puerta y luego otra. Si he velado ya, ¿se lo negaré a mi madre? Si mañana, cuando sea monja, iré a donde me requieran sin atender a lo bueno o lo malo que me encuentre, ¿me va a dar miedo hoy el cuerpo de quien me dio el ser?

—Harás lo que hayas decidido, que de tesón vas bien servida. Me dirás que juntas el apellido Molas con el Vallvé pero no, qué va. Eres más voluntariosa que todos nosotros juntos.

—Vamos a decírselo a mi padre. La llorará tanto.

* * *

Cuando se marcha una madre, la vida entera pasa ante nuestros ojos como si quisiera volar tras ella. Así fue para Dolores aquella noche de oración y memoria.

Cuántas cosas había aprendido de aquella mujer generosa. En primer lugar, claro, sobre su propia historia. A María Vallvé le encantaba contar a la hija, mientras las dos se afanaban en el orden de la casa, las circunstancias de su nacimiento.

—Nunca olvidaré la fecha: el 24 de marzo de 1815. Era la noche del Jueves Santo y, por si fuera poco, llegaste a la vida durante la Hora Santa. Reus olía a incienso y a flores de olivo, el aire venía templado, entraba la primavera. Y mientras todos acompañaban a Nuestro Señor en el comienzo de su agonía, Él me hacía a mí el mayor regalo que he tenido en la vida. Qué maravilloso fue verte: morenita y despierta pero tan chiquita que nadie hubiera dicho que luego ibas a crecer tanto. No cumplías media hora y ya me mirabas, te chupabas las manitas... Yo no cabía en mí. Había tenido miedo, ¿sabes, hija? Ya no era joven, pasaba de los cuarenta. Y cuando estuve casada con Antón Ros, al principio, me creía yerma. Esperé quince años antes de que llegaran mi niña Sebastiana, que casi con los pañales se me fue al cielo, y luego tus hermanos Antón y María. Al poco vino la viudedad triste y, en medio de ella, una nueva ilusión. Ya ves, hija, solo tenía que esperar lo que la Providencia me había destinado: un hombre bueno que casó conmigo por amor, y por amor aceptó que yo fuera viuda y mayor que él, y quiso a Antón y a María como si fueran suyos, sin importarle las habladurías ni las mezquindades. Yo quería darle hijos a tu padre y vino José, que me llenó de alegría. Sin embargo aquella noche de Jueves Santo, cuando tú llegaste, Doloretes, trajiste una felicidad tan grande que no se puede explicar. Supimos que el Cielo nos había bendecido con un don especial: había enviado un ángel a la Tierra. Y cada día lo hemos sentido así.

En ese instante, María soltaba el paño o la espumadera y apretaba muy fuerte la mano de su hija. Ella se sonrojaba. No le gustaban las lisonjas. Se decía que si de verdad fuera un ángel reflejaría siempre la bondad de Dios y no tendría por dentro las asperezas que ella sola conocía y que la atormentaban. Así que, para continuar la conversación, preguntaba a su madre algo que la distrajera.

—¿Y mi padre se puso contento?

—¿Tu padre? ¡No hay palabras para contarlo! ¡La de vueltas que dio alrededor de tu cuna! Nunca se había comportado así: reía y lloraba a la vez. Luego, cuando nos dijeron que habías venido débil y se temía por tu vida, sufrió todavía más que yo. No paró hasta que conseguimos bautizarte al día siguiente.

Entonces la niña, que había escuchado muchas veces la historia, apuntaba:

—En la iglesia de San Pedro. En Viernes Santo.

Y María proseguía entusiasmada, sin parar ni un momento de barrer o fregar o coser o guisar:

—Te llamamos en primer lugar Rosa y Francisca, como tus padrinos. Y bien estuvo, que a tu tía Rosa Molas te pareces mucho en la forma de mirar, así como clavando los ojos. Luego tu padre tenía el empeño de ponerte María de los Dolores y de que en casa te nombráramos siempre así.

El Hijo de la Dolorosa, llamaban en Reus a José Molas por aquella devoción intensa a la Virgen más andaluza. La había aprendido de su propia madre, la abuela María Arias.

José había llegado allí en 1808, huyendo de los franceses tras la toma de Barcelona. Muy pronto se convirtió en un artesano del metal querido y respetado, reusense de corazón aunque añorara el olor a salitre de su barrio de infancia. Era el de Santa María del Mar, un inmenso zoco mediterráneo con sus calles medievales y sus mil establecimientos donde se compraba y vendía de todo. La bella iglesia gótica, de esbeltas torres, saludaba desde lejos a los marineros y prometía amparo a los menestrales, cuyas casas y talleres se apiñaban a la sombra de las arquerías. Allí vivían dignamente los Molas, que reunían en torno suyo a ocho hijos. La abuela María Arias había nacido bajo la luz blanca de la bahía de Cádiz y antes de llegar a Cataluña, todavía niña, sabía ya de despechos y tristezas. El abuelo Eudaldo era mediero. Poseía una fábrica de medias y guantes de seda que prosperó hasta febrero de 1808, cuando las tropas francesas al mando del general Lechi entraron en la Ciudad Condal, y sus edictos de ejecución inmediata destrozaron las industrias y castigaron a los gremios. Poco después falleció Eudaldo, herido por la pérdida del trabajo de toda su vida. Entonces María Arias y sus ocho hijos decidieron unirse al triste éxodo de Barcelona. Durante el mes de marzo, miles de personas colmadas de hambre y de angustia desbordaron la ciudad hacia los montes. Huían a pie o en carromato, mientras los acosaban las balas perdidas y los golpeaba el viento de Tramontana, más frío que nunca en aquel final de invierno. Como otros muchos, los Molas Arias se dirigieron hacia el sur. Su destino era Reus, a diez días de camino por los senderos de la costa. En aquella ciudad se hallaba el centro de la industria sedera, por eso confiaban en que algún colega de Eudaldo les prestase ayuda. Marchaban andando entre los rescoldos de un país en guerra, cargaban en hatillos lo poco que habían salvado de su casa, pero estaban unidos, eran jóvenes y los galvanizaba la energía de su madre, así que dirigían la mirada al horizonte porque vibraba en ellos la esperanza en un futuro mejor. María Arias, además, les había prohibido odiar a los franceses y a cualquiera que les hubiera hecho daño: «Eso es quedarse atrás –decía–, solo perdonar empuja para adelante». Al poco de llegar a Reus, José, que era el mayor y había heredado la determinación materna, comprendió que no existía demanda por la seda en tiempos de guerra y convenció a sus hermanos para iniciarse en el trabajo del metal y el vidrio. Como era listo y muy tesonero, pronto él mismo se convirtió en uno de los mejores especialistas de la ciudad en la fabricación de linternas, faroles y quinqués.

A María Vallvé, su esposa, le gustaba recordar estos pormenores. Y a la vez que transmitía a Doloretes los secretos de su riquísima escudella, le iba abriendo los de su corazón.

—Yo tenía solo diecisiete años cuando me casé con mi primer marido, Antón Ros. Él me doblaba la edad pero era un hombre honrado. Estaba considerado el mejor hojalatero de Reus. Todavía vivía cuando tu padre vino al taller a perfeccionar el oficio. Ya sabes, hija, que el taller de Ros era este mismo que tenemos ahora, y que la casa era esta misma también. Cuando vi a José por primera vez, me pareció un muchacho de mirada muy limpia. Yo vivía por entonces un momento feliz porque habían llegado los hijos que tanto deseaba, y a la vez triste porque acababa de perder a Sebastiana, mi primera niña. Había pasado poco tiempo cuando el pobre Ros murió todavía joven, tal vez de la tristeza por la situación en que estábamos. Fue en el año terrible de 1809, cuando la guerra arreciaba. Los franceses campaban a sus anchas por aquí y habían talado veinte mil olivos de nuestros campos para despejar la vigilancia. Veinte mil olivos, hija; el sustento de centenares de familias. La ciudad lloró aquellos árboles como si le hubieran cortado las manos. En medio de aquello me quedé viuda con treinta y siete años y dos criaturas, tan chiquitas todavía que Antón no levantaba dos palmos del suelo y María ni siquiera sabía andar. Aunque se me había oscurecido la mitad del corazón, sabía que debía mantenerme entera para sacarlos adelante. Y así, viuda y callada, permanecí dos años y medio en los que José, como era tan bondadoso, se ocupó de mantener abierto el taller de hojalatería para que pudiésemos subsistir. Poco a poco él, tan respetuoso conmigo, tan cariñoso con los pequeños, fue entrando en mi alma para darme consolación. Y es muy importante recibirla, Doloretes. Me parece a mí que consolar a quien sufre es hacerle llegar el aliento que Dios le envía, ser mensajero del Amor. ¿Me entiendes, hija?

Y la chiquilla, emocionada, contestaba siempre:

—Sí, madre.

—Comencé a querer a José en silencio, sin decirle nada, y fue una alegría muy grande saber que él también me quería. Me preocupaba la opinión de su familia, pero tu abuela María Arias siempre estuvo de mi parte. Ella comprendía tan bien a cada ser humano... Eso sí, nos casamos en Cambrils para no dar hablillas aquí ni ocasión de burlas. Siempre he intentado devolverle a tu abuela esa acogida que me dio, y cómo facilitó que tu padre y yo pudiésemos emprender nuestra vida.

Para Doloretes eran dulces aquellas confidencias de su madre, que revivían sus recuerdos de la primera infancia: la casa encima del taller donde su padre fabricaba centenares de artículos de hojalata, y el repiqueteo constante de los alicates, los martillos y los mazos para acompañar las tonadas que María Vallvé cantaba:

Adéu, clavell morenet!

Adéu, estrella del dia!

Los dos pisos, entonces, le parecían muy grandes, con el suelo de baldosas relucientes y las ventanas abiertas de par en par para ventilar el polvillo del metal. Había crecido rodeada de plantas: helechos, palmeras, hiedras, potos y cintas; narcisos y alhelíes en primavera, geranios y begonias en verano. Crecían por todos los rincones, sobre los alféizares, en el patio, junto a las mesas, llenando la casa de aromas y colores. Eran uno de los amores que compartían la suegra María Arias y la nuera María Vallvé, junto al cocinar platos ricos con lo que buenamente hubiera, el coser y remendar, y el atender a quien necesitase ayuda, día y noche, sin regatear esfuerzos. Porque aquellas dos mujeres, alegres las dos, las dos incansables y dispuestas, habían vivido juntas desde el matrimonio de José y María en 1811. Y así correspondía la recién casada al apoyo y el cariño entrañable de su segunda suegra.

Doloretes añoraba aún a su abuela María Arias, el personaje clave de su niñez. Había sido la primera en advertir que en el fondo de los ojos expresivos de la niña habitaba una inmensa sensibilidad; que aquella personita silenciosa descubría en los demás rasgos que normalmente pasaban desapercibidos. «Tú puedes entrar dentro de las almas, ¿verdad, ángel mío?», le preguntó una vez. Y ella, chiquita aún, le había respondido que no lo sabía, solo que si notaba a alguien triste le entraban muchas ganas de llorar, y si lo notaba alegre sentía por dentro cosquillas de alegría. Esto no lo contó, pero se había dado cuenta también de que cuando alguien tiene los dedos agarrotados es que el miedo le araña por dentro, aunque sonría; y que a veces los vecinos se peleaban solo porque sentían hambre.

La abuela había adivinado aquella cualidad de Doloretes porque a ella le pasaba lo mismo. Y por eso, por olvidar el egoísmo y transmigrar al alma de quienes la rodeaban, había sobrevivido a una infancia marcada por un estigma: el pecado de sus padres. El de don Salvador Arias, abogado de los Reales Consejos de la Ciudad de Cádiz y cofrade de la Orden Seglar de los Siervos de María Santísima de los Dolores, viudo con cuatro hijos, y el de Rosa Frígoles, su amor, la muchacha que había emigrado desde Barcelona al Cádiz cosmopolita y luminoso de la Ilustración en busca de un trabajo honrado y una vida mejor. Pero no había lugar entonces para amores tan desiguales y María Arias fue inscrita como «hija de padres desconocidos» hasta que el testamento de don Salvador, después de su muerte, cuando ya Rosa Frígoles y él se habían casado, le restituyó el apellido: «María es mi hija legítima y por tal la reconozco». Sin embargo Rosa, ya viuda de Arias, no quiso seguir viviendo en Cádiz, ella sabría por qué. Aquella bisabuela que había luchado por el amor, regresó a Barcelona siendo María una niña aún.

A la abuela le gustaba explicar a su nieta que descendía de una estirpe de mujeres capaces de seguir adelante a pesar de las injusticias y los sufrimientos, tanto por su rama paterna como por la materna, pues si no llegó a conocer a su abuela Tecla, fallecida tan joven, para saber cómo había sido le bastaba mirar a su propia madre y a su maravillosa tía Teresa Vallvé.

María Arias había transmitido a sus ocho hijos –sobre todo a José– que la fortaleza del alma se alimenta en la oración, y supo enseñárselo también a su nieta. Nunca olvidó Doloretes un secreto que su abuela le había desvelado y que se refería a su padre:

—¿Sabes por qué trabaja en silencio? Porque en cualquier lugar se puede alzar el alma, y él está siempre hablando con el Señor. ¿No has notado cómo le brillan los ojos cuando termina?

Sí, lo había notado. Había caminado muchas veces de la mano de su padre hasta la ermita de la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus; había escuchado muy atenta la explicación del buen hojalatero sobre lo que quería decir «misericordia»: sentir la pena de otro en tu propio corazón. Cada día, cuando lo acompañaba a la parroquia, lo veía comulgar y luego arrodillarse ante el altar de la Virgen de los Dolores con el rostro entre las manos, absorto en la oración. Entonces lo imitaba ella y sentía una emoción muy intensa: «Hola, Señor, gracias por querer hablar conmigo». Al poco tiempo organizaba turnos de oración entre sus amiguitas cuando venían a jugar con ella al patio de casa, y sabía hacerlo sin imponerse y sin molestarlas, sencillamente con el impulso de la pasión por Jesús que ella sentía. Día a día, Doloretes Molas y Vallvé había ido aprendiendo en su familia el valor de la alegría, del trabajo y de la serenidad de vivir en presencia de Dios. Y le habían entrado muchas, muchísimas ganas de acogerlo en su corazón ella también.

Se lo prometió a sí misma a los siete años, cuando tuvo cerca por primera vez la muerte. Fue la de su abuelo materno, Carlos. Era un hombre fuerte, silencioso, curtido por el trabajo del campo, que sabía más que nadie de aceite y de avellanas, y a cuyo lado sentía mucha paz. «Los payeses estamos siempre pendientes del cielo», solía decir. A Doloretes que se fuera el abuelo le hizo pensar en por qué debía uno morir, y se lo preguntó a su hermano Antón, que andaba triste porque también era su abuelo y habían estado muy unidos. Pero Antón no lo sabía. Solo su padre, al levantarla un momento en brazos para besar el cadáver, le había susurrado: «El nacimiento y la muerte son misterios que reflejan el gran Misterio de Dios. Algún día se nos desvelarán. Hasta entonces, hija, no te separes de la oración».

A los nueve años, Doloretes sentía la urgencia de hacer la Primera Comunión, que se tomaba a los doce y era el símbolo de ser mayor. Se lo contaba a su abuela, que ya se encontraba malucha, y le prometía adelantar la fecha como fuese para que ella la viera comulgar. Estos ensueños ocupaban a las dos cuando pasaban la tarde modelando frutas de cera. A la abuela le salían muy bien y eso que el proceso era complicado: fundir la cera, mezclarla con dos dracmas de trementina de Venecia por cada libra, o con esperma de ballena si era para modelar hojas, llenar los moldes sin dejar huecos ni burbujas de aire, desmoldar cuando se enfriaba –con muchísimo cuidado para que no se deformara la figurita– y luego pintarla en pequeños toques rápidos, con bolitas de algodón en rama. Los colores se elaboraban también en casa, con minio, carmín o laca según hiciera falta. Como ninguna parte del proceso se podía corregir, ambas debían ser minuciosas; «manitas», decía la abuela, a quien de vez en cuando se le escapaba un vocablo andaluz. Al poco se empeñaron en modelar un frutero entero, con melocotones, manzanas y uvas. Y Doloretes se atrevió a realizar ella misma las uvas, que por su tamaño eran las que más finura necesitaban. Le salieron muy bien, tanto que José Molas fabricó un precioso fanal para proteger el frutero de cera y luego lo colocaron bien a la vista, en el aparador del comedor. Y es que cuando Doloretes debía conseguir algo, no paraba quieta ni con la cabeza ni con las manos: lo pensaba con detalle y se ponía a hacerlo. Eso sí, siempre que no fuera calceta. Una vez, su hermano José la vio tejer y le dijo: «Deja eso, Doloretes, que es cosa de viejas». Ella miró a su hermano, observó la labor y pensó: «Tiene razón». Y la verdad era que no había vuelto a hacerla.

Por supuesto le gustaba buscar por sí misma las soluciones a los problemas o las respuestas que necesitaba. A veces le daba un poco de remordimiento tener las ideas tan claras y manejarse como si no se pudiera equivocar. Le pasaba con sus maestras. Se empeñaba y se empeñaba hasta que terminaba las tareas antes que nadie; cuanto más difíciles, mejor se aplicaba. Y se empeñaba y se empeñaba hasta que lograba arrancar una sonrisa en la amiguita cuya familia se había arruinado, o en la que acababa de quedarse huérfana. Lo malo es que luego, cuando estas mismas compañeras le demostraban el agradecimiento, se azoraba mucho: «Que yo no he hecho nada bueno, que no». Su abuela María decía que era tenaz y humilde a la vez, pero su hermano José, para hacerla rabiar, la llamaba cabezota y encogida, con todas las letras. Doloretes, sin embargo, no rabiaba con la burla. Con toda seguridad era José quien llevaba razón, porque todas las cualidades que veía fácilmente en los demás no las reconocía en ella.

Por esa manera de ser, con tanta vida hacia dentro, se empeñó también en guardar el secreto de que su hermana María Ros, a los dieciséis años recién cumplidos, tenía novio para casarse.

—Solo lo sabes tú, Doloretes. Yo confío en tu juicio. Siempre he confiado, ya lo sabes. Es que tienes una especie de poso, como si fueras mayor de tus nueve años y muy sabia.

—Pero, María, ¿él es bueno? ¿Estás enamorada?

—Es José Trilles, el platero. Ay, Doloretes, me parece muy guapo. Por favor, escóndete esta noche tras la reja y escúchalo hablar. Quiero que me digas lo que te parece. Mientras tanto no se lo cuentes a nadie, porque si no te gusta, no lo veré más.

Así que fue ella quien, después de escuchar las intenciones del joven platero, le dio el visto bueno y preparó el terreno ante sus padres. Aquella celebración la hizo muy feliz. Como le gustaba tantísimo dibujar y tenía mano y mucha gracia, le pintó a su hermana en dos trazos algunas ideas para su vestido de novia. Cuánto le agradeció María aquellos bocetos. Luego ayudó a su madre a coserlo; no entero, claro está, pero sí el dobladillo con puntadas invisibles. Como ya bordaba muy bien, le festoneó en el corpiño un remate a realce con unas pequeñas rosas. También echó una mano en los primores de la comida de bodas y en el encalado de las paredes, con tanto empeño que hasta su padre protestó porque le parecía demasiado trabajo para una niña. María estuvo preciosa aquel día. Y Doloretes, dando vueltas al motivo por el cual a su hermana le importaba tanto su opinión, se dio cuenta con asombro de que había personas a quienes les parecía natural confiar en ella. Enseguida se lo contó a su querido Jesús. Ya hablaba con Él muchas horas al día.

* * *

Aquellos años felices de su infancia fueron, sin embargo, durísimos para Reus. La ciudad, siempre en contra del absolutismo, había apoyado en 1820 la revolución liberal de Rafael del Riego. Comenzó entonces el periodo que después se denominó Trienio Liberal, durante el cual Fernando VII juró la Constitución de Cádiz y fue abolida la Inquisición. Muy pronto el propio rey pidió ayuda a la Santa Alianza europea para recuperar el poder absoluto. Ella recordaba, como si lo acabara de vivir, el 5 de noviembre de 1824, aniversario de boda de sus padres. Siempre lo celebraban con una comida más especial y yendo juntos a la iglesia; sin embargo aquella mañana el taller estaba cerrado, faltaba el repiqueteo cotidiano de los martillos y las tonadas habían enmudecido. En su cuartito del piso alto, junto a un pequeño altar de la Virgen de los Dolores, agonizaba la abuela María Arias. Su querida nuera y su nieta, todavía con nueve años, la tomaban de la mano. Entonces, mientras aquella mujer extraordinaria cerraba los ojos, y Doloretes presenciaba por primera vez la solemne hora de la muerte, los Cien Mil Hijos de San Luis recorrieron el carrer Padró entre relinchos de caballos y enorme estruendo de tambores. Reus pertenecía de nuevo al ejército de Francia.

A pesar de todo, en medio de las convulsiones, la ciudad desplegaba su voluntad de vivir. Y así continuaba abierto el mercado de los lunes, en la Plaza del Mercadal, al que acudían los payeses del campo de Tarragona para vender, con amable griterío, los animales de sus granjas y los frutos de sus huertas. Se animaban también las tertulias de los cafés, y las reusenses visitaban entre risas los comercios de telas y las sombrererías de los Porches. La diligencia de Barcelona –que había efectuado su primer viaje días antes de nacer Doloretes– seguía yendo y viniendo entre las dos ciudades en el asombroso lapso de dieciséis horas. Ella crecía, crecía mucho, estaba muy alta para su edad. Escuchaba decir que había heredado de su padre una inteligencia rápida y viva, y de su madre una energía incansable. Sabía que no era tan guapa como sus amigas Mercé y, sobre todo, Dolorcitas, la más querida, con la que compartía nombre. Sabía que tenía el cabello negro muy liso y que, si deseaba que cayeran sobre sus mejillas unos tirabuzones como los de las hijas de la noble familia Bofarull –cuyo inmenso palacio era contiguo al taller de los Molas–, debía dedicar bastantes horas a los bigudíes. Pero Doloretes no pensaba en rizos. Quería mucho al Señor, mucho, con todas sus fuerzas, tanto que no podía ni expresarlo. Deseaba recibirlo dentro de su corazón y permanecer en Su Gracia, como la abuela le había enseñado, así que estableció un plan. Lo hacía siempre porque era voluntariosa y ordenada, pero esta vez su periodo de colegiala había terminado y no se trataba de tareas escolares sino de algo muy serio. Se había enterado de que en su parroquia, la Prioral de San Pedro, concedían el adelanto de la Comunión a quien demostrara su aptitud recitando entero el Catecismo romano. Era un requisito casi imposible de cumplir pero ella se sintió capaz. No; mejor tenaz. Tenaz era la palabra que decía la abuela. Pidió apoyo a su madre, y esta se disgustó:

—¡Pero qué necesidad hay! Espera dos años, que ningún mal te va a sobrevenir de ello.

A lo mejor es que era cabezota, como había dicho su hermano José. No importaba; ella misma visitó una tarde a mosén Diego Padró, el párroco, y le explicó su deseo.

—Hija mía –le había respondido el buen cura, asombrado porque aquella chiquilla de diez años parecía más mayor por la estatura y por el juicio–, ¿estás dispuesta a aprenderte el Catecismo de principio a fin? Mira que proviene del Concilio de Trento y lleva muchas disposiciones.

—Sí, padre. Se lo recitaré entero si el Señor me ayuda.

—Pues me parece a mí que, en efecto, así va a ser. No he visto nunca unos ojos iguales a los tuyos, María Dolores, tan brillantes y tan firmes. Parecen ojos de..., yo qué sé, de fundadora. Así los llevaría santa Teresa de encendidos. Cuando te lo sepas de carrerilla, vuelve y quedarás admitida al banquete celestial.

Regresó a casa contenta pero a la vez un poquito asombrada de la perspicacia de aquel sacerdote, porque ella, con sus amigas del patio, cuando jugaba a las familias era la madre, o la maestra si jugaban a las escuelas. Pero cuando jugaban a las monjas, siempre era la fundadora. Aunque no quisiera, porque le parecía algo demasiado grande, las propias amigas se lo pedían.

Narró en casa la aventura y su compromiso. Ya había dado la palabra y ahora debía cumplirla costara lo que costase. Tal vez fue la primera vez en que José Molas y María Vallvé se dieron verdadera cuenta de la fortaleza de aquella niña que había nacido de su amor.

—Dios la ha bendecido –decía el hojalatero– y a nosotros con ella.

Doloretes estudió de noche y de día, con enorme esfuerzo porque la tarea era titánica. Le quitó horas al descanso, dio plantón a las amigas y al patio, aturdió a las flores de su casa y a los vecinos con las sólidas disposiciones del Concilio. Y recitó el Catecismo completo ante su párroco, de pie, con el vestido negro que su madre había cosido para ese momento tan serio de su vida.

—¿Estás lista? Cuando quieras, hija.