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A Serena, una joven gypsia de veintidós años, la vida no le ha resultado del todo fácil. A su temprana edad, le ha tocado vivir una tercera guerra mundial, la trágica muerte de sus padres en sus propias narices, sobrevivir día a día en un mundo donde la clase media ha sido completamente aniquilada y la extraña leyenda de su procedencia, que carga sobre sus hombros y sobre el resto de su gente. Muchísimas preguntas sin una respuesta coherente, sobre esa historia que se escucha desde el principio de los primeros gypsios, y una marca en forma de estrella que deben esconder a toda costa de los rebeldes que quedan y de sus muchos simpatizantes que les apoyan. Una vida errante durante siglos por no ser aceptados, por considerarlos diferentes… A esto se le suma el tener que cruzarse en el camino de Marcos Mulier, un joven empresario rico de la Gran Capital que apoya sin reservas la idea de una sola raza y que se jacta de ser el nieto de uno de los pioneros rebeldes, causante del comienzo de la rebelión. Lo que ninguno de los dos imagina es que se enfrentan a algo mucho más grave. Una atracción fuerte, un sentimiento incontrolado cargado de magia y de leyenda que está prohibido tanto para ella como para él. Odio, principios y costumbres arraigadas lucharán contra algo tan grande que hace mucho fue escrito por las mismas estrellas, algo que ninguno de los dos será capaz de evitar y mucho menos de borrar. Porque solo unos pocos consiguen hacer callar a las estrellas…
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Sally Cortés
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17897-00-0
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Prólogo
Cuando éramos pequeñas y nos íbamos a dormir, mi abuela María siempre nos contaba una antigua leyenda gypsia para que pudiésemos dormir tranquilas bajo la luz de las estrellas y que nuestros sueños volaran hasta llevarnos tan lejos como nuestra imaginación nos permitiera. La historia narraba cómo aparecieron los primeros gypsios en la tierra, una historia fantástica, demasiado increíble para ser cierta y poder creerla, pero que a nosotras nos encantaba escuchar cada noche, acurrucadas bajo un lío de mantas, haciéndonos soñar hasta sumergirnos en lo más profundo de la historia y desear formar parte de ella. Aunque algunos historiadores aseguraban que los gypsios procedían de algún lugar recóndito de la India o incluso del antiguo Egipto, nunca pudieron confirmar o asegurar nada, solo estaba esa vieja leyenda rodeada de magia y fantasía a la que muchos de los primeros gypsios se aferraban por simple supervivencia.
La historia contaba que, en los primeros días de la tierra, cuando esta aún era pura y estaba sin contaminar, cuando ni siquiera existía la música y los caminos aún no estaban marcados, nació un niño albino, tan blanco, que parecía brillar en medio de la inmensa oscuridad de la noche, de pelo tan rubio que podía confundirse con un blanco inmaculado, y ojos azules como el propio cielo en un día de julio. Cuentan que, cuando creció, la gente de aquella aldea se burlaba tanto de su aspecto que tan solo salía de noche, para evitar las miradas crueles y discriminatorias de todas esas personas que lo rodeaban. En la aldea le llamaban el hijo de la noche, no solo por su aspecto físico, sino porque aquel joven muchacho tan solo hablaba con la Luna y las estrellas.
La leyenda narraba que aquel chico se enamoró perdidamente de la Luna y la cortejó cada noche con las frases de amor más bellas que jamás alguien pronunció en la vida. Pero un día, esta, cansada de sus halagos y constantes cortejos, le dijo que nunca podría amarlo ya que era un simple mortal, rompiendo así todas sus ilusiones y echándolo a un lado, como un día hicieron todos sus vecinos.
Pero poco después, el joven observó que entre todas las estrellas se encontraba una bonita estrella que había pasado por alto, pero que brillaba con más intensidad cada vez que él hablaba o recitaba versos a la noche. Aquella luz tan especial fue capaz de calar su alma triste y rota, volviéndose a ilusionar con un amor tan difícil como prohibido.
El joven decidió cortejarla cada noche y, a diferencia de la Luna, esta sí correspondió al chico, enamorándose perdidamente de él, y bajó a la tierra rompiendo las normas establecidas por el universo y la propia Luna, que les advirtió de que provocarían un desorden en el firmamento si intentaban llevar a cabo ese absurdo amor. Pero no quisieron escuchar a la Luna, la ignoraron por completo y decidieron arriesgarse a todo.
Cuando se vieron por primera vez, la estrella le dijo al joven muchacho que desde el cielo él parecía una estrella como ella, sin embargo, ella, una vez bajó a la Tierra, se convirtió en una mujer de tez morena, con cabello negro y largo como la noche, ojos oscuros y profundos que, adornados por largas y negras pestañas, creaban toda una obra del más puro arte. Un amor de contrastes tan bellos que las demás estrellas sintieron envidia y desearon vivir lo mismo, o al menos intentarlo…
Su amor fue intenso y prohibido; un amor verdadero, un amor único, un amor eterno. Pero pronto descubrieron que la Luna tenía razón y sus corazones se llenaron de temor, ya que muchas de las estrellas también bajaron en busca de sus propias historias de amor. El universo siguió en equilibrio a pesar de que las estrellas descubrieron que habían sido engañadas por la Luna traicionera, que siempre habían tenido la oportunidad de bajar a la Tierra y de poder elegir dónde permanecer. Siempre hubo opción y ellas lo habían ignorado por siglos.
Lo que en realidad ocurría era que la Luna estaba celosa porque el hijo de la noche había preferido finalmente a una simple estrella que a la misma reina del cielo.
Y de ese amor entre estrellas caídas y humanos fue que apareció una nueva raza, los gypsios, o como posteriormente los llamaron, zíngaros, gitanos, cigány o roms. Una raza que nacía con la marca de una estrella dorada detrás de la oreja, para recordar su procedencia. Un pueblo que nunca se sintió de este mundo porque, en realidad, pertenecía a dos; que nunca llegó a ser aceptado porque, en verdad, desprendía un algo tan diferente que no era de este mundo.
Una mezcla de lo conocido con lo desconocido de las estrellas, así decían que era el interior de los gypsios, todo un universo sin conocer. Aún dicen que en los ojos de muchos podemos encontrar restos de esa luz tan característica y mágica, pero solo es eso, una bonita leyenda, que supongo que fue inventada por los antepasados gypsios para dar una historia a su historia. Un pueblo que en realidad nunca supo de su procedencia, de dónde venían o hacia dónde debían dirigirse. Un pueblo que, para su desgracia, durante siglos fue perseguido y despreciado, despojado a la fuerza de sus costumbres, su lengua, su magia. Siempre fueron diferentes, siempre fueron iguales.
Han pasado siglos desde que esa historia la narraron por primera vez y, aunque todo ha cambiado mucho, a su vez todo sigue siendo igual para los gypsios. Es cierto que llegaron a integrarse, a ser aceptados y a ganarse el respeto de muchos, incluso se mezclaban formando familias con otras razas o pueblos. No obstante, nunca se olvidaron de sus raíces y costumbres, cosas a las que se aferraban mucho, a pesar de que a la mayoría de ellos les estaba estrictamente prohibido.
Pero cuando la Tercera Guerra Mundial explotó, fueron una vez más perseguidos durante cuatro largos años. Los demás se volvieron de nuevo contra el pueblo sin pueblo, dejando a su paso millares de muertos y desolación absoluta, familias rotas, viudas y muchísimos niños sin sus padres. Pero increíblemente, una vez más, seguían multiplicándose como las estrellas del cielo y, muy lejos de extinguirse como algunos pretendían, retomaron viejas costumbres, alejándose lo máximo posible del resto del mundo y protegiéndose los unos a los otros como antaño. Y a pesar de que hace tiempo que no creo en leyendas, lo cierto es que esta tiene demasiadas coincidencias para que tenga su parte de verdad y me haga dudar seriamente.
Por cierto, me llamo Serena, tengo veintidós años y tengo una pequeña estrella dorada tras la oreja… sí, soy gypsia.
1
El olor a café subía por la escalera hasta llegar a mi habitación, invadiéndola por completo con su aroma cargado de especias que solo mi abuela conocía. Aún no eran las siete, pero estaba demasiado nerviosa para continuar un minuto más acostada en la cama enredada con mis propias sábanas. La noche anterior me había quedado hasta tarde para terminar de pintar una cómoda que mi abuela había conseguido a cambio de unas lámparas que no utilizábamos. Había quedado bastante bien y mi abuela podría sacar algo de dinero a cambio, nos hacía bastante falta.
Mi hermana dormía profundamente en la cama de al lado, como si de un ángel se tratase, dulce e inocente. Al menos cuando dormía, el resto del día tenía mis dudas… Con solo dieciséis años, Lola aparentaba ser mucho mayor que yo. Afortunadamente, había heredado el casi perfecto cuerpo de mi abuela cuando era joven, yo, sin embargo, me parecía a mi madre, que nunca aparentó la edad que tenía porque siempre pareció menor.
Lola llevaba un tiempo muy misteriosa, la conocía demasiado para saber que algo gordo le rondaba por su loca cabecita, pero sabía que tarde o temprano acabaría por contármelo. Yo era su mejor amiga, aparte de su hermana mayor, aunque a la hora de la verdad, solo me contara las cosas que a ella le interesaban o convenían.
Mi abuela María también lo había notado y me lo había preguntado un par de días antes, pero ninguna de las dos podía imaginarse nada de lo que urdía mi pequeña hermana a nuestras espaldas… pero en fin, más tarde intentaría hablar con ella, porque estaba demasiado nerviosa como para pensar en los secretos de mi hermana pequeña. Hoy era, sin duda alguna, mi día, el día de Serena Vargas, y nada ni nadie lo estropearía.
Después de dos intensos y duros años de prácticas de fotografía artística, había conseguido milagrosamente una especie de beca para poder hacer las prácticas finales en un reconocido estudio fotográfico, lo cual me daba la oportunidad de seguir aprendiendo al lado del gran Miguel Duarte y, al mismo tiempo, ganar un poco de dinero, o mejor aún, podría terminar trabajando allí, que no nos vendría nada mal en casa. Sí, hoy era mi día, mi perfecto día, y a pesar de que todavía faltaba más de dos horas para empezar mi jornada de prácticas, me levanté de un salto dirigiéndome directamente a la ducha.
Cuando bajé a la cocina mi abuela ya me estaba preparando un importante desayuno en la mesa de la cocina, aunque, en realidad, todas sus comidas eran importantes, sobre todo para mí, porque según ella, necesitaba unos cuantos kilos para no parecer una enferma. La besé con cariño en la mejilla y me senté a su lado para empezar a comer una gigantesca tostada, acompañada por un desbordante café con leche.
Desde que mis padres murieron a manos de un grupo de rebeldes radicales en la guerra, ella se había encargado de nosotras dos. Se había convertido en el ángel que necesitábamos en aquellos trágicos momentos para cuidarnos y darnos todo el amor que nuestros padres jamás volverían a darnos. Fue muy duro para ella perder a una hija y al que fue como un hijo, quedándose a cargo de sus dos nietas pequeñas y comenzando una nueva vida, justo cuando la suya ya estaba por terminar. Solo le quedábamos nosotras y una cuñada que vivía en un distrito diferente al nuestro.
—Abuela, sabes que no me voy a comer todo esto… ¡Es demasiado! —Partí la mitad de la tostada y le ofrecí la otra mitad a ella que negó con rotundidad.
—¡Come! Hoy es un gran día para ti y tienes que estar preparada y con el estómago lleno, no quiero que te marees por los nervios, estás demasiado delgada.
Renuncié a llevarle la contraria y me lo comí todo sin rechistar. Volví a subir a la habitación para recoger el bolso y darme los últimos retoques antes de marcharme. Me había puesto mi mejor vaquero —en realidad, solo tenía que elegir entre dos—, una camiseta de tirantes blanca y una rebeca rosa palo a la que le faltaba el primer botón, pero estaba segura de que nadie lo notaría. Me sentía cómoda y a gusto, que era lo principal para empezar con buen pie este nuevo camino que se presentaba frente a mí. Me eché un poco de brillo de labios y acentué mis ojos con lápiz negro… aunque me costaba admitirlo, a todas las gypsias nos gustaba resaltar nuestros ojos. Sin duda alguna, la parte física que más hablaba de una persona.
Le di otro beso a mi abuela, no sin antes escuchar todas las recomendaciones que me daba para no meterme en problemas, para no cruzarme con ningún indeseado y, sobre todo, para que mi marca no la viese nadie hasta que adquiriera confianza suficiente con la persona en concreto. Salí a la casi primaveral mañana que el mes de marzo nos regalaba con sus delicados rayos de sol. Teníamos el privilegio de vivir en lo que quedaba del sureste español, uno de los mejores y más agradecidos climas que había o, mejor dicho, quedaban. A causa de los innumerables cambios climáticos y aumento del nivel del mar, la mayoría de los continentes habían perdido grandes superficies de tierra, quedando sumergidas en el fondo del mar y enterrando así centenares de ciudades enteras. Todo ahora era muy distinto, puesto que ahora todos los continentes se dividían entre las nuevas Capitales —donde solamente vivían los ricos y poderosos— y los Guetos —donde solo habían gente humilde, con muy pocos recursos, y cómo no, nosotros, los gypsios.
Cuando la guerra terminó, hace ya más de quince años, los ricos se enriquecieron más si cabía y los pobres empobrecieron hasta el límite. Fue cuando desapareció por completo la clase media que durante años había intentado subsistir. Ahora, o eras muy rico, o eras muy pobre, se acabó el término medio.
Me dirigí hasta la parada del único bus ligero que pasaba por mi Gueto, y llegué justo a tiempo para alcanzarlo y subir de una zancada. Tenía que cruzar toda la ciudad y estaba bastante lejos de mi destino. Acerqué mi muñeca al escáner de identificación y pagó, sonando el bip característico, mientras aparecía mi nombre en la pantalla. Serena Vargas. Estábamos rodeados de redes localizadoras, y más los ciudadanos que vivíamos en el extrarradio de la Gran Capital, o como los capitalinos decían, en el nuevo Gueto. Era una manera de controlar nuestras entradas en la Gran Capital, puesto que todos los habitantes del Gueto teníamos toque de queda para estar en nuestra zona y si no lo cumplíamos, nos metíamos en serios problemas, a no ser que tuviésemos permisos especiales firmados siempre por algún habitante del planeta de los ricos…
A pesar de todo, y aunque había demasiada miseria y pobreza en el nuevo Gueto, éramos felices en nuestras pequeñas caravanas y casas prefabricadas, alejados de la gran manzana del lujo y de los excesos, de personas egoístas que se dedicaban a vivir solo de las apariencias, y de su continua codicia por querer más. Era por eso que no solíamos ir demasiado a la Gran Capital, a no ser por trabajo o poco más. No encajábamos en ese mundo de trajes, zapatos de precios desorbitados, poder y mucha cirugía, pero sobre todo, por el control inhumano sobre nosotros. O como mi abuela nos diría, por los grupos de rebeldes radicales, que no sabían hacer otra cosa más que daño a las personas del Gueto que se cruzasen por su camino. En realidad, no eran más que personajes con demasiado dinero y poder, pero que necesitaban sentirse superiores a los demás, haciéndoles sentir que no valían nada comparados a ellos. Lo triste era que no sabían que los que no valían nada eran ellos mismos por el hecho de pensar y actuar de esa manera ridícula.
Los grupos de rebeldes radicales ya estaban desapareciendo, sobre todo había simpatizantes que se dedicaban más a temas políticos que a la violencia en sí, pero aún quedaba algún radical loco suelto por las calles.
Hacía ya unos años que el bus ligero había dejado de precisar conductor, casi todo ya lo manejaban las máquinas, sobre todo en la Gran Capital; los habitantes del Gueto no teníamos tanto avance tecnológico en nuestras modestas casas. Me senté y esperé pacientemente los casi treinta y cinco minutos que tardaba hasta llegar a mi destino. A medida que nos acercábamos más a la zona centro de la ciudad, los edificios se hacían más altos y más lujosos, y las tiendas que rodeaban a estos eran de las mejores firmas reconocidas, junto a los mejores restaurantes y bares de copas.
El estudio de fotografía no llegaba a estar en ese epicentro de glamour, pero sí se acercaba bastante, apenas dos calles, como mucho. Estaba situado en un edificio altísimo de cristal negro, en la planta 87. En el portal del edificio, un portero amable y muy bien uniformado, de unos cincuenta y algo, me abrió la puerta dándome la bienvenida al emblemático edificio. Al llegar a la recepción, ya tenían preparada para mí una bonita identificación acorde con el edificio y con mi nombre, Serena Vargas, que debería enseñar cada día a partir de ese momento para poder entrar y moverme por el edificio sin problema. Me señalaron dónde debía coger el ascensor que me llevaría hasta el estudio de Miguel Duarte. Cuando llegué, una preciosa secretaria rubia de piernas interminables, que parecía haber salido de la portada de una revista de moda, me recibió con una amplia sonrisa y me guio por un largo pasillo decorado de espejos y fotografías que rozaban la perfección. Miguel Duarte estaba concentrado en unas fotos que había sobre su mesa, cuando su secretaria interrumpió para presentarme.
—Perdona, Miguel, ha llegado tu nueva ayudante de prácticas, la señorita Serena Vargas.
La recepcionista hizo ademán para que me adelantara y Miguel Duarte alzó la mirada de las fotografías para posar sus bonitos ojos en los míos. Se levantó colocándose bien su americana gris, que le quedaba impresionantemente perfecta. Me lo esperaba mayor, sin embargo, era bastante joven, rondaría los treinta y cinco como mucho. Cuando se levantó para saludarme, me di cuenta de que era mucho más alto que yo, de cabello despeinado moreno, que hacía una perfecta combinación con el castaño de sus ojos y la barba de tres días. Sin duda, era más atractivo de lo que pensaba, cosa que no le gustaría nada a mi abuela, que encontraría peligro en un detalle como este.
—Buenos días, señor Duarte —dije con fingida confianza en la voz y extendiendo mi mano hacia la de él.
—Por favor, llámame Miguel, no me van las formalidades y menos entre la gente con la que tengo que pasar casi todo el día trabajando. —Miguel Duarte estiró su mano y estrechó la mía con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía un muy buen primer contacto con el que a partir de entonces sería mi jefe.
—Muchas gracias por esta oportunidad, le aseguro que no se arrepentirá.
Sabía que sonaba muy tópico en los primeros días de trabajo de cualquier persona, pero estaba nerviosa, a pesar de mi disimulo, y ante todo, quería causar la mejor impresión posible a Miguel Duarte, no podía perder una oportunidad como esta.
—Tutéame, Serena, ya te he dicho que no me gustan los formalismos entre los míos.
Volvió a esbozar una sonrisa con sus perfectos dientes blancos, quitándole cinco años de un soplo… no podía tener muchos más de treinta, había calculado mal seguro. Y sin más, comenzamos con mi primer día de prácticas, dejando a un lado mi perplejidad ante el atractivo de mi jefe y su manera tan desenfadada de tratar a sus trabajadores. Todo fue a las mil maravillas, llamé a mi abuela como le prometí y Miguel me explicó todo lo que tenía que hacer de manera tan clara y concisa que no tuve que volver a preguntar más en toda la mañana, dejándolo libre para trabajar con su visor táctil en los arreglos de su última sesión fotográfica.
Una atractiva modelo aparecía en todas las imágenes, se trataba de una chica joven de unos veintipocos, con una espesa melena ondulada color fuego que le rozaba la cintura, unos ojos castaños que brillaban con intensidad y unos labios demasiado carnosos para no estar retocados, pero que le quedaban genial. Y ni qué hablar del espectacular cuerpo de infarto que adornaba con un minivestido plata que se ajustaba a cada curva de su fisonomía perfecta. Por un momento, vino a mi mente mi hermana Lola, posiblemente ella podría trabajar de modelo, pero era algo imposible para una gypsia… ¿Qué podrían pensar de ella? Ya éramos demasiado diferentes al resto por el simple hecho de que mi abuela hubiera consentido que estudiásemos un poco.
A la hora de la comida, Miguel me invitó a comer al impresionante hotel de 7 estrellas que estaba situado a solo una manzana del estudio, justo en la zona de más lujo. Y aunque no era una comida de placer, sino de negocios, yo me sentí visiblemente excitada por la novedad. Nunca había entrado en un hotel, y menos como ese, un altísimo edificio de espejo blanco y con una arquitectura impecable y modernista, el gran hotel Silver.
Cuando entramos, nos dirigimos al restaurante que había en su interior, en una de las últimas plantas. Las vistas eran increíblemente espectaculares, tuve que hacer un sobreesfuerzo para no sacar mi cámara del bolso y hacer unas fotos al lugar y así poder enseñarlas más tarde en casa. Me quedé prendada de un inmenso parque con lago que se encontraba justo a unas calles y que ocupaba casi la mitad de la ciudad. Un día me escaparía allí para sacar unas buenas fotos y agregarlas a mi gran colección. Sería emocionante tener fotos que no fueran únicamente del Gueto y sus alrededores.
Miguel había quedado con el novio de la chica del pelo color fuego —la que había posado para él el último día—, quien, a su vez, era el dueño del hotel donde nos encontrábamos. Necesitaba cerrar algunos asuntos para la fiesta de primavera que se celebraba cada año y que este año se preparaba en el Silver. Habían contratado a Miguel para que hiciera las fotos y mi jefe quería que conociese a su nuevo equipo de trabajo —o sea, yo—, y además, enseñarle por adelantado cómo estaban quedando las fotos de su chica. Se podía ver que existía una amistad entre mi jefe y el dueño del hotel, pero no tenía ni idea de hasta qué punto serían amigos. No sé por qué razón me imaginé a aquel hombre como un viejo magnate forrado de dinero, que se entretenía con modelos jovencitas para aparecer agarrado del brazo de ellas en las revistas y periódicos de moda, pero ese no era asunto mío, es más, estaba tan embriagada por la belleza de esas vistas que volví a perderme en mis pensamientos.
Todavía faltaban unos minutos para que llegaran, así que me levanté para ir al baño y lavarme las manos. Cuando me miré en el espejo, me di cuenta de que no iba vestida para estar en un lugar como ese, pero mi cara estaba resplandeciente, estaba siendo un día genial para mí y se me notaba hasta en los poros de mi piel. Me acerqué un poco más al espejo para fijarme en mis ojos color chocolate. Buscaba ese brillo especial que mi abuela siempre nos aseguraba que teníamos las gypsias. Ella siempre nos decía que cuando una gypsia era feliz o estaba enamorada de verdad, ese brillo o luz aparecía, como si fuese una especie de herencia que nos quedó de las estrellas de la leyenda, pero yo nada más veía unos ojos maquillados, solo eso. Me eché a reír de mi propia estupidez… luz de estrellas… mi abuela nos estaba trastornando con estas historias que, en realidad, no llevaban a ningún lugar, aparte de darle una explicación un tanto increíble a la historia de nuestra extraña marca. Me coloqué adecuadamente mi larga melena morena, ocultando mi estrella dorada, y salí algo incómoda después de mi monólogo interno.
El restaurante era elegante, muy fino y demasiado glamuroso, decorado todo en tonos pastel y plata —haciendo referencia a su nombre—. Mi jefe se encontraba justo al otro lado del salón sentado en nuestra mesa, y una inmensa pecera con toda clase de peces tropicales se encontraba justo entre los servicios y las mesas, dejando a la derecha una barra de bar hecha de metacrilato transparente. Me quedé por unos instantes admirando la gran pecera, todos los peces tenían los mismos tonos de color de la decoración, incluso había peces plateados que parecían brillar… y fue en ese momento, a través del cristal de la pecera, cuando una mirada severa y atractiva se cruzó sin aviso con la mía, acaparando toda mi atención. Era un chico joven, de cabello rubio y muy bien vestido. Su ropa era elegante, pero con un toque sexy, adecuada para su edad, no mucho mayor que yo, quizá unos cinco años más. Esa mirada me atrapó de una manera extraña que nunca había experimentado y me produjo una corriente eléctrica desde las piernas hasta la cabeza, pasando por mis brazos hasta llegar a la punta de mis dedos. Solo sabía que no podía dejar de mirar a través del grueso cristal y que los peces de colores que se interponían entre nuestras miradas. En ese momento, mi teléfono recibió un mensaje rompiendo todo contacto visual con el chico misterioso. El visor se desplegó para mostrarme algo que Lola me había mandado. Me quedé extrañada al ver que me deseaba suerte en mi primer día de trabajo y me decía que necesitaba un favor. A saber qué favor me pediría al llegar a casa. Le respondí con un simple y corto «ok», y luego recibí otro mensaje más de Lola: «Te quiero, hermana». ¿Te quiero, hermana?, indudablemente mi hermana estaba demasiado rara y me daba miedo pensar qué se traía entre manos, estaba segura de que me traería dolores de cabeza como de costumbre. Levanté la vista para volver a mirar al chico misterioso mientras la pantalla volvía a desaparecer. Nunca antes nadie de la Capital me había mirado así, de esa manera tan intimidante, aunque quizás no se había dado cuenta de mis ropas viejas y detrás de la pecera aparentaba ser una chica rica… pero el chico ya no estaba, había desaparecido, así que decidí dejarlo pasar como una simple anécdota de mi primer día. Al parecer, no todos en la Gran Capital eran los monstruos que nos pintaban en el Gueto, la verdad era que todos parecían bastante normales, al menos, por el momento.
Cuando me senté en la mesa, mi jefe ya había pedido la bebida por mí. En medio de la mesa había un vino espumoso muy fresquito y una jarra de agua. Me decidí por el agua, ya que no estaba acostumbrada a beber alcohol y no quería probarlo en mi primer día de prácticas, que hasta ahora estaba saliendo perfecto. Mi silla daba la espalda a la puerta del restaurante, por lo que no vi llegar al dueño del hotel hasta que mi jefe se levantó de un salto para saludarlo. Al girarme para poder mirar, noté que la boca se me abría ligeramente por mi sorpresa. Se trataba del mismo chico que me había llamado tanto la atención a través de la pecera, ese que captó mi atención descaradamente. Cuando llegó mi turno, me levanté y estiré mi mano algo temblorosa para saludar al dueño del hotel Silver. Solo me salió un débil e insípido: «Encantada». Era evidente que mi jefe se conocía de tiempo con el dueño del hotel, es más, se llevaban bastante bien.
—Marcos, te presento a mi nueva ayudante de prácticas, Serena Vargas, te aseguro que pronto se convertirá en mi mano derecha, tengo un pálpito con ella, y de los buenos.
Me volvió a mirar directamente a los ojos, pero esta vez torció una media sonrisa arrebatadora. De cerca, era todavía más guapo que a través de la pecera. Sus ojos tenían un verde azulado muy intenso, estaba perfectamente afeitado y llevaba su pelo rubio peinado hacia atrás, pero varios mechones largos le caían a los lados. Impresionante, no tenía otro nombre.
—Serena, este es Marcos Mulier, dueño y señor de este gran hotel, y gran amigo mío.
Le devolví una tímida sonrisa. Estaba nerviosa, muy nerviosa, y estaba segura de que tanto mi jefe como aquel tipo lo sabían, divirtiéndose a mi costa. No estaba acostumbrada a ruborizarme con tanta facilidad, pero la cercanía de aquel hombre me hacía sentir una electricidad por todo el cuerpo, por segunda vez en aquel día, que no antes había experimentado y que me ponía de los nervios, y para qué negarlo, las gypsias no solíamos estar en estos aprietos, siempre estábamos acompañadas por algún familiar que no lo permitía.
La comida transcurrió demasiado lenta para mi gusto. No tenía aún confianza con mi jefe y mucho menos con Marcos Mulier para integrarme en la conversación de manera casual, así que me dediqué, la mayor parte de la comida, a mirar mi plato y a contestar «sí» o «no». Sabía que a mi abuela no le gustaría saber dónde estaba, así que lo mejor sería ocultárselo por ahora. Aunque iba a ganar poco dinero, no me podía permitir el lujo de perder este trabajo por nuestras tradiciones.
Pero cada vez que levantaba la mirada, los ojos del señor Mulier estaban clavados en los míos, haciendo que me pusiera cada vez más nerviosa y mis movimientos se entorpecieran inevitablemente, dejándome en seria evidencia. No estaba acostumbrada a que me mirasen tan descaradamente y no sabía de qué manera reaccionar para que no hubiera malentendidos entre ninguno los dos. Estábamos terminando el postre, cuando la explosiva chica de pelo color fuego apareció y plantó un tierno beso en los labios del señor Mulier. Me sentí ridícula por haber estado evitando todo el rato las miradas de ese hombre para que no hubiese malentendidos, cuando la que había tenido el malentendido era yo, y solo yo. Hasta ese momento no había caído en la cuenta de las palabras de mi jefe: «La chica de las fotos es la novia del dueño»; el dueño, que yo había catalogado como un magnate viejo y pervertido. Me había equivocado completamente. Aquellos dos personajes eran dignos de una revista de moda.
Nos presentaron, ella se llamaba Aria y fue muy simpática y educada en el rato que se sentó a mi lado, haciéndome compañía. Pero su novio seguía mirándome y eso ya no tenía sentido… ¿Qué estaba haciendo? Tenía a su novia al lado y podría darse cuenta, pero por vigésima tercera vez volvió a mirarme arrastrando su sonrisa de medio lado y consiguiendo tensar cada parte de mi cuerpo. No estaba segura, pero habría jurado que intentaba decirme algo con esa mirada llena de secretos.
—Serena, tienes unos ojos preciosos, seguro que te lo han dicho como un millón de veces, ¿me equivoco?
Aria seguía su cordial conversación conmigo, realmente me empezaba a caer bien, a pesar de las seguidas miradas de su novio. Era muy común entre gypsios que nuestros ojos llamasen la atención de la gente que no lo era, no sabía bien por qué, pero era así.
—En realidad no me lo dicen mucho… —Aria se giró un poco más hacia mí y tocando mi pelo lo echó para un lado.
—Me encanta tu pelo, es tan natural… la verdad es que estoy un poco cansada de este color tan rojo, pero a Marcos le parece de lo más sexy y es lo último en la Gran Capital, ¿verdad, cariño?
Volví la mirada para escuchar la contestación de Marcos Mulier, pero su mirada en esta ocasión se había enfriado de una manera exagerada y, echándose el pelo hacia atrás con la mano, asintió inexpresivo y esquivando por primera vez mis ojos. Le había pasado algo, lo podía sentir. Estaba incómodo, pero no podía comprender por qué, quizás no le gustaba que Aria hablase con una desconocida de sus gustos por ella. Mi jefe se levantó, disculpándose, para contestar una llamada, alejándose del lugar donde nos encontrábamos.
—¿Qué te pasa, Marcos? —preguntó un poco confundida Aria—. Te conozco bien y se te ha puesto cara de que algo te ha molestado… ¿Algo ha salido mal en la reunión de esta mañana?
—No es nada, pequeña, solo es que no me ha sentado bien la comida.
Volvió la mirada hacia mí, otra vez con esa nueva frialdad que no había mostrado hasta el momento.
Supe que había algo más profundo que una indigestión, lo podía leer en sus ojos, lo podía sentir. Yo lo llamaba un sexto sentido, mi abuela, sin embargo, decía que era un don otorgado por las estrellas o, simplemente, que se notaba de manera evidente que algo iba mal. Volvió a mirarme pasándose por tercera vez la mano por el pelo, estaba nervioso, incómodo… y entonces la lucecita se encendió sin más. No sabía cómo, pero se había dado cuenta de que era gypsia y no era, evidentemente, algo de su agrado. Intenté acomodarme como pude mi pelo en el lugar adecuado para tapar toda evidencia. ¿Sería un radical de los que hablaban en el Gueto?, ¿estaría ahora en problemas? No lo quería creer, pero estaba segura de que no estaba contento con que una gypsia estuviese comiendo en su lujoso y exclusivo restaurante. Aria también recibió una llamada y se levantó de la mesa haciendo un pequeño gesto de disculpa. Mi incomodidad aumentó en ese instante. Una vez más, me sentía fuera de lugar y observada por un hombre que me intimidaba hasta la médula espinal.
—Eres del Gueto, ¿me equivoco? —me preguntó abruptamente. Su mirada me escrutaba de una manera intensa, indescifrable. Parecía enfadado consigo mismo. Entrecerró los ojos y esperó mi respuesta.
—Eh... sí… —No me atrevía a mirarle a los ojos, pero levanté la mirada con cautela.
Realmente estaba furioso, pero no sabía por qué. Por mucho que le molestase que fuera gypsia, no tenía por qué reaccionar así, se suponía que la guerra había pasado hacía mucho y que volvíamos a vivir en un planeta civilizado, más o menos. Pero parecía enfadado consigo mismo. Entrelazó los dedos y echándose hacia el respaldo de su silla ladeó la cabeza y siguió observándome con seriedad.
Yo me quería ir de aquel lugar, de aquella situación tan bochornosa para mí. Nunca había pensado que algo así podría pasarme, que alguien, que de primeras había logrado captar mi atención, me devolviera un manotazo de esa magnitud, haciendo que me avergonzara como nunca. Pero, ¿por qué me había molestado tanto? Se suponía que estas cosas solían pasar a menudo con la gente de los Guetos, y mucho más si eras gypsio. Pero realmente me había dolido la reacción de ese apuesto joven, dueño de un lujoso hotel. Seguramente porque siempre había escuchado estas historias en otras personas que no eran yo y la perspectiva vivida en primera persona era muy diferente y humillante a solo escuchar las diferentes historias de unos y de otros.
Aria se acercó de nuevo y lo abrazó por detrás.
—Marcos, ¿a que Serena tiene una belleza muy especial? —Marcos se giró sin mirarme ni una sola vez más y dándole un pequeño beso en la mejilla a su novia le contestó secamente.
—Me tengo que ir, más tarde nos vemos, pequeña. Despídeme de Miguel, por favor. —Y sin mirar atrás, se fue de mi vista dejándome con la boca seca y las manos temblorosas y húmedas.
—Está súper raro, a saber en qué estaba pensando… Bueno, Serena, nos vemos entonces mañana en la Fiesta de Primavera, ponte guapa.
¿Qué me pusiera guapa? Seguro que Aria no imaginaba mi escaso fondo de armario y menos para una fiesta de esas características.
—Sí, mañana nos vemos, ha sido un placer conocerte, de verdad —contesté aturdida por todo lo ocurrido.
Aria se marchó dejándome ahora a mí el encargo de despedirlos de Miguel, no sin antes conseguir que todas las cabezas de hombres que había en el lugar se girasen para mirarla. La verdad es que era preciosa y esa reacción debía de ser de lo más normal para una mujer como ella. El tipo de mujer que podía estar con hombres como Marcos o Miguel. Me sentí pequeña e insignificante entre personas como ellas y esa sensación me incomodaba; siempre me molestó la gente que se sentía inferior por cosas tan banales como la belleza y el dinero, sin embargo, yo me estaba acercando peligrosamente.
Mi jefe regresó por fin de su extensa llamada y le dije que se habían tenido que marchar por asuntos de trabajo y que me habían encargado despedirles de él.
Cuando volvimos al estudio, me mandó a organizar unas lentes nuevas que habían llegado para las fotos de la Fiesta de la Primavera, mientras que él volvía a la mesa de su despacho y continuaba con las fotos de Aria. Mi gran día se había visto emborronado de su casi perfección, pero por suerte, después de mañana, no volvería a ver a ese irrespetuoso que me había hecho sentir como la nada, como si mi persona no valiese ni un ápice.
Terminé mi trabajo pensativa y sin dejar de dar vueltas a lo ocurrido, recogí mis cosas y salí a despedirme de Laura, la recepcionista del estudio, y de Miguel, que seguía enfrascado en su trabajo como todo un profesional.
—Miguel, yo ya me marcho, he terminado todo lo que me has pedido y he dejado listo todo para mañana.
Mi jefe se levantó para abrir un ropero inmenso que había a la izquierda de su mesa, donde se encontraba el estudio uno, y dejó a la vista el mayor fondo de armario que mis ojos habían visto jamás.
—¿Me equivoco si te digo que tienes una 36 de talla? —Me quedé quieta, sin entender por qué me lo había preguntado.
—¿Eh...?, sí.
Mi voz sonaba desconcertada. Miguel rebuscó entre todas las prendas, sacando por fin un impecable vestido corto blanco, con un solo tirante adornado por un broche de piedras de cristal. También sacó unos impresionantes tacones plata y me lanzó con cuidado uno de ellos para que lo atrapase al vuelo.
—Es un 38, creo que te valdrá. —Me quedé sin palabras. ¿Todo aquello era para mí? Pero, ¿por qué? No entendía nada—. Como sabes, mañana tenemos que ir a trabajar a la fiesta del hotel Silver y debemos ir vestidos de etiqueta, suponía que no tendrías nada parecido, sin ánimo de ofender, por supuesto…
Claro que no lo tenía, ni mucho menos, y mi jefe lo sabía, no hacía falta que yo se lo dijera. Sabía perfectamente dónde vivía y que sería de la única manera que yo podría asistir de etiqueta y en condiciones a una recepción tan importante como la Fiesta de la Primavera del hotel Silver.
—Oh, gracias, Miguel. Es un gran detalle por tu parte, la verdad, a decir verdad, lo de la ropa me estaba agobiando... —Mi jefe sonrió ampliamente, satisfecho de su acción. Era un buen hombre, sin lugar a duda.
—Son los vestidos que utilizan muchas de las modelos para poder hacer su book profesional y, como has podido observar, hay centenares. Tómalo como un empeño o un préstamo, a lo cenicienta, cuando la fiesta termine, el vestido volverá al ropero.
2
A la mañana siguiente fui la última en despertar. No tendría que trabajar hasta la tarde, lo que me dejaba toda la mañana libre para descansar y prepararme mentalmente para mi primer día de trabajo profesional.
Me quedé durante un largo rato mirando hacia el techo de mi habitación. A pesar de que ya no creía en nuestras leyendas, como lo hacíamos de pequeñas, me gustaba estudiar las situaciones de la vida cotidiana y compararlas con la leyenda que tantas veces nos había contado la abuela. Sorprendentemente, solía haber demasiadas similitudes en la mayoría de los casos, como, por ejemplo, el hecho de que a los gypsios nos costaba muchísimo encajar en cualquier lugar… como si no fuésemos de aquí. En la leyenda se decía que aquello les pasaba constantemente a los gypsios porque en realidad no pertenecíamos a este mundo, sino al mundo de las estrellas o algo parecido. Sin embargo, lo que siempre me preguntaba era el porqué de una marca tras la oreja. Muchos decían que era tan común como el color de la piel o los rasgos de los ojos de otras razas, un simple toque racial, pero seguía sin encajar demasiado en esa débil teoría, en fin… era parte de ser gypsio.
A mi abuela no le gustó la idea de que tuviese que llegar tarde a causa de la fiesta, pero sabía que se trataba de un trabajo importante y que no podía decir que no. No les conté lo de mi momento de tensión con Marcos Mulier, no habría conseguido otra cosa que asustar a mi pobre abuela y que esta me obligara a abandonar, sin más dilación, mi trabajo el mismo día que había comenzado. Pero lo que sí les conté fue lo maravillosamente bien que se portó conmigo mi jefe y su gran detalle de prestarme la ropa y los zapatos para este día.
Lola se volvió como loca al ver el vestido y los zapatos, y no tardó ni quince segundos en desnudarse para probárselo todo. Parecía estar diseñado para ella. Estaba increíblemente guapa.
Cuando bajé, mi abuela se había ido a comprar al mercado y Lola estaba hablando muy misteriosamente por su teléfono. Se dio cuenta de que me acercaba, su tono de voz cambió y desconectó rápidamente sin que yo llegara a ver quién era la persona que estaba en el visor táctil.
—¿Con quién estabas hablando? —pregunté. Habría jurado que parecía un chico.
—Con Raquel, tenemos que entregar para el viernes un trabajo de Historia del Arte y todavía no ha terminado su parte.
Estaba mintiendo, lo sabía, pero supuse que le estaba guardando un secreto a su mejor amiga, y la lealtad a las amigas era casi un juramento de sangre y fuego a esas edades.
—¿Qué era lo que me querías pedir ayer? —A Lola se le iluminaron los ojos.
—Pues, como trabajas el viernes y tienes que ir a la Gran Capital, me quería ir contigo para poder comprar un libro que me hace falta para clase y que solo lo puedo encontrar en la única librería que aún conserva libros de verdad y no digitales… además, está becado por el instituto, así que no supondrá ningún gasto. —Se levantó del sillón y se dirigió al espejo que teníamos en la entrada—. Ya sabes lo que dice la abuela, que es mejor un libro de verdad. —Levanté mis cejas sorprendida por el comentario de mi hermana, mientras ella se peinaba como si nada y se aplicaba brillo de labios.
Últimamente estaba radiante. Siempre nos decían que nos parecíamos mucho, pero mi pelo era más oscuro que el suyo, ella tenía los ojos castaños como los míos, pero con un toque de miel y los labios de las dos eran carnosos como los labios de mi madre. Aunque en cuestión de personalidades éramos muy diferentes. Lola era atrevida, soñadora, sin miedo en sus decisiones, rebelde… mientras que yo, siempre fui bastante correcta en todo, me encargué bien de cuidar mi papel de hermana mayor. Nunca me gustó llamar la atención y, al contrario que mi hermana, siempre fui obediente a todas las reglas de la abuela. Lola me decía que nunca encontraría la felicidad verdadera si no era capaz de arriesgarme ni una sola vez en mi vida, pero prefería permanecer tranquila y sin problemas, para eso estaba ella.
Mi opinión personal referente a las gypsias era que nuestra vida consistía en una constante renuncia, a consecuencia de nuestras costumbres y tradiciones que manteníamos desde hacía siglos. Siempre fuimos diferentes al resto del mundo y a eso se le sumaba que la mayoría de las cosas que solía hacer una chica joven con nuestra edad, nosotras no podíamos hacerlas, a no ser que lo hiciéramos a escondidas y mintiendo. La mayoría de nosotras renunciábamos a los estudios, renunciábamos a muchos trabajos, renunciábamos a amistades y renunciábamos al amor, si podía suponer hacer peligrar tu integridad como gypsia. Pero hasta el día de hoy, nunca me había tenido que preocupar por algo así porque nunca llevé la contraria a mi abuela ni a ningún otro gypsio.
La mañana trascurrió bastante rápida. Lola hizo unas cuantas llamadas más, pero por todo lo demás, todo estuvo normal. Hicimos limpieza general en la casa y lavamos ropa. Aunque solo vivíamos en una pequeña casa prefabricada y sin nada de lujos ni tecnologías, nos encantaba tenerla en condiciones. Ayudé también a mi abuela María a preparar la comida. Me gustaba cocinar y, aunque no se me daba tan bien como a ella, me defendía bastante bien. La pena era que con mi nuevo trabajo apenas podría seguir practicando.
En la fiesta iba a ser la primera vez en la que llevaría una cámara para hacer las fotos. Miguel me explicó que yo me encargaría de hacer las fotos mientras la gente se divertía y bailaba, mientras que él se encargaría de fotografiar a las grandes personalidades de la fiesta. Estaba emocionadísima por que llegase el momento, aunque había algo que me preocupaba: Marcos Mulier.
Me había dado a entender que no era seguidor del Gueto, o ¿solamente no le gustó adivinar —no sé cómo— que era gypsia? Porque pensándolo bien, él tuvo que saber, desde el primer momento que me vio, que era perteneciente del Gueto. Era evidente que una chica que llevaba ropa sencilla y desgastada nunca podía pertenecer a la Gran Capital y estar comiendo en el restaurante del Silver. Las chicas de allí solo vestían como Aria, con las ropas más divinas y exclusivas que existían, y con colores en el pelo tan extravagantes como sus maquillajes. Aun así, Marcos parecía agradable, incluso no había dejado de mirarme con su media sonrisa, de modo que algo vio en mí que me descubrió.
Era verdad que ya me habían hablado de que en la Gran Capital muchos de los más ricos y poderosos eran simpatizantes o incluso participaban con los radicales rebeldes de sus luchas estúpidas —aunque estos últimos ya casi ni se veían—. Pero no quería hacerme castillos en el aire. Quizá, mi buena percepción e intuición de las cosas no era tan buena como creía y realmente la comida le había sentado mal, siendo todo una estúpida confusión de mi cabeza y mis mayores temores. Y era lo que esperaba, quizás esa noche, cuando nos viésemos de nuevo, me sacaría de dudas… qué horror, tener que ocultar tu identidad vez tras vez, simplemente para que te aceptasen unas personas que no volverías a ver más, era muy injusto y denigrante.
Cuando llegó la hora de empezar a arreglarme, no tenía ni idea de por dónde empezar. «Unas medias», pensé, y salí a casa de mi vecina Eva para que me dejase unas. Eva vivía en una pequeña caravana que algún día fue blanca y perfecta, con su marido y su bebé. Por dentro era muy acogedora y ella la tenía perfectamente arreglada dentro de sus posibilidades. No eran gypsios, pero no importaban esas cosas en el Gueto, porque allí todos éramos iguales.
—Ten muchísimo cuidado, Serena, a los ricos de la Capital les encanta aprovecharse de las chicas del Gueto. Pasan el rato con ellas y después les dan la patada en el culo. —Yo miraba con asombro a Eva mientras ella rebuscaba en su cómoda color pino las medias que me dejaría.
—No te preocupes por mí, yo solo estoy haciendo mi trabajo, no tengo por qué tener relación con las personas a quien fotografío, además, sabes que yo nunca tendría nada con nadie de la Capital, mi abuela me mataría. —Le hice una seña como que me cortaba el cuello con mi propio dedo índice y las dos nos echamos a reír a carcajadas.
—Serena, ante todo, eres persona, y no puedes controlar ni tus sentimientos ni tus impulsos, y en la Gran Capital hay muchos chicos demasiados guapos para ignorarlos a todos sin tener ninguna clase de reacción. —Se acercó a mí, dejando caer en mis manos unas bonitas medias de color carne—. Es por eso por lo que a la mayoría de vosotras no os dejan trabajar, podéis caer en la tentación… y lo más importante, llamáis la atención con esa belleza tan vuestra que hace volverse hasta al más rebelde de los rebeldes.
Se echó a reír de su broma y volvió sobre sus pasos, de vuelta hacia la cómoda para seguir rebuscando. Sus palabras me habían hecho recordar la cara de Marcos Mulier, casi perfecta y de mirada penetrante y feroz. Pero él nunca se fijaría en mí, iba contra las normas y yo era demasiado normal para alguien como él. Pero, ¿y si le gustaba? ¿Qué haría yo...? Dejé de pensar en cosas absurdas que eran imposibles y me fijé de nuevo en mi amiga, ignorando una nueva corriente de electricidad por la columna al pensar en ello. Eva volvió con unos bonitos pendientes. Eran dos pequeñas piedras de cristal, que quedarían perfectas con la vestimenta. Le agradecí por todo y la dejé para que pudiese atender a su encantador bebé.
Al llegar a la puerta del edificio donde se encontraba el estudio fotográfico, Miguel no había aparecido aún. Le estaba intensamente agradecida por lo del vestido, verdaderamente me sentía la Cenicienta del Gueto. El vestido me quedaba bastante bien, y los zapatos me hacían parecer altísima. Me maquillé como a mí me gustaba, dando protagonismo a mis ojos castaños y a los labios con un toque rosa mate. Al ser mi piel morena, el blanco me quedaba realmente bien, realzando mis facciones. El pelo me lo recogí a conciencia en un moño bajo en el lado de mi marca para que no se pudiese ver. Cuando Lola me vio salir de la habitación, no sabía más que gritar lo guapa que estaba, al contrario que mi abuela, en cuyos ojos podía leer entre líneas toda la preocupación del mundo sobre sus hombros.
Miguel llegó, con las cámaras en la mano preparado para el trabajo. Me sonrió con una amplia sonrisa y silbó al verme frente a él. Yo me sonrojé, no estaba acostumbrada a esos detalles, y menos de un hombre tan apuesto como él, pero le volví a agradecer todo lo que estaba haciendo por mí unas quince veces más hasta que llegamos al lugar.
Mi jefe llevaba un impecable traje negro, con una fina corbata gris perla, estaba muy favorecido, y no era para menos viniendo de un hombre de su clase. Cuando llegamos a la fiesta, apenas había comenzado a llegar la gente, y en su mayoría eran camareros. Mi jefe me dijo dónde me tendría que posicionar para hacer las fotos y me hizo introducir en la oreja un pequeño audífono que nos mantendría en contacto en todo momento, por lo que pudiera pasar o por si lo necesitaba.
—Bueno, ha llegado el momento de hacer lo que más nos gusta. Avísame si tienes cualquier duda, ya sabes, no te agobies, dedícate a buscar la diversión de la fiesta en los rostros de los invitados. —Me dio unas palmaditas en el hombro y se alejó gritando sobre su hombro—. ¡Confío en usted, señorita!
Yo estaba justo en la barra, esperando a que la gente comenzara a llegar. Todo estaba adornado con flores de todos los colores y clases. Parecía un auténtico jardín, incluso había pájaros de todos los colores, eran falsos, pero daban tan bien el pego que me costó bastante darme cuenta de que solo eran pequeños hologramas, lo último en la Capital. Cada día había menos mascotas reales en este lugar.
Pedí un vaso de agua fría mientras esperaba y comencé a caminar por lo que sería mi tour, quedándome plantada casi en medio de donde estaba la pista de baile, admirando la espectacular y majestuosa lámpara que colgaba del techo. Estaba compuesta por miles de cristales con los mismos colores que había en las flores de la decoración, rosa, verde, azul, rojo, amarillo, violeta, naranja… Parecían galaxias vistas desde el mismo universo, pero cargado de un color maravilloso, donde todo iba con todo y no faltaba ningún detalle. Seguramente que con el dinero que se habrían gastado solo en decoración, muchas familias del Gueto podrían subsistir a la pobreza durante bastante tiempo. Pero así eran los ricos. Solo pensaban en ellos y en sus extravagancias.
Me di la vuelta para volver a mi lugar, tenía que andar con cuidado a causa de la altura de los tacones, pero me sentía como si los hubiese llevado toda mi vida con la misma elegancia que cualquier chica de la Gran Capital. Sentí que me observaban, levanté la mirada del suelo y ahí estaba él. En el fondo del gran salón, con un traje completamente negro, camisa negra, corbata negra, el pelo lo llevaba para atrás y mantenía las manos metidas en los bolsillos con su mirada clavada en mí. Era una imagen impactante, su mirada me fundía una vez más, atrapándome sin poder dejar de mirar y aturdiéndome indiscriminadamente. Me dolían sus ojos al mirarme. No sabía qué le estaba pasando por la mente: si era bueno, si era malo o si era peor. Solo sabía que los invitados comenzaron a cruzarse delante de nosotros, pero parecía que todo a nuestro alrededor se moviese a cámara lenta y todo quedara centrado en nosotros dos, en nuestras miradas. Empecé a olvidarme de respirar, pero mi jefe me devolvió a la realidad cuando su voz sonó en mi oído para decirme que ya podía comenzar con las fotos, instintivamente levanté la cámara sin moverme y enfocándolo en un primer plano espectacular, le saqué una foto. La primera de todas mis fotos. A Marcos Mulier.
Marcos Mulier entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, recordándome a esos famosos anuncios de perfumes caros, en los que el modelo parecía un dios griego… yo, por mi parte, ya me había arrepentido por lo que acababa de hacer, pero en ese momento Aria apareció a su lado, preciosa, espectacular, única, con un vestido rojo largo hasta los pies, con escote en corazón y toda la espalda descubierta. Su pelo lo llevaba recogido en un perfecto moño, y de su cuello colgaba un bonito collar de diminutos diamantes, que daban la sensación de estar pegados a su propia piel. Él apartó la mirada para besarla y acariciar sutilmente su espalda, y entonces mi estómago se retorció con violencia, al desear que fuera a mí a quien acariciara de esa manera, que me deseara y necesitara besar, solo a mí… ¿Estaría volviéndome loca? ¿Cómo era posible desear esa clase de intimidad con un completo desconocido?
Cuando se separaron, él le dijo algo al oído y los dos comenzaron a reír. Hacían una pareja perfecta. Se unieron a ellos un grupo de amigos y amigas, todos vestidos con ropas de firmas importantes y dejó de ser el dueño del hotel para convertirse en un joven de su edad y un anfitrión perfecto, además de insoportablemente atractivo.
Miguel me dijo que, en realidad, la cadena de hoteles era de su padre, pero había puesto en sus manos este hotel hacía como cuatro años en un intento de que madurase y dejase de comportarse como un niño rico de papá. Se había metido ya en varios líos en las propias fiestas que organizaba y su padre no estaba dispuesto a que su buen apellido acabase con una pésima reputación. Pero mi jefe me había asegurado que las peleas, las drogas, las constantes mujeres y todo lo demás lo había aparcado por ahora, convirtiéndose en el gran empresario que era y consiguiendo que su padre le confiara nuevos hoteles por el resto del mundo. Fue el propio Miguel quien le presentó a Aria, habían comenzado a salir hacía poco tiempo, pero hasta ahora, era la relación más larga que había mantenido con una mujer y con la que parecía haber sentado cabeza.
Marcos pasó su brazo por los hombros de un chico que estaba a su lado, era más joven que él, tendría unos dieciocho años como mucho, era de su misma altura y tenían los mismos ojos, pero el pelo de este era más oscuro y lo llevaba despeinado meticulosamente a propósito. Supuse que sería un familiar. Sonrió al chico y levantó la mirada una vez más hacia mí, pero yo ya estaba girándome para romper el contacto visual que me hacía quedar aturdida por completo. Por mucho que lo evitase, su mirada me atrapaba dejándome sin fuerzas. ¿Sería eso lo que se sentía cuando alguien te atraía? Pero solo eran tonterías de una gypsia en sus primeros días en la Gran Capital, deslumbrada por la belleza y la clase de sus peculiares habitantes.
La fiesta fue desenvolviéndose rápidamente, yo hice como un millón de fotos, pero todo me parecía poco y quería que Miguel se sintiera orgulloso de mi primer trabajo, me sentía como en un examen y necesitaba sacar la mejor nota.
Me centré, como dijo mi jefe, en las caras de los invitados divirtiéndose. Y bien que se divertían. Aria me saludó desde el centro de la pista de baile en más de una ocasión. Parecía una diosa griega, al igual que su novio. La mayoría de las mujeres que había en la fiesta rozaban una perfección artificial, pero que les quedaba bien. Los vestidos, las joyas, los zapatos, todo parecía ser perfecto en ellas. Ellos, por su parte, eran tan o más atractivos si cabía, pero ninguno de ellos me transmitía lo mismo que el señor Mulier me había transmitido desde el primer momento que sus ojos osaron cruzarse con los míos, desarmándome por completo.
Habían invitado a los representantes de diferentes partidos políticos y al propio alcalde de la Gran Capital. Un hombre canoso y con mucha barriga —cosa muy rara de ver en la Capital, puesto que la gran mayoría estaban arreglados quirúrgicamente de todos los defectos posibles, no existían defectos en aquel lugar—. Se disponía a poner punto final a la fiesta con su discurso de bienvenida a la primavera. Todos los invitados tenían bonitas copas de caro champagne esperando por el brindis. El discurso comenzó. En toda la sala solo se oían suaves murmullos de los invitados y el revolotear ficticio de los pájaros que volaban por toda la sala, tan elegantes como cualquier invitado de la fiesta. Miguel no había dado señales de vida en ningún momento y me impresionaba que confiara tanto en mí en mi segundo día. Apenas me conocía, pero le había dado buena espina desde que me miró a los ojos, eso fue lo que me dijo antes de entrar en la fiesta, cuando yo me sentí insegura.
El discurso prosiguió con mansedumbre, con palabras estudiadas y arrastradas, cuando una mano cálida me agarró con fuerza por detrás del brazo para girarme lentamente y con cuidado. Era Marcos Mulier. Nos quedamos uno enfrente del otro, demasiado cerca para mi gusto. Tenía de nuevo la media sonrisa —eso era bueno, no tenía nada en contra de mí—; levantó la mirada hacia la mía, sus ojos eran claros, un verde azulado intenso e impecable, y contrastaban con las largas pestañas. Mi instinto me gritaba que me separase de él para que me soltara el brazo y me alejara de su severa cercanía, intuía que algo iba a pasar. Se acercó más a mí y yo dejé de respirar en el mismo instante.
—¿Dónde está tu jefe? —Y entonces su media sonrisa cambió por un ceño severo. La media sonrisa nunca fue para mí, sino para los invitados que podrían estar mirando.
—Mmm... No estoy segura, pero puedo avisarlo y en un momento llegará si lo necesitas para algo. —Seguía sin soltarme.
—Eres guapa, ¿lo sabías? Lo pensé cuando te vi ayer a través de la pecera, tienes algo jodidamente atractivo que no entiendo bien qué es. —Se acercó más y yo volví a descompensar mi respiración de manera alarmante—. Pero en la comida te vi esto. —Me señaló hacia la oreja casi con repugnancia y mi sangre se heló. Me acercó más a él y tragué con dificultad y, por primera vez, sentí miedo a causa de mi procedencia. Estaba ofendido por saber lo que sabía de mí—. ¿Te pongo nerviosa? —sonó amenazante—. ¿A qué crees que estás jugando conmigo? No quiero descubrirte mirándome ni una sola vez más, me entiendes, ¿verdad? No soporto a los de tu clase y mucho menos que me mires de esa manera.
Me soltó con brusquedad. Yo seguía sin reacción mientras él me miraba fijamente esperando que contestase algo. Quería gritarle, insultarle, pegarle, me estaba humillando desde las mismas entrañas, pero solo pude entreabrir mis labios que parecían sellados por el bochorno tras sus crueles palabras. En ese momento sus facciones se aflojaron levemente y sus ojos rodaron hasta mi boca, haciéndole tensar la mandíbula y fruncir nuevamente el ceño. ¿Qué era todo aquello? El discurso parecía oírse a lo lejos como un zumbido en mis oídos, mientras todos levantaban sus copas para brindar el fin de este y del techo comenzaban a caer miles de pequeños pétalos de todos los colores. Una lluvia de color envuelta en una sensación amarga e injusta. Volví a cerrar despacio mi boca y Marcos Mulier volvió a mirarme a los ojos automáticamente, como si hubiese salido de un trance.
—No volverás a verme, te lo juro. —Casi le escupí las palabras a la cara, a su perfecta cara, aunque intuía que él no había llegado a captar mi enfado. Marcos volvió a acercarse a mi oído.
—Es todo lo que espero, gypsia.
Su aliento rozó mi nuca, lo que hizo que me erizara. Estaba furiosa. Fijé mis ojos en los suyos con toda mi rabia, cuando uno de los camareros tropezó, empujándome y haciéndome chocar con fuerza contra el dueño del gran hotel Silver. Por suerte, la cámara estaba enganchada por una fina correa a mi muñeca y no cayó al suelo. Mis manos se quedaron en el pecho de Marcos y una de las suyas cerca de mi cintura. Me recompuse del empujón, lo miré una vez más, separándome con rabia y alejándome de él. No podía ser, pero no podía retener las lágrimas por el enfado, cerré los ojos para que pasara y no cayera ni una de mis lágrimas por un ser tan despreciable. Cuando los volví a abrir él ya no estaba, se había esfumado, dejándome confusa y con un enfado colosal. Instintivamente continué con mi tarea de hacer fotos de manera casi mecánica. Para mi alegría, esa sería la última vez que me vería con ese personaje infame y cruel.
Miguel llegó en el mejor momento para hacer que desconectara de todo lo que había pasado. Me quitó la cámara de las manos y, con un simple gesto de cabeza, lo seguí.
—Estarás hambrienta, ¿verdad? Ha sido una larga jornada de trabajo y esos zapatos te estarán matando los pies.
Su cara me transmitía serenidad y en esos momentos la necesitaba con urgencia. Quería contarle lo que me había pasado, pero Marcos era su amigo y yo era una empleada en prácticas que conocía hacía solo un día. No, hoy no le iba a decir nada, pero más adelante, sin duda.
—La verdad es que sí, pero prefiero cenar en mi casa.
