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Isaac ha pasado casi toda su vida encerrado en un internado de monjas, pero su mundo da un giro al conocer a Daniel, un joven tan encantador como manipulador, en la zona prohibida de la biblioteca. Bajo la inquietante mirada de aterradoras estatuas de santos, Isaac y sus amigos deberán buscar la manera de sobrevivir a un colegio del que no todos logran salir con vida. En el momento en que la línea entre las pesadillas y la realidad comienza a desdibujarse, Isaac tendrá que decidir si está dispuesto a sacrificarse para salvar a sus amigos de un terrible destino.
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Seitenzahl: 578
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CUANDO TODO A TU ALREDEDOR DEJA DE TENER SENTIDO Y LOS MUROS QUE TE PROTEGEN GUARDAN SECRETOS SINIESTROS, LA LOCURA PARECE LA SALIDA MÁS FÁCIL.
Isaac ha pasado casi toda su vida encerrado en un internado de monjas, pero su mundo da un giro al conocer a Daniel, un joven tan encantador como manipulador, en la zona prohibida de la biblioteca.
Bajo la inquietante mirada de aterradoras estatuas de santos, Isaac y sus amigos deberán buscar la manera de sobrevivir a un colegio del que no todos logran salir con vida.
En el momento en que la línea entre las pesadillas y la realidad comienza a desdibujarse, Isaac tendrá que decidir si está dispuesto a sacrificarse para salvar a sus amigos de un terrible destino.
Nació en 1993 en Guadalajara, Jalisco. Estudió Artes Plásticas y tiene experiencia como community manager, aunque encontró su verdadera vocación como escritora en 2017.
Explora el mundo con una mirada mágica, encontrando inspiración en todos lados.
Es una artista polifacética, ya que además de escritora es dibujante y fotógrafa. Su impulso para crear viene de una maravillosa pasión por los libros, la filosofía, el café y la vida.
Tras el éxito de varios de sus libros autoeditados en Wattpad, esta es la primera novela que publica bajo el sello VRYA de VR Editoras.
Advertencia Este libro toca temas delicados, religiosos, sexuales, e incluye situaciones violentas y lenguaje inapropiado. Se recomienda precaución para menores de 18 años y para aquellos que puedan sentirse incómodos con contenido explícito. Es una historia ficticia, no representa a ninguna persona y no está inspirada en casos reales.
Padre, te recuerdo que las vacaciones de invierno se aproximan, en el colegio nos dejarán salir. Necesito que firmes el permiso y mandes a alguien por mí. Me gustaría mucho volver a casa para estas vacaciones y pasar la Navidad contigo.
Por cierto, ¿cómo está mamá?
La extraño mucho, a ti también.
Escribí contento la breve carta, un poco esperanzado en que él me respondiera y poder ir a ver a mi madre. No obstante, sabía muy en el fondo que no pasaría eso. Desde que tenía 6 años él me había abandonado en el Colegio La Paz, un internado para hijos de ricachones desobligados. Mi madre enfermó cuando yo era muy pequeño para darme cuenta. Mi padre la recluyó en un psiquiátrico, su enfermedad al parecer ya no tenía cura, solo podía ser controlada. Como no sabía qué hacer conmigo, también me encerró en un lugar donde era un niño más.
En el colegio nadie era tan importante como un supuesto Dios. Debíamos ser callados y obedecer en todo. Si algo nos afligía, nos ponían a rezar. Si hacíamos algo malo, nos castigaban de diversas maneras, dependiendo de la gravedad de la maldad. Odiaba el lugar, lo consideraba una prisión. Cuando llegué, era un niño que quería correr, brincar, gritar, jugar, dar vueltas… y al final del día reposar en los brazos de mi madre. Estaba lleno de vida.
Y a ellas, las que comparaba con pingüinos jorobados, les molestaba que fuera tan inquieto, curioso y travieso como cualquier otro niño. Querían muñecos sin ilusiones, sin ideas propias, sin alma. Pedían que solo fuéramos seguidores de su dios y viviéramos por él. Me desanimaba mucho su amada y respetada deidad. A veces era cruel, a veces era amor. Para mí era una imagen, un concepto moldeable ante las ocurrencias de los humanos. Algo que usaban para controlar. Suspiré, le di otra oportunidad a ese supuesto dios que conoce los anhelos de todos sus hijos, le pedí en pensamientos que ablandara el corazón de mi padre y me permitiera verlo, y a mi madre. Claro, él no existía y, por eso mismo, no hizo nada.
Miré por la ventana de mi habitación a algunos compañeros alejarse de los dormitorios, pasarían las vacaciones de invierno lejos del colegio. Por supuesto que los envidié. Salían como si lo hicieran del infierno. Volví a mi cama, donde el techo blanco era mi mejor confidente. Busqué consuelo en dormir. No obstante, alguien tocó la puerta de mi habitación, me incorporé y la abrí.
–La directora quiere verte –informó sin mucha emoción una de las monjas.
Ya no me parecían humanas, sus rostros se me hacían tan genéricos, iguales entre sí: desmotivados, marchitos, amargados… Y su cara era lo único que podía ver, lo demás era un traje de pingüino. A veces me costaba reconocerlas, pero gracias a que llevaban gafetes podía saber de quién se trataba.
–Bien –respondí adormilado.
Salí de mi cuarto, el frío me cacheteó la mejilla y el viento jugó con mi cabello. Cabizbajo, caminé detrás de la monja. Escuché mi andar en el piso laminado, el de ella no, parecía que flotaba debajo de su largo hábito religioso. Odiaba que los pasillos fueran tan estrechos, que hubiera tantas puertas cerradas y ventanales abarrotados. Alguno que otro ventanal me daba vista de la altura de los dormitorios y del jardín principal del colegio. La dirección se encontraba lejos de los dormitorios, en una edificación diferente.
Salí siendo la sombra de la monja y miré el amplio jardín sin alma, cuidado en cada detalle, vistoso, con fuentes, esculturas, árboles frondosos, arbustos, rosales y más. Pero nadie podía disfrutar del lugar, funcionaba como adorno y para presumir la riqueza del colegio. Entré a lo que parecía y olía a un viejo templo, la dirección se encontraba cerca de la recepción. Vi a algunos padres de familia que esperaban sentados a que les entregaran a sus parásitos. Los miré con indiferencia al no pertenecerle a ninguno.
–Hermana –tocó la puerta de caoba de la dirección–, Rigardu está aquí.
–Hazlo pasar, por favor –dijo la directora desde su oficina.
–Buenos días.
–Buen día, Isaac. Por favor, toma asiento –señaló una silla frente a su lujoso escritorio.
–Gracias.
Me senté un tanto incómodo. Miré los muros adornados por cruces y rosarios mientras la directora me explicaba que mi padre pagó la cuota extra para los alumnos que se quedaban en vacaciones. Torcí ligeramente la boca, lo sabía, siempre hacía lo mismo.
–Sin embargo, como tienes 16 años, ya puedes tener acceso al pase para salidas dominicales que se da a los alumnos mayores –dijo con su voz amargada–. Hay reglas que seguir y no saldrás solo.
Mis ojos se iluminaron al escucharla. La idea de salir me devolvió la vida y mi corazón latió emocionado. Pasó por el escritorio unos papeles y me pidió que los leyera en voz alta. Eran las reglas, si las rompía, se me negaría la próxima salida dominical. No debía separarme del grupo ni de la monja encargada de vigilarnos. Podía hacer compras, pero al regresar me revisarían las pertenencias para evaluarlas y, si eran consideradas peligrosas o en contra de las reglas del colegio, me las confiscarían. Había más reglas, todas relacionadas con prohibirme salir de nuevo si no las acataba. Deseé que el domingo llegara lo antes posible.
En vacaciones, después de desayunar en el comedor casi vacío, tenía que ir al templo a rezar con las monjas. El resto del día me dedicaba a estudiar, leer, practicar en el salón de música y pasear por las áreas permitidas en los jardines. Raras veces iba a la sala común donde podía mirar películas religiosas en la vieja televisión. Evitaba el lugar, me parecía muy aburrido. También lo evitaba porque los compañeros que permanecían en el colegio en vacaciones solían pasar el rato ahí y no me atraía mucho platicar con ellos. La mayoría de mis compañeros tenía una personalidad gris.
Sin embargo, ese día decidí variar: fui a la sala común. Y justo esa decisión me llevó a conocer a la persona que cambiaría mi vida.
Entré a la sala común, olía a tiempo estancado, mirra y cera para pisos laminados. Los lujosos muebles no lograban darme una sensación de comodidad y la luz amarillenta tenue solo me deprimía. Me sentía ajeno al lugar. Cerca de un gran televisor viejo, encima de una alfombra rojiza, había unos sillones alargados. Los muros estaban decorados con pinturas de santos, ángeles y más. Tomé asiento en uno de los sillones y fijé mi mirada en la televisión. Estaba apagada y no tenía ganas de ir a pedirle el control a alguna de las monjas.
Miré hacia el ventanal, una pesada cortina prohibía la entrada de los lejanos rayos del sol de invierno. Era muy aburrido el lugar. Me recargué y parpadeé un par de veces. No me di cuenta de en qué momento me quedé dormido. Desperté al escuchar el ruido del televisor. Giré mi cabeza y vi a un alumno sentado en el otro extremo del sillón. Veía una película de comedia de una monja que montaba un burro. Tenía en su rostro pecoso una expresión de aburrimiento. No lo reconocí, así que lo miré con insistencia.
–¿Tengo algo en la cara? –preguntó risueño.
–Pecas –respondí muy divertido.
–Qué chistoso, ¿desayunaste payaso? –replicó y me clavó la mirada.
–Tostadas francesas y té –contesté con seriedad.
–Claro, aquí nadie tiene sentido del humor… –murmuró un tanto molesto, hizo un puchero y llevó su mirada a la pantalla.
–No te había visto antes –comenté.
–Llegué el mes pasado. Segundo de bachillerato, de la clase C.
–Clase C –repetí.
La clase C era donde iban los de peor calificación y conducta.
–¿Y tú?
–Primero de bachillerato, clase B.
–Intermedio… –cruzó sus brazos–. La otra vez hablé con uno de la clase A. Fue muy engreído, a más no poder –contó y una tierna sonrisa se marcó en su rostro pecoso.
–A mí todos me parecen casi iguales –respondí con honestidad.
–Yo no soy como ellos. Te apuesto lo que quieras a que no duro otro mes aquí –dijo orgulloso.
–No lo sé –entrecerré los ojos–. Los castigos aquí son muy duros. Es mejor comportarse.
–En mi anterior colegio te dejaban sin cena si decías una grosería –presumió.
–Aquí te hincan mínimo tres horas, sosteniendo libros pesados con los brazos extendidos y debes rezar todo el tiempo. Me parece un castigo más enloquecedor que irte sin cenar –informé despreocupado.
–Demonios –expresó.
Miré hacia los lados, con esperanzas de que la monja que cuidaba la sala común no anduviera cerca.
–Calla, si te escuchan, te van a golpear siete veces con una regla de madera en las manos y te harán lavarte la boca con jabón en polvo –advertí.
–Rayos, mis padres se lucieron. Cada vez me encuentran peores colegios. ¿Tú qué haces en esta prisión? –preguntó y se sentó a mi lado.
–Eso mismo quisiera saber.
–¿Te gusta?
–No –negué con la cabeza.
–¿Y el señor que está crucificado?
–Quisiera bajarlo –llevé la mirada hacia un crucifijo colgado en el muro–. Lo bueno es que es una representación y no una persona real.
–Qué chistoso. Me agradas. ¿Por qué siento que podría hablar contigo de lo que sea? –sonrió y vi en su pequeña boca los bonitos dientes que tenía.
Era una mala costumbre mirar fijamente las sonrisas de las personas, creía que decían muchas cosas. La de él me decía que era un chico lleno de energía y sumamente travieso. Las monjas no sonreían, solían llevar la cara larga, igual que muchos alumnos. Me reconfortó ver a alguien sonriendo, tanto que correspondí el gesto.
–Supongo que debe ser porque me porto un poco mal –susurré.
–¡Cuéntame! –sus ojos se abrieron como los de un búho cazando.
Lo contemplé, se veía realmente intrigado. Me agradó mucho a primera vista. Él tenía algo diferente, algo que no pude descifrar en el momento. Pero fue como si mi alma me murmurara en el oído que estaba destinado a conocerlo y debía hacerlo mi amigo.
–Mejor míralo conmigo. Sígueme –me incorporé animado.
Guie al chico nuevo a la biblioteca. Saludamos a la monja que cuidaba la instalación, firmamos el cuaderno de visitas y nos adentramos al palacio de los libros. Desfilaban en hileras muchos estantes repletos de ejemplares. Había largas mesas con lámparas y sillas para sentarse a leer, en los altos techos colgaban candelabros de luz amarillenta y en el ambiente se sentía una paz sepulcral.
El origen de mi rebeldía se encontraba ahí: una minibiblioteca secreta de libros prohibidos que conocí por un antiguo alumno. Al parecer, otro estudiante del pasado dejó esos libros en el colegio, posiblemente como venganza por haber sido expulsado. Yacían en la bodega abandonada (donde iban a parar los libros arruinados y viejos), detrás de los estantes oxidados, al centro de un castillito de guías telefónicas. Hurgué entre los libros del lugar secreto, tomé varios y se los enseñé.
–No lo puedo creer, obras de filosofía en un colegio católico –susurró emocionado al recibir un par de libros y echarles una mirada alegre.
–Este es mi favorito –saqué un pequeño libro de cuero rojizo y hojas amarillas–. El banquete de Platón… Cuando hablan del andrógino.
–No lo conozco.
–Conócelo –le entregué el libro.
–No puedo creerlo, eres muy inocente. ¿Cómo se te ocurre compartir tu tesoro con el nuevo? –preguntó con una amable entonación.
–No le dirías a nadie. Esto es lo más emocionante que te va a pasar aquí –callé por un momento y le clavé la mirada–. Sabes... quien me enseñó este rincón se suicidó. Su fantasma vaga por aquí y es muy vengativo –aseguré.
–No te creo…
–Me gustaría que fuera broma, pero él de verdad se quitó la vida. Lo hizo en su habitación, nadie sabe los motivos reales y es algo de lo que está prohibido hablar. Ya sabes, según es pecado –me encogí de hombros.
–¿Y tú qué opinas? –puso su mirada en mí. Me reflejé en sus ojos deslumbrantes.
Eran muy grandes, los enmarcaban largas pestañas rubias que pasaban desapercibidas. Parecía que contenía en su iris la miel más pura del mundo.
–Debió de estar muy desesperado.
–Yo también lo he intentado –confesó sonriendo–. Como me confías estos libros valiosos, te confiaré mi secreto a cambio.
Dejó los libros en un estante, se remangó el suéter y la camisa. En sus escuálidos y paliduchos brazos se veían sus venas azules saltonas y diversos cortes, algunos ya cicatrizados, otros recientes.
–¿Por qué? –pregunté sorprendido.
–¿Por qué será? –repitió.
Llevó una mano a su barbilla. Ahí contemplé su rostro a detalle. Sus facciones eran agradables y suaves, como las de un príncipe despreocupado, ajeno a lo banal. Ojos grandes, nariz pequeña y respingada, el surco nasal marcado, labios pequeños y carnosos. Me cuestioné por qué alguien que parecía tenerlo todo podría sufrir tanto y hacerse daño.
–¿Libertad? –pregunté.
–¡No eres tonto, eh! Te devolveré el favor después –levantó el libro como si se tratara de una bandera–. ¿Cuál es tu nombre?
–Isaac –dije nervioso.
–Daniel –escondió el libro debajo de su ropa y salió del lugar.
Cabeceaba seguido, era difícil mantenerme despierto con los murmullos de las monjas. Supuestamente eran rezos, pero me parecía que maldecían al dios que las obligaba a llevar una vida tan aburrida y monótona. Ajusté mis lentes y vi los vitrales que decoraban el templo.
Después miré las esculturas de tamaño real de los santos y percibí el peso de su mirada vidriosa, tal vez me juzgaban. Cerré los ojos y se fueron. No sabía con qué más ocupar mi mente para no dormirme. Odiaba la pequeña Biblia que tenía en las manos. Por un momento imaginé que se la lanzaba a una de las esculturas juzgonas. Se me escapó una risita. Algunas monjas me voltearon a ver enojadas. Junté mis manos y fingí rezar. Ellas volvieron a lo suyo.
–Cuéntame el chiste –susurró risueño el chico que estaba sentado en las bancas de atrás.
Me sorprendió, creí que solo estaban Milano, Claudio y Ángelo, otros alumnos abandonados por sus padres.
Giré la cabeza y vi a Daniel, estaba muy ojeroso, despeinado y no vestía el traje completo del uniforme. Llevaba la camisa desfajada y la corbata sin anudar. Parecía que no tenía frío.
–No era un chiste –respondí en voz muy baja.
–Qué sueño me da este lugar –murmuró.
Colocó su Biblia en la banca y se acostó encima de esta como si fuera una almohada. Llevé mi mirada a las monjas, ellas seguían rezándole al hombre crucificado en el altar, no se dieron cuenta de que Daniel se dormía. Sin hacer ruido, lo imité, me acosté en la banca alargada. Observé el techo, tan alto que me hacía sentir pequeño. Parpadeé un par de veces y me pellizqué para no quedarme dormido. No soporté más, me dejé vencer y cerré los ojos.
En mi sueño recordé a mi madre. Era muy pequeño, jugaba con una pelota en el gran jardín de la casa de mi padre. Ella daba vueltas en círculos con un cigarrillo en la mano mientras murmuraba enojada cosas que yo no entendía. Me asustó, no dejaba de dar vueltas y fumar. Me acerqué y jalé la tela de su elegante vestido carmesí para llamar su atención. Se detuvo y me miró, en sus ojos de sol había mucha angustia contenida y lágrimas retenidas. Quería preguntarle qué le pasaba, pero era un sueño. Tiró el cigarrillo y me cargó con sus frágiles brazos de listón.
–Bebé –sonrió y vi sus dientes un poco manchados de labial rojo.
–Mamá… Te extraño –dije en sueños.
–Despierta –me sacudió Daniel–. Te van a regañar –musitó.
Abrí los ojos lentamente, vi a Daniel a mi lado. Me incorporé y seguí fingiendo que rezaba. Bostecé, me quité los lentes y limpié con la manga de mi suéter las lágrimas estancadas en mis ojos.
Salí desganado y con las energías drenadas. Miré lo vacíos que se encontraban los pasillos. No escuchar los murmullos ni los pasos, no percibir la presencia de los demás alumnos, me generaba una sensación de abandono. El clima no ayudaba a mejorar mis ánimos. Imponentes nubes grises invadían el cielo, se arremolinaban y agitaban. El viento rugía y me daba cachetadas con el frío que arrastraba consigo. Los árboles del jardín crujían y dejaban caer su follaje seco. Vi rodar las hojas secas por el pavimento del pasillo.
–¿Qué vas a hacer? –Daniel me alcanzó.
–Iré a estudiar, en la biblioteca –informé desganado.
–Qué aburrido. Ven conmigo, te quiero enseñar algo –sonrió alegre.
Tomó mi mano con mucha confianza. Me inmuté. No estaba acostumbrado al contacto físico. Sudó mi mano, estaba muy nervioso, no sabía qué decir. Me dejé guiar por él en los dormitorios de la otra ala. Me soltó cuando vimos una monja a la distancia. No obstante, me quedé con la sensación y energía de su mano. La monja parecía flotar y no tener rostro.
–Buenos días –dijo con una entonación amargada al pasar al lado de nosotros.
–Buenos días –saludó Daniel con mucha cortesía.
–Bu-buenos días –hablé nervioso.
–Joven Sablo, su uniforme es un desastre, acomódelo.
–Lo siento, hermana –respondió con un tono encantador–. Se me hacía tarde para ir al templo. Preferí ir un poco desarreglado antes que perderme los rezos –sonrió angelicalmente.
–Que no se repita. ¿A dónde van? –cuestionó la monja.
–Vamos por mis libros y cuadernos a mi habitación –mintió Daniel con mucha naturalidad–. Queremos estudiar, hermana.
–Bien. Bendiciones… ¡Y no corran! –advirtió y siguió su camino.
–Bendiciones –dijimos al unísono.
–Que uno de los guardias le dé… las bendiciones, como cajón que no cierra –susurró Daniel, burlón, cuando ya estábamos lejos de la monja.
–Esa boca…
–¿Qué? Se ve que le hace falta… mucho amor en su vida.
–A todos acá –comenté.
Volvimos a andar. Caminamos por un pasillo largo con puertas numeradas que daban paso a las habitaciones de los estudiantes. Me pareció muy extenso y solitario. Solo éramos dos almas transitando en el silencio de un fúnebre lugar.
Entré en la habitación de Daniel cuando me lo indicó, estaba algo desordenada y olía a tabaco.
–¿Fumas?
–Sí, ¿por qué?
–Nada –callé mi opinión sobre lo nocivo de los cigarrillos.
–Te quiero enseñar a mi mamá y a Luna –abrió el cajón de su escritorio y sacó una fotografía. Estiró su mano y me la ofreció.
Tomé la fotografía y la miré absorto. Era una mujer preciosa: cabellos dorados, ojos de cielo, cuerpo muy esbelto y proporcionado de manera encantadora.
–Tienes la misma sonrisa, complexión, cabello y pecas. Es hermosa –dije con honestidad.
Le regresé la fotografía. Antes de guardarla le echó una mirada melancólica.
–Es una modelo muy famosa, tiene mucho trabajo –calló y bajó la mirada–. La verdad es que es una prostituta de lujo –contó y sonrió triste–. Encubre su trabajo real como modelo. Mi padre se enamoró de ella cuando la contrató, soy el resultado o, mejor dicho, el error y la falla de ese negocio. Contrajeron matrimonio y todo, para encubrir el error, pero se separaron cuando yo tenía 2 años y decidieron mandarme a internados. ¿Cuál es tu historia?
–Mi madre está internada en un psiquiátrico y mi padre ocupado con su trabajo. Es dueño de una gran compañía, pero no sé muy bien qué hace. He hablado tan poco con él –me senté en la esquina de la cama–. Cuando lo veo, es como ver a un desconocido.
–¿Qué tiene tu mamá? –preguntó en un tono amable.
La voz de Daniel era agradable, me trasmitía confianza y parecía ser muy seguro de sí mismo.
–No lo sé. Cuando le pregunto a mi padre sobre ella, se molesta un poco. Dice que algún día se curará, que tenga calma. Me gustaría verla.
–Qué mal, Isa. Sería bueno que supieras qué tiene, tal vez heredaste su mal… Murmurabas dormido –se encogió de hombros.
Me quedé pensando en lo que dijo, porque, a pesar de que habló con un tono amable, su comunicado aceleró mi corazón.
Abrió un cajón del armario donde había papel periódico picado, tomó algo con mucha gentileza y, ocultándolo en sus manos, se acercó a mí.
–¿Qué tienes ahí?
–Es Luna –sonrió–. Estira tus manos y júntalas.
Al hacer caso a su petición, dejó un pequeño ratón albino de ojos carmesí en mis manos.
–Un ratón… –cuchicheé sorprendido.
–Es mi mejor amiga.
Por un momento sentí asco y miedo, no obstante, me controlé. Vi los rojizos ojos de Luna y la ternura que transmitían. También era muy cálida y sus patitas me hacían cosquillas en las manos. Me sorprendió cuánta vida podía tener un pequeño ratoncito. Daniel puso en mi mano un trozo de pan duro, Luna lo tomó y mordisqueó tiernamente. Me hizo tan feliz sostenerla.
–Es muy pequeña –murmuré mientras la contemplaba comer.
–Siempre es bueno tener compañía, más en estos lugares. Cuando quieras puedes venir a verla –esbozó su sonrisa angelical y se acercó más para ver a su pequeña amiga.
Miré los ojos de Daniel, se veían muy tristes a pesar de que sonreía. Me pregunté qué le pasaba. No me animé a hacer la pregunta, solo se quedó en mi mente. Platicamos por varias horas, de todo un poco, hasta que se hizo de noche.
Solía reunirme casi todos los días con Daniel en su habitación para pasar el rato. Era la primera vez que convivía y hablaba tanto con alguien. Daniel era sumamente encantador y parecía ser un libro abierto, aunque yo sabía que tenía páginas ocultas y prohibidas.
Fue agradable convivir tanto con otra persona. Cuando estaba en primaria, había alguien a quien consideraba mi mejor amigo, pero se salió del colegio, al parecer sus padres se mudaron de país y lo transfirieron. La segunda persona con quien más conviví fue la que me enseñó el rincón oculto en la biblioteca, pero con él no congenié mucho, solo fueron conversaciones casuales. La verdad no me sorprendió saber que se quitó la vida. Le gustaba estar solo, siempre se veía triste y hablaba con una actitud decaída. No lloré cuando me enteré de su muerte. Él consiguió la libertad a su manera. Le conté todo aquello a Daniel, ya que a él le gustaba hablar de la muerte.
–Duermo mejor cuando me voy a la cama pensando que ya no despertaré –comentó Daniel.
Se asomó debajo de su cama, buscó algo que tenía escondido y salió con una cajetilla de cigarros en la mano. Se acercó a la ventana de su habitación y encendió uno.
–Cuando estoy en la cama, pienso que, cuando menos cuenta me dé, ya estaré despierto en un nuevo día.
Enmudecí por un momento y lo observé consumir su cigarro. Se veía melancólico.
–¿Por qué fumas?
–Me gusta sentir el calor, ver el humo y darme cuenta de que me estoy envenenando poco a poco –fumó y lanzó el humo por la ventana.
–Supongo que es una manera más de sentirme vivo: tomar el control de ciertas acciones que, sabemos, nos matan lentamente –dije sin mucha emoción.
–¿Tú por qué vives? –estiró su mano y me ofreció el cigarrillo.
Lo tomé apenado, era la primera vez que lo hacía. Lo acerqué a mis labios y me detuve por un momento, pensando en que la colilla había estado antes en los de él. Llevé mi mirada a su boca, tal vez buscaba algo en esta que me dijera: «No lo hagas». Me avergonzó ser tan mirón. Mejor vi el cielo desde la ventana.
–No lo sé… –inhalé del cigarro y con trabajo exhalé el humo. Tosí un poco.
–Esto todavía no es para ti –me arrebató el cigarrillo.
–Creo que un día quiero tener lo que se me negó, una familia real, donde se perciba amor –conté en voz baja.
–Puedes tener eso justo aquí, necesitas buenos amigos, de esos que se convierten en tu familia.
–¿Los has tenido? –pregunté y le busqué la mirada.
–No –negó con la cabeza y sonrió triste–. Ando de colegio en colegio. Para mí las personas se vuelven momentos. Tener un buen amigo lleva tiempo, es como cultivar. Plantas la semilla, la riegas día tras día, sale la planta y sigues cuidándola para que te dé frutos.
–Debe ser emocionante… tener amigos que son como tu familia.
–Podemos intentarlo –sugirió y sus ojos brillaron como un sol de primavera–. Tener un buen amigo hará agradable mi estadía en este pedazo de infierno.
–Pensé que ya lo éramos, aunque no han pasado muchos días. Me presentaste a tu madre y a Luna –miré hacia la cama, donde la ratoncita estaba echada sobre una camisa doblada–. Me invitas a pasar tiempo en tu habitación y compartes tus vicios. También me hablas de tu vida. ¿Qué eso no hacen los amigos?
–Pero debemos ser formales –se alejó de la ventana y se plantó frente a mí. Me dio un poco de ternura que le ganara de estatura por media cabeza.
–Isaac, ¿quieres ser mi amigo? –preguntó serio.
–Sí –asentí y sonreí–. ¿Y tú quieres ser el mío?
–Quiero –me ofreció su mano.
–Entonces, amigos oficiales –tomé la mano ofrecida.
–Isa, una amistad verdadera no es cualquier cosa –apretó mi mano–. Los amigos se apoyan entre sí, se escuchan, se animan, se consuelan, se acompañan en la vida... No es como los romances, esos suelen ser pasajeros. Una amistad real debe ser algo que perdure.
–Entiendo –dije asombrado.
Era la primera vez que escuchaba a alguien hablar con tanta emoción. Algo dentro de mí se sacudió. Daniel me pareció una persona muy especial. Entonces me dio temor pensar en fallarle y no poder cumplir sus expectativas.
El tan esperado domingo llegó. No cabía en mí la emoción por salir. Me encontraba en el comedor del colegio, usaba el tenedor para juguetear con la comida mientras me imaginaba cómo sería el lugar a donde iríamos.
–¿Te vas a comer eso? –preguntó Daniel.
–No –negué con la cabeza–. Ya quiero salir.
–No es la gran cosa –aseguró despreocupado. Tomó su tenedor y lo clavó en mi panqueque recién empezado–. Cómete la fruta –ordenó mirándome a los ojos.
–Hace mucho que no salgo de aquí. La última vez que lo hice fue porque me llevaron al hospital, hace un año –clavé mi tenedor en una uva que había en mi plato y la metí a mi boca.
–¿Por qué te llevaron al hospital?
–Al parecer soy sonámbulo –hablé después de tragar–. Salí de mi cuarto, caminé dormido y me caí de las escaleras, me fracturé el brazo –bebí un trago de mi jugo, era tan ácido que me hizo fruncir el ceño y cerrar los ojos.
–Qué cara tan chistosa –rio Daniel–. No sabía que eras sonámbulo.
–Ese día soñaba con mi madre, ella me llamaba y me pedía algo. Me gustaría verla –bajé la mirada a mi plato.
–¿Cómo es ella?
–Mi padre dice que me parezco mucho a ella, aunque yo estoy seguro de que heredé de él lo rebelde de su cabello y la miopía –llevé un mechón de cabello detrás de mi oreja.
–Tu madre debe ser muy linda –devoró el panqueque.
–Lo que más recuerdo de ella es su largo cabello lacio, es muy negro. Sus ojos son como los de los gatos, grandes y similares al sol. Solía pintarse los labios de carmesí y me hablaba con una voz dulce. Era una de las secretarias de la empresa de mi papá.
–Los acaudalados siempre se quedan con las mujeres más hermosas –clavó su mirada en mí y enmudeció.
–¿Por qué me miras así?
–Tus ojos –estiró sus manos y me quitó los lentes–. Son como los de ella, pero no se notan porque los ocultas detrás de estos feos anteojos.
–Los necesito para ver bien.
–Te será más divertido el paseo así, créeme.
Colgó mis lentes en el cuello de su suéter.
–No lo creo…
–Chicos, me dijo la directora que la hermana Cristal nos va a esperar a la diez afuera de la reja trasera –anunció agitado Milano–. ¿Ya firmaron el permiso?
Milano era otro compañero que se quedó en vacaciones. Lo único que sabía de él era que le gustaba comer mucho y venía de un país donde hacía mucho frío.
–Ya –anuncié feliz.
–Faltan cinco minutos –dijo Daniel mirando el reloj de su muñeca–. Mejor nos vamos ya, de seguro nos dejan si nos demoramos.
Daniel tomó mi jugo y se lo empinó. Caminamos apresurados a la salida trasera, que se encontraba lejos de los comedores. Logramos llegar justo a tiempo. Había otros dos alumnos y una monja que se encontraba en la entrada amurallada junto con un guardia, quien conversaba con ella. Decían que para nuestra seguridad había guardias en las entradas y salidas del colegio, pero realmente era para que nadie pudiera salir.
–Buenos días –saludó amable la monja al vernos.
Era la primera vez que la veía, era una joven que no parecía pasar de los 30 años, tenía un rostro redondo y facciones delicadas. Mi primera impresión fue que ella era una persona amable y no tenía suficiente amargura para ser una monja.
–Buenos días –dijimos al unísono.
–Seré su acompañante en esta salida. ¿Ya saben las reglas?
–Sí –respondimos todos.
Sacó de su hábito varias llaves y abrió la pesada puerta de metal. Caminamos en fila detrás de ella, como si fuéramos patitos y ella la mamá. Nos guio hasta el estacionamiento donde se encontraba una camioneta con asientos para siete pasajeros. Eché una mirada atrás y vi los altos muros que resguardaban y ocultaban el colegio. Daniel se apresuró y pidió ir en el lugar del copiloto, la hermana no se negó. Milano se sentó a mi lado y se puso el cinturón de seguridad. Como era corpulento, ocupaba más espacio.
–Qué emoción, quiero ir a comer helado –dijo mientras limpiaba el sudor de su rostro.
Me extrañó que sudara, hacía frío por el invierno.
–Comer helado –repetí sin emoción.
No me apetecía comer algo frío en invierno.
–Sí, sí, sí –habló con una respiración agitada–. De chocolate, fresa, vainilla…
Dejé de prestarle atención. Por un momento pensé que Daniel me acompañaría y no un sudoroso compañero. Los otros dos estudiantes se acomodaron y la camioneta se puso en marcha. Miré por la ventana, esperando que mis expectativas fueran cumplidas. Mientras veía, escuché a Daniel. Comenzó a hacerle plática a la monja, sonaba muy, pero muy encantador. Fruncí ligeramente el ceño, me irritó por algún motivo que no me pude explicar.
Volví a llevar mi atención a la ventana. Aún no salíamos del terreno del colegio, era inmenso. El lugar coexistía con un bosque cercano, donde no había más que casas alejadas entre sí y colosales árboles. La carretera se encontraba tapizada por las hojas caídas. Bajé el cristal, sentí el frío aire y olí los aromas que cargaba el viento. Madera húmeda, tierra y sol estancado en el follaje.
La monja condujo mientras conversaba un poco con Daniel. Pasó el tiempo, me aburrí de ver el mismo paisaje, bosque, casas, uno que otro negocio y la carretera. Después de una media hora, llegamos a lo que parecía ser una zona comercial y turística de la ciudad.
El centro de la ciudad no era como me lo había imaginado. Sin mis lentes veía un poco difuso, como si todo perteneciera a una pintura. Las personas caminaban apresuradas, se veían tan grises con sus abrigos y bufandas negras. En la lejanía resonaba el motor de los vehículos que transcurrían en las avenidas. Demasiado bullicio. Al parecer, el domingo era el día perfecto para salir. A pesar de lo malo, vi muchas cosas buenas. Como los negocios de arquitectura antigua que desfilaban por las calles y daban sombra en los andadores. Cada uno parecía un universo diferente. Fuera de estos, había bastantes árboles en jardineras, sin follaje, por el invierno, en su lugar los tulipanes daban vida.
Con la mirada encontré fuentes con diversas esculturas. Mi favorita fue la de una sirena tocando el arpa. Y la que más llamó mi atención fue la de una serpiente de varios metros de altura. Bastantes personas se reunían alrededor de esta para conversar, al igual que palomas grises y blancas. También vi museos, un gran cine, lugares donde se impartían cursos artísticos y muchos restaurantes. Los anchos andadores mantenían el empedrado antiguo. Colgaban adornos navideños de los faroles. En el aire se paseaban diversos aromas mezclados entre sí.
Me dolía el cuello de mirar de un lado a otro. Descansamos un rato en las bancas de un jardín central. Planificamos con la monja los lugares a donde queríamos ir.
–Quiero ir a la heladería –dijo agitado Milano.
–Yo a la librería –comentó en un hilo de voz Ángelo.
Él era muy bajito y tímido, no tenía mucha presencia. Me agradó su idea de ir a la librería.
–Yo quiero ir a la juguetería –añadió Claudio en un tono amargado.
También era de tercer año, como Ángelo. Era alto y flaco como un espagueti, su voz era algo ronca. Tenía una mirada profunda y aterradora, como si odiara todo lo que viera.
–No nos dará tiempo para ir a todos los lugares –notificó la monja.
–Hermana, creo que sería mejor si nos dividimos en grupos de dos personas –sugirió encantadoramente Daniel.
–No pueden, chicos, las reglas –torció ligeramente los labios.
Cada vez que la miraba, me convencía más de que ella no tenía lo que se necesitaba para ser una monja.
–No nos separaríamos como tal, hermana. Nos podemos reunir a la una en la fuente de la sirena. Así todos alcanzamos a ver las tiendas que nos interesan –volvió a hablar Daniel.
–Podría ser… –llevó una pequeña mano a su mentón.
–Me hago responsable de cualquier cosa –Daniel puso una mano en su pecho, donde latía su corazón.
–Intentemos por esta vez –sonrió–. Pero si llegan un minuto tarde, no volveré a permitir esto. ¿De acuerdo? –cuestionó con una alegre voz.
–Sí –respondimos todos.
–Gracias, hermana, no la defraudaremos… –sonrió Daniel complacido–. Veamos. Isaac va con Claudio. Milano con Ángelo, la heladería y librería están cerca. Me quedo con la hermana, si demoran en regresar a la hora acordada, los buscaré muy enojado.
–Yo quería ir contigo –le murmuré a Daniel.
–Date prisa, quiero ir a la juguetería –me llamó Claudio con una entonación agresiva.
–Ya hablamos después –me guiñó el ojo.
–Caminas muy lento –Claudio apresuró el paso.
–No veo muy bien, no me quiero tropezar –informé molesto.
Recordé mis lentes colgando del cuello del suéter de Daniel.
–No quiero ir contigo. Me caes mal, eres un engreído. Haz lo que quieras… –salió corriendo.
Fui detrás de él, no me pareció buena idea separarme aún más, aparte de que no conocía del todo el lugar. Tropecé con una piedra levantada y caí. Por un segundo, Claudio me miró con mucha indiferencia, se rio y después se dio a la fuga. Me levanté y sacudí mi uniforme. Cabizbajo, caminé por el lugar. Pasé frente a algunas tiendas, pero me daba un poco de pena entrar solo. Me senté en una banca que se encontraba a la sombra de un colosal árbol sin follaje. Solté un suspiro que se fue a un lugar lejano.
El día que tanto había esperado se volvió caótico. El sol débil del invierno estaba en su apogeo. La gente caminaba apurada. Había muchos murmullos. Desde mi lugar, vi borrosamente a un niño pequeño andrajoso y descalzo que pedía monedas a los transeúntes, haciendo una seña con su mano indicando que necesitaba dinero para comer. La gente pasaba y lo ignoraba. No me sentí bien viendo eso. Entonces, se acercó una jovencita de trenzas largas y con un cesto lleno de radiantes flores frescas. Sacó un monedero del bolsillo de su larga falda y le entregó un billete al niño. Me sentí muy agradecido con ella. Al parecer, percibió el peso de mi mirada, me la correspondió. Caminó hacia donde me encontraba, bañándose con la luz de los rayos del sol tierno de invierno. Tomó una rosa blanca y me la ofreció.
–Alegrará tu día –dijo y sonrió de la manera más honesta que había visto en mi vida.
Desconcertado, estiré mi mano y tomé la flor. Contemplé a la joven, vi en su rostro redondo mucha simpatía y en sus ojos un tierno cielo atrapado. Volvió a otorgarme una linda sonrisa, una que volcó mi corazón.
–¿Cuánto es? –pregunté avergonzado.
–No las vendo, es un regalo –dijo con un dulce y encantador tono de voz–. Las compré para que alegraran mi habitación. Eres estudiante del Colegio La Paz, ¿cierto?
–Sí –asentí.
Avergonzado, roté entre mis manos la fragante rosa.
–Los tratan muy mal, ¿no es cierto? –tomó asiento a mi lado.
–Son estrictos. ¿Por qué la pregunta? –curioseé extrañado.
–Mi hermano estudiaba ahí, pero se suicidó –contó con una triste entonación que lograba opacar la dulzura de su voz.
La miré asombrado. Era la hermana del chico de la biblioteca, el que me había enseñado el rincón secreto. No dijo haber tenido una hermana, aunque la verdad no conversé tanto con él como para saberlo. Llevó el canasto a su regazó y movió sus largas trenzas castañas hacia atrás.
–Lo siento –comenté en voz baja.
–Yo lo siento, te deprimo más. Lo que pasa es que siempre me dio curiosidad ese colegio –nerviosa, juntó sus manos–. Creo que le hicieron cosas horribles a mi hermano, cosas que lo llevaron al suicido –llevó su mirada al horizonte, un tanto melancólica.
–No lo sé, intento concentrarme en mis estudios y en no romper las reglas.
–Por un momento pensé que eras el fantasma de él –confesó–. Por el mismo uniforme. Me alegré mucho… Por cierto, soy Violeta –estiró su mano.
–Isaac –respondí el saludo de mano.
–Mucho gusto –sonrió animada–. ¿Te escapaste?
–No –negué con la cabeza–. Tengo permiso para salir los domingos.
–Cierto, les dan permiso. Mi hermano iba los fines de semana a casa, pero no hablaba mucho. Mis padres me sacaron del colegio donde estaba cuando él murió. Ahora voy en una escuela pública –contó.
–¿Y es mejor?
–Sí –asintió y sonrió–. ¿Por qué no te cambias? Tal vez nos veríamos ahí.
–Porque no tengo un hogar al cual regresar después de clases… –musité lo que pensé.
–Lo siento.
–Está bien –junté mis manos y mantuve la flor en el centro–. Muchos padres abandonan a sus hijos. Tuve la fortuna de que para mí fuera en un colegio donde no me falta nada. Hay niños que rondan en la calle luchando por sobrevivir. Soy afortunado, de alguna manera.
–Tienes razón –miró el reloj rosado de su muñeca–. Tengo que irme, ayudaré a mamá a hacer la comida. ¿Vendrás el próximo domingo por estos rumbos? Me gustaría saber más del colegio… Ya no quiero tener pesadillas ni imaginarme cosas horribles –calló por un momento–. Mejor, ¿te dejan mandar cartas?
–Sí –respondí anonadado.
–Bien, ¿puedes escribir y contarme sobre el colegio? ¿Y puedes preguntarles a los estudiantes sobre mi hermano? –pidió un poco desesperada.
–Sí, puedo… –dije tímido.
–Te daré mi dirección –se incorporó llena de energía–. Por favor, escríbeme –nerviosa, escribió sobre una tarjeta, le temblaba la mano.
Me entregó la tarjeta con la dirección.
–Soy un desconocido… –comenté al recibirla.
–Eres bueno, lo sé, me lo dijo mi corazón –respondió con un tono dulce–. Isaac, debo irme… Espero tus cartas.
Miré su esbelta figura perderse entre la multitud. Me pellizqué por un momento.
Era un día muy grisáceo, desde la ventana se veían espesas nubes dominar el cielo. Me encontraba en la habitación de Daniel. Mientras le daba de comer a Luna, le contaba a él lo que me pasó el domingo. No se mostró asombrado, al contrario, me dijo que era algo común.
–Las chicas siempre buscan excusas para acercarse a los chicos lindos –afirmó despreocupado.
–No –negué con la cabeza–, ella estaba muy interesada en saber sobre su hermano. Yo estaría igual en su lugar.
–Tal vez lo amaba –se encogió de hombros y se llevó un cigarrillo a los labios.
–Tienes ideas extrañas –torcí ligeramente la boca.
–No, bobito. Tengo malicia, algo que a ti te falta. ¿Qué opinas de Cristal? –preguntó Daniel y después le dio una fuerte calada al cigarro.
–¿Quién es Cristal?
–La monja que nos cuidaba –se rio–. Es muy mona, tiene cara de muñequita. Pronto la tendré en mis manos –sonrió complacido.
–¿En tus manos?
–¿Sabes por qué me expulsaron de mi antiguo colegio? –clavó su mirada en mí y exhaló el humo de su cigarrillo en mi dirección.
–Aún no me has contado –dije, abanicando con mi mano.
–Tenía un romance con uno de los profesores –contó burlón.
–¿Qué? ¿No quisiste decir profesora? –sorprendido, le miré el rostro.
No le creí, era demasiado absurdo. Por un momento pensé que lo decía para hacerse el interesante.
–Es muy lindo. Hace poco cumplió los 30 años. Buen cuerpo, inteligente, talentoso y me gustaba su vozarrón –contó, y su mirada se convirtió en un otoño pasado.
Tiró el cigarrillo por la ventana. Caminó hacia la cama y tomó a la ratita en sus manos. La contempló con una tierna mirada que decía «te quiero».
–Es difícil de creer...
–Es un tabú, uno muy común en estos lugares. Nos descubrieron, a él lo corrieron y a mí me expulsaron –dijo con una tristeza que opacaba su amabilidad.
–¿No lo extrañas? –pregunté.
–Para nada –frunció ligeramente el ceño–. Solo lo usaba, aunque él creía que era al revés –sonrió como si se hubiera contado un chiste interno–. Me sentía un poco libre en sus brazos y era reconfortante.
–¿Por qué reconfortante?
No respondió. Caminó con Luna en sus manos y la regresó al cajón donde vivía. Fue a la cama y se echó.
–Ven, acuéstate a mi lado –tamboreó el espacio libre a su lado.
–Me da vergüenza –confesé la verdad.
–Somos amigos, no pasa nada malo. Quiero explicarte algo con actos y no con palabras que no lograrás entender del todo.
Nervioso, caminé y me acosté a su lado. Mi corazón comenzó a latir fuerte, como si me regañara. Daniel se movió y acomodó su cabeza en mi pecho.
–¿Qué haces? –pregunté avergonzado.
–Tranquilo, quiero descansar un poco. ¿Puedo usarte de almohada? –preguntó en un tono angelical.
–Bueno, un rato.
–Te late muy rápido el corazón. ¿Estás nervioso? –cuestionó divertido.
–No es eso… Es que no había hecho esto antes –murmuré apenado.
–¿Qué sientes?
–El peso de tu cabeza.
–¿No crees que esto es cálido? El aire frío entra por la ventana y parece que tiene presencia humana. Gira alrededor de la habitación y hace que sea muy fría. El frío te cala hasta los huesos, pero te sientes muy cómodo en la cama y te reconfortas con el calor de mi presencia –llevó su brazo a mi torso–. Y ya no te sientes solo.
–Tienes razón. Lo es, es cálido… sentir la presencia de otra persona a tu lado. ¿Para ti qué significa acostarte con otras personas? –le pregunté.
–Demasiadas cosas. Me siento vivo, deseado y refuerzo mi existencia… Es cuando vale más la pena vivir, al disfrutar tanto. Sé lo escandalosa que puede ser la idea de que un jovencito se meta con un hombre mayor, y que ambos sean hombres. Sin embargo, creo que no hay amor más honesto y puro que amar a tus iguales. Pones a esa persona por encima de tu naturaleza –aseguró.
–Tienes razón. Creo que lo más importante son el alma y los actos. Nuestros cuerpos… hay que cuidarlos, sí, pero con el tiempo serán polvo. Terminaremos siendo recuerdos casuales de alguien.
–Ya veo, crees en el alma. ¿Y crees que Dios hizo a la mujer para el hombre? –estiró su brazo y jugueteó con los mechones de mi cabello–. ¿Crees que sacó de la costilla de un tipo a una mujer sumisa?
–Es difícil creer en eso, a mí me parece imposible. Es más una fantasía, un cuento que sirve para controlar y menospreciar –dije en voz baja–. Ya sabes, inferior, porque salió de un hombre. Claro, lo justifican. Me gusta más la versión de Lilith. Lo leí en uno de los libros secretos. Fue hecha igual que Adán, despreció sus orígenes, no quiso servir y se fue con los demonios. Quisiera tener su valor.
–Debo leer esa versión, suena a que me va a enamorar esa tal Lilith. ¿Y por qué sí crees en el alma? –tomó mis lentes y se los puso.
–Porque eso sí lo siento muy dentro de mi ser. Siento que hay algo más que órganos –acaricié su cabeza, apreciando el rubio de su cabello que me recordaba al trigo bañado por los rayos del sol–. Lo demás no lo siento y no lo creo. Siento que hay algo especial, algo que no puedo nombrar. Me pasa igual cuando miro la naturaleza. Tiene esa vida y energía inexplicables.
–¿Sientes mi alma? –preguntó Daniel pensativo.
–No como tal, pero percibo cosas de ti que no muestras ni dices –dejé de tocar su cabeza.
Miré el techo.
–¿Como cuáles? –preguntó Daniel susurrando.
–Estás muy triste… ¿Por qué?
–Por la misma razón que tú lo estás –respondió Daniel en voz baja.
–¿Te sientes abandonado aquí? –indagué.
–Me hubiera gustado conocer el amor que solo los padres ofrecen. Cuando me acuesto con las personas, obtengo lo más cercano a eso.
–Nunca será lo mismo el abrazo sincero de una madre que el de una amante –repliqué.
–Ya no recuerdo cómo se sienten los brazos de mi madre, ni cómo se escucha un «te quiero» por parte de ella. Me duele pensar que me considera un error. Algunos días, de verdad, quiero eliminar su error… –dijo y calló.
–No eres un error, Daniel. Eres lo que decides ser. Me agradas. Te percibo tan vivo y expresivo. Eres la primera persona que conozco que busca sentirse viva. Los demás solo siguen ideales impuestos.
No le dije lo cómodo que me sentía a su lado. Ni que, a pesar de conocerlo de poco tiempo, lo percibía como un amigo de años en quien podía confiar.
–No les queda de otra, Isa. Yo enloquecí, un poco… –calló por un momento–. ¿Me vas a escribir cartas a mí?
–Claro, ¿qué quieres que te cuente en ellas?
–Tus anhelos, sueños, pesadillas…, todo.
–¿Y si mejor te los cuento en nuestras conversaciones? Así tendremos mucho de qué hablar. También quiero que me cuentes de los tuyos.
–Bien –asintió y sonrió–. Recordaré lo que me digas y, cuando estemos lejos, te convertirás en un recuerdo casual.
Abandonó mi torso, se acomodó en el otro extremo de la cama y me dio la espalda. Me quedé viendo el techo. Sonó la campana, era la hora de la cena. Me incorporé de la cama todavía sintiendo la presencia de Daniel en el lugar que acababa de desocupar. Entendí su punto.
Desconocía mucho de Bach, que al parecer era el nombre del hermano de Violeta. Cuando hablábamos era breve y un tanto tajante. Pensé en preguntar con los compañeros de su clase. No obstante, era algo tímido con los desconocidos. Me extrañó que con Daniel no lo fui. Él me trasmitía tanta confianza.
–Daniel… –lo llamé feliz.
–¿Qué sucede? Cuando alguien dice mi nombre cantadito, algo planea pedirme –cerró el libro que leía y me miró con el entrecejo fruncido, obviamente intrigado.
–Quiero investigar a Bach, el hermano de Violeta –solté la verdad.
–Oh… –se delineó una sonrisa pícara en su pecoso rostro–. ¿De verdad te gustó?
–No, pero quiero ayudarla –nervioso, junté las manos–. Parece que no está muy bien desde que él murió.
–¿Entonces? –se encogió de hombros.
–Pues… él iba en tu clase. Cuando regresen tus compañeros, ¿podrías preguntarles por él?
–No hablarán esos bastardos, están demasiado perturbados y no ven ni dónde pisan. Es mejor investigar a quien sí sabe la verdad… –entrecerró sus ojos y las pecas relucieron–. La directora –chasqueó sus dedos–. De seguro él dejó una carta, algo… y ella la tiene –lleno de energía, se incorporó del suelo.
–¿Y cómo la vamos a investigar? –dejé la cama y el libro que leía.
Solía pasar el rato en el cuarto de Daniel. Cuando no conversábamos, leíamos sumergidos en un agradable silencio. Al final, hablábamos de los libros. Así pasábamos el tiempo. Aparte de otras actividades a las que nos entregábamos.
–Fácil, nos meteremos en la dirección y buscaremos en los papeles y registros de los estudiantes.
–Te volviste loco…
–No –negó con la cabeza y sonrió–. Será muy divertido. Y de paso te ganas la confianza de la chica –me dio un codazo–. Esperemos a que sea de noche. Salte de tu cuarto quince minutos después de la inspección. Nos vemos en la fuente de la joven con bebé en brazos.
–¿La virgen? –acaricié el lugar donde me dio el codazo.
–Sí, esa. ¿Qué edad tenía cuando se embarazó?
–Ah… –callé por un momento–. Creo que 15 años –ladeé mi cabeza y miré intrigado la cara sonriente de Daniel.
–Y fue una paloma –dijo en voz baja y pensativo.
–No es real, no puede serlo –dije riéndome.
–Como sea, te veo en la fuente.
Daniel se puso detrás de mí y me empujó hacia la salida de su habitación. Salí, cerró la puerta y no me dijo nada más. Regresé extrañado a mi habitación. No faltaba mucho para la hora de dormir. Una de las reglas del colegio era que debía ir a la cama a más tardar a las nueve de la noche. Las monjas hacían inspección media hora después del límite.
Cambié mi uniforme por mi pijama y entré al pequeño baño de mi habitación. Era tan pequeño que me daba claustrofobia. Cepillé mis dientes y observé mi reflejo mientras lo hacía. Había algo diferente en mí. Creo que estaba feliz y esa emoción se exteriorizaba en mi rostro. Tener un amigo como Daniel le daba a mi vida otra perspectiva. Bebí un poco de agua y fui a mi cama.
No podía dormir, pero debía fingir que lo hacía. El tiempo pasaba lentamente. Escuchaba las manecillas del reloj del muro al par de los lentos latidos de mi corazón. Abrieron la puerta de mi habitación, como pasaba todas las noches. Una de las monjas que cuidaba el dormitorio echó una mirada y seguramente palomeó mi nombre de su lista. Sus pasos alejándose resonaron en el solitario pasillo. Esperé un poco más a que regresara a su habitación donde se pondría a rezar mínimo una hora. Tomé mi abrigo y salí de mi cuarto. Mi corazón me regañaba, era la primera vez que lo hacía.
Caminé lento e intentando imitar a un fantasma. Vi las escaleras con miedo y decidí quitarme los zapatos para subir en silencio. Odiaba hacer tanto ruido cuando pretendía exactamente lo contrario. Mientras bajaba, eran más claros los murmullos de los rezos de las monjas. Me daban un poco de miedo, sonaban de ultratumba y salidos de una pesadilla. Y la oscuridad no me tranquilizaba en nada.
Logré bajar las escaleras, solo me faltaba salir por la puerta principal sin ser visto. Sin embargo, detrás de la recepción se encontraba el cuarto de las monjas que cuidaban de los dormitorios. Era muy arriesgado. Preferí ir a la salida trasera. Estaba cerrada con llave. Busqué con la mirada una escapatoria. Los ventanales se encontraban asegurados con barrotes. Fijé mi mirada en uno que, me pareció, estaba chueco, me acerqué y lo toqué. No solo estaba chueco, también se podía sacar, al igual que otros dos. Otros estudiantes dejaron una escapatoria. No lo podía creer. Saqué los barrotes, salí y los volví a dejar en su lugar.
El frío me calaba hasta los huesos, sin la caldera de los dormitorios, el frío de un joven invierno era insoportable. Caminé, abrazándome a mí mismo, hasta el jardín donde se encontraba la fuente acordada para nuestra reunión. No vi a Daniel. Me senté en el borde de la fuente. Froté mis manos para calentarlas. Comencé a temblar de frío y rechinar los dientes. El abrigo que llevaba puesto no era de mucha ayuda. El viento rugía como alma en pena, el follaje de los árboles se doblegaba ante este y parecía que viento y árboles se quejaban a la par. Extrañé mi cómoda cama.
Vislumbré en un pasillo, con la tenue luz de las farolas, una sombra. Era demasiado alta, vestía totalmente de negro, caminaba encorvada y arrastraba los pasos. Me escondí detrás de la fuente, pensé que se podía tratar de una monja. Soltó un quejido agudo. Mi corazón se volcó. Una mano se postró en mi hombro, ahogué mi grito con mis manos. Me giré en mí mismo.
–¿Listo? –murmuró Daniel–. ¿Y esa cara por qué?
No lo había visto, él vestía totalmente de negro, hasta llevaba un gorro que cubría su cabello de oro.
–Vi… algo –le conté asustado.
–Debió ser tu imaginación. Las monjas están rezando, vamos antes de que terminen –miré el vaho que escapaba de sus pequeños labios carnosos.
Él me sonrió al percatarse de mi mirada. Su angelical gesto me volvió a la vida.
–Demoraste –hice un ligero puchero.
–No encontraba una salida –frunció el ceño y torció la boca.
Quería vomitar mi corazón. Me encontraba haciendo vigilancia en la oficina de la directora. Con una vela en mano, Daniel había entrado al cuartito donde archivaban todo. Me ayudaba a buscar algo sobre Bach. Miré a través de la ventanilla de la puerta la tenue luz de la vela, era lo único que me daba tranquilidad ante la penumbra de la habitación. El aroma del lugar era extraño, algo como mirra mezclada con vejez.
–Lo encontré –anunció con voz baja pero eufórica–. Salgamos de aquí.
Apagó de un soplido la vela y nos escabullimos en silencio hacia el jardín. Terminamos ocultos detrás del tronco de un grueso árbol, buscando refugio del viento y el frío. Daniel me entregó una carpeta. Dijo que las monjas la darían por perdida porque era casi imposible entrar en los archivos. Él, con la habilidad de un excelente ladrón, abrió las puertas y los archiveros con una ganzúa. Los dientes me temblaban y rechinaban de miedo y frío. Era increíble como Daniel me motivaba a hacer cosas que ni en sueños imaginé.
–Me atemoriza saber qué hay adentro –susurré mientras contemplaba la carpeta.
Toqué la montura de mis lentes y me los ajusté.
–Tranquilo, de seguro solo son documentos aburridos. Te informarán más de lo que pueden contar los grises compañeros.
–Gracias, Daniel. Te arriesgaste mucho para ayudarme.
–Para mí es pan comido, colega –guiñó un ojo–. Regresa a tu dormitorio, mañana me cuentas qué descubriste.
Entonces, mientras nos despedimos, escuchamos a la distancia un quejido de ultratumba, como si le desgarraran el alma a alguien. Corrimos asustados. Me separé de Daniel, él se fue por el camino de su dormitorio. Yo, con mucha precaución, regresé sobre mis pasos. Al pasar cerca de la habitación de las monjas que cuidaban los dormitorios, escuché sus ronquidos profundos. Me intrigó cuál monja habría sido la que soltó el grito.
Cuando volví a mi cuarto, sin sueño y más asustado que nada, me encerré en el pequeño baño con una vela encendida para leer los documentos.
Vi una copia del acta de nacimiento de Bach, fotos de él, su credencial de estudiante, los permisos firmados por sus padres, copias de recibos de servicios de una casa, copias de comprobantes de pagos y reportes de castigos infringidos. Estos últimos eran demasiados, llamó mi atención que se repitiera constantemente el mismo motivo: «Se le encontró, en la noche, afuera de los dormitorios con otro alumno». Busqué en los reportes el nombre del alumno, por suerte, una monja con letra de doctor escribió el nombre en lugar de poner alumno. Se llamaba Albert. No me sonó para nada.
Seguí buscando entre los documentos y los reportes de castigos seguían apareciendo. Entonces, di con la copia de lo que me pareció una carta escrita a puño. Acerqué la vela y me dispuse a leer. Decía:
Estoy cansado, demasiado. La rutina de esta prisión me agobia y las monjas no paran de castigarme y someterme al «tratamiento» que mi padre aprobó. No estoy mal ni enfermo, lo sé. Para el amor verdadero no existen reglas. No quiero seguir en un mundo donde yo esté mal por amar a quien me dicta mi corazón. Me enferman las monjas, locas del mal. Dicen ser admiradoras de alguien que vino a la Tierra a hablar de amor y perdón, pero en su nombre destruyen. Hipócritas. Son demonios vestidos con hábitos. Me arrastran al infierno por aferrarme a mi paraíso. Yo estoy bien, lo sé. Estoy bien. Pero en el mundo donde me encuentro no, por eso debo abandonarlo.
El corazón se me hizo pequeño al leer. Busqué en la carpeta algo más, di con recibos pagados de un tratamiento, no decían mucho, pero la cantidad era exagerada. La breve carta me produjo mucha tristeza. No sabía por lo que había pasado Bach y no pude ayudarlo ni un poco.
Esa noche no conseguí dormir. Daba vueltas en mi cama y pensaba en lo leído en la carta. Saqué del armario un libro que escondí en mis abrigos, me puse a leer para distraer mi mente. Mientras estaba inmerso en las páginas, sonó la campana. Era hora de ir a desayunar y después a rezar.
–Te ves terrible, tus ojeras están más negras que los marcos de tus lentes –comentó Daniel al verme en el comedor.
–No pude dormir –informé cansado.
–¿Por qué?
–Te cuento después –miré a la monja que estaba en la otra mesa, quien despreocupada y desinteresada del entorno bebía café.
–Te ves terrible –dijo Claudio con una entonación burlona.
Tomó lugar en la mesa que ocupábamos Daniel y yo. Clavó sus divertidos ojos de tierra en mí y me contempló, cambió su mirada a una de desagrado.
–¿Qué quieres, lombriz? –preguntó irritado Daniel.
