Cuando colisionan las estrellas - Susan Elizabeth Phillips - E-Book
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Cuando colisionan las estrellas E-Book

Susan Elizabeth Phillips

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Beschreibung

Thaddeus Walker Bowman Owens, el quarterback suplente de los Chicago Stars, es un jugador con mucho espíritu de equipo y aún más talento para chupar banquillo, modelo ocasional de ropa interior y con una bajísima tolerancia a las divas. Olivia Shore, cantante de ópera y superestrella internacional, es una diva perfeccionista, con un gran sentido de la justicia, demasiados secretos y un resentimiento monumental contra el deportista egoísta, vulgar y mediocre con el que se ha visto irremediablemente atrapada. No es de extrañar que cuando ambos se embarcan en la gira publicitaria de una marca de relojes de lujo se produzca una auténtica explosión, en la que no faltan ni el sarcasmo ni las pullas, con unas dosis de drama entre bastidores y algún que otro pase de balón.  Aunque lo que realmente les va complicar la vida son unas cartas amenazantes, unas inquietantes fotografías y una serie de desagradables encuentros. ¿Quién hay detrás de todo eso? ¿Es solo un fan demasiado entusiasta o algo más siniestro? Tierna y divertida, apasionada y perspicaz, Esta irresistible aventura romántica te demostrará que, cuando colisionan dos superestrellas, puede pasar cualquier cosa.

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Epílogo
Nota de la autora

Título ori­gi­nal: When Stars Collide

© 2021 by Susan Elizabeth Phillips, LLC.

An Imprint of HarperCollinsPublishers

____________________

Traducción: Xavier Beltrán

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: noviembre 2021

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2021: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

____________________

Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

Para los profesores de todo el mundo

que siguen dejándose la piel con sus alumnos.

Os damos las gracias de corazón.

«No puedes llevar una corona con la cabeza gacha».

Beyoncé

1

Olivia Shore miró por la ventanilla tintada de la limusina hacia el jet privado estacionado en la pista. A eso se reducía ahora su vida, a volar por los Estados Unidos con un deportista cortito que ganaba más de lo que merecía y con demasiados malos recuerdos…, y todo para promocionar una marca de relojes de lujo.

Iban a ser las cuatro semanas más largas de su vida.

***

Thaddeus Walker Bowman Owens se inclinó hacia la ventanilla del jet y miró hacia la limusina que acababa de detenerse junto al avión. Llegaba treinta y ocho minutos tarde, para ser exactos. Un chófer descendió del vehículo y sacó una maleta del maletero, luego una segunda y después una tercera. Acto seguido, aparecieron un portatrajes y una cuarta maleta. Thaddeus apartó la cabeza de la ventanilla.

—¿En qué mierdas me he metido?

Cooper Graham se movió un poco para ver qué observaba su compañero y dedicó una semisonrisa a los pantalones de lana virgen de Thad, hechos a medida, y a su jersey de cachemira.

—Por lo visto, vais a tener que competir para saber quién viste mejor.

Thad le frunció el ceño al hombre que era a la vez su mejor amigo y una espina perpetua clavada en su piel.

—Me gusta la ropa de calidad.

—Y casi siempre pareces un pavo real.

—Solo si se me compara contigo. —Thad lanzó una mirada a los pantalones y a la sudadera con capucha de Coop. Cruzó las piernas y se apoyó uno de los pies, enfundado en un botín italiano con un suave forro interior, en la rodilla contraria—. Pero, bueno, ha sido un detalle que vinieras a despedirme.

—Era lo mínimo que podía hacer.

—Pensabas que no iba a venir, ¿verdad? —Thad se recostó en el asiento de cuero.

—No te negaré que se me pasó por la cabeza esa posibilidad.

—Dime cómo lo has hecho.

—¿Cómo he hecho el qué?

—Cómo te las has ingeniado para convencer a los de Relojes Marchand, perdón, a los de Relojazos Marchand, de que contar conmigo como embajador de su marca sería lo mismo que contar con el legendario Cooper Graham.

—Ni que fueras un don nadie, tío —dijo Graham con amabilidad.

—Coño, ya lo sé. Y para demostrarlo tengo el Heisman. El único trofeo que no adorna tus estanterías.

Graham sonrió y le dio una palmada en la espalda.

—Tu falsa modestia es lo que más admiro de ti.

—Y como los Marchand son los relojes oficiales de los Stars y no iban a tenerte a ti, querían a Clint Garrett, ¿verdad?

—Puede que mencionaran su nombre.

Thad soltó un bufido de repulsa. Clint Garrett era el quarterback joven, egocéntrico, talentosísimo e imbécil al que habían fichado los Chicago Stars para sustituir el vacío que habían sido incapaces de llenar cuando Coop se retiró. El mismo Clint Garrett al que en teoría Thad debía transformar en un mejor jugador y… sí, sustituirlo, si el niñato idiota se lesionaba.

Cuando dieciséis años atrás Thad salió de la universidad con el trofeo Heisman en su haber, se vio a sí mismo como un nuevo Coop Graham o Tom Brady, no como un tío que acabaría pasándose la mayor parte de su carrera en la NFL como el suplente de los quarterbacks titulares de cuatro equipos profesionales diferentes. Pero así era como habían ocurrido las cosas. Lo consideraban un estratega brillante y un líder inspirador, pero contaba con una debilidad casi insustancial en la visión periférica que lo separaba de la grandeza. Siempre la dama de honor, nunca la novia.

Un revuelo en el zona delantera del avión atrajo su atención hacia La Diva, que por fin los honraba a todos con su presencia. Vestía una gabardina marrón sobre unos pantalones negros y llevaba unos zapatos de tacón de aguja de color azul Klein que añadían unos doce centímetros a su altura, ya de por sí impresionante. Unos cuantos mechones de pelo oscuro sobresalían por los lados de un pañuelo estampado que le cubría la cabeza y que a Thad le hizo pensar en las fotos antiguas de Jacqueline Kennedy. Además del pañuelo, las gafas de sol gigantescas que se apoyaban en su alargada nariz hacían que pareciera una persona de la alta sociedad de la década de los sesenta, o quizá una estrella de cine italiana. La mujer lanzó una gigantesca bolsa de tela de diseño en la que cabría un golden retriever y tomó asiento cerca de la cabina sin siquiera saludar a ninguno de los dos.

En cuanto un ligero aroma a perfume de lujo, cultura elitista y pura arrogancia llegó hasta el fondo del jet, Coop se levantó del asiento.

—Llegó la hora de marcharme.

—Qué suerte tienes, cabrón —masculló Thad.

Coop conocía lo suficiente a Thad para saber que La Diva no era la única responsable del mal humor de su amigo.

—Eres justo lo que necesita el chaval —le dijo—. Clint Garrett cuenta con el talento para llegar muy lejos, pero no lo hará sin que el viejo lo lleve hasta allí.

Thad tenía treinta y seis años. Solo era viejo según los parámetros del fútbol americano.

Coop se dirigió a la cabina del avión. Se detuvo al acercarse a La Diva y asintió.

—Señorita Shore.

La mujer inclinó la cabeza y saludó a duras penas al hombre que había sido uno de los mejores quarterbacks de la NFL. Thad tenía todo el derecho del mundo a criticar y descalificar a Coop tanto como quisiera, pero aquella cantante de ópera intelectualoide no.

Graham le lanzó a Thad una mirada divertida y abandonó el avión como una rata huyendo de un barco que se hunde. Thad dudaba de que Coop se lo hubiera pensado dos veces antes de rechazar la lucrativa oferta de Marchand de erigirse en embajador de la marca para el nuevo reloj masculino Victory780. Al exquarterback no le gustaba separarse de su familia, y era evidente que no necesitaba el dinero. Por lo que respectaba a Clint Garrett… El joven Clint estaba demasiado ocupado persiguiendo a mujeres y conduciendo coches superrápidos para perder el tiempo representando una empresa de prestigio como Marchand, el reloj oficial tanto de los Chicago Stars como de la Ópera Municipal de Chicago.

A pesar de lo que le había dicho a Coop, a Thad no le sorprendía del todo que Relojes Marchand lo hubiera querido a él para promocionar el Victory780. Necesitaban a un jugador de los Stars y Thad sabía dar buenas entrevistas. Además, gracias al viejo trofeo Heisman, con los años había ganado bastante popularidad. Aun así, cualquiera con ojos en la cara era consciente de que no era el poderoso lanzamiento de Thad ni su labia los que habían sellado el pacto con Marchand. Sino su cara bonita.

—Eres incluso más guapo que Dean. —Coop lo pellizcó el día que se conocieron; se refería a Dean Robillard, el gran quarterback de los Stars.

El físico de Thad era una maldición.

Una de su exnovias favoritas le había dicho: «Tienes la nariz de Liam Hemsworth, los pómulos de Michael B. Jordan y el pelo de Zac Efron. Y esos ojos verdes… Igualitos a los de Taylor Swift. Es como si los famosos más atractivos te hubieran vomitado en la cara».

Echaba de menos a Lindy, pero la pobre se hartó de sus problemas con el compromiso. Cuando ella lo dejó, Thad le mandó de regalo un portátil nuevo para que supiera que no le guardaba ningún rencor.

Con los años, había hecho lo imposible por endurecer su apariencia. Se había dejado barba un par de veces, pero entonces la gente empezó a decirle que se parecía al tío de Cincuenta sombras de Grey. Lo intentó con un bigote de actor porno, y entonces las mujeres comentaron que le daba un aspecto distinguido. Hasta había probado durante un tiempo con uno de esos ridículos moños con el pelo rapado a los lados. Por desgracia, a él le quedaba bien.

En el instituto, a todo el mundo le salían granos, menos a él. No necesitó ponerse ortodoncia ni pasó por una fase desgarbada. No se había partido la nariz ni tenía una de esas cicatrices en la barbilla que sí lucían otros jugadores de la NFL. No se le había empezado a caer el pelo. Tampoco tenía barriga.

Thad culpaba a sus padres.

Pero uno de los beneficios de su físico, además de poseer un cuerpo esbelto de un metro noventa, era el dinero extra que le permitía ganar. Y le encantaba ganar dinero. En los últimos años, había cedido su rostro a una colonia para hombres, su culo a una marca de calzoncillos y su pelo a una línea de caros productos de cuidado personal que jamás se molestó en usar. Y ahora esto.

Cuatro semanas de viaje para promocionar el nuevo Victory780 de Marchand. Unas cuantas sesiones de fotos y entrevistas, además de aparecer como invitado y broche de oro en la gala de la Ópera Municipal de Chicago. Pan comido. Salvo por un problemilla. No era el único embajador de Marchand. Mientras él promocionaba el Victory780, Olivia Shore, la superestrella de la ópera, publicitaría el reloj femenino, el Cavatina3.

—¡Bonjour! ¡Bonjour! —Henri Marchand apareció junto a la cabina del avión con los brazos extendidos. Rezumaba acento francés igual que la Nutella rebosa de una crep caliente. Llevaba engominada hacia atrás la larga cabellera castaña, que le caía por detrás de los hombros. Aunque no portara una boina en lo alto de la cabeza, traía consigo el aire del Viejo Continente. Era delgado, mediría uno ochenta y tenía la cara fina y los rasgos afilados. El impecable traje de sastre de corte ancho de lana gris era de un color típicamente europeo, ese que los norteamericanos eran incapaces de lucir, si bien Thad tenía un pañuelo de cuello a rayas de tono similar que se ponía a veces cuando viajaba a Europa porque… ¿por qué no?

Marchand se acercó a La Diva.

—Olivia, ma chérie.

La mujer le tendió la mano. Él se la besó como si fuera la mismísima reina Victoria, aunque Thad se había enterado de que la tipa había crecido en Pittsburg y que era la hija única de dos profesores de música ya fallecidos. Había hecho los deberes, sí.

Henri dirigió la mirada hacia el final del avión y extendió los brazos de nuevo.

—¡Y Thaddeus, mon ami!

Thad lo saludó como si fueran colegas de toda la vida y contempló la posibilidad de arrancarle el nombre de su sastre.

—Menuda aventura vamos a vivir juntos. —Más gestos con los brazos—. Primera parada, Phoenix, donde tú, madame, pusiste voz a una arrebatadora Dulcinea en Don Quijote. Y donde mi amigo Thad lanzó un pase de setenta yardas para hacer touchdown contra los Cardinals de Arizona. Días gloriosos, ¿sí? Y la gloria sigue brillando con fuerza.

Para La Diva, quizá, pero no para Thad.

Henri se giró hacia la joven que lo había seguido a bordo.

—Mes amis, os presento a Paisley Rhodes, mi asistente. —¿Era imaginación de Thad o la exagerada sonrisa de Henri se había atenuado?

Paisley parecía una muchacha a punto de cruzar el campus de la universidad para asistir a la primera clase de Psicología: tenía una larga cola de cabello rubio y liso, una nariz demasiado perfecta y una silueta delgada que vestía una corta falda, una blusa metida por dentro con pliegue francés y botines. También se la veía aburrida, como si subirse a un jet privado supusiera un gran esfuerzo.

—Paisley nos echará una mano durante toda la gira. Si necesitáis algo, lo que sea, decídselo a ella.

Una parte de Thad esperaba oír un «pues eso» de los labios de Paisley, porque era imposible que se la viera menos interesada en echar una mano a nadie. Thad sospechaba que alguien debía de haber pedido un favor para que la contrataran.

Los ojos de la chica se posaron en él y Thad vio un primer destello de interés. Ignorando a La Diva, la joven se sentó en el asiento que quedaba a su derecha.

—Me llamo Paisley.

Él asintió.

—Mi padre es superfán del fútbol americano.

—Qué bien. —Era la respuesta estándar de Thad.

Cuando el avión despegó, la muchacha procedió a resumirle toda su vida —aunque no de forma demasiado resumida—. Acababa de finalizar una carrera de comunicación en una universidad del sur de California. Hacía nada que había roto con su novio. Era un alma vieja en un cuerpo joven, en palabras de ella, no de él. Su objetivo era convertirse en la asistente personal de un famoso, cualquiera le servía. Y, cómo no, su abuelo era un buen amigo de Lucien Marchand, lo que explicaba cómo había conseguido el trabajo.

Miró el reloj que llevaba en la muñeca, uno de los modelos más sencillos de Marchand.

—Nunca llevo reloj. —Dio un golpecito a su móvil—. O sea, para qué, ¿no? Pero es que me obligan a llevar un Marchand, y también durante la gira, flipa.

—Qué cabrones —respondió Thad con una expresión totalmente impertérrita.

—Ya ves. Pero mi abuelo dice que por algún sitio tengo que empezar.

—Los abuelos sí que saben.

—Si tú lo dices.

Había que reconocerle que, poco después del despegue, lo dejó a solas para concentrarse en su móvil. Thad se recostó en el asiento, cerró los ojos y se entregó a su fantasía favorita, una en la que Clint Garrett lanzaba tres intercepciones, se rompía la tibia y se perdía el resto de la temporada. Thad se encargaba del equipo y Clint, el pobre imbécil, terminaba viendo desde el banquillo cómo él llevaba a los Stars hasta la Super Bowl.

El suave acento francés de Henri Marchand interrumpió su fantasía.

—Confío en que hayas tenido tiempo de leer los materiales que te mandé acerca del Victory780.

Thad abrió los ojos a regañadientes. Tenía buena memoria y no le costaba nada recordar los detalles del reloj para cuya promoción lo habían contratado. Sin embargo, Henri Marchand no quería correr ningún riesgo.

—Llevamos unos diez años desarrollando el Victory780. —Se acomodó en el asiento contiguo—. Es un reloj cronógrafo de última generación, pero aun así refleja nuestra clásica herencia Marchand.

—Y cuesta la friolera de doce mil dólares —observó Thad.

—El prestigio y la precisión tienen un precio.

Mientras Marchand se afanaba en explicarle el movimiento integrado de reloj de cuerda automática con un mayor muelle en espiral del 780, Thad contempló el reloj que llevaba ahora en la muñeca. Tenía que admitir que era precioso, con esa pesada correa de acero, una estructura de platino y el engaste de cerámica negra. El reloj contaba con un cristal de zafiro, una esfera azul metálico y tres subesferas montadas que le servirían para cronometrar sus carreras o para ver cuánto tiempo lograba aguantar Clint Garrett sin decir «tío».

—Esta noche cenaremos con cinco de nuestros mejores clientes —lo informó Marchand—. Por la mañana, harás varias entrevistas en la radio, en emisoras deportivas y en programas de tertulia, mientras que Madame Shore visitará la emisora de música clásica.

Así dejaban que La Diva pudiera relajar sus valiosas cuerdas vocales y él iba de culo de acá para allá.

—Después, entrevistas con periódicos. Y con algunos blogueros importantes. Luego un evento público en Scottsdale con sesión de fotos.

Thad ya había hecho promoción de otros productos y sabía cómo funcionaban las cosas en ese mundillo. Su nombre y el de Shore despertaban el interés de más entrevistas de las que Marchand conseguiría concertar solo con el nombre de la marca. A Thad le preguntarían por su carrera, por el estado del fútbol americano profesional y por las últimas polémicas de la NFL. Entre respuesta y respuesta, se esperaba de él que hablara del reloj.

Marchand se excusó por fin y regresó al lado de La Diva. Paisley reapareció y se sentó en el asiento delante de él. Thad reparó en que la joven no se había acercado aún a La Diva. Solo a él.

—Henri me ha pedido que te dé esto. Es vuestra ruta actualizada. —Le entregó una carpeta negra estampada con el logo de Marchand.

Thad conocía el horario de antemano. A lo largo de casi todo el mes siguiente, él y La Diva Desagradable recibirían un buen pastón por viajar por el país y promocionar la marca. Al final, terminarían donde habían comenzado, en Chicago. Mientras Thad se tomaba un par de semanas de descanso, La Diva ensayaría para la producción de Aida de la Ópera Municipal de Chicago. La noche de domingo tras el estreno, Relojes Marchand patrocinaría una gala benéfica juntamente con la Ópera. Y en ese momento finalizarían las obligaciones de Thad.

—Te he escrito mi número en la primera página —le dijo Paisley—. Escríbeme en cualquier momento. En cualquiera.

—Así lo haré. —Su respuesta fue brusca y rozó lo grosero, pero debía cortarlo de raíz antes de que fuera más allá. Ya se enfrentaba a suficientes dificultades por tener que bregar con La Diva y no deseaba complicaciones con la asistente de Henri. Además, a él habían dejado de atraerle las muchachas de veintiún años el día que cumplió veintidós.

—Va en serio. —Paisley sacudió la larga cola—. Quiero que sepas que puedes contar conmigo.

—Entendido. —Y se puso los auriculares. La chica por fin interpretó las señales y lo dejó solo. Thad se quedó frito con la música de Chet Baker.

***

La Diva se sentó en el rincón opuesto de la limusina. Todavía llevaba las gafas de sol y apoyaba la mejilla en la ventanilla. Hasta el momento, la única comunicación que había mantenido con Thad había sido una mirada de intensa hostilidad cuando bajaron del avión. Los pulgares de Paisley se movían a toda prisa por la pantalla de su móvil —era más probable que estuviera escribiendo a una amiga que trabajando—. Henri también estaba enfrascado en el suyo, inmerso en una enérgica conversación. Como Thad solo se sabía en francés los platos de las cartas de los restaurantes, no supo descifrar de qué hablaba. La Diva, en cambio, lo entendió. Abrió los ojos y agitó una mano.

—C’est impossible, Henri.

La manera en que pronunció el nombre de Marchand… El «Anguí» salía de las profundidades de su garganta. Cuando Thad lo decía en voz alta, le costaba la vida convertir la e en una vocal nasal y la erre en un sonido gutural. Nada de profundidades ni de garganta.

Las frases que intercambiaron a continuación La Diva y Marchand no arrojaron ninguna luz sobre qué era eso tan imposible, pero cuando llegaron al hotel, Anguí se lo contó:

—Ha habido un ligero cambio de planes. Hay que adelantar las entrevistas de hoy justo después de hacer el check-in. Es un fastidio, pero son cosas que pasan, como seguro que comprenderás.

Al cabo de menos de diez minutos, La Diva y él fueron escoltados hasta la suite presidencial del hotel, seguidos de Henri y Paisley. Además de una sala de estar muy lujosa, la suite contaba con comedor, cocina, un gran piano y enormes puertas francesas que daban a una extensa terraza. En la alargada mesa de centro situada en medio de la sala, había bandejas con pastas y un gran surtido de botellas de vino y agua mineral.

—Disponéis de unos minutos para refrescaros antes de que lleguen los periodistas —les dijo Henri—. Paisley los acompañará.

Paisley desprendía soberbia, como si aquello no fuera parte de su trabajo. Por lo visto, Henri no se fijó. O quizá sí y fingió que no.

La Diva desapareció en el cuarto de baño. Mientras Henri comprobaba por segunda vez el refrigerio que habían preparado para los reporteros, Thad caminó hacia la terraza embaldosada para disfrutar de la vistas de Camelback Mountain. Ojalá hiciera la gira de promoción con una estrella del rock, en lugar de con una estirada cantante de ópera. Las cuatro semanas que se extendían delante de él como una carretera interminable no llevaban absolutamente a ningún lugar.

***

En el cuarto de baño, la estirada cantante de ópera se apoyó en la puerta, cerró los ojos e intentó respirar. La situación la superaba. Que la obligaran a viajar con un animal como Thad Owens era la guinda que adornaba el desastre de calamidades de las últimas semanas. Costara lo que costara, no pensaba permitir que él detectara ni una sola debilidad en ella, ni una sola vulnerabilidad que creyera poder explotar.

De haber sabido lo que iba a ocurrir, ni se habría planteado aceptar el contrato con Marchand. En su vida había rescindido un contrato, pero era incapaz de imaginar cómo sobreviviría al próximo mes. Debía sonreír. Hablar. Ser agradable. Y asegurarse de que no se quedaba a solas con él.

El móvil, que llevaba en el bolsillo, vibró. Se quitó las gafas de sol y echó un vistazo a la pantalla. Era Rachel, que quería saber qué tal le iba. Rachel, su querida amiga de toda la vida que la entendía mejor que nadie. Olivia volvió a guardar el móvil en el bolsillo sin responder. Estaba nerviosa, desconcentrada y demasiado sensible como para hablar con ella.

Se desató el pañuelo. Su cabello era un caos. Le traía sin cuidado. En lugar de peinarse, se sentó en la taza del váter y cerró los ojos. Llevaba todo el día reproduciendo en su cabeza el «Pour mon âme» de Donizetti. El aria de La hija del regimiento, con nueve altísimas notas C, era una prueba de fuego para los mejores tenores del mundo. Adam no era uno de ellos, pero eso no impidió que su exprometido intentara cantarla.

Olivia parpadeó con fuerza. El Cavatina3 de su muñeca llamó su atención. Una correa de acero inoxidable y oro, una esfera de marfil con diamantes junto a los números. Cavatina. Una melodía sencilla sin segunda parte y sin repetición. En música, una cavatina era un aria directa y simple, a diferencia del lujoso reloj Cavatina3 y de su vida, llena de complicaciones.

Su mirada se clavó en el sobre blanco que había encontrado esa mañana en el buzón de su piso. Se dirigía a ella con las mismas letras mayúsculas y pulcras que adornaban la primera nota que recibió dos días antes. Se obligó a abrirlo. Le temblaban las manos.

Solamente cinco palabras. «TÚ ME HAS HECHO ESTO».

Tragándose un sollozo, hizo añicos la nota, lanzó los trocitos al váter y tiró de la cadena.

***

Paisley entró con dos reporteros de sendos periódicos y desapareció en un rincón con su móvil. Curiosamente, el crítico de música era gigantesco y corpulento, mientras que el periodista deportivo era bajito y nervudo. La editora de la sección de moda llegó poco después, una mujer de mediana edad con el cabello corto engominado y varios piercings en las orejas.

Thad nunca había conocido a nadie de prensa a quien no le gustara la comida gratis. Cada uno de los periodistas se zampó un par de cannoli y media docena de galletas de limón, mientras la editora de la sección de moda sorbía una copa de chardonnay y picoteaba unas cuantas almendras. Thad habló con ellos de cosas sin importancia; ocultaba la irritación que le provocaba el hecho de que La Diva siguiera encerrada en el cuarto de baño. En el momento en que se dispuso a golpear la puerta y preguntarle si se había caído dentro del retrete, la mujer se dignó a honrarlos con su presencia.

Se había quitado la gabardina, así como el pañuelo y las gafas de sol, y caminó hacia los periodistas con el taconeo de sus zapatos, ignorándolo a él deliberadamente. Se había recogido el pelo en uno de esos moños que quedan un poco sueltos. Ese peinado y los taconazos azules la alzaban hasta medir casi lo mismo que él. Su silueta era formidable: hombros anchos, cuello largo, columna recta y cintura esbelta, todo ello acompañado de unas piernas largas de modelo. No era una mujer esquelética ni rechoncha. Más bien… Thad buscó la palabra correcta, pero la única que se le ocurrió fue intimidante.

Junto a los zapatos de tacón y a los pantalones negros de vestir, el cuello abierto de su blusa blanca dejaba al descubierto un collar de oro con una piedra en forma de paloma, del tamaño de un huevo, que parecía un rubí gigantesco. Llevaba numerosos anillos, un par de pulseras y el Cavatina3. A él le gustaban las mujeres bajitas y tiernas. La que tenía delante se asemejaba a una tigresa que acabara de asaltar una tienda de Hermès.

Los hombres se levantaron al verla aproximarse. Henri hizo las presentaciones. Olivia les tendió la mano y los miró con los labios curvados en una regia sonrisa.

—Caballeros. —Saludó a la editora de moda con un apretón de manos y una amable sonrisa antes de sentarse en la silla enfrente de Thad con las piernas cruzadas, tiesa como si le hubieran metido una escoba por el culo.

Él se despatarró a propósito en su asiento y extendió las piernas para ponerse cómodo. El crítico de música fue el primero en tomar la palabra, pero en lugar de dirigirse a La Diva, se giró hacia Thad.

—¿Es usted un fan de la ópera?

—No he ido demasiado —respondió.

—¿Qué me dice usted, señorita Shore? —terció el periodista deportivo—. ¿Ha asistido a partidos de fútbol?

—El año pasado vi uno entre el Real Madrid y el Manchester United.

Thad a duras penas logró disimular un bufido.

El periodista deportivo intercambió una mirada divertida con él antes de girarse hacia ella.

—Eso son equipos europeos de fútbol, señorita Shore, no de fútbol americano.

Olivia hizo una mueca que venía a decir: «Las mujeres, ya se sabe», mueca que Thad no se tragó en absoluto.

—Por supuesto. Qué tonta soy.

Esa mujer no tenía ni un pelo de tonta. Tanto la resonancia de su voz como el perfil de su silueta le indicaron a Thad que sabía perfectamente que no eran equipos de fútbol americano. O quizá no lo sabía. Por primera vez, había despertado su curiosidad.

—¿Nunca ha visto jugar a Thad Owens?

—No. —Miró directamente a Thad por primera vez, los ojos tan fríos como una noche de enero—. ¿Tú alguna vez me has oído cantar?

—No he tenido el placer —dijo arrastrando las palabras lo mejor que supo—. Pero los treinta y siete están al caer ya, y me encantaría oír una ronda de Feliz cumpleaños para celebrarlo.

La editora de moda soltó una carcajada, pero La Diva ni siquiera amagó con sonreír.

—Tomo nota.

El crítico de música clásica se lanzó a preguntar acerca de un concierto que La Diva había dado el año pasado en Phoenix, y siguió interesándose por teatros de ópera de Europa. El periodista deportivo le preguntó a Thad acerca de su dieta y su rutina de ejercicios, y le comentó lo que pensaba de las posibilidades de los Cardinals para la siguiente temporada.

Paisley había regresado a su coma telefónico. Marchand ofreció más vino a los presentes.

—Nos sentimos muy afortunados por contar con dos personas de tanto éxito como la señorita Shore y el señor Owens como nuestros nuevos embajadores de Marchand. Los dos marcan tendencia.

La editora de moda se fijó en los pantalones grises de Thad y en el jersey de cachemira de color frambuesa con cremallera.

—¿Cuál es su filosofía con las prendas de vestir, señor Owens?

—Busco calidad y comodidad —contestó.

—Pocos hombres serían tan valientes como para llevar ese color.

—Me gustan los colores —dijo—. No me interesa qué está de moda y qué no, y el único complemento que llevo es un reloj estupendo.

—¿Tal vez se pondrá algún día un anillo de boda? —La mujer ladeó la cabeza.

—No le deseo a nadie que se case conmigo. —Sonrió—. En mí no se puede confiar demasiado. Pero hablando de confianza —extendió la muñeca para ganarse el sueldo—, en esto sí que confío sin fisuras. Hace años que llevo relojes Marchand. Por eso me atrajo su propuesta. Con el Victory780 se han superado a sí mismos.

Henri resplandecía. La editora de moda se dirigió a La Diva.

—¿Qué me dice usted, señorita Shore? ¿Cómo describiría su filosofía con la ropa?

—Busco calidad e incomodidad. —Lo sorprendió quitándose los zapatos de tacón.

La mirada de la editora viajó del jersey frambuesa de Thad al conjunto blanco y negro de La Diva.

—Por lo visto, prefiere los colores neutros.

—Creo firmemente en la elegancia. —Observó a Thad con claro desdén. ¿Qué cojones le pasaba a esa tía?—. El rosa intenso queda mejor en el escenario —añadió—. Tan solo hablo por mí, por supuesto.

Su jersey no era rosa. ¡Era frambuesa!

—Soy muy selectiva —prosiguió, de nuevo concentrada en la editora de moda—. Por eso el Cavatina3 es el reloj perfecto para mí. —Se lo quitó y se lo entregó a la mujer para que lo examinara de cerca—. Tengo un horario muy exigente. Necesito un reloj del que me pueda fiar, pero también uno que combine bien con mi fondo de armario y con mi estilo de vida.

Fin del anuncio.

Respondieron a unas cuantas preguntas más. ¿Dónde vivía la señorita Shore? ¿Qué hacía el señor Owens durante la pretemporada?

—Necesitaba descansar un poco de Manhattan —contestó La Diva—, y ya que me gusta Chicago y la ciudad se encuentra en el centro del país, hace varios meses alquilé un piso allí. Me facilita mucho la vida con los viajes cortos.

—Entreno y me ocupo de las cuestiones que durante la temporada me veo obligado a desatender. —Thad fue vago adrede.

Paisley no se enteró enseguida de que debía acompañar a los periodistas de vuelta al vestíbulo del hotel, pero al final captó el mensaje. En cuanto hubieron desaparecido, Marchand anunció que el equipaje de Olivia y de Thad se encontraba ya en los dormitorios enfrentados que se encontraban a ambos lados de la suite. Henri hizo un gesto que abarcó la sala de estar y el comedor, y también la pequeña cocina.

—Como veis, es un lugar bastante adecuado para las entrevistas y la sesión de fotos de mañana. El chef preparará la cena de los clientes de esta noche en la cocina privada.

La Diva levantó la cabeza y sus dramáticas cejas se unieron en un fruncido.

—Henri, ¿puedo hablar contigo un momento?

—Faltaría más. —Los dos se encaminaron hacia la puerta que daba al pasillo.

Thad estaba cabreado. Evidentemente, a ella no le gustaba la idea de compartir la suite. Muy bien. Que se fuera a otra habitación, porque él no pensaba ceder la gran terraza de ninguna de las maneras. Desde que era pequeño, siempre se había sentido más cómodo en exteriores que en interiores, y estar enjaulado en habitaciones de hotel durante mucho tiempo, por más espaciosas que fueran, lo ponía nervioso. No se iría de allí por nada del mundo.

***

Olivia tan solo dio unos cuantos pasos antes de darse cuenta de que había cometido un error. Las puertas disponían de robustos cerrojos y, si insistía en cambiarse a otra habitación, Thad Owens sabría que le tenía miedo.

—Da igual, Henri. —Le rozó el brazo a Marchand—. Ya hablaremos luego. No es importante.

Mientras recogía los zapatos que había dejado en el suelo, Thad se movió detrás de ella.

—Una cosa… —le dijo—. No me gustan los visitantes nocturnos.

Olivia respiró hondo, le lanzó la mirada más fiera y gélida posible, y se encerró en su habitación.

***

Thad oyó el cerrojo que atrancaba la puerta de ella. Olivia lo había mirado con tanto desprecio que una parte de él esperaba que le soltara algo en plan ópera, como por ejemplo: «¡A la horca, sinvergüenza!».

—¡Menuda mujer! —Henri sonría de oreja a oreja—. ¡Es un portento! La Belle Tornade.

—Déjame adivinar. La Bella Turbada.

—Non, non. —Henri se echó a reír—. La llaman La Bella Tornado por el poderío de su voz.

A Thad no lo convencía lo de «bella», no con esas rayas oscuras por cejas y esa nariz tan alargada. En cuanto a lo de «tornado»… «Tormenta de hielo» le parecía más apropiado.

***

Thad hizo varias llamadas telefónicas y entrenó en el gimnasio del hotel antes de regresar a la suite y ducharse. Al otro lado de la puerta cerrada de su dormitorio, oyó la voz de La Diva, que cantaba escalas musicales. Se quedó escuchando cómo las notas subían y bajaban, cómo las vocales cambiaban de pronto de es a íes, y luego algunas aes. Era hipnotizante. No había dudas: la tía sabía cantar. Cuando su tono cambió de agudo a grave, a él le entró un escalofrío. ¿Cómo era alguien capaz de alcanzar esas notas?

A medida que se acercaba la hora de la cena, los aromas que emergían de la cocina privada prometían un buen ágape. Se puso una camiseta morada y una americana Dolce & Gabbana de color negro metálico que incluía grabado un pañuelo de bolsillo de color lavanda. Era un pelín excesivo, incluso para él, pero quería dejar las cosas claras.

Oyó la voz de Henri en la sala de estar. En cuanto salió de su habitación, los invitados empezaron a llegar. Todos eran clientes: uno era el propietario de una cadena de joyerías, había un par que trabajaba en grandes almacenes y unos cuantos joyeros independientes.

La Diva se presentó con un vestido de terciopelo negro, largo hasta el suelo. Lo primero que llamó la atención de Thad fueron sus pechos. No eran grandes, pero abultaban lo suficiente para tensar el escote del vestido. No se había puesto ningún collar que interrumpiera las vistas, solamente unos pendientes. Su piel lucía una palidez natural, pero comparada con el terciopelo negro aún se veía más clara. Portaba el Cavatina3 en una muñeca y un abanico de anillos en sus largos dedos. Se había arreglado el pelo despeinado de la tarde con un moño formal que quizá estuviera un poco pasado de moda, pero Thad debía admitir que encajaba con ella. Olivia tenía una gran presencia, eso era indiscutible.

Hizo su típica entrada ostentosa —el brazo extendido, la sonrisa distante y unos pasos ceremoniosos—, y él volvió a ponerse de los nervios. Deseaba arrugar esa imagen de perfección. Bajarla de su pedestal. Frotarle el lápiz de labios rojo intenso. Quitarle las horquillas que le sujetaban el pelo. Despojarla de esa ropa y meterla dentro de un par de vaqueros raídos y una vieja camiseta de los Stars.

Por más inabarcable que fuera su imaginación, sin embargo, era incapaz de visualizarla vestida así.

Thad detestaba las cenas formales casi tanto como detestaba que interceptaran un pase suyo, pero habló con todo el mundo. Le sorprendió ver lo bien que se desenvolvía La Diva. Preguntó a los asistentes acerca de sus trabajos, de sus familias, y miró encantada las fotos de los hijos. A diferencia de él, el interés de ella sí parecía auténtico.

Empezaron a cenar. Thad no solía beber demasiado, así que paró tras la segunda copa de vino. La Diva, en cambio, por lo visto tenía un estómago de hierro. Dos copas, tres, cuatro. Una quinta cuando todos se marcharon y los dos se dirigieron a sus respectivos dormitorios.

El suyo tenía el techo muy alto y una puerta que conducía a la terraza. Fue desnudo hasta el cuarto de baño para cepillarse los dientes. Como de costumbre, evitó mirarse en el espejo. No había necesidad de deprimirse. A pesar del tamaño de la habitación, el dormitorio resultaba sofocante y limitado. Se puso unos vaqueros y abrió la puerta que llevaba a la terraza.

Una cristalera de vidrio templado le permitía disfrutar de las vistas de las luces de la ciudad, mientras que los árboles en macetas y los parterres de flores creaban la ilusión de un parque, con zonas con asientos colocadas estratégicamente para la comodidad de los huéspedes de la suite. El aire frío de la noche le sentó bien a su piel.

Pensó en el día que terminaba. En lo que lo aguardaba. En los cuatro meses que faltaban para volver al campo de entrenamiento y en cuánto tiempo jugaría. Cuando se encaminó hacia uno de los árboles para apreciar mejor la silueta de la ciudad, pensó en su futuro y en una carrera que no había llegado a cumplir sus expectativas.

***

El vino no le sentaba bien a su voz. El vino, la cafeína, el aire seco, las corrientes, los problemas…; nada de eso le sentaba bien a su voz, y por eso raramente tomaba más de una copa. Y, a pesar de ello, así estaba ella ahora: no un poco borracha, sino como una cuba. Con el paso inestable, con la mente inestable. Llevaba varios días al límite, con los nervios a flor de piel, a punto de estallar. Ahora una peligrosa energía, estimulada por el alcohol, hacía que quisiera recogerse el vestido por las rodillas, subirse a la barandilla de la terraza y utilizar la tela como barra de equilibrio, solo para ver si era capaz. No quería suicidarse. Eso se lo dejaba a otros. Lo que sí que quería era un reto. O, mejor aún, un objetivo. Algo que conquistar. Deseaba ser una superheroína, una protectora de los débiles, una activista ebria en busca de justicia. Pero lo único que hacía era pelearse con un fantasma.

Algo se movió detrás de ella. Demasiado cerca. Él.

Olivia se giró y atacó.

2

Las mujeres se le habían lanzado a los brazos en el pasado, pero no estaba acostumbrado a que le clavaran un codazo en plena barriga. El golpe lo pilló desprevenido y soltó un gemido de dolor. Al mismo tiempo, levantó los brazos en un acto reflejo para defenderse.

Un gesto que empeoró las cosas.

Lo único que quería era un poco de aire y ahora estaba inmerso en un combate a muerte con una arpía vestida de terciopelo negro.

—¡Para! —Intentó agarrarla de los brazos—. ¡Tranquilízate!

A su edad, debería haber sabido que ese era un verbo que no había que utilizar con una mujer histérica, y ella le dio una patada en la espinilla. Por desgracia para Olivia, estaba descalza, y fue ella la que se hizo daño.

—¡¿Se puede saber qué coño te pasa?! —Le agarró los brazos y la empujó contra su cuerpo. Era alta y fuerte, pero él más. Soltó un grito y reinició el ataque.

Thad quería matarla, pero no quería hacerle daño. Hizo un movimiento con la pierna para hacerla caer al suelo.

Le quedaba el ápice justo de caballerosidad para llevarse la peor parte al aterrizar ambos sobre las baldosas de la terraza. Se golpeó el codo y la cadera, pero logró inmovilizarla al rodar por el suelo y aferrarle las muñecas.

La artista serena y perfecta se había esfumado. Estaba furiosa.

—¡Gilipollas! —le escupió—. ¡Gilipollas integral!

En lo que a insultos se refería, no tenía una gran variedad, pero ¡madre mía!, era fuerte. A Thad le costaba mantenerla quieta mientras ella se revolvía contra el agarre con que él le apresaba las muñecas.

—Estate quieta de una vez o voy a… ¡O voy a darte una hostia! —Jamás de los jamases pegaría a una mujer, pero Olivia estaba fuera de control y quizá esa amenaza la calmaría.

No fue así. Con la mandíbula apretada y los dientes a la vista, volvió a espetarle:

—¡Adelante, gilipollas! ¡Inténtalo!

Teniendo en cuenta que trabajaba rodeada de drama, Thad habría esperado más creatividad con las palabrotas y los insultos de una cantante de ópera. Probó una nueva técnica y suavizó el agarre un poquito, pero sin llegar a soltarla.

—Respira. Tan solo respira.

—¡Canalla!

Bueno, al menos iba ampliando su vocabulario. Se le había soltado el pelo y medio pecho sobresalía del vestido, justo a la altura del pezón. Thad apartó la mirada.

—Has bebido demasiado, querida, y necesitas respirar hondo.

Olivia dejó de agitarse, pero Thad no pensaba correr ningún riesgo. Se apartó un poco.

—Eso es. Sigue respirando. Estás bien. —«Como un cencerro, pero bien».

—¡Suéltame!

—Prométeme que no volverás a pegarme.

—¡Te lo merecías!

—Ese debate lo dejamos para otro día. —No le pareció que estuviera tan loca, así que se arriesgó y rodó del todo para salir de encima de ella, en alerta, eso sí, por si una rodilla se acercaba a sus ingles—. Pero no te abalances sobre mí, ¿vale?

Olivia se puso de pie no sin dificultad. Su pelo formaba una alocada maraña y su voz sonó rasposa al pronunciar una dramática amenaza:

—¡No vuelvas a hablarme en tu vida!

—No te preocupes.

Con paso tembloroso, cruzó la terraza hacia la puerta que conducía a su habitación. El cerrojo la bloqueó con fuerza tras de sí.

***

Olivia tiró de las cortinas que se cerraban sobre la puerta y se sintió extrañamente orgullosa de sí misma. «¡Gilipollas! ¡Gilipollas! ¡Gilipollas!». Jamás olvidaría el aspecto de su amiga Alyssa la noche que Thad Owens la atacó. Por fin la gran estrella del fútbol americano había recibido un poco de su propia medicina.

Se apoyó en la cómoda de la habitación para mantener el equilibrio y logró quitarse el vestido. Ella, Olivia Shore, había iniciado una nueva carrera como defensora de las mujeres. Esta noche, había impartido justicia y asestado un ligero golpe en toda la cara al desbarajuste que la rodeaba.

De la nada, su estómago se rebeló. Corrió hacia el cuarto de baño, se arrodilló junto a la taza del váter y vomitó la cena, así como la botella de vino que imprudentemente había consumido.

Acto seguido, se levantó sobre el suelo de azulejos. Le dolía el hombro en el lugar en que se lo había rascado. Se puso una toallita caliente sobre la piel; ahora ya no estaba tan orgullosa de sí misma. Estaba borracha, y se había comportado como una loca, y no debía actuar de esa manera. No cuando tenía otros tantos problemas. Y sobre todo no cuando había firmado un contrato que no podía rescindir y aún le quedaban cuatro semanas de gira con ese pedazo de canalla.

Se arrastró por la habitación, se quitó la ropa interior y al final localizó el pijama. Su rutina de antes de acostarse era muy pero que muy estricta. Por más tarde que fuera o por más cansada que estuviera, siempre la llevaba a cabo sin falta. Activaba los humidificadores. Se quitaba el maquillaje y, a continuación, se aplicaba gel de limpieza facial, loción tonificante, crema hidratante, contorno de ojos y su apreciado retinol. Se cepillaba los dientes, se pasaba el hilo y a veces utilizaba unas tiras blanqueadoras. Después, practicaba varias posturas de yoga que la ayudaban a relajarse. Esa noche, sin embargo, no hizo nada de eso. Con el rostro sucio, los dientes sucios, el espíritu sucio y la imagen del rostro petulante de Thad Owens cerniéndose sobre ella, se metió en la cama.

***

La mañana siguiente, Thad se levantó temprano para darle al pico con los locutores de la radio de deportes local. Por suerte para él, La Diva tenía otro compromiso, porque era la última persona a la que quería ver. Paisley, un poco perjudicada por lo que hubiera hecho la noche anterior, y que casi con toda certeza no incluía trabajar, lo acompañó. Para el desagrado de Henri, Paisley se presentó con un par de vaqueros deshilachados, un top con estampado animal y unos botines rojo intenso. No era precisamente la imagen de Marchand.

Se sentó al lado de Thad en el sofá de la sala de espera de la emisora de radio, aunque había otros dos asientos disponibles, y trasteó el móvil.

—¿Has echado un vistazo a las redes sociales de Marchand? O sea, qué cosa más básica. Como si no le importaran a nadie. Tienes que decirle a Henri que me deje encargarme de sus redes.

Le enseñó la pantalla del teléfono y Thad vio las fotos que le había tomado durante la cena de la noche anterior: su perfil recortado contra la luz de las velas, su mano sobre la solapa de la americana, su mandíbula, sus ojos. El Victory780 solamente salía en una de las instantáneas. No había ninguna de La Diva.

—Si quieres convencer a Henri de que utilice tus ideas —algo que dudaba seriamente de que fuera a suceder—, recuerda que en la gira hay dos embajadores de la marca. —«Uno de los cuales es una psicópata delirante».

—Tú eres más fotogénico.

—Ella es más famosa que yo. —Casi se atragantó al decirlo. Le devolvió el móvil a Paisley.

—Mi padre dice que es Henri el que quiere que Marchand entre en el siglo veintiuno, pero no lo parece. Ayer, antes de la cena, estuve mirando por internet y tal. Los viejos anuncios de relojes que hizo David Beckham son supersexis. ¿Tienes algún tatuaje?

—No me ha dado por ahí.

—Qué pena. —Metió el dedo con sumo cuidado en un agujero de sus vaqueros—. Mi padre no me cree capaz de hacer este trabajo, pero tengo un montón de ideas. Me fliparía tomarte algunas fotos en la ducha. Porque el Victory780 es resistente al agua y tal. Se me ocurre… Te podrías embadurnar de aceite para que el agua formase gotitas en tu piel. Sería una pasada.

—Ni de coña.

—Podrías salir en bañador y tal.

—Ni tú ni tu iPhone os vais a acercar a mi ducha, pero pregúntale a la señora Shore. Seguro que no le importa. Es probable que tenga algún tatuaje.

—Es que me da un poco de miedo. —Paisley lo observó titubeante.

—Me apuesto lo que quieras a que cuando la conoces bien es mansa como un gatito. —«De esos con uñas y dientes largos y afilados».

Se levantó en cuanto apareció el productor para acompañarlo hasta el estudio. De reojo vio que Paisley echaba una foto a lo que sin ninguna duda era su trasero.

No volvió a ver a La Diva hasta esa tarde, cuando estaba programado que regresaran al hotel para la sesión de fotos que acompañaría a los artículos de los periódicos.

Olivia sorbía un poco de té en la suite cuando él llegó, y en ese momento encontró algo fascinante que contemplar en el fondo de la taza. La Diva sabía cómo salir bien en una fotografía. Se había recogido el pelo y se había colocado un chal estampado sobre los hombros. El ajustado vestido largo de color blanco dejaba a la vista sus brazos tonificados y las impresionantes piernas que la noche anterior habían intentado castrarlo.

Henri llegó con los fotógrafos. Mientras disponían el set para la sesión, se interesó por las joyas de Olivia. Ella ignoró a Thad a propósito y le enseñó a Marchand un enorme brazalete de oro mate con piedras engarzadas.

—Es la réplica de una pulsera egipcia de una amiga mía. Y este es uno de mis anillos de veneno favoritos. —Desplazó la parte superior para mostrarle un compartimento no demasiado secreto—. Resulta muy sencillo llenarlo de veneno y verter el contenido en la bebida de tu enemigo. —Le lanzó una sonrisa de clara advertencia a Thad.

—O para suicidarte —le devolvió él.

Sintió una gran satisfacción al verla hacer una mueca.

El fotógrafo ya estaba listo para ellos. Henri colocó a Thad detrás de La Diva, y luego a su lado en el sofá de la suite. La mujer apoyó la barbilla en los dedos para mostrar el reloj. Él mantuvo la muñeca visible en todo momento.

Se había pasado muchísimo tiempo al otro lado de los flashes y estaba comodísimo delante de las cámaras, pero La Diva parecía nerviosa: se removía, cruzaba y descruzaba las piernas. Uno de los fotógrafos hizo un gesto hacia el sillón que se encontraba cerca de las ventanas.

—Probemos unas cuantas allí.

La Diva se sentó en el sillón y Thad ocupó el lugar detrás de ella.

Marchand se toqueteó el pañuelo del cuello, que hoy era de seda.

—Thaddeus, ¿me permites sugerirte que pongas la mano sobre su hombro?

Así se vería mucho mejor el Victory780, pero Thad jamás había sido más reacio a tocar a una mujer.

Olivia se crispó, un gesto tan sutil que los demás difícilmente se habrían dado cuenta. Él no sabía qué había hecho para que lo odiara tantísimo. Era un tío agradable, directo cuando debía serlo, pero diplomático por lo general. Casi todo el mundo solía caerle bien y no tenía por costumbre coleccionar enemigos. Respetaba a las mujeres y las trataba bien. El problema lo tenía ella, no él. Aun así, debía admitir que experimentaba una perversa curiosidad.

En cuanto los fotógrafos se marcharon, Henri les propuso quedar a las ocho para cenar en el restaurante del hotel de cuatro estrellas. Thad había quedado con antiguos compañeros de equipo, así que declinó la invitación. La Diva alegó estar agotada y dijo que ya pediría algo al servicio de habitaciones más tarde. Henri no hizo extensivo el ofrecimiento a Paisley.

Thad se excusó diciendo que quería cambiarse de ropa para entrenar, pero al llegar al gimnasio de la segunda planta del hotel, se dio cuenta de que había olvidado el móvil. Le gustaba escuchar música mientras caminaba en la cinta, por lo que regresó a buscarlo.

Las puertas francesas dobles de la sala de estar estaban abiertas, y Olivia se encontraba junto a la barandilla de la terraza. Thad dudó. «A la mierda». Estaba harto de las memeces de la cantante y por fin tenía la oportunidad de hablar con ella a solas.

Se encaminó hacia las puertas abiertas, pero no salió a la terraza.

—Estoy detrás de ti y te agradecería que esta vez no me atacaras.

Olivia se giró. Se había quitado el gigantesco chal y había cambiado los zapatos de tacón por unas manoletinas, pero aún se la veía bastante elegante con el vestido blanco. ¿No tenía un par de vaqueros o qué?

—¿Necesitas algo? —Se dirigió a él como si fuera un criado que acabara de interrumpirla.

Habló con tal condescendencia que a Thad empezaron a hormiguearle los dientes.

—Creía que a lo mejor querías decirme algo.

—No se me ocurre nada, la verdad.

—Algo en plan: «Siento en el alma haberme puesto como una loca ayer por la noche, y gracias, señor Owens, por no haberme pegado por tonta». Algo que me habría sido muy fácil hacer.

—No tengo nada que decirte. —La expresión de iceberg de ella habría hundido un centenar de barcos.

Era evidente que no debía perder el tiempo con ella, y podría haberse alejado en ese momento. Sin embargo, iban a pasar un mes juntos y Thad necesitaba aclarar las cosas.

—Me has ninguneado desde el principio, señorita. ¿Siempre tratas a la gente como si fueran una mierda o es que yo soy un caso especial? Me la pela lo que pienses de mí, que conste. Pero es que tengo curiosidad.

Las aletas de su nariz se agitaron como si fuera la heroína de una ópera a punto de ordenar una decapitación.

—Los hombres como tú… lo tenéis todo. Dinero. Atractivo. Un público que os adula sin parar. Pero todo eso no basta, ¿verdad?

—Esa es la diferencia entre tú y yo. —Ahora sí que echaba chispas—. Si yo tengo un problema con alguien, voy de frente. No me escondo detrás de comentarios mordaces.

Olivia respiró hondo y se llenó los pulmones de tal manera que lo habría impresionado de no haber estado tan enfadado.

—¿Quieres que vaya de frente? —saltó—. De acuerdo. ¿Te suena de algo el nombre de Alyssa Jackson?

—Te mentiría si te dijera que sí.

—Total, es una víctima más, ¿eh?

—¿Una víctima? —Era muy difícil lograr que perdiera los estribos, pero nadie lo había mirado jamás con tanto desprecio—. ¿De qué clase de víctima estás hablando?

Olivia se aferró a la barandilla con la mano en que llevaba uno de sus anillos de veneno.

—Alyssa y yo compartimos piso una temporada en el Bronx. Cuando tú eras el flamante nuevo quarterback de los Giants, el único que no duró dos temporadas enteras. Pero eras el donjuán de la ciudad y todas las mujeres te deseaban. Salvo unas pocas que no, como Alyssa. —Sus labios se curvaron con desdén—. Y ni siquiera te acuerdas de su nombre.

—¿Qué te parece si me refrescas la memoria? —Cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Qué se supone que le hice exactamente?

—No sé cuál es la definición legal de acoso sexual, pero lo que hiciste se le acerca bastante. Le rogué que fuera a la policía, pero se negó.

—Eso sí que me sorprende. —Thad apretó los dientes para reprimir la creciente furia.

—Podrías haber estado con cualquier mujer que quisieras, pero las conquistas fáciles no eran aquellas que se sentían atraídas por ti. No eran las que te hacían sentir un auténtico dios.

Thad era incapaz de seguir escuchando más barbaridades, así que se giró, aunque se detuvo al llegar hasta la puerta.

—No me conoces de nada, señorita, y no tienes ni puñetera idea de cómo soy. Y tampoco conoces a tu vieja amiga Alyssa tan bien como crees. Ya puedes seguir ninguneándome, porque no tenemos nada más que decirnos.

***

Thad bajó a toda prisa las escaleras de servicio en dirección a la segunda planta. Sus zapatillas de deporte golpeaban los peldaños con fuerza. Nunca había necesitado tanto ir al gimnasio.

—¡Thaddeus Walker Bowman Owens! —Tenía doce años, estaba con su madre en el coche y era un engreído. Iban hacia el entrenamiento de baloncesto cuando llamó «puta» a Mindy Garamagus.

Su madre, una mujer de carácter afable y cariñosa, estacionó el vehículo en el arcén de la carretera y lo golpeó. Una bofetada que le cruzó la cara. La primera y la única vez que lo pegó.

—¡Nunca vuelvas a decir eso de una mujer! ¿Cómo llega una chica a convertirse en una puta? Pregúntatelo. ¿Crees que lo hace ella solita? —Se le llenaron los ojos de lágrimas al verla mirarlo como si su hijo fuera un gusano repugnante—. Los únicos hombres que utilizan esa palabra para insultar a una mujer son los hombres débiles que se sienten impotentes. No juzgues lo que no conoces. ¡No tienes ni idea de quién es!

Su madre llevaba razón. Hasta él sabía que el único problema que había con Mindy Garamagus era que hacía que se sintiera como el chaval inmaduro de doce años que era.

Esa noche, recibió una lección parecida de su padre. Fue antes de que la palabra consentimiento entrara a formar parte del espíritu de la época, pero el mensaje fue alto y claro.

Aun sin las lecciones de sus padres, no se imaginaba aprovechándose de una mujer. ¿Cómo iba a ser divertido el sexo si uno de los dos implicados no tenía ganas?

Había vuelto a olvidarse el móvil, pero de ninguna de las maneras pensaba subir a por él.

***

Por más dinero que le hubieran ofrecido los de Marchand, Olivia jamás habría firmado el contrato de haber sabido que viajaría con Owens y no con Cooper Graham, como le habían dicho en un principio. Graham estaba casado, tenía hijos y contaba con una reputación intachable. Viajar con él habría sido una agradable distracción, algo que nunca había necesitado tanto como en ese momento de su vida.

El tenso dolor de cabeza que llevaba días al acecho había regresado. Se cambió el vestido blanco por unos pantalones negros de yoga y una camiseta blanca larga, se tumbó en la cama y cogió los auriculares con los que siempre viajaba. Al cabo de unos instantes, oyó la tranquilizadora música de «Peace Piece», de Bill Evans.

Intentó relajarse, pero ni siquiera las inspiradoras melodías del que había sido uno de los mejores pianistas de jazz de la historia lograban apaciguarla. Había algo en la forma impávida en que Owens la había mirado que la ponía nerviosa. Más que nerviosa. «No me conoces de nada, señorita, y no tienes ni puñetera idea de cómo soy». ¡Claro que sabía cómo era!

¿O no?

La incertidumbre la sobrepasaba. Apagó la música y fue a por el móvil. Alyssa respondió al segundo tono.

En el pasado, las dos fueron amigas muy íntimas, pero ahora que su antigua compañera de piso había sido madre, se habían distanciado, y hacía por lo menos un año que no hablaban.

—¡Ey, famosilla! —exclamó Alyssa—. Te he echado de menos. Hunter, ¡baja de ahí! Jesús… Este niño… En serio, Olivia, no tengas hijos. Solo este mes he tenido que ir dos veces a urgencias con él. No te imaginas la de cosas que un niño de tres años es capaz de meterse en la nariz.

A medida que Alyssa detallaba con precisión los objetos que Hunter se había introducido en la cavidad nasal, Olivia recordó cómo la hacía reír el sentido del humor irreverente de su amiga.

—¿Qué me cuentas? —le preguntó Alyssa—. ¿Dispuesta a enfrentarte a Tosca?

La voz de mezzosoprano de Olivia no era adecuada para ese papel, pero Alyssa nunca había tenido más que unos conocimientos muy básicos de ópera.

—Estoy en una gira de varias semanas —le dijo Olivia—. Me han contratado para promocionar los relojes Marchand.

—¡¿Los Marchand?! Dime que te van a regalar unos cuantos.

—Por desgracia, no. Además… —Agarró el móvil con más fuerza—. Somos dos los que viajamos juntos para promocionar la marca. Voy con Thad Owens.

—¿El jugador de fútbol americano? Qué locura.

—¿Locura? —Un témpano de hielo le recorrió la columna a Olivia.

—La soprano y el quarterback. Menuda combinación, ¿no? ¿Sigue estando bueno? Ese tío estaba tremendo.

Olivia se puso de pie con el estómago revuelto por el temor.

—Alyssa, te hablo de Thad Owens. El jugador de fútbol que intentó violarte.

—Dios, Olivia. —Alyssa se echó a reír—. Ya sabías que era mentira. ¿No te acuerdas? Te lo conté todo.

—¡No me contaste nada de eso! —protestó Olivia—. Me dijiste que te siguió hasta el dormitorio. Que te obligó. Volviste a casa llorando. Y te pasaste semanas enteras hablando de eso.

—Solo me puse a llorar porque Kent nos pilló, y solo hablaba de ello cuando él estaba cerca. No olvides lo desconfiado que era. Me cuesta creer que no te acuerdes. —Se apartó el móvil de la cara—. ¡Hunter, basta ya! ¡Dame eso! —Volvió al teléfono—. Veamos… Conocí a Thad en una fiesta justo cuando Kent y yo empezábamos a ir en serio. Kent se fue a la piscina o algo, y Thad y yo nos pusimos a charlar. Una cosa llevó a la otra y nos liamos. Y entonces Kent nos pilló y tuve que inventarme una excusa deprisa. Te lo conté.

—¡No me dijiste nada de eso! —A Olivia le iba a dar algo—. Intenté que fueras a la policía.

—Ah, sí… Ahora me acuerdo. Me daba miedo decirte la verdad por si ibas con el cuento a Kent. Siempre fuiste la más honrada de las dos. —De fondo se oía el fluir del agua—. Toma, Hunter. Bebe un vaso. —El agua se detuvo—. ¿Te puedes creer que me alejara de la posibilidad de mantener una relación con Thad Owens porque no quería que un idiota como Kent me dejara?

Olivia se sentó en el borde de la cama y hundió la mano en el colchón.

—La única idiota eres tú, Alyssa.

—¿Por qué te pones así? Nunca lo acusé de nada.

—Sí que lo acusaste. Conmigo.

—¿Le has dicho algo?

—Pues sí. Le he dicho demasiadas cosas.

—Mierda.

—Exacto, mierda. —En su precipitación para juzgar a Thad Owens y condenarlo, Olivia había olvidado que Alyssa era tan egocéntrica como manipuladora. Por eso precisamente nunca le cayó bien a Rachel. Olivia debería haberse fiado de la opinión de su mejor amiga. Se llevó una mano a la barriga—. Las acusaciones falsas tienen consecuencias, Alyssa. Justo por eso, las víctimas reales de violación tienen miedo de contarlo, porque no creen que nadie las vaya a creer.

—Cálmate, ¿quieres? No te pongas así.

—Lo que está mal está mal. —A Olivia le temblaba la voz—. Y mentir como me mentiste tú supone traicionar a todas las mujeres que han sido víctimas de abusos.