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He aquí una invitación para descubrir un pasado enterrado por milenios de mitos judeocristianos y su correspondiente orden social. Abundando en fascinantes detalles, Merlin Stone nos cuenta la historia de la Diosa que, bajo el nombre de Astarté, Isis o Ishtar, reinó en Oriente Medio y Próximo. Fue reverenciada como la sabia creadora y fuente del orden universal, y no como mero símbolo de la fertilidad. Bajo los auspicios de la Diosa, los roles sociales eran sustancialmente diferentes a los establecidos por las culturas patriarcales: las mujeres compraban y vendían propiedades, comerciaban y heredaban el apellido y la tierra de sus madres. Al documentar la reelaboración generalizada del mito y de los dogmas religiosos, Merlin Stone describe una antigua conspiración en la que la Diosa fue presentada como una figura licenciosa y depravada, una caracterización confirmada y perpetuada por una de las leyendas más conocidas de la cultura moderna: el mito de Adán y la pecadora Eva. Penetrante y sugerente, esta es una lectura esencial para quien se interese por el origen de los actuales roles de género y el redescubrimiento del poder de las mujeres.
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Seitenzahl: 485
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Merlin Stone
Cuando Dios era mujer
Exploración histórica del antiguo culto a la Gran Diosa y la supresión de los ritos de las mujeres
Prólogo a la edición en español de Ana Pániker
Traducción del inglés de Antonio Francisco Rodríguez
Título original: WHEN GOD WAS A WOMAN
© 1976 by Merlin Stone
© 2021 del prólogo a la edición en castellano: Ana Pániker
© de la edición en castellano:
2021 by Editorial Kairós, S.A.
www.editorialkairos.com
© de la traducción del inglés al castellano: Antonio Francisco Rodríguez
Revisión de Alicia Conde
Composición: Pablo Barrio
Diseño cubierta: Editorial Kairós
Primera edición en papel: Septiembre 2021
Primera edición en digital: Febrero 2022
ISBN papel: 978-84-9988-909-2
ISBN epub: 978-84-1121-012-6
ISBN kindle: 978-84-1121-013-3
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
Prólogo a la edición en español
Prefacio
Introducción
1. Relatos desde una perspectiva
2. ¿Quién era Ella?
3. La deificación de la mujer
4. Los invasores del norte
5. Uno de los suyos
6. Si el rey no lloraba
7. Las sagradas tradiciones sexuales
8. Ofrecieron incienso a la Reina del Cielo
9. Y los hombres de la ciudad la lapidaron
10. Descifrando el mito de Adán y Eva
11. Las hijas de Eva
Cuadros cronológicos
Bibliografía
Cubierta
Portada
Créditos
Sumario
Dedicatoria
Epígrafe
Cuando Dios era mujer
Bibliografía
Notas
A Jenny y Cynthia, con amor
El hombre disfruta de la gran ventaja de tener un Dios que respalde el código que escribe; y dado que el hombre ejerce una autoridad soberana sobre las mujeres, es especialmente afortunado porque esta autoridad le haya sido conferida por el Ser Supremo. Para judíos, mahometanos o cristianos, entre otros, el hombre es el amo por derecho divino; el temor de Dios, por tanto, reprimiría cualquier impulso rebelde por parte de las oprimidas mujeres.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo, 1949
En la declaración en la que se opone a la ordenación de las mujeres, el obispo C.L. Meyers dijo que el sacerdocio episcopaliano es una «concepción masculina».
«Un sacerdote es un “símbolo de Dios”, guste o no. En la imaginería del Antiguo y del Nuevo Testamento, Dios es representado como una figura masculina», afirmó en una intervención ante 760 delegados en la catedral de Grace, durante el encuentro de dos días y medio.
«Cristo es la figura del sacerdocio. La sexualidad de Cristo no es azarosa ni su masculinidad, accidental. Fue una decisión divina», dijo en su intervención.
San Francisco Chronicle, 25 de octubre de 1971
Al principio fue Isis: la más Antigua entre los Antiguos era la diosa de la que surgió todo. Era la Gran Dama, la Ama de las dos Tierras de Egipto, la Ama del Cobijo, la Ama del Cielo, la Ama de la Casa de la Vida, la Ama de la palabra de Dios. Era la Única. En toda su grandeza y sus maravillosas obras, ella era una maga más sabia y más excelente que cualquier otro dios.
Tebas, Egipto, siglo XIV a.C.
Tú, Diosa del Sol Arinna, eres una deidad honrada; tu nombre es superior a otros nombres; tu divinidad supera a la de otras divinidades; solo tú, entre todas las deidades, eres honrada; solo tú eres grande, oh, Diosa del Sol Arinna; comparada contigo, ninguna otra deidad es tan grande ni tan venerada…
Boghazköy, Turquía, siglo XV a.C.
A Aquella que decide, Diosa de todas las cosas, a la Dama del Cielo y de la Tierra, que recibe plegarias; a la que escucha los ruegos y alienta la oración; a la Diosa compasiva que ama la virtud; Ishtar, la Reina, que elimina toda confusión. A la Reina del Cielo, la Diosa del Universo, la que caminó en el temible Caos y trajo la vida por la Ley del Amor; del Caos nos trajiste la armonía, y desde el Caos nos has llevado de la mano.
Babilonia, siglos XVII o XVIII a.C.
Escuchad, oh, vosotras, regiones del mundo, la alabanza a la reina Nana; ensalzad a la Creadora; exaltad a la digna; exaltad a la gloriosa; acercaos a la Dama Todopoderosa.
Sumeria, siglo XIX a.C.
En un mundo en el que la novedad constituye una premisa sine qua non de la industria, incluida la editorial, quizá resulte extraño publicar un título de 1976. Una parte necesaria e interesante del trabajo de editor consiste en preservar determinados contenidos y rescatar autores del olvido injusto que obedece, únicamente, a la furia devoradora del sistema del mercado. Cuando Dios era mujer es un libro que vale la pena reconsiderar, no solo por su interés intrínseco, sino también porque el momento que estamos viviendo lo requiere.
En estos últimos años se ha producido un intenso movimiento social que algunos han calificado como la tercera –para muchos cuarta– ola feminista suscitada por fenómenos como el #MeToo y campañas como #YoSíTeCreo o #NoesNo. Estos movimientos han saltado a la palestra mundial con una efervescencia inusitada gracias a internet y sus redes sociales, soslayando el control de la información ejercida por las fuerzas de poder y que, podría aventurarse, funciona de una manera tradicionalmente asociada al trabajo femenino: la red. Es inevitable pensar en el mito de Aracné, la mujer a la que la diosa Atenea convirtió en araña, evocar la figura de Penélope junto a su telar o tantas otras imágenes que pueblan el imaginario femenino de hilanderas y tejedoras sentadas en corro compartiendo información. Es un buen momento, pues, para sumergirnos en las páginas de Cuando Dios era mujer, volver la mirada al pasado y recuperar parte de la memoria que fue arrebatada a las mujeres.
A Merlin Stone le llevó alrededor de diez años escribir el libro. En el momento de su publicación, no hacía más de siete que Kate Millet había expuesto sus estudios centrados en el control ejercido por la sociedad patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres, su sexualidad y su capacidad de reproducción. Conseguido el derecho a voto y a la propiedad, el discurso feminista ahondó en las raíces de la desigualdad hasta alcanzar los cimientos de nuestra civilización criticando a las sociedades patriarcales, entendiendo por estas aquellas en las que el hombre detenta el poder en todos los ámbitos por el simple hecho de haber nacido varón. Durante ese período, Gerda Lerner escribía sus primeros trabajos sobre la importancia de establecer la historia de las mujeres como campo de estudio reconocido. James Mellaart, director del Instituto Británico de Arqueología en Ankara, aportaba sus estudios sobre las sociedades protoneolíticas en las que el culto a la Diosa Madre era uno de los rasgos comunes definitorios. Siguiendo esa línea de investigación, Marija Gimbutas publicaba en 1974 su famoso Diosas y dioses de la vieja Europa, demostrando la existencia de una civilización en la que se adoraba a la Gran Diosa como principio creador femenino. También en este período, los trabajos de la noruega Liv Dommasnes establecían las bases para la arqueología de género. Durante los últimos cuarenta años, la investigación en estos campos ha avanzado mucho gracias a la innovación tecnológica, resultas de lo cual se han cuestionado algunas interpretaciones que parecían inamovibles. La arqueóloga Marylène Patou-Mathis sostiene que, gracias a los nuevos métodos de investigación, la imagen de la mujer durante el Paleolítico cobra otras cualidades que son las opuestas a las que nos habían explicado. El androcentrismo en arqueología ha hecho mucho daño, escribe, y han sido necesarios años de trabajo llevado a cabo por mujeres para proporcionarnos una lectura más fidedigna de la historia no escrita. La corriente actual de investigación, por tanto, no se ha desviado de la tesis esencial de Merlin Stone: la relevancia de la mujer en las sociedades antiguas reflejada en las distintas divinidades femeninas y su culto.
Cuando Dios era mujer nos ofrece una minuciosa y concienzuda descripción, no solo de las religiones surgidas alrededor de la Gran Diosa, sino también del paulatino proceso de destrucción y supresión del principio femenino como divinidad preponderante a causa de la poderosa emergencia de las sociedades patriarcales. Escrito con un gran rigor y abundancia de información, no incurre, sin embargo, en la árida recopilación de datos de una especialista o en la fórmula de una aburrida tesis académica. Merlin Stone es, ante todo, una mujer, una artista apasionada que necesita saber y no se contenta con las versiones oficiales. Es más, desconfía de ellas, puesto que la mayoría incurren en contradicciones u omiten ciertas cuestiones para no cambiar el discurso establecido hasta el momento. Es en esas lagunas y espejismos, precisamente, en las que la autora se detiene con la sagacidad y perspicacia de una detective. El libro presenta, con una vitalidad extraordinaria, interesantes reflexiones que cuestionan la corriente ortodoxa de la historia escrita por los hombres en provecho de los hombres.
Uno de los instrumentos más eficaces a la hora de controlar a los diferentes estamentos de la sociedad, especialmente al colectivo de las mujeres, lo constituye la religión como institución. Han sido extremadamente exitosas en esta labor las tres religiones llamadas del Libro: judaísmo, cristianismo e islam. Hay mucho en estas religiones que solo se entiende a la luz de un tozudo empeño por erradicar de la memoria y la historia humana el culto a las divinidades femeninas. Cuando el cristianismo llega a institucionalizarse como la religión del Imperio romano, y comienza su caza de brujas contra la cultura clásica, hace ya tiempo que el judaísmo y las propias religiones griega y romana habían ido socavando y mermando el poder y la fuerza de una religión anterior basada en el culto a divinidades femeninas, bien haciéndolas desaparecer, bien convirtiéndolas en consortes de dioses masculinos que las raptan, fuerzan, violan y engañan demostrando así un poder absoluto sobre ellas y, por extensión, sobre las mujeres. La historia de ese proceso es el reflejo del proceso de sometimiento del género femenino. Si en el Génesis la mujer, Eva, es la fuente de todo mal, en la mitología griega es Pandora la portadora de las calamidades que asolan al mundo. Merlin Stone desmenuza el largo trayecto recorrido por una diosa inicialmente poderosa, fuente de vida, creadora de las artes y de la civilización, que acaba desapareciendo y explica cómo, en este proceso, se ven arrastradas las mujeres.
Dios fue femenino durante cientos de años, probablemente miles, y el libro de Merlin Stone nos abre los ojos a esa nueva y antiquísima realidad. Con su lectura, la jerarquía de lo sagrado da un vuelco. Las mujeres fueron algo más que cuerpos productores de otros cuerpos. Algo más que pecadoras y tentadoras, algo más que viles y perversas criaturas, algo más que hechiceras y brujas, algo más que sumisas cuidadoras, algo más que pasivas y distantes damas a las que fecundar. Mucho más. Si bien las diosas de la fertilidad neolíticas constituyen un arquetipo de lo sagrado reconocido como tal por todos los estudiosos, existió otro tipo de diosas cuya veneración no estaba vinculada a un papel reproductor. Son las diosas «uránicas» o celestiales, diosas solares, diosas de la guerra, diosas de la escritura, de la caza, de la sanación, del cosmos. Merlin Stone las inhuma del sueño de los tiempos, limpia el polvo del olvido restableciéndolas en el lugar que ocuparon realmente.
Gracias a libros como este, las mujeres de hoy pueden recuperar y afinar su voz, una voz que tiene miles de años de antigüedad y que las interpretaciones de la historia, llevadas siempre a cabo por hombres, han obviado o reescrito de manera deliberadamente errónea o, como mínimo, negligentemente olvidadiza, para prolongar un discurso de supremacía. Cuando Dios era mujer nos relata, detalladamente, la manera taimada cómo se borró el rastro de todo antiguo poder femenino hasta conducirnos a la amnesia histórica. La ignorancia de nuestra historia se traduce en la ignorancia de la propia valía, haciendo que, muchas veces, las mujeres se sientan unas advenedizas en un mundo que, se supone, ha pertenecido exclusivamente a los hombres. El libro constituye, pues, una invitación a que las mujeres descubran quiénes son a través del conocimiento de su herencia del pasado como algo más que un fragmento enterrado de la cultura masculina. Brinda, en definitiva, la posibilidad de forjar una identidad más firme y robusta, permitiéndonos continuar la lucha contra el control ejercido por el sistema patriarcal.
La autora dice que su intención no es sugerir una vuelta o un revival de las antiguas religiones femeninas, lo que ella desea es cortar con los estereotipos femeninos que la sociedad patriarcal ha impuesto. No incurre jamás en la falseada lectura del pasado de ciertas tendencias feministas, en las que se idealiza o magnifica las culturas llamadas matriarcales. Tampoco dice que esas culturas existieran como tal ni que los cultos a la Diosa fueran un dechado de virtudes, incluso relata que alguno de ellos incluía el sacrificio humano. La Gran Diosa era dadora de vida, pero también tenía un rostro terrible. Como la madre naturaleza, ofrecía su faz amorosa o su faz destructiva. Ella era la Señora de la vida y de la muerte.
El siglo XXI es, entre otras cosas, el siglo de la conciencia ecológica, que nos obliga a replantear nuestra relación con el medio ambiente. El ecofeminismo, movimiento aparecido en la década de los noventa de la mano de activistas como Vandana Shiva, proclama que la violencia perpetrada contra el planeta Tierra corre pareja a la perpetrada contra las mujeres. Para evitar, o minimizar, las consecuencias destructivas que nuestras acciones han generado durante el período etiquetado por el Nobel de Química Paul Crutzen como Antropoceno, no basta con firmar acuerdos de reducción de emisión de gases. Hemos de cambiar nuestra manera de relacionarnos con el planeta, recuperar el antiguo sentimiento de respeto hacia la Naturaleza. Somos hijos de la tierra, surgimos de ella, la tierra nos crea, nos acoge, nos alimenta, como la Gran Diosa. ¿Por qué habríamos de maltratarla y sobreexplotarla como hemos venido haciendo?
El cuerpo de las mujeres, como reflejo de lo divino femenino, era antiguamente un territorio sagrado que no debía profanarse ni ultrajarse, debía ser tratado con consideración tal como se hacía con la tierra si se deseaba que diera frutos y proveyera de alimento a sus hijos, los humanos. Recuperar ese respeto por todo lo vivo, re-sacralizar el propio cuerpo en un momento en que las mujeres se han convertido en esclavas de unos estereotipos de belleza imposibles de alcanzar, por lo que los trastornos del comportamiento alimentario y la cirugía estética se han generalizado convirtiéndose en síntomas de que algo muy grave está pasando, es una tarea muy necesaria. Descubrir que este cuerpo fue algo sagrado durante miles de años, antes de ser considerado una mercancía, es uno de los muchos legados de este libro.
Por lo demás, resulta un placer inmenso transportarse en el tiempo a los inicios de nuestra civilización, donde todo se estaba gestando –en un vientre de mujer, por qué no– y constatar que existe una forma femenina de entender y organizar el mundo que hombres y mujeres debemos defender hombro con hombro. Disfruten con su lectura.
ANA PÁNIKER
Barcelona, abril de 2021
¿Cómo sucedió en realidad? ¿Cómo en un principio los hombres se hicieron con el control que ahora les permite regular el mundo en aspectos tan inmensamente diversos como decidir qué guerras hay que combatir y cuándo emprenderlas o la hora a la que hay que servir la cena?
Este libro es el resultado de mis reacciones a estas y otras preguntas similares que muchas personas, preocupadas por el estatus de la mujer en nuestra sociedad, nos hemos ido planteando. En respuesta a nuestras dudas, ha surgido otra pregunta. ¿Qué otra cosa podríamos esperar en una sociedad que durante siglos ha enseñado a sus hijos, niños y niñas, que una deidad MASCULINA creó el universo y todo cuanto contiene, hizo al HOMBRE a su imagen divina y, más tarde, como complemento, creó a la mujer para que ayudara sumisamente al hombre en sus hazañas? La imagen de Eva, creada por su esposo, a partir del cuerpo de su esposo, la mujer que supuestamente precipitaría la decadencia de la humanidad, ha llegado a ser, en muchos sentidos, la imagen de todas las mujeres. ¿Cómo llegó a fraguarse una idea semejante?
Pocos de los que viven en sociedades cristianas, judías o seguidoras del islam desconocen el relato de Eva, que se deja seducir por la palabra de la serpiente en el Jardín del Edén, come del fruto prohibido y somete a Adán a la misma tentación. Generalmente, durante los años más impresionables de la infancia, se nos enseña que el acto de comer la deliciosa manzana del árbol del conocimiento del bien y del mal provocó la pérdida del Paraíso, la expulsión de Adán y Eva, y por lo tanto de toda la humanidad, de este primer hogar de dicha y bendición. También se nos da a entender que, como resultado de ello, Dios decretó que la mujer debía someterse al dominio del hombre –que entonces fue divinamente investido con el derecho a sojuzgarla– a partir de ese momento y hasta el día de hoy.
La expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén no es exactamente una noticia de última hora, pero pocos acontecimientos contemporáneos han afectado más directamente a las mujeres del presente. En su lucha por conquistar un estatus equitativo para las mujeres, en una sociedad todavía impregnada de los valores y principios morales de las creencias judeocristianas (que han penetrado profundamente incluso en los aspectos más seculares de nuestra civilización contemporánea), pronto descubrimos que un examen minucioso de esta leyenda de la creación, junto a sus orígenes históricos, nos aporta una información vital. Nos permite comprender el papel que las religiones contemporáneas han desempeñado en la opresión inicial y constante y en el sometimiento de las mujeres, y las razones que lo explican.
En el periodo prehistórico y en los albores de la historia han existido religiones en las que se reverenciaba al creador supremo concibiéndolo como femenino. La Gran Diosa –la Ancestra Divina– ha sido adorada desde el inicio del Neolítico, en torno a 7000 a.C., hasta la clausura de los últimos templos a la Diosa, en el 500 d.C. Algunas autoridades remontan el culto a la Diosa a un periodo tan lejano como el Paleolítico Superior, en torno a 25000 a.C. Sin embargo, los acontecimientos de la Biblia, que, tal como se nos ha inducido a pensar, ocurren «al inicio del tiempo», en realidad sucedieron en el periodo histórico. Abraham, el primer profeta del dios hebreo-cristiano Yahvé, más popularmente conocido como Jehová, no vivió antes de 1800 a.C., y posiblemente en una fecha tan tardía como el año 1500 a.C., según la mayoría de los estudiosos de la Biblia.
Más significativo es el descubrimiento de que ambas religiones existieron simultáneamente durante miles de años, entre poblaciones muy próximas entre sí. La evidencia arqueológica, mitológica e histórica revela que la religión femenina, lejos de extinguirse naturalmente, fue víctima de siglos de persecución y represión constante por parte de los defensores de las nuevas religiones, que entronizaban a deidades masculinas como principio supremo. El mito de creación de Adán y Eva y el relato de la pérdida del Paraíso proviene de estas nuevas religiones.
¿Cómo era la existencia para las mujeres que vivían en una sociedad que veneraba a una Creadora sabia y valerosa? ¿Por qué los miembros de las religiones masculinas posteriores lucharon tan agresivamente para suprimir aquellos cultos tempranos, eliminando incluso su recuerdo? ¿Qué significa realmente la leyenda de Adán y Eva, y cuándo y por qué se escribió? Las respuestas que he descubierto constituyen el contenido de este libro. Cuando Dios era una mujer, la historia de la erradicación de los ritos de las mujeres, ha sido escrito para explicar los acontecimientos históricos y las actitudes políticas que desembocaron en la escritura del mito judeocristiano de la Caída, la pérdida del Paraíso y, lo más significativo, por qué la culpa de esa pérdida se atribuyó a Eva y desde entonces ha supuesto un pesado lastre para todas las mujeres.
Aunque a muchos de nosotros la religión nos parece hoy una arcaica reliquia del pasado (especialmente, los escritos del Antiguo Testamento, que nos hablan de épocas muchos siglos anteriores al nacimiento de Cristo), para muchos de nuestros padres, abuelos o bisabuelos, estas escrituras se consideraban un evangelio sagrado, la palabra divina. Por otra parte, sus creencias religiosas, y el consiguiente comportamiento y los patrones sociales, han dejado su huella en nosotros en muchos sentidos. En realidad, el pasado antiguo no está tan lejos como imaginamos o preferimos imaginar.
De hecho, si queremos comprender plenamente cómo y por qué el hombre logró aparecer como aquel que realiza las mayores y más destacadas hazañas mientras la mujer queda relegada al papel de paciente comparsa, y en consecuencia se estableció que este era el estado natural de las relaciones hombre-mujer, debemos viajar a estas remotas épocas de la historia humana. Hemos de explorar los antiguos orígenes de las civilizaciones humanas y los albores de los patrones religiosos. Y esto, como veremos, no es tarea fácil.
Es sorprendente descubrir lo poco que se ha escrito sobre las deidades femeninas adoradas en las épocas más antiguas de la existencia humana y luego afrontar el hecho de que incluso el material existente ha sido en su mayor parte ignorado en la literatura popular y en la educación general. La mayor parte de la información y de los artefactos relacionados con la vasta religión femenina que floreció milenios antes del advenimiento del judaísmo, el cristianismo y la edad clásica de Grecia, han sido desenterrados solo para volver a ser inhumados en oscuros textos arqueológicos, archivados con meticulosidad en las pilas exclusivamente protegidas de las bibliotecas de museos y universidades. Muy pocos eran accesibles con un título universitario o la prueba de estar vinculado a la universidad.
Hace muchos años inicié una búsqueda. Me llevó a recorrer medio mundo: de San Francisco a Beirut. Quería saber más acerca de la antigua religión de la Diosa. En el camino estaban las bibliotecas, museos, universidades y las excavaciones en Estados Unidos, Europa y Oriente Próximo. En mi itinerario recopilé información de una enorme variedad de fuentes, guardando, con paciencia, cada pequeña frase, oración o fragmento de leyenda a partir de una miríada de información diversa.
Mientras reunía este material sobre las primeras deidades femeninas, descubrí que muchas leyendas antiguas se han utilizado como dramas rituales. Se representaban en ceremonias religiosas de festivales sagrados, que coincidían con otras actividades rituales. Estatuas, murales, inscripciones, tablillas de arcilla y papiros que registraban eventos, leyendas y oraciones revelaban la forma y actitudes de la religión y la naturaleza de la deidad. A menudo hallaba comentarios en la literatura de un país acerca de la religión o las divinidades de otros. Más interesante fue el descubrimiento de que los mitos que explicaban los orígenes de cada cultura no siempre eran los más antiguos. Era habitual que nuevas versiones suplantaran y desplazaran a las anteriores, mientras declaraban solemnemente que «así eran las cosas al inicio del tiempo».
El profesor Edward Chiera, de la Universidad de Chicago, a propósito del mito babilonio de la creación del cielo y de la tierra por parte del dios Marduk, escribió que «Marduk, el nuevo dios de esta nueva ciudad, ciertamente no tenía derecho a apropiarse de la gloria de esta notable hazaña […]. Sin embargo, en la época de Hammurabi, Babilonia era el centro del reino […]. Marduk, respaldado por los ejércitos de Hammurabi, podía proclamarse como el dios más importante en aquella tierra». El profesor Chiera también explicó que, en Asiria, donde el dios Ashur llegó a convertirse en la deidad suprema, «los sacerdotes asirios lo encumbraron copiando las antiguas tablillas babilónicas y sustituyendo el nombre de Marduk por el de su propio dios. El trabajo no era muy minucioso y en algunos lugares aún puede leerse el nombre de Marduk».
Entre las dificultades que encontré a la hora de reunir materiales, no puedo evitar pensar en las antiguas escrituras y en la estatuaria que debieron de haber sido intencionadamente destruidas. Los relatos acerca de las actitudes hostiles del judaísmo, el cristianismo y el mahometismo (islam) hacia los artefactos sagrados de las religiones que los precedieron revelaban que había ocurrido así, especialmente en el caso de la Diosa a la que se rendía culto en Canaán (Palestina). Las masacres sangrientas, la demolición de estatuas (por ejemplo, ídolos paganos) y santuarios aparecen en las páginas de la Biblia, siguiendo esta orden de Yahvé: «Debéis destruir completamente todos los lugares en los que las naciones a las que habéis desposeído servían a sus dioses, en altas montañas, en colinas, bajo árboles frondosos; debéis derruir sus altares, demoler sus pilares, derribar sus postes sagrados, prender fuego a las imágenes talladas de sus dioses y borrar sus nombres de aquellos lugares» (Dt 12: 2-3). Hay pocas dudas de que los constantes ataques, que recoge el Antiguo Testamento, destruyeron información valiosa e irrecuperable.
En periodos posteriores, los cristianos fueron conocidos en el mundo entero por su destrucción de los iconos y la literatura sagrada perteneciente a los supuestos «paganos» o «infieles». El profesor George Mylonas escribió que, durante el reinado del emperador cristiano Teodosio, «los cristianos, especialmente en las grandes ciudades, como Antioquía y Alejandría, se convirtieron en los perseguidores, y los paganos en los perseguidos; templos e ídolos fueron consumidos por el fuego, y se maltrató a los devotos». A medida que el culto de las antiguas deidades era erradicado y sus templos destruidos, clausurados o convertidos en iglesias cristianas, como ocurría a menudo, las estatuas y los registros históricos eran aniquilados por los padres misioneros de la cristiandad.
Aunque la destrucción fue grande, no fue total. Afortunadamente, muchos objetos fueron pasados por alto, vestigios que hoy nos relatan su propia versión de la naturaleza de aquellos temidos rituales y creencias «paganas». La gran cantidad de estatuillas de la Diosa desenterradas en excavaciones neolíticas y de los tempranos periodos históricos en Oriente Próximo y Oriente Medio sugieren que los evidentes atributos femeninos de casi todas estas estatuas eran lo que irritaba a los defensores de la deidad masculina. La mayoría de los «ídolos paganos» tenían pechos.
Los autores de la Biblia judeocristiana, tal como la conocemos, parecen haber encubierto premeditadamente la identidad sexual de la deidad femenina considerada sagrada por los vecinos de los hebreos en Canaán, Babilonia y Egipto. El Antiguo Testamento ni siquiera tiene una palabra para «Diosa». En la Biblia, la Diosa recibe el nombre de Elohim, en el género masculino, que se traduce como dios. Sin embargo, el Corán de los mahometanos es muy elocuente. En él leemos «Alá no tolerará la idolatría […] los paganos rinden culto a mujeres».
Como buena parte de la información fue recogida en bibliotecas de museos y universidades, otro problema que encontré fue el sesgo sexual y religioso de muchos de los eruditos e investigadores de los siglos XIX y XX. La mayor parte de la información disponible en arqueología y en historia religiosa antigua fue recopilada y analizada por hombres. El abrumador predominio de investigadores hombres, y el hecho de que casi todos los arqueólogos, historiadores y teólogos de ambos sexos se hayan educado en sociedades que abrazan las religiones patriarcales del judaísmo y cristianismo, parece influir decisivamente en lo que se incluye y promociona y en lo que se considera menor y apenas digno de ser mencionado. El profesor R.K. Harrison escribió, a propósito de la religión de la Diosa: «Uno de sus aspectos más notables era el carácter obsceno, depravado, orgiástico de los rituales del culto». Pese al descubrimiento de templos a la Diosa en casi todas las excavaciones neolíticas e históricas, Werner Keller señala que la deidad femenina era fundamentalmente adorada en «colinas y montículos», limitándose a repetir las palabras del Antiguo Testamento. El profesor W.F. Albright, una de las principales autoridades en la arqueología de Palestina, describió la religión femenina como «un culto orgiástico a la naturaleza, la desnudez sensual y una mitología tosca». Siguió diciendo que «fue sustituida por la simplicidad pastoral y la pureza de la vida de Israel, su excelso monoteísmo y su severo código ético». Es difícil comprender cómo estas palabras encuentran una justificación académica después de leer acerca de las masacres perpetradas por los hebreos en los habitantes oriundos de Canaán, tal como se recoge en el Libro de Josué, especialmente entre los capítulos nueve al once. En su recopilación de artículos Myth, Ritual and Kingship, el profesor S.H. Hooke admite abiertamente: «Creo firmemente que Dios eligió a Israel como vehículo para revelación».
El propio Albright escribió: «Con frecuencia se ha dicho que la calidad científica de la arqueología palestina se ha visto seriamente perjudicada por las preconcepciones religiosas de los investigadores que han excavado en Tierra Santa. Ciertamente, algunos arqueólogos llegaron a Palestina impulsados por su interés en la Biblia, y algunos de ellos recibieron una formación como investigadores bíblicos». Sin embargo, a continuación procedió a rechazar la posibilidad de esta disfunción, basando su conclusión en el hecho de que las fechas atribuidas a los enclaves y artefactos de la antigua Palestina, por parte de los investigadores que participaron en las primeras excavaciones, más tarde se demostró que eran demasiado recientes, y no muy antiguas, como tal vez era de esperar. La cuestión de si las actitudes y creencias implícitas en las sugeridas «preconcepciones religiosas» tal vez influyeran sutilmente en los análisis y descripciones del simbolismo, los rituales y la naturaleza general de la antigua religión ni siquiera se planteó como objeto de debate.
En la mayoría de textos sobre arqueología, la religión femenina aparece como un «culto a la fertilidad», lo que acaso revela las actitudes hacia la sexualidad avaladas por las diversas religiones contemporáneas que han podido llegar a influir en los autores. Sin embargo, la evidencia arqueológica y mitológica de la veneración de la deidad femenina como creadora y legisladora del universo, profeta, guardiana de los destinos humanos, inventora, curandera, cazadora y aguerrida líder en la batalla sugiere que la expresión «culto a la fertilidad» es una burda simplificación de una compleja estructura teológica.
Al prestar atención a la semántica, a los sutiles matices lingüísticos y a las sombras de sentido, advertí que la palabra «culto», que tiene las connotaciones implícitas de algo menos refinado o civilizado que «religión», casi siempre se aplicaba a la veneración de las deidades femeninas, no por parte de ministros de la Iglesia, sino por arqueólogos e historiadores supuestamente objetivos. Estos historiadores siempre describían, respetuosamente, como «religión» los rituales asociados con el Yahvé (Jehová) judeocristiano. Después de comprobar que las palabras «Dios» e incluso «Él» empezaban por letra mayúscula, mientras que «la reina del cielo», la «diosa» y «ella» solían escribirse en minúscula, decidí intentarlo al revés, observando cómo estos cambios aparentemente menores influían sutilmente en el significado y en el impacto emocional.
En las descripciones de ciudades y templos largo tiempo sepultados, los autores académicos describían a la Diosa sexualmente activa como «indecente», «intolerablemente agresiva» o «vergonzosamente desprovista de moral», mientras las deidades masculinas que violaban o seducían a ninfas o a mujeres legendarias eran descritas como «traviesas» o incluso como admirablemente «viriles». La explícita naturaleza sexual de la Diosa, unida a su divinidad sagrada, confundió tanto a un investigador que llegó a definirla como la Virgen Ramera. Las mujeres que seguían las antiguas tradiciones sexuales de la fe en la Diosa, conocidas en su lengua como mujeres santas o sagradas, recibían el reiterado apelativo de «prostitutas rituales». La elección de estas palabras vuelve a revelar una ética etnocéntrica, basada probablemente en actitudes bíblicas. Sin embargo, el uso del término «prostituta» como traducción para referirse a las mujeres que en realidad eran conocidas como qadesh, es decir, sagradas, sugiere una falta de comprensión de la propia estructura teológica y social que los autores intentaban describir y explicar.
Las descripciones de la deidad femenina como creadora del universo, inventora o sustentadora de la cultura apenas merecían una o dos líneas, si es que se mencionaba; los investigadores decidían que estos aspectos de la divinidad femenina no merecían ser discutidos. Y a pesar de que el título de la Diosa en la mayoría de los documentos históricos de Oriente Próximo era la Reina del Cielo, algunos autores han insistido en referirse a Ella solo como la eterna «Madre Tierra».
En la descripción de la divinidad femenina, reverenciada como guerrera o cazadora, valerosa soldado o arquera diestra, a veces se han señalado sus atributos «extrañamente masculinos», lo que implica que Su fuerza y valor la convierten en una freak, en una anormalidad fisiológica. J. Maringer, profesor de arqueología prehistórica, rechazó la idea de que los cráneos de renos fueran trofeos de caza de una tribu paleolítica. ¿La razón? Fueron descubiertos en la tumba de una mujer. Escribe: «El esqueleto era de mujer, circunstancia que parece descartar la posibilidad de que los cráneos y cuernos de reno sean trofeos de caza». ¿Acaso estos autores juzgaban la naturaleza física innata de las mujeres a través de los frágiles y esbeltos ideales de las modas occidentales contemporáneas?
Las sacerdotisas de la Diosa, que ofrecían guía y consejo en Sus santuarios de sabiduría profética, se describen como adecuadas para este puesto porque, en tanto mujeres, eran más «intuitivas» o «emocionales», y por lo tanto médiums ideales para la revelación divina. Normalmente estos mismos autores ignoran la importancia política del consejo ofrecido o la posibilidad de que estas mujeres fueran respectadas como sabias y conocedoras, capaces de ocupar una posición vital y como asesoras. Curiosamente, las cualidades emocionales o las capacidades intuitivas nunca se mencionan en relación con los profetas hombres de Yahvé. Gerhard Von Rad comentó: «[…] siempre han sido las mujeres quienes han demostrado una inclinación a oscuros cultos astrológicos».
La palabra «dioses», preferentemente a «deidades», era la opción principal de los escribas contemporáneos de la antigua religión al referirse a deidades tanto masculinas como femeninas. Las traducciones conflictivas, incluso algo tan simple como «Él barrió de los campos a las mujeres que reunían leña», de Driver, a «De acá para allá, en los campos, las mujeres cortaban madera», de Gray, plantean cuestiones relativas a la precisión del uso de ciertas palabras en las traducciones. Ciertamente, a menudo las lenguas antiguas son difíciles de descifrar y traducir en palabras y términos contemporáneos. En algunos casos surgen conjeturas bien fundadas, lo que resulta provisionalmente útil, pero también es probable que afloren actitudes preconcebidas.
Por desgracia, ejemplos de traducciones inexactas, comentarios sesgados, hipótesis y especulaciones se mezclan inocentemente con las explicaciones de las actitudes y creencias de los tiempos antiguos. El sesgo masculino, junto a actitudes religiosas preconcebidas, que aparecen en cuestiones relevantes y menores, plantea algunas preguntas muy acuciantes y pertinentes en relación con la objetividad del análisis del material arqueológico e histórico disponible en la actualidad. Sugiere que las teorías y conclusiones aceptadas durante mucho tiempo deben ser reexaminadas, reevaluadas y, allí donde la evidencia actual así lo requiera, revisadas.
En 1961, el profesor Walter Emery, que participó en las excavaciones de algunas de las primeras tumbas egipcias, describió una serie de errores. Afirma que «la posición cronológica y el estatus de Meryet-Nin es incierto, pero hay razones para suponer que podría ser la sucesora de Zer y la tercera soberana de la primera dinastía». Al comentar la excavación de esta tumba realizada por sir Flinders Petrie en 1900, observa: «En aquella época se creía que Meryet-Nin era un rey, pero la investigación posterior ha demostrado que el nombre es de mujer y, a juzgar por la riqueza de la sepultura, que se trataba de una reina». Y añade: «En 1896, De Morgan, entonces director del Servicio de Antigüedades, descubrió en Nagadeh una gigantesca tumba que, en función de los objetos que contenía, se identificó como el enterramiento de Hor-Aha, primer rey de la primera dinastía. Sin embargo, la investigación ulterior ha demostrado que este sepulcro corresponde a Nit-Hotep, madre de Hor-Aha». Y nos explica que «en el cetro de Narmer aparece una figura sentada en un palanquín con dosel que se creía era un hombre, pero la comparación con figuras similares en una placa de madera de Sakkara demuestran que esto es improbable y que casi con toda seguridad representa a una mujer». Sin embargo, pese a su propia enumeración de la serie de supuestos según los cuales las tumbas más ricas y los palanquines regios del pasado estaban destinados a hombres y no a mujeres, al describir la tumba del rey Narmer, dice lo siguiente: «Este monumento es casi insignificante en comparación con la tumba de Nit-Hotep en Nagadeh, y solo podemos concluir que se trata de la tumba sur del rey y que su verdadera sepultura aún espera a ser descubierta…» (la cursiva es mía). Aunque algunos faraones construían dos tumbas, esperamos un «posiblemente» o un «probablemente» en lugar de una conclusión tan rotunda y el desdén implícito a la posibilidad de que, en aquel periodo del antiguo Egipto dinástico, la tumba de una reina fuera más grande y tuviera una decoración más lujosa que la de un rey.
En Palestine Before the Hebrews, E. Anati describió a un grupo de asiáticos que llegaron a Egipto. En su descripción, explica que llegaron los hombres y trajeron consigo sus bienes y sus asnos, sus esposas y sus hijos, sus herramientas, armas e instrumentos musicales, en ese orden. La forma en que Anati describe las más tempranas manifestaciones de la Diosa no es menos patriarcal. Escribe: «Estos hombres del Paleolítico Superior también crearon una figura femenina que aparentemente representaba a una diosa o entidad de la fertilidad […], las implicaciones psicológicas de la diosa madre son, por tanto, de una importancia tremenda […]. Es innegable que aquí tenemos la imagen de un hombre pensante, un hombre que ha alcanzado notables logros intelectuales y materiales» (la cursiva es mía). ¿Es posible que las ancestras de las mujeres enumeradas junto a los asnos y otros bienes fueran mujeres pensantes, mujeres que habían alcanzado relevantes hazañas intelectuales y materiales?
La doctora Margaret Murray, de la Universidad de Londres, al escribir sobre el antiguo Egipto en 1949, sugirió que la serie de acontecimientos que rodean las relaciones «románticas» de Cleopatra, que ostentaba el derecho legítimo al trono de Egipto, fueron malinterpretados como resultado del sesgo masculino. Lo explica así: «Los historiadores clásicos, imbuidos de una tradición de monogamia y linaje patrilineal, además de considerar a las mujeres como propiedad de los hombres, no entendieron la situación y la malinterpretaron ante el mundo».
Estos son solo algunos ejemplos de sesgo sexual y religioso con los que me he tropezado. Como escribe Cyrus Gordon, profesor de estudios de Oriente Próximo y ex jefe de departamento de la Universidad Brandeis en Massachusetts, «en el proceso de aprendizaje no solo absorbemos el objeto de estudio, sino también actitudes. Es más, las actitudes tienden a determinar lo que vemos, y lo que no llegamos a ver, en la materia objeto de estudio. Por eso la actitud es tan importante como el objeto de estudio en el proceso educativo». Se nos vienen a la mente muchas preguntas. ¿Hasta qué punto muchos de los investigadores que han escrito los textos disponibles en la actualidad han estado influidos por las religiones contemporáneas? ¿Cuántos expertos han asumido simplemente que los hombres siempre han desempeñado el rol dominante en el liderazgo y la invención creativa y han proyectado este supuesto en su análisis de las culturas antiguas? ¿Por qué tantas personas educadas en este siglo piensan en la Grecia clásica como en la primera cultura destacada, cuando el lenguaje escrito ya era utilizado y se habían erigido grandes ciudades al menos veinticinco siglos antes? Y, tal vez lo más importante, ¿por qué se infiere constantemente que la era de las religiones «paganas», la edad del culto a las deidades femeninas (si acaso se las menciona), era oscura y caótica, misteriosa y perversa, sin la luz del orden y la razón que supuestamente acompaña a las religiones masculinas posteriores, cuando arqueológicamente ha quedado confirmado que las primeras leyes, gobiernos, medicina, agricultura, arquitectura, metalurgia, vehículos rodados, cerámicas, textiles y lenguaje escrito se desarrollaron inicialmente en sociedades que adoraban a la Diosa? Podemos preguntarnos por las razones de la falta de información fácilmente accesible sobre sociedades que, durante miles de años, reverenciaron a la antigua Creadora del Universo.
A pesar de los muchos obstáculos, busqué y reuní la información existente y empecé a cotejar y correlacionar mis hallazgos. Al emprender este proceso, la importancia, longevidad y complejidad de esta religión pasada empezó a tomar forma ante mí. A menudo era solo la mención de la Diosa, parte de una leyenda, una oscura referencia, emboscada en cuatrocientas o quinientas páginas de erudición académica. Un desolado templo en Creta o una estatua en el museo de Estambul, con escasa o nula información añadida, empezó a ocupar su lugar en la imagen general.
Al reunir concienzudamente esta información, acabé por aprehender la realidad en su conjunto. Era algo más que la inscripción de una antigua oración, más que una reliquia artística descansando en un museo, detrás de un vitrina, más que un campo de maleza con columnas rotas diseminadas o las piedras o cimientos que habían sostenido un antiguo templo. Al unirlas, las piezas de este rompecabezas revelaron la estructura general de una religión fundamental, geográficamente vasta y que influyó en la vida de multitud de personas durante miles de años. Como ocurre con las religiones actuales, estaba plenamente integrada en los patrones y leyes de la sociedad; probablemente, la ética y las actitudes asociadas a estas creencias teológicas arraigaron profundamente incluso en las mentes más agnósticas o ateas.
No estoy sugiriendo un regreso o renacimiento de la antigua religión femenina. Como escribe Sheila Collins, «como mujeres, nuestra esperanza de realización está en el presente y en el futuro, no en una suerte de dorado pasado mítico». Sin embargo, tengo la esperanza de que una conciencia contemporánea de la veneración, antaño universal, de la deidad femenina en tanto sabia Creadora del Universo y de toda vida y civilización pueda ser utilizada para atajar las diversas, opresivas y falsamente fundadas imágenes, estereotipos, tradiciones y leyes patriarcales que fueron creadas como reacción directa al culto a la Diosa por parte de los líderes de las religiones falocéntricas posteriores. Como explicaré, las invenciones ideológicas de los defensores de las deidades masculinas, impuestas al antiguo culto con la intención de destruirlo tanto a él como a sus tradiciones, siguen vigentes incluso entre la población no religiosa en la actualidad, a través de la subsiguiente absorción por parte de la educación, la ley, la literatura, la economía, la filosofía, la psicología, los medios de comunicación y las actitudes sociales.
Este libro no pretende ser arqueológico o histórico. Es una invitación a que todas las mujeres se unan en el afán de descubrir quiénes somos en realidad, empezando por comprender nuestra herencia del pasado como algo más que un fragmento enterrado y erosionado de la cultura masculina. Debemos eliminar el misticismo exclusivo del estudio de la arqueología y la religión antigua, para explorar el pasado en nuestro propio beneficio, en lugar de seguir dependiendo de los intereses, interpretaciones, traducciones, opiniones y pronunciamientos que se han generado hasta hoy. Al compilar la información, estaremos en una mejor posición para comprender y explicar los supuestos erróneos en los estereotipos inicialmente creados para que las mujeres los aceptaran y siguieran a partir de las proclamas de las religiones patriarcales, según las cuales, y en función de la palabra divina, un rasgo específico era normal y natural y cualquiera desviación, impropia, poco femenina o incluso pecaminosa. Como mujeres, solo podremos concebirnos a nosotras mismas como seres humanos maduros e independientes si comprendemos los principios de las teologías judeocristianas a la luz de sus orígenes políticos, y la posterior absorción de esos principios en la vida secular. Gracias a esta comprensión, podremos considerarnos a nosotras mismas no como subordinadas permanentes, sino como personas activas; no como ayudantes decorativas y cómodas de los hombres, sino como individuos responsables y competentes de pleno derecho. La imagen de Eva no es nuestra imagen de la mujer.
También es una invitación a todos los hombres, tanto a aquellos que han cuestionado previamente las razones del papel y de las imágenes de mujeres y hombres en la sociedad contemporánea como a aquellos que nunca antes han pensado en esta cuestión. Es una invitación que extiendo con la esperanza de que, al ser conscientes de los orígenes históricos y políticos de la Biblia, y del papel desempeñado durante siglos por las teologías judeocristianas en la formulación de las actitudes hacia las mujeres y los hombres del presente, tenga lugar una mayor comprensión, cooperación y respeto mutuo entre mujeres y hombres de la que hasta ahora ha sido posible. Para los hombres interesados en este objetivo, explorar el pasado ofrece una comprensión más profunda y realista de los estereotipos sexuales del presente, situándolos en la perspectiva de su evolución histórica.
Como ocurre con toda obra o estudio de cierta amplitud, son muchas las personas que me han ayudado generosamente en el camino y a quienes debo agradecimiento. En primer lugar, quiero dar las gracias a mi madre, a mi hermana y a mis dos hijas por el coraje emocional que me han brindado en todos estos años de investigación. También quiero expresar mi aprecio por Carmen Callil y Ursula Owen de Virago Limited, la sección feminista de Quartet Books Limited en Londres, por el tiempo, el esfuerzo y el esmero personal que pusieron en la edición y publicación original del libro en Inglaterra; y a Joyce Engelson, Debra Manette, Donna Schrader, Anne Knauerhase y al resto del personal en The Dial Press, por su contribución generosa a la presente edición. A continuación, están los directores y el personal de los museos, los bibliotecarios de universidades y museos, los arqueólogos y trabajadores en las excavaciones: son tantos que dudo a la hora de mencionar sus nombres por temor a olvidar a alguien; todos ellos me han sido de una extremada utilidad. Luego están los arqueólogos e historiadores cuyos libros he utilizado. (Muchos de ellos incluyen fragmentos muy superficiales en sus obras y algunos se las apañan para ignorar la existencia de la deidad femenina.) Aunque algunos de los comentarios y conclusiones me hacían vacilar, en un desaliento extenuado, ante su creencia interiorizada y nunca cuestionada en el natural dominio masculino, su trabajo a la hora de desenterrar y descifrar los artefactos del pasado ha hecho posible este libro. De hecho, no puedo sino albergar la esperanza de que lo que he dicho, y lo que expondré en el resto del libro, ejerza algún efecto en su futura percepción de los pueblos que adoraban a la Diosa.
Las obras de Stephen Langdon, S.G.F. Brandon, Edward Chiera, Cyrus Gordon, Walther Hinz, E.O. James, James Mellaart, H.W.F. Saggs, J.B. Pritchard y R.E. Witt me han resultado especialmente útiles. Sin embargo, en esencia estoy más en deuda con la obra de investigadoras como Margaret Murray, Jane Harrison, E. Douglas Van Buren, Sybelle von Cles-Roden, Florence Bennett, Rivkah Harris y Jacquetta Hawkes, por haber presentado una información vital desde una perspectiva única que me ha proporcionado el valor para cuestionar la objetividad de buena parte de lo que se ha escrito, aprender a tamizar minuciosamente el material para separar la opinión de los hechos y –esto es, acaso, lo más importante– descubrir lo que había quedado al margen
Aunque la arqueología y la religión antigua pueden parecer campos muy aislados o esotéricos, espero que este libro contribuya a animar a más personas a explorar estos temas por sí mismas, a fin de que algún día podamos comprender mejor los acontecimientos del pasado, sacar a la luz lo que se ha ocultado a propósito o por negligencia y desafiar los innumerables supuestos infundados que durante tanto tiempo han pasado por hechos.
Aunque vivimos entre elevados edificios de acero, encimeras de formica y pantallas de televisión electrónicas, hay algo en todos nosotros, hombres y mujeres, que nos hace sentirnos profundamente conectados con el pasado. Tal vez el súbito relente de una cueva en una playa o los rayos de luz atravesando los intrincados patrones enlazados de las hojas en una oscura arboleda de altos árboles despertará, en el fondo oculto de nuestra mente, los ecos distantes de una época remota y antigua, remontándonos a los albores de la vida humana en el planeta. En las personas criadas y programadas en las religiones patriarcales de la actualidad, que nos afectan incluso en los aspectos más laicos de nuestra sociedad, tal vez persiste un recuerdo subyacente, casi innato, de los santuarios y templos sagrados atendidos por sacerdotisas que servían en la religión de la deidad suprema original. Al principio, la gente oraba a la Creadora de la Vida, la Ama del Cielo. En el amanecer de la religión, Dios era una mujer. ¿Lo recordamos?
Durante años, una sensación magnética me ha impulsado a explorar las leyendas, los enclaves de los templos, las estatuas y los antiguos rituales de las deidades femeninas, proyectándome a una época en que la Diosa era omnipotente y las mujeres eran su clero y controlaban la forma y los ritos religiosos.
Quizá mi formación y trabajo como escultora fue lo que me llevó a las esculturas de la Diosa descubiertas en las ruinas de santuarios prehistóricos y en las primeras moradas de los seres humanos. Tal vez fue cierto misticismo romántico, que antaño me avergonzaba, pero que ahora confieso alegremente, el que con los años instaló en mí la costumbre de reunir información sobre las antiguas religiones femeninas y la veneración de estas deidades. En ocasiones intenté desdeñar mi fascinación por este tema como algo demasiado extravagante y evidentemente desvinculado de mi trabajo (en aquella época construía ambientes esculturales electrónicos). Sin embargo, siempre me encontraba examinando publicaciones arqueológicas y devorando textos en las pilas de las bibliotecas universitarias y en los museos.
Mientras leía, recordé que en algún momento de mi vida me contaron –y yo acepté la idea– que el sol, grande y poderoso, era naturalmente venerado como masculino, mientras la luna, un nebuloso y delicado símbolo del sentimiento y del amor, era reverenciada como femenina. Para mi sorpresa, descubrí relatos de Diosas del Sol en las tierras de Canaán, Anatolia, Arabia y Australia, a la par que las Diosas solares entre los esquimales, los japoneses y los khasis de la India eran acompañadas de hermanos subordinados simbolizados por la luna.
De algún modo había asimilado la idea de que la tierra se identificaba invariablemente como femenina, la Madre Tierra, aquella que acepta de forma pasiva la simiente, mientras el cielo era natural e inherentemente masculino, y que su naturaleza intangible simbolizaba la capacidad supuesta y exclusivamente masculina de pensar con conceptos abstractos. Acepté todo esto sin cuestionarlo, hasta que descubrí que casi todas las deidades femeninas de Oriente Próximo y Oriente Medio recibían el título de Reina del Cielo, mientras que, en Egipto, la antigua diosa Nut no solo era conocida como el cielo, sino que su hermano-marido Geb era simbolizado como la tierra.
Más asombroso aún fue el descubrimiento de numerosos relatos de las Creadoras femeninas de toda la existencia, divinidades a las que se atribuía no solo haber creado a los primeros seres humanos sino toda la tierra y los cielos. Había relatos de estas diosas en Sumeria, Babilonia, Egipto, África, Australia y China.
En la India, la diosa Sarasvati era honrada como inventora del primer alfabeto, mientras que en la Irlanda céltica la diosa Brigit se consideraba la deidad patrocinadora del lenguaje. Los textos revelaban que en Sumeria se honraba a la diosa Nidaba como inventora de las tablillas de arcilla y del arte de la escritura. Ocupaba esa posición mucho antes que cualquiera de las divinidades masculinas que posteriormente la sustituyeron. El escriba oficial del cielo sumerio era una mujer. Sin embargo, más significativa era la evidencia arqueológica de los primeros ejemplos de lenguaje escrito descubiertos hasta entonces; también se localizaban en Sumeria, en el templo de la Reina del Cielo, en Uruk, y fueron escritos hace unos cinco mil años. Aunque de manera tradicional la invención de la escritura se ha atribuido al hombre, independientemente de cómo lo definamos, la combinación de los factores anteriores presenta un argumento convincente a favor de que fueron las mujeres quienes inscribieron las primeras marcas significativas en la arcilla húmeda.
En sintonía con la teoría generalmente aceptada de que las mujeres fueron responsables del desarrollo de la agricultura, como extensión de sus actividades recolectoras de alimentos, en todas partes encontré deidades femeninas a las que se atribuía la concesión de este don a la civilización. En Mesopotamia, donde se han hallado algunas de las primeras evidencias de la presencia de la agricultura, la diosa Ninlil era honrada por haber concedido a Su pueblo el conocimiento de los métodos de la siembra y la cosecha. En casi todas las regiones del mundo, las deidades femeninas eran alabadas como curanderas, dispensadoras de hierbas, raíces y plantas medicinales, así como otro tipo de ayuda, asignando a las sacerdotisas que atendían los santuarios el papel de médicos de aquellos que allí rendían culto.
Algunas leyendas describían a la Diosa como a una guerrera valiente y poderosa, una líder en la batalla. El culto a la Diosa como osada luchadora parece haber sido responsable de los numerosos relatos de soldados mujeres, más tarde recogidos por la Grecia clásica con el nombre de amazonas. Al examinar más a fondo los relatos de la estima que las amazonas tributaban a la deidad femenina, resultó evidente que las mujeres que adoraban a una Diosa guerrera cazaron y lucharon en las tierras de Libia, Anatolia, Bulgaria, Grecia, Armenia y Rusia y que estaban muy alejadas de la fantasía mítica que muchos de los autores de hoy han pretendido hacernos creer.
No pude evitar advertir lo alejadas de las imágenes contemporáneas que estaban las actitudes prehistóricas y de los más antiguos periodos históricos en relación con el intelecto y con la capacidad de pensamiento de las mujeres, ya que en prácticamente todo lugar la Diosa era reverenciada como sabia consejera y profeta. La Cerridwen céltica era la Diosa de la Inteligencia y el Conocimiento en las leyendas precristianas de Irlanda, las sacerdotisas de la diosa Gaia transmitían la sabiduría de la revelación divina en los santuarios pregriegos, mientras la griega Démeter y la egipcia Isis eran invocadas como hacedoras de la ley y sabias dispensadoras de una recta sabiduría, consejo y justicia. La diosa egipcia Maat representaba el orden, ritmo y verdad del Universo. Ishtar, de Mesopotamia, recibía los títulos de Guía del Pueblo, Profeta, Dama de la Visión, y los registros arqueológicos de la ciudad de Nimrud, donde se rendía culto a Ishtar, revelaron que las mujeres servían como jueces y magistrados en los tribunales de justicia.
Cuanto más leía, mayores eran mis descubrimientos. El culto a las deidades femeninas aparecía en todos los rincones del mundo, presentando una imagen de la mujer que yo no había encontrado antes. Como resultado, empecé a reflexionar sobre el poder del mito y, por último, a considerar estas leyendas como algo más que las inocentes fábulas infantiles que parecían a primera vista. Eran relatos con un punto de vista muy específico.
Démeter, escultura en marmol, 350 a.C., Knidos, Asia Menor. Fideicomisarios del Museo Británico.
Los mitos presentan ideas que guían la percepción, condicionándonos a pensar e incluso a percibir de un modo particular, especialmente cuando somos jóvenes e impresionables. A menudo transmiten las acciones de personas que son recompensadas o castigadas por su conducta, y se nos anima a considerarlos como ejemplos que hemos de emular o eludir. Muchas de las historias que nos cuentan cuando apenas tenemos la edad suficiente como para comprender influyen profundamente en nuestras actitudes y en nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Nuestra ética, moral, conducta, valores, sentido del deber e incluso nuestro sentido del humor a menudo se desarrollan a partir de simples parábolas o fábulas infantiles. En ellas aprendemos lo que resulta socialmente aceptable en la sociedad de la que proceden. Definen el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo natural y lo antinatural entre las personas que consideran significativos los mitos. Era muy evidente que los mitos y leyendas derivados y propagados por una religión cuya deidad era femenina, y a quien se reverenciaba como a una presencia sabia, valiente, poderosa y justa, transmitían una imagen muy diferente de la feminidad en comparación a las que nos ofrecen las actuales religiones de orientación masculina.
Mientras consideraba el poder del mito, me resultó cada vez más difícil evitar cuestionar los efectos decisivos que los mitos que acompañan a las religiones que adoran a deidades masculinas ejercían sobre mi propia imagen de lo que significaba haber nacido mujer, otra Eva, progenitora de la fe de mi infancia. De niña me dijeron que Eva nació de la costilla de Adán, con el objetivo de ser su compañera y ayudante, para evitar que estuviera solo. Como si esta atribución de un rol subordinado permanente, nunca el principal, no fuera lo bastante opresiva para mis futuros planes como miembro pleno de la sociedad, pronto supe que Eva era considerada un ser neciamente crédulo. Mis mayores me explicaron que fue engañada con facilidad por las promesas de la pérfida serpiente. Ella desafió a Dios e incitó a Adán a hacer lo mismo, arruinando una realidad dichosa: la vida previamente bendecida en el Jardín del Edén. Por qué el propio Adán nunca fue considerado también crédulo era un aspecto que, en apariencia, no merecía ser discutido. Sin embargo, al identificarme con Eva, presentada como el símbolo de todas las mujeres, la culpa era, de una forma misteriosa, mía, y al considerar toda la cuestión como una falta propia, decidió castigarme a mí al decretar: «Multiplicaré tu dolor en el parto; con dolor parirás a tus hijos, pero tu deseo te llevará a tu marido y él se impondrá a ti» (Gén 3: 16).
