Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La industria de las bebidas tiene claro que el alcohol es una sustancia tóxica. Si se descubriera hoy, se ilegalizaría como alimento. He escrito este libro para contribuir a que tomes decisiones bien fundamentadas e inteligentes en torno a la bebida. ¿Bebes para reducir tu ansiedad? ¿Cómo válvula para liberar estrés, al acabar la jornada laboral? ¿Para animarte antes de salir por ahí? ¿O para reunir el valor necesario con el que enfrentarte a algo? No te culpo si bebes demasiado. La sociedad no solo nos inicia en el alcohol a una edad temprana diciéndonos que no hay nada más divertido, sino que, tal y como descubrirás en el capítulo siete, es muy fácil caer en una adicción psicológica o física al alcohol. Al final, tal vez optes por unirte a ese creciente número de personas que deciden no seguir bebiendo. O tal vez concluyas que eres feliz bebiendo exactamente como hasta ahora, pero al menos habrás tomado esaº decisión tras haberte informado como es debido.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 423
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
DAVID NUTT
EL ALCOHOL Y TU SALUD
Título original: Drink?
Obra publicada por primera vez en Gran Bretaña en 2020 por Yellow Kite, un sello de Hodder & Stoughton, Hachette UK.
© Del texto
David Nutt
© De la traducción
NEMO Edición y Comunicación, SL
© Next Door Publishers S.L.
Primera edición: marzo 2022
Esta publicación es el resultado de lo acordado con Rachel Mills Literary Ltd.
Editor: Oihan Iturbide
Diseño: Ex.Estudi
Corrección: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers S.L.
c/ Emilio Arrieta 5, entlo. dcha., 31002 Pamplona
+34 948 206 200
www.nextdoorpublishers.com
ISBN: 978-84-124767-5-0
DEPÓSITO LEGAL: NA 175-2022
Gráficas Alzate
Impreso en España
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
Este libro combina resultados de investigaciones con opiniones de su autor. En ningún caso es un sustituto del asesoramiento médico de su profesional de la salud y el autor/editor no asume ninguna responsabilidad al respecto.
Nota del editor
Prefacio
Introducción
1. Cómo afecta la bebida a tu organismo y tu cerebro
2. Efectos nocivos del alcohol en la salud
3. AAA: Alcohol, Accidentes y Agresividad
4. Cómo afecta el alcohol a tu salud mental
5. Hormonas y fertilidad
6. Cómo afecta el alcohol a tu calidad de vida
7. Adicción: ¿tengo un problema con el alcohol?
8. Efectos beneficiosos del alcohol a nivel social
9. Cómo beber con sentido común
10. Adolescentes y alcohol
11. ¿Podemos solucionar la crisis del alcohol?
Conclusión
Pautas del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social en torno al consumo de alcohol en España
Referencias
Agradecimientos
El texto aquí recogido hace referencia al sistema político, económico y social del Reino Unido. No obstante, a pesar de las divergencias que se puedan encontrar con respecto al modelo español, la mayor parte del contenido, y lo esencial del mismo, no solo es comprensible para cualquier lector, sino que, en particular nosotros, los ibéricos, nos sentiremos especialmente interpelados.
El editor
En general, la gente me recuerda como aquel asesor del Gobierno del Reino Unido en materia de drogas que perdió su cargo en 2009, tras haber afirmado que la política gubernamental en este aspecto no se fundamentaba en hechos probados. Pero también soy médico y, como todos los médicos, a lo largo de mi carrera me he enfrentado a los desafíos que el alcohol plantea a nuestros pacientes y a nuestros compañeros de profesión.
Sin duda, perjudica muy gravemente la salud. Nada menos que la mitad de los pacientes que ocupan las camas en las unidades de traumatología están allí ingresados debido a lesiones relacionadas con el alcohol. De hecho, los fines de semana los servicios de urgencias de nuestros hospitales se abarrotan de personas ebrias. El alcohol y la medicina se encuentran tan estrechamente ligados como el dinero y la banca.
Sospecho que la verdadera razón de mi despido fue haberme atrevido a afirmar en un programa radiofónico, en horario de máxima audiencia, que la droga más perjudicial en el Reino Unido era el alcohol. Por aquel entonces, el Consejo Asesor sobre el Uso Indebido de Drogas (ACMD, por sus siglas inglesas) del Reino Unido ni siquiera permitía que el alcohol se considerara una droga, pese a que todos los científicos del país teníamos la certeza de que sí lo es.
Las pruebas concluyentes en las que fundamenté mi declaración fueron el resultado de un complejo y minucioso análisis nunca antes realizado en torno a los efectos nocivos provocados por las drogas. Desde entonces, se han llevado a cabo estudios similares en Europa y Australia, y todos ellos han llegado a la misma conclusión: el alcohol también es la droga más perjudicial para los ciudadanos.
El motivo fundamental por el que el alcohol ocupa la primera posición en la escala de sustancias perjudiciales es que a muchos de nosotros nos gusta consumirlo. Por lo general, en los países occidentales del primer mundo, más del 80% de los adultos beben alcohol. De este porcentaje, solo una quinta parte tiene problemas derivados de su consumo; sin embargo, estos problemas también tienen un enorme impacto en el resto de nosotros, sobre todo en sus familiares y amigos. El alcohol está vinculado a altos niveles de violencia (tanto dentro como fuera del núcleo familiar), accidentes de tráfico, pérdidas de empleo y múltiples enfermedades. En el Reino Unido, los costes derivados del control de personas en estado de embriaguez se elevan a más de siete mil millones de euros anuales, y los de sanidad superan los tres mil quinientos millones1.
Pese a ello, la mayoría de nosotros seguimos bebiendo y, sin embargo, no llegamos a desarrollar problemas con el alcohol. Esto nos indica que existen diferentes factores sociobiológicos que influyen en el modo de relacionarnos con la bebida. En mi opinión, comprender esos factores puede ayudarnos no solo a cada uno de nosotros, sino también a nuestros Gobiernos para tomar decisiones más sensatas y saludables respecto al consumo de alcohol. Un objetivo, por cierto, que este libro pretende alcanzar con un lenguaje que todo lector pueda entender sin problemas.
A nivel personal, el alcohol se ha convertido en una constante a lo largo de mis cuarenta años de investigación médica. A finales de la década de los ochenta, dirigí durante dos años la Unidad de Investigación de Pacientes Hospitalizados en el Instituto Nacional sobre Abuso de Alcohol y Alcoholismo (NIAAA, por sus siglas inglesas) en los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas inglesas) de Maryland, Estados Unidos. Desde entonces, y ya de vuelta en el Reino Unido, he seguido investigando los aspectos que influyen, a nivel cerebral, tanto en el disfrute como en los problemas con el alcohol, además de tratar a pacientes con complicaciones derivadas de su consumo.
Por otro lado, también soy copropietario, junto con una de mis hijas, de una vinoteca en el barrio londinense de Ealing. En mi vida están presentes lo bueno y lo malo del alcohol; además, con mis conocimientos, experiencias e ideas espero explicar por qué una molécula tan simple puede producir semejante cantidad de placer y dolor al mismo tiempo.
1. Precio de la libra esterlina el 1 de enero del 2020: 1,18 euros. (N. del E.).
Era mi primer día en Cambridge y, no sé bien cómo, todos los estudiantes del primer año de Medicina acabamos encontrándonos los unos a los otros. De aquel grupo, nueve decidimos ir un bar situado a la vuelta de la esquina.
Nos acomodamos allí para pasar la tarde. Era el típico pub inglés de los años sesenta: mesas pegajosas y alfombras aún más pegajosas, con un ambiente tan cargado de humo que había dado un barniz amarillento a las paredes y el techo. Aunque yo no solía beber con asiduidad, creo recordar que tomé tres pintas de la cerveza local Greene King. Casi todos los demás se tomaron quizá entre cuatro y cinco, lo que me pareció una auténtica barbaridad. El local cerró a las diez y media de la noche. Alguien dijo que guardaba varias botellas de vino en su habitación, así que regresamos a la sala de estudiantes y allí nos quedamos bebiendo.
El ambiente se volvió bastante ruidoso y estridente, como cabría esperar de un grupo de jóvenes pipiolos de dieciocho años echándose unas risas. Pero, de repente, uno de los chicos rompió a llorar, no de forma discreta, sino muy escandalosa, con abundantes lamentos y lágrimas. Tan intenso fue aquel desbordamiento de emociones negativas que temí que fuera a suicidarse. Le pregunté a un amigo que había estudiado con él si deberíamos llamar a una ambulancia. Pero este me respondió: «Qué va, no te preocupes, siempre hace eso. Mañana ni siquiera se acordará».
Y, en efecto, no se acordó. Pero no pude evitar preguntarme cómo había podido el alcohol convertir a alguien con semejante éxito académico, alguien tan aparentemente confiado y agradable, en un despojo balbuceante. Y empecé a pensar: «¿Qué nos dice esto sobre el alcohol?». Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que ese fue el comienzo de mi fascinación por las drogas (incluido el alcohol) y por cómo afectan al cerebro, a la persona y al conjunto de la sociedad.
Como médico, he asistido de primera mano a los múltiples estragos que provoca el alcohol, desde enfermedades hepáticas y cáncer hasta actos violentos y accidentes de tráfico. Lo que está claro es que no tienes por qué ser un sintecho alcohólico para perjudicar tu organismo o tu cerebro a fuerza de empinar demasiado el codo. También puede ocurrirte siendo un gran triunfador, como mi amigo de la universidad.
De hecho, él no era el único que tenía problemas con el alcohol en aquel grupito. El amigo con quien había estudiado y que me aseguró que no le pasaba nada también era un alcohólico empedernido. Por desgracia, tuvo problemas con este tema toda su vida, y murió de insuficiencia hepática a los cuarenta años. El alcohol arruinó su prometedora carrera y, de hecho, su vida entera. Sí, sus historias son casos extremos, aunque son más frecuentes de lo que creemos.
Hoy, cincuenta años después de aquello, quiero compartir lo que he aprendido acerca del alcohol. No estoy aquí para sermonearte ni para juzgarte, independientemente de si estás bebiendo demasiado o si te preocupa estar excediéndote. He escrito este libro para ayudarte a tomar decisiones bien fundamentadas e inteligentes en torno a la bebida. Durante el proceso de escritura, incluso he acabado reflexionando una vez más sobre lo que yo mismo bebo y el modo en que lo hago. No suelo beber demasiado y soy consciente de todos los riesgos, pero aun así puedo ver lo fácil que es caer en un consumo abusivo.
Siempre he defendido la misma postura: el alcohol es una droga y no debe tomarse a la ligera. Quizá esto suene extraño en nuestra cultura, donde tomar una copa y, de hecho, emborracharse es algo que se acepta de forma generalizada. Sin embargo, esta postura también la comparten casi todos los médicos, científicos y expertos en adicciones, dada la enorme cantidad de efectos perjudiciales que el alcohol tiene sobre la sociedad y la salud de las personas.
El Informe sobre la situación mundial del alcohol y la salud 2018 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicó que, en 2016, más de tres millones de personas murieron como resultado del uso nocivo del alcohol. Un artículo reciente de la British Medical Journal (BMJ) lo resumía así: «Al igual que el tabaco, el alcohol mata lentamente a algunos consumidores a través de las enfermedades que provoca. Pero, a diferencia del tabaco, el alcohol también mata rápidamente, a través de lesiones y envenenamientos» [1]. El alcohol es responsable de más del 5 % de la carga mundial de morbilidad; de hecho, se estima que la muerte de unas treinta mil personas al año en Inglaterra, Escocia y Gales2 es atribuible al alcohol [2]. Las principales causas de mortalidad son las enfermedades cardiovasculares, que provocan infartos y accidentes cerebrovasculares. Luego están las enfermedades hepáticas y diversos tipos de cáncer, así como los accidentes, especialmente de carretera; y defunciones por suicidio.
No pretendo asustarte, solo quiero dar a conocer los hechos para que puedas tomar tus propias decisiones. Es cierto que, desde 2010 más o menos, y al igual que en la mayor parte de Europa, nuestros hábitos de consumo de alcohol han ido en la dirección correcta, es decir, en descenso. Sin embargo, el punto de referencia que se toma es muy elevado, ya que en el Reino Unido bebemos casi el doble de lo que bebimos en la década de 1960. Actualmente, la proporción de personas que beben más de catorce unidades semanales sigue siendo una de cada cinco (casi un tercio de los hombres y una de cada seis mujeres).
En el Reino Unido, se nos da particularmente bien eso de beber. Según el informe «Global Drug Survey», los británicos se emborrachan un promedio de 51,1 veces al año, es decir, una vez por semana. Y uno de cada diez adultos se emborracha cinco o más días por semana.
Dos tercios de las personas que consumen más de catorce unidades semanales aseguran que les resultaría más difícil reducir el consumo de alcohol que aplicar otros cambios en su estilo de vida, como hacer más ejercicio, moderar su tabaquismo o alimentarse de forma más sana. Si has escogido este libro, imagino que podrías ser una de estas personas. Quizás en el pasado sentiste cierto alivio al leer algún artículo periodístico donde se afirmaba que el consumo «moderado» (en particular, de vino tinto) era beneficioso para nuestra salud. Sin embargo, como veremos en el capítulo 2, la verdad es que ningún nivel de consumo de alcohol se encuentra exento de riesgos.
Puedes disfrazar el alcohol de cerveza con limón, de mojito o de botella de dos litros de sidra de alta graduación. Pero, sea cual sea el camuflaje escogido, sigue tratándose de una molécula que aprovecha la química de nuestro cerebro para provocar una amplia gama de efectos. Incluso, en algunas personas, la adicción. Hasta que no asumas esto, correrás el riesgo de subestimar su poder.
El cambio producido durante los últimos cincuenta años (la duración de mi carrera) en nuestro modo de consumir alcohol supone un excelente ejemplo de cómo el marketing ha alterado nuestra percepción. El alcohol solía ser un producto que se compraba en ocasiones especiales, y para ello debías acudir a una tienda especial (una bodega o un bar) en horario restringido. Dado que los sucesivos Gobiernos, desde la década de 1970 en adelante, liberalizaron nuestro acceso a la compra de alcohol, y también prolongaron de forma masiva sus horarios de venta al público, ahora lo metemos en nuestra canasta o carrito del supermercado como un elemento más de la compra semanal.
Si te paras a pensarlo, verás hasta qué punto el alcohol se encuentra arraigado en cada parcela de nuestras vidas: bebemos para estrechar lazos sociales; bebemos juntos para cerrar acuerdos de diversos tipos, incluso comerciales; bebemos para celebrar el nacimiento de un bebé y para compadecernos mutuamente cuando alguien fallece3.
Cuando uno de mis sobrinos cumplió dieciocho años, fui a comprarle una tarjeta de felicitación. Contabilicé hasta veintitrés tarjetas de celebración de los dieciocho hasta que logré encontrar una que no se centrara en el alcohol. ¿Qué tipo de mensaje es ese para un joven? Por suerte, parece que ese grupo etario (o algunos de sus miembros) ha empezado a beber menos. Es absurdo que, una vez alcanzada la mayoría de edad, todo tenga que girar en torno al alcohol, sin embargo esas tarjetas demuestran que alcanzar la mayoría de edad y el consiguiente permiso para consumir alcohol se consideran uno de los principales puntos de inflexión en la vida de una persona.
El alcohol tiene glamur e historia: empapa nuestro arte y nuestra cultura. De hecho, se considera que el alcohol es casi tan antiguo como la sociedad humana (según algunas teorías, los orígenes de la agricultura no estaban en la búsqueda de alimentos, sino en la obtención de cultivos para producir alcohol).
Los romanos tenían sus bacanales y los griegos, sus simposios, ambos animados por el vino. Nosotros tenemos nuestras despedidas de soltero, nuestros clubes del vino y de la cerveza, las fiestas de Navidad en la oficina y las cenas de celebración.
En los siglos XIII y XIV, la Iglesia católica se convirtió en el principal suministrador de alcohol, ya que los monjes poseían gran parte del conocimiento cultural relativo a la elaboración del vino y la cerveza. La cerveza más antigua, producida de forma ininterrumpida, se remonta a casi mil años y proviene de un monasterio alemán. En la actualidad, una sola empresa acapara un tercio de la producción mundial de cerveza.
Beber (y beber en exceso) forma parte de nuestras referencias culturales: desde los cuadros de Toulouse-Lautrec hasta James Bond. Por lo que sabemos, la bebida favorita del primero era la absenta, la bebida parisina del momento, mezclada con brandi. Y si yo bebiera tantos martinis como 007, también estaría agitado4. ¡Debería llamarse el hombre del hígado de oro!
Aunque, por supuesto, no todas las referencias culturales son positivas. En la novela La taberna (L’Assommoir), de Émile Zola, una mujer intenta desesperadamente mantener unida a su familia mientras su marido cae en el alcoholismo. Sin embargo, también la protagonista acaba sucumbiendo a la misma adicción y muere en la miseria. En la película Judy, aclamada por la crítica, Renée Zellweger revive la tristeza de los últimos años de Judy Garland, marcados por el alcohol.
Siempre he defendido que la única diferencia entre el alcohol y cualquier otra droga reside en que el alcohol es legal. Esta postura me ha causado problemas, ya que, por razones obvias, ni el Gobierno británico ni la industria de las bebidas quieren que tratemos el alcohol como una droga. Sin embargo, yo soy científico y, cuando observamos el modo en que esta sustancia afecta a los neurotransmisores del cerebro (ver capítulo 1), es obvio que sus efectos cerebrales se asemejan bastante a los de otras drogas; y aun así, es la más consumida. Además, ninguna otra droga potencia el ácido gamma-aminobutírico (GABA), la serotonina y la dopamina a la vez que bloquea el glutamato y la noradrenalina. El alcohol genera un verdadero cóctel de efectos neurotransmisores.
Entre 2010 y 2019, coescribí tres artículos [3] en los que se demostraba que el alcohol es la droga más perjudicial en el Reino Unido, Europa, Australia y, probablemente, todo el mundo occidental. Llevamos a cabo un análisis para clasificar las sustancias legales e ilegales, incluidas la heroína, la cocaína, el crac y la metanfetamina, así como el tabaco y el alcohol. Este último obtuvo la puntuación más alta no tanto por los efectos nocivos que provoca en el individuo, sino principalmente por los terribles efectos que provoca en los demás: los llamados «bebedores pasivos» si se prefiere (más información sobre esto, en el capítulo 11).
En mi primer empleo serio, trabajé de aprendiz de psiquiatría en la sala de urgencias del Guy’s Hospital, al sureste de Londres. Uno de mis primeros pacientes llegó en un estado terrible de psicosis limítrofe. Se trataba de una mujer que había venido directamente desde su banquete nupcial, donde, durante una pelea de borrachos, sus hermanos le habían propinado una paliza a su nuevo marido. Por desgracia, esta historia se repite de múltiples formas en los servicios de urgencias de todo el Reino Unido los viernes y sábados por la noche.
Efectivamente, la enorme cantidad de perjuicios que provoca el alcohol se debe en gran medida al número de personas que beben. Si la mitad de los adultos consumiéramos metanfetamina, por ejemplo, la sociedad se encontraría en un estado mucho peor. Sin embargo, a nivel personal, el alcohol provoca muchos efectos nocivos que dependen del nivel de consumo. Algunos de ellos pueden resultar menos obvios, como su relación con el cáncer de mama (que no se determinó hasta hace poco) o la cantidad de años de consumo (de diez a veinte) que deben transcurrir para acabar dañándote el hígado.
Quizá confías en que nada de esto te toque de lleno. A la mayoría de nosotros nos encantan los efectos a corto plazo del alcohol (la diversión, la sociabilidad, la distensión…) y esperamos que, a largo plazo, nuestra salud no se vea afectada.
Pero si cada semana bebes por encima (o incluso por debajo) de catorce unidades5 (ciento doce gramos), te conviene saber los riesgos que eso entraña para tu salud. Espero que este libro te lo aclare. La industria de las bebidas tiene claro que el alcohol es una sustancia tóxica. Si se descubriera hoy, se ilegalizaría como alimento. El consumo inocuo de alcohol quedaría limitado a una copa de vino al año si le aplicáramos los criterios de las normas alimentarias [4]. ¿Tomarías un nuevo medicamento si te dijeran que puede aumentar el riesgo de contraer cáncer, demencia o alguna enfermedad cardíaca, o que puede acortar tu vida? No lo tocarías ni con un palo. Sin embargo, el alcohol ocupa un lugar especial en nuestra cultura.
Lo que me gustaría es ayudarte a reflexionar sobre tu forma de beber. Que seas consciente de los riesgos a los que te expones si superas los límites recomendados6. Que seas consciente de que, incluso si no siempre puedes ceñirte a esos límites, no debes acabar dándote por vencido e ignorarlos por completo. Que aprendas a controlar tu consumo de alcohol. Y que quizá, en ocasiones, te abstengas de beber.
A ser posible, lo que me gustaría que evitaras es echarte alcohol por el gaznate de forma irreflexiva. Cuando hayas leído este libro, tal vez optes por unirte a ese creciente número de personas que deciden no seguir bebiendo. O tal vez concluyas que eres feliz bebiendo exactamente como hasta ahora, pero al menos habrás tomado esa decisión tras haberte informado como es debido.
Porque beber alcohol debe ser, ante todo, un acto consciente. Tendrías que percibirlo como algo especial, algo que se aproximara más (me atrevería a decir) al modo en que se percibía en otros tiempos. Convierte el acto de beber en un placer activo y positivo, en lugar de un acto reflejo, un hábito, algo que siempre has hecho o una automedicación para el estrés o la ansiedad.
Yo te aconsejaría que trataras de reducir tanto como pudieras tu consumo de alcohol hasta aproximarte al límite recomendado a la vez que maximizas tu diversión y placer. Y que tengas, al menos, dos días libres por semana. Espero poder ofrecerte ideas sobre cómo lograrlo.
No te culpo si bebes demasiado. La sociedad no solo nos inicia en el alcohol a una edad temprana diciéndonos que no hay nada más divertido, sino que, tal y como descubrirás en el capítulo 7, es muy fácil caer en una adicción psicológica o física al alcohol.
Espero que este libro te sirva de ayuda para que empieces a reconquistar tu potestad respecto a cuánto bebes, para que sepas decidir qué cantidad es la adecuada para ti y te ciñas a ella. ¡Brindemos por eso!
Yo te aconsejaría que trataras de reducir tanto como pudieras tu consumo de alcohol hasta aproximarte al límite recomendado a la vez que maximizas tu diversión y placer. Y que tengas, al menos, dos días libres por semana. Espero poder ofrecerte ideas sobre cómo lograrlo.
2. En España, el consumo de alcohol per cápita es superior a la media europea. Más de 20.000 personas mueren al año en nuestro país como consecuencia de un consumo excesivo de alcohol. (Datos obtenidos de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcohol, el Alcoholismo y las otras Toxicomanías). (N. del E.).
3. Tradición anglosajona. (N. del E.).
4. En la versión original de las películas de James Bond, el personaje pide un Dry Martini «agitado no mezclado» («Shaken, not stirred»), no obstante, el doblaje al español lo tradujo al revés «mezclado, no agitado». Mezclar o agitar tienen propósitos distintos, cuando se agita una bebida la estamos enfriando y, por tanto, diluyendo. El Dry Martini se mezcla, pero no se agita. (N. del T.).
5. La Unidad de Bebida Estándar (UBE) es una forma rápida y práctica de conocer los gramos de alcohol consumidos. En España, la UBE contiene 10 g de alcohol, que es lo que nos encontramos en un vaso pequeño de vino de 100 ml, una caña de cerveza de 200 ml, una copa de jerez de 60 ml o un carajillo de 25 ml. (N. del E.).
6. El límite recomendado en España es de 10 g de alcohol al día en mujeres y 20 g del alcohol al día en hombres. (N. del E.).
Realicemos un breve recorrido por tu cerebro y tu organismo cuando están bajo los efectos del alcohol. Tu primera bebida comienza con un simple sorbo, adaptando una frase de Mao Tse Tung7.
De hecho, te sorprendería lo complicado que resulta convencer a alguien para que beba alcohol por primera vez. El alcohol puro tiene un sabor repugnante, por lo que nadie (excepto, quizá, un alcohólico) lo bebería. Incluso en los diversos formatos en que lo compramos, a menudo es amargo y ácido, y muchas veces francamente desagradable, por lo que necesitamos mezclarlo con otra bebida. Algunos de los sabores bajo los que se presenta el alcohol (sabor a vino o a lúpulo, por ejemplo) son bastante extraños y, por lo tanto, acaban siendo un gusto adquirido.
Uno de los trucos más efectivos para que las personas encuentren más apetecible el alcohol es agregarle edulcorantes, algo que también se hace en los laboratorios con las ratas. Cuando los científicos las usan en sus investigaciones sobre los efectos del alcohol, una práctica habitual es endulzarlo para asegurarse de que estas lo beben (un alcopop para ratas, como si dijéramos). De hecho, me atrevería a afirmar que la razón principal por la que se comercializanalcopops8 extradulces (y, a menudo, de vivos colores) es para atraer a los consumidores primerizos que aún no han adquirido el gusto por el alcohol, también conocidos como adolescentes.
También te asombrará la rapidez con que adquirimos ese gusto. Muy poco después de los primeros sorbos, nuestro cerebro aprende que, a los pocos minutos de haber paladeado ese abrupto sabor, aparecen agradables sensaciones de calidez, relax y, tal vez, una mayor sociabilidad. Así, en cuanto estas agradables sensaciones quedan asociadas al sabor, el olor, el entorno, la rutina o el ritual, nos empieza a gustar ese sabor. A menudo, he escuchado afirmaciones como estas: «Me encanta el sabor del Vega Sicilia/Torres de la cosecha de 1984». Y yo respondo: «Si le dieras eso a tu hijo, lo escupiría. Ese sabor te encanta como resultado de un gusto adquirido, y este proviene de los efectos que tiene en ti el alcohol. Bueno, y de que sabes que es realmente caro, por supuesto».
Este efecto del aprendizaje, una vez más, también puede extrapolarse a las ratas: cuando se consigue que una rata beba el alcohol suficiente, continuará bebiéndolo, incluso si no sabe a nada.
Otra sensación que muchas personas aprenden a apreciar es la del calorcillo que notan cuando el alcohol baja por la garganta; algo que te resultará familiar si bebes licores y, sobre todo, si alguna vez has tomado chupitos. Puedes encontrarlo agradable porque tu cerebro anticipa que estás a punto de recibir el placentero impacto del alcohol. Dado que los licores vienen a ser alcohol en formato diluido, esa cálida sensación resulta menos intensa que si te pusieras alcohol puro en la lengua o en una herida. Eso te ardería (y dolería de verdad).
CUADRO 1
¿EL ALCOHOL CARO ES MEJOR PARA TU ORGANISMO?
No puedes pagar con dinero la prevención de los efectos nocivos en tu organismo. Tal vez se argumente que el vino tinto y la cerveza incluyen determinados componentes beneficiosos para la salud (puedes consultar el capítulo 2 para ahondar en esto), sin embargo, no los incluyen en la cantidad suficiente como para compensar los efectos nocivos del etanol, la sustancia química más tóxica del alcohol. Por otro lado, si no sufres tanta resaca cuando tomas bebidas de mejor calidad, es posible que se deba a que las estás saboreando más y, por lo tanto, bebiendo menos (lo cual no tiene nada de malo). Pero me temo que la respuesta a la pregunta de antes es, sencillamente, que no.
Estos dos elementos (el sabor y la sensación en boca), unidos al aspecto de tu bebida favorita y el lugar y hora en que sueles consumirla, hacen que tu cerebro se prepare para experimentar los efectos del alcohol.
Conforme el líquido fluye hacia el estómago, comienza su absorción a través de las paredes del estómago y luego a través del intestino delgado. El alcohol se desplaza por el torrente sanguíneo hasta el hígado, donde comienza a metabolizarse; el principal subproducto resultante es el acetaldehído. A continuación, esta mezcla de alcohol y acetaldehído fluye por el torrente sanguíneo hasta el corazón y, posteriormente, también atraviesa la barrera hematoencefálica para penetrar en el cerebro.
El alcohol es una molécula t an minúscula que su absorción se produce con bastante rapidez: a los cinco o diez minutos del primer sorbo, comenzarás a notar los primeros efectos en tu organismo. Puede que empieces a sentir más calor y un cierto rubor, ya que el alcohol permite que los vasos sanguíneos de la piel se dilaten, en un proceso denominado «vasodilatación».
Cuando esa combinación de alcohol alcanza el cerebro, comienza a provocar todas esas cosas que hacen que nos guste. Se podría equiparar el funcionamiento del cerebro con el de una máquina electroquímica. Esta máquina consta de una red con unos doscientos mil millones de neuronas; los mensajes entre estas llevan todos nuestros pensamientos y procesos. Todo el rendimiento que produce tu máquina (los actos de estar despierto o dormido, almacenar recuerdos, tragar, etc.) es el resultado de estos millones de mensajes que revolotean por la red neuronal.
Cada mensaje viaja a lo largo de la neurona gracias a impulsos eléctricos, pero la conexión que salva la distancia entre neuronas, llamada «sinapsis», es de tipo químico. Por otro lado, las sustancias químicas que salvan esa distancia se denominan «neurotransmisores».
Lo que es importante conocer para entender el funcionamiento del alcohol es que, al igual que otras drogas, funciona en el nivel de esta conexión química.
Existen en torno a ochenta tipos distintos de neurotransmisores (mensajeros químicos), e incluso más modelos aún de receptores en los que se insertan. Cada receptor lo activa un neurotransmisor diferente.
Los dos neurotransmisores más habituales y potentes (porque, en efecto, son los interruptores que encienden y apagan el cerebro) son el GABA y el glutamato. En esencia, ambos conforman el núcleo del cerebro. Se encargan de todas las tareas básicas: desde dormir hasta asentar recuerdos y pensar.
El glutamato activa el cerebro y el GABA lo desactiva. Cuando el glutamato liberado atraviesa la sinapsis, activa la siguiente neurona, lo cual incrementa la actividad del cerebro. En cambio, el GABA hace lo opuesto.
Ambos trabajan codo con codo, como el yin y el yang. Necesitamos el GABA para controlar el glutamato, porque, si se produce un exceso de glutamato, el sistema se sobrecarga, lo cual conduce a un grave aumento de la ansiedad o incluso a sufrir un ataque y un posible daño cerebral.
Por lo tanto, nuestro cerebro ha evolucionado de tal modo que, cada vez que se libera glutamato, también se libera GABA. Se trata de un sistema maravillosamente equilibrado.
Existe otro tipo de neurotransmisor: el «neuromodulador», llamado así porque modifica la respuesta del cerebro en lugar de afectarlo de manera directa. Así pues, si sufres un accidente de coche, el glutamato asentará ese recuerdo (por ejemplo, que conducías a noventa y seis kilómetros por hora y que ibas por la A3), pero la emoción quedará codificada por un neuromodulador llamado noradrenalina. Esto aporta información adicional a ese recuerdo, pero no conforma su componente principal.
Los neuromoduladores funcionan como una copia de seguridad del GABA y el glutamato, ya que casi todas las respuestas de salida cerebrales utilizan más de un neurotransmisor.
Veámoslo con un ejemplo. Creemos que, al menos, cuatro neurotransmisores nos mantienen despiertos (acetilcolina, orexina, histamina y noradrenalina), mientras que, como mínimo, cuatro nos provocan somnolencia (GABA, adenosina, serotonina y endocannabinoides). Esto significa que, si uno falla, los demás pueden servir de respaldo. Así, por ejemplo, alguien con narcolepsia tendrá una deficiencia en el neuromodulador denominado orexina, y le costará mantenerse despierto porque las copias de seguridad no siempre son lo bastante potentes.
Los nombres de algunos neuromoduladores te resultarán muy familiares. Al igual que la noradrenalina, también la serotonina y la dopamina participan en muchos procesos, sobre todo de carácter emocional. Luego están las endorfinas, que en realidad son un tipo diferente de molécula llamada «péptido», diminutos fragmentos de proteína.
Todas las diversas drogas y sustancias alterantes de la consciencia que consumen los seres humanos actúan sobre múltiples combinaciones de sistemas neurotransmisores y neuromoduladores. El alcohol se perfila como una de las que tienen mayor influencia en ese aspecto, ya que afecta a una enorme variedad de receptores y, por lo tanto, a la mayoría de las neuronas (si no a todas). Por eso puede provocarnos tantas variedades de efectos y experiencias.
Como puedes ver, el cerebro es una máquina increíblemente evolucionada y muy bien equilibrada. Pero si le agregamos alcohol, ese equilibrio se disuelve como un terrón de azúcar en una taza de té caliente (o, más bien, de ponche caliente).
Lo primero que hace el alcohol es activar el sistema calmante GABA, para que empieces a sentirte relajado (es lo mismo que hace el Valium). Por eso bebemos, sobre todo en las fiestas.
Casi todos sufrimos ansiedad social en mayor o menor medida, pero el alcohol elimina nuestros miedos e inhibiciones. Sus efectos tranquilizantes son también el motivo por el que, en cuanto en un avión se apaga la señal del cinturón de seguridad, el carrito de bebidas comienza a desplazarse por el pasillo, ya que volar produce ansiedad a mucha gente.
No obstante, si activas en exceso el sistema GABA, corres el riesgo de desactivar partes de tu cerebro que preferirías mantener activadas (por ejemplo, tu juicio o incluso tu consciencia). Y si bebes muchísimo alcohol y el sistema GABA se potencia al máximo, acabas desactivando tu cerebro, al igual que ocurriría con un anestésico, por lo que dejas de respirar. Una forma de morir debido al alcohol es esa: la llamada «intoxicación etílica».
Volviendo a lo de nublar el juicio, ¿alguna vez te ha pasado que tenías intención de beber solo un par de copas, pero luego has perdido el control y has acabado poniéndote fino? ¿A qué se debe eso? Una de las principales razones es que la parte del cerebro que te ordena que mantengas el control (llamada «corteza frontal») es la primera que el alcohol desactiva.
De hecho, las partes del cerebro que se encargan de preservar tus capacidades de discernimiento y control son muy sensibles al alcohol. Quizá ocurra que también se te nuble el juicio respecto a otros asuntos, como tu atractivo o tus habilidades como bailarín o conversador.
Si sigues bebiendo, acabarás superando la tasa máxima de alcoholemia permitida al volante9 y los efectos se duplicarán: además de estimular el GABA, el alcohol comenzará a bloquear tus receptores de glutamato (no olvides que este es el neurotransmisor que te mantiene despierto). A medida que tu nivel aumente, comenzarás a emborracharte seriamente. Si llegas a alcanzar los 0,9 g, empezarás a perder, además, la capacidad de asentar recuerdos. A esto lo llamamos «laguna mental».
Conforme aumenta la concentración de alcohol en sangre, diversos neuromoduladores nuevos también se ven afectados. Y cada uno influirá de un modo específico en diferentes partes del cerebro.
Los más importantes son tres:
1. En primer lugar, un incremento del nivel de alcohol en sangre aumenta los efectos de la serotonina, un potenciador del estado de ánimo que también te vuelve más empático. Su acción proserotonina es también la que hace que otras personas nos resulten más atractivas (el llamado «efecto embellecedor del alcohol»). En ese sentido, tiene un efecto similar al del MDMA o el éxtasis.
Por otro lado, la estimulación de otro receptor de serotonina, esta vez ubicado en los nervios del estómago, es lo que te provoca náuseas. Hablamos bastante a la ligera de vomitar a causa del alcohol, pero, de hecho, el vómito resulta crucial, ya que evita nuestra muerte. Este mecanismo de supervivencia es una de las razones por las que el alcohol ha pervivido en nuestra cultura durante siglos. El vómito elimina la cantidad suficiente de alcohol para que puedas seguir con vida.
2. En segundo lugar, beber libera dopamina, la cual interviene en el ánimo, la motivación y la energía. Este factor influye en el efecto estimulante del alcohol, ya que te hace sentir más eufórico y activo, y te genera sentimientos de energía y entusiasmo. Te vuelve más escandaloso (un efecto que la cocaína también produce).
La dopamina es uno de los transmisores que establece patrones de conducta, por lo que tiene importancia en la adicción. La liberación de dopamina puede explicar por qué algunas personas quedan atrapadas en hábitos que comienzan resultándoles divertidos (o, al menos, no perjudiciales), pero que acaban siendo muy dañinos, como retorcerse el cabello o morderse las uñas. La dopamina también es el motivo por el que, cuando te emborrachas, no puedes evitar enzarzarte en discusiones absurdas sobre temas irrelevantes.
3. En tercer lugar, el subidón que te provoca el alcohol proviene de las endorfinas, que son los opioides naturales de tu organismo, el sistema cerebral de reducción natural del dolor y también lo que genera euforia en los corredores. Este sistema de recompensas te brinda una especie de placer muy relajado y, en algunas personas, también puede conformar un factor clave en su adicción. Diversos estudios han demostrado que, cuando los efectos de las endorfinas se bloquean con nalmefeno (un medicamento para tratar el alcoholismo), algunos adictos pueden dejar de beber [5]. Mediante sofisticadas imágenes cerebrales, hemos podido observar que este efecto guarda relación con las interacciones cerebrales entre endorfinas y dopamina.
Esta enorme variedad de efectos es lo que hace que el alcohol resulte tan apetecible. Además, como todos somos diferentes, se insertará en tu química cerebral específica de un modo distinto a como lo hará en la de un amigo tuyo. ¿Quizá bebes para reducir tu ansiedad? ¿O como válvula para liberar estrés, al acabar la jornada laboral? ¿O para animarte antes de salir por ahí? ¿O para reunir el valor necesario con el que enfrentarte a algo? En gran parte, el atractivo del alcohol para muchas personas reside en que logran suplir sus carencias de personalidad, y se convierten en el tipo de persona que les gustaría ser.
Continúas bebiendo y, llegados a este punto, es probable que ya estés balbuceando. Tu memoria se atranca debido al efecto del glutamato, así que te estás repitiendo como el ajo.
CUADRO 2
ESAS BEBIDAS QUE TE ALTERAN LA MENTE
Aquello que bebes está tan repleto de sustancias psicoactivas (sustancias químicas que modifican la química de tu cerebro) como cualquier otra droga. El tipo de alcohol que más abunda en las botellas de los estantes de las bodegas es, con diferencia, el etanol (fórmula química: C2H5OH). Durante la fermentación, la glucosa de las materias primas se descompone principalmente en etanol, aunque siempre producirá también otros tipos de alcohol, que difieren en proporciones y estructura química en diversas bebidas. Incluso lo que se nos vende como alcohol con máximo grado de pureza (por ejemplo, el vodka) es una combinación de varios tipos de alcohol. El único puro es el etanol producido de forma sintética.
Así, por ejemplo, algunos análisis de whisky han llegado a detectar en su contenido unos cuatrocientos tipos diferentes de alcohol. Esto se debe a que, cuanto más tiempo se almacena o «se añeja» un whisky, más se fusionan algunos tipos de alcohol para formar otros más complejos llamados «congéneres». Estos se encuentran en todas las bebidas alcohólicas (aunque el whisky los contiene en mayor cantidad que ninguna), y se cree que su funcionamiento en el cerebro se asemeja al del alcohol etílico sencillo (etanol), aunque quizá pueden embriagar todavía más. Cada whisky tendrá su propia combinación de alcoholes y congéneres, y es esta mezcla la que crea todos los matices de su «aroma» y, por lo tanto, su sabor.
Curiosamente, de conformidad con la Ley de Sustancias Psicoactivas de 2016, todas las sustancias psicoactivas recreativas se prohibieron, excepto el etanol, la cafeína, la nicotina y el tabaco. Por aquel entonces, afirmé que me parecía algo absurdo. No en vano, se acababa ilegalizando todo tipo de alcohol, pues no hay un solo producto alcohólico en el mercado que no incluya congéneres. La cerveza contiene unos ciento cincuenta y el vino, doscientos. No bebemos etanol puro.
Aparte de su propia combinación de cientos de alcoholes diferentes, el vino, la cerveza y la sidra también incluyen compuestos vegetales aromáticos llamados «terpenos», que provienen de las uvas, el lúpulo o las manzanas. Puede que hayas oído hablar de los terpenos, ya que también aportan al cannabis su peculiar olor. Hasta no hace mucho, se creía que los terpenos contribuían exclusivamente al sabor, pero ya se baraja la posibilidad (aún no investigada en profundidad) de que también sean psicoactivos.
Quizá también te parecen hilarantes muchas cosas, incluidas las que estás repitiendo sin parar, posiblemente debido a tus sistemas de GABA y serotonina. Además, el alcohol bloquea los centros neuronales que controlan la coordinación, de ahí que digamos coloquialmente que una persona muy borracha «no se tiene en pie».
Con ese aumento en los niveles de dopamina y ese descenso en tu autocontrol, es posible que te dé por discutir. También puede que, debido a la merma en tu capacidad de discernir, acabes haciendo cosas poco inteligentes (fumar cuando ya lo habías dejado, conducir, hacer carreras subido en un carrito de la compra…).
Un caso realmente triste fue el de una joven de dieciséis años, Natalie Dursley, a quien una ambulancia recogió tras haberse desplomado en una discoteca. Estaba tan desorientada que abrió las puertas del vehículo en plena carretera, cayó fuera y murió. Este ejemplo ilustra a la perfección la pérdida total de discernimiento que puede producirse cuando estás borracho. En esencia, le has puesto las cosas muy difíciles a tu cerebro (un efecto que me gusta equiparar con el de un virus informático).
Si sigues bebiendo, vas derecho a la anestesia, a un cierre del sistema. De hecho, la anestesia médica también afecta a los sistemas de GABA y glutamato: una que te suministren en una intervención quirúrgica sencilla activa el GABA para dormirte, mientras que la que se utiliza para una intervención más compleja desactiva el glutamato, que es lo que te mantiene despierto y activo. Por eso, necesitas ventilación asistida, porque ya no puedes respirar de forma autónoma.
Antes de que apareciera la anestesia moderna, cuando a un marinero debían amputarle una extremidad lesionada, primero le hacían coger una buena cogorza. Esto tiene una explicación muy sólida: el alcohol amortigua el dolor, así como la memoria.
El hecho de que el alcohol afecte tanto al GABA como al glutamato (doble impacto) es lo que lo vuelve tan peligroso. Ambos regulan no solo nuestra capacidad de mantenernos despiertos, sino también la de mantenernos con vida. Por eso, algunas personas mueren de intoxicación etílica. Si bebes lo suficiente, puedes dejar de respirar. A continuación, incluyo una breve guía por etapas sobre cómo evoluciona la embriaguez [6].
Hay tantas experiencias bajo el influjo del alcohol como personas. En cada caso, las peculiaridades dependen más del entorno y las expectativas que de cualquier singularidad que presente la propia bebida. El subidón que provoque una lata caliente de gin-tonic en un tren de cercanías abarrotado no tendrá nada que ver con el de la misma cantidad de martini en un elegante bar de hotel, por ejemplo. Y tomar unas copas antes de salir de discotecas dista un mundo entero de saborear una copa de jerez con tus padres en Navidad. Hay quien bebe antes de ir a dormir para relajarse y hay quien bebe antes de ir a una reunión de negocios para ganar confianza (aunque esta segunda práctica es bastante desaconsejable).
Buckfast Tonic Wine resulta interesante como (involuntario) experimento social y ejemplifica de maravilla cómo los efectos del alcohol interactúan con los propósitos individuales. Aunque, al principio, los monjes de la abadía de Buckfast en Devon lo elaboraban como tonificante, «Buckie» (como se lo conoce popularmente) es un vino potente y fortificado (15% de alcohol) con abundante cafeína añadida. Una botella contiene el equivalente a casi cinco expresos dobles.
Primero se comercializó como un tónico para personas que sufrían carencias de energía, ya que la cafeína combate los efectos sedantes del alcohol. Quizá estés al tanto de que Buckie se ha convertido en la bebida de culto entre los hinchas de fútbol escoceses (quienes la conocen como wreck the hoose juice10), pues estos beben una botella (o incluso más de una) antes de salir a buscar gresca. Una encuesta escocesa realizada entre delincuentes juveniles determinó que el 43% de quienes habían bebido alcohol antes de cometer alguna infracción admitieron que su bebida predilecta era Buckfast.
Sigue siendo el mismo vino que cuando se comercializaba como tónico, pero ahora se utiliza para un propósito completamente distinto. En 2014, el Gobierno escocés debatió sobre si Buckie debería dejar de venderse en botellas de vidrio, ya que algunos informes advertían de que se usaban como armas, según el periódico Scotsman [7]. Si bien esta ley no llegó a aprobarse y Buckie sigue vendiéndose en botellas, ahora también está disponible en latas (tal vez para reducir el riesgo que suponen las botellas rotas).
CUADRO 3
¿QUÉ VA OCURRIENDO CONFORME MÁS BEBES?
LAS ETAPAS DE LA EMBRIAGUEZ
El aumento de tu contenido de alcohol en sangre influye en cómo te sientes y te comportas, así como en los diferentes neurotransmisores de tu organismo.
Concentración de alcohol en sangreSensacionesNeurotransmisores20 mg%Relax, estado de ánimo ligeramente alterado, leve incremento del calor corporal¿GABA? Endorfinas50 mg%Menos inhibición, más volumen de voz, más gestualidad, menos coordinación y enfoque visualGABA. Serotonina80 mg%Pérdida de coordinación, equilibrio, habla, audición y tiempos de reacciónGABA. Endorfinas100 mg%Dificultad para hablar, merma en los tiempos de reacción y el control físicoGABA. Dopamina150 mg%Euforia, la coordinación se reduce tanto que existe peligro de caer al suelo, aumenta la dificultad de caminar y hablar, posibles vómitosGABA. Serotonina y dopamina250 mg%Confusión, estupor y desorientación, pérdida de capacidad de respuesta al dolor, pueden darse las primeras náuseas y vómitos, difícil mantenerse en pie y caminar de forma autónoma, comienzan las lagunas mentalesGABA + bloqueo de glutamato300-400 mg%Posible pérdida de conscienciaGABA + bloqueo de glutamato400 mg%EstuporGABA + bloqueo de glutamato500 mg%ComaGABA + bloqueo de glutamato600 mg%Parada respiratoria y fallecimientoGABA + bloqueo de glutamatoPor supuesto, la violencia y el alcohol son viejos aliados. Es una de las razones por las que la mayoría de los recintos deportivos y festivales ya no permiten la entrada de recipientes de vidrio (la otra es que los borrachos son muy torpes).
Otro factor adicional es en qué momento bebes a lo largo del día. Lógicamente, cuanto más somnoliento estés, más probabilidades hay de que te venza el sueño debido al alcohol. Por eso, algunas personas mezclan estimulantes y alcohol, como en el Buckie: los primeros para mantenerte despierto y el segundo para quitarte la ansiedad. De hecho, «estimulantes con tranquilizantes» es la combinación más popular en la historia del consumo de drogas.
Otro ejemplo de esto lo conforman la cocaína y el alcohol. Si nos remontamos a la década de 1890, cuando la cocaína era legal, existía un vino italiano llamado Mariani que contenía ambas sustancias. Y lo avaló el papa, nada menos. Puede que hayas escuchado ciertos rumores acerca de que David Cameron, Boris Johnson y otros miembros del Bullingdon Club consumían, presuntamente, cocaína y alcohol en fiestas [8]. La razón por la que alguien haría esto es, quizá, para lograr beber más durante más tiempo. Curiosamente, cuando, en la década de 1990, el Gobierno islandés aprobó una ley que permitía beber alcohol durante las veinticuatro horas, acabó produciéndose un aumento en el consumo de anfetaminas [9].
Uno de los problemas de la cocaína y el alcohol es que actúan de forma conjunta en el organismo para producir una nueva sustancia química: el cocaetileno (CE). El CE viene a ser una variación de la cocaína, con una acción más prolongada, que permanece en el organismo durante horas en lugar de minutos, por lo que resulta más tóxico para el corazón. Esto explica la estrecha relación que hay entre consumir cocaína, beber alcohol y sufrir ataques cardíacos.
El efecto estimulante/tranquilizante también justifica la popularidad del Red Bull con vodka, también conocido como «Vodka Rush»11. Algunos estudios realizados en animales han demostrado que los efectos que produce esta mezcla alteran el cerebro [10]. Tal vez un Vodka Rush te parezca muy poco sofisticado para tu gusto y prefieras un expreso martini, pero no te engañes: lo que le estarías haciendo a tu cerebro no sería tan distinto.
Posiblemente, alcohol con tabaco es la combinación más común de todas. Muchas personas descubren que, una vez adquieren el hábito de fumarse un cigarrillo acompañado de una copa, les cuesta no combinarlos. Esto puede deberse a que fumar intensifica el impacto del alcohol en la dopamina. Aunque también puede deberse a que el alcohol te desinhibe, por lo que tras una copa pierdes la voluntad de no fumar.
Tampoco cabe duda de que emborracharte más rápido (y, por lo tanto, incrementar más rápido tu nivel de alcohol en sangre) implica que vencerás mucho antes tus inhibiciones. Si bebes deprisa, quizá te percates de que tu capacidad de discernir se ha esfumado y acabes sintiéndote sobrepasado por el alcohol antes incluso de comprender que estás borracho. Por otro lado, lo alta que sea la graduación de ese alcohol que estás bebiendo también tiene importancia aquí, pues, cuanto más rápido logres emborracharte, antes comenzará a suceder todo lo malo.
Eso explica por qué no es buena noticia que las bebidas hayan ido adquiriendo cada vez más graduación en los últimos cincuenta años, aproximadamente. Durante las décadas de 1960 y 1970, cuando yo era estudiante, la mayoría de las cervezas de fermentación tanto alta como baja que se vendían en los bares tenían entre un 3 y un 4% de alcohol. Luego llegó la Heineken, con un 5%, y ahora suelen tener entre 4 y 5%. Pero también el vino ha ido adquiriendo cada vez más graduación, por lo general del 11 o 12% al 13 o 14%.
Se ha demostrado que algunas bebidas también incrementan tus niveles de alcohol en sangre más rápido que otras, por ejemplo, el champán más que el vino. De hecho, la gente suele emborracharse más rápido con bebidas espumosas.
La toxicidad del alcohol varía según tu genética, pero también según tu experiencia acumulada como bebedor. Es lo que conocemos por tolerancia al alcohol: la capacidad de tu organismo y tu cerebro para acondicionarse a él y sobrellevarlo. La tolerancia se desarrolla muy rápido porque tu cerebro aprende muy deprisa, y espera que le ofrezcas alcohol. En una semana de vacaciones, al inicio puede que te emborraches con una o dos copas de vino, por ejemplo. Sin embargo, ya en los últimos días, podrías necesitar una botella entera para alcanzar el mismo estado.
Sin embargo, desarrollar una alta tolerancia siempre entraña ciertos riesgos. Una vez fui a casa de un amigo y, cuando nos sentamos a ver el partido de rugby
