Cuba revolucionaria - Antoni Kapcia - E-Book

Cuba revolucionaria E-Book

Antoni Kapcia

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Beschreibung

Pocas naciones insulares han conmovido tanto como Cuba. Desde la embriagadora Habana de Hemingway hasta el Buena Vista Social Club de Ry Cooder, Cuba ha fascinado persistentemente a sus visitantes por su música (del jazz a la rumba), su rica literatura, su arte y danza y quizás, sobre todo, por su audaz experimento de una revolución socialista. Antoni Kapcia muestra cómo el deshielo en las relaciones entre Cuba y EE. UU. exige ahora una nueva valoración del país y de su historia moderna. Explora con autoridad la "esencia" de la revolución cubana, mostrándola como un fenómeno inconformista ligado no tanto al socialismo o al comunismo sino a una visión idealista del nacionalismo poscolonial. Reevaluando la Crisis de los Misiles Cubanos de 1962, el autor examina las personalidades centrales: no sólo el famoso trío del Che Guevara, Fidel y Raúl Castro y su papel en la formación de las ideas de la revolución sino, aún más atrás, la ideología visionaria de José Martí. El libro de Kapcia reflexiona sobre el futuro de la revolución cuando su gobierno comenzó a ceder el poder a una nueva generación.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2022

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ANTONI KAPCIA

Cuba revolucionaria

Poder, autoridad y Estado desde 1959

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day

© 2021 Antoni Kapcia, por acuerdo con Bloomsbury Publishing Plc.

© 2022 de la edición española realizada por DAVID CERDÀ

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe, 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6270-1

ISBN (versión digital): 978-84-321-6271-8

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

LISTA DE ACRÓNIMOS E INICIALES

PREFACIO

1. La evolución de un nacionalismo radical

2. El proyecto de construcción de la nación cubana, 1959-1961

3. Debate I: 1962-1965

4. La revolución inconformista y el «comunismo cubano», 1965-1970

5. Debate II: 1970-1975

6. Institucionalización, consolidación y mayor ortodoxia, 1975-1985

7. Debate III: 1985-1991

8. La crisis y el Periodo Especial, y los debates IV y V, 1989-2005

9. De Fidel a Raúl. ¿El último capítulo?

10. Reflexiones sobre la matriz de poder cubana, la gobernanza y la toma de decisiones

BIBLIOGRAFÍA

AUTOR

LISTA DE ACRÓNIMOS E INICIALES

ACRC

Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, desde 1993

AJR

Asociación de Jóvenes Rebeldes, rama juvenil del Movimiento 26 de Julio hasta 1960

ANAP

Asociación Nacional de Agricultores Pequeños

CIA

(EE. UU.) Agencia Central de Inteligencia

PCC

Partido Comunista de Cuba, tanto en 1925-1939 como a partir de 1965

CDR

Comité de Defensa de la Revolución

CNOC

Confederación Nacional de Obreros de Cuba

CSD

Coalición Socialista Democrática de 1939-1944

CTC

Confederación de Trabajadores de Cuba (1939-1961), también Confederación de Trabajadores de Cuba (desde 1961)

CUC

Peso convertible internamente (desde 1993)

DEU

Directorio Estudiantil Universitario

DR

Directorio Revolucionario de 1957-1962

DRE

Directorio Revolucionario Estudiantil de 1955-1956

EIR

Escuelas de Instrucción Revolucionaria

FEU

Federación Estudiantil Universitaria, desde 1923

FMC

Federación de Mujeres Cubanas, desde 1960

ICAIC

Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficas

INRA

Instituto Nacional de Reforma Agraria

ISA

Instituto Superior de Arte

JUCEI

Juntas de Coordinación, Ejecución e Inspección

MNR

Movimiento Nacional Revolucionario, 1953-1955, también Milicias Nacionales Revolucionarias desde 1960

MTT

Milicias de Tropas Territoriales, desde 1981

OPO

Órganos de Poder Popular, desde 1976

ORI

Organizaciones Revolucionarias Integradas, coalición revolucionaria de 1961-1962

PNR

Policía Nacional Revolucionaria

PPC

Partido del Pueblo Cubano, conocido como los Ortodoxos

PRC

Partido Revolucionario Cubano, 1892-1899 (Partido de la Independencia de Martí)

PRC-A

Partido Revolucionario Cubano Auténtico, conocido como los Auténticos, desde 1934

PSP

Partido Socialista Popular, nombre del Partido Comunista de 1944 a 1962

PURS

Partido Unido de la Revolución Socialista, 1962-1965

SDPE

Sistema de Dirección y Planificación Económica, después de 1975

UJC

Unión de Jóvenes Comunistas, desde 1960

UNEAC

Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba

PREFACIO

DADO QUE SE HA ESCRITO TANTO sobre la Revolución cubana a lo largo de los años (especialmente sobre la década de los sesenta, la notable supervivencia del sistema en la década de los noventa o ahora que la generación histórica se acerca a su acto final en el poder), ¿qué más se puede decir sobre este asunto? Esencialmente, lo que este estudio pretende es corregir la tendencia común de encajar algo llamado «la Revolución» en paradigmas preexistentes, que rara vez se han correspondido con lo que estaba o está sucediendo realmente.

Lo que se argumentará aquí se basa en casi cinco décadas de investigación sobre Cuba y cuatro décadas de viajes que comprenden unas sesenta y cinco estancias en Cuba, lo que me ha proporcionado mucho material para intentar dar forma a esa «corrección». Ese material se ha obtenido a partir de años de conversaciones con amigos, conocidos, entrevistados, académicos y políticos cubanos (antiguos y actuales), de conversaciones con (y de la lectura del trabajo de) numerosos expertos no cubanos de diversa índole, y a veces simplemente mediante la observación de las muchas maneras diferentes en que las cosas funcionan (y no funcionan) en Cuba. También ha surgido de las experiencias personales de la oficialidad cubana (su mítica burocracia) a todos los niveles. Todo esto ha llevado a conclusiones sobre el sistema en general, luego sopesadas con las teorías y explicaciones convencionales.

Por último, varios proyectos de investigación diferentes han ido acumulando poco a poco una reserva de hallazgos y suposiciones sobre el sistema y su funcionamiento: desde mediados de la década de los ochenta, analizando las implicaciones de los cambios de política y de personal en los sucesivos Congresos del Partido Comunista para el Journal of Communist Studies; a principios de la década de los noventa, entrevistas con antiguos compañeros de gobierno del Che Guevara de principios de los sesenta; desde mediados de los noventa, rastreando diariamente diferentes periódicos cubanos y estadounidenses y evaluando las implicaciones de las noticias, un conocimiento habitualmente reforzado con lo que constataban colegas cubanos que «estaban en el ajo»; en el periodo 2004-2009, durante un proyecto de colaboración sobre historia cultural que reveló el funcionamiento del sistema en el pasado y el presente; entre 2012 y 2020, otro proyecto de colaboración[1] en la provincia de Granma me permitió refinar algunas de las ideas y juicios anteriores con el trasfondo de las estructuras políticas y administrativas de base real; y, por último[2], los descubrimientos surgieron del trabajo de consultoría sobre los entresijos de las estructuras políticas nacionales. Por lo tanto, este es en gran medida el trabajo de un historiador de toda la vida (que trabaja empíricamente para urdir una posible teoría a partir de las pruebas recopiladas), más que el de un politólogo, una profesión a la que no aspiro en absoluto.

A lo largo de todos esos años, y específicamente para la larga preparación de este libro, adquirí muchas deudas con muchas personas, entre ellas innumerables amigos y colegas cubanos, de cuyas experiencias y perspectivas personales he aprendido mucho; no los nombraré aquí, ya que (1) son demasiados y (2) algunos bien podrían preferir no ser nombrados en un trabajo con el que tal vez no estén totalmente de acuerdo; no obstante, si leen lo que sigue, todos ellos probablemente se reconocerán como fuentes particulares de información o de juicio. Nombraré, sin embargo, a uno que, por encima de todos, me ayudó a perfilar, afinar y profundizar mis ideas a lo largo de todo el trabajo: mi muy buen y querido amigo Fernando Martínez Heredia, al que echamos mucho de menos desde su triste fallecimiento en 2015 y en cuya siempre equilibrada sabiduría y conocimientos enciclopédicos tanto confié y valoré.

Entre los que nombraré desde fuera de Cuba se encuentra, en primer lugar, mi compañera Par Kumaraswami, con la que he trabajado de forma tan productiva y agradable desde 2004 y de la que también he aprendido siempre mucho, sobre todo a pensar de forma diferente a la que estaba acostumbrado. Siempre me ha aportado nuevas ideas, una profunda comprensión y su gran empatía respecto a este tema; y lo que es más importante, ha estado durante mucho tiempo a mi lado, compartiendo mucho conmigo y contribuyendo a mi desarrollo. Sin ella, este libro podría no haber sido escrito. Más allá de eso, también me gustaría reconocer la ayuda muy específica que me proporcionaron los treinta y tantos posgraduados a los que tengo el verdadero placer de supervisar y con los que he trabajado: he aprendido mucho de ellos, ya que siempre aportaron nuevas ideas, perspectivas e información, ayudándome a que entendiese mejor Cuba. Cito aquí especialmente a los más recientes, cuyas investigaciones han aportado muchas de las ideas para preparar este texto: (en orden alfabético) Anna Clayfield, que me abrió el período no investigado de 1970-1975; Lauren Collins (cuyas ideas sobre el funcionamiento de la «densa red» cubana he encontrado muy profundas y esclarecedoras); Emily Kirk (que me abrió los ojos a parte del pensamiento oculto en Cuba sobre la salud y la sexualidad); Rosi Smith (cuyo trabajo sobre la educación cubana encuentro extraordinariamente diferente de todo lo anterior que había leído); e Isabel Story (cuyo trabajo sobre la influencia cultural soviética me obligó a repensar mis ideas, bastante anticuadas, sobre los vínculos cubano-soviéticos).

[1]Proyecto financiado por el Leverhulme Trust: Interaction between literature, politics, and the reader in revolutionary Cuba.

[2]Proyecto financiado por el Leverhulme Trust: Beyond Havana and the nation? Peripheral identities and literary culture in Cuba.

1. La evolución de un nacionalismo radical

PARA EMPEZAR CON LAS PASADASlecturas erróneasde la Revolución cubana a las que me referí en el prefacio, podemos ver con bastante rapidez que, en su primera década, el enfoque convencional solía leer el proceso a través del prisma del enfoque generalizado en la persona (y la personalidad) de Fidel Castro, viéndolo normalmente como la última, aunque más inusual, manifestación de un régimen personalista o populista «típicamente latinoamericano»[1]. A medida que la Revolución se adentraba en el comunismo y en la Guerra Fría global (desde 1961-1962), la tendencia alternativa era leer «la Revolución» —para entonces con mayúsculas, como se escribía en Cuba— como un estado comunista «típico», como una versión caribeña del Bloque Socialista de 1948-1990: monolítico bajo un dictador, como el régimen de Ulbricht en Alemania Oriental o el de Ceaușescu en Rumanía[2]. Lamentablemente, ambos enfoques seguían siendo demasiado visibles en 2016, cuando los medios de comunicación se centraron en la muerte de Fidel (dada la importancia de ambos hermanos Castro en lo que aquí va a contarse, no tenemos más remedio que distinguirlos en lo sucesivo llamándolos «Fidel» y «Raúl»). En una entrevista televisiva de la BBC el 26 de noviembre, después de haber explicado meticulosamente su importancia histórica, se le preguntó a este autor: «Entonces, ¿diría usted que Castro era un típico dictador latinoamericano o un típico dictador comunista?». Evidentemente, nada había cambiado desde 1968.

Así las cosas, lo que este estudio pretende es centrarse en lo que puede argumentarse como la esencia de un proceso que ha durado seis decenios: un proceso largamente demorado —y por lo tanto radicalizado— de construcción nacional poscolonial y descolonizadora que, dadas las «plantillas» entonces disponibles para tales procesos en todo el mundo poscolonial y basado en el radicalismo de muchas tradiciones cubanas, se dirigió inexorablemente hacia alguna versión del «socialismo» como medio para alcanzar ese objetivo. La importancia de esta perspectiva alternativa es que reconoce plenamente la fuerza y la profundidad del nacionalismo que originalmente sustentaba la Revolución, y también la profundidad y el carácter de la transformación que ese proyecto de construcción de la nación pretendía, o que terminó desarrollándose. En pocas palabras, lo que podríamos llamar «socialismo cubano» fue siempre algo inconformista, incluso en su versión más aparentemente «sovietizada», y (a pesar de lo que a menudo se nos dice) no era simplemente atribuible a Fidel, sino que reflejaba los patrones ideológicos de esas tradiciones y una serie de otros factores que desgranará este estudio.

Esto significa que, en lugar de forzar a la «Revolución» a entrar en la camisa de fuerza de paradigmas poco útiles, sería mejor considerarla en un contexto diferente al de muchos regímenes poscoloniales de África y Asia a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, a menudo impulsados por las mismas prioridades que preocupaban a los líderes cubanos. Entre ellas se incluía un énfasis abrumador (y a menudo asfixiante) en la unidad; un impulso frenético para «ponerse al día» mediante un desarrollo rápido, a menudo industrial; un sistema de partido único para unir los diferentes elementos del radicalismo anticolonial precedente; y un estado de bienestar para garantizar un rápido desarrollo social y el apoyo popular.

Dicho de otro modo, deberíamos pensar en la Revolución cubana menos como un sistema comunista estático, monolítico y «típico» y más como un proceso de construcción de la nación disputado y a menudo empírico. Es importante destacar que ese proceso se vio inicialmente restringido —y a menudo moldeado— por una economía subdesarrollada y luego —durante tres decenios— moldeado y restringido por la Guerra Fría, que trajo consigo un prolongado aislamiento y una activa hostilidad externa cuya manifestación más patente fue el embargo de Estados Unidos que llegó en ocasiones a la subversión abierta. De todos los factores que configuraron las pautas y el pensamiento de esos seis decenios, el contexto externo es quizás uno de los más cruciales, ya sea en lo relativo al precio y el mercado mundial del azúcar, el papel y la actitud de Estados Unidos, el papel de la Unión Soviética (1961-1991) o la política y las crecientes interpretaciones en el ámbito del «Tercer Mundo» en los años sesenta y setenta. Ese contexto ha servido más para establecer los parámetros de la nación que para ser simplemente el escenario en el que ha evolucionado el proceso.

Se trata entonces de explicar no solo el contexto histórico de la Revolución, sino también una de sus características más desconcertantes para los observadores externos: la notable supervivencia del sistema durante esos sesenta años. Lo más obvio es que ha sobrevivido a sesenta años de hostilidad estadounidense: el embargo de Estados Unidos (las sanciones más largas —y, probablemente, las menos exitosas— de la historia, formalizadas plenamente en febrero de 1963 y aún vigentes en 2020), una invasión respaldada por Estados Unidos (1961), la financiación sostenida del sabotaje externo (años sesenta y setenta) y la subversión. En segundo lugar, ha sobrevivido a repetidas crisis económicas: en 1962-1963, 1970 y, lo más traumático, la desaparición en 1989-1991 de todo el edificio de comercio y de apoyo económico y militar que había supuesto la alianza de Cuba con el Bloque Socialista y la Unión Soviética desde 1961, pero sobre todo desde 1972. Esa crisis, que golpeó a Cuba con más fuerza que las crisis y recesiones de 1920 o 1929-33, debió resultar terminal, como predijeron muchos[3]. Sin embargo, la Revolución ha sobrevivido incluso doce años después de que Fidel se retirase.

La cuestión de la supervivencia nos remite a la literatura sobre Cuba, que la ha atribuido a una serie de posibles explicaciones, que a menudo dependen de la posición política del intérprete. Entre ellas se encuentra la suposición obvia de una coacción sistemática, mediante una represión monolítica o el control personal de Fidel. En realidad, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se redujeron a la mitad en la crisis económica de principios de la década de los noventa, y desde entonces nunca han recuperado su antigua financiación[4], mientras que el gobierno dejó de funcionar eficazmente durante un breve periodo. Entretanto, el propio Fidel renunció a cualquier control personal en 2007. Esta explicación común se relaciona con otra: el presunto fatalismo o pasividad de la población cubana, que se supone que es el resultado de años de adoctrinamiento, represión y aislamiento, que condujeron a una aceptación resignada, fruto de un pragmatismo a regañadientes (ya que los niveles de bienestar estaban parcialmente protegidos) o del simple miedo a las alternativas. Esto último tenía cierta justificación en 1990-1994, ya que los cubanos que regresaban del Bloque Socialista y de la Unión Soviética traían consigo relatos de caídas del nivel de vida y del bienestar tras el colapso; ese argumento se volvería menos defendible al cabo de unos años, ya que esos antiguos países del Bloque experimentaron el crecimiento económico y la estabilidad en la década de 2000. Se ofreció una explicación más obvia y convincente: la clave fue el poder del orgullo nacional cubano, y la capacidad del gobierno para explotarlo, cada vez que los presidentes estadounidenses actuaban de forma que provocaban respuestas nacionalistas en Cuba, endureciendo el embargo (1992, 1996 y 2004) o aumentando los niveles de hostilidad (como hicieron Reagan y Bush).

Aunque algunas de esas explicaciones comunes tienen elementos convincentes, todos tienen defectos o solo se sostienen durante ciertos momentos o períodos. Este autor, al abordar esta supervivencia, ha sugerido en otro lugar otros posibles factores. El primero es el papel persuasivo y cohesionador de la ideología: no tanto el marxismo-leninismo como un sistema de creencias o visión del mundo (Weltanschauung) más complejo, orgánico, dinámico y siempre adaptable, que logró impulsar, unir y ofrecer soluciones a suficientes cubanos durante la mayor parte del tiempo[5]. Otra es la eficacia cohesiva de lo que se ha descrito como un sistema cuasi corporativista (aunque fuese un corporativismo revolucionario postcolonial), con sus tendencias inclusivas y sus amplios procesos y mecanismos de participación e implicación[6].

De hecho, resumiendo todas las explicaciones más convincentes, podemos ver que el enfoque más sensato es probablemente combinar varios elementos en una explicación en lugar de buscar una única causa imposible. A grandes rasgos, podemos resumirlas en económicas, sociales, ideológicas y políticas. Los factores económicos que se mencionan con más frecuencia se centran en el amplio programa de rescate de 1992, especialmente en medidas como la despenalización del dólar estadounidense (que permitió que las remesas, que se necesitaban con urgencia, fluyeran hacia las familias y hacia el sistema); la imposición de un sistema de doble moneda que (con todos sus problemas posteriores de desigualdad y contabilidad inexacta) garantizó que el Estado obtuviera la mayor parte de las divisas, lo que le permitió realizar importaciones; el cambio hacia el turismo, que pronto se convertiría en el principal pilar de Cuba; una reforma agraria que garantizó la lealtad de los agricultores y un mejor suministro de alimentos; y el permiso para formar empresas mixtas con capital extranjero. Los factores sociales estaban a menudo relacionados: las garantías de gratuidad de la educación y la sanidad y el refuerzo de la cartilla de racionamiento. Los factores ideológicos eran el sentimiento residual de solidaridad entre bastantes cubanos (expresado a menudo como un sistema de reciprocidad de bajo nivel entre amigos y vecinos) y la fuerza y profundidad del nacionalismo (moldeado durante mucho tiempo por un sentimiento de antiimperialismo e impulsado regularmente por las sucesivas políticas estadounidenses). Por último, los factores políticos fueron la cohesión y la reconstrucción del sistema participativo (que garantiza un grado de comunicación y participación, incluso en el lugar de trabajo); la larga emigración de cualquier oposición potencialmente organizada y sustancial; el papel de las iglesias para garantizar el acceso a los suministros externos y evitar la desintegración social; y la eficacia de las nuevas capas de gobierno local.

Este estudio, sin embargo, ofrece otro posible factor, relacionado con la explicación cuasi corporativista examinando la evolución (en parte basada en la ideología y sustancialmente basada en la evidencia empírica) de lo que se presentará como una compleja y superpuesta matriz de poder —y dentro de ella de diferentes tipos de poder— dentro de un Estado que evoluciona constantemente. En otras palabras, es el análisis sistémico del corporativismo que se describió en 2014 (con su enfoque en el personal y las dinámicas de grupo), lleno de complejidad pero notablemente eficaz, caracterizado por múltiples estructuras verticales de poder, participación y gobernanza, todas ellas entrelazadas con procesos horizontales de negociación y consulta. Se argumentará que esto refleja, y a su vez ha moldeado, la evolución del Estado cubano como algo menos monolítico que una infraestructura muy compleja para esas estructuras y procesos.

EL CONTEXTO HISTÓRICO

Sin embargo, antes de embarcarnos en ello, tenemos que esbozar el contexto histórico tan particular que dio forma a la Cuba moderna y contemporánea y al sistema posterior a 1959, una tarea que la mayoría de los observadores considera esencial para entender por qué Cuba experimentó una transformación radical tan improbable y duradera tras ese año. Porque, aunque Cuba compartió muchas de las experiencias históricas más amplias de América Latina, ciertos procesos hicieron que la cultura política cubana fuera única. Por supuesto, resulta tópico decir que cada país es «único», por muy parecidos que parezcan dos de ellos; además, los estudios recientes se han alejado del enfoque tradicional sobre el aparente «excepcionalismo» de Cuba[7], una reevaluación que ha sido útil para recordarnos que se dio un nacionalismo radicalizado similar en toda América Latina en 1900-1960. Del mismo modo, muchos países en desarrollo se enfrentaron después de 1960 a algunos de los mismos desafíos que Cuba, mientras que los emigrantes cubanos de principios de la década de 1980 a menudo se diferenciaban poco de los millones de migrantes económicos en busca de mejoras materiales en los países desarrollados[8].

A lo largo de este estudio se utilizan repetidamente dos conceptos, radicalismo y nacionalismo; este es un momento oportuno para aclarar la forma en que aquí se definen ambos. A grandes rasgos, cuando se utiliza el término «radical», suele referirse a una postura política que va más allá de lo que era la norma en un momento dado o en una forma de pensar determinada; ese «más allá» puede ser tanto hacia la derecha (hacia el corporativismo o el fascismo, o hacia un nacionalismo excluyente) como hacia la izquierda. En este último caso (más común en América Latina), las posturas radicales solían proponer cambios más profundos o rápidos que las posturas reformistas o gradualistas, o, en comparación con el comunismo prosoviético, buscar enfoques más fundamentales e inmediatos para el cambio revolucionario.

¿QUÉ SE ENTENDÍA POR NACIONALISMO?

Apelar al nacionalismo, por supuesto, abre la caja de Pandora, dados sus múltiples y cambiantes significados y manifestaciones globales, y no digamos en Cuba. Como veremos, lo que puede denominarse a grandes rasgos «nacionalismo cubano» ha tenido en realidad muchas formas, bases, plataformas y objetivos diferentes a lo largo de unos dos siglos, algunos más reconocibles para los norteamericanos o los europeos, pero otros particularmente cubanos o compartidos con otras sociedades latinoamericanas. Lilian Guerra nos ha ayudado considerablemente al examinar de manera convincente los distintos nacionalismos en la temprana República cubana, distinguiendo a grandes rasgos entre un nacionalismo proimperialista, uno revolucionario y uno popular[9], aunque otros dos libros suyos han llevado efectivamente esa tipología a más dimensiones (antes y después de 1959), pero siempre centrándose en el imaginario de «la nación»[10]. De hecho, su énfasis en la esencia del enfoque pionero de Benedict Anderson, que entiende el nacionalismo como «comunidades imaginadas»[11], nos lleva al corazón de la diferente comprensión de las múltiples capas y tipos de significado aplicados al término en Cuba a lo largo de las décadas.

Aunque el enfoque de Anderson insistió en llevar los orígenes del concepto más allá del punto de partida convencional de la Revolución francesa, lo que nos interesa aquí no es tanto esa dimensión —ya que varios de los nacionalismos cubanos sí fueron ampliamente posteriores a 1789— como el proceso de imaginación. Esto se debe a que todas las manifestaciones cubanas que surgieron en el siglo xix se centraron en imaginar algo nuevo: mientras que se podría plantear que algunos nacionalismos son esencialmente nostálgicos (que se remontan a una identidad perdida real o imaginada, ya sea una soberanía suprimida por un extraño o una identidad cultural que se ve amenazada por «el otro»), las numerosas versiones de Cuba Libre que veremos en este estudio compartían la novedad de lo que imaginaban, ya que nunca había habido una Cuba separada o independiente desde la temprana colonización española. Por lo tanto, todas las versiones que surgieron estaban imaginando algo aún no formado, lo que quizás condujo inevitablemente a que se dieran muchas variaciones. En algunos aspectos, el nacionalismo cubano se asemejaba a la conocida tendencia de la izquierda a dividir, ya que siempre es más fácil crear un consenso sobre lo que algo es (el statu quo) o sobre lo que solía ser, basado en un consenso amplio —pero raramente universal—, que sobre lo que debería ser en un futuro aún no realizado.

En cualquier caso, este estudio rastreará la evolución de varios nacionalismos conflictivos[12] que cambiaron con el tiempo, según la capacidad de convencimiento de las potencias hegemónicas. Mientras que el colonialismo español funcionó más o menos (para bastantes intereses en la emergente élite criolla —de origen cubano—), cualquier protonacionalismo se limitó a una pequeña minoría intelectual o a los impulsos proporcionados por la ideología externa (a menudo la masonería). Cuando se consideró ampliamente que ya no era eficaz, un separatismo reticente (en lugar de, todavía, cualquier nacionalismo claro que asumiera una nación cubana separada) postuló la posibilidad de incorporarse a los Estados Unidos; solo cuando eso fracasó como perspectiva, un separatismo aún reacio se metamorfoseó en el nacionalismo proimperialista[13] que caracterizó a partes significativas del electorado blanco rebelde de 1868-1898, y de hecho más allá de eso. Sin embargo, también veremos cómo surgió un nacionalismo cada vez más popular (que percibe a Cuba Libre como racialmente igualitaria y multicultural) que, con cada evolución de la rebelión —y dos fueron suprimidas— y a medida que las ideas externas entraron en la ecuación para dar forma al «imaginario» de manera más ideológica, se hizo más coherente en algunos aspectos básicos (los principios compartidos para dar forma a la futura Cuba Libre), aunque todavía fueran necesariamente imaginados, más que concebidos racionalmente. El tercer nacionalismo (revolucionario) al que alude Guerra puede verse en la creación y el carácter del Partido Revolucionario Cubano (PRC), infundido siempre por principios e interpretaciones explícitamente izquierdistas de la historia, el pasado y el futuro.

Más adelante, veremos que esos nacionalismos divergen más si cabe, ya que la relación con Estados Unidos complicó la conciencia de los cubanos sobre lo que necesitaba y podía lograr una Cuba independiente, pero también porque una vertiente del nacionalismo comenzó a reflejar la radicalización más amplia del sentimiento antiestadounidense que se daba en otras partes de América Latina. Finalmente, por supuesto, el nacionalismo cuasi redentor[14] que evolucionó en la década de 1940 —confundido por la «revolución» de 1933 y luego por un populismo que prometía mucho, pero que fracasó significativamente— ayudó a crear el contexto para la Revolución de 1959, que se dividiría irremediablemente por la rápida radicalización de una forma más explícitamente socialista de la fusión de los nacionalismos revolucionario y popular. La expresión institucional de este nacionalismo fusionado revolucionario y popular a lo largo de las décadas siguientes (a medida que el orgullo nacional y el colectivismo forzado daban forma a una supervivencia desafiante frente a un imperialismo percibido) trajo consigo una versión más profunda, pero mucho menos reconocible, del nacionalismo, una versión que fue rescatada a principios de los noventa y luego impulsó las redefiniciones que se produjeron. Sin embargo, esta visión general de estos diferentes nacionalismos sigue siendo solo un resumen; su elaboración más completa debe esperar al momento apropiado en que podamos desgranarlos.

EL CONTEXTO ÚNICO DE LA CUBA MODERNA

Volviendo, pues, al hilo conductor de este capítulo, parece incuestionable que en la historia de Cuba anterior a 1959 se produjo una combinación realmente singular de procesos, experiencias y retos que hicieron que el momento revolucionario de 1959 fuera, cuando menos, insólito y, en muchos aspectos, notablemente único. Ningún otro país latinoamericano experimentó una convulsión, y luego un aislamiento forzado y una hostilidad externa sostenida, a la escala de Cuba, mientras que el comunismo cubano sobrevivió al derrumbe del Muro de Berlín e incluso al de la Unión Soviética.

¿Cuáles fueron entonces los procesos, las experiencias y los retos que hicieron a Cuba tan diferente, dando forma a la Revolución? La respuesta se encuentra esencialmente en un colonialismo español inusualmente prolongado (que se extendió casi ochenta años más que en otras colonias españolas), una posterior ocupación militar estadounidense que condujo a un neocolonialismo legal de tres decenios bajo la hegemonía de Estados Unidos y luego una hegemonía económica menos evidente durante otros veinticinco años. Además, el azúcar de Cuba —durante mucho tiempo su principal producto de exportación— superó en producción y exportación a la mayoría de los competidores similares, pero acabó sufriendo la sobreproducción mundial, lo que hizo que el azúcar pasara de ser uno de los mejores productos posibles a principios del siglo XIX a uno de los peores en la década de 1940. También fue el azúcar lo que determinó la tardía, pero fundamental, entrada de Cuba en el comercio masivo de esclavos, que atrajo el creciente interés de Estados Unidos y, finalmente, de la Unión Soviética. Mientras tanto, la posición geográfica de Cuba, a caballo entre el Caribe y el Golfo de México, hizo que la isla fuera comercial, geopolítica y estratégicamente crucial.

El dominio colonial de España duró tanto tiempo, principalmente, debido a la inusual reticencia de los criollos cubanos a contemplar la rebelión en comparación con otros criollos hispanoamericanos que habían liderado sus rebeliones independentistas en el periodo de 1808-1826, una reticencia motivada por el reconocimiento pragmático de que la ya lucrativa economía azucarera (generada en parte por la breve ocupación británica de 1762-1763[15], de la que se beneficiaron y que fue alimentada por las importaciones masivas de esclavos africanos), se vio amenazada después de 1807 por el abolicionismo británico y estadounidense. Mientras España permaneciese en Cuba, la riqueza y protección de los criollos cubanos —frente a los esclavos— estaban garantizadas.

También contribuyeron otros dos factores. En primer lugar, un consenso implícito entre Gran Bretaña y los nuevos Estados Unidos (cada uno de ellos temeroso de la posible ocupación de una Cuba independiente por parte del otro) aseguró que se tolerara la continuidad del dominio español, desalentando cualquier movimiento independentista cubano. En segundo lugar, después de 1826, la determinación de España de mantener la línea en Cuba contra una mayor pérdida de colonias se vio reforzada por los miles de refugiados españoles de Luisiana y las rebeliones independentistas, convirtiendo a Cuba en un baluarte más decididamente leal.

Sin embargo, a lo largo de las décadas siguientes, la debilidad de España se hizo patente y el valor del mercado azucarero estadounidense para los criollos de Cuba creció (en la década de 1840 constituía cerca de la mitad de las exportaciones de azúcar de Cuba), convenciendo a muchos criollos para considerar la posibilidad de convertirse en un Estado de EE. UU. en lugar de aspirar a una independencia total, para continuar con el comercio de esclavos, la esclavitud y las exportaciones de azúcar. Ese anexionismo floreció en las décadas de 1840 y 1850, compartido brevemente por poderosos intereses en los estados del sur de EE. UU. y basado en el ejemplo texano de 1845, generando varias conspiraciones y rebeliones[16]. Sin embargo, con el resultado de la Guerra Civil estadounidense, esa posibilidad terminó, obligando a muchos propietarios de plantaciones frustrados a contemplar la posibilidad de una rebelión, sobre todo porque la abolición del comercio de esclavos ya había hecho prohibitivos los precios de estos, empobreciendo a muchos de esos propietarios.

El 10 de octubre de 1868 comenzó una rebelión liderada por los hacendados en el este de Cuba (cerca de Manzanillo), bajo el mando de Carlos Manuel de Céspedes, que condujo a una amarga lucha de diez años —la Guerra Grande— basada en una guerra de guerrillas incesante, librada en su mayor parte por mambises negros, muchos de ellos esclavos o antiguos esclavos, que veían la independencia como su camino hacia la libertad y la igualdad[17]. Sin embargo, la rebelión se debilitó por las divisiones internas sobre la estrategia y el futuro de Cuba, con o sin esclavitud, dentro o fuera de Estados Unidos. Esas divisiones —acentuadas por la resistencia de decenas de miles de milicianos voluntarios españoles intransigentes— condujeron a la rendición de los rebeldes en 1878, seguida de una breve prolongación desafiante de la rebelión —bajo Antonio Maceo— y luego de una segunda rebelión más aislada en 1879-1880 (la Guerra Chiquita).

Sin embargo, en la década de 1880, se produjeron en Cuba cambios fundamentales. La abolición de la esclavitud por parte de España en 1870 (posponiendo su plena aplicación hasta 1888 para proteger la prosperidad de los esclavistas) eliminó esa cuestión de las consideraciones de los cubanos, y alrededor del 80 % del azúcar de Cuba se destinó al mercado estadounidense, lo que hizo que el dominio español fuera aún menos convincente. Mientras tanto, las autoridades coloniales penalizaban a los cubanos por sus rebeliones, con impuestos punitivos y la obligación de pagar la deuda de guerra de España[18], lo cual, como era de esperar, antagonizó a muchos leales hasta entonces pragmáticos. Entretanto, los intereses corporativos estadounidenses compraban constantemente las tierras de los cubanos al este, creaban refinerías semiindustriales modernizadas, adquirían una participación en la economía cubana y cambiaban la naturaleza del cultivo y la producción de azúcar[19].

Finalmente, dos nuevos elementos entraron en la ecuación: la aparición del poeta y activista José Martí y la radicalización de la mano de obra cubana emigrada del tabaco en Florida[20]. Exiliado en su mayor parte de Cuba desde 1871, Martí fue fundamental para el desarrollo del separatismo cubano a través de sus persistentes escritos y campañas a favor de la independencia de Cuba y la creación en 1892 de un único PRC unido.

El radicalismo de esa fuerza de trabajo altamente sindicalizada y politizada llevó al partido a reconocer la necesidad de que la futura Cuba Libre fuera tanto socialmente igualitaria como políticamente independiente. Dado que las rebeliones anteriores ya habían demostrado una base social y racial popular para esa idea, ya que la mayoría de los rebeldes no blancos veían la independencia como un camino hacia la igualdad, este nuevo carácter hizo que al menos una vertiente del emergente nacionalismo cubano fuera una de los más populares y radicales de América Latina. Sin embargo, todavía no existía un verdadero consenso separatista sobre lo que significaba el nacionalismo —o la «nación»— en cuanto a su definición o programa futuro. Mientras que la interpretación popular podía ser radical en su visión social igualitaria para una Cuba Libre, muchos blancos de clase media y criollos de élite seguían viendo la «nación» como algo racialmente limitado y jerárquico, que consistía en que ellos suplantarían a los peninsulares en la cima. En esencia, se hacían eco del enfoque de soberanía política de sus homólogos de 1808-1826 en las demás colonias españolas.

La rebelión final comenzó en febrero de 1895, pero la muerte de Martí el 19 de mayo, solo tres meses después, la privó (y a una Cuba finalmente libre) de un líder popular. No obstante, esta nueva revuelta fue más poderosa, popular y militarmente exitosa que la de 1868-1878, alcanzando pronto el oeste y obligando a los españoles a traer decenas de miles de refuerzos y a adoptar medidas extremas, incluyendo la notoria concentración de civiles en campos, con un número de muertos de más de cien mil[21]. En abril de 1898, sin embargo, Estados Unidos entró en escena, temiendo que se perjudicasen los intereses comerciales estadounidenses —por los daños potenciales del conflicto— y por una campaña tanto de influyentes intereses políticos y estratégicos estadounidenses (que veían a Cuba como crucial para la seguridad de Estados Unidos) como de barones de la prensa, todos ellos exigiendo una intervención. Cuando el USS Maine explotó misteriosamente en el puerto de La Habana en febrero de 1898, el gobierno se vio obligado a declarar la guerra a España en abril, convirtiendo la última Guerra de la Independencia de Cuba en la breve Guerra Hispanoamericana. Tras la rendición de España (julio de 1898), el Tratado de París (enero de 1899) entregó todas las colonias españolas no africanas restantes a Estados Unidos, incluida Cuba.

Lo que siguió fue una ocupación militar estadounidense de cuarenta meses, que dio forma a gran parte del posterior desarrollo independiente de Cuba y produjo importantes cambios en los patrones económicos, sociales y políticos del país. En primer lugar, aumentó la ya importante presencia financiera y comercial de Estados Unidos; en segundo lugar, junto con las bienvenidas reformas sociales (sanidad e higiene), comenzó una «americanización» cultural, remodelándose la educación según las pautas estadounidenses y con la afluencia de misioneros religiosos protestantes estadounidenses y aspirantes a colonos[22]; en tercer lugar, la unidad construida por Martí y el PRC se fracturó, ya que las autoridades militares —que se preparaban para una especie de autogobierno— crearon un sistema de partidos pluralista, dividiendo el PRC en dos partidos distintos, que se disputaban los cargos. Mientras tanto, se mantuvo a muchos funcionarios españoles y se protegieron los intereses financieros y comerciales españoles.

Finalmente, en mayo de 1902, temerosos de un posible resentimiento nacionalista antiestadounidense, el gobierno y las autoridades de ocupación de EE. UU. concedieron a los cubanos su independencia (ahora de EE. UU., no de España), pero solo a condición de que la redacción de la controvertida Enmienda Platt se incorporase al todavía borrador de la Constitución cubana. Dicha enmienda —a un proyecto de ley de asignaciones de la Marina de los EE. UU. que se encontraba entonces en el Congreso— se consideró el medio perfecto para crear un protectorado cubano, con independencia formal pero con un control efectivo de los EE. UU. sin necesidad de tropas. Aceptado finalmente de forma marginal y a regañadientes por la Asamblea Constituyente, incluía varias cosas: un veto de EE. UU. a los tratados y préstamos exteriores cubanos, el arrendamiento de territorio para uso naval de EE. UU. (que finalmente solo significó la Bahía de Guantánamo) y el derecho de EE. UU. a intervenir militarmente para restaurar el orden público[23]. Por lo tanto, después de catorce años de lucha, los cubanos veían ahora su independencia limitada y socavada por la Enmienda forzada en su nueva constitución, y en 1903 se produjeron dos tratados que la consolidaron aún más: el Tratado Permanente (que consagraba la Enmienda) y el Tratado de Reciprocidad (que garantizaba el acceso preferencial del azúcar cubano al mercado estadounidense a cambio del acceso preferencial a Cuba de las manufacturas estadounidenses). Así, la nueva República comenzó con la independencia y la legitimidad cuestionadas.

Sin embargo, el resentimiento fue temporalmente aplacado por los beneficios del Tratado de Reciprocidad, es decir, un auge de dos décadas en las ventas y precios del azúcar que eclipsó las dudas, a pesar de la creciente frustración de la población negra de Cuba (después de luchar en las tres rebeliones, se encontraron con que se les negaba la igualdad, la representación política y el empleo). Esa frustración estalló en 1912 en una protesta masiva, provocando una masacre del ejército de unas tres mil personas[24]. Mientras tanto, la evidente corrupción, el clientelismo y el fraude electoral de la política de la República provocaron rebeliones en 1906 y 1917[25], lo que preocupó al gobierno de EE. UU. lo suficiente como para que enviara tropas, al amparo de la Enmienda, ocupando Cuba de nuevo en 1906-1909.

En 1920, la presa se rompió. Después de un espectacular auge en 1919-1920 (la llamada Danza de los Millones), en respuesta a los efectos de cierre del mercado y de producción de azúcar de la Primera Guerra Mundial, que vio crecer las inversiones y los préstamos, el precio mundial del azúcar se desplomó, lo que provocó un desempleo generalizado y recortes salariales y debilitó las finanzas del gobierno[26]. El colapso también perjudicó a los intereses azucareros y bancarios cubanos, creando un vacío al que pronto se precipitó el capital estadounidense, que en 1925 representaba el 81 % de todos los préstamos cubanos y el 69 % de los depósitos en los bancos cubanos[27]. En 1921, por tanto, muchos cubanos dudaban de la conveniencia de los tratados de 1903 y de la estrecha dependencia de Cuba.

El resultado fue un rápido despertar de un nacionalismo temporalmente inactivo y un aumento del radicalismo, ambos alimentados por nuevas ideas políticas y acontecimientos en Europa y América Latina. En el periodo 1923-1925 se produjeron manifestaciones y despertó el activismo estudiantil, creándose en 1925 el Partido Comunista de Cuba (PCC) y un cuestionamiento intelectual, todo ello combinado para cambiar la política cubana. En particular, el nacionalismo y el radicalismo empezaron a fusionarse, representados sobre todo en Julio Antonio Mella, el líder estudiantil que lideró muchas iniciativas y cofundó el PCC.

Sin embargo, es importante entender lo que este nuevo nacionalismo significó en realidad: pues fue una manifestación cubana de la corriente emergente más amplia del antiamericanismo ideológicamente conformado. Estimulado por la visible entrada y la creciente dominación militar y económica regional de Estados Unidos en América Latina (especialmente en 1898-1934), y luego dotado de una fuerza ideológica coherente por la teoría del imperialismo de Lenin (como fase superior del capitalismo), se convirtió en una especie de «continentalismo»: percibiendo la hegemonía estadounidense como imperialista y capitalista, fue un «nacionalismo» mucho más amplio, que creía que América Latina compartía una identidad común bajo y contra el imperialismo estadounidense. Este nacionalismo atrajo a muchos jóvenes —especialmente estudiantes a partir de 1922— a una izquierda cambiante, «nacionalizando» la izquierda y radicalizando el nacionalismo.

Mientras tanto, en Cuba seguían prevaleciendo nacionalismos más tradicionales (con una base más firme que esta nueva interpretación siempre minoritaria): el nacionalismo «proimperialista»[28] podía verse en el primer presidente Tomás Estrada Palma y en los gobiernos cumplidores de las dos primeras décadas de la República, mientras que los liberales tradicionalmente nacionalistas se hacían eco de la retórica de 1895-1898, pero eran reacios a desafiar al nuevo imperio. Uno de estos nacionalistas pragmáticos, Gerardo Machado, fue elegido popularmente en 1924 con una plataforma de «cooperativismo», que dejaba entrever cierto grado de nacionalismo. No obstante, como se volvió cada vez más autoritario a partir de 1928 y la economía volvió a colapsarse después de 1929, se inició prácticamente una insurrección a partir de 1930. Las protestas estudiantiles generaron activismo y una mano de obra sindicalizada cada vez más combativa que participaba en huelgas y ocupaciones[29].

El resultado fue la destitución de Machado por el ejército (agosto de 1933), un efímero gobierno de cinco hombres (la Pentarquía) basado en estudiantes y soldados y lo que se llamó «la revolución de los cien días», bajo uno de los cinco, Ramón Grau San Martín. La «revolución» —que en realidad duró 134 días— apenas fue revolucionaria en cuanto a sus objetivos o efectos, sino que se caracterizó más bien por una agitación constante, un aumento del radicalismo —representado sobre todo por el ministro del Interior, Antonio Guiteras[30] — y un abanico de nacionalismos diferentes, que iban desde la derecha radical corporativista (ABC) hasta diversas variedades poco ortodoxas de la izquierda. La preocupación de los sectores empresariales y de los intereses norteamericanos condujo a un golpe de Estado el 15 de enero de 1934 por parte de Fulgencio Batista (uno de los líderes del motín de septiembre de 1933), jaleada por la embajada estadounidense. Así terminó la atormentada y cuestionada «Primera República».

La «Segunda República» (1934-1958) fue testigo de una mezcla de esperanzas crecientes y desmoralización frustrante que minó el de por sí frágil sistema. Se caracterizó por la hegemonía de la «generación de 1933» (protagonistas clave de la insurrección de 1930-1933), las tendencias autoritarias de Batista en dos períodos distintos —indirectamente en 1934-1940 y directamente en 1952-1958[31]— y las debilidades estructurales reveladas por los nacionalismos populistas hegemónicos pero variables que prevalecían en 1940-1952 y que se manifestaban en los Auténticos, los Ortodoxos, Batista, la Joven Cuba de Guiteras y algunos de los bonches más coherentes ideológicamente, y un creciente, pero desenfocado, sentimiento de desilusión. Los bonches eran las bandas armadas pseudopolíticas que habían heredado el manto de los antaño «heroicos» «grupos de acción», a menudo estudiantiles, de 1930-1933, pero que se dedicaban esencialmente a la guerra de bandas, la extorsión y la violencia. En 1948, los Auténticos trataron infamemente de sofocarlos incorporando a algunos dirigentes a puestos de alto nivel de la policía, pero también utilizándolos para reprimir a conocidos comunistas de los sindicatos. Los bonches contribuyeron así a la creciente desilusión[32].

Sin embargo, una de las principales características de la Primera República estaba ausente, ya que el papel de Estados Unidos desapareció del discurso político en 1934 después de que Franklin Roosevelt «aboliera» la Enmienda Platt al derogar los derechos de intervención de Estados Unidos en virtud del Tratado Permanente, como parte de su política de «buena vecindad» no intervencionista hacia América Latina. A partir de entonces, los nacionalistas de toda laya fueron menos capaces de afirmar convincentemente que Cuba era una neocolonia estadounidense.

La desintegración constante de la Segunda República es fácil de rastrear[33]. El primer periodo de autoritarismo de Batista (1934-1940) no fue ni abierto ni impopular. Ejerció el poder entre bastidores, controlando a seis presidentes «títeres» sucesivos: algunos gobernaron brevemente, Carlos Hevia solo durante cincuenta y seis horas en enero de 1934 y su sucesor Manuel Márquez Sterling solo durante seis horas (18 de enero); otros se mostraron incapaces de desafiar a Batista, especialmente Carlos Mendieta (veintitrés meses, 1934-1935), José A. Barnet (diciembre-mayo de 1935-1936), Miguel Mariano Gómez (mayo-diciembre de 1936) y el más veterano, Federico Laredo Bru en 1936-1940. A través de ellos, Batista garantizó una estabilidad suficiente para disuadir la participación de Estados Unidos, generar cierta recuperación económica y sofocar los disturbios de 1930-1933. Se dirigió a la derecha marginándola o —como con el pequeño grupo terrorista ABC— incorporándola al gobierno y convalidándola como respetable. La izquierda fue atacada sangrientamente: la huelga general de marzo de 1935 fue brutalmente reprimida y Guiteras (el principal rival de Batista en cuanto a popularidad) fue asesinado ese año.

A partir de entonces, Batista se embarcó en su versión del populismo contemporáneo de América Latina, como el brasileño Getûlio Vargas, el mexicano Lázaro Cárdenas y —más tarde— el argentino Juan Perón. Inicialmente, protegió a los productores de azúcar de Cuba —grandes y pequeños, siendo estos últimos los más cortejados públicamente— y fomentó una «recubanización» económica parcial, al retirarse parcialmente los intereses estadounidenses. También lanzó una campaña de educación rural (utilizando oficiales del ejército como profesores), demostrando la continuidad de su imagen «revolucionaria» de 1933. En 1937, diseñó una curiosa alianza electoral con el PCC (que entonces seguía la nueva política de «frente popular» de la Comintern) en la Coalición Socialista Democrática (CSD) de 1938-1944. Dicha alianza obtuvo buenos resultados en dos elecciones de 1939-1940: para la Asamblea Constituyente y para la presidencia y el congreso, saliendo Batista victorioso en estas últimas[34].

La Constitución de 1940 destacó por su carácter a menudo radicalmente nacionalista, rechazando la desacreditada carta magna de 1901; esa mezcla ideológica reflejaba la disidencia emergente. Si bien la CDS configuró en parte su carácter, también incorporó elementos del programa de Grau de 1933, que reflejaban la otra fuerza recientemente poderosa: el Partido Revolucionario Cubano-Auténtico (PRC-A), creado en 1934 por Grau y otros veteranos estudiantiles de 1930-1933, cuyo nombre expresaba su declarada herencia marcianista. Los Auténticos pronto atrajeron a un amplio abanico de progresistas y centristas, consiguiendo una mayoría en la Asamblea Constituyente y en 1944 ganando la presidencia y el congreso, sobre un programa de revolución, moralidad (contra la corrupción) y nación(alismo)[35].

Sin embargo, la actuación de los Auténticos en el poder —bajo Grau hasta 1948 y luego su sucesor elegido, otro «veterano» de 1933, Carlos Prío Socarrás— fue una grave decepción: demostraron ser claramente no revolucionarios, tolerantes con la corrupción generalizada y favorables a Estados Unidos durante la Guerra Fría a partir de 1948. Dadas las circunstancias (Cuba dependía en gran medida del mercado azucarero y de las inversiones estadounidenses, y seguía limitada por las preferencias de Washington), el populismo Auténtico no pudo lograr más que un éxito retórico[36]. Sin embargo, su fracaso generó entonces otra versión más radical (y más redentora) del populismo nacionalista, la del Partido del Pueblo Cubano (PPC) posterior a 1947, conocido desde siempre como los Ortodoxos. El partido era una escisión de los Auténticos, dirigida por otro «veterano» de 1933, Eduardo Chibás, cuyo principal objetivo era la corrupción. Los Ortodoxos tuvieron mucho éxito, y su atractivo se vio reforzado por el suicidio público de Chibás en la radio (que lo convirtió en un mártir popular), y parecían destinados al éxito electoral en junio de 1952, hasta que Batista volvió a tomar el poder (10 de marzo de 1952), propulsando un nuevo autoritarismo.