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«Todo tiempo pasado fue mejor ». He puesto mi mente en suspensión. He desempolvado mis recuerdos. He buscado la niña de mi infancia. He visto la luz, esa luz que mi invita a vivir una paz interior. Todo tiempo pasado fue mejor. ¿Qué lo hace mejor? Acaso no soy producto de tu generación. Cambiaron sueños por muñecos y muñecas de carne y hueso. Cambiaron balones por balas, hicieron realidad sus juegos. Cambiaron cuentos de brujas, duendes y espantos por la sangre que a su paso derramaron ellos, «Los Hijos de la Nada». Los Hijos de la Nada es una historia donde se conjuga la realidad y la ficción, se desenvuelve en Colombia, entre los tórridos días en el Valle del Cauca y las olas tranquilas en la Costa Pacífica de la zona occidental de este país. Cada uno de sus personajes cuenta una historia marcada por sucesos dramáticos, lamentables, únicos, irrepetibles, en una sociedad desigual, mísera, carente de valores, indiferente, violenta e insipiente; donde se romantiza el dolor y la tragedia; como un karma es transmitido de generación en generación. Sus personajes principales, Teresa Matamba, Katiuska Matamba, Genoveva y Santiago Linares, dan vida a cada uno de los personajes, tejiendo historias de fracasos, amor, desamor, en una sociedad repleta de quienes milagrosamente soportan el dolor. Teresa Matamba, abandonada por su madre a los 3 años, no conoció a su padre, criada por su abuelo, ultrajada dos veces, la primera a los 14 años convirtiéndose en madre de forma prematura, la segunda vez no vivió para contarlo. Katiuska Matamba, hija de Teresa Matamba, nace producto de la violación que padeció su madre a los 14 años, víctima desde la concepción y revictimizada por los acontecimientos que paulatinamente se suscitaron a lo largo de su vida. Genoveva, una solterona que no concibió descendencia, pero con sus actos nos enseña que el amor va más allá de las fronteras que delimitan los lazos sanguíneos y que la vida pierde sentido si no estamos dispuestos a defender a los nuestros, incluso arriesgando nuestra propia existencia. Santiago Linares, un deportista, proveniente de un hogar de clase media, desde niño soñaba con ser un gran futbolista, pertenecer a las grandes ligas europeas, con el tiempo su vida dio un giro inesperado, sus sueños se convierten en luchas y sus luchas en pérdidas constantes, su poca resilencia le impidió afrontar la vida, se dejó llevar por las malas compañías, por el espejismo del dinero fácil, y fracasó en el intento de construir una vida digna. Katiuska Matamba y Santiago Linares nacen en hogares diferentes, en circunstancias distintas, el destino los unió y los separó, demostrándoles una vez más que su felicidad sobre la faz de la tierra era prácticamente inexistente.
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Seitenzahl: 43
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Yolimi Gómez Herrera
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-203-0
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A Dios, quien en su infinita misericordia nos redime, a mi hijo por su apoyo incondicional, a mi familia, a todas aquellas personas que han sufrido algún tipo de violencia, física o psicológica, a los padres, madres que traen hijos al mundo sin un propósito y a todas aquellas personas que se sientan identificadas con cada una de las líneas de este manuscrito.
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A Dios, hijo y familia.
1. PRIMEROS AÑOS DE VIDA
«Todo tiempo pasado fue mejor»
He puesto mi mente en suspensión.
He desempolvado mis recuerdos.
He buscado la niña de mi infancia, he visto la luz, esa luz que me invita a vivir una paz interior.
«Todo tiempo pasado fue mejor».
¿Qué lo hace mejor? Acaso no soy producto de tu generación.
Cambiaron sueños por muñecas y muñecos de carne y hueso, cambiaron balones por balas, hicieron realidad sus juegos; cambiaron noches de cuentos, de brujas, duendes, espantos, por la sangre que a su paso derramaron ellos. «Los Hijos de la Nada».
ELLA.
La Concepción.
Era 13 de agosto de 2008, entre cultivos de caña de azúcar, nace una niña en Colombia, en el municipio de Pradera —suroccidente del Valle del Cauca—, llamada Katiuska Matamba, hija de una adolescente de 14 años llamada Teresa Matamba.
Teresa Matamba: tez negra, pelo ensortijado, nariz chata, ojos oscuros, labios gruesos y piernas alargadas; nace el 3 de enero 1994 en Candelaria —Valle del Cauca—, realizó estudios hasta 5° de primaria, vivía desde los 3 años con Roberto Matamba, su abuelo materno a quien llamaba cariñosamente Pa.
Roberto era un hombre trabajador, honesto y servicial, hijo de dos campesinos que le habían enseñado a arar la tierra desde niño y, como decía él, a ganarse el pan con el sudor de su frente, no realizó estudios, por lo que no sabía leer; dedicado a las labores del campo junto con su nieta Teresa.
Para Roberto, la vida no había sido fácil, al menos eso decían sus vecinos y parientes cercanos; esposo de Mercedes, una ama de casa dedicada a las labores del hogar, esposa de Roberto desde los 16 años, y a quien este le doblaba la edad, tenían una hija en común: Flor.
Flor, una chica extrovertida, espíritu libre, dio a luz a Teresa a los 17 años, producto de una relación fugaz con un desconocido que conoció en una farra, en una noche de alcohol cuando los tragos hacen estragos en la vida de muchos adolescentes.
En el año de 1997, la economía en el hogar de los Matamba se tornó difícil, Mercedes y Flor convencieron a Roberto de que les permitieran viajar a América, donde encontrarían oportunidades de trabajo para solventar gastos, fue así que se marcharon a los Estados Unidos de América detrás del famoso sueño americano, con la promesa de que cuando estuvieran establecidas en ese país regresarían por él y su nieta, Roberto nunca volvió a saber más de ellas; cuentan las malas lenguas que madre e hija cruzaron la frontera en compañía de dos individuos por el Tapón del Darién, una selva tropical inhóspita en límites entre Colombia y Panamá con el dinero que les dio Roberto producto de las cosechas de plátano, maíz y sorgo que cultivaba y vendía.
A Roberto, al enterarse de la traición de su mujer e hija, se le destrozó el alma, con el corazón partido por la ausencia de su esposa Mercedes y la tristeza y vergüenza porque Flor había abandonado a su hija Teresa de 3 años, suplicaba a Dios que le quitara la vida ya que esta había perdido sentido.
Transcurrió un año, Teresa cumplió 4 años y fue matriculada por su abuelo en el jardín infantil del barrio, el deseo más grande de este era que su nieta estudiara, ya que su hija no lo quiso hacer, además era la única esperanza para ellos salir de pobres.
Teresa y su abuelo eran inseparables, a los 8 años su abuelo empezó a involucrarla en las labores del campo: preparar el terreno, quitar la maleza de las plantas, sembrar, cosechar… ocasionando que la niña se interesara más por realizar actividades agrícolas que actividades escolares.
Teresa Matamba, en 5° de primaria y con 10 años, abandona la escuela; ni las súplicas de su abuelo ni las palabras de su maestra fueron suficientes para convencerla de lo contrario, desde ese momento nieta y abuelo de sol a sol trabajaban la tierra produciendo alimento, sembraban y cosechaban cacharro (plátano, maíz y sorgo), que posteriormente vendían los sábados en la plaza de mercado de Santa Elena en la ciudad de Cali.
