Cuentos de la rebeldía - Andreotti - E-Book

Cuentos de la rebeldía E-Book

Andreotti

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Beschreibung

Los veinte relatos que componen este libro son el reflejo de una rebeldía estética, literaria y social. Cada historia devela un prejuicio, cada cuento hace visible otras formas de habitar el mundo. En el libro convergen narraciones de distintas tonalidades. Un revolucionario que descubre que la guerrilla no es como él la había idealizado, un esposo que es engañado por su mujer, un hombre que es perseguido por una fuerza estatal omnipresente, un sacerdote que se enamora de su ayudante y entra en conflicto con su fe, un joven que participa en una orgía en contra de su ética cristiana… Todas estas situaciones remiten, desde la ficción, a los paradigmas inamovibles que rigen la cultura occidental.

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Seitenzahl: 133

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Andreotti

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Imagen de portada: Wilson Muriel Quintero

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-524-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Agradecimientos

Agradezco a la Fuente Universal la posibilidad de escribir esta obra literaria. Agradezco a mi familia por estar a mi lado y apoyarme en todos mis proyectos. Y, por último, agradezco a mi amigo Gilson Armando Restrepo, quien leyó minuciosamente los cuentos, me hizo observaciones y me ayudó a mejorar la producción literaria de esta colección de cuentos.

Prólogo

En el horizonte de la narrativa latinoamericana, se perfilan los dintornos de una nueva colección de relatos. Los veinte cuentos que componen el volumen del escritor Andrés Felipe Marín Montoya dan la impresión de ser enérgicas pinceladas, entretejidas en una suerte de sensación deleuzeana. Pareciera como si, en calidad de lectores o transductores, chocáramos con las vivencias mismas de los personajes, al margen de toda tematización literaria.

Cuentos de la rebeldía explora otras posibilidades de narrar, otras formas de configuración de caracteres, otras arquitecturas espaciotemporales como marcos de inserción de los esquemas actanciales. Enunciados así, de modo muy general, estos rasgos justifican el sintagma que sirve de rótulo al cuerpo de relatos. Su papel, empero, desborda cualquier fin puramente nominativo y sugiere líneas estilísticas que debemos reconstruir.

Desde una perspectiva sintáctica, de la rebeldía es la determinación de un término sustantivado. Esta consideración subraya de inmediato la propiedad sincategoremática de la unidad especificada; esto es, inserta los relatos en un contexto. La determinación contextual remite así a las morfologías propias de los cuentos. El contexto aquí no implica puntos de convergencia entre la rebeldía sicológica del escritor y la conducta igualmente rebelde de los personajes; formular tal hipótesis de lectura supondría reducir la obra al intentio auctoris, interpretación que juzgamos grosera y excesiva. Cuentos de la rebeldía exige, pues, ampliar el campo semántico del concepto implicado en la especificación, de tal modo que englobe fenómenos literarios como la elaboración de los personajes, la unidad de efecto y la disposición del tiempo con fines artísticos.

La rebeldía, en efecto, es el eje articulador de las veinte narraciones. No se trata aquí, insistimos, de una rebeldía sicológica a escala del autor o en el plano de los sujetos literarios. El término más bien designa cierta desviación de las operaciones constructivas, cierto rechazo a los cuasiprincipios de lo que Poe llamó Filosofía de la composición. Semejante extensión conceptual está plenamente justificada por los étimos de los que procede la palabra: rebeldía se formó a partir de la voz latina rebellis (‘rebelde’) y este, a su vez, parece provenir de bellum (‘guerra’). Así, el vocablo significa ‘cualidad del que hace guerra contra lo establecido’. Con este sentido material y operativo, deslindamos el concepto de las especulaciones sicológicas y lo situamos en el terreno de la reformulación de la preceptiva literaria.

Consideramos, entonces, que es en esa desviación en la que estriba el mérito de Cuentos de la rebeldía. Un ejemplo de ello lo encontramos en la narración intitulada «El combate»: en este caso, el relato subvierte la relación ab ovo y divide la historia en dos secuencias que se van alternando por partes. Pareciera como si el tiempo del relato estuviese quebrado. El efecto estético no puede ser más sorprendente: la estructura semeja un adagio beethoveniano con dos temas sujetos a variaciones. Cualquier lector desprevenido podría considerar que se trata de dos historias diametralmente opuestas sin relación alguna.

Ahora bien, la unidad de efecto también se ve comprometida en muchos de los cuentos. «La visita de Baco» es un caso evidente que llama poderosamente la atención. El narrador homodiegético no persigue ningún final efectista: su papel dentro de la diégesis se circunscribe al plano de las escenas, de lo descriptivo. El fin en sí es la escena que se despliega desde la orgía y no la tensión acumulativa. El cuento absorbe, por tanto, el ripio propio de la novela, lo que constituye ya un acto de rebeldía constructiva.

A los rasgos expuestos, se suma la elaboración dialéctica de los personajes. Los caracteres carecen por lo general de unidad en el nivel de los actantes. Tal es el caso de «Alejandro Cuartas», cuyo protagonista se erige en personaje literario por una suerte de oposición binaria: orden establecido versus revolución, dos fuerzas antagónicas que demarcan la línea de acción. Y el resultado final es el fracaso, porque la ideología revolucionaria no satisface completamente los intereses del personaje.

Estamos, pues, ante una obra novedosa y digna de ser leída con cierta mirada crítica. Cabe precisar que los elementos esbozados en estas pocas líneas no son definitivos: ellos, desde luego, podrán ser ampliados, corregidos o incluso desvirtuados por los posibles lectores.

Medellín, julio de 2022

Mario Alberto Restrepo

Alejandro Cuartas

La ciudad se encuentra apacible y la hora pico ha pasado. Muchas personas han regresado a sus hogares para descansar de sus labores cotidianas y renovar energías para el día siguiente. Mientras tanto, yo camino por las calles sin ningún rumbo y veo caras alargadas, meditabundas, felices e inermes desfilando ante mis ojos. Con cada persona, juego a intentar adivinar algo de su personalidad: pienso que en los ojos se refleja lo que cada quien esconde en su interior. Sus miradas me permiten escudriñar si están felices, si llevan una vida postiza, si viven por vivir o si esconden secretos que los atormentan sin permitirles un minuto de sosiego. Por ejemplo, en la noche de hoy, he visto una mujer que llamó mi atención. Me detuve un instante para observarla: la miré directamente a sus ojos, pero ella bajó su cabeza para esquivarme; creo que lo hizo porque siente miedo de que un extraño descubra los secretos indecibles de su vida.

Después del encuentro con la mujer, continúo mi camino y observo con tristeza el panorama nocturno de la ciudad: hombres harapientos apostados en las esquinas pidiendo una limosna para saciar el hambre propia y la de sus familias. La gente pasa de largo sumergida en sus propios pensamientos y solo regresan a la realidad cuando uno de los harapientos se les acerca para pedirles una moneda. Algunos se asustan y caminan más rápido mientras dicen: «No tengo dinero»; otros, indiferentes, les dan una moneda para quitárselos de encima, pero en algunas ocasiones, en lugar de unas monedas, les dan insultos, los envían a trabajar y les dicen: «Yo no voy a sostener vagos que podrían ganarse el sustento con esfuerzo, así como todos lo hacemos». Aunque en muchas ocasiones estas personas tienen razón, no se detienen a pensar que la problemática social es más profunda. Muchos de los harapientos piden limosna porque la sociedad los ha relegado, no les ha brindado la posibilidad de tener un empleo y les ha negado el derecho a una buena educación, destinándolos a tener un futuro lóbrego. Tampoco piensan en la violencia que asola el país, pues a las personas que viven en la ciudad no les afecta porque allí no se vive la guerra con tanta intensidad y los grupos al margen de la ley no llegan a sus casas derribando la puerta con una lista negra, de la cual se sirven para sembrar terror en las comunidades y para eliminar a los líderes comunitarios y demás personas que son un obstáculo para los intereses de estos bandidos.

He llegado a un parque. Se encuentra casi solo: a esta hora de la noche muy pocas personas deambulan por la ciudad. Lanzo una mirada rápida para buscar un lugar donde sentarme y camino hacia una silla que se encuentra debajo de un pino. Diagonal a donde me encuentro, hay una pareja de enamorados. En los ojos de ambos se ve destellar el amor que siente el uno por el otro; Cupido ha hecho un buen trabajo al clavar la saeta del amor en sus corazones. Sin embargo, con el tiempo, uno de ellos sentirá que el amor ha menguado y se marchará para dejar a su amado en los brazos de la soledad, sintiendo el frío y la nostalgia por aquel que se llevó entre sus manos tantos momentos de felicidad. La pareja se levanta, se disponen a marcharse, se van alejando con un paso parsimonioso mientras yo los veo alejarse en la distancia. Ahora el lugar ha quedado solo. Permanezco en mi sitio con la mirada perdida; me asemejo a una estatua de piedra. De pronto, en mi mente aparece un recuerdo lejano de los tiempos en que era estudiante de universidad.

Cuando finalicé la Secundaria, mi mayor anhelo era ingresar a la Universidad de Antioquia para estudiar en la Facultad de Ciencias Económicas. Mi padre llegó un día con el formulario de inscripción para presentar el examen de admisión y me dijo:

—Hijo, te he traído un regalo que te va a encantar.

Me lo entregó y, al abrirlo, lo vi. Mi rostro se iluminó de alegría y abracé a mi padre dándole las gracias.

El examen lo debía presentar el 20 de abril de 1980, así que estudié Razonamiento abstracto y Lenguaje, pues eran los temas que mis amigos me habían contado que aparecían en el examen. No salí a la calle por varias semanas porque rechazaba todas las invitaciones por quedarme estudiando.

Cuando llegó el día esperado, me dirigí a la universidad con mucha ilusión de ganar el examen de admisión. Saludé con amabilidad al portero y me encaminé hacia el salón donde presentaría la prueba. Durante el trayecto, conocí un joven que iba para el mismo lugar. Él se acercó a mí y me preguntó:

—¿Usted sabe dónde se encuentra este bloque?

—Sí, por supuesto. Yo también me dirijo al mismo lugar.

Entonces él me siguió. Luego, cuando encontramos el aula, cada uno tomó la silla indicada por la persona que vigilaba al grupo para que no hubiese fraude.

Tres meses después, fui a la universidad para mirar los resultados en la cartelera. Cuando vi que mi nombre y mi número de credencial se encontraban allí, un susto recorría todo mi cuerpo: los pies me temblaban, las manos me sudaban. La felicidad embargó mi corazón. El joven que había visto el día del examen se encontraba mirando la cartelera. Me acerqué y le pregunté:

—¿Pasó el examen?

—Sí. Me encuentro muy feliz, ya que, como usted sabe, entrar a esta universidad es muy difícil.

—Vamos, lo invito a un café.

Nos sentamos en una de las cafeterías. Hablamos sobre diversos temas de política, literatura y de nuestras vidas. Después de este encuentro, él se convirtió en mi mejor amigo. La amistad de ambos se hizo muy fuerte. A continuación, les contaré un poco sobre la vida de mi amigo.

Alejandro Cuartas vivía al sur de la ciudad y pertenecía a una familia acomodada. Nunca tuvo que preocuparse por el mañana, puesto que sus padres trabajaban con empeño para darle todo lo necesario. Sin embargo, Alejandro tenía una gran conciencia social: sentía tristeza al saber que muchas personas no tenían acceso a la educación, a la vivienda, a la salud y a la cultura. Peor aún, muchas de esas personas no consumían alimentos nutritivos, sino que lo pasaban solo con un agua de panela para despistar el hambre. Recuerdo el día que Alejandro se me acercó para hablarme de política, uno de sus temas favoritos. Yo estaba estudiando para un examen y me interrumpió diciendo:

—No entiendo cómo las personas de este país eligieron al presidente de turno. Está claro que a él no le interesan en lo más mínimo las clases menos favorecidas.

—No creo, el presidente prometió inversión social y combatir la subversión que le ha causado tanto daño al país y ha estancado la economía debido a los ataques de esos terroristas.

—La subversión no es la culpable del atraso del país. A Colombia la han saqueado los políticos corruptos que usan el erario de la nación como su caja menor. Y, además, estos políticos, no contentos con robar, venden las riquezas del país por bajos precios a las multinacionales, ya que estas les ofrecen fuertes sumas de dinero para llenar sus arcas personales —respondió.

—Si no fuera por esas multinacionales, nuestro país estaría sumido en la miseria: nadie podría trabajar y llevar el sustento a sus hogares —le dije.

—Es muy respetable su posición, sin embargo, por personas que piensan como usted, siempre seremos una nación pobre, por conformarnos con migajas y no soñar con un país diferente que no dependa de ninguna economía devoradora, como la de los Estados Unidos y sus empresas. Bueno, continúe estudiando para el parcial, yo me iré a leer a Marx.

Alejandro y yo teníamos debates políticos a diario y, como ustedes pueden apreciar, teníamos diferentes posiciones, pero eso no afectaba nuestra amistad. Yo no compartía su pensamiento político porque pienso que el comunismo es una utopía imposible de alcanzar y además no soporto la idea de pensar que todas las personas tengamos que poseer lo mismo. Cada quien tiene lo que se merece: los pobres son pobres porque tienen un espíritu pobre y, por tanto, nunca podrán tener riquezas ni comodidades.

Sin embargo, admiré mucho a mi amigo porque en su corazón no se albergaba el egoísmo: era una persona desapegada a las cosas materiales. Él me decía que su mayor sueño era vivir en una sociedad comunista donde todas las personas tuviesen los mismos derechos y cosas materiales, ya que todos los trabajos dignifican al hombre y son necesarios para el funcionamiento de la sociedad, por lo que todas las personas deben recibir el mismo sueldo. Él decía que sus sueños no se harían realidad, pues muchos hombres son egoístas y solo les importa obtener el beneficio propio. El éxito del sistema capitalista se basa en el egoísmo del ser humano: muchos no soportarían saber que otras personas poseen las mismas cosas que ellos.

En el tercer año de la carrera, pasó algo que marcó la vida de Alejandro. Recuerdo con exactitud el día en que él me comunicó una decisión que cambió el rumbo de su vida. El 19 de abril de 1983 llegó muy extraño a la cafetería donde nuestro grupo de amigos solía sentarse a conversar. Al notar su lasitud, le pregunté:

—¿Te pasa algo?

—Nada importante.

No obstante, durante el tiempo que estuvo allí, se mostraba inquieto. Ambos nos despedimos del grupo porque teníamos clase de cuatro de la tarde. Cuando nos dirigimos al salón de clase, me detuvo:

—No entremos, tengo algo muy importante para decirte. Vamos, yo te invito a un café.

Nos sentamos en una de las jardineras de la plazoleta principal donde se encuentran la mayoría de las cafeterías.

—Lo que te voy a contar no tiene ninguna objeción, pues ya he tomado la decisión, solo que tú eres mi mejor amigo y por ello es necesario que sepas cuál es.

—Ya déjate de rodeos. ¿Acaso te vas a morir o a suicidar? —lo interrumpí.

—He decidido entrar a la guerrilla.

—Estás loco.

—No, ha sido una decisión muy bien pensada —contestó lentamente.

—¿Y tus padres?

—A ellos les dejaré una misiva explicándoles las causas por las que decidí alistarme.

—¿Y cuándo te vas? —le pregunté preocupado.

—Hoy mismo debo de irme hasta San Roque. Tomaré el bus que sale a las seis y treinta de la tarde y, cuando arribe a dicho lugar, alguien me estará esperando para llevarme al campamento.

—Pero ¡tú estás en contra de la violencia y te estás contradiciendo al tomar esta decisión! Siempre has dicho que las revoluciones deberían de ser pacíficas, ya que la verdad no se impone con las armas y esta resiste a todo acto violento para resplandecer como el más bello diamante.

—Sí, es verdad… Aunque la violencia no me gusta, después de haber estudiado las revoluciones populares, me he dado cuenta de que aquellas que han tomado las armas han sido exitosas.