Cuentos de Odesa - Isaak Babel - E-Book

Cuentos de Odesa E-Book

Isaak Babel

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Beschreibung

Cuentos de Odesa reúne los relatos en los que Isaak Babel retrata el mundo marginal y violento de la Odesa de comienzos del siglo XX, una ciudad portuaria donde conviven el crimen, la ironía, la astucia y una vitalidad feroz. A través de historias breves y afiladas, Babel da voz a contrabandistas, gánsteres, comerciantes y personajes atrapados en los márgenes de la ley y de la historia. Lejos de cualquier idealización romántica, estos cuentos muestran una sociedad regida por códigos propios, donde la violencia convive con el humor, la brutalidad con la ternura, y la inteligencia se convierte en arma de supervivencia.

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Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2025

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La Colección Clásicos Libres está destinada a la difusión de traducciones inéditas de grandes títulos de la literatura universal, con libros que han marcado la historia del pensamiento, el arte y la narrativa.

Entre sus publicaciones más recientes destacan: Meditaciones, de Marco Aurelio; La ciudad de las damas, de Christine de Pizan; Fouché: el genio tenebroso, de Stefan Zweig; El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa; El diario de Ana Frank; El arte de amar, de Ovidio; Analectas, de Confucio; El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, entre otras...

Isaak Babel

CUENTOSDE ODESA

© Del texto: Isaak Babel

© De la traducción: Alexis Padrón Alfonso

© Ed. Perelló, SL, 2025

Carrer de les Amèriques, 27

46420 - Sueca, Valencia

Tlf. (+34) 644 79 79 83

[email protected]

http://edperello.es

I.S.B.N.: 979-13-70193-85-0

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Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución,

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Isaac Bábel

El de Isaac Bábel es uno de los miles y miles de cuerpos anónimos, víctimas del estalinismo, que desde 1986, coincidiendo con el glasnost y la perestroika impulsados por Gorbachov, se empezaron a exhumar en remotos cementerios, a lo largo y ancho de la extinta URSS, en un intento por recuperar la memoria histórica.

Nacido en Odesa, en 1894, Babel tenía dieciocho años cuando José Stalin publicó la célebre Carta del Cáucaso, fundamento de su posterior política de nacionalidades y prueba clave de su esencial antisemitismo; sin embargo, el incipiente escritor, de cultura hebrea, se adhirió al mismo partido que el poderoso georgiano en ascenso que acabaría encumbrado como un sanguinario dictador. Era lógico; los judíos ilustrados, que habían sido perseguidos, reprimidos y marginados durante siglos por el Estado zarista y por la sociedad rusa que lo sostenía, creían que la transformación revolucionaria del mundo, postulada por los bolcheviques, representaría para ellos el fin de la tragedia. No era ajeno a su esperanza el hecho de que el más popular de los nuevos dirigentes, León Bronstein, Trotski, fuese también judío. Se equivocaban, pero muchos de ellos necesitaron largo tiempo y hondo dolor para convencerse. Babel pagó tamaño error con su propia vida: desapareció en 1939, y se le supone muerto en un campo de trabajo, uno de aquellos tan temidos gulags, hacia 1941.

Apadrinado por el mismo Gorki, Babel es uno de los cuentistas rusos más brillantes del siglo XX, revelándose como uno de los mejores exponentes la literatura revolucionaria abanderada, allá por los años 20, por buena parte de la generación de intelectuales que se adhirieron a la revolución en 1917, y que, a la postre, les granjearía a muchos de ellos (baste citar a Pasternak o Bulgákov) persecuciones y confinamientos en campos de concentración durante las grandes purgas estalinianas, etapa que los había convertido, en palabras del propio Babel, en “el gran maestro del silencio”. Con todo, nadie pudo tachar a Babel de “apático” durante el transcurso de la guerra civil que enfrentó a rojos y blancos tras la Revolución de Octubre, de tal forma que se permitió dudar de su destino literario entre 1917 y 1924, año en que murió Lenin y se suicidó Mayakovski, combatiendo en las filas del Ejército Rojo en varios frentes y funciones —sin eludir las policiales—. A esas experiencias se debe su volumen de cuentos Caballería roja (1926).

En 1931 agrupó una selección de sus primeras narraciones, referidas a circunstancias y experiencias de los días de infancia, bajo el título Cuentos de Odesa. «El Rey», «Así se hacía en Odesa» y «El padre» tratan aspectos de la leyenda de Benia Krik, rey de los ladrones judíos de la ciudad. «Liubka la Cosaco» es uno de los personajes que pueblan su fantástico universo. «Historia de mi palomar» (título con el que publicó su primer libro) y «El primer amor» muestran los grandes pogromos de 1905 a través de los ojos de un niño. La perduración de las viejas condiciones de vida de los judíos en la nueva sociedad es el tema de «El fin del asilo».

Posteriormente realizaría una segunda selección de sus primeros cuentos publicada con el nombre genérico de Relatos. «Carlos-Yánkel», «En el sótano», «El despertar» y «Di Grasso», que remiten a la misma época que los reunidos en la primera serie, los primeros años de Babel en el barrio judío de Odesa antes de gran pogrom de 1914.

«Froím Grach» había sido figura destacada de aquel mundo, poro aquí se lo toma en 1918, cuando se convierte en víctima del nuevo orden: «¿Para qué serviría este hombre en la sociedad del futuro?», Se pregunta sobre él uno de los chequistas que conversan junto a su cadáver. «Mamá, Rimma y Ala» muestra la lucha contra la miseria que libran tres mujeres en una sociedad patriarcal. «Shabos-najamú» es muestra de la picaresca mística de Guérshele, un perseguido por el hambre que ha protagonizado otras historias de Babel. «Con la emperatriz» trata del ensoñado encuentro con un manuscrito de la emperatriz María Fiodorovna en el Petersburgo de los días de la Revolución. En «El camino» se incluye una glosa sobre el mismo documento, aunque aquí lo central es la narración de ciertos episodios del viaje de Babel desde el frente —en los que se da fe del activo y criminal antisemitismo reinante en las sociedades ucraniana y rusa—, de la llegada de Babel a la ciudad y de su incorporación a la Checa en 1917: escrito en 1930, las líneas finales de este cuento revelan el tono de las relaciones de su autor con el poder: «Así empezó para mí, hace trece años, una vida inmejorable, llena de sentido y de alegría.»

La rehabilitación de la figura de Babel se inició con aquella tímida y fugaz apertura iniciada por Kruschev en 1957, dando así lugar a la hija de Babel, Nathalie pudiera agrupar en otro volumen, Debes saberlo todo, publicado en EE. UU., cuentos que no habían sido publicados en la URSS, dos publicados allí en el lento proceso de su deshielo y otros publicados años atrás, recuperados tras difícil y paciente rastreo, y que se centran en sus recuerdos de infancia en Odesa. El tiempo, además, resalta en Babel su magistral técnica narrativa.

Bábel

Conocí a Bábel en 1915, en la revista de Gorki Létopis. Alto, bastante joven, cargado de hombros, Gorki, recién llegado, andaba por la redacción enfermo, de mal humor.

En Létopis su hombre más íntimo era, creo yo, Bábel. A él le sonreía.

Isaac Bábel había cumplido, calculo, los veintiuno; de baja estatura, de cabeza grande, hombros alzados, habla en voz queda y muy tranquila. En la revista Létopis colabora Larisa Réisner, joven y rubia, que edita la revista juvenil Rudin y espera la hora de ir a las barricadas.

Létopis publicó «La guerra y el mundo» de Mayakovski; entonces Gorki se sentía muy atraído por Mayakovski. La revista me encargaba reseñas, casi siempre eran libros de teoría traducidos.

Se estimaba que haría una cosa amena y que los autores no se molestarían, pues no llegarían a leerlo. Por la revista desfilaban nombres que después desaparecían. Los autores pasaban como centellas, pero a Bábel lo trataban muy en serio. Publicó un cuento sobre dos niñas, dos muchachas de vida inepta y pobre; el padre se fue a Kamchatka y la madre quedó desorientada.

El cuento es de un suave naturalismo; terrible y discreto. No recuerdo si Bábel llegó a publicar un relato sobre dos chinos en Petersburgo —uno viejo y el otro joven—. Es una narración lírica, muy atrevida y franca. Creo que entonces Bábel no sabía qué escribir, pero escribía con soltura.

Después vi a Bábel en el periódico Nóvaya zhizn. Sus artículos aparecían con la firma de «Babel», y se titulaban «Nuevos hábitos».

Por tercera vez vi a Bábel en Petrogrado en 1919. Vivía en la avenida del 25 de Octubre, número 86. La avenida del 25 de Octubre es la Nevski; entonces estaba cubierto de montones de nieve como conchas.

Las chimeneas de Petrogrado humeaban, el cielo era de añil, frío, la nieve laminar brillaba como nácar de un azul amarillento. Entre las conchas de nieve trenzaban su rala red las sendas de los transeúntes.

Como inquilino permanente Bábel vivía en las habitaciones amuebladas solo; los demás venían e iban. Observaba la vida con tranquilidad y detenimiento. Decía que las mujeres venían antes de las seis: más tarde era difícil llegar a casa. Sobre la mesa de Bábel siempre hervía el samovar, muchas veces había pan: el dueño era hospitalario.

Venía un narrador extraordinario, el químico Piotr Storitsin, un hombre amigo de escribir críticas de ballet y de contar historias inverosímiles. Asiduo era el viejo Kondrat Yákovlev, un gran artista. Bábel me dejó un jersey gris y un maletín de cuero amarillo y desapareció. Corrió el rumor de que a Bábel le habían matado en el Ejército de caballería.

En 1924, Bábel regresó con dos libros; uno sobre el Ejército de caballería.

A Bábel le acusaban con frecuencia de preciosismo, romanticismo y biblismo. Eso mismo le reproché yo.

Pero entonces, por última vez en la guerra, chocaron dos ejércitos de caballería: nuestro primer ejército de caballería cosaca y la caballería polaca.

Estas batallas de sables renovaron el romanticismo bélico y lo que escribió Bábel era verdad.

Muchos de los que escribieron sobre la revolución la temían y sus personajes eran gente modesta, tímida, acongojada.

Los personajes de Bábel se parecen a los personajes de Tarás Bulba, de Gógol; cruzan la estepa verde como bolas rojas, azotados por las altas hierbas. Sobre la estepa se mece el humo: la guerra atraviesa las llanuras y va de caserío en caserío.

Los personajes de Bábel, en mi opinión, son reales, se consumen en el fuego de su época, gozan de la vida y de su vitalidad. Parece que ellos mismos ven su proeza y que son capaces de describirla a ocultas con el lenguaje más puro, más sincero, con el lenguaje directo.

En los Cuentos de Odesa el romanticismo amargo y abigarrado del mundo del hampa detesta la estabilidad del mundo de la gente bien.

Bábel no temía al mundo chillón y bello; jamás sus colores se marchitaron. Vio el mundo iluminado por la guerra y las llamas y afrontó su transcurrir con valor tranquilo y callado.

Supo mostrar la vida contradictoria, la contradicción de la cosa y del objeto. En las cartas del frente los cosacos cuentan sus cosas tristes y heroicas celando el brillo de la hazaña con la palabra soez.

Mayakovski estaba enamorado de Bábel. Vladimir tenía pánico a la literatura gris como el pardillo. Sabía que si en las guerras revolucionarias la gente es chillona en el vestir, es porque necesita de los colorines como de las estrellas del cielo.

Así escribo ahora de Bábel; hace cuarenta años escribía de manera distinta: le quería, pero me daban miedo las palabras sin ironía.

Encontraba a Bábel en los estudios de cine.

La última vez que le vi fue en Yásnaya Poliana. Marchábamos juntos por una hierba corta, pero muy verde; la hierba cubría de densidad y suavidad el prado ancho, bajaba hasta el río y acababa en el río, negro y estrecho, tras el cual se alzaba un verde soto.

Bábel marchaba cabizbajo, tranquilo, hablaba del cine; parecía muy cansado, hablaba con tranquilidad y no acertaba a ligar, a decir hasta el final lo que ya comprendía.

Antes de esto había escrito el drama Ocaso —que con fuerza bíblica muestra el dolor y la razón tardía de un amor no joven.

Íbamos los dos por la hierba, y suave, ante nosotros, corría un río estrecho: era como una línea trazada con lápiz azul sobre un libro de contabilidad para escribir bajo la línea la palabra «saldo».

No éramos aún viejos, corría el año 1937.

Víctor Shklovski

Autobiografía

Nací en 1894 en Odesa, en el barrio de Moldavanka; soy hijo de un comerciante judío. Hasta los dieciséis años, a instancias de mi padre, estudié el hebreo, la Biblia y el Talmud. La vida en casa era difícil: de la mañana a la noche me hacían estudiar un sinfín de materias. Descansaba en la escuela, que llevaba el nombre de Primera Escuela Comercial «Emperador Nikolai I», de Odesa. Allí estudiaban hijos de mercaderes extranjeros, de contratistas judíos, de polacos acaudalados, de viejos creyentes y muchos billaristas que rebasaron la edad escolar. En los recreos solíamos ir al pantalán del puerto, a jugar al billar en los cafés griegos, a las bodegas de Moldavanka, a beber vino besarabo barato. Tampoco olvidaré esa escuela porque en ella enseñaba francés M. Vadon. Era bretón y tenía, como todos los franceses, dotes literarias. Me enseñó su lengua, estudié con él los clásicos franceses, establecí contactos estrechos con la colonia francesa de Odesa y a los quince años comencé a escribir relatos en francés. Lo dejé dos años después: los paysans y las digresiones me salían sin gracia; sólo el diálogo se me daba.

Terminada la escuela me desplacé a Kiev y en 1915 a Petersburgo. En Petersburgo lo pasé muy mal, no tenía certificado de residencia y me ocultaba de la policía en la calle Púshkinskaya, en un sótano habitado por un camarero desgarrado y borracho. En ese año de 1915 empecé a llevar mis creaciones a las editoriales, pero me echaban de todas partes. Todos los redactores (el difunto Izmáilov, Possé y otros), me aconsejaban que me emplease en alguna tienda; no les hice caso y a fines de 1916 llegué hasta Gorki. Lo debo todo a aquel encuentro y hoy pronuncio el nombre de Alexei Maxímovich con cariño y veneración. El insertó mis primeros relatos en Létopis, en el número de noviembre de 1916 (a causa de estos relatos fui enjuiciado de acuerdo con el artículo 1.001), él me enseñó cosas de extraordinaria importancia, y después, cuando se aclaró que mis dos o tres tolerables experimentos de adolescente habían sido una casualidad, que con la literatura no me salía nada y que escribía asombrosamente mal, Alexei Maxímovich me envió a que me mezclara entre el pueblo.

Durante siete años —de 1917 a 1924— viví entre el pueblo. En ese período fui soldado en el frente rumano, serví en la Cheka, en el Comisariado de Instrucción Pública, en las expediciones de 1918 para acopio de alimentos, en el Ejército del Norte contra Yudénich, en el Primer ejército de caballería, en el Comité regional de Odesa, fui redactor en la imprenta número 7 de Odesa, periodista en Petersburgo y Tiflís, etc. Sólo en 1923 aprendí a expresar mis pensamientos de manera clara y sin explayarme mucho.

Por eso dato el inicio de mi labor literaria en los comienzos de 1924, cuando en el número 4 de la revista Lef aparecieron mis relatos: «La sal», «La carta», «La muerte de Dolgushov», «El Rey» y otros.

I. Bábel

El Rey

Terminada la bendición nupcial el rabí se dejó caer en un sillón; después salió de la habitación y observó las mesas a todo lo largo del patio. Eran tantas, que la cola asomaba por el portón a la calle Gospitálnaya. Cubiertas con terciopelo, las mesas serpenteaban por el patio como culebras de vientre recosido con remiendos multicolores; cantaban con voces graves, los remiendos de terciopelo naranja y rojo.

Los apartamentos quedaron transformados en cocinas. Por las puertas hollinadas salía una llamarada suculenta, llamarada borracha y rolliza. En sus rayos ahumados se tostaban rostros de ancianas, papos temblones de mujer, tetas sobadas. Un sudor rosado como la sangre, rosado como la baba de un perro rabioso, bordeaba aquellos montones de medrada carne humana y de dulce pestilencia. Tres marmitonas, sin contar las fregonas, preparaban la cena nupcial; dirigidas por la octogenaria Reizl, tradicional como un rollo del Thora, menuda y gibosa.

Aún no iniciada la cena entró en el patio un joven desconocido por los convidados... Preguntó por Benia Krik y llamó aparte a Benia Krik.

—Oiga, Rey —dijo el joven—, debo comunicarle un par de palabras. Me manda la tía Jana de la calle Kostétskaya...

—Bien —respondió Benia Krik, alias el Rey—, venga ese par de palabras.

—Ayer llegó a la comisaría el jefe nuevo; la tía Jana me encargó que se lo dijera.

—Me enteré anteayer —observó Benia Krik—. ¿Qué más?

—El comisario reunió al personal y le echó un discurso.

—La escoba nueva barre limpio —respondió Benia Krik—. Quiere una redada. ¿Qué más?

—¿Sabe usted, Rey, cuándo es la redada?

—Será mañana.

—Es hoy, Rey.

¿Quién te ha dicho eso, niño?

—Lo dijo la tía Jana. ¿Conoce a la tía Jana? —Conozco a la tía Jana. ¿Qué más?

—El comisario reunió al personal y le echó un discurso. «Debemos aplastar a Benia Krik», dijo, «porque al lado de su majestad imperial no hay rey que valga. Hoy que Krik casa a su hermana y todos estarán allí haremos la redada...»

—¿Qué más?

—...Entonces los agentes se asustaron. Dijeron: «Si hacemos la redada cuando Benia anda de fiesta se disgustará y correrá mucha sangre». El comisario dijo: «Por encima de todo está mi amor propio»...

—Bien, vete —respondió el Rey.

—¿Qué le digo de la redada a la tía Jana?

—Que Benia está enterado de la redada.

El joven se fue y con él tres amigos de Benia. Dijeron que regresarían a la media hora. Y regresaron a la media hora. Eso fue todo.

Se sentaron a la mesa sin tener en cuenta la edad. La vejez chocha es algo tan deplorable como la juventud cobarde. Tampoco se sentaron de acuerdo a las fortunas. El forro de una pesada talega está zurcido con lágrimas.

En el lugar de preferencia se sentaron los novios. Era su ocasión. Después estaba Sénder Eijbaum, suegro del Rey. Era su derecho. El historial de Sénder Eijbaum es digno de conocerse: no es un historial cualquiera. ¿Cómo Benia Krik, atracador y cabecilla de atracadores, llegó a yerno de Eijbaum? ¿Cómo llegó a yerno de un propietario de sesenta menos unas vacas lecheras? Todo ocurrió a raíz de un atraco. Hacía sólo un año Benia escribió a Eijbaum una carta.

«Mosié Eijbaum —le ponía—, ruego que coloque mañana bajo el portón de la Sofíyevskaya, 17, veinte mil rublos. Si no, le espera algo jamás oído y Odesa entera hablará de usted. Respetuosamente, Benia el Rey.»

Tres cartas, a cual más diáfana, no tuvieron respuesta. Entonces Benia actuó. Una noche se presentaron nueve hombres con palos largos. En los palos llevaban estopa embreada amarrada. Nueve estrellas fulgurantes se encendieron en la vaqueriza de Eijbaum. Benia rompió las cerraduras del establo y sacó las vacas, una por una. Un muchacho armado de cuchillo tumbaba la vaca de un golpe y clavaba el cuchillo en el corazón de la vaca. En la tierra encharcada de sangre las antorchas florecieron como rosas de fuego; sonaron disparos. Con los disparos Benia intimidaba a las empleadas apiñadas cerca del establo. Los otros asaltantes también dispararon al aire porque si no se tira al aire puede haber víctimas. Cuando la sexta vaca se derrumbó a los pies del Rey con un postrer mugido, en el patio apareció Eijbaum en calzoncillos y se interesó:

—¿Qué consecuencias tendrá esto, Benia?

—Que si yo me quedo sin el dinero, usted se queda sin las vacas. Como que dos y dos son cuatro.

—Entra en el local, Benia.

En el local se pusieron de acuerdo. Se repartieron a medias las vacas degolladas. La inviolabilidad de Eijbaum quedó garantizada y confirmada por un certificado acuñado. Pero lo más asombroso vino después.

En el asalto de aquella terrible noche, cuando las vacas acuchilladas mugían y las terneras resbalaban en la sangre de sus madres, cuando las antorchas danzaban como negras doncellas y las lecheras se espantaban y chillaban intimidadas por las pistolas benevolentes, aquella noche terrible bajó al patio en camisa escotada Tsilia, la hija del viejo Eijbaum. La victoria del Rey se transformó en su derrota.

A los dos días, sin aviso previo, Benia devolvió a Eijbaum el dinero arrebatado y una tarde se presentó de visita. Vestía un traje color naranja, bajo el puño de su camisa centelleaba una pulsera de brillantes; entró en la habitación, saludó y pidió a Eijbaum la mano de su hija Tsilia. El viejo sufrió un ligero ataque, pero se recuperó. Al viejo le quedaba vida para otros veinte años.

—Oiga, Eijbaum —le dijo el Rey—, el día que usted se muera le entierro en el primer cementerio judío y muy cerca de la entrada. Le pongo, Eijbaum, un monumento de mármol rosado. Le hago parnas de la sinagoga Bródskaya. Dejo mi especialidad, Eijbaum, y me asocio a su empresa. Usted, Eijbaum, tendrá doscientas vacas. Mataré a todos los lecheros, excluyéndole a usted. Ningún ladrón rondará la calle en que usted vive. Le construyo un chalet en la estación dieciséis... Recuerde, Eijbaum: en su juventud usted tampoco fue rabí. No diremos en voz alta quién falsificó el testamento, ¿eh?... Usted tendrá por yerno a un Rey. No a un mocoso, sino a un Rey, Eijbaum...

Benia Krik se salió con la suya porque era apasionado y las pasiones imperan en el mundo. Los recién casados pasaron tres meses en la exuberante Besarabia en medio de uvas, de comida abundante y de sudor amoroso. Después Benia regresó a Odesa para casar a su hermana Dvoira, una cuarentona que padecía la enfermedad de Basedow. Ahora, relatada la historia de Sénder Eijbaum, podemos retornar a la boda de Dvoira Krik, la hermana del Rey.

En la cena de boda hubo pavo, pollo asado, pescado relleno y ujá con islotes de limón de reflejos nacarinos. Sobre las cabezas muertas de los pavos cimbreaban flores semejantes a penachos vaporosos. Pero ¿acaso la resaca del mar de Odesa deposita en la orilla pollos asados?

Aquella noche estrellada y azul todo lo más noble de nuestro contrabando, todo lo que del uno al otro confín honra a nuestra tierra, dejó sentir su efecto destructivo y seductor. El vino forastero calentaba los estómagos, quebraba dulcemente las piernas, embotaba los cerebros y provocaba regüeldos sonoros como las notas de la trompa de guerra. El cocinero negro del «Plutarco», llegado hacía dos días de Port Said, trajo más acá de la raya aduanera barrigudas botellas de ron de Jamaica, oleoso vino de Madera, cigarros de las vegas de Pearpont Morgan y naranjas de las proximidades de Jerusalén. Eso deposita en la orilla la espumosa resaca del mar de Odesa, de eso se benefician en ocasiones los mendigos de Odesa en las bodas judías. En la boda de Dvoira Krik se beneficiaron de ron de Jamaica. Por eso, borrachos como cerdos, los mendigos judíos repiqueteaban ruidosamente con sus muletas. Eijbaum, el chaleco desabrochado, observaba con un ojo entreabierto la estruendosa asamblea y eructaba con esmero. La orquesta tocaba la fanfarria. Parecía la parada militar de una división. Fanfarria y más fanfarria. Los atracadores, sentados en filas estrechas, cohibidos al principio por la presencia de gente ajena, se fueron animando. Liova Katsap estrelló una botella de aguardiente en la cabeza de su querida. Monia, el artillero, disparó al aire. El entusiasmo llegó a su apogeo cuando, según las viejas costumbres, los invitados ofrecieron sus regalos a los novios. Los salmistas sinagogales se encaramaron a las mesas y, secundados por la estrepitosa fanfarria, contaban los rublos y cucharas de plata regalados. Los amigos del Rey hicieron gala de la sangre azul y de la caballerosidad inextinguida del barrio de Moldavanka. Con ademán descuidado dejaban caer en las bandejas de plata monedas de oro, sortijas y corales.

La aristocracia de Moldavanka llevaba chalecos carmesí, abrazaban sus hombros chaquetas rojas y en sus piernas carnosas reventaba el cuero color turquesa. Erguidos, barriga en ristre, los bandidos palmeaban al son de la música, gritaban «amargo» y lanzaban flores a la novia. Esta, la cuarentona Dvoira, la hermana de Benia Krik, la hermana del Rey, desfigurada por la enfermedad, de papo abultado y ojos desorbitados, estaba sentada sobre un montón de almohadas y tenía a su lado a un niño canijo comprado con el dinero de Eijbaum y mudo de angustia.

La entrega de los regalos llegaba a su fin: los salmistas enronquecieron y el contrabajo se enemistó con el violín. De pronto, sobre el patio se extendió un ligero olor a chamusquina.

—Benia —dijo papá Krik, un viejo carretero con fama de mal educado entre los carreteros—, Benia, ¿sabes qué se me ocurre? Se me ocurre que aquí arde el hollín...

—Papá —respondió el Rey a su padre beodo—, coma y beba, por favor, y no se preocupe de esas tonterías...

Papá Krik siguió el consejo de su hijo. Comió y bebió. Pero la nube de humo se hacía más asfixiante. En algunas partes el borde del cielo se tiñó de rosa. Una lengua de fuego, fina como una espada, lanzó una estocada por alto. Los convidados se levantaron y olfatea-ron el aire. Sus mujeres chillaron. Los atracadores se miraron unos a otros. Sólo Benia, que no notaba nada; estaba afligido.

—Me están aguando la fiesta —gritaba con desesperación—. Queridos: coman y beban, por favor...

Mas en ese momento apareció en el patio el joven que había estado antes de comenzar la fiesta.

—Rey —dijo—, debo comunicarle un par de palabras.

—Dilas —respondió Krik—. Tú siempre tienes en reserva un par de palabras...

Rey pronunció el joven desconocido con una risita—, la cosa tiene gracia. La comisaría entera arde como una antorcha...

Enmudecieron los tenderos. Sonrieron los atracadores. Manka, una sesentona, progenitora de bandidos del barrio, se metió dos dedos en la boca y produjo un silbido que hizo tambalearse a sus adláteres.

—Mania, que no está usted en el trabajo —observó Benia—. Más paciencia, Mania...

El joven mensajero seguía riendo.

—Salieron de la comisaría unos cuarenta —decía moviendo la mandíbula— para hacer la redada. Se apartaron unos quince pasos y empezó el incendio... Corran a verlo, si quieren...

Benia prohibió a los convidados ir al incendio. Fue él con dos compañeros. La comisaría ardía por los cuatro costados. Los policías corrían por la escalera meneando el trasero, envuelto en humo y lanzaban cofres por las ventanas. Los detenidos aprovecharon la confusión y se fugaron. Los bomberos se sentían pletóricos de entusiasmo, pero en el grifo inmediato no había agua. El comisario, la escoba nueva que barre limpio, estaba en la acera de enfrente mordiéndose el mostacho, que se le metía en la boca. La nueva escoba estaba quieta. Benia pasó cerca del comisario y le saludó a lo militar.

—Muy buenas, excelencia —dijo compadecido—. ¿Vaya calamidad, eh? Es algo de pesadilla...

Detuvo la mirada en el edificio en llamas, meneó la cabeza y chasqueó los labios:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...

Benia retornó a casa cuando en el patio se apagaron los faroles y en el cielo se encendía la aurora. Los convidados se habían retirado; los músicos dormitaban con la cabeza descansando en el mástil de sus contrabajos. Sólo Dvoira no está dispuesta a dormir. Empujaba al marido asustado hacia la puerta del dormitorio conyugal; mirábale con la lascivia del gato que lleva un ratón en la boca y lo palpa suavemente con los dientes.

Así se hacía en Odesa

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