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Una recopilación de cuentos surgidos de la experiencia de vida y la fantasía literaria de su autor, y enriquecidos de una poética expresión metafórica y un velo de soledad existencial.
Los hechos narrados se hacen observación de los comportamientos de los hombres, personificados en los protagonistas de los diversos relatos que, de vez en vez, manifiestan en su actuar una gamma polifacética de vicios y virtudes, hasta llegar con un proceso evolutivo de la sabiduría a la sublimación de la actuación y a la paz espiritual.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Guillermo de Miguel Amieva
Cuentos escritos
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Título: Cuentos escritos en el inodoro
Autor: Guillermo de Miguel Amiela
ISBN 9788899373238
Edizioni Pragmata
Índice
Prefacio
Primera Parte
Caída libre
Muerte vertical
El planeta cúbico
La condena
Una crónica lunar anunciada
La mandolina
La corona del Rey
Crónica de un fin anunciado
El periódico errante
El muerto y el sabio
El infierno acuoso
La secuoya gigante
El territorio intermedio
La revolución de las cosas
La boina
El rey y el literato
Lady inocencia
El bodhisatva
Resurrección del Cristo del Otero
Enterramiento acuoso de un huérfano
El viaje iniciático del mosquito Félix
La pelota
Viaje al oriente eterno de un masón excelente
La biblioteca metaliteraria
El bálsamo de fierabrás
El oasis invisible
El hotel de los muertos
Segunda Parte
El hombre de metal
Un hombre más que centenario
Viaje simbólico a Portugal
Seres insomnes
Morfeo y Alejandra
Historia de Aurora
Augusta
Descubriendo a mis hijas especulares
El alpinista dulzainero
Los muñecos de plastilina
El hombre triste
Dios está en todas partes
Monólogo de un difunto
Presencia
Hombres de barro
El hombre-libro
Abriendo la tapa
Prefacio
He de decir que este medio invierno que hemos dejado atrás lo he dedicado, en parte, a escribir en mi iPhone. Concretamente, he utilizado el tiempo que empleo matinalmente en el inodoro. Algunos de los cuentos que el lector tiene ahora en sus manos los he ido publicando cada mañana en mi muro de Facebook. Otros, me los he reservado, conjuntamente con los anteriores, para publicarlos en esta primera edición.
La intención de escribir en el inodoro, lejos de ser escatológica, se me antoja más bien pedagógica. Entiéndase pedagógica para mí mismo, ante todo, y para quien, después de mí, quiera aprovechar la enseñanza. Dejando a un lado el escatológico lugar ya referido, trono del que doy cuenta con las fotografías que ilustran la portada y la contraportada –el cual es, por otra parte, el emplazamiento exacto de este parto literario– me he empeñado en aprovechar este tiempo fisiológico que habitualmente solemos desaprovechar los humanos. Así, me he demostrado a mí mismo que podía escribir algo decente dando rienda suelta a mi imaginación mientras rendía culto al desahogo del vientre. El lector juzgará si he superado la prueba o si, por el contrario, debería haber empleado mi tiempo, únicamente, en las labores propias de la especie. Los cuentos escritos en el iPhone componen, así, la primera parte de este libro.
Con el fin de no desaprovechar material, también he recuperado algunos de los cuentos que en su día escribí en el iPad. Los incluyo como una segunda parte, diferenciada de la primera. En esta segunda parte, acopio cuentos más largos que los que se integran en la primera parte. Cosa lógica si se comprende que, para estos cuentos escritos en iPad, aproveché en su día el tiempo nocturno de sofá cultivado en el cuarto de estar, el cual, como parece obvio, suele ser más largo que el anterior. En resumidas cuentas, me he empleado, a fondo, en hacer algo distinto a lo que habitualmente se espera de nosotros durante esos ratos en los que, paradójicamente, somos dueños de nosotros, y, por tanto, enteramente libres.
Para los que suelen preguntar de dónde saco tiempo para escribir tanto, no hay más respuesta que la de los ratos perdidos, esos recovecos oscuros desde los que, precisamente porque nadie nos estorba, somos más responsables de nuestra libertad, y, por tanto, más o menos pecadores. Pues ha de saber el lector, si no lo sabe ya, que en el mundo contemporáneo los pecados del humano atienden a la falta de aprovechamiento del tiempo suyo y también de sus talentos. Inteligencia y sabiduría, la tienen pocos. Los demás solemos tener algún talento, algo para lo que inevitablemente servimos y en lo que debemos poner empeño.
Al Estado y a la sociedad le tributamos demasiado tiempo, ello, en parte, por nuestra desorganizada manera de vivir y por la desconfianza que nos tenemos los unos a los otros, de lo que se deriva la sujeción a horarios que nos enclaustran como si estuviéramos en cárceles. Soy de los que cree en la libertad de juicio, de opinión, de movimientos, de acción y de respuesta, soy, insisto, de los que cree en la persona y en su autenticidad, mostrándose ésta, desde luego, en su puridad más inmaculada durante los momentos en los que nada nos azuza. Uno de ellos es el tiempo que dedicamos en el inodoro a nuestras labores fisiológicas. Otro, es el tiempo de la noche durante el que nuestra casa se convierte en un reino silente que nadie estorba. Sentado que ahí, durante esos momentos del día o de la noche, debemos ser inexorablemente más nosotros que nunca, y esto para no dejar de serlo luego en la calle, resulta, si se me permite la expresión, que yo, este invierno, he aprovechado mi tiempo para defecar esta literatura de inodoro. Llega, por tanto, el momento de abrir la tapa.
Cuentos escritos
1
Caída libre
Se abrió la tumba ella sola cual puerta tumbada en el suelo. Me asomé. Una mujer bellísima, muerta hacía seis meses, me invitó a bajar con ella. Estaba desnuda, expuesta como una rosa. Sugerente, seductora, de formas bellas. Tropecé y caí. Era un pozo sin fondo. La mujer desapareció y yo seguí cayendo. Solo se veía azul cielo y nubes vaporosas amables al tacto. A veces, parte de alguna de ellas se prendían en mis dedos al yo intentar agarrarme para evitar la caída. Maldije mi destino, al que me había llevado mi lujuria. Aquella parecía una eternidad de caída libre y yo solo echaba de menos a aquella mujer muerta que me invitaba a amar. Me fui olvidando de la vida con el tiempo. Seguí cayendo durante milenios y milenios y milenios, me creció la barba y el pelo se me puso blanco. Al cabo de tanto tiempo, llegué al fondo de la tumba. Estaba ella, la mujer hermosa, pero yo era viejo. Miré arriba, pero solo vi una sepultura que se cerraba. Desde entonces, vivo solo, inmerso en la oscuridad. De ella no sé nada.
2
Muerte vertical
Su espalda me retenía tras ella con la fuerza de un campo gravitacional, ello a pesar de que yo ya sabía que estaba muerta. La había matado un relámpago de melancolía, mas aquella muerte no era otra que la llamada media muerte. Los seres afectados por la media muerte morían en vertical, quiérese decir que su eternidad lo era de estatua, una muerte erigida en lugar de horizontal, desafiante a la gravedad en lugar de caer plúmbea al suelo. Ella estaba muerta para siempre y en tránsito de convertirse en un ser de piedra. Yo no podía moverme porque estaba retenido por el periodo de acompañamiento de la media muerte, de modo que en tanto en cuanto ese periodo de diez años pasaba, me convertí en un ángel guardián. Mi pensamiento mudó de la rapidez a la lentitud. Me desprendí de los prejuicios y de la prisa, por supuesto de la ansiedad. Luego, llegué al lustro de los pensamientos lentos que conducen a la verdad. Parte de esos pensamientos lentos devenían, alguna vez, en rezos no convencionales, emociones poéticas espiritualizadas embebidas de vida. Al final, un verdadero ángel guardián alcanzaba el silencio. Tras atravesar la penumbra que conducía de la última palabra al silencio, la piedra interior de la mujer muerta crujió y brotó de dentro hacia afuera. Estaba liberado y podía marcharme, pero entonces comprendí que había vivido más intensamente junto a la muerte vertical que durante aquel tiempo remoto anterior de mi época profana. Sencillamente, la muerte me había iniciado en otra vida y a pesar de que podía moverme, no pude regresar jamás.
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