La conversación - Guillermo de Miguel Amieva - E-Book

La conversación E-Book

Guillermo de Miguel Amieva

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Beschreibung

La conversación es una novela de implante surreal en la que el autor se interroga sobre la ética de la vida. La novela, esencialmente autobiográfica y de introspección psicológica y que se presta a varios niveles de lectura, puede considerarse un coral himno a la vida y a sus valores más altos.

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Índice

 

 

 

 

Prólogo

 

Introducción

Carta de mi abuelo Guillermo Amieva Díaz

Día primero

Segundo día

El tercer día

El día de la despedida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

La conversación, novela de ficción, es a la vez un documento intelectual y espiritual de reflexiones intimistas que surgen y se proponen durante un viaje que el autor realiza, retrocediendo en el tiempo, para volver a vivir el último encuentro ya tenido con su abuelo, entrañable amigo y maestro de vida.

La recuperación de una vieja carta del anciano, testamento espiritual y emocional, que el abuelo escribió poco antes de morir, diecinueve años antes, y el subsiguiente deseo de volver a hablar con él, sirven de pretexto al autor para realizar un viaje iniciático en una dimensión metatemporal y en la búsqueda de respuestas de salvación existencial.

Se trata de un viaje atrás en el tiempo que Guillermo de Miguel Amieva, acompañado por su hija menor Blanca, decide realizar a Canarias, donde el abuelo habitó en sus últimos años de vida. La presencia de la niña se hace oportuna para una confrontación de las diversas edades del ser humano: Blanca representa la infancia, objetiva e ingenua, en la que todo lo que aparece se justifica por la simple razón de existir; Alejandro es el joven Guillermo recién licenciado, cuya impaciencia, iluminada por un ligero y sano egoísmo de alcanzar nuevos horizontes de realización individual, no le hace ver los imprevistos y las inevitables dificultades que la vida le proporcionará; Guillermo de Miguel Amieva, autor y protagonista principal de la historia, es un abogado de media edad, cuyas experiencias profesionales y personales le han evidenciado que cada cosa del vivir esconde detrás de su brillo un lado sombrío al que hay que aceptar con la lógica; Guillermo Amieva Díaz, el anciano abuelo,  ha alcanzado a lo largo de su existencia una profunda esperanza supraindividual hacia el progreso positivo del camino humano, que le define y posiciona en una dimensión superior de serenidad y aceptación.

Cada uno de ellos manifestará un enfoque diferente hacia la vida, que también está representada en la alegoría del juego del ajedrez, desarrollada en un tablero perfecto con piezas talladas en la madera por el abuelo, esmerado ebanista y maestro de Guillermo en el juego, al que nieto y abuelo se enfrentarán, como en conversación a dos, en diversas ocasiones. Un juego, el del ajedrez, que, al igual que el de la vida, necesitará siempre más atención en su proceder  al crecer paralelamente la experiencia de sus actores.

En el libro no faltan momentos de intenso impacto poético emocional y lirismo descriptivo de geografías, colores palpitantes, enfoques de detalles, luces, sonidos, sensaciones olfativas que se alternan a profundos dolores, como la consideración de una vida suspendida en un amargo no-ser por una enfermedad irreversible, la de la abuela, o de un amor pasional y aparentemente plebeyo entre el joven Alejando y la “Dueña del Tiempo”, que llega a alcanzar en su acmé sublime la dimensión de la ritualidad hacia lo divino.

Otra construcción literaria utilizada por el autor es la de servirse de numerosas intervenciones de contertulia, por él solicitadas, comunicando con amigos reales de Facebook, que discuten con goliárdica sencillez y profundidad, al mismo tiempo, temas de filosofía sobre sentimientos y aspectos universales de la condición humana, expresando cada cual reflexiones propias sobre la vida, la muerte, el amor, la ética del obrar y del vivir individual y en el contexto social y familiar, el destino del ser humano y las leyes que lo gobiernan.

El autor, entremezclando notas personales mediadas por recuerdos y anotaciones sutilmente melancólicas, indica a sí mismo y al lector, con el que tiene un diálogo directo y continuo, la vía para alcanzar un equilibrio interior a pesar del contexto irracional del mundo.

Tres días durará el viaje de Guillermo, tres días vividos momento por momento en dimensiones temporales diversas: el presente, el pasado y la intemporalidad, que se aúnan en narración, como en diario del navegante en el fluir de la vida.

Monica Palozzi

Roma, madrugada del diecinueve de mayo de dos mil once,

prólogo remitido al autor vía Facebook.

A mi abuelo Guillermo Amieva Díaz,

con todo mi amor y profundo respeto.

Introducción

Estimado lector, ahora que estás ahí, evadido del mundo, probablemente huyendo de sus presiones constantes, encontrando en la literatura tu refugio y tu alimento, y enfrentando las primeras páginas del relato que te ofrezco, he de agradecer el interés que muestras en la lectura, así como el acercamiento que nos mantendrá unidos por algún tiempo, diálogo silente no simultáneo, pero diálogo o conversación, al fin y al cabo, como la que mantuve con mi abuelo Guillermo durante muchos años, estirándola en el tiempo desde que una tarde de vacaciones me enseñó a jugar al ajedrez, y a escuchar para luego hablar bien, herencia espiritual que conservo como un tesoro.

La idea de la novela que en tus manos tienes partió un día de abril, el catorce para ser exactos, cuando, releyendo la última carta que mi abuelo me remitió y que ahora, por su belleza, te dejo leer a ti, decidí, algo desesperanzado por mis circunstancias vitales, relatar el último viaje que realicé para visitarle, allá por el año mil novecientos noventa y dos.  Tú juzgarás si algo tiene que merezca la pena, aunque, sin duda, lo más hermoso lo hallarás en la carta que yo recibí de él y tantas veces releo. No seas severo con él en el juicio ortográfico, pues mi querido abuelo dejó el colegio muy niño y toda su instrucción la encontró en su propio empeño. Sin más te dejo con él.

Carta de mi abuelo Guillermo Amieva Díaz

 

 

 

 

Las Palmas de Gran Canaria, junio 1992

 

Querido Guiller:

 

Por fin, arañando un poco de tiempo del que tengo muy escaso, he decidido contestar, en parte, el montón de cartas tuyas que tengo en mi poder.

 

En mi soledad, de cuando en cuando, leo tus cartas y emocionado siento correr por mis mejillas el llanto de un anciano que espera, tal vez en lo imposible, encontrar en los últimos días de su vida un poquito de felicidad y sosiego. A veces pienso que no es bueno emocionarse en la intensidad que a mí me ocurre, pero, ¡de qué sirve la vida, si en ella no hay amor y llanto a la vez!. Por eso, cuando repaso tus cartas de nuevo, mis ojos se humedecen, porque siento en mi corazón que parte de la sangre o raíces que corren por tus venas son las más cercanas a mi alma. Por otra parte, creo, sinceramente, que valoras en exceso méritos que no creo tener, pero te agradezco la pasión que sientes por tu abuelo. El único mérito que yo tengo, si es que lo tengo, es reconocer que he venido a este mundo y que no he hecho nada digno de mención. Sin embargo, tus halagos me hacen sentir que aún no lo he perdido todo.

 

Hoy, cuando ya he cumplido ochenta y seis años, me doy más cuenta de que el tiempo corre vertiginosamente sobre la vida de los hombres. Eras un niño y sin darme casi ni cuenta, te veo hecho un hombre sin miedo a la vida y luchando en una sociedad envenenada tratando de hacer justicia. Estoy orgulloso de que un nieto mío se dedique a tan alto menester y pienso que lo harás bien, pero reconozco que es una profesión difícil, porque la humanidad es muy egoísta y hay que tener mucho tiento para navegar y llevar la nave a buen puerto. Por eso, no quisiera dejar esta carta sin darte un consejo que la experiencia me ha dado: siempre que puedas practica la justicia, la compasión y el amor, pero vive tú también, ya que nosotros somos muy emotivos y la compasión, a veces, suele dañar nuestros intereses. No obstante, tras la borrasca siempre llega la calma y, en esa calma, siempre hallarás una parte, mayor o más pequeña, de gentes honradas que saben a donde van; pero hay que saber esperar.

 

Siempre que reflexiono en silencio acerca de la humanidad, viene a mi memoria un pensamiento muy acertado de Gabriela Mistral que dice: “Procura comprender la maldad, síguela como quien sigue una hebra de agua turbia, y te hallarás con que en su comienzo es pura y nace de un cristal de inocencia". Esto me ha hecho pensar que la evolución va llevando a los hijos de la naturaleza hacia el principio de la vida, no retrocediendo en el tiempo sino en el paso del tiempo, ya que progresivamente inteligencia y habilidad van naciendo en edades más tempranas y al correr del tiempo, tal vez, sabiduría y virtud, beban juntos de la fuente del amor. Quizá, la comparación que yo hago de la evolución con la hebra de agua turbia de Gabriela Mistral no tenga sentido, pero lo que no cabe duda es que la evolución camina hacia la perfección, aunque muchas veces no lo parezca.

 

De nuestra vida aquí, qué puede decirte que no sepas ya. Sólo la esperanza me sostiene en pie y temo no llegar a tiempo para darle a ella la paz que tanto necesita. Estas últimas semanas la veo algo mejor, pero es muy difícil que vuelva de nuevo a estar como estaba. Yo las esperanzas no las pierdo y seguiré luchando hasta el final.

 

Un fuerte abrazo para tu madre y tú todo el cariño de tu abuelo.

Día primero

 

 

 

 

Frente al espejo del cuarto de baño Alejandro saborea el comienzo de la aventura. Hoy emprende un nuevo viaje hacia Gran Canaria, donde vive su abuelo Guillermo, isla a la que, porque no se conforma con el lenguaje convencional, prefiere llamarla “Isla de los perros”. El personaje de la novela, que no es otro que el propio escritor, aparece frente al espejo diecinueve años más joven que hoy cuando escribe, rejuvenecimiento que acontece por el propio recuerdo traído al papel, memoria ni siquiera clara, sino deformada, probablemente, por el propio novelista, algo olvidadizo de las sombras y excesivamente optimista en la remembranza de aquellas luces que le lustraron.

 

Alejandro está ilusionado porque aún cree  en lo excepcional más que en lo rutinario, y el viaje, ciertamente, le produce ilusión. Su cara en el espejo le refleja favorecido, aparenta menos edad de la que en realidad tiene -treinta años-, deja caer media melena de cabello ceniza heredado de su madre, hermosa cortesía de la genética dominante; tiene la frente ancha; la nariz algo corva; los ojos verdes e ingenuos, pero observadores; la piel suave y cobriza; la barbilla afilada, propia quizás de los judíos que debieron de ser remotos ascendientes por vía materna (siempre le dicen que parece un judío). Aún no está vestido, pero seguramente se pondrá vaqueros, camisa y alguna prenda suave de abrigo. No hace mucho frío, aunque la madrugada guisa su presente camino de la alborada.

 

El Alejandro que yo era entonces vivía en un pueblo de la “Tierra de Campos”, comarca que desde entonces, dentro de mi universo poético, he preferido llamar “Tierra sembrada de cereal”, extensa superficie que comprende parte de las provincias de Zamora, León, Valladolid y Palencia, tierra llana con el horizonte puesto al fondo, paisaje mínimo que concentra en hermosa síntesis la tierra, el cielo y nada más, llanura que, desde tal vacío, devuelve a sus habitantes al místico interior, donde consigo hablan, habitantes poco dados a la palabra, amigos de decir lo justo y, porque tampoco aventuran sus cosechas, a no aventurar tampoco las promesas que no pueden ser cumplidas. Se trata de una tierra climáticamente extrema, en modo alguno fácil de habitar, enjuta de carnes, rica en historia, provista de las canas del entendimiento y sabedora, sin coquetería alguna, de las reconocidas glorias de su pasado. El novelista ama ahora más esta tierra que cuando, situado frente al espejo aquella mañana de Semana Santa, estaba contento por partir y huir de su monotonía constante. Llevaba años de soledad tras la muerte del padre amado e iniciaba su trabajo profesional sin apoyos,  afrontando un horizonte incierto, pero esto no disculpaba su escasa sensibilidad hacia la tierra paterna, que, en detrimento de la materna, la Asturias céltica y mitológica, removía más sus sentimientos. De la  Tierra siempre verde -así la denominaba- provenía su inclinación más sensible y evocadora, la impronta de la imaginación y quizás la sociabilidad y la inocencia.

 

Como escritor debería renunciar a introducir retazos de mi propia historia, pues lo autobiográfico cae en el rechazo de la crítica y se antoja trabajo fácil sin más mérito que traer lo vivido, pero aunque no será sólo lo vivido lo que aquí se escriba, sino la mezcla de ello con lo ficticio, no renuncio a recordar que un día tuve un gran amigo al que llamaba abuelo, mi querido “viejo creador de  formas de madera”, alguien que desde niño me inició en una larga conversación sostenida a lo largo del tiempo. Si el Alejandro viajero de entonces habita ahora en mí, si aún lo conservo conmigo y me acompaña, si me está viendo escribir desde las profundas simas del subconsciente, notará que estos folios se parecen mucho a aquel espejo en el que se miraba complacido antes de partir. La vanidad, como el agua, no tiene parapetos que la detengan. Buena o mala, siempre buscamos espejos donde contemplarnos y el escritor también los encuentra -¡cómo no¡- en los folios que rellena, expresión más moldeada y menos espontánea de lo que quiere ser, de aquello que de sí mismo busca como permanencia en el tiempo. Han pasado los años y a pesar de que el Alejandro de entonces también escribía, el novelista carece de la frescura juvenil de aquellos días, ha sufrido más, aunque no se sabe aún si el padecer las incómodas tempestades de la vida le ha pasaportado al camino de la sabiduría. Alejandro dejó su espejo vacío en el cuarto de baño de aquel pueblo de la Tierra de Campos cuando partió, mas yo reconstruyo mi propio espejo partiendo de la literatura, enfrentado a la pantalla blanca del ordenador personal, este compañero que habitualmente me presta su abismo para en él abandonarme y, a partir de hoy, día catorce de abril de dos mil once, construirme y reconstruirme y seguir dialogando con un abuelo, ya perdido, al que amé profundamente.

 

Alejandro ha dejado el espejo hace tan sólo unos minutos, se ha vestido y se dispone a subir a un automóvil heredado del padre muerto. Es un Volkswagen Santana de color gris perla que imagina como un corcel con el que atravesar la llanura camino del aeropuerto de Madrid-Barajas. La madrugada deja frescuras tibias que obligan a entrar rápidamente en el coche. Ya dentro, Alejandro ajusta el retrovisor. Cuando su padre conducía, el retrovisor reflejaba su propia imagen, era un espejo para la observación educacional del hijo, y  las miradas del hijo y el padre se encontraban misteriosamente unidas en él, estrechamente vinculadas por la relación paternofilial, pequeño combate diario desde el que el padre doblegaba sensatamente la libertad del Alejandro más joven. Si pudiera reconstruirse el pasaje de esas miradas unidas en el retrovisor del coche, unas más severas, otras complacientes, otras complacidas, otras cómplices, otras amorosas, otras reprobadoras, podríamos saber mucho más de un niño que creció entre dos vertientes distintas.

 

Alejandro era el producto de la admiración que profesaba tanto a su padre como a su abuelo. El padre era de derechas, católico, sensato, juicioso, honesto, quizás en demasía, práctico y poco ensoñador, nada amigo de utopías, pero muy poco egoísta, generoso, humanitario hasta puntos extremos nada recomendables, que el exceso de bondad, como luego recordaría el abuelo Guillermo, tampoco es justo. El abuelo materno era de izquierdas y de los republicanos, soñador, aunque trabajador incansable, nada amigo de los curas ni de nada que se le pareciera, relacionado familiarmente con la masonería, amante de la literatura y de la reflexión, vegetariano y, por poner alguna nota crítica, un tanto dogmático. El padre y el abuelo, ambos respetables y respetuosos entre sí, cuestión que debe sobresalir si tenemos en cuenta el tiempo que ambos vivieron, forman parte de mi pasado. Ahora, sin embargo, vivo rodeado de un ámbito enteramente femenino que, en parte, está cambiando mi percepción de la vida. A caballo entre dos maneras diferentes de ver el mundo, la de los hombres, que representaban mi padre y mi abuelo, situado en tierra de nadie, contemplo, como un espectador, cómo ve el mundo mi mujer, cómo empiezan a verlo mis hijas y cómo lo ve la mujer de mi tiempo.

 

Alejandro, que ya ha terminado de ajustar el retrovisor interior del coche, arranca pausadamente. Toma la dirección de Madrid por Burgos recorriendo la carretera provincial desde Osorno hacia Melgar, primer pueblo de la provincia limítrofe a Palencia. Los campos irán iluminándose y el mundo parecerá un espacio vacío hasta la irrupción de los primeros cerros burgaleses, parajes que ya no son terracampinos ni tienen color arcilloso sino calizo. La carretera, que entonces no tenía autovía como ahora, le es muy familiar porque estudió interno en Burgos. Es paciente y sabe que le queda un recorrido largo, pero el hijo único, acostumbrado a vivir el mundo desde su soledad, se desenvuelve bien en los valles solitarios que la vida le pone por delante. Le gusta conducir,  más aún, le gusta sentirse conductor. Toda su vida, desde la muerte de  su padre Emín, se centrará en desarrollar el ser por encima del tener, y el ser se hace construyéndolo cada día, incorporando poco a poco mayor oficio, ya sea ser conductor, abogado, pastor, albañil, escritor, o dibujante, que también le gusta y lo cultiva, o amante, aunque últimamente ande un poco perdido y solitario en lo que respecta al amor. Ninguna atmósfera le parece más apropiada para la evocación que la que paladea un conductor solitario proclive a dejarse llevar por el pensamiento y la observación. A lo largo del viaje irá alternado la observación del mundo con el pensamiento, por eso ha salido muy temprano, porque quiere dilatar el tiempo del viaje para saborearlo detenidamente.

 

Eso es exactamente lo que hice aquel día, paladear el viaje desde su inicio hasta que mi abuelo apareció de nuevo ante mí, y eso es lo que he hecho desde siempre hasta hoy, viajar relamiendo cada metro que el coche avanza sobre el espacio, sintiendo la apropiación efímera de los metros que se ocupan y se dejan tras el retrovisor. Eso he hecho y tal tesoro les he dejado a mis hijas, viajeras que conmigo ya saben que la vida, como un viaje, debe ser vivida paladeándola en cada instante. Ellas aún no estaban presentes en la vida del solitario Alejandro, personaje romántico donde cupiera, idealista, perseverante en el amor imposible, luchador infatigable frente a la razón, lector más de novela que de ensayo, aunque luego se le cambiarán las tornas no en cuanto al romanticismo, claro es, sino en lo que respecta al género de sus lecturas. Me reconozco y no me reconozco en nuestro personaje de entonces, algo más osado, más impulsivo e irascible, más exigente con el comportamiento de los demás. Han pasado muchos años para terminar comprendiendo que nada nos hace más humanos que el pecado, -llamémosle así-, y que nada nos proyecta con más fuerza al orgullo que pretender el premio de nuestros logros. La dichosa inseguridad de los años más jóvenes nos lleva a mostrar siempre lo mejor de nosotros mismos, buscamos el reflejo más primoroso del espejo y pensamos que no cometeremos nunca los errores de nuestros mayores. Durante muchos años no comprendí que mi abuelo me transmitía sus errores como un legado  útil para no cometerlos yo mismo, de modo que, algo engreído, le devolví algún reproche amargo y también alguna jactancia, propia de esos años . Confiaba mucho en mi fuerza, no me dosificaba ni me precavía, desconocía que el mundo es más complejo de lo que parece. Era valiente, sin duda, pero se trataba de una valentía osada, sin medición del riesgo, sin cálculo del verdadero horizonte.

 

El conductor afronta el horizonte azulado que, como un velo, se alza en la lontananza, se pregunta por qué el horizonte siempre se cierra con ese hermoso velo azul, pero no halla respuesta a su pregunta. El horizonte, símbolo del porvenir mediato o inmediato, ya se ha dicho que no le preocupa porque nunca se adelanta a sus pasos. Evoca el pasado dejando atrás pueblos de Burgos que ya conoce y en ese pasado, como una figura insustituible, aparece el abuelo Guillermo. Cuando Alejandro contaba seis años le regaló su primer ajedrez y le enseñó las reglas del juego. Fue en el chalet que el abuelo tenía en Viana de Cega, un pequeño pueblo de Valladolid que iniciaba lo que luego sería un boom  inmobiliario. El abuelo regresó de Guinea Ecuatorial con el dinero suficiente para no trabajar el resto de su vida, jubilación anticipadísima pero muy merecida si tenemos en cuenta que había trabajado desde la niñez. Guillermo Amieva Díaz se aficionó al ajedrez porque las constantes depresiones de su mujer le obligaban a permanecer en casa, de modo que, pertrechado de libros escritos por campeones del mundo, rusos, por supuesto, pues por aquel entonces el abuelo aún estaba estancado en el comunismo-, se pasaba las horas reproduciendo partidas memorables. Una de aquellas tardes del verano de Viana de Cega, Alejandro se sentó por vez primera frente a un tablero. Aprendió a colocar las fichas y a saber cómo se mueven, primeros pasos en el andar del ajedrecista que luego sería, no extraordinario, ciertamente, pero sí con alguna indudable cualidad que le llevó a ganar un campeonato provincial.

 

Alejandro recuerda cariñosamente las manos achatadas del abuelo colocando las fichas en el tablero. Aquellas manos menudas, que tan bien tallaban la madera, eran las manos de un ebanista noble, y Alejandro las tenía completamente grabadas en la memoria. Al abuelo le gustaba centrar cada ficha en su casilla correspondiente, todo de tal manera que ordenaba concienzudamente su diminuto ejército frente a Alejandro antes de comenzar. Guillermo Amieva era un hombre pequeño, con nervio, bien musculado, delgado, con nariz prominente y frente despejada; la calva ganaba terreno al cráneo hasta el comienzo de la nuca, pero los laterales de la cabeza aún permanecían cubiertos por cabello, un cabello que fue del mismo color ceniza que el de Alejandro, pelo celta, propio de los hombres del norte. Destacaban su elegancia y su educación, y aunque su carácter era impaciente sabía contenerlo cuando jugaba al ajedrez. Tenía reflejos, y una visión espacial magnífica que le permitía jugar de espaldas al tablero. En aquel tiempo Alejandro tan sólo era un niño para el abuelo, pero con el correr de los años se convertiría en uno de sus refugios más apreciados, alguien con quien poder dialogar. Con paciencia fue enseñando a su nieto el arte de la conversación. Los temas no siempre fueron del agrado de ambos, sobre todo cuando el dogmático abuelo pretendía imponer sus adoradas tesis naturistas aconsejando la bondad de las verduras sobre la carne, o cuando disertaba sobre el glorificado comunismo que en él, alguien con capital, resultaba paradójico si no fuera porque respondía a un sentimiento de lealtad hacia sus orígenes. Su padre, Eleuterio, extraordinario ebanista, abandonó a su madre Mariquina (así llaman a las Marías en Asturias) emigrando a Cuba, lugar donde se encontró con sus hijos mayores.  Marcos, el más pequeño de los hermanos, y Guillermo se quedaron con la madre, que les dio educación y sensibilidad. La bisabuela Mariquina, para entender las cartas que Eleuterio enviaba a la familia, aprendió a leer sola, pero, a pesar de lo que le amaba, nunca volvió a verle, tal fue la pena profunda de una mujer incomprendida que ni siquiera supo  que nunca podría competir con las bellas mujeres del Caribe.

 

Alejandro fue conociendo la historia de su familia tras aquellas partidas de ajedrez, cuando el abuelo, lejos de dar nada por acabado, iniciaba una conversación, la cual mantuvo luego a lo largo del tiempo con el propósito de procurarse un relevo generacional. Cualquiera de los nietos hubiera podido emprender el viaje propuesto, pero con el paso del tiempo, tras sucesiones, decepciones, amarguras propias de las familias, Alejandro fue quien definitivamente obtuvo el rango de favorito. Pudo influir su timidez y la necesidad de arroparse en la amistad del abuelo, y aunque sus ideas políticas no se aproximaron nunca, sí lo hicieron sus aficiones ajedrecísticas y literarias y el gusto por la conversación, ese placer en el que el abuelo Guillermo inició deliberadamente a Alejandro cuando tan sólo contaba seis años.

 

Desde mi percepción poética noto que esa conversación ha sido una larga Conversación mantenida con mi abuelo. Creyéndola acabada con su muerte, veo que puede proseguir tras todos estos años de soledad, por esto estoy escribiendo, porque deseo seguir hablando contigo abuelo Guillermo, porque quiero contarte aquel viaje último que me llevó a ti, un viaje en el que, aparte de la realidad sucedida, introduciré también algo inventado que ya barrunté hace tiempo y conté en otra novela encajonada, me refiero a una historia de amor no sucedida nunca, la cual no revelo de momento; quiero escribirte aquel viaje porque sé que eres mi lector único y más ferviente admirador, porque te debo muchas cosas y porque siempre has perdonado los errores que en mi relación contigo hayas podido apreciar, porque somos amigos profundamente unidos por un vínculo que no puede romperse, porque he sufrido lo suficiente para comprender tu sufrimiento, porque he cometido tantos errores como tú, porque la literatura, flotador inmenso al que me he asido como un niño, cuyo gusto me transmitiste, me ha salvado la vida. Quiero escribir para seguir conversando contigo, para mantener vivo el fuego de tu sueño, el de querer ser escritor y, no pudiendo serlo tú, o no siéndolo del modo que querías, serlo a mi través como si uno solo fuéramos otra vez, como lo fuimos -seguro que lo recuerdas- durante aquella plácida y larga conversación de toda una vida. Quiero demostrarte que es probable que tuvieras razón cuando dijiste que siempre sería, por encima de todo, un escritor, tanto te quiero y tanto te respeto que apuro me da dejar de serlo algún día. Así que lee, si lo deseas, abandónate conmigo a la aventura de escribir juntos para juntos de nuevo poder recuperar lo que perdimos con tu muerte.

 

El narrador siente el poder de la resurrección, pues, procedente de alguna dimensión desconocida, ha regresado el abuelo Guillermo. Lo ha hecho para seguir conversando sin presencia física, pero, quizás percibiendo que se encuentra con él, el narrador siente su compañía de nuevo, espectro del pasado que regresa y camina entre las líneas, inmerso en los espacios blancos y puros que permiten la estancia de un hueco significante. El abuelo está aquí, cabalga junto al escritor sin musitar palabra alguna porque confía, desde su eterno anaquel, que escribir de la mano de quien tomó su relevo lleva aparejado que éste lo haga desde el respeto que el novelista siente por algo tan grande como la amistad.

 

Ya no siento el tiempo, más bien me da la sensación de estar incorporado a él, no separado, como antes aconteciera. Creo que el pasado reciente que viví con mi abuelo no representa ninguna distancia en la historia humana, que está cercano y que ayer mismo conversábamos juntos; me da la impresión de que no sólo ese pasado tan cercano, sino también el más remoto, forma un colchón sobre el cual permanecemos todos, hojarasca histórica y dulce que sólo una equivocada percepción de las cosas hace que sintamos distante. Quizás por ello, más que de la resurrección de mi abuelo, cabría hablar de mi propio despertar, el cual, lo que son las cosas, viene a producirse un día común en el que he venido a recuperar su última carta, la que permanece silente bajo el cartapacio de mi despacho de abogado en ejercicio. Te levanto, abuelo, como Jesús a Lázaro, porque descubro que resucitar a los muertos es más fácil de lo que pensamos. Tan sólo depende de nuestro propio despertar.

 

Alejandro se deja llevar por la inercia de la conducción hacia Burgos, la ciudad del eterno  invierno donde estudió. Tuvo una novia de carácter alegre que recuerda justo cuando el primer semáforo en rojo de la ciudad le detiene. Aquella mujer tenía un perro de color canela con el que compartían caminatas por el Paseo de la Isla, el cual puede ver al otro lado del río. Las novias de juventud se le antojan esplendorosas, aunque caducas, eternamente evocadas como una imagen reconfortante del pasado, seres a quienes se anuda el tiempo deteniéndose. Es verdad que éste se queda estático, casi como ese semáforo, ya verde, que pide abandonar el recuerdo por el presente. Atraviesa la ciudad retomando recuerdos a cada paso. Alejandro ha pertenecido a demasiadas ciudades y en parte envidia, porque tal cosa nunca le ha pasado, pertenecer sólo a una. Sabe que hay personas que nunca abandonan la suya, y que, habitarla siempre, les reporta la seguridad de estar anclados a una raíz, permanecen arraigados a unos amigos y también, a veces, a un amor definitivo. Alejandro no ha vivido así debido a un padre itinerante que le ha ido mudando de una ciudad a otra, también de un pueblo a otro. En su pasado confluyen el mundo rural y urbano de la España de las tres últimas décadas, y confluye, igualmente, vivir en la casa propia y en internados, pensiones y colegios mayores. Todo ha moldeado en él la necesidad de adaptarse constantemente, romper vínculos para recrear otros, pasar de lo construido a las ruinas que han requerido un nuevo levantamiento de la vida, y habiendo vivido así la infancia y la juventud, luego, al final, hace pocos años, también ha tenido que romper con la Vida escrita en mayúsculas, pues, no hace muchos años, sintió el sesgo temprano de la muerte del padre, momento radical que le ha iniciado a buscar su ser y a construirlo partiendo de los materiales de que dispone.

 

En estos instantes de su vida tiene alma de escritor, se ha iniciado para regurgitar el dolor experimentado y la soledad, que le ha clavado al confidente de su despacho de abogado en ciernes, y aunque no escribe como lo hará luego, la literatura nunca le abandonará. El cielo está despejado en esta histórica capital de Castilla, límpido, claro, diáfano, circunstancia habitual incluso en los momentos más crudos del invierno, y la luz que observa Alejandro le alegra, se une a la ilusión de este último viaje en busca del abuelo Guillermo, pero los recuerdos se quedan tras la ciudad que deja, ciudad de pasado a la que no pertenece ni ha pertenecido, pues sólo la ha habitado como un extraño sin que la ciudad lo quisiera. En toda ciudad hay habitantes de paso, al final todo el mundo sabe quién no pertenece a la ciudad. La ciudad no se encariña nunca con quien debe extrañar algún día, quizás por ello Alejandro tampoco siente excesivo cariño por una ciudad que, al mismo tiempo, siendo muy joven, justificó el extrañamiento de su propia casa cuando su padre, en un arranque educacional motivado para hacerle vivir experiencias menos dulces, le envío al internado de los jesuitas, universo henchido de diplomacia contenida y, por aquel tiempo, algo inquisidor.

 

Alejandro nunca iba a misa porque no creía en la recreación ritual del catolicismo. En ello influían las creencias de su madre Menchu y del abuelo Guillermo, lo cual le puso en el disparadero del director del internado, un fascista de Valladolid, que -ahora hay que verlo con perspectiva- no tuvo empacho alguno en interrogarle de noche, aprovechando tal nocturnidad, como si de una comisaría de Policía se tratara, para entresacarle si sus padres eran comunistas. Experimentó miedo, culpabilidad, se sintió injustamente tratado por aquel ignorante de siete suelas, aquel ignorante que, sin embargo, hablaba siete idiomas. Años más tarde, supo que unos cuantos pelotas acudían a la misa diaria del internado porque este comerciante del espíritu aumentaba medio punto la nota en la asignatura de inglés que impartía. Alejandro, recordando aquel momento, ironiza pensando que aquel padre jesuita estaba probablemente convencido de que el inglés, siendo tan universal, era la lengua común de la almas que merecían el beneficio de la eternidad.  El abuelo Guillermo seguro que hubiera preferido el Esperanto, idioma muy en boga en las gentes de izquierda, lo cual hace sonreír a un conductor decidido a atravesar la Castilla más profunda. Libre como el viento, el Volkswagen lo pide.

 

Ilusionado por el inicio de un relato que le reencuentra con el abuelo perdido, el narrador sintió anoche la necesidad de inmiscuirse en la propia novela y, no afectándole ser al mismo tiempo personaje literario y creador (aunque sabido es que nunca se sabe qué o quién verdaderamente impulsa una obra), pensó que podría retroceder en el tiempo colándose de rondón en el avión que espera a Alejandro en el Madrid Barajas de hace casi dos décadas, colarse para estar junto a él y duplicar literariamente su propia imagen. Aprovechando la libertad creativa, el escritor pretende habitar el mismo espacio- tiempo que se narra, ello le llevará a un reencuentro físico con el abuelo Guillermo.