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Esta obra sitúa al lector ante las líneas de desarrollo más influyentes en la filosofía de la ciencia contemporánea. Para ello reconstruye la evolución reciente de la disciplina y sugiere algunas nuevas perspectivas que respondan a los problemas planteados por los enfoques tradicionales, y que sean útiles para la comprensión de la ciencia en una era en la que su papel social está puesto en cuestión. En la primera parte del libro se ofrece un panorama de las principales cuestiones y corrientes de pensamiento que han dominado la filosofía de la ciencia en las últimas tres décadas, en especial el problema de las relacines entre la historia de la ciencia y la filosofía de la ciencia, así como la tradición semántica en filosofía de la ciencia y el naturalismo científico. En la segunda parte se desarrollan varias líneas de investigación que permiten abordar el análisis de los problemas pragmáticos de la ciencia mediante algunas herramientas conceptuales coherentes con los enfoques epistemológicos más típicos de la filosofía de la ciencia tradicional.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Jesús Zamora Bonilla
Cuestión de protocolo
Ensayos de metodología de la ciencia
Presentación
PRIMERA PARTE: Los herederos se disponen a abrir el testamento
Capítulo I: Historia de la ciencia y filosofía de la ciencia: ¿vecinos incómodos o pareja de hecho?
1. La «revolución historicista» en la filosofía de la ciencia
2. El debate sobre las relaciones entre la Historia de la ciencia y la Filosofía de la ciencia
3. ¿Historia ciega? ¿filosofía vacía? Acerca del problema de una metodología normativa
3.1. ¿Deben los filósofos de la ciencia ser buenos historiadores (y viceversa)?
3.2. Las normas metodológicas y el problema de la racionalidad
Capítulo II: Aventuras y desventuras de la concepción semántica de las teorías científicas
1. La idea de una semántica de las teorías científicas
2. El desarrollo de la tradición semántica en la filosofía de la ciencia
3. Algunas cuestiones disputadas en la tradición semántica
3.1. ¿Cuáles son las herramientas semánticas más apropiadas para el análisis de la ciencia?
3.2. ¿Qué tipo de conexiones entre modelos son relevantes filosóficamente?
3.3. ¿Debe haber una conexión general entre modelos, leyes y teorías?
4. La tradición semántica y los aspectos pragmáticos de la ciencia
Capítulo III: Naturalismo al natural
1. El naturalismo en la filosofía de la ciencia
2. Las teorías de Giere y de Kitcher
2.1. Representaciones y juicios en la teoría de Giere
2.2. Prácticas, progreso y método en la teoría de Kitcher
3. Apuntes para una comparación crítica
3.1. La evolución de la ciencia como un proceso darwiniano
3.2. El uso de modelos cognitivos
3.3. La racionalidad y el principio de simetría
SEGUNDA PARTE: ¿Se puede saber a qué estamos jugando?
Capítulo IV: Cómo verificar teorías inverificables
Capítulo V: Verosimilitud con rostro humano
1. Los intereses de los científicos y las normas metodológicas
2. Algunas reglas metodológicas comunes
3. La verosimilitud empírica como «función de utilidad epistémica»
4. El científico como realista
5. El científico como instrumentalista
6. ¿Por qué existen redes teóricas?
7. ¡Reduce, que algo queda!
8. La naturaleza del progreso científico
Capítulo VI: Sociología de la ciencia y economía de la ciencia: otra extraña pareja
1. Introducción
2. El orden científico como un orden social
2.1. El carácter institucional de la ciencia
2.2. La ciencia como empresa cooperativa
2.3. Las normas de la ciencia
2.4. Las relaciones de la ciencia con el resto de la sociedad
3. El orden científico como un equilibrio económico
3.1. Una explicación «económica» de la investigación científica
3.2. El cambio en el orden científico
4. Sobre la sociología «radical del conocimiento científico»
4.1. El Programa Fuerte y sus puntos débiles
4.2. La Antropología Constructivista de la Ciencia: un cordero con piel de lobo
Capítulo VII: El juego de la contrastación
1. El problema de los términos observacionales
2. Algunas dificultades en el criterio de T-teoricidad
3. Una interpretación inferencialista
4. Teorías básicas y conceptos observacionales
5. El juego de Hintikka de un enunciado de Ramsey-Sneed
6. Verificabilidad y falsabilidad
Bibliografía
Créditos
A Ana, sin protocolos.
Al fin obtuvo la verdadera historia, después de mucho preguntar.
J. R. R. TOLKIEN
Hay, por consiguiente, un gran número de verdades, que parecen repugnarse, y que subsisten todas ellas en un orden admirable.
BLAISE PASCAL
Pues tocando la cítara se hacen tanto los buenos como los malos citaristas.
ARISTÓTELES
No hay libro alguno que no sea autobiográfico1, y no va a ser precisamente éste el primero que contradiga tan elegante regularidad. Pero en el caso del que el lector tiene ahora ante sus manos, hay, en comparación con otras obras mías, casi siempre de tema tan árido como el de la presente, muchos más rastros de las andanzas vitales del autor..., una vida que no da para muchas novelas, y sí, en cambio, para algún que otro ensayo filosófico. En fin, como dijo el torero, «de todo tiene que haber».
Más confesiones personales: escribo estas líneas el día de mi cuadragésimo cumpleaños, y parece oportuno, en fecha tan escogida, detenerse a pensar en lo que uno ha recibido, profesionalmente hablando, y en cuanto de bueno o de malo pueda estar haciendo con ello. De lo primero, es decir, de la herencia, saco las cuentas en la primera parte del libro, no sé si con la debida ecuanimidad, aunque confío en que mi narración sea útil a quienes deseen averiguar los derroteros por los que ha transitado la filosofía de la ciencia en los últimos tiempos. Respecto a lo segundo, es decir, sobre los frutos que uno intenta sacar de lo heredado, el protocolo académico exige que no sea yo quien lo pondere, mas la inmodestia (¿fingida?) que ese mismo protocolo demanda me permite, al menos, soltar en la segunda parte de la obra el pequeño fardo de algunas de mis contribuciones a la filosofía de la ciencia.
Hablando de protocolo, es ésta una noción tan central que he decidido ponerla en el título mismo, y ello por tres razones. La primera, porque el concepto de protocolo de observación, tan exquisitamente utilizado por ese maestro de filósofos que fue Otto Neurath, influyó de manera decisiva en mis primeras cavilaciones epistemológicas desde que José Luis Zofío me iniciara por los caminos de la metodología de la ciencia hace ya más de veinte años. Una de mis preocupaciones constantes en este terreno ha sido la de cómo se podría rescatar algo parecido a los protocolos de Neurath, algo que pudiese proporcionar una «base empírica» para el conocimiento científico, en una visión naturalista y sociologista de la investigación científica, y a esa cuestión está precisamente dedicada la primera parte del último ensayo que compone esta obra. En segundo lugar, cada vez estoy más convencido (y casi todo el libro, aunque más explícitamente los capítulos quinto y sexto, es una consecuencia de ello) de que la ciencia es una actividad regida por normas, por reglas prácticas que determinan el mérito, la dignidad, o el honor científico que cada investigador debe otorgar a las acciones de sus colegas y, de rebote, a sus colegas mismos. La ciencia es, por tanto, una escenario tan gobernado por el protocolo como lo fue la corte del Rey Sol, y no creo que haya tarea más importante para la epistemología, o para lo que ahora suele llamarse más protocolariamente los «estudios sobre la ciencia» (science studies), que la de comprender por qué son las que son las normas científicas, las generales (si las hubiera) y las de cada momento y circunstancia. Sólo esa comprensión permitirá valorar justamente los rendimientos (cognitivos, culturales, económicos o lo que sea) de la investigación científica.
La tercera y última razón es más autobiográfica si cabe: el protocolo académico, y en especial los dos actos más protocolarios de todos aquellos por los que un profesor universitario ha de pasar, han sido directamente responsables de la producción de buena parte del «material» (¿es ése un término peyorativo?) que se incluye en este volumen. Hablo, naturalmente, de las oposiciones y de la redacción de una tesis doctoral. En las primeras, los «candidatos» han de escribir y presentar una «memoria» que ponga de manifiesto su dominio de la especialidad. En los dos casos en los que, hasta la fecha y con suerte dispar, he concursado, dicha memoria debía ajustarse a sendos «perfiles» decididos por la Universidad, que fueron, respectivamente, «Historia y Filosofía de la Ciencia» y «Semántica de las Teorías Científicas». Ironías del destino (pues en ninguno de los casos tuve ni arte ni parte en la elección): eran justo los temas en los que yo mismo había sido criado como cachorro de investigador; aunque tampoco sería tanta la casualidad, porque, bien mirado, eran también los componentes principales del caldo de cultivo disciplinar en el que había crecido la generación de filósofos de la ciencia a la que pertenezco. Así que me tomé las dos oportunidades como una excusa para reflexionar sobre esa herencia, y el resultado, con ligeras modificaciones, son los dos primeros ensayos de esta obra, que, junto con el tercero (procedente asimismo de la «lección» que tuve que desarrollar en una de aquellas oposiciones, para la cual elegí el tema del «naturalismo científico»), ofrecen un panorama, si no completo, sí al menos sistemático, de las tres principales (aunque no únicas) «placas tectónicas» con las que se ha constituido el suelo que pisamos en nuestra disciplina.
Lo más importante, desde un punto de vista generacional, es que nuestra herencia no era ya, precisamente, aquello que cuando fuimos estudiantes se nos enseñó con el nombre de «Concepción Heredada» (en dos palabras: el neopositivismo light de Hempel, Nagel —Ernest— y el último Carnap), y lo que al menos otras dos generaciones de filósofos se vieron impelidas a demoler desde su base. Nuestra herencia consistía, más bien, en lo que aquella empresa de derribos, y todas y cada una de las constructoras que vinieron inmediatamente después, habían deshecho y edificado en el solar del neopositivismo. Y una nueva ironía como principal conclusión: desde la perspectiva que dan las décadas pasadas, algo que ahora resulta meridianamente claro es que, en realidad, no existió nunca un «modelo hegemónico» en la filosofía de la ciencia, digamos, pre-kuhniana. Pero ésta es una historia que se cuenta con más detalle en la primera parte del libro.
Los ensayos de la segunda parte tienen, cada uno de ellos, una historia distinta, y en su diversidad también dan cuenta del protocolo que rige nuestras vidas académicas. El capítulo cuarto es una comunicación presentada a un congreso y planteada bajo la especie de un «divertimento» filosófico, pues una de mis máximas es la de que quien se moleste en escucharme en ese tipo de actos (no sé si alguien alguna vez leerá una comunicación publicada en unas actas, pero, si ése es el caso, entonces él o ella también) cuando menos merece no aburrirse, o aburrirse poco. El capítulo quinto resume mis peleas de al menos una década con el problema de la verosimilitud, al que dediqué mi tesis doctoral en Filosofía (parte de la cual dio origen al libro Mentiras a medias); el capítulo está concebido como una respuesta a las cuestiones más significativas planteadas en la primera parte, a saber, qué consecuencias epistemológicas podemos sacar de lo que hemos aprendido sobre la práctica científica, a partir de los estudios sobre la historia de la ciencia, pero también, desde un punto de vista más biográfico, la obra responde a la insatisfacción que me produjo la alambicada teoría de la verosimilitud que yo mismo presenté en mi tesis, una teoría que carecía de «rostro humano», y que, por ello, era difícil conectar con la práctica científica. Espero que la teoría que resumidamente presento aquí, y cuyo detalle matemático puede consultarse en los últimos capítulos de Mentiras a medias, cumpla mejor esa misión.
Los capítulos sexto y séptimo, en cambio, tuvieron un origen mucho más abrupto, sobre todo el último. Con respecto al sexto, originalmente fue un trabajo que redacté un poco a marchas forzadas en el verano de 1997 para poder aprobar en septiembre una asignatura en mis estudios de doctorado en Ciencias Económicas, asignatura a cuyas clases no había asistido por mil excusas que cualquier estudiante de doctorado estoy seguro de que comprenderá. Curiosamente, ese trabajo precipitado acabó convirtiéndose en el germen de mi siguiente tesis doctoral (publicada como La lonja del saber). Por último, el contenido básico del capítulo séptimo vino al mundo en un arranque de cuatro o cinco días de junio de 2001, como respuesta a la inexorable necesidad de desarrollar un «tema» o «lección» para una de las oposiciones mencionadas, y sus dibujitos fueron esbozados mientras hacía que vigilaba exámenes... cuando la protocolaria quietud de los examinandos lo permitía.
Pero vaya, creo que el protocolo académico me exige no continuar haciendo confesiones de este cariz, y sí, en cambio, dar paso al obligado capítulo de agradecimientos. Además del cariño y el apoyo constante de mi familia, quiero reconocer aquí mi gratitud hacia algunos colegas, y pese a ello amigos, con los que he tenido la oportunidad de discutir, en uno u otro formato, algunas de las ideas presentadas en las siguientes páginas: Paco Álvarez, Miguel Beltrán, Eduardo Bustos, Antonio Diéguez, José Antonio Díez, Javier Echeverría, Theo Kuipers, Anna Estany, José Luis Falguera, José Luis Ferreira, Juan Carlos García-Bermejo, Adolfo García de la Sienra, Andoni Ibarra, Francesco Indovina, Valeriano Iranzo, Ramón Jansana, Pablo Lorenzano, Uskali Mäki, Ulises Moulines, Ilkka Niiniluoto, León Olivé, Ana Rosa Pérez-Ransanz, Eulalia Pérez-Sedeño, Luis Miguel Peris, Miguel Ángel Quintanilla, Andrés Rivadulla, Javier Sanmartín, Mauricio Suárez, David Teira, Juan Urrutia, Luis Vega, Javier Zamora y José Luis Zofío. También quiero reconocer la deuda contraída con mis numerosos alumnos, quienes tal vez más veces de lo conveniente han tenido que soportar mis elucubraciones cuando lo que querrían eran tan sólo unos buenos apuntes, pero cuya paciencia y curiosidad me han sido siempre de gran ayuda para intentar hallar la forma más didáctica de expresar mis ideas, y no pocas veces, para darme cuenta de que lo que estaba diciendo era una tontería.
Con respecto a los agradecimientos institucionales, esta obra se ha encuadrado en los proyectos de investigación PB98-0495-C08-01 («La cultura de la tecnociencia»), BFF2002-03656 («Raíces cognitivas en la evaluación de las nuevas tecnologías de la información»), financiados por el Ministerio español de Ciencia y Tecnología, y el proyecto hispano-mexicano «Capacidades potenciales, racionalidad acotada y evaluación tecnocientífica», financiado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes y la Agencia Española de Cooperación Internacional. Asimismo he recibido generosos apoyos por parte de la Fundación Urrutia Elejalde y de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Finalmente, deseo también agradecer a la Universidad Nacional de Educación a Distancia todas las facilidades que me proporciona.
Madrid, Navidad de 2003
1¬∃x(Lx∧¬Ax).
Hubo un problema que sacudió como una onda de choque la Filosofía de la Ciencia a partir de los años sesenta, y que, pese a que su interés en la literatura actual ha menguado considerablemente con respecto al que llegó a alcanzar entonces, sin llegar por eso a desaparecer, no es menos cierto que aquellas convulsiones dejaron marcadas las, por así decir, principales estructuras orográficas que iban a caracterizar la disciplina en los años sucesivos. Este problema es, por supuesto, el de las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia1. Para quienes iniciamos nuestros estudios universitarios alrededor de los años ochenta y vimos cómo nuestros pasos se dirigían hacia la Metodología o la Filosofía de la Ciencia, este problema era «el problema», era el asunto que había acaparado una mayor parte de la atención en las discusiones sobre los fundamentos y los detalles de la disciplina, y era, además, el eje que articulaba la mayoría de los programas docentes a través de los que prácticamente toda una generación accedió a esta materia. Visto desde una perspectiva de tres o cuatro décadas, el debate entre «formalistas» o «racionalistas», por un lado, e «historicistas», «psicologistas» o «sociologistas», por el otro, parece haberse ido amortiguando, bien sea por la consecución de un cierto acuerdo sobre las cuestiones más básicas del debate, o bien sea por la necesidad de buscar nuevos temas de conversación; y uno llega tal vez a pensar que hacer excesivo hincapié en la dicotomía del «modelo clásico» frente a las «críticas historicistas», como puede haber ocurrido en la enseñanza de la Filosofía de la Ciencia en las últimas décadas (y no sólo en nuestro país), puede restar esfuerzos al estudio de otras temas que no tienen un encaje natural en dicha dicotomía, y al de otras herramientas conceptuales que son, actualmente, las que de forma más fructífera se están utilizando en la producción de trabajos en esta disciplina, como las ciencias cognitivas, la microsociología, la inferencia estadística, los modelos evolutivos, la teoría de la decisión y de los juegos, etc., configurando una Filosofía de la Ciencia «transdisciplinar», por llamarla de algún modo.
El origen de este debate sobre las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia se sitúa normalmente en la publicación de la obra de Thomas S. Kuhn La estructura de las revoluciones científicas (1962), aunque algunas críticas recibidas desde, por lo menos, los años cincuenta por la concepción de la ciencia heredada del empirismo lógico ya estaban basadas en la constatación de un cierto desajuste entre la estructura de la ciencia tal como la describían los filósofos tradicionales y la práctica real de los científicos en la historia, además de otras razones epistemológicas. Entre estas voces críticas podemos citar a Popper, Quine, Toulmin o Hanson. En todo caso, con o sin precedentes, el éxito de la obrita de Kuhn consiguió que la relevancia de la Historia de la Ciencia en el planteamiento y la respuesta de los problemas filosóficos, metodológicos o epistemológicos fuera algo que, unos años después, se aceptaba prácticamente sin cuestión. Así, de acuerdo con una poderosa tradición expositiva que, por lo que alcanzo a saber, se remonta a la introducción escrita por Frederick Suppe al libro La estructura de las teorías científicas2, en la Filosofía de la Ciencia (o al menos en su dominante versión anglosajona, aunque sus principales líderes eran autores de origen germano emigrados en los años treinta) había existido entre los años cuarenta y los sesenta del siglo xx un notable consenso sobre la naturaleza básicamente formal de la disciplina, emparentada sobre todo con la lógica y la metamatemática; Suppe, siguiendo a Putnam, denominó «Concepción Heredada» (received view) a la síntesis de los principios básicos establecidos en este consenso.
Estos principios incluían, desde el punto de vista de la metodología de trabajo de los filósofos de la ciencia, la idea de que las teorías científicas debían reconstruirse en un lenguaje formalizado que sirviera como herramienta básica para los posteriores estudios epistemológicos, con lo que una de las principales tareas del filósofo sería la de expresar el contenido de las teorías con absoluta claridad, y esto significaba en la práctica fabricar una versión de las teorías científicas a la que pudieran ser aplicadas las técnicas desarrolladas desde finales del xix para el análisis formal de los sistemas lógicos axiomáticos. Una cuestión sobre la que no se había alcanzado un consenso absoluto era la de si el lenguaje formal que debía emplearse para reconstruir las teorías científicas era el de la lógica de primer orden u otro más complejo (por ejemplo, el de la teoría de conjuntos, como defendían Patrick Suppes y sus seguidores). La primera opción, aunque resultaba mucho más cómoda sobre todo para estudiar la semántica de las teorías científicas, impedía de todas maneras reconstruir éstas de forma mínimamente realista, debido, entre otras cosas, a la irreductibilidad de la aritmética a la lógica de primer orden. Esta misma lógica fue incluso abandonada posteriormente como herramienta principal por lo difícil que resultaba explicar con su ayuda la semántica de los términos teóricos, tarea en la que algunos seguidores de Suppes, especialmente Joseph Sneed, consiguieron un notable éxito empleando la teoría de conjuntos (muchos más detalles sobre esta cuestión en el próximo capítulo). Esta discusión se resume bien en el eslogan de Suppes según el cual «la filosofía de la ciencia debe inspirarse en la matemática, y no en la metamatemática». Otro principio metodológico fundamental de la «Concepción Heredada» era la distinción absoluta entre lo que Reichenbach denominó «contexto de descubrimiento» y «contexto de justificación», respectivamente, afirmándose además que sólo el segundo de estos contextos era relevante para la Filosofía de la Ciencia. Finalmente, esta concepción tradicional también afirmaba que debía existir algún criterio de tipo lógico que permitiera distinguir el conocimiento verdaderamente científico de las afirmaciones pseudocientíficas.
Con respecto a los principios sustantivos de la «Concepción Heredada» sobre la estructura de la ciencia, los más importantes se referían a la necesidad de distinguir dos vocabularios en el lenguaje de las teorías (correspondientes a los términos observacionales y a los teóricos), al análisis del valor epistémico de las teorías basado en la relación de confirmación (que podía estudiarse en términos cualitativos, al estilo de Hempel, o cuantitativos, al estilo de la lógica inductiva de Carnap), y a la idea de que el desarrollo de las ciencias maduras procede fundamentalmente mediante la reducción de las teorías exitosas antiguas a teorías nuevas más amplias y precisas. De la distinción entre los términos observacionales y los teóricos se derivaba a su vez una clasificación de los enunciados científicos en regularidades empíricas, leyes teóricas y reglas de correspondencia, así como una tesis sobre la interpretación semántica de cada uno de ambos tipos de términos: mientras que los conceptos observacionales recibirían una interpretación completa directamente a través de la experiencia, los conceptos teóricos sólo recibirían una interpretación empírica parcial, a través de las reglas de correspondencia.
A modo de síntesis podemos afirmar que la concepción derivada del empirismo lógico basaba su análisis de la ciencia en tres grandes dicotomías conceptuales: la distinción entre enunciados analíticos y sintéticos (o, digamos, entre forma y contenido dentro de las expresiones lingüísticas), la distinción entre conceptos observacionales y teóricos, y la distinción entre enunciados positivos (descripciones, explicaciones) y normativos (justificaciones, valoraciones). Estas tres distinciones se presuponían como absolutas, válidas para todo contexto histórico, y conducentes siempre a los mismos resultados independientemente de cuándo, dónde y por quién fuera aplicadas.
Siempre según la tradición expositiva de la moderna historia de la Filosofía de la Ciencia, este gran consenso se habría roto bruscamente con la aparición de la obra de Kuhn, que habría sustituido aquel marco de análisis de las teorías científicas por otra concepción de acuerdo con la cual lo más importante son las pautas del desarrollo histórico de la ciencia, pautas que sólo pueden comprenderse debidamente usando categorías históricas, sociológicas y psicológicas. El principal debate de la filosofía de la ciencia a partir de la segunda mitad de los sesenta se habría centrado, entonces, en la cuestión de qué categorías de este tipo serían las más apropiadas para describir o explicar el desarrollo de la ciencia. Por citar sólo cuatro de las propuestas más famosas, estas categorías podían ser las de Kuhn («paradigmas», «ciencia normal», «revoluciones», «cambio de Gestalt»...), las de Laudan («tradición de investigación», «problemas empíricos», «problemas conceptuales»...), las de Lakatos («programas de investigación», «núcleo firme», «cinturón protector», «heurística», «cambios de problemática»...) o las de los seguidores de Sneed y Stegmüller («red teórica», «evolución teórica», «reducción aproximativa»...). Estas cuatro propuestas vendrían a ser otras tantas variantes del tipo de concepciones de la ciencia que habrían resultado de la «Revolución Historicista», ordenadas de menor a mayor grado de formalización. Mi inclusión de la concepción estructuralista o «no enunciativa» sneediana entre estos cuatro ejemplos tiene, obviamente, la intención de mostrar que lo más importante de dicha «Revolución» no habría sido, en particular, el abandono de las herramientas típicas del lógico matemático y su sustitución por las del historiador, sino el cambio del centro de interés, entre los filósofos de la ciencia, desde la estructura de las teorías hacia su dinámica. Se puede argumentar que, en el caso de la «concepción no enunciativa», el aspecto esencial seguía siendo el análisis de la estructura de las teorías, y que la insistencia de autores como Stegmüller y Moulines en los aspectos dinámicos de la ciencia se debía, más que a otra cosa, al intento de hacer aceptable este «nuevo patrón de reconstrucción» (por emplear la expresión con la que lo describió Feyerabend) a una relativa mayoría de filósofos convencidos por los argumentos historicistas de Kuhn. Pero, sea dicha insistencia el resultado de una argucia retórica o de un interés filosófico auténtico, lo más importante sería, para la tradición expositiva a la que me estoy refiriendo, que ambas posibilidades demostrarían la existencia de un cambio radical de intereses dentro de la comunidad de los filósofos de la ciencia.
De todas formas, la influencia de Kuhn se habría dejado notar especialmente en el surgimiento de los que podríamos denominar «enfoques sociologistas radicales», que, sobre todo a partir de la constitución del llamado «Programa Fuerte en la sociología del conocimiento», han intentado llevar hasta sus últimas consecuencias la intuición de que, para entender la ciencia, lo más relevante es explicar de qué manera influyen el contexto histórico, la estructura social de las comunidades científicas, y los intereses personales y colectivos, en las decisiones de los investigadores. Aunque estos enfoques no están ni mucho menos despreocupados por entender el contenido y la estructura de las teorías científicas, lo que más les interesa de ambas cosas es encontrar en cualquiera de ellas indicios de «influencias sociales», y, por tanto, el análisis formal se considera como una herramienta bastante ineficaz, comparada con el análisis sociológico.
FIGURA 1
La figura 1 muestra cuál sería la imagen de la evolución de la filosofía de la ciencia en la segunda mitad del siglo xx que se sigue de esta tradición historiográfica. En ella, la expresión «kuhnianos» no significa, obviamente, «seguidores de Kuhn», sino autores que, influenciados por el mensaje de La estructura de las revoluciones científicas, habrían intentado, bien desarrollarlo hacia posiciones más historicistas o sociologistas, o bien construir esquemas alternativos para ofrecer una visión más racional de los fenómenos históricos expuestos por Kuhn. En todo caso, la idea más importante es que, tras un cierto período de consenso relativo sobre los problemas básicos de la Filosofía de la Ciencia y sobre las técnicas de análisis más apropiadas, los argumentos de Kuhn habrían dado lugar a una situación radicalmente nueva, en la que se planteaban problemas distintos y existían dos grandes paradigmas alternativos acerca de cuáles eran esos problemas y de cómo debían resolverse, y con un grado de consenso menor incluso dentro de cada uno de estos paradigmas que el que existía en el período de vigencia de la «Concepción Heredada». El impacto general de la obra de Kuhn sobre la disciplina de la Filosofía de la Ciencia sería precisamente la llamada «Revolución Historicista».
Como argumentaré con más detalle unas páginas más adelante, creo que esta imagen del desarrollo de la disciplina, aunque puede ser útil desde el punto de vista pedagógico, no es muy fiel a la realidad, y su vigencia se debe, fundamentalmente, al hecho de que fue adoptada en un momento en el que el número de filósofos de la ciencia estaba sufriendo un aumento espectacular, sobre todo en los años setenta, justo cuando el tema más candente de esta especialidad era la discusión entre Kuhn, Popper, Lakatos y Feyerabend. Las causas del aumento en el número de especialistas eran demográficas e institucionales: el baby-boom de la posguerra, que, en combinación con el desarrollo del Estado del bienestar, disparó el número de estudiantes universitarios y, por tanto, también el de profesores3. Pero una cosa es la interpretación que hacen los manuales de lo más relevante que ocurre en la disciplina, obligados siempre a la simplificación, y otra cosa son los auténticos movimientos intelectuales que tienen lugar bajo esas apariencias. Por supuesto, no pretendo negar que existiera a partir de mediados de los sesenta un gran aumento de las obras de Filosofía de la Ciencia más preocupadas por la Historia de la Ciencia que lo que aparentemente pudieran estar los trabajos de las tres décadas anteriores, ni mucho menos que la obra de Kuhn fuera el principal catalizador de dicho aumento. Pero sí me parece que una mirada un poco más detenida al tipo de trabajos que se han ido produciendo desde los años cincuenta en nuestra disciplina muestra una imagen de este desarrollo bastante diferente al de la figura 1.
En particular, la propia idea de la «Concepción Heredada» como una especie de paradigma (en sentido cuasi-kuhniano), que dominara la disciplina casi de manera hegemónica, no resiste el paso del tiempo. Dado lo reducido de la población de filósofos de la ciencia en los años cuarenta y cincuenta, los «críticos» del empirismo lógico y de sus seguidores distaban mucho de ser una minoría marginal, y, además, fuera de los Estados Unidos llegaban a ser una abrumadora mayoría. Piénsese, por ejemplo, en la influencia de Karl Popper en Gran Bretaña y de Gaston Bachelard en Francia. Por otro lado, desde la publicación de las primeras obras «americanas» de Carnap y Reichenbach4, que distaron de lograr un consenso inmediato en los Estados Unidos (por entonces dominado filosóficamente por el pragmatismo), hasta la aparición de La estructura de las revoluciones científicas, pasaron escasamente veinticinco años, mientras que desde la publicación de esta obra hasta nuestros días han transcurrido más de cuarenta, y en esta segunda etapa ha habido corrientes que, además de tener un número apreciable de seguidores, han perdurado tanto como lo pudo hacer el empirismo lógico. Esto nos permite sospechar que el período de posible hegemonía de la «Concepción Heredada» no es realmente una etapa de consenso seguida por una «crisis» que a su vez da comienzo a una bifurcación en la disciplina, sino que, en mi opinión, las cosas se describen mejor diciendo que en ningún momento ha existido una tradición hegemónica en la Filosofía de la Ciencia del siglo xx, sino que siempre han coexistido vigorosos enfoques muy diferentes y contrapuestos, aunque con el aumento del número de especialistas ha habido una tendencia creciente al aumento de la diversidad de enfoques. Agrupar todos estos enfoques alrededor de la influencia que sobre ellos haya podido tener la «Revolución Historicista» no deja de ser una clasificación artificial, excesivamente simplificada; en particular, porque, como señala Ronald Giere5,
aunque en los noventa existen muy pocos filósofos de la ciencia que se identificarían a sí mismos como empiristas lógicos, la mayoría aún se ocupa de temas y emplea métodos de análisis que son históricamente continuos con los del empirismo lógico.
Entre estos temas y métodos de análisis podemos citar la teoría de la confirmación bayesiana y sus alternativas, la teoría de la medición, la naturaleza de las explicaciones científicas, la estructura de las teorías, la reducción interteórica, la naturaleza y función de las leyes y los modelos, los problemas del realismo y de la verosimilitud, el análisis de la causalidad, etc., además de los numerosos problemas conceptuales derivados de muchas teorías científicas reales, cuestiones todas ellas que podían caer plenamente bajo los intereses de los representantes de la «Concepción Heredada» y que pueden ser discutidas, y de hecho lo son muy a menudo, con pocos miramientos hacia los problemas históricos, aunque sin compartir dogmáticamente los presupuestos del empirismo lógico. Giere también indica que difícilmente podemos interpretar la revolución kuhniana como una invitación a «volver a tener en cuenta la ciencia real», en vez de las pretendidas caricaturas de la ciencia que aparecerían en las discusiones sobre la confirmación de las leyes y el significado de los términos teóricos de la «Concepción Heredada», pues los creadores del empirismo lógico no sólo estaban perfectamente al tanto de «la ciencia real», siendo varios de ellos profesores de física en la universidad germana de entreguerras, sino que el principal estímulo filosófico a lo largo de la vida de estos autores fue el de crear una teoría de la ciencia que estuviese «a la altura» de las dos grandes teorías físicas desarrolladas en las primeras décadas del siglo: la mecánica relativista y la mecánica cuántica. Si hubo una mayor «atención a la ciencia real» a partir de la revolución kuhniana, esto ha de entenderse más bien como un aumento de la importancia de los estudios históricos, psicológicos y sociológicos en la Filosofía de la Ciencia, algo que no ha venido a sustituir, ni mucho menos, a la lista de cuestiones ofrecida al principio de este párrafo, sino que simplemente se ha añadido al conjunto de temas que han pasado a ser objeto legítimo de estudio en nuestra disciplina, y ampliando de paso el número de posibles enfoques utilizados en el análisis de estos temas.
Por otro lado, la mayor parte de estos asuntos habían sido ya estudiados muy intensamente por parte de otras tradiciones de investigación sobre la ciencia distintas del empirismo lógico. No sólo se trata de que el enfoque historicista de Kuhn y otros autores hubiera tenido algunos «precursores» notables, como Ludwig Fleck6, o de que la relatividad de los enunciados observacionales hubiera sido asumida desde muy pronto por algunos notables defensores del positivismo lógico, como Otto Neurath7, sino que este mismo positivismo lógico era hasta cierto punto en la Europa Central de entreguerras una corriente filosófica marginal, y otras corrientes más dominantes, como la fenomenología de Edmund Husserl y Max Scheler, la sociología del conocimiento de Karl Mannheim y el neokantismo de Ernst Cassirer, la teoría «psicoanalítica» de la ciencia de Gaston Bachelard en Francia, o el pragmatismo de John Dewey en los Estados Unidos, todas ellas habían asumido en mayor o menor medida la esencial dependencia del conocimiento científico con respecto a las condiciones culturales, sociales o económicas de cada época, si bien esta asunción se había llevado a cabo, en general, más a partir de unas posturas filosóficas determinadas que mediante un estudio sistemático de la historia de la ciencia8. Dentro de este contexto, el empirismo lógico tuvo la suerte de ganar la adhesión de la mayor parte de los filósofos de la ciencia de los Estados Unidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, pero ni mucho menos puede llegar a considerarse como una «ortodoxia» temporal en la historia de la Filosofía de la Ciencia. Así, una representación gráfica medianamente realista de dicha historia en la segunda mitad del siglo xx sería, por tanto, mucho más confusa que la que se muestra en la figura 1, pues contendría numerosos enfoques más o menos relacionados entre sí, y tan mezclados en algunos puntos que sería difícil reconocerlos como escuelas autónomas.
Sea como fuese, el hecho es que desde los años sesenta hubo un creciente interés por la historia entre los filósofos de la ciencia, si bien la pretendida «Revuelta Historicista»9, más que dar un cambio completo de rumbo a los intereses, problemas y perspectivas de la disciplina, se limitó a introducir en ella nuevos temas y nuevos enfoques sin eliminar los que ya existían, aunque afectándolos en mayor o menor medida. Entre los problemas más importantes que se suscitaron debido a este creciente interés podemos señalar el de la objetividad del conocimiento científico, el del progreso de la ciencia y el de su racionalidad, cualidades que casi todos los filósofos de la ciencia, tanto fuera como dentro del empirismo lógico, habían dado por sentadas anteriormente, y que ahora se convirtieron en cuestiones de intensa disputa. El análisis de estos problemas hacía más razonable el uso de argumentos derivados de la historia de la ciencia (bien que entre otras clases de argumentos), y por este motivo se suscitó desde finales de los sesenta una literatura más o menos voluminosa sobre «las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia». A continuación resumiré algunas de las posiciones más importantes sostenidas a lo largo de dicho debate10.
Una de las primeras obras en las que se experimentó el choque entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia fue el libro de Joseph Agassi titulado Towards an Historiography of Science (1963). En ese libro, el conocido discípulo de Popper criticaba la mayor parte de las obras de historia de la ciencia entonces existentes por estar basadas, desde su punto de vista, en imágenes falsas del método científico, como eran el inductivismo y el convencionalismo. Esto supone que los trabajos de los historiadores de la ciencia cometerán un doble error: por una parte, al imaginar (equivocadamente) que los grandes científicos del pasado han seguido uno de esos dos métodos, no acertarán a reconstruir el proceso del desarrollo del conocimiento tal como realmente sucedió (por ejemplo, tenderán a ignorar, por no ser capaces de percibir su importancia, las continuas disputas metodológicas entre los científicos); por otra parte, al intentar emplear esas mismas (y defectuosas) metodologías como historiadores, no conseguirán elaborar teorías verdaderamente interesantes y exitosas sobre la historia de la ciencia. Agassi, en cambio, intenta utilizar la hipótesis de que los científicos han seguido más o menos la metodología falsacionista, en el sentido de que sus experimentos y observaciones no fueron realizados como una mera búsqueda de hechos, sino como contrastaciones de teorías, y afirma que, con esta metodología, es posible producir investigaciones historiográficas mucho más relevantes. Un curioso paralelismo entre la obra de Agassi y la de Kuhn es que, mientras esta última hizo que muchos filósofos de la ciencia considerasen importante la Historia, la primera intentaba demostrar que los historiadores de la ciencia debían emplear de un modo consciente los resultados de la Metodología.
La obra de Agassi fue duramente criticada en el libro del historiador Maurice Finocchiaro History of Science as Explanation (1973)11. Su argumento parte de la distinción entre dos tipos de obras en Historia de la Ciencia, a saber, las descriptivas y las explicativas. Las primeras se limitan a acumular hechos relevantes, sin pretender ofrecer interpretaciones muy profundas de los mismos, y su función principal es la de servir como fuente de referencias. Las segundas, en cambio, intentan explicar por qué los científicos del pasado actuaron como lo hicieron. El primer tipo de obras no necesitaría estar basado en ninguna concepción filosófica; las del segundo tipo, en cambio, habrán de basarse en principios a partir de los cuales generar las explicaciones. Finocchiaro argumenta que muchos de estos principios difícilmente se encontrarán en las teorías metodológicas mencionadas por Agassi, todas las cuales se ocupan más del «contexto de justificación» que del «contexto de descubrimiento», que es el que centra la antención del historiador. Por ejemplo, el esquema popperiano de «conjeturas y refutaciones» no es tanto una estructura lógica en la mente de los científicos reales de la historia, sino una estructura en la mente del filósofo, que en ocasiones puede confundir más que iluminar los hechos históricos. Además, incluso cuando ciertos principios de una metodología son útiles para explicar la conducta y las creencias de un científico, eso no implica que los principios de otra metodología rival no puedan ser igual de útiles en otros casos, con lo que el historiador no debe elegir entre las diversas metodologías, sino que puede y debe utilizarlas todas. Finocchiaro afirma incluso que el conocimiento de la ciencia contemporánea, y no sólo el de la filosofía actual de la ciencia, puede llegar a ser perjudicial para el historiador, pues este conocimiento (al estar por lo general mucho mejor justificado que el de épocas anteriores) puede impedirnos entender los verdaderos procesos de razonamiento de los científicos del pasado.
En su contribución al simposio del que surgió el ya citado e influyente libro La estructura de las teorías científicas, editado por Suppe, el conocido historiador de la ciencia I. B. Cohen criticaba el uso que los filósofos suelen hacer de los ejemplos históricos, en parte por extrapolar categorías científicas y metodológicas actuales al pensamiento de los científicos de otras épocas, y en parte por no estar lo suficientemente preocupados de determinar si esos ejemplos son realmente correctos desde el punto de vista histórico. Por otro lado, «los filósofos —afirma— se sirven de la historia para dotar a sus afirmaciones de contenido empírico, o al menos para encontrar ejemplos en el mundo de la ciencia (tal y como se la ha practicado de hecho) que sirvan para ilustrar una tesis propia o para refutar alguna opuesta»; y añade que «es evidente que para este objetivo resulta más útil la historia verdadera que la falsa»12. En cambio, el historiador no tiene este tipo de prejuicios filosóficos a la hora de realizar sus investigaciones, y él se ocupa de averiguar, en la medida de lo posible, qué era lo que realmente pensaban los científicos del pasado, o qué influencias recibieron y ejercieron de hecho, sin preocuparse, por lo general, de establecer tesis generales sobre el proceso de investigación científica. Además, aunque no niega que la Filosofía de la Ciencia puede aportar conceptos útiles para el historiador, Cohen no piensa que la mayor parte de los historiadores de la ciencia se vayan a beneficiar mucho si dedican una parte de su esfuerzo a convertirse en expertos en Metodología, pues la mayor parte de la literatura de dicha disciplina existente hasta finales de los sesenta era muy difícilmente aplicable de forma directa a la investigación histórica. Además, muchos casos en los que obras de Historia de la Ciencia han sido elaboradas desde ciertos presupuestos filosóficos muestran que, al rechazarse o pasar totalmente de moda las filosofías que las iluminaron, resulte «difícil, si no imposible, leer esas obras hoy con algún provecho»13. En general, para comprender el pensamiento de un científico, sería mucho más importante estar al corriente de la filosofía general y la filosofía de la ciencia de su época que estar familiarizado con la filosofía de la ciencia contemporánea14. Por contra, en su comentario a este artículo de Cohen, Peter Achinstein indicaba que difícilmente puede un historiador averiguar qué tipo de razonamientos hicieron los científicos del pasado si no tiene unas nociones claras, proporcionadas básicamente por la filosofía de la ciencia, de cuáles son los tipos posibles de razonamiento científico y lo ignora casi todo sobre la validez y aplicabilidad de cada uno15.
Posiblemente la contribución más relevante a la literatura sobre las relaciones entre la Historia y la Filosofía de la Ciencia fue el artículo de Imre Lakatos titulado «La Historia de la Ciencia y sus reconstrucciones racionales», presentado originalmente en un simposio en el marco de la reunión bianual de 1970 de la Philosophy of Science Association16. En este artículo Lakatos mantiene dos tesis principales. La primera, inspirada posiblemente en la obra de Agassi comentada más arriba, es que cada doctrina metodológica (Lakatos examina, como Agassi, el inductivismo, el convencionalismo y el falsacionismo, además de su propia metodología de los programas de investigación) puede entenderse como un «programa de investigación historiográfico» que intenta explicar los «juicios de valor» emitidos por los científicos en el pasado sobre las diversas teorías, hipótesis o programas de investigación que han sido propuestos a lo largo de la historia, en particular los juicios sobre su aceptación o rechazo. La segunda tesis lakatosiana afirma que puede utilizarse la historia real de la ciencia para determinar cuál de aquellas doctrinas metodológicas está mejor «corroborada». Así, igual que en la investigación científica las teorías se usan para explicar los hechos y los hechos para contrastar las teorías, Lakatos propone que la Filosofía de la Ciencia proporcione teorías para explicar los hechos «descubiertos» por la Historia de la Ciencia, y ésta sirva, por tanto, como juez para decidir qué teoría filosófica sobre la ciencia es la más apropiada17. La archiconocida frase con la que Lakatos comienza su artículo, parafraseando a Kant, resume lo esencial de ambas tesis: «La Filosofía de la Ciencia sin la Historia de la Ciencia es vacía. La Historia de la Ciencia sin la Filosofía de la Ciencia es ciega.»
La primera tesis condujo a Lakatos a efectuar una distinción entre «historia interna» e «historia externa» diferente de la distinción habitual. Según el uso más corriente de estas dos expresiones, la historia interna de una disciplina es la historia de sus contenidos «puramente científicos» (la evolución de las teorías e hipótesis, el desarrollo de las pruebas experimentales, etc.), mientras que la historia externa consistiría en la investigación de la influencia que sobre esa disciplina hayan podido tener los diversos factores «extracientíficos» (hechos económicos, creencias religiosas, ideologías, decisiones políticas, etc.). En cambio, Lakatos llama «historia interna» al conjunto de decisiones sobre la aceptación y el rechazo de teorías que, de acuerdo con una doctrina metodológica en particular, se muestran como «racionales» o «justificables», mientras que la «historia externa» serían todas las demás decisiones que los científicos reales tomaron. Esto quiere decir que el contenido de los conceptos de «historia interna» y «externa» sería dependiente de cada metodología. Por su parte, el criterio metametodológico defendido por Lakatos en la segunda tesis citada es el de que es preferible aquella metodología que consiga incluir una parte mayor de la historia real como «historia interna», es decir, como decisiones o juicios de valor racionales. Sobra decir que es su propia metodología la que, según él, sale mejor parada de esta contrastación con la historia18.
Las tesis de Lakatos recibieron numerosas críticas. Por ejemplo, Kuhn señaló que, si un filósofo defiende una cierta metodología de acuerdo con la cual una parte de la historia de la ciencia es irracional, sólo usará la parte restante (su propia visión de la «historia interna») como fuente de datos relevantes para juzgar su propia metodología; es decir, «el filósofo sólo aprenderá de la historia, por lo que al método científico se refiere, lo que previamente haya introducido en ella»19. Richard Hall criticó la identificación lakatosiana entre, por un lado, el «código de honestidad científico» realmente existente en una comunidad, o el propuesto por una metodología, y, por otro lado, los criterios de racionalidad, ya que en muchas ocasiones puede ser racional ser deshonesto20, aunque pueda ser cierto que muchas metodologías no establecen una clara distinción entre ambas cosas, no ocurriría así con el inductivismo, al menos en las contribuciones de Carnap y Hempel, afirma Hall, pues éstos distinguen claramente entre las estrategias que puede utilizar un científico para aumentar el grado de confirmación de una teoría (por ejemplo), maximizando una función de utilidad epistémica, y las que puede seguir para alcanzar sus objetivos personales, maximizando su función de utilidad individual. Cuando Lakatos utiliza el adjetivo «racional» se está refiriendo, aparentemente, sólo al primero de estos sentidos. Además, se entiendan en cualquiera de los dos sentidos, las recomendaciones de una metodología serán normalmente hipotéticas más que categóricas, es decir, tendrán la forma «en tales circunstancias, será racional hacer tal cosa», de modo que la aplicación de estas normas a casos concretos de la historia de la ciencia será sumamente difícil, porque el historiador y el filósofo actuales tendrán pocas oportunidades de averiguar si en la situación en la que se encontraban los científicos del pasado se daban exactamente dichas circunstancias. Pero la crítica más severa de Hall a Lakatos es que, según su segunda tesis, una metodología que considerase racionales cualesquiera decisiones científicas, incluso las que de acuerdo con el sentido común y con el consenso mayoritario de los científicos son decisiones irracionales, esa metodología, si hiciéramos caso a Lakatos, sería la mejor «corroborada», pues según ella toda la historia de la ciencia sería «historia interna», y no quedaría nada que fuera «historia externa».
El filósofo polaco Stefan Amsterdamski21 también ha criticado las tesis de Lakatos, basándose fundamentalmente en la incapacidad de la Metodología para proporcionar criterios realmente practicables de selección de teorías. Por una parte, los criterios de selección en los que efectivamente se basan los científicos están determinados por factores extralógicos, que dependen de la «imagen ideal de ciencia» vigente en cada época y en cada contexto, y, en último término, de los factores sociales que rodean el desarrollo de la ciencia. Además, el problema de la selección de teorías, en la ciencia contemporánea, se refiere sobre todo al reparto de los recursos económicos que van a destinarse al desarrollo de cada teoría, y esa decisión suele ser tomada por instituciones colegiadas que necesitan algún criterio de racionalidad, difícil de encontrar en las teorías de los filósofos acerca del método científico. Así pues, los criterios de selección han de ser básicamente de naturaleza social. Esto no conduce a Amsterdamski, empero, a una posición radicalmente sociologista ni relativista, pues concede que el ser humano es capaz de perseguir desinteresadamente la verdad, así como de argumentar y tomar decisiones racionalmente, pero el concepto de racionalidad subyacente a esta visión estaría muy alejado de los principios considerados tradicionalmente por la Metodología de la Ciencia.
Pero, sin duda, las críticas más severas al artículo de Lakatos procedieron del bando de los historiadores de la ciencia22. Éstos, por una parte, se resistieron a la idea de que la Filosofía debiera ser la única y exclusiva fuente de explicaciones que pudieran usarse en la investigación histórica, es decir, rechazaron la tesis de que, subyaciendo a cada enfoque historiográfico, existiera una filosofía de la ciencia claramente articulada (o articulable) como «núcleo duro» del propio enfoque (por usar los términos de Lakatos). En particular, se señalaba el hecho de que la mayor parte de los historiadores de la ciencia resultaban inclasificables bajo los «programas de investigación historiográfica» esquematizados por Lakatos, y, en general, se criticó como carente de fundamento la idea lakatosiana de que un mismo autor debería defender necesariamente la misma «metodología» en el plano filosófico que «metametodología» en el plano historiográfico23. Por otra parte, los historiadores están más interesados en descubrir los procesos de investigación tal y como tuvieron lugar, que por ofrecer una «reconstrucción racional» de los mismos apta para el consumo de los filósofos. Por ejemplo, al historiador le interesa la cuestión de cómo llega a emerger un programa de investigación con su «núcleo», y no solamente lo que le pasa al programa una vez que ha sido constituido, que es para lo que el enfoque de Lakatos ofrece alguna indicación. Todo esto significa que la Historia de la Ciencia es autónoma con respecto a la Filosofía de la Ciencia, según la mayoría de los historiadores, pues éstos no necesitan que la teoría del conocimiento o la metodología abstracta les dicten cuáles son los problemas más interesantes que deben resolver, ni cuáles son las líneas que deben seguir para solucionarlos.
Otro artículo muy conocido sobre las relaciones entre la Historia de la Ciencia y la Filosofía de la Ciencia, y que defiende una postura muy diferente de la de Lakatos y de la de sus críticos historiadores, es el que Ronald Giere publicó en 1973 con el curioso título de «Historia y Filosofía de la Ciencia: ¿relación íntima o matrimonio de conveniencia?»24. La tesis principal de Giere es que, aceptando que la Filosofía de la Ciencia no puede desentenderse de la ciencia tal como realmente se practica, ni de la forma y el contenido reales de las teorías científicas, el estudio sistemático de la historia de la ciencia es bastante irrelevante para resolver los problemas específicos de la Filosofía de la Ciencia. En especial, estos problemas se refieren a la evaluación o validación de los conocimientos y métodos científicos, y para ello es razonable utilizar como punto de referencia las teorías más recientes, que son las que estarán mejor validadas25. Extrapolando la tesis de Giere a una o dos décadas después, cuando el tema del realismo (más que el de la racionalidad) se convirtió en el centro de atención de una gran parte de los filósofos de la ciencia, podríamos indicar, en la misma línea que este autor, que, para aclarar la cuestión de si debe aceptarse o no la existencia independiente de las entidades o estructuras postuladas por las teorías científicas, lo más interesante con diferencia es preguntarnos si existen o no los quarks, los agujeros negros o los genes, más que los epiciclos, el flogisto o el éter, y por ello, estudiar la historia de aquellos episodios de la investigación científica en los que se discutió la existencia de estas últimas entidades resultaría, cuando menos, filosóficamente poco atractivo. Así pues, el filósofo de la ciencia está obligado a conocer de cerca la ciencia, pero no necesariamente la historia de la ciencia. Una tesis similar defendía varios años después Daniel Garber, indicando que la principal función de la metodología de la ciencia es la de promover las mejores prácticas científicas posibles, aunque este autor reconoce que la historia puede ofrecernos ejemplos de «buen pensamiento científico» que podemos tener en cuenta al desarrollar las teorías metodológicas26.
Entre algunas de las respuestas que recibió el polémico artículo de Giere, destacaré las de Ernan McMullin y Richard Burian27. Según el primero de estos autores, la ciencia real no es sólo un instrumento que le sirve al metodólogo o epistemólogo para resolver algunos de sus problemas filosóficos, sino que también es el objeto del que se ocupa la Filosofía de la Ciencia. Cuando se contrastan históricamente las afirmaciones de los filósofos sobre la ciencia, muchas de ellas resultan ser simple y llanamente falsas; con el fin de evitar estos errores, sería necesario conocer con bastante detalle la historia de la ciencia. Además, McMullin señalaba, desde algunos años antes, que la historia de la ciencia es en cierto sentido más relevante para el filósofo que la ciencia contemporánea porque la primera proporciona casos de estudio completos
