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En un mundo atravesado por desigualdades, crisis ecológicas y el agotamiento de los vínculos sociales, Cuidar lo común propone un giro radical en la gestión cultural: del recurso al vínculo; del capital simbólico al cuidado regenerativo. Basado en experiencias concretas como Casa Gallina, MediaLab-Prado, Museu de Arte do Rio y la Agência de Redes para Juventude, este libro articula una nueva ética del cuidado que desafía los marcos neoliberales e invita a practicar la gestión cultural como la creación de comunidades que cooperan para el bien común. Desde una perspectiva crítica y profundamente comprometida con Iberoamérica, Yúdice traza en este libro una cartografía de prácticas culturales que sostienen y reparan la vida colectiva. Como afirma Ángel Mestres en el prólogo: «¿No son acaso las cuatro iniciativas que recoge este libro un ejemplo de un saber/sentir que obra con delicadeza y respeto, cultivando lo común -radicalmente transversal- que se aleja de los comunalismos elitistas?».
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Seitenzahl: 527
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© George Yúdice, 2025
© Prólogo: Àngel Mestres, 2025
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Ned ediciones, 2025
Primera edición: septiembre, 2025
Preimpresión: Fotocomposición gama, sl
ISBN: 978-84-19407-78-8
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida bajo el amparo de la legislación vigente.
Ned Edicioneswww.nedediciones.com
Este libro está dedicado a Sylvie Durán Salvatierra, mi inspiración para todo lo que pienso sobre cuidado, cultura, salud y vida.También lo dedico a la memoria de Ecio Salles y Heloísa Teixeira (antes Buarque de Hollanda), grandes gestores que me abrieron muchas puertas y horizontes.
ÍNDICE
Agradecimientos
Prólogo. Àngel mestres
1. Aprender haciendo para el bien común
2. Casa gallina: hub de procesos restaurativos
3. MediaLab-Prado: mediando la creación de comunes
4. MAR: el museo que se nos escapa
5. Agência de Redes para Juventude: transformar el deseo en poder
6. Conclusión: reflexiones teóricas
AGRADECIMIENTOS
Sylvie Duran ha acompañado y comentado los temas tratados en este libro desde que empecé a trabajar en él hace más de una década, y su mirada ha contribuido en gran medida a mejorarlo. Néstor García Canclini ha apoyado este proyecto desde que lo inicié, y tuvo la amabilidad de leer el borrador casi definitivo y aportar observaciones que lo han mejorado. Mi editor, Alfredo Landman, ha cuidado este libro conmigo durante muchos años. He aprendido mucho de las personas que han dirigido los proyectos que analizo en este libro: Osvaldo Sánchez, Josefa Ortega, David Hernández, Rodrigo Simancas, Valentina Sánchez y Christian Rojas, por Casa Gallina; Marcos García, Laura Fernández, Antonio Lafuente, Jesús Carrillo, Gloria Durán, Juan Freire, Christina Martínez Aransay y Manuel Prados, por Medialab-Prado; Janaina Melo, Bruna Camargos, Gleyce Kelly Heitor, Marcela Campos y Hugo Oliveira, en el Museu do Mar; Marcus Faustini, Veruska Delfino, Valquiria Oliveira y Aline Resende, en la Agência de Redes para Juventude. Entrevisté a muchas otras personas —en su mayoría participantes en estas iniciativas— para conocerlas mejor; sus nombres figuran en las páginas siguientes. Además, he mantenido conversaciones o he obtenido información importante sobre iniciativas culturales en Ciudad de México, Madrid y Río de Janeiro de Ana Rosas, Eduardo Nivón, Àngel Mestres, Francisco Cruces, Heloísa Teixeira (antes Buarque de Hollanda), Silviano Santiago, Beatriz Resende, Julio Ludemir, Lia Calabre y Eduardo Soares. Daniel Mato, Toby Miller, Rina Carvajal, Yolanda Martínez-San Miguel, Lillian Manzor y Manuel Bermúdez son amigos con los que he conversado sobre mis proyectos. Marta Beltrán Bahón, del equipo de Ned Ediciones, hizo un excelente trabajo de corrección. Por último, Mariví Véliz, Fabián Pereira, Yohan Rivas Briñas y Manuel Madrigal me ayudaron a corregir el borrador final.
Mi más sincero agradecimiento a la Universidad de Miami por los fondos de investigación que me han permitido llevar a cabo mis estudios de casos.
PRÓLOGO
Conocí personalmente a George en algún momento durante el curso escolar 2005-07 del máster en Gestión Cultural que yo coordinaba. Lo invité a la universidad a dar una conferencia a los alumnos del curso; en aquel entonces él era profesor de la NYU y lo recibí con un exceso de precaución, respeto y desmesurada admiración. Fue un encuentro lleno de generosidad por su parte, que hizo que en pocos minutos desapareciera cualquier reserva, y se creó un respeto mutuo de confianza total por su parte. Pero ¿qué pasó con esa desmesurada admiración? Pues que aumentó, no por la impresionante sesión que, como profesor, hizo con los alumnos, sino porque al acabar y ya fuera de horario del curso, George se sentó encima de una mesa de la clase y provocó un diálogo cercano con ellos; me acuerdo perfectamente del tema. Un porcentaje elevado de alumnos procedía de diferentes países de América Latina. Con mucho interés, les preguntó por la música emergente de sus países. Sara, de Portugal; Mauricio y Norton, de Brasil, por citar algunos, al principio contestaban muy cartesianamente: «Yo soy de aquí, y hay este grupo; yo soy de allá, y está esta cantautora...». George fue profundizando: «¿Conocen a tal grupo? ¿Conocen este movimiento que fusiona el funk con el jazz?». Sorprendidos, vieron que podían hablar no como alumnos de gestión cultural, delante de las preguntas de un profesor de la NYU, sino como si estuvieran decidiendo dónde iban a tomar copas y a bailar esa noche con George... Yo observaba asombrado ese ambiente que había creado. Y el diálogo se convirtió en tertulia, con repetidas frases del tipo: «¿De verdad que conoces este grupo de esta favela de São Paulo?» o «¿Cómo puedes conocer este tipo de música que estoy escuchando desde hace solo quince días?». George se reía, pero los escuchaba atentamente; dialogaba, pensaba, investigaba y, sobre todo, cuidaba.
«¡Vayan con cuidado!» es una de las advertencias maternas más habituales que escuchamos en la infancia. Pero ¿hasta qué punto estamos dispuestos a cumplirla? ¿Acaso este «ir con cuidado» debería acompañarnos durante el resto de nuestra vida? Asimismo, ¿es lo mismo «ir con cuidado» que «cuidar»? En cierto modo sí, aunque podríamos ampliar la noción hasta situarla como uno de los ejes éticos vitales: ir con cuidado, actuar con cuidado, valorar el cuidado, practicar el cuidado, compartir el cuidado, defender el cuidado, gestionar el cuidado.
El reverso a esto no es el descuido —en un sentido inocuo—, sino un despiadado ejercicio de destrucción. Ir con cuidado, cuida; no hacerlo, daña. Sin embargo, las cosas se complican. ¡Siempre se complican! La advertencia materna de ir con cuidado puede desembocar en una sobreprotección insana, del mismo modo que podríamos considerar los discursos reaccionarios y ultranacionalistas, tan en boga en la actualidad global, como la voluntad de cuidar una nación —o una noción de nación, pues el imaginario es fundamental en estos protofascismos del siglo XXI—, donde, para «cuidar» este imaginario patrio, debe atacarse todo lo que se considera perjudicial. Por ello, es importante, como nos muestra Yúdice, anclar los cuidados al bien común, entendido no como algo grupal, selecto y excluyente, sino transversal, participativo e inclusivo, también de lo no humano. El propio autor nos lo recuerda en el primer capítulo: «La noción de cuidado va más allá de las prácticas familiares o sanitarias convencionales y se extiende a la responsabilidad hacia el medio ambiente, la vida no humana y las infraestructuras sociales que sustentan el bienestar colectivo».
Todo lo vivo participa y comparte este sentido común, que es el sentido más noble y, por ello, más primario. Hablar de un sentido común va más allá del marco excluyente en el que suele encerrarse esta expresión. «¡Esto es de sentido común!», expresado normalmente con escarnio o condescendencia, suele utilizarse para mostrar cierta jerarquía intelectual de los que imponen una forma homogeneizadora al resto. Pero, en realidad, y más allá de una expresión acusadora, el sentido común puede convertirse en lo que verdaderamente es: un sentir compartido por todo lo viviente que debe cuidarse, atenderse o, al menos, no ser dañado. Un sentir que requiere, a la vez, de un entender, pues como nos recuerda María Zambrano, «en el principio del conocimiento, el entender y el sentir no podrían vivir separados». Siguiendo a la filósofa, reunirlos de nuevo «requiere ya un cierto saber y arte basados en la confianza, en la no-irracionalidad del sentir, y ayudados por la docilidad del entendimiento».1
¿No son acaso las cuatro iniciativas que recoge este libro un ejemplo de un saber/sentir que obra con delicadeza y respeto, cultivando lo común —radicalmente transversal— y alejándose de los comunalismos elitistas, ya sean artísticos, ideológicos o económicos? Con el relato de los proyectos que activan este cuidado del bien común, George no se limita a teorizar o mencionar algunos aspectos clave, sino que nos transmite aquello tan sutil, intangible y complicado de narrar: la experiencia personal, lo vivido allí, in situ. Este in situ, el estar presente —tan fundacional de la ética de los cuidados—, nos lo comparte Yúdice desde una prosa descriptiva y testimonial. Así se comprende el momento mágico que provocó en aquella aula de la universidad a principios de siglo, y que mencionaba al inicio de este texto. ¿Hay otro modo? Con él sentimos las fosas nasales congestionadas y cómo, poco a poco, se despejan gracias a los aceites esenciales de una persona vinculada a Casa Gallina. ¿Un ejemplo anodino? Sí, porque de esto se trata: de menudencias. Porque es desde la menudencia cuando damos espacio a lo íntimo, que es también lo anodino, lo cotidiano, lo anónimo. Todo aquello que no solo rechaza, sino que también ataca, la lógica despiadada con la que actúan los que se erigen como cuidadores exclusivos de unos pocos, en detrimento del resto. Una lógica que revela su incapacidad —o negativa empecinada— de ser relacional, pues lo racional y lo relacional beben de la misma fuente común: no hay pensamiento sin relación. Lo anodino, como lo frágil, el descarte y lo marginal, fecundan una posibilidad: la posibilidad de volver al sentido (común) que da el hecho de atender. Pensémoslo: atender es servicio, sí, aunque también es poner atención. ¿Y no es la puesta de atención —y el arte de poder mantenerla—, el gran reto en esta sociedad desatendida y dispersa, distorsionada, donde la atención se desvirtúa y pasa a ser exclusiva de una práctica de poder, de grito y motosierra, de excentricidad nihilista y de golpe de macho en la mesa de bar?
Prestar atención, como todo préstamo, requiere salir del egoísmo y la desconfianza para adentrarnos en un territorio desconocido: prestar, al igual que escuchar, implica apertura a un otro que es, por definición, alteración. Altera nuestro conocimiento, nuestro prejuicio, nuestras expectativas, nuestra idea de «nuestro». A la alteridad de la otredad (como mera reverberación) se la puede denostar, combatir, invisibilizar, expulsar —y todo el abanico del vocabulario ultrarreaccionario—, o bien, desde la ética del cuidado, se la puede atender. Prestar atención, ser todo oídos, estar presentes, recibir. ¿Basta con esto? No. En todo recibir hay también un dar. En toda escucha aflora un diálogo. A través de Yúdice, recorremos estos diálogos que van más allá de un intercambio de ideas: diálogo es encuentro. Y aquí, el encuentro implica fecundación: llamémosle arte, cocina, huerto, porque en última instancia los resultados no son tan importantes. O sí que lo son, pero en su justa medida, pues el proceso, el mientras tanto, es igual de valioso, o más.
No es sencillo que un libro se convierta en un documento polifónico donde a partir del recorrido intelectual —y sobre todo vital— de su autor, podamos participar de esta pluralidad de iniciativas. Todos esos «mientras tanto», algunos de los cuales fructificaron en ideas u objetos tangibles, otros en comidas, conversaciones, tertulias en un aula o sueños, y algunos, igual de importantes, no resultaron en nada: abortos, fracasos, errores, olvidos, deserciones, caídas. Porque aquí no hay recetario, ni panfleto, ni marketing. Lo que sí hay, y en cantidad, es inspiración, pues la ilusión se contagia como se contagia el desespero (ningún relato es neutro, todo libro tiene consecuencias). Así, gracias al modo de relatar estas iniciativas —y decimos «relatar» a conciencia, pues la palabra enlaza con «relación»—, nos anima a ser algo más que lectores: nos activa ese sentido dormido, o desmotivado, un sentido que nos lleva a participar, a comprometernos, a cocrear.
En nuestro caso, como gestores culturales, los ejemplos que expone George suponen no solo una fuente de inspiración, sino también desafíos, pues cuestionan algunas inercias demasiado condicionadas por la práctica institucional y nos invitan a la reinvención. Es aquí donde aparece la tercera palabra de la «ecuación Yúdice», ya presente en el título: la primera es «cuidados», la segunda «común» y la tercera «gestión». Porque de la gestión depende que las iniciativas sean, en verdad, lo que se proponen o lo que afirman ser. Por ello, como él mismo detalla, es tan importante la gestión del cuidado, que define como «los procesos en que participa una diversidad de personas para reinventar los formatos institucionales en los cuales se gestiona para el bien común». En dicha reinvención, resulta fundamental conocer el lugar donde se lleva a cabo el proyecto y a las personas que lo habitan. Y conocer es reconocer, pues un simple conocimiento ligado al dominio, al control, está muy alejado a lo que aquí se propone. Este re-conocimiento —insistente y siempre inacabado— se basa en la escucha y la horizontalidad. Todo reconocimiento conlleva dignificación, al igual que toda escucha genera empatía. Son principios que nos protegen de tergiversar el cuidado, convirtiéndolo en algo vertical, sobreprotector, condescendiente o manipulador. Además, nos ayudan a llegar al siguiente paso, que él denomina «multiplicar el arte de la mediación», pues la gestión debe ser siempre bisagra, puente, balanza en un mundo con alta incertidumbre. Es un arte, sí, pero no un don innato e inalcanzable: la gestión es un ejercicio continuo para aprender a mediar y, lo más importante, para tejer una red de complicidades que nos ayude en esta tarea. «El éxito —nos recuerda Yúdice— viene de la cantidad y la densidad de redes que se puedan establecer».
Aquella tertulia en la universidad, que podría ser un apartado en algún lugar de este libro, no acabó en una noche de baile y copas... eso se pospuso unos años. Fue en julio de 2012, esta vez en México D.F. (ahora Ciudad de México), y se convirtió en una cena después de una conferencia que di. Los organizadores me avisaron minutos antes de empezar de que George Yúdice y Sylvie Durán Salvatierra asistirían, y de que les habían reservado dos sillones en primera fila. Aquel encuentro en Barcelona me dio la seguridad de que un amigo venía a cuidarme, a prestarme su atención. Y así fue. Y algunos pensarán: ¿solo fue una cena? Pues sí, no hubo fiesta ni baile, pero había razones que justifican que esa segunda parte de la noche no tuviese lugar; dejémoslo en que la sobremesa se alargó más de lo previsto.
Les invito a leer este libro y a reflexionar en el momento histórico que estamos viviendo, donde muchos logros sociales vuelven a tambalearse, donde ningún valor está a salvo y cualquier atrocidad permanece latente, impune o golpeando de frente. George nos propone poner en el centro esta ética de los cuidados para el bien común. Gracias.
En un mundo donde ni la política ni la ética se imponen en muchas decisiones que deberían orientarnos hacia un futuro mejor, y donde esto resulta desalentador, libros como este se vuelven imprescindibles, porque las reflexiones y propuestas teóricas se acompañan de ejemplos y testimonios que nos recuerdan que, a pesar de las pesadillas y el insomnio angustiante, existe también el sueño reparador.
Àngel Mestres / @mestresbcn / Sant Pere de Ribes, marzo de 2025
1. María Zambrano, Los bienaventurados, Alianza Editorial, Madrid, 2022, págs. 120-121.
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APRENDER HACIENDO PARA EL BIEN COMÚN
«El cuidado es, verdaderamente, el soporte leal de la creatividad, de la libertad y de la inteligencia. En el cuidado se encuentra el ethos fundamental de lo humano. Es decir, en el cuidado identificamos los principios, los valores y las actitudes que convierten la vida en un vivir bien y las acciones en un recto actuar».
Leonardo Boff, El cuidado esencial. Ética de lo humano, compasión por la Tierra, 2020
Hace 21 años publiqué El recurso de la cultura: Usos de la cultura en la era global. Posteriormente, a partir del seguimiento a cuatro iniciativas pocos años después, me fui interesando menos por una crítica al discurso de la cultura como recurso que requiere gestión, y más en cómo la gente puede colaborar para restaurar los bienes comunes y crear otros nuevos, para «reforestar» sus localidades, por utilizar la metáfora de Sylvie Durán (2001). Desde luego, aquel libro no criticaba que hubiera gestión, la cual es fundamental para esa «reforestación», sino el modo en que el discurso institucional de los años 1990 y 2000 concebía la cultura como un recurso en el sentido neoliberal, es decir, centrado casi exclusivamente en su valor en el mercado, el cual no es exclusivamente monetario. En esos años, los argumentos acerca de ese valor tuvieron mucho que ver con la inclusión de la cultura en los tratados de libre comercio y el auge de la noción de industrias creativas, un tema que no desarrollaré aquí (véase Yúdice, 2016; Murdock y Choi, 2018). Desde una perspectiva economicista, también se argumentaba que la cultura tenía valor más allá del valor monetario, en tanto generadora de externalidades positivas en otras áreas como la salud, la educación, la tolerancia social o la reducción de la criminalidad (Santana, 1999, cit. en Yúdice, 2002: 29). En una época en que el neoliberalismo requería justificar cualquier gasto por sus retornos, se recurrió a los estudios de impacto económico y a otros de impacto social, como los que «comprobaban» que el arte o la música mejoraban el aprendizaje en la escuela (véase Črnčec, Wilson y Prior, 2006). El discurso dominante era —y hasta cierto punto todavía lo es— que la cultura tiene valor en ambos sentidos: monetario y social. Sin embargo, los argumentos en favor de su contribución económica en América Latina llegaron a un punto álgido. Por una parte, se intentó convencer a los gobernantes de aumentar la inversión estatal en cultura (estrategia que no ha tenido mucho éxito) y, por otro, se promovieron las industrias creativas, rebautizadas por Buitrago y Duque (2013) en su folleto publicitario La economía naranja, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Ciertamente, las diversas manifestaciones culturales tienen valor económico y social, pero no con el bombo con que se promocionan, especialmente en América Latina, donde las condiciones difieren significativamente de las de Estados Unidos y el Reino Unido, países en los que se acuñaron y promovieron las industrias y clases creativas (véase Yúdice, 2018). Por ejemplo, el trabajo informal y mal pagado en los sectores culturales y creativos es más alto que en los otros rubros de las economías latinoamericanas (Piedras, 2008), los cuales ya presentan tasas elevadas de informalidad: 53,1 %, según la OIT (Espejo, 2022: 7). Este dato, sin embargo, no se menciona en La economía naranja (2013) ni en los informes del BID. Pero este libro no tiene que ver con las industrias culturales o creativas. Tampoco trata de la cultura, al menos en su sentido institucional de museos convencionales, centros culturales, academias de artes, etc. Este libro tiene más que ver con la transformación social, y en ese sentido hay antecedentes que han visto en el arte una potencia transformadora. En los capítulos que siguen a este, así como en la conclusión teórica, desarrollo más detalladamente esta premisa, prestando atención a los procesos que conducen a la transformación, más que en el arte entendido en sus formas institucionalizadas, que, como atestiguan mis entrevistados en estas páginas, suele mantenerse dentro de ese marco.
Lo que tienen en común las experiencias abordadas en este libro es la gestión del cuidado, que aquí defino como los procesos en los que participa una diversidad de personas para reinventar los formatos institucionales en los cuales se gestiona para el bien común.
La reflexión teórica y crítica sobre el cuidado adquiere ímpetu desde los años 1970 con el trabajo de feministas como Dorothy Dinnerstein (1976), que abogan por dar valor al trabajo de cuidado de mujeres cuyas labores domésticas no eran reconocidas —y, en gran parte, siguen sin serlo—. Asimismo, se señala el caso de mujeres que laboran fuera de casa en tareas de cuidado mal remunerado, como el acompañamiento de adultos mayores, generalmente consideradas de bajo estatus, lo que pone en evidencia una desigualdad entre hombres y mujeres y de clases sociales. A su vez, en su libro In a Different Voice, Carol Gilligan presenta una teoría moral innovadora que enfrenta a la ética de la justicia de ese momento —todavía vigente—, propuesta por figuras como Lawrence Kohlberg (1964 y 1978), quien explica el desarrollo moral de los niños según un concepto de justicia que se enfoca en cómo las personas interpretan y aplican la idea de «lo justo» en sus interacciones y decisiones morales. Esta premisa se remonta a las teorías psicosexuales de Freud, como Tres ensayos sobre teoría sexual (2012 [1905]), donde sugiere que los niños resuelven el complejo de Edipo identificándose con el padre y adoptando su autoridad moral y las normas de la sociedad, lo cual incluye un sentido de justicia basado en reglas. Por otro lado, argumenta que el desarrollo de las niñas es diferente debido a la forma en que resuelven su propio complejo de Electra (una versión femenina del complejo de Edipo), desarrollando una conciencia moral menos firme y menos anclada en las normas y reglas externas, y más influenciada por las emociones y las relaciones afectivas. Gilligan, por contraste, valoriza la ética del cuidado, que se basa en la responsabilidad interpersonal y los vínculos emocionales, priorizando las necesidades y el bienestar de los individuos involucrados en relaciones específicas. Por su parte, Joan Tronto (1993) aboga por la importancia de reconocer y distribuir equitativamente las responsabilidades del cuidado en la sociedad.
En América Latina también se ha reconocido que el trabajo de cuidado, realizado preponderantemente por mujeres, tampoco tiene el reconocimiento ni la remuneración debidos. A lo largo de los últimos 40 años, la CEPAL viene sintetizando el trabajo de feministas que abogan por la igualdad de derechos de mujeres, basándose principalmente en el trabajo invisibilizado de los cuidados. Esos trabajos advierten que, si se incluyera la labor doméstica y de cuidados no remunerados, el PIB de los países latinoamericanos se vería afectado, lo que permitiría elaborar políticas públicas que valoren y redistribuyan esa labor (CEPAL, 2022). Cada vez más se ha extendido esa ética del cuidado feminista a otros principios de la sostenibilidad. Se ha propuesto, por ejemplo, un giro de paradigma hacia la sociedad del cuidado que «pone en el centro el principio feminista de sostenibilidad de la vida y reconoce la interdependencia entre las personas, la dimensión ambiental y el desarrollo económico y social en forma sinérgica. Incluye el autocuidado, el cuidado de las personas, de quienes cuidan y del planeta» (CEPAL, s/f).
En El cuidado esencial, Leonardo Boff (2002) argumenta que el cuidado es un pilar fundamental para la construcción de una nueva civilización sostenible. Propone que el ser humano, como parte integral de la «gran casa común» que es la Tierra, debe adoptar una actitud de cuidado hacia sí mismo, los demás y el planeta. Boff destaca la necesidad de un nuevo paradigma que combine la razón con la sensibilidad, integrando conocimientos científicos y saberes ancestrales, especialmente de los pueblos indígenas, para fomentar una «democracia sociocósmica» y una ecología interior que promueva una relación armoniosa con la naturaleza y entre los seres humanos.
Al igual que Boff, El manifiesto de los cuidados (The Care Manifesto, The Care Collective, 2020) hace un llamamiento a reimaginar el cuidado como una responsabilidad central y colectiva que abarca todos los niveles de nuestras vidas, desde las relaciones íntimas de parentesco hasta los sistemas ecológicos globales, desafiando la devaluación y mercantilización del cuidado bajo el capitalismo neoliberal. Este texto revela cómo las políticas impulsadas por el mercado y los modelos individualistas han erosionado las infraestructuras de cuidados esenciales, marginando a las poblaciones vulnerables mientras los ricos enmascaran su propia dependencia del trabajo de cuidados explotado. Al hacer hincapié en nuestras interdependencias inherentes y en la complejidad de las prácticas de cuidado —que van desde el cuidado físico práctico hasta la labor emocional y política de nutrir a las comunidades—, el manifiesto aboga por una ética universal del cuidado que redistribuya los recursos, redefina el parentesco más allá de los modelos familiares tradicionales y siente las bases de sociedades más equitativas, sostenibles y compasivas.
En relación con la perspectiva del bien común, que comparto, el Hot or Cool Institute ha desarrollado aún más la propuesta de una sociedad del cuidado. Esta incluye:
el marco abolicionista, el Buen Vivir y Vivir Bien, el commoning, el decrecimiento, el ecofeminismo, la justicia ambiental, la economía fundacional, el Conocimiento Ecológico Tradicional Indígena (CETI), la transición justa, la ecología queer, la economía solidaria, Ubuntu y el marco de las 5R2. Estos conceptos representan diversas perspectivas y forman un pluriverso que ofrece visiones alternativas al neoliberalismo, el desarrollo [convencional] y el capitalismo. Cada concepto aporta características y perspectivas únicas al debate sobre cómo acabar con la injusticia, la insostenibilidad social y medioambiental, y pone de relieve la interconexión entre humanos, no humanos y la naturaleza (Lorek, Power y Parker, 2023: 9).
En consonancia con esta visión, Sarah Ensor propone reimaginar cómo el cuidado puede ser una fuerza transformadora en un mundo cada vez más frágil. En Queer Lasting: Ecologies of care for a dying world (2025), Ensor adopta una perspectiva queer que enmarca el cuidado más allá del privilegio de la reproducción, la acumulación y la permanencia, proponiendo en su lugar una crítica de esos supuestos desde el punto de vista de la impermanencia y la vulnerabilidad, lo que puede abrir nuevas posibilidades de supervivencia y prosperidad. Como tal, la noción de cuidado va más allá de las prácticas familiares o sanitarias convencionales y se extiende a la responsabilidad hacia el medio ambiente, la vida no humana y las infraestructuras sociales que sustentan el bienestar colectivo. En este sentido, los argumentos de Ensor son consistentes con el enfoque adoptado en mi estudio de las iniciativas exploradas en este libro, que también cuestiona la separación entre naturaleza y cultura, y propone una visión más holística de la responsabilidad medioambiental y comunitaria; en particular, de cómo los grupos marginados y otros que viven bajo deficiencias infraestructurales han sido pioneros en formas de vida alternativas y resilientes, como la creación de nuevos bienes comunes.
El cuidado, institucionalmente, requiere de una agilización más allá de los protocolos convencionales, sobre todo para abordar las contingencias. El sociólogo Jonathan Turner define una institución como:
Un complejo de posiciones, valores, competencias, repertorios, papeles y normas alojados en determinados tipos de estructuras sociales, que organizan patrones relativamente estables de actividad humana con respecto a problemas fundamentales en la producción de recursos sostenibles de la vida, en la reproducción de individuos y en la sustentación de estructuras sociales viables dentro de un determinado ambiente (Turner, 1997: 6).
Esos patrones estables dificultan que se hagan cambios en las posiciones (¿quiénes tienen autoridad en una institución?), las competencias (¿puede un chamán curar un ritual como evento museístico?), los repertorios (¿caben las prácticas de salud entre los repertorios de una institución artística?) y los valores (¿puede prescindirse del principio de autonomía de una institución artística?).
Además, las instituciones actuales operan con conceptos que requieren ser repensados a la luz de los cambios económicos, sociales y mediáticos actuales, ya que a menudo esos conceptos son insuficientes para abordar desventajas que podrían pasar desapercibidas, como propiedad, bien, derecho, arte, cultura, servicio, producción, consumo, etc. Por ejemplo, es relativamente fácil entender cómo los procesos de producción y consumo convergen y cada vez más se hace difícil separarlos. Hace cien años podían tratarse separadamente, pero desde la década de 1970 se imbrican con el auge de la producción ajustada que reemplaza a la producción en masa y con la recolección y análisis cada vez más creciente de datos de consumo. Con internet en los años 1990 y los softwares de recomendación en los albores del nuevo milenio, la relación de producción y consumo se aúna todavía más. En la actualidad, con tecnologías como la impresión 3D y la inteligencia artificial (IA), se agudiza la personalización, permitiendo que los consumidores cocreen productos únicos y a medida, convirtiéndose así en productores. Además, la IA nos está llevando a nuevas fronteras, conduciendo a la pregunta de quién produce y quién consume cuando el Machine Learning produce a partir del consumo de datos. Podrían plantearse análogas transformaciones en las nociones de propiedad, derecho, arte y cultura. Obviamente, gestionar instituciones requiere tener en cuenta estas transformaciones que no son exclusivamente culturales.
La propia UNESCO ha reconocido el carácter transversal de la cultura y su impacto en sectores como la educación, la salud y el turismo, entre otros, al tiempo que subraya cómo esos sectores inciden en ella. Vemos cómo el concepto de cultura se va difuminando en la medida que se tiene que defender apelando a su imbricación con otros sectores. Por ejemplo, si bien, como vimos, se ha argumentado que la cultura genera valor, más recientemente se ha puesto énfasis en su transversalidad para que pueda ser considerada lo suficientemente importante para constituir la cuarta dimensión del desarrollo sostenible en la Agenda 2030 estatuida por las Naciones Unidas, junto con las dimensiones económica, social y ambiental (ONU, 2015). Sin embargo, hasta la fecha no se ha logrado esa integración por una variedad de razones (véase Martinell et al., 2020: 10-15), pero a mi ver la razón principal es que la ciudadanía y sus representantes no están concientizados sobre el potencial de la cultura, acaso porque las instituciones culturales no son las más aptas para diseminar su valor en la mayoría de la población.
De ahí que yo opte por otra dirección que trate menos de la cultura y más de cómo se gestiona el cuidado para el bien común, y cómo se le abre espacio dentro de las instituciones para que la sociedad participe de lo que acontece en ellas. Más aún, me interesan iniciativas donde se logra una colaboración de gente de diferentes perfiles. Una de las premisas de este libro es que la colaboración entre personas de diferentes procedencias socioeconómicas, educativas y culturales, si se gestiona con cuidado, puede dar lugar a enfoques imprevistos e innovadores para abordar los problemas que más les interesan. Se trata de tomar conciencia de cómo las personas se comunican, establecen cohesión, afrontan conflictos, negocian diferencias de estatus, comparten e integran información, desarrollan ideas, toman decisiones, procesan información y resuelven problemas (Phillips, 2008).
Por cierto, uno de los mayores problemas de nuestra época es justamente el encuentro de diferentes, una dificultad agravada en gran parte por las redes sociales. Scartascini (2021) informa sobre un estudio a partir de una encuesta experimental rigurosa en Brasil y México que «muestra cómo la interacción [en] las redes sociales magnifica la disminución de la confianza». La pregunta, entonces, es cómo lograr una colaboración que inspire confianza a través de las diferencias. ¿Qué instancias serían capaces de lograr tal objetivo? No es una tarea fácil porque, entre otras capacidades, las iniciativas que pretendieran atraer a personas de distintas procedencias tendrían que ganarse su confianza. Y sabemos que lo que escasea en nuestra época es la confianza. A nivel mundial y latinoamericano, el informe de 2023 del Edelman Trust Barometer indica que ha aumentado la desconfianza en las instituciones sociales, desencadenada por la ansiedad económica, la desinformación, la división de clases masiva y la falta de liderazgo, lo que ha resultado en un grado de polarización sin precedentes en la historia reciente. Además, como señala el Informe para 2023 del Latinobarómetro, esa desconfianza y polarización debilitan las bases de la democracia y hacen que la ciudadanía sea más proclive al populismo y al autoritarismo.
¿Y las instituciones «culturales»: centros culturales, museos, teatros, academias literarias, etc.? Uno de los gestores culturales más importantes del mundo iberoamericano constató que la pandemia hizo visible algo que ya aquejaba a la institucionalidad cultural, y promovió «reprogramarla o eliminar a la que no sirve» (Martinell, 2020). Con pocas excepciones —por ejemplo, la Ley de Emergencia Cultural Aldir Blanc en Brasil—, la ciudadanía no salió a defender las instituciones culturales. Por ejemplo, cuando entrevisté a Noela Salas en mayo de 2020 —entonces directora de la Feria de Música IMESUR, en Santiago de Chile—, me dijo que cuando la ministra de cultura publicó en Twitter que el Ministerio de Cultura puso a disposición 15 mil millones de pesos chilenos (18 millones de dólares) para ayudar a un sector cultural gravemente empobrecido, la ciudadanía reaccionaba con comentarios como: «cualquier gasto en cultura es derroche». Salas (2020) opinó que «la masa chilena no tiene bajo su preocupación el mundo de la cultura».
Vienen al caso las preguntas que se hicieron el gestor catalán Àngel Mestres y sus colegas: ¿por qué los ciudadanos no defienden las instituciones culturales como hicieron unos vecinos a un McDonald’s en Marsella, que se había convertido en un lugar de reunión y actividad comunitaria? Se trata del caso de un trabajador de McDonald’s en Marsella que amenazó con inmolarse si la empresa no detenía su decisión de cerrar el restaurante y mantenía a los 77 empleados con su trabajo. Además de proporcionar empleo, este McDonald’s se había convertido en un centro social informal del vecindario, un lugar de encuentro y convivencia en un barrio descuidado por la administración. Era el único lugar seguro donde no se comerciaba con drogas (Max, 2019). El simple interrogante planteado por los gestores culturales reunidos en el debate Queremos sonreír es: ¿estarían dispuestos estos vecinos a sacrificarse por un centro cultural? Y se elaboró la pregunta de la siguiente manera:
— ¿Qué hace que una instalación diseñada según criterios de administración o los preceptos contemporáneos más rabiosos de la teoría de la gestión cultural sea incapaz de estructurar el tejido local y, en cambio, un espacio aparentemente ajeno a cualquier patrón de dinámica formal es capaz de construir y promover la comunidad por sí misma?
— ¿Cuáles son las dinámicas, relaciones, participaciones, herramientas, intereses, aprendizajes, intercambios y afectos que conforman esta sólida red de convivencia en torno a un impersonal y hasta aburrido McDonald’s?
— ¿Qué estamos descuidando y por qué deberíamos, como profesionales de la cultura, tener en cuenta para promover no solo los enfoques culturales sino, sobre todo, la posibilidad de desencadenar procesos que activen el entorno local y empoderen a los ciudadanos? (Mestres, 2020: 18).
Este libro, Cuidar lo común: Hacia una gestión cultural regenerativa, relata cuatro iniciativas que han ideado metodologías que permiten a los residentes locales sentir que se pueden adueñar de lo que se hace en ellas: Casa Gallina en Ciudad de México (capítulo 2), MediaLab-Prado en Madrid (capítulo 3), Museu de Arte do Rio de Janeiro (capítulo 4), Agência de Redes para Juventude en Río de Janeiro (capítulo 5). La confianza que se deriva de esa apropiación no se produce de la noche a la mañana; de ahí la descripción bastante densa de las iniciativas y de sus procesos de mediación. Las reflexiones teóricas que se derivan de estos casos se presentan en el sexto y último capítulo. Pero adelanto aquí una síntesis de esas reflexiones.
Principios derivados de las cuatro iniciativas
— Conocer el territorioy la diversidad de gente y actividades que en él conviven.
— Para ese propósito, mapear y diagnosticar junto a expertos y vecinos.
— Reconocer que todos tienen saberes y competencias y que interactuando a partir de ellas se descubre e innova.
— Crear confianza: evitar jerarquías de todo tipo, inclusive —o prioritariamente— evitar la soberbia de la experticia. Es decir, no reproducir un mundo que enajena a quien no está iniciado.
— Apropiación: abrir la iniciativa para que los vecinos se adueñen de ella.
— Horizontalidad: los expertos que colaboran no lideran, sino que unen sus saberes y competencias a los de los otros, proceso facilitado por la mediación.
— Mediación: permite que puedan interactuar los diferentes actores, no necesariamente para llegar a consensos, sino para crear un lugar común donde se pueda disputar.
— Multiplicar el arte de la mediación: cultivar y multiplicar la capacidad de ser gestores y mediadores para extender esta capacidad a otros espacios.
— Crear redes complejas de apoyo: más allá de expertos y vecinos, se necesitan otros colaboradores que faciliten y enriquezcan el trabajo de la colaboración: redes de mediadores no empleados por la institución, como organizadores comunitarios, activistas, abogados, periodistas, artistas. El éxito depende de la cantidad y densidad de las redes que se puedan establecer.
— Escuchar: transformar lo que expresan los usuarios en acciones que beneficien a toda la comunidad.
— Activación/hackeode los espacios y programas de la iniciativa.
— Crear y sustentar los comunes, es decir, los nuevos conocimientos y prácticas que resultan de estos procesos para la restauración y reparación del tejido social.
Capítulo 2. Casa Gallina: hub de procesos restaurativos
El capítulo 2, dedicado a Casa Gallina, se vincula con el último capítulo de El recurso de la cultura, que trata sobre inSite, un programa semejante a una bienal que desarrolla proyectos de arte in situ a lo largo de unos 60 kilómetros entre San Diego (Estados Unidos) y Tijuana (México). Osvaldo Sánchez, fundador y director de Casa Gallina, ya antes, como director artístico de inSite, había transformado el objetivo del programa. En las primeras cuatro ediciones, hasta 2000-2001, inSite buscaba producir un conocimiento sensible del territorio mediante el «intercambio impredecible» del arte. En la edición de 2005, para la cual Sánchez fungió como curador director, se reorientó la misión para «hacer tangible la experiencia de lo “público” como encuentro de sujetos sociales» (Sánchez, 2005). Este cambio ya iba en la dirección de lo que se quiso hacer en Casa Gallina, proyecto instalado en Santa María La Ribera, un barrio obrero de la Ciudad de México, que tenía el propósito de facilitar que los saberes y deseos de los vecinos pudieran transformarse en descubrimientos y aprendizajes de cómo lograr el bien común en su localidad. Podría decirse que Casa Gallina persigue la transformación que a menudo se atribuye al arte, pero fuera del circuito tradicional del mundo del arte, que podemos definir como aquel cuyo valor se mide en términos profesionales de la crítica, la curadoría experta, los discursos académicos y el mercado del arte. El mundo del arte también se ha asociado con cierto glamur, ejemplificado en las cenas de gala organizadas por los ricos en la Bienal de Venecia, donde los artistas desfilan vestidos a la última moda o en un estilo grunge chic. Por otro lado, Sánchez ofrece una perspectiva crítica sobre ese ámbito, describiéndolo como una «“mímica revolucionaria” que mucho arte “socialmente comprometido” usualmente escenifica», en la que el «outsourcing de lo social bien que sirve para “energizar” una expectativa de transgresión que mucha obra artística o intención curatorial encarnan como simulacro» (cit. en Lafuente, 2018: 154).
Casa Gallina gestiona el cuidado a través de múltiples hubs dedicados a procesos restaurativos y de creación de comunes.3 El capítulo 2 describe detalladamente la evolución de sus programas, las diversas estrategias para involucrar a los vecinos, el aporte de sus saberes, que interactúan con «compañeros de aprendizaje más experimentados» (Lemke), en una mediación que hace posible que se lleven a buen puerto las colaboraciones. Como se mencionó, en los primeros cinco años, entre 2013 y 2018, Casa Gallina se realizó en el marco de inSite. De 2019 en adelante, la nueva junta dio visto bueno para que se diera rienda libre a las energías que caracterizaron la propuesta desde el inicio, pero ya sin ese último vestigio del mundo del arte: las residencias artísticas. No obstante, incluso en esa primera fase no había exposiciones en la casa y se suprimió toda otra presencia del mundo del arte, lo cual no impedía que los artistas hicieran exposiciones en otros espacios ni que la casa organizara exposiciones educativas para activar programas en espacios como el Museo de Geología, ubicado a pocas cuadras, o en las escuelas públicas de la colonia. El sitio web actual reza así:
A través de sus plataformas, Casa Gallina busca inocular, impulsar y vitalizar iniciativas y propuestas sobre resiliencia, medio ambiente, creatividad en modelos alternos de asociación y estilos de vida de consumo responsable. Casa Gallina también busca el robustecimiento de redes comunitarias locales, así como la alianza con iniciativas que compartan intereses similares con las que establecer procesos de diálogo, trabajo e intercambio.4
El ethos restaurativo de la casa se expresa en la recuperación de variedades de plantas autóctonas y procesos de cultivo ecológicos en el huerto, así como en la promoción de huertos vecinales, con un fuerte protagonismo de los residentes. Otro programa clave tiene que ver con la cocina, que involucra a una red de comedores vecinales y promueve el uso de ingredientes locales y saludables, cultivados en el huerto, comprados en el mercado o de productores agropecuarios de la ciudad que llevan sus cosechas a un espacio de la casa llamado Miscelánea en Común. También hay una serie de programas que fomentan la sociabilidad y confianza entre diferentes:
— «Amigos cenando a ciegas», convidados por sorteo a una cena mensual.
— «De 5 a 7», donde «un invitado especial externo al barrio que tenga un modo alternativo de vida o de práctica, congruente con las inquietudes de sostenibilidad ambiental de la casa, come junto con vecinos» (Lafuente, 2018: 45).
— La Prestaduría, que pone herramientas a disposición de los vecinos.
— El Salón Huev@, espacio de consulta de materiales relacionados con la cultura del reúso y una revisión crítica de la obsolescencia programada.
Casa Gallina siempre colaboró con las escuelas y colegios del barrio en actividades que se intensifican con una serie de libros y juegos que son activados y no simplemente leídos. También trabaja con artistas que involucran a los alumnos en proyectos que tienen que ver con la flora, la fauna y el patrimonio ancestral agrícola y territorial, de manera que el aprendizaje no se disemina del experto al novato, sino que se ejerce en procesos colaborativos de descubrimiento.
En el segundo período, el alcance de los procesos restaurativos y de creación de comunes se ha extendido a aliados más allá del barrio: 193 actores en 121 comunidades distribuidas en 21 de los 32 estados de México.5 Los libros que se producen se socializan con estas otras comunidades y se trabaja en conjunto con ellas para activarlos. Algunos de los libros consisten en metodologías de mapeo colectivo, que se habían implementado al inicio de la casa para tener un conocimiento capilar y afectivo en el que se registran las diversas maneras en que los vecinos experimentan el territorio. En los últimos cuatro años se ha trabajado con otras comunidades y, en especial, con comunidades indígenas que crean mapas-relatos de las amenazas, redes y acciones de defensa respecto al medio ambiente, la flora y fauna local, sus creencias y prácticas, su lenguaje, la sostenibilidad de su cultura, etc.
Capítulo 3. MediaLab-Prado: mediando la creación de comunes
MediaLab-Prado es el prototipo de los laboratorios ciudadanos que se definen como «instituciones públicas en las que las personas se juntan para crear en común.6 Son lugares de encuentro, colaboración, experimentación y creación colectiva en los que cualquiera puede tomar parte. Las iniciativas se llevan a cabo en equipos de trabajo formados por quienes proponen ideas y aquellos que quieren sumarse para hacerlas realidad» (García, Fernández y Ptqk, 2021: 8).
Los antecedentes de MediaLab-Prado se remontan a la efervescencia cultural, social y política en Madrid desde los años 1990, sobre todo en movimientos autogestionados de artistas, activistas, hackers y residentes. Su primera encarnación, MediaLab-Madrid, instalado en el Centro Cultural Conde Duque en 2002, hospedó una serie de actividades de formación, investigación, producción, debates y exposiciones centradas en el fomento del diálogo entre arte, ciencia, tecnología y sociedad. Con su traslado en 2007 a los bajos de la Plaza de las Letras, el centro adoptó el nombre de MediaLab-Prado y se intensificaron los debates sobre la ética del cualquiera, el hackeo, la innovación ciudadana, el procomún, el prototipado y una serie de temas propuestos por los usuarios en sesiones como «Pensando y haciendo MediaLab-Prado» en 2010 (MediaLab-Prado, 2011). La experimentación colectiva es un principio fundamental que conduce a la constitución de comunidades de práctica, que son a su vez comunidades de aprendizaje en las que se aprende haciendo en un entorno abierto, distribuido, diversificado y centrado en las competencias y las capacidades. Luego de la ampliación de su espacio en 2013 con el traslado al edificio reformado de la Serrería Belga, se formalizan en 2016 los 6 Laboratorios que engloban lo que se venía haciendo desde 2007: DataLab o Laboratorio de datos abiertos;7 PrototipaLab o Laboratorio de Prototipado Creativo;8 ParticipaLab o Laboratorio de Inteligencia Colectiva para la Democracia;9 InCiLab o Laboratorio de Innovación Ciudadana;10 CiCiLab o Laboratorio de Ciencia Ciudadana;11 AVLab o Laboratorio de experimentación audio/video.12
En febrero de 2021 hubo un cambio de dirección de MediaLab-Prado, decidido por su organismo supervisor, la empresa municipal Madrid Destino Cultura Turismo y Negocio, que actuó a partir de un cambio ideológico en el Ayuntamiento.13 Además, MediaLab pasó a formar parte del conjunto de instituciones más convencionalmente culturales situadas en el Matadero Madrid Centro de Creación Contemporánea. Podría decirse que MediaLab-Prado se abría al hackeo llevado a cabo por sus usuarios, ya que parte de la experimentación tenía que ver con su propia institucionalidad. MediaLab Matadero sigue siendo un centro de experimentación, pero más orientado a lo digital y lo tecnológico. También siguen las convocatorias de proyectos y colaboradores, como se describe a continuación en el marco del MediaLab-Prado, pero el capítulo se enfoca en el período 2007-2021.
Como se verá en varias de las iniciativas presentadas en el capítulo sobre MediaLab-Prado, muchos proyectos atraviesan más de un laboratorio. Los encargados de cada laboratorio están disponibles para asistir y acompañar a quienes desarrollan los proyectos. Para crear estos contextos de experimentación, MediaLab-Prado sigue un procedimiento horizontal: primero, escucha las preocupaciones de los usuarios y gestores para escoger y elaborar los programas y talleres de producción que se adaptan a su espíritu abierto. Luego, se hace una convocatoria inicial de diez proyectos con una temática clara. Tras la recepción y selección de los proyectos más convenientes, se lanza otra convocatoria,14 destinada a reunir entre ocho a diez colaboradores por proyecto, cuyos perfiles e intereses concuerdan con las propuestas.
El interés por ampliar la participación a «cualquiera» condujo a la creación de dos programas, Experimenta Distrito y Madrid Escucha. Ya que MediaLab-Prado estaba emplazado en el Paseo del Arte, entre el Museo del Prado y el Museo Centro de Arte Reina Sofía, solía atraer un público entre los 25 y 40 años con formación universitaria. Experimenta Distrito extendió la metodología de participación a cinco distritos, de manera que personas de muy diversa procedencia en cuanto a habilidades, conocimientos, edad y origen nacional pudieran experimentar y presentar proyectos pensados para el bien común de sus barrios.
Madrid Escucha surgió del trabajo del Grupo de Investigación en Innovación en la colaboración público-social que se formó en 2015. El grupo estaba compuesto por funcionarios, académicos y activistas que tenían el objetivo de «experimentar y aprender juntos en torno a iniciativas que contribuyan a mejorar la vida en común y a optimizar los recursos en la ciudad de Madrid».15 En 2019, se establecieron tres líneas de trabajo: Grupo de investigación abierta sobre Experimentación en la Administración Pública;16 Moverse en la ciudad;17 Grupo de trabajo Soportes para la transformación municipal.18
La mediación ya se mencionó como uno de los principios clave de las cuatro iniciativas que se estudian en este libro. Una diversidad de gestores de MediaLab-Prado, junto con otros que han llevado su metodología a otras instituciones —ayudando a transformar administraciones municipales, centros culturales, bibliotecas y otros espacios—, ha reflexionado profundamente sobre lo que implica la mediación. En particular, se entiende como facilitar un «estar y hacer cosas juntos» en una época en que los intermediarios tradicionales (partidos, periódicos, museos, tribunales, instituciones educativas, religiosos, etc.) han perdido credibilidad, donde el auge de las redes ha hecho posible que se exprese una multiplicidad de voces, de sujeto y temas, y donde han estallado los viejos modelos verticales, provocando fragmentación, inestabilidad e interferencia entre distintos lenguajes. Los mediadores ofrecen información relacionada con las diferentes actividades, conectando a las personas entre sí y con los proyectos que hay en la institución. También apoyan a los participantes en el uso de las herramientas disponibles, como plataformas virtuales para el diálogo, el intercambio y archivo de recursos, facilitando que se hagan las traducciones necesarias para el aprendizaje colectivo. Ante la gran diversidad de participantes y proyectos, la mediación implica estudio arduo, indagación y el desarrollo continuo de saberes y capacidades destinados a nutrir el proyecto general. Es una tarea de aprendizaje constante y formación continua, en diálogo con la vida del laboratorio y sus distintas líneas de actuación.19
Capítulo 4. MAR: el museo que se nos escapa
Como el MediaLab-Prado, el Museu de Arte do Rio de Janeiro (MAR), es una institución adscrita al gobierno municipal y, por lo tanto, sujeta a las vicisitudes de los actores políticos. No obstante, en la historia reciente de Río de Janeiro, todos los alcaldes, desde los años 1980, han apoyado la elitización o gentrificación del área portuaria, con el centro de atención en la Praça Mauá, donde, en 2003, el entonces alcalde César Maia firmó un acuerdo con la Fundación Guggenheim para construir allí un nuevo museo, diseñado por Jean Nouvel, que costaría al menos 200 millones de dólares (US), además de los 12 millones para Nouvel y otros 20 millones para llevar la marca. No se realizó el proyecto, entre otros motivos, por la oposición de otros museos e instituciones culturales, que argumentaron que el Guggenheim monopolizaría todos los fondos públicos disponibles (Yúdice, 2009). En 2009, cuando ya se había aprobado la candidatura de Brasil para la Copa del Mundo de 2014 y se estaba decidiendo la de los Juegos Olímpicos de 2016, se celebró una ceremonia en la Praça Mauá donde el presidente Lula da Silva, el Gobernador Sérgio Cabral y el alcalde Eduardo Paes, de diferentes orientaciones políticas, firmaron los acuerdos para lanzar oficialmente el proyecto de rehabilitación conocido como Porto Maravilha. El proyecto pretendía atraer industrias creativas y otras empresas, mejorar las infraestructuras turísticas del puerto, crear nuevas unidades residenciales y convertirse en un centro de ocio y entretenimiento, apuntalado por dos nuevos museos, el Museu do Amanhã y el MAR. Pero para llevar a cabo el proyecto, hubo que desalojar a centenares de familias —gran número de las cuales son afrodescendientes—, y dañar y hasta destruir el tejido social y cultural de sus vecindades en esta zona, también conocida como Pequeña África.
Es con este «pecado original» que nace el MAR, por lo tanto, buscando compensar —o ser «absuelto»— al auspiciar
debates sobre la historia de la ciudad —lo que fue, lo que es y lo que quiere ser—, su tejido social, su vida simbólica, sus conflictos, contradicciones y desafíos, en los cuales el MAR se construye como una institución porosa, que busca dialogar y reaccionar ante los temas y preocupaciones en boga... La exposición O abrigo e o terreno [El cobijo y el terreno], al tratar temas como las concepciones de ciudad, los conflictos en las transformaciones urbanas, el derecho a la vivienda y el deseo de cobijo, ejemplifica bien esta directriz (MAR, 2013: 8).
Para este propósito se estableció el programa educacional Escola do Olhar (escuela de la mirada), que en gran parte es el protagonista de este capítulo. Como se cuenta en él, el director artístico buscó una directora de la Escola do Olhar que pudiera promover la inclusión y dar la bienvenida también a los visitantes más desfavorecidos económica y educativamente. Lo que me parece interesante del museo son las dificultades y estrategias de la gestión de las diferentes agendas. Por una parte, el director artístico, a pesar de promover la inclusión, tenía una visión civilizatoria de la misión del museo. Por otra, la directora de la Escola do Olhar mantenía un enfoque participativo de la museología que se apartaba de un planteamiento verticalista y entendía la educación no como una labor de iluminación impartida por expertos, sino como un intercambio más horizontal entre personas con distintos tipos de saberes, conocimientos y aptitudes. Tomó con total seriedad conocer el entorno del museo e hizo un mapeo de los barrios del área portuaria para incluirlos no solo en el intercambio dentro de los programas de la Escola do Olhar, sino que extendió esos programas para intervenir también la curadoría artística, que pertenece a otro departamento del museo. No se buscaba una representación: en su lugar se deseaba una acción, una agencia, un hacer. Eso produjo roces, pues desde esta perspectiva participativa no se trataba de una mera espectaduría, sino que los usuarios —más que públicos— del museo llevaran sus saberes y experiencias a los temas y objetos que se exponían, activándolos, por así decir. Por otra parte, también se lograron realizar algunas exposiciones co-curadas entre educación y curadoría artística. Además, hubo intervenciones performáticas de algunas usuarias, que provocaron molestias en la dirección y la curadoría. El despido de la directora de la Escola do Olhar, justo después del megaseminario que organizó Desafio dos museos no século XXI a fines de julio de 2018, marcó el momento en que la institución se libró por fin de la intervención de los vecinos en aspectos que la museología convencional prefería ignorar.
Capítulo 5: Agência de Redes para Juventude: transformar el deseo en poder
La Agência de Redes para Juventude es una de varias iniciativas —como el Grupo Cultural AfroReggae,20 Central Única das Favelas CUFA,21 Nós do Morro,22 Festa Literária da Periferia FLUP,23 entre otras— para empoderar por medio del arte y la creatividad a jóvenes de las favelas y zonas periféricas de Río de Janeiro. Pero la Agência se diferencia de estas otras iniciativas porque no se limita a promover que los jóvenes ejerzan un arte, sino que busca que vayan fortaleciendo sus capacidades creativas para recrearse a sí mismos y su entorno por medio de una metodología diseñada por su fundador, Marcus Faustini. Esta metodología surge de sus travesías y exploraciones por la ciudad, que hizo suya como una forma de ciudadanía y mediante los ejercicios de teatro que aprendió y adaptó como director. Faustini mismo, joven del barrio periférico de Santa Cruz, relata una serie de peripecias discontinuas, no exactamente como recuerdos, más bien como una práctica de invención de un sujeto y de «un Río de Janeiro sin la cicatriz de la dicotomía centro-periferia», al decir del sociólogo y novelista Luiz Eduardo Soares en el prefacio de Guia Afetivo da Periferia (Faustini, 2009: 18). Su experiencia demuestra que los pobres no tienen por qué estar en una posición subordinada. Para Faustini, el arte no era un oficio institucionalizado o autónomo, era el medio para transformar la experiencia vital en un lenguaje: «Comprendí que el teatro no era mi lugar, así que tuve que adoptar la forma de pensar del teatro para actuar en el territorio» (Faustini, 2016). Con el tiempo y el conocimiento de otras personas afines, creó una metodología, no artística, sino de descubrimiento e innovación, que abre los horizontes de la vida.
En Casa Gallina, el mapeo colectivo del barrio se convierte en una herramienta para que tanto vecinos como agentes y mediadores de la casa puedan descubrir cómo trabajar juntos para el bien común. El territorio para Faustini también es fundamental. En la Escola Livre de Cinema, que creó en un barrio periférico del municipio Nova Iguaçu, en el Estado de Río de Janeiro, la exploración del entorno, sus calles, personas, negocios e instituciones funge como insumo para la elaboración de guiones que no remedan las películas y programas de televisión que provienen de Hollywood o la potente Rede Globo. Se trabaja con una metodología en la que se recrean cuerpo, palabra y territorio para el desarrollo o invención de los tres en el audiovisual. En la Agência, se mapea el territorio como uno de los componentes de la metodología, no para reproducirlo o representarlo, sino para transformarlo. Se trata de un enfoque metodológico de la transformación. Como en todas las iniciativas presentadas en este libro, se trata de una agencia y no de una representación, algo que Faustini enfatiza a menudo.
El objetivo de la metodología es crear un proyecto de vida, asistido por una red, que tenga impacto en el territorio. Se inicia con un Ciclo de Estímulos que comprende una serie de ejercicios, como la creación de un inventario de elementos con los que los jóvenes formulan un avatar o personaje que encarna diversos roles (productor, colaborador, cuestionador, persona neutral o feliz). Una vez finalizado el proceso anterior, se trazan mapas que posibilitan reimaginar sus comunidades para, posteriormente, generar un gabinete de curiosidades en el que múltiples objetos se recogen. Finalmente, se produce un catálogo que materializa aspectos de los proyectos de los participantes, y se confeccionan un abecedario y un bestiario que consiste en «combinaciones que no existían y que califican sus proyectos como únicos, como algo nuevo» (Agência, 2012: 37). Al final del ciclo de estímulos formulan un proyecto que se presenta en una segunda fase a un panel de evaluadores, que les brindan retroalimentación. Los que pasan a la tercera fase, de incubación/desincubación, reciben financiamiento para la realización del proyecto si son seleccionados, siendo esta la última fase.
En los primeros años los proyectos giraban en torno a talleres de música, sensibilización medioambiental y reciclaje, salud de las mujeres, teatro, cuentacuentos y circo, educación, noticias comunitarias, turismo y promoción comunitaria, moda y producción de eventos. A finales de 2017, luego de un año de un gobierno municipal ultraconservador que no tenía en consideración las necesidades de los habitantes de las favelas, la Agência tomó una nueva dirección con los programas Jovem Faz Prá Jovem (los jóvenes hacen para jóvenes) y Todo Jovem é Rio, tras lo cual los proyectos se orientaron a abordar los problemas de las favelas que el gobierno desatendía. 1.600 jóvenes se reunieron en 80 casas en 39 zonas periféricas de la ciudad para sesiones de lluvia de ideas, y luego seleccionaron tres temas para ir trabajando a lo largo y ancho de la ciudad: deserción escolar, protección a adolescentes embarazadas en favelas y acoso sexual a mujeres en el transporte y otros espacios públicos.
Como se ve en las otras iniciativas que se abordan en este libro, hay contingencias y cambios que es necesario enfrentar: recortes de presupuesto, despidos, cambios de ubicación, urgencias políticas, etc. En el caso de la Agência, Faustini fue nombrado secretario municipal de Cultura en enero de 2021, y las dos coordinadoras, Veruska Delfino y Valquiria Oliveira, asumieron la codirección; más tarde, Delfino entró en la Secretaría Municipal de Cultura en febrero de 2023 como responsable de fomento. Parte de la metodología de gestión consistía en preparar a los jóvenes que pasaban por la Agência para asumir puestos de liderazgo, de manera que los que habían tenido proyectos aprobados pasaban a ser tutores y mentores de nuevos concurrentes. Además, el activismo de 2017-2019 y luego durante la pandemia preparó a muchos jóvenes para jugar un papel en la gestión.
Las cuatro iniciativas estudiadas en este libro son muy distintas, pero tienen una serie de coincidencias que se abordan en la conclusión
Conclusión: reflexiones teóricas
Este capítulo final ahonda en los insights surgidos a lo largo de los cuatro capítulos precedentes:
— Los orígenes en las artes, en particular el interés por los aspectos transformadores de la práctica artística, más allá de las instituciones o el mundo del arte.
— Los elementos comunes y las diferencias entre las metodologías derivadas de la práctica artística.
— La colaboración de personas diferentes y el tipo de aprendizaje mutuo que conduce a perspectivas ausentes en la educación formal.
— La importancia de la mediación para hacer posible que interactúen los diferentes.
— La centralidad del territorio en ese aprendizaje.
— Los bienes comunes o procomunes que se van restaurando o creando como resultado de ese aprendizaje colaborativo.
— La naturaleza de la innovación ciudadana o vecinal.
— Las alianzas y redes que se crean para hacer sustentables las iniciativas.
— Los modelos de gestión de las iniciativas.
— La formación y multiplicación de nuevos agentes capaces de asumir la gestión de las iniciativas cuando los fundadores o responsables iniciales se retiran.
— El papel de las nuevas tecnologías en iniciativas más centradas en prácticas presenciales de creación de comunidades y bienes comunes.
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