De la carrera de la edad I - Gonzalo Celorio - E-Book

De la carrera de la edad I E-Book

Gonzalo Celorio

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Cercano a cumplir setenta años de edad, Gonzalo Celorio recoge en dos volúmenes aquellos textos, escritos durante cuatro decenios de producción literaria sostenida, que han transcurrido por el anchuroso camino del ensayo, si bien algunos de ellos, como el género lo admite y aun propicia, no son del todo ajenos a la ficción narrativa -crónicas, estampas, remembranzas, testimonios-. El volumen I, De ida, presenta las primeras etapas -caracterizadas por el impulso lírico, la pasión, el azoro, la vocación literaria, la voluntad de estilo— de una trayectoria en constante ascenso y maduración. Está integrado por cinco secciones, que se corresponden con cuatro libros y un opúsculo, ahora reordenados y enriquecidos

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Seitenzahl: 538

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Fotografía: Elsa Chabaud

Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) es narrador, ensayista y profesor de literatura. Ha publicado cuatro novelas: Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), Tres lindas cubanas (2006) y El metal y la escoria (2014); una docena de libros de ensayos, entre los que figuran Tiempo cautivo. La Catedral de México (1980), México, ciudad de papel (1996), Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009) y Del esplendor de la lengua española (2016), y un conjunto de textos de varia invención: El viaje sedentario (1994). Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha recibido el Premio Universidad Nacional, el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Premio Mazatlán de Literatura. Fue director general del Fondo de Cultura Económica.

LETRAS MEXICANAS

De la carrera de la edad I

GONZALO CELORIO

De la carrera de la edad I

DE IDA

Primera edición, 2018 Primera edición electrónica, 2018

Diseño de portada: Teresa Guzmán / Laura Esponda Fotografía: Istock.com/Creative-Family/diegograndi

Agradecemos la fina gentileza de los sellos editoriales que originalmente publicaron los ensayos que en esta obra se reproducen. A ellos nuestro más cumplido reconocimiento. D. R. © 1997-2011, Tusquets Editores D. R. © 2018, Editorial Planeta Mexicana, S. A. de C. V. D. R. © 2011, Editorial Pre-Textos

D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5615-5 (ePub)ISBN 978-607-16-5614-8 (ePub, Obra completa)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Prólogo

La escritura

EL VIAJE SEDENTARIO

Escrito sobre el escritorio

Modo de muerte

La casa

El tequila

Mercado

El velorio de mi casa

MÉXICO, CIUDAD DE PAPEL

México, ciudad de papel

Palinodia de la desecación

Tiempo cautivo. La Catedral de México

La Catedral de México

Un rastro de plumas angélicas

Los pulmones de la Catedral

Arquitectura fantástica mexicana

Carlos Mijares. Una poética de la arquitectura

El noble bruto y el bruto noble

Centro descentrado

De Bernardo de Balbuena a Salvador Novo. Ocasiones de contento

El Jardín

Con su música a otra parte

Vicente Rojo. Nostalgia de la modernidad

LOS SUBRAYADOS SON MÍOS

Mis libros

Los libros que cambiaron mi vida

Periferia de Alfonso Reyes

A cien años del nacimiento de Jorge Luis Borges

Mis lecturas preparatorianas de Juan Rulfo

Eraclio Zepeda, cuentero y cuentista

El sitio de Ignacio Solares

Javier Álvarez Leefmans. Exégeta de la obra de Santiago Ramón y Cajal

Son cerca de cien años de Eduardo Casar

Ora la pluma de Fernando Fernández

Malinalco

Cuadernos de Malinalco

El arca de Noé Jitrik

Luis Mario Schneider. Elegía

Luisa Valenzuela. Escritura y secreto

El décimo infierno de Mempo Giardinelli

Augusto Monterroso y la fábula del académico y el pescadero

Primer encuentro con Gabriel García Márquez

Alfredo Bryce Echenique. Un mundo para Julius

EL ALUMNO

Edmundo O’Gorman. Historia y literatura

Luis Rius. Corazón desarraigado

Rubén Bonifaz Nuño. La salvación por la poesía

Sergio Fernández. Una amistad peligrosa

Ida Rodríguez Prampolini. Surrealismo y fantasía

UN RÍO ESPAÑOL DE SANGRE ROJA

Un río español de sangre roja

Eulalio Ferrer. Quijote del Nuevo Mundo

El busto de Tomás Segovia

Rosa María Seco. Memorias de cocina y exilio

A Gonzalo

A Diego

PRÓLOGO

Prólogo

Próximo a cumplir setenta años en la carrera de la edad de la que hablaba Quevedo en un desolado y desolador soneto, he acudido al Fondo de Cultura Económica para albergar buena parte de los textos que he escrito a lo largo de casi cuatro décadas. No incluyo mis novelas, que tienen, cada una por su parte, casa propia en los libros independientes que las acogen. No podría decir, sin embargo, que todos los escritos que aquí reúno son ajenos a la ficción narrativa. Muchos de ellos son estampas, minificciones, conatos de cuento, si bien la mayoría se orienta por el anchuroso camino del ensayo, que, como lo sabemos desde la ya proverbial definición de Alfonso Reyes, es un género híbrido —“el centauro de los géneros”—, en el que lo mismo caben la reflexión intelectual que la imaginación poética, el pensamiento más riguroso que la elucubración más fantasiosa, y en el que el escritor es al mismo tiempo objeto y sujeto de su estudio. “Yo soy la materia de mi libro”, decía Michel de Montaigne, a quien se le ha atribuido la paternidad del ensayo. Amparado por la amplitud del género, he incluido textos que no necesariamente quedan fuera de sus fronteras y que en todo caso son afines a él, como la crónica, la elegía, la memoria, el discurso, la apología, el testimonio.

El libro está dividido en dos grandes apartados alusivos al camino, a la trayectoria, al recorrido que la palabra carrera de su título connota. La primera parte se llama De ida, y en ella recojo mis escritos más juveniles, los más entusiastas, los más líricos por lo que tienen de personal y de afectivo; la segunda, en la que compilo los textos más reflexivos, más críticos y aun más académicos, se titula De regreso.

Salvo un ensayo largo titulado El surrealismo y lo real maravilloso americano (Secretaría de Educación Pública, 1976), que decidí no incluir en esta edición, mis escritos —los aquí reunidos— son relativamente breves y se publicaron por primera vez en revistas literarias o suplementos culturales. De la fugacidad a la que suelen condenarlos las publicaciones periódicas, fueron rescatados por diversas editoriales mexicanas y españolas que los recogieron generosamente en doce sucesivos volúmenes que vieron la luz entre 1980 y 2016: Tiempo cautivo. La Catedral de México (Galería Arvil, 1980, y Miguel Ángel Porrúa, 1982), Modus periendi (Editorial Oasis, 1983), Para la asistencia pública (Editorial Katún,1985), Los subrayados son míos (Arte y Cultura, 1987), La épica sordina (Cal y Arena, 1990), El viaje sedentario (Tusquets, 1994), El alumno (Cuadernos de Malinalco, 1996), México, ciudad de papel (UNAM, 1997, y Tusquets, 1997), Ensayo de contraconquista (Tusquets, 2001), El velorio de mi casa (Editorial Aldus y Conaculta, 2006), Cánones subversivos (Tusquets, 2009, y Pre-textos, 2011) y Del esplendor de la lengua española (UNAM y Tusquets, 2016). Ahora el Fondo de Cultura Económica acoge en un solo cuerpo todos estos libros, de los que he suprimido algunos textos que en mi opinión han perdido su vigencia, y modificado algunos párrafos o referencias para evitar, hasta donde me fue posible, ociosas repeticiones.

Con la excepción de Tiempo cautivo. La catedral de México y de México, ciudad de papel, cada uno de esos volúmenes está integrado, pues, por varios textos, cuya unidad tiene más que ver con el tiempo en que los escribí y con las modulaciones de mi propia voz, que con su temática o sus afinidades conceptuales o de género literario. Si cada libro ha sido una casa para varios escritos, muchos de estos “habitantes” fueron decidiendo, al paso del tiempo, mudarse a otro sitio, donde encontraron mejor acomodo. Y así, algún artículo de Para la asistencia pública de 1985, por ejemplo, decidió migrar en 1994 a El viaje sedentario, y otro que vivía en Los subrayados son míos de 1987 se cambió a La épica sordina en 1990, mientras que varios de los que ahí se encontraban, quizá sintiéndose desplazados, se mudaron en 2001 a Ensayo de contraconquista.

Pues bien: la selección que he hecho de mis escritos para que ocupen esta nueva casa, mucho más amplia, por cierto, que las anteriores y donde se reúnen por primera vez, ha tenido que ver con la vigencia que yo, subjetivamente, les sigo atribuyendo. Tras una criba rigurosa, en la medida que puede serlo la que proviene del propio autor, los he redistribuido en nueve habitaciones, que en algunos casos recuerdan su procedencia, pero que en otros auguran que el traslado a una habitación contigua los hará sentirse mejor acompañados. Estas nueve habitaciones de su nueva casa son: 1) El viaje sedentario, 2) México, ciudad de papel, 3) Los subrayados son míos, 4) El alumno, 5) Un río español de sangre roja, 6) Hacia una semántica del silencio. La tradición de la poesía lírica mexicana, 7) Ensayos de contraconquista, 8) Avatares de la literatura cubana y 9) Del esplendor de la lengua española. Un vestíbulo, titulado La escritura, da entrada a las habitaciones.

En la mayoría de los casos, como puede verse, he respetado el nombre del libro original, pero en esta edición del Fondo, la configuración de cada uno de ellos es distinta. Pongo un ejemplo: México, ciudad de papel, al constreñirse a publicar mi discurso de ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua, fue en sus primeras ediciones un pequeño libro que, no obstante la profusión de sus ilustraciones, con trabajos alcanzó el prestigio del lomo y que difícilmente puede sostenerse en pie. En el capítulo titulado México, ciudad de papel de esta edición, añado a ese discurso una docena de artículos que hacen referencia a la Ciudad de México y que proceden de otros libros o que habían permanecido inéditos. También hay títulos nuevos: Hacia una semántica del silencio. La tradición de la poesía lírica mexicana y Avatares de la literatura cubana, que contienen algunos ensayos inéditos y otros que formaban parte de Ensayo de contraconquista —un libro asaz extenso y misceláneo—. Y un tercero: Un río español de sangre roja —mi autobiografía escrita en función del exilio español—, que Eulalio Ferrer me publicó en una edición navideña y doméstica, que recogí después en Cánones subversivos y que ahora aparece acompañado por otros textos referidos a los republicanos españoles que encontraron refugio en nuestro país y tanto lo engrandecieron.

Cada recopilación de ensayos —o de prosas, diría yo para no restringir mi escritura a un género, por abierto, híbrido y acogedor que sea— ha sido, en mi caso, un corpus que se ha venido componiendo y consolidando a lo largo de la vida. Pues a lo largo de la vida, he definido finalmente la configuración de estos testimonios, síntomas, registros, cambios, permanencias, obsesiones, rebeldías de una carrera de la edad que se aproxima, inexorablemente, a la meta.

Para terminar, repito lo que dije en el prólogo de Para la asistencia pública y que con mayor pertinencia puede aplicarse a esta edición: “La unidad de este libro, si la tiene, soy yo, si la tengo”.

Ciudad de México, octubre de 2017

LA ESCRITURA

La escritura

UNO

Por haberle dado duración y permanencia a la palabra dicha, de suyo etérea y fugaz, la escritura ha sido adoptada como criterio para dividir los tiempos prehistóricos de los históricos. Tal determinación parecería convenir más a los historiadores que a los historiados, pues gracias a la escritura el estudioso del pasado no tiene que inferir el pensamiento de nuestros ancestros remotos a través de datos indirectos —una piedra tallada, una vasija, un monumento funerario—, sino que lo puede conocer directamente por su propia expresión, conservada merced al portentoso artificio de la letra; sin embargo, me parece que semejante división tiene más que ver con el objeto de la historia que con el sujeto que la estudia: al escribir, el hombre cobra conciencia precisamente de la historia, del tiempo que transcurre y que, de no ser por la escritura, todo lo borra en su transcurso, hasta la historia misma. La escritura es, pues, una manera de oponerse al tiempo, de fijarlo y transmitirlo a las generaciones sucesivas; una manera de permanecer. Y en este deseo de trascendencia se finca, magnánima, la literatura. Entre las cuentas comerciales que escribieron los sumerios en el sistema cuneiforme de su invención y los mitos y leyendas escritos por ellos mismos y sus descendientes inmediatos en tablillas de arcilla, lápidas y estelas, media la literatura y, con ella, un desideratum: la inmortalidad.

Cuando el artista adolescente desconfía de la escritura suprema de Dios, que era capaz de llevar la cuenta de sus actos más secretos, se erige en el sacerdote de la eterna imaginación, y su escritura suplanta a la de la divinidad. La escritura es una herejía necesaria. Sin ella, la vida nada significa: mera sucesión de actos que el olvido pulveriza.

DOS

Si la literatura responde al anhelo del hombre por permanecer más allá de la muerte, la destinataria natural de la poesía es la memoria. La palabra poética se instala en nosotros y constituye nuestro mejor patrimonio verbal. Pero no sólo el poema confirma su condición poética al alojarse sin alteración posible en la memoria, sino que todo aquello que recordamos con fidelidad textual, desde las tablas de multiplicar hasta el Ave María pasando por las declinaciones latinas, de algún modo es, por ese solo hecho, asunto poético. Tres por seis dieciocho. Rosa-rosae-rosae-rosam-rosa-rosa. Dios te salve, María.

Para mal de las generaciones, en la década de los setenta y quizá desde finales de la anterior del siglo pasado, se abjuró de la memoria, a la que la pedagogía del momento consideró contraria a la comprensión, como si ambas facultades fueran excluyentes. Es obvio que la memoria no puede ni debe sustituir el entendimiento, pero no por ese supuesto riesgo ha de proscribirse. La descalificación de la memoria fue nociva para la poesía o, mejor dicho, para la receptividad poética, para el acervo poético del lector. Y no es que se tratara de sentarse a memorizar Muerte sin fin de Gorostiza o Primero sueño de sor Juana mecánicamente. Se trataba de leer y releer estos poemas u otros hasta que se nos quedaran adheridos a la memoria, aun sin entenderlos cabalmente, porque, en rigor, un poema no acaba de comprenderse nunca: su esencia reside en la perpetua apertura de su significación. Al menos no se comprende de la misma manera que un teorema. Se percibe con otras antenas, más con el alma que con el espíritu, para utilizar los términos que Gaston Bachelard empleaba en su fenomenología de la imagen poética, al grado de que lo que es luminoso para el alma puede ser oscuro para el entendimiento racional. Y gracias a estas adherencias verbales, una buena mañana, entre el shampoo y el acondicionador, se nos revela desde adentro, luminosamente, la significación profunda de ese verso de Muerte sin fin que clama “Oh inteligencia, soledad en llamas”.

TRES

Porque la literatura está destinada a la memoria, su ejercicio es asaz dificultoso. No quisiera adolecer de imperfecciones, debilidades, fallas, puesto que ha de perdurar. Thomas Mann decía que la única diferencia entre el escritor y quien no lo es consiste en que al escritor le cuesta mucho trabajo escribir. No creo que ningún escritor de veras tenga facilidad para la escritura, entre otras cosas porque la literatura exige dar discurso, es decir, temporalidad, a las intuiciones instantáneas. Cuando Borges descubre en la casa de Beatriz Viterbo el Aleph, esa pequeña esfera cuyo diámetro “sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”, se enfrenta a las tribulaciones propias de la vocación: “comienza, aquí, mi desesperación de escritor”, dice. Y explica: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo, lo que transcribiré‚ sucesivo, porque el lenguaje lo es”. Ése es el enorme reto de la escritura: hacer un río de un vaso de agua.

Si hay algo que confirma cotidianamente mi vocación literaria, es la dificultad de llevarla a cabo. Cuando tengo que dejarle por escrito a Baldomera, la cocinera de mi casa, un recado tan simple como que no voy a venir a comer, hago por lo menos tres borradores. La consideración más cruel y por ello más exacta que conozco a propósito de este estigma que es la literatura procede del Jaromil de Milan Kundera, remedo del artista adolescente de Joyce y homenaje a su memoria: sólo el verdadero poeta, dice Kundera a propósito de la vocación de su personaje, “sabe qué grande es el deseo de no ser poeta, el deseo de abandonar esa casa de espejos en la que reina un silencio ensordecedor”.

Cuando era niño, no me gustaban los ejotes. Mi madre, después del sermón, digno de la más recalcitrante pedagogía del barroco, de que hay muchos niños en el mundo que se mueren de hambre y tú me sales conque no quieres comerte los ejotes, me ultimaba con una sentencia similar a la que llevó al barón rampante de Italo Calvino a vivir toda su vida entre las ramas de los árboles y a morir en ellas: no te levantas de la mesa hasta que no te hayas terminado los ejotes. Y yo me quedaba ahí, sentado, sin probarlos, toda la tarde, igual que ahora, sentado a mi escritorio, horas enteras, quizá sin escribir una sola palabra, pero sin levantarme. Tal es la disciplina que la vocación exige.

He de confesar que no me gusta escribir. Me afecta, me tensa, me desquicia. Es una tarea tan abominable como inútil. Exige un enorme esfuerzo realizarla y no sirve para nada. ¿Por qué escribir entonces si se trata de un ejercicio aborrecible que además no parece tener utilidad alguna? Aunque se antoje romántica, la verdad es que escribir no es una elección sino un destino. Rilke le decía al joven poeta Franz Xavier Kappus: “Basta con que se pueda prescindir de escribir para que no se tenga el derecho de hacerlo jamás”. Y es que sin la escritura no entendería nada; la vida, como dije antes, sería una mera sucesión de actos que el olvido pulveriza. Y así como nada me parece más arduo y más dificultoso que escribir, nada disfruto más que haber escrito. Mi mayor gozo es que la palabra buscada durante horas, durante días, acaso durante años, de pronto se aparezca, resplandeciente, para instalarse en la mitad de la página. No hay placer más grande que ver iluminada en la palabra la oscuridad caótica de la que procedía.

Tras haber pasado del mayor de los fastidios al mayor de los placeres, sobreviene la primera aterradora paradoja. Como todo escritor desde los tiempos de Hammurabi, escribo para la memoria. Pero una vez que he escrito lo que necesitaba escribir, se sobrepone el olvido como una cataplasma, como una bendición. Proust escribía para recordar, para recuperar el tiempo perdido; Onetti, por lo contrario, escribía para olvidar. Por boca de Brausen, uno de los personajes de la saga de Santa María, dice: “La vida no ha terminado: todavía hay esperanzas para el olvido”.

CUATRO

Si hay viaje, hay novela, decía alguien. Si hay conflicto, hay novela, pienso yo.

De un sacudimiento del alma nace una imagen poética, y de ésta, un poema.

De una idea pensada con el corazón o sentida con la cabeza, nace un ensayo, brioso e inteligente a un tiempo como conviene al género que Alfonso Reyes definió simbólicamente con la figura dual de Quirón.

De un argumento completo, escrito de principio a fin en la imaginación antes que en el papel, sin distracciones, sin desviaciones, sin retrocesos, nace un cuento.

Una novela, en cambio, nace de un conflicto, de un conflicto brutal, que no se resuelve en unas cuantas palabras, que tiene que remontarse a sus orígenes, que amerita todas las explicaciones, que convoca todas las voces, que cae en todas las tentaciones. Y nace sin que se tenga ninguna idea previa de cómo se va a desarrollar, qué caminos va a seguir, adónde va a llegar. “Escribir una novela —decía Blanchot— es lanzarse al mar, sin cera en los oídos, y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas.” Se puede saber de qué puerto se zarpa pero nunca en qué puerto se atraca, si es que se llega a puerto. Ciertamente la novela no resuelve el conflicto que le da origen pero lo objetiva, y por el solo hecho de plantearlo, lo saca del pecho del autor. Al recordar, se olvida, como quería Onetti. Y también, aunque pareciera lo contrario, como quería Proust.

Cortázar establecía una diferencia entre el cuento y la novela mediante un símil pugilístico, tan de su gusto. El cuento es siempre de knock out, decía; la novela, de decisión técnica. Por lo que se refiere al proceso de escritura más que al de lectura, propongo, por mi parte, una imagen de amor para contribuir a la taxonomía genérica: el cuento es como una aventura amorosa: sale o no sale y en ella misma se consuma; la novela es como un matrimonio: hay que estar ahí todos los días, a veces con gusto, a veces con tedio. Dejar de escribir un solo día la novela en la que se está trabajando es como no ir a dormir a casa.

CINCO

Cuando hice mis estudios formales de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, se habían impuesto ya, con menos rigor y suficiencia que obstinación, las metodologías de análisis y de crítica literarios que se anunciaban ostentosamente como científicas. Que recuerde, los marcos teóricos y metodológicos más importantes eran tres, a saber: el estructuralista, el sociológico y el psicoanalítico, que centraban su atención, de manera excluyente, en el texto, el contexto y el subtexto, respectivamente. Vi, no sin dolor, cómo la obra literaria, expuesta a semejantes metodologías, quedaba relegada a un segundo plano cuando no era usada como mero pretexto para hablar de la metodología misma, es decir para hacer epistemología a expensas de la literatura. Se explicaba la flor por el fertilizante, como decía Bachelard. En el nombre del rigor científico se cometieron muchos poemicidios, y el placer de la lectura, el amor a la palabra, la receptividad apasionada de la obra se volvieron vergonzantes y recibieron el epíteto, nada feliz en esos tiempos, de impresionistas.

Como quiera que sea, gracias a semejantes teorías y sus aplicaciones metodológicas, por el estructuralismo supe que una novela realmente crea un mundo; por los métodos sociológicos, que se puede conocer mejor la realidad referencial por una obra literaria que por todos los estudios científicos que tratan de estudiarla, y por el psicoanálisis, aunque en contra suyo, que la obra literaria importa mucho más que el escritor que la escribió.

A lo largo de mi carrera literaria he podido sacudirme estos rigores y su espantosa terminología, y en lugar de hacer sesudos estudios, he optado por la libertad para hablar con amor de la literatura, como si hubiera invitado a los autores que cito a cenar a casa. Y hubieran acudido.

[2001]

EL VIAJE SEDENTARIO

Escrito sobre el escritorio

UNO

Cuando murió papá, yo tenía la edad de Alicia, del pequeño escribiente florentino, del grumete que llegó a almirante. Entonces los enfermos se morían en casa, rodeados de parientes y amigos inoportunos al llegar, que dejaban, generosos, un poco de su salud desperdigada por la habitación al despedirse. Lo primero que hice cuando mis hermanos me despertaron para decirme que ya, fue sentarme, todavía amodorrado, en la enorme silla giratoria y husmear en los cajones del escritorio de papá. Mi hermana mayor me dijo, indignada: cierra ahí. Yo no pretendía robarme, como ella seguramente pensó, los objetos que siempre había codiciado: el desatornillador diminuto, los papeles de colores, la perforadora de pinza, que hacía un hoyo rombal, como las que usaban los inspectores del camión para marcar los boletos húmedos y arrugados. Yo sólo quería creer, a fuerza de nostalgia —aunque fuera prematura—, que papá estaba muerto en el cuarto de al lado.

Desde que se jubiló, cuando yo no tenía más lecturas que las de mi libro Poco a poco y sufría paralelamente el texto de gramática española de Gutiérrez Eskildsen, papá transcurría por los días y los insomnios sentado a su escritorio, inventando artilugios que nunca triunfarían o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. A fin de cuentas, daba lo mismo porque vivió, al menos los últimos años, para inventar y no para urdir el éxito de sus inventos. La única vez que trató de vender una de sus ocurrencias cayó en franca desgracia. Cabalgaba en el despropósito del tránsito sexenal, como dijo algún ministro, y se vio instado a abandonar el servicio diplomático que a la sazón prestaba en La Habana. Regresó a México, con mamá y mis hermanos cubanos, pendiendo sólo de un clip: un broche especial de su invención, tan común hoy en día que no se le echa de ver el ingenio, cuya patente había tramitado aquí el mejor de sus amigos. Cuando llegaban a La Habana las cartas alusivas, mamá invariablemente musitaba: qué raro que tu amigo siempre diga el invento y no tu invento, y papá invariablemente respondía: desconfiada, qué raro que siempre digas tu amigo y no nuestro amigo. Como era de esperarse, su amigo le robó la patente y papá, tras meses de privaciones, pasó de diplomático a inspector fiscal de provincia, y de espantar conversaciones perfumadas en lujosos salones a espantar iguanas que esperaban con ansia el excremento de sus vísceras en campo abierto. No fueron siquiera patentados el semáforo de celuloide que se colocaba al final de la cuartilla y permitía saber cuántos renglones de escritura restaban al final de la página en la vieja Remington, ni los círculos fosforescente puestos en los respaldos de las butacas del cine, que delataban, iluminados por el reflejo de la luz de la pantalla, los asientos desocupados en los maravillosos tiempos de la permanencia voluntaria.

Cuando ya no tenía otra ocupación que la de inventar, papá se procuró una retahíla de comodidades que le consentían quedarse sentado en su escritorio. No existía entonces la pastilla disolvente que puede llevarse a cualquier parte si usted padece agruras. Papá inventó un salero en forma de pluma fuente que, al ser girada, dejaba al descubierto unas perforaciones por donde se vaciaba, sobre un simple vaso de agua, su contenido efervescente, útil para usted que va de aquí para allá y ni manera de andar cargando el frascote de Picot. Pero papá jamás salía de casa y su invención no tenía otro objeto que la permanencia en su escritorio cuando lo asaltaban las agruras.

Tanto cuento para decir solamente que soy hijo de papá; que amo los enseres del escritorio —los papeles y los lápices y sobre todo las gomas de borrar— tanto o más que la escritura; que acaso, sin saberlo, escribo lo que ya escribieron otros; en fin, que estar sentado a mi escritorio (aval de mi acedía y mi jubilación, tan prematura como mi nostalgia) justifica mi vida. Escribir es una manera de quedarse en casa: tener la sal de uvas a la mano para aliviar la acidez sin necesidad de levantarse.

DOS

Durante el tiempo que van sumando los innumerables instantes transcurridos entre la ensoñación y la imagen, entre la intuición amorfa y el verbo que la formaliza, entre la seguridad de lo que se dice adentro y el temor de lo que se escapa; durante el tiempo de los sucedáneos de la escritura: el cigarro, el café, la repetición idiota de la palabra QWERTYUIOP, que recoge toda la ansiedad metida en una pausa, en un silencio, y que más que del texto me hace lector de la máquina que lo escribe, he memorizado las vetas de encino, como grabadas en metal; las heridas; las corrientes submarinas de mi escritorio. Poco sé en cambio de su cortina de madera, oculta en el misterio de su enredo. Mi escritorio está siempre abierto. Al polvo, al trabajo, a la abulia, al ocio. Sin embargo, tiene secretos. No me refiero a los secretos previsibles que, por así llamarse, no lo son: ni cajones de doble fondo ni amañadas cerraduras. Hablo de las vetas de la madera, sólo por mí aprendidas. Muy Borges de mi parte, siento que en ellas, como en las manchas de la piel de un jaguar, pudiera, acaso, descifrarse el universo. Pero más afín a la modestia de los personajes que a la vanidad de su escritor, me conformo, como el sacerdote reducido a prisión por Pedro de Alvarado, con el mero e insignificante placer de la memoria. Aunque ilegibles, conozco las vetas de la madera de mi escritorio mejor que las líneas de mi mano. Inútilmente he pasado toda mi soledad sentado frente a ellas. Si nunca bajo la cortina es porque no hay peligro a mis alrededores: nadie ha querido aproximarse todavía. Además, ¿para qué guardar el secreto si mi oficio no es otro que el de confesar mi intimidad a través de un papel preservativo que me aleja en la medida en que me acerca?

No es la puerta-ventana que da al corredor y al jardín y su glicina, ahora deshojada. No son los mosaicos asimétricos del baño ni las mohosas llaves de la tina. No es el espejo, al que consulto mis crecientes deterioros. No son las paredes zoológicas ni el techo insomne de mi cuarto. Es mi escritorio el paisaje que más miro. Cobija mis ensoñaciones y es, en sí mismo, mi ensoñación más recurrente: si me canso, si alzo la vista, si no tengo nada que decir o no sé cómo decir lo que tengo, si se me escapa la idea, como suele suceder cuando se vive en una casa de techos tan altos, no logro burlar su estricta vigilancia y me topo invariablemente con su maderamen, con las anteojeras que tiene a los costados. Imposible, entonces, volver al papel puritano, al libro que sucumbe ante las leyes de la gravedad, a Penélope —mi máquina de escribir—, que borra durante el día todo lo que maquino durante la noche. Cómo no escribir sobre mi escritorio, que me distrae de lo que sostiene y, celoso, me concentra en sus propios temas: en sus vetas arcanas, en sus pequeños cajones, en los múltiples compartimentos donde se ordena mi universo diminuto.

Pero mi escritorio no sólo me impone un tema (el escritorio mismo), sino un estilo, nostálgico y ramplón.

Cuando me lo regaló Yolanda, a sabiendas de que me pertenecía por vocación y por destino, comprendí que todo lo que podría escribir sobre él habría de tener necesariamente un tono costumbrista. Para muestra, un botón.

TRES

Si escribir, como deducen los intrusos destinatarios que Rilke dirigió al joven poeta Kappus, es trasponer los límites, mi escritorio es mi barco, mi cama, mi álbum, mi ataúd.

Anoche, transitaba por las márgenes del Primero sueño de sor Juana cuando sentí las calificadas manos de mi dueña en mis espaldas. Sus dedos pasaron de la caricia inofensiva a la presión terapéutica; de las espaldas a los hombros y la nuca. Y yo, del suspiro, a la interjección, aún endecasílaba.

Desplazó el volumen delicadamente, como quitándose una prenda íntima. Se sentó sobre mi escritorio, frente a mí. Y yo seguí leyendo, con la misma pasión temerosa y temeraria con que leía “Piramidal, funesta de la tierra…” Mis labios balbucieron, línea por línea, su boca y su cintura, pronunciaron sus axilas y sus muslos y repitieron en voz alta los pasajes más sonoros de su cuerpo. Vencida la dificultad de la sintaxis, me anegué en la oscuridad de sus imágenes y traté, vanamente, de descifrar el texto de la piel.

CUATRO

Entre el verbo y la carne, ¿cómo habrá sido el escritorio de Dios?

[1982]

Modo de muerte

EL JARDINERO

Vivo en el corazón de Mixcoac. No al lado del parque o la delegación, sino del mercado. Es hiperbólico pero aceptable decir que abro el postigo y la ventana para comprar jitomates y crisantemos. Entre moribundos estanquillos, expendios de dulces y cigarros, almacenes de muebles de lámina disfrazados de madera y muebles de madera disfrazados de acero, mi casa ostenta peligrosamente, clandestinamente, un jardín invulnerado. Paréntesis en medio de la basura desperdigada por la calle, las ratas nocturnas y los peatones diurnos, goza y gozo, entre otras primaveras, de una glicina centenaria. Sólo he visto otras dos glicinas en la ciudad: una —hija de la mía— en casa de mi casera, también en Mixcoac; otra, que se encaramaba por las paredes de una casona como de campiña inglesa en la avenida de la Paz, San Ángel, donde instalaron no hace mucho una oficina federal de Hacienda, un banco y un merendero de crepas, y que fue salvajemente derribada, supongo que por motivos de estacionamiento.

Pero no es de la glicina que quiero hablar ahora, sino del jardinero que pasó por casa y la vio, desbordada por la reja —una de sus ramas, con sus hojas tiernas casi grises y sus flores lilas, enroscada en la antena de televisión de la casa vecina—.

Tocó a la puerta. Era un anciano. Antes de hablar me enseñó con calma de protocolo unas tijeras de podar tan viejas como él, muy callosas de los mangos, muy romas de las hojas, oxidadas.

—Soy el jardinero —acaba por decir, y esperó mi respuesta: que no, que muchas gracias, que ya… Pero no me oyó. Dijo:

—No vaya usted a creer que vengo a molestarlo buscando trabajo o que ando pidiendo nomás por pedir. Yo soy El jardinero —y el artículo me inspiró más respeto que su edad—. Mire, aquí están mis tijeras, no vaya usted a creer… —y las abrió y las cerró trabajosamente.

Como pago retroactivo, como jubilación, como impuesto por tenencia de glicina, como suscripción a la nostalgia, no sé como qué, pero no como limosna, le di unos pesos y se fue en busca de otro jardín.

¡Cuánto habrá caminado con sus tijeras credenciales antes de encontrar otro árbol!

EL TRAGAFUEGO

Qué incorruptible la lengua, que llama tragafuego a quien simula despedirlo. Cuánto más cómodo llamarle lanzallamas: dragón humano, heredero de la poderosa estirpe de bestias mitológicas apenas doblegadas por Tristanes y San Jorges; o artífice temerario que domina al elemento y quema sin quemarse. Pero no. Demasiado vieja para tragarse el juego del fuego, quien llama no le llama lanzallamas; le llama tragafuego. Fuego que se traga y que incinera todo lo que media entre la lengua y los pulmones, todo lo que tiene que ver con la respiración y el gusto.

La lengua, tan incorruptible para llamar, se corrompe —se rompe, se escalda, se quema, se atrofia, se destroza—: es llama y llamarada en la esquina de Revolución y Molinos, día y noche, durante los efímeros e implacables rojos del semáforo, por lo que sea su voluntad.

Mi voluntad.

EL TEPOROCHO

Entiendo que, entre las varias etimologías fantásticas que ha suscitado la palabra teporocho, una se sustenta en una proporción aritmética: tres por ocho. Tres tantos de alcohol por ocho de refresco. El eufemismo de Jefe, caite con un peso pa’ mi refresco no es gratuito. Refiérese al ingrediente mayoritario: ocho tantos de Lulú roja por tres de alcohol potable de 96 grados, que ciertamente no se vende en la farmacia sino en la vinatería.

Tres por ocho, teporocho.

Tres tantos de alegría más bien acomedida por ocho de aplastamiento.

Tres tantos de ojos brillantes y carcajada embarrada de aguacate robado por ocho de idiotez, de muerte ratona, pavimentada, chiclosa, inadvertida.

Tres tantos de Jefe, caite con un peso pa’ mi refresco por ocho de rencor.

Por desgracia, el teporocho es absolutamente inofensivo.

EL ZAPATERO

Zapatero no sólo es el que hace zapatos o los vende, como aseguran los viejecitos de la Academia de la Lengua. Zapatero también y más que nadie es el que compone, el que repara, el que renueva los zapatos usados. Pero el oficio desaparecerá antes que la Academia lo incluya en su definición. Ya pasó el tiempo en el que la vida de los zapatos estaba dividida por la media suela. Ahora los zapatos suelen tirarse a la basura cuando tienen hambre o sed —cuando, descocidos o agujereados, simulan bocas que se abren al caminar para morder el polvo de la calle o beber el agua de los charcos—; ahora los zapatos se agrietan por arriba antes de que se perforen por abajo y, claro, ya no hay ningún remedio. Además, la cultura del kleenex, del criquet, de la gillette, del quitapón y —ay— de los tennis nos ha educado a cultivar, mejor que los barrocos, el arte del desperdicio. Los zapatos también son desechables. Antes no lo eran aunque llegaran a su fin. De eso se encargaba precisamente el zapatero. No había mejores zapatos que los acabados de pasar por su refrán. Domados, viejos amigos, cómplices de andanzas y de correrías y al mismo tiempo nuevos, llenos de esperanza.

Cada vez hay menos zapateros, de esos de calle, de horma y martillo y de clavos en la boca, como el que murió sin descendencia la semana pasada en una de las esquinas del mercado de Mixcoac. Acabarán por acabarse, como el oficio ingenuo y sensualón del zurcidor de medias de mujer —de la época de la raya y el talón negros—, que por cierta asociación de ideas se practicaba en los mismos establecimientos olorosos a cuero y a betún donde se reparaba el calzado.

La cultura del desecho no sólo ha asesinado al pañuelo y su lenguaje —consignado en deliciosos manualitos—, al encendedor recargable, a la brocha de afeitar, a la pluma fuente y sus rituales, sino también al más noble y literario de los oficios, el de zapatero. Y aquí se me confunden la nostalgia y la lucha de clases. Lo cierto es que uno ya no se puede encariñar con nada, ni con el más elemental sustento, ni con el más íntimo transporte: los zapatos.

LA SIRVIENTA

Estudios sociológicos y estadísticos la llaman con falso decoro empleadadoméstica. La lengua hablada le dice sirvienta,criada o muchacha; de manera eufemística, secretaria y aun compañera; de manera metafórica y peyorativa, gata. Pero generalmente se le nombra con el nombre de un pronombre: ésta.

A modo de ejemplo de tal sustitución pronominal, dejo caer algunas frases recogidas en ese momento incómodo en que espero a que mis hijos salgan de la escuela:

—¡Cómo quieres que esté, si no llegó ésta!

—Éstas ya no son las de antes. Están destinadas a desaparecer.

—A éstas les das la mano y te agarran el codo.

—No es el sueldo. Yo a éstas les doy agua, luz, casa, agua, gas y hasta cariño, de veras. Comen de lo de uno. Yo las trato como iguales.

—Yo a éstas las trato como hijas. Y así responden.

—Estamos en manos de éstas.

—Con éstas no se puede.

—No, la verdad es que éstas no tienen nombre.

Ciertamente, éstas no tienen nombre. Ni siquiera nombre.

EL CARGADOR

De quienes ganan sin comodidades metafóricas el pan con el sudor de su frente, el cargador es el más cercano a la bestia. No hablo del que carga su mercancía: mesas de planchar y sillas de palo o habitadas jaulas de pájaros; no hablo del equilibrista que transporta altísimas columnas de periódicos en la parrilla de su bicicleta o descomunales canastos de conchas, orejas, cocoles, bolillos y teleras en la cabeza. Hablo del que no merece siquiera la atención pintoresca y paternal del folclor, del que no tiene nombre interesante ni carga risueña o colorida. Hablo del que usa la cabeza para cargar costales de cemento y de cal; del que, confundido con su carga, gris o fantasmal, apenas se ve.

LA ACTRIZ

En espera de que el silbato me traiga a Linda metida en una carta o de que el grito gaaaas, gaaaas licuado se haga tanque de treinta litros, la he visto pasar. Postizos los cabellos rubios, postizos los dientes, postizas las pestañas, postizos los lunares, postizos los rubores (quizá no sea ella, sino otra: postiza el alma y postizo el recuerdo). Al verme parado en la puerta de mi casa, olvida por unos segundos las prótesis, las papadas sucesivas, las várices, los pellejos, los reumas, y me dice, con impostación de vampiresa, con jadeo de segunda tiple, de lo mucho que gozaríamos ella y yo si no la tuvieran bastante encarcelada por las noches.

En Tiziano 34, a tres puertas de la mía, hay un letrero que dice CASA DEL ACTOR. No es una asociación, no es un club, no es un sindicato. Es un asilo donde trasnochan quienes no encontraron, después del último mutis, mejor decorado, mejor utilería, mejor papel. Del letrero se han caído dos letras, pero a su lado todavía están pegadas, con la persistencia del lugar común en que se encuentran pintores del Jardín del Arte y declamadores sin maestro, las dos caretas: la que llora y la que ríe.

EL VOCEADOR

Aunque en su voz de juglar amañada para vender la noticia más fresca de la tarde repercuta la tradición oral, es ilegible que el voceador esté limitado estrictamente a lo que su nombre indica y no pueda leer el periódico que grita.

LA MARÍA

Contra nuestras muchas aprensiones y el poco tiempo que tenemos para disuadirlas, el ritmo de la ciudad, paradójicamente, se ha vuelto provinciano: tardamos horas en recorrer el Periférico como si fuéramos a caballo: esperamos para abordar el pesero como quien se dispone a emprender un viaje en barco o en ferrocarril; dilatamos en comer un sandwich las dos horas que podrían mediar plácida, sensual, chismosamente entre el aperitivo y la siesta; aplazamos nuestra asistencia a la exposición o a la película o a la obra de teatro hasta que pasa de moda y ya no provoca ninguna conversación. Igual que en provincia. Con la diferencia, claro, de que el claxon y el semáforo, la cita en Naucalpan a las cinco, las colas infinitas para comer, para ver, para oír, para reír, para comprar cigarros, para cambiar el cheque… nos tensan las manos, nos muerden los labios, nos aprietan los dientes, nos encogen los dedos de los pies, nos fruncen las cejas, nos marchitan las comisuras, nos irritan los ojos, nos comen las uñas.

De todos los que aquí vivimos y morimos, sólo María —y la palabra acoge generosamente bajo su manta de satén magenta a cuanta mazahua y otomí llegan a nuestros camellones desarbolados— conserva la calma de la montaña. Al borde del atropellamiento, con su caja de kleenex o de bubble-gum, en medio del tráfico, siempre en luz amarilla, borda —borda, y la palabra adquiere resonancias de arcaísmo— los holanes del gorro del niñojesús —que trae amarrado a las espaldas—.

LOS BORRACHOS

De un garrafón forrado de periódico, el Güero sirve clandestinamente jerez Tres Coronas en unos vasitos de plástico opaco, que su mujer condecora con yemas de huevo. Con esta libación, los que anoche se enfrascaron en la palabra y en el pomo inician la ceremonia de la cura de la cruda alrededor del puesto de jugo de naranja. Un clavo saca a otro clavo, reza el refrán que inútilmente se endilga a las penas de amor pero que más conviene a las penas de hipo y acidez, de vómito y mareo, de sed insacable y lengua pastosa, de náusea y sudor frío, de párpados de vidrios rotos sobre ojos inyectados. El jerez dulce, de suyo generoso, asienta el estómago y conduce necesariamente a la cerveza helada que asienta la nuca y la pisada: es como llegar a tierra firme tras el naufragio. Después del primer trago de cerveza, siempre largo, no es posible contener la interjección propia del alivio y el regreso. Pero al alma sólo la asienta el tequila; aprieta todas las vértebras dislocadas en la palabra nocturna y recobra, para quien lo exhala, la postura perdida en la carcajada, en la queja, en el llanto, en la confesión de anoche. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo. Cuando al tercer tequila de pico de botella, entre las defensas de los coches estacionados en la calle de Tiziano, empiezan a sudar los párpados, la cruda está curada porque cruda sudada, cruda curada.

Salucita. Y otra vez la carcajada y la queja y el llanto y la confesión. Salucita. Y la noche.

Al amanecer, el Güero sirve jerez Tres Coronas en unos vasitos de plástico opaco, que su mujer condecora con yemas de huevo…

Nunca el círculo fue más vicioso.

LA PUTA

Lugar común, Cenicienta es acogida por el Hada Madrota.

Todo se transforma: el andrajo se convierte en tul, los poros abiertos y oscuros de la cara se emplastan con revlon güero, las transpiraciones se sofocan con ossart, los huaraches se vuelven zapatos de cristal plástico muy durable.

Cenicienta en el bailazo; el Hada Madrota en la supervisión.

Como a eso de las cinco o cinco y media a.m., más o menos, empieza a desaparecer el encanto.

EL AFILADOR

Como voces de agonía; como susurros de estertor ante, bajo, cabe, con, contra, en, entre, sobre, tras los cláxones contagiosos, los camiones malhumorados al arrancar y al parar y al bajar y al subir, los aviones y los ferrocarriles que atraviesan la ciudad, los headers y las motos juniors buena onda… todavía se oyen los alientos, las percusiones, los metales, los cantos de quienes llevan el taller, el servicio o el producto a la colonia Mixcoac, a la calle de Tiziano, a la casa 26 (casi siempre por causa necesaria, tal el caso, menos ingenuo que ingenioso de aquel pintor de brocha gorda que anunciaba su oficio y su maestría en un cartel digno de figurar en ortodoxos manuales de retórica: SE PINTAN CASAS A DOMICILIO): la campana de la basura, las campanillas de las paletas heladas, el bufido climático de plátanos y camotes, el silbatido guajolotoso del policía de tránsito o el desahuciado del cartero o el chillante del globero, el grito mandibular de los que aún pregonan el gas, la miel de colmena, los asesinatos y pesquisas y violaciones y demás amarillismos de nota roja que ocurrieron anoche en mi colonia, acaso en mi calle, acaso en mi casa.

Un oficio que grita con sus agudezas las agudezas de sí mismo, un oficio que se anuncia con escala filosa y ascendente, un oficio que recuerda con su voz sucedánea el tránsito del juglar al comerciante, un oficio que funde en un solo y maravilloso mecanismo el transporte y el taller, el medio y el fin… es el chisporroteante, el pulimentado oficio de afilador.

No puedo describirlo. El afilador es una metáfora.

EL BASURERO

La palabra no hace distingos entre el lugar en que se deposita la basura y quien la recoge y la transporta. Por algo será.

A pesar de su pregón superviviente, de su chiflido, de sus boleros trasnochados, lo atropellaron en Tiziano y Miguel Ángel.

A pesar de su pestilencia kilométrica a universo desechable, lo atropellaron en Tiziano y Miguel Ángel.

A pesar de su color naranja calipso y preventivo, salpicado de negros lodos y ascos verdes, basurero gigantesco y profusamente ornamentado de por medio, lo atropellaron en Tiziano y Miguel Ángel.

Aliento desalentado de ave de carroña, piel cubierta de infecciones, basurero al basurero.

EL VUELVE A LA VIDA

En una de las esquinas del mercado de Mixcoac se abre La Playa. Hace algunos años sólo contaba con cuatro asientos giratorios del lado de Revolución y otros cuatro del lado de Molinos y había que hacer cola para echarse, en días de cruda, una cerveza bien fría y un vuelve a la vida —abulón, pulpo, jaiba, caracol, ostión y camarón que mezclan sus esencias y sus jugos, felizmente condimentados, para cumplir la promesa de su nombre—.

Hoy La Playa dispone de tres locales que se alternan con otros tantos de La Roca. La Playa tiene mesas y sillas anaranjadas; La Roca, mesas y sillas guindas. Las anaranjadas están siempre llenas; las guindas, siempre vacías. Tal disparidad sólo se entiende después de haber comido en La Playa el vuelve a la vida o la sopa de mariscos, los camarones al mojo de ajo o los pulpos en su tinta, las empanadas de jaiba o las quesadillas de cazón, la mojarra frita o el guachinango empapelado.

Para darse abasto e impedir que sus frustrados clientes se estrellen en la competencia de La Roca, La Playa estaciona todos los días, sobre Molinos, una camioneta combi, ingeniosamente acondicionada, en la que pueden comer con bastante comodidad hasta ocho personas. Uno llega, se sube a la parte trasera, que ofrece dos asientos encontrados frente a una mesa de aluminio y, mientras oye Radio AI o La Tropical Grande de México, se zampa a ritmo de son, de guaracha o guaguancó una docena de ostiones en su concha —con su limoncito y su salecita y su cilantrito y su cebollita y su aceitito y su salsita popular de chile habanero El Yucateco— que apenas ayer estaban disfrutando de las aguas, mitad dulces, mitad saladas, de la laguna de Tamiahua.

En el más tumultuoso y pavimentado exponente del altiplano central, a la vera de los camiones de la Ruta 100 y de los ensordecidos peatones que se esfuerzan denodadamente en tripularlos, metido en una combi, con la insustituible compañía de una cerveza, pido mi vuelve a la vida.

El abulón, el pulpo, el trompetista desdentado que sopla El hombre del brazo de oro desde hace tres décadas, la jaiba, el sordomudo que dice serlo en un letrero que trae colgado en el cuello, el caracol, el ciego que pide limosna en las mesas vacías de La Roca, el ostión, el bolero famélico y su perro gemelo, el camarón… mezclan sus esencias y sus jugos y me vuelven a la vida.

EL PORDIOSERO

El hambre inventa oficios. El hambre también finge atrocidades, aunque siempre menores que sí misma.

Agotada la imaginación, y por tanto las ganas y las fuerzas, para inventar oficios o para fingir atrocidades, el mendigo que sólo pide por amor de Dios —supremo aval de su petición: que Dios se lo pague— se quiebra bajo el peso de la tradición picaresca: desde los lazarillos formados a palos por ciegos mezquinos que huelen y tocan la trampa y escudriñan con los ojos del alma las intenciones perversas; los mozos de miserables fijos de oscuros linajes y faltriqueras vacías; los ganapanes de falsarios bulderos de santas cruzadas, montadores de milagros y decidores de oraciones; los sacristanes roedores de bodigos; los pregoneros de almonedas, vinos nuevos y honras manchadas; los pupilos de alguaciles farsantes, capellanes avaros y maestros de pintar panderos, hasta los merolicos de inusitada etimología y digna verdad, los sorpresivos y asaltantes lavadores de parabrisas, los sensibles faquires que se acuestan sobre vidrios de botellas de cerveza, los dadores de toques eléctricos, los curadores verbales de hemorroides y de impotencias, los coyotes de verdes dientes y afilados colmillos, los movedores de panza agusanada.

El mendigo que sólo pide por amor de Dios ha recibido la más brutal de las cornadas que da el hambre. El hambre, que desde tiempos inmemoriales ha avivado la imaginación y ha creado la cultura, al mendigo acabó por comerle la agudeza y el ingenio: por amor de Dios.

[1982]

La casa

Construida a finales del siglo XIX, la mía es una de las pocas casas de ladrillo y tepetate —otrora tan características del barrio de Mixcoac— sobreviviente de la voracidad comercial y de la explosión demográfica que convierten las casas antiguas en establecimientos mercantiles o edificios multifamiliares.

Semana a semana presencio con dolor la demolición de casas como la mía, de techos altos y arcos escarzanos, en cuyo lugar crece, con rapidez vulgar, una arquitectura prefabricada sin que nadie guarde siquiera un minuto de silencio tras la última acometida de la pala mecánica, que saca los cimientos del subsuelo como si desarraigara un ahuehuete.

Ahora mismo, mientras escribo, están derribando una casona contemporánea de la mía, de muy digna factura, que combinaba con gracia el rojo del ladrillo y el ocre terroso del tepetate —ese adobe que sabiamente fabrica la naturaleza misma— y que hasta hace pocos meses albergó una escuela secundaria. Destechada ya y derruida por dentro, sólo ostenta los postigos de las ventanas que la malprotegen del saqueo de sus instalaciones sanitarias, las cuales se ofrecen a la venta mediante un letrero procaz y cacofónico que dice:

SE VENDEN ESCUSADOS USADOS

Antes de que termine de escribir estas páginas no quedará de la casa sino un páramo cercado. Y seguramente antes de que se publiquen, en él habrá brotado un enjuto centro comercial que anunciará el arrendamiento o la venta de sus locales mediante banderitas triangulares y multicolores de plástico.

Mi casa fue construida en la época porfiriana y tiene, por tanto, un franco gusto ferroviario: sus habitaciones están dispuestas una contigua a la otra y se comunican todas entre sí como los vagones de un tren de pasajeros, de manera que se pasa digamos que del carro fumador al carro dormitorio y de allí al carro comedor, o bien se sale al andén, por llamar de algún modo concordante al corredor adonde desembocan todas las habitaciones.

Dos estaciones tiene el tren que es mi casa: una estival, tan pujante y espesa que podría adoptar el nombre de Carlos Pellicer, “ayudante de campo del sol”; otra invernal, tan desolada y fría que podría llamarse Xavier Villaurrutia, quien escribió los versos de más baja temperatura que recuerda mi piel.

Ciertamente, la casa tiene un raro jardín en el que las estaciones se marcan con puntualidad de calendario y entran cuando los libros de texto dicen que deben entrar, como si se tratara del más conocido concierto de Vivaldi, acaso porque la glicina, que allí crece desde hace un siglo, proceda del Mediterráneo, particularmente de Venecia, donde, a falta de árboles, plantas trepadoras visten los húmedos muros de iglesias y palacios y se esparcen por las pérgolas que dan sombra a la ciudad entera.

La glicina de mi jardín trepa por la alta barda de tepetate que divide la mía de la casa vecina y se desparrama por su cama —como le dicen mis caseras al emparrado que techa los andadores del jardín—. En invierno se queda sin una sola hoja y parecería que sus ramas podrían alimentar la chimenea, pero, apenas entra la primavera, la glicina florece antes de que le hayan brotado las hojas, como las jacarandas, y sus flores lilas, a manera de racimos de uvas, penden protuberantes para embriagar con su fragancia a quien transita por su sombra.

No es el mío un jardín cuidado; es un jardín atendido. Crece en él, silvestre, el acuyo, una yerba tan buena que la canonizaron —según Vicente Quirarte— y por esa razón se conoce también con el nombre de yerbasanta. No sé si sea buena para la garganta, como pregona la canción; sí sé, en cambio, que sus hojas grandes y flexibles son excelentes para envolver las truchas o los guachinangos que se asan al carbón, porque los protegen del contacto directo con las brasas y porque les otorgan su aroma vegetal y la sutileza amarga de su sabor. Sirven, también, para dar sustento a un queso de cabra encenizado.

Tiene el jardín una higuera joven, si en aras de la verdad se me permite una imagen contradictoria (que los retóricos llaman oxímoron), porque las higueras nunca son jóvenes: su carácter es sombrío; sus frutos, oscuros; sus ramas, artríticas. Las higueras no nacen; en el mejor de los casos, reverdecen, como la higuera legendaria de Felipe de Jesús.

No sé cómo llamar al árbol de limas. Lo llamaré así, árbol de limas o, con la licencia poética de nombrar a las causas por sus efectos, lima. Y diré que la lima es generosa y, contrariamente a las estipulaciones dictadas por el calendario del jardín, atemporal. Ciertamente se carga de limas más hacia la época de las Navidades, para perfumar ponches y engordar piñatas, pero no deja de dar frutos durante el año entero. Gracias a su prodigalidad, puedo cocinar frecuentemente la sopa de lima siguiendo con rigor las instrucciones de la casta divina.

Entreverado a la lima, dispensa sus frutos el limonero. A veces se confunden limas y limones y es menester mirarle a la lima la chichita para diferenciarla del limón. La señorita Bertha Carrasco, una de las cuatro caseras de mi casa, soltera ella porque, según sus propias palabras, “de las cuatro hermanas nada más no nos casamos tres”, me explica con suspiros nupciales que el azahar, que condecora los ramos y las coronas de las novias y salpica las solapas de los novios, es el emblema del matrimonio porque el limonero es un árbol siempre verde, florido y con fruto.

Me gustan los limones de mi casa porque son grandes y jugosos, porque no tienen semilla y sobre todo porque sirven, mejor que ningunos, para aliviar el trago enérgico del tequila, que, una vez adentro, galopa del estómago al aliento como pidiendo auxilio.

De preferencia, el tequila se toma en el corredor, ese espacio dinámico por su nombre y sedentario por su hospitalidad. De preferencia, el tequila se toma a mediodía —o a la hora que los mexicanos llamamos mediodía: las tres de la tarde—, antes de comer, de aperitivo, a menos que la tarde esté tequilera, como dicen, y las nubes se nos quieran meter en los ojos hasta que anochezca.

Si es el arte de ponerle fronteras al espacio, de definirlo, de acotarlo, la arquitectura cobra en el corredor la suprema ambigüedad de la poesía. El corredor: el espacio fronterizo entre el techo y la intemperie. En el corredor se tiene más libertad que en los espacios cerrados y más recogimiento que en los espacios abiertos. Es el lugar para el aperitivo, no para la comida. Es el lugar para la lectura del periódico, no para la lectura del libro. Es el lugar para la siesta, si se dispone de una mecedora o mejor de una hamaca, y no, por supuesto, para dormir la noche entera, a riesgo de que se nos congelen los sueños.

Vivo muchas horas en el corredor de mi casa. Desde ahí agradezco la persistencia de los alcatraces que desafían el invierno con la erección primaveral de sus pistilos. Desde ahí me asombro cotidianamente con la rapidez del vuelo de los colibríes, que milagrosamente se mantienen suspendidos en un punto del aire sin que se advierta el rapidísimo movimiento de sus alas, hasta que se desplazan con una velocidad tal que ni la avidez de los gatos puede registrar.

En el corredor, sentado en mi equipal, me tomo mi tequila. No escribo ni duermo. Sólo practico, en concordancia con la condición intermedia del espacio, el acto, intermedio entre la escritura y el sueño, de la ensoñación.

Mi casa es un tren, con sus vagones, su andén, sus estaciones, donde emprendo cotidianamente mi viaje sedentario. Pero mi casa también es una biblioteca —espacio en el que se resuelve, mejor que en ninguno otro, la antinomia de la inmovilidad más pacífica y los desplazamientos más aventurados—.

La palabra biblioteca tiene cierta connotación sagrada e iniciática que la vuelve solemne, excesivamente prestigiosa. Y de algún modo esta enjundia contradice el gusto, la pasión, el cariño, la alegría, la felicidad, pues, que los libros me provocan. A falta de otra palabra que goce de la naturalidad feliz con la que los libros habitan mi casa, tendré que seguir llamándole biblioteca a mi biblioteca, si bien para despojarla, justamente, de la arrogancia que la palabra misma le adjudica.

No podría referirme sólo a un conjunto de libros porque una biblioteca es, ante todo, una unidad, como, paradójicamente, parece indicarlo el carácter colectivo de la palabra que la nombra: lejos de debilitar su sentido unitario, lo confirma, como si la biblioteca fuera un solo libro mayúsculo, y cada uno de los libros que la integran, una de sus páginas. Por eso es tan difícil deshacerse de un libro al que ya se le dio cabida; equivale a arrancarle una hoja al libro que es la biblioteca misma. Por eso, también, nunca debería ser dificultoso encontrar un volumen en los anaqueles, pues más que una suma de libros disímbolos, la biblioteca es un discurso continuo, cuya sintaxis sólo se altera cuando un libro sale de su estante.

Pero la palabra biblioteca