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Este breve volumen se dirige a diversos protagonistas de la difusión de conocimientos a través de los libros. Por un lado, intenta ofrecer una orientación general para todos aquellos universitarios que completaron alguna fase superior de estudios con la defensa exitosa de una tesis y juzgan que ella es de interés para un público mayor que el del reducido espacio académico. Se dirige también a profesionales que pueden tener ya una considerable carrera universitaria y una tesis de posgrado defendida, pero escasa experiencia o falta de entrenamiento en la escritura destinada a difundir sus conocimientos fuera de la comunidad de especialistas de su área. Por otro lado, esta obra se dedica a editores o estudiantes de carreras de edición que tengan particular interés en indagar en el mundo de la producción de libros no ficcionales, no literarios, convencidos de que la comprensión de los esfuerzos y dilemas de los escritores académicos es una clave para lograr que una tesis se vuelva un buen libro, eventualmente un clásico de una disciplina que buena parte de las editoriales apreciaría incluir entre sus colecciones. En ese sentido, se apunta aquí a que los autores desarticulen representaciones sobre los editores que no hacen más que "enfermar" a los libros, al tiempo que se procura que los editores cuenten con una herramienta para proponer la reformulación de una tesis que pueda hacer de ella un libro atractivo para un público amplio.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Este breve volumen se dirige a diversos protagonistas de la difusión de conocimientos a través de los libros. Por un lado, intenta ofrecer una orientación general para todos aquellos universitarios que completaron alguna fase superior de estudios con la defensa exitosa de una tesis y juzgan que ella es de interés para un público mayor que el del reducido espacio académico. Se dirige también a profesionales que pueden tener ya una considerable carrera universitaria y una tesis de posgrado defendida, pero escasa experiencia o falta de entrenamiento en la escritura destinada a difundir sus conocimientos fuera de la comunidad de especialistas de su área. Por otro lado, esta obra se dedica a editores o estudiantes de carreras de edición que tengan particular interés en indagar en el mundo de la producción de libros no ficcionales, no literarios, convencidos de que la comprensión de los esfuerzos y dilemas de los escritores académicos es una clave para lograr que una tesis se vuelva un buen libro, eventualmente un clásico de una disciplina que buena parte de las editoriales apreciaría incluir entre sus colecciones. En ese sentido, se apunta aquí a que los autores desarticulen representaciones sobre los editores que no hacen más que “enfermar” a los libros, al tiempo que se procura que los editores cuenten con una herramienta para proponer la reformulación de una tesis que pueda hacer de ella un libro atractivo para un público amplio.
Sylvia Nogueira y Jorge Warley. –Profesores de talleres de escritura académica en niveles medio y superiores de enseñanza– son, a la vez, autores de varias obras y editores. Ese doble carácter les ha permitido ser testigos de las necesidades, quejas y demandas de uno y de otro, del autor y del editor, cuya relación muchas veces se precipita en una serie de malentendidos que terminan por entorpecer y volver pesada y desagradable una relación que debería ser todo lo contrario, dado que el objetivo final –un libro bien hecho, interesante y agradable de leer– así lo requiere.
SYLVIA NOGUEIRA JORGE WARLEY
DE LA TESIS AL LIBRO
GUÍA PARA AUTORES Y EDITORES
Este breve volumen se dirige a diversos protagonistas de la difusión de conocimientos a través de los libros. Por un lado, intenta ofrecer una orientación general para todos aquellos universitarios que acaban de completar alguna fase superior de los estudios de su área y se encuentran con que en la actualidad, además de un diploma, tienen frente a sus ojos el producto de un duro empeño de investigación, elaboración, ordenamiento y escritura que juzgan que es de interés para un público mayor que las pocas personas que hasta ese entonces han tenido acceso a él en el marco de un reducido espacio académico. También se dirige a profesionales que pueden tener ya una considerable carrera académica y una tesis de posgrado defendida, pero escasa experiencia o falta de entrenamiento en la escritura destinada a difundir sus conocimientos fuera de la comunidad de especialistas de su área. Por otro lado, esta obra se dirige a editores o estudiantes de carreras de edición que tengan particular interés en indagar en el mundo de la producción de libros no ficcionales, no literarios, convencidos de que la comprensión de los esfuerzos y dilemas de los escritores académicos es una clave para lograr que una tesis se vuelva un buen libro, eventualmente un clásico de una disciplina que buena parte de las editoriales apreciaría incluir entre sus colecciones. En sentido recíproco, se apunta aquí no sólo a ayudar a los autores a desarticular representaciones sobre los editores que no hacen más que “enfermar” a los libros sino también a colaborar con los editores en la comprensión de las razones que, más allá de las habilidades de reescritura, tiene un autor para resistirse a “traducir” o modificar su tesis académica.
Permanentemente distintas formas del discurso político, el quehacer periodístico y hasta un extendido sentido común para nada ajeno a las aulas donde se cursan los estudios superiores repiten, casi a la manera de un eslogan, lo que puede considerarse un “deber” social por parte del profesional recién egresado; se trata de un mandato del orden de la moral que puede sintetizarse en la necesidad de que el universitario que ha completado sus estudios “devuelva” a la comunidad aquello que de algún modo ella le ha brindado al posibilitar su formación especializada. El momento adecuado para comenzar con una tal devolución queda indicado, pues, con el cese de las cursadas de las materias, la entrega en fecha de los trabajos prácticos y la presentación periódica frente a las mesas examinadoras, y una certificación institucional que, además de brindar el regocijo y la satisfacción por la tarea cumplida, traza la raya después de la cual el tiempo por venir exigirá un desempeño y compromisos de otra naturaleza que los hasta ese entonces asumidos.
La referencia que antes se realizó acerca del trabajo de investigación es hacia la tesis. Esos cientos de borradores y páginas definitivas que, de acuerdo con la misma búsqueda y los mismos argumentos que el autor ha seguido para seleccionar un cierto tema de especialización y los modos de su tratamiento riguroso, se juzga que es importante e interesante ofrecer a la difusión pública una vez que se produce la pausa y la decantación necesaria que sigue a su evaluación y aprobación académicas. En otras palabras, aquellos interrogantes acerca del tema abordado, su interés y originalidad en el enfoque y tratamiento, que se debieron contestar de manera afirmativa y fundamentada antes de encarar la labor y para ir dándole vida y alimentando su vigor, se convierten con posterioridad –es decir, ahora– en prueba de su relevancia. En síntesis: certifican su valor social.
Se podría sumar, además, la certidumbre del carácter “útil” que supone haber relevado y ordenado una bibliografía específica, entre una masa de materiales de muy diversa procedencia, que a partir del aporte personal del investigador otras personas podrán tener más a mano para la consulta salteando la dura tarea de su detección y organización. Si bien se suele afirmar que las nuevas tecnologías (internet y la posibilidad de consulta rápida de bases de datos, en primer lugar) facilitan en la actualidad esta labor, la aseveración debe ser relativizada cuando se trata de la pesquisa de fuentes serias y confiables. En muchos casos regionales y nacionales, se podría añadir, las deficiencias estructurales en cuanto a la disponibilidad de las bibliotecas y los archivos, la inexistencia de hemerotecas o microfilmaciones, etc., determinan que estas actividades valgan el doble.
Colocar tales saberes prácticos, esos “trucos” y “atajos” que guían el trabajo cotidiano de la investigación en las páginas de un libro impreso, supone arrancarlos de los modos más vagos e imprecisos con que una generación de docentes y estudiantes se los “sopla” a otra siguiendo una suerte de costumbre propia de los avatares de los artesanos, maestros y discípulos, y comenzar a dotarlos de la claridad formal propia del hacer científico que posibilite de tal manera su acumulación, transmisión y difusión. Obligan incluso al propio autor a pasar revista y hacer memoria de aquellos obstáculos que en su momento supo salvar sistemática o espontáneamente y de una manera imprevista o esforzada para, a través de la reflexión y mediante la distancia conceptual que permite la escritura, convertirlos en una guía metodológica que puede ser de buen uso para quienes se interesen en esa misma problemática.
Hay un viejo y conocido mito, que suele encarnar en sus consecuentes figuras estereotípicas, que muestra a los universitarios como cerradas sectas de iniciados que se inclinan hacia cuestiones que en nada interesan al común, y que de continuo recurren a nomenclaturas oscuras y lenguajes herméticos los cuales, más que encontrarse justificados por el asunto que tratan o de proteger el estudio de las ambigüedades del habla cotidiana, en realidad sólo sirven para disfrazar pomposamente la vacuidad de aquello que se inspecciona y exorcizar el temor a su discusión pública dado que la “utilidad” de lo actuado sólo es presunción de la institución que busca perpetuidad para sí y cobijo seguro para sus habitantes. Más allá de lo exagerado de la caricatura, quizá pueda también agregarse a la necesidad de la publicación de un libro la intención más o menos explícita y consciente por parte del profesional de poner a prueba lo hecho frente a opiniones que no son ya las esperables –y en la misma medida relativamente previsibles– dentro de la universidad. Tal extensión supone enfrentar con convicción el desafío de la validación social del conocimiento por él adquirido y desarrollado.
Se trata en este caso de ver si los esquemas conceptuales elaborados, el objeto de estudio que se juzga de importancia al igual que la rigurosidad de la metodología utilizada y las conclusiones a las que se ha arribado “resisten” lecturas diferentes que aquellas a las que los años de la formación superior han ido acostumbrando y que a veces corren el riesgo de terminar alimentando una cierta circularidad endogámica. Esta lectura ampliada bien puede ser considerada, en consecuencia, una suerte de “grupo de control” sui géneris.
Suele afirmarse, en este mismo sentido y según se dijo antes, que los profesionales egresados universitarios deben encontrar la manera de “devolver” a la comunidad aquello que ella, de manera directa o indirecta, ha posibilitado y que es evidente a partir del sostenimiento económico del sistema de educación pública (y también, en una buena proporción, la educación privada). Un señalamiento general que no pretende, como bien podría hacerlo, agregar razones de índole ética. Pues bien, he aquí una buena e inmediata posibilidad para hacerlo; sobre todo porque de manera latente el desafío es una convocatoria profesional de valor en tanto y en cuanto supone que el universitario interpelado debe poder dar muestra de la suficiencia y la plasticidad suficientes en el manejo de patrones de investigación, metodologías, conceptos, hipótesis y teorías como para construir explicaciones claras y fundadas para un público que no es ya el de sus pares.
Según relata Albert Einstein en su autobiografía, fue uno de sus tíos quien supo alimentar sus intereses científicos proporcionándole libros de ciencia a largo de la adolescencia. De esas lecturas científicas dirigidas a un público no especializado, cuenta Einstein, nacería su constante cuestionamiento de las afirmaciones de la religión; un libre pensamiento de marcado rechazo hacia el Estado y la autoridad, y que lo guió para que sobre fines del siglo XIX ingresara en el Instituto Politécnico de Zurich, en su escuela de orientación matemática y científica, decidido a estudiar física. Como se sabe, el creador de la teoría general de la relatividad siempre insistió en la necesidad de que fueran los propios científicos, incluso aquellos ocupados de las cuestiones más complejas y alejadas del pensar común, los encargados de llevar adelante la tarea de divulgación de sus conocimientos. Es más, para Einstein la capacidad de “traducir” para la comprensión bien generalizada las conceptualizaciones científicas es una señal definitiva de que el científico en cuestión sabe verdaderamente sobre aquello que se trae entre manos. Fue ésta una convocatoria a la simplicidad que más tarde el propio Karl Popper suscribiría. Para el epistemólogo autor de La lógica de la investigación científica constituye un atributo natural –y en algún sentido necesario– de todas las grandes teorías que la humanidad ha sido capaz de producir el hecho de que, finalmente, puedan ser expresadas en unos pocos renglones.
Asimismo, resulta evidente para cualquier egresado universitario que una porción relevante de aquellos artículos, libros y experiencias que lo formaron han seguido históricamente ese mismo camino, de la tesis al libro.
En su obra From Dissertation to Book, William Germano (2005) menciona como ejemplos de tesis doctorales que se convirtieron en libros de influencia para la vida intelectual estadounidense Dialectical Imagination de Martin Jay y Sexual Politics de Kate Millett; sin ir más lejos, la misma editorial que ha publicado el volumen que ahora mismo el lector tiene en sus manos podría mencionar de su catálogo, y a manera de ilustración de tesis universitarias convertidas en libros, el título Políticas de la maternidad y maternalismo político de la historiadora de la Universidad de Buenos Aires Marcela Nari o Ser-en-el-sueño. Crónicas de historia y vida toba, de Pablo Wright, antropólogo y docente de la misma universidad, entre otros muchos.
De seguro los ejemplos que podrían agregarse se cuentan por miles. De lo que se trata, entonces, es de que se perciba que tal tarea de publicación es la continuación de una práctica de acumulación, actualización y mejoramiento de los saberes necesarios para la reproducción de los estudios superiores, que por su propia naturaleza se encuentran en constante reelaboración y perfeccionamiento, así como del rico, complejo y contradictorio diálogo que el discurso universitario tiene establecido, desde su origen, quiera vérselo o no, con el conjunto de los discursos sociales y las necesidades de su comunidad.
Así, este tomo busca acercar un conjunto de observaciones que posibiliten reflexionar sobre lo hecho y orientar el quehacer con relación a los diversos pasos que integran la secuencia que conduce de la tesis al libro, y que parten de una simple constatación inicial: una tesis no es un libro, y, por lo tanto, identificar un género con el otro, o suponer que entre ellos hay una distancia mínima, es una gran equivocación y fuente de los mayores malentendidos.
Hay una serie de transformaciones que median entre una y otro, la tesis y el libro, y para la explicitación y el análisis de ellas estas páginas buscan brindar una guía general.
En ese sentido, se busca enfatizar que el pasaje que lleva de la tesis al libro es producto de una tarea conjunta del autor y el editor. Resaltando lo obvio para que no se olvide, debe decirse que las normas académicas no coinciden con las que dicta la práctica editorial; de igual manera, los pocos profesores –a lo sumo media docena– de alta calificación en la materia específica que asesoran, siguen en su evolución, indican errores y correcciones, y finalmente califican y aprueban una tesis universitaria, no son en absoluto asimilables al público más amplio al que pretende llegar el libro. Baste mencionar, para que se imagine la distancia entre una y otra competencia lectora, que la tirada de un editorial comercial de un título sobre algún tema universitario no puede ser inferior a los 1.500 ejemplares, según dicta la lógica básica y mínima de su rentabilidad.
Con respecto a la lectura, vale la pena añadir aquí que ese pasaje que lleva de la investigación académica a la forma del libro no se consuma simple y únicamente en el traspaso de unos “pocos conocidos” a la dimensión mayor del público lector entendido como una entidad vaga y poco asible. Es más que eso.
El modo de la circulación del libro permite destacar algunas lecturas particulares, para nada abstractas, ligadas a espacios institucionales y lectores relativamente calificados que firman con nombre y apellido, y cuyas opiniones e interpretaciones tienen verdadero peso social. Así ocurre tanto con las revistas especializadas o de divulgación más general y con las páginas, los suplementos y las publicaciones de diverso formato (Ñ, ADN, Radar, para citar los ejemplos nacionales más conocidos y prestigiosos, pero a los que se podrían agregar desde las revistas universitarias hasta múltiples espacios en internet y programas de radio y de televisión) donde se ejerce un quehacer crítico –más allá de la heterogeneidad– de particular valor y que se encuentra en relación con los saberes académicos a través de múltiples vasos comunicantes. Son estos espacios, en definitiva, los que ese público lector amplio que se ha mencionado busca para actualizarse y estar al corriente de las novedades que las editoriales publican. No en vano, el crecimiento editorial desde mediados del siglo XIX fue de la mano de la extensión de los sistemas de educación pública que dieron vida a ese “público lector”, a la vez que se fortalecía el quehacer periodístico y junto a él la figura del “crítico” que es precisamente quien, en medio de una cantidad de publicaciones cada vez mayor y más diversificada, actúa como un formador de gustos y guía de lecturas.
De la tesis al libro. Guía para autores y editores es un volumen eminentemente práctico, y si en esta presentación no se habla lisa y llanamente de “consejos” es en realidad para no caer en un exceso de informalidad o demagogia. De cualquier manera es inevitable que en varios puntos de la exposición se haga referencia a un conjunto de conceptos y apreciaciones provenientes de los diversos ámbitos de la lingüística y el análisis del discurso (de los que luego se da cuenta en las bibliografías general y específica), pero en todos los casos se intenta acudir a ellos antes como herramientas que como nociones teóricas, es decir, con el objetivo de iluminar con intensidad los aspectos centrales de la tarea que se pretende estimular, para brindar un apoyo tanto al autor como al editor en sus tareas.
El carácter “práctico” que se acaba de señalar apunta también en una dirección complementaria. Quienes escribieron De la tesis al libro. Guía para autores y editores tienen una larga trayectoria como docentes especializados en la problemática relativa a la lectura y la escritura, tanto en las aulas de la escuela media como en los diversos niveles de los estudios superiores universitarios, fundamentalmente a través de la forma del taller, tarea que les posibilita hasta el día de hoy estar particularmente alertas frente a los inconvenientes que su experiencia cotidiana les ha posibilitado estimar como los más relevantes. De igual manera han trabajado y están en contacto permanente con editoriales comerciales como lectores evaluadores, directores de proyectos de colección, cumpliendo funciones de edición y, por supuesto, también como autores. Puede decirse finalmente, que quienes firman en la tapa son, a la vez, autores y editores. Ese doble carácter les ha permitido ser testigos de las necesidades, quejas y demandas de uno y de otro, del autor y del editor, cuya relación muchas veces se precipita en una serie de malentendidos que terminan por entorpecer y volver pesada y desagradable una relación que debería ser todo lo contrario, en primer lugar porque el objetivo final –un libro bien hecho, interesante y agradable de leer– así lo requiere.
Sylvia Nogueira y Jorge Warley
Buenos Aires, verano 2009
A comienzos de la década de 1960 el investigador francés Roland Barthes, uno de los fundadores de la semiología de tradición europea continental, en el marco del desarrollo de una serie de trabajos pioneros sobre la fotografía –fundamentalmente dos, “Retórica de la imagen” y “El mensaje fotográfico”–, se decidió a enfrentar de un modo sintético y lapidario un sentido común. Tuvo en cuenta, sobre todo, que ya empezaba a propagarse a través del periodismo y otros ámbitos de divulgación, como verdad que no necesita ser demostrada, la idea de que había arribado la “era de la imagen” y que de la mano de las nuevas tecnologías y diversas, deslumbrantes y novedosas formas de la comunicación no faltaba mucho para que los viejos instrumentos lingüísticos escritos fueran guardados en algún cajón hasta ser olvidados.
“La duda principal acerca del futuro del libro se origina en la difusión de las llamadas nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. El público, pero también, por cierto, los profesionales de la edición, ha comenzado a sospechar que la posibilidad de acumular y distribuir inmensos volúmenes de información a bajo costo y a gran número de usuarios pone en cuestión al libro como medio idóneo para satisfacer esa misma necesidad”, escribió Alejandro Katz (2002), y a continuación anotó como ejemplo significativo que en 1994 el Centro de Semiótica y Estudios Cognitivos de San Marino, que dirigía Umberto Eco, se dedicó a discutir el tema apuntado para reunir luego las discusiones en un libro llamado, valga la paradoja, El futuro del libro. “Desde cierto punto de vista”, redondea Katz, “la aparición de las tecnologías digitales de transmisión de información hace las cosas más parecidas al modo en que eran antes de la escritura”, o sea, un par de miles de años antes de la era cristiana.
Cuando planteaba polémicamente la cuestión, hace poco menos de medio siglo y cuando la televisión recién mostraba sus dientes de leche, Barthes revisaba el argumento para colocar una conclusión que apuntaba hacia las antípodas de los presagios apocalípticos.
En síntesis, el autor de Elementos de semiología señalaba lo evidente: toda expansión de la imagen, su despliegue a través de cualquier soporte novedoso y deslumbrante tecnología, siempre va acompañada de la palabra oral y escrita. Así, ejemplificaba Barthes y nosotros podemos continuar, sucede tanto con los eslóganes y las marcas que se suman a las grandes fotos que ocupan la mayor parte del afiche publicitario, o a través del locutor que, junto al breve texto sobreimpreso en la parte inferior de la pantalla, continúa con su comentario la imagen del noticiero, la letra de la canción en el caso del videoclip además de la información escrita que lo inicia y cierra mentando al intérprete, el nombre del tema y otros datos generales, el epígrafe que se despliega al pie de la fotografía periodística que ocupa la mitad de la página tres del diario de hoy y se ubica inmediatamente debajo del título de tipografía de cuerpo inmenso, y así siguiendo. Aquellos artículos desconocían los ordenadores de textos e internet, los videogames, el correo electrónico y los mensajes de texto, que les hubieran posibilitado agregar otras muchas ilustraciones de este punto de vista.
En fin, aunque las revistas que acompañan los diarios, algunos magazines de radio y una catarata de rápidas opiniones vertidas a través de los televisores insistan cada tanto con énfasis altisonante que “vivimos una época de la imagen”, la verdad es que basta mirar con mínimo detenimiento alrededor para advertir que cada vez más formamos parte de una civilización de la lengua. En ella la escritura sigue siendo determinante y las nuevas tecnologías, usos y costumbres no hacen sino constatar tal realidad que se ofrece con la forma de un cada vez más variado “menú” de opciones para su realización, desde las más sencillas y cotidianas hasta las más sofisticadas y complejas.
A su manera, y más allá de cualquier discusión posible sobre errores de concepción e implementación y motivaciones ocultas, las reformas educativas que en las últimas dos décadas o más se han llevado adelante han debido hacerse cargo inevitablemente de esta realidad en los diversos niveles del sistema educativo.
Ocurre, pues, que cada vez se habla, se escribe y se lee más, no menos. Cada vez las formas de la oralidad y la escritura se diversifican en mayor medida y se estratifican en torno a pautas genéricas que, aunque no siempre sea posible percibir de manera inmediata y directa, corren en forma paralela a las cambiantes y renovadas necesidades de los hombres y las instituciones que los agrupan. Cumplen una ley de obligada “inercia social” que ya hace mucho tiempo el teórico ruso Valentín Voloshinov describió de manera definitiva.
Cada vez más los éxitos y los fracasos de la formación, en tanto se expresan en los diversos estratos del sistema de escolarización pero también en los espacios laborales, están relacionados con la demostración por parte de las personas de su capacidad y ductilidad para manejarse con la lengua oral y la lengua escrita. Se puede hablar, en consecuencia, de éxitos y de fracasos –aunque no de un modo causal exclusivo, por supuesto– en el manejo productivo de la lectura y la escritura. Así es como queda demostrado en las múltiples pruebas de evaluación estatales y privadas, nacionales e internacionales, que intentan detectar los obstáculos principales del desarrollo educacional, y que explican, por ejemplo, el alto grado de abandono de las universidades en su ciclo de introducción y el porcentaje mínimo de las poblaciones que completa sus estudios superiores.
El esfuerzo denodado que todos los sistemas educativos realizan en la actualidad para mejorar el desempeño por parte de los niños, adolescentes y jóvenes en el área de la lectura y la escritura da cuenta de este fenómeno. De igual modo se podrían citar muchos de los cursos de capacitación laborales que impulsan las empresas públicas y privadas para mejorar tal desempeño. Se trata de una cuestión de primer orden, y los obstáculos y las dificultades que se enfrentan engordan habitualmente las ponencias en los congresos de educación, las declaraciones del ministro del área y las asignaciones presupuestarias de su cartera, los pronunciamientos de los sindicatos docentes y los centros estudiantiles, etcétera.
A lo largo del último período las universidades de todo el mundo, aunque con diverso ritmo y proporción, han visto incrementadas en forma exponencial sus matrículas así como el número de los profesionales egresados que finalizan sus carreras de estudios superiores.
Es sencillo arriesgar una primera causa que explique el fenómeno si se considera la tendencia de buena parte de los sistemas educativos nacionales a “empujar” de una manera cada vez más decidida a una mayor cantidad de personas para que sigan estudios de formación superior. La prueba de tal empeño la brinda la sanción de renovadas leyes de educación y la implementación de reformas educativas que tienden a aumentar en años la obligatoriedad de escolarización, como, vale la ilustración, acaba de ocurrir en la Argentina con la promocionada Ley de Educación Nacional, sancionada a fines de 2006.
Entre las razones básicas para tal impulso, además, debe enlistarse en primer término la percepción generalizada de que cada vez en mayor medida se necesita una fuerte capacitación profesional para conseguir puestos de trabajo más o menos estimulantes y bien pagos. Además, si bien la anterior semeja ser la causa principal y directa, no debería ser dejada de lado la estimación de hasta qué punto la obtención de un diploma universitario supone un logro deseado de realización personal que tiene gran fuerza de atracción más allá de cómo pueda o no reflejarse finalmente en la vida laboral que se desarrolla y en el nivel del salario que se recibe al final de cada mes.
De igual modo –y en gran medida porque tal masividad ha determinado, directa o indirectamente, a la manera como lo haría un estímulo económico de sobreoferta, una cierta depreciación de los estudios llamados “de grado”–, se han multiplicado las posibilidades de formación en los cursos de posgrado. A lo largo de los últimos años las licenciaturas, las maestrías, los doctorados y hasta los posdoctorados se han vuelto títulos cada vez más populares, necesarios y buscados por aquellos que siguen estudios superiores. La proliferación de las diversas formas de educación a distancia, favorecida por las nuevas tecnologías –desde la consulta, el foro y la tutoría electrónica que puede reunir a dos o a cientos de personas, hasta las teleconferencias, para citar sólo algunos ejemplos ya usuales–, o los cursados intensivos para aquellos que disponen de poco tiempo dadas sus ocupaciones laborales han fortalecido aun más el fenómeno en desarrollo.
Las reformas educativas de las que se ha hecho mención con anterioridad insisten, además, y lo hacen a cada paso, en la necesidad de generar nuevas y permanentes formas de capacitación docente. Se considera que la implementación de formas permanentes de actualización profesional es imprescindible en virtud de que los campos disciplinarios son espacios de conocimiento en constante renovación, tanto en sus contenidos como en sus pedagogías.
Cada una de estas instancias supone formas de asistencia, cursado y evaluación propias. La ampliación del campo profesional, que va de la mano de un ritmo constante e indetenible de actualización, según se afirmó, obliga a sus miembros a concurrir a uno, dos o más congresos cada año, elaborar abstracts, papers, artículos o informes de investigación, para proporcionar unos pocos ejemplos, que los enfrentan al desafío de mostrarse eficaces en el tratamiento por escrito de los temas de su especialidad de acuerdo con convenciones de presentación de formas de la oralidad y, sobre todo, de la escritura fuertemente normativizadas.
Frente a un panorama tal, no se muestra como una exageración afirmar que todo profesional debe prepararse denodadamente para ser un técnico en el manejo de la lengua escrita en sus diferentes formatos. Además, en tanto las demandas son cambiantes así como los múltiples factores que pueden incidir hasta último momento para determinar su confección, se necesita de un manejo previo, sólido y bien sedimentado, que se asiente en hábitos consolidados y por lo tanto permita una utilización fluida de las herramientas de la lengua; habilidades que posibilitarán la resolución de los inconvenientes “inesperados” o los cambios de última hora que deban enfrentar.
Dentro de este repertorio de saberes técnico-discursivos, una forma escrita clásica, como es la tesis, se utiliza cada vez con mayor frecuencia como requisito de aprobación exigido como instancia evaluativa que sirve de cierre para un determinado nivel de la educación superior. Sucede que el punto culminante de la formación profesional está dado por la capacidad que debe demostrar el estudiante para desempeñarse en el ámbito de la investigación de una manera eficiente, creativa y personal, y es precisamente la elaboración de una tesis el parámetro que posibilita medir su virtud en este sentido.
La tesis es, de tal modo, un desafío, y su defensa y aprobación suponen un punto de llegada, de culminación, de cierre, pero también una plataforma firme para que el profesional recién recibido comience, por fin, el desarrollo de su carrera sin más tardanza preparatoria o “transicional”. Se comprende entonces que muchos autores busquen que sus tesis, a las que de seguro juzgan de importancia e interés para un conjunto amplio de personas más extenso que la media docena de especialistas que pueden haberla leído en el ámbito universitario, puedan emerger del cerrado ámbito académico para ser llevadas al “mundo”. Nadie que sienta que tiene algo importante y fundamentado para decir deja de experimentar ese reclamo.
El primer punto que debe quedar claro en relación con este anhelo por demás justo y razonable –y sobre el cual no nos cansaremos de insistir– es que una tesis no es un libro, y por lo tanto hay aquí un nuevo trabajo que afrontar. Transformar una tesis en un libro acarrea una serie de operaciones que pueden ser estimadas simples, razonables y naturales o abstrusas e innecesarias, según se encare la tarea. Este volumen pretende ser un aporte que aproxime esos juicios extremos a una justa (y realista o pragmática) apreciación, de modo tal que interesantes proyectos de publicación no terminen abandonados debido a desacertadas representaciones del trabajo de reformulación de la tesis para transformarla en un libro.
Desde sus inicios y su expansión en Occidente, hacia la llamada Baja Edad Media, el desarrollo de las universidades supuso la utilización de formas fuertemente convencionalizadas para el desarrollo de su labor. La tradición, en rigor, se remonta mucho más atrás, a la China imperial cientos de años anteriores a Cristo, pero basta aquí con la referencia a las universidades como instituciones típicas de la modernidad occidental.
