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Ingrid Odgers narra con poesía e inteligencia una historia antigua y apasionante: la intensa amistad de dos seres encadenados por las letras, asumiendo que sólo se tiene que ver lo suficiente para saber que se ha perdido y que eso es una enorme ganancia. La exquisita sensibilidad de esta excelente narradora latinoamericana se vuelve un bálsamo en los duros tiempos actuales, donde por lo menos nos queda llorar con lápiz y tinta.
Karina García Albadiz
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Ingrid Odgers Toloza
Editorial Segismundo
¿Han sabido de alguien que no padezca con la efervescencia del mundo actual? Sé que la respuesta es no. Lo entiendo. Pedro anduvo por mi casa en estos días. No recuerdo exactamente si fue el miércoles o el viernes, para el caso da lo mismo. No es algo excepcional, acostumbra a visitarme, quizás para no perder la rutina, quizás para tomar unas cuantas tazas de café y fumar una decena de cigarros mientras hablamos del último libro de Bolaño o del último evento literario en Concepción: la charla de Quezada en el Instituto Norteamericano, quizás. Alto y de pelo hirsuto, flaco y desgarbado, con varias carpetas de apuntes bajo el brazo y ese dejo de macho hastiado de la vida con la mirada cargada de nubarrones y una mueca irónica que traspasa sus labios gruesos y roza sus dientes perfectos manchados de nicotina. El rostro de Pedro me recuerda el poema “Los heraldos negros” de Vallejo, texto que analicé junto a un grupo de aspirantes a escritores en una escuela de verano en la Universidad de Concepción. Él parece decir a su paso: el mundo es un mierdal. ¿Cómo no? Sufre. Conjuga el verbo común desde que su madre cayó enferma. Al menos, eso creo yo. Una fibrosis y otras dolencias la internaron en el hospital aquí en Concepción. Además, Pedro es poeta. ¿Y eso qué? dirán ustedes, yo responderé categórica: como poeta, carga la miseria del paisaje universal sobre sus hombros. Es diferente ahora, suma la enfermedad del ser que le dio la vida. Es su madre y está grave. Pedro sufre el doble o el triple hoy, el sentimiento de desventura es mayor. Es mi amigo, el amigo de toda una vida. ¿Y quién soy yo? Difícil pregunta. Tengo la costumbre de ser quien lo escucha con paciencia o paciencia aparente y guardo sus quejas en las sombrías arcas de mi sala de estudio, en los pliegues amarillos de las cortinas y en las pálidas paredes que nos refugian de tarde en tarde, noches o madrugadas. Un cigarro tras otro y así me entero del cementerio de recuerdos y de las ilusiones frustradas de mi abatido amigo. Está solo, aparte de unas horas de clases, realiza trabajos esporádicos, suele llevar maletas de quimeras almidonadas por el paso del tiempo, resecas de lágrimas constreñidas por el pañuelo de la honda y ácida existencia. ¿Qué nos une? Nuestros años en Concepción, quieta y fértil ciudad de pasajes celestes y calzadas aceradas, madre generosa que acunó en su vientre profundo y tibio nuestros sueños, ilusiones que vieron crecer el parque Ecuador y el mirador del Cerro Caracol en pacíficos senderos de tierra y piedras claras rodeados de magnífica vegetación. Un día de lluvia en la cima del Caracol, con ojos brillantes prometimos amistad eterna. Hoy el amor por las letras nos encadena con una intensa furia reprimida ante un pasado que no volverá, y la escéptica mirada del orbe, que Pedro contagió en largos debates por el acontecer de nuestro país, que se mueve en espirales faranduleras y bazofia política en una globalización que olvida las necesidades del individuo dando alimento a un consumismo exacerbado. Los cambios hacen pagar a las personas un alto precio, vivimos tiempos de rigor y ansiedad. No hay arreglo, pensamos. Todo tiende a destruir los valores. La gente se encuentra zambullida en un ambiente saturado de estímulos materiales. Pedro insiste furibundo: deteriora los vínculos familiares y sociales que hacen la vida aceptable, los principios de nuestros padres caen acelerados a un despeñadero y el gruñido del humo acompaña el rictus amargo de su frente. Después de intercambiar opiniones, elucubrar como si fuéramos visionarios filósofos, nos miramos a los ojos, movemos la cabeza, suspiramos profundo y repetimos no hay arreglo. No lo hay.
Yo no sé, la verdad, de pronto dudo hasta de nuestra angustia existencial. Él no. Él se sume en la hiedra devoradora de mañanas y sorprende cuando llega vestido de nuevos proyectos que duran el chasquido de una puerta al cerrarse. Escribo de Pedro. Debe ser producto de esas largas tertulias dilatadas por infinitas interrogantes, las respuestas diversas nos sumergen en acaloradas discusiones. Terminan en nada. Seguimos inmersos en un charco de incertidumbre. Lo importante no es eso. Lo que importa es Pedro y su singular vida. Me seduce escribir sobre él. ¿Cómo lo conocí? Podría empezar: corría el año X y etc. etc. En cambio, sólo diré que conocí a Pedro en el colegio, un niño asustado, inseguro, aparentemente mimado, típico hijo de papá. Tenía entonces, ocho años y yo, nueve. En nuestro primer día de clases, recién habían tocado la campana y observé a unos metros, varado al lado de una silla vacía, agitada por el brusco paso de otros niños, a un chico esmirriado con un medio puchero nublándole el rostro, su frágil estructura y la expresión de su cara me conmovieron, la ternura acudió, llevó mi mano a tomarlo de un brazo y a mis labios consultarle ¿Vamos al patio? Luego de este gesto y estas palabras, me sentí sorprendida por mi audacia infantil. Me mordí las uñas a la espera de una respuesta. En sus ojos miel vislumbré un cierto alivio. No estaba solo. Una niña había aparecido desde un tropel de inconscientes juguetones, que como energúmenos corrían hacia la puerta a desatar su energía. Como decía, era una niña de ojos verdes rasgados y tez muy blanca. Eres un ángel, pareció decir con su mirada. Nuestro primer encuentro. A lo largo de los años la escena se repetiría. En peleas de mozalbetes, pelotas y arcos de basketball disputados, canicas cambiadas o usurpadas o en situaciones impensadas, como cuando tenía quince años y chocó la moto de su hermano mayor y se quebró un brazo. Yo iba a su casa a prestarle los cuadernos o pasarle en limpio las materias, cómo olvidar el queque con aroma a limón que horneaba la tía Luz, la madre de mi amigo, los panqueques con manjar que comíamos ávidos y el té con leche que paladeábamos alborozados. Sentados en la cama, con un montón de libros y desparramadas en la alfombra un centenar de revistas, peleábamos por leer u hojear primero la última adquisición. Revistas arrugadas y rayadas, algunas estropeadas por sucesivos canjes, con crucigramas rellenos, otros incompletos. Pero los libros, los libros ¡eran nuestra pasión!, leíamos furtivos los de la biblioteca de su padre y el mío, descubriendo mundos ignorados, conocíamos de infidelidades y pasiones a hurtadillas, hechos que jamás osamos comentar.
Isabel con ambas manos toma su cabeza. El presente libra su batalla con visiones y fantasmas y los dulces recuerdos sangran torrenciales: los largos paseos en bicicleta por el barrio universitario, los espectáculos infantiles en la casa del deporte, las andanzas alrededor de la laguna Los Patos en la universidad y la plaza, sí, esa plaza entrañable de la infancia con multicolores peces en su gran pila adornada con cuatro sirenas en su base, coronada por la diosa Ceres, sus exuberantes acacias donde refleja en noches espléndidas de primavera el resplandor lánguido y mimoso de la luna. El recorrido por la plaza Independencia nos seducía en las mañanas domingueras después de la misa de doce en la majestuosa, imponente Catedral. Isabel suspira. La mano de su madre acaricia sus cabellos mientras los helados de bocado bañados en chocolate del Astoria embetunan las cortas chaquetas de almidonados cuellos. El histórico Astoria, una confitería–pastelería, era la estación inevitable de infantes y jóvenes en los años sesenta y setenta. En la retina de Isabel se posa la falda escocesa que lucía con orgullo, los pantalones cortos de Pedro y su graciosa boina con insignias de banderitas que tanto le atraía. Los recuerdos se fusionan con el solemne sonido de la banda correctamente alineada con platillos y trompetas ligados a impecables uniformes y el aroma de los árboles enormes, frondosos y enhiestos se clava en su nariz dejando un remolino atrapado en el pecho. Abre los ojos con una sensación placentera que recorre su piel y la cubre de gozo, agita su mano y danzan sus dedos sobre el teclado. Sonríe. Pedro y yo o sólo él, es lo que cuenta en este relato. Isabel afirma su espalda en el sillón giratorio y deja su mente divagar por la fragmentada garganta del pasado. Nuestra niñez tuvo el encanto de los ciervos en la libertad de su hábitat, recorrimos esa estación efímera sin importar el tiempo y el peligro, sucediera lo que sucediera, jugábamos incansables, no temíamos escondernos en un bosque lleno de peligros en el campo de mis abuelos cerca de Chaimávida o ir en bicicleta al espeso y largo callejón cercano a la casa de mi pequeño amigo. Sabíamos, transitaba en la espesura nocturna una pareja de fantasmas en busca de los anillos de compromiso extraviados horas antes de un accidente fatal ¡Entelequia! Mitos traspasados de generación en generación en el barrio Pedro de Valdivia. Ambos extrajimos hasta la última moneda lustrosa de savia y destello del familiar y amigable ambiente que nos envolvía. Lo disfrutamos. Desde que nos conocimos fuimos plenos, todo era objeto de nuestra curiosidad y juguetones moramos en la realidad y en la fantasía: fuimos piratas, guerreros y duques, correteamos por el patio y las calles, trepamos árboles aceptando los acontecimientos con naturalidad, siempre apoyados por el amor de la familia. ¡Inocencia!, sin ella no existe el aura de magia de un membrillo hurtado y el secreto de un pájaro atrapado en el nido. Detengo la escritura y cavilo ensimismada en el lápiz arrebujado por un vaso de tequila de cristal azul que conservo de un viaje al Sur. Sonrío. No sé que me lleva a escribir. Es una súbita obsesión que se adueña de mí. No lo sé, creo que existen impulsos irrefrenables cuyos oídos no atienden razones, menos al sentir este instante como una dádiva de Dios, divinidad oculta en las ondas turbulentas y sedientas del recogimiento. Miro por la ventana y la luna redonda de un color blanco virginal alumbra la vereda inerte, se produce una sensación de vacío en mi estómago, todas las ventanas de los edificios del frente están con luces apagadas y por la calzada dos ciclistas uno al lado de otro, con franjas color naranja en su espalda, surcan la calzada hacia la cancha de Lorenzo Arenas, después de un breve lapso de tiempo observo un taxi sin letrero, pasa flemático hacia la línea del tren rumbo a Laguna Redonda, excepto eso, la escasa iluminación expele volutas lánguidas y atiborra la calle de un tinte de desamparo. La obsesión que desata la escritura escolta mi cabeza mientras voy por un vaso de agua con hielo que refresque y ordene mis pensamientos. De pronto, suena el teléfono y traspaso la puerta de la cocina al estudio. Tengo la certeza de que nada podrá entorpecer este proceso que avanza tortuoso en el transcurrir viscoso de la madrugada.
Es la cita imperdible para una Isabel siempre noctámbula. Y es que ella flota por la silueta de la luna, trepa por la cadera del amanecer y enciende sueños, locas quimeras que derraman las nubes sobre los largos y rancios durmientes de su infatigable y desconocida búsqueda. El silencio y la soledad apremian las alucinaciones. Y los duendes irrumpen.
Esta vez no eran duendes. Era Sandra, por esas casualidades, si es que existen las casualidades dirán algunos, la verdad, yo no lo dudo, como decía, resultó ser Sandra, la ex esposa de Pedro. Ella acostumbra a llamar sin importar la hora, para realizar algunas preguntas, algo indiscretas a mi modo de ver, respecto a su flaco y detestable ex marido. Porque ni dudar que lo detesta. Suelo decir que a él le va fantástico, que ha emprendido un nuevo plan literario y ha sido invitado a grandes e importantes encuentros de escritores. Es lo que se espera de los amigos. Generalmente aumento los éxitos de mi conocido y trágico poeta para la infelicidad de su ex mujer. No creo que a ella le importe el padecimiento de Pedro. Es dinero, siempre es el dinero el que la motiva a llamarlo, a buscarlo, a saber, en qué lugar se encuentra. En cuanto a mí, digamos que no considero comentar los fracasos y múltiples dolores de mi amigo Pedro. No sé si dije que él es poeta. En otras palabras, al decir de muchos en nuestra sociedad: un varón que vive el límite haciendo de su vida una burda payasada. ¿Para qué sirve la poesía? Se preguntan demasiados en este país despoblado de lectores. La inutilidad de esta rama de las artes es conocida en todos los niveles de la pirámide cultural en el mundo. La poesía no vende, dicen libreros y editores, nadie o pocos, apuestan por ella. Es la pariente pobre: la olvidada y vilipendiada poesía.
Todos creen que los poetas pertenecen a un coto de caza privado y que su finalidad es producir objetos bellos, tan bellos como inútiles, un coto privado de razón de ser y de medios adecuados para sobrevivir. Esto último es bastante evidente. ¿Quién puede vivir de ella? Nadie. En lo íntimo, sé que Pedro arde y se oxigena con los versos, es una especie de anestesia que no tiene efectos secundarios. Claro, nadie comprende a los poetas. Mal puede la ex de mi amigo percibir el limbo indisoluble en que se bate y regocija su otrora amante marido. Creo que Pedro vive por la poesía, dosifica los abatimientos y retoña para volver a descender al hondo pozo. Me guardo bien de comentar a la cursi y banal Sandra que su ex sufre precisamente, por la mísera existencia que le otorga la poesía en el laberinto de la provincia. Extrañamente, la escritura es su razón de ser. Sangre que justifica su paso por el lúgubre globo terráqueo, desalmado en la extensión de los gemidos que provoca el crepitar de los cuervos en el planeta, contaminado de egoísmo y amenazado por el brutal calentamiento global. Volvamos a Pedro, antes tomaré Bilz y fumaré un Kent. Apresuro el cigarrillo y el vaso de líquido con hielo, el relato no me deja descansar, el tono me busca o lo busco y el cíclope frente a mí, atrapa con su pupila siempre inquisidora como un inspector de policía en el cuarto de los interrogatorios, implacable y voraz amedrenta este espacio íntimo, sujeto al culto del dinamismo de los dedos apuntando a cada instante el cursor a su pupila expectante entre sus pestañas doradas por la luz artificial de la lámpara que instala imponente sus caderas encima del escritorio a las dos treinta y uno a.m. de un lunes que abre sus alas como pájaro en busca de nuevos y rojizos nidales.
