De un infierno a otro - Julia Guzmán Watine - E-Book

De un infierno a otro E-Book

Julia Guzmán Watine

0,0

Beschreibung

Diez relatos neopoliciales nos hacen transitar por la ciudad de una sociedad enigmática e, indiferente. Individuos solitarios que buscan cierta poesía en sus vidas asolados por el desamparo y la sobrevivencia, anhelan encontrar un sentido.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© LOM ediciones Primera edición: marzo de 2024 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560018007 ISBN digital: 9789560018755 RPI: 2023-a-92 Imagen de portada: «Puerta» de Juan Ignacio Colil Abricot Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

A Inés, Juan y Sandra.A Eduardo, Eva y Gabriel.

Anatomía adversa1

I

–Quiero aclarar que no soy supersticiosa.

–Es bueno saberlo, señora.

–Lo solicito a usted porque me han dicho que es detective.

La mujer recorre con sus ojos atentos la librería de viejos de Miguel Cancino, se acerca a un estante, escoge un libro, una página al azar y lee en voz alta:

–En memoria de Paulina de Adolfo Bioy Casares. No soy supersticiosa, pero de repente me sorprendo con coincidencias. Todo es por algo, dicen, pero ¿todo es por algo o esa frase es el típico lugar común del conformista?

–Tengo talento para creer en lo fantástico. Hasta hace un tiempo, lo extraordinario o irracional se circunscribía a esta librería y a las bibliotecas, pero hace unos meses me ocurrió un suceso inexplicable.

–¿Lo han seguido alguna vez, Miguel? –interrumpe la señora.

–¿Cómo dijo?

–No, nada. No sé por qué dije lo que dije.

–¿A qué se debe su visita?

–Necesito que averigüe algo.

Enciende un cigarrillo. Se sienta. Se pone de pie. Camina por el espacio redundante de libros, cajas y más cajas.

–Antes de empezar, quiero que entienda que no estoy loca –se sienta y apaga el cigarrillo–. Puede parecer una tontería, pero pretendo que averigüe algo que corrobore o refute mi hipótesis.

Miguel Cancino piensa que se da muchas vueltas, que su interlocutora no dice lo que los convoca, porque no está segura de que sea algo importante. También deja su mente divagar un poco más y concluye que el reconocimiento es regalado, inventado; la credibilidad, la fama y los méritos son una manifestación de cinismo o, tal vez, del azar. Los elogios se convierten en una costumbre de agradar y de esperar una vuelta de mano. En ese contexto, un problema puede ser inventado por las mentes que sobreviven en este mar de inseguridades y complejidades. Por eso entiende las evasivas, por eso las vueltas, no ir al punto.

–Lo que intento expresar, Miguel, es que lo que me pasa puede ser sometido a análisis; puede ser como no ser, es decir, necesita una interpretación.

La verdad es que existe la impresión de que ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, eso es solo una percepción. Apenas han transcurrido dos o tres minutos, pero la señora se hace esperar, porque no se siente segura de que sus palabras valgan la pena.

–La escucho.

–Yo soy mujer. Puede decirme María.

–María, usted es mujer.

–Lo toma con tanta naturalidad…

Nuevamente las vueltas por el reducido espacio, otro cigarrillo y Cancino que se impacienta. No porque esté apurado, él no tiene prisa. Lo que pasa es que no entiende lo que está sucediendo.

–¿Usted tiene pechos prominentes, Miguel?

–No, a no ser que engorde.

–¿A usted le miran el trasero sin disimulo?

–Creo que una vez alguien constató mi vergonzosa carencia.

–¿Es usted mujer?

–No que yo sepa, María.

–Yo soy mujer, Miguel, y por eso mis acciones se ponen en duda: si hago una pregunta, soy ignorante; si no entiendo lo que me dicen, soy idiota; si me enojo, estoy en la parte más molesta de mi ciclo. En fin, si le pido su ayuda, soy incompetente o estoy loca.

–No he dicho nada y solo deseo escucharla.

–No podré estar tranquila hasta que usted corrobore o refute mi hipótesis. Es decir, si no tengo claridad al respecto, puede ocurrir una desgracia.

La mira fijamente, prestando una atención que su timidez, generalmente, disuade. Constata que es una mujer que podría ser hermosa y no serlo; que podría estar y no estar loca; de ojos grandes, boca grande, nariz grande, pelo oscuro; atractiva, desordenada; una mujer que lo mira a los ojos, esperando ese intercambio, ese puente incierto entre la bruma de dos islas cercanas.

–Parecerá absurdo, pero tengo la impresión de que cada vez que saludo o converso con una persona específica, que ahora vamos a llamar XY, pasa una desgracia. Desde muertes a accidentes sin importancia.

–¿Cada vez que saluda a una persona? ¿Es decir, si conversa con alguien, esa persona sufre un daño, como la muerte o algún accidente menor?

–No. Me expliqué mal o usted no me prestó la debida atención. Cuando saludo o converso con el señor XY, sucede una tragedia, desgracia o accidente menor.

–Ejemplifique, por favor.

Esta vez Cancino enciende un cigarrillo y, mientras espera la respuesta de María, observa su entorno con cajas de libros sin ingresar en sus registros; nota su mesa atiborrada de apuntes, pensamientos y su tesis inacabada.

–La primera vez que supe que algo andaba mal o no andaba bien fue cuando, en el momento en que realizábamos un intercambio cordial de palabras sin importancia, se acercó la secretaria del señor XY y nos dio la lamentable noticia del suicidio de una colega.

–¿Por qué usted supo que algo andaba mal si, quizás, era la primera vez que ocurría una desgracia después de que conversaran?

–No sé. Solo me sentí responsable de lo que pasó. Pensé (irracionalmente, claro) que mi colega se había suicidado, porque nosotros estábamos hablando (lo que era verdaderamente absurdo porque su deceso fue la noche anterior). Pero una piensa lo que piensa sin hacerse tantas preguntas, o, más bien, siente lo que siente sin entender cuando se piensa. No sé si me explico bien.

–Se entiende perfectamente. ¿Y después? –dijo Cancino sin comprender.

–Después de ese trágico episodio, en otra oportunidad nos saludamos y una colega tuvo un infarto fatal; nos dijimos «qué tal» y hubo un atropello; nos constatamos cordialmente con otro saludo casual y cayó un aire acondicionado desde un segundo piso (afortunadamente sin víctimas fatales ni lesionados). Lo anterior, Miguel, se presenta como si el universo se confabulara en contra de nuestros cruces de miradas, saludos o palabras. Se produce una convergencia discordante, como si una fuerza adversa repeliera nuestras coincidencias.

–¿Siempre después de los encuentros casuales ocurre algo?

–No. Hay encuentros que no tienen consecuencias. ¿Cree, Miguel, lo que me pasa?

–Descartemos y seamos felices. Comprobemos o refutemos para que no le ocurra una desgracia.

–¿Cuándo empezamos? –María enciende y apaga un cigarrillo como un ritual de buen augurio.

II

Cancino deja su librería de viejos de Manuel Montt y camina por esa Providencia congestionada de hora punta. Compite con transeúntes que corren por sus futuros inmediatos. Toma el metro y piensa en un sueño que tuvo, donde se encontraba en una cena o cóctel y escuchaba a los garzones elegantemente vestidos, a la antigua, como actores de alguna película de la Gran Guerra. Ellos hablaban de un tema inquietante. Mientras recuerda, lo apretujan; algunas personas lo miran con desconfianza. El metro lo desconcentra de ese sueño donde escuchaba a los garzones que comentaban que en pocos minutos alguien apretaría un botón y los seres humanos, menos los cerebros del plan, perderían la memoria, dejarían de ser lo que eran, de pertenecer adonde pertenecían. Es decir, (y aquí comienzan las divagaciones de Cancino) las casas estarían vacías, porque ya nadie volvería a su lugar de origen; las familias se desintegrarían, porque la fuerza de la sangre no pasaría la prueba de la memoria; los colegios, los servicios, los ministerios desocupados; en fin, habría que crear solo casas de acogida para la humanidad, entes, zombis, gente sin pasado, sin memoria, sin identidad, sin nada. Sería una hecatombe, un infortunio. Y de vuelta a ese vagón de metro, recuerda la pregunta de María acerca de si alguien lo ha seguido y, claro que sí. Cuando investigaba a un tal Marcelo, el marido de una clienta, lo persiguieron, acosaron, pero esa era otra historia. Sin embargo, ahora se siente igual, porque a pesar de que esté distraído por el sueño, por el fastidio del viaje y la actitud hostil de los pasajeros, percibe una mirada diferente, una presencia distinta y no puede distinguir la fuente. Se baja del vagón para tomar otro aún más atiborrado de gente malhumorada. Por segundos, a pesar de la incomodidad, se duerme y se ve corriendo por Huérfanos entre una multitud. Finalmente, llega a Estación Central y piensa que nunca ha realizado un recorrido Manuel Montt-Estación Central tan extendido en el tiempo. Al asomarse a la Alameda colmada de gente, vendedores ambulantes y esmog, constata un atardecer frío y se asoma un mal presentimiento.

III

Se encuentra en la casa de estudios donde María se desempeña como docente. Se reúnen en la entrada y piden café instantáneo en algún kiosco de los tantos que hay por esos lados.

–Mi jefe es esa persona que debo evitar. Si converso con él se desencadenan tragedias de diversa gravedad.

–Creo que evadirlo es difícil –dice Cancino.

–No crea. Está muy ocupado. Rogelio es el director de carrera.

–Lo que haremos es que usted irá a verlo y esperaremos alguna consecuencia de ese encuentro.

–Pero ¿qué le digo?

–Háblele de una modificación de su horario, de un permiso; refiérase a algún proyecto, a algún alumno o calificación, por ejemplo.

IV

María se acerca a la oficina de su jefe, habla con Francisca, su secretaria. Ella le dice que espere, que no sabe si la atenderá. La señora toma su teléfono, anuncia a la docente y le hace un gesto para que no se retire.

Mientras María intenta recurrir a alguna excusa, algún tema, proyecto o problema a tratar, en tanto que recorre sus archivos mentales enmohecidos por la urgencia, la secretaria interrumpe su desesperación y le indica que puede pasar.

–Buenas tardes, señor.

–Tutéame, mujer.

–Buenas tardes, Rogelio.

–Esto es una coincidencia, porque quería conversar contigo de un asuntito. Luego me hablarás de tu visita imprevista.

V

Cancino, por su parte, va a la facultad donde trabaja María y comienza sus averiguaciones.

¿Suicidio? Sí, la docente se llamaba Victoria. Se asume que estaba endeudada y recibía amenazas o era chantajeada. Ella era bastante tímida o extraña. El detective no puede profundizar en el tema de la extorsión.¿Infarto? Sí, sorpresivo. Mujer joven, salud promedio, quitada de bulla, tranquila. Quizás un poco paradójica, pero buena profesional.¿Atropello? Sí, nada grave. Un susto y contusiones ahora inexistentes.¿Aire acondicionado? Sí, un asunto de mantención. Un descuido involuntario de la administración. No se volverá a repetir.

El detective va a su escuela, donde él había comenzado y aprobado los cursos de Pedagogía. Solo le faltaba terminar la tesis. Busca a Rosita, la secretaria de asuntos académicos. Ella responde sus preguntas; de repente, duda, llama a otro informante y asiente porque sabe que Cancino es un investigador serio, un muchacho atento, buena persona, que si pregunta es por algo y porque las cosas aquí ya no son como antes: mucha corrupción y acoso sexual; mucho amiguismo y abusos. No en su facultad, claro, pero en otras, la cosa es seria.

¿Chantaje? Sí. La señora Victoria era amante de su jefe. Nadie ignoraba esa situación, incluso la señora Jeanette estaba en conocimiento del romance. (Jeannette es la mujer de don Rogelio y académica de la misma facultad que la de su marido). Victoria tenía hijos, un buen esposo que la quería. Todos se preguntaban por qué Victoria arriesgaba su realidad por don Rogelio tan desagradable, mujeriego, incompetente, en fin. Al parecer, la extorsión la enfermó y no soportó que su esposo (en esa fecha cesante) dejara de quererla y admirarla. Se dio cuenta de que el chantaje no acabaría y prefirió perder su vida sin luchar. Optó por no saber, no afrontar; prefirió evitar la incertidumbre de la culpa; quiso echar por la borda a su familia y a sus hijos, porque no soportó la cara de su marido al enterarse de sus días y noches traicioneras y contradictorias.¿Infarto? Sí. Mujer, joven, casada con hijos. Se llamaba Paola. Presuntamente, fue amante del picaflor de don Rogelio. La profesora era tímida, no hablaba con nadie. Era insólito pensar que una mujer tan capaz se interesara en un hombre como don Rogelio.¿Atropello? Sí. La víctima fue la señora Jeanette. La académica no tuvo heridas graves, solo un gran susto.¿Aire acondicionado? Sí. Cayó de la oficina de la docente Jeanette. Un asunto, probablemente, de competencia interna. No dañó a nadie.

VI

Cancino sale de su facultad y, bajando la escalera, constata una cáscara de plátano que podría causar un grave accidente, es decir, los hipotéticos efectos están a la vista si el detective no recoge el residuo. Una tragedia mediana, con consecuencias considerables. Duda un poco. En otras palabras, no sabe si esto es la persecución fantástica de su clienta (que él algunas veces comparte), es un atentado o una coincidencia. Esto último se podría relacionar con lo primero.

Moderadamente alterado, llega al kiosco donde compartió un café instantáneo con María, y para su sorpresa, comprueba que ella aún no ha llegado. Pide otro café, enciende un cigarrillo y ordena los testimonios.

Claramente hay un asunto de faldas y pantalones en este asunto. Enfáticamente (aunque siempre la duda es un elemento a favor) se puede descartar todo elemento fantástico, es decir, no habría prodigio alguno. La lectura literal consiste en que Rogelio se involucra con funcionarias. Luego, la señora de este le sigue la pista y castiga a las mujeres que lo hacen pecar. Por lo menos, esa es la interpretación compartida, el consenso, la opinión presentada en el discurso aparentemente objetivo de Rosita. Pero no hay pruebas y, al parecer, la investigación se encuentra estancada.

Según testigos, el director de carrera es desagradable física y sicológicamente; su retrato es nefasto. Por lo tanto, el sexo con él se puede pensar que es la manera de alcanzar ascensos o mejoras laborales, porque es inadmisible que una mujer se enamore de él; es imposible que una mujer sienta alguna atracción por Rogelio; es prácticamente improbable que una mujer no sienta repulsión por él (y eso que no se debe generalizar, pero, al parecer, estas coincidencias no se discuten en este caso).

Cancino siente, de pronto, una incomodidad similar a la del vagón del metro. Mira a su alrededor, no ve nada extraño; calcula que María podría llevar aproximadamente media hora en la entrevista con su jefe. Prosigue con sus reflexiones y recuerda dos métodos literarios de investigación.

El primero es la famosa Crítica policial de Pierre Bayard, quien señala que, a través de un tipo de crítica bastante original, es posible cuestionar los veredictos de los detectives ficticios. Este ejercicio le permite pensar que sus casos reales son escritos por alguien, son invenciones de una persona que considera que no tiene nada mejor que hacer que crear personajes y situaciones aparentemente verosímiles. De esta forma, puede elaborar los escenarios posibles según la prueba de verosimilitud. Es decir, le da la libertad de desestimar la opinión general, el rumor, la historia oficial del romance, para suponer más interpretaciones, quizás, mucho más probables que lo que el consenso señala. Lo anterior lo relaciona con La aventura de las pruebasde imprenta de Rodolfo Walsh, donde se advierte que un mismo indicio podría ser correctamente interpretado de varias maneras, varias formas. Entonces, aplicando estos procedimientos teóricos, podría indagar otra clave para el suicidio; podría buscar una disociación entre los discursos, un contrasentido. Sin embargo, nuevamente surge esa sensación extraña de ser acechado por alguien.

Cuando olvida su latente malestar, moldea una hipótesis que consiste en que el jefe es chantajeado, que él es la víctima de su debilidad, que las mujeres lo seducen, él cae, lo extorsionan y viene su mujer Jeanette en su auxilio, con estos accidentes, amenazas y lo que sea necesario para causar abatimiento. No cabe duda de que Jeanette está detrás de todo. En la totalidad de los análisis, su nombre concuerda a la perfección.