De vuelta a la vida - Max Winter - E-Book

De vuelta a la vida E-Book

Max Winter

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Beschreibung

Tras cien años en coma, un ciudadano vienés despierta en 2025 en un mundo que nada tiene que ver con el que conoció en su día. La guerra ya no existe, las fronteras han sido suprimidas y los países del viejo continente forman los Estados Unidos de Europa. Su institución más importante es el Ministerio de la Amistad Universal, que estrecha lazos con las naciones de los demás continentes. Los ciudadanos trabajan seis horas al día y aprovechan el resto del tiempo para formarse, para cultivar la educación física o para alimentar su cultura espiritual. Cada uno se dedica a lo que le gusta y responde a sus talentos e inclinaciones. «De vuelta a la vida» es la cándida y vibrante proyección de un mundo mejor, más justo y más feliz. Por un lado, nos permite intuir la vitalidad y la efervescencia de una época en la que aún se escribían «utopías» socialistas como esta, en parte inspirada en los logros y progresos de la llamada Viena roja de los años 1920-1934. Por otro, nos obliga a constatar cuán alejados estamos de esa casi siempre grata ficción que se desarrolla a lo largo de sus páginas.

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Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Título original:

Die lebende Mumie.

Ein Blick in das Jahr 2025

 

 

Pepitas de calabaza s. l.

Apartado de correos n.° 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© De la presente edición, Pepitas ed.

© De la traducción y el prólogo, Richard Gross

Cubierta: Félix Vallotton

ISBN: 978-84-19689-33-7

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, noviembre de 2025

Índice

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Prólogo

La casa de la momia viviente

El plan del doctor Meister

El bebé centenario

De los días viejos y nuevos

La primera caminata por el bosque

La radio, gobernanta universal

Un paseo por el hogar de convalecencia

La economía europea planificada

El mundo sin dinero

Un mundo sin palizas

En el jardín de infancia

La sala de cristal y el pabellón Victor Adler

En la escuela alpina al aire libre

Con los mil justos

El año de intercambio

El alcalde del pueblo

La victoria sobre la ceguera

El sol revolucionario

De cómo se capturó el sol

La gente de a pie, los grandes hombres y mujeres de Europa, la justicia

Sobre el modo de educar a los seres humanos

El ciudadano Richard Fröhlich

Guide

Cubierta

Título

Start

Prólogo

VIENA, MAYO DE 1919. El Partido Obrero Socialdemócrata (SDAP) gana con mayoría absoluta las primeras elecciones democráticas al Ayuntamiento. El órdago al que habrá de hacer frente el nuevo cabildo es considerable. De haber sido el centro neurálgico de un imperio multisecular —el austrohúngaro— que se ha desmembrado a consecuencia de la Gran Guerra, la ciudad ha pasado a ser la capital de una república —la de Austria— que en extensión es ocho veces más pequeña que el imperio caído y ya no cuenta con las prósperas regiones agrícolas ni con buena parte de los focos industriales del pasado. Las secuelas de la conflagración bélica pueden observarse en sus calles. Vagan por ellas personas tullidas, demacradas, indigentes y andrajosas. La hambruna campa a sus anchas. Enfermedades como la gripe o la tuberculosis han adquirido dimensiones epidémicas y causan una elevada mortandad. La inflación se ha desbocado y hace empobrecer a amplias capas de la población. El paro ha alcanzado cotas desconocidas. La llegada masiva de refugiados oriundos de los territorios de la antigua monarquía agrava la lacerante escasez de viviendas que la metrópoli viene padeciendo desde hace décadas.

Cercado por las adversidades, el ayuntamiento emprende una política inspirada en su ideario socialista, a caballo entre el reformismo y la revolución, que abarca un ambicioso programa de medidas sociales, sanitarias, educativas, culturales y, sobre todo, habitacionales sin parangón en la historia de la ciudad. Para mitigar la acuciante lacra del hambre, se ponen en marcha cocinas y comedores populares que abastecerán preferentemente a párvulos y niños en edad escolar, pero también a personas necesitadas y jubiladas. Al objeto de reducir el desempleo, se lanza un sostenido plan de construcción de vivienda pública que apuesta por el empleo del ladrillo (en vez del hormigón armado), más intensivo en trabajo y, por tanto, capaz de absorber mayor cantidad de mano de obra. Desde la Oficina de Bienestar, instituida expresamente para el fin que su nombre indica, se impulsa la creación de una tupida red de centros asistenciales, como puestos de atención contra la tuberculosis (cuya acción reduce la tasa de afectados a la mitad del promedio del país), puestos de asesoría materna (que hacen caer notablemente el índice de mortalidad neo y posnatal) u hogares de juventud destinados a prevenir la exclusión social de los menores procedentes de familias pobres. Se acelera la construcción de guarderías y jardines de infancia (tan solo en 1926 se habilitan 34, y en 1932 su número total ascenderá a 111, frente a los veinte que había en 1920); estos centros serán frecuentados por unos diez mil niños, y en ellos los menores reciben alimentación y atención médica y bucodental, además de estar al cuidado (a partir de 1927) de puericultoras de formación. Se edifican y se municipalizan hospitales generales; se crean clínicas infantiles y obstétricas; se ofrecen colonias de vacaciones y estancias en balnearios curativos; en numerosos barrios obreros se construyen instalaciones de deporte y piscinas (diecisiete tan solo entre 1925 y 1928), tanto al aire libre como cubiertas. Todos estos servicios son gratuitos o de bajo coste para sus usuarios.

La gratuidad o asequibilidad caracteriza también a la educación: no se cobran matrículas escolares, y los libros de texto y demás medios didácticos no suponen gasto alguno a las familias, en orden a minimizar entre los alumnos toda discriminación por origen social. En las escuelas se ensayan pedagogías novedosas (por ejemplo, el método Montessori), se instaura la figura del consejo de padres y se consiente la participación del alumnado en las decisiones que atañen al régimen educativo. Entre las características de la nueva pedagogía, destacan la eliminación de la violencia física en las aulas, la supresión del papel de la Iglesia (la materia de catequesis deja de ser obligatoria) y una enseñanza centrada en la realidad que envuelve a los niños. Para los adultos, se abren bibliotecas obreras e instituciones de educación popular, y se desarrolla un amplio tejido de asociaciones de ocio, como coros o clubes de ajedrez, fotografía, música, teatro, cine, montañismo, deporte, etc.

Pero es en el ámbito habitacional donde más salta a la vista el empeño transformador de aquella socialdemocracia vienesa. En los quince años durante los que ostenta el poder, nacen sesenta y cinco mil viviendas públicas, agrupadas, en su mayoría, en 348 bloques (Höfe), cada uno de ellos dotado de un abanico de equipamientos comunitarios, tales como guarderías, jardines de infancia, áreas de juego para niños, zonas verdes con árboles y flores, salas de encuentro, baños, bibliotecas, salas de lectura, lavanderías, ambulatorios, consultorios médicos, farmacias, talleres, cooperativas de comestibles y estafetas de correos; algunos incluso tienen escuela, sala multifuncional para cine, teatro y conciertos, piscina y pabellón de deporte. Esta vivienda propiedad del municipio está a disposición de los necesitados a cambio de un alquiler módico perfectamente asumible; de hecho, se sitúa en niveles tan bajos que el mercado urbano de la renta inmobiliaria, dominado por el abuso y la especulación, termina por hundirse. No obstante, se trata de complejos residenciales de calidad, luminosos y bien ventilados, hechos con buenos materiales, cuidados en los detalles y los acabados; complejos en los que la intervención de la mano artista de escultores, diseñadores y herreros desempeña un papel importante, ya que los promotores de esta arquitectura buscan aunar belleza y justicia social. «Es asombroso y en suma medida admirable lo que se ha creado aquí de ejemplar desde el punto de vista higiénico, estético y social, algo que no ha sido superado por ninguna ciudad del mundo», sentencia en 1932 el escritor y premio nobel Thomas Mann, nada sospechoso de izquierdista.

Esta política del bienestar es posible gracias a la triplicación del gasto con respecto al período prebélico, y se basa en una fiscalidad altamente progresiva. Tras la separación administrativa del land de Baja Austria en 1920, Viena goza de una amplia autonomía tributaria e implanta el Impuesto para la Construcción de Vivienda, el cual está concebido de tal manera que los propietarios del 0,5 por ciento de los inmuebles arrendables más caros aportan el 44,5 por ciento de la recaudación total. Además, se crea un impuesto de lujo que grava toda clase de bienes y consumos de este tipo, como la tenencia de personal doméstico, automóviles o caballos, las carreras hípicas, las subastas de arte, las apuestas, los prostíbulos, las habitaciones de alquiler, el despacho de cerveza y un largo etcétera. En 1927, las tributaciones por concepto de lujo representan el 36 por ciento de la recaudación global del municipio. Valga, para ilustrarlo, un ejemplo palmario: con la carga impositiva que recae sobre las cuatro pastelerías más grandes de la ciudad se financian las clínicas dentales escolares, mientras que los lupanares e hipódromos sufragan el coste de todos los centros de obstetricia. Ni que decir tiene que semejante política impositiva, amén del resto de medidas encaminadas al fortalecimiento del mundo obrero y la democratización del espacio público, suscitan la furibunda oposición política, mediática y, en últimas, golpista y mortífera de los bandos cristiano-social y nacionalsocialista. Hugo Breitner, por ejemplo, concejal de Finanzas (1920-1932) y artífice de la arquitectura fiscal esbozada arriba, es calificado de «bolchevique tributario» y vilipendiado con alusiones y caricaturas antisemitas (era judío y, antes de entrar en política, había sido director de la entidad financiera Länderbank). Entre los días 12 y 15 de febrero de 1934, la artillería pesada del Ejército, comandado por el canciller autócrata Engelbert Dollfuss y secundado por las milicias paramilitares del Heimwehr, pone fin a la llamada Viena Roja.

Es este contexto el que marca la vida y obra del autor de la presente novela.

MAX WINTER, segundo hijo del matrimonio formado por Hildegard y Julius Josef Winter, nace en el concejo húngaro de Tárnok el 9 de enero de 1870. La madre es modista, y el padre, funcionario de los ferrocarriles regio-imperiales. En 1873, la familia se traslada a Viena, donde Max se criará en condiciones humildes. Ingresa en el instituto de secundaria, pero lo abandona a los quince años de edad para iniciar un aprendizaje mercantil y cursar estudios en la escuela de comercio. Seguidamente, asiste a lecciones de Filosofía, Historia y Economía Política en la universidad, aunque no se licencia en ninguno de estos estudios. Entre 1886 y 1890, escribe más de doscientos poemas que nunca publicará, e inicia sus primeros balbuceos en el periodismo. En 1893 se incorpora a la redacción del recién fundado Neues Wiener Journal. Sus crónicas, centradas en la Viena de los marginados, y una serie de artículos dedicados a los niños hambrientos que malviven en la ciudad suscitan la atención de los líderes socialdemócratas Victor Adler y Friedrich Austerlitz. Lo invitan a colaborar con el diario Arbeiter-Zeitung, el principal órgano de expresión del SDAP. Empieza a trabajar en la sección dedicada al ámbito de lo judicial, donde aprende la importancia del rigor probatorio y de la contrastabilidad de la información, rasgos ambos que caracterizarán la cobertura que llevará a cabo. Poco a poco va publicando, en este mismo rotativo, sus «reportajes sociales», una temprana forma de periodismo encubierto o de infiltración que destapa y denuncia realidades tan dispares como la explotación infantil o las circunstancias laborales que oprimen a los tejedores silesianos, los mineros de Estiria, los leñadores de la selva de Bohemia, los tramoyistas de teatro, las comparsas de la ópera, los escribidores a sueldo de folletines, etc.; unos reportajes, en definitiva, que documentan la calamitosa situación del proletariado en las postrimerías de la monarquía de los Habsburgo. Los relatos de Winter sobresalen por el conocimiento exacto de los hechos sociales y económicos, conocimiento que adquiere a través de investigaciones exhaustivas e incursiones físicas en los escenarios que se propone describir. Para las mismas recurre a métodos poco convencionales en su época, como lo son el uso del disfraz o la adopción de identidades falsas. Por ejemplo, para poder describir el día a día de los reclusos en prisión, se hace pasar por un sintecho y consigue que lo encarcelen; o se sumerge en las cloacas de la canalización urbana bajo la máscara de un vagabundo para narrar la actividad de los rastrilladores de grasa y huesos que abastecen a la industria del jabón. Pero sus «estudios», «pesquisas» o «viajes de inspección», como llama a sus escritos, no se limitan al territorio de la monarquía; realiza largos periplos por Alemania, Italia, Francia, España o Gran Bretaña, siempre pluma en ristre y con el cuaderno de apuntes en el bolsillo de la chaqueta. Por mor de verosimilitud y en sintonía con los personajes que plasma sobre el papel, emplea un lenguaje coloquial y contundente que refleja de la manera más fiel posible el habla de los testigos que entrevista, lo que resulta de gran eficacia estilística e interpela poderosamente al público lector. Tras varias colecciones de reportajes aparecidas en los años previos, publica en 1905 la recopilación Im unterirdischen Wien [En la Viena subterránea], que conoce cuatro ediciones y granjea a Winter el elogio del escritor Alfred Polgar, quien lo califica de representante de la Nueva Objetividad, corriente literaria que tendrá su auge en los años veinte del nuevo siglo. Los alrededor de mil quinientos reportajes que Winter escribirá a lo largo de su vida lo convertirán en pionero del género en el área de la lengua alemana. También en 1905 compone, en coautoría, la obra de teatro Eine g’sunde Person [Una personita sana], que se representará con éxito en varios teatros de la ciudad. De 1914 a 1918 oficia de redactor jefe de la edición vespertina del Arbeiter-Zeitung.

Como afiliado al SDAP y en virtud de su compromiso político y social, en 1911 es elegido al Reichsrat, la cámara parlamentaria del Imperio, en la que ocupará escaño hasta 1918. Una vez abolida la monarquía, pasa a ser diputado de la Asamblea Nacional Provisional, y en 1919 ingresa en el Ayuntamiento de Viena, en el que desempeñará por espacio de cuatro años funciones relacionadas con el urbanismo, la asistencia social y la educación, así como el cargo de vicealcalde durante un breve período. Hasta 1933 será miembro de la cámara de representación territorial del Parlamento. Como político, hace del bienestar infantil su principal caballo de batalla. Es cofundador y promotor de la organización Amigos de los Niños, que logra anclar en el organigrama del SDAP y presidirá hasta 1930. En esta función requisa, en 1919, dependencias en el edificio central del Palacio de Schönbrunn para instalar en ellas un hogar infantil y una «Escuela de Educadores», donde impartirán clases profesores de la talla de Alfred Adler o Karl Kautsky. También organiza colonias para niños, escribe cuentos y obras de teatro infantiles, lanza una iniciativa con el fin de crear bibliotecas específicas para este grupo etario (las llamadas bibliotecas piedra de molino) y pronuncia, tanto en Austria como en el extranjero, multitud de conferencias en las que defiende una pedagogía libre de violencia, propiciadora del desenvolvimiento físico y anímico de los pequeños y enfocada al desarrollo de su espíritu cívico y colectivo. Winter reivindica una estructura de la educación que ponga fin a la «anarquía de la crianza» y vaya acompañada de la implicación de los padres. Entre 1925 y 1930 encabeza la Internacional Educativa Socialista.

El compromiso social y político de Winter tampoco obvia la emancipación de la mujer: en 1923 funda, junto con Paula Hons, el semanario femenino Die Unzufriedene [La descontenta]; concebido originariamente como medio de apoyo propagandístico al SDAP para la campaña de las elecciones generales de 1923, la revista experimenta un éxito abrumador y perdurará más de dos décadas, alcanzando en 1931 una tirada de ciento cincuenta mil ejemplares (sobrevive, bajo otro nombre y con un viraje ideológico radical, el período del austrofascismo y no desaparece hasta 1944). «En el descontento estriba el progreso de la humanidad. Si las mujeres quieren avanzar, tienen que estar descontentas», dice Winter en el artículo inaugural de la primera edición.

Para febrero de 1934, lo invitan a dar una serie de conferencias en Estados Unidos. Consigue viajar a pesar de la frustrada sublevación de los obreros austríacos contra la autocracia de cuño fascista y la consiguiente persecución de los afiliados socialdemócratas. El tema culminante de sus conferencias es la situación política en Austria. El 4 de marzo habla en el neoyorquino Carnegie Hall ante tres mil oyentes y llama al canciller Engelbert Dollfuss «asesino de obreros». Un miembro del consulado austríaco, presente entre el público, notifica esta acusación a las autoridades de su país, y el 17 de diciembre el Gobierno de Viena le retira la nacionalidad por «conducta antipatriótica en el extranjero», además de confiscar sus bienes. Por esas fechas reside ya en Hollywood (Los Ángeles), donde trata de sobrevivir escribiendo. Envía guiones a Max Reinhardt y Charles Chaplin, pero estos desestiman sus propuestas. Se ofrece como contador de cuentos en jardines de infancia. Su Correspondencia californiana (más tarde retitulada Correspondencia cosmopolita) llega a un público escaso. Muere empobrecido el 11 de julio de 1937 en un hospital de la ciudad. Sus exequias se celebran en septiembre del mismo año en el cementerio protestante del barrio vienés de Matzleinsdorf. Aunque no se pudo anunciar oficialmente el sepelio, y pese al fuerte despliegue policial, miles de personas acuden para darle el último adiós. El epitafio de su lápida dice así: «Su palabra abogaba por la libertad y el derecho. / Su pluma servía a los ignorados y desheredados. / Su corazón, empero, latía por los niños».

DE VUELTA a la vida vio la luz en 1929 en la editorial berlinesa E. Laubsche Verlagsbuchhandlung, que publicaba clásicos del pensamiento socialista, y es la única novela de Max Winter. Tiene por subtítulo «Una mirada al año 2025», con lo que de entrada se avisa del tipo de lectura que nos aguarda y de la precaria verosimilitud de lo que nos aprestaremos a leer. Uno se ve inducido a esperar un discurrir fantasioso alejado de la realidad, un cúmulo de alucinaciones de trazo enfático e hiperbólico que redunden en una chocante deformación de cuanto conocemos por experiencia, la fabulación de un mundo erigido sobre el siempre resbaladizo terreno de las profecías y especulaciones acerca del porvenir; en definitiva, un más o menos improbable escenario futurista, ya de tintes apocalípticos si adopta la faz de la distopía, ya con visos de ese falso idilio o bella patraña que solemos asociar al concepto de utopía. Bastará con adentrarse en las primeras páginas del libro para comprobar que no es a un no lugar cataclísmico al que su autor nos conduce, sino que la panorámica que despliega es diametralmente opuesta, casi arcádica: la de un universo grato y amable dominado por la paz y la concordia, la justicia y el bienestar social, y con adelantos técnicos francamente alucinantes para cualquier lector de la época. Nada nuevo bajo el sol, pues; nada que se salga de la horma del género inaugurado por la Utopía de Tomás Moro en 1516 y continuado por seguidores más o menos ilustres, como Bacon, Swift o Wells. ¿De veras ninguna novedad con respecto a sus predecesores? Si mis investigaciones no me engañan, la respuesta ha de ser negativa. Dejando de lado el hecho de que las novelas utópicas acostumbran a estar ambientadas en lugares distantes e indeterminados (con la excepción de Bellamy, que localiza la trama en la ciudad norteamericana de Boston), lo que une a sus autores es que no tienen ninguna relación biográfica o vivencial con el contenido de sus ficciones. Guardan con estas un vínculo meramente intelectual, ético o estético, pues están interesados, quién lo negaría, en el advenimiento del mundo mejor que han pergeñado negro sobre blanco. Pero sus obras no son emanaciones de una conexión fáctica, orgánica e inmediata con la realidad ficticia y futura moldeada en sus libros. No así De vuelta a la vida. Su creador, en su triple faceta de periodista, activista y hombre político, estuvo comprometido y compenetrado con el mundo que describe en su obra: el de la Viena Roja, alumbrado y sostenido por un movimiento progresista que sentó las bases de esa sociedad más libre y más justa que podría haber sido y no fue (debido a circunstancias ajenas a él y no por efecto de la acción propia, como ocurrió en la Unión Soviética, por ejemplo). En su narración, Winter simplemente proyecta sobre un horizonte lejano el devenir de los cambios que ha vivido y protagonizado en la capital austríaca desde el mismo comienzo de la República. Extrapola hacia el futuro sus propias experiencias y las de cientos de miles de coetáneos suyos, y lo hace con sobriedad y claridad estupefaciente (valga el oxímoron). Su operación literaria parece poder formularse como una vulgar regla de tres: si hasta 1929, año en que sale la novela y se cumple el primer decenio de gestión socialdemócrata, se ha logrado dar vivienda asequible a casi el diez por ciento de la población urbana, ¿cuántos años se necesitarán para poder ofrecer un hogar digno a la mayoría de los vieneses? Si en ese mismo período se ha conseguido bajar la mortalidad infantil a la mitad, ¿qué lapso de tiempo se precisa para disminuirla a cero? Si, siempre en el mismo par de lustros, se construyeron veinticinco piscinas públicas y se habilitaron sesenta bibliotecas obreras para mejorar la higiene corporal y el cultivo del espíritu, ¿cuántas instalaciones de este tipo pueden crearse en veinte, treinta o cuarenta años? Y así de seguido, aplicando como variables todos los indicadores de bienestar social, convivencial, cultural, mental, físico, etc. De modo que un obrero vienés de finales de los años 1920, testigo y beneficiario de los avances sociales y materiales que ha visto fraguarse a su alrededor en muy pocos años, muy probablemente hubiera formulado acerca de la presente novela un juicio del todo distinto al de un lector de otros lugares o al de la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos y, tal vez, de nosotros mismos. Seguramente habría dado por plausible y hacedero el orden de las cosas presagiado por Winter. Y si ese supuesto obrero tenía nociones elementales de historia de la filosofía (adquiridas en una de las numerosas escuelas superiores populares o gracias a las lecturas a las que podía acceder en las doscientas bibliotecas que ofrecía la ciudad en 1934), la ficción winteriana quizá se le hubiera antojado la encarnación misma del hegeliano espíritu del mundo o del marxiano cumplimiento de la historia. Por tanto, ese hipotético lector no tomaría De vuelta a la vida como una propuesta de evasión para huir de las tristezas del presente —una de las funciones que se atribuyen al género utópico—, sino que, antes bien, vería en esta novela la prefiguración de una deseable y nada ilusoria realidad venidera.

Sabido es que el proyecto no se hizo realidad. Primero el fascismo, luego el nazismo y después el capitalismo de la Segunda República austríaca (junto a la marginación del ala izquierda del partido político promotor de aquellos cambios, el aburguesamiento de sus cuadros y el distanciamiento de sus bases electorales) truncaron la efervescencia vienesa. La cotidianización de la utopía que se inició a principios de los años 1920 se quedó lejos de la meta que Winter traza en su refrescante novela. Pero lo alcanzado está ahí, a la vista de los transeúntes. «El día que ya no estemos, estas piedras hablarán por nosotros», dijo el alcalde Karl Seitz en 1930 con motivo de la inauguración del Karl-Marx-Hof, obra señera de aquella política constructora y, con su mole de más de mil cien metros de longitud, el edificio residencial más largo del mundo. Gracias a él y a otros complejos de pisos comunales de la época, el municipio de Viena es hoy el mayor propietario de viviendas de Europa: sus doscientas veinte mil unidades dan alojamiento a la cuarta parte de la población de la ciudad, es decir, a medio millón de personas. Y lo que no es menos importante: los alquileres que pagan sus inquilinos están muy por debajo de los precios de mercado y no llegan ni a la mitad de los niveles registrados actualmente en Madrid o Barcelona —por poner dos ejemplos cercanos—, pese a los picotazos cada vez más salvajes de los fondos buitre que se abaten sobre el patrimonio inmobiliario. De la fuerza de aquella corriente del pensamiento y de la acción continúan hablándonos también las «piedras» integradas en hospitales y piscinas, escuelas y bibliotecas, instalaciones de deporte (entre las que destaca el Praterstadion, con un aforo inicial de sesenta mil plazas, donde el Austria-Alemania disputado en 1931, el año inaugural, terminó con un rotundo 5-0 a favor de los locales) y las casas unifamiliares del movimiento de colonos y jardineros...

Lo que queda por lograr está bellamente descrito en De vuelta a la vida y cuenta con el aval de su autor, quien vio alumbrar una gesta social de dimensiones inauditas. Que nadie diga que el futuro imaginado por Winter es imposible. Que nadie sentencie «el hombre no es un pájaro / jamás el hombre podrá volar», palabras que, en un poema de Bertolt Brecht, pronuncia en los albores de la era moderna el obispo de la vetusta ciudad de Ulm al recibir la noticia de que un sastre seguidor de Ícaro se ha estrellado mortalmente en su intento de vuelo. Que nadie se pliegue ante los agoreros del poder, quienes siempre niegan la factibilidad de cuanto parece un ensueño. No dejemos el futuro en sus manos. Leamos De vuelta a la vida para que nos preste alas para los difíciles tiempos que corren.

RICHARD GROSS

De vuelta a la vida

La casa de la momia viviente

EN EL HOGAR COMARCAL de convalecencia, sito en el pinar, debió de acontecer algo insólito. Las enfermeras caminaban con caras serias y solemnes, y los médicos, al cruzarse sus pasos, no se saludaban como si fuera un día cualquiera, sino que mantenían un breve intercambio de palabras. Sus semblantes expresaban lo mismo que los rostros de las enfermeras: alegría a la par que grave preocupación.

—¿Ya lo sabe, amigo? Ha despertado a la vida. Vengo de verla... —dijo el médico jefe al joven facultativo con el que se había encontrado en un camino del bosque—. Ahora esto se pone serio. Hasta la fecha, la momia no era para nosotros más que un fenómeno de la naturaleza, una aparición extraña, un ser humano adelgazado hasta los huesos e inmóvil, pero que no se apagaba y cuyo corazón latía...; ahora, sin embargo, ha abierto los ojos después de un sueño centenario y... —el médico jefe frunció el ceño adustamente— ha dejado de ser una aparición..., se ha convertido en una persona, y nuestro flaco arte está llamado a atizar el tenue rescoldo de vida.

El veterano galeno estuvo en un tris de ponerse poético.

—Marianne no se ha apartado de su lecho un solo instante desde que ha abierto los ojos. No ha dado un paso fuera de la «villa».

Así era como los médicos del hogar de convalecencia llamaban al solitario pabellón ocupado en exclusiva por la «momia viviente», a la que velaban día y noche desde hacía veinte años. Sobre el plano del establecimiento, la «villa» tenía el nombre de «casa de la momia viviente», del mismo modo que otros edificios del hogar de convalecencia dispersos por el pinar llevaban topónimos locales como «casa de la buitrera», «casa de los tres pinos» o «casa del lago del bosque». Desde mucho tiempo atrás, la administración de salud había roto con la vieja costumbre de designar con números las distintas casas destinadas a recuperar para la vida a personas enfermas.

Antes de que Richard Fröhlich fuese ingresado en la misma, la casa se llamaba «sortilegio de la selva», porque la recubría casi por entero una clemátide de sutiles cogollos; la planta invadía hasta el tejado. Parecía como si miríadas de bolas de nieve plateada treparan por tallos tiernos sobre la casita, y el verde oscuro del pinar constituía un majestuoso telón de fondo.

Lo que aquel mágico encanto prometía por fuera, el interior de la casita no lo desmentía. Constaba de una sola planta dividida en cuatro salas que se encontraban media docena de escalones sobre el suelo. La sala principal tenía un par de ventanas, ambas orientadas al sur. Una abundante luz solar anegaba las estancias.

Hacía cuatro lustros que reposaba allí Richard Fröhlich, el durmiente eterno, internado ocho décadas antes en diversos hogares de convalecencia universitarios o metropolitanos, en los que no se había conseguido despertarlo del sueño narcótico en el que cayera en el año 1925. Se trataba de uno de aquellos jóvenes paladines que se habían encomendado a un torpedo aéreo para, cabe suponer, derivar hacia la zona de atracción de otra estrella. Fue salvado por unos pescadores malayos junto con su torpedo. Los médicos más famosos realizaron vanos esfuerzos por devolver a Richard Fröhlich a la vida.

Desde entonces había transcurrido exactamente un siglo, y lo que al principio parecía un asunto al que la naturaleza no tardaría en señalar una salida, en el curso de los días, semanas, meses, y luego años y décadas, se fue convirtiendo en un misterio casi irresoluble planteado al intelecto humano y al arte médico. Richard Fröhlich mantuvo su condición de fenómeno y problema durante esos cien años. Su sueño duraba ya tres generaciones, y los exámenes clínicos de cada día, los lavados, los baños eléctricos de baja intensidad, los masajes, la alimentación artificial que se le inoculaba en forma de extractos no habían sido capaces de despertarlo.

Médicos y enfermeras se dedicaban con celo creciente a este extraño caso que, como si de un milagro se tratase, atraía a especialistas del globo entero, deseosos de ayudar a solventar el misterio. Pero ninguno lo había logrado todavía.

—Lo que le ha restituido la vida probablemente se convierta en un misterio eterno —continuó el médico jefe—. Marianne solo estuvo un momento en su cuartito de enfermera, junto a la habitación de Richard, y cuando volvió a entrar, él la miró con ojos enajenados y levantó levemente el brazo izquierdo. Marianne llamó enseguida al médico que cumplía turno al lado, y los dos se acercaron con prudencia a la cama.

—¿Y Richard?

—Sus labios se movieron. Marianne y el médico oyeron un murmullo incomprensible. Y ha seguido así hasta ahora. No obstante, tenemos la esperanza de salvarlo... ¡Figúrese lo que significaría ganar un testigo vivo de la época del más abominable extravío del hombre, un testigo de la gran carnicería humana perpetrada entre 1914 y 1918!

»Seguramente ya se esté consiguiendo nutrir con leche materna a nuestro hijo centenario... Nuestra mejor nodriza de la casa de maternidad se ha ofrecido a poner a disposición sus reservas sobrantes... ¿Pero la tomará él de forma continua? ¿No recaerá?

—Confiemos en ello.

—El ama de cría ya se ha trasladado con su niño al cuarto de huéspedes de la casa de la momia, y cada dos horas le extraen la leche y se la administran, aún caliente, a nuestra gran criatura. La sorbe con avidez, como la bebida materna. Esta es nuestra gran esperanza.

—¿Así que usted también confía?

—Sí, doctor Corbett, confiamos en que Richard será devuelto por completo a la vida. Pero ¿quién sabe? El cúmulo de impresiones nuevas podría hacerlo enloquecer ante la realidad contemporánea. No olvidemos que es un hombre de los tiempos de la guerra mundial.

—Y el mundo desde entonces ha cambiado bastante... —añadió riendo el joven médico—. También en esto habremos de empezar por la leche materna. Tal vez los médicos no podamos hacerlo solos. Quizá sea oportuno solicitar el consejo de un educador experimentado. O bien incorporarlo a la tarea.

—Lo que usted dice tiene muchos pros, pero por el momento vamos a dejar que Marianne haga su labor. Con su dulce talante femenino parece ser la persona más indicada para enseñarle al emisario del siglo XX que su letargo lo ha transportado a un mundo distinto, uno mejor. Debemos evitar, eso sí, que las impresiones lo acometan de forma simultánea. De lo contrario, y a menos que el pasado se haya borrado de su memoria, podría enloquecer ante las novedades.

—¿Y el director?

—Como usted puede imaginar, no quiere apartarse de su hija, pero Marianne le recuerda una y otra vez que ha de estar también para los demás pacientes, no solo para Richard. Ahora toca volver a nuestras obligaciones.

El médico jefe Brunner se despidió amablemente del joven colega y prosiguió meditabundo su ruta por el sinuoso y soleado camino del bosque. El doctor Corbett, por su parte, se dirigió hacia la casa de los médicos.

El joven, que tenía la fortuna de hacer sus tres años de prácticas domésticas en el hogar de convalecencia del pinar, aprendía en aquella institución algo más que el arte curativo antes de que lo enviaran por el mundo a expensas del erario público y con el fin de que frecuentara otros hospitales universitarios de los Estados Unidos de Europa o América del Norte y del Sur, la India, la gran República de Asia Oriental —la «República amarilla»—, la Federación de Estados Sudafricanos o la República Norteafricana, siempre según sus inclinaciones, su predisposición y su libre elección. Ninguno de aquellos jóvenes abandonaba el hogar de convalecencia del pinar para salir al ancho mundo si no contaba con muchos de los atributos que distinguen a un gran galeno, sobre todo un hondo y genuino humanitarismo.

El director, los médicos y las enfermeras, junto con el contable, el tesorero, el administrador, la gerente de la cocina, todos y todas sus auxiliares, el jardinero y su equipo, amén del resto de los empleados del hogar de convalecencia, independientemente de las funciones que cumplieran, constituían, bien mirado, una única gran familia; y, al igual que los enfermos, el conjunto de la plantilla elevaba la mirada hacia su director, el célebre médico e ilustre hombre Friedlieb Meister, como si de un padre y guía se tratase.

La fama de Meister había trascendido las fronteras de los Estados Unidos de Europa, y desde todos los países afluían los aspirantes ansiosos por realizar en el pinar su año de servicio social, servicio implantado como una de las primeras leyes por el Gobierno Federal Europeo en 1950, poco después de la fundación de los Estados Unidos de Europa. Acababa de votarse el desarme generalizado que, desde la gran matanza mundial, había rondado los cerebros de algunos diplomáticos ilustrados y cuajado en un verdadero anhelo en el alma popular. Una vez unidos, los Estados europeos ya no necesitaban ejércitos para hacerse la guerra unos a otros. La paz armada es guerra. Por fin, esta sentencia había cobrado vigor; por fin, el espíritu de la ilustración humana había prendido en la legislación.

Se esperaba que la forma más propicia para lograrla consistiera en dar máxima prioridad a la educación en general y, en particular, en convocar a un servicio público anual a toda persona joven que hubiera cumplido los dieciocho años y aún no hubiera alcanzado los veinticinco. Se llamaba a esto «servicio auxiliar obligatorio», nombre inspirado en lo que antes era el «servicio militar obligatorio». Fue elevado a ley federal europea y era una bendición infinita.

El plan del doctor Meister

DURANTE EL PASEO MATINAL