De vulnerables a poderosos - Jordi Varela - E-Book

De vulnerables a poderosos E-Book

Jordi Varela

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Beschreibung

Al hablar de salud, solemos considerar universales y consolidadas la atención y las prácticas sanitarias propias del primer mundo. Pero no es así en el resto del planeta, ni fue así en el pasado. -Hasta hace unos 150 años desconocíamos completamente la existencia de los microbios. -Hasta mediados del siglo XIX no se canalizaron por separado el agua residual y el agua potable. -Los cirujanos no siempre se han lavado las manos antes de operar. Así pues, durante milenios, una humanidad mucho más vulnerable tuvo que enfrentarse a enemigos como la pobreza, el hambre, la suciedad, las infecciones, la intolerancia, la violencia, los tratamientos médicos erróneos... Desde una mirada universal y humanista, el médico Jordi Varela narra la larga lucha de los humanos por alcanzar una buena salud y evitar todo lo que ha supuesto una amenaza para nuestra existencia. Día tras día, año tras año, la esperanza de vida global ha ido aumentando, pasando en menos de un siglo de 40 años a los 72 actuales. Es cierto que los factores sociales —como las guerras o las desigualdades— influyen en esa evolución, pero hay que reconocer que en los últimos siglos los científicos, los médicos y los servicios de salud han derrotado a enemigos letales que parecían invencibles. La erradicación de esos peligros —gracias a la suerte, la ciencia, la cooperación, la constancia o los avances tecnológicos— forma parte esencial de la fascinante historia de la humanidad y nos impulsa a combatir las desigualdades sociales y las amenazas medioambientales que hemos creado nosotros mismos.

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Seitenzahl: 476

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Jordi Varela

(Santa Coloma de Gramenet 1952) Es médico y ha ejercido como directivo en tres hospitales de la red pública catalana, Puigcerdà, Mar y Sant Pau, además de haber sido consultor y profesor de gestión clínica en ESADE y en la UAB. Ha sido fundador y editor del blog «Avances en Gestión Clínica» y ha publicado varios artículos y libros especializados, entre ellos, Gestión de Hospitales: nuevos instrumentos y tendencias y 5 intensidades de provisión para 1 sanidad más valiosa. Esta es su primera obra de divulgación científica.

@gesclinvarela

Jordi Varela

jordivarelapedragosa

 

Al hablar de salud, solemos considerar universales y consolidadas la atención y las prácticas sanitarias propias del primer mundo. Pero no es así en el resto del planeta, ni fue así en el pasado.

—————

• Hasta hace unos 150 años desconocíamos completamente la existencia de los microbios.

• Hasta mediados del siglo XIX no se canalizaron por separado el agua residual y el agua potable.

• Los cirujanos no siempre se han lavado las manos antes de operar.

—————

Así pues, durante milenios, una humanidad mucho más vulnerable tuvo que enfrentarse a enemigos como la pobreza, el hambre, la suciedad, las infecciones, la intolerancia, la violencia, los tratamientos médicos erróneos...

Desde una mirada universal y humanista, el médico Jordi Varela narra la larga lucha de los humanos por alcanzar una buena salud y evitar todo lo que ha supuesto una amenaza para nuestra existencia. Día tras día, año tras año, la esperanza de vida global ha ido aumentando, pasando en menos de un siglo de 40 años a los 72 actuales. Es cierto que los factores sociales —como las guerras o las desigualdades— influyen en esa evolución, pero hay que reconocer que en los últimos siglos los científicos, los médicos y los servicios de salud han derrotado a enemigos letales que parecían invencibles.

La erradicación de esos peligros —gracias a la suerte, la ciencia, la cooperación, la constancia o los avances tecnológicos— forma parte esencial de la fascinante historia de la humanidad y nos impulsa a combatir las desigualdades sociales y las amenazas medioambientales que hemos creado nosotros mismos.

DE VULNERABLES A PODEROSOS

 

© 2024 Jordi Varela i Pedragosa

© 2025 Xavier Canyada, por la traducción

© 9 Grup Editorial

Lectio Ediciones /Angle Editorial

c. Mallorca, 314, 1.º 2.ª B

08037 Barcelona

T. 93 363 08 23

www.lectio.es

[email protected]

Diseño de cubierta: Juan Mauricio Restrepo

Primera edición: octubre de 2025

ISBN: 978-84-18735-57-8

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión de ninguna manera ni por ningún medio, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Jordi Varela

DE VULNERABLES A PODEROSOS

La apasionante lucha de la humanidad por la salud y la vida

Contenido

Cubierta

Jordi Varela

De vulnerables a poderosos

Créditos

Título

Contenido

TRES CIFRAS PARA EMPEZAR

DETERMINANTES

Pobreza

Comida

Violencia

Eugenesia

Little Boy

Acceso

ACTORES

Mujeres

Criaturas

Gente mayor

Comunidad

Pacientes

Médicos y médicas

Enfermeras y enfermeros

LGTBIQ+

Diferentes

Indígenas

Esclavos

Migrantes

Presos

Vulnerables

Techo

CREENCIAS

Divinidades

Humores y miasmas

Remedios

Alternativas

CIENCIA

Cuerpo humano

Células y tejidos

Experimentar

Suciedad

Microorganismos

Mendel

Antibióticos

Causalidad

Herencia

Homologación

Evidencia

No lo sabemos todo

EPIDEMIAS

Plaga bíblica

Peste negra

Peste blanca

Vacuna viene de vaca

Fuente de Broad Street

Mosquitos

Venus y Mercurio

Jinete pálido

Patentes

FDA

Estómago

Sitiados

Sur

Hilillos de plastilina

No lo puedo dejar

No puedo más

Corazón

Insulina

Cronicidades

Cáncer

Yatrogenia

Final

INGENIO

Asepsia

Anestesia

Física

Tóxicos

Cirugía radical

Sangre

Cuanto antes mejor

Tubos

Bacterias esclavas

Electricidad

Filtros

ECMO

Manualidades

Compartir

Acoger

Rehabilitar

No sabemos bastante

¿Y AHORA QUÉ?

TRES REFLEXIONES PARA TERMINAR

Notas

Bibliografía

Agradecimientos

Guide

Cover

Título

Start

 

A Gemma

 

«No estaba lejos, no era difícil.»

JOAN MARGARIT

 

Este libro es un conjunto de ochenta relatos breves que hablan de cómo los hombres y las mujeres han luchado, y luchan, para defender sus vidas y las de los suyos. El conjunto de la obra es comparable a un ser vivo en el que cada célula (los relatos) tiene vida propia, pero ello no impide que todas ellas se coordinen para formar un órgano (los capítulos) que, a su vez, tiene también un sentido en sí mismo.

TRES CIFRAS PARA EMPEZAR

Hace diez mil años la humanidad se fue asentando a lo largo de los ríos y las costas de todo el planeta, contando con una población que apenas llegaba a los cinco millones de personas, un número que fue aumentando, de manera casi imperceptible, durante siglos y siglos, hasta que en 1800 alcanzó los mil millones, en 1930 los dos mil y en 2022 los ocho mil. No es de extrañar, por tanto, que la de los ocho mil millones de mujeres y hombres que hoy nos amontonamos, sobre todo en ciudades y suburbios, sea la primera de las tres cifras que he escogido para enmarcar los contenidos del libro.

Una vez que ya sabemos cuántos somos, ahora habría que averiguar cuánto tiempo vivimos. Las estadísticas dicen que a principios del siglo XIX, cuando muchos campesinos morían de hambre y los niños aún trabajaban en las minas, la esperanza de vida era de tan solo treinta años. Esto no significa que la mayoría de las personas murieran a los treinta años, sino que esta cifra venía condicionada por el hecho de que la mitad, o más, de los bebés morían al nacer o poco después. En cambio, las criaturas que superaban este primer escollo podían vivir hasta los cincuenta, los sesenta o los setenta años. Todo hace pensar que esta perspectiva se mantuvo, más o menos, inalterable desde el principio de los tiempos, hasta que a lo largo del siglo XIX se observó un incremento lento y sostenido de la esperanza de vida, que alcanzó los cuarenta años a mediados del siglo XX. Pero el cambio fuerte llegó en los años sesenta del siglo pasado, cuando los países contendientes en la Segunda Guerra Mundial, agotados de tanta destrucción, se apresuraron a desplegar políticas que propiciaban el bienestar e incentivaban el consumo, y en ese nuevo clima la esperanza de vida se fue elevando hasta llegar a los setenta y dos años actuales. Es decir, que ahora no solo somos ocho mil millones, sino que, además, vivimos más del doble que hace apenas doscientos años.

Para buscar una tercera cifra igual de relevante, me gustaría que, como yo, confiaras en Thomas McKeown, un epidemiólogo británico del siglo pasado que investigó cuál era la causa de la mejora de la esperanza de vida que se había observado en Inglaterra y Gales durante el siglo XIX, y concluyó que el factor más influyente había sido que la gente pobre había empezado a comer más y más variado, lo que, según él, contribuyó decisivamente a reducir la incidencia de muchas enfermedades infecciosas mucho antes de la aparición de los antibióticos. También especificó que otro elemento clave para los buenos resultados en salud habían sido las infraestructuras que las autoridades municipales, con la finalidad de evitar brotes de cólera y de tifus, habían construido para separar las aguas fecales de las de consumo.

Según McKeown, las mejoras de las condiciones sociales e higiénicas, además de comportar un desarrollo económico más favorable, eran más beneficiosas para la vida de los humanos que los siempre admirados avances médicos. Esta tesis, conocida como la de la medicina social (que fue, de hecho, el título de su libro), era absolutamente contracultural, y por ese motivo McKeown tuvo que enfrentarse a la corriente de pensamiento mayoritaria, que defendía justamente la idea contraria. Es decir, que eran las novedades científicas las que favorecían que la gente viviera más. En esta dialéctica entre la visión social y la médica, el epidemiólogo británico contó con pocos pero notables adeptos, entre los que destacó el filósofo austríaco Ivan Illich, reconocido, entre otras cosas, por sus posiciones contrarias a las actuaciones médicas poco sustentadas. Para remachar el clavo de la medicina social, en 1974 Marc Lalonde, por entonces ministro del gobierno canadiense, propuso que las políticas de salud no se ciñeran a los servicios sanitarios, sino que se ampliaran a los determinantes más influyentes, como los sociales, los económicos, los culturales y los medioambientales. Fue a partir del informe Lalonde cuando la tesis de la medicina social de McKeown fue ganando terreno, y hoy ya es universalmente aceptado que los determinantes sociales influyen en un 75%, o más, en la salud de las poblaciones, una cifra lo bastante contundente como para obligarme a echar una ojeada a las miserias que golpean la sociedad, antes de analizar las aportaciones de la medicina a la lucha por la vida.

DETERMINANTES

Los seis relatos que vienen a continuación tienen que ver con algunos de los diferentes condicionantes sociales que han influido poderosamente en la vida y en la muerte de las personas, como la pobreza, la comida, la violencia, la eugenesia, el riesgo de guerra nuclear y la falta de acceso a los servicios de salud.

Pobreza

De todos los determinantes sociales, la pobreza es la característica que explica mejor la mala salud de una sociedad. Dicho de otra manera, la renta influye de manera decisiva en la esperanza de vida, una asociación que es tan obvia que no hace falta perder tiempo en justificarla. Todas las sociedades que han conformado la historia de la humanidad (feudales, capitalistas y comunistas) han mantenido la distribución desigual, y con frecuencia muy desigual, de la riqueza como un mal necesario, con lo cual los desheredados, los obreros y los indigentes han tenido que espabilarse contando con casi nada, o con nada en absoluto.

Para entender cómo se estructura hoy la población mundial según las rentas, te propongo una mirada al modelo de cuatro niveles del profesor sueco de salud global Hans Rosling, en el que nos dice que aproximadamente mil millones de personas viven con una renta por debajo de los dos dólares al día, un nivel de pobreza extrema (nivel uno); tres mil millones salen adelante con unos ingresos superiores a dos dólares pero inferiores a ocho (nivel dos); dos mil millones cuentan con más de ocho dólares pero con menos de treinta y dos (nivel tres); mientras que mil millones viven con más de treinta y dos dólares al día (nivel cuatro).

Un detalle interesante de la propuesta de Rosling es que esta parrilla de grupos de renta no demoniza países, sino que permite analizar la proporción de los cuatro grupos dentro de cada país o ciudad. Pongamos por caso, cuántas personas de nivel uno (menos de dos dólares por día) viven en Quebec, o cuántas de nivel cuatro (más de treinta y dos dólares por día) viven en Burundi. En esta misma línea, los informes anuales de la OCDE ofrecen una buena fuente para, yendo más allá del dinero, detectar correlaciones entre el nivel formativo de los jóvenes y su mortalidad, con el dato sobrecogedor que muestra que las personas que solo han cursado primaria viven, de promedio, cinco años menos que los universitarios.

Las estadísticas reflejan que el número global de pobres extremos de la Tierra se ha ido reduciendo, lo que no impide que, a nivel global, las desigualdades no dejen de aclimatarse a los nuevos tiempos, ya que los ricos de ahora tienen más capacidad de ser mucho más ricos que los de antes, mientras que muchos de los pobres de hoy han evolucionado desde la miseria rural hasta la de los suburbios, con acceso a móvil, obesidad y drogas. El mundo de hoy, el de los grandes avances tecnológicos, sorprendentemente continúa sin darse cuenta de que, si la riqueza no se distribuye de manera más generosa, todas las políticas que los gobiernos diseñen para mejorar la salud de las poblaciones fracasarán.

La teoría social de McKeown y el informe Lalonde actúan de manera inapelable. No importa cuántos hospitales construya un país, si no es capaz de generar una economía productiva sin corrupciones y respetuosa con el medio ambiente, una distribución social de la riqueza, una escuela pública de calidad y una política de viviendas dignas para todo el mundo.

Comida

La revolución agrícola hizo crecer la cantidad total de comida a disposición de los humanos, pero en cambio redujo su variedad, de manera que había sociedades enteras que pasaron a depender exclusivamente del trigo, del arroz, de la cebada o de la patata. Los nuevos campesinos se habían asentado para dejar atrás las penurias del nomadismo, pero se encontraron con una nueva realidad en la que trabajaban más, comían menos variedad de alimentos y estaban más expuestos a las plagas y más subyugados a los designios de los señores de la guerra.

Son muchos los que afirman que las sociedades cazadorasrecolectoras previas a los asentamientos agrícolas disfrutaban de una alimentación más variada que los campesinos, a pesar de que el hecho de no disponer de despensa les provocaba muchos quebraderos de cabeza. En este sentido, Ötzi, el hombre congelado que dos turistas alemanes encontraron en un glaciar de los Alpes italianos, ha sido una oportunidad para comprobar esa tesis. Hay que decir que el ejemplo de Ötzi tiene limitaciones, dado que vivió en tiempo de asentamientos, pero por lo visto fue un guerrero que, cuando patrullaba por cimas y glaciares, se debió de alimentar como lo hacían sus antepasados cazadores-recolectores. Los investigadores, después de analizar el ADN de los restos estomacales de Ötzi, concluyeron que había comido carne de rebeco y de ciervo, además de maíz salvaje, endrina y diversos tipos de raíces. Vaya, un hallazgo sorprendente, porque no creo que los campesinos de la época tuvieran la oportunidad de disfrutar de un menú con vegetales, dos tipos de carne, pan y postres.

Para ampliar la mirada sobre cómo era la alimentación en la antigüedad, te propongo ir a la ciudad y bajar a las cloacas del coliseo romano, donde, por los restos hallados, los arqueólogos han deducido que los espectadores consumían aceitunas, higos, uvas, melocotones, ciruelas, nueces, cerezas, avellanas y moras. También creen que se hacían barbacoas de carne. Todo induce a pensar que cuando los romanos iban a ver a los gladiadores comían mucho más sano que los ciudadanos del mundo de hoy, que cuando van a las cantinas de los estadios tienen una oferta que pivota alrededor de hamburguesas, frankfurts, patatas fritas, kétchup y helados.

Al margen del asunto de la variedad, a lo largo de la historia los plebeyos más bien han pasado hambre, y con mucha frecuencia han tenido que sobrevivir con una ración diaria de gachas, con el añadido escaso de lo que podían pillar por mercados y basureros. La plebe era un estrato social debilitado por la escasez alimentaria y, por tanto, muy expuesto a contraer infecciones. Entretanto, en sus castillos, los señores disfrutaban de comidas cargadas de grasas, proteínas y alcohol, que los inducían a sufrir enfermedades relacionadas directamente con la dieta nobiliaria, como los ataques de gota o de corazón.

Los episodios de hambre siempre habían constituido una gran amenaza que se hacía realidad cada vez que las circunstancias se volvían desfavorables. Si fallaban las lluvias o llegaba una plaga de langostas, ya era motivo suficiente como para que los campesinos, con sus graneros vacíos, murieran a espuertas. Entre las hambrunas documentadas por los historiadores, vale la pena destacar algunas de las más crueles, como la de Irlanda de 1845, cuando un hongo destruyó la cosecha de patatas y murió un millón de los ocho millones de habitantes que tenía la isla, o las sucesivas hambrunas de la India provocadas intencionadamente por la administración colonial británica, con un resultado estimado de entre treinta y cuarenta millones de muertos, o el período nefasto del Gran Salto Adelante de la China de Mao, que se inició en 1958 y duró tres años, cuando, por un error en la planificación gubernamental, murieron de hambre hasta cincuenta millones de personas. Para terminar esta recopilación tan triste, cabe hacer una mención especial a los episodios que, desde 1970, golpean sucesivamente el África oriental, con una situación endémica de hambre provocada por una sequía persistente, las guerras locales y la corrupción de los gobernantes.

En la actualidad, salvo los mil millones de personas que viven en la pobreza extrema, con una vulnerabilidad nutricional comparable a la de los plebeyos de la edad media, el resto de los habitantes de la Tierra estamos sometidos a una presión exagerada de la oferta nutricional, con bebidas azucaradas, comidas rápidas, alimentos precocinados y pastelería industrial, y lógicamente somos carne de cañón para la diabetes, la obesidad y las enfermedades coronarias. Nada demasiado diferente de lo que les pasaba a los señores feudales con sus ataques de gota y de corazón.

Pese a las abundancias del mundo de hoy, las Naciones Unidas consideran que, aún actualmente, un 16% de la mortalidad mundial está relacionada con el hambre, una cifra que debería remover conciencias, especialmente cuando un estudio revela que un 17% de la producción mundial de alimentos se derrocha. Según los historiadores Will y Ariel Durant, si los conocimientos agrícolas existentes se aplicaran en todas partes, el planeta podría alimentar al doble de su población. Cifras aparte, todo hace pensar, por desgracia, que las bolsas de hambre, y la pobreza que las sustenta, persistirán en el mundo de la inteligencia artificial.

Violencia

La naturaleza es violenta. Animales y plantas luchan para defender su territorio y para obtener alimentos, mientras que los depredadores, más agresivos, matan para comer. Los humanos, por su parte, tienden a matarse entre ellos, algo que con frecuencia hacen con una crueldad terrorífica. La violencia entre humanos más común se da, lógicamente, por el territorio y por la comida, pero a veces surge por razones estrictamente étnicas y culturales. Para ilustrar la gravedad de este fenómeno he escogido algunos ejemplos de genocidios de la era moderna, en los que los genocidas han matado al por mayor, porque sencillamente se encontraban en una posición privilegiada respecto de sus víctimas. Empecemos por el Ku Klux Klan, una organización secreta estadounidense que, después de la guerra civil de aquel país, no aceptó la abolición de la esclavitud y se dedicó a atemorizar a las comunidades negras. Se estima que, a lo largo de su dilatada trayectoria, el Ku Klux Klan ha asesinado a más de veinte mil personas, cosa que, siempre que ha podido, ha hecho mediante vejaciones y torturas. En el otro lado del mundo, el Imperio otomano, del que la Turquía de hoy sería la heredera, orquestó el genocidio del pueblo armenio, una operación que causó la muerte de más de dos millones de personas, muchas de las cuales fueron deportadas en condiciones extremas y acabaron muriendo por inanición y frío.

El Holocausto de los nazis contra los judíos, con más de seis millones de víctimas, es otro ejemplo de genocidio planificado, esta vez con mentalidad industrial. Una represión sistematizada que comportó mucho sufrimiento al pueblo judío, que de repente se sintió odiado por quienes habían sido sus vecinos. La deshumanización del oponente, un clásico en la cultura militar, fue el recurso más empleado por los nazis para justificar las cámaras de gas y los hornos crematorios.

En la Unión Soviética, la represión política se mantuvo activa a lo largo de los setenta años de existencia de aquel imperio comunista, aunque su punto álgido tuvo lugar durante la presidencia de Stalin. La represión soviética se basaba en una operación persistente de deportaciones y de eliminación de disidentes y de minorías étnicas, con un resultado estimado de tres millones de víctimas, un fenómeno que tuvo una réplica china durante la Revolución Cultural de Mao Zedong y Jiang Qing, su cuarta esposa, con una mortalidad que, según algunos, pudo llegar a los veinte millones de personas. Pero en el mundo comunista hubo aún otra locura sanguinaria más macabra que las de Stalin y Mao, la de los jemeres rojos de Camboya, que mediante un plan de exterminio lograron liquidar a más de tres millones de camboyanos, una cifra que equivalía a un tercio de la población de aquel pequeño país.

A pesar de este pasado terrorífico, los genocidios no se detienen. En este punto quiero recordar que mi generación ha visto en directo la masacre de Srebrenica durante la guerra de Bosnia, con la ejecución de ocho mil musulmanes que los serbios llevaron a cabo en un par de días; el genocidio de Ruanda, en el que un millón de tutsis fueron asesinados a hachazos y machetazos por grupos de hutus enloquecidos; el de la operación de limpieza religiosa del gobierno budista de Myanmar contra el pueblo rohinyá, de confesión musulmana, con más de veinticinco mil víctimas y casi un millón de desplazados; o el del pueblo de Gaza a manos del ejército israelí.

Los ejemplos que he elegido son todos de la era moderna, pero si miramos atrás nos resulta fácil adivinar que cualquier tiempo pasado fue peor. En el año 121 antes de Cristo, tres mil seguidores de Tiberio y Cayo Graco fueron asesinados por un decreto del Senado romano. Décadas después, Julio César, en una de sus conquistas, hizo amputar las manos de dos mil prisioneros, en un acto de violencia gratuita, que fue visto como normal en una época en la que las torturas, las luchas de gladiadores y las crucifixiones eran el pan de cada día.

La violencia ha sido el instrumento fundamental para el nacimiento de todas las naciones, que se han forjado luchando por el territorio que creían que debía ser suyo y, por tanto, sometiendo a quienes vivían en él. Tanto era así que la suerte de cualquier persona en épocas anteriores iba de la siguiente manera: si tu pueblo, debidamente amurallado, caía tras un asedio del pueblo vecino, tu ventura personal entraba a formar parte del botín de guerra. Es decir, el de la violación, el asesinato, la tortura, el encarcelamiento o la esclavitud. Por tanto, desde la perspectiva de la violencia, la civilización humana no había sido jamás un lugar recomendable, excepto si pertenecías a la estirpe de los vencedores, y si era posible de los de arriba del todo.

Siguiendo en los tiempos de antaño, las guerras de religión merecen una mención honorífica por su virulencia, especialmente los conflictos que asolaron Europa en los siglos XVI y XVII, entre dos facciones cristianas —los católicos y los protestantes— que se enfrentaron de una manera muy agresiva entre sí, aparentemente con la finalidad de resolver disquisiciones interpretativas de los evangelios. Valga como ejemplo de aquella locura religiosa la masacre de San Bartolomé en Francia, donde los católicos mataron a diez mil protestantes en menos de veinticuatro horas; lo más sorprendente, a los ojos de hoy, es que cuando el papa de Roma lo supo lo celebró con misas conmemorativas, además de encargar un fresco para recordar la matanza, una obra que al parecer luce aún en una de las salas del Vaticano. Algunos historiadores afirman que, en un solo día, los cristianos mataron a más cristianos que el Imperio romano en toda su existencia.

A pesar del gusto amargo de este relato, y admitiendo que la contención de la violencia está lejos de su deseada estabilización, los datos dicen que el problema ha mejorado mucho, sobre todo si consideramos que ahora solo el 1,3% de las muertes que hay en el mundo son debidas a la violencia entre humanos. ¿Te parece demasiado, tal vez? Sin ningún tipo de duda que lo es si el objetivo deseado es llegar a cero, pero es una cifra esperanzadora si tenemos en cuenta que venimos del 15% que se calcula que había en la edad media.

Eugenesia

Los humanos siempre hemos tenido una intuición para la selección de la herencia, algo que hemos practicado en la agricultura y en la ganadería desde la antigüedad para intentar que los melocotones sean cada vez más dulces y los huevos cada vez más grandes. En cuanto al apareamiento entre humanos, más que el interés por incidir en la genética, lo que ha prevalecido más ha sido la inclinación hacia las dotes patrimoniales, aunque hay que admitir que la belleza y la altura de los pretendientes han tenido también su predicamento. En la República de Platón, el autor iba más allá, con la creación de un mundo ideal que se basaba en un modelo procreativo rigurosamente planificado, en el cual la élite de los hombres se tendría que aparear con la élite de las mujeres para crear una generación de dirigentes que habría que educar aparte. Esta, según Platón, sería la garantía de la pervivencia de la República, una fuente de inspiración para los racistas de todas las épocas.

A inicios del siglo XX, la vieja idea de la selección de la herencia tomó un nuevo aire con los trabajos de Charles Darwin sobre la evolución de las especies y los de Gregor Mendel sobre la transmisión genética (unos trabajos, los de Mendel, que merecerán un relato específico), los cuales dieron pie a que Francis Galton, primo de Darwin y entusiasta de la aplicación del darwinismo a los designios de los humanos, acuñara el concepto de eugenesia como una filosofía social que pretende mejorar la especie humana mediante la aplicación de las innovaciones de la genética, pero también con otras medidas selectivas de tipo político.

En 1912, un año después de la muerte de Galton, sus correligionarios convocaron la primera conferencia internacional del eugenismo en Londres, una reunión que generó una gran expectación entre los estamentos políticos y académicos. Para que te hagas una idea del nivel de los asistentes, he recogido cuatro de los nombres que figuran en los anales: Winston Churchill, entonces responsable político de la Royal Navy; Lord Balfour, alcalde de la ciudad; William Osler, reconocido profesor de medicina de Oxford, personaje a quien más adelante dedicaré más atención; y Charles Eliot, presidente de la Universidad de Harvard. En el programa de la conferencia se trataron temas como la manipulación genética para aumentar la altura de las nuevas generaciones, la transmisión hereditaria de la epilepsia o la naturaleza genética de la criminalidad. Se hizo evidente que la ancestral inclinación de los humanos por la selección de la herencia estaba empezando a recubrirse de una pátina científica y, al menos en el Reino Unido y en los Estados Unidos, estaba deslumbrando a la clase política, que veía en la eugenesia la posibilidad de recrear la República de Platón, y así poder preservar el estamento gobernante de la presión demográfica emergente de los desclasados y de los comunistas, pero también del montón de razas, consideradas inferiores, que habitaban por los confines del imperio británico.

Mientras los británicos debatían, los estadounidenses no perdían el tiempo. En la conferencia de Londres, Bleeker van Wagenen, presidente de la American Breeders’ Association, dejó a todo el mundo boquiabierto cuando explicó que su organización creía que el 10% de la población tenía una sangre inferior y, por tanto, no estaba en condiciones de tener descendencia. La lista de gente genéticamente incapacitada que Van Wagenen mostró en aquella reunión era aterradora: epilépticos, sordomudos, ciegos, discapacitados, enanos, débiles mentales, esquizofrénicos, criminales, personas con trastornos maniacodepresivos y personas diferentes en general. Van Wagenen añadió que, en aquellos momentos (1912), en los Estados Unidos ya existían ocho estados con leyes que autorizaban la esterilización por motivos eugenésicos y que por todo el país se estaban construyendo centros para internar a las personas de la lista maldita, con el objetivo de evitar que tuvieran hijos mientras esperaban una sentencia que, con toda seguridad, les obligaría a una esterilización forzada.

Más allá de este 10% de incapacitados genéticos, los eugenistas estadounidenses tenían la mirada puesta en la lucha racial, inmersos como estaban en una gran presión migratoria de italianos, irlandeses, polacos y judíos, especialmente en ciudades como Nueva York y Chicago. Los eugenistas pretendían impedir que todos aquellos piojosos criaran como conejos y terminaran arrinconando a los herederos de los poderosos linajes que habían fundado la nación. Afortunadamente, la eugenesia racial, a pesar del encendido debate en los foros políticos, no prosperó. Probablemente, la necesidad de abastecer de soldados las trincheras de las sucesivas guerras en las que se iban empantanando los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX fue un elemento lo bastante disuasivo. En cuanto a los negros, con la prohibición de los matrimonios mixtos parece ser que los eugenistas ya tuvieron suficiente.

A inicios de los años treinta, con la llegada de los nazis al poder, la exaltación eugenésica pasó a Alemania, donde Hitler había rescatado la leyenda de la raza aria para crear un nuevo mito, el de una República de Platón liderada por jóvenes esbeltos, rubios y de ojos azules. El eugenista alemán Alfred Ploetz, espoleado por el nuevo régimen, tomó prestadas de los Estados Unidos las ideas para un programa de higiene racial que el Führer recibió con los brazos abiertos y, sin pensárselo dos veces, promovió una ley de esterilización, un texto legal que decretaba la captura de personas genéticamente sospechosas, con una lista de tipologías, en un principio, casi calcada de la que empleaban los estadounidenses, aunque los alemanes la ampliaron a políticos disidentes, escritores y periodistas. Como que cuando la maquinaria nazi se ponía en marcha era implacable, el gobierno de Hitler pronto dispuso de dos mil juzgados genéticos, con una producción de cinco mil esterilizaciones al mes. Los eugenistas estadounidenses, con un apoyo político más tibio, no ocultaron su admiración por la efectividad eugenista de los nazis.

En 1935 Hitler dio un paso más en la escalada eugenésica y se preguntó por qué había que esterilizar a los genéticamente incapacitados si se les podía matar. Envalentonado, y sin oposición, inició un programa de exterminio para erradicar, de raíz, todas las vidas sin valor. Y así fue como, amparadas por la nueva ley, y con el apoyo científico de la eugenesia, las matanzas dieron comienzo, primero con niños de menos de tres años, pero al cabo de poco tiempo se ampliaron a la franja de los más jóvenes, donde era fácil que fueran seleccionados adolescentes sencillamente problemáticos, sobre todo si eran judíos, y en octubre de 1939 el abanico acabó abarcando a todos los adultos. Para ejecutar su trabajo, el programa creó centros de exterminio en todo el territorio, que se dotaron cuidadosamente de un aura clínica, con protocolos y batas blancas, con un resultado estimado en un cuarto de millón de asesinatos. Los eugenistas alemanes, inspirados por los trabajos previos de las élites británicas y los centros de internamiento estadounidenses, ofrecieron a Josef Mengele, más conocido como el Ángel de la Muerte, el clima científico propicio, y los protocolos necesarios, para experimentar con personas judías en los laboratorios del terror de los campos de concentración del Holocausto.

Con un rechazo intelectual y emocional contra los eugenistas, me he visto impelido a buscar el contrapunto de tanta miseria ética en los trabajos de Theodosius Dobzhansky, un biólogo ucraniano emigrado a los Estados Unidos que, mientras los eugenistas frecuentaban cancillerías y gobiernos, estableció con rigor las bases de la biología evolutiva. Pues bien, lo que ahora más me interesa de las aportaciones de Dobzhansky es cuando concluye que, en la naturaleza, la variación genética es la norma y no la excepción.

Little Boy

La física y la química del siglo XX se revolucionaron cuando en 1898 la pareja formada por la física polaca Marie Curie y su marido, el francés y también físico Pierre Curie, descubrieron la radioactividad, un fenómeno que ocurre cuando el núcleo inestable de un átomo irradia energía hacia su exterior. Años más tarde, en 1933, el físico húngaro Leó Szilárd demostró que, si bombardeaba el núcleo de un átomo con electrones, la energía liberada creaba una reacción en cadena, y en 1939 la científica austríaca Lise Meitner y su sobrino Otto Frisch describieron la fisión nuclear como aquello que tiene lugar cuando un neutrón penetra dentro de un núcleo de uranio, lo desestabiliza y lo rompe en dos, haciendo aparecer nuevos elementos y desprendiendo mucha energía. Con este último descubrimiento, se abría la puerta a la vía científica hacia la obtención de la bomba atómica.

Hitler debió de estar al corriente de las novedades de la fisión nuclear porque, cuando en 1939 ocupó Chequia y se apoderó de las minas de uranio de Jáchymov, las mayores de Europa, lo primero que hizo fue prohibir su exportación. La radioactividad había abierto un escenario en el cual los contendientes de la Segunda Guerra Mundial estaban convencidos de que el primero que consiguiera la bomba atómica la ganaría. Por ese motivo, los aliados entraron en pánico cuando temieron que, con la invasión alemana de Bélgica, los científicos de Hitler tendrían a su alcance las minas de uranio del Congo, las más importantes del mundo, subyugadas al imperio belga. Pero aún quedaba mucho camino para pasar de los hallazgos científicos a la ingeniería militar, y Hitler, pese a disponer del uranio, no se salió con la suya, sobre todo porque científicos como Szilárd, Meitner, Frisch o el matemático experto en física cuántica John von Neumann eran judíos y, lógicamente, hicieron lo imposible para huir de los nazis.

Un caso peculiar fue el de Enrico Fermi, un físico italiano que estaba desarrollando la fisión del uranio en su laboratorio de Roma. Fermi no era judío, pero su esposa sí y, por tanto, ambos lo tenían claro: habían de escapar del yugo fascista cuanto antes. En 1938 los Fermi tuvieron un golpe de suerte cuando Enrico recibió una llamada de Suecia en que le comunicaron que le otorgaban el Nobel, lo que les sirvió para preparar un plan de huida. Se desplazarían a Estocolmo a recoger el premio y, una vez allí, embarcarían hacia los Estados Unidos. Como no podían sacar dinero ni organizar mudanza alguna para no despertar las sospechas del régimen fascista italiano, la esposa de Fermi adquirió unas joyas muy caras con la excusa de lucirlas en la ceremonia, y con eso y el dinero del premio pudieron empezar una nueva vida en Chicago. Los expertos creen que si Fermi se hubiera quedado en Roma, Hitler habría tenido más posibilidades de ganar la carrera de la bomba atómica.

La concentración de físicos europeos en los Estados Unidos impulsó la creación de muchos grupos de investigación nuclear, pero pronto se evidenció que, si el ejército estadounidense quería la bomba atómica, no había bastante con eso. Decidido, Leó Szilárd fue a ver a Albert Einstein a Long Island, donde el reconocido físico judío alemán pasaba sus vacaciones. Le puso al día sobre la posibilidad de que los nazis construyeran la bomba atómica, dado el control que tenían de las minas de uranio del Congo. Einstein no había oído hablar de aquel barullo nuclear, pero enseguida se dio cuenta del peligro real que corría el mundo. De aquella visita surgió una carta de Einstein al presidente Roosevelt, que se dice que, junto con el ataque japonés a Pearl Harbor, fue el detonante para que el gobierno federal tomara la decisión de construir la bomba atómica costara lo que costara.

El proyecto Manhattan, el nombre que adoptó la iniciativa, fue liderado por el general Leslie Groves, un militar duro, además de contar con Robert Oppenheimer, un físico estadounidense de primer nivel, como director científico. El cuartel general del proyecto Manhattan se construyó en el desierto de Los Álamos, en nuevo México, donde, de manera directa o indirecta, llegaron a trabajar ciento treinta mil empleados, entre los que había catorce premios Nobel, muchos de ellos europeos. Se estima que el coste total de aquella operación, en dinero actual, equivaldría a veintitrés mil millones de dólares. Con todo ello, la madrugada del 6 de agosto de 1945, el coronel Paul Tibbets comandó un bombardero B-29 con Little Boy, el sobrenombre que habían puesto a la primera bomba atómica, y sin ninguna oposición de la aviación japonesa la dejó caer sobre Hiroshima.

Hiroshima era una ciudad japonesa de doscientos cincuenta mil habitantes sin interés estratégico alguno que, como único hecho destacado, alojaba el cuartel del segundo cuerpo del ejército japonés. Cuando aquella mañana sonaron las alarmas, la gente vio un único bombardero que volaba muy alto. La mayoría de las personas lo tomaron por un vuelo de observación y no corrieron a los refugios antiaéreos. Eran las ocho de la mañana y en las calles había mucho trasiego entre la hora del trabajo y la de las escuelas, y Little Boy explotó justo en el medio de todo ello. La detonación y la nube en forma de seta gigante crearon un infierno. Un gran incendio arrasó una ciudad construida con casas de madera y cartón, mientras que una lluvia radioactiva remató a los supervivientes. Cien mil personas murieron a causa del impacto, a las que cabe añadir un número indeterminado que sufrieron lesiones muy graves provocadas por las radiaciones. El presidente Harry Truman, bravucón, declaró: «Es el acontecimiento más grandioso de la historia».

Hay que decir, con ánimo justificativo, que Truman debía de tener en mente la sangrienta conquista de Okinawa, que había terminado pocas semanas antes, tras unos combates terribles que duraron ochenta y dos días y que causaron más de doscientas mil bajas. Los militares japoneses avisaron de que, antes que rendirse, morirían, lo que cumplieron cuando miles prefirieron lanzarse por los acantilados para evitar entregarse al enemigo. En la difícil decisión del presidente pesaron, pues, los costes en vidas que, a la luz de la experiencia, representaría para el ejército norteamericano la conquista de todo el Japón. Pero, a pesar de la consistencia de las justificaciones, existen aún hoy preguntas sin respuesta: ¿Había que lanzar la bomba atómica en el centro de una ciudad a las ocho de la mañana sin previo aviso? ¿Había que lanzar una segunda bomba en Nagasaki tres días después sin haber esperado una respuesta del gobierno japonés?

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki fueron devastadores, pero por otro lado nada demasiado distinto de la crueldad imperante en aquellos tiempos de venganza de los ya casi vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Sin ir más lejos, cinco meses antes de la explosión de Little Boy, la madrugada del 9 de marzo de ese mismo 1945, trescientos treinta y cuatro bombarderos B-29 estadounidenses dejaron caer sobre Tokio mil seiscientas toneladas de bombas de fósforo blanco y napalm. La devastación destruyó más de tres millones de viviendas y hubo más de cien mil muertos.

Queda manifiesto que el hecho diferencial de Hiroshima y Nagasaki no fue la mortandad en sí misma, sino el simbolismo de la nueva arma nuclear. El mensaje fue claro: «La bomba es nuestra». Esas dos bombas atómicas no fueron las últimas de la Segunda Guerra Mundial, sino las primeras de la guerra fría. Todo un aviso de los Estados Unidos a la Unión Soviética. Little Boy asentó las bases para una nueva paz construida sobre un armamento que puede aniquilar a la humanidad y al planeta tan solo pulsando un botón, por cierto al alcance de personajes como Trump, Putin, Modi, Jinping o Jong-un. Una paz, la de la amenaza nuclear permanente, nada reconfortante.

Acceso

Durante la revolución industrial, los obreros estaban desprotegidos cuando sufrían una enfermedad invalidante, una situación que se convirtió en insostenible dada la elevada siniestralidad laboral del momento, lo que forzó que los sindicatos incorporaran la protección sanitaria en sus reivindicaciones. En ese contexto, Otto von Bismarck, el fundador del estado alemán moderno, tomó la iniciativa y se convirtió en el primer gobernante del mundo que, en 1883, promulgó una ley de seguros de enfermedad para garantizar el bienestar de los trabajadores, potenciar la economía alemana y apaciguar las peticiones sindicalistas. Los costes de las pólizas obligatorias del seguro se cargaban en una tercera parte a los empresarios y en dos terceras partes a los trabajadores.

Medio siglo más tarde, en el Reino Unido, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, con un paisaje desolador y una sociedad agotada, los laboristas ganaron las elecciones y se propusieron asentar las bases del estado del bienestar. Fue entonces cuando entró en acción William Beveridge, un economista progresista que defendía que los servicios de protección social, incluidos los de salud, eran asunto del gobierno y, por tanto, no se podían dejar solo en manos de los empresarios y de los obreros. Con ese impulso, el Reino Unido creó un servicio nacional de salud, conocido por su sigla en inglés, NHS, que ofrecía acceso universal y se nutría de los impuestos. El NHS fue el primer sistema de salud democráticamente solidario del mundo, en el sentido de que el Estado recauda los fondos de acuerdo con la riqueza generada por cada uno, mientras que el ciudadano recibe los servicios sanitarios en función de sus necesidades, al margen de su aportación a las arcas.

Con el transcurrir de los años, ¿qué revelan los resultados de uno y otro modelo? Lo que se observa es que los países Bismarck, en los que la prestación depende de la póliza individual, valgan Francia y Alemania como ejemplos, tienden a gastar más en comparación con los países Beveridge, en los que la prestación es de acceso universal y se financia con fondos públicos, como España y Portugal, pero el mayor gasto de los Bismarck no les sirve para mejorar la esperanza de vida de sus ciudadanos ni para reducir la mortalidad evitable. En esta comparativa, los Estados Unidos merecen una mención aparte. Se trata de un país Bismarck radical sin ningún interés por el acceso universal, un país que gasta en sanidad mucho más que cualquier otro en el mundo, pero que en cambio obtiene unos resultados en salud (esperanza de vida y mortalidad evitable) del nivel de los de Turquía y de los países del este europeo, que disponen de hasta tres o cuatro veces menos dinero para la sanidad.

El acceso universal y la financiación pública son, por tanto, una garantía para la eficiencia de los sistemas de salud, al menos así lo testifican los datos, pero también lo son para la sostenibilidad, ya que solo los países con modelo Beveridge tienen la autoridad moral para evitar que las personas que se lo pueden permitir utilicen inadecuadamente los recursos públicos, a la vez que están en disposición de atender, con la intensidad requerida, a las personas más vulnerables. Ahora bien, hay que admitir que los países Beveridge sufren mucho a la hora de ofrecer un acceso que satisfaga a todos, y no es extraño que se produzcan agrios debates políticos sobre listas de espera en sus respectivos parlamentos, unas dificultades que empeoraron con la covid, debido a la introducción apresurada, y con frecuencia forzada, de la vía telemática para atender a las personas.

El acceso universal a los servicios sanitarios es un derecho alcanzado en muy pocos países, pese a que ha demostrado con creces que mejora la salud de las poblaciones, lo que no impide que los sistemas públicos deban ser mucho más cuidadosos para conseguir que ese derecho se haga viable de manera equitativa y eficiente.

ACTORES

En este capítulo hablo sobre cómo los diferentes actores han interpretado, y están interpretando, su papel en relación con la manera de vivir y de morir, y lo hago en un conjunto de quince relatos, empezando por los grupos esenciales catalogados en función de género y edad: hombres, mujeres, criaturas y gente mayor; una diferenciación que, por sí misma, no lo explica todo, debido a que la comunidad y los pacientes, también actores, son una base esencial para el trabajo de los profesionales: médicos-médicas y enfermeras-enfermeros. Además, hablaré de colectivos minoritarios que llevan implícito un sello propio en su defensa de la salud y de la vida, como son los miembros del colectivo LGTBIQ+, las personas diferentes, las indígenas, las esclavizadas, las migrantes, las prisioneras y las vulnerables.

Para terminar este capítulo sobre los actores, lo haré con un decimosexto relato de conclusión que tiene como finalidad compartir contigo la previsión que hacen los expertos sobre el techo que se estima del crecimiento de la población mundial. Si ahora somos ocho mil millones de actores y no dejamos de aumentar, ¿cuántos llegaremos a ser? ¿Existe un techo? ¿O el crecimiento será ilimitado?

Hombres

La posición social del hombre a lo largo de la historia se ha movido entre dos esferas, la del poder y la del trabajo fuera de casa. Este hecho, más allá de la condición biológica del sexo masculino, ha comportado, para los hombres, una exposición a unos riesgos diferentes de los de las mujeres. Repasémoslos. Los cazadores-recolectores eran hombres atléticos, fibrosos, con unas actividades muy diversas, como las de observar, encaramarse a los árboles, correr, ocultarse y atacar a la presa. Su comida, cuando tenían un golpe de fortuna, podía ser abundante, e incluso variada, aunque con demasiada frecuencia era escasa. Sus amenazas más temidas eran los depredadores, pero también las lesiones que los podían invalidar o matar. Si conseguían escaparse de los peligros y las enfermedades que los asediaban por todos lados, los hombres adultos de las cavernas podían llegar a vivir muchos años.

Los campesinos, desde los orígenes de la sociedad agrícola, trabajaban de sol a sol, en unas labores rutinarias y pesadas que los obligaban a estar encorvados buena parte del tiempo, un motivo por el que, los que sobrevivían, envejecían mucho peor que sus antecesores cazadores-recolectores. En cuanto a la alimentación, gracias al almacenamiento en graneros y bodegas, tanto ellos como sus familias tenían un plato en la mesa más o menos garantizado. Había, sin embargo, tres problemas que les podían complicar la vida hasta el extremo de perderla: las plagas, como las langostas, con capacidad de arrasar las cosechas; las epidemias, como la peste negra, que se expandían la mar de bien en la suciedad ambiental; y la avaricia de sus señores, que les podían requisar buena parte de la cosecha hasta dejarles sin subsistencias.

Con los asentamientos apareció otro actor, el soldado, un oficio mal pagado que comporta el ejercicio de la violencia grupal, con unas reglas de juego rígidas y a las órdenes de algún que otro tipo que lo puede vejar cada vez que lo crea oportuno y le puede obligar a largas marchas en las situaciones más desfavorables, a dormir al raso y a comer ranchos infectos, por lo que, en los tiempos de antaño, las neumonías, las diarreas y las epidemias mataban a más soldados que el enemigo. Tampoco hay que olvidar que, en su esencia, el oficio de soldado consiste en matar o morir, o lo que aún es peor, quedar lesionado. Los soldados que tienen la fortuna de sobrevivir a una guerra quedan marcados para siempre, ya que casi todos necesitan rehabilitación, tanto de las lesiones físicas como de las psicológicas, además de tener que afrontar una reinserción social casi siempre muy complicada, lo que hace que muchos de ellos acaben en el ostracismo, la depresión y las adicciones.

La extracción de materiales del subsuelo es otra actividad que han ejercido todas las civilizaciones y, por tanto, el oficio de minero es casi tan antiguo como la humanidad. Se trata de un trabajo muy poco recomendable, al que se destinaban los esclavos, los indígenas esclavizados y, en términos generales, los parias de la tierra. El minero trabajaba en condiciones pésimas, se alimentaba mal y moría joven, o bien directamente por accidentes o por acumulación de lesiones, maltratos y desnutrición. Las cosas, no obstante, mejoraron con la aparición de los sindicatos, pero aún hoy los mineros, cuando envejecen, suelen sufrir enfermedades crónicas específicas, sobre todo pulmonares, como la silicosis y la asbestosis.

En la misma línea insalubre de la minería, he de hablar de la industria pesada, como la del metal y la de la construcción, en el sentido de que, a pesar de que las medidas preventivas modernas son muy efectivas, sus trabajadores siguen sufriendo más accidentes y envejecen peor que los hombres que trabajan en oficinas climatizadas. En este sentido, me parece oportuno recordar esa vertiginosa foto tomada por Charles Ebbets a un grupo de trabajadores comiendo sentados en una viga del piso sesenta y nueve de las obras del Rockefeller Center en Nueva York. Viendo esa mítica imagen, uno piensa que no es de extrañar que, hasta mediados del siglo pasado, se considerara ineludible que en las obras hubiera siniestros.

Como resultado de todo ello, y de otras cuestiones que han quedado en el tintero, como la dureza de la vida de los marineros o el trabajo infantil, las estadísticas de hoy aún muestran que las mujeres viven unos cinco años más que los hombres, una diferencia que los expertos atribuyen a que todavía hoy los hombres, en comparación con las mujeres, están más expuestos al tabaco y al alcohol y, además, comen de manera menos saludable, por lo que sufren una mortalidad superior por infarto de miocardio, por cáncer de pulmón y por accidentes. Así las cosas, hay que tomar nota de que la diferencia en la esperanza de vida de ambos sexos se ha reducido de seis a cinco años desde el 2000, una tendencia que va en la buena dirección de la igualdad entre hombres y mujeres.

Mujeres

En muchas sociedades, como por ejemplo la china, tener una niña se consideraba una desgracia. Tanto es así que, cuando la China comunista decretó la política del hijo único, había algunos padres que si les nacía una niña la abandonaban, o la mataban, con la finalidad de optar a una nueva oportunidad de tener un hijo varón. En algunos países, las mujeres aún son propiedad del marido o del hermano, hasta el extremo de que, en sus jurisdicciones, la violación se considera un delito contra la propiedad. Es decir, para los jueces la víctima es el hombre a quien pertenece la mujer violada. En esta misma línea, la Biblia, en uno de sus pasajes, dice que, si los hombres desean emparejarse, lo que han de hacer es violar a una mujer que aún no esté prometida y, claro, el castigo que recibirán es casarse con ella. No hay que insistir en muchos más ejemplos para convenir que en todas las culturas, con mayor o menor intensidad, el hecho de ser mujer es un valor que cuenta a la baja.

Si hablamos de maternidad, hay que tomar nota de que hasta 1950 el promedio de nacimientos de bebés vivos por mujer era de cinco, lo que equivale a decir que, durante su vida fértil, las mujeres vivían en situación de embarazo y puerperio de una manera casi continua, un hecho que debían compaginar con las duras labores de sacar adelante la casa y criar a los niños. En cuanto al parto, el riesgo de dejar la piel en él no era una cuestión menor, si se tiene en cuenta que entre un 10% y un 35% morían en su transcurso. Era una ruleta rusa que, como promedio, cada mujer practicaba cinco veces en la vida. No es de extrañar, pues, que muchas mujeres jóvenes tuvieran temor, por no decir pánico, a la peligrosísima aventura que les esperaba tras la ceremonia de la boda.

Afortunadamente, el promedio de hijos por mujer empezó a descender de manera drástica a partir de 1965, hasta los dos y medio actuales. Con los datos en la mano, todo hace pensar que cuando las mujeres perciben un incremento del bienestar a su alrededor reaccionan teniendo menos hijos. Por tanto, es el nivel de renta, y no la creencia religiosa, la variable que mejor se correlaciona con el descenso de la fertilidad, la cual ha contado con el apoyo de los anticonceptivos, unos servicios que han resultado capitales para la mejora de la posición social, laboral y económica de las mujeres, pero también por su impacto en la contención del número total de habitantes del planeta.

A pesar de los avances evidentes en cuestiones de igualdad, aún hoy las mujeres tienen menos acceso a algunos ámbitos estratégicos, como los poderes económicos y jurídicos, y si bien es cierto que algunas, pocas, llegan a posiciones alfa, pongamos por caso Christine Lagarde o Ursula von der Leyen, es evidente que se trata de excepciones en un mundo, el del poder, eminentemente masculino. En este punto resulta ilustrativo que la reina Isabel I de Inglaterra, que en el siglo XVI comandó el imperio británico durante cuarenta y cinco años, contara con un parlamento formado solo por hombres, una exclusividad masculina que se extendía a todos los militares de cualquier rango, jueces, abogados, obispos, arzobispos, teólogos, sacerdotes, médicos, cirujanos, alumnos, profesores, alcaldes, alguaciles, escritores, arquitectos, poetas, filósofos, pintores, músicos y científicos. Parece claro que la soledad de Isabel I como mujer fue absoluta, al menos en lo tocante al género de quienes la acompañaban en los cenáculos del poder.

La posición de las mujeres en el mundo de hoy, sin ningún tipo de duda, ha mejorado, una afirmación global que, siendo válida, no debería hacer olvidar los lugares del mundo donde aún se les impide el acceso a la enseñanza, se las obliga a llevar velo, se las tutela por parte de los miembros masculinos de la familia, se las obliga a aceptar matrimonios de conveniencia, se las lapida por adulterio, se las prostituye en bien de un futuro mejor, se les mutila el clítoris apelando a la tradición y, para colmo, lo más tremendo de todo es que existe un número muy grande de mujeres que, pese a que no han recibido ninguna de las agresiones anteriores, llevan una vida miserable en la que no tienen ninguna posibilidad real de decidir sobre su futuro.

En cuanto a los países cuyas constituciones han recogido la igualdad de género, se observan tres frentes donde aún queda mucho margen para la mejora: el primero es el laboral, especialmente en las ocupaciones menos cualificadas; el segundo es el del derecho de las mujeres que quieren poner fin a un embarazo no deseado, y el tercero es el de la violencia de género y los feminicidios, una lacra que, recluida en el ámbito de la pareja, persiste tozudamente.

Criaturas

Cuando los homínidos optaron por caminar de pie ganaron en muchos aspectos, pero la nueva posición requería unas caderas más estrechas y, por ese motivo, las mujeres empezaron a tener partos más complicados. En la nueva configuración anatómica, las hembras que parían prematuramente sobrevivían cuando la cabeza del bebé aún era pequeña y flexible, mientras que las otras no. Y así fue como los humanos recién nacidos, desde entonces más inmaduros, requerían un período de crianza mucho más largo que sus antecesores, un tiempo en el que los niños son especialmente vulnerables, una nueva circunstancia que motivó que las mujeres, como ya has visto en el relato anterior, tuvieran asumido que debían parir muchas criaturas, con la expectativa de que al menos algunas de ellas llegarían a adultas. Pongamos por ejemplo a Leonor de Inglaterra, una reina que vivió en el siglo XIII y que parió a dieciséis hijos vivos, de los que se sabe que siete murieron antes de los cinco años y que tan solo tres llegaron a cumplir cuarenta, o, sin ir tan lejos, el caso de la descendencia de James Syme, un profesor de cirugía de la Universidad de Edimburgo que vivió a mediados del siglo XIX. Su primera esposa murió en su noveno parto. Syme se volvió a casar y tuvo cinco hijos más, con un balance final de solo cinco supervivientes de los catorce nacidos vivos de sus dos matrimonios. O el caso trágico de Louis Pasteur y su esposa, Marie, de cuyos cinco descendientes murieron tres. Aun tratándose de situaciones nada representativas, dado que Leonor y su esposo vivían como reyes, en el sentido literal de la expresión, y que Syme y Pasteur eran dos reconocidos profesores decimonónicos, estos ejemplos demuestran que la vulnerabilidad de los recién nacidos en los tiempos de antaño era muy grande sin distinciones, aunque entre los plebeyos las cosas, como es habitual, eran aún peores.

Las familias debían aprender, pues, a salir adelante arrastrando los duelos recurrentes de sus niños muertos, un asunto en el cual nadie esperaba que la medicina tuviera que tener papel alguno, salvo una excepción, la de Louis Pasteur, algunos de cuyos biógrafos remarcan que la pérdida de sus tres hijas por haber enfermado de fiebre tifoidea lo estimuló a elaborar la teoría germinal que, contra la opinión académica predominante, defendía que los microorganismos eran los causantes de las principales enfermedades que en su tiempo asolaban la humanidad.

¿A qué se debía tanta mortandad entre los niños y las niñas? Es una pregunta fácil de responder, dado que la mortalidad infantil estaba directamente relacionada con la mala alimentación y la suciedad, especialmente la de las aguas para beber, que causaban las diarreas, un auténtico azote para las criaturas, particularmente para las más débiles. Finalmente, sin embargo, ya en el umbral del siglo XXI, de la mano de la transición de los grandes países asiáticos hacia el pleno desarrollo económico, se consiguió que la mortalidad de los niños menores de cinco años cayera desde el 44% ancestral hasta el 4% actual. Un hito espectacular que, juntamente con el posterior descenso de la fertilidad, ha provocado un impacto absolutamente disruptivo en la demografía de la humanidad.