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Hace cien años abrió sus puertas en Weimar un proyecto de escuela ideado por Walter Gropius que recibiría el nombre de Staatliche Bauhaus. Este libro se ocupa de lo que aquella escuela fue mientras estuvo abierta, pero también de lo que llegó a ser una vez clausurada. Su actividad entre 1919 y 1933 fue el fundamento de un elaborado relato que serviría de modelo a miles de instituciones educativas deseosas de arrinconar la vieja formación académica que pervivía en sus aulas desde finales del siglo XIX. El renacimiento de la Bauhaus en la República Federal no puede desvincularse del marco político que supuso la Guerra Fría. Las dos Alemanias interpretaron ese legado en un mismo sentido: la Bauhaus practicaba una modernidad apolítica, símbolo del sistema capitalista. Por ese motivo, se dedica un amplio espacio a la Hochschule für Gestaltung de Ulm que daría forma en momentos diferentes a las distintas herencias de la Bauhaus. La realidad de la escuela se insertó en una construcción cultural y fue objeto de una sistemática promoción durante décadas. Esto es lo que hizo Walter Gropius a partir de 1935. Gropius reescribiría, manipularía y adaptaría hechos y testimonios y conseguiría fundir su propia persona con la Bauhaus, y a la Bauhaus con la modernidad del siglo XX. Eugenio Vega nos ofrece una obra diferente, con una mirada nueva sobre un fenómeno que aún hoy sigue vigente. Un libro de enorme valor para investigadores, profesionales y estudiantes, pero también para todo lector interesado por la historia y el legado de Bauhaus. "Eugenio Vega describe en particular las condiciones del marco social, político y económico que han dado forma a ambas escuelas, en definitiva, los que llevaron al cierre de las dos instituciones en Weimar y Ulm. Alemania entre las dos guerra, vivió la esperanza y la tragedia que dieron forma al país con efectos dramáticos. Weimar como ciudad, y como sede la escuela, promovió expectativas y formas de modernizar la sociedad." Bernhard E. Bürdek.
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Seitenzahl: 618
Veröffentlichungsjahr: 2020
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De Weimar a Ulm
Mito y realidad de la Bauhaus 1919-1972
Fotografía de cubierta:
Susana Murias Millán, julio de 2019.
EUGENIO VEGA
De Weimar a Ulm
Mito y realidad de la Bauhaus 1919-1972
Experimenta Libros
Colección THEORIA
De Weimar a Ulm. Mito y realidad de la Bauhaus 1919-1972, Eugenio Vega, 2019
Primera edición en Experimenta Theoria: octubre, 2019
© Eugenio Vega
© 2019, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Experimenta Editorial
Calle Investigación, 7, Pol. Ind. Los Olivos.
28906 Getafe, Madrid, España.
www.experimenta.es
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Coordinador de la edición: Marcelo Ghio
Diseño de cubierta y libro: Márquez Diseño
Revisión: Eugenio Vega Pindado y Pedro M. Sánchez Moreno
De la edición impresa:
ISBN: 978-84-18049-09-5
Depósito Legal: M-34056-2019
De la edición electrónica:
e-ISBN: 978-84-18049-24-8
Digitalización: Proyecto451
Portadilla
Introducción: Ist das Bauhaus aktuell?
Parte I. La realidad de la Bauhaus
I. Alemania entre dos guerras, esperanza y tragedia
República, democracia y revolución
La cultura de Weimar
II. La fundación de la Bauhaus y el manifiesto de 1919
El decisivo papel de Walter Gropius
Weimar, allí empezó todo
La Bauhaus en el contexto de las escuelas de su tiempo
Arte, diseño y revolución en Rusia: Vkhutemas
III. El modelo educativo y el curso preliminar
La pedagogía de la Bauhaus y la reforma de las escuelas de arte
Objetivos y estructura de la enseñanza
Las peculiaridades del Vorkurs de la Bauhaus
El impacto de Johannes Itten en Weimar
El conflicto entre Johannes Itten y Walter Gropius
László Moholy-Nagy en la Bauhaus
El curso básico de Josef Albers
IV. El modelo educativo y la teoría del arte
La tradición artística de la Bauhaus
Una teoría del diseño a partir de la percepción visual
V. Consolidación de la Bauhaus: la exposición de 1923
Arte y tecnología: la nueva unidad
Dessau, tierra de promisión
Dessau como escaparate de la vida moderna
Una factoría del diseño
La Bauhaus GmbH y la autoría del diseño
VI. Hannes Meyer y el inicio de un tiempo nuevo
Hannes Meyer, director en Dessau
Función social frente a formalismo
Meyer, el exilio a ninguna parte
La compleja relación entre Meyer y Gropius
Última etapa: Ludwig Mies van der Rohe
Parte II. El mito de la Bauhaus
VII. El sueño americano
New Bauhaus de Chicago / Institute of Design
El Black Mountain College y la docencia de Josef Albers
La exposición del MoMA en 1938
La fotografía documental y la presencia social del diseño
VIII. La Bauhaus en la Alemania de la guerra fría
El nuevo orden mundial
La inmediata postguerra
Modernidad y socialismo en la DDR
Documentación, archivo y promoción de la Bauhaus
IX. La Hochschule für Gestaltung de Ulm
Max Bill y el mito de la Bauhaus
La relevancia de la Hochschule für Gestaltung de Ulm
La organización docente
Los cambios en la pedagogía
La inestabilidad de la última década
El camino a la disolución
¿Por qué volvió a suceder lo mismo?
El Institut für Umweltplannung de Ulm
X. La diversidad de la herencia de la Bauhaus
Claude Schnaidt y l’Institute de l’Environnement
El Basic Design Movement, la influencia del Vorkurs en Gran Bretaña
Parte III. La Bauhaus y el universo de lo artificial
Referencias y documentos
XI. Bibliografía
XII. Otros documentos
Durante los últimos decenios se ha puesto de moda, y no en menor grado entre las personas que se consideran de izquierdas, negar que la realidad objetiva sea accesible, toda vez que lo que llamamos “hechos” existe solo en función de conceptos previos y de problemas formulados en sus propios términos. El pasado que estudiamos no es más que una construcción de nuestra mente. Una construcción es en principio tan válida como cualquier otra, tanto si se puede respaldar con lógica como si no. Mientras forme pare de un sistema de creencias emocionalmente fuerte, en principio, no hay, por así decirlo, ninguna manera de decidir que la crónica bíblica de la creación de la Tierra es inferior a lo que proponen las ciencias naturales: son sencillamente distintas. Cualquier tendencia a dudar de esto es positivismo y ningún término indica un rechazo más total que este a menos que sea el término empirismo.
Eric Hobsbawm.
On History, 1997.
Introducción:
Ist das Bauhaus aktuell?
En septiembre de 1963, Tomás Maldonado publicó en la revista ulm un amplio artículo con el título Ist das Bauhaus acktuell? donde se preguntaba sobre la modernidad de la escuela de Weimar treinta años después de su clausura. El pretexto para su comentario era la monumental monografía que Hans M. Wingler había publicado por entonces sobre la Bauhaus. Maldonado afirmaba que la sociedad había cambiado de forma tan extraordinaria que poca utilidad podría tener una experiencia como la iniciada por Walter Gropius en 1919. Su opinión, reiterada en muchas intervenciones durante sus años al frente de la Hochschule für Gestaltung, mostraba su distancia con una tradición que consideraba poco provechosa. Sus argumentos eran consecuencia del profundo rechazo a la orientación que Max Bill, su antecesor en el cargo, había dado a la HfG como una continuación actualizada de la escuela de Weimar.
Pero la sospecha de que la Bauhaus era un mito de la modernidad más que un modelo a seguir, no impidió su difusión ni su influencia en la segunda mitad del siglo pasado. Las prácticas educativas que pusieron en marcha sus docentes (antes y después de la clausura) se convirtieron en la principal alternativa a los viejos métodos que las enseñanzas artísticas arrastraban desde finales del siglo XIX. En 1971, Reyner Banham expresaba su desazón por el hecho de que el Vorkurs (el curso preliminar ideado por Johannes Itten) hubiera hipnotizado a las autoridades académicas hasta el punto de poner patas arriba el sistema de educación artística del Reino Unido. Superar un curso preliminar, similar al de Itten, se convirtió en requisito indispensable para acceder a la enseñanza superior sin que los docentes que debían impartirlo hubieran asumido sus fundamentos ni sus métodos.
El formalismo del curso preliminar ha dejado su huella en la enseñanza del diseño, si bien carece de la fuerza ideológica que pudo tener en su momento. Los cambios sociales, económicos y tecnológicos son de tal magnitud que es difícil afirmar que la Bauhaus, como experiencia pedagógica, pueda ser un modelo para la enseñanza en este nuevo siglo. Esa constatación, sin embargo, no impide reconocer su relevancia como fenómeno cultural a pesar de todas sus contradicciones.
I.
El presente libro no es una crónica exhaustiva de la Bauhaus ni podría serlo por la dimensión y complejidad del asunto que trata. Es, ante todo, una indagación acerca de los factores que convirtieron una realidad educativa, surgida en los inestables años de Weimar, en un fenómeno que trascendió las fronteras de Alemania y alcanzó una extraordinaria influencia en la cultura del siglo XX. Sin embargo, la intensidad de las invocaciones a la Bauhaus nunca guardó relación con el limitado conocimiento que se tenía de ella.
Durante el tiempo que dirigí una escuela de arte, comenzó mí interés por la pervivencia de las instituciones educativas, sus señas de identidad y las razones que contribuyen a su éxito o fracaso, inquietudes que dan sentido a estas páginas.
A finales del pasado siglo, la idea dominante era que la enseñanza del diseño solo podía desarrollarse plenamente en un centro (preferiblemente privado) que tuviera detrás de sí un modelo educativo claro y definido. Las escuelas que triunfaban (decían) se distinguían por una peculiar forma de enseñar que asumían todos sus docentes (una línea común, una marca, en definitiva). Las escuelas que no conseguían sus objetivos carecían de esa orientación, no eran más que una colección de profesores, cada uno de ellos con una peculiar forma de dar clase, ajenos por completo a cualquier orientación institucional. Con el tiempo, las escuelas públicas caerían en esa misma trampa y pondrían sus energías en dar forma a una identidad que les permitiera competir en el mercado de la educación. El Espacio Europeo de Educación Superior y los sistemas de control de calidad que trajo consigo, contribuyeron a esta manera de entender la enseñanza del arte y del diseño (Ball, 2016).
Quienes insistían en la virtudes de la coherencia educativa solían poner como ejemplo a la Bauhaus y a su sucesora, la Hochschule für Gestaltung de Ulm. Ambas instituciones no solo habían implantado fórmulas innovadoras, sino que habían influido en otras muchas, gracias a un modelo pedagógico bien fácil de identificar y describir. Sin embargo, la información que fundamentaba esas afirmaciones era escasa y poco fiable. El prestigio de lo desconocido llegó al extremo de que varios diseñadores españoles afirmaban haberse formado en la escuela de Ulm; pero allí, en realidad, tan solo hubo una alumna de nacionalidad española que figure en la relación de matriculados.
Su presencia en la educación artística de nuestro país fue muy escasa. Como sucedía en casi todas partes fuera de Alemania, de la Bauhaus se sabía poco y de la Hochschule für Gestaltung, aún menos. A pesar de ello, las instituciones educativas comenzaban a poner en marcha algunas innovaciones pedagógicas que la Bauhaus había iniciado cincuenta años antes. A las aulas llegaban distintas versiones, más o menos fieles, del curso preliminar que se implantaban sin criterios claros ni la convicción suficiente. Al igual que sucedió en el Reino Unido, la influencia de la escuela de Weimar se limitaba a proporcionar a todas estas iniciativas un cierto barniz formalista y a integrarlas en la tradición de la modernidad.
Las publicaciones eran escasas y, en consecuencia, raramente críticas. Pero lo que se conocía de la Bauhaus no permitía afirmar que aquella escuela hubiera dado forma a un modelo educativo coherente y reconocible. Se sabía que había nacido en un momento político muy complejo, y que había recibido influencias tan diversas como las de los movimientos de vanguardia de aquel tiempo. Bastaba leer los manifiestos de cada uno de aquellos grupos, para comprender la dificultad de poner de acuerdo a quienes estaban enfrentados por la disposición de la forma o el significado del color. No solo parecía difícil que alguien pudiera imponer su criterio en una escuela fundada en aquel maremágnum, sino que tampoco parecía deseable. Para quienes estudiaron en aquellos años, cuando muchos centros de enseñanza se debatían entre una especie de academicismo matissiano y la experimentación conceptual, la diversidad era, quizá, la única posibilidad de eludir ese absurdo dilema.
II.
Como se ha apuntado, la Bauhaus rebasó la frontera de la educación artística para convertirse en un fenómeno cultural. El alcalde de Dessau, Fritz Hesse, reconocía que en 1927 la ciudad recibía miles de visitantes al año para ver la escuela. Sin duda, la declaración que recibieron en 1996 los edificios de la escuela (y las casas de los maestros) como Patrimonio de la Humanidad, terminó por convertir ese conjunto arquitectónico en el parque temático de una modernidad a la que podría atribuirse cualquier virtud.
La Bauhaus tiene quizá hoy más presencia en el debate académico y en los medios de comunicación que en las aulas. El primer día de abril de 2019 la ARD (la televisión pública alemana) estrenó Lotte am Bauhaus, una película dirigida por Gregor Schnitzler, que no despertó el entusiasmo de la crítica, pero que alcanzó niveles de audiencia aceptables en Internet. El telefilme se ocupaba del papel de la mujer en la escuela de Weimar aunque centraba su argumento en la aventura personal de la protagonista. Lotte am Bauhaus no fue la única referencia al centenario de la escuela. Aparte de una inusual presencia en los informativos, se incrementó el número de documentales y programas, tanto en las televisiones convencionales como en las plataformas digitales. Esta oferta da idea de la importancia mediática de la Bauhaus, un fenómeno que sigue despertando interés fuera del ámbito académico y que constituye, a día de hoy, un hito en la cultura alemana y europea.
Del mismo modo, la República de Weimar (un periodo de gran inestabilidad política) también ha tenido su espacio en los medios de comunicación. No solo porque se cumplan ahora cien años de su primera constitución democrática, sino porque Weimar se ha convertido en un concepto asociado a la mayor crisis de la historia europea. Su sola mención se asocia a la incertidumbre de un continente atrapado entre la búsqueda de su identidad y la necesidad de afrontar nuevos retos (migratorios, medioambientales, sociales) que no fueron previstos por quienes impulsaron la unidad europea. La serie televisiva Babylon Berlin ha reproducido la complejidad de aquellos tiempos donde convivían la pujanza de los movimientos de la vanguardia, los nuevos modos de vida llegados de América y la continua intriga política. La capital del Reich se convirtió en una excepción cosmopolita en un tiempo de derrota, resentimiento y conspiración.
Los años de Weimar fueron el escenario en que nació, creció y murió la escuela fundada por Gropius y, sin conocer ese contexto histórico, es difícil comprender mucho de lo que sucedió en aquella escuela.
III.
Uno de los aspectos más interesantes de la Bauhaus, desde la perspectiva que nos ocupa, es su vocación de continuidad y permanencia. Desde que Gropius inició su exilio, la idea de prolongar la experiencia iniciada en Weimar encontró eco suficiente dentro y fuera de Alemania. Del mismo modo, la precaria democracia iniciada en 1919 quiso revivir en aquella República Federal que nació de la tensión entre los dos bloques en que quedó dividido el mundo por la Guerra Fría.
Esa continuidad fue también una forma de reducir el impacto de los años del nacionalsocialismo en la historia de Alemania. En Heimat, la serie de televisión dirigida por Edgar Reitz (profesor en la Hochschule für Gestaltung de Ulm) se narra la historia de una familia de Renania Palatinado desde 1919 hasta el final del siglo XX. Se criticó a su director por dar más relevancia a las peripecias personales de los protagonistas que al efecto que sobre ello pudieron tener los años del Tercer Reich. Pero Reitz explicó que, para muchos alemanes, aquellos años no tuvieron un gran significado. Para ellos, el nazismo no fue una época de terror y, cuando comenzaron a intuir su barbarie, hicieron todo lo posible por olvidarla. Que la Bauhaus fuese continuada por otra institución similar tras la derrota del nazismo fue la mejor forma de mostrar la continuidad de Alemania en el pasado siglo.
IV.
Este libro se ocupa de lo que la Bauhaus fue mientras estuvo abierta, pero también de lo que llegó a ser una vez clausurada. La actividad que llevó a cabo entre 1919 y 1933 constituyó un elaborado relato (sujeto a continuas modificaciones) que sirvió de modelo a miles de escuelas deseosas de arrinconar la vieja formación académica que pervivía en las aulas desde finales del siglo XIX.
La primera parte trata de la realidad de la Bauhaus, de lo que sucedió en Weimar, Dessau y Berlín, con atención al contexto histórico y cultural en que nació y vivió. Describe el Vorkurs, la formación en los talleres y analiza el intento de convertir la Bauhaus en una factoría para el diseño. En tal sentido, hace referencia a los conflictos internos que vivió la escuela durante sus pocos años de existencia. Esas tensiones se debieron, en su mayor parte, a discrepancias pedagógicas de gran hondura y a diferentes concepciones sobre la función política y social que la Bauhaus debía desempeñar en el momento histórico que le tocó vivir. Lógicamente, parte de estos conflictos derivaron en luchas de poder que contribuyeron desde 1928 a un proceso de paulatina descomposición.
La segunda parte comienza con la actividad de los profesores de la escuela exiliados en Estados Unidos. La New Bauhaus de Chicago fue un primer intento de continuidad institucional que hubo de adaptarse a la realidad norteamericana con la incorporación de prácticas ajenas a la tradición artística. Pero el interés de Gropius por hacer de la escuela un elemento esencial de su carrera profesional tuvo su consecuencia en la exposición del MoMA de Nueva York en 1938, una primera interpretación de la Bauhaus como hito de la modernidad.
Los siguientes apartados tratan del renacimiento de la escuela en la República Federal de Alemania, un hecho que no puede desvincularse del marco político que supuso la Guerra Fría. En consecuencia, se dedica un amplio espacio a la Hochschule für Gestaltung de Ulm, la institución educativa que más claramente quiso prolongar el legado de la Bauhaus en la Alemania de la segunda postguerra. Establecer esta conexión entre ambas escuelas es un objetivo fundamental de estas páginas. Ulm materializó el mito que Gropius había contribuido a elaborar y rectificó en lo posible aquellos rasgos del pasado que habían perdido sentido con el paso del tiempo. En su breve existencia, Ulm dio forma en momentos diferentes a las distintas herencias de la Bauhaus (representadas por Gropius, Itten y Meyer) para terminar cerrando sus puertas en 1968 como su antecesora lo había hecho en 1933.
Esta parte concluye con el análisis de dos ejemplos que muestran la influencia de la escuela de Weimar fuera de Alemania: el Institut de l’Enviroment que Claude Schnaidt (gran admirador de Meyer) dirigió en París durante un par de años; y el movimiento del Basic Design impulsado, entre otros, por Richard Hamilton que cambió el sistema de educación artística en el Reino Unido a partir de la adaptación de las ideas de Itten y Klee.
V.
La Bauhaus fue parte de la cultura de Weimar y una experiencia poco común por las razones que se exponen en los siguientes capítulos. Si en 1963 Tomás Maldonado ponía en duda la “actualidad de la Bauhaus”, hoy carece de sentido hacerse esa pregunta. La escuela fundada por Gropius es un fenómeno cultural y, como tal, extiende su influencia más allá del ámbito del diseño y la educación.
No deja de sorprender que la Bauhaus no quedara en el olvido como sucedió con otras tantas experiencias parecidas. En la Alemania de la segunda postguerra llegó a ser considerada como parte de la herencia democrática y su prestigio estaba muy extendido entre grupos sociales vinculados con lo mejor de Weimar. La Bauhahus aumentó su presencia en los años de expansión económica que siguieron a la fundación de la República Federal, consiguió encajar en las necesidades políticas de la Guerra Fría, y las dos Alemanias interpretaron su legado en el mismo sentido, es decir, como una forma de modernidad apolítica y un símbolo del sistema capitalista. Además (y eso es lo más llamativo), llegaron a confundirse las formas de la modernidad (lo que Johnson y Hitchcock llamaron el Estilo Internacional) con la propia Bauhaus. No deja de ser sorprendente que la expresión “estilo Bauhaus” llegara a ser utilizada para referirse a toda forma de modernidad, cuando sus productos fueron escasos, nunca se fabricaron industrialmente y tuvieron tan poco éxito entre los consumidores de su tiempo.
Para que todo ello fuera posible, y para que muchas instituciones se sintieran herederas (en mayor o menor medida) de la Bauhaus, fue necesario que la realidad de la escuela, su legado, se insertara en un relato (una construcción cultural, si se prefiere) y fuera objeto de una sistemática promoción durante décadas. Esto es lo que precisamente Walter Gropius hizo a partir de 1935, cuando asumió el papel esencial en la creación de un mito que superó lo acontecido durante los años de Weimar: dar forma a esa “idea” que Mies van der Rohe consideraba como el principal valor de la Bauhaus. Para ello, Gropius reescribiría, manipularía y adaptaría hechos y testimonios, de manera que fueran aptos para todos los públicos; y conseguiría fundir (o confundir) su propia persona con la Bauhaus, y a la Bauhaus con la modernidad del siglo XX.
Agradecimientos
Quisiera en estas breves líneas expresar mi agradecimiento a todos aquellos que en mayor o menor medida han contribuido a que este libro fuera una realidad.
En primer lugar, debo reconocer el apoyo de Raúl Alonso, Marcelo Leslabay y Marcelo Ghio que desde Experimenta mostraron verdadero interés por este proyecto desde un principio. Debo mencionar a Pedro Sánchez, que tuvo la paciencia de revisar el texto. Del mismo modo, he de mostrar mi gratitud a Susana Narvaiza por sus correcciones, su paciencia y sus observaciones siempre provechosas.
Debo mencionar la generosa contribución de Susana Murias y Guadalupe Bascuñana que han permitido la publicación de las imágenes que tomaron de los edificios de Dessau. Y del mismo modo, debo recordar a Daniel Hervás por su fotografía del edificio de Weimar, y a Richard Yeomans por las imágenes de sus años de estudiante en Newcastle con Richard Hamilton. No puedo dejar de señalar que el Dr. Rene Spitz tuvo la amabilidad de autorizar la publicación de varias imágenes de Hans G. Conrad, excelente fotógrafo y uno de los primeros alumnos inscritos en la Hochschule für Gestaltung.
Quiero mencionar de forma muy especial a todos aquellos creadores que de manera desinteresada comparten su trabajo intelectual, artístico y fotográfico a través de la red. Gracias a ellos, la difusión del conocimiento ha alcanzado posibilidades que no hubieran sido posibles en otro sistema de relaciones. Sin su aportación esta obra (como otras muchas) no se hubieran hecho realidad.
También debo reconocer la contribución que han tenido para el desarrollo de algunas ideas de este libro mis conversaciones con Adrían Carra y Fernando Labaig. Con ellos he mantenido numerosas discusiones y debates sobre muchos otros temas, pero que han proporcionado siempre una mirada distinta al complejo universo de la educación.
Lógicamente, tengo que mostrar mi gratitud al Bauhaus Archiv y al HfG Archiv Museum Ulm, las dos instituciones que han mantenido el legado de las escuelas de las que se ocupan estas páginas. Pero también quiero recordar el estímulo y que supuso hablar de estos temas con protagonistas directos. Bernard E. Bürdek, alumno del IUP y profesor de la Hochschule für Gestaltung de Offenbach, autor de numerosas obras sobre diseño, me ha proporcionado una visión general de las conexiones entre la práctica profesional y las instituciones educativas. Gerhard Curdes, profesor del Institut für Umweltplanung, me hizo ver con más claridad el final de aquel gran proyecto que fue Ulm. A David Oswald, de la Hochschule für Gestaltung Schwäbisch Gmünd, debo agradecerle su paciencia y su disposición a orientarme en el intrincado universo de la herencia de Ulm que tanta importancia tiene aún hoy para quienes se acercan a ese fenómeno. También quiero reconocer la deuda con la obra de Paolo Nicoloso, de la Universidad de Trieste, centrada en la difícil relación entre vanguardia y fascismo.
Quisiera mostrar mi profundo agradecimiento a muchas otras personas que han contribuido a formar mis ideas sobre el asunto central de este libro, y extiendo mis disculpas a cualquiera que pueda haber ignorado sin darme cuenta.
PARTE I
La realidad de la Bauhaus
El domingo 2 de octubre de 1955, un soleado día de otoño, tuvo lugar la apertura oficial de la Hochschule für Gesltaltung en Ulm. En la colina de Kühberg, en las afueras de la ciudad, cerca de donde estuvo preso el líder del SPD Kurt Schumacher, se procedió a la inauguración del edificio concebido por el artista y arquitecto suizo Max Bill. Hasta aquel día, las clases se habían impartido en el viejo edificio de la Volkshochschule, la escuela de adultos que Inge Scholl, Otl Aicher y Hans Werner Richter habían fundado poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial en el centro de la ciudad.
Por muy diversas razones, la presencia en ese acto de Walter Gropius tenía un significado excepcional. Tras fundar la Bauhaus en 1919 y dirigir la escuela hasta 1928, se había convertido en una figura de renombre internacional tras una brillante carrera en Estados Unidos. Gropius representaba el vínculo que la nueva institución quería mantener con la que había sido cerrada por los nacionalsocialistas en 1933. Pero también expresaba la relación que la cultura de la República Federal (con poco más de cinco años de existencia) quería mantener con Estados Unidos, su principal valedor.
Más de quinientas personas se agolpaban en la entrada de un edificio de nueva planta, desparramado por la colina de Kuhberg donde aún pastaban las ovejas y apenas unos pocos automóviles salpicaban el paisaje. A Richard Hamilton, que visitaría la escuela unos pocos años más tarde, no dejó de sorprenderle el edificio:
“Su coherencia era más evidente en las fotografías aéreas que cuando uno se encara con él. El lugar, una colina elevada fuera de la ciudad y la distribución desordenada de bajos edificios hace difícil ver otra cosa que una vista fragmentada. A un lado [los] automóviles […] se alinean en el parking; al otro, un arado tirado por bueyes trabaja en el terreno adyacente” (Hamilton, 1958).
La fotografía de Walter Gropius con los brazos cruzados, sentado junto a Inge Scholl, refleja la autoridad del fundador de la Bauhaus y su convicción en la pervivencia de los principios que dieron forma a su proyecto. A pesar de la gran afluencia de visitantes, no estuvieron ni el comisionado de Estados Unidos, John McCloy (que había concedido el dinero para la construcción de la nueva escuela), ni el influyente ministro de economía Ludwig Erhard, ni ninguna otra figura política de relevancia. Habría que esperar a 1958 para que el presidente federal Theodor Heuss, tan ligado a la cultura de Weimar, visitara la escuela.
Ante un pequeño atril, fueron pronunciados los correspondientes discursos en un clima de relativa formalidad. El acto se inició con un breve parlamento de Inge Scholl en el que subrayó las dificultades de todo tipo que habían sido necesario superar para llegar a aquel momento:
“Tenemos claro nuestro objetivo; todo lo que hacemos en la Hochschule für Gestaltung es trabajar conjuntamente para construir una nueva cultura, y ese objetivo es crear un estilo de vida que esté en consonancia con nuestra era tecnológica” (Spitz, 2002, 174).
Gropius, por su parte, comenzó haciendo referencia al momento culminante de la Bauhaus cuando en diciembre de 1926 se inauguró el edificio de la escuela en Dessau. Los noticiarios de la época recogieron sus palabras en una filmación del acto:
“Hace casi treinta años me encontraba en una situación parecida a la que hoy vive el profesor Max Bill, la apertura de un edificio propio para la Bauhaus en Dessau en 1926. […] Para experimentar se necesita absoluta libertad y un apoyo de las autoridades que, con visión de futuro, sean benevolentes con algo nuevo que a menudo es difícil de entender en sus inicios. Demos tiempo a la Hochschule für Gesltaltung para que se desarrolle tranquilamente. Eso llevará años. Sé lo que padecimos en la Bauhaus, cuando cada pequeña iniciativa que poníamos en marcha era sometido a crítica”.
Gropius escenificó la continuidad entre dos etapas de la historia alemana separadas por una guerra brutal que había tenido, entre otras consecuencias, la división del país en dos estados. Era un vínculo con todo aquello que el nacionalsocialismo había interrumpido o destruido, y un signo de la esperanza en una nueva República Federal integrada en el capitalismo y en la democracia parlamentaria. Aquel acto protocolario simbolizaba la permanencia de la Bauhaus a lo largo de todo el siglo XX.
I.
Alemania entre dos guerras, esperanza y tragedia
La Bauhaus abrió sus puertas en la primavera de 1919 y fue clausurada en el verano de 1933. Su existencia corrió paralela a la República de Weimar, el régimen parlamentario instituido entre las dos guerras mundiales. Ambas experiencias concluyeron trágicamente y cada una de ellas, a su manera, intentó revivir tras la enorme derrota de 1945. Mientras la democracia reaparecía en una versión muy cautelosamente corregida y tutelada con la fundación de la República Federal Alemana, la Bauhaus haría algo parecido en la ciudad de Ulm con la Hochschule für Gestaltung.
No cabe entender la Bauhaus sin conocer, aunque sea someramente, lo que la República de Weimar fue y supuso para la cultura y las artes de su tiempo. La inestable democracia de aquel periodo trajo consigo aires de libertad y, con ellos, una cultura diversa, innovadora (en ocasiones, ingenuamente pretenciosa) que dejó una inmensa huella en la historia de Europa.
Por otra parte, el régimen parlamentario que surgió tras la derrota de 1918 nació en las peores condiciones posibles: un país obligado a aceptar las duras cláusulas del Tratado de Versalles, dividido en facciones y empobrecido por la crisis económica. En palabras de Peter Gay, “la república nació en la derrota, vivió en la confusión y murió en el desastre” (Gay, 1984, 11). En consecuencia, la Bauhaus acusó todos los vaivenes políticos acaecidos durante su corta existencia: tanto el traslado de Weimar a Dessau, como el que la llevó finalmente a Berlín, estuvieron motivados por la derrota de los partidos republicanos en las ciudades en que se estableció la escuela. Su clausura fue consecuencia natural de la llegada de Hitler a la cancillería en enero de 1933.
República, democracia y revolución
La Gran Guerra llevó a Alemania a la ruina. En septiembre de 1918, el general Erich Ludendorf (jefe adjunto del Estado Mayor alemán), consciente ya de la inminente derrota, hizo todo lo posible para que la responsabilidad de la capitulación recayera en cualquiera menos en el ejército (Haffner, 2005). A finales de 1918, Berlín, la capital del Reich, era una ciudad que contrariamente a lo que sucedería en 1945 apenas había sufrido las consecuencias del enfrentamiento bélico. Quizá por ello los berlineses no podían comprender que a sus soldados los hicieran retroceder unos ejércitos aliados que, hasta entonces, daban por derrotados.
Esta situación de colapso propició que el líder del SPD, Friedrich Ebert, se convirtiera en canciller y que un gobierno con mayoría en el Reichstag pidiera el armisticio a los aliados. Los movimientos revolucionarios se iniciaron de manera inmediata. En octubre, los marineros de la flota en Hamburgo se negaron a obedecer las órdenes de los oficiales e iniciaron, sin pretenderlo, un proceso revolucionario que terminaría con la monarquía y obligaría al Káiser a exiliarse en los Países Bajos.
Se creó entonces un gobierno provisional de “comisarios del Pueblo”, una solución a medio camino entre la tradición parlamentaria y los nuevos usos revolucionarios. Estaba formado por miembros del SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschlands) y del USPD (Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands), la escisión izquierdista del partido socialdemócrata, una coalición que contó con el apoyo de los católicos del Zentrumspartei.
Miembros de los Freikorps delante de un carro blindado en las calles de Berlín, enero de 1919.
A principios de noviembre, Philipp Scheidemann (SPD) proclamó la república desde una ventana del Reichstag contra la intención primera del partido y, muy particularmente, del canciller Ebert, de reformar el sistema heredado antes de sucumbir a la tentación revolucionaria. En enero de 1919, la Liga Espartaquista y el USPD organizaron un levantamiento inspirado por el triunfo bolchevique en Rusia que tuvo su principal foco en Berlín. La ciudad sufrió durante semanas los efectos de la revolución. El enfrentamiento entre los activistas de izquierda y las tropas gubernamentales produjo una separación completa entre quienes, durante la era guillermina, habían convivido en un mismo partido. Las divergencias irreconciliables llevarían a los sectores más radicales de la izquierda a crear el KPD, el Kommunistische Partei Deutschlands.
Pero la tragedia se produjo cuando Ebert, Scheidemann y Gustav Noske del ala derecha del SPD echaron mano de los Freikorps (1) para acabar con los disturbios y terminar siendo partícipes de la represión contrarrevolucionaria. Las represalias culminaron en enero de 1919 con el brutal asesinato por fuerzas gubernamentales de los líderes espartaquistas Karl Liebknecht y Rosa Luxembourg quienes apenas habían participado en los sucesos revolucionarios.
Grupo de revolucionarios espartaquistas en las calles de Berlín, enero de 1919.
Poco después, Kurt Eisner (ministro presidente de Baviera y miembro del USPD) que se había hecho con el gobierno de aquel Land, también sería asesinado en Munich. Tras su muerte, se estableció la Rate Republik (República de los consejos de trabajadores y soldados), hasta que más de treinta mil miembros de los Freikorps derrocaron la revolución en mayo y establecieron un régimen represivo con la connivencia de Berlín.
En este ambiente de inestabilidad e incertidumbre se convocó una Asamblea constituyente en la pequeña ciudad de Weimar, alejada de las convulsiones políticas que agitaban la capital del Reich. El propósito era redactar una constitución, la primera en la historia de Alemania que estableciera un régimen parlamentario; pero, a pesar de los cambios revolucionarios que llevaron a la formación de dicha asamblea, el texto constitucional mantendría una cierta continuidad con la legalidad del Segundo Imperio. Muchas de las prerrogativas del emperador pasaron al Presidente del Reich que distaba mucho de ser un mero árbitro ante los partidos políticos.
La Constitución de Weimar institucionalizaría un régimen democrático inédito para la historia de Alemania que aprobó el sufragio femenino y mantuvo la diversidad territorial en un estado federal y republicano que siguió denominándose Reich. A pesar de que se ha culpado al sistema unicameral establecido por esa Constitución de la inestabilidad de aquellos años, no puede olvidarse la magnitud de los problemas a los que hubo de enfrentarse una democracia sin apenas tradición en una situación de conflicto permanente.
Versalles, junio de 1919
El reconocimiento de la culpabilidad por el estallido de la Gran Guerra tras la firma del Tratado de Paz de Versalles supuso un trauma para los alemanes. Los sectores más nacionalistas vieron la causa de la derrota en lo que llamaron la “puñalada por la espalda”, la traición de izquierdistas y liberales al esfuerzo de los soldados en el frente. Esa leyenda contribuyó a socavar la legitimidad de la república democrática y alimentó a los movimientos reaccionarios durante todo el periodo de Weimar.
Aunque en los primeros años el SPD fuera el grupo mayoritario del Reichstag, pronto hubo de buscar apoyos entre los pequeños partidos liberales, sobre todo en el DDP (Deutsche Demokratische Partei), y en los católicos del Zentrum con los que formó la llamada Coalición de Weimar. En junio de 1919 el gobierno del Reich formado por estos partidos tuvo que aceptar el Tratado de Versalles si no quería enfrentarse a una reanudación de las hostilidades bélicas. Alemania quedaba obligada a asumir toda la responsabilidad por haber causado la guerra, debía iniciar un proceso efectivo de desarme, realizar importantes concesiones territoriales y pagar indemnizaciones económicas a los países vencedores durante décadas (Haffner, 2005).
Pero Versalles no solo dolió a los radicales de derechas. Toda la población entendió como una injusticia histórica el tratado que Alemania se vio obligada a firmar el 28 de junio de 1919. El vicecanciller del Reich, Matthias Erzberger (del Zentrum y firme defensor de la paz) sería asesinado en 1921 por los que entendían esa firma como la aceptación de una imposición humillante. Por otra parte, las cesiones territoriales, entre las que se incluían las colonias junto a las reparaciones de guerra, afectaron necesariamente a la situación económica. Igualmente, el tratado prohibía cualquier intento de anexión con Austria, aspiración que alimentaba por su popularidad a los movimientos nacionalistas del Reich, pero que era asumida por los gobiernos revolucionarios de Berlín y Viena. La situación de decadencia económica e inestabilidad de la República hizo que el glorioso pasado del Sacro Imperio Germánico se convirtiera en un referente para los pangermanistas que veían en la dictadura la solución a la crisis del país. A partir de 1918, la derecha nacionalista insistió en la idea de una nueva Europa (liderada por Alemania) que lucharía con todas sus energías contra el liberalismo y la revolución.
Manifestación ante el Reichstag en contra del Tratado de Versalles, primavera de 1919, Bildarchiv Preußischer Kulturbesitz.
La limitada relevancia del SPD en la República de Weimar
El supuesto dominio del Partido Socialdemócrata en los años de Weimar no fue tal. Tras haberse hecho cargo del gobierno en los inicios de la revolución (con Scheidemann, Bauer y Müller como cancilleres) tuvo que colaborar con los otros partidos de la Coalición de Weimar. Participó así en los gabinetes del católico Joseph Wirth (1921, 1922) y en los del conservador Gustav Stresemann (1923), durante la época más dura de la hiperinflación tras la ocupación militar del Ruhr por las fuerzas aliadas (Turner, 1960). En 1925 el presidente del Reich, Friedrich Ebert, falleció y fue sustituido por el mariscal Paul von Hindenburg, uno de los responsables de la derrota de 1918.
Años más tarde, entre 1928 y 1930, el SPD volvería de nuevo a la cancillería con Hermann Müller en el que sería el último gobierno parlamentario de la República. Tras Müller, que cayó por las controversias en torno al seguro de desempleo, fue nombrado un gobierno“presidencial” que no dependía ya de la confianza del Reichstag sino del capricho de Hindenburg y que presagiaba el colapso definitivo del régimen parlamentario (Colloti, 1971). Estos gabinetes presidenciales eran posibles gracias a una prerrogativa concedida por la Constitución al presidente del Reich que le permitía nombrar canciller a un candidato aunque no tuviera mayoría parlamentaria en el Reichstag (Kershaw, 1998).
Lo cierto es que buena parte de la estabilidad del sistema dependió de políticos que, como Gustav Stresemann, eran Vernunftrepublikaneren, es decir, republicanos de conveniencia que se comportaron con lealtad a las nuevas instituciones ya fuera por convicción o por pura necesidad. Su política exterior, basada en el acuerdo, permitió que Alemania fuera admitida en la Sociedad de Naciones en 1926, y su muerte en 1929 coincidió con el inicio de la etapa final del periodo republicano (Turner, 1960).
Primera página del Vörwarst, órgano del SPD, con un llamamiento a la huelga general. 9 de noviembre de 1918.
En consecuencia, el protagonismo del SPD, el partido que se vio al frente de la revolución y que llevó a cabo la contrarrevolución, fue mucho más escaso de lo que pudiera parecer. El devenir de la República dependió mucho más de los partidos del centro y la derecha, sobre todo, desde que en 1925 el mariscal Hindenburg sustituyera en la presidencia al fallecido Ebert. Que el presidente pudiera nombrar gabinetes al margen del Reichstag se convirtió en una amenaza para la propia democracia.
En las elecciones del 14 de septiembre de 1930 el NSDAP de Adolf Hitler se convirtió en el segundo partido más votado lo que llevó a los socialdemócratas a una situación imposible. Al verse obligados a apoyar a Heinrich Brüning al frente de un gobierno ajeno al parlamento, la extrema derecha del NSDAP se convirtió en la única oposición posible. A partir de entonces, las alternativas para el SPD se volvieron diabólicas. No tuvo más remedio que apoyar los gabinetes presidenciales en una resignación desesperada que no llevaba a ningún sitio.
Las dificultades económicas
El nuevo régimen constitucional vivió en una constante zozobra económica y atravesó momentos críticos como la hiperinflación que asoló la economía entre 1921 y 1923. El gobierno del Reich, sin apenas reservas de oro, entró en un proceso alocado de emisión de papel moneda para mantener el cambio con el dólar. Esa política monetaria ideada para hacer frente al esfuerzo bélico, llevó a una devaluación del marco que no contaba con el suficiente respaldo de reservas de ningún tipo. En 1921, la exigencia por parte de Gran Bretaña del pago de las reparaciones de guerra que sumaban dos mil millones de marcos tuvo consecuencias trágicas para la economía del país. El exceso de dinero en circulación provocó una rápida depreciación durante 1922, los precios de los artículos de consumo aumentaban cada día y los ahorros perdieron todo su valor. Para complicar más las cosas, en 1923 las tropas francesas y belgas ocuparon el Ruhr con el objetivo de asegurarse el pago de las reparaciones de guerra en bienes y materias primas ya que el dinero había perdido todo su valor.
El catalán Eugeni Xammar, corresponsal en Berlín del periódico madrileño Ahora, relataba el vertiginoso proceso de desvalorización del dinero a poco de llegar a la capital del Reich:
“Llevaba ya tres meses en Berlín cuando aparecieron los primeros billetes de 50 000 marcos y después los de 100 000. No se hicieron esperar unos nuevos billetes, impresos todavía en buen papel, de 500 000 marcos y al poco hicieron su aparición otros, ya de papel más ordinario, con la inscripción mágica: un millón de marcos. Al acabar el año de mi llegada a Alemania ya circulaban billetes de modesta apariencia de un valor nominal de cinco millones de marcos. Las prensas de la imprenta nacional malamente daban abasto” (Xammar, 1973, 259).
La hiperinflación alcanzó tal nivel que para las entidades emisoras de moneda su principal preocupación era conseguir que el dinero mantuviera su valor al menos hasta que llegara a su destino. Las horas que transcurrían entre la impresión de los billetes y su circulación en el mercado eran críticas para que el dinero siguiera valiendo algo. El deterioro monetario alcanzó su máximo nivel en noviembre de 1923 cuando una barra de pan llegó a valer tres mil millones de marcos. Nadie pudo escapar a aquella tragedia. Así sucedió que los beneficios que la Bauhaus obtuvo por la exposición que celebró ese mismo verano de 1923 se esfumaron en un suspiro por la hiperinflación que asolaba el país.
Billete emitido en agosto de 1923 con un valor nominal de diez millones de Reichmarks.
Hjalmar Schacht, por entonces presidente del Banco Central y más tarde ministro de Hitler, consiguió frenar el proceso con la implantación del Rentenmark, una nueva moneda basada en hipotecas sobre la tierra y las mercancías industriales que dio paso a un periodo de relativa estabilidad económica (Ferguson, 1984).
La adopción del Rentenmark tuvo lugar pocos días después de que se desbaratase un intento de golpe de estado en Múnich. Como consecuencia de aquellos hechos, Adolf Hitler, el general Erich Ludendorff y otros conspiradores fueron detenidos por traición; las sedes del NSDAP fueron cerradas y el Völkischer Beobachter (el periódico del partido) fue prohibido. Durante los escasos nueves meses que Hitler pasó en prisión (de los cinco años a que había sido condenado) dictó Mein Kampf a Rudolf Hess, su más ferviente admirador. El golpe y el posterior juicio sirvieron para que un pequeño partido de extrema derecha, liderado por un austriaco (que hasta hacía poco vivía en un albergue para personas sin techo, pintando acuarelas para un empresario judío) se hiciera reconocible entre el amplio repertorio de partidos antirrepublicanos (Kershaw, 1998).
A pesar de todo, los acuerdos de la comisión del plan Dawes, una iniciativa de Estados Unidos para garantizar el cobro de las reparaciones de guerra, permitieron estabilizar el presupuesto y racionalizar la deuda. En definitiva, se trataba de ayudar económicamente al Reich para que pudiera pagar sus deudas. Gracias al esfuerzo de Gustav Stresemann, ministro de Exteriores por entonces, Alemania se incorporó al concierto internacional con la firma del Tratado de Locarno en 1925. Cuando un año más tarde fuera admitida como miembro de la Sociedad de Naciones, parecía que la República entraba en un periodo de estabilidad.
Sin embargo, pocos años después, la crisis económica que se iniciara en octubre de 1929 con el colapso de la bolsa de Nueva York, impactó sobre la economía alemana y sobre la estabilidad de su sistema democrático (Galbraith, 1955). Stresemann, que había sido canciller y ministro de exteriores, falleció a principios de aquel mes de octubre. Sin ser un republicano, su posición había proporcionado cierta estabilidad al sistema, y su muerte supuso la desaparición de uno de los pocos puentes entre las fuerzas republicanas y los grupos de derecha.
Con la crisis del sistema bancario estadounidense, Alemania se vio privada de cualquier posibilidad de préstamo y los mecanismos económicos del plan Dawes quedaron sin sentido. Al depender de los créditos extranjeros para pagar las reparaciones de guerra, la economía alemana quebró en cuanto los arruinados bancos norteamericanos retiraron sus capitales. En poco tiempo el paro creció hasta alcanzar el 32%. En consecuencia, el NSDAP sacó partido de una situación desesperada. En aquel ambiente de inestabilidad, Hitler apelaba a la desconfianza que despertaba en muchos votantes la democracia parlamentaria y propugnaba la dictadura como solución a los problemas de Alemania (Galbraith, 1955).
En 1930, el canciller Heinrich Brüning, al igual que los mandatarios de otros países, inició un recorte del gasto público y una subida de impuestos para solventar la carencia de recursos del estado agravada por la crisis. Como en todas partes, los recortes empeoraron el problema y la pobreza se extendió por toda Alemania. Los siguientes gabinetes presidenciales de Franz von Papen y Kurt von Schleicher no hicieron otra cosa que persistir en el error y abrir el camino a la llegada del nacionalsocialismo.
El Machtergreifung, la toma del poder por el NSDAP
Frente a la teoría de que las urnas obligaron a Hindenburg a nombrar canciller a Hitler, es necesario recordar que las cosas fueron de otro modo. La entrega del gobierno a los nacionalsocialistas fue una decisión personal del presidente Hindenburg que, haciendo uso de sus prerrogativas constitucionales, no quiso buscar en el Reischtag ninguna mayoría que evitase la llegada de los nazis. Desde finales de noviembre de 1932 una serie de maquinaciones políticas para acabar con el rechazo inicial que Hitler despertaba en Hindenburg conseguirían su objetivo. Cuando el 30 de enero de 1933 el líder del NSDAP recibió el encargo de formar gobierno, la República de Weimar pudo darse por liquidada (Turner, 1996). Esa misma noche una procesión de antorchas en manos de militantes del partido nazi desfiló delante del nuevo canciller anunciando que nada volvería a ser como antes.
En febrero, el incendio del Reichstag sirvió de excusa para actuar decididamente contra los enemigos de Alemania que parecían ser todos los que no fueran nacionalsocialistas o nacionalistas de derecha. A principios de abril tuvo lugar un boicot a las tiendas y los negocios judíos que apenas provocó rechazo entre los alemanes corrientes. El KPD, el Partido Comunista, fue el primero en ser ilegalizado, pero pronto lo sería también el SPD. Los partidos de derecha y el Zentrum católico se disolvieron para que muchos de sus miembros se integrasen en el nacionalsocialismo. A final de la primavera de 1933, en Dachau, se abrió el primer campo de concentración para los opositores políticos que aún no habían huido del país. En poco más de medio año, el régimen parlamentario que permitió a Hindenburg dejar el poder en manos de un loco, devino en una terrible dictadura que llevaría al mundo a una de sus mayores pesadillas.
Este proceso de liquidación de la democracia se vio acompañado de la persecución de toda forma de expresión cultural que los nazis pudieran considerar antialemana, entre la que se encontraba la Bauhaus. Aunque antes de la toma del poder el partido nacionalsocialista nunca tuvo posición oficial acerca del diseño y la arquitectura, menos aún sobre su enseñanza, algunos miembros del partido como Wilhelm Frick o Alfred Rosenberg ya habían cargado contra la Bauhaus por sus degeneraciones modernas y su supuesto antigermanismo. Para ellos, no era más que un grupo de comunistas y radicales al servicio de la Unión Soviética.
A pesar de que muchos miembros de la Bauhaus tuvieron que dejar Alemania de inmediato por miedo a ser detenidos, otros, entre ellos Walter Gropius, Herbert Bayer o Ludwig Mies van der Rohe, intentaron cada uno a su manera, buscarse un hueco en el nuevo régimen. Cuando comprobaron que ni siquiera ellos estaban libres de ser perseguidos, iniciaron el camino del exilio.
La cultura de Weimar
A pesar de que el sistema político vivió en una constante inestabilidad, Weimar fue también una época de florecimiento cultural y de cambios sociales irreversibles. Pero muchas de las características culturales del periodo republicano nacieron y llegaron a ser relevantes antes de 1918, y así sucedió con la mayoría de sus creadores: por ejemplo, aunque Arnold Schönberg completara su sistema dodecafónico a mediados de los años veinte, su inclinación hacia la atonalidad había tenido lugar antes de la contienda. Algo parecido sucedió con las distintas corrientes de la pintura de vanguardia, de tal forma, que la abstracción (que empezó a generalizarse en esa década) fue resultado de las innovaciones anteriores.
La guerra confirió a la cultura de Weimar “un talante político y un tono estridente”. En cierta medida, como ha señalado Peter Gay, en aquellos años no se creó nada que no existiera antes de 1914, pero la libertad que trajo la República contribuyó a liberar todo lo que estaba latente (Gay, 1984, 15). En tal sentido debe interpretarse a Walter Gropius cuando declaró que, de repente, se dio cuenta al volver del frente de “que tenía la obligación de participar en algo completamente nuevo, algo que cambiara las condiciones en las que habíamos vivido hasta entonces” (Gropius, 1968).
Para una gran parte de alemanes había comenzado una nueva era. Al progreso tecnológico que supuso la aparición de la radio y la popularización del cine se unió la influencia de la música norteamericana y la cultura del consumo que trajeron las nuevas formas de comercio. Esa mezcla de cultura popular con la actividad incesante de las vanguardias artísticas hizo de Berlín una ciudad única en la Europa de su tiempo.
Una incipiente sociedad de consumo
Aunque la incipiente sociedad de consumo iniciada durante los años de Weimar se viera lastrada por las crisis económicas se produjeron cambios que no tenían marcha atrás. Los grandes comercios crecieron por la concentración de una próspera clase alta, (de Grazia, 2006, 200) mientras los almacenes populares aparecieron en los extrarradios y en los barrios de trabajadores. Con precios fijos, organización estandarizada y disponibilidad de mercancías, los almacenes populares se convirtieron en un verdadero competidor de las pequeñas tiendas de toda la vida que no se habían visto afectadas por los grandes almacenes del centro de las ciudades. Este nuevo comercio, herencia de las tiendas de “five and dime” (tiendas de cinco y diez centavos) de Estados Unidos, llegaría a Europa durante el periodo de entreguerras. Todo se vendía a precio fijo sin posibilidad de devolución. El peligro que estos negocios suponían para el pequeño comercio hizo que en 1930 el gobierno de Brünning “sacudido por las protestas de los tenderos promovidas por los nazis, aprobase una ley para frenar en seco la expansión de estas cadenas de tiendas” (de Grazia, 2006, 214).
A esos cambios en el consumo se unió una gran transformación de los medios de comunicación. Sin duda, los avances tecnológicos que tuvieron lugar durante ese periodo de tiempo fueron muy importantes para la vida cotidiana. Las elecciones de 1924 fueron las primeras que contaron con la presencia de la radio, medio que terminaría llegando a los hogares de los trabajadores en la década siguiente. La música se popularizó y las noticias llegaron a donde nunca había sido posible con los periódicos; los acontecimientos deportivos (el boxeo, por ejemplo) y las transmisiones musicales empezaron a formar parte de la programación radiofónica.
Con la impresión en huecograbado las revistas ilustradas pudieron superar las limitaciones de los procedimientos anteriores para imprimir fotografías y surgieron, como en Estados Unidos, los periódicos populares. Este tipo de prensa organizada en torno a grandes grupos de comunicación impulsó la modernización con semanarios como el Berliner Illustrirte Zeitung del grupo Ulstein con una carácter marcadamente comercial. Pero también fue posible la aparición en 1924 del Arbeiter Illustrierte Zeitung, una publicación izquierdista en la que colaboraron escritores como Máximo Gorki o George Bernard Shaw, artistas como George Grosz y, sobre todo, John Heartfield, el creador del fotomontaje político (Willmann, 1975).
El cine (sobre todo el norteamericano) se convirtió en un fenómeno de masas que llenó las salas de espectadores durante toda la década. Este interés contribuyó a la aparición de una industria cinematográfica que produjo todo tipo de películas, desde las más vulgares a las más ambiciosas. La UFA (la Universum Film AG) creada por el estado alemán durante la guerra para realizar películas de propaganda y noticiarios, sería privatizada en 1921. A partir de entonces, inició una etapa de crecimiento que le llevaría a realizar más de quinientas películas anuales. En esta época de intensa actividad trabajaron para la compañía directores tan importantes como Fritz Lang, Friedrich Wilhelm Murnau y Max Ophüls. En1921 se realizó Das Land ohne Frauen, la primera película sonora alemana y en 1931 Phil Jutzi hizo la adaptación sonora de Berlin Alexanderplatz, la novela de Alfred Döblin.
Antes de Metropolis, su obra más conocida, Fritz Lang había dirigido la primera versión del Die Nibelungen, la ópera de Richard Wagner que se proyectaba mientras una orquesta actuaba en la sala. El acompañamiento era la única forma de ambientación musical en los años del cine mudo. Así sucedió con Berlin, Die Sinfonie der Großstadt, la monumental obra de Walter Ruttmann estrenada en el otoño de 1927 mientras se interpretaba la música expresamente compuesta por Edmun Meisel (de la Torre, 1930, 6). Aunque entonces no tuvo una buena acogida ni por parte del público ni de la crítica, esta obra representa la crónica más fascinante de lo que debió ser la capital del Reich en los años finales de la República de Weimar. La película, que se inicia con la salida de los empleados a su puesto de trabajo, registra el devenir de la ciudad desde la mañana a la noche en su poco más de una hora de duración.
Del mismo modo que Berlín, la película Menschen am Sonntag (en la que participaron Willy Wilder y Fred Zinnemann) mostró hasta donde podía llegar el cine sin sonido en 1930, cuando ya se habían rodado algunas películas sonoras. El relato de los días festivos de unos jóvenes berlineses retrata una Alemania moderna, ajena a los viejos hábitos de la era guillermina que anhelaba la libertad y la tolerancia que la república prometía a las nuevas generaciones.
Nuevas costumbres para un tiempo nuevo
La revolución trajo consigo nuevas costumbres y nuevas formas de relación que, aunque iniciadas tímidamente antes de la guerra, se hicieron más visibles en los años veinte. Como señala Eric Weitz, no es fácil saber si tales cambios se produjeron en todos los ámbitos sociales con la misma intensidad. (Weitz, 2009, 354). En grandes ciudades como Berlín, se hizo evidente una mayor libertad y cierta tolerancia hacia la homosexualidad, lo que no puede afirmarse que sucediera en ciudades más pequeñas. Las mujeres con el pelo cortose movían con desenvoltura por la capital del Reich, fumaban y mostraban con claridad su deseo de independencia. Esta moderna vida femenina, en la que se incluían también nuevas formas de sexualidad, producía rechazo en los sectores más tradicionales. El cambio en la moda, en la manera de vestir y de moverse, hacía irreconocibles las calles de Berlín si se comparaban con imágenes anteriores a la guerra. En palabras de Stefan Zweig, en esos pocos años las mujeres habían conquistado una situación completamente nueva:
“La maravillosa emancipación que la mujer ha conseguido respecto de su cuerpo, respecto de los suyos, su libertad y su independencia, nada de esto podrá detenerse porque se escandalicen unos cuantos carcamales, porque se rasguen las vestiduras unos pocos moralistas que acaban de descubrir su vocación de tales” (Zweig, 1919, 7).
Estas líneas corresponden a un capítulo de Die Frau von Morgen: Wie wir sie wünschen (Cómo nos gustaría que fuese la mujer del mañana), un libro editado por Friedrich M. Huebner con textos de conocidos escritores que intentaba aventurar cómo sería la mujer del futuro a la vista de los llamativos cambios que se habían producido en aquellos años. Y aunque era generalizada la satisfacción por los avances conseguidos, algunos capítulos muestran también un cierto malestar, “como si las mujeres hubieran ido demasiado lejos” en su pretensión de equipararse con los hombres. En palabras de Weitz, “la mujer moderna era el símbolo más visible, más jaleado y más conflictivo de la revolución moral y sexual de la década de los veinte” (Weitz, 2009, 361).
Nunca hasta entonces la mujer se había expuesto públicamente con tanto desenfado. Bañarse en público cuando llegaba el buen tiempo, se convirtió en una costumbre entre las clases menos pudientes. Menschen am Sonntag, la ya comentada película, mostraba las tribulaciones de varios jóvenes en el verano de 1929 en el lago donde pasaban los domingos los berlineses de aquel tiempo. Era un fiel reflejo de las nuevas formas de interacción social que trajo consigo el clima de libertad que se respiraba en los años de Weimar.
La emancipación del cuerpo, visible en las publicaciones que inundaban los quioscos y en los espectáculos teatrales y musicales, era una manera de afirmar la modernidad. Sin duda, la guerra y la revolución “socavaron profundamente el respeto a la autoridad, así como la normas sexuales y morales” que habían caracterizado los tiempos pasados (Weitz, 2009, 362).
Los anuncios para mantener un mejor aspecto o la exhibición del cuerpo humano en las competiciones deportivas se hicieron habituales en publicaciones ilustradas como el Berliner Illustrirte Zeitung. La música y los espectáculos sustituyeron la convencional elegancia de tiempos pasados por el frenético movimiento en un ambiente de libertad y falta de convencionalismos que entusiasmaba y repelía por igual. El jazz y la música de baile parecían para muchos el signo más evidente de un mundo desquiciado que buscaba en la agitación de la modernidad un nuevo significado a la vida del ser humano (Weitz, 2009, 372). La popularidad del jazz llegó a ser tan grande que dos aficionados berlineses, Francis Wolf y Alfred Lion (obligados a emigrar tras la llegada del nazismo), fundarían en Estados Unidos el sello musical Blue Note, el más prestigioso de la industria del jazz norteamericano.
Esta forma de asumir la propia corporeidad se materializó también en un culto a la belleza tanto masculina como femenina. La popularización del nudismo tuvo su manifestación más llamativa en el libro de Hans Surén, Der Mensch und die Sonne (El hombre y el sol) que llegó a vender 250 000 ejemplares en un solo año. En un lenguaje de llamativa cursilería, Surén afirmaba que “la alegría de vivir se experimenta con mucha más fuerza cuando os despojáis de vuestras ropas a orillas de un arroyo o de un lago para sumergiros en el agua y en el sol” (Surén, 1925, 678). Aunque la Freikörperkultur (la cultura del cuerpo libre) tenía partidarios entre las personas de toda ideología, adquiriría una especial relevancia durante los años del régimen nacionalsocialista que llegaría a autorizar el nudismo en 1933. La Freikörperkultur estaba también presente en Olympia, la película que Leni Riefenstahl realizó con motivo de los Juegos Olímpicos de 1936, reflejo de las ideas nacionalsocialistas. Después de la guerra, el nudismo sería una práctica mucho más frecuente en la Alemania Oriental que en la Occidental.
Club de baile en Postdam, 1923. Airelle Archives. The Big Band Era.
La renovación de las instituciones educativas
Quizás uno de los aspectos más característicos y controvertidos de la cultura de Weimar es que, como señalaba Walter Laqueur, “fue concebida fuera de las escuelas y de las universidades y nunca penetró en el sistema académico” condicionado, como estaba, por la presencia de grupos de poder forjados en el nacionalismo (Laqueur, 1980, 182). En opinión de Peter Gay, antes de la guerra, la universidad era ya un germen de la contrarrevolución:
“Las universidades, de las que los alemanes se jactaban, eran parvularios de un confuso idealismo militarista y centros de resistencia contra todo lo nuevo en arte o en ciencias sociales: judíos, demócratas, socialistas, outsiders en una palabra, eran mantenidos fuera del sagrado del conocimiento” (Gay, 1984, 13).
El ambiente en las aulas universitarias era esencialmente antirrepublicano desde los principios del régimen constitucional, aunque tal cosa no implicaba un alineamiento con las fuerzas que impulsaron el nacionalsocialismo. Durante los años de Weimar todavía se celebraban en las universidades acontecimientos como la fundación del segundo Reich cada 18 de enero o la batalla de Sedán que supuso la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana.
Si la mayoría de los académicos eran simplemente reaccionarios, una pequeña parte eran vernunftsrepublikanisch, republicanos racionales o republicanos de conveniencia que aceptaban como un hecho consumado un régimen con el que debían convivir aunque no fuera muy de su agrado. Los enemigos activos del sistema eran una verdadera minoría, pero su continua denuncia de la deriva republicana dominaba el ambiente.
Por otra parte, la universidad creció en esos años hasta doblar las cifras anteriores a la Gran Guerra. Curiosamente, los datos muestran un descenso de alumnos durante los años de la estabilización económica de Stressmann. Es necesario señalar que frente a la mayoría de estudiantes de familias acomodadas que llenaban las aulas universitarias, a partir de 1918 la proporción de alumnos de clase media creció de forma notable, y lo mismo sucedió con las mujeres cuyo número aumentó hasta llegar al 15% a principios de los años treinta. De todos modos, la presencia de estudiantes de clase obrera no llegó nunca a superar el 5% durante todo el periodo republicano.
