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Declaración de Dependencia es una obra que cautiva, desafía y eleva la conciencia sobre la esencia misma de nuestras relaciones interpersonales. El esperado ensayo de Rebekka de Wit, Declaración de Dependencia, llega a nuestras manos como un viaje introspectivo que ahonda en las complejas relaciones humanas. A través de una narrativa rica en anécdotas e historias cotidianas, nos invita a reflexionar sobre la interdependencia, destacando la necesidad de pensar una sociedad en común. Consigue acercarnos a situaciones en las que se cuestiona el modo en que se moldea nuestra vida. Nos lleva a pensar en la complejidad de las relaciones humanas, el modo en que la comunidad establece sus vínculos. Reivindica la interdependencia como fortaleza, alejando esta noción de los prejuicios que conlleva asociados al fracaso, a lo frágil o a lo indefenso. A través de una escritura perspicaz, propone recapacitar sobre el modo en que nos relacionamos como comunidad. Situaciones donde se puede ver el poder que ocupa la razón en contraposición a la ingenuidad que parece implicar el discurso prudente. ¿Por qué pensamos que la falta de conocimiento sobre un asunto implica una ingenuidad de carácter negativo? Declaración de Dependencia nos invita a explorar diversas reflexiones sobre el poder y la ingenuidad, sobre cómo llegan las personas a esa posición de creer saber cómo funcionan las cosas, de tener razón. No queremos que el resto nos descubra como seres dependientes, como si esta marca estuviera teñida de debilidad o vulnerabilidad, cuando es la base sobre la que deberíamos apoyarnos para avanzar como sociedad. "Es extraño: nos hemos organizado en estructuras en las que somos más dependientes que nunca los unos de los otros, pero nos las apañamos muy bien para que esa dependencia no salga en la foto." La escritora se muestra ágil a la hora de exponer duras conclusiones sobre nuestra falta de independencia, sin que se vean manchadas de ese tono vulnerable bajo el que intentan engañarnos. Repensando el orden social que nos rodea y en el que participamos, surgen numerosas preguntas en torno al individualismo. En tiempos en los que todo va cada vez más rápido, siguiendo ritmos acelerados marcados por el mercado, el consumo y la autorrealización que se nos exige, pone de relieve la necesidad de cuidar lo colectivo. El ser humano contemporáneo, individualista, sumido a ritmos frenéticos, nos recuerda a la modernidad líquida mencionada por Zygmunt Bauman. Rebekka de Wit reflexiona sobre los vínculos y la dependencia en un entorno en constante flujo. Propone un viaje reflexivo para comprender la comunidad y la mutua afección que condiciona nuestras vidas. Con una escritura inteligente y sagaz, se sumerge en el tejido íntimo entre el yo y el nosotros, proponiendo un nuevo paradigma desde el que pensar los vínculos. Este ensayo nos propone una guía para desafiar percepciones convencionales y celebrar la riqueza de nuestras conexiones humanas. La obra consigue adentrarse en el corazón de la normatividad que moldea nuestras vidas y examina el deseo persistente de los seres humanos de independencia frente a las estructuras rígidas que gobiernan nuestra sociedad. Se destaca lo que a menudo resulta obvio a simple vista, desentrañando verdades subyacentes dadas en nuestras interacciones diarias. Desde una barbacoa en la que hablan sobre los robos recientemente sufridos y la forma en que su vecino se aprovechó del seguro, hasta los debates que surgen contraponiendo la genialidad a la amabilidad en la figura del genio exitoso.Recorre especulaciones sobre el papel de la imaginación con relación a las infinitas posibilidades que emanan de ella. Hace alusión al cuerpo y la desigualdad que se manifiesta a través de él, entendiéndolo como una herramienta política.
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Seitenzahl: 135
Veröffentlichungsjahr: 2024
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declaración de dependencia
Rebekka de Wit
Traducción
Guillermo Briz Blanco
Colección ¿Qué nos PREOCUPA hoy? NO FICCIÓN
Este libro fue publicado con el apoyo de la Fundación neerlandesa de letras.
Título:
Declaración de dependencia
De esta edición:
© De Conatus Publicaciones S.L.
Casado del Alisal, 10
28014 Madrid
www.deconatus.com
Copyright © Rebekka de Wit
Título original: Afhankelijk heids Verklaring
Originally published by Uitgeverij Atlas Contact, Amsterdam.
© De la traducción: Guillermo Briz Blanco
Primera edición: Enero 2024
Diseño: Álvaro Reyero Pita
ISBN epub:978-84-17375-91-1
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
—¿Cómo se cuenta una historia hecha añicos?
—Convirtiéndote poco a poco en toda la gente.
—No: convirtiéndote poco a poco en todo.
Arundhati Roy, El ministerio de la felicidad suprema
PRÓLOGO
Parece ser que los aborígenes australianos tienen un sentido absoluto de la orientación. Si en algún lugar a la izquierda de un aborigen hay una roca gigantesca reluciendo bajo la luz del sol, el hombre describirá su posición basándose en la rosa de los vientos. «Curioso -murmurará—, una roca brillante al noroeste». O, si una colonia de hormigas desfila junto a dos aborígenes mientras hablan de sus cosas, uno de ellos podría decir: «¡Mira, tienes una procesión de hormigas australianas unos diez centímetros al sur del talón!».
Este sentido de la orientación permite a los aborígenes conocer la hora gracias al sol y saber siempre dónde está el este, algo que quizá les haya salvado la vida (por los pelos) durante generaciones en esa masa de tierra inconcebiblemente grande y tórrida. Los investigadores creen que los aborígenes se orientan con esa precisión gracias a sus songlines, unas canciones interminables que describen el paisaje con tal exactitud que se pueden utilizar para trazar rutas.
Es como si alguien te preguntara por dónde se va a la estación y existiera una canción para explicárselo, y se la puedes cantar, se la puedes enseñar, de modo que esa oveja descarriada sea capaz de ir cantando su camino hasta la estación. En las songlines se describe al lado de qué piedra pasas, de qué árbol, qué distancia debes recorrer por un terreno sin árboles hasta encontrar agua. Por esa razón, estaba prohibido alterar el paisaje con, digamos, una enorme red de ferrocarriles, porque las inmemoriales y sagradas songlines dejarían de cuadrar.
Las songlines son tan viejas que los aborígenes creen que existían antes que el paisaje mismo, que no había paisaje hasta que las canciones lo cantaron. También creen que aprendieron a cantar antes que a hablar. Eso no lo podemos verificar. En realidad, hay muy pocas cosas que podamos verificar, por mucho que la palabra verificar suene precisa como un microscopio.
En cualquier caso, el hecho es que todo el mundo se sabía las songlines porque las madres las cantaban mientras daban el pecho, y así las aprendiste tú también y las cantabas cuando lanzabas distraído el bumerán o afilabas las flechas. Y las podías cantar mientras andabas. Así nunca perdías el camino. Así sabías siempre cómo llegar a casa.
I
En casa teníamos la costumbre de organizar al final del verano una barbacoa para nuestros allegados. Solía venir todo el mundo, es decir: todos los amigos de mi hermano y de mi hermana, mi única amiga, mis tíos y tías, y los vecinos. Es una tradición que recuerdo desde siempre, pero que se fue diluyendo desde que mis hermanos y yo nos fuimos de casa.
En los últimos años había algo doloroso en la organización de la barbacoa, porque en la lista de los invitados se veía cada vez con más nitidez con qué personas íbamos a acabar perdiendo el contacto.
Por ejemplo, hubo un año en el que mi mejor (y única) amiga estaba la primera de la lista; de hecho, la lista era ella. Sin embargo, por un complejo pero nada espectacular cúmulo de circunstancias, no me apetecía mucho juntarla con mis tíos, tías y vecinos. Fue por una tontería que no merece mayor explicación, pero creo que de esas tonterías-que-no-merecen-mayor-explicación siempre se saca algo. Algo sustancioso.
Fue por culpa de una hamaca.
El verano que terminé la escuela secundaria compré una hamaca durante un viaje familiar que hicimos por Sudamérica. Llegamos hasta el extremo sur de Chile viajando en una pick-up acondicionada. La última semana pasamos por un pueblo de la costa en el que, según Lonely Planet, todas las semanas se montaba en la playa un mercado al que solían acercarse pingüinos y leones marinos. Los pingüinos no traen dinero, pero sí turistas, y de ese modo se crea una red de apoyos: los pingüinos apoyan a los pescadores, los pescadores a los pingüinos y los turistas a los pingüinos y a los pescadores.
Llegamos, aparcamos la camioneta, fuimos hasta la playa, y allí estaban.
Los turistas, con sus Lonely Planet.
Hasta que no nos acercamos no vimos los leones marinos. Increíblemente gordos, cómicos y hermosos.
Habíamos pedido cuatro cafés y una especie de bollos con caramelo en un puesto del mercado, y estábamos mirando con los cafés en la mano el juego al que jugaban leones marinos, turistas y pescadores. Yo estaba intentando determinar el género y la especie de mi bola de caramelo cuando mi padre señaló hacia la calle, por la que pasaba una camioneta.
—¡Mira, mira! Esos chilenos chiquititos tienen justo la misma pick-up que nosotros.
Sonreímos. Es verdad, dijimos. Qué gracia. Hacía sol, era el café más rico que habíamos tomado nunca y estábamos viendo dos leones marinos que se bamboleaban satisfechos de vuelta al mar.
Al llegar al aparcamiento nos dimos cuenta de que la camioneta que habíamos visto pasar delante de nuestras narices era la nuestra. Lo habíamos dejado todo dentro: equipaje, pasaportes, fotos, así que lo perdimos todo. Cuando volvimos a Holanda, presentamos una reclamación al seguro, que mandó a una persona para verificar que, efectivamente, nos habían robado. Era una mujer de unos cincuenta años. Antes de que llegara, compramos unas galletitas de mantequilla que no llegó a tocar.
Le contamos lo graciosísimos que eran los pingüinos y los leones marinos y que estábamos tan tranquilos tomando un café. Que después nos compramos cuatro ponchos en aquel pueblo, porque nos habíamos quedado sin ropa, y que parecíamos los hermanos Dalton.
La empleada del seguro preguntó:
—¿La camioneta tenía bandeja trasera?
Mi padre sonrió.
—No, cómo iba a tener bandeja. Se la compramos a un hombre que criaba ovejas. ¿Para qué necesitan las ovejas una bandeja? Si tomaran té con pastas, a lo mejor tendría sentido, pero no era el caso.
Nos reímos de la ocurrencia de mi padre.
—Pues es una lástima —respondió la mujer—. Si el equipaje queda a la vista, cosa que no pasa si uno pone una bandeja, el seguro no se hace responsable.
Hizo un par de cruces en el formulario (en aquel papel sólo había espacio para poner cruces; mi padre aún tuvo tiempo de preguntar: «¿No debería explicar ahí lo de las ovejas?», pero ella no respondió), cogió el bolso, nos dio la mano y se fue. «Buenos días», fue todo lo que dijo.
Mi padre cerró la puerta, volvió al salón y se quedó mirando las galletas que, de pronto, parecían formar una triste familia en su platito de flores.
Algo no habíamos hecho bien, eso estaba claro. Pensé que quizá habíamos dado demasiados detalles sobre el mercado y los leones marinos, que tampoco aportaban nada al caso. Seguro que eso la había hecho desconfiar, aunque fuera todo verdad. Cuatro inocentes criaturas se están tomando un café junto a un león marino que va todos los domingos al mercado a buscar pescado gratis, a esas cuatro inocentes criaturas les roban el coche delante de sus narices y no se dan cuenta de nada. Pues claro que no se dan cuenta, porque lo que pasaba era justo lo que estaba previsto que pasara.
Nos preguntamos cómo se las habían arreglado los vecinos, porque ese mismo verano les habían robado una cámara de fotos; ellos, para no complicarse la vida, denunciaron el robo de cuatro maletas con todo su contenido, y el seguro les reembolsó todo ese contenido no robado.
La respuesta era simple, tan simple que mi padre se quedó mudo cuando la oyó: se habían leído muy bien las cláusulas de la póliza. Prepararon una historia muy buena para la mujer del seguro, una historia que encajaba a la perfección en el perfil que marcaban las normas.
Poco tiempo después celebramos nuestra barbacoa anual. Vino todo el mundo, y casi todos preguntaban cómo nos había ido en Chile, si aún fuimos capaces de disfrutar del viaje después de que nos lo robaran todo. Yo estaba al lado del bufé con el vecino cuando salió el asunto del seguro. Me preguntó cómo había acabado la historia, y no supe muy bien qué decirle. Por supuesto, no le dije que el fraude es el culpable de que las pólizas de los seguros sean tan altas. Que el fraude es el culpable de que las cláusulas sean tan estrictas que al final puede ser que te dé lo mismo estar asegurado o no. Que el fraude es el culpable de que te puedas ver en una situación en la que primero te roban y luego te interrogan como si fueras un delincuente. No dije nada de eso. Lo único que dije es que era irónico, como mínimo, que nosotros lo perdiéramos todo y no nos devolvieran nada, y ellos no perdieran nada y se lo dieran todo. Sonrió. No nos mirábamos a los ojos.
Se llenó el plato hasta el borde y dijo:
—Ya… Nosotros jugamos mejor nuestras cartas.
Mi padre me había dicho que se habían comprado un sofá nuevo de cuero blanco con el dinero del seguro.
El vecino me miró con cara de sorpresa y me dijo:
—Ya sabes cómo funcionan las cosas, ¿no?
Salimos a sentarnos y él se puso a comer como si tuviera razón, algo que yo hasta entonces no sabía que podía suceder: comer como si uno tuviera la razón. De pronto, también el leve bronceado de la cara, que aún le duraba desde las vacaciones, parecía el color de la razón. Su sonrisa, la valla de su jardín, la cerradura de su puerta, las conclusiones que sacaba al leer el periódico, la forma en la que, al final de un duro día de trabajo, ponía los pies encima del sofá, todo eso estaba, de alguna manera, impregnado de razón.
Me pasé la barbacoa entera con un nudo en la garganta y la voz quebradiza. Lo único que quería era que alguien viniera a contarme una historia muy triste para que todos pensaran que esa era la causa.
El vecino no tenía nudo en la garganta, pero no habría estado fuera de lugar que se le hiciera uno cuando le dije que era una situación irónica, como mínimo. No habría estado de más que se hubiera quedado sin palabras.
Pero no: siguió soltando palabras sin parar. Se pasó el resto de la tarde hablando de lo rica y lo barata que es la comida en Grecia, de la corrección de la inflación que se aplica actualmente a los préstamos, y del papel de la asociación de conductores anwb a la hora de bloquear un impuesto de circulación basado en los kilómetros recorridos.
Les había comprado un regalo a su mujer y a él, porque me había ayudado con la asignatura de economía en los exámenes finales. Era una hamaca para dos personas. Tenía pensado dársela en la barbacoa, y ya la tenía envuelta encima de la cama, pero la dejé allí y me la quedé yo. Me pareció que era lo mínimo que podía hacer. No es que me valiera de gran cosa; en realidad, ni a mí ni a mis vecinos, porque vivíamos en un barrio nuevo de las afueras y no había árboles. Si querías árboles tenías que buscarte la vida. Podías plantarlos en el jardín de atrás, a condición de que no sobresalieran de los límites de tu parcela. Incluso aunque recibieran una repentina sobredosis de luz, no les estaba permitido crecer demasiado. Al menos en dirección a ningún vecino. Un crecimiento salvaje tampoco parecía muy probable, porque todos los árboles de todos los jardines eran tan jóvenes que aún necesitaban las correas de caucho de la tienda de jardinería para mantenerse en pie. Así que, al final del verano, cuando quise colgar mi hamaca, tuve que irme a un parque. El más cercano estaba a media hora en bici, y me llevé una fiambrera, un libro, un pequeño botiquín y un montón de cuerdas. Nunca había colgado una hamaca, y creí que se necesitaba un árbol del que sobresaliera a la altura de los ojos una rama bien sólida que sirviera de apoyo a la cuerda. No sabía que la hamaca se puede anudar al tronco y no se cae gracias a tu propio peso.
Busqué durante todo el día los árboles que creía que necesitaba. A media tarde encontré dos candidatos adecuados; el único problema es que estaban en medio de un grupo de gente variopinta que celebraba una fiesta familiar. Teniendo en cuenta lo que me había costado encontrar dos buenos árboles, me pareció lógico plantar allí mi hamaca pese a todo. De hecho, creo que la familia me animó a hacerlo. Pero las ramas que yo suponía que necesitaba para atar la hamaca estaban un poco altas, así que dos chicos de la familia, muy atentos, me pidieron las cuerdas, se subieron al árbol y me colgaron la hamaca. Parece que ellos tampoco sabían que bastaba con anudarla al tronco. Desde el suelo, una mujer gruesa y con poco pelo les daba instrucciones en una lengua que yo no entendía. Debía de ser una autoridad en casi todo, porque también les estuvo dando instrucciones cuando se pusieron a jugar al fútbol. O más bien se las gritaba. Yo estaba justo en medio de su fiesta, en el lugar en el que, de no estar yo, probablemente habría un animal ensartado en un palo sobre el fuego. Estaba leyendo El descubrimiento del cielo. Mirando, más que leyendo, porque estaba demasiado a gusto como para leer. Podía estar con ellos, pero no tenía por qué hablar con nadie. A veces me traían cosas de comer, como si fuera su mascota. Me quedé dormida y, cuando me desperté, la familia ya se había ido.
Intenté subirme a los árboles como habían hecho aquellos ágiles muchachos, pero apenas conseguí despegarme del suelo. Quizá la mujer medio calva no daba instrucciones, lo que hacía era propulsar a los chicos con aquella voz penetrante. En el árbol y en el fútbol.
No fui capaz de descolgar la hamaca.
Dejé una nota —escrita en la parte de atrás de los agradecimientos de El descubrimiento del cielo— en la que explicaba que cualquiera podía usar la hamaca, pero no llevársela. Puse mi nombre y mi firma, y pegué la nota en el árbol con tiritas del botiquín.
Al día siguiente, cuando llegué al parque con un cuchillo para cortar la cuerda de la hamaca, salió de repente el sol. Me quedé un rato quieta, con el cuchillo en la mano. Me pareció de mala educación hacia el clima descolgarla justo en ese momento, así que me quité la mochila y los zapatos y me tumbé en ella.
Se acercó un niño de unos seis años y me dijo que no podía llevármela, porque era de Rebekka. Al principio no supe de dónde había sacado mi nombre, ni por qué pensaba que yo no era justo la persona que sí soy. Señaló la nota, que seguía pegada al árbol.
Le dije que no me la pensaba llevar. Él asintió con la cabeza, dio media vuelta y se fue.
Le conté a mi amiga todas estas anécdotas —la del seguro, la de la hamaca, la del niño—. Pensé que en cualquier momento soltaría una carcajada, y creo que al principio hasta hizo un esfuerzo, pero al final de la historia se la veía incómoda.
—Pero no la irás a dejar allí colgada.
Parecía casi enfadada. Yo murmuré algo sobre ir a buscarla, en un par de semanas (cosa que no hice), y ahí lo dejamos.
A menudo pasaba en bici por el parque y solía ver a alguna persona subida en la hamaca, pero nunca le dije a nadie que «se bajara cagando leches de mi hamaca», como me había aconsejado mi amiga. Ella me preguntaba de vez en cuando si seguía en su sitio, y yo le decía que sí.
