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Si tuvieras que elegir, ¿cambiarías el agua por ríos de oro? Hace más de 20 años, las corporaciones mineras le plantearon este dilema a la gente de El Salvador, bajo la promesa de que la industria de los metales preciosos sería sinónimo de progreso. Pero la "minería verde" sólo trajo consigo cuencas y manantiales envenenados, así como la persecución de quienes se levantaron contra el despojo y la destrucción. Robin Broad y John Cavanagh narran aquí el improbable triunfo de quienes en El Salvador decidieron defender el agua y formaron un movimiento de resistencia popular que hizo frente a la muerte y la corrupción mediante el ingenio político y la creatividad de las organizaciones comunitarias. Este relato, en el que se mezcla el periodismo narrativo con la crónica legal e histórica, lleva de los hermosos paisajes de Cabañas y Chalatenango a los fríos pasillos del Banco Mundial, en Washington, donde se dirimió el destino de los recursos hídricos de la pequeña nación centroamericana. Antes que un caso de éxito aislado, el relato que cuenta Defender el agua da muchas razones para realzar el optimismo y la convicción de quienes nunca creerán que el dinero vale más que el agua o, lo que es lo mismo, más que la vida.
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Seitenzahl: 415
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Cómo la gente de El Salvador enfrentó la codicia empresarial
ROBIN BROAD Y JOHN CAVANAGH
Traducción de Darío Zárate Figueroa
Primera edición, 2022
The Water Defenders. How Ordinary People
Saved a Country from Corporate Greed
© Robin Broad y John Cavanagh
Traducción de Darío Zárate Figueroa
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores
Fotografía de solapa: © Jeffrey MacMillan
D. R. © 2022, Libros Grano de Sal, SA de CV
Av. Río San Joaquín, edif. 12-B, int. 104, Lomas de Sotelo,11200, Miguel Hidalgo, Ciudad de México, México
www.granodesal.com GranodeSal
LibrosGranodeSal grano.de.sal
Todos los derechos reservados. Se prohíben la reproducción y la transmisión total o parcial de esta obra, de cualquier manera y por cualquier medio, electrónico o mecánico —entre ellos la fotocopia, la grabación o cualquier otro sistema de almacenamiento y recuperación—, sin la autorización por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-99747-4-9
Introducción
1. Hombres blancos de traje (2002-2004)
2. Un nuevo pacto con el diablo (2005)
3. Estado de sitio (2006-2008)
4. Terror local, extorsión global (2009)
5. Un Gato Gordo y Sun-Tzu: la resistencia se vuelve global (2010-2015)
6. El día del juicio en el tribunal: “El Salvador siempre pierde” (2016)
7. La hora de la verdad: ¿agua por vida o agua por oro? (2017)
Epílogo | El voto que se oyó en todo el mundo..., pero ¿quién mató a Marcelo?
Agradecimientos
Abreviaturas y siglas
Fuentes
Este libro trata de una colectividad que ha puesto su vida, tiempo y esfuerzo al servicio de una causa común no sólo para El Salvador, sino para las poblaciones de todo el planeta: la defensa del agua —y, en un plano más general, de la naturaleza—. Si bien en inglés un término como the water defenders podría aparentar una mayor inclusión, tampoco expresa por completo la pluralidad de personas que luchan contra el despojo. Por eso nos parece necesario subrayar lo siguiente: cuando en esta traducción se habla de “los defensores del agua”, ese plural nada neutro se refiere a un colectivo con una fuerte presencia femenina que ha nutrido la lucha por el agua con ideas provenientes del ecofeminismo y el cuidado de la naturaleza por parte de los pueblos de El Salvador. La decisión de conservar el plural masculino en la mayor parte del libro obedece a una cuestión de economía del lenguaje que no es ajena a los límites ni las mutaciones de nuestra lengua en un momento en el que cada vez es más perentorio expresar y representar otras vidas y otros mundos. Siguiendo el espíritu de este libro, que es el de transformar lo que parece inamovible, dejamos aquí este recordatorio.
LOS EDITORES
A las defensoras y los defensores del aguaen todas partes, sobre todo a los y lasmártires Marcelo Rivera, Ramiro Rivera,Dora Sorto y Juan Francisco Durán
Yo sabía que íbamos a triunfar,me lo dijo el río.
BERTA CÁCERES, líder de la campaña del pueblo lencapara proteger el río Gualcarque de una represa masivaplaneada para suministrar energía a las industriasminera y maderera de Honduras. Asesinada en 2016.
Vinieron del norte, con su dinero y sus armas, por el oro de las colinas donde corre el río Lempa.
Marcelo Rivera nunca será viejo.
¿Es agua por vida o es agua por oro?
De la canción de THE U-LINERS, “Water for Gold”, letra de Joe Uehlein
A finales de junio de 2009 recibimos una noticia profundamente alarmante: Marcelo Rivera estaba desaparecido. Aunque no conocíamos a Marcelo, esperábamos con ansias verlo en persona. Él y otras personas autodenominadas “defensores del agua”, como mucha gente llegaría a conocerles, estaban por viajar a nuestra ciudad, Washington D. C., para recibir un premio de derechos humanos.
En ese entonces nunca habíamos ido al país de Marcelo, y mucho menos a su pueblo natal o a la casa que estaba remodelando. Ni teníamos planes de ir. Para ser sinceros, no sabíamos la diferencia entre una tortilla y una pupusa.
La familia de Marcelo Rivera no supo de él en casi dos semanas. Luego, el 29 de junio, recibieron la llamada telefónica que temían. El anónimo que los llamó fue breve. Había un cadáver en un viejo pozo abandonado al oeste del pueblo natal de Rivera, San Isidro, en el departamento de Cabañas. El pozo estaba cerca del lugar donde Marcelo había sido visto por última vez unos 12 días antes, bajando de un autobús de camino a San Salvador, la ciudad capital.
A lo largo de esos 12 días, los familiares y amigos de Marcelo habían estado al borde de la locura, buscándolo con desesperación. Difundieron la noticia de su desaparición por todos los barrios de San Isidro y los pueblos vecinos. Estuvieron llamando a la policía por más de una semana, sin resultado. Incluso, la familia Rivera presentó una queja formal con el fiscal general de El Salvador, para suplicarle que ordenara una búsqueda y una investigación de la desaparición de Marcelo; pero, para las autoridades, otro pobre desaparecido en el norte rural era poca cosa.
Después de la llamada anónima a la familia de Marcelo, la policía por fin actuó. Sacaron del pozo seco, de 30 metros de profundidad, los restos de un cuerpo. La tortura había sido tal que el cuerpo estaba irreconocible. El rostro estaba grotescamente desfigurado: sin mandíbula, sin labios, sin nariz. Tenía las uñas arrancadas. Los testículos atados. Le rompieron la tráquea con una cuerda de nailon. Según el informe del forense, había muerto por asfixia. El abogado de la acusación discrepaba, pues afirmaba que había muerto por golpes de martillo a la cabeza. Cualquiera que fuese la causa de muerte, la tortura guardaba una espeluznante semejanza con las que infligían los escuadrones de la muerte derechistas en los 12 años de la sangrienta guerra civil salvadoreña, de 1980 a 1992.
Así, Marcelo Rivera se convirtió en el primero de varios defensores del agua en ser asesinado en el siglo XXI, durante el conflicto por la minería en el norte de El Salvador.
Aunque nunca conocimos a Marcelo, él y las circunstancias de su muerte nos han atormentado desde entonces. ¿Quién lo mató, y por qué?
Tal vez tú sepas la diferencia entre una tortilla y una pupusa. O tal vez, como nosotros en aquel entonces, te acerques a esta historia sin saber nada. Quizá El Salvador ni siquiera esté en tu radar, o lo esté sólo por las pandillas o por los migrantes que viajan al norte. En realidad, eso no importa. Por supuesto, en cierto nivel, ésta es una historia sobre El Salvador, pero, al mismo tiempo, no se trata sólo de El Salvador. Es una historia de David contra Goliat, sobre una batalla entre un país y una compañía minera extranjera. Pero también trata de cómo las corporaciones globales —ya sea la industria minera, la farmacéutica, la tabacalera, la petrolera o los grandes bancos— penetran en las comunidades empobrecidas de países de todo el mundo.
La historia de Marcelo, antes y después de su asesinato, trata de la lucha por tener agua limpia y accesible en todas partes. También es una historia de gente trabajadora y comunidades que defienden su aire y su tierra, su salud y su entorno, así como su derecho a defenderse contra la invasión corporativa. Trata acerca de cómo poner en primer lugar esos derechos y el bien común, en vez de la habitual primacía de las ganancias de las grandes corporaciones y sus dueños. Ciertamente es una historia sobre el oro y sobre cuándo y por qué es mejor dejarlo en la tierra, pero podría ser sobre el carbón, el gas natural u otros combustibles fósiles. Sobre si debemos medir el progreso en términos financieros o por el bienestar de las personas y el planeta. Sobre quién toma las decisiones que afectan nuestras vidas.
No es exagerado afirmar que esta historia de las y los defensores del agua contra la industria del oro guarda las claves para revertir el desproporcionado poder de las corporaciones globales. Tal vez te sorprenda la vigencia de las estrategias que estas personas usaron en El Salvador, ya sea que te preocupes por un Walmart en Washington D. C., una empresa de fracking que trata de expandirse en Texas o Pensilvania, o las compañías petroquímicas en las afueras de Nueva Orleans. En el camino —por trillada que pueda resultar la cita atribuida a Margaret Mead— tal vez también te sientas inspirado por un “pequeño grupo de ciudadanos considerados y comprometidos” que hace frente al poder corporativo.
Supimos de Marcelo por primera vez en 2009, apenas un mes antes de su asesinato. Era un maestro de 37 años que dirigía el centro cultural de su comunidad, voraz lector, amante del teatro, las artes y las buenas bromas. Escuchamos su nombre porque era dirigente de la principal coalición de grupos salvadoreños que se oponían a la minería: la Mesa Nacional Frente a la Minería Metálica, o La Mesa. Esta organización no era muy conocida fuera de El Salvador, pero supimos de ella porque el Institute for Policy Studies [Instituto de Estudios Políticos] (IPS), donde trabaja John, la eligió para recibir un prestigioso premio de derechos humanos.1 En 2009, el instituto seleccionó a La Mesa para honrar su oposición a las compañías mineras ávidas de explotar los depósitos de oro cercanos al principal río de El Salvador.
Una cálida noche de octubre de 2009, pocos meses después del hallazgo del cuerpo de Marcelo en aquel pozo, cientos de personas se reunieron en el Club Nacional de Prensa en el centro de Washington para conocer y ovacionar a los defensores del agua salvadoreños. Entre ellos estaba Miguel, el hermano menor y mejor amigo de Marcelo, en su representación. El dolor marcaba su rostro.
Vidalina Morales, una agricultora y dirigente comunitaria proveniente del corazón de la región aurífera, aceptó el premio en nombre de Miguel y otros tres dirigentes de La Mesa. Vidalina lucía pequeña tras el podio. El congresista estadounidense encargado de entregar el Premio de Derechos Humanos Letelier-Moffitt se erguía a su lado, y la hacía parecer aún más pequeña. Al principio, discretamente ataviada con una blusa anaranjada y una falda roja, con el largo cabello negro atado en una simple coleta, Vidalina pareció vacilar. Parecía nerviosa ante el numeroso público. Frágil, incluso.
Entonces comenzó a hablar. Sus palabras llenaron el auditorio, casi como si no necesitara el micrófono. Durante unos 20 minutos, Vidalina tuvo cautiva a la multitud mientras relataba la saga de las y los defensores del agua en El Salvador contra la industria del oro. El río Lempa, explicó, atraviesa el país como una serpiente suministrando agua para más de la mitad de la población. Agua para beber, para pescar, para sembrar. Agua para las ciudades y para la población rural. Sin embargo, el proyecto de la Pacific Rim Mining Corporation, con sede en Canadá, para establecer el sitio de explotación de El Dorado —en el pueblo natal de Miguel y Marcelo— constituía una seria amenaza para el río Lempa. Entre sus peligros destacaba el cianuro que Pac Rim usaría para separar el oro de la roca.2
Vidalina concluyó su discurso de aceptación con una demanda aparentemente atrevida: que el gobierno de El Salvador hiciera frente a las grandes empresas mineras, que eligiera el agua sobre el oro y que prohibiera la extracción de todos los metales. Todos.
Antes había instado al público a seguir un thriller legal que se desarrollaba cuatro cuadras al oeste de donde nos encontrábamos, un poco más allá de la Casa Blanca, en un tribunal poco conocido de Washington. Allí, explicó Vidalina, Pac Rim había presentado una demanda contra el gobierno de El Salvador poco antes del asesinato de Marcelo. Pac Rim aseveraba que El Salvador debía permitirle la explotación minera o pagarle más de 300 millones de dólares por costos y ganancias perdidas. Vidalina evocó el mundo “patas arriba” descrito por el escritor uruguayo Eduardo Galeano, pues la compañía minera amenazaba el agua y el bienestar de su país.
Sin embargo, ese mundo patas arriba es la realidad del poder corporativo global y las reglas económicas que afectan a la gente de todo el planeta. Y, al recordar aquella noche, debemos admitir que a cada uno de nosotros, por separado y en silencio, le pareció tan disparatado imaginar que una legislatura nacional pudiera aprobar una ley para acabar con la minería como concebir que ese tribunal se pusiera del lado de Vidalina y demás defensores del agua. Sus exigencias parecían inverosímiles. Muchas personas habían intentado, por mucho tiempo, enderezar ese mundo patas arriba, con relativamente poco éxito. No obstante, nos guardamos ese reparo; ni siquiera lo hablamos entre nosotros.
En vez de eso, compartimos lo que parecía ser una reacción más importante e inmediata: quedar fascinados por Vidalina y sus palabras, y, en la misma medida, indignarnos por Pac Rim y el asunto de la demanda.
En la recepción que siguió a la ceremonia del premio nos acercamos al hermano de Marcelo, Miguel, quien hablaba con voz suave y actitud gentil, con una comprensible timidez para pedir ayuda. Después de todo, acabábamos de conocernos. Parecía sumamente concentrado en los detalles sobre lo que habría que hacer a continuación y, al mismo tiempo, conmocionado por los acontecimientos, por el asesinato de su hermano y la demanda. Pero su petición fue urgente, directa y franca: “No conocemos este tribunal ni sabemos cómo funciona. No sabemos qué esperar. ¿Nos ayudan a averiguar más sobre esta demanda?”
Pac Rim había presentado la demanda en la amplia y lujosa sede del Banco Mundial, una de las instituciones globales creadas después de la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos, el Reino Unido y otras potencias. Teníamos décadas de investigación sobre el banco; Robin había escrito un libro y muchos artículos sobre el Banco Mundial en Filipinas y otros países, y John había reunido a varios investigadores para examinar el efecto de sus políticas sobre la gente pobre de todo el mundo. Lo conocíamos bien y, sin embargo, este tribunal estaba tan oculto que no sabíamos que era, oficialmente, parte del Grupo del Banco Mundial. En ese momento no sabíamos que sus casos podían prolongarse hasta siete años. No sabíamos que la mayor parte de lo que ocurría ahí acontecía en secreto.
Lo que sí sabíamos era que la afirmación de Pac Rim —que un gobierno no podía adoptar leyes ambientales que privaran de futuras ganancias a una corporación— bien podía sostenerse en esa corte. Sabíamos que podían iniciarse demandas semejantes contra El Salvador, Canadá e incluso Estados Unidos. También sabíamos que, por lo general, las corporaciones globales ganaban sus demandas contra gobiernos como el de El Salvador y que, dada esta realidad, los gobiernos a menudo cedían debido a los costos financieros de dichas demandas y llegaban a acuerdos fuera de la corte, ya fuera pagando a la corporación o retirando la legislación problemática.
Pero, sobre todo, sabíamos que no podíamos decirle que no a Miguel.
¿Quién habría adivinado que, en aquella templada noche de octubre de 2009, las preguntas de Miguel y la exhortación de Vidalina nos llevarían, a nosotros dos y a miles de personas en todo el mundo, hacia un vórtice de tres incógnitas entrelazadas durante casi una década?
En primer lugar estaba el misterio más inmediato: ¿quién mató a Marcelo, y por qué? Y no sólo quién ejecutó el brutal asesinato, ¿quién fue el autor intelectual?
En segundo, estaba la incógnita de carácter nacional: ¿podría El Salvador convertirse en el primer país del mundo en prohibir la minería o, al menos, acercarse a esa meta? ¿O acaso todo ese alboroto sobre detener la minería sólo significaba, como muchos pensaron en 2009, que Pac Rim no había dado un soborno lo bastante alto a las autoridades de mayor rango en el gobierno nacional?
Y, por último, el thriller legal e internacional: ¿podría la pequeña nación de El Salvador prevalecer frente a la industria minera aurífera en Washington? ¿El Salvador, un país pobre, tendría dinero suficiente para pagar los costos legales y otros? ¿O para contratar a un abogado lo suficientemente hábil como para enfrentarse al equipo legal de élite que Pac Rim sin duda contrataría?
No teníamos idea de cómo se resolverían estas incógnitas, pero, al sumarnos a los cientos de personas que salían del Club Nacional de Prensa después de la ceremonia, sabíamos que estábamos enganchados. Sabíamos que tendríamos que averiguar más sobre ese tribunal; necesitaríamos, por lo menos, uno o dos días de investigación para responder las preguntas de Miguel. Y nos intrigaba la posibilidad, por remota que fuera, de que un país pobre decidiera poner un alto a la minería para salvar su agua. Quizá nuestra única certeza era que la cuestión acerca de quién había matado a Marcelo la resolverían otras personas en El Salvador en cuestión de meses o, cuando mucho, unos cuantos años.
Tampoco teníamos idea de hasta qué punto nos involucraríamos en el tema. En los años que siguieron, viajamos a El Salvador ocho veces. Nos familiarizamos con la carretera por la que Marcelo hizo su último viaje. Cada vez que regresábamos desde San Salvador mirábamos hacia la derecha al pasar la desviación que conducía al pozo donde encontraron su cuerpo, y luego volteábamos a la izquierda, donde está el sitio minero de Pac Rim.
A lo largo de esos años, pasamos muchos días en las comunidades que se oponían a la minería, así como en aquellas cuyos alcaldes la apoyaban de manera activa. Dada la falta de hoteles, pernoctamos muchas veces en el dormitorio del centro de investigación y acción social donde Miguel y Vidalina trabajaban en el pequeño pueblo al norte del sitio minero. Charlábamos hasta altas horas de la noche con cualquiera de ellos, o de sus colegas, que se quedara con nosotros. Sólo más tarde nos dimos cuenta de que se quedaban ahí no sólo porque les gustara hablar con nosotros, sino por lo inseguro que era volver a casa de noche. Recorrimos las calles de San Isidro, el pueblo de Marcelo y Miguel, donde los jóvenes mostraban su oposición a Pac Rim pintando murales en las fachadas de las casas, a sólo unos minutos de la sede de El Dorado.
En esos años comimos incontables pupusas —las típicas tortillas fritas rellenas de queso, omnipresentes en El Salvador— con campesinos y vecinos del pueblo que nos contaban sus historias. Comimos marañones con ellos mientras recorríamos sus campos para ver los problemas causados por los pozos de prueba de Pac Rim. Sudando por el calor tropical mientras tratábamos de seguirles el paso a Miguel y los demás, bajamos hasta los arroyos por abruptos terraplenes volcánicos a ver los proyectos de los defensores para bombear agua a las comunidades emplazadas en lo alto. Mujeres y niños pasaban junto a nosotros todas las mañanas, cuando bajaban con prisa por las laderas y volvían a subir un poco más despacio —aunque más rápido que nosotros— cargando pesados jarrones de agua sobre sus cabezas.
Viajamos al lejano noreste del país, a una mina clausurada años atrás. Allí aprendimos sobre los sulfuros presentes en algunas minas, que se transforman en letal ácido sulfúrico cada vez que llueve. En consecuencia, los minerales se filtran en la tierra y el agua, y hay días en que del manantial bajo la mina cerrada brota agua anaranjada como herrumbre. En otras ocasiones, el agua sale de color rojo arándano. Es una pesadilla ambiental de agua, tierra y aire tóxicos; el único lugar de El Salvador que nos hace estremecer.
También pasamos mucho tiempo en oficinas con aire acondicionado en San Salvador, a menudo esperando por horas para reunirnos con ocupados legisladores nacionales y funcionarios de gobierno que nos daban sus opiniones sobre los pros y contras de la minería. Hablamos de minería con ministros, con el vicepresidente y con el presidente. Nos sentamos en iglesias y parroquias, con sacerdotes que nos explicaban cómo ellos y sus feligreses habían llegado a oponerse a la minería. Aprendimos que esta oposición era acorde con la tradición de apoyo a la justicia social en la comunidad eclesiástica de El Salvador, continuando así el legado del mártir arzobispo Óscar Arnulfo Romero, cuya foto es omnipresente en el país.
Además, el discurso de Vidalina y nuestros primeros esfuerzos por responder las preguntas de Miguel nos hicieron entender que ésta es una lucha global, y no sólo de El Salvador. No fuimos los únicos en entender esto. En 2011 nos unimos a otras personas para crear una red de grupos de distintas partes del mundo: Aliados Internacionales contra la Minería en El Salvador. Esta red coordinó investigaciones, cartas, peticiones y acciones con ciudadanos estadounidenses, australianos, canadienses, alemanes y de otros países. Llegamos a hacer presión ante las corporaciones y el Banco Mundial, y en las calles. Protestamos en la sede de Pac Rim en Vancouver, afuera de reuniones de accionistas en Toronto y Melbourne, y frente al edificio central del Banco Mundial. Y ayudamos con varios recorridos educativos para Vidalina, Miguel (hasta que la embajada estadounidense en El Salvador canceló sin explicación su visa) y otras personas más.
Nosotros fuimos dos veces (en 2013 y 2017) al otro lado del planeta, a Filipinas, país que conocíamos bien por los años que pasamos trabajando ahí durante y después de otra dictadura apoyada por Estados Unidos. En 2009 no esperábamos que nuestra experiencia y nuestros contactos filipinos se conectaran con el drama salvadoreño. Sin embargo, en las montañas del norte de las Filipinas se escondía una mina hermana de El Dorado, un proyecto que la compañía minera en El Salvador ostentaba como ejemplo de la minería “verde” y “responsable” que los pobres salvadoreños se estaban perdiendo. Viajamos 12 horas desde Manila, por carreteras abruptas, sinuosas y polvorientas, para averiguar si la compañía minera decía la verdad. En 2017, uno de nosotros volvería a El Salvador con un gobernador filipino, también agricultor, para hacer un recorrido de una semana, durante el cual testificaría ante los legisladores salvadoreños sobre los letales efectos de la minería en su provincia.
Toda esta actividad culminó siete años más tarde, cuando el tribunal del Banco Mundial emitió su fallo sobre la demanda corporativa y, seis meses después de eso, cuando un proyecto de ley para prohibir la minería por fin llegó a la Asamblea Legislativa de El Salvador para ser sometido a votación. Pero no nos adelantemos.
Mientras más tiempo pasábamos con Miguel, Vidalina y otras personas de a pie en el norte de El Salvador, y mientras más aprendíamos sobre los peligros de la minería y las reglas amañadas a favor de las compañías mineras, más nos enfrentábamos con preguntas desalentadoras cuyas respuestas parecían tan elusivas como urgentes. Estas preguntas, además, nos hicieron caer en cuenta de la relevancia de esta historia para otras comunidades de Estados Unidos, Canadá, Australia y muchos más países.
Comúnmente se cree que las personas más adineradas en las naciones más ricas son quienes más se preocupan por el ambiente. Los pobres, según se afirma a menudo, no se pueden permitir el preocuparse por el asunto. ¿Qué fue, entonces, lo que llevó a Marcelo, Vidalina y otros agricultores comunes, más empobrecidos, a convertirse en defensores del agua y dirigir la protección de los acuíferos de El Salvador?3
Esta pregunta nos condujo a discusiones más profundas con proponentes y opositores de la minería en torno a un conjunto de interrogantes relacionadas: ¿qué es el “progreso”?, ¿qué es el “desarrollo”? Para decirlo de otro modo: ¿qué constituye una mejor vida para uno mismo, su comunidad y su país? Encontramos respuestas muy enfáticas y diferentes a esta pregunta esencial. Muchas veces, estas conversaciones nos recordaron las discusiones que consumen —y con frecuencia dividen— a comunidades de toda Norteamérica, debates sobre si el “progreso” o el “desarrollo” pueden catalizarse por medio del fracking, oleoductos, tiendas departamentales o subsidios públicos a entidades que supuestamente crean empleos, como Amazon.
Este libro se centra en cuestiones relativas al más básico de los recursos, el agua, en un momento en que, desde Míchigan hasta el Sahara, la gente común lucha por tener agua limpia y accesible. En 1995, el ambientalista egipcio Ismail Serageldin advirtió: “Las guerras del próximo siglo serán por el agua, a menos que cambiemos nuestra forma de administrar este preciado y vital recurso”. Desde entonces, en todo el mundo, las y los defensores del agua han librado muchas batallas épicas. Los siux de Standing Rock, en Dakota del Sur y del Norte. El pueblo de Flint, en Míchigan. Y muchos otros, comenzando por Carolina del Norte, que han puesto en el centro el derecho a tener agua limpia al crear una versión en el siglo XXI de la Campaña de los Pobres, de Martin Luther King. Los campesinos de la India que luchan contra los intentos de Coca-Cola por quitarles su agua. Los habitantes de cientos de ciudades y pueblos en Estados Unidos, Bolivia, Francia y Canadá que se enfrentan a grandes corporaciones que buscan privatizar las redes públicas y municipales de agua. Las poblaciones, desde el estado de Nueva York hasta Nuevo México, que protegen su tierra y su agua de la extracción de gas natural por fracking. Y, desde El Salvador hasta Indonesia, desde Argentina hasta Filipinas, las comunidades que valoran el agua por encima de la minería y que incluso usan la misma consigna: “El agua es vida”, como se nos dice una y otra vez en El Salvador.
Nuestras preguntas sobre el agua nos llevaron a otras, sobre si las corporaciones en El Salvador, Estados Unidos o cualquier lugar realmente podían extraer oro y otros metales de manera segura. Conforme íbamos aprendiendo más sobre lo que yace bajo la tierra y los peligros de extraerlo, reflexionamos acerca de los metales que parecen ser fundamentales para nuestra vida moderna. Imagina tratar de vivir sin el acero de nuestros edificios, puentes y vías férreas, sin el aluminio de nuestros autos, computadoras y latas, o sin las tierras raras de nuestros teléfonos. El oro, el más precioso de los minerales, es esencial para la joyería y la mayor parte de los aparatos electrónicos —incluso los celulares—, así como para otros usos industriales. También ha sido atractivo como inversión financiera por siglos y su valor aumenta en tiempos de incertidumbre y turbulencia. Walmart y Amazon se han colocado entre las empresas más grandes del mundo debido a nuestra insaciable demanda de objetos. Muchos de esos objetos se fabrican con minerales que se encuentran dispersos por todo el mundo, la mayoría en montañas remotas como las de Nevada y Maine, o las que atraviesan el norte de El Salvador hasta Guatemala, por un lado, y hasta Honduras y Nicaragua, por el otro. Algunos “minerales de conflicto” se extraen y financian disputas en lugares como la República Democrática del Congo y la República Centroafricana.
No obstante, millones de personas en comunidades mineras enfrentan los peligros de los accidentes en las minas, la contaminación del agua y los conflictos —la violencia— que la minería invariablemente trae consigo. Millones de personas no quieren que su agua o su tierra se contaminen con sustancias tóxicas como el cianuro que usan las compañías mineras, ni con los otros venenos que se liberan de las rocas junto con el oro. ¿Haríamos mejor en dejar algunos minerales en la tierra? ¿Hay algunas zonas donde debería prohibirse la minería? ¿Podemos extraer el resto de los minerales de maneras menos dañinas?
El creciente control de las corporaciones sobre el agua y los minerales nos condujo a más preguntas sobre normas, reglamentos y leyes, y sobre quién los establece y en beneficio de quién. Desde las primeras investigaciones acerca del tribunal del Banco Mundial, que realizamos a petición de Miguel Rivera, gran parte de lo que aportamos tenía que ver con lo que sabíamos —y lo que aprendimos— sobre las reglas y las instituciones de la economía global. Durante casi cuatro décadas, desde las elecciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se han incorporado miles de normas en los tratados de comercio e inversión —tratados firmados por gobiernos— que favorecen a las corporaciones de alcance global por encima de las comunidades, los pueblos indígenas, los derechos humanos y el ambiente. Entre estas normas destaca la llamada cláusula “inversionista-Estado”, que permitió al “inversionista” corporativo, Pac Rim, demandar a un “Estado”, el gobierno de El Salvador. Esa misma norma, incorporada a un acuerdo comercial, le permitió al gigante canadiense de los combustibles fósiles TransCanada lanzar una apabullante demanda de 15 mil millones de dólares contra el gobierno de Estados Unidos cuando el presidente Barack Obama detuvo la construcción de un oleoducto debido a su potencial impacto en términos de cambio climático.4
¿Podemos, como Vidalina, imaginar una transformación de normas procorporativas como ésta sin que parezca que vivimos en la luna?
Quedamos intrigados por preguntas respecto a las tácticas, a menudo inusuales, y las alianzas de nuestros nuevos amigos salvadoreños para enfrentarse a corporaciones mucho más poderosas que ellos. Algunas de estas alianzas nos recordaron a un distinguido colega de John en el IPS en la década de 1980. Jorge Sol era un hombre nacido en una de las 14 familias acaudaladas que dominaron El Salvador durante décadas. Estudió en Harvard, fue nombrado ministro de finanzas de su país y elegido director ejecutivo en el Fondo Monetario Internacional, la institución hermana del Banco Mundial, en Washington D. C. En cierto momento, decidió dejar ese mundo atrás y llegó a trabajar en el IPS. Allí se unió a grupos que colaboraban para poner fin a la guerra civil en El Salvador y obtener justicia social para la mayoría empobrecida del país. ¿Acaso alguien sería capaz de seguir sus pasos y cruzar las líneas de clase para unirse a la defensa del agua en nuestros días? Algunas personas sí, y las conocerás en este libro.
También nos preguntamos si había maneras de predecir quién vería más allá de los intereses a corto plazo de unos cuantos, para considerar el bien de la mayoría. Mientras Pac Rim y otras compañías mineras entraban a El Salvador, el pueblo salvadoreño elegiría a un presidente conservador en 2004 y luego a presidentes progresistas en 2009 y 2014. Al principio nos apresuramos al suponer que “los buenos” aparecerían sólo con los gobiernos progresistas. Sin embargo, nosotros y los defensores del agua descubrimos una verdad más interesante: en los tres gobiernos había gente en ambos lados de este conflicto. ¿Qué motivaba a algunos funcionarios a arriesgarse y ponerse del lado de la defensa del agua, mientras que otros se alineaban con las compañías mineras? ¿Qué lecciones deparaban estas improbables alianzas para las campañas en otros países, incluido el nuestro?
Por último, había profundas interrogantes sobre una nación como El Salvador y sobre si podría superar su historia. Al igual que en muchos países empobrecidos de todo el mundo, desde Guatemala hasta Zaire y Chile, la historia de El Salvador está empapada en sangre por los golpes de Estado apoyados por Estados Unidos y por las intervenciones e intrusiones corporativas. La ceremonia de entrega de premios en Washington D. C. en 2009 y nuestros viajes a El Salvador nos remontaron a un cuarto de siglo atrás. Al igual que mucha gente de nuestra generación, conocimos El Salvador por su brutal guerra civil de la década de 1980, durante la cual el gobierno estadounidense de Ronald Regan apoyó ahí una dictadura. En esa década final de la Guerra Fría, el gobierno de Reagan dio dinero a regímenes despiadados y grupos armados de derecha a lo largo de Centroamérica, y en otras regiones, en nombre de la lucha contra el comunismo. Gracias a periodistas como Ray Bonner, de The New York Times, supimos de la complicidad del gobierno estadounidense en las masacres de El Salvador. Y eso se nos recordaba constantemente. En efecto, algunas de nuestras reuniones en San Salvador tenían lugar en la universidad jesuita donde seis sacerdotes y dos obreros habían sido ejecutados en 1989, la mayoría en los jardines exteriores. Donde ahora hay rosas rojas, corrió su sangre.
Muchos aún conocen a El Salvador por esta guerra civil, durante la cual murieron más de 75 mil personas de ambos bandos. En términos de porcentaje de la población, eso sería equiparable a una matanza de cinco millones de personas en Estados Unidos. En 1983, Joan Didion escribió en su mordaz libro Salvador que “el terror se da por sentado en este lugar”. Hoy, El Salvador es uno de esos países conocidos como lugares de pandillas, narcotráfico y violencia, legados de la intervención estadounidense. Marcelo y otras personas fueron asesinadas en un departamento administrativo donde la justicia era escasa y donde el turbio mundo de las corporaciones globales se fundía con los intereses de los políticos locales y la realidad de los pandilleros desempleados. En esas circunstancias, ¿los defensores del agua se dejarían intimidar y silenciar? Con esa historia y esa realidad presente de conflicto, ¿podría el pueblo de El Salvador elegir el agua y el bien común por sobre las posibles recompensas financieras de la minería para unos pocos? Si fueras un defensor o una defensora del agua y recibieras un mensaje de texto que dijera “Estás muerto..., maldito perro”, ¿qué harías?
En los años posteriores a 2009, una demanda corporativa y el asesinato de un maestro de 37 años que dirigía un centro cultural propiciaron acciones en Washington, Manila, Toronto, Melbourne y otros lugares. Hubo protestas de sindicatos obreros, grupos ambientalistas, líderes espirituales, artistas y otros, coordinados con campesinos de todo el norte de El Salvador, muy lejos de los caminos más transitados.
Este trabajo ha cambiado nuestras vidas, así como nuestra noción de lo que es posible. También ha cambiado nuestra opinión sobre lo que se necesita para ganar cuando la balanza parece inclinarse demasiado hacia el lado de los ricos y los poderosos. Y nos ha motivado a remontarnos al principio de esta historia, antes de que apareciéramos en escena, cuando Marcelo, Miguel y Vidalina se reunieron por primera vez con los mineros de la industria aurífera a principios de la década de 2000.
A lo largo de este viaje también conocerás a personas que nadie habría esperado que eligieran el agua sobre el oro, personas que se volvieron centrales en este drama. Luis Parada, el principal abogado salvadoreño en el litigio, pasó del ejército de El Salvador a West Point para convertirse en un hábil jurista, paladín del ambiente y archirrival de los arrogantes abogados corporativos de Pac Rim. Con Luis hicimos de estudiantes de derecho, discutiendo y debatiendo las diversas posibilidades de lo que podría suceder con la demanda. Él nos enseñó que a menudo se podían obtener noticias confidenciales sobre las maquinaciones en torno a las posturas del gobierno y la demanda con tan sólo pasearse en el estrafalario vestíbulo del hotel Sheraton de cinco estrellas en San Salvador, a un mundo de distancia de nuestro dormitorio en la comarca minera.
Conocerás a arzobispos, funcionarios gubernamentales de derecha, legisladores y campesinos que decidieron actuar de maneras que tal vez te sorprendan.
Por supuesto, también conocerás a quienes eligieron el oro por encima del agua. Aunque los funcionarios de la compañía minera Pac Rim se rehusaron a reunirse con nosotros, una figura principal de esta historia cobrará vida con sus testimonios ante el tribunal y los correos electrónicos que se hicieron públicos durante la larga batalla en la corte. Se trata de Thomas Shrake, un ejecutivo de Pac Rim, con domicilio en Nevada, que intentó atraer a su causa a alcaldes salvadoreños, funcionarios gubernamentales e incluso campesinos. Los correos electrónicos de Shrake revelan la arrogancia casi cómica de Pac Rim cuando él sugirió conseguir el apoyo del papa y del presidente de Estados Unidos, George W. Bush.
Además de nuestras interacciones con éstos y otros personajes principales de este drama, pasamos mucho tiempo con docenas de individuos clave en El Salvador. Hablamos con la mayoría de estas personas por medio de un intérprete y las citas de ellas que aparecen a lo largo de este libro están tomadas de las traducciones de dicho intérprete.5
En retrospectiva, sentimos como si ambos hubiéramos estado destinados a entrar al drama que rodeó la desaparición de Marcelo en 2009, convertirnos en parte de él y luego compartirlo contigo.
Siempre nos han atraído las luchas de David contra Goliat. Sin embargo, en la mayoría de los casos, Goliat es el que gana.
Cuando nos conocimos, en el posgrado, Robin acababa de volver de una beca de investigación de un año en el sur de las Filipinas. Allí vivió y trabajó con una comunidad indígena que trataba de proteger sus tierras ancestrales de la expansión de la finca piñera Del Monte. Al final, Del Monte ganó. Ahora esas tierras están bajo el agua a causa de una serie de presas hidroeléctricas, financiadas desde el extranjero, que proveen de energía eléctrica a las fincas.
John acababa de volver de su primer año de trabajo en la Organización de la Naciones Unidas, en Ginebra, donde se había unido a un pequeño equipo que investigaba el poder irrestricto de las corporaciones globales. Una vez más, los Goliats corporativos vencieron. Mientras que el equipo de John planteaba la idea de aplicar mano dura contra las prácticas mercadotécnicas engañosas de las corporaciones tabacaleras y alcoholeras en países empobrecidos, el gobierno de Reagan retiró los fondos para ese proyecto.
En el posgrado nos unió nuestra misión de aprender más sobre cómo trabajar con las comunidades para contrarrestar el poder de las corporaciones globales. Algunas parejas se consolidan bailando o bebiendo; nosotros nos consolidamos con sesiones de estudio autónomas en las que aprendíamos todo lo posible sobre temas como los pésimos salarios y las condiciones laborales de las mujeres asiáticas que cosen nuestros tenis y camisas, ya sea en Indonesia o en el distrito textil de Nueva York. Hicimos clic al vincularnos con otras personas para tratar de convencer al presidente y la mesa directiva de la Universidad de Princeton de retirar sus activos financieros del gobierno racista del apartheid en Sudáfrica. Nos conectó la justicia social en un momento histórico en que había dictadores gobernando desde Zaire hasta Chile, pero también se alzaban movimientos populares contra esos dictadores, desde El Salvador hasta Filipinas y Sudáfrica.
Como Robin se enamoró de las Filipinas antes de enamorarse de John, nuestro matrimonio incluía sus propios términos y condiciones. Con Robin llegaron horas extra de trabajo contra el entonces dictador de Filipinas, Ferdinand Marcos, cuya esposa tenía una legendaria debilidad por los zapatos. Nos volvimos expertos en las corporaciones privadas que dominan la economía global, así como en las instituciones públicas que manipulan las reglas a favor de esas corporaciones.
En 1983, con un título de posgrado en la mano, John consiguió el empleo de sus sueños en el IPS, donde ha trabajado desde entonces. Robin estuvo laborando en varios lugares, desde el Congreso de Estados Unidos, pasando por el Departamento del Tesoro, hasta que en 1990 empezó a trabajar como docente en la Universidad Americana en Washington D. C., donde por fin (como diría una mamá o un papá) sentó cabeza. Pasamos algunos veranos y vacaciones trabajando para documentar abusos en este país contra niñeras, cuidadores y trabajadores de restaurantes, muchos de ellos inmigrantes. Otras vacaciones las pasamos volviendo a las Filipinas y otros lugares donde las personas, muchas de las cuales se volverían nuestras amistades, luchaban en condiciones de abrumadora desigualdad para hacer de su mundo un lugar mejor. Escribimos libros, artículos, un cómic, columnas de opinión, blogs. En cierto punto tuvimos un hijo que, a temprana edad, se quejó en son de broma de que hablábamos demasiado del trabajo en las comidas familiares.
Esta trayectoria nos preparó —al menos un poco— para la lucha a la que nos uniríamos tras el asesinato de Marcelo Rivera. Más allá de nuestro conocimiento del Banco Mundial, sabíamos cómo desenterrar información sobre instituciones sigilosas y cómo investigar a corporaciones, además de que teníamos contactos dentro del Banco. Todos los años de trabajo con grupos de campesinos en otros países, y de participar en coaliciones más amplias, nos enseñaron lo crucial que era construir relaciones de confianza para este tipo de labor transcultural y transfronteriza. Aun así, en 2009 no habríamos podido imaginar todo lo que nos faltaba por aprender, a nosotros y a nuestros aliados.
Luego la trama de la historia dio giros inesperados, con nosotros adentro.
Esta historia comenzó varios años antes de la desaparición y el asesinato de Marcelo, en un pequeño pueblo en las montañas del norte de El Salvador, con la llegada de unos “hombres blancos de traje”. Estos desconocidos dijeron que venían a hablar de minas. Como lo relataría un campesino local que se volvió funcionario del pueblo, cuando los hombres de traje empezaron a tratar de hablar de minas, eso provocó cierta confusión para él y para sus conciudadanos: “Les dijimos a estos blancos de traje que las Naciones Unidas ya habían venido a llevarse todas las minas, o sea las minas de la guerra civil. Ya no había más. Pero los hombres de traje dijeron: ‘Oh, no, buscamos otro tipo de minas, de las que tienen oro, plata y hierro’. Entonces comenzó nuestra lucha contra la minería. Entonces comenzaron las mentiras de las compañías.”
1 Cada año, un comité de expertos en derechos humanos selecciona a héroes no reconocidos para otorgarles este premio en nombre de Orlando Letelier y Ronni Karpen Moffitt, colegas de IPS asesinados en Washington D. C. en 1976 por agentes del dictador chileno Augusto Pinochet.
2 A lo largo de este libro utilizaremos el nombre de Pac Rim para referirnos a tres entidades relacionadas entre sí: Pac Rim Cayman LLC, Pacific Rim Mining Corporation y Pacific Rim El Salvador. La empresa madre es la Pacific Rim Mining Corporation, con sede en Vancouver. Conforme avance esta historia, quedará claro por qué existen estas entidades separadas pero interconectadas, con distintos nombres legales. De manera ocasional, cuando sea preciso distinguir entre las entidades legales, usaremos los nombres completos. Sin embargo, en general, se puede considerar a Pac Rim como una entidad que opera en su sede canadiense, una empresa fantasma en las Islas Caimán y una empresa con presencia física en El Salvador.
3 Por todo el hemisferio occidental, organizaciones e individuos que luchan por salvar a los cuerpos de agua de la minería, de la extracción de combustibles fósiles y los oleoductos, de nuevas represas y de otros daños han sido llamados —o se han llamado a sí mismos— protectores o defensores del agua. Cuando les preguntamos a Vidalina y sus colegas qué término usaban ellos y sus aliados en todo El Salvador, respondieron: “Defensoras y defensores del agua”. En los capítulos siguientes conocerás a la gente que defendió el agua desde organizaciones como La Mesa y Aliados Internacionales, así como a personas y grupos afines que, oficialmente, no forman parte de estas organizaciones, pero que también están incluidos en el término colectivo “defensores del agua”.
4 La demanda de TransCanada se detuvo sólo porque el siguiente presidente, Donald Trump, permitió que la construcción del oleoducto continuara.
5 Realizamos estas entrevistas a lo largo de ocho viajes a El Salvador, de 2011 a 2019. Cuando la fecha exacta de una entrevista no es importante para la historia, no la mencionamos. También compartimos versiones en español y en inglés de los capítulos relevantes con individuos clave en El Salvador, para asegurarnos de no malinterpretar ni citar mal a nadie. Véase la sección de agradecimientos al final del libro para consultar los nombres de las personas que entrevistamos en El Salvador y otros lugares.
Thomas Shrake eligió el momento adecuado para buscar oro en El Salvador. En 2002, el país promulgó una nueva ley de minería repleta de incentivos para las empresas extranjeras. Además, el precio del oro iba en aumento, gracias a un auge en las ventas mundiales de aparatos electrónicos (llenos de minerales) y la fortaleza de la economía china. El precio aumentaría de 270 dólares la onza en 2001 a 1 400 en 2010, un año después del espantoso asesinato del defensor del agua Marcelo Rivera.
Había empezado una nueva fiebre del oro. Confiados, los “hombres blancos de traje” de Canadá, Australia, Estados Unidos y otros países abordaron aviones para viajar a El Salvador. Muchos se hospedaron en el lujoso Hotel InterContinental en San Salvador, la capital. Era el hotel preferido de la élite económica y política en los años en que el partido derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) tenía el poder; el lugar para enterarse de las últimas noticias y cotilleos. Estos hombres de traje empezaban el día con un suntuoso buffet de desayuno en el hotel y luego viajaban unas horas al norte en relucientes vehículos privados hasta llegar a las montañas de la región aurífera, donde sus vehículos perdían el brillo.
No pudimos evitar preguntarnos: ¿acaso Shrake y los demás, como nosotros, exhalaron un suspiro de alivio al salir del tráfico y el calor de las abarrotadas calles de San Salvador para entrar al fresco aire de montaña del norte? Una vez llegados a Cabañas, el departmento donde vivía Marcelo, ¿leían burdos folletos sobre minería? ¿O se asomaban por las ventanas de sus autos para contemplar los campos de maíz, las colinas deforestadas y las humildes pero bien mantenidas casas de cemento y adobe, pintadas con tonos de tierra y colores pastel, y rodeadas de jardines floridos, meticulosamente cuidados? Mientras seguían avanzando, ¿se detenían a mirar los arroyos y ríos que fluyen hacia el norte o el oriente hasta llegar al caudaloso río Lempa —el tercero más largo de Centroamérica—, la arteria vital del país? ¿O sólo se concentraban en las formaciones rocosas por las que pasaban, calculando la riqueza mineral subyacente?
Tom Shrake pasaría muchas veces junto a esos arroyos, de camino a San Isidro, el pueblo natal de Miguel y Marcelo Rivera. Canoso, de anchos hombros y postura recta, Shrake parecía un hombre cuya foto podía adornar las páginas del catálogo de una tienda de campismo. En efecto, se llamaba a sí mismo “un ávido ambientalista y amante de la naturaleza”. También exudaba la confianza de un ejecutivo de alto nivel, acostumbrado a conseguir lo que quería. Como geólogo de exploración del gobierno estadounidense y director ejecutivo de la Pacific Rim Mining Corporation, con sede en Vancouver, trabajó en la oficina de Pac Rim en Reno, Nevada, el estado que domina la minería aurífera en Estados Unidos.
Varias décadas detectando depósitos de oro en Estados Unidos, Costa Rica, México y Chile habían preparado a Shrake para la maniobra en El Salvador. El oro en el subsuelo no anuncia su presencia desde las carreteras o desde aviones en lo alto. Shrake tenía formación en geología económica, que él describía como “la ciencia de los depósitos minerales”. Sus primeras investigaciones y trabajos en Nevada se concentraron en las características de las rocas cercanas a los depósitos de oro y cobre que, según alardeaba, le “permitían reconocer y evaluar vetas potencialmente explotables”.
En 1997, tras 20 años en el campo trabajando para compañías dedicadas a la explotación de minerales, Shrake, auspiciado por un ejecutivo de tercera generación de la industria aurífera canadiense, se había convertido en jefe de Pac Rim, en aquel entonces una pequeña empresa, dueña de una mina de plata en Argentina. De inmediato, Shrake salió a buscar nuevas y lucrativas minas para Pac Rim. Contrató a dos geólogos veteranos y juntos exploraron sitios en Argentina, México y Perú, pero no encontraron grandes yacimientos.
A pesar de su buen ojo para el oro, el gran hallazgo de Shrake para Pac Rim no se dio en el campo, sino en un salón de convenciones con aire acondicionado. Los dueños de minas modernos convencen a otros de invertir en sus proyectos cuando se encuentran en convenciones celebradas en ciudades como Toronto, Vancouver y Melbourne, sedes de muchas compañías mineras. Shrake se enteró de un prometedor sitio en el norte de El Salvador, con el tentador nombre de El Dorado, gracias a un minero estadounidense llamado Robert Johansing, con quien coincidió en una reunión de la Asociación de Prospectores y Desarrolladores de Canadá en Toronto, en 2001. Johansing había sido administrador del proyecto de El Dorado desde 1993 y encontraría oro en un departamento cercano en los años subsiguientes. El hecho de que El Dorado fuera propiedad de una compañía cuya mesa directiva compartía un miembro con Pac Rim hizo que Shrake se interesara en seguir esa pista.
Después de la convención, Shrake abordó un avión para viajar a San Isidro, donde la mina de El Dorado se había abierto más de medio siglo atrás, aunque llevaba varios años inactiva. San Isidro, un pueblo montañoso, tiene unos diez mil habitantes. El concurrido centro del pueblo sólo mide cinco por cuatro cuadras y más de la mitad de la población está distribuida en las granjas circundantes. Las viejas casas de adobe, con sus gruesas paredes, son reemplazadas poco a poco por casas de ladrillos y cemento, y hay unas cuantas tiendas a lo largo de las calles pavimentadas. Las calles de San Isidro suelen estar llenas de niños y niñas que van a la escuela, mujeres que cargan canastos sobre sus cabezas o llevan sombrillas para protegerse del sol y campesinos que van y vienen de sus campos de maíz y frijol a sus pequeñas granjas ganaderas. Ya no hay añil, cultivado siglos atrás por su pigmento azul.
