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Del lamento a la revelación es un libro creado en medio de la pandemia que aqueja al mundo entero. El propósito de su escritura es plantear desafíos para la iglesia en estos tiempos. Al concebirla, Jesús pensó en una iglesia que le representara adecuadamente en cada momento de la historia, ya fueran buenos o malos. Sin embargo, cuando la crisis llega las dudas aparecen y de pronto la iglesia se convierte en una extensión del mundo con sus mismos lamentos y quejas. Por eso es tiempo para reaccionar y entender que como ciudadanos de un nuevo reino no podemos quedarnos en el lamento, debemos ir a la revelación en Cristo para conocer sus propósitos en medio de las aflicciones. Es tiempo de tomar el lugar que nos corresponde y vivir de acuerdo con nuestra condición como hijos de Dios. Es tiempo de pasar del lamento a la revelación.
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Seitenzahl: 454
Veröffentlichungsjahr: 2021
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John Harold Caicedo
Del lamento a la revelación: Un mensaje para la iglesia en tiempos de crisis
© 2021, John Harold Caicedo
©Primera edición 2021 Portable Publishing Group LLC, 30 N Gould St, Ste R, Sheridan, WY 82801, Estados Unidos de América.
www.editorialportable.com
Portable Publishing Group LLC es una editorial con vocación global que respalda la obra de autores independientes. Creemos en la diversidad editorial y en los nuevos creadores en el mundo de habla hispana. Nuestras ediciones digitales e impresas, que abarcan los más diversos géneros, son posibles gracias a la alianza entre autores y editores, con el fin de crear libros que crucen fronteras y encuentren lectores.
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ISBN:978-1-953540-39-3
Impreso en México – Printed in Mexico
DEL LAMENTO A LA REVELACIÓN Un mensaje para la iglesia en tiempos de crisis
CONTENIDO
Introducción
No puedo respirar (I can’t breath)
Capítulo 1. Escogiendo el papel de víctima.
Capítulo 2. ¿Ansiando volver a la normalidad?
Capítulo 3. No dejes que tu corazón se turbe
Capítulo 4. Una respuesta para tiempos de crisis
Capítulo 5. ¿Preparados para grandes batallas?
Capítulo 6. El lado bueno de las pruebas
Capítulo 7. ¿Aún no entiendes?
Capítulo 8. Tus bendiciones no están en cuarentena
Capítulo 9. Regocijándonos en tiempos difíciles
Capítulo 10: Un mundo hambriento de esperanza.
Capítulo 11. Aunque la higuera no florezca.
Capítulo 12. Perdiéndonos el tiempo de la visitación divina.
Capítulo 13. Llamados para tiempos como estos.
Capítulo 14. Poder, ¿para qué?
Capítulo 15. Mi redentor vive
Capítulo 16. ¿Dónde están esas maravillas que tú hiciste?
Capítulo 17. El poder de la impartición
Capítulo 18. Levántate y resplandece
Capítulo 19. Al único y sabio Dios
Bibliografía
Hace algunos años atrás en la ciudad de Chicago una delegación de la policía local se acercó para hablar con un pastor y decirle lo siguiente: “estamos ante una verdadera epidemia de prostitución y tráfico sexual. Por todas partes estamos experimentando esta terrible dificultad, la verdad ya no sabemos qué hacer” y entonces le plantearon el siguiente interrogante: ¿hay algo que la iglesia pueda hacer ante este problema?
¿Hay algo que la iglesia pueda hacer para dar respuesta a este gran desafío?
Las preguntas podrían ampliarse casi de manera indefinida en relación al papel de la iglesia.
¿Hay alguna respuesta de parte de la iglesia para solucionar las cosas terribles que están pasando en este mundo?
¿Hay algo que la iglesia pueda hacer en tiempos como los que estamos viviendo, en medio de una pandemia que ha puesto el mundo de cabeza, en medio de una crisis de fe, de sentido de pertenencia, de desorientación y de angustia?
Estas son preguntas demasiado desafiantes.
Ante la decadencia del mundo, ante las situaciones de sufrimiento y tristeza, ante el dolor de los seres humanos, ante la pérdida de nuestra juventud e incluso ante la situación de los niños abusados y de madres abandonadas y de personas maltratadas, ¿hay algo que la iglesia pueda hacer?
El mundo anda hoy en día a la deriva más que nunca y necesita respuestas reales.
No solamente que se le predique una palabra, sino que se le muestre que todo eso que decimos desde los púlpitos y fuera de ellos es real.
Nuestros tiempos son realmente retadores. Necesitan de cierto tipo de hombres y mujeres que puedan entender el papel que la iglesia tiene que desempeñar, que puedan interpretar estos desafíos, pero a la luz de las palabras de Jesucristo y de su propósito con su iglesia.
En Mateo 16, cuando Jesús está hablando con sus discípulos y preguntándoles “qué dice la gente que soy yo”, al final de esa conversación Él asegura algo fundamental: Yo edificaré Mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella. (Mateo 16: 18)
Si tenemos una iglesia que Cristo mismo está edificando con Él como fundamento, destinada a vencer las potestades enemigas, entonces tenemos que preguntarnos: ¿habrá algo que una iglesia así, con fundamento sólido en Jesús, con promesa venida directamente de Él, con unción y respaldo del Espíritu Santo, con hombres y mujeres comprometidos, habrá algo que una iglesia así pueda hacer en medio de este mundo caído y desafiante?
Si la iglesia no está impactando al mundo, no es porque Jesús no la respalde o porque El Espíritu Santo no la unja. El problema puede ser que aun los creyentes no hayamos entendido nuestro papel en todo esto.
Nuestros tiempos no están para oraciones superficiales, enseñanzas distorsionadas o lamentos interminables de parte del liderazgo de la Iglesia. Nuestros tiempos exigen más que eso. Exige de hombres y mujeres que aprendan a pararse en la brecha con valentía, que se enfrenten a los retos con sabiduría celestial y con la determinación que caracterizó a aquellos que formaron la iglesia antigua y que dieron testimonio a través de su fe.
Exige de hombres y mujeres que tengan una mentalidad diferente. Que sepan confiar en El Señor y conozcan que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios (2 Corintios 10:4) y esas armas destruyen fortalezas del enemigo.
También exige de hombres y mujeres que puedan entender el propósito del dolor y el sufrimiento y lo que puede ocasionar finalmente en quienes lo padecen. “Hay muchos ejemplos de resiliencia y fortaleza ante el sufrimiento que terminan forjando caracteres de gran calidad.”
A la iglesia de Jesucristo, el Rey de reyes, no le sienta bien el papel quejumbroso que imagina enemigos por todas partes y se siente siempre perseguida. Si de verdad entendemos que la Iglesia ha recibido el encargo de transformar el mundo, eso implica necesariamente que debe tener un liderazgo que comprende su papel y se levanta por encima de las circunstancias para proclamar la grandeza del Señor que la respalda.
Hoy más que nunca anhelamos que Dios responda a la oración de Pablo en el libro de Efesios: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él.” (Efesios 1:17)
La iglesia tiene que poner límites a las tinieblas y dar testimonio de vidas transformadas, entregadas, consagradas completamente, en genuina búsqueda del Señor, en un genuino discernimiento de su voluntad.
Pero esto exige un discernimiento adecuado de lo que Dios está haciendo en cada momento de la historia y una respuesta acorde con Su voluntad soberana.
Ni siquiera los discípulos pudieron entender cabalmente el propósito de Jesús en su venida a la tierra.
¿Señor, restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (Hechos 1:6) ¿Fue a eso que viniste desde los cielos?
Los discípulos inquietos observaban que Jesús estaba a punto de partir de nuevo hacia los cielos y consideraban que la obra no estaba terminada si Israel no quedaba reinando sobre la tierra como representante exclusivo del Único Dios verdadero.
Sin embargo la respuesta de Jesús dejó en claro que sus propósitos en relación a la Iglesia y al Reino iban mucho más allá que colocar a Israel en el centro mismo del poder terrenal.
Jesucristo llevó a cabo el proceso de redención de la humanidad con su ministerio. Pero la historia no terminó allí, sino que El nombró a su iglesia para que continuara con la expansión del reino anunciado y le compartiera a todas las generaciones venideras el mensaje de salvación, las buenas nuevas que llevan a la vida eterna.
¿Sería un camino fácil? ¿Sería una tarea sencilla?
Indudablemente no. La tarea de expansión del reino encontró obstáculos desde el principio y así será hasta el final.
Cuando el Señor Jesucristo vino a la tierra les dijo a los discípulos: en este mundo tendréis aflicción.
Es decir, estamos viviendo en un mundo en el que todos los días vemos cosas que afligen el corazón humano. Muchas personas llegan llorando a las iglesias los domingos. Muchos otros ni siquiera entran en ellas porque creen que ya no hay esperanzas. Las personas buscan soluciones por todas partes para mitigar un poco ese dolor y entre más buscan, más frustración encuentran.
Pero Dios ha escogido a su iglesia para que traiga algo que el mundo no puede dar.
La iglesia no solamente representa el vehículo transmisor de un mensaje celestial, sino también a través de su accionar cotidiano da credibilidad a ese mensaje proclamado. La iglesia tiene voz en el mundo que la circunda y este privilegio debe ejercerse no solamente como propósito evangelizador, sino como anunciación de la presencia constante de Dios en su caminar diario, en la dirección de sus planes de alcance comunitario y en la transformación efectiva de la vida de quienes son receptores de este mensaje de buenas nuevas.
Cada una de estas tareas se está llevando a cabo de diferentes maneras. Pero cabe hacernos una pregunta importante: ¿Cómo debe responder la iglesia en tiempos de crisis?
¿Habrá algo que la iglesia pueda hacer en estos tiempos en los que estamos viviendo con la pandemia del coronavirus?
Indudablemente tenemos todas las herramientas y el respaldo divino. El problema puede ser la manera como asumamos nuestra responsabilidad cuando se trata de afrontar los tiempos difíciles.
Esta generación va a tener que tomar decisiones muy serias.
¿Qué hacemos ahora? La fe de muchos está flaqueando, el enfriamiento se generalizó, las dudas están invadiendo a las multitudes de aquellos que antes llenaban los templos, los jóvenes se fueron en desbandada huyéndole a la iglesia. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo enfrentamos este reto?
¿A quién le creemos? ¿Cómo debemos responder frente a lo que estamos viendo hoy en día?
Yo creo que aún la iglesia no ha despertado ni se ha dado cuenta que Dios mismo la está probando.
Creo que aún no ha tomado la responsabilidad de asumir sus errores para dar paso a un verdadero despertar de las conciencias adormecidas o cauterizadas.
A lo largo de nuestra vida hemos escuchado cientos de mensajes sobre la manera de observar y enfrentar las crisis, especialmente desde el ángulo de quienes son dirigidos por El Espíritu Santo.
Se nos ha advertido repetidamente acerca de la potencialidad que generan las pruebas mismas en nuestros procesos de madurez y crecimiento espiritual. Pero pareciera que cuando las crisis dejan de ser tan solo parte de un mensaje dominical y se convierten en una parte de la realidad viva, se nos dificulta enormemente saber cómo responder desde un punto de vista bíblico.
Precisamente esta es quizás la mayor dificultad que confrontamos en este tiempo, la falta de entendimiento acerca de nuestro papel como Iglesia en los tiempos de crisis.
En lugar de representar la esperanza, de pronto nos hemos puesto como víctimas de lo que está sucediendo, dejando de lado el criterio que Cristo mismo nos enseñó acerca de ser la luz para un mundo de oscuridad.
La autocompasión jamás es una buena consejera. El papel de víctima no concuerda con los propósitos que Dios puso entre los suyos.
Cuando los discípulos luchaban en medio de la noche con una terrible tormenta que amenazaba con enviarlos al fondo del mar de Galilea, Jesús dormía tranquilamente en una parte de la barca. Estos discípulos asustados le reclamaron al Señor por su aparente indiferencia en medio de sus terribles dificultades, pero Jesús no respondió levantándose para consolarlos, todo lo contrario. Él se levantó para señalarles su poca fe que representaba el mayor impedimento para saber cómo afrontar lo que estaba sucediendo en medio de semejante situación.
Ninguna circunstancia por terrible que parezca debería tomarnos por sorpresa a cada uno de nosotros como parte de la iglesia. De hecho Jesús mismo anunció guerras entre naciones, pestes, hambres y terremotos en distintos lugares. Sin embargo a esto lo llamó: principio de dolores.
Si esto es solo el principio, ¿cómo será cuando las cosas se pongan peores? ¿Cuáles serán nuestros mecanismos de defensa?
Con el contenido de este libro quiero llevarte por diferentes momentos bíblicos que reafirman mi tesis acerca de que la iglesia jamás debe colocarse como víctima de ninguna circunstancia, pues precisamente para cada uno de los acontecimientos que suceden en el mundo hemos sido preparados por el Señor, afrontándolos de una manera tal que pueda reflejar la realidad del reino anunciado por Jesucristo.
Considero que es hora de que tomemos con responsabilidad el llamado a ser protagonistas activos de las realidades cotidianas, trayendo siempre un mensaje de soporte, de ayuda, de luz en medio de tanta oscuridad. Fue para eso que fuimos formados y Jesús mismo nos encomendó el ministerio de la reconciliación, como si Dios rogara a través de nosotros (2 Corintios 5:18). Es tiempo de colocarnos en el lugar que nos corresponde. Es tiempo de anunciar con determinación que Cristo es el Mesías y que tiene el poder para transformar el mundo, empezando por nosotros mismos. Es hora de asumir la responsabilidad que tenemos como hijos de Dios.
¿Habrá algo que la iglesia pueda hacer en este tiempo?
En un viaje que hice recientemente a la ciudad de Nueva York tuve la oportunidad de visitar la imponente estatua de la Libertad, la figura de una impresionante dama. Por más de 100 años esta dama que permanece con la mano levantada muy en alto, portando una antorcha y simbolizando la libertad, ha sido la atracción de millones y millones de visitantes locales y de todas partes del mundo, por su figura y por lo que simboliza ella misma.
Inscrito en el pedestal puede leerse un breve y conmovedor párrafo de Emma Lazarus, que dice así: “Dame tus cansados, tus pobres, tus masas oprimidas que a porfía aspiran respirar el aire de la libertad; los miserables, los desamparados, los abofeteados por la tormenta de la esclavitud. Yo alzo mi antorcha junto a la puerta de oro...”
Sin embargo, cuando viajé a Israel pude entender de una manera más cercana que aún mucho más alto que el monumento a la libertad, se encuentra otro monumento colocado sobre el pedestal de la historia, que sigue simbolizado y ofreciendo libertad espiritual a todos los cautivos y oprimidos por el pecado. Es la cruz del Gólgota, del Calvario, en la cual fue colgado, sin misericordia, nuestro Señor Jesucristo hace casi 2000 años. Sobre ella está el Hijo de Dios que muere vicariamente sustituyéndonos a nosotros, con el propósito de traernos libertad de la culpa y pena por nuestros pecados y de darnos la salvación y la vida eterna.
Jesucristo no murió por una raza en particular, un color de piel o un pueblo único.
Los principios sobre los cuales erigimos nuestra vida deberían ser nuestra realidad cotidiana.
La libertad ha sido ganada en el Gólgota y es reconocida como principio de vida en la constitución de los Estados Unidos.
Sin embargo esos enunciados son frecuentemente ignorados por quienes asumen posiciones de poder y autoridad y hacen uso de ellos erróneamente.
Los George Floyd siguen desapareciendo mientras algunos indignados se pronuncian, pero al pasar la efervescencia de las protestas, se vuelve a la misma situación hasta que eventualmente otro Floyd sea maltratado por odio o rechazo racial.
Mientras unos mueren en los hospitales por falta de aire debido al Covid 19, otros mueren por que alguien les impide usar el mismo aire que todos debemos respirar.
No podemos respirar sigue siendo la frase más usada en este tiempo.
El mundo se queda sin aire. La pandemia cierra los pulmones y las rodillas sobre hombres indefensos y desarmados terminan por extinguir la última bocanada que un ser humano necesitaba respirar.
Hemos olvidado respirar el aire de la libertad.
Olvidamos respirar el aire de los valores cristianos.
Olvidamos respirar el aire del amor, de la solidaridad, de la gracia, de la misericordia, para ahogarnos en medio del egoísmo, del orgullo, la indiferencia y la indolencia.
Algo se rompió desde hace mucho tiempo en este mundo. Algo se rompió en las familias de las víctimas que lloran desconsoladas por la pérdida de sus seres queridos. Algo se rompió en este mundo desbordado de maldad, con psicópatas armados, con criminales que se pasean cerca de las escuelas de los niños, con violadores que acechan a sus víctimas desde la seguridad de sus automóviles, o con hermanos que se matan entre sí por ambiciones personales.
Algo se rompió en este mundo donde la iglesia de Jesucristo no ama, no perdona, no anhela el arrepentimiento, sino que se ha contagiado del mundo y transita sus días en medio de discusiones y problemas internos mientras afuera de ella el mundo camina enceguecido hacia la condenación eterna.
Algo se rompió en la mente de esta generación ansiosa de placer, de entretenimiento, de satisfacción de deseos, pero carente de compromiso, de responsabilidad y de coherencia. Mentes para las cuales los ideales y valores se han perdido, la extrema sensibilidad domina sobre la fe, lo virtuoso se ha mezclado con lo vulgar, la moral es un valor relativo, la verdad ha muerto, Dios es solo uno más entre la multitud de alternativas, la intelectualidad carece de importancia, la identidad se ha extraviado entre los vericuetos de la libertad mal entendida y el pluralismo campea dominante en la conciencia colectiva. Hombres y mujeres que han construido ídolos de papel ante los cuales se inclinan a diario, mientras desvirtúan lo sagrado y anteponen los intereses personales al bien común.
Seres humanos que hacen culto al cuerpo en medio del florecimiento de un narcisismo extremo y para quienes la cultura dejó de tener un alto concepto que convalidaba la identidad de los pueblos, para convertirse en un simple esbozo de manifestaciones superfluas que no admite desafíos ni identifica un entorno particular en medio de un mundo globalizado.
El aire que respiramos está viciado de maldad, de brutalidad y odio. No queremos respirar ese aire.
Mientras un hombre con su cara contra el piso clama para poder respirar y miles en los hospitales tienen que ser conectados a máquinas para sobrevivir, otros desprecian la vida ajena sin importarles el futuro de los demás.
Cada vida importa. Cada bocanada de aire es importante.
Las vidas no son ni blancas ni negras. Las vidas son sagradas sin importar el color de la piel.
¿De qué color es la piel de Dios?
No importa. Si Él nos creó a su imagen, todos nos parecemos a Él, por lo tanto es esa imagen la que nos da dignidad y respeto.
Cuando comprendamos esto, podremos entender la obra que Dios está haciendo en cada uno, porque cada vida importa.
Si no lo entendemos nunca, seguiremos exclamando una y otra vez esta lastimosa frase: No puedo respirar, no puedo respirar. Pero puede ser demasiado tarde.
“…Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿Por qué nos ha sobrevenido todo esto?” (Jueces 6:13a)
Son casi las 10 de la noche. Estoy en mi cama y por tres días llevo esperando el resultado de la prueba que me realicé para determinar si tengo el covid-19, un virus que apareció de repente en un año en el cual nadie parecía preparado para enfrentar la crisis que trajo este inusual acompañante al empezar la segunda década del siglo XXI.
Finalmente me llega el mensaje esperado: “Hola, John, esta es una notificación automática acerca de su reciente examen del covid-19 de esta compañía. Siga el enlace que está abajo y mire sus resultados.”
Desde hace unos días me he venido sintiendo con mucho dolor en el cuerpo y congestión nasal, por lo tanto creo saber los resultados. Mi esposa, que se enfermó primero, ha perdido el olfato y el gusto, por lo tanto estamos solo esperando corroborar lo que tanto tememos: estamos contagiados del virus que ha contaminado a millones de personas alrededor del mundo, ha paralizado economías, ha hecho perder empleos a millares, ha cerrado negocios, acabado espectáculos públicos, ha cerrado las escuelas, los conciertos, los teatros, los cines, los lugares de espectáculos, los conciertos, ha hecho cancelar miles de vuelos, ha creado terribles problemas en los gobiernos, ha cerrado las iglesias; en pocas palabras, ha puesto al mundo de cabeza trayendo consecuencias terribles a todo nivel.
Efectivamente el resultado es el esperado: somos positivos. La verdad, por estos tiempos es negativo ser positivo, y es muy positivo ser negativo. (Espero me comprendan. No son efectos del virus.)
En realidad esta noticia es ahora muy común en casi todos los lugares del mundo, y aún más en California, Estados Unidos, donde vivimos.
En el momento en que escribo este libro, los hospitales prácticamente están colapsados, a muchas personas las están regresando a sus hogares sin posibilidad de atenderlas, las estadísticas hablan de millones de contagiados y de personas que fallecen a diario, los servicios de salud no dan abasto para atender a tantos enfermos que llegan necesitados de atención urgente y es difícil establecer prioridades en cuanto a la atención a los pacientes o a resolver llamadas de emergencia que copan los servicios de atención inmediata. Estamos en tiempos demasiado complicados para la humanidad entera.
¿Estábamos preparados para algo así? ¿Hay alguien que tenga respuestas para tantos interrogantes? ¿Habrá algo que la Iglesia pueda hacer en estos tiempos? ¿Cuál debe ser esa respuesta?
Soy pastor de una iglesia hispana en la ciudad de Fontana, California, una ciudad ubicada aproximadamente a 60 millas al este de Los Ángeles. Con una población de 218. 573 habitantes, de acuerdo a la página oficial de la ciudad, constituyéndose en la 18ª ciudad más grande del Estado y la 102 en todos los Estados Unidos. Tiene un gran crecimiento, especialmente de población hispana que llega aproximadamente a un 40% del total.
Con mi trabajo pastoral he enfrentado grandes retos en este año, de la misma manera que cada pastor, ya sea hispano o de cualquier otra raza. De hecho, estamos en un momento en el cual nos enfrentamos continuamente a dilemas éticos en cuanto a cómo responder frente a la situación que vivimos, con el agravante de que, hagas lo que hagas, siempre perderás, pues no podrás darles gusto a todas las personas.
Si te sigues reuniendo te acusan de irresponsable; si por el contrario le dices a las personas que vean solo los servicios online te dicen que eres un cobarde. Si le dices a la gente que no use un tapabocas, eres un desconsiderado que desobedece las normas del gobierno; pero si les dices que lo usen entonces la pregunta es dónde está tu fe como cristiano, y peor aún como pastor.
Si visitas a los hermanos, no tienes conciencia del peligro que está pasando y los pones en riesgo, pero si no los visitas entonces es porque no tienes amor por ellos.
Si encargas a otros para comunicarse con los hermanos, no es suficiente porque todos quieren saber qué tan cuidadoso es el pastor con sus ovejas, pero si los llamas entonces deberías ocuparte más bien en preparar tus sermones que en estar usando tanto el teléfono.
Si te quedas en casa sin salir es porque estás asustado, pero si decides salir por unos días con los tuyos a descansar un poco, entonces eres un irresponsable porque deberías estar el frente de la iglesia afrontando la realidad de lo que está sucediendo.
En fin, este es un tiempo en el cual los dilemas surgen por todas partes mientras las congregaciones se ven disminuidas y las ovejas se dispersan escuchando a predicadores de cualquier otro lugar (y quizás dejando para otra ocasión escuchar el mensaje de su propia congregación)
Después de unos meses de haber empezado esta pandemia se hizo una encuesta en el medio cristiano para determinar el comportamiento de los creyentes en épocas de crisis por parte de la organización Barna.
Este estudio de Barna, realizado entre Abril y Mayo del 2020, determinó que la tercera parte de la población cristiana en los Estados Unidos no volvió a atender ningún servicio religioso durante el tiempo de la pandemia, ya sea en persona u online.
Es decir uno de cada tres cristianos se apartó completamente de la práctica de su fe.
Solo un 19 % de los creyentes han estado atendiendo semanalmente el mensaje de su congregación y un 73% dice que tan solo ha atendido un servicio religioso al menos una vez al mes.
El 14 % se ha cambiado de iglesia persiguiendo a algunos predicadores conocidos.
El 50% de los jóvenes, la mitad de nuestra juventud cristiana se apartó de la iglesia también.
Estas estadísticas nos muestran algunas cosas que deberían preocuparnos realmente como creyentes.
Primero que todo, hay una gran incertidumbre en cuanto a lo que le espera a la iglesia cuando todo se normalice. Aun puede faltar mucho tiempo para eso, pero no será ninguna sorpresa que muchas iglesias hayan llegado casi al punto de desaparecer, mientras otras encontrarán en sus bancas a un gran número de personas que no eran parte de esa congregación antes de la pandemia.
Pero lo otro es aún más preocupante.
Es tener que reconocer que nuestro cristianismo, al analizar la forma de comportarnos frente a las crisis, al parecer podía tener mucho de ancho, pero poco de profundo.
La predicación de un evangelio diluido, acomodado al gusto, de prosperidad, de vidas egoístas, de búsqueda de bendiciones particulares, de ambiciones, de declaraciones de fe a través de las cuales el ser humano pasó a ocupar la preeminencia, ha ocasionado que cuando el creyente se tiene que enfrentar a crisis y dificultades, no parece tener respuestas apropiadas.
Un evangelio que no transforma sino que complace, que acomoda al nuevo creyente en un estilo de vida que no le exige ninguna transformación sino más bien intenta satisfacerle todos sus gustos, es solo una parte que explica lo que está sucediendo hoy en día en el mundo cristiano.
Hace algunos años atrás se hizo otra encuesta en los Estados Unidos acerca de lo que la gente común consideraba que es lo más importante, lo más relevante del cristianismo.
La respuesta fue realmente desesperanzadora, pues para un gran segmento de la población norteamericana el cristianismo es importante únicamente para llevar a cabo bodas y funerales.
Esa es la visión de la gente del común acerca del cristianismo, ¡somos útiles para hacer bodas y funerales, pero nada más!
¿Y la transformación de los seres humanos a través de la palabra?
¿Y el poder del Espíritu Santo desplegado para cambiar comunidades enteras?
¿Y el compromiso y el testimonio del verdadero cristiano que es luz donde quiera que vaya?
¿Y el crecimiento en la palabra de Dios de niños, jóvenes y adultos?
Nada de eso es relevante, el mundo nos sigue viendo como buenos para hacer bodas y funerales.
El problema es que Cristo no derramó su sangre preciosa simplemente para que su pueblo solo haga bodas y funerales. No, nada de eso. La sangre de Cristo se derramó en una cruz para que el pueblo que invoca su nombre sea libre de iniquidad; para que se levanten hombres y mujeres limpios con esa sangre y hagan una diferencia en este mundo; para que resplandezca la luz de Cristo a través de aquellos que le siguen y proclaman su nombre.
Sí, es demasiado preciosa la sangre de Jesucristo para que solo nos sirva para hacer bodas y funerales.
El Evangelio que prevalece hoy en día raramente es en realidad un Evangelio.
Es una versión distorsionada que da gusto y divierte al que la escucha, pero no produce un llamado al arrepentimiento, a un cambio genuino, y tampoco prepara a nadie para afrontar momentos de crisis prolongados. Un evangelio que seduce por lo que ofrece, pero que no desafía por lo que exige. Un evangelio de derechos sin deberes, de premios sin exigencias, de traspaso de unciones pero sin consagración.
¿Cómo vamos a ser transformados por un evangelio así?
¿Qué podemos esperar entonces de las nuevas generaciones de cristianos que aun tendrán que enfrentar desafíos mayores?
Ciertamente se levanta ahora el gran reto de compartir un evangelio puro, un evangelio bíblico, un evangelio que ciertamente transforme, un evangelio que se transmita desde los cielos mismos y llegue, no solo a los oídos sino al corazón mismo de los creyentes.
Debemos tener el mismo convencimiento que tenía Pablo: El evangelio tiene poder para transformar al ser humano.
Desafortunadamente el evangelio hoy en día desplaza a Dios del centro y coloca al hombre en el trono de sus propios gustos mientras se satisface semana a semana en un reino terrenal despreciando las exigencias del reino celestial.
La predicación de un evangelio puro y sin contaminación debe producir en el ser humano un anhelo por un cambio profundo de vida, pues supone la transición real de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.
Si esto es así, la perspectiva con la cual miramos el mundo debe ser completamente diferente, porque ahora asumimos las características del reino de los cielos.
¿Será eso cierto para el cristianismo nominal de nuestros días?
¿Estamos preparados para enfrentar cualquier reto que se nos ponga por delante con los argumentos que tenemos?
¿Cómo nos estamos comportando ante un desafío tan grande como el que estamos viviendo con esta pandemia?
Aquí está el gravísimo problema.
En muchas reuniones de pastores o a través de las redes sociales y los medios de comunicación he estado escuchando repetidamente a líderes cristianos que han asumido lo que yo considero como una posición incorrecta. No es mi propósito criticar al gremio pastoral, del cual soy parte, sino más bien de elaborar una posición que disienta sin necesidad de ofender a quien tiene un criterio diferente.
Sus quejas constantes son contra el gobierno, contra las instituciones, contra las normas de protección, contra el uso de mascarillas, contra las órdenes de no congregarse.
La posición que se esgrime es que lo que estamos viviendo es en realidad un ataque premeditado y calculado contra la institución religiosa y eso no es posible soportarlo. Es un ataque contra la predicación de la palabra y por ende es un ataque directo a Cristo Jesús y la difusión del evangelio.
¿Será verdad que lo que está sucediendo es algo concertado para destruir o atacar al cristianismo?
¿Será que nuestra posición como pastores, miembros de comunidades de fe, fieles asistentes a las congregaciones, etc., debería ser la de colocarnos en el papel de víctima que es tan conveniente?
¿Será que hay mentes perversas dedicadas a crear virus para que el pueblo de Dios no pueda congregarse y escuchar el mensaje de la palabra de Dios?
Como siempre habrá quienes así piensen y otros que dirán exactamente lo contrario. Las teorías de conspiración abundan por todas partes.
Pero me parece conveniente examinar un poco más en profundidad este asunto para llegar a mejores conclusiones.
Como primera medida la pandemia actual tuvo su origen, hasta donde se sabe, en la localidad de Wuhan en China. Luego empezó a expandirse por el mundo entero de manera imposible de detener y ha afectado al comercio internacional, la industria, los gobiernos, las aerolíneas, los espectáculos públicos, la industria del cine, la televisión, los deportes, etc.
Si esto es así entonces ¿Por qué deberíamos quejarnos de que el virus tiene una intención antirreligiosa dedicada a impedir la libertad para adorar a Dios?
¿Por qué deberíamos asumir una posición en la cual creemos que las decisiones de los gobiernos, destinadas a intentar controlar la pandemia y a reducir los índices de contagio y de mortalidad, son específicamente dirigidas al libre acceso a la práctica religiosa?
Si bien es cierto que algunos gobiernos han permitido la apertura de otro tipo de actividades, como los bares nocturnos, las cantinas, los restaurantes, etc., eso no significa necesariamente que toda esta actividad es en contra de la iglesia, pues de igual manera están cerrados los cinemas, los estadios, los centros comunales para la realización de actividades sociales de toda índole, los gimnasios y en general cualquier lugar donde se reúnan personas en espacios cerrados por un periodo prolongado, que aumente considerablemente las posibilidades de contagio. De hecho, se ha instado repetidamente a la población en general a evitar las reuniones y comidas familiares durante el tiempo de las celebraciones navideñas, precisamente por las mismas razones de protección que se están implementando.
Como segunda medida deberíamos examinar lo que significa el amor al prójimo. Como pastor entiendo perfectamente la necesidad que tenemos los creyentes de reunirnos para la adoración. Es el tiempo de enriquecimiento personal y comunitario en cuanto a nuestra vida espiritual.
Pero considero también que amar al prójimo es cuidarlo, es impedir de todas las maneras posibles la exposición al riesgo, es preservar la integridad personal de las personas más vulnerables, en fin, es hacer todo lo que esté al alcance para que nuestros hermanos y los que no lo son, sean debidamente cuidados y protegidos contra los peligros que implican situaciones como la de la pandemia que estamos sufriendo. “El distanciamiento social no es una expresión de egoísmo, sino de un amor al prójimo que busca proteger a los demás.”
Pero la parte en la cual quiero hacer un mayor énfasis tiene que ver con la victimización que estamos asumiendo y los peligros que esto conlleva.
En mi trabajo como consejero, he tenido la oportunidad de tratar con muchas personas que presentan una gran cantidad de problemas emocionales que se les hace difícil superar, mientras intentan desesperadamente a través de la fortaleza espiritual que van tomando, salir de estas situaciones que las aquejan.
En muchas personas a las que he entrevistado he visto un patrón similar de victimización, posición asumida de manera inconsciente como producto de experiencias pasadas que las llevan a asumir la vulnerabilidad como un mecanismo de protección adquirido.
Es decir, la victimización es la tendencia de alguien que ha sufrido experiencias traumáticas, a asumir siempre la posición de indefensión, debilidad o fragilidad y que termina por convertir esto en una patología constante en su comportamiento, una forma de asumir la vida desde la perspectiva de alguien a quien la vida solo le reservó su parte más difícil de agresión, violencia o intimidación.
Esta forma de vida representa un gran peligro, pues la tendencia natural para quien vive de esa manera es siempre culpar a alguien de cualquier desgracia, dificultad o un simple error.
Alguien ha sido el culpable y él o ella es únicamente la víctima en toda esta situación.
Desde el mismo momento de la caída del ser humano en Génesis 3, se empezó a observar este modelo de comportamiento, que a medida que pasan los tiempos se acentúa, ya sea por simple conveniencia o por evasión de responsabilidades.
Cuando Dios confrontó a Adán acerca del pecado que acababan de cometer, la reacción inmediata de Adán fue culpar a alguien. “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3: 12)
En aquel instante, Adán, incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos, encontró de manera fácil a alguien en quien descargar sus culpas, mientras él se lavaba las manos. (Y no era Poncio Pilatos.)
Ahora el turno le correspondió a Eva. Dios la confrontó de la misma manera y ella respondió de una forma similar a Adán, pero ahora descargando sus culpas en la serpiente. El relato de Génesis 3: 13 dice lo siguiente: “Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó y comí.”
La misma dinámica se hace evidente con la mujer. Ella no quiso asumir su responsabilidad. Más bien su mecanismo de defensa fue el mismo de Adán, señalar a alguien más para sentirse descargada del problema.
Esto no es únicamente la inmadurez que supone la negación de una responsabilidad, como lo haría cualquier niño pequeño, sino más bien, la ubicación como víctimas de “otro” que los motivó a hacer algo que ellos no querían.
¿Cuál fue el mecanismo de presión que se usó para “obligarlos” a esto?
Sin duda no fue la violencia física ni emocional, pero sí la persuasión con la cual se despertó una ambición demasiado grande en Adán y Eva para ser como Dios. El problema es que esto no quitó la responsabilidad de los hombros de Adán y Eva, pues tuvieron que afrontar las consecuencias de sus actos y de paso llevaron consigo a la humanidad entera en estas mismas consecuencias.
La serpiente no tuvo a alguien más en quien descargar su culpabilidad, por lo tanto ese ciclo no se prolongó más en aquella dinámica experimentada en el paraíso.
La humanidad está constantemente intentando culpar a alguien de sus desgracias, de sus problemas, de sus dificultades, de sus errores. ¿Y quién asume la culpa? ¿Quién afronta debidamente la responsabilidad de los actos que se cometen?
Cuando Jesús ideó a su iglesia en la tierra, no la imaginó como una prolongación del mundo que la rodeaba, sino precisamente supuso la conformación de un organismo glorioso que lo representara adecuadamente en medio de un mundo pagano y hostil.
A pesar de que no es explicita la declaración de responsabilidades de la iglesia en relación a la sociedad en el Nuevo Testamento, su contenido lleva implícito el germen de la ética cristiana que necesariamente produce efectos en las relaciones sociales y en las decisiones frente a temas fundamentales.
De hecho, la Biblia no se conforma de una serie de regulaciones, normas o instrucciones, sino que la enseñanza de Jesús contiene la naturaleza de la fe cristiana que elabora, sobre valores y principios muy definidos, las normas de convivencia entre los seres humanos. La teología se esfuerza por elaborar una doctrina de la fe cristiana que emerja de sus propios pronunciamientos, pero que trascienda y se aplique en la cultura vigente.
Lo que cautivó a los primeros cristianos no fueron las promesas de bendición del evangelio o el pensar que al abrir su corazón a este mensaje transformador todos sus problemas quedarían solucionados completamente. Lo que en realidad los cautivó fue la persona quien expresó el mensaje: fue sin duda Jesucristo de Nazaret.
El Reino de Dios, en contra de lo que piensan muchos cristianos, no significa algo puramente espiritual o no perteneciente a este mundo, sino que es la totalidad de este mundo material, espiritual y humano que ha sido introducido ya en el orden de Dios. Jesucristo es la manifestación perfecta de la creación divina, por quien todo fue hecho. En Él se encuentra colocada la obra redentora universal y es por eso que al fin de cuentas es Él quien representa la esperanza real de la humanidad. Es el Señor de la iglesia, pero también de la sociedad en general. Así mismo es Señor de la historia de principio a fin. Ejerce su soberanía y desarrolla sus propósitos a través de la Iglesia en la proclamación del mensaje salvífico.
Cuando entendemos estos principios nos encontramos entonces frente a una responsabilidad que no puede ser evadida. La iglesia no es la “victima” de la sociedad, todo lo contrario, está destinada a ser sal y luz en este mundo. ¡Está destinada a transformarla!
Los discípulos nunca pidieron lugares para esconderse, sino más denuedo para seguir ejerciendo la difusión del mensaje del evangelio en circunstancias difíciles. Su lenguaje no era de quejas ni lamentos. Por el contrario, experimentaban de continuo el privilegio de haber sido llamados precisamente para tiempos como esos, con un imperio romano que los perseguía y religiosos judíos que intentaban acabar con ellos.
Nunca vemos a Pablo quejándose porque alguien le negaba predicar en una sinagoga. Si le cerraban un templo se dirigía a una casa, a una plaza pública, a un lugar cualquiera y desde allí continuaba predicando.
Y por supuesto, el mejor ejemplo que tenemos es de Nuestro Señor Jesucristo, quien sufrió no por sus pecados sino por los nuestros y pagó no por sus rebeliones sino por las nuestras. “Dios no se ha mantenido alejado del dolor y el sufrimiento humano, sino que Él mismo lo experimentó.”
La iglesia en tiempos de pandemia puede tener templos cerrados, pero eso no implica que las bocas de los fieles estén amordazadas. En lugar de quejarnos porque no nos dejan congregar, deberíamos salir a los parques y lugares abiertos sin necesidad de arriesgar a nadie, y seguir adelante con el llamado que tenemos.
Mientras peleamos con el gobierno porque los templos están cerrados, estamos perdiendo la oportunidad de ser una iglesia relevante en tiempos de crisis, pues la incomodidad de los parques, sin aire acondicionado, sin sillas cómodas, sin calefacción, etc., produce otro tipo de creyentes que no buscan solo la comodidad, sino que tienen una verdadera sed de la palabra de Dios y si es necesario escucharla a la sombra de un árbol o bajo un sol canicular, igualmente lo harán con gozo porque su motivación principal se está cumpliendo.
Si lo pensamos bien, estamos ante una gran oportunidad que Dios mismo nos ha dado para evaluar nuestras congregaciones, observar el comportamiento de aquellos que bajo condiciones ideales parecen ser grandes siervos, pero que cuando llega la incomodidad, la inclemencia del tiempo, las dificultades, simplemente desaparecen y se escabullen culpando al gobierno por el estado de la iglesia.
Es curioso intentar buscar la culpabilidad rio arriba, cuando la corriente está arrastrando la inmadurez, la inconsistencia, la falta de compromiso, la falta de pertenencia, la falta de lealtad, etc., de muchos que quizás por décadas se habrían considerado como cristianos fuertes, pero que como el azúcar, empiezan a derretirse ante los primeros rayos del sol inclemente.
Mientras seguimos elevando nuestras voces de protesta frente al gobierno, estamos cobijando bajo nuestras propias formas de acción a un montón de creyentes consentidos, que no están buscando el reino de los cielos, sino que se esfuerzan por tener su propio reino de tranquilidad, donde nadie los molesta ni les quita su aparente paz interior.
Y aparte de todo esto, muchos creyentes afirman que creer en el coronavirus y sus efectos es simplemente ser personas sin fe que no representamos adecuadamente a Dios en este mundo. Es por eso que se declaran en rebeldía y no siguen ninguno de los protocolos o se enojan con los que tratan de seguirlos. “Seguir las recomendaciones de los médicos no demuestra incredulidad. Dios puede protegernos y sanarnos, pero espera que seamos sabios y que usemos todos los recursos que nos ha dado, incluyendo la medicina.”
¿Está hablando Dios en este tiempo?
Por supuesto, y quizás lo está haciendo más fuerte que en otros tiempos, pero hemos cerrado nuestros oídos a su voz, para escucharnos a nosotros mismos. Y resulta que lo que sale de nosotros son solo quejas y lamentos y nos estamos perdiendo una de las oportunidades más gloriosas que tenemos frente a nosotros. “Ten cuidado con los que afirman que Dios no tiene nada que decir a través de esta pandemia, particularmente a las sociedades occidentales que le han dado la espalda y lo consideran totalmente irrelevante para sus culturas.”
Este es en realidad un gran tiempo, este es el tiempo para alcanzar la madurez que como iglesia debemos procurar y el Señor desea que tengamos. No perdamos algo así. La iglesia no es la victima de estas circunstancias, por el contrario. Hemos sido llamados a brillar en tiempos de oscuridad, a traer vida en tiempos de muerte, a traer esperanza en tiempos de desespero.
A propósito, al terminar estas letras ya me hice otro examen del coronavirus y salió negativo.
Eso me convierte oficialmente en un sobreviviente de la pandemia.
¿Podrá la iglesia decir lo mismo?
“Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que no son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:25-28)
En los tiempos que estamos viviendo hoy por hoy, hay una frase muy común que se escucha entre la gente: “Quiero volver a la normalidad.”
El anhelo por tener una vida “normal” ha penetrado profundamente entre la gente de hoy en día, afectados por las dificultades que implican las restricciones impuestas por las autoridades locales.
Si analizamos todo esto desde el punto de vista natural, volver a la normalidad puede ser anhelar ir de nuevo a los almacenes, las playas, los conciertos, los restaurantes, el cine, etc.
Pero si queremos pensarlo, desde el punto de vista espiritual, esto puede ser algo completamente diferente.
¿Qué significa hoy en día volver a la normalidad?
¿Qué es lo normal para la humanidad y que debería ser lo normal para el cristiano?
Si tú eres un creyente, no sé qué este pasando por tu mente en estos días, pero si aún no has reflexionado en torno a lo que Dios está haciendo, entonces estás perdiendo quizás uno de los mejores tiempos que Dios te ha regalado, precisamente para que medites en tu vida espiritual.
¿Anhelamos volver a lo que éramos antes, o estaremos en un proceso de cambio real alcanzando los propósitos que Dios siempre ha querido para nosotros?
Jesucristo en su palabra siempre estableció un contraste entre el mundo y el reino de Dios.
El problema es que la iglesia se adaptó al mundo y ha querido seguir el camino equivocado. En lugar de ser diferentes al mundo queremos ser como el mundo es.
Lo mismo sucedió con el pueblo de Israel en tiempos del profeta Samuel. Aunque Dios los gobernaba ellos prefirieron parecerse a los demás pueblos de la tierra y pidieron un rey como las demás naciones paganas.
Hay un nuevo reino que es diferente a los reinos de este mundo.
Hay un estilo de vida que es completamente diferente a lo que el mundo en general tiene.
El problema puede ser que tú estés haciendo toda clase de esfuerzo para parecerte al mundo, en lugar de estar anhelando parecerte cada día más a Jesús, tu Maestro.
Hoy en día la gente está ansiando volver a la normalidad. ¿Cuál normalidad?
¿La que teníamos antes en la que quizás como iglesia no estábamos teniendo niveles de consagración y santidad como lo exige el reino de los cielos?
¿La normalidad de tomar en nuestras manos las riendas de nuestra vida espiritual dejando a Dios de último en nuestras decisiones?
Si es esto lo que estamos anhelando, simplemente significa que no habremos aprendido nada y que la iglesia pasará por este tiempo sin crecer espiritualmente, sin madurar, sin hacer la voluntad de Dios.
¿Es esa la normalidad que tú anhelas?
Déjame darte hoy algunos ejemplos bíblicos para que comprendamos mejor este tema en particular.
Piensa esto: ¿Cuál era la normalidad de Babilonia?
Idolatría, paganismo, doblar rodillas delante de ídolos humanos, reprogramación de la mente, de la adoración, etc. Eso era lo normal para ellos, pero no para el pueblo de Dios.
Pero los judíos que fueron llevados allí en el tiempo del exilio se acomodaron a esa normalidad y pronto, aquellos que antes habían adorado al Único Dios verdadero, estaban hincados adorando la estatua de Nabucodonosor.
¿Es ese tipo de normalidad la que ansiamos tener?
Solamente un pequeño remanente de hombres fieles, Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego se negaron a hincarse para adorar aquella estatua y estos últimos tres, fueron llevados al horno de fuego hirviente. Si conoces la historia, estos hombres no murieron allí sino que Dios mismo respaldó a aquellos que se atrevieron a hacer una diferencia. (Daniel 3: 16-30)
Cristo está sacudiendo a su iglesia en estos tiempos de pandemia, pero aún hay muchos que no se han dado cuenta. Siguen viviendo como si Dios estuviera mudo y toda esta pandemia no significara nada.
Aún están pidiendo: Dios, háblanos; Dios, háblanos. Y Él lo está haciendo pero no reconocen su voz en medio de todo lo que el mundo habla.
¿Cuál es la normalidad en el reino?
Jesús dice que lo normal en este mundo es que los reyes se enseñoreen de las naciones, que los poderosos ejerzan dominio, que los adinerados humillen a los pobres, que los fuertes se burlen de los débiles.
Pero el Señor Jesucristo vino a edificar un reino que es completamente diferente.
Un reino en el que cuando se es débil se es fuerte, porque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad.
Un reino en el que se humilla será exaltado y el que se exalta será humillado.
Un reino en el que Aquel que vino del cielo y se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, se levanta en victoria y se le da un nombre que es sobre todo nombre y ante el cual algún día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Él es el Señor por encima de todos los señores, reyes, emperadores, millonarios, potentados, poderosos, opulentos, monarcas, sumos pontífices, eméritos, de todo ser humano en los cielos y en la tierra.
¿Qué significa hoy en día volver a la normalidad?
¿Tener vidas tibias, sin compromiso, sin propósitos, sin desafíos, llenos de temor, dirigidos por un mundo que hace todo, y la iglesia escondida en el último lugar del desván?
¿Es eso lo que estamos anhelando?
En Mateo 20, Jesús acababa de decirles a sus discípulos lo que iba a padecer en Jerusalén.
Les estaba dando el mensaje que iba a cambiar este mundo.
Iba a ser entregado, condenado, escarnecido, azotado, golpeado y llevado a la cruz. Pero Santiago y Juan estaban pensando en la gloria del reino y en sentarse cada uno al lado de Jesús cuando se estableciera este reino.
El mejor lugar, eso querían. Un lugar privilegiado. Un lugar que resaltara. Un lugar sobresaliente.
Los demás discípulos se enojaron. ¿No se les ocurrió antes la idea a ellos? Estos dos se adelantaron.
Jesús los sentó a su lado y les empezó a hablar: “los gobernantes de las naciones se enseñorean de las naciones, y los grandes ejercen sobre ellas potestad.” (Mateo 20:25)
Jesucristo está estableciendo un contraste entre la gente del mundo y la gente del reino de Dios.
Mis amados, en la tierra suceden estas cosas, en un reino que no es de Dios, en medio de los hombres, en una empresa, en el gobierno, etc. Esa es la estructura que gobierna al mundo.
Pero “no así entre vosotros”. Entre ustedes debe suceder totalmente lo contrario. Una actitud totalmente diferente, algo opuesto. El que quiera hacerse grande será vuestro servidor, y el primero será el siervo.
¡La normalidad del mundo no puede ser tu normalidad!
Sin duda la imagen de los gobernantes era negativa y por eso ellos esperaban que el Mesías fuera un gobernante distinto y poderoso que aniquilara a todos los demás en el mundo y por eso no pudieron reconocer el estilo de liderazgo de Jesús.
Él decía: Dense cuenta cómo son estos hombres que se enseñorean y ejercen potestad sobre los pueblos, pero escúchenme bien: entre ustedes no será así.
Ese es uno de los más grandes problemas que tenemos como creyentes, que aún no hemos entendido cómo es el reino que Jesús vino a enseñarnos.
¿Cuál era la normalidad para los fariseos? ¿Porque no podían aguantar a Jesús?
Los fariseos querían colocar a Jesús bajo su propia forma de hacer su religión.
Las quejas contra Jesús siempre estuvieran dirigidas a la forma de establecer su ministerio.
¿Por qué hace milagros en Sábado?, ¿por qué perdona pecados?, ¿por qué come con prostitutas y publicanos?
La iglesia de los fariseos era sectaria, racista y clasista. No permitía el ingreso de aquellos que no les gustaban. ¿Sería eso lo que Dios quería? ¿La normalidad de los fariseos?
Los fariseos no clamaban por más misericordia, por más amor, por más compasión, por más perdón. No. Nada de eso. Tradiciones, reglas, religiosidad. Estatutos de hombres para practicar sus ritos. Oraban como ellos querían. Ofrendaban con gran pompa para ser vistos. Vestían para notarse, anunciaban sus actos públicos con gran ruido, pero sus corazones estaban vacíos, no seguían la voluntad de Dios.
Hay demasiado engaño en el mundo, mentira e hipocresía como para que la iglesia sea una extensión del mundo, manifestando lo mismo.
Hay una gran diferencia entre las cosas hechas a la manera de Dios y las cosas hechas a la manera de los hombres.
Los hombres cuando quieren vencer, matan; Jesús, para vencer, muere.
Para subir en la vida, el ser humano miente, lastima a los demás, pisa sus sentimientos, traiciona y no mide esfuerzos; Jesús, para recibir la gloria, se entrega, renuncia, se humilla, guarda silencio y finalmente perece. ¡Qué diferentes caminos para el mismo fin!
La paz que los hombres buscan es apenas la ausencia de lucha, y cuanto más la buscan más lejos la ven.
La paz que Cristo ofrece es la paz interior que genera esperanza en medio de la persecución, las dificultades y las provocaciones.
Jesús nunca prometió que sus hijos no derramarían lágrimas en esta vida. Lo que prometió fue enjugar las lágrimas de sus hijos.
Cristo quiere una iglesia con discípulos dispuestos a enfrentar con valor los desafíos que se presenten con una entrega genuina. Que sepan entender los tiempos y asuman la posición que les corresponde en respuesta a cada circunstancia.
¿A cuál normalidad quieres tú regresar?
Los fariseos atacaban a Jesús porque sus discípulos no cumplían con todo el ritual externo de purificación.
¿Cómo es esto que no se lavan las manos antes de comer con todo el ritual que tiene que ser?
Pero Jesús los confronta con su realidad.
Uds. se limpian por fuera pero por dentro están llenos de maldad, de envidias y de apariencias.
Uds. dan su dinero pero con grandes demostraciones para ser vistos por los demás, pero ¿dónde están sus corazones? ¿Acaso están amando al extranjero, a la viuda, al desvalido, al inocente? ¿Apariencia de piedad pero corazones que maquinan el mal? Apariencia, apariencia y apariencia.
A esos líderes religiosos de ese tiempo, les dijo que eran sepulcros blanqueados.
Uds. saben lo que significa un sepulcro. Por fuera puede ser blanqueado, puede ser adornado, puede ser incluso decorado con lujo, pero por dentro hiede, huele mal, hay corrupción y putrefacción.
Él les está diciendo: Uds. están muertos espiritualmente. No hay vida en Uds., solo apariencia de vida.
El Señor está buscando nuestros corazones entregados y no una simple apariencia externa.
Dios ha decidido cambiar la normalidad que teníamos y si no reconocemos esos cambios, entonces nos quedaremos estancados en el mismo lugar que estábamos antes y no podremos avanzar.
