Democracia directa - Eduardo Schindler - E-Book

Democracia directa E-Book

Eduardo Schindler

0,0

Beschreibung

La democracia directa es la mejor alternativa para que Chile termine con las graves deficiencias que dominan su forma de practicar la democracia, y para que cambie rumbos en la dirección más conveniente. La democracia directa es la "llave maestra" capaz de evitar no sólo "caer para atrás", sino que también es capaz de llevar a nuestro país hacia una mayor libertad, seguridad, prosperidad y cohesión social de forma autosostenida. Tal como Suiza lo empezó a hacer hace muchos años atrás, con resultados únicos y reconocidos en todo el mundo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 297

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Derechos de autor © Eduardo Schindler, junio 2023

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios electrónicos o impresos, incluidos los sistemas de almacenamiento y recuperación de información, sin la autorización por escrito del autor, excepto si se trata de un crítico que puede citar breves pasajes en una reseña.

Para más información: [email protected]

PRIMERA EDICIÓN

ISBN digital: 978-3-9525451-2-6

ISBN impreso: 978-3-9525451-3-3

Editor:Eduardo Schindler

E-mail: [email protected]

Sitio web:www.swiss-democracy.ch

Diagramación digital: ebooks Patagoniawww.ebookspatagonia.com

Portada: Carolina Zúñiga

Este libro está dedicado –con infinita admiración y gratitud– a todos los millones de ciudadanos suizos que han construido este maravilloso país con abnegación y tenacidad en los últimos 150 años. Es un privilegio increíble el poder disfrutar de los múltiples beneficios de su extraordinario legado.

Y está también dedicado –con los mejores deseos de éxito– a todos los lectores que se empeñarán en implementar en sus naciones la democracia directa que se describe y explica en estas páginas.

Índice

Prólogo

Introducción

Capítulo 1: La democracia directa

• Los derechos políticos a referendar

• Cuándo y cómo se vota - los referendos trimestrales

• Diferencia de eficacia en el uso de los derechos a referendar

• Impacto visible y no visible del derecho a referendar - la punta del iceberg

• Democracia directa en cantones (regiones) y municipalidades

• La “llave maestra” hacia mayor libertad, seguridad y prosperidad

Capítulo 2: La importancia, significado e impacto de votar en referendos cada tres meses

• En la (gran) educación y madurez cívica de la ciudadanía

• En la calidad y relevancia (superior) de las agendas políticas

• En la importancia (secundaria) de elegir las autoridades cada cuatro años

• Preguntas y respuestas de resumen y reflexión

Capítulo 3: Implementación de la democracia directa en Chile

• Beneficios principales para Chile de utilizar la “llave maestra”

• Esbozo de un plan de implementación

• Objeciones más frecuentes y sus respuestas

• Mayor obstáculo a superar para proceder a una implementación

Resumen y conclusiones

Anexos

• Libertad y Prosperidad - la receta mágica de Suiza

1. Los gobiernos colegiales

2. La plena autonomía política y financiera de regiones y municipalidades

3. Los gobiernos de milicia - evitar la existencia de políticos profesionales

4. Sinopsis de la receta mágica

• Texto de derechos políticos en la Constitución de Suiza y del Cantón Zürich

Glosario

Sobre el autor

Fuentes

Prólogo

Imagine usted por un momento una nación en que la ciudadanía es llamada a referendar, esto es votar SI o NO, un proyecto de ley que estipula “6 semanas de vacaciones pagadas para todos”. En caso que la mayoría votase SI, entonces este proyecto entra en vigor y a partir de ese momento millones de empleados empiezan a gozar de 6 semanas de vacaciones cada año. En caso que la mayoría votase NO, el proyecto no entra en vigor y el tema desaparece de la agenda política.

El referendar temas como este no es teoría, sino realidad en Suiza. Esta propuesta de ley llegó a ser referendada como producto de una iniciativa popular, se votó en marzo del 2012, y ganó el NO con nada menos que el 67% de los votos. Para llegar a este resultado se necesita el rechazo de millones de personas de todo tipo - viejos y jóvenes, ricos y pobres, urbana y rural, más y menos educados, izquierda y derecha. En particular, refleja necesariamente un NO mayoritario por parte de las clases sociales más numerosas.

Que en Suiza se llegue a votar un tema como este es gracias al uso de la democracia directa. Este país es el único en el mundo que hace un uso extenso y permanente de esta forma de democracia. Y el hecho que el 67% de la gente esté dispuesta a decir NO a un “regalito” refleja un nivel de madurez y cultura cívica de millones de ciudadanos sin par en todo el planeta.

Este país aplica la democracia directa en su forma actual desde fines del 1800, o sea de forma ininterrumpida por ya más de 120 años. En aquel entonces, Suiza era un país compuesto por un grupo de cantones (regiones) pobres y desunidos; que congregaba gente con cuatro idiomas y culturas diferentes; sin ningún tipo de recursos naturales; sin acceso al mar; con el 60% del territorio formado de montañas; sin capital, ni industria, ni infraestructura; con más del 80% de población rural (gente más bien rudimentaria, viviendo en condiciones precarias de autosustentación, y con un bajo nivel de educación); y con miles de personas que emigraban cada año en búsqueda de mejores condiciones de vida.

Entre tanto, y gracias a los beneficios que se derivan de aplicar la democracia directa, Suiza se ha convertido en el país más libre, seguro, y próspero del mundo. Por lejos. Y esto no sólo para algunas minorías privilegiadas, como las hay en todas partes, sino que para toda la gente - llegando también hasta los lugares más remotos de montaña y a las capas sociales más numerosas. Realmente increíble, y único también.

Huelga decir que todas las naciones aspiran a que su ciudadanía sea más libre, segura y rica. También aquellas que usan la democracia representativa como forma de gestión política y administración del Estado. Y a pesar de llevar más de 200 años con intentos y experimentos de todo tipo, la evidencia es que no hay ningún otro país que haya sido capaz de generar y entregar niveles de bienestar y cohesión social comparables con los que ha logrado la nación Helvética. Y no lo podrán lograr aún si lo siguen intentando por otros 200 años porque estas naciones simplemente no utilizan la “llave maestra” que representa la democracia directa. Ella es la única “llave” capaz de abrir la puerta de acceso al espiral creciente hacia mayores niveles de libertad y prosperidad como el que ha creado Suiza.

Basta preguntarse: ¿en cuántas naciones con democracias representativas habría también ganado el NO al voto de un “regalito” como 6 semanas de vacaciones pagadas?

La respuesta más probable es: en ninguna.

Y esta respuesta es justamente el síntoma y evidencia clara que en ausencia de la “llave maestra”, ninguna democracia representativa estará nunca en condiciones de llevar a su ciudadanía hacia los niveles de cultura cívica necesarios para que la gente pueda frenar y corregir los excesos de una clase política dominada por cínicos, demagogos y populistas. Es una falla estructural de las democracias representativas el caer en el juego perenne entre políticos que prometen, gente que cree y los elige, y elegidos que inevitablemente siempre fallan en entregar lo prometido. Un ejercicio increíble de auto-engaño a escala universal, y que dura desde hace siglos.

En este sentido, el ejemplo de Suiza es la prueba que la democracia directa, y sólo la democracia directa, está en condiciones de llevar una nación más “hacia arriba” que cualquier alternativa o forma conocida de democracia representativa. Y es también el único instrumento capaz de poner fin a las tantas imperfecciones estructurales que ha desarrollado y tiene esta forma de democracia - en Chile, y en docenas de otras naciones de los cinco continentes.

El lector podrá tal vez ya imaginar lo que significa ser parte de una sociedad con tal nivel de libertad cívica como para permitirse el referendar todo tipo de temas de forma serena y civilizada - por peliagudos/populistas que sean. Y lo que significa también, en términos de ser y sentirse libre, el formar parte de una nación en que no es la clase política, sino que es la gente la que tiene siempre la última palabra para decidir los temas de interés público. Esto es, una sociedad en que la ciudadanía es el soberano de la nación. Y podrá imaginar además lo que representa el ser “respetado y obedecido” por la clase política todo el tiempo - y no a la inversa.

Además, se invita al lector a reflexionar lo que significa, en términos de sensación de libertad, serenidad, seguridad y orgullo, ser miembro de una colectividad que dispone de una madurez cívica que la hace inmune a la demagogia y el populismo, que es alérgica al proselitismo ideológico, y que es imposible de manipular con “regalitos”, mentiras y promesas vacías.

En este contexto: ¿es el tema de la democracia directa relevante para el Chile de hoy?

Chile volvió a la democracia hace ya más de 30 años. Entre tanto ha probado encontrar “la felicidad” en cuatro gobiernos de izquierda, dos de centro-izquierda, y dos de derecha. Y a falta de encontrarla, ahora está probando con uno todavía más a la izquierda que los anteriores. La realidad es que, con el descontento creciente y generalizado de la gente, el péndulo de preferencias ha aumentado (y no disminuido) su oscilación por lo que no sería de sorprender que el gobierno siguiente en el 2025 sea justamente del otro extremo. Pero la verdad es que ir todavía más a la izquierda o más a la derecha es sólo una ilusión pasajera. De seguir cómo van las cosas, no será este gobierno, ni el próximo, ni ninguno en los 30 años que siguen lo que podrá llevar a Chile hacia los niveles superiores de libertad y madurez cívica consistentes con la mayor prosperidad y autonomía financiera ya alcanzado por millones de chilenos en las últimas décadas.

Y no lo podrán hacer simplemente porque el país ha vuelto a hacer “política a la antigua”. Se volvió a una democracia manejada por la misma partitocracia centralista, dominada por la misma dinámica gobierno vs. oposición, dividida por el antagonismo izquierda vs. derecha que ya derivó a la sociedad chilena hacia las graves deficiencias y dificultades que tuvo en el pasado. Por ello, no hay que sorprenderse que los mismos problemas; la misma desconfianza, rabia y desprecio hacia “los políticos”; el divisionismo de la sociedad y la radicalización de posiciones; la violencia fácil y generalizada; la inseguridad; y el amplio/profundo descontento que ya aquejaban a nuestros padres y abuelos, hayan vuelto a aparecer como si nada grave o malo hubiese pasado en la historia reciente de nuestro país.

De alguna manera, han sido tres décadas perdidas. La clase política y la ciudadanía han aprendido poco o nada sobre formar y convivir en una sociedad más libre, segura, y justa que aquella que lograron construir y legarnos nuestros antepasados.

La disyuntiva ahora es clara: o bien Chile cambia radicalmente su forma de hacer democracia, o el país seguirá pegado y dándose vueltas en más de lo mismo. Todavía peor, tal vez se va “para atrás” hacia mayor pobreza y menor libertad de otros tiempos.

En este contexto, la democracia directa es, en la opinión del autor, la mejor alternativa para que Chile termine con las graves deficiencias que dominan su forma de practicar la democracia, y para que cambie rumbos con la profundidad requerida y en la dirección más conveniente. La democracia directa es la “llave maestra” capaz de evitar no sólo el “caer para atrás”, sino que también capaz de llevar a nuestro país hacia una mayor libertad, seguridad, prosperidad y cohesión social de forma irreversible y autosostenida. Tal como Suiza lo empezó a hacer hace muchos años atrás, con resultados únicos y reconocidos en todo el mundo.

En vista de estas consideraciones, el objetivo de este libro es responder a preguntas del tipo:

• ¿Qué es la democracia directa? ¿cómo funciona?

• ¿Qué tiene de diferente respecto a la democracia representativa? ¿se usa en remplazo o en conjunto con esta?

• ¿Es posible que otras naciones también puedan llegar a tener una ciudadanía con un nivel de madurez y cultura cívica como en Suiza? ¿cómo se hace?

• ¿Es posible aplicar la democracia directa en Chile? ¿qué tipos de beneficios genera y recibe una sociedad al hacerlo?

• ¿Qué hay que hacer para implementar la democracia directa? ¿qué condiciones se necesitan para hacerlo? ¿cuáles son los obstáculos a superar?

La lectura de este libro le permitirá al lector ganar un conocimiento amplio sobre las respuestas a estas preguntas. Y es posible que algunos lectores lleguen a la conclusión, como el autor en su momento, que es muy deseable y perfectamente posible aplicar la democracia directa en Chile. No hay nada que esperar. Se puede hacer hoy. Se podría haber hecho hace décadas atrás. No hay ninguna condición particular que sea necesaria o que falte antes de empezar. Hay un par de obstáculos a superar. Nada imposible. Tomará sólo unos diez años una implementación progresiva y completa de “abajo hacia arriba” - primero a nivel de municipalidades, luego regiones y finalmente, nacional. Con esto, el “empuje” hacia la democracia directa no llegará nunca de la clase política de la capital. En vez, tiene que venir como una exigencia imperativa y prioritaria de la gente hacia la clase política - en particular desde las más de 13 millones de personas que habitan en las regiones.

Comparado con la situación actual, y con las perspectivas poco alentadoras de seguir buscando “la felicidad” en la democracia representativa “a la antigua”, los mayores beneficios a percibir por millones de chilenos al implementar la democracia directa son inmensos. Ya en esta generación. Y en todas las que siguen.

Buena lectura.

Introducción

La democracia directa es una forma especial y diferente de distribuir roles y responsabilidades entre la ciudadanía, la clase política y el Estado en una nación.

El elemento más distintivo de la democracia directa es atribuirle a la ciudadanía el “derecho a referendar”1 todas las leyes nuevas, cambios a las existentes, y en general todas las decisiones del Estado antes que estas entren en vigor. Esto no significa que se referenden todos los “actos”. Pero si significa que todos y cada uno de ellos podría ser referendado en caso que un cierto número de ciudadanos así lo deseen. Esto quiere decir, a su vez, dos cosas de gran importancia. Una es que la nación se rige por un cuerpo de leyes que ha sido aprobado en su integridad por la gente, probablemente la forma de libertad más alta y noble que puede existir. Y la otra es que la ciudadanía (y no un Presidente) es el soberano de la nación - y por tanto tiene siempre el derecho a tomar la decisión final en temas de interés público.

Este principio representa un gran cambio de paradigma respecto a las naciones que se rigen a través de democracias representativas. Estos países siguen el principio que un grupo pequeño y selecto de personas - en principio con capacidades/preparación “superior”, y dedicadas sólo a gobernar, legislar y manejar el Estado por el bien de todos - estará siempre en condiciones de tomar mejores decisiones que millones de personas con instrucción más simple y sin dedicación exclusiva a la causa pública. Por tanto, es mucho mejor dejar que sea este grupo pequeño de personas distinguidas que tome las decisiones en relación a los actos.

La democracia directa, por su parte, está basada en el paradigma que las decisiones tomadas en base al sentido común de la ciudadanía serán siempre “superiores” a aquellas tomadas por cualquier tipo de minoría por muy escogidas, mejor preparadas o informadas que estas sean. Por cierto que también hay un grupo pequeño de personas (los representantes elegidos a los gobiernos y parlamentos) que hacen el trabajo de preparación y toman decisiones de la misma manera que se hace en las democracias representativas. Pero la diferencia fundamental es que cada uno de estos actos entra en vigor sólo si pasan el “test de la blancura”, esto es: (i) se hizo un referendo y se aprobó, o bien (ii) no se hizo un referendo refutando lo decido por las “autoridades” - y esto porque la ciudadanía considera que el acto es de tan buena calidad como para ser implementado sin objeciones.

Esto es, la clase política propone, y la ciudadanía dispone. En caso que se haga un referendo con resultado positivo, el acto tiene una aprobación explícita por parte de la gente. Y en caso que no se haga, tiene una aprobación implícita. La experiencia enseña que sólo en torno al 2% de todos los actos se necesita hacer un referendo. El otro 98% entra en vigor sin ser objetado. Lo crucial es notar que el 100% del cuerpo de leyes, códigos y reglamentos que rigen la vida en sociedad, todas las normativas que formalizan la relación entre la ciudadanía y el Estado, así como también todas las decisiones importantes tomadas por las autoridades han sido aprobadas por la ciudadanía. Sin excepciones, y todo el tiempo.

El ejemplo de Suiza es la prueba que las diferencias en términos de un mayor o menor “nivel de bienestar” (esto es, libertad, seguridad, justicia, equidad, prosperidad, y cohesión social) que resultan entre regirse en base sólo a la democracia representativa o bien simultáneamente con la directa son inmensas.

Y hay también diferencias mayores entre la efectividad/transparencia en el funcionamiento del Estado, entre el grado de antagonismo gobierno/oposición que domina la dialéctica política, y entre los niveles de antagonismo ideológico y grados de politización que afectan a la sociedad. Estas diferencias en favor de la democracia directa resultan evidentes y visibles a todas las personas que han visitado o vivido en Suiza.

Para empezar, la nación helvética es el país con el mayor nivel de riqueza que existe por adulto. Por lejos - tal como se ilustra en el gráfico a continuación:

Como se aprecia, este importante indicador de bienestar muestra que Suiza está muy por encima de todos los otros países desarrollados, es más del doble de las naciones de la Unión Europea (UE), es casi 10x superior a países como China o Chile, y es más de 30x a naciones como Brasil.

Y no es sólo el país más rico, sino que es también el lugar donde se pagan los sueldos netos mensuales más altos del mundo. Y con una diferencia todavía mayor que el de la riqueza. El gráfico siguiente muestra que el sueldo medio neto mensual en Suiza (US$ 6.100) es casi un 60% superior al de USA, 2-3x más alto que la mayoría de los países europeos, 4x de Italia y 10x al que se paga en Chile.

Y dado que en Suiza no hay desempleo, este salario neto medio más alto es un buen indicador del nivel de prosperidad al que han accedido hasta las capas más bajas de la sociedad. Y es también un valioso indicador del hecho que Suiza ha logrado crear tales niveles de mayor riqueza generando al mismo tiempo una mayor riqueza (y no pobreza) en las capas sociales más bajas - contrariamente a los eslóganes anticapitalistas que se propagan en otras naciones.

Es importante poner esta evidencia en una perspectiva más amplia y completa. Dada la baja velocidad con que crecen los sueldos reales, se concluye que todas las otras naciones ricas de la OECD que se rigen por democracias representativas les tomará, en el mejor de los casos, entre 50 y 100 años antes de alcanzar el nivel actual de riqueza y salarios del que ya gozan las personas en Suiza. Como ya se dijera: una diferencia muy impresionante, y única también.

Pero hay más. La democracia directa ha hecho de Suiza no sólo la nación más próspera desde hace ya mucho tiempo, sino que asimismo la más libre del mundo. En realidad, la causalidad es justo a la inversa: se ha transformado en la más rica como resultado de ser la más libre. El ejemplo de Suiza es la prueba irrefutable que una mayor “libertad” antecede, y es condición necesaria, a una mayor “prosperidad”.

En efecto, no hay otro país en que la ciudadanía tenga “amplia gama de derechos políticos” que le permitan, por ejemplo: cambiar o introducir nuevos artículos en la constitución; parar/anular leyes de mala calidad o injustas antes que entren en vigor; mejorar leyes imperfectas y eliminar las obsoletas; aprobar/rechazar cambios a las tasas de impuestos; o decir SI o NO a ciertos tipos de gastos públicos o al financiamiento de grandes proyectos de infraestructura. Estos derechos políticos tienen validez permanentemente, y se pueden ejercer de forma directa, inmediata y puntual sobre cualquier tema. Sin límites.

Y no hay tampoco otro país en el mundo en que la gente puede ejercer el derecho a referendar cada tres meses, y decir SI o NO a la entrada en vigor de temas tan variados como por ejemplo: eliminar el ejército; reducir el número de horas de trabajo semanal; cobrar impuestos para financiar el pago de pensiones; que el voto sea obligatorio; introducir el derecho a voto a los 16 años; permitir que el comercio esté abierto los días domingos o hasta las 20 hrs. en la semana; cambiar la edad de la jubilación; limitar el número de personas que puedan emigrar hacia el país; ser parte de las Naciones Unidas o de la UE; que la velocidad máxima sea de 30 km/h en calles secundarias; o prohibir que se le corten los cachos a los bovinos.

Y probablemente no hay otra nación en condiciones de mostrar varios ejemplos en que, a partir de la voluntad de un único individuo, se llegue finalmente a referendar un tema a nivel nacional, y que se imponga el SI de la gente contra el NO recomendado por el gobierno, parlamento, y los partidos políticos2 .

Y esto no es todo. Que las personas en Suiza sean más libres que en las democracias representativas se refleja también en aspectos únicos y distintivos como en el hecho de que la “clase política” obedece, respeta y sirve los intereses prioritarios de la gente - y no viceversa; la ciudadanía ha podido desarrollar un nivel de madurez, cultura y responsabilidad cívica sin par; y las personas viven en regiones y municipalidades con un grado incomparable de autonomía política y financiera. Asimismo, la gente forma parte de una sociedad que es libre de demagogos y autócratas, que no tiene ni necesita políticos profesionales, y que impide a la política tener un rol omnipresente y dominante en la vida cotidiana.

Además, y esto es de gran valor e importancia, que la ciudadanía (y no la clase política) sea el soberano de la nación, le permite a Suiza el evitar y vivir libre de las múltiples y muy costosas imperfecciones de las democracias representativas - incluyendo: líderes y funcionarios “apernados” que se creen irremplazables; elite de políticos profesionales que acaparan el poder en “la capital”; instrumentalización de instituciones y empresas del Estado para fines ideológicos; antagonismo y bloqueo permanente gobierno vs. oposición; impuestos altos y servicios públicos de mala calidad; burocracia y centralismo asfixiante; corrupción, sobornos, y cohechos; malversación de fondos públicos; predominio de personalidades tipo demagogos, populistas, cínicos, y agresivos; fraude en financiamiento de partidos y campañas electorales; alienación entre la ciudadanía y su democracia; repudio y desconfianza hacia la clase política y el Estado; manipulación de la opinión pública en base a slogans, mentiras y desinformación; uso de violencia como medio de expresión; etc.

Gracias a la mayor libertad que la democracia directa le otorga a la ciudadanía, la gente en Suiza ha ido tejiendo “un cuerpo de leyes que es sustancialmente superior” a aquel creado por cualquier grupo escogido de pocas personas en cualquier tipo de democracias representativas3. Ha sido la acumulación de estos cientos y miles de pequeñas “cinceladas”, provenientes del sentido común de millones de personas de varias generaciones, que han ido dando forma - referendo tras referendo - a la “escultura” extraordinaria que se ha ido convirtiendo en la nación con mayor bienestar del planeta a lo largo del tiempo.

En este sentido, la democracia directa es la “llave maestra” que le permite a una nación acceder a un “espiral ascendente” hacia mayor libertad y prosperidad de manera autosostenida e irreversible. Y con el tiempo, se alcanzan niveles en ambas dimensiones que ninguna democracia representativa ha logrado obtener. Y esto no sólo para algunas minorías afortunadas, sino que llegando también hasta las capas sociales más bajas.

En este punto es importante hacer una precisión de relevancia capital. Suiza no remplaza la democracia representativa con la directa. En vez, usa estas dos formas de democracia de manera simultánea. Y con los resultados excepcionales descritos. El ejemplo de la nación Helvética es la prueba que la democracia directa y la representativa no son sustitutas, sino que son complementarias. De hecho, estas dos formas de democracia se completan, validan, perfeccionan y potencian mutuamente. En particular, sin la democracia representativa la directa es impracticable. Y sin la directa, la representativa padece de muchas imperfecciones (y abusos) estructurales que no logra corregir por sí misma - y que le impide acceder y entregar a su gente los niveles más altos de bienestar que sólo el uso conjunto con la democracia directa logra generar.

¿Y Chile, dónde está?

Los esfuerzos actuales por escribir una nueva constitución son evidencia de una profunda y extensa insatisfacción con cómo están las cosas. Y el rechazo a la propuesta votada en septiembre del 2022 indica que hay millones de ciudadanos con ideas bastante claras respecto al tipo de cambios que se buscan - y que no estaban en el texto propuesto, a pesar de meses de preparación, 388 artículos y casi 200 páginas. Además, que la ciudadanía de 338 de las 346 comunas haya rechazado la propuesta, indica que la gente a lo largo de todo el país no titubeó en identificar y refutar la imposición de ideas doctrinarias y obsoletas. Sin duda un gran acto de madurez cívica.

En este sentido, es evidente que toda nueva constitución que no introduzca cambios radicales a “cómo se hace política en Chile”, condena al país a seguir dándose vuelta con los mismos problemas y a volver a caer en la realidad inquietante que ya le tocó padecer a nuestros padres y abuelos - y que hoy le toca soportar a las nuevas generaciones.

Cambiar las personas y/o partidos en el poder esperando que las siguientes sean más competentes o leales que las anteriores es una ilusión. Dedicar más recursos a combatir los síntomas más inquietantes de una democracia tan imperfecta (violencia, delincuencia, migración) sin resolver las causas primordiales al origen de estos síntomas es perder el tiempo. Y seguir empecinados en tratar de perfeccionar una forma de hacer política ineficaz y anacrónica es repetir el mismo error de autoengaño que ya cometieron varias generaciones de nuestros antepasados. En realidad, todo este tipo de iniciativas logran, en el mejor de los casos, sacar algo de “presión a la olla” y crear una sensación de serenidad por un tiempo. Pero todos ellas han fracasado, una y otra vez, en llevar a Chile hacia una mayor libertad y prosperidad de forma sostenida. ¿Cuál es la lógica de seguir tratando con una fórmula que evidentemente no funciona?

Por ello, e independiente de quién y cómo la escriba, toda nueva constitución que no logre terminar con problemas centenarios como: (i) dejar el mando en manos de una elite de políticos profesionales (“partitocracia”); (ii) mantener el centralismo del poder político y económico en la capital; e (iii) imponer a la ciudadanía el rol de comparsa en la conducción política de la nación, está destinada al fracaso.

Para que la historia no se repita, se requiere de una constitución que logre de verdad “democratizar la democracia”, despertar las fuerzas cívicas latentes en millones de ciudadanos, y darles a las regiones los instrumentos para convertirse en entes autosuficientes en la gestión política y el desarrollo económico de sus realidades respectivas. Para construir un futuro mejor, es imperativo tener una constitución que transfiera una parte sustancial de poder de la clase política a la ciudadanía, de la capital a las regiones, y de la partitocracia centralista controlada por “los mismo de siempre” a varios cientos de líderes oriundos de sus regiones y comunas.

En este contexto, una nueva constitución que incluye el derecho a referendar por parte de la ciudadanía es la mejor, y tal vez única, alternativa para construir un “Chile que será” muy por encima del “Chile que es”. La democracia directa es la llave maestra capaz de lograr simultáneamente varios objetivos cruciales para el futuro del país, en particular:

• Poner fin, de forma definitiva e irreversible, a los tantos problemas estructurales de la “política a la antigua” que han vuelto a aparecer y que afectan seriamente la situación actual del país.

• Evitar el hacer el ajuste “hacia abajo”, esto es hacia la mayor pobreza y menor libertad de otrora.

• Llevar a cabo, de forma serena y cívica, una redistribución significativa del poder y responsabilidad política hacia la ciudadanía y las regiones.

• Abrir la puerta de entrada a un esquema virtuoso de procesos hacia niveles de bienestar muy superiores al de cualquiera forma de democracia representativa.

Una constitución moderna que otorga el derecho a referendar a la ciudadanía constituye el gran salto al futuro que necesita la sociedad chilena. Es el paso fundamental que hace falta para romper y poner fin a una forma de hacer política ineficaz, injusta y anacrónica. Es el acto de importancia histórica que le entrega al país un instrumento de verdad nuevo, y con el calibre necesario para cambiar y mejorar las cosas como nunca antes. El derecho a referendar es el instrumento más efectivo para democratizar la democracia; para que la gente se “subleve” de forma pacífica, puntual y constructiva; y para efectuar los ajustes necesarios de manera ordenada - siguiendo la voluntad y prioridades de la gente en vez de los objetivos doctrinarios de la partitocracia. Y todo esto con la participación activa de la ciudadanía, y bajo la supervisión y responsabilidad de la gente en sus regiones y municipalidades.

Además, el efectuar referendos trimestrales es el mejor mecanismo para:

• Mejorar el nivel de madurez y responsabilidad cívica de la ciudadanía.

• Tener una agenda política actualizada, que refleje las prioridades e intereses genuinos de la gente, y sin una maraña de temas pendientes.

• Reemplazar la cultura de antagonismo ideológico izquierda/derecha por una de consensos amplios, pragmáticos y constructivos.

• Poner fin al pernicioso juego de bloqueo perene entre el gobierno y la oposición de turno.

• Aumentar la transparencia en el manejo y funcionamiento del Estado.

• Mejorar la calidad de los servicios públicos.

• Perfeccionar la efectividad con que operan las instituciones públicas.

• Eliminar progresivamente la violencia y la delincuencia.

En efecto, el derecho a referendar regularmente es un mecanismo altamente efectivo para mejorar de forma rápida y efectiva el cuerpo de leyes que rige la nación - y de este modo poder terminar con los síntomas más dañinos del descontento social generalizado como la violencia, la delincuencia, los ataques a las fuerzas del orden, las interferencias al orden público, las huelgas y paros con fines meramente doctrinarios, la violación progresiva de la propiedad privada, la desobediencia impune y reiterada a las leyes, la desconfianza y agresividad hacia la clase política y el Estado, etc.

Y hay todavía otro punto adicional y de importancia radical que debe ser mencionado. Es sólo a través de recibir el derecho a referendar que la sociedad chilena puede hacer un ajuste “hacia arriba” en vez de “hacia abajo” como en la actualidad. En efecto, con este derecho político adicional se logra establecer una equivalencia “hacia arriba” entre:

i) La mayor riqueza y autonomía económica ya alcanzada por millones de chilenos.

ii) El derecho y aspiración a los niveles más altos de libertad y responsabilidad cívica que les ha sido negado (usurpado) hasta ahora por una forma anacrónica de hacer política.

Con la introducción de la democracia directa se corrige lo que es, en la opinión del autor, uno de los desequilibrios estructurales más profundos y dañinos que afectan a la sociedad chilena en la historia reciente. Esta brecha es altamente nociva e insostenible. Y volver a hacer política “a la antigua” la ha ido agrandando en las décadas recientes - al punto de convertirse probablemente en la fuente principal de las muchas expresiones del masivo y creciente descontento social que viene manifestándose a través de todo el país desde hace algunos años.

El imperativo de cerrar esta brecha entre riqueza económica y pobreza cívica es probablemente el mensaje más importante expresado por las millones de personas que viven en las 341 comunas que votaron SI a escribir una nueva constitución en octubre del 2020, y en las 338 comunas que votaron NO en septiembre del 2022 a un texto que no reflejaba sus aspiraciones legítimas de democratizar la democracia y de transformarse en el soberano de la nación.

El mensaje de querer cerrar esta brecha tan dañina “hacia arriba” en vez de “hacia abajo” sigue hoy tan vivo y válido como ayer. Un mensaje fuerte y claro que los responsables de escribir la constitución en el 2022 fallaron en escuchar y/o entender. Es de esperar que esta vez los responsables en redactar la nueva carta magna no se pierdan en detalles mezquinos y partidistas, no se empecinen en imponer eslóganes doctrinarios y obsoletos, ni se dejen influenciar por las presiones de los agitadores y populistas de turno. Es de esperar que tengan altura de miras, que tengan la capacidad de identificar y atacar los problemas centenarios en su raíz y no los síntomas de los últimos años, y que piensen en el bienestar del Chile de los próximos cien años. Y es de esperar también que el país no pierda una ocasión histórica por segunda vez.

Por otra parte, hay que recalcar que para la construcción del “Chile que será” más próspero, seguro y libre no basta con una nueva constitución. Se requiere también de una ciudadanía segura de sí misma, determinada a acabar con su papel de simple comparsa de la clase política, y preparada a poner fin a décadas de resignación que la hace cómplice silenciosa/obediente de la partitocracia centralista. Se necesita millones de personas de norte a sur que estén decididas a dar la pelea, y a exigir una rápida implementación de la democracia directa de forma pacífica y civilizada. El contenido del libro demuestra que no hay nada que esperar para hacerlo ya ahora, y que no hay tampoco ninguna condición pendiente a ser cumplida antes de poder proceder. Se puede hacer de inmediato. En realidad, se podría (y debería) haber hecho hace ya mucho tiempo.

Ha llegado el momento en que millones de ciudadanos más libres, prósperos y responsables que nunca antes en la historia de Chile pongan fin a doscientos años de un rol de marioneta de la partitocracia. Es la hora de implementar la democracia directa, y de pasar a ser el verdadero soberano de la nación.

En este contexto, este libro muestra el camino a seguir. Con mapa y brújula.

El primer capítulo es sobre qué es y cómo funciona la democracia directa - en particular en relación con el rol e impacto que tiene el derecho a referendar por parte de la ciudadanía. Se entrega información descriptiva respecto de cada uno de los tres derechos políticos que dan origen a los temas referendos, y sobre los resultados obtenidos en los más de 600 temas votados a nivel nacional desde 1848 hasta la fecha. Hay también una serie de análisis efectuados que permiten revelar cuáles son los procesos de causa/efecto envueltos en cada caso; identificar el impacto y contribuciones que hacen cada uno de estos derechos hacia una mayor libertad y prosperidad; y explicar los mecanismos visibles (explícitos) y no visibles (implícitos) a través de los cuales esto tiene lugar. Los resultados obtenidos dejan en claro que cada uno de estos tres derechos políticos tiene un rol propio y distinto a los otros, que generan y ejercen un nivel de impacto muy diferente entre ellos, y que son utilizados con una efectividad muy desigual por la ciudadanía. Este capítulo permite también conocer los múltiples y muy valiosos beneficios que recibe una sociedad al utilizar esta poderosa llave maestra.

El segundo capítulo se refiere a la importancia y significado que tiene efectuar referendos cada tres meses para el buen funcionamiento de la democracia. Los análisis realizados muestran y explican que esta práctica tiene un gran impacto en particular en: el nivel de cultura y madurez cívica de la ciudadanía; el tener agendas políticas actualizadas, y libres de una maraña de temas estancados o meramente doctrinarios; y el que tanto las elecciones de las autoridades, como también quiénes sean las personas elegidas, sean eventos de importancia más bien secundaria en Suiza.

El tercer capítulo se refiere a los beneficios que obtendrá Chile al implementar la democracia directa. Se comparten algunas consideraciones respecto a un plan de implementación, y se da respuesta a las varias objeciones más comunes que se escuchan en relación a llevar adelante este plan. Además, se ilustra lo que es la mayor dificultad a vencer para una implementación exitosa del derecho a referendar - a saber, la oposición que hará la clase política a la noción que sea la ciudadanía y no ellos a decidir cuáles actos entran o no en vigor.

Hay también un anexo con dos temas de interés y un glosario. El primer anexo es sobre la “receta mágica” que Suiza utiliza para generar mayor libertad, seguridad y prosperidad. Esta receta tiene tres ingredientes, de los cuales la democracia directa es el principal. En este anexo se comparten informaciones, análisis y mensajes provenientes de los otros dos ingredientes, a saber (i) los “gobiernos colegiales”, y (ii) “la total autonomía política y financiera de los cantones y municipalidades”. Se toca también el punto de los gobiernos de milicia - lo que le permite a Suiza el gobernarse de forma muy efectiva sin necesidad de tener “políticos profesionales”