DesARMAr - Colby Martin - E-Book

DesARMAr E-Book

Colby Martin

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Beschreibung

DesARMAr reexamina lo que la Biblia dice (y no dice) acerca de la homosexualidad de tal manera que da nueva vida a suposiciones e interpretaciones obsoletas e inexactas. Las iglesias, tanto en América Latina como en Estados Unidos, están experimentando una fractura sin precedentes debido a sus creencias y actitudes hacia la comunidad LGTBIQ+. Armado con sólo seis pasajes en la Biblia, a menudo conocidos como los "versículos garrote", una posición cristiana tradicional ha sido la que se opone a la inclusión total de nuestros hermanos y hermanas LGTBIQ+. DesARMAr reexamina cada uno de esos pasajes de las escrituras que se citan con frecuencia, alternando con la propia historia del autor Colby Martin de haber sido despedido de una megaiglesia evangélica cuando descubrieron su postura sobre la diversidad sexual. "¡Colby ha escrito este libro con un ritmo divertido, inteligente y brillante! Es el libro que le das a tu amigo que sabe que la inclusión es el único camino por delante pero sigue argumentando 'pero la Biblia dice...'. Con el modo fresco y accesible que lo caracteriza, Colby muestra lo que la Biblia realmente dice y despeja las confusiones que aparecen en el camino". ROB BELL, autor de Love Wins, éxito de ventas del New York Times "Miles de cristianos evangélicos sinceros sienten una profunda tensión entre su mente y su corazón. En sus mentes, entienden la Biblia (y a Dios) como el enemigo intransigente de las personas LGBTQ. Pero en sus corazones se les hace difícil condenarlos o excluirlos. Algunas personas les dicen que escojan su corazón por sobre su mente, otros dicen lo contrario. DesARMAr, el nuevo libro de Colby Martin, ofrece una tercera opción a través de una lectura atrapante y llevadera: una nueva manera de alinear mente y corazón a través de una mirada fresca de la Escritura. Escrito con inteligencia de teólogo y sensibilidad de pastor, este libro es el recurso que miles de personas han estado esperando". BRIAN D. McLAREN, autor/activista (brianmclaren.net) "Colby echa una mirada compasiva y erudita de las Escrituras que apuntan hacia las relaciones entre personas del mismo sexo a partir de las cuales muchos cristianos toman posición y proporciona un nuevo marco accesible que extiende la afirmación e inclusión hacia la comunidad LGBTQ. DesARMAr combina un estudio teológico reflexivo con una autobiografía pastoral fascinante para crear un poderoso manifiesto cristiano progresista". KRISTEN HOWERTON, fundadora de Rage against the Minivan "Esta es una autobiografía conmovedora y emotiva de un pastor que perdió su trabajo para encontrar una comunidad llena de gracia, y una travesía profunda e incisiva a través de los "versículos garrote" de la Biblia. DesARMAr de Colby Martin es un viaje conmovedor y profundo que atrae tanto al corazón como a la mente al núcleo del Reino de Dios". RICHARD BECK, autor, bloguero y profesor de psicología en Abilene Christian University "Este es un libro único, escrito por un autor especial. La percepción, el espíritu encantador y la pasión de Colby se han unido para crear un libro que no solo amo sino del cual estoy orgulloso de compartir con aquellos a quienes amo. DesARMAr es un gran regalo para todo aquel que esté buscando una comprensión, una fe y una compasión más profunda". DOUG PAGITT, pastor, autor y conspirador de la bondad

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Copyright © by Colby Martin, 2016.

DesARMAr

Repensar nuestro mal uso de la Biblia sobre la Homosexualidad

de Colby Martin. 2020, JUANUNO1 Ediciones.

Título de la publicación original: “UnClobber”.

This work is published by agreement with the owner Colby Martin -DBA Wholly Living-.

Esta obra se publica mediante acuerdo con el propietario Colby Martin.

Spanish Language Translation copyright © 2020 by JuanUno1 Publishing House, LLC.

All Rights Reserved. | Todos los Derechos Reservados.

Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,

an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.

Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,

un sello editorial de JuanUno1 Publishing House, LLC.

www.juanuno1.com

JUANUNO1 EDICIONES, logos and its open books colophon, are registered trademarks of JuanUno1 Publishing House, LLC.

JUANUNO1 EDICIONES, los logotipos y las terminaciones de los libros, son marcas registradas de JuanUno1 Publishing House, LLC.

Library of Congress Cataloging-in-Publication Data

Name: Martin, Colby, author

Desarmar: repensar nuestro mal uso de la biblia sobre la homosexualidad / Colby Martin.

Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2020

Identifiers: LCCN 2020949014

LC record available at https://lccn.loc.gov/2020949014

REL012110 RELIGION / Christian Living / Social Issues

REL105000 RELIGION / Sexuality & Gender Studies

REL067000 RELIGION / Christian Theology / General

Paperback ISBN 978-1-951539-48-1

Ebook ISBN 978-1-951539-62-7

Traducción: Ian Bilucich

Corrector: Tomás Jara

Diagramación: María Gabriela Centurión

Portada: JuanUno1 Publishing House, LLC

Director de Publicaciones: Hernán Dalbes

First Edition | Primera Edición

Miami, FL. USA.

-Noviembre 2020-

Para Kate,

la guerrera más feroz e inspiradora que conozco.

Me has ablandado y al mismo tiempo me has hecho más fuerte que nunca.

Gracias por el asiento en primera fila para presenciar el amor incondicional.

¿Una aventura, mi amor?

CONTENIDO

Cover

Portadas

Legales

Dedicatoria

Introducción: El origen de DesARMAr

Prólogo: Verano del 2005

1- Cuando la cabeza y el corazón no se llevan bien

2- Repensando nuestro mal uso de la Biblia

3- Cómo me despidió Facebook

4- Reformulando la historia de Sodoma: Génesis 19

5- No apto para ser pastor

6- Redefiniendo los límites: Levítico 18: 22 y 20: 13

7- En busca del unicornio

8- Reconciliando una comunidad fracturada: Romanos 1: 26-27

9- Imagina una iglesia donde…

10- Revisando palabras olvidadas: 1 Corintios 6: 9 y 1 Timoteo 1: 10

Epílogo: A medida que avances en tu camino

Agradecimientos

Notas

Recursos

INTRODUCCIÓN

EL ORIGEN DE DESARMAR

DesARMAr… ¿Inventaste eso?

Vaya... sí; sí lo hice. Lo que volvió mucho más fácil la marca comercial.

DesARMAr es mi intento de decir, en una palabra, que no creo que Dios se oponga a aquellos que se sienten atraídos por el mismo sexo ni que niegue la bendición divina de una relación entre personas del mismo sexo. DesARMArsurgió de mi deseo de revertir el daño de los denominados “Versículos Garrote”.

En un momento determinado de las últimas décadas, se acuñó “Versículos Garrote” porque, bueno, imagino que oír que eres una abominación destinada a los fuegos del infierno y que eres responsable de las catástrofes como los terremotos y el VIH es, probablemente, una sensación similar a ser golpeado en la cabeza con un objeto pesado. Hay aproximadamente seis versículos (de 31 000) en la Escritura que parecen referirse a los actos sexuales entre personas del mismo sexo, y nuestros hermanos y hermanas gay hace mucho que sienten las peores consecuencias de estos seis versículos conforme la iglesia históricamente los ha usado para negarle a la comunidad LGBTQ un asiento en la Mesa de Dios, como plenos receptores de su gracia y plenos participantes en el cuerpo de Cristo.

Así que quiero sacarles ese garrote de encima a quienes se identifiquen como gay, lesbianas, transgénero, bisexuales o queer. Quiero que escuchen una voz diferente. Una que diga “eres amado tal como eres, por Dios y por mí”. Pero no soy solo yo, hay millones de cristianos alrededor del mundo que están desesperados porque sus hermanos y hermanas gay sepan que los vemos, que creemos en ellos, y que les cubrimos las espaldas. Quiero que escuchen que la Biblia no los condena, como les han hecho creer. Quiero que escuchen que su lugar en la Mesa está vacío, que ha sido reservado para ellos. De hecho, es probable que su ubicación esté una silla o dos más cerca de Jesús, debido a toda la persecución injustificada que han soportado a manos de iglesias, pastores y organizaciones cristianas.

Quiero que oigan una historia mejor para que puedan vivir una historia mejor.

PRÓLOGO

VERANO DEL 2005

Portland, Oregon

Luego de meses de preparación, mi identidad vocacional pendía de la respuesta a una última pregunta. Miré a mi esposa, aliviado de haber llegado tan lejos. Pero sabía lo que estaba por venir, como si guardaran lo más jugoso para el final.

Kate y yo dejamos a nuestro bebé en casa para viajar más de cien kilómetros al norte hasta la sede del distrito. Allí donde jóvenes con potencial como yo eran entrevistados por un panel de ministros experimentados. Era el paso final para convertirme en un ministro ordenado en mi denominación. La reunión había durado más de tres horas, dos más de lo que me habían dicho que solían extenderse.

El cuarto era pequeño, pero sus techos altos le daban importancia. La decoración era notablemente anticuada, pero se sentía cálido y familiar. Los patrones florales que contrastaban con todas las superficies me recordaron las visitas a mi abuela cuando era pequeño. Cuando me volví hacia el panel de cuatro ministros, me pregunté si quizás alguno de ellos había sido entrevistado en esta misma sala décadas atrás, cuando los muebles se vieran nuevos y modernos. Todos habían sido amables y gentiles con Kate y conmigo. Las preguntas rondaban entre los puntos de vista de la denominación acerca de la cristología, la soteriología, la escatología y cualquier otra -ología imaginable.

Durante los últimos cinco años había trabajado por y soñando con este momento, donde finalmente sería nombrado “pastor”. No es que quisiera que alguien me dijera “pastor Colby”. No era eso. Sentía que la formalidad de tal nombre debería ser reservada para aquellos con más años debajo de su cinturón. Pero cómo anhelaba recibir la afirmación de una institución que me considerara apto para encajar como pastor dentro de su organización.

Mientras esperaba la última serie de preguntas, me preocupaba que mi fe, recientemente sacudida, pudiera haber condenado la entrevista desde el inicio. Si me hubiera sentado en ese sofá rosado de dos plazas y estampado con rosas hace seis meses, en el apogeo de mi formación evangélica, estoy seguro de que habría sorteado la situación en treinta minutos con solo haber recitado cada matiz doctrinal con facilidad y convicción. Incluso, era posible que ante el panel siguiera pareciendo un “chico diez”, ideal para ser pastor de los milenials. Pero algunas de mis respuestas a su cuestionario, completado antes de la entrevista, encendieron algunas señales de alerta. Quizás no era lo que parecía.

Así que presionaron. Y di respuestas honestas que calmaron la incertidumbre de sus primeras dos alertas. Ruth, la ministra más antigua, con su sonrisa encantadora, volteó algunas páginas y me miró. Aquí venía la tercera.

“Colby —dijo—, ¿por qué no nos explicas tu respuesta a la pregunta 37 en la página 4?”.

No tenía que ir a la página. Sabía a lo que se refería.

CAPÍTULO 1

CUANDO LA CABEZA Y EL CORAZÓN NO SE LLEVAN BIEN

Carol y el té helado

Como todas las historias, la mía empieza en el jacuzzi de una lesbiana.

Carol era de estatura baja, estaba en forma y usaba cabello largo y una cola de caballo ajustada. No importaba cuándo la viera; siempre vestía pantalones cortos, polo y zapatillas blancas. Cuando era niño, Carol vivía al frente de mi casa, y sabía dos cosas de ella: era lesbiana, y era la dueña del único jacuzzi de la manzana.

Probablemente yo tenía ocho o nueve años cuando mi mamá nos dijo a mí y a mis dos hermanos que nuestra vecina era gay. Ella lo sabía porque Carol había sido su maestra de educación física en la secundaria, y aunque yo no podía apreciar cuán inusual era para aquel tiempo, Carol vivió fuera del clóset en nuestro pequeño pueblo de Albany, Oregon, desde que mamá tenía memoria.

Y yo sabía que tenía un jacuzzi porque podía verlo a través de la reja mientras repartía los periódicos por el barrio. Carol estaba suscripta al Democrat Herald, así que interactuaba con ella de tiempo en tiempo cuando le arrojaba el periódico en su porche o recogía el pago mensual.

Aunque fui criado en un hogar bautista conservador, con un papá que descendía de una larga línea de bautistas, pienso que —gracias a que mi mamá era primera generación de cristianos— nunca llegué a sentir que Carol fuese otra cosa que, bueno, una profesora de gimnasia retirada que leía el periódico. Verás, si bien recuerdo cuando mi mamá nos contó sobre su antigua instructora de kickball, no recuerdo que lo haya expresado con ninguna connotación negativa. Claro, mi mamá nos enseñó que la homosexualidad era un “pecado ante los ojos del Señor”, pero creo que se perdió la serie de lecciones sobre homosexualidad de la escuela dominical en la Primera Iglesia Bautista, porque nunca mencionó una sola palabra de juicio o condenación contra Carol más allá de eso. Además, para el entusiasmo de este preadolescente “chico diez”, ella aceptó cuando Carol le preguntó si mis hermanos y yo podíamos sumergirnos en su jacuzzi. Nunca había estado en uno antes, y no iba a permitir que el estilo de vida pecaminoso de una de mis clientas de toda la vida me privara de la oportunidad.

Para mí, hay tres cosas para resaltar de mi primera vez en un jacuzzi, que coincidieron con mi primera vez en la casa de alguien que no era heterosexual. Primero, el té helado no era muy bueno. Estoy casi seguro de que era Lipton sin endulzar. “Sin ofender, Carol, pero esa no es la bebida predilecta de los jóvenes”. Segundo, su jacuzzi no tenía luces elegantes, y los chorros de agua no funcionaban. Así que fue como un baño común —aunque más grande— para mí y mis hermanos; un poco decepcionante para ser mi primera vez. Me tomó años aprender a disfrutar el jacuzzi. Finalmente, al recordar esa tarde, lo que más sobresale sobre Carol, la lesbiana y su jacuzzi en el patio trasero, es, bueno, cuan normalera. Podría haber sido una pecadora, pero seguramente era la más agradable de todas.

Esa tarde, en las aguas calientes (aunque, tristemente, inmóviles) del jacuzzi de Carol, algunas semillas fueron plantadas en mi corazón. No llegaría a apreciar el momento sino años después; tampoco sería consciente de las semillas presentes en mi corazón. Pero en las páginas que siguen quiero contarte la historia de cómo descubrí que seguir las creencias de mi mente y confiar en las convicciones de mi corazón no tienen porque ser esfuerzos mutuamente excluyentes.

De hecho, creo que el viaje espiritual podría involucrar muy bien el proceso de alinear estas dos realidades.

Encontrando a Jesús en una playa de Huntington

En el verano de 1999, antes de empezar mi último año de escuela secundaria, la trayectoria de mi vida cambió para siempre.

Siempre asistí a la iglesia religiosamente. Mi mamá nos arrastraba cada domingo, tanto antes como después del divorcio de mis padres, a mis diez años. Como muchos niños, me sentía indiferente en mis mejores días e indignado en los peores. Así que incluso me sorprendí a mí mismo cuando, a los diecisiete años, le dije sí a Jeremy, que me preguntó si quería ir con él a California del Sur para asistir a una conferencia cristiana de una semana, llamada SEMP. Estoy seguro de que solo acepté porque pensaba que Jeremy, uno de mis pastores juveniles, era buena onda. Y me sentí especial por ser invitado. Además, para este chico nacido y criado en Oregon, California del Sur era un lugar de magia y mística.

SEMP —Students Equipped to Minister to Peers—1era una conferencia anual apuntada a entrenar chicos y chicas de escuela secundaria en los caminos de la evangelización. Las mañanas la pasábamos en las clases, aprendiendo herramientas tales como el Movimiento de Jesús1 y el Camino de los Romanos.2 Por las tardes, nos formaban en parejas y nos mandaban a lugares como la playa de Huntington para testificar a personas al azar en la vía pública.

El primer día en la playa, luego de acosar a los turistas con el destino eterno de sus almas, me sentí un fraude. La experiencia reveló que mi adhesión al cristianismo era solo nominal. Me sentí expuesto, como el niño desprevenido que viste de blanco en una de esas fiestas de cumpleaños en un lásershot. Cuando volví al cuarto donde me hospedaba, colapsé en la cama y lloré durante unos buenos veinte minutos.

A veces, la vida te da el don de pararte fuera de ti mismo, aunque sea por un instante, para comprender del todo la bifurcación que divide tu camino; un momento donde te das cuenta de que, sea cualquiera sea el camino que tomes, sea lo que sea que decidas en ese preciso momento, tendrá consecuencias durante muchos años. Como un adolescente obsesionado con ser popular y neurótico por sobresalir, las opciones ante mí eran dos: proceder como de costumbre y continuar viviendo la vida con el solo propósito de traer la atención y el afecto hacia mí o hacer un cambio drástico (lo que los escritores bíblicos llaman “arrepentimiento”) y dedicar mis energías a llevar la atención y el afecto hacia Jesús.

Mientras yacía en una piscina de mocos y la almohada empapada con lágrimas, fui confrontado con la realidad de que había pasado la tarde intentando convencer a otros de seguir a alguien a quien yo nunca había seguido. Les estaba presentando a unos extraños a alguien a quien yo nunca había conocido. Y la separación entre quién era en mi interior y lo que hacía en el exterior sofocaba mi alma.

Esa noche busqué a Jeremy y le pedí que orara conmigo y me ayudara a dar el primer paso en el camino donde mi vida se trataría de Jesús en primer lugar. En ese momento, tuve la visión de lo que quería para mi vida. Como cuando planeas un viaje largo, que puedes no conocer cada lugar donde vas a detenerte, pero sabes el destino y trazas el rumbo general, sentí un llamado tan fuerte que aún hoy sigue vivo en mí: quería ser pastor.

Quería dar mi vida para contarles a las personas sobre Jesús. Quería estudiar la Biblia, enseñarla e inspirar a las personas a confiar en Dios con todo su ser. Quería invitar a las personas a considerar que el Camino de Jesús es el mejor rumbo para una vida de paz, esperanza, justicia y amor. Quería pastorear a las personas a lo largo de la transformación continua de amor en sus vidas.

Ser pastor ha sido un viaje más duro de lo que jamás podría haber imaginado esa noche cuando oré con Jeremy. No estoy seguro de si hubiera tomado ese camino de haber sabido algunas de las angustias que me esperarían en el ministerio a tiempo completo. Pero después de estar en el ruedo durante diecisiete años, honestamente puedo decir que todavía persigo la misma visión para mi vida. Y si bien ya no les digo a extraños al azar que están destinados a la condenación eterna si no repiten una oración mágica, mi resolución de estudiar las Escrituras, seguir a Jesús e invitar a otros a hacer lo mismo permaneció inconmovible.

Sobresalvo

Cuando volvimos de SEMP, era una persona diferente. El jurado todavía está deliberando si fue por mi primer encuentro con Jesús o por mi primer encuentro con Krispy Kreme.2 Pero no hay dudas de que todo cambió. Yo estaba (como le decíamos en ese entonces) “prendido fuego por el Señor”. Empecé a organizar grupos de oración, a dirigir estudios bíblicos y a coordinar eventos evangelísticos masivos para salvar a todos mis amigos. Era un sinvergüenza apasionado por Jesús.

Permíteme hacer una pausa y disculparme con cualquier persona que haya conocido entre 1999 y 2004. Esos años, si bien mis intenciones eran positivas y mi corazón estaba en el lugar correcto, era un clásico caso de ser sobresalvo.3 Era perturbador, lo sé. Toda conversación tenía que ser sobre mi fe. Cada interacción llevaba a una discusión de teología. Nadie estaba a salvo, ni la persona a mi lado en el avión ni la pareja en la mesa junto a la mía en Starbucks. La mayor parte de mis amigos de la niñez comenzaron a cansarse de mi proselitismo implacable. Era un fanático de Jesús de principio a fin, y cualquier burla que recibía la usaba como una insignia de honor, asumiendo que era la persecución de la que Pablo habla en el Nuevo Testamento.

Después de la escuela secundaria, abandoné mis planes para estudiar diseño gráfico en Nueva York y, en su lugar, me inscribí en una pequeña universidad cristiana en Salem, Oregon, donde, para mi delicia, ser un fanático de Jesús era una virtud. Más que ser ignorado y condenado al ostracismo, fui codiciado y puesto en alto. Ser sobresalvo se había convertido en una ventaja.

Menciono todo esto para que se den una idea de cuán atrincherado estaba en el conservadurismo evangélico. Podía recitar la Escritura, defender los credos y hablar con elocuencia de las ventajas del dispensacionalismo premilenialista con los mejores representantes de la postura. Sin embargo, cuando era el turno de abordar la sexualidad desde la teología, no recuerdo gastar nada de tiempo o energía en ello. En ese entonces no tenía ningún amigo o miembro de la familia que fueran gay. Carol, un recuerdo distante, meramente una conocida, seguía siendo mi única interacción con alguien gay. Si surgía el tema de la homosexualidad, fuera en la escuela o en la iglesia, la conversación solo servía para reforzar el argumento que todos teníamos: la homosexualidad es pecado. Tanto como la mentira, el asesinato y adulterio. Y la Biblia era vista como un libro muy claro en sus puntos de vista. Determinar si la homosexualidad estaba mal o no ante los ojos de Dios era un asunto de nunca acabar. Como resultado, nunca lo cuestioné. Por eso me sorprendió tanto —cuando me senté en ese cuarto de techos altos para que Ruth y los otros tres ministros me entrevistaran— que casi no me dieran la licencia de pastor a causa de mis sentimientos conflictivos sobre las personas LGTBQ y la iglesia.

No se permite la membresía

“Aquí dices —prosiguió Ruth, señalando mis respuestas escritas— que si bien acuerdas con la denominación sobre el tema de la homosexualidad, tienes conflictos con nuestras políticas eclesiales. ¿Puedes explayarte?”.

Pensé en el momento que me llevó a escribir esa respuesta. Caminaba por la antesala de la iglesia mientras leía el manual de políticas y procedimientos. Intentaba sacarle el jugo y estudiarlo durante el receso del almuerzo. Leía la sección sobre cómo la iglesia elegía a sus ancianos, cómo asignaban tiempo de vacaciones para el personal y cuál era el proceso para convertirse en miembro. Y me topé con una oración que destrabó sentimientos que no sabía que tenía. Decía: “A los homosexuales practicantes no se les debe permitir convertirse en miembros de la iglesia”.

Me congelé allí, en plena antesala, intentando descifrar mis emociones. “No se les debe permitir convertirse en miembros”. Se sintió como cuando me enteré de que Augusta National Golf Club —uno de los clubes de golf más apreciados del país, anfitrión del Torneo de Maestros anual— no admitió miembros afrodescendientes ni mujeres hasta el 2012.

Ahí estaba, en una iglesia cristiana —de la cual quería ser pastor— que le negaba la membresía a alguien porque… ¿exactamente por qué? ¿Porque sentía atracción por alguien del mismo sexo? ¿O porque tenían sexo con personas del mismo género? Me pregunté cómo es para alguien ser considerado un “practicante de la homosexualidad”. Luego, vi que había más. Seguía explicando que no solo no podían ser miembros los practicantes de la homosexualidad, sino que tampoco podían servir en una lista de varias actividades de voluntariado.

“Bueno, déjame ver si entiendo —me dije— la denominación les permite a las personas gay asistir a sus iglesias, adorar los domingos, ser voluntarios de capacidad limitada (donde no se los pudiera ver ni fueran líderes) y aceptar sus diezmos y ofrendas sin dudarlo, pero si una persona gay busca ser miembro o quiere usar sus dones de liderazgo para servir al cuerpo, ¿entonces no le espera nada más que rechazo?”.

En aquel entonces no tenía el lenguaje adecuado para definir lo que me pasaba. Pero, diez sólidos años después, al revisar en retrospectiva mi caja de herramientas, descubrí la causa de la inquietud que sentí mientras caminaba por la antesala de la iglesia.

En busca de la integridad

Me reuní con Derek una vez a la semana durante nueve meses del 2014. Él fue mi director espiritual. Me ayudó a discernir el llamado y la misión de mi vida. Hasta ese punto, había atravesado múltiples experiencias dolorosas con iglesias y me preguntaba si, quizás, mi yo de diecisiete años se había equivocado. Afligido y un poco asustado, me acerqué a Derek para encontrar claridad sobre quién era y qué debería hacer.

Durante nuestro tiempo juntos, él me hizo pasar por un ejercicio en el que debía mapear mi línea de tiempo. En una cartulina pegué docenas de notas adhesivas en las que escribí, en forma de crónica, los eventos significativos y las personas que me habían impactado. Era un tapiz “brullo”4 de mis primeros treinta y dos años. Una mañana, luego de un trabajo emocional intenso, Derek examinó mi línea de tiempo mientras se acariciaba la barba incipiente del mentón. Justo en el punto donde mi tolerancia al silencio incómodo estaba al máximo, se reclinó sobre el asiento de la cafetería y dijo: “Me parece que la integridad es importante en tu vida”.

“Sí, creo que sí —contesté, poco impresionado—. Quiero decir, sí, para mí es importante vivir de forma recta incluso cuando nadie está mirando”. Me pregunté cuál era su punto. ¿Acaso la integridad no es algo importante para todos?

“No hablo de esa clase de integridad —continuó—. Me refiero a integridad en el sentido de estar integrado; de ser pleno y completo”. Señaló una serie de notas adhesivas en la línea de tiempo. “Una y otra vez en tu vida has tenido estos momentos significativos donde tus convicciones internas y tus acciones externas no están alineadas”, dijo.

“Donde tus convicciones internas y tus acciones externas no están alineadas…”, repetí en mi cabeza. Sus palabras explotaban como fuegos artificiales.

¿Recuerdas la escena de El club de la pelea cuando Edward Norton se da cuenta de que es Tyler Durden? Miras la pantalla mientras todos los hilos sueltos de la película encajan en su lugar, la trama de repente cobra sentido, y te preguntas cómo no te diste cuenta antes.

Esa mañana, las palabras de Derek fueron así. Este concepto de integridad—alinear mis acciones externas con mis convicciones internas— trajo una profunda e instantánea claridad a mi línea de tiempo (a mi vida). Era como si un oculista me hubiera dado a elegir solamente entre dos opciones durante treinta y dos años, y ahora pasara a darme tres, y todo se enfocara de repente.

Este movimiento hacia la integridad ha sido la meta de mi vida. Muchas veces, de manera inconsciente. Todo momento significativo —y muchas personas importantes— en mi línea de tiempo fueron instancias en las que corregí el curso. Mi experiencia traumática como evangelista fraudulento en la playa Huntington era un ejemplo perfecto. Derek tenía razón; mi alma sufre y mi vida cojea cuando actúo de modo incongruente con mis convicciones. Si no puedo vivir de forma genuina en lo que creo que es verdad o soy forzado a esconder ciertas partes de mí o tengo que actuar de una manera a pesar de que mi corazón cree otra, entonces los frutos básicos del Espíritu, tales como gozo, paz y bondad, se sienten inalcanzables.

Alineando la cabeza y el corazón

Un paso crucial hacia ser íntegro, allí donde nuestras convicciones internas se alinean con nuestras realidades externas, es prestar atención cuando sentimos que nuestra cabeza y nuestro corazón están en conflicto entre sí, cuando lo que creemos que es verdad y lo que sentimos que es verdad no están emparejados.

Hoy, cuando miro atrás y me veo en la antesala de la iglesia, leyendo sobre la exclusión de los “practicantes de la homosexualidad”, puedo definir lo que me sucedía. Mi cabeza y mi corazón no estaban alineados. Por un lado, mi cabeza aún estaba cimentada teológicamente en el evagelicalismo conservador —un mundo en donde no hay dudas de que ser gay es un pecado. Por otro, mi corazón tuvo una sensación de injusticia cuando leí cómo mi iglesia vivía esa teología.

La homosexualidad podría estar mal, razonaba, pero no era peor que excluir a las personas —seres humanos reales— de ser miembros de una iglesia o prohibirles usar sus dones dados por Dios, ¿no?

No mucho tiempo después de este momento de discordancia, tuve que terminar el cuestionario para obtener la licencia. No había preguntas sobre la sexualidad, pero al final había un espacio en blanco con la consigna “¿Algún otro pensamiento que le gustaría compartir con nosotros?”. No tenía que hacerlo, obviamente, pero escribí que acordaba con la denominación sobre lo pecaminoso de la homosexualidad, pero que tenía conflictos con las políticas de membresía y voluntariado.

Y esa era la línea en la página cuatro, pregunta 37, sobre la que Ruth me cuestionó.

No puedo recordar exactamente cómo respondí, pero, cualquiera sea el caso, debe haber aliviado su ansiedad, porque me otorgaron la licencia. Y así, el verano del 2005 se destaca por dos razones: finalmente me había convertido en pastor y fue la primera vez que tomé conciencia de la tensión entre mi cabeza y mi corazón con respecto al asunto de la Biblia y la homosexualidad.

Durante los últimos años, mientras trabajaba y ministraba junto a la comunidad LGBTQ y sus aliados heterosexuales, aprendí que esta tensión no es infrecuente. Muchas personas se encuentran en este tipo de posturas. Un lugar al que podrías llamar “abierto” pero no “reafirmante”. Pueden sentir que la iglesia ha maltratado a aquellos que se identifican como gay, lesbianas, bisexuales o transgénero y, ante esto, quieren vivir con sus brazos y corazones abiertos, pero no pueden recorrer el camino hacia la afirmación por su convicción de que la Biblia condena tales “estilos de vida”. Esta tensión entre la cabeza y el corazón puede ser encontrada en muchas —si no en todas— las ramas del cristianismo. Buenos cristianos, amadores, amables y gentiles que nunca considerarían unirse a una manifestación de la iglesia bautista de Westboro,3 pero que tampoco soñarían con marchar en el desfile del orgullo gay de su ciudad. Para aquellos seres queridos que se perciben LGBTQ, esta tensión entre mente y corazón se ve amplificada por un profundo pesar. Muchos están desesperados por hallar un modo de armonizar su amor por amigos o familiares y su compromiso con un entendimiento honesto y preciso de la Biblia.

En cuanto a mí, al irme de la sede central de la iglesia recién ordenado como pastor, no sabía que había comenzado un viaje hacia una armonía con respecto al tema de la homosexualidad, un viaje que tomaría unos cinco años. Sin embargo, era solo el comienzo. Resultó ser que encontrar armonía entre la Biblia y la homosexualidad me lanzaría a otro viaje para alinear mis convicciones internas y mis acciones externas como pastor en un ministerio de tiempo completo.

Mudarse al desierto

Un año después de ser ordenado, Kate y yo cambiamos la lluvia por el sol. Empacamos nuestras cosas y nos mudamos de Salem a Chandler, Arizona, un suburbio floreciente al sureste de Phoenix. Había sido contratado para ser el líder de adoración y artes en una iglesia joven que se había plantado hacía cinco años. Llena de personas amorosas y generosas, era un lugar ideal para crecer como líder de adoración. Me concedieron la libertad de explorar formas creativas de involucrar a las personas en el culto y empoderar a los artistas para hacer arte. Durante mis cinco años allí, la iglesia creció de doscientas a mil quinientas personas, y asistimos en la transformación de cientos de vidas.

Y aun así…

Kate y yo no podríamos haber anticipado hacia dónde nos llevaría nuestro viaje espiritual con Cristo. Tampoco teníamos idea cuán conservador sería nuestro nuevo ambiente. Verás, no mucho después de haber sido nombrado pastor (por un pelo de rana), adquirí el libro A New Kind Of Christian [Un nuevo tipo de cristianismo],de Brian McLaren. Había leído una entrevista con Rob Bell donde lo mencionaba como uno de aquellos aportes que le habían producido un impacto significativo.

Y yo sentiría el mismo impacto.

Leer A New Kind Of Christianfue una experiencia que me abrió los ojos. Por primera vez descubrí que existían otras expresiones y entendimientos del cristianismo que la versión occidental protestante evangélica bautista que había consumido y dejado hundir dentro de mí en la iglesia y la universidad. A través de Brian, aprendí que estaba bien hacer preguntas, y que estaba bien no saber todas las respuestas. Esto fue simultáneamente aterrador y liberador, ya que siempre me había enorgullecido de ser el Hombre con Respuestas Bíblicas, el tipo al cual las personas iban si tenían preguntas sobre Dios, la Biblia y la fe. Impresionaba a la gente con la sabiduría que tenía a tan corta edad, siempre con una respuesta a sus preguntas —incluso si tenía que inventar alguna para parecer inteligente.

Luego de terminar el libro de McLaren, me encontré en el viaje que abriría mi mente a todo tipo de bellas realidades sobre la religión a la que adhería, el Dios que adoraba y el Señor que seguía. Pero este nuevo curso, mientras más profundo me llevaba al corazón del sueño de Dios para la creación y más me acercaba al núcleo del mensaje del Reino de Jesús, más incrementaba la distancia entre la teología conservadora con la que crecí y yo. Como resultado, después de unos cuantos años en Arizona, se volvió dolorosamente obvio que quizás no encajábamos tanto en nuestra nueva iglesia como hubiéramos esperado.

Mi alejamiento del evangelicalismo conservador se encontró con el miedo y la frustración de algunas personas de nuestra iglesia. Descubrí que muchos evangélicos sostienen sus creencias con los puños tan cerrados que temen y resisten violentamente cualquier pregunta o desafío a sus convicciones. Dentro de esa cultura, con Kate aprendimos a guardar la mayoría de los cambios que nos sucedían dentro de nuestros corazones, para nosotros mismos; no nos sentíamos a salvo al manifestar nuestras preguntas o hablar sobre nuestras dudas. Y las pocas veces que nos abrimos fue como tratar de alimentar a un niño con la comida que odia: es complicado, confuso y nadie se siente bien al final.

Habíamos estado ahí tan solo un año cuando llegó la temporada de elección presidencial, Obama vs. McCain. Ni Kate ni yo sabíamos aún por quien íbamos a votar, en vista de que nos encontrábamos en el medio de demasiada transición teológica e ideológica, pero cuando la gente de nuestra iglesia envió un correo electrónico masivo sobre una historia extravagante que involucraba a Barack Obama, nos pareció prudente investigar su veracidad. Resultó ser que la verdad estaba a una búsqueda de Snopes4 de distancia. Sin embargo, cuando les enviamos a todos el enlace que revelaba cómo la historia había sido inventada, desencadenamos una tormenta de “preocupación”5 por el pastor “liberal” y su esposa. Una mujer muy preocupada apareció en nuestra casa la noche siguiente y nos advirtió: “Si votan a Obama, la sangre de los niños por nacer estará en nuestras manos”.

Un día, compartí un video de YouTube sobre una política de armas estricta que se había aprobado en Nueva York. La semana siguiente, un amigo me dijo en el almuerzo: “No pude animarme a adorar contigo el domingo porque no dejaba de pensar en ese video que publicaste y en cómo puedes estar en contra de las armas”.

Luego, compartí en Internet un video de John Piper en donde sugería que las esposas deberían soportar el abuso de sus esposos, y lo etiqueté con el hashtag #FALLApastoral; lo único que logré fue que las personas de la iglesia me dijeran que no debería criticar a John Piper. También sucedió que, en una reunión de ancianos, hablé en nombre de un amigo mío —un anciano recientemente dado de baja, cuyo matrimonio se estaba desmoronando— porque la junta sugirió que si él intentaba asistir a la iglesia, ellos lo acompañarían de regreso a la puerta delantera. Yo respondí: “Entonces, creo que yo lo acompañaría de nuevo hacia adentro”.

En resumidas cuentas, si bien creo que la mayor parte de la iglesia me amaba y gustaba de lo que llevaba a la adoración y al ministerio de artes, yo no encajaba en el molde de cómo se suponía que debía lucir un pastor cristiano. Mientras más crecía en mis nuevas convicciones, más amenazaban mis ideas y preguntas a los sistemas teológicos establecidos. Creo que, con el tiempo, ¡llegaron a verme como el “pastor liberal, hippie, amante de la paz, que cuestionaba la fe y tomaba el pecado a la ligera!”.

Bueno, supongo que no estaban muy alejados.

El poder de una pizza y una película

Milagrosamente, habíamos conseguido una niñera para la tarde, lo que nos daba la oportunidad de disfrutar de una noche en una nueva pizzería. Mientras esperábamos la comida, conscientes del silencio que llena el espacio cuando los hijos no están cerca, Kate y yo intentamos una hazaña que las parejas con niños pequeños rara vez disfrutan: tener una conversación.

“Bueno, ¿y qué piensas de la homosexualidad?”, le pregunté, mientras jugueteaba con una servilleta.

Era una noche de viernes a mediados de septiembre del 2010. Habíamos estado en Arizona durante cuatro años, y cada año que pasaba había traído más distancia entre nuestra teología y la de la iglesia. No puedo recordar por qué surgió el tema de la homosexualidad esa noche, pero había pasado un tiempo desde que alguno de los dos había hablado de ello.

Escuché a Kate explicarme que ya no creía que ser gay era pecado. Se había movido a un nuevo lugar en su vida, uno de cristianismo de inclusión total, abierto y solidario con la comunidad LGBTQ. Era sorprendente cuán lejos habíamos llegado, juntos y como individuos. El viaje hubiera sido mucho más aterrador y difícil si uno de los dos lo hubiera realizado solo.

Incluso mientras disfrutaba de mi pizza de corteza fina y escuchaba a Kate compartir su nueva resolución, todavía no estaba convencido en relación con lo que decía la Biblia. Durante mi tiempo en Arizona deconstruí la mayor parte de la fe en la que fui criado y la que aprendí durante la universidad. Si bien estaba reconstruyendo algunos aspectos de mi teología, todavía no había pasado tiempo en la exploración de los Versículos Garrote. La tensión entre mi cabeza y mi corazón permanecía. Y si bien puede que me sintiera menos confiado de que la Biblia condenara la homosexualidad, todavía no tenía paz con el asunto. Recuerdo que esa noche le dije a Kate: “Si bien ya no estoy preparado para llamar pecadoras a las personas gay ni para juzgarlas, todavía creo que no es la intención de Dios para la humanidad”.

Esa noche nos fuimos del restaurante con el compromiso de continuar la conversación. Así que, unas semanas después, oímos de un documental llamado “Porque la Biblia así lo dice”, que comparte las historias de cinco familias que sortean las dificultades de tener un hijo que se identifica como gay o lesbiana. Así que nos sentamos y lo vimos juntos. La película explora la relación entre la religión y la homosexualidad. Desentraña la historia de cómo la derecha religiosa ha estigmatizado y oprimido a la comunidad LGBTQ. Sin embargo, lo que más me impactó fueron las poderosas historias de hombres y mujeres que seguían a Dios y buscaban una relación honesta con Cristo, pero que también se sentían atraídos por miembros del mismo sexo. Sus historias normalizaron la problemática que tenía. De hecho, después de ver la película, me di cuenta de que no era un problema. De hecho, problema es una palabra horrible. Se trata de personas reales con historias reales.