Desconcierto (AdN) - Richard Powers - E-Book

Desconcierto (AdN) E-Book

Richard Powers

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La nueva y desgarradora novela del ganador del Premio Pulitzer por El clamor de los bosques. Una potente llamada de atención sobre los riesgos que atenazan a nuestro planeta. Finalista del Premio Booker 2021. Finalista del National Book Award 2021. Seleccionado por el club de lectura de Oprah Winfrey. El astrobiólogo Theo Byrne busca formas de vida en el cosmos mientras cría sin ayuda a su peculiar hijo de nueve años, Robin, tras la muerte de su esposa. Robin es un niño cariñoso y tierno que se pasa las horas pintando elaborados dibujos de animales en peligro de extinción y que está a punto de que lo expulsen del tercer curso por golpear a un amigo en la cara. Pese a que los problemas de su hijo aumentan, Theo intenta mantenerlo alejado de las medicaciones con fármacos psicoactivos. Así, descubre un tratamiento experimental de neurofeedback para potenciar el control de las emociones de Robin mediante unas sesiones de entrenamiento con patrones grabados del cerebro de su madre... Con unas descripciones del mundo natural sublimes, una prometedora visión de la vida más allá de nuestros confines y el relato de un amor incondicional entre padre e hijo, Desconcierto es la novela más íntima y conmovedora de Richard Powers. En su interior reside una pregunta: ¿cómo podemos contarles a nuestros hijos la verdad sobre nuestro hermoso y amenazado planeta?

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine.

RACHEL CARSON, El sentido del asombro

Por lo menos diremos precisadosque el cielo, tierra, mar, el sol y luna,y todo cuanto existe no son cuerpose individuos únicos aislados;antes llegan a ser innumerables.

LUCRECIO, De la naturaleza de las cosas

¿Pero puede que nunca los encontremos? Habíamos montado el telescopio en el porche descubierto durante aquella noche despejada de otoño, a orillas de uno de los últimos retazos de oscuridad del este de Estados Unidos. Era difícil encontrar semejante oscuridad y, cuando se concentraba de esa manera, el cielo se iluminaba. Apuntamos con el tubo hacia un hueco entre los árboles, por encima de la cabaña que habíamos alquilado. Robin apartó el ojo del ocular. Mi hijo, con sus nueve años recién cumplidos, triste, singular, en guerra con este mundo.

—Eso es —dije—. Puede que nunca los encontremos.

Intentaba decirle la verdad en cualquier circunstancia, siempre que yo la supiera y que no resultara letal. De todos modos, cuando mentía, él se daba cuenta.

Pero están por todas partes, ¿no? Lo habéis demostrado.

—Bueno, «demostrado» no exactamente.

A lo mejor están muy lejos, hay demasiado espacio vacío o algo parecido.

Trazó grandes círculos con los brazos como siempre que las palabras lo desafiaban. Se acercaba la hora de acostarse; eso tampoco ayudaba. Le puse la mano en la pelambrera rojiza y alborotada. Aquel color…, el color de Aly.

—¿Y sabes qué pasaría si nunca los oyéramos decir ni mu? ¿Qué significaría eso?

Levantó la mano. Alyssa siempre decía que, cuando se concentraba, se le oían los engranajes. Entornó los ojos para mirar por la lóbrega garganta de árboles. Con la otra mano se rascó el hoyuelo de la barbilla, una costumbre a la que recurría cuando reflexionaba. Se frotó con tanto vigor que tuve que pararlo.

—Robbie. ¡Oye! Hora de aterrizar.

Extendió la mano para tranquilizarme. Estaba bien. Solo quería pensar bien la pregunta, a oscuras, mientras pudiera.

¿Si nunca oyéramos nada? ¿Nunca jamás, quieres decir?

Asentí para alentar a mi científico: no hay prisa. La observación astronómica había concluido. Habíamos disfrutado de una noche despejadísima en un lugar famoso por la lluvia. Una luna del cazador se cernía oronda y roja sobre el horizonte. Por entre el círculo de árboles, tan afilada que parecía al alcance de la mano, se derramaba la Vía Láctea: incontables sedimentos moteados sobre un lecho negro. Si te quedabas quieto, casi veías las estrellas girar.

Nada definitivo. Eso pasaría.

Me eché a reír. Siempre me hacía reír al menos una vez al día, durante un rato además. Esa rebeldía. Ese escepticismo radical. Era tan yo. Tan ella.

—No —asentí—. No pasaría nada definitivo.

Entonces, si oyéramos «mu», ¡significaría un montón de cosas!

—Exacto.

Ya habría tiempo otra noche para explicar qué cosas. De momento, era hora de acostarse. Acercó el ojo al cañón del telescopio para echarle el último vistazo al núcleo resplandeciente de la galaxia de Andrómeda.

¿Podemos dormir fuera hoy, papá?

Yo había decidido que no asistiera al colegio durante una semana para llevarlo al bosque. Había tenido más problemas con sus compañeros de clase y ambos necesitábamos un descanso. No me parecía bien haber llegado hasta las Smoky para no dejarle dormir fuera una noche.

Entramos en la cabaña y preparamos nuestra expedición. La planta de abajo era una gran sala revestida de madera que olía a pino pulverizado con beicon. La cocina hedía a trapos húmedos y a yeso: los aromas del bosque templado lluvioso. Notas adhesivas pegadas en los armarios: «FILTROS DE CAFÉ ENCIMA DE LA NEVERA», «USEN LOS OTROS PLATOS, POR FAVOR». Un cuaderno verde de instrucciones abierto sobre la maltrecha mesa de roble con indicaciones sobre la fontanería, la ubicación de la caja de fusibles y los teléfonos de emergencia. Todos los interruptores de la casa estaban etiquetados: «TECHO», «ESCALERAS», «ENTRADA», «COCINA».

Las ventanas, hasta arriba, miraban hacia lo que, a la mañana siguiente, sería una extensión ondulada de montañas y más montañas. Un par de sofás rústicos llenos de pelotillas, decorados con un despliegue de alces, canoas y osos, flanqueaban la chimenea de piedra. Usurpamos los cojines, nos los llevamos fuera y los colocamos en el porche.

¿Podemos traer algo de picar?

—No me parece muy buena idea, colega. Ursus americanus. Dos ejemplares por milla cuadrada, capaces de oler unos cacahuetes desde aquí hasta Carolina del Norte.

¡Entonces, ni pensarlo! Levantó un dedo. ¡Pero eso me ha recordado algo!

Echó a correr hacia la casa y volvió con un libro de bolsillo: Mamíferos de las Smoky.

—¿En serio, Robbie? Está oscuro como la boca del lobo.

Levantó una linterna de emergencia, de esas que se cargan con una manivela. Por la mañana, al llegar, se había quedado fascinado con el artilugio y me había pedido explicaciones acerca de su funcionamiento mágico. Ahora no podía parar de generar sus propios electrones.

Nos acomodamos en nuestro campamento base improvisado. Parecía feliz, que era el único objetivo de aquel viaje especial. Tumbados en nuestros camastros sobre los listones del porche desnivelado, recitamos en voz alta la vieja oración laica de su madre y nos quedamos dormidos bajo los cuatrocientos mil millones de estrellas de nuestra galaxia.

Nunca creí en los diagnósticos que los médicos le dieron a mi hijo. Cuando un trastorno recibe tres nombres diferentes a lo largo de las décadas, cuando hacen falta dos subcategorías para abarcar síntomas completamente contradictorios, cuando, al cabo de una generación, de inexistente pasa a ser el trastorno infantil más diagnosticado en todo el país, cuando dos médicos diferentes quieren prescribir tres medicaciones distintas, ahí falla algo.

Mi Robin no siempre dormía bien. Mojaba la cama varias veces por temporada y eso lo avergonzaba sobremanera. Los ruidos lo perturbaban; le gustaba bajarle el sonido al televisor, tanto que yo dejaba de oírlo. Odiaba que el mono de trapo no estuviera colgado en el lavadero, en su sitio encima de la lavadora. Se gastaba toda la paga en cromos —«¡Colecciónalos todos!»—, pero los guardaba intactos en orden numérico dentro de las fundas de plástico de una carpeta especial.

Podía oler un pedo desde el otro extremo de una sala de cine llena de gente. Se pasaba horas concentrado en los minerales de Nevada y en los reyes y reinas de Inglaterra, cualquier cosa que apareciera en tablas. Dibujaba sin parar y lo hacía bien, insistiendo en pequeños detalles que a mí se me escapaban. Durante un año, máquinas y edificios complejos. Después, animales y plantas.

Sus declaraciones eran misterios disparatados para todos menos para mí. Citaba escenas completas de películas, aunque solo las hubiera visto una vez. Narraba recuerdos sin parar y se ponía contentísimo al repetir los detalles. Cuando terminaba un libro que le gustaba, lo recomenzaba de inmediato, desde la página uno. Se derrumbaba y explotaba por nada. Pero estallaba de alegría con la misma facilidad.

En las noches complicadas, cuando Robin se venía a mi cama, ocupaba el lado más alejado de los infinitos horrores que acechaban tras la ventana (su madre también quiso siempre el lado seguro). Soñaba despierto, tenía problemas con los plazos y, sí, se negaba a concentrarse en algo que no le interesase. Sin embargo, nunca estaba inquieto ni corría de un lado para otro ni hablaba sin cesar. Y podía quedarse inmóvil durante horas con las cosas que le gustaban. ¿Quién me explica en qué déficit encajaba todo eso? ¿Qué trastorno lo explicaba?

Las propuestas fueron numerosas, incluyendo síndromes relacionados con los millones de litros de toxinas con las que rociaban las reservas de alimentos del país. Su segundo pediatra se empeñó en colocar a Robin «en el espectro». Me dieron ganas de decirle que todos los seres vivos de este planeta pequeño y fortuito estaban en el espectro. En eso consiste, precisamente, un espectro. Me dieron ganas de decirle que la vida por sí misma es un trastorno del espectro donde cada uno de nosotros vibramos en una frecuencia única en un arcoíris continuo. Luego me dieron ganas de pegarle. Supongo que para eso también hay un nombre.

Por raro que parezca, esa compulsión para diagnosticar a la gente carece de nombre en el SDM.

Cuando expulsaron a Robin del colegio durante dos días e hicieron partícipes a sus propios médicos, me sentí el último retrógrado reaccionario. ¿Qué hacía falta explicar? La ropa sintética le provocaba un eccema tremendo. Sus compañeros lo acosaban porque no entendía los chismorreos malintencionados. Su madre murió aplastada cuando él tenía siete años. Su queridísimo perro murió desorientado varios meses después. ¿Qué otras razones necesitaban los médicos para un comportamiento alterado?

Al ver que la medicina le fallaba a mi hijo, desarrollé una teoría un tanto peregrina: la vida es algo que tenemos que dejar de corregir. Mi niño era un universo de bolsillo que yo jamás sondearía. Cada uno de nosotros somos un experimento y ni siquiera sabemos qué pretende demostrar.

Mi mujer habría sabido cómo hablar con los médicos. Nadie es perfecto, le gustaba decir a ella. Pero, tío, cuánta belleza hay en nuestros fallos.

Como era un niño, era normal que quisiera ver Las Vegas de la América profunda. Tres ciudades apiñadas y doscientos sitios donde pedir tortitas: ¿qué más se puede desear?

Recorrimos en coche veintisiete kilómetros sinuosos a lo largo de un río impresionante. Tardamos casi una hora en llegar desde la cabaña. Robin observaba el agua y examinaba los rápidos desde el asiento de atrás. El bingo de la naturaleza. Su nuevo juego favorito.

¡Un pájaro alto!, gritó.

—¿De qué tipo?

Pasó las hojas de su guía de campo. Temí que se mareara.

¿Una garza?

Volvió a mirar el río. Media docena de curvas más tarde, gritó de nuevo.

¡Un zorro! ¡Un zorro! ¡Lo he visto, papá!

—¿Gris o rojo?

Gris. ¡Qué pasada!

—El zorro gris trepa por los árboles para comer caquis.

No puede ser.

Lo buscó en Mamíferos de las Smoky. El libro me dio la razón. Robin refunfuñó y me aporreó el brazo.

¿Y tú cómo sabes todo eso?

Ojear sus libros antes de que se despertara me servía para ir siempre un paso por delante.

—Hombre, soy biólogo, ¿recuerdas?

Astro… mierdólogo.

Su sonrisa demostraba que acababa de cruzar una línea terrible. Me quedé boquiabierto, sorprendido y divertido a partes iguales. Su problema era la rabia, pero casi nunca se portaba mal. Para ser sincero, un poco de maldad tal vez lo habría protegido.

—Oye, señorito. Acabas de quedarte sin más periodos de vacaciones en lo que te resta de tu octavo año sobre la Tierra.

La sonrisa se le congeló y volvió a inspeccionar el río. Pero al cabo de varios cientos de metros por la carretera serpenteante de montaña, me puso la mano en el hombro.

Estaba de broma, papá.

Miré la carretera y le contesté:

—Yo también.

Hicimos cola en el museo de rarezas de Ripley. Aquel sitio lo sacó de sus casillas. Un montón de niños de su edad corrían por todas partes formando bandas de caos improvisado. Robbie se estremecía al oír sus gritos. Después de treinta minutos de espectáculo del horror, me rogó que nos marcháramos. En el acuario se sintió algo mejor, pese a que la raya que pretendía dibujar no se quedaba quieta.

Tras un almuerzo de patatas fritas y aritos de cebolla, subimos a la azotea en ascensor. Casi vomita sobre el suelo de cristal. Con los puños contraídos y la mandíbula apretada, declaró que era fantástico. Ya en el coche, parecía aliviado de haber dejado atrás Gatlinburg.

De camino a la cabaña, se puso meditabundo.

Este no habría sido el sitio favorito de mamá.

—No. Es probable que ni siquiera estuviera entre los tres mejores.

Se echó a reír. Yo podía hacerle reír si escogía bien el momento.

Esa noche estaba muy nublado para ver estrellas, pero volvimos a dormir fuera sobre nuestros cojines rústicos con estampado de alces y osos. Dos minutos después de que Robin apagara la linterna, susurré:

—Mañana es tu cumpleaños.

Pero ya se había dormido. Recité por los dos la oración de su madre en voz baja para poder tranquilizarlo en caso de que se despertara horrorizado por haberlo olvidado.

Por la noche, me despertó. ¿Cuántas estrellas decías que hay?

No podía enfadarme. Aunque me hubiera sacado del sueño, me alegré de que siguiera observando las estrellas.

—Multiplica todos los granos de arena de la Tierra por el número de árboles. Cien mil cuatrillones.

Le hice repetir «cero» veintinueve veces. Al cabo de quince ceros, su risa se convirtió en un gemido.

—Si fueras un astrónomo antiguo y usaras los números romanos, ni siquiera podrías escribir ese número. Aunque tardaras toda la vida.

¿Y cuántas estrellas tienen planetas?

Esa cifra cambiaba con mucha rapidez.

—Lo más probable es que cada estrella tenga al menos un planeta. Y habrá muchas con varios. La Vía Láctea podría albergar nueve mil millones de planetas como la Tierra en las zonas habitables de sus estrellas. A eso habría que añadirle las decenas de galaxias del Grupo Local…

Papá, ¿entonces…?

Era un niño acostumbrado a la pérdida. Como es lógico, el Gran Silencio lo atormentaba. El tamaño descomunal del vacío le hacía plantearse las mismas preguntas que Enrico Fermi formuló durante aquel famoso almuerzo en Los Álamos, Nuevo México, tres cuartos de siglo atrás. Si el universo era mayor y más antiguo de lo que nadie había imaginado, el problema era obvio.

¿Papá? Con todos esos lugares donde vivir, ¿cómo es que no hay nadie en ningún sitio?

Por la mañana fingí haberme olvidado qué día era. Mi hijo de nueve años recién cumplidos me caló enseguida. Mientras yo preparaba las fastuosas gachas de avena con media docena de ingredientes, Robin subía y bajaba la cabeza sin moverse del sitio, apoyado en la encimera, con saltitos nerviosos. Al comer, establecimos un nuevo récord de velocidad terrestre.

Vamos a abrir los regalos.

—¿Los qué? ¿No estás dando por hechas demasiadas cosas?

No es dar por hecho. Es una hipótesis.

Él sabía lo que le iba a regalar. Me lo había pedido durante meses: un microscopio digital que, al conectarlo a mi tableta, mostraba en la pantalla las imágenes ampliadas. Se pasó la mañana probando con el verdín de charca, con células del interior de la mejilla y con el envés de una hoja de arce. No le hubiera importado lo más mínimo dedicar el resto de las vacaciones a observar muestras y tomar notas.

Con miedo a que se pusiera demasiado eufórico, saqué la tarta que había comprado a escondidas en una tiendecita de los años cincuenta situada a los pies de la montaña. Sin darse cuenta, la cara se le iluminó.

¿Tarta, papá?

Se fue directo a la caja que yo había olvidado esconder. Estudió los ingredientes mientras sacudía la cabeza.

No es vegana, papá.

—Robbie. Es tu cumpleaños. Eso solo pasa… ¿cada cuánto? ¿Una vez al año?

No quiso sonreír.

Mantequilla. Productos lácteos. Huevo. A mamá no le parecería bien.

—Bueno, ¡yo vi a tu madre comer tarta en más de una ocasión!

Lamenté mis palabras en cuanto salieron de mi boca. Robin parecía una tímida ardilla que dudaba entre tomar la ansiada maravilla que tenía delante y huir por el bosque.

¿Cuándo?

—A veces hacía excepciones.

Robin miró la tarta, un intachable preparado de zanahoria cuya virtud habría asqueado a cualquier otro niño. Las serpientes acababan de invadir su breve edén de cumpleaños.

—No pasa nada, campeón. Se la podemos dar a los pájaros.

Vale. ¿Pero probamos un poco antes?

La probamos. Cada vez que se daba cuenta de que el sabor de la tarta lo alegraba, recuperaba su gesto meditabundo.

¿Cómo era de alta?

Él sabía su altura. Pero en ese momento necesitaba un número.

—Uno cincuenta y siete. Pronto serás más alto que ella. Era corredora, ¿te acuerdas?

Asintió, más para sí mismo que para mí.

Pequeñita pero matona.

Así se describía a sí misma cuando se preparaba para dar guerra en el Capitolio. A mí me gustaba decirle «compacta pero planetaria», una frase robada del soneto de Neruda que una vez le recité durante una noche otoñal que acabó en invierno. Tuve que recurrir a las palabras de otro hombre para pedirle que se casara conmigo.

¿Tú cómo la llamabas?

Siempre me ponía nervioso que me leyera la mente.

—Ah, de muchas maneras. Ya las sabes.

Sí, ¿pero cómo?

—Pues Aly de Alyssa. Y Aliada, porque era mi aliada.

Y doña Lissy.

—Eso nunca le gustó.

Mamá. ¡También la llamabas mamá!

—Sí, a veces sí.

Eso sí que es raro. Estiré el brazo para frotarle la cabeza. Él se apartó con brusquedad, pero lo dejó pasar. ¿Me cuentas otra vez cómo me pusisteis el nombre de Robin?

Él sabía perfectamente la razón de su nombre, que significa ‘petirrojo’. Había oído la historia infinidad de veces. Pero llevaba meses sin preguntarlo y no me importaba repetírselo.

—En nuestra primera cita, tu madre y yo fuimos a observar aves.

Antes de Madison. Antes de todo.

—Antes de todo. ¡A tu madre se le daba fenomenal! Los veía por todas partes. Reinitas, tordos y papamoscas… Para ella, todos los pájaros eran viejos amigos. Ni siquiera necesitaba verlos, los conocía de oído. Mientras tanto, yo miraba a mi alrededor e intentaba identificar a aquellos pajarillos marrones que para mí eran todos iguales…

¿Y te arrepentiste de no haberla llevado mejor al cine?

—Ahhh. Así que esta historia ya la conoces.

Puede que sí.

—Por fin, vi una mancha rojiza asombrosa. Estaba salvado. Empecé a gritar: «¡Oh, oh, oh!».

Y mamá dijo: «¿Qué has visto? ¿Qué has visto?».

—Se puso muy contenta.

Y entonces soltaste una palabrota.

—Sí, puede que soltara una palabrota. Menuda humillación. «Jo. Lo siento. Es solo un petirrojo», dije. En ese momento pensé que jamás volvería a verla. —Mi hijo esperó el desenlace de la historia. Por alguna razón, necesitaba oírlo una vez más—. Pero tu madre miraba por los prismáticos como si mi hallazgo fuera la forma de vida más exótica que hubiera visto jamás. Sin despegar los ojos, dijo: «El petirrojo es mi pájaro favorito».

Y ahí te enamoraste de ella.

—Ahí supe que quería pasar con ella todo el tiempo posible. Se lo dije después, cuando ya nos conocíamos mejor. Empezamos a repetir lo del petirrojo a todas horas. Cada vez que hacíamos algo juntos, cuando leíamos el periódico o nos cepillábamos los dientes o hacíamos la declaración de la renta o sacábamos la basura. Con cada tontería o con cada cosa aburrida que dábamos por sentada. Cruzábamos la mirada, nos leíamos la mente y uno de los dos decía: «¡El petirrojo es mi pájaro favorito!».

Se levantó y colocó su plato sobre el mío, los acercó al fregadero y abrió el grifo.

—¡Oye, que es tu cumple! Me toca a mí fregar los platos.

Se sentó frente a mí con su cara de «mírame a los ojos». ¿Te puedo hacer una pregunta? Pero no me mientas. La sinceridad es importante para mí, papá. ¿El petirrojo era de verdad su pájaro favorito?

Yo no sabía ser padre. La mayoría de las veces, me limitaba a imitar lo que ella hacía antes. En un solo día cometía suficientes errores como para marcarlo de por vida. Mi única esperanza era que, de algún modo, esas equivocaciones se compensaran entre ellas.

—¿Te digo la verdad? El pájaro favorito de tu madre era el que tuviera enfrente en cada momento.

Esa respuesta lo puso nervioso. Nuestro niño curioso, tan extraño como cualquiera. Abrumado por el peso de la historia antes incluso de haber aprendido a hablar. Seis años que parecen sesenta, dijo Aly pocos meses antes de morir.

—Pero el petirrojo era el pájaro nacional, para ella y para mí. Hacía que las cosas fueran especiales. Con solo decir esa palabra, la vida era mejor. Nunca pensamos en ponerte otro nombre.

Apretó los dientes. ¿Tenías idea de lo que sería llamarse como un petirrojo?

—¿A qué te refieres?

Me refiero al cole, al parque… A todas partes. Llamarse así todos los días.

—Robbie, escucha. ¿Se han vuelto a meter contigo los niños del cole?

Cerró un ojo y se apartó. ¿Cuenta que todos los de mi curso me miren con cara de idiota?

Levanté las manos para pedir perdón. Alyssa siempre decía: El mundo va a destrozar a este niño.

—Robin es un nombre muy digno. De hombre y de mujer. Podrías hacer muchas cosas buenas con él.

A lo mejor en otro planeta. Hace miles de años. Pero gracias otra vez, chicos.

Miró por el ocular del microscopio para evitarme. Su toma de notas se volvió concienzuda. Si alguien lo hubiera visto desde fuera, habría pensado que la investigación era real. En un informe confidencial, su profesora de segundo se refirió a él como «lento aunque no siempre minucioso». En lo de la lentitud tenía razón, pero no en lo de la minuciosidad. Si le daban tiempo, era capaz de alcanzar un nivel de precisión superior al que ella imaginaba.

Salí al porche para respirar el olor de los árboles. El bosque se extendía en todas direcciones. Cinco minutos más tarde —a él seguro que le parecieron una eternidad—, Robin salió y se deslizó por debajo de mi brazo.

Perdona, papá. Es un buen nombre. Y no pasa nada por ser…, ya sabes, confuso.

—Todo el mundo es confuso. Y todo el mundo está confuso.

Me puso un papel en la mano. Mira esto. ¿Qué te parece?

En la esquina superior izquierda, un pájaro de perfil, coloreado a lápiz, miraba hacia el centro de la hoja. Lo había dibujado bien, con vetas en el cuello y unas manchas blancas alrededor del ojo.

—Pero bueno, fíjate. El pájaro favorito de tu madre.

¿Y este qué te parece?

Un segundo pájaro de perfil miraba desde el ángulo derecho. Ese también era inconfundible: un cuervo con las alas plegadas, como un hombre vestido de esmoquin con las manos en la espalda. Mi nombre venía de bran, cuervo en irlandés.

—Qué bonito. ¿Invención de Robin Byrne?

Recuperó el dibujo y lo examinó con la intención de efectuar ligeras correcciones. ¿Podemos imprimirlos en papel y sobres de carta cuando volvamos a casa? Necesito material para escribir.

—A lo mejor, cumpleañero.

Lo llevé al planeta Dvau, con tamaño y temperatura similares al nuestro. Tenía montañas, llanuras y agua superficial, una atmósfera densa con nubes, viento y lluvia. Los ríos erosionaban las rocas formando grandes canales que arrastraban el sedimento hasta unos mares agitados.

Mi hijo temblaba mientras asimilaba la información. ¿Se parece a esto, papá? ¿Se parece a la Tierra?

—Un poco.

¿Cuál es la diferencia?

La respuesta no resultaba obvia desde la costa rocosa y rojiza en la que nos encontrábamos. Nos dimos la vuelta y echamos un vistazo. En todo el paisaje, no crecía nada.

¿Está muerto?

—No, muerto no. Prueba con el microscopio.

Se arrodilló y colocó en el portaobjetos una capa fina del agua que la marea había dejado al retirarse. Criaturas por doquier: espirales y palos, pelotas de fútbol y filamentos; estriados, porosos, rodeados de flagelos. Le habría llevado una eternidad dibujar tanta variedad.

¿Quieres decir que es un planeta joven, que acaba de empezar?

—Es tres veces más viejo que la Tierra.

Miró el paisaje marchito de su alrededor. Entonces, ¿qué falla? Para mi niño, las grandes criaturas que pululaban por todas partes eran un regalo divino.

Le dije que Dvau era casi perfecto: el lugar ideal, situado en un tipo de galaxia adecuada, con la metalicidad justa y poco riesgo de aniquilación por radiación y otras perturbaciones fatales. Giraba a la distancia idónea de un tipo de estrella favorable. Como la Tierra, tenía placas tectónicas y volcanes y un campo magnético potente que propiciaba la estabilidad de los ciclos del carbono y las temperaturas constantes. Como la Tierra, estaba bañado con agua de los cometas.

¡Madre mía! ¿Cuántas cosas necesitaba la Tierra?

—Más de las que merece un planeta.

Trató de chascar los dedos, pero los tenía demasiado elásticos y pequeños para hacerlos sonar.

¡Ya sé! ¡Meteoros!

Pero al igual que la Tierra, Dvau estaba protegido del bombardeo extremo gracias a otros grandes planetas situados en una órbita más lejana.

Entonces, ¿cuál es el fallo? Parecía a punto de echarse a llorar.

—Que no hay una gran luna. Nada en las inmediaciones que estabilice el giro.

Subimos a una órbita cercana y el mundo se tambaleó. Vimos que los días cambiaban caóticamente y que abril daba paso a diciembre, luego a agosto, luego a mayo.

Observamos el transcurso de millones de años. Los microbios alcanzaban un límite, como una balsa al chocar contra el muelle. Cada vez que la vida intentaba abrirse paso, el planeta rotaba con rapidez y reducía la existencia, una vez más, a los seres extremófilos.

¿Siempre?

—Hasta que una llamarada solar quema su atmósfera.

Al verle la cara, me dieron ganas de abofetearme por haberle soltado algo así con tanta brusquedad.

Qué guay, dijo con una valentía fingida. Mola.

Dvau se precipitó con su aridez por el horizonte. Robin sacudió la cabeza mientras decidía si ese sitio era una tragedia o un triunfo. Me miró. Cuando habló, fue para hacerme la primera pregunta de la vida, en cualquier lugar del universo.

¿Qué más, papá? ¿Qué más? Enséñame otro.

Al día siguiente, nos fuimos al bosque. Robin estaba nervioso. Nueve años, papá. ¡Ya puedo ir delante! La ley por fin lo liberaba de la silla de seguridad de atrás. Llevaba toda la vida esperando ver el paisaje desde el asiento del copiloto. Buah, mucho mejor desde aquí.

La niebla se espesaba entre los pliegues de la montaña. Pasamos por el pueblito que flanqueaba la carretera, con sus dos filas de construcciones a cada lado: una ferretería, una tienda de comestibles, tres asadores, varios locales de alquiler de flotadores, algunas tiendas de ropa. A continuación, nos sumergimos en doscientas mil hectáreas de bosque restaurado.

Ante nosotros, los restos de una cordillera que antaño superó en altura la del Himalaya resistía en forma de estribaciones redondeadas. Limón, ámbar y canela: la gradación completa de los colores caducifolios discurría por las vertientes. Los oxidendros y los liquidámbares cubrían de carmesí las cumbres. Tomamos la curva hacia el interior del parque. Robin emitió un prolongado sonido de asombro.

Dejamos el coche en el punto de partida del sendero. Yo llevaba una mochila de montaña con la tienda, los sacos de dormir y el hornillo. Robin, tan delgado, cargaba con una mochila pequeña llena de pan, sopa de alubias, utensilios para cocinar y malvaviscos. El peso lo encorvaba. Pasamos por una loma y bajamos hacia una zona de acampada libre junto a un arroyo, un lugar que en una ocasión fue el único planeta que necesité y que esa noche sería solo para nosotros.

La prodigalidad otoñal se derramaba por los Apalaches del Sur. Los rododendros que descendían por los barrancos formaban espesos matorrales que atestaban las cuestas y disparaban la claustrofobia de Robin. Sobre ese frenesí de arbustos se levantaba un dosel de nogales, tsugas y tulíperos igual de exuberante.

Robin se paraba cada cien metros para dibujar un retazo de musgo o un hormiguero bullente. A mí eso no me importaba. Descubrió una tortuga de caja del este que se alimentaba de una masa de pulpa ocre. Cuando nos acercamos, el animal se mostró desafiante y estiró el cuello. Huir no era una opción. Solo cuando Robin se arrodilló a su lado, la criatura retrajo la cabeza. Robin delineó las letras cuneiformes marcianas que formaban mensajes ilegibles sobre la cúpula del caparazón.

Subimos por el bosque caducifolio de hondonada a lo largo de un sendero del Cuerpo Civil de Conservación, trazado por unos muchachos desempleados poco mayores que Robin antes de que la empresa comunal se convirtiera en el enemigo. Estrujé la hoja en forma de estrella de un liquidámbar, entre turquesa de agosto y teja de octubre, y le pedí que la oliera. Soltó un grito de sorpresa. La corteza raspada de una nuez pecana le impresionó aún más. Dejé que mascara la punta de una hoja burdeos y saboreó el amargor del oxidendro.

El humus impregnaba el aire. A lo largo de más de un kilómetro, el sendero era abrupto como una escalera. Unas sombras espectrales nos siguieron mientras discurríamos entre los árboles de hoja caduca. Tras bordear un afloramiento de rocas musgosas, el mundo dejó de ser una húmeda hondonada de bosque caducifolio y se convirtió en un lugar más seco de pinar y robledal. Era un año de montanera. Las bellotas se apilaban en el camino y las pisábamos con cada paso.

Sobre la hojarasca de una concavidad junto al sendero, crecía la seta más compleja que había visto jamás. Formaba un hemisferio color crema más grande que mis dos manos. A su alrededor, una cenefa estriada de hongos ondeaba con una superficie tan sinuosa como una gorguera isabelina.

¡Hala! ¿Quééé…?

No supe qué contestar.

Más adelante, estuvo a punto de pisar un milpiés negro y amarillo. El animal se retorció y formó una bola en mi mano. Abaniqué el aire por encima de la criatura hacia la nariz de Robin.

¡Ostras!

—¿A qué huele?

¡A mamá!

Me eché a reír.

—Sí, es verdad. Esencia de almendra. El olor de mamá cuando hacía repostería.

Se llevó despacio la palma de mi mano a la nariz. Qué fuerte.

Exacto, fuerte y silvestre.

Quería más, pero solté el ciempiés entre unos juncos y continuamos nuestro camino. No le dije a mi hijo que ese delicioso olor era cianuro, tóxico en grandes dosis. Y debí hacerlo. La sinceridad era muy importante para él.

Un kilómetro cuesta abajo nos llevó hasta un claro junto a un arroyo rocoso. Una zona de cascadas blancas daba paso a unas pozas abiertas más profundas. El laurel de montaña y unos bosquecillos de sicomoros moteados flanqueaban ambas orillas. Ese emplazamiento era más hermoso de lo que recordaba.

Nuestra tienda era una maravilla de la ingeniería, más liviana que un litro de agua y no mucho mayor que un rollo de papel de cocina. Robin la montó sin ayuda. Encajó las delgadas varillas, las insertó en los ojales de la tienda, abrochó las presillas de la tela en el exoesqueleto tensado y ¡listo!: nuestro hogar para la noche.

¿Necesitaremos el cubretecho?

—¿Cómo vas hoy de suerte?

Iba bastante bien. Yo también. Seis tipos de bosque a nuestro alrededor. Mil setecientas plantas angiospermas. Más especies arbóreas que en toda Europa. Treinta clases de salamandras, por Dios. El planeta Sol-3, ese puntito azul, tenía muchas cosas buenas cuando te alejabas lo suficiente de la especie dominante y te despejabas la cabeza.

Sobre nosotros, un cuervo del tamaño de un mono alado de Oz voló hacia un pino blanco.

—Ha venido a la inauguración del Campamento Byrne.

Gritamos con entusiasmo y el ave se marchó. Entonces, después de la dura caminata con la mochila a cuestas en una jornada que había vuelto a superar en varios grados las temperaturas máximas registradas, decidimos darnos un baño.

Una pasarela constituida por un grueso tulípero atravesaba una de las cascadas. A ambos lados, las rocas salpicadas de líquenes, musgo y algas parecían obras de pintura de acción. El arroyo era tan cristalino que se veía el lecho pedregoso. Nos abrimos paso río arriba entre la maleza y nos topamos con una piedra grande y plana. Me preparé para entrar con cuidado en la corriente. Mi hijo, escéptico, me miraba con ganas de creer lo que estaba viendo.

El agua me golpeó el pecho y me empujó hacia un cúmulo de rocas. Lo que desde la orilla parecía liso resultó ser una cordillera ondulante de micromontañas sumergidas. Me zambullí en las aguas revueltas. Resbalé al pisar una piedra desgastada por los siglos de erosión del agua. Entonces recordé cómo había que proceder. Me senté en el torrente y dejé que el arroyo helado rompiera sobre mí.

Al tocar por primera vez la corriente gélida, Robin chilló. Pero el dolor duró solo medio minuto y sus alaridos se convirtieron en carcajadas.

—Agáchate —grité—. Gatea. Saca el anfibio que llevas dentro.

Robbie se rindió a la agitación extática. Nunca le había dejado hacer algo tan peligroso. Se enfrentó a la corriente a cuatro patas. Una vez que comprendió cómo debía mover las piernas, avanzamos hasta un lugar en medio de la turbulencia. Allí nos introdujimos en un hueco entre las rocas y nos aferramos al impetuoso jacuzzi. Era como hacer surf marcha atrás: inclinados y en equilibrio mediante el ajuste constante de un centenar de músculos. La capa de agua sobre las piedras, la luz que arañaba la superficie ondulada y el flujo constante y extraño de las olas estacionarias que rugían sobre nuestro emplazamiento espumoso hipnotizaron a Robin.

La corriente empezó a parecer casi cálida, atemperada por la fuerza del agua y de nuestra adrenalina. Pero se enroscaba como algo salvaje. Río abajo, el rabión estaba cubierto por una bóveda de naranjos que se alzaba desde ambas orillas. Detrás de nosotros, río arriba, el futuro corría hacia un pasado salpicado por el sol.

Robin se miró los brazos y las piernas sumergidos. Peleaba contra las aguas retorcidas y serpenteantes. Es como un planeta donde la gravedad cambia todo el rato.

Unos peces con rayas negras, del tamaño de mi meñique, se acercaron para besarnos las extremidades. Tardé un rato en darme cuenta de que se estaban alimentando de las escamas de piel muerta. Robin no se cansaba. Era el ejemplar principal de su propio acuario.

Nos desplazamos bocarriba contra la corriente, como cangrejos, con las piernas abiertas mientras con los brazos buscábamos asideros bajo el agua. Robin avanzaba de lado, de un salto de agua a otro, y jugaba a ser un crustáceo. Una vez encajonados en una nueva cavidad rocosa, inspiré el olor de la espuma percolada, todos los iones negativos rotos por la agitación del aire y el agua. El juego de sensaciones me fascinó: el aire cargado de espuma, la corriente mordaz, la caída en picado del agua, un último baño juntos al final del año. Y como cualquier ola de aquel arroyo pedregoso, me elevé justo antes de estrellarme.

Unos cien metros más arriba, Alyssa descendía con los pies por delante con un traje de neopreno ajustado como una segunda piel. Me agarré con fuerza para atraparla, pero ella no dejaba de gritar mientras la corriente la sacudía entre los rápidos. Su cuerpo se bamboleaba hacia mí, pequeño pero matón, y se inflaba cada vez más hasta que, cuando por fin mis músculos se estiraron para alcanzarla, me atravesó.

Robbie se soltó de donde estaba agarrado y se escurrió por los rápidos. Alargué el brazo para que se enganchara a él. Me aferró con fuerza y buscó mis ojos. Oye, ¿qué te pasa?

Le sostuve la mirada.

—Nada, que me he puesto triste. Pero solo un poco.

¡Papá! Sacudió la mano que tenía libre para señalar una muestra de lo que nos rodeaba. ¿Cómo puedes estar triste? ¡Mira donde estamos! ¿Quién tiene algo así?

Nadie. Nadie en el mundo.

Se sentó en la corriente, aún aferrado a mí, tratando de entender. No tardó más de medio minuto. Un momento. ¿Estuviste aquí con mamá? ¿De luna de miel?

Su superpoder, claro. Sacudí la cabeza maravillado.

—¿Cómo lo haces, Sherlock?

Puso un gesto serio y se levantó. Mientras se tambaleaba en el agua, examinó la cuenca del río con ojos nuevos.

Con razón.

De vuelta al campamento, me sentí ávido de actualidad. En el mundo sucedían cosas de las que no sabía nada. Los mensajes de mis colegas se apilaban en mi bandeja de entrada. Diversos astrobiólogos de los cinco continentes se apiñaban alrededor de las últimas publicaciones. Los casquetes de hielo se rompían en la Antártida. Los jefes de Estado ponían a prueba los límites de la credulidad pública. Por todas partes estallaban pequeñas guerras.

Reprimí el mono informativo mientras Robin y yo pelábamos ramitas de pino para encender una hoguera. Habíamos colgado las mochilas de una cuerda entre dos sicomoros para que ni los osos más glotones las alcanzaran. Con el fuego encendido, nuestra única responsabilidad en el mundo era calentar las alubias y tostar los malvaviscos.

Robin se quedó mirando las llamas. Con una monotonía robótica que habría alarmado a su pediatra, repetía: Esto es vida. Y un minuto después: Siento que este es mi sitio.

No hicimos nada, salvo observar las chispas, y eso lo hicimos bien. Una última raya de sol dibujó las montañas del oeste. Las laderas boscosas, después de haber inhalado durante todo el día, comenzaban de nuevo a exhalar. Las sombras parpadeaban alrededor de la fogata. Robin volvía la cabeza al menor ruido. Sus grandes ojos difuminaban la frontera entre el asombro y el miedo.

Está demasiado oscuro para dibujar, susurró.

—Sí —dije, aunque seguramente habría podido hacerlo incluso en la oscuridad.

¿Gatlinburg era como esto?

La pregunta me pilló por sorpresa.

—Allí los árboles eran más grandes. Mucho más viejos. La mayoría de estos tienen menos de cien años.

Un bosque puede hacer muchas cosas en cien años.

—Pues sí.

Entrecerró los ojos para devolver a su estado natural lugares de todo tipo: Gatlinburg, Pigeon Forge, Chicago, Madison. Yo hice lo mismo durante mis peores noches, tras la muerte de Alyssa. Pero en la mente de este niño, el único que me mantenía a flote, ese deseo no parecía sano. Cualquier padre en condiciones habría tratado de quitarle esas ideas de la cabeza.

Robin me ahorró el esfuerzo. Su voz seguía susurrante, casi robótica. Pero vi que le brillaron los ojos mientras observaba el fuego. ¿Mamá leía poesía por la noche? ¿Se la leía a Chester?

Quién sabe cómo saltaba de una idea a otra. Yo había dejado de intentar averiguarlo tiempo atrás.

—Sí.

Era el ritual favorito de Alyssa desde mucho antes de que yo apareciera en su vida. Tras dos copas de vino tinto, le dedicaba sus estrofas favoritas al perro adoptado mezcla de border collie con beagle más casero que una vez pisó la Tierra.

Poesía. ¡A Chester!

—Yo también la escuchaba.

Ya lo sé, dijo. Pero estaba claro que yo no contaba.

Las brasas chisporrotearon y volvieron a convertirse en lingotes de color gris rojizo. Por un momento temí que me preguntara por sus poemas favoritos. Sin embargo, dijo:

Deberíamos conseguir otro Chester.

La muerte de Chester casi acaba con él. Toda la tristeza por Alyssa que reprimió para protegerme se desbordó tras la pérdida del viejo animal tullido. La ira se apoderó de él y dejé que los médicos lo medicaran durante una temporada. En lo único que pensaba Robin era en conseguir otro perro. Durante bastante tiempo, me negué. Por alguna razón, esa idea me traumatizaba.

—No sé, Robbie. —Golpeé las cenizas con un palo—. No creo que haya otro Chester.

Hay perros buenos, papá. Por todas partes.

—Es mucha responsabilidad. Hay que darle de comer, sacarlo, limpiar las cacas. Leerle poesía todas las noches. A la mayoría de los perros ni siquiera les gusta la poesía, ya lo sabes.

Soy muy responsable, papá. Más responsable que nunca.

—Vamos a consultarlo con la almohada, ¿vale?

Apagó el fuego con varios litros de agua para demostrar lo responsable que era. Nos metimos en la tienda para dos y nos tendimos bocarriba, uno al lado del otro, sin cubretecho, con una ligerísima red entre nosotros y el universo. Las copas de los árboles se mecían por delante de la luna del cazador. En la cara se le fraguó una idea mientras estudiaba las ramas en movimiento.

¿Y si colgamos un tablero de güija gigante bocabajo por encima de los árboles? ¡Podrían mandarnos mensajes y nosotros los leeríamos!

Por encima de nosotros, un pájaro lanzó otro mensaje críptico que ningún humano descodificaría jamás. Piripipí-pi. Me dispuse a decir su nombre, pero no hizo falta. El chotacabras cuerporruín no callaba y su canto era inconfundible. Piripipí-pi. Piripipí-pi. Piripipí-pi. Piripipí-pi.

Robin me agarró del brazo. ¡Se está volviendo loco!

El ave repetía su llamada al frescor de la noche. Comenzamos a contar juntos en voz baja, pero paramos al llegar a cien: el animal no daba muestras de flaqueza. Aún perseveraba cuando a Robin se le empezaron a cerrar los ojos. Le di un codazo.

—¡Oiga, señor! Casi se nos olvida. «Que todos los seres vivos…»

«… se liberen del sufrimiento innecesario.» ¿De dónde viene eso, por cierto? Antes de mamá, quiero decir.

Se lo conté. Venía del budismo, los Cuatro Inconmensurables.

—Hay cuatro actitudes que merece la pena practicar. Ser amable con todos los seres vivos; permanecer sereno y en calma; sentir felicidad por cualquier criatura que esté feliz en cualquier lugar, y recordar que todo sufrimiento es también tuyo.

¿Mamá era budista?

Me eché a reír y me pegó un puñetazo en el brazo con los dos sacos de dormir de por medio.

—Tu madre era su propia religión. Cuando decía algo era porque había que decirlo. Cuando hablaba, todo el mundo la escuchaba. Incluso yo.

Emitió un sonido vocálico y se acurrucó. Algún recolector de gran tamaño golpeó unas ramitas en la ladera que se elevaba junto a nuestra tienda. Otras criaturas más pequeñas husmeaban por la hojarasca. Los murciélagos cartografiaban el dosel arbóreo con frecuencias inalcanzables para nuestros oídos. Pero nada importunaba a mi hijo. Cuando Robin estaba feliz, tenía los Cuatro Inconmensurables cubiertos.

—Una vez me dijo que daba igual lo malo que hubiera sido el día para ella, que si recitaba esas palabras antes de acostarse, a la mañana siguiente estaría preparada para cualquier cosa.

Una pregunta más, dijo. Exactamente, ¿a qué te dedicas?

—Ay, Robbie. Es tarde.

En serio. Cuando me lo preguntan en el colegio, ¿qué respondo?

Esa había sido, un mes antes, la causa de su expulsión temporal. El hijo de un banquero le preguntó a Robin en qué trabajaba su padre. Robin respondió: «Busca vida en el espacio exterior». Eso dio pie a que el hijo de un ejecutivo de marca añadiera: «¿En qué se parecen el padre del Petirrojo y un trozo de papel higiénico? Los dos dan vueltas alrededor de un agujero negro buscando klingons». Robin perdió los nervios y, según parece, amenazó con matarlos a los dos. Por entonces eso era motivo de expulsión definitiva y de tratamiento psiquiátrico inmediato. Al final salimos bien parados.

—Es complicado.

Señaló el bosque que teníamos encima. Tenemos tiempo.

—Hago programas para reunir todo lo que sabemos sobre los sistemas de los planetas: las rocas, los volcanes, los mares, todos los datos físicos y químicos…, y predecir así qué tipo de gases podrían estar presentes en su atmósfera.

¿Por qué?

—Porque las atmósferas forman parte de los procesos de la vida. La mezcla de gases pueden decirnos si el planeta está vivo.

¿Como aquí?

—Eso es. Mis programas han anticipado incluso la atmósfera de la Tierra en diferentes momentos de la historia.

Papá, el pasado no se anticipa.

—Cuando aún no lo conoces, lo puedes anticipar.

¿Y cómo sabes qué tipo de gases tiene un planeta a una distancia de centenares de años luzsin verlo siquiera?

Suspiré y cambié la atmósfera del interior de la tienda. Había sido un día largo, y para comprender lo que Robin preguntaba hacían falta diez años de trabajo académico. Pero la pregunta de un niño siempre era el inicio de todas las cosas.

—Vale. ¿Te acuerdas de los átomos?

Sí. Pequeñitos.

—¿Y de los electrones?

Sí. Muy muy pequeñitos.

—Los electrones de un átomo solo pueden estar en ciertos niveles energéticos. Como si estuvieran en los peldaños de una escalera. Cuando cambian de escalón, absorben o desprenden energía en una frecuencia específica. Esas frecuencias dependen del tipo de átomo en el que estén.

De locos. Sonrió hacia los árboles que cubrían la tienda.

—¿Crees que eso es de locos? Pues ya verás ahora. Al mirar el espectro de luz de una estrella, se ven unas pequeñas líneas negras en la frecuencia de esos escalones. Eso se llama espectroscopia y nos dice qué átomos están en esa estrella.

Unas pequeñas líneas negras. De los electrones, a un porrón de kilómetros. ¿Quién descubrió eso?

—Somos una especie muy lista, los humanos.

No contestó. Supuse que se había quedado dormido, un buen final para un día estupendo. Hasta el chotacabras lo aceptó y dio por concluida la jornada. El silencio que dejó se llenó con el serrar de los insectos y el fluir del río.

Yo también debí de quedarme dormido, porque Chester estaba sentado con el hocico en mi pierna y gemía mientras Alyssa nos leía algo acerca de la recuperación de la inocencia radical en el alma.

¡Papá! ¡Papá! Ya lo he entendido.

Me levanté de la red del sueño.

—¿Entender qué, cariño?

Con los nervios, pasó por alto el apelativo cariñoso. Por qué no los oímos.

Medio dormido, no tenía ni idea de lo que me decía.

¿Cómo se llaman los que se comen las rocas?

Mi hijo intentaba resolver la paradoja de Fermi: cómo, a pesar de todo el tiempo y el espacio, parecía no haber nadie más que nosotros en el universo. Le daba vueltas a la pregunta desde nuestra primera noche en la cabaña, cuando observamos la Vía Láctea con el telescopio: ¿dónde estaba todo el mundo?

—Litótrofos.

Se llevó la mano a la frente.

¡Eso! ¡Litótrofos! Entonces, pongamos que hay un planeta rocoso lleno de litótrofos, que viven de las rocas sólidas. ¿No ves el problema?

—Pues todavía no.

¡Venga ya, papá! A lo mejor viven en metano líquido o algo así. Son superlentos, están casi congelados. Sus días son como nuestros siglos. ¿Y si sus mensajes tardan demasiado en llegar, tanto que no nos enteramos de que son mensajes? A lo mejor necesitan cincuenta años de los nuestros para enviar dos sílabas.

Nuestro chotacabras comenzó a cantar de nuevo en la lejanía. Dentro de mi cabeza, Chester, con su sufrimiento infinito, aún se enfrentaba a Yeats.

—Es una gran idea, Robbie.

Y a lo mejor hay un mundo de agua donde pululan unos peces voladores superlistos y superrápidos que intentan captar nuestra atención.

—Pero nos envían unos mensajes demasiado rápidos para que los comprendamos.

¡Exacto! Tendríamos que intentar escuchar en diferentes velocidades.

—Tu madre te quiere mucho, Robbie, ¿lo sabes? —Ese era nuestro pequeño código y él lo toleró, pero no sirvió para calmar su nerviosismo.

Por lo menos cuéntaselo a los que se encargan de escuchar en el SETI, ¿vale?

—Se lo diré.

Sus siguientes palabras me despertaron de nuevo. Un minuto, tres segundos, media hora más tarde… Quién sabe cuánto tiempo después.

¿Te acuerdas de cuando mamá decía: «¿Cómo de rico eres, pequeñajo?».

—Me acuerdo.

Levantó las manos hacia los indicios de la montaña iluminada por la luna. Los árboles combados por el viento. El rugido del río próximo. Los electrones que caían por la escalera de sus átomos en esta singular atmósfera. Su rostro, en la oscuridad, buscaba la exactitud con desesperación.

Pues así de rico soy.

Cuando por fin me dejó dormir, no pude. Nos encontrábamos muy a gusto los dos, acampados en el bosque con unos botes de alubias y un cuaderno de dibujo. Pero en el instante en que volviéramos a la civilización, yo estaría hasta arriba de trabajo y Robin regresaría a un colegio que odiaba donde, sin querer, espantaba a los niños que lo rodeaban. Al llegar a Madison, el edén estaría de nuevo talado.

Todo lo relativo a la paternidad ya me aterrorizaba mucho antes de que Alyssa irrumpiera un día en mi despacho de Sterling Hall y gritara: «Profesor, estés o no preparado, ¡vamos a tener compañía!». La abracé frente a la ovación jocosa de mis colegas. Pero esa fue la última vez que llevé a cabo mis responsabilidades paternales de manera intachable.