Orfeo (AdN) - Richard Powers - E-Book

Orfeo (AdN) E-Book

Richard Powers

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Beschreibung

Del autor de "El clamor de los bosques", Premio Pulitzer 2019 En "Orfeo", el compositor Peter Els abre la puerta de su casa una tarde para hallar a la policía en su umbral. Su laboratorio de microbiología casero, su último experimento en su carrera vital por hallar música en patrones sorprendentes, ha levantado las sospechas de Seguridad Nacional. Llevado por el pánico a la redada, Els se fuga, ganándose el sobrenombre de "el Bach Bioterrorista", y concibe un plan para transformar esa desastrosa colisión con el Estado de seguridad en una inolvidable obra de arte que redescubrirá a su audiencia los sonidos de su entorno.

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Seitenzahl: 578

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Agradecimientos

Por mi narración en este libro sobre la creación y el estreno de Quatuor pour la fin du temps de Oliver Messiaen, le doy las gracias al excelente libro de Rebecca Rischin For the End of Time.

Una obertura pues:

Unas luces resplandecen en una casa de estilo craftsman de un barrio modesto, a última hora de una tarde primaveral, en el décimo año del mundo modificado. Las sombras bailan contra las cortinas: un hombre trabaja tarde, como todas las noches durante ese invierno, delante de unas estanterías repletas de objetos de cristal. Está vestido de calle, con gafas protectoras y guantes hospitalarios de látex, con el cuerpo giacomettiano encorvado como si rezara. Un flequillo beatle gris y todavía espeso le cuelga por delante de los ojos.

Examina un libro sobre la mesa de trabajo abarrotada de instrumentos. En la mano, una pipeta monocanal inclinada como una daga. De un pequeño vial refrigerado extrae una cantidad de líquido incoloro menor de la que tomaría un sírfido del brote de una monarda. La gota, demasiado pequeña para asegurar que sigue ahí, va a parar a un tubo no más grande que el hocico de un ratón. Las manos enguantadas tiemblan al tirar la pipeta usada a la basura.

Otros líquidos van de los matraces al cóctel en miniatura: cebadores de oligos para comenzar la magia; polimerasas catalizadoras estabilizadas con calor; nucleótidos que se alinean, como reclutas a las cinco de la mañana cuando toca diana, a mil enlaces por minuto. El hombre sigue la receta impresa como un cocinero aficionado.

El brebaje pasa al termociclador para someterse a veinticinco ciclos de fluctuaciones, como en una montaña rusa, desde la casi ebullición hasta la tibieza. Durante dos horas, el ADN se funde y se recuece, atrapa nucleótidos libres y se duplica en bucle. Veinticinco duplicaciones convierten unos pocos cientos de hebras en un número de copias superior al de personas sobre la faz de la Tierra.

Fuera, los árboles llenos de brotes se someten a los caprichos de la brisa. Una oleada de chotacabras insurrectos peina el aire en busca de insectos. El ingeniero genético aficionado retira una colonia de bacterias de la incubadora y la coloca bajo la cámara de flujo laminar. Remueve el matraz con el cultivo y reparte las células sueltas en una placa de muestras con veinticuatro pocillos. Coloca la bandeja debajo del microscopio a 400x. A continuación, acerca el ojo a la lente y observa el mundo real.

En la casa de al lado, una familia de cuatro ve el desenlace de Bailando con las estrellas. Una casa más al sur, la secretaria ejecutiva de una empresa inmobiliaria semicriminal organiza el crucero del próximo otoño a Marruecos. En el otro extremo de la doble extensión de jardines, un analista de mercados y su mujer abogada y embarazada están en la cama jugando al Texas hold’emy etiquetando fotos de una boda virtual con unas tabletas brillantes. La casa de enfrente está oscura; los propietarios se han ido a una vigilia nocturna de curación mediante la fe en Virginia Occidental.

Nadie se fija en el viejo bohemio silencioso de la casa estilo craftsman situada en el 806 de South Linden. El hombre está jubilado y a la gente le da por hacer de todo cuando se jubila. Por visitar los lugares de nacimiento de los generales de la Guerra Civil. Por tocar el bombardino. Por aprender taichí o coleccionar piedras de Petoskey o por tomar fotos de formaciones rocosas que recuerdan a un rostro humano.

Pero Peter Els solo desea una cosa antes de morir: liberarse del tiempo y oír el futuro. Nunca ha querido nada más. Y esta noche en que la primavera es de una sutilidad perversa, ese deseo parece tan razonable como cualquier otro.

Hice lo que dijeron que intenté hacer. Soy culpable de todos los cargos.

En la grabación, el zumbido del espacio profundo. Luego, una nítida voz de contralto dice:

—Urgencias del condado de Pimpleia, operadora doce. ¿Me indica el lugar de la emergencia?

Llega un sonido parecido al de una carraca envuelta en una toalla. Una fuertepalmada da paso a un traqueteo: el teléfono golpeando el suelo. Tras una pausa, un tenor, en el registro de estrés más alto, dice:

—¿Operadora?

—Sí. ¿Me indica el lu…

—Necesitamos asistencia médica.

Se produce un crescendo en la voz de contralto.

—¿De qué tipo de emergencia se trata?

La respuesta es un aullido bajo e inhumano. El tenor murmura:

—Ya está, cariño. No pasa nada.

—¿Hay alguien enfermo? —pregunta la contralto—. ¿Necesita una ambulancia?

Otro golpe sordo se convierte en una interferencia. El silencio termina con una O ahogada. Se entrecortan unas palabras rápidas, inidentificables pese al filtro digital y al refuerzo. Los sonidos de un consuelo fallido.

La operadora dice:

—¿Oiga? ¿Me puede indicar su dirección?

Alguien susurra una melodía apagada, una nana de otro planeta. Luego se corta la llamada.

Estaba seguro de que nadie oiría una sola nota jamás. Era una pieza para un auditorio vacío.

Los dos policías que aparcaron delante del 806 de South Linden en un coche patrulla añil ya se habían ocupado esa tarde de una sobredosis de antidepresivos, de un tumulto con rotura de muelas en una tienda de barrio y de un debate eugenésico con armas de fuego cortas. La vida despertaba en una ciudad universitaria de Pensilvania y la noche aún era joven.

La casa pertenecía a Peter Clement Els, un profesor asociado de la Universidad de Verrata jubilado tres años antes. La base de datos de la policía estaba limpia; parecía que el señor Els nunca hubiera cruzado un semáforo en rojo. Los dos policías —un joven con andares de lanzador de peso y una mujer algo mayor que miraba desconcertada a su alrededor mientras caminaba— tomaron el camino que conducía hasta los escalones de la entrada. Las ramas de arce traqueteaban con el viento primaveral. Una hilaridad apagada brotaba de una casa próxima, a dos jardines de distancia. Arriba, en las alturas, los dos motores de un vuelo de corta distancia rugían al acercarse al aeropuerto regional. Los coches pasaban como guadañas de un lado a otro de la autopista cuatro manzanas más allá.

El porche delantero estaba repleto de objetos pendientes de reubicar: una astilladora, un par de huesos de cuero mordisqueados, tiestos apilados, un inflador de bicicleta. El policía abrió la mosquitera y la mujer llamó a la puerta, preparada para cualquier cosa.

Algo destelló tras la ventana semicircular y la puerta se abrió. Un hombre demacrado y monacal apareció contra la franja de luz. Llevaba gafas sin montura y una camisa de cuadros abrochada hasta el cuello. Su pelo cano parecía cortado con un tazón por la mujer de un pionero. Un archipiélago de manchas de comida le salpicaba los pantalones de pana. Tenía los ojos en otro lugar.

Por detrás de él reinaba un ligero desorden. Había unas butacas estilo misión rodeadas de estanterías. Todas las superficies estaban cubiertas de libros, estuches de CD y velas cubiertas de estalagmitas. Una de las esquinas de la alfombra persa raída estaba levantada. Los platos de la cena se apilaban en una mesita de café llena de revistas.

La agente estudió la escena.

—¿Peter Els? ¿Ha llamado a urgencias?

Els cerró los ojos y los volvió a abrir.

—Mi perra acaba de morirse.

—¿Su perra?

—Fidelio.

—¿Llamó al 911 por la perra?

—Una golden retriever muy bonita. De catorce años. Empezó a desangrarse de repente.

—¿Su perra estaba enferma —dijo la mujer con la voz decaída por el peso de la humanidad— y no llamó a un veterinario?

La parte culpable bajó la vista.

—Lo siento. Ha sido un infarto, supongo. Estaba revolcándose por el suelo y aullando. Me mordió cuando intenté moverla. Pensé que si alguien me ayudaba a aplacarla…

Detrás de otra puerta, al fondo de un pasillo que partía del salón, una colcha verde cubría un bulto tan grande como un niño acurrucado. El policía lo señaló. Peter Els se dio la vuelta para mirar. Cuando se volvió de nuevo, su rostro era el anagrama de la confusión.

—Habrá pensado que la estaba castigando. —Sostuvo la puerta medio abierta y examinó el techo—. Siento haberles molestado. Creí que era una emergencia.

El policía hizo un gesto hacia el bulto.

—¿Podemos echar un vistazo?

Els se estremeció.

—¿Para qué? Está muerta.

Después de una pausa incómoda, se hizo a un lado.

En el salón de Els, los uniformes parecían más rígidos y más cargados de quincalla. Los tres muros de estanterías atestados de libros y CD desde el suelo hasta el techo desconcertaron al policía. Cruzó la puerta y recorrió el pasillo para destapar el bulto que yacía en el suelo.

—Esta perra confiaba en mí —dijo Els.

—Los golden son buenos perros —comentó la mujer.

—Esta quería a todo el mundo. Me sorprende que durara catorce años.

El agente recolocó la colcha sobre el cadáver. Volvió por el pasillo y se apartó de la puerta. Se toqueteó el cinturón: porra, esposas, comunicador, llaves, espray de pimienta, linterna, pistola. El nombre de la placa era Mark Powell.

—Tendrá que llamar a la Sociedad Protectora de Animales.

—Había pensado… —Els señaló con el pulgar hacia la parte de atrás—. Enterrarla como es debido. Le encantaba estar ahí fuera.

—Tiene que llamar a la Protectora, caballero. Es por motivos de salud pública. Si quiere le damos el número.

—¡Ah! —Peter Els levantó las cejas y asintió, como si todos los misterios del mundo al fin cobraran sentido.

La policía le dio el número y le aseguró que la ley obligaba a llamar a la Protectora, pero que era un trámite sencillísimo.

El agente Powell escudriñó las estanterías de CD: miles de discos, la última tecnología obsoleta. Junto a una de las paredes había una gran estructura de madera, como un burro para la ropa. De ella colgaban varias garrafas de cristal cortadas, suspendidas mediante unas cuerdas.

Powell se tocó el cinturón.

—¡Madre santa!

—Son unos cuencos de cámara de nube —dijo Els.

—¿Cámara de nube? ¿Eso no es una especie de…?

—Se llaman así, nada más —contestó Els—. Son para tocar música.

—¿Es usted músico?

—Antes era profesor de composición.

—¿Escribía canciones?

Peter Els arqueó los codos e inclinó la cabeza.

—Es más complicado que eso.

—¿Más complicado por qué? ¿Compone techno-folk? ¿Ska psychobilly?

—Ya no escribo casi.

El agente Powell levantó la vista.

—¿Por qué?

—En el mundo hay mucho de todo.

El comunicador del cinturón del agente siseó y una voz femenina emitió unas instrucciones fantasmales.

—Es cierto. Hay mucho de todo.

Los policías retrocedieron hasta la puerta de la casa. Junto al comedor había un estudio con la puerta abierta. Las estanterías de la habitación estaban atestadas de matraces, tubos y botes con etiquetas impresas. Había una nevera mediana junto a una larga encimera sobre la que descansaba un microscopio compuesto conectado a un ordenador. El brazo blanco metálico, los oculares negros y el objetivo metálico le daban la apariencia de un soldado imperial. En la pared opuesta, una mesa de trabajo cubierta de más accesorios recibía la luz de las pantallas de cristal líquido.

—¡Vaya! —dijo el agente Powell.

—Mi laboratorio —explicó Els.

—Pensé que escribía canciones.

—Es un pasatiempo. Me relaja.

La mujer, la agente Estes, frunció el ceño.

—¿Para qué son todas esas placas de Petri?

Peter Els movió los dedos.

—Para que vivan las bacterias. Como nosotros.

—¿Le importaría si…?

Els se echó hacia atrás y observó la insignia de su interrogadora.

—Se está haciendo un poco tarde.

Los policías cruzaron la mirada. El agente Powell abrió la boca para explicarse, pero se detuvo.

—Está bien —dijo la agente Estes—. Sentimos lo de su perra.

Peter Els sacudió la cabeza.

—Se sentaba a escuchar durante horas. Le gustaban todos los tipos de música. Incluso canturreaba.

Cuando los policías se marcharon, el viento había amainado y los insectos habían detenido sus inquietantes exploraciones. Durante medio compás, mientras bajaban hacia la acera, llegó una calma que rozó la paz. La oscura tranquilidad duró todo el camino hasta el coche patrulla, donde la pareja comenzó a hacer llamadas.

¿En qué pensaba? En realidad, en nada. Siempre he pecado de pensar demasiado. Esto era acción pura y dura.

La perra solo contestaba al nombre de Fidelio desde la primera vez que Els la llamó así. La música la extasiaba. Le encantaban los intervalos paralelos, preferiblemente de segunda, mayores o menores. Cuando cualquier ser humano mantenía una nota durante más de un segundo, no podía evitar acompañarlo.

El canturreo de Fidelio seguía un método. Si Els emitía un re, la perra soltaba un mi bemol o un mi. Si Els cambiaba a la nota de Fidelio, el perro subía o bajaba un semitono. Si un coro humano entonaba un acorde, la perra cantaba una nota que no estuviera en él. Fueran cuales fueran las notas, Fidelio siempre encontraba una que estuviera ausente.

En el aullido de la criatura, Els oía las raíces de la música: la sociedad sagrada de las pequeñas disonancias.

Los pocos estudios serios que Els había encontrado sobre la musicalidad en los perros sugerían que estos animales contestaban a una distancia de una tercera, pero Fidelio se aproximaba un tono a cualquier nota que Els cantara. La investigación sobre los efectos de los géneros musicales en los perros afirmaba que el heavy metal los ponía nerviosos, mientras que Vivaldi los sedaba. Nada sorprendente: Els declaró una vez, en una de las pocas entrevistas que le pidieron durante su carrera, que Las cuatro estaciones deberían ir acompañadas de las mismas advertencias que cualquier tranquilizante. Eso fue años antes del nacimiento de la industria para calmar a las mascotas: Música para perros, vol. 1; Relajación para mascotas; Canciones para cuando usted no está en casa.

A los veintiún años, Els veneraba a Wagner. Así fue como conoció a Peps, el spaniel musa y coautor de Tannhäuser. Peps se tumbaba a los pies de Wagner, bajo el piano, mientras su dueño trabajaba. Si un pasaje no le gustaba, saltaba al escritorio y aullaba hasta que Wagner abandonaba la idea. Hubo un tiempo en que a Els le habría venido bien un crítico tan sincero; Fidelio habría cumplido bien con esa función. Pero cuando llegó el animal, Els ya había dejado de componer.

Como Peps, Fidelio era bueno para la salud de su dueño. Le recordaba a Els cuándo debía comer o salir a pasear. Y no pedía nada a cambio, solo formar parte de esa jauría de dos, ser leal a su alfa y sentirse libre para aullar cuando sonara la música.

Els había leído acerca de otros perros musicales. El bulldog Dan, inmortalizado en la undécima de las Variaciones Enigma de Elgar, les gruñía a los cantantes que desafinaban. El bull terrier Bud interpretó un popurrí de Stephen Foster en la Casa Blanca para Eleanor y Franklin D. cinco años antes de que Peter naciera. Treinta años después, mientras Els deambulaba por un happening de John Cage en Urbana (Illinois), Lyndon Johnson y su perrillo Yuki formaron un dueto televisivo ante una nación estupefacta. Durante las tres breves décadas transcurridas entre Bud y Yuki, los biplanos dieron paso a los cohetes lunares y la lámpara de Aldis se convirtió en ARPANET. La música transitó desde Copland a Crumb, desde «A Fine Romance» a «Heroin». Pero en la música canina no había cambiado nada en absoluto.

Las ganas de cantar de Fidelio nunca menguaron. La insaciable sed de novedad no era para ella. Nunca se cansaba de los clásicos más trillados, pero tampoco reconocía nada de lo que Els le tocara, aunque lo oyera con frecuencia. Una danza perpetua y emotiva en un eterno «permanecer en el ahora»: así se tomaba ella todas las piezas que oían juntos, noche tras noche, durante años. Fidelio adoraba los grandes hitos del siglo XX, pero reaccionaba con la misma felicidad a las campanillas digitales de un camión de helados a varias manzanas de distancia en una tarde de verano. Tenía un conocimiento especializado que Els habría cambiado por el suyo propio con los ojos cerrados.

No tenía ni idea de lo que sucedería. Es el problema que tiene crear. Que nunca lo sabes.

¿Era esa tonalidad… un don divino? ¿O esas proporciones mágicas, como todo lo humano, eran unas reglas provisionales que podían romperse para alcanzar una libertad más implacable? Fidelio se convirtió en el animal de laboratorio de Els, en su experimento sobre los principios universales de la música. La perra se ponía nerviosa solo con ver que Els sacaba la funda del clarinete de su infancia. Llegaba la hora del dúo: empezaba a ladrar antes de que Els tocara una sola nota. Lo primero era comprobar la equivalencia de octava. Els emitía una nota y la perra contestaba con un intervalo lúgubre. Pero si el clarinete saltaba una octava, el animal se mantenía firme como si la altura no hubiera cambiado.

El experimento convenció a Els de que su perra oía las octavas tal y como las oían los humanos. Las octavas estaban asentadas en el cuerpo, eran una realidad constante no solo en las distintas culturas, sino también más allá de los genomas. Al saltar de do a do, sin importar cómo se dividieran los pasos intermedios, otras especies también oían que las notas se volvían sobre sí mismas como un círculo cromático.

Solo a un loco le importaría algo así. Pero la respuesta de Fidelio emocionó a Els. Le recordó todos los años que se había pasado forzando el oído humano para llegar a lugares donde no habría ido por gusto, en busca de las matemáticas musicales que le proporcionarían un atajo hasta lo sublime. Fidelio, esa feliz criatura que ladraba con los caprichos del clarinete de Els, daba a entender que en la música había algo más allá del gusto, algo integrado en el cerebro evolucionado.

Els había invertido su vida en encontrar ese detalle tan elevado. Algo espléndido y perdurable que se escondía bajo la gastada superficie de la música. En algún lugar detrás del pentagrama conocido había constelaciones de notas, secuencias de tonos capaces de poner la mente en su sitio.

Aún creía que eso existía. Pero con la muerte de su perra y la suya propia en lista de espera, ya no creía que fuera capaz de hallarlo en esta vida.

Quizá cometí un error. Pero como dice Cage, el «error» es irrelevante. Una vez que algo pasa, es real.

Salió al jardín trasero con una linterna, una pala y un bulto envuelto en una colcha. Escogió un sitio junto a un seto de boj que a Fidelio le encantaba marcar. La pequeña parcela estaba cubierta con una densa capa de hierbajos. La vida ofrecía un exceso despilfarrador que no dejaba de asombrarle. Els colocó la linterna en el pliegue de una madreselva, tomó la pala y se puso a cavar.

El golpe de la suela contra el borde de la pala y el chasquido de la tierra pedregosa configuraban un apacible ritmo de two-step. Cuando el agujero fue lo bastante profundo para albergar a su compañera de los últimos años, soltó la pala y levantó el cadáver. Fidelio ahora parecía ligera, como si algo la hubiera abandonado durante la hora y media que había transcurrido desde su muerte.

Els se quedó al borde del hoyo pensando qué hacer con la colcha. Su exmujer la había confeccionado con ropa vieja hacía más de cuarenta años, en la época más feliz de su vida en común. La colcha era grande y luminosa, de intensos tonos cerúleos, jade, esmeralda y verde cartujo. El motivo, que Maddy tardó casi dos años en terminar, se llamaba «Noche en el bosque». Era su posesión más preciada, junto con los cuencos de cámara de nube. La sensatez le pedía que la salvara, la lavara y la dejara en un estante para que su hija la encontrara cuando él muriera. Pero Fidelio había muerto en ella con la más incomprensible de las muertes y el único consuelo de esa colcha familiar. Si los seres humanos tenían alma, era seguro que esa criatura la tendría también. Y si los seres humanos carecían de ella, ningún gesto era demasiado generoso o ridículo. Els se disculpó ante Maddy, a la que no veía desde hacía décadas, y colocó el fardo en el hoyo.

El cadáver envuelto en la colcha se acurrucó en el agujero de marga. A la luz de la linterna, la noche en el bosque desprendía unos tonos intensos y fríos. Por un instante, los verdes oscuros redimieron todo el dolor que él y Maddy se habían infligido mutuamente.

Tarareando para sí mismo y con lentitud una frase ascendente, Els tomó de nuevo la pala. Durante el transcurso de sus siete décadas, eran seis las veces que se había visto obligado a recordar que la tristeza te hace amar las cosas más pequeñas y misteriosas. Esta era la séptima vez. Una voz dijo:

—¿Qué haces?

Els soltó un grito ahogado y dejó caer la pala.

Sobresaltada por el sobresalto, la voz gritó:

—Soy yo.

De pie sobre una silla de playa, el vecino de ocho años miraba por encima de las tablillas de la valla de madera. Niños de ocho años vagando por ahí en plena noche sin la supervisión de un adulto. Els no recordaba el nombre del niño. Como todos los nombres de chico en la era de las redes sociales, empezaba por J.

—¿Eso qué es? —preguntó J con un suave susurro.

—Estoy enterrando a mi perra.

—¿Con eso?

—Es como una ofrenda funeraria.

J conocía las ofrendas funerarias por los juegos en línea multijugador.

—¿Y te dejan enterrarla en el jardín?

—Le gustaba estar aquí. Nadie tiene por qué enterarse, ¿verdad?

—¿Puedo verla?

—No —dijo Els—. Está descansando en paz.

Els agarró la pala y arrojó tierra al hoyo. J lo observaba lleno de interés. En su corta vida ya había presenciado varios miles de muertes. Pero un entierro cuidadoso era una auténtica novedad.

El agujero se convirtió en un pequeño montículo. Els se quedó junto a él pensando en el siguiente paso de aquel funeral a medida.

—Era una buena perra, Fidelio. Muy inteligente.

—¿Fidelio?

—Así se llamaba.

—¿Una forma larga de Fido o qué?

—Esta perra sabía cantar. Diferenciaba los acordes bonitos de los estridentes.

Els no mencionó que la perra prefería los estridentes.

J parecía receloso.

—¿Y qué cantaba?

—De todo. Era muy abierta de mente. —Els cogió la linterna y dirigió la luz hacia la valla—. ¿Crees que deberíamos cantar algo para ella?

J sacudió la cabeza.

—No me sé ninguna canción triste, solo de risa.

Quería recordar cómo funcionaba la vida en realidad y ver si la química todavía necesitaba algo de mí.

Un Peter de ocho años se esconde en la despensa de su casa de estilo neotudor, agazapado con su pijama de Gene Autry, para espiar a sus padres e incumplir así todas las leyes humanas y divinas. Le da igual que lo descubran. De todos modos, ya está condenado. Hace varias semanas, los rojos hicieron explotar una bomba atómica y Karl Els les ha contado a todos los padres del barrio, sobre una enorme barbacoa de costillas, que al planeta le quedan, como mucho, cinco años. Esa comida al aire libre es la última despedida del barrio. Una vez terminadas las costillas, todos los funestos padres y sus esposas se congregan alrededor del órgano Hammond de Els con un vaso de ginebra en la mano, como un coro de inocentes borrachuzos que cantan para despedirse:

There’s a bower of roses by Bendemeer’s Stream,

and the nightingale sings ’round it all the day long.

Su hermano mayor, Paul, está dormido en la habitación del desván, una planta más arriba. Susan se revuelve en la cuna a los pies de la escalera. Y Peter, junto a la oleada de acordes, escucha la canción de despedida de Estados Unidos. Las notas flotan y se elevan. Hacen que el discurso sea tan vano como un ventrílocuo en la radio. La luz y la oscuridad salpican a Peter con cada cambio de acorde, emoción sin intermediarios. Las notas se vuelcan; caen, golpe a golpe, sobre la nota siguiente obedeciendo a una lógica interna, oscura y hermosa.

Otro acorde tímido y turbulento le sacude las tripas. Varios caminos prometedores conducen a notas desconocidas. Pero entre todas las vías posibles, la melodía se torna extraña. Un salto sorpresa le eriza la piel. Le brotan unas ronchas en los antebrazos. Su pequeña masculinidad se endurece con un deseo incipiente.

La banda de ángeles borrachos se atreve con una canción más difícil. Estos nuevos acordes son como los bosques del monte donde vive su abuela, donde su padre una vez los llevó a montar en trineo. Paso a paso, los cantantes tropiezan con una maraña de complicadas armonías.

Algo se estira e interfiere en la canción. Los dedos de su madre se pierden. Pulsa varias teclas, todas incorrectas. Los coristas, con la ginebra levantada, caen en una zanja entre risas. Entonces, desde su escondite, el niño del pijama canta las notas del acorde perdido. Todo el grupo se vuelve para mirar al intruso. Ahora lo castigarán por saltarse más reglas de las que nadie es capaz de enumerar.

Su madre prueba con el acorde sugerido. Es sorprendente pero obvio, mejor que el que ella buscaba. Los cantantes ebrios de ginebra vitorean al niño. El padre de Peter cruza la sala, le pellizca en el culo y lo manda a la cama con una suspensión de pena: «¡Y no vuelvas por aquí a no ser que te necesitemos otra vez!».

Dos meses más tarde, el joven Peter sostiene el clarinete entre bastidores en su primer concurso local. Cualquier placer, como ya ha aprendido, debe convertirse en una competición. Su madre quiere ahorrarle el ritual de gladiador. Pero su padre, que —según su hermano Paul— mató a un soldado alemán durante la guerra, afirma que la mejor manera de proteger a un niño del escarnio público es administrárselo a grandes dosis.

Alguien dice el nombre de Peter. Él tropieza en el escenario, la cabeza llena de helio. Al inclinarse para saludar a la completa oscuridad de la sala, pierde el equilibrio y se tambalea hacia delante. Todo el publico se ríe. Se sienta para interpretar su pieza, «Extraños países y personas» de Schumann. Su acompañante espera una señal con la cabeza, pero Peter no recuerda el comienzo de la melodía. Los brazos le rezuman gelatina. De algún modo, sus manos recuerdan por fin el camino. Sopla demasiado rápido, demasiado fuerte y, al terminar, está llorando. El aplauso es la indicación para salir corriendo, humillado, del escenario.

Acaba en el baño echando las entrañas por el retrete. Cuando va al encuentro de su madre, tiene la pajarita de clip salpicada de vómito. Ella le acurruca la cabeza contra el esternón y dice:

—Petey, no tienes por qué hacer esto nunca más.

Él se aparta horrorizado.

—No lo entiendes. Tengo que tocar.

Gana el segundo premio de su categoría: una clave de sol de peltre que sus padres colocan en la repisa de la chimenea junto al trofeo que obtuvo su hermano en 1948 en la liguilla de béisbol de división B. Tres décadas más tarde, este objeto aparecerá envuelto en papel de periódico en el desván de su madre, un año después de que ella muera.

He oído esa melodía durante sesenta años. El gusto musical cambia muy poco. El sonido de la infancia tardía suena en nuestro funeral.

Escuela primaria de Carnegie, secundaria en Fisk, instituto Rockefeller: Peter Els sobrevive a todos, pasa de las cartillas de Dick y Jane a los gerundios y los participios, a las batallas del Monitor y el Merrimac, a Stanley y Livingstone, a las tibias y los peronés, a los ácidos y las bases. Se aprende de memoria La infancia de Hiawatha, Ozymandias y El nuevo coloso; sus ritmos ricos y con puntillo llenan los ratos muertos de sus tardes.

A los doce años, domina las retículas de las misteriosas reglas de cálculo. Juega con las raíces cuadradas y busca mensajes secretos en los dígitos de pi. Calcula el área de un sinfín de triángulos rectángulos y cartografía el flujo y el reflujo de la armada francesa y de la alemana durante quinientos años de historia europea. Los profesores rotan como el círculo de quintas y todos insisten en que la infancia da lugar a una serie de hechos acumulados.

Lo que más le gusta son las clases de música. Después de semanas, meses y años, el clarinete claudica. Los estudios musicales que sus profesores le asignan son la puerta de acceso a lugares aún más complejos y encantados. Peter parece hablar ese idioma desde que nació.

—Es un don —dice su madre.

—Un talento —corrige su padre.

Su padre también está obsesionado con la música, al menos con que la fidelidad sea cada vez más alta. Cada pocos meses, Karl Els invierte en aparatos más nítidos, más precisos, más potentes, hasta que los altavoces conectados a su amplificador estéreo de válvula termoiónica son más grandes que la casa de un trabajador inmigrante. Con ellos, acribilla a su familia con clásicos ligeros. Valses de Strauss. La viuda alegre. El hombre pone a todo volumen «La canción del general mayor» hasta que su vecino pacifista lo amenaza con llamar a la policía. Todos los domingos por la tarde y cuatro noches entre semana, el joven Peter oye los discos girar. Examina con atención las armonías cambiantes y de vez en cuando percibe mensajes secretos que flotan sobre la contienda.

Y es en el equipo estereofónico de su padre donde Peter, a los once años, oye por primera vez el Júpiter de Mozart. Una lluviosa tarde de domingo de octubre, cenagosas horas de insoportable aburrimiento y ¿dónde andarán los otros niños? En la planta de arriba de sus casas, oyendo The Blandings o The Big Show, jugando a las tabas o a los palillos chinos; o abajo, en el sótano de Judy Breyer, dándole vueltas a una botella. Sumido en el malestar dominical, Peter revisa a fondo los discos de vinilo de su padre en busca de la cura para su dolor perpetuo, una cura que a buen seguro permanecerá oculta en algún lugar de esas coloridas fundas de cartón.

Transcurren tres movimientos de la Sinfonía n.º 41: destino y noble sacrificio, nostalgia por la inocencia perdida y un minueto tan elegante que resulta aburridísimo. Y luego el final, con sus cuatro notas modestas. Do, re, fa, mi: media escala revuelta. Demasiado simple para hablar de invención. Sin embargo, se lanza al mundo como uno de esos antílopes africanos que, nada más caer del útero, aún mojado de placenta, echa a correr.

El joven Peter se apoya en los codos, atrapado por un recuerdo del futuro. La media escala revuelta toma cuerpo; atrae otras melodías hacia su campo de gravedad. Melodías y contramelodías se separan y se reproducen, se persiguen unas a otras en un juego cósmico. A los dos minutos, se abre una trampilla por debajo del niño. La primera planta de la casa se disuelve sobre el enorme agujero. Niño, estéreo, altavoces, el sofá donde está sentado: todo se queda suspendido en el aire, flotando sobre el manantial de sonoridad que se derrama en la sala.

Se propagan cinco líneas virales que infectan el aire con una alegría desenfrenada. A los tres minutos y medio, una mano agarra a Peter y lo levanta por encima del muro que le impedía contemplar las vistas de sus días. Se eleva sobre la cambiante columna de luz y vuelve la mirada hacia la sala desde donde le llega el sonido. Una paz indescriptible le embarga al ver su cuerpo acurrucado y oyente. Y siente compasión por todos los que confunden esa vida estrecha de miras con la realidad.

A los seis minutos de asombro, las cinco melodías galopantes se alinean en una fuga quíntuple. Las líneas resuenan y se superponen mientras revelan cuál era el destino de la música desde el do inicial. Se entrelazan tanto que el oído de Peter es incapaz de descifrar todo lo que sucede dentro de esa ola de cinco vías. El sonido rodea a Peter, que, inmanente dentro de él, constituye una parte, pequeña pero esencial, de todos los sitios.

Cuando el silencio lo deposita donde estaba antes, ya no cree en la materialidad del lugar. Se pasa el resto de la tarde deambulando aturdido. La casa familiar niega que haya sucedido nada. La única prueba está en el disco y, durante los tres días siguientes, Peter desgasta el vinilo con el roce de la aguja. Hasta su padre le regaña para que oiga otras cosas. Por las noches se queda dormido con la cascada de notas. Lo único que quiere hacer durante el resto de su vida es desmontar ese espléndido reloj y volver a montar su engranaje. Recuperar esa sensación de claridad, de estar presente, aquí, de ser diverso y vibrante, tan grande y noble como un planeta exterior.

Júpiter le hace señas para que vaya a verlo, pero las visitas cada vez son más flojas. Al cabo de un mes, Peter, atrapado de nuevo en la implacable Tierra, tira la toalla. Trastea por las habitaciones y da portazos en la casa de dos plantas. Monta en bicicleta lleno de furia a través de las calles flanqueadas por casas como la suya, calles que se retuercen como una huella dactilar. Distintas melodías se escapan por las ventanas de las cocinas, unas canciones tan sabrosas como el aroma de las chuletas con repollo. Pero Peter ya no tiene paciencia para ellas. Su oído se ha marchado a otra parte.

Deja de encajar con el barrio. Después de estar donde ha estado, los placeres de los demás comienzan a desconcertarle. Los deportes parecen balancines absurdos, las películas se vuelven demasiado joviales y los ruidosos coches lo deprimen. Odia los mundos grises, planos, falsos y acartonados de la televisión, pese a que un día, para entrar en trance, se sienta y mira durante media hora una pantalla con nieve visual, un mensaje del espacio profundo. E incluso después de haberla apagado continúa observando el periscopio marchito en el centro de la pantalla, un portal hacia ese lugar al que no puede regresar.

A los trece años, Peter Els ha perdido toda la sincronización con el entusiasmo aerodinámico de ocho cilindros americano. Ya no le importa a quién avergüenzan sus gustos. Lo único que necesita son sus matemáticas y su Mozart, los mapas de vuelta a ese planeta lejano.

Un interminable domingo de junio, durante el decimocuarto año de Peter, su hermano Paul y unos amigos lo sacan de su habitación y lo arrastran hasta el sótano a medio construir, donde lo atan a un taburete para obligarle a oír discos de 45 r. p. m. en un tocadiscos portátil del tamaño de un baúl. «Maybellene.» «Earth Angel.» «Rock Around the Clock.» Le ponen las canciones a la fuerza, convencidos de que domarán al muchacho y lo convertirán en algo un poco menos anticuado. Barajan incluso la posibilidad de la terapia de choque.

—Vamos, tío. Deja de mirarte los huevos y escucha.

Peter lo intenta.

—Esta es muy buena —dice—. Un bonito walking bass.

Hace todo lo que puede por parecer entusiasmado, pero la cuadrilla lo tiene más que calado. Le plantan otro tema: «The Great Pretender». Es un acompañamiento pegadizo que se convierte en una tortura china después del primer estribillo.

—¿Y cuál es el problema ahora, cabeza de chorlito?

—¡Problema, ninguno! Es solo que… —Cierra los ojos y grita con cada tiempo fuerte—: Tónica. Subdominante. Dominante. Esos tíos tendrían que aprender nuevos acordes.

—¡La leche! ¿Y qué les pasa a esos acordes?

Nada, si con esos tres eres feliz. Pero ¿qué es la felicidad comparada con el sonido de la eternidad?

—No es por los acordes, ¿eh? —suelta Paul.

—Es que no lleva a ninguna parte, Pauly —contesta Peter—. Se queda ahí dando vueltas.

—¿Dando vueltas? ¿Estás teniente o qué? —Su hermano pone cara de estar en otro planeta: el martilleo, el sexo, el taladro del rock incipiente—. ¿No lo oyes? ¡La libertad, tarado!

Peter solo oye una cárcel armónica.

El tribunal pone «Blue Suede Shoes». Peter se encoge de hombros: ¿por qué no? Diversión dinámica y barata. Ese empeño por no caer cautivado saca de quicio a su hermano. Paul levanta el brazo para golpear al mocoso en la cabeza con una Bola 8 Mágica. Pero el éxtasis del ritmo sincopado puede con él y exclama:

—¡Escucha esto! ¡Por Dios! ¿Hay una música mejor?

Lanza la bola por el torrente de percusión del sótano. Peter la atrapa, baja la mirada y lee la respuesta del oráculo de plástico:

CONCÉNTRATE Y VUELVE A PREGUNTAR

Durante toda mi vida he creído saber qué es la música. Pero era como un niño que confunde a su abuelo con Dios.

Un chico flota en las aguas poco profundas de un lago veraniego. Cielo y pinar en todas direcciones, el rumor de unos parientes ruidosos. El aire tiene el peso de las vacaciones y Peter se encuentra en los primeros ensayos de su vida.

Ya es por la tarde, aunque aún faltan horas para que anochezca. Tan al norte, cerca del solsticio, el sol cuelga durante días cerca del zénit antes de caer en la oscuridad. El lago se llena de niños: el festival de los Els, esa celebración anual a la que su errante rama familiar rara vez acude. Los Els de todos los estados se reúnen en la orilla sur de esas aguas norteñas. A treinta metros de tierra firme, los niños bullen alrededor de una plancha de madera atada a unos bidones vacíos como hormigas concentradas en un terrón de azúcar. Los tíos, cerca de la orilla, pescan botellas de cerveza en un cubo de zinc y las abren con el asa del cubo. Las tías y engendros, tumbados en toallas de playa, forman la cadena de montaje del bronceado. Els por doquier. Ni siquiera el padre de Peter es capaz de identificar a todos los parientes. Un pequeño artefacto ruso —uno convencional, sin más— podría acabar en ese instante con el apellido familiar.

El verano ha llegado con un tema cristalino que Peter lleva días practicando hasta la extenuación. Se ha levantado al amanecer y ha tocado durante horas, en su guarida del monte, con el clarinete Evette & Schaeffer que su padre le compró en una liquidación de patrimonio. Cuando se ha reunido por fin con los demás en el lago, ya tenía la melodía veraniega grabada en el cerebro.

El clarinete es lo único que Peter se llevaría a la luna, a una isla desierta o a la cárcel. Sus dedos se encuentran a gusto sobre las llaves y practica incluso ahí, bajo las olas de ese lago estival. Puede crecer, dar saltos, correr y descender a toda prisa por el tubo con la sensación de ser invencible. Tocar es como resolver un problema perfecto: Q. E. D.

Este verano, la melodía que tiene bajo los dedos es el nuevo himno nacional de su deseo. La tocará el mes siguiente en su debut local junto a otros doce músicos mayores que él. La pieza ronda por todas partes, en el movimiento del agua, en el parloteo de la balsa. Adora esa suite de baile del mismo modo que adora a su madre, que descansa en la orilla de este lago septentrional con su traje de baño de una pieza con calados, cuya falda le da el aire de una bailarina hipopótama de Ponchielli. Conoce la música mejor que a su padre, que, allí, en su turno como socorrista, con un Lucky Strike en una mano y una Carling Black Label en la otra, dirige la disputa verbal entre los tíos Els.

Peter no es capaz de nombrar el secreto que dota de fuerza a la suite. Pero, de algún modo, las primeras notas, como los rayos del amanecer sobre las montañas del este, establecen los cimientos para todos los desarrollos que se suceden a continuación. Esas notas vuelven al final, pegadas a un viejo himno shaker, para que el sonido sea mayor que cualquier país. No sabe cómo esa reaparición tan simple produce un alivio tan amplio y aplastante. Solo sabe que la pieza predice incluso esa tarde abrasadora, esa tonificante brisa del lago. Peter ha tratado de emular esas notas y ha apuntado sus propios acordes en un sistema de papel pautado en blanco: el esbozo a lápiz del estupor que le nubla la cabeza cada vez que oye la amplitud de la pieza.

Amará esta música hasta la muerte. Pasados unos cuantos años, despreciará su sensiblería y se burlará de sus conmovedoras progresiones. Cuando se ha amado de ese modo, el único lugar seguro es el resentimiento. Peter no se dará cuenta, hasta que ya sea demasiado tarde, de que lo único que siempre quiso fue emocionar al oyente del mismo modo que esas variaciones lo emocionaron a él.

Pero la garganta de sus decenas de primos pequeños grita otra banda sonora bien distinta. Trepan a la balsa de uno en uno, sacuden las caderas, delgadas como palos de escoba, y gritan el «I’m all shook up!» de Elvis antes de tirarse de cabeza al agua. Los niños más grandes juegan a perseguir y hacer ahogadillas al portador de una pelota de playa naranja. Cuerpos que se zambullen. Chillidos que salpican el aire. Peter no se separa de la escalerilla cubierta de algas de la balsa, pero mantiene los dedos a salvo bajo el agua. Los tábanos, grandes como colibríes, le pican en el cogote.

Observa a Kate, la prima de Minesota, que se abre paso con frenesí entre la muchedumbre. ¿Quién iba a saber que semejante sorpresa pudiera pasearse sobre dos piernas desnudas? Peter ha garabateado su nombre con bolígrafo en la suelas de sus All Stars, donde nadie salvo él lo verá jamás. Ha soñado con sus caderas y con sus corvas. Ahora ella está en todas partes en esa guerra acuática: conspira, choca, vuela por los aires, nada hasta la balsa y se sube el tirante caído del bañador como a si a sus pechos de albaricoque no acabara de darles el sol. Sus gritos de socorro estimulan la carne de Peter y el tijereteo de sus piernas acompasa la suite de ballet que le merodea por la cabeza. La sonrisa de la chica trama la siguiente travesura antes incluso de que haya terminado la última.

En tierra, alrededor de las parrillas crepitantes, los patriarcas Els hacen la guerra por su cuenta. Sus palabras llegan hasta Peter por encima de los chillidos de la batalla naval. Las mujeres, desde las tumbonas y las mesas de mahjong, les gritan a sus maridos que dejen ya el tema. Que cierren ya el pico o, mejor, la botella. «¡Mira, Mabel! ¡Una Black Label!» Las tres tías favoritas de Peter —dos tías auténticas y la compañera de una de ellas, un trío que canta todas las noches alrededor del fuego para rememorar la gloriosa época en que se hacían pasar por las hermanas Andrews, cuando sus impecables acordes de sexta añadida acompañaron al mismísimo Sinatra— se ponen a cantar a pleno pulmón «Ac-Cent-Tchu-Ate the Positive». La mitad del Coro del Tabernáculo Els responde: «Don’t mess with Mister In-Between».

Pero Mister In-Between está en todas partes haciendo de las suyas. Los hombres abordan los temas de actualidad. Analizan qué hicieron mal en Corea. El padre de Peter —un hombre que se hizo a sí mismo, director de ventas de seguros con una bandera arrebatada a los nazis colgada en la sala de juegos subterránea de su casa— declara que Estados Unidos tendría que haber bombardeado las dos orillas del río Yalu hasta que los chinos entraran en razón. Varios Els de todas las facciones lo rebaten con movimientos despectivos de botella.

—¡Mirad a este! ¡Está mal de la cabeza!

Un chillido de la ágil Kate disipa toda la charla política. Se lanza desde la balsa arqueándose en el aire con un do sostenido de gozo, un misil destinado a aterrizar con una precisión mortífera en el interior del círculo de primos de Pittsburgh.

Cuando Peter presta de nuevo atención hacia la costa, los adultos ya han cruzado el mapa ensangrentado hasta Hungría. Los tíos sentencian que enfrentarse a los rusos a cambio de nada habría sido un suicidio.

—¿A cambio de nada? —grita el padre de Peter—. Alentamos a esa gente y luego dejamos que se murieran.

Pero está en inferioridad de fuerza y hasta las tías coristas se burlan de él mientras toman el sol.

Los tíos vuelven a casa desde Hungría empujados por la necesidad familiar de pelear. Discuten sobre los autobuses del sur, la partida de ajedrez entre negros y blancos por el alma de la nación. Karl Els empuja con la botella a su hermano Hank en el pecho y dice que los negros tienen más derecho a Norteamérica que los blancos. Los tíos dan manotazos en el aire y muestran su desprecio hacia él y su podrida rama familiar.

—¡Anda ya! ¡Vete a criar a tu plebe al Congo!

Unas palabras horribles llegan desde tierra adentro, palabras de la lista prohibida. La madre de Peter se echa a llorar. Su marido le dice que no sea infantil. El festival de los Els amenaza con abordar asuntos internacionales. Peter examina el lago en busca de ayuda. Sus cien primos están negociando las reglas de un partido de waterpolo con placajes. Su madre solloza sentada envuelta en la toalla. Su padre da caladas a un cigarrillo con la mano en forma de cuenco. Peter mira a su hermano Paul, que le devuelve una mirada de advertencia. Paul nunca ha sido tan popular como hoy y no está dispuesto a que termine la fiesta. En el otro extremo de la balsa, Susan, su hermana pequeña, ya adicta al vértigo, da vueltas como una loca en su flotador.

Se acaba la música. Su madre revisa la playa con atención mientras recoge sus cosas y las mete en una bolsa. Peter se desliza de su asiento en la escalera resbaladiza y empieza a nadar a braza hacia la orilla. Pero una voz desde detrás lo agarra.

—Oye, niño clarinete. Ven un segundo.

La prima Kate, lustrosa como un mamífero marino, lo parte en dos con una sonrisa. El reto se desarrolla tal y como ya ha ocurrido cien veces en el teatro privado de Peter. Pero la niña no espera una respuesta, simplemente nada hacia el recoveco escondido en la parte más alejada de la balsa. Peter la sigue, indefenso ante su estela. La gran aventura de su vida comienza al fin y la melodía se despliega como él la había ensayado.

Se acerca hasta el lugar donde ella flota agarrada a la balsa.

—Niño clarinete, ¿te gusto?

Él asiente y ella se lanza en su dirección. Lo rodea por el pecho con las piernas y tira de él hacia abajo. Con el peso, ambos se hunden. En la nube verde, el cuerpo enroscado de la niña se aproxima despacio. Tantea la boca de Peter con la lengua y lo llena de sabor a lago. Algo lo golpea en la entrepierna. El dolor lo recorre de pies a cabeza y, con él, una brizna de placer agudo. Toca el cuerpo resbaladizo de su prima y se engancha con el tirante caído del bañador. Ella lo aparta para volver a la superficie y, al subir, le da una patada en la cara. A Peter se le llena la nariz de agua y saborea la oscuridad o lo que sea que venga tras la muerte. El líquido le desciende por la tráquea; comienza a ahogarse.

En el ascenso, se topa con una masa viscosa. Aparece debajo de la balsa, se da en la cabeza con los bidones impregnados de verdín, le falta la respiración. Se sacude hacia los lados buscando con desesperación una salida, pero se enreda con la cadena del ancla cubierta de algas.

Por fin se libera. Emerge tosiendo algas mientras se agarra al borde de la balsa para coger aire. A su lado, un par de primos de California se ríen: es lo más gracioso que han visto en todo el día.

Se le aclara la visión. Mira a su alrededor en busca de Prima Kate, pero ella ya ha formado coalición en otro lugar y se sacude en el agua mientras canta a pleno pulmón un conocido tema folk para su legión de admiradores:

—Ven, fuma Coca-Cola, bebe tabaco de kétchup. Mira a Lillian Russell pelear con una caja de Oysterettes.

Su madre, de pie en la orilla, lo llama:

—¡Petey! ¿Estás bien?

Un primo de California contesta:

—¡Eso solo lo sabe su peluquero!

Peter hace un gesto con la mano; está bien. Le sale más agua verde de los pulmones. El ambiente se llena de gritos que pasan por risas. Peter piensa que, si hubiera muerto, seguiría dándose golpes contra el fondo de la balsa. Su padre acecha desde la orilla y sopla su silbato metálico de socorrista.

—¡Todo el mundo fuera para el recuento! ¡Vamos!

Su hermana Susan no lo oye. Está intentando sumergir el flotador entero en el agua. Su hermano Paul, que disfruta de un breve reinado como soberano de la balsa, contesta:

—¡Cinco minutos más!

—De cinco minutos, nada. ¡Ahora! ¡Y a tu padre no se le rechista!

En efecto, desde pequeños, toda la relación con él ha consistido en rechistar. Un par de tías nerviosas se levantan de las toallas y cuentan a su prole. Otra llama a sus hijas desde la orilla. Hay una convocatoria general y todo el grupo, malhumorado y doblegado al capricho de los adultos, se prepara para volver a nado.

Entonces, por alguna razón invisible —una variación del viento, una nube que cruza el sol— el grupo cambia de opinión. Los cabecillas detectan cierto reblandecimiento en el tono de los adultos. «¡Ya vamooos!», gritan en falsete los niños, a medio camino entre la transigencia y la burla. Vuelven a la balsa atravesando un foso demasiado ancho para que un viejo achispado por la cerveza ose cruzarlo. Karl Els toca el silbato una vez más: dos pitidos que no se dirigen a nadie.

Uno de los lugartenientes de Pittsburgh gruñe:

—¿Acaso va a venir hasta aquí y nos va a sacar a todos con una mano?

El hermano gigantesco de Kate, Dough, se ríe con disimulo desde el borde de la balsa. Una línea de pelo oscuro que le baja por el esternón hasta el ombligo le otorga legitimidad para dominar la embarcación.

—Que lo intente.

Su sonrisa evidencia que los avatares humanos se reducen al programa infantil Howdy Doody.

Karl Els llama a sus hijos por su nombre. Paul examina al hombre varado y Peter examina a Paul. Pasan demasiados segundos para que la vida recupere la normalidad. Aunque se rindieran ahora, el menor de los castigos sería terrible.

Peter se sonroja al sentir la vergüenza de su padre: un gobierno decadente, de una sola persona, en ridículo por culpa de un lago lleno de niños… Con una breve travesía hasta la orilla, Peter llegaría a tiempo para rescatar a su padre, para ayudarlo a fingir que nada ha cambiado en el orden de las cosas.

Un gesto de desprecio de su hermano lo deja petrificado. Kate también inmoviliza a Peter con la mirada, una mirada que amenaza con el desdén infinito en caso de que claudique y que promete recompensas si, por el contrario, se mantiene firme. Todo lo vivo pide su lealtad.

Vertical en el agua, Peter escruta a su padre. Le dan ganas de decirle: «No pasa nada. Es un juego de verano. Maniobras aéreas que terminarán antes de que te des cuenta». Una sensación de mareo lo aturde. Con lo fácil que sería patalear en el centro del lago hasta no poder más. Pero Peter solo es capaz de sacudirse, ingrávido entre la balsa sublevada y la orilla imperial. La música que tiene en la cabeza, esa melodía shaker de sus primeros ensayos, se transforma en ruido. Se quedará nadando como un perrillo, un niño solitario, meneando los brazos como palos y las débiles piernas hasta que le falten las fuerzas y se hunda.

El día se fragmenta en esquirlas de hielo. Su padre, rojo como un tomate, tambaleante, suelta el cigarrillo y la cerveza. Se tira al agua, pero no se pone a nadar. Hay jaleo, gritos, confusión. Tíos en el agua que arrastran el bulto vapuleado hasta la orilla. Lo apoyan en una caseta mientras él se agarra el pecho, pálido, y desdeña los consejos de la multitud. Una multitud en la playa, como estatuas, con la cabeza gacha. Demasiado tarde, Peter nada todo lo rápido que puede, pero recula con terror al ver al hombre lívido al que montan deprisa en un coche para llevarlo al médico.

La música pronostica el pasado y recuerda el futuro. A veces la diferencia desaparece y, con el simple regalo de un sonido cíclico, el oído resuelve el criptograma. Un ritmo permanente, presente y siempre, y eres libre. Pero unos cuantos compases más y el manto del tiempo te envuelve.

El infarto fatal tuvo lugar una hora después, en una clínica rural donde el solitario médico de familia, con sus estanterías llenas de vendas, depresores linguales y alcohol de fricción, fue incapaz de hacer nada salvo meter a Karl Els en una ambulancia con dirección a Potsdam. Murió por el camino, a kilómetros de todo, soplando el silbato de socorrista y dejando atrás a un hijo convencido de que había contribuido a matarlo.

Durante su madurez, Peter Els pasaría los años escribiendo una ópera: la historia de una rebelión exaltada y fallida. Durante muchos años, la pieza fue para él como una profecía del Fin de los Tiempos. No sería hasta los setenta años, ya de viejo, mientras enterraba a su perra, cuando la reconocería, por fin, como un recuerdo de infancia.

Crumb: «La música es un sistema de proporciones al servicio del impulso espiritual». Pero el impulso de mi espíritu resultó ser delictivo.

Els se sacude la tierra, vuelve dentro y busca algo que tocar por el funeral de su perra. Se topa con los Kindertotenlieder de Mahler: cinco canciones que duran veinticinco minutos en total. Fidelio solía volverse loca con el ciclo cuando era una cachorrilla. Se ponía a aullar con los compases iniciales de la primera canción de la misma forma que cuando Els la llevaba al parque en plena noche de luna llena.

La elección parece algo sensiblera. No es que haya muerto un ser humano. No se trata de Sara, esa llamada a las tres de la mañana, ese horror que ni siquiera alcanza a imaginar. Tampoco es Paul ni Maddy ni ningún antiguo alumno. Ni Richard. No es más que una perra que no tenía ni idea de lo que sucedía. Solo una perra vieja que le proporcionó felicidad y lealtad incondicional sin razón alguna.

Peter y Fidelio solían acudir a funerales musicales imaginarios, exequias anticipadas de puro sonido. No había nada más tonificante que la música oscura, el placer de un ensayo, la oportunidad de igualar la imaginación con la muerte. Pero esta noche no es un ensayo. Ha perdido a la única compañera capaz de volver a las viejas piezas de siempre cada noche y oírlas como si fuera la primera vez. Una llama se ha apagado en mi morada. Saludad a la alegre luz del mundo.

La grabación reposa en la estantería, una profecía de hace cien años. Esas cinco canciones le enseñaron a Els el funcionamiento de la música. En el medio siglo transcurrido desde entonces, ha regresado a ellas en cada revolución sonora. Ninguna música volverá a ser tan misteriosa como aquella el día que la descubrió. Pero esta noche la oirá una vez más y extraerá el sonido salvaje de esas canciones como lo haría un animal.

Saca el CD de la caja mientras echa cuentas: un niño de ocho años que hubiera oído las Escenas infantiles de Schumann en el año en que se publicaron pudo asistir, a los setenta y cinco años, al estreno de esas Canciones a los niños muertos de Mahler. De la primavera del Romanticismo al invierno del Modernismo en una sola vida. Esa era la maldición del conocimiento: una vez que comenzabas a componer música, la partida ya estaba casi terminada. La notación desencadenaba el ansia por descubrir todos los trucos ocultos en las reglas de la armonía. Diez breves siglos habían arrasado con todas las innovaciones disponibles, cada vez más fugaces. Ese vehículo en constante aceleración algún día se estrellaría contra un muro, y sería cuestión de suerte que Els estuviera vivo en el momento de la colisión.

Cuando Peter oyó por primera vez las canciones de Mahler, su infancia ya había muerto tiempo atrás. Había terminado con el ataque al corazón de su padre, con la sublevación de la balsa. Durante mucho tiempo, nada le aliviaba más el sentimiento de culpa que oír los mejores discos de su padre: el Júpiter, la Heroica, la Inacabada. Hubo un par de veces que la música reabrió aquel mundo tan puro junto al mundo de Peter. Después, su madre se deshizo de todos los discos de su padre, de toda la ropa, de cualquier pertenencia que alentara su recuerdo en el presente. Sin preguntarles siquiera a sus hijos, donó la música a la beneficencia.

Carrie Els se volvió a casar demasiado rápido con un actuario de seguros que había trabajado con el padre de Peter. Ronnie Halverson, un hombre grande y simpático con juegos de palabras a lo Bennet Cerf y una moralidad recíproca, ambos tan inexorables como la muerte, tomó posesión del hogar de los Els con discreción. Llenaba la casa de grandes bandas los sábados por la mañana mientras preparaba patatas rebozadas y tortillas para todos, y nunca logró entender por qué su talentoso hijastro se negaba a escuchar, con la dulce y rítmica libertad de Woody Herman y Artie Shaw, cómo había que manejar el clarinete. Peter se reconcilió con el intruso, hacía los deberes, repartía los periódicos, ensayaba, tocaba en la joven orquesta local, devolvía la sonrisa a los adultos que le sonreían y garabateaba, para una enfurecida gran orquesta, pasajes tutti coléricos y vengativos que escondía en un bloc de música entre el colchón y el somier.

A los quince años, se enamoró de la química. El lenguaje pautado de los átomos y los orbitales encajaba con una lógica presente en muy pocas cosas salvo en la música. Balancear ecuaciones químicas era como resolver el sistema de apertura de una caja secreta china. Las simetrías ocultas en las columnas de la tabla periódica poseían parte de la grandeza del Júpiter. Y encima era posible ganarse la vida con eso.

Entonces, el primer día del último curso, desde la otra punta de la abarrotada sala de estudio, Els divisó a Clara Reston y la reconoció como alguien venido de otro planeta aún más remoto que el suyo. El año anterior, con una lujuria afligida, la había visto en el auditorio de la orquesta del instituto, siempre detrás de su violonchelo, acicalada, con faldas de muselina y unos jerséis finos de canalé que deberían prohibir, deslizando el arco por el instrumento con una sonrisa de absoluto rechazo. Esbelta, con postura de sujetalibros y más de un metro de pelo que le caía por debajo de las rodillas, parecía un elfo de Tolkien. Y tocaba el arreglo más bobo del himno del estado como si fuera la primera melodía surgida de la lira de Apolo.

Miró a Clara desde el otro extremo de la sala de estudio con asombro y admiración. Como por voluntad de Peter, ella levantó los ojos para interceptar su mirada, inclinó la bonita cabeza y se dio cuenta de todo. La mirada de Clara dijo: «Ya era hora». Y con esa mirada, la mañana de su vida se transformó en una tarde tempestuosa.

Dos días más tarde, ella se acercó por el pasillo y le pisó el pie derecho.

—Hola —le dijo—. ¿Qué te parece el trío con clarinete de Zemlinsky?

Nunca había oído hablar de Zemlinsky. Ella lo evaluó con una sonrisa que insinuaba una larga lista de cosas de las que Peter nunca había oído hablar.

A la semana siguiente, la chica llevó algunos fragmentos para repentizarlos juntos. Se pasaron dos horas trabajando en el andante. Los dos a solas: no había ningún pianista en el instituto capaz de tocar la pieza. El movimiento comenzaba con un largo solo de piano que Peter supuso que se saltarían. Pero Clara insistió en que contaran los compases del tácet compartido. Ella oía el teclado espectral como si sonara a su lado. Y, muy pronto, Peter también lo oiría.

De ese modo repasaron una docena de piezas —tríos, cuartetos y quintetos— en las que sus dos líneas navegaban sobre el silencio de los instrumentos ausentes. Cuando leían la pieza, la seguían mientras oían la grabación.

Al escuchar música junto a ella, Peter comenzó a entender el mensaje mudo que siempre sospechó que yacía bajo la superficie de los sonidos. Y al observar a Clara vio que ella poseía una clave que él no tenía.

—A veces —le dijo ella— cuando escucho música… estoy en todas partes.

No tardaron en quedar dos o tres tardes a la semana para oír música juntos. Y al poco tiempo, la actividad se convirtió en otro tipo de distracción.

En noviembre, cuando Clara decidió que Peter ya estaba preparado, le pasó las Kindertotenlieder. Els conocía el nombre de Mahler, pero había rehuido su música. Daba por buena la opinión generalizada que se tenía de él: demasiado prolijo, demasiado banal, demasiado neurótico, demasiado enredado en marchas, ländlers y canciones de bar. Peter nunca supo cómo la joven Clara había llegado a adorar a ese compositor tan poco conocido por entonces. Pero la verdad era que, cuando ella dejó caer la aguja sobre la primera de aquellas canciones de infortunio, a Peter le acuciaban otras cuestiones más urgentes.

Escuchaban música en la habitación de Clara, con la puerta lo bastante abierta para el decoro, mientras sus padres preparaban la cena en la planta de abajo. Una noche de noviembre de 1959: por encima de ellos, las primeras lunas artificiales de la Tierra se abrían paso por el cielo negro. El fonógrafo giraba, la canción comenzaba sus divagaciones cromáticas y Peter Els jamás volvió a oír la música del mismo modo.