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Cuatro vidas se entrecruzan en esta nueva novela de Richard Powers, donde el autor de El clamor de los bosques y ganador del Premio Pulitzer se muestra en la cima de sus habilidades. Evie Beaulieu, de doce años, se sumerge en una piscina de Montreal atada a una de las primeras escafandras autónomas del mundo. Ina Aroita crece en las bases navales del Pacífico con el arte como único hogar. Dos polos opuestos en un instituto de élite de Chicago se vinculan gracias a un juego de mesa de tres mil años de antigüedad; Rafi Young se perderá en la literatura, mientras que el trabajo de Todd Keane conducirá a un sorprendente avance de la inteligencia artificial. Todos ellos se reúnen en Makatea, una isla de la Polinesia Francesa marcada por la historia, cuyos depósitos de fósforo contribuyeron en su día a alimentar al mundo. Ahora el diminuto atolón ha sido el elegido para la próxima aventura de la humanidad: el lanzamiento de ciudades flotantes y autónomas a mar abierto. Pero antes, los habitantes de la isla tienen que votar para dar luz verde al proyecto o expulsar a los colonizadores marinos. Ambientado en el océano más grande del mundo, este libro cargado de asombro explora el último lugar salvaje que aún nos queda por colonizar en un juego marino aún en desarrollo y combina, como solo Richard Powers es capaz de hacer, la belleza de la escritura, una rica caracterización, el tratamiento de temas profundos sobre tecnología y medioambiente, y una intensa exploración de nuestra humanidad compartida.
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Seitenzahl: 651
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para Peggy Powers Petermann (1954-2022), que me regaló un libro sobre los arrecifes de coral cuando yo tenía diez años.
Y para RayRay, viejo amigo: setecientas cincuenta mil… no, que sean un millón de gracias.
Antes de la tierra,
antes de la luna,
antes de las estrellas,
antes del sol,
antes del cielo,
antes incluso del mar,
solo había tiempo y Ta’aroa.
Ta’aroa creó a Ta’aroa. Luego creó un huevo que lo albergara.
Puso el huevo a girar en el vacío. Dentro del huevo giratorio, suspendido en esa vacuidad interminable, Ta’aroa se acurrucó y esperó.
Con todo ese tiempo sin fin y esa espera eterna, Ta’aroa se cansó de permanecer dentro del huevo. Sacudió entonces el cuerpo, rompió la cáscara y salió de esa prisión autocreada.
Fuera, todo era silencioso y tranquilo. Y Ta’aroa vio que estaba solo.
Ta’aroa era un artista, así que jugó con lo que tenía. Su primer material fue la cáscara de huevo. La machacó en innumerables trozos que dejó caer. Los pedazos de cáscara descendieron hasta formar los cimientos de la Tierra.
Su segundo material fueron las lágrimas. Lloró de aburrimiento y soledad y sus lágrimas llenaron los océanos de la Tierra, los lagos y todos los ríos del mundo.
Su tercer material fue el hueso. Utilizó su columna vertebral para formar islas. Aparecieron cordilleras allá donde las vértebras se elevaban sobre los charcos de lágrimas.
La creación se convirtió en un juego. A partir de las uñas de manos y pies formó las escamas de los peces y los caparazones de las tortugas. Se arrancó las plumas y las transformó en árboles y arbustos que llenó de pájaros. Con su propia sangre extendió un arcoíris por el cielo.
Ta’aroa invocó a los demás artistas, que acudieron con cestas llenas de materiales: arena y guijarros, corales y conchas, hierba y hojas de palmera, e hilos obtenidos de las fibras de diversas plantas. Y, junto a Ta’aroa, los artistas dieron forma y esculpieron a Tāne, el dios de los bosques, de la paz y de la belleza, y de toda la artesanía.
Después, los artistas dieron vida a los demás dioses, a montones de ellos. Los amables y los crueles, amantes, ingenieros y embaucadores. Y esos dioses llenaron el resto del mundo incipiente de colores, líneas y criaturas de todo tipo: terrestres, aéreas y marinas.
Tāne decidió decorar el cielo. Jugó con las posibilidades y salpicó la negrura con puntos de luz que giraban alrededor del centro de la noche formando grandes remolinos. Creó el sol y la luna, que dividieron el tiempo en el día y la noche.
Ahora que había días y meses, ahora que el mundo estaba salpicado de vida que se ramificaba y extendía, ahora que el cielo era en sí mismo una obra de arte, era el momento de que Ta’aroa concluyera su juego. Moldeó y dividió el mundo en siete capas, y en la última colocó a las personas, con quienes podría jugar al fin.
Observó que averiguaban cosas y eso le encantó. La gente se multiplicó y llenó la capa más baja como los peces llenan un arrecife. La gente encontró plantas, árboles, animales, conchas y rocas, y con todos esos descubrimientos hizo cosas nuevas, igual que Ta’aroa había hecho el mundo.
Al crecer en número, los seres humanos se sintieron acorralados. Por eso, cuando descubrieron el portal que conducía al nivel del mundo que se extendía por encima del suyo —la puerta que Ta’aroa había ocultado para ellos—, abrieron a la fuerza, cruzaron el umbral y comenzaron a multiplicarse de nuevo por una capa superior.
Y de este modo, la gente llenó un nivel y ascendió al siguiente,
llenó un nivel y ascendió al siguiente, una y otra vez.
Sin embargo, todas y cada una de aquellas
capas nuevas pertenecían a Ta’aroa,
que había puesto en movimiento
todas las cosas del mundo
desde el interior
de su huevo
giratorio.
Hizo falta que una enfermedad se comiera mi cerebro para ayudarme a recordar.
Una noche de diciembre de hace casi cuarenta años, volvíamos los tres desde el campus a casa. Era el año en que Ina había pisado por primera vez un continente. Habíamos visto una representación teatral universitaria de La tempestad y ella se había pasado llorando todo el último acto. Por más vueltas que le di, yo no entendía por qué.
Rafi y yo la acompañamos a su residencia, situada a una decena de manzanas del Quad. Ina no estaba acostumbrada a las calles rectas. La desorientaban. No paraba de darse la vuelta. Todo la distraía y la detenía en seco. Un cuervo. Una ardilla gris. La luna de diciembre.
Rafi y yo intentábamos calentarla, uno a cada lado, el doble de altos que ella. Su primer invierno de verdad. El frío era criminal.
Ella no paraba de decir:
—¿Cómo puede vivir la gente con esto? ¿Cómo sobreviven los animales? ¡Es una locura! ¡Un disparate!
Entonces se paró de golpe y nos agarró a los dos del codo. Su cara enrojecida tenía una expresión de asombro.
—Dios mío, mirad eso. ¡Mirad eso! —Ninguno de los dos sabíamos a qué demonios se refería.
Unas bolitas caían por el aire y aterrizaban sobre la hierba con un débil chasquido. Se quedaban pegadas, como flores blancas y húmedas, a los extremos de las briznas de hierba congeladas. Yo ni siquiera me había dado cuenta. Rafi tampoco. Niños de Chicago acostumbrados al efecto lacustre.
Ina nunca había contemplado nada parecido. Veía que del cielo caían trozos de cáscara de huevo para crear la Tierra.
Se quedó allí plantada, sobre la acera de hierro, muerta de frío, mientras se metía con nosotros partida de risa.
—Pero ¿habéis visto eso? ¡Mirad, pedazo de estúpidos! ¿Por qué no me habíais hablado de la nieve?
Ina Aroita bajó a la playa un sábado por la mañana en busca de materiales bonitos. Se llevó con ella a Hariti, de siete años, y dejó en casa a Afa y a Rafi, que jugaban en el suelo con unos robots transformables. La playa estaba a un paseo corto de su cabaña, cerca de la aldea de Moumu, en la ligera elevación entre los acantilados y el mar de la costa este de la isla Makatea, en el archipiélago Tuamotu de la Polinesia Francesa, todo lo lejos de cualquier continente que puede estar un territorio habitable: una mota de confeti verde, como los franceses llamaban a estos atolones, perdida en un infinito campo de azul.
Nacida en Honolulú, hija de un contramaestre de primera clase hawaiano y de una azafata de vuelo tahitiana, criada en las bases navales de Guam y Samoa, y educada en una universidad enorme del Medio Oeste americano, Ina Aroita trabajó durante años como camarera para una cadena hotelera de lujo en Papeete, Tahití, antes de recorrer doscientos cuarenta kilómetros en barco hasta Makatea para cultivar un huerto, pescar, tejer un poco, criar a sus dos hijos e intentar recordar por qué estaba viva.
Makatea fue el lugar donde Rafi Young se reencontró con ella al fin. Y en esa isla, ambos se casaron y formaron una familia lo mejor que pudieron, lejos de la creciente tristeza del mundo real.
Cuatro años en Makatea convencieron a Ina Aroita de que su único propósito en la vida era disfrutar de su marido cascarrabias y de sus dos hijos: el cangrejero Afa y la tímida bailarina Hariti. Cultivaba cosas: ñame, taro, árbol del pan, castañas, berenjenas, aguacates. Fabricaba cosas: esculturas de conchas, cestas de pandán y piedras pintadas con mandalas. A veces, alguno de los pocos turistas que navegaban hasta Makatea para ver sus fabulosas ruinas o escalar sus espectaculares acantilados le compraba algo.
Ina Aroita construía sus artefactos playeros en el jardín, de manera que convirtió la franja de selva situada detrás de su casa restaurada en un museo al aire libre para nadie. Los zarcillos de Homalium y Myrsine crecían sobre su obra y la cubrían de verde del mismo modo que la selva enterraba las piezas de motor oxidadas y los restos del ferrocarril de la época de las minas de fosfato.
Aquel sábado, madre e hija peinaron el tramo entre las líneas de pleamar y bajamar en busca de riquezas. Los tesoros eran abundantes: conchas de almejas, cangrejos y caracoles, y bonitos trozos de coral y obsidiana pulidos por el oleaje despiadado. Caminaron por las rocas salpicadas de sal hasta donde rompían las olas. Las piezas del increíble botín, escondidas a plena vista, se esparcían por doquier.
Hariti encontró una piedra azul plana que brillaba si la mojaba.
—¿Es una joya, mamá?
—Uy, claro que es una joya. ¡Como tú!
La niña decidió que no corría peligro si se reía. Metió la piedra en una bolsa de malla para subirla a casa. Más tarde, ella y su madre planearían juntas qué hacer con todos esos objetos suaves, moteados y relucientes.
Mientras buscaban, Ina Aroita le contó a su hija la historia de Ta’aroa.
—¿No es increíble? ¡Construyó el mundo con la cáscara de su propio huevo!
A Ina le había contado esa historia su madre en el puesto de helados de la playa de Waikiki, a tres kilómetros de Diamond Head, cuando tenía siete años. Y ahora se la enseñaba a esta nueva y extraña artista de siete años que necesitaba con desesperación mitos sobre iniciativas arriesgadas. El mundo, con todo su contenido brillante y sorprendente, se había creado a partir del aburrimiento y el vacío. Todo empezó con la quietud y la espera. La historia perfecta para contársela a una niña tan oscura y preocupada.
Ina estaba llegando a su parte favorita, donde Ta’aroa llama a todos los artistas para que lo ayuden, cuando Hariti soltó un grito espeluznante. Ina se abalanzó sobre las rocas donde se encontraba su hija en busca de la amenaza. Con Hariti siempre había una amenaza. Sus padres biológicos murieron justo cuando ella alcanzaba la edad de la memoria y nunca olvidó que el mundo estaba siempre listo para arrebatárselo todo.
Fuera cual fuera la amenaza esta vez, Ina no la veía. En toda aquella playa no había nada con la capacidad de hacerles daño. La costa estaba completamente despejada a lo largo de la orilla combada y alrededor de los promontorios que conducían hasta el asentamiento fantasma de Teopoto, en el extremo más septentrional de la isla. Aun así, la niña, que se impresionaba con facilidad, seguía inmóvil sin dejar de gemir.
El terror se encontraba a dos pasos de sus piececillos descalzos. En un hoyo poco profundo de la playa yacía el cadáver de un ave. Tenía las alas laxas, las patas estiradas y la cabeza picuda hacia un lado: un albatros, muerto desde hacía mucho tiempo. No había crecido del todo, ya que las alas de un albatros adulto habrían medido dos veces la altura de Ina Aroita. Con todo, el pájaro desparramado sobre la playa era casi tan grande como Hariti.
Los tejidos blandos se habían disuelto y formaban un contorno dorado contra la arena gris. Los restos pinnados de las alas podridas parecían hojas de palmera secas. Dos grandes palos —los húmeros de la criatura— brotaban de las cuencas vacías de los hombros. La silueta todavía pugnaba por levantarse y emprender el vuelo.
Un trozo de esternón y las delgadas bandas marrones de una costilla endeble encerraban lo que quedaba del abdomen. Y dentro de ese pecho, inmunes a la descomposición, yacían dos puñados de trozos de plástico.
Hariti volvió a gritar y, con el pie, lanzó arena hacia la cosa muerta. Dio un paso hacia el cadáver con asco, como dispuesta a pisar los restos y a pulverizarlos. Su madre tiró de ella hacia atrás con demasiada fuerza. Pero el susto de aquel tirón, de aquel agarre firme, detuvo por fin sus chillidos.
—¿Qué le ha pasado? ¿Qué tiene dentro? —preguntó en inglés, una nueva costumbre que Ina Aroita trataba de impedir.
—Il a mangé un truc qu’il n’aurait pas dû. —Comió algo que no debía.
—¿Como comida basura?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Por qué comió comida basura, mamá? Es un pájaro. Los pájaros comen comida buena.
—Se confundió.
Las respuestas de Ina convertían el mundo en un lugar aún más terrorífico. La niña apretó la cara húmeda contra el muslo desnudo de su madre.
—Da mucho miedo, mamá. Haz que se vaya.
—Es una criatura, Hariti. Deberíamos enterrarla en condiciones.
A la niña le entusiasmó la idea, ya que le encantaban tanto los rituales como hacer hoyos en la arena. Pero cuando Hariti empezó a arrojar puñados de coral y conchas pulverizados sobre el cadáver, Ina Aroita volvió a detenerla. Ina metió la mano en el pecho del ave en descomposición y sacó dos tapones de botella, una tapa dosificadora, un bote de película negra con un mínimo de quince años de antigüedad, un mechero desechable, varios metros de sedal de monofilamento enredado y un botón con forma de margarita.
Guardó el colorido botín en la bolsa de malla junto con los demás tesoros de la mañana.
—Nous pouvons faire quelque chose avec ceux-ci. —Podemos hacer algo con esto.
Pero no tenía ni idea de qué.
Erigieron una tumba en forma de montículo, redonda y lisa. Hariti quería colocar una cruz en la cabecera, como en las tumbas de los dos cementerios de la isla. Así pues, fabricaron una cruz con ramitas de hibisco y la clavaron en la arena. Luego, forraron el montículo con conchas de caracol verdes y piedrecitas amarillas.
—Reza una oración, mamá.
Ina se detuvo para elegir la lengua. Ese pájaro confuso tal vez hubiera llegado desde la Antártida a través de Australia o Chile. Habría vivido la mayor parte de su vida en el agua. Ina pronunció pues unas palabras en tahitiano, ya que ni el francés ni el inglés parecían apropiados y no conocía ninguna de las variedades del tuamotuano lo bastante bien como para decir algo útil.
Un cuarto de hora después del breve funeral, la hija de Ina saltaba de nuevo las olas mientras encontraba joyas nuevas, como si la muerte por ingestión de plástico fuera solo otro mito inescrutable, tan misterioso como un dios acurrucado en un huevo giratorio antes del principio del mundo.
Padezco lo que los informáticos llamamos latencia. Una retrocesión al pasado, como hizo mi madre en sus últimos años. Esta maldición no siempre es hereditaria, aunque a veces sí. ¿Quién sabe? Puede que mi madre también la tuviera. Puede que detrás del accidente que la mató hubiera una enfermedad no diagnosticada.
Los últimos meses y años se vuelven borrosos al mismo tiempo que los acontecimientos fundamentales de mi infancia se solidifican. Al cerrar los ojos, veo mi primer dormitorio en la torre de nuestro castillo de Evanston con más detalles de los que debería permitir la memoria: la mesa de estudio llena de tiburones y rayas de plástico, la estantería de libros sobre fondos marinos, la pecera redonda con gupis y colas de espada, y el armario repleto de máscaras y tubos de buceo, de abanicos de mar secos, de trozos de coral y de fósiles de peces del periodo devónico comprados en la tienda de regalos del acuario Shedd.
En la pared de mi cama, enmarcado, había un artículo del Trib con fecha del 1 de enero de 1970: «Los primeros de la fila en la nueva década». Debí de leerlo mil veces cuando era pequeño. En la foto en blanco y negro aparecía yo, el recién nacido Todd Keane, traído al mundo en el hospital Saint Francis de Evanston una fracción de segundo pasada la medianoche, mirando fijamente a la cámara con perplejidad infantil mientras intentaba concentrarme en el gran misterio que se cernía frente a mí.
Don Primero de la Fila: mis padres me llamaron así durante años. Era algo que de pequeño me provocaba cierta presión. Como hijo único, me tomé mi título y mis prerrogativas muy en serio. Asumí la obligación de convertirme en la primera persona en alcanzar el Futuro.
Y aquí estoy, triunfante al fin.
Mi madre no quería estropear su cuerpo perfecto con un parto, pero mi padre necesitaba a alguien con quien jugar en casa al ajedrez a cualquier hora del día o de la noche. No sé cómo resolvieron el asunto. Quizá echándolo a piedra, papel o tijera. O tras una demostración de destrezas. O en un juicio simulado o un debate al estilo de Oxford. Tal vez nací por una tirada de dados.
Mi infancia estuvo dominada por una guerra constante entre ellos. Esa competición se propiciaba tanto por la lujuria como por el odio y cada uno empleaba sus diferentes superpoderes en el combate. Mi padre: la fuerza de la manía. Mi madre: la astucia de la opresión. Yo era un niño de cuatro años precoz cuando me di cuenta de que mis padres estaban atrapados en una contienda donde debían infligir al otro el mayor daño posible sin cruzar la línea de la fatalidad: únicamente la cantidad de dolor necesaria para desencadenar una excitación que solo podía provocar la rabia. Era una especie de estrangulación del alma autoerótica recíproca en la que ambos partícipes eran emisores generosos y receptores agradecidos.
Mi padre era un hombre rápido, tan rápido que una buena parte del resto del mundo le parecía tedioso. Trabajaba en la Board of Trade de Chicago en la era anterior a la negociación electrónica. Era un guerrero del sistema de corros que se colocaba en el centro del octágono mientras las olas furiosas del capitalismo rompían a su alrededor. Cuando miraba con frialdad los miedos ajenos y sacaba provecho de ellos, su cerebro no distinguía entre la emoción y el estrés. A fuerza de mantener la calma mientras los demás se inflaban y explotaban, de ganar y perder cantidades ingentes de dinero con pequeños giros de la mano y chasquidos de los dedos (acompañados de gritos delirantes), llevaba tanto tiempo inundando su corteza cerebral de neurotransmisores que ya no era capaz de funcionar sin una constante amenaza de bajo nivel a su bienestar. Y mi madre, ama de casa, se la suministraba con diligencia.
Había otras dosis en forma de descapotable 450SL trucado, de un Cessna Skyhawk que guardaba en el aeropuerto de Midway y que le gustaba sacar a volar cuando hacía mal tiempo, y de una amante que llevaba una Smith & Wesson modelo 61 sin licencia en un bolso de cuero Louis Vuitton.
Mi madre era una romántica encubierta. Cuando se enteró de la vida secreta de mi padre, contrató a un detective privado para localizar a un chico que la adoraba en el instituto New Trier y que llegó a jugar al béisbol como utility en la cantera de los Cubs durante varios años antes de invertir en un concesionario de AMC en Elk Grove. No paraba de romper y reconciliarse con él en lugares semipúblicos, casi rogándole a mi padre que acabara con aquello. Mi padre mordía el anzuelo amorosamente una y otra vez.
No me malinterpretes: si para ser rico había que tener unos padres inútiles, lo aceptaba. Me encantaba ser rico. Los premios de consolación eran abundantes y extraordinarios. Pero odiaba a mi padre por traicionar a mi madre y odiaba a mi madre por traicionarme a mí. Aún no era lo bastante mayor para saber fingir que todo saldría bien. El secreto parecía estar en encontrar otro lugar donde vivir.
Encontré ese lugar bajo el lago Míchigan. Cuando mi mente se aceleraba y el futuro se abalanzaba sobre mí con cuchillos, lo único que me ayudaba era mirar desde el castillo y verme caminando por el fondo del lago.
Bajo el agua todos los dramas sonaban amortiguados. Lo sabía por los veranos en las playas de Lee Street y Lighthouse. Todos los amigos y enemigos parecían fluidos y mansos, mientras se arrastraban a través de la resistencia líquida con un lánguido tono azul verdoso. En el fondo del lago no había gente. No imaginaba un lugar mejor para vivir.
Mi padre se hizo daño en la espalda mientras esquiaba con su amante en Big Sky. Se quedó a pocos milímetros de la parálisis total. El dolor lo incapacitó y tuvieron que operarle de urgencia. Mi madre me llevó a Montana para verlo como nunca antes: postrado y casi benévolo. Se miraron y se cogieron de la mano, fusionados de nuevo por el cuasidesastre. Pero en cuanto la enfermera salió de la UCI, se abalanzaron mutuamente al cuello del otro.
—Me dijiste que estabas en un congreso en Nueva York.
—¡Qué ingenua eres! ¿Para qué iba a ir a un congreso en Nueva York un corredor de bolsa de Chicago?
Ella susurró, como si yo no la oyera:
—Eres un cabronazo de mierda y me voy a divorciar de ti.
—¡Llegas tarde! —Los ojos brillantes de mi padre bailaban en oxicodona—. Mis abogados ya están arreglando los papeles.
Mi madre soltó un grito ahogado y todo su cuerpo se plegó. No se puede jugar al póquer con un corredor de bolsa, sobre todo si le da igual ganar o perder. Mi padre solo quería anotarse un tanto más.
Estiró el brazo bueno para agarrarla de la cintura.
—Te quiero —dijo—. Te lo crees todo.
Nunca dejaron de amenazarse con el divorcio. Una noche de junio, cuando yo tenía cinco años, don Primero de la Fila estaba en la mesa de estudio de la tercera planta del torreón del castillo, acobardado por los gritos que llegaban desde la cocina, dos plantas más abajo. La voz de mi padre era tan enérgica como la de un locutor.
—¡Zorra! Estoy deseando librarme de ti.
Mi madre bufó.
—¿Librarte de mí? Qué cabronazo eres. Pues te quedas con Toddy, que para eso fue idea tuya.
Luego hubo más gritos, después nada en absoluto y, por último, unos gritos suaves de satisfacción animal que pedían más.
Miré al lago y, tal y como había aprendido, me dispuse a sumergirme en él. Anduve por el fondo del misterio verde y silencioso hasta Míchigan, que imaginaba como un territorio de dunas y hierba de playa.
Ese verano, los pinchaguas se morían. En todas las playas de la ciudad, cientos de miles de peces yacían podridos. Aunque tarde, me di cuenta: cuando caminaba por debajo del agua hacia otro estado, el lago no estaba vacío, como su superficie demostraba. Rebosaba de seres vivos. Al principio, esto me aterrorizó. Pero enseguida se convirtió en algo maravilloso. La siguiente vez que caminé por el fondo del lago hacia Míchigan, fue entre bancos de peces que acudían a examinarme como si yo fuera la cosa más asombrosa del mundo.
Por eso, no lo olvides: pese a los centenares de horas de vídeo, las innumerables entrevistas, las dos biografías (ninguna de ellas autorizada), los cientos de miles de páginas web y documentos sobre mí y sobre mi compañía, los millones de correos electrónicos, mensajes de texto y transcripciones telefónicas, las interminables migas de pan digitales de una vida vigilada en la pecera pública y todo lo que esos datos insinúan, en el puzle de mi vida nada tiene sentido sin esta única pieza.
Es algo simple y minúsculo, pero nunca se lo he contado a nadie salvo a ti.
De pequeño, sabía respirar bajo el agua.
Más tarde, esa mañana, Ina y Hariti sacaron sus tesoros de la bolsa. Alinearon los hallazgos por colores en el borde del camino de ladrillo de delante de la casa bajo el sol del mediodía. Ina apartó el bote de película, el mechero y las demás baratijas artificiales y los metió en un cubo en cuarentena junto al porche.
Las piezas artificiales eran feas. Habían matado a un pájaro. Solo con mirarlas, Ina se ponía enferma. Pero no podía tirarlas. Además, ¿dónde las iba a tirar para que no volvieran a las aguas y mataran algo más?
Cuando Afa salió a mirar, se quedó fascinado con los coloridos trozos de plástico. Al hijo de Ina le atraían más que las conchas y las piedras. No paraba de toquetear la basura tóxica y de preguntar:
—¿Los habéis encontrado? ¿En un pájaro? ¿Dentro?
Los deseaba con ansia. Él y su padre podían convertirlos en piezas para todo tipo de juegos. Preguntó varias veces seguidas:
—¿Puedo, puedo, puedo…?
—No, mon ange. Los necesito para una cosa.
—¿Para qué?
Ina no tenía ni idea. Los trozos de basura reposaban bajo el sol a la espera de que ella decidiera su destino. La expectación que rezumaban la enfurecía. Quería castigarlos. Se imaginó a una madre albatros que escupía los trozos de plástico por la garganta hasta la boca de sus crías.
Esa noche, Māui la visitó en sueños. No sabía muy bien de qué Māui se trataba: el hawaiano, el tahitiano, el maorí, el samoano, el tongano, el portador del fuego, el retenedor del sol, el fabricante de anzuelos mágicos o el rastrero violador de diosas. Fue embarazoso. No quiso decirle al dios que no creía en él y que habría sido mejor que no hubiera aparecido.
Todo se volvió extraño, como sucede en los sueños. Las reglas de la existencia se plegaron en las hojas agitadas de unos enormes cocoteros. Pasaron cosas que tal vez tuvieron que ver con el sexo. Los cuerpos se comprimían como la copra para volver a su ser original y más antiguo.
Se despertó asfixiada.
Oyó que su marido decía:
—No pasa nada, estás despierta.
No entendió qué tenía que ver una cosa con la otra. Agarrados de los hombros en la oscuridad, percibieron la ironía de la situación pese a que ninguno de los dos la expresó en voz alta: según una larga tradición, siempre era ella quien debía despertarlo a él de las pesadillas.
Rafi ansiaba conocer los temores nocturnos de Ina, pero no preguntó. Eso era algo que a Ina le encantaba de él: podía amar y luchar contra sus propios terrores y dejarla sola para que ella hiciera lo mismo.
Las manos de Rafi le tatuaron la espalda con lentas espirales.
—¿Va todo bien?
No, todo no iba bien. Ella no quería enfrentarse de nuevo a la inconsciencia, pero tampoco le apetecía contarle la pesadilla. ¿Qué pensaría su marido de que el Embaucador acudiera en sueños para llevársela?
—Por alguna razón, los dioses me están molestando.
—Vaya. A veces hacen mierdas de esas.
Ella le dio un codazo en el costado, pero las costillas delgadas y demasiado marcadas le recordaron al pájaro, y la imagen de su marido, negro, delgado y lleno de plástico de colores fue peor que la pesadilla.
Él se apartó y se acurrucó de lado antes de quedarse de nuevo dormido pasados unos minutos. Ella se aferró a sus hombros, como si montara una tortuga laúd —un animal cuya longitud superaba la altura de su marido— a lo largo de los miles de kilómetros de archipiélago por mar abierto.
La tortuga laúd, según leyó una vez, tenía que llorar siete litros de agua por hora para mantener la sangre menos salada que el mar.
Apenas eché los dientes mi padre me inició en Serpientes y escaleras. Tiraba los dados y movía por mí, y nuestras fichas ascendían al cielo o se precipitaban hacia el infierno al azar. Enseñarme aquel juego antes de que tuviera suficiente edad no era más que un pequeño movimiento en su estrategia, amplia y paciente. Algún día, yo le proporcionaría un reto durante largas y desoladas horas cuando la Board of Trade estuviera cerrada.
De Serpientes y escaleras pasamos a Sorry! y luego al parchís antes de alcanzar nuestro primer gran hito: el backgammon. Tirar dos dados y mover a tu pueblo en un gran círculo para llevarlo a casa: hasta un niño submarinista, pequeño y reticente era capaz.
El juego tenía cinco mil años de antigüedad y mi padre tenía treinta y siete. Se consideraba un jugador fuerte y durante las primeras cincuenta partidas me hizo morder el polvo. No prodigaba consejos; su gran plan dependía de que yo aprendiera por mi cuenta, para que cuando me hiciera mayor llegara a ser tan listo como él, que ganaba y perdía fortunas en cuestión de días. Dejarme a la deriva era su idea de una educación perfecta.
Después de una derrota especialmente hiriente, yo subía entre sollozos a mi habitación en lo alto de la torre. Cuando mi madre intervenía para defenderme, mi padre le reforzaba el carácter del mismo modo que acababa de reforzar el mío. Es increíble que mi madre y yo siguiéramos jugando contra él. Pero lo cierto era que yo ya había empezado a ver cosas.
Alucinaciones todavía no. Eso no llegaría hasta varias décadas después. Pero sí veía patrones vivos y cambiantes. En mi mente, los dados del backgammon empezaban a parecer una criatura formada a lo largo del tiempo, delgada por los extremos y gorda por el medio, no muy distinta del dibujo de la serpiente que se había comido un elefante en El principito. Solo había una forma de sacar un dos o un doce, pero seis formas distintas de sacar un siete. El creador del mundo me susurró ese secreto y eso lo cambió todo.
A partir de ese momento, el tablero se convirtió en un hervidero donde las dificultades y las promesas de cada posición subían y bajaban con cada jugada. Los veinticuatro puntos de la ruta circular empezaban a bullir con planes, como niños que se disputaban el poder en un patio de recreo. Se me aparecían nuevas formas de guiar a mi pueblo hacia un lugar seguro. Dejé de aferrarme a las recompensas rápidas y empecé a ejecutar movimientos que me aportaban mayores oportunidades para los movimientos futuros. Y los mejores movimientos eran aquellos que empeoraban las oportunidades de mi padre.
Mi primera victoria llegó un sábado de julio. Estábamos jugando en su velero Flicka 20, que se mecía media milla al noreste del puerto de Wilmette. Esto era antes de los teléfonos móviles, cuando jugar al backgammon con su hijo mientras navegaba, leía y escuchaba el partido de los Cubs por la radio era casi el límite máximo de entretenimientos que mi padre podía comprimir a la vez. Cuando empecé a sacar mis fichas, mucho antes de que él tuviera todas las suyas en el tablero propio, dejó el libro y apagó la radio. Pero ya era demasiado tarde. Todas las maldiciones del mundo dirigidas a los dados no bastaron para atraparme.
—Otra —ordenó—. Venga.
De nuevo, con una suerte ininterrumpida y mi flamante habilidad para ver los cambios de patrón que animaban el tablero, vencí a mi padre pese a sus mejores intentos.
Pensaba que me daría una paliza. Me equivoqué.
—Al mejor de cinco —anunció—. Y si ganas, te llevo a Kroch’s and Brentano’s para que elijas el libro que quieras.
Mi padre redobló esfuerzos. Ganó las dos partidas siguientes. En ninguna estuve ni siquiera cerca.
En la quinta partida, bajé del cielo al infierno como cuando jugábamos a Serpientes y escaleras. Deseaba tanto aquel libro que me temblaban las manos y sentí que el premio se me escapaba. Los patrones que danzaban por el tablero se volvieron imprecisos. Mis movimientos eran tan aleatorios como las tiradas de los dados.
Salté por la borda del velero y me hundí en el fondo del lago. Allí, en el vientre turbio del agua opaca, mis amigos los peces acudieron a mi encuentro. Me llevaron a un lugar lento, muchas leguas por debajo del barco, muy por debajo de la esperanza y la ansiedad, donde olía a arena y algas. Entonces empezaron a alimentarme con jugadas, todas ellas perfectas.
Jugué la partida, movimiento a movimiento, siempre dictados, y cuando llegó el golpe de gracia, mi padre se echó hacia atrás como si recibiera un bofetón. Pero, mientras evaluaba su derrota, sonrió.
—Librería mañana a primera hora. Y por la tarde te daré una paliza a las damas.
Llevó el barco de vuelta al puerto deportivo, entonando canciones marineras. Mis peces habían enmudecido.
Una cuarta parte del mundo padece insomnio. Eso significa que en Makatea unas veinte personas permanecieron despiertas la noche en que Ina no pudo dormir. Puede que menos, en una isla como esa. Está a más de seis mil kilómetros del continente habitable más cercano. Eso tiene que dar cierta paz mental. Y sin necesidad de máquinas de ruido blanco, ya que el oleaje se oye desde casi todas partes.
Pongamos que fueran doce almas insomnes a la espera de un olvido que no llegaba. Ochenta y dos personas, en una isla que no es ni la mitad de grande que Manhattan, de las que doce no dormían.
Ina Aroita se pasó horas dando vueltas en la cama y luchando contra Māui el Embaucador.
Los dos pescadores inseparables, Puoro y Patrice, copropietarios de una trainera de madera de seis metros, probaban suerte nocturna más allá de los bancos de arena occidentales de la isla.
Wen Lai, el dueño de la única tienda de Makatea, se quedaba despierto hasta el amanecer, muy a su pesar, mientras leía con atención un grueso tomo de ciencia ficción, obsesionado por averiguar qué pasaría cuando los alienígenas transmitieran alucinaciones a la mente de los terrícolas.
Como la mayoría de las noches, unos cuantos cangrejeros con linternas poco potentes lo arriesgaban todo en busca de kaveu —cangrejos de los cocoteros— en la meseta central. Recorrían una y otra vez los traicioneros montículos de piedra caliza y los agujeros que se extendían por la isla como una cicatriz. Algunos de los senderos eran la mitad de anchos que las chanclas que llevaban, de manera que un resbalón hacia los fosos dentados que se extendían a ambos lados implicaba la muerte.
Tamatoa, el ermitaño del pueblo fantasma de Tahiva, en el extremo sur de la isla, luchaba contra la inconsciencia. Su lema estaba garabateado en las paredes de su cabaña con tinte vegetal rojo: «¡Alerta o muerte!». Nunca dormía o al menos nunca estaba por allí para darse cuenta de que estaba dormido. Y, por supuesto, jamás dormía de noche, porque sabía que la noche era superior al día y mucho más interesante. De noche, cada sacudida del mar provocaba estallidos de luz azul.
El alcalde electo y tāvana de Makatea, Didier Turi, permanecía despierto, asediado por las preocupaciones. Le Maire acababa de enterarse de ciertos detalles sobre el futuro de la isla que ninguno de los otros ochenta y un habitantes conocía. Ese era el precio del cargo, que convirtió su pierna inquieta en un entrenamiento aeróbico de cuerpo completo.
Roti, su esposa, se había trasladado a la cama del porche trasero para escapar de aquellos espasmos. De manera que Didier tenía una extensión de kapok convertida en un campo de fútbol individual de pases hacia atrás y de defensa erizo. Fuera, en el porche, Roti dormía profundamente. Siempre se sentía mejor en la cama remota que en la suya propia junto a su marido crispado.
Varias décadas antes, en la isla vivieron tres mil personas. En el transcurso de una vida, de tres mil habían pasado a ochenta y dos. Como si la población del mundo, de la noche a la mañana, volviera a ser la misma de cuando los europeos empezaban a utilizar las colleras en los caballos y los árabes aprendían de los chinos a fabricar papel. Ochenta y dos supervivientes implacables, de los cuales doce no podían dormir.
Al lado de Ina, tumbado en la cama con mosquitera, Rafi Young soñaba su cuarta pesadilla más frecuente. El primer día del primer curso se repetía una vez más, como otras miles de veces en su vida. Su padre, un bombero de Chicago, quería obligarle a ir andando al colegio. Su madre opinaba que el autobús era más seguro. Rafi observaba desde lo alto de la escalera mientras su padre le gritaba a su madre. «¡Me cago en la leche! Esto no es Koreatown. Mi hijo tiene que aprender a andar por su barrio».
Sondra Young le compró a Rafi una gorra y un abrigo de color naranja chillón para verlo desde la ventana delantera de su casa adosada de baja altura de la Autoridad de la Vivienda de Chicago, cerca de la Decimoquinta con Ashland, a lo largo de las cuatro manzanas que lo separaban de la escuela primaria Joseph Medill. Naranja chillón: así no lo perdería de vista durante todo el camino. Y tampoco lo perderían de vista los matones del colegio.
Ella solo quería evitar que le hicieran daño. Pero cada vez que Rafi llegaba al colegio —incluso al final de la edad madura seguía soñando con ello— los chicos de Medill se burlaban de su abrigo y le vomitaban su odio y su desprecio hasta que él rompía a llorar y su nombre se manchaba de por vida.
Siempre en la pesadilla, tiraba el abrigo y la gorra a un vertedero detrás del edificio después del colegio, como hizo en la vida real décadas atrás. Se hacía cinco cortes en los brazos con una botella de bourbon rota y volvía a casa para contarle a su madre que unos chicos le habían robado el abrigo y le habían dado una buena paliza.
El sueño no se alejaba mucho de lo que de verdad sucedió aquel día. Rafi y su hermana oían desde el dormitorio de arriba los gritos de sus padres a través del suelo de madera. Su madre y su padre se culpaban mutuamente del desastre. Su hermana pequeña le suplicaba: «Diles que paren, Rahrah. Diles que paren».
Pero ya hacía tiempo que había dejado de pedirles que pararan. El sueño llevaba décadas convertido en una rutina de aquiescencia pasiva frente a lo que nunca iba a parar. En la pesadilla, como siempre en la vida real, su padre golpeaba a su madre por su bien. Y el sueño terminaba cuando el puñetazo despertaba al aterrorizado niño de primer curso y le hacía ascender de nuevo a su propia paternidad.
Pero volviendo al sueño, un poco más adelante: a la mañana siguiente, cuando el padre de Rafi se iba a su siguiente turno de veinticuatro horas en el Parque de Bomberos de East Garfield Park, cisterna 44, camión 36, Sondra Young se llevaba en coche a Rafi y a la pequeña Sondy para vivir con una amiga en South Morgan hasta conseguir el divorcio. Y allí, Rafi Young se daba cuenta de que había destrozado a su familia y arruinado su futuro colectivo. La lección era sencilla y estaba reforzada por toda una vida de educación continua: todo lo que le ocurrió a la familia Young después —el medio siglo de dolor y sufrimiento compartidos— había empezado con una mentirijilla.
En el transcurso de medio siglo, el sueño se había vuelto menos frecuente. Con un doctorado en Psicología de la Educación, Rafi trabajaba en la escuela de Makatea, de una única aula, donde daba clase con un francés chapurreado a los nueve niños de la isla en edad escolar. Estaba tan felizmente infrautilizado como cualquier habitante de la Polinesia Francesa. La mayor crisis de su propio hijo había sido que su padre se negara a dejarle ir de noche a buscar cangrejos en los montículos de las viejas minas de fosfato. Parecía un peldaño más en la escalera del trauma psíquico. A pesar de todas las lecciones que la vida le había enseñado, Rafi Young de vez en cuando creía que las islas podían curar.
Pero la pesadilla de Ina desencadenó de nuevo su sueño esa noche. Mientras su mujer se le aferraba a la espalda en la oscuridad, Rafi soñó con su primer día de colegio como siempre. La gorra y el abrigo naranjas. La brutalidad autoorganizada de los alumnos de primero. Los cortes en los brazos. La mentira estúpida. Las súplicas de su hermana. La violenta autodefensa de su padre. El fracaso de su familia rendido a sus pies.
Esta vez, una parte de su cerebro dormido se rio entre dientes del dramatismo novelesco de todo aquello.
Deambulé por la librería durante tanto tiempo en busca de mi premio que mi padre perdió la paciencia.
—Bueno, ya está bien. Elige uno y vámonos de una vez.
Pero ese era el problema: ¿cómo escoger uno cuando cualquier libro de la tienda era susceptible de ser el mejor? Miles de libros. Decenas de miles. Emprendí una nueva ronda por las dos enormes plantas de la mejor cadena de librerías de Chicago.
—Cinco minutos —dijo mi padre—. Si no, lo elijo yo por ti.
Me encontraba en la sección de Ciencia y Naturaleza de libros juveniles cuando mis ojos se toparon con un lomo turquesa con un título fulgurante que decía: Está claro que es océano. Abrí el libro y me quedé consternado. La letra era más pequeña y densa de lo que me habría gustado, pero las fotos de la surrealistavida marina eran increíbles y las quería. En la contracubierta había una foto de una mujer delgada con una larga melena pelirroja y una máscara de buceo levantada sobre el rostro radiante. Nunca había visto a un adulto con esa cara de satisfacción. Con solo una mirada a la autora, me enamoré como solo puede enamorarse un niño de diez años.
Mi padre frunció el ceño al ver mi elección.
—¿Estás seguro? —Hizo un gesto con la mano para señalar todos los tesoros que iba a dejar pasar.
Estaba seguro. La autora de la foto estaba segura. Todos los peces de todos los lagos y mares estaban seguros. Estaba claro que este era el libro que debía tener.
Me pasé dos semanas leyéndolo. Cuando lo acabé, lo empecé de nuevo desde el principio. El libro despertaba una infinidad de experimentos vivos en mi cabeza. Cada página daba vida a un universo incalculable e inexplicable que se encontraba bajo la superficie del océano. Cada frase era un misterio negro azulado poblado por criaturas más fantásticas que las de las mazmorras de cualquier juego de rol.
Treinta mil tipos de peces. Peces cuya cara se trasladaba por el lomo a medida que crecían. Peces con la cabeza transparente en forma de barril que dejaba ver su cerebro. Peces que pasaban de macho a hembra. Peces a los que les crecía una caña de pescar de la cabeza. Peces que vivían dentro del cuerpo de otras criaturas vivas.
Pero el libro insistía en que hasta el pez más extraño seguía siendo primo hermano mío si lo comparábamos con los demás seres de ahí abajo. El mar rebosaba de vida primigenia, con monstruos abandonados en los callejones sin salida más antiguos de la evolución: en forma de anillo, de tubo, sin forma, mezclas imposibles de plantas y animales sin derecho a existir, bestias tan inverosímiles que llegaba a plantearme si mi adorada autora las habría inventado.
Evanston no era nada. Chicago no era nada. Illinois e incluso Estados Unidos eran una broma. Había formas increíblemente distintas de estar vivo, comportamientos de otra galaxia soñados por un dios extraterrestre. El mundo era más grande, más extraño, más rico y más salvaje de lo que yo tenía derecho a pedir. El trauma del castillo Keane se desvaneció. La vida en tierra firme ya no podía hacerme daño nunca más.
A lo largo del libro había fotos de la autora alta y pelirroja en las que hacía submarinismo, embellecía las cubiertas de los barcos con su traje de neopreno o retozaba con delfines y mantas gigantes. Había vivido más aventuras que cualquier superhéroe, había estado en contacto con tiburones y había cartografiado buques naufragados en el fondo del Pacífico. Era intrépida y libre, y sus inmersiones desencadenaban una extrañísima cascada de cosquilleos por mi cuerpo de diez años. Las fotos de sus expediciones me colmaban de una feliz inquietud, el anuncio de unas sensaciones que no sabía que existían. Al leerla, parecía que algo inefable y maravilloso estaba a punto de sucedernos a todos. Amaba a aquella exploradora desgarbada más que a mi madre, de un modo tan incipiente que no lo entendía. Un primer amor verdadero, profundo y envolvente.
Ahorré para comprar otro ejemplar del libro. Recorté las fotos y las colgué por toda mi habitación, aunque reservé el espacio sobre mi pequeña mesa de estudio para las imágenes de la autora. Quería leer todas las palabras que había escrito y me llevé un chasco al enterarme de que esa era su única obra. Pero yo la tenía. Tenía el mar. A partir de entonces, para mí no hubo nada más que la inventiva perpetua, la profundidad insondable.
Saqué todos los libros sobre océanos de la biblioteca del colegio y del bibliobús del distrito. Devoré todos los que llevaban la signatura 551.46 en la biblioteca pública de Evanston. Saqué libros que aún no podía leer solo para pasar los dedos sobre sus misteriosas palabras. Estudié los gráficos y las secciones transversales. Me interrogué a mí mismo sobre los distintos tipos de corales y memoricé qué criaturas vivían en cada profundidad. Me aprendí los nombres de una decena de esponjas. Asimilé la diferencia entre los cnidarios y los equinodermos a pesar de que era incapaz de pronunciar ambas palabras.
Juré pasar el resto de mi vida como la había pasado mi amor. Me entregaría al mar, a esa naturaleza salvaje a cuyo lado la tierra parecía algo secundario. Bucearía en todas las latitudes y descendería a todas las profundidades, y en cada lugar encontraría tipos de vida plenos, nuevos e imposibles.
En cuarto curso tuvimos que escribir tres párrafos para la señorita Haga sobre lo que queríamos ser de mayores. Yo escribí sobre todo lo que haría cuando el mundo me permitiera ser oceanógrafo. Escribí mal la palabra, pero saqué sobresaliente. Rodeó la nota con un círculo y escribió: «¡Así aprendería de ti!». Fue el momento de mayor orgullo de toda mi formación.
Mi padre me llamaba Niño Acuático. Como si hubiera decidido convertirme en el hijo más patético que él podía haber engendrado. Cuando le contaba la historia de alguna criatura nueva y extravagante, él se limitaba a sacudir la cabeza.
—¿De quién eres hijo, tío?
Eso mismo quería saber yo.
Tengo cincuenta y siete años. Mi patrimonio neto me sitúa entre las cinco primeras centésimas del uno por ciento más rico. Creé una plataforma desde cero que acabó teniendo mil millones de usuarios fieles. Una de mis primeras empresas está a punto de anunciar un avance que lanzará a la confiada humanidad hacia su cuarto y quizá último acto. ¿Para qué más quiero vivir?
La respuesta es sencilla: para que me entierren en el mar.
Los riscos de Makatea se alzaban directamente desde las olas. Toda la isla flotaba sesenta metros por encima de una playa estrecha al borde de unos tablazos cerúleos. Ninguna de las ochenta islas bajas que conformaban las Tuamotu se le parecía en lo más mínimo. En el Pacífico solo existían diez plintos tan elevados y Makatea era el más alto de todos.
Comenzó como un monte marino de cima plana oculto bajo la superficie del océano durante un eón. A lo largo de cincuenta millones de años, unos animales diminutos en forma de saco asociados con algas unicelulares dinoflageladas bordearon ese monte y construyeron ciudades submarinas de kilómetros de extensión. Las viviendas calcáreas de estos corales crecieron sobre el monte submarino hasta que por fin emergieron de la superficie del océano en forma de atolón.
Durante cincuenta millones de años más, los tapetes de cianobacterias se alimentaron de la luz solar en las charcas poco profundas de esta isla creada por criaturas. La energía que captaban se destinaba a todos los proyectos de la vida. Uno de esos procesos consistía en extraer fosfato del agua marina y alojarlo en las capas de las células bacterianas. A medida que esas células morían, las lagunas de la isla se fueron llenando de fosfatos.
Unas erupciones volcánicas, unos doscientos cincuenta kilómetros al suroeste, vomitaron las islas de Mo’orea y Tahití. El peso de esas súbitas masas de tierra presionó como un martillo de feria al golpear una superficie. El fondo marino se abombó y elevó el atolón de Makatea.
Los cientos de metros de esqueletos de coral calcáreo se disolvieron con los dos millones de años de lluvia tropical. Pero los fosfatos no se disolvieron en el agua, sino que se concentraron en depósitos densos que vetearon la isla en forma de columna con una sustancia que los seres humanos, pasado un tiempo, necesitarían.
El destino de Makatea quedó grabado en piedra en 1896, pocos años después de que Francia se anexionara la isla y la añadiera a su creciente imperio en el Pacífico. Ese fue el año en que Sousa compuso Estrellas y barras para siempre, una marcha militar para un país que se comprometía a «separar pero igualar». El año en que Daimler construyó el primer camión de gasolina, Röntgen hizo la primera radiografía, Puccini estrenó La bohème y el inminente nobel Svante Arrhenius publicó un artículo donde demostraba que el aumento de los niveles de dióxido de carbono pronto recalentaría la atmósfera del planeta.
Ese mismo año, un barco llamado Lady M, que navegaba bajo la bandera de la Compañía de las Islas del Pacífico, hizo una breve escala en el atolón de Nauru, cuatro mil kilómetros al noreste de Sídney. En Nauru, el sobrecargo del barco, un hombre llamado Denson, tropezó con una misteriosa roca que confundió con madera petrificada. La guardó con la idea de tallarla y convertirla en canicas para sus hijos. A Denson y a sus hijos les encantaba ese juego, cada vez más popular.
Sin embargo, la extraña roca terminó como tope de puerta en la oficina de la Compañía de las Islas del Pacífico en Sídney. Allí permaneció durante tres años, un tesoro desapercibido a la vista de todos hasta que un día, Albert Ellis, que trabajaba como prospector para la empresa, acudió a Sídney. El tope de la puerta le llamó la atención y lo envió a analizar. En ese momento acababan de encontrar trozos de rocas de fosfato en la isla Baker, a algo más de tres mil kilómetros al suroeste de Hawái. Ellis sospechaba que había más piedra mágica por ahí, esparcida en los diminutos signos de puntuación de la página en blanco del Pacífico.
Llegó el resultado del análisis. La corazonada de Ellis se corroboró. El extraño tope de puerta contenía la sustancia que alimentaba al mundo.
El fosfato servía para fabricar todo tipo de cosas: detergentes, materiales de construcción y municiones. Pero su efecto sobre los cultivos cambiaría el mundo. Como fertilizante no tenía parangón. Con él, la producción de alimentos se disparaba en cualquier lugar. Sin él, la civilización se enfrentaba a una mortalidad maltusiana.
La Compañía de las Islas del Pacífico siguió el rastro del tope de puerta hasta llegar a Nauru. De la noche a la mañana, esa cagada de mosca sin valor se convirtió en un emplazamiento muy preciado. Nauru pasó a ser una máquina de hacer dinero, aunque los residentes de la isla vieron poco beneficio. No muy lejos, en Banaba, apareció más fosfato. La búsqueda de la roca que alimentaría al mundo se extendió por el sur del ecuador y a lo largo de cinco mil kilómetros al este antes de dar con un tercer gran filón. Allí, en mitad del Pacífico, se encontraba Makatea, tan lejos de Nauru como San Diego de Montreal.
Makatea tenía arrecifes, acantilados elevados y unas cuevas espectaculares llenas de manantiales subterráneos. Rebosaba de insectos, caracoles, peces y aves, incluyendo especies que no existían en ninguna otra parte del mundo. El agua dulce era profusa, algo raro en el Pacífico. En su selva virgen abundaba el cangrejo de los cocoteros, el mayor invertebrado terrestre del mundo, un manjar a la altura de la langosta. Pero la veta de fosfato que atravesaba la isla en diagonal sobresalía sobre el resto de las virtudes y las condenó a todas.
En la isla solo vivían doscientas cincuenta personas cuando la empresa extranjera desembarcó en 1911 para llevarse la roca mágica. Ninguno de los habitantes de Makatea que salieron a recibir a los popa’ā invasores supo lo que se les venía encima. Los europeos les prometieron un franco por cada cocotero destruido, dos francos por cada árbol del pan talado y un franco por cada mil kilogramos de fosfato retirado.
Pocos habitantes quisieron trabajar para los popa’ā. Les gustaba la vida que llevaban y el nuevo tipo de trabajo les parecía inhumano. Los blancos tuvieron que buscar mineros en otra parte. Así, la isla se llenó de trabajadores en servidumbre japoneses. Varios centenares más llegaron de China, Vietnam e islas de todo el Pacífico. Con el tiempo, la Compagnie Française des Phosphates de l’Océanie, la CFPO, contrató a miles de mineros para excavar una isla de seis kilómetros de largo.
Makatea se convirtió en un hormiguero. Los mineros no utilizaban equipos más avanzados que los picos y las palas. Cada uno descendía por un agujero en cuyo fondo se pasaba el día entero cargando roca de fosfato extraída a mano y respirando el polvo. Arriba, otro compañero subía los cubos y los volcaba en una carretilla. Cuando la carretilla estaba llena, el trabajador de la superficie la transportaba sobre una precaria red de tablones por encima de los crecientes precipicios hasta una cinta transportadora que terminaba en un tren cuyo recorrido cubría la mitad de la longitud de la isla. De este modo, un tercio de Makatea se convirtió en un paisaje lunar de roca dentada llena de agujeros estrechos de treinta metros de profundidad.
Durante décadas, la isla fue muy próspera. Makatea era la única gallina de los huevos de oro de la Polinesia Francesa y se convirtió en uno de los lugares más desarrollados de la colonia. Había electricidad y fontanería, tiendas, salones de billar, un bistró, pistas de tenis, un campo de fútbol e incluso un cine. También había mineros que morían por enfermedades pulmonares y niños que fallecían por el agua contaminada.
El curso de la civilización está esculpido en las corrientes marinas. Dónde se mezclan las capas marinas, dónde viajan las lluvias o se extienden los terrenos baldíos, dónde transportan las grandes surgencias el agua profunda, fría y rica en nutrientes hasta la superficie bañada por la energía en la que los peces enloquecen de fecundidad, dónde se vuelven fértiles o anémicos los suelos, dónde se vuelven las temperaturas habitables o ásperas, dónde florecen o fracasan las rutas comerciales: todo viene determinado por el motor marino global. El destino de los continentes está escrito en el agua. Y a veces las grandes ciudades deben su existencia a las diminutas islas oceánicas. Durante un tiempo, Makatea alimentó millones de ellas.
Cuando las minas cerraron de un día para otro en 1966, Makatea se hundió. La gran reserva de mano de obra importada se marchó. Mucha gente se fue en busca de trabajo a más de mil kilómetros de distancia, a las islas cercanas a Moruroa, donde los franceses emprendían su siguiente negocio en la Polinesia: volar atolones con bombas nucleares. La población de la isla se redujo a una pequeña parte de la que allí vivía antes de la llegada de la CFPO. La única empresa que quedaba era una selva empeñada en vengarse.
A algunos habitantes del Pacífico les gusta decir: «Cada isla es una canoa y cada canoa es una isla». Cuando cerraron las minas de fosfato, Makatea se fue a pique.
Para los habitantes de Makatea, la tierra —fenua— es sagrada, el hogar del alma. Pero la tierra de Makatea acabó esparcida por toda la cuenca del Pacífico para aumentar el rendimiento agrícola de varios países lejanos. Ese aumento de la producción trajo consigo un aumento de la población, que a su vez impulsó todos los avances, inventos y descubrimientos milagrosos de las siguientes doce galopantes décadas. Los gráficos en forma de palo de hockey de la humanidad requerían roca de fosfato. Makatea ayudó al Homo sapiens a dominar el planeta, pero durante el proceso la isla se consumió.
Todo el mundo necesita comer, pero poca gente es consciente de quién pone la mesa. Makatea l’Oublié la llaman en varios libros: Makatea la Olvidada. Pero no es un nombre apropiado. No se puede olvidar lo que nunca se ha conocido.
Las páginas finales de Está claro que es océano me tenían obsesionado. No podía dejar de leerlas.
En el último capítulo, la mujer de la que me había enamorado con todo mi corazón de diez años narraba un viaje de investigación a la costa este de Australia. Un día se detuvo en mitad de una inmersión para observar una sepia gigante que se encontraba cerca de la entrada de su madriguera. Este molusco dotado de tentáculos, pariente del calamar y del pulpo, efectuaba una danza de colores larga y salvaje sin ningún espectador.
Proyectaba unos patrones complejos de todos los colores imaginables y hacía girar sus dibujos como si enviara una señal interplanetaria desesperada. Parecía esforzarse por decir algo, pero ¿qué? La presencia de la submarinista no alertó a la sepia, que tampoco respondía a ningún elemento próximo. Tan solo miraba hacia el mar abierto y seguía cantando en colores. Las señales eran largas y marcadas, variadas e impredecibles: una ráfaga de mensajes que mi autora buceadora era incapaz de descifrar.
Me pregunté si la criatura estaría rezando. Pero no parecía una hipótesis muy científica, ni siquiera para un niño nervioso.
Leí y releí el misterioso final del libro en busca de teorías que dieran una explicación y revelaran el misterio de aquella sepia. Todo mi ser deseaba ayudar a mi adorada autora a responder la pregunta que a ella se le resistía. Por eso, cuando mi padre (fingiendo que lo traía Papá Noel) me regaló esas navidades el más asombroso de los juguetes, me pareció que pertenecía a un plan mucho mayor.
A lo largo de los años había recibido una buena ración de juguetes fabulosos: telescopios, microscopios y juegos de química. Un coche teledirigido que siempre se enderezaba después de volcar y estrellarse. Un tablero de clavijas eléctrico con clavijitas de colores luminosas para hacer dibujos. Un reloj de plástico azul que cantaba una canción u otra dependiendo del personaje al que apuntaras. Mis mejores y más misteriosos juguetes siempre acababan sucumbiendo a la disección cuando intentaba descubrir la fuente de su poder.
El juguete en forma de platillo que mis padres me regalaron hacía lo que ningún juguete de la historia había hecho jamás. En la parte de arriba tenía cuatro grandes botones: azul, verde, amarillo y rojo. El aparato inventaba secuencias de luces y notas musicales, y me retaba a recordarlas y copiarlas apretando los botones en el orden correcto. A medida que lo hacía, las secuencias se volvían cada vez más largas.
Era la criatura de Está claro que es océano en forma electrónica. Era la sepia parpadeante y estroboscópica que cantaba su canción épica.
La conexión me entusiasmó, pero también alentó mi intensa necesidad de una explicación. Acudí a mi madre y le pregunté por el funcionamiento del juguete.
—Tal vez tenga dentro un genio diminuto.
Se estaba burlando de mí y despreciaba mis necesidades. Deseé que se hundiera en el fondo del mar.
Le llevé el aparato a mi padre, que estaba tumbado en el suelo de su despacho mientras oía música psicodélica en los nuevos auriculares estereofónicos de alta gama que él mismo se había regalado por Navidad. La espalda le dolía a rabiar y todavía tomaba pastillas para el dolor. Le di golpecitos hasta que salió de debajo de sus costosas orejeras. Indignado, le puse el juguete en las manos.
—¿Cómo inventa los patrones? ¿Cómo los recuerda?
Mi padre miró el juguete con un alegre estupor. Siempre tenía una respuesta. Durante toda mi infancia, nunca le oí decir «no lo sé».
—Bueno —declaró para ganar tiempo—. Informática. Es complicado.
Pasé semanas entrenando mi memoria con esa máquina. Avancé hasta conseguir secuencias de treinta y dos luces de colores y tonos, el doble de lo que mis padres eran capaces de
