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¿Qué sucede cuando sientes que ya tienes todo lo que has soñado, pero continúa el vacío? Desde Om hasta Amén es una historia cautivadora y colorida sobre la búsqueda espiritual de la autora Sharon M. Koenig. Conocida por un estilo de escritura que invita a la introspección, Sharon nos muestra por medio de sus vivencias y encuentros cómo descubrió las cosas importantes de la vida. Tras una infancia difícil, hija de madre soltera, y rechazada por su padre, Sharon nos comparte las experiencias que la impulsaron a iniciar su búsqueda personal y cómo, finalmente, descubre que la verdadera fuerza se encontraba mucho más cerca de lo que podía haber imaginado. Muchos lectores se identificarán con la vulnerabilidad de sus conflictos, triunfos y fracasos, lo que, sin duda, los inspirará en su propia búsqueda personal. Sus lecciones serán de gran inspiración para quienes buscan el significado espiritual en sus vidas, sin importar cuál sea su afiliación religiosa.
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Seitenzahl: 323
Veröffentlichungsjahr: 2023
Sharon M. Koenig
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Las anécdotas del libro son parte de una historia personal, y su contenido no está destinado a diagnosticar, sugerir ni sustituir un tratamiento o consejo médico o profesional. Antes de comenzar una nueva rutina de ejercicios espirituales o físicos consulte a su médico o terapeuta. Nunca interrumpa medicamentos o tratamientos sin la debida supervisión médica. Por favor, en el caso de una depresión, ya sea suya o de alguien cercano a usted y en especial cuando observe que se tienen pensamientos suicidas o de incapacidad de manejar su vida o sus emociones, acuda inmediatamente a un familiar y busque ayuda profesional, ya que estos comportamientos reflejan una emergencia y es importante recurrir a ayuda inmediata.
Colección Espiritualidad y Vida interior
DESDE OM HASTA AMÉN
Sharon M. Koenig
1.ª edición en versión digital: abril de 2023
Corrección: M.ª Jesús Rodríguez
Diseño de cubierta: Sharon M. Koenig Imágenes de cubierta: Shutterstock y Canva
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 2017, 2023 por Sharon M. Koenig
(Reservados todos los derechos)
© 2023, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-1172-022-9
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Índice
Portada
Desde Om hasta Amén
Créditos
Agradecimientos
Prólogo
Introducción
Primera parte. Antes del Om
Antes de Om
Segunda parte. Om
Om
Tercera parte. Amén
Amén
Cuarta parte. Después del Amén
Después del Amén
Quinta parte. El regreso
Para abuela, para mami y para mi Gabrielle.
A Dios, todo en mi vida se lo dedico a Dios.
AGRADECIMIENTOS
Ante todo, doy las gracias a Dios por no abandonar a esta creyente renuente. A mi abuela Amparo, gracias por el amor a la espiritualidad y por mostrarme la apertura del aprendizaje. A mi mamá, por mostrarme el perdón. A mi hija Gabbie, por mostrarme amor incondicional.
En este libro sobre mis memorias, el agradecimiento se extiende a toda persona que se ha cruzado en mi camino, quizás de manera imperceptible, pero que ha dejado una huella importante. En parte soy la suma de todos los encuentros, tanto de los fortuitos como de aquellos que en un momento catalogué de infortunados. Escribir un libro es imposible sin la colaboración de un equipo que esté comprometido con la obra. Gracias, Juli Peradejordi, de Ediciones Obelisco, un verdadero ángel que ha dado una nueva vida a esta obra. Gracias a Anna Mañas y M.ª Carmen Mediavilla, y a todo el equipo de Ediciones Obelisco por la ayuda, y gracias a Mariela Díaz y a Lucía Laratelli de Spanish Publishers por todo su apoyo. Querida Giovanna Cuccia, siempre estaré agradecida por la primera oportunidad y por tus revisiones. Un agradecimiento especial a HarperCollins Español por la concepción del manuscrito original. Querida Martha Daza, gracias por tus revisiones. Gracias a Spanish Publishers. Gracias a mi equipo de trabajo y medios, Aline Ferreira, Josué Rivas y Emmanuel Cavazos por ayudarme a promover el mensaje. Juan Peña, gracias por todo tu apoyo siempre. Gracias, Dada Vaswani, en el cielo, Abouna Damon Geiger y Abouna Gabriel por las lecciones espirituales.
Gracias incondicionales a cada ser que me he encontrado en este camino espiritual por haber dejado una semilla en mi vida, dándole color a este bello jardín de experiencia.
PRÓLOGO
Les comparto con mucho cariño esta nueva edición revisada y aumentada, que incluye nuevos escritos y reflexiones. Luego de la pandemia, mucho ha cambiado, y tal como los ojos necesitan adaptarse a una nueva realidad luego de un encender de luz, igual me ha sucedido «un antes y un después».
Escribo constantemente sobre el tema de la espiritualidad, comparto reflexiones de la vida, la religión y lo aprendido, pero nada más intimidante que escribir mis memorias, especialmente al tener que confrontar algunas de mis elecciones del pasado y sus consecuencias. Muchos me preguntan por qué escribo acerca de la espiritualidad. Debo responder que la fe que he encontrado tiene varias etapas, las cuales han sucedido en diversos escenarios de mi vida, con varios personajes únicos que me han acercado o me han distraído del camino. Muchas personas se quedan en una sola fase de descubrimiento, otras jamás cesan de escudriñar; algunas se quedan en el mismo lugar por miedo a lo que puedan encontrar mientras que otras se lanzan al vacío por pura rebeldía. El navegante zarpa cuando el cansancio de vivir en la orilla es más intolerable que la incertidumbre de lo que nos espera en el mar abierto.
En mi caso, viajé desde la etapa de la infancia, que es la inocencia de creer todo lo que se dice en el entorno, hasta la desobediencia de la adolescencia, cuando no creía nada de lo que decía cualquier persona de autoridad, para luego buscar mis respuestas por medio de la propia independencia de pensamiento.
Acepto que cometí bastantes errores al abrir puertas que mejor hubieran permanecido cerradas, pero como un niño que aprende sobre la electricidad colocando su dedo en un tomacorriente, descubrí que la desilusión es la mejor maestra. Espiritualmente, viajé por el Pacífico, el Mediterráneo y la India, hasta el camino de Damasco. No todos los viajes fueron físicos, se puede viajar por medio de un libro o una conversación con un visitante de un lugar lejano. Muchas veces me perdí, pero luego me reencontré dentro de mi propio corazón. Para descubrir algo nuevo, a veces necesitas alejarte de las voces que quieren definirte.
El «om» y el «amén» son las palabras que muestran el sendero donde comencé, por donde caminé, lo que creí y, finalmente, hacia donde regresé. Cuando partes en un largo viaje y luego regresas, ya no vuelve la misma persona; tampoco tan ingenua. La historia común que ocurre en las epifanías es que muchas veces encontramos todo cuando lo perdemos todo, y qué mayor pérdida que la de la fe. Toda gran odisea en la vida surge de una o varias decepciones. Las grandes ideas muchas veces se forjan de caídas y de la pura necesidad. Reflexionando un poco, más que una vida calculada, la mía ha estado llena de accidentes, algunos fortuitos, otros, realmente han sido colisiones frontales con el destino.
Muchas de esas se han repetido varias veces. Mi sendero hacia Dios no ha sido un camino recto, lo he vivido como un viaje bastante complejo, lleno de avances, retrasos y retrocesos; otras veces, se ha presentado como uno de pura parálisis; mientras que, en otras ocasiones, cuando pensaba que volaba, sólo lograba encontrarme con una gran pared revestida de paraíso.
Sobre mi pasión por el tema espiritual, la pregunta más frecuente que me hacen mis lectores es: «¿Qué te sucedió? ¿Qué te llevó a esta búsqueda personal tan intensa?». «¿Cómo has llegado a tus conclusiones?». «¿Por qué hablas con tanta convicción?».
No puedo responder a estas preguntas en una sola frase, porque tampoco existe una sola respuesta que no sea la experiencia de caer y levantarse. Cuando alguien pretende elogiarme por algunas lecciones que comparto, inmediatamente me desprendo de las medallas de reconocimiento, y aclaro que no he aprendido por inteligencia, sino por el contrario, precisamente por la necedad de caer y cometer los mismos errores, una y otra vez.
No pretendo haber encontrado todas las respuestas, tampoco puedo definirme como un modelo de espiritualidad, religiosidad y fe cuando la duda y el escepticismo han sido y son mis fieles compañeros de camino. Pero ellos a su vez me han brindado un gran regalo, la habilidad de cuestionar, lo que en más de una ocasión me ha salvado de mí misma.
La primera parte de este libro contiene las anécdotas de mis comienzos, pues todos tenemos esa historia que cuando se mira de cerca lo explica todo; la segunda parte contiene la búsqueda, la curiosidad y algunas consecuencias; la tercera, un encuentro inesperado; y la última, el regreso a mi propio ser. El escritor sólo trata de encontrarse a sí mismo mientras lo comparte con el lector.
Para responder a mis propias preguntas, he ido recopilando parte de lo vivido espiritualmente en un solo lugar, mientras que al mismo tiempo quiero compartir por medio de algunas de mis vivencias cómo nuestras experiencias del pasado revisitan y afectan a nuestro presente.
A pesar del tiempo, existe una parte de mí que sigue siendo la misma, y tengo claro que siempre me han inquietado los mismos interrogantes, sólo que ahora puedo ver que en diferentes escenarios y en variados contextos, estas preguntas han sido consideradas desde diversas perspectivas.
Las historias de mi vida que relato son reales, aunque me he tomado la licencia de alterar nombres y circunstancias, lo suficiente para proteger la identidad de algunos. Lo que no ha cambiado es el sentimiento, la emoción y la lección de lo ocurrido. En la vida somos libres de escribir nuestra propia historia, pero la mayoría de lo que nos decimos nosotros mismos, tanto del pasado como del futuro, es producto de una ficción, son verdades o mentiras que nos definen o nos liberan. Los recuerdos no están escritos en una tinta permanente; las memorias son y serán amorfas y adaptables, son cambiantes según el observador y la época desde la cual se miren. La realidad no es estática, la memoria se solidifica como un cuadro de museo que hoy podemos contemplar sin la emoción del ayer que lo empañe. Mientras estamos viviendo algunas experiencias cercanas al presente, sus recuerdos son como acuarelas que todavía no se han secado, por lo tanto, aún existe la oportunidad de cambiar sus colores, es por eso por lo que son más abstractas y menos descriptivas, porque los sucesos son eternos, pero las emociones, las percepciones y los sentimientos cambian con el tiempo.
Demasiadas veces damos el pincel de nuestras vidas a un extraño para que describa y defina nuestra historia, sin saber que somos los que otorgamos ese poder al colocarla en las manos de los juicios ajenos, pero también resulta cierto que a veces la peor perspectiva es la propia. Cuando en nuestra familia preguntamos a un hermano qué recuerda del pasado, parecería que estábamos viviendo en sueños diferentes. Somos nosotros los que colocamos las puntuaciones y los acentos a nuestros recuerdos, las comas a los sucesos y los símbolos invisibles de admiración o pregunta a las ganancias y las pérdidas. A veces dejamos las páginas en blanco o colocamos un eterno paréntesis a las descripciones de hechos que, de otro modo, serían una simple historia neutral. Haré lo posible por ser objetiva, pero no puedo prometerlo. Una historia puede absolverte o destruirte, todo está en esa interpretación personal. Las memorias no pueden extirparse. Las emociones, a través de sus reflejos en el lago del pasado, son el navío que nos lleva por el viaje del ayer. El pasado siempre tiene aguas turbulentas, en realidad, apenas recordamos los momentos en que las aguas estaban en calma.
Si existe un mensaje que quiero comunicar al revelar algunas intimidades –y no me siento orgullosa de muchas de ellas– es el demostrar, primero, que no estás solo en tus contradicciones, segundo, que no somos perfectos y, tercero, que sólo Dios puede hacer de nuestras imperfecciones algo que pueda ayudar a más de uno. Si mis errores permiten que puedas aceptarte y ser menos duro contigo mismo, y al mismo tiempo logran que te mires con un poco de humor, habré logrado mi cometido. Dios no quiere seguidores perfectos, sino alumnos insistentes.
Ésta no es una historia convencional de conversión, sino un relato personal de descubrimiento. Mi voz es sólo una de muchas que tiene la suerte de poder contar sus vivencias. Es curioso escuchar las historias de los amigos que han vivido un camino similar al mío y de otros que han experimentado uno parecido, pero a la inversa. Otros, en contraste, me han contado que nunca se han apartado del mismo lugar en que hoy se encuentran. Al final, somos peregrinos.
Te invito a suspender la realidad por un momento y a imaginar que nos hemos encontrado en medio del camino, que nos hemos sentado a tomar un café, y luego simplemente nos hemos contado las vivencias del viaje.
Aunque experimenté varias religiones directamente y no sólo mediante libros, en estas líneas no encontrarás grandes definiciones, sino mi interpretación personal de ellas, lo que viví y cómo sus creencias influenciaron importantes partes de mi vida, tanto positiva como negativamente. Aquí no se hallará una tesis de religiones comparadas, más bien comparto un viaje de experiencias examinadas.
Éste es mi viaje espiritual, pero podría ser el reflejo de la búsqueda de muchos otros que crecieron insatisfechos con su fe por la falta de coherencia de las acciones de sus representantes o de las explicaciones recibidas, aquellos que se han lanzado en la búsqueda de nuevas respuestas para esas viejas preguntas que los mantienen despiertos en la noche, como: ¿qué es lo que deseo?, ¿qué es lo que me hace feliz?, ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿qué hay después de la muerte?
Lejos de conformarse con lo que han escuchado de sus familias o amigos, ellos han escogido buscar por sus propios medios las respuestas, asistidos por un mundo interconectado que ya no vive aislado en la cultura y el lenguaje. Soy parte de los que se han embarcado sin disculpas, para hacer del mundo entero su Biblia personal. No soy la única rebelde que en algún momento ha roto los lazos con el mundo que se percibe como parte de las élites escogidas de Dios. Ni la primera que en algún punto pierde su camino y no puede encontrar consuelo en el éxito, el amor y las distracciones del mundo material.
www.instagram.com/sharonmkoenig/
INTRODUCCIÓN
El mundo de la religión ha sido sustituido por la espiritualidad, la ciencia y la evolución, la oración por el mindfulness, las misas por los satsangs, los sacerdotes por los gurús, los sermones por las charlas de motivación y la oración por el relajamiento mental. La Biblia ha sido sustituida por los best sellers escritos por los gurús modernos de la autoayuda o de la ciencia. Hemos cambiado el gimnasio por el yoga y el crecimiento espiritual por la palabra «bienestar» o ciencia de la mente. Hemos aprendido a cuestionar, a preguntar, y a conocer de otras culturas. Hoy en día, la religión no atañe sólo a este mundo sino al universo en su totalidad. Muy lejos quedaron los días de las misas tridentinas de los católicos romanos, las que por varios siglos continuaban en latín, sin que nadie pudiera comprenderlas. En la nueva espiritualidad, nadie entiende los mantras, pero igual prefieren repetir una palabra incomprendida a una que los llene de culpa; se alejan de un lenguaje religioso que no pocos encuentran que le falta sentido. Ahora somos libres para indagar, y la balanza se ha inclinado hacia el lado de las expediciones espirituales.
Puedo hablar porque soy el producto de una familia católica laxa y, desde un principio, mis prácticas espirituales fueron una fusión de creencias encontradas. Antes que la actriz Shirley MacLaine, mi familia ya había incursionado en el mundo del ocultismo. Antes de que el tarot, la canalización de espíritus y el yoga pasaran de lo oculto a lo normal, en mi familia ya éramos parte de esa amalgama de creencias esotéricas. Recuerdo que hace menos de dos décadas, los libros de ocultismo y de religiones orientales estaban limitados a un rincón oscuro de las librerías y eran reservados para los llamados «diferentes». Hoy muchos de esos mismos temas son considerados «crecimiento personal» y han llegado a ser tan populares y accesibles como el botón de búsqueda de Google. ¿Por qué escuchar un sermón cuando puedes leer acerca de la filosofía que se acomoda a tu estilo de vida actual (tan confusa como pueda ser) en cualquier tiempo y en cualquier lugar?
La felicidad es el cáliz sagrado de la humanidad, la meta de la vida, el problema es que la mayoría de nosotros busca de algo que es elusivo, que se escapa. ¿Cuánto tiempo podemos mantener una nube de sueños entre nuestras manos? Me pasé una vida tratando de enjaular los objetos de mi deseo para hacer permanente la sensación de aquellos pequeños momentos volátiles de victoria que parecían sobreponerse a mi vacío.
Nos aferramos fuertemente a cualquier cosa que nos brinde esa adrenalina inicial, sólo para desinflarnos al descubrir que la sensación se ha marchado nuevamente. La mayor parte de nuestras vidas sucede mientras nos consumimos en esta búsqueda neurótica para encontrar ese sentimiento de felicidad, y la otra parte se consume en aferrarnos para no perderlo. El camino hacia la dicha parece ser más uno de desaciertos que de certezas, cabalgamos a través de los altibajos de un camino que carece de estabilidad.
Conozco bien esta búsqueda ciega. Algunos sueños no nacen de los deseos del corazón, como diría un romántico, sino de las ansias de liberación de nuestras pesadillas, como afirmaba un realista. Yo quería dibujar un nuevo retrato de mi propia vida para reemplazar el que me habían entregado al nacer. Mi jornada no comenzó bien, al principio no era una búsqueda espiritual, sino una necesaria para sobreponerme a los retos de una infancia que estuvo marcada por el abuso físico y emocional. Equivocadamente pensaba que el éxito material podría borrar mi historia. Utilizaba la espiritualidad no como una relación con Dios, sino como un medio para que mi mundo material tuviera sentido, y fue entonces cuando comenzó la odisea por encontrar aquellos colores que pudieran adornar mi nueva vida con la alegría que buscaba. ¿Todo está predestinado? ¿Somos espíritu con materia? ¿O somos materia con espíritu? Religiones, doctrinas, prácticas y filosofías se convirtieron en los muchos colores de un nuevo cuadro para mi vida y el mundo entero, en mi lienzo. Visitaba nuevos maestros con la esperanza de encontrar el gran secreto.
Algunas personas tocan fondo al perder algo preciado, mientras que otras lo encuentran cuando, a pesar de hallar lo anhelado, se dan cuenta de que todavía permanecen en el vacío. Yo pertenezco a los últimas. ¿Qué hacer cuando no hay más que esperar de la vida? Mientras existe la esperanza de un «algo más», seguimos buscando lo que finalmente creemos que llenará el vacío, pero ¿qué sucede cuando una y otra vez conseguimos lo que pensábamos necesitar, sólo para descubrir que no tiene la sustancia necesaria para llenar un corazón de auténtica plenitud? Hay un largo trecho entre complacer momentáneamente a un corazón y llenarlo de una dicha duradera. Nosotros estamos aprendiendo a comprender lentamente que el placer y la felicidad no son lo mismo. El cambio de giro de la búsqueda del éxito material a la satisfacción espiritual sólo sucedió después de haber logrado muchas de las cosas soñadas. Antes pensaba que una vez en mis manos, ellas borrarían el vacío, sólo para descubrir que como un auto eléctrico enchufado al receptáculo equivocado, estaba tratando de obtener energía de una fuente sin carga.
Mi viaje incluyó muchos encuentros con gurús, monjes, líderes de movimientos, sacerdotes, escritores y autores de libros exitosos. También tuve la oportunidad de tener encuentros con variados profesores de la vida real. En mi país, conduje muchos eventos para los principales líderes teóricos del movimiento de la Nueva Era.
He tratado de aplicar numerosos métodos en la búsqueda de la felicidad, desde caminar sobre el fuego para controlar mi mente hasta saltar a las congeladas aguas para aprender a dominar mis reacciones. Poco sabía entonces que era precisamente el control lo que necesitaba soltar. Yo justamente necesitaba saber ¿cómo funciona todo esto en realidad?
Esta odisea era parecida a la de un personaje de un cuento de fantasía que se encontraba en una búsqueda personal, se trata de Dorothy, de El Mago de Oz, quien se había perdido y anhelaba desesperadamente regresar a su hogar, sólo que intentaba hacerlo por los medios equivocados y a través de las personas menos indicadas, aunque de cada una de ellas aprendió grandes lecciones, Dorothy seguía buscando el poder afuera cuando, literalmente, lo tenía bajo sus propios pies. A mí, como a ella, esto me sucedió varias veces.
Esta extraña mezcla de lecciones que me serví del banquete espiritual no pasó por mi vida sin dejar un rastro, sino que tuvo consecuencias en las elecciones que hice y también en los resultados, especialmente cuando la teología y la cosmología de muchas de esas lecciones chocaban entre sí. Estas creencias están compuestas de mitología, metáforas, historia, tradición, recuerdos personales, ciencia e intervención divina. A veces, al mezclarlas sólo conseguía una gran indigestión.
¿Quién soy yo?
¿Podemos creer en la salvación y en la reencarnación al mismo tiempo?
¿Qué sucede cuando pasamos nuestra vida asumiendo que es solamente un sueño?
¿Cómo actuamos y vivimos la vida, si creemos con firmeza que estamos solos en el mundo, que no hay transcendencia y que no existe un creador?
¿Qué pasa cuando creemos en un Dios, pero pensamos que es castigador?
Mi más grande lección fue que para poder retornar a mi hogar, primero necesitaba saber cuál era ese hogar. Antes de pedir instrucciones para ir a un destino, necesitaba saber dónde estaba parada, porque pudo suceder que ya estaba allí, pero debido a que no hice la pregunta correcta no tuve un buen marco de referencia para reconocerlo.
Luego de saber dónde estamos, por supuesto necesitamos saber dónde queda el lugar hacia donde vamos. Muy fácilmente podríamos confundirnos y pensar que nuestro hogar se encuentra en una tierra lejana, cuando la respuesta podría estar bajo nuestros pies, como le sucedió a Dorothy en El Mago de Oz, cuando se dio cuenta de que sus propios zapatos rojos podían llevarla de vuelta a casa; de una manera similar nuestro artefacto de regreso es rojo y se llama corazón. Las veces que me he equivocado de ruta, no me ha quedado otro remedio que dar marcha atrás avergonzada. Lo importante es tener la humildad de admitirlo y la valentía de aceptarlo. Descubrí que nunca es tarde para regresar. El viaje apenas acaba de comenzar.
Primera parte
Antes del Om
ANTES DEL OM
La infancia espiritual se vive en esos momentos en que aún no cuestionamos la fe de nuestros padres o de nuestro entorno. El bebé está tan identificado con su ambiente que no sabe dónde termina su cuerpo y dónde comienza el de su madre. Se asume que todo está bien, nada que preguntar, nada que indagar, la vida es un eterno ahora donde realmente ni siquiera hacen falta las explicaciones, por lo que tampoco en ese momento es necesaria una religión que nos lo aclare. Nuestra relación con Dios no es pensada ni pesada, lo tenemos todo, tan sólo flotamos en el mar de la vida, entre sus brazos. Es muy curioso, pero en la infancia tampoco existe el tiempo. Recuerdo que en mi primera niñez, las noches se mezclaban con el día en un eterno ahora. Un buen día la sensación de eternidad desapareció bruscamente, cuando mi abuela me dijo algo terrible: «Hoy es tu primer día de clases». El tiempo se mide sólo cuando la experiencia es juzgada como muy buena o como muy mala. El resto del tiempo se vive sin el recuerdo consciente de lo ocurrido, pero sus relatos grabados continúan influenciando nuestras decisiones desde lo profundo de sus archivos.
No podemos elegir nuestro comienzo, como tampoco dónde caerá la lluvia que llega del cielo. Es por eso por lo que no podemos juzgar sin saber la historia de cada uno, porque nadie puede conocer la historia del otro cuando apenas puede reconocer la propia. Nacemos con libre albedrío, pero lo que elegimos hacer con nuestra libertad está condicionado o bendecido por unas cuantas condiciones predeterminadas, algunas de las cuales no siempre son convenientes; por ejemplo, en qué parte del mundo nos ha colocado la ruleta de la vida, qué genética tenemos, qué creencias y condiciones sociales se debaten en la época de nuestro nacimiento y con qué ventajas o desventajas hemos nacido. Todo esto sin contar qué tipo de personalidad predomina en nuestra forma de ser o cómo fue la dinámica familiar. Las ventajas recibidas en el nacimiento ayudan, pero no garantizan la felicidad; conozco modelos hermosas y ricas que son miserables y otras personas con problemas económicos o de apariencia física que son felices. Muchas de nuestras carencias pueden ser nuestras mejores aliadas al motivarnos a incrementar la eficiencia de lo deficiente. La vida tiene una manera integrada de compensar lo que nos falta y de facturar por lo que nos sobra. ¿Cómo seríamos si no tuviéramos imperfecciones, retos ni obstáculos, si supiéramos todas las consecuencias y desenlaces, si tuviéramos acceso directo a todo lo deseado? Existe una cualidad que es elegida, que no está condicionada por nada exterior y que tiene la capacidad de tornar cualquier posibilidad en realidad; esa cualidad sin límites que siempre puede ser invocada se llama fe, la cual es la habilidad de creer en lo que todavía no se ve. No hay duda de que cada una de las caídas de la que podemos levantarnos nos hace más fuertes en la fe.
La mayor parte de nuestras opiniones se remontan al pasado. Dicen que debido a nuestra inconsciencia, el presente es tan sólo un pasado reciclado. La adolescencia y la rebeldía son un intento de romper con lo establecido para encontrar la identidad propia lejos de esas condiciones impuestas por el destino, a fin de elegir mejores opciones a través del libre albedrío.
Si creemos en un orden, podemos ver que todas esas aparentes contrariedades son parte de la semilla de un árbol que con ayuda dará fruto, y digo con ayuda porque no importa quiénes seamos, todos nacemos para expresar la imagen de Dios en nosotros, y eso no podemos hacerlo solos. La semilla que no recibe agua y sol, morirá. La rebeldía es como la edad de «los terribles dos»; cuando caí en la cuenta de que había un mundo más allá del que podía tocar, me lancé a descubrirlo. Allí comenzaron mis retos, cuando descubrí que mis opiniones no eran necesariamente propias, sino que la mayoría de ellas fueron incubadas en mi mente sin mi consentimiento. Entonces, me propuse cambiarlas con el poder de esa palabra tan contundente que existe en el vocabulario del ser humano que es «no», o quizás sea basta.
Mientras maduramos también vamos descubriendo que, aunque no podemos elegir la llegada, siempre podemos elegir la salida. Si los científicos basan sus descubrimientos en la evidencia, entonces he vivido mis etapas espirituales como un experimento viviente de fe, el cual ha evolucionado y continuará creciendo mientras tenga vida, porque sólo dejamos de transformarnos físicamente al morir, y si la vida es eterna, jamás dejaremos de crecer.
La casa de las brujas
Llegamos a este mundo con una maleta de regalos y otra de retos. Tenemos libre albedrío, pero no podemos elegir dónde y cómo comenzamos ni tampoco con qué. A veces la vida luce tan injusta, algunos parecen llegar con sus bultos llenos y otros con las manos vacías, pero he podido ver que no se trata tanto de dónde comencemos ni con qué, sino de hacia dónde vamos y para qué. Mi vida no me dio la bienvenida con cucharas de plata, lacitos rosas y pasteles de chocolate. En verano del 1962, año en que nací gracias a una madre mentalmente desequilibrada, perdidamente enamorada de un hombre ausente, mi padre, en medio de una relación imposible e «ilegal»; el resultado fue una infancia de abusos.
Cuando niña no buscaba experiencias espirituales sobrenaturales, ellas eran parte habitual de mi entorno. La infancia espiritual es la que sucede mientras vas descubriendo el porqué de las cosas, que suceden por ósmosis más que por información. A veces me pregunto qué habría sido de mí si hubiera nacido en un hogar con creencias diferentes. La niñez es total aceptación, no se cuestiona lo aprendido, a pesar de que algunas de sus experiencias sean infortunadas.
El golpe de un duro comienzo en mi vida fue mitigado por la dulzura y la espiritualidad de mi abuela. Estoy convencida de que fui protegida por las bendiciones de sus oraciones, por su fe y devoción. A pesar de los obstáculos, pude lograr muchos de mis sueños. Atribuí esa habilidad especial para alcanzarlos a la serendipia, que se produce cuando tenemos un encuentro inesperado con algo afortunado mientras se está buscando algo distinto; en realidad, se trata sólo de una palabra sofisticada para describir la mano de la Providencia, conocida también como la suprema sabiduría de Dios que cuida de la creación y sus criaturas.
Algunas personas comienzan esta etapa de su espiritualidad en hogares donde el concepto de Dios es rígido y definido. El mío fue todo lo contrario, en mi casa pusimos de moda la palabra «pluralidad». El período de la infancia espiritual no es medido por la edad; existen personas que son niños en su mente espiritual, aunque hayan pasado los cuarenta años. En la infancia espiritual no se tiene un lenguaje literal desarrollado; en esa etapa se habla por medio de metáforas y cuentos de hadas. Cuando los padres necesitan asegurarse de que los hijos no se apartarán de las creencias de los adultos, el miedo usualmente se vuelve su aliado.
La espiritualidad fundamentalista está llena de estos miedos, la fe se consigue por medio de amenazas y castigos: «Si haces esto, Dios te castigará en un infierno eterno». Algunos conceptos de Dios en los adultos no son muy diferentes a los temibles monstruos de la infancia. Nos asustan con el terrible cuco imaginario que vive en los armarios, una fabricación de los adultos que los pobres niños han aceptado. La culpa y el castigo son los cucos de la infancia espiritual y a veces nos acompañan hasta la vejez.
En vez de ver dibujos animados como una niña normal de seis años, mi distracción predilecta era hablar con los espíritus, lo cual hacía a través de los «médiums» del pueblo, o personas que los canalizaban. Fajardo, donde nací, era un pueblo abrazado por el mar al este de Puerto Rico, un lugar muy colorido, a veces con personajes dignos de un circo y otras, de un hospital psiquiátrico. Mi casa parecía ser el lugar donde todos ellos convergían, atraídos por la fama del mejor café del pueblo, el cual mi abuela colaba todos los días a las tres de la tarde. Tan bella mi abuelita, con su pelo negro azabache y su mirada humilde y amable, llena de una tristeza permanente que resaltaba sobre su tez color aceituna, testigos de su herencia de las Canarias. Había dos filas de personas en mi casa, una para el café y otra para que mi abuelita les leyera las cartas de la baraja española. Me cuentan que el mejor astrólogo de Puerto Rico la visitaba, entre otras personalidades del mundo de la farándula.
En el momento del café, todos los «locos» del pueblo tenían su lugar de encuentro frente a mi casa. Entre ellos estaba mi favorito, un hombre mayor con facciones de taíno; indígena nativo de Puerto Rico, con la piel quemada y el pelo lacio peinado con brillantina que siempre vestía la misma camisa estilo guayabera y tenía un olor característico a sudor mezclado con botánica. Mi amigo, además de una tos intermitente, tenía una pequeña peculiaridad: en el momento menos esperado, comenzaba a brincar convulsivamente y sus ojos se quedaban en blanco, luego, sus manos comenzaban a moverse por encima de su cabeza como espantando moscas; en ese momento cerraba los ojos y su voz de hombre cambiaba a voz de mujer, dependiendo del día, como si fuera un papel diferente en una obra de teatro. Un día en particular a mi amigo taíno le «entró» mi entidad favorita, decía ser un pirata y aseguraba que había un tesoro escondido debajo de nuestra casa y que estaba atado con cadenas. El espíritu también decía tener sus huesos enterrados allí, y que cuidaba su tesoro. Uno de mis tíos vivía obsesionado por encontrar ese tesoro, había comprado uno de esos artefactos que pueden detectar metales a tres metros de profundidad y caminaba como un extraterrestre desquiciado, con sus enormes audífonos y la máquina que hacía un ruido estridente como el de una radio que no se puede sintonizar. Para completar la leyenda, mi tío decía haber escuchado las cadenas por la madrugada; de más está decir que vivía aterrada y no dormía por las noches saltando por cada sonido extraño que escuchaba. Dormía en posición fetal y con la espalda hacia la pared, lo hacía para prevenir ser atacada por el pirata, todavía duermo de la misma manera, pues las costumbres son difíciles de erradicar. Mi única defensa era una Virgen Milagrosa; mientras otros niños dormían con una muñeca o un lindo oso de peluche, yo dormía con una dura imagen de la Virgen que tenía un manto azul de yeso y sus brazos estaban eternamente extendidos, también le faltaba un ojo, pero para mí ella era la única protección en la casa de las brujas.
La Virgen Milagrosa figuró en mi vida desde mi nacimiento, quizás desde antes. Me contaba mi abuelita que el día del parto de mi mamá estuve a punto de morir, aparentemente nací con la placenta cubriendo mi cara. Ésa es la descripción más gráfica que guardo en mi memoria, aunque probablemente exista una más científica de lo que realmente sucedió esa noche. Cuando las horas pasaban y mis latidos se silenciaron, mi abuelita oraba y pedía la intercesión de esa misma Virgen para que salvara mi vida; de seguro escuchó sus ruegos, porque nací con la cara azul, no por ser el color del manto de la Virgen, sino por la falta de oxígeno.
Quizás la misma Virgen de azul me salvó de la muerte una vez más antes del parto, cuando mi papá le sugirió la idea a mi mamá de hacerse un aborto. Al menos alguien en el cielo estaba interesado en que yo naciera…
Unos tres años más tarde, la Virgen se convirtió en la señora de azul invisible que «hablaba conmigo» y me brindaba compañía mientras flotaba en el aire frente a la ventana del edificio de apartamentos en Nueva York, donde viví con mi mamá por corto tiempo antes de regresar a Puerto Rico para vivir con mi abuela a los cuatro años. Contaba mi madre que todos los días decía ver a la señora de azul mientras señalaba el cielo vacío, pero yo nada recuerdo de todo aquello.
Entre otras particularidades, a los doce años me decían que era la orgullosa heredera de una tercera generación de iniciadas; pertenecemos a una extraña hermandad secreta esotérica, primero mi abuela, luego mi mamá y algún día yo sería la próxima. No quería esperar, pero mi abuela guardaba celosamente sus lecciones, unos panfletos con extraños símbolos egipcios que en ese momento estaban terminantemente prohibidos para mí. Nadie sabía que a escondidas ya había leído suficiente material para darles una clase de ciencias ocultas a todos, hasta una fecha que no olvidaré, porque el gran día de la iniciación de mis lecciones a escondidas había llegado.
Necesitaba estar a solas, a oscuras frente a un espejo, luego con una vela encendida me tocaba llamar a mi guía espiritual, un espíritu; era el gran día de conocerlo. Tenía que mirar la vela fijamente y desenfocar la vista para poder ver el mundo de la cuarta dimensión. Me armé de valor y, aunque me temblaban las rodillas, ya estaba en trance cuando algo se cayó y vi una sombra, o quizás me la imaginé, y corrí tan rápido y tan lejos como pude; fue mi último intento de tratar con la sociedad oculta. Mi mamá, por su lado, continuaba con sus iniciaciones, ella misma me cuenta que se inició cuando estaba esperando mi nacimiento, eso puede explicar la mayoría de mis rarezas.
Mi hermano, hijo del primer matrimonio de mi mamá y que me llevaba nueve años, me decía cómo un día en una de las supuestas iniciaciones de mi mamá salieron luces de un gran espejo que había en su cuarto; por su parte, mi mamá contaba que su ejercicio era entrar con el alma dentro del espejo.
En esa época también mi hermano dibujaba los elefantes voladores de la portada del disco de Osibisa en las paredes del cuarto que estaban adornadas con pintura fosforescente.
Como mi realidad no era la que quería, yo misma buscaba inventar una nueva. Si no estaba hablando con los espíritus, estaba aprendiendo a ser vidente; cuando mi abuelita leía las cartas de la baraja española, aseguraba ver todo como una película dentro de una vasija de cristal llena de agua que colocaba en medio de la mesa. Ella no cobraba por sus servicios de vidente, sólo recibía donaciones, y colocaba una moneda de la persona en el centro de la mesa, según me decía para percibir su energía. Yo era como una bruja aprendiz que nunca levantó su vuelo en la escoba, porque entre otras cosas, jamás pude aprender cómo encender el televisor del futuro que se encontraba dentro de aquella vasija de agua. Mientras que mi abuela decía ver las imágenes dentro del agua y fuera de ella, mis antenas, por el contrario, nunca se desarrollaron. En una ocasión, nos visitaron unos conocidos espiritistas y fui testigo de una verdadera sesión en mesa redonda. Recuerdo a una de las señoras, que era gruesa y con voz ronca. En medio de su trance, me señaló diciendo que yo era víctima de un terrible ataque psíquico por parte de una hechicera del pueblo.
¿Cuál será la razón por la cual pienso que, a pesar de todo, he tenido buena suerte? Seguramente fueron los cientos de baños de miel y yerbabuena que mi abuela me echaba por la cabeza a la hora del baño, para contrarrestar los hechizos. Si antes no dudaba de que existían los espíritus, en la adolescencia tuve una fase en la que dejé de creer en todo lo sobrenatural. Un buen día llegó el amigo taíno, el señor que era médium, y mientras estaba en su trance le dije que todo aquello era un cuento, que era un mentiroso y muy buen actor. Quizás por esa razón, de adulta no he creído mucho en los conferenciantes o en los libros que dicen ser canalizados por espíritus que hablan desde el más allá a través de ellos, lo que hoy en día es bastante común.
