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Beschreibung

A pesar de que los hombres tienen mayores niveles de testosterona, también las mujeres segregan esta hormona, aunque en menor medida. Los bajos niveles de testosterona se asocian a una disminución del deseo sexual con reducción de los pensamientos y la excitación. Las mujeres con menopausia quirúrgica reducen sus niveles de testosterona a la mitad. El deseo sexual hipoactivo puede estar provocado por causas físicas, como trastornos endocrinos, abuso de alcohol o psicofármacos. Una de las causas más frecuentes es un bajo nivel de andrógenos, ya que la testosterona es una hormona clave para mantener el deseo, tanto en el hombre como en la mujer, aunque en ella los niveles son mucho más bajos. El bajo deseo sexual también puede estar relacionado con causas psicológicas como ansiedad, estrés, depresión o problemas de pareja. En otros casos, la ausencia de deseo puede ser reactiva a otros problemas que hacen que las relaciones no sean del todo satisfactorias como en el caso de impotencia, coitos dolorosos o anorgasmia. En algunos casos el problema aparece en personas que han tenido una educación sexual muy estricta, experiencias sexuales traumáticas o negativas (violación o abusos sexuales). El trastorno puede provocar malestar y en la pareja puede tener consecuencias importantes, aunque a veces el miembro afectado puede seguir manteniendo relaciones sexuales en un intento de satisfacer a su pareja. A pesar de que una sexualidad satisfactoria es importante para mantener una buena calidad de vida, muchas de las personas que padecen este problema, por desconocimiento o pudor, no se lo consultan al especialista. Afortunadamente, la mayor información y apertura sexual de las últimas décadas ha facilitado que muchos afectados puedan abordar con éxito los problemas ligados a la sexualidad.
 

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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filomena

Libro deseo sexual

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Table of contents

Deseo sexual

Capítulo 1. Inteligencia Sexual

Capítulo 3. Educación sexual

Planifiquemos la nueva situación en la pareja.

Aprender a desarrollar la inteligencia emocional

Una frágil unión que se debe cimentar día a día

Una rutina de equilibrio y consenso

Hemos de conocer al otro

Por qué nos enfadamos

La importancia del contexto

Nunca un enemigo

Mala oxigenación

El aire, por la nariz

Tipos de respiración

Beneficios de la meditación y el mindfulness

✅ Reduce la mortalidad cardiovascular

✅ Reduce la irritabilidad y el miedo

✅ Control y mejoría de numerosos trastornos

Tipos y técnicas de meditación

➡️ Meditación guiada

➡️ Meditación plena

➡️ Meditación con mantras

➡️ Meditación de chakras

➡️ Meditación Zen

Desde la niñez hasta la etapa adulta

Hormonas y músculos de la risa y el llanto

Reír y llorar, beneficiosos para la salud

Soluciones

Libertad de expresión

Tres conceptos importantes a tener en cuenta

Deseo sexual

INDICE

INTRODUCCIÓN

Capítulo 1. Inteligencia Sexual

Capítulo 2. Aversión al sexo

Capítulo 3. Educación sexual

Capítulo 4. Sexo con salud

Capítulo 5. Sexo “ninja”

Capítulo 6. Los afrodisíacos

Capítulo 7. La fórmula del amor

Capítulo 8. Lo que dura el amor

Capítulo 9. Falta de deseo sexual

Capítulo 10. Pérdida de deseo sexual

Capítulo 11. Sexo en verano

Capítulo 12. Erotismo tras el parto

Capítulo 13. Sexo durante el embarazo

DESARROLLO

INTRODUCCIÓN

Hoy, más que nunca, los hijos que tienen las parejas en nuestro país son (además de los más escasos) los más deseados, previstos e incluso planificados, de la historia.

Una vez llegado, el bebé pasa a constituirse en tema central tanto de las conversaciones de la pareja, de las de familias de cada miembro de la pareja, e incluso del círculo de amistades. Tener hijos (especialmente, el primero) es uno de los acontecimientos más señalados de nuestras vidas, pero no todo es color de rosa. El bebé también juega un papel de intruso, en un hogar que antes giraba en torno a dos personas que se dedicaban todas las atenciones, que mantenían un protocolo de actuación que comenzaba en una y terminaba en la otra. De esto, de las consecuencias menos agradables de la llegada de los hijos, apenas se habla, es un tema casi tabú (uno de tantos), ya que podría ser entendido por los demás como una falta de aprecio al niño, un egoísmo poco decoroso o una insuficiente asunción del papel de padres. Pero, a pesar de todo, merece la pena hablar sobre ello.

Planificamos minuciosamente lo que necesitará el niño, los recursos económicos y de otro tipo (tiempo, espacio en el hogar, educación) que requerirá, pero no calculamos cuestiones que, antes o después, pueden afectar al equilibrio de nuestra relación de pareja. Saldremos menos con nuestros amigos a cenar, el cine pasará de ser semanal o quincenal a muy esporádico, los momentos románticos se verán reducidos. Y la comunicación personal, las confidencias, las aficiones de cada uno, cederán el paso ante las “apremiantes” necesidades del niño. Y, si no tomamos medidas, acabaremos siendo unos excelentes padres pero unos pésimos amantes.

Hemos de buscar tiempo para el hombre y mujer a quien hemos unido nuestras vidas.

El hogar, antes territorio de intimidad de la pareja, pasa a ser compartido por una tercera persona. La cotidianeidad de la pareja se ve afectada. Es frecuente que la madre deje temporalmente su trabajo o reduzca su jornada laboral. Incluso, si contrata a un(a) profesional para que cuide del bebé, normalmente la madre habrá de afrontar el trabajo remunerado y el cuidado del vástago. La estructuración de los tiempos varía. Y la percepción del hombre por la mujer, también. Se pasa de marido a padre y de mujer a madre.

Por otro lado, los cambios horarios y los desvelos nocturnos los marcan las necesidades del recién llegado, con lo cual nuestras costumbres y deseos, tanto personales como de pareja, pasan a segundo lugar. Si antes hablábamos del tiempo, de cosas cotidianas, de amor, de aficiones compartidas o de las preocupaciones del trabajo, ahora, las conversaciones giran en torno al hijo: cómo está, qué ha hecho hoy: si duerme, si come, si sonríe, si abre los ojos, si dice algo.

Y no sólo la vida cotidiana y los diálogos de pareja se pueden deteriorar. Quizá lo que más dañado se vea con la irrupción (y consolidación) de la figura del hijo, es la vida afectiva y los juegos sexuales de los padres, imprescindibles para que todo funcione bien y vivamos a gusto.

Nos debemos a nosotros mismos, al margen de ser buenos padres, el intento de vivir con ilusión, de ser felices en nuestra vida de pareja. Hay tiempo para todo. Incluso con hijos, tenemos bien cerca a una persona (aunque a veces no lo parezca, con su propio mundo interior y unas expectativas personales muy íntimas que desea satisfacer) a la que hemos de conquistar cada día, a la que tenemos que demostrar que merece la pena el proyecto en que se ha embarcado con nosotros.

Los cambios y reajustes de nuestra vida favorecen al niño, no en vano se han realizado en función de él. De pronto y como sin querer, nos vemos en casa de los suegros o padres cada día de fiesta, comenzamos a dejar de salir los sábados, a diseñar las vacaciones en función de los niños; a abandonar -por impracticables, no hay tiempo ni opción logística– aficiones que nos llenaban de regocijo, a ver vídeos infantiles o dibujos animados en lugar de nuestros programas favoritos de TV… Porque, “total, ¿qué más da?”.

Por su parte, la mujer experimenta cambios físicos y psicológicos que le pueden causar ansiedad. Al unirse a ellos el cansancio y la obsesión de hacerlo todo bien y de ser una excelente madre, a pesar de que nadie le haya enseñado a serlo, puede surgir en ella una auténtica crisis emocional que el hombre debe detectar y ayudar a superar. Ahora bien, algunos varones viven asimismo una situación delicada.

Quedan desplazados a un segundo plano, al ser el bebé y la madre quienes monopolizan el centro de atención. Incluso dentro del nuevo núcleo familiar pasa a ser espectador de los mimos, cuidados y dedicación que normalmente la madre dirige al bebé y de los que hasta entonces él era destinatario exclusivo. También el hombre arrastra un cansancio adicional, pero sin que nadie se lo reconozca. Sin embargo, a él la vida se le ha modificado y precisa de una reubicación.

Los celos encubiertos y no asumidos (hacia el hijo o hija) hacen que el hombre no se encuentre a gusto y canalice a veces esa sensación de abandono estableciendo una relación distante, malhumorada, “sacando punta” a cualquier nadería o centrándose desmesuradamente en su trabajo o en sus amigos. Con lo que la situación termina por complicarse mucho. Y no es fácil solucionar el problema: si bien el hombre ha de plantearse que debe compartir las tareas domésticas no siempre podrá hacerlo de manera que resulte satisfactoria para la mujer. Y viceversa.

Planifiquemos la nueva situación en la pareja.

Igual que planeamos y cuidamos la venida del bebé, hagámoslo con la nueva situación que afrontamos los padres para que ambos gocemos por igual de la crianza, educación, sinsabores y placeres que aportará esa persona que ha colado en nuestro hogar.

La clave está en que velemos, ambos, para que no se inmiscuya entre nosotros. Los hijos nacen, normalmente, del amor que se profesan los miembros de una pareja, pero no forman parte de ella. La pareja debe tener su propia vida, al margen de los hijos.

En los primeros meses de vida, la dedicación y el tiempo que requieren los bebés son abrumadoramente exigentes, apenas queda tiempo para nada más. Pero ello no obsta para que hombre y mujer eviten que se transforme en el motivo único de sus vidas. Debe contribuir a fortalecer los lazos de unión, cristalizados ahora en un nuevo empeño: ser padre y madre. Pero tengamos claro qué somos y quiénes somos el uno para el otro, qué queremos y hacia dónde vamos.

Seguimos siendo una pareja: cada uno ha de comprender y atender al otro. He de seguir siendo un buen compañero-a para mi mujer o marido.

Además, sin amor, afecto y comunicación en la pareja es casi imposible ser buenos padres. Y esta convicción habremos de mantenerla siempre, porque los hijos, también cuando crecen, siguen siendo muy absorbentes. Y nos pueden distraer de una de las finalidades de nuestra vida: hacer feliz a nuestra pareja.

También nosotros necesitamos atenciones:

Por mucho que el bebé reclame atenciones y tiempo, y de que casi todo gire en torno a él, reservemos buena parte de nuestras energías a escuchar y a sentir a nuestra pareja.

Hablemos de cómo nos encontramos, qué sentimos, cómo ha transcurrido la jornada. Todos los días, unos minutos para el diálogo sobre nuestras cosas, al margen de la criatura.

Repartamos, según las preferencias y posibilidades de cada uno, las tareas que acarrea el hijo. Su presente y futuro son una responsabilidad que debemos compartir ambos.

Acordemos qué y cómo hacer con nuestro hijo: compartamos, ya desde la cuna, un criterio de educación y de comportamiento ante él o ella.

La criatura “es” de los dos miembros de la pareja. No es “tu hijo”, ni “mi hijo”, sino “nuestro hijo”. Recordémoslo. Nos evitará tensiones, celos y disgustos posteriores.

Al menos una vez por semana, habilitemos el tiempo para dar un paseo o ir al cine, o hacer lo que nos gusta. Emancipémonos del niño, es necesario y conveniente.

Reservemos un momento para la caricia, el beso y el juego sexual con nuestra pareja. Las contraindicaciones tras el parto para el coito sexual, no significa que otros juegos sensuales se supriman. Y, tras la cuarentena, volvamos a la vida sexual normal.

El amor, sustento de la pareja, requiere ser alimentado cada día. Hay que disfrutar de la vida, y amar a nuestro hombre o mujer, también ahora. O, quizá, más que nunca.

Aprender a negociar y a compartir las diferencias con la pareja ayuda a evitar futuros conflictos. La gran mayoría de humanos nacemos y crecemos en un contexto familiar y social que constituye el marco de referencia en los aprendizajes, los valores y las creencias que luego, ya adultos, nos ayudarán a tomar decisiones y a conducirnos por la vida.

Durante la adolescencia, centrados en el desarrollo de las relaciones afectivas, aparecen las primeras experiencias de enamoramiento, ese fuerte sentimiento de atracción por otra persona a la que casi no conocemos. La natural intolerancia ante el no saber nos llevará a ir conformando una imagen del otro basada más en detalles y deseos que en un racional análisis de lo que sí sabemos o en un esfuerzo por buscar datos contrastables. Con la sana intención de reducir la incómoda incertidumbre de sentirse atraído por un desconocido, el ser humano no se da cuenta de que está soñando despierto, de que está idealizando, de que está construyendo un personaje más basado en sus deseos que en la realidad de los hechos.

Si el proyecto funciona, la pareja iniciará un periodo de noviazgo: por un lado, un agradable proceso de gratificaciones compartidas y negociadas (salir a cenar, bailar, conocer a los amigos, tener relaciones sexuales…) aderezado con la euforia de la novedad; por el otro, como se mantiene la independencia y la privacidad por vivir en espacios separados, evitarán los conflictos de convivencia, un mayor conocimiento del otro y la toma de decisiones cruciales en la vida de ambos. No es de extrañar que, embriagados por este euforizante cóctel de emociones agradables, sigamos usando la fantasía para construir, sobre una imagen previamente idealizada y en un marco de conocimiento selectivo muy satisfactorio, un proyecto de futuro compartido.

El siguiente paso, tal y como marcan los cánones de nuestra sociedad, es evidente: iniciar un periodo de convivencia. Y aquí pueden empezar los problemas, los sentimientos de desengaño cuando se comprueba que la persona con la que se convive no es la misma con la que se salía (ese “otro” tan idealizado), cuando aparece la monotonía con las rutinas y obligaciones del día a día, cuando hacen acto de presencia las primeras dificultades económicas, las costumbres y las manías de la pareja. Y al sentimiento incipiente de insatisfacción se le une la desmitificación del otro, las primeras crisis y la sensación de equivocación, de engaño.La mayoría se autoengaña con un “ya lo iré cambiando”, otros optan por el rompe y rasga y disuelven la relación y otros acuden en busca de ayuda.

“¿Pero quién me va a enseñar a mi a vivir con mi pareja?”, dicen muchos ante el temor de mostrar a un desconocido su vida íntima. Y lo cierto es que todo, también la convivencia en pareja, precisa de un aprendizaje.

Si creemos que la raíz de nuestra insatisfacción radica en la actitud o el comportamiento de nuestro cónyuge, usaremos estrategias coercitivas (como las amenazas sutiles o claras) para que cambie. Ante esta situación hay dos opciones malas: o el sometimiento al otro o la devolución de la agresión y el inicio de una espiral de conflictos. Pero hay otra alternativa: asumir la parte de responsabilidad que uno tiene y buscar la complicidad y colaboración de la pareja en busca de un mayor nivel de satisfacción. De ambos.

Si a lo largo de nuestras vidas hay un factor constante, ése está relacionado con el cambio continuo: vamos creciendo y van cambiando nuestras necesidades, como también las de nuestra pareja y las de nuestros hijos; evoluciona asimismo nuestro entorno y sus exigencias; aparecen problemas y dificultades, y lo que ayer estaba bien, hoy es insuficiente. Por ello es necesario un esfuerzo constante de adaptación a una realidad cambiante. En el contexto de nuestra relación de pareja, el inicio de la convivencia no se debe confundir con la llegada a la meta, sino con la línea de salida de una carrera de obstáculos, donde la mejor habilidad es la comunicación y la mejor estrategia la cooperación.

Pero eso no es fácil. Con los años, hemos ido desarrollando un estilo peculiar pero eficaz en la solución de problemas: sabemos lo que queremos y qué hemos de hacer para conseguirlo. El error está en olvidarnos de que somos dos, que si no tenemos en cuenta las necesidades de la pareja y su forma de resolver problemas nos pasará lo que ya vaticinó Oscar Wilde: “con la mejor de las intenciones se causan los peores desastres”.

Inmersos en el doloroso sentimiento de la insatisfacción, atendiendo a los numerosos errores que comete nuestra pareja, desde la conciencia de que somos las víctimas y que es el cónyuge el que debe cambiar, suele pasarse por alto una de las leyes fundamentales en las relaciones humanas: para recibir, primero hay que dar.

Si eso es lo que hacemos habitualmente con nuestros amigos, ¿por qué nos negamos a hacerlo con nuestra pareja cuando las cosas van mal? Cuando somos capaces de expresar nuestro afecto y hacer sentir al cónyuge que nos importa, estamos creando las mejores condiciones para que escuche nuestras quejas y nuestro dolor, y para que nos ayude a ser más dichosos.

Pese a las creencias, la vida sexual en las personas mayores es conveniente y natural, aunque adaptada a las características de esta etapa del ciclo vital. En numerosas ocasiones nos olvidamos de que, desde que nacemos hasta que morimos, somos seres sexuales. La idea de que la vida sexual es algo “para jóvenes”, que se inicia en la pubertad y que desaparece en un momento dado de nuestra madurez, no sólo es incierta, sino que constituye una creencia absurda que condena a los que la comparten a renunciar a experiencias gratificantes y saludables, y a restringir el marco de sus relaciones afectivas.

A lo largo de nuestro ciclo vital se producen muchos cambios relativos a nuestra sexualidad: la forma y tamaño de nuestros rasgos sexuales, la concentración de determinadas hormonas asociadas, nuestro comportamiento sexual… Pero eso no significa que la sexualidad aparezca o desaparezca, simplemente evoluciona y se transforma.

Sin embargo, muchas personas que superan los 50-60 años tienden a suponer que su sexualidad irá remitiendo, que ya no es para ellos. Nada más lejos de la realidad, porque la necesidad de relacionarse con otras personas, de expresar sentimientos, de recibir afecto, no tiene edad y no se pierde.

Es cierto, sin embargo, que hacia el final de la madurez y durante la vejez se van a producir importantes cambios en los individuos (aunque ciertamente no mayores que en otros momentos del ciclo vital) que afectarán a la vivencia de su sexualidad. Entre otros:

La salud física o mental: “achaques” propios de la edad que modifican la forma de hacer las cosas o enfermedades que pueden limitar su capacidad de maniobra.

La falta de pareja o una actitud de oposición por parte de la pareja a mantener relaciones sexuales.

La monotonía de las relaciones, normalmente asociada a dificultades de comunicación sobre un tema “tabú”.

Ciertas actitudes negativas y ansiógenas ante cambios fisiológicos normales: la disminución de estrógenos tras la menopausia en las mujeres conlleva una importante reducción de la lubricación vaginal que puede ocasionar dolor si no se utilizan lubricantes, o la ansiedad causada por la mayor dificultad del hombre para conseguir erecciones.

La aparición de actitudes inhibitorias asociadas al alejamiento de los cánones de belleza social y al sentimiento de no sentirse atractivos/as.

El más que probable estrés asociado a la pérdida de la pareja, al deterioro de la red social y del nivel socioeconómico, o los problemas de salud en la familia que afectan transitoriamente al interés sexual.

Pero los factores sociales son los que, con mayor frecuencia, se vinculan a actitudes de inhibición en la satisfacción de un interés y de unas necesidades sexuales que no desaparecen:

En nuestra cultura, por el hecho de que la sexualidad de las personas mayores no pueda asociarse con la procreación, tiende a negarse su existencia, o al menos es un tema tabú.

Las personas mayores que manifiestan a través de su comportamiento su interés sexual reciben el calificativo peyorativo de “viejos verdes” y el sentimiento de culpa resultante les lleva a inhibir cualquier expresión asociada a sus deseos.

Las mujeres, tradicionalmente educadas para la represión de sus deseos sexuales (aún son muchas las que se sienten avergonzadas por sentir deseo), no inician conductas de aproximación sexual, aceptando con resignación la frustración resultante.

Como reflejo de ello, en las residencias de ancianos no sólo no se facilita este tipo de actitudes, sino que se limita cualquier posibilidad de actividad sexual entre los residentes.

Si consiguiéramos hablar con naturalidad con nuestros mayores acerca de cómo viven su sexualidad comprobaríamos que su interés sexual sigue tan vivo como ellos, orientado hacia una interacción más afectiva, donde las caricias y la ternura van supliendo la leve pérdida de algunas respuestas sexuales. Es necesario tomar conciencia de que la práctica de relaciones sexuales mejora su estado de ánimo, constituye una importante fuente de satisfacción personal y consolida las relaciones afectivas con su pareja.

¿Cómo podemos promover, a través de la educación sexual de nuestros hijos, el desarrollo de actitudes sanas y positivas ante un interés y un deseo sexual que les acompañará a lo largo de su vida?

Decir o no decir

Es imposible no educar. Bien sea por acción, bien sea por omisión, explicando o no explicando, siempre se está educando. La sexualidad no es una excepción. Por ello conviene estar atentos para que forme parte de nuestras vidas y de las de ellos de una forma natural.

Contestar a las preguntas

Cuando aparecen aquellas preguntas que a menudo interpretamos como incómodas, es conveniente responder con naturalidad y con la verdad. Él o ella marcarán hasta dónde desean saber. Si les da más información de la que quieren, cambiaran de tema, o simplemente la obviarán. Si por el contrario se da una información demasiado escueta, volverán a preguntar. Ellos marcan el ritmo.

No todo lo aprenden solos

Si no contesta a sus preguntas, si no está disponible para ellos en este tema, buscarán otra fuente, totalmente desconocida para los padres y ante la que no tendrán ningún control.

Transmitir naturalidad

La sexualidad sigue un ritmo evolutivo y no se saltan etapas por más que se sepa o se hable de ella. De hecho, se ha comprobado que es todo lo contrario. Cuanto más sabe un niño o niña acerca de valores sexuales (educar en sexualidad no es hablar de prácticas sexuales), más tranquilamente se acerca a ella, al tiempo que dispone de más recursos para decidir y adquiere mayor capacidad de reflexión.

Cuestión de recursos

Educar en sexualidad es proporcionar recursos, autoestima, capacidad de negociación y valores que a menudo aplicamos en otras esferas de la vida. Conviene no olvidarlo cuando nos enfrentamos a preguntas incómodas.

La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Hemos aprendido desde pequeños que el sentimentalismo (así se ha llamado al hábito de sentir a flor de piel las emociones y a mostrar en público esa forma de interpretar las vivencias) era propio de personas débiles, inmaduras, con déficit de autocontrol. Además, se ha extendido en nuestro imaginario colectivo el lugar común, machista como pocos, de que las emociones o -más aún- el llanto, pertenecen al ámbito de lo femenino. Sin embargo, todo evoluciona y va ganando terreno la convicción de que vivir las emociones es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la inteligencia.

Sólo cuando entendemos nuestros sentimientos somos capaces de entender los de otras personas

Tenemos muy en cuenta nuestro espacio intelectual y no sólo le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, sino que incluso la valoración que hacemos de una persona pasa, en buena medida, por sus conocimientos y habilidades intelectuales. Desde la educación, tanto reglada como no académica, se nos ha motivado para que saquemos el máximo partido a nuestros recursos intelectuales.

Nadie discute la necesidad de adquirir conocimientos técnicos y culturales para prepararnos (y reciclarnos) para la vida profesional, pero en una equivocada estrategia de prioridades olvidamos a veces la importancia de educarnos para la vida emocional. Aprender a vivir es aprender a observar, analizar, recabar y utilizar el saber que vamos acumulando con el paso del tiempo. Pero convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y, por qué no decirlo, felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender los sentimientos. Y eso significa contextualizarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos. Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos en un momento determinado pueden verse “contaminados” por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en una decisión que tenemos que tomar.

Mimar nuestro momento emocional, aprender a expresar los sentimientos sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, ponerles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación de lo que nos ocurre. Cada vez que dudamos ante una decisión, que nos proponemos comprender una situación, no hacemos estas operaciones como lo haría un ordenador o cualquier otro ingenio de inteligencia artificial, sino que ponemos en juego, traemos a colación, todo nuestro bagaje personal (incluyendo lo que nos ha podido pasar hace un rato o unas horas) y el pesado fardo de nuestra herencia cultural. De ahí que vivir nuestras emociones es una habilidad relacional que nos capacita como seres que se desarrollan en un contexto social. Sólo cuando conectamos con nuestros sentimientos, los atendemos y jerarquizamos, somos capaces de empatizar con los sentimientos y circunstancias de los demás. No es más inteligente quien obtiene mejores calificaciones en sus estudios, sino quien pone en práctica habilidades que le ayudan a vivir en armonía consigo mismo y con su entorno. La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Los profesionales más brillantes no son los que tienen el mejor expediente académico, sino los que han sabido “buscarse la vida” y exprimir al máximo sus habilidades.

Aprender a desarrollar la inteligencia emocional

Esta sociedad de las “buenas maneras” y el control social han hecho de nosotros auténticos robots de las apariencias. En la Universidad de Málaga los doctores Fernández Berrocal y Extremera han abordado la inteligencia emocional como la habilidad (esencial) de las personas para atender y percibir los sentimientos de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos adecuadamente y la destreza para regular y modificar nuestro estado de ánimo o el de los demás. En la inteligencia emocional se contemplan cuatro componentes:

Percepción y expresión emocional. Se trata de reconocer de manera consciente qué emociones tenemos, identificar qué sentimos y ser capaces de verbalizarlas. Una buena percepción significa saber interpretar nuestros sentimientos y vivirlos adecuadamente, lo que nos permitirá estar más preparados para controlarlos y no dejarnos arrastrar por los impulsos.

Facilitación emocional, o capacidad para producir sentimientos que acompañen nuestros pensamientos. Si las emociones se ponen al servicio del pensamiento nos ayudan a tomar mejor las decisiones y a razonar de forma más inteligente. El cómo nos sentimos va a influir decisivamente en nuestros pensamientos y en nuestra capacidad de deducción lógica.

Comprensión emocional. Hace referencia a entender lo que nos pasa a nivel emocional, integrarlo en nuestro pensamiento y ser conscientes de la complejidad de los cambios emocionales. Para entender los sentimientos de los demás, hay que entender los propios. Cuáles son nuestras necesidades y deseos, qué cosas, personas o situaciones nos causan determinados sentimientos, qué pensamientos generan las diversas emociones, cómo nos afectan y qué consecuencias y reacciones propician. Empatizar supone sintonizar, ponerse en el lugar del otro, ser consciente de sus sentimientos. Hay personas que no entienden a los demás no por falta de inteligencia, sino porque no han vivido experiencias emocionales o no han sabido gestionarlas. Quién no ha experimentado la ruptura de pareja o el sentimiento de orfandad por la pérdida de un ser querido, es difícil que se haga cargo de lo que sufren quienes pasan por esa situación. Incluso cuando se han vivido por experiencias de ese tipo, si no se ha hecho el esfuerzo de vivirlas de manera explícita aceptándolas e integrándolas, no estarán suficientemente capacitados para la comprensión emocional inteligente.

Regulación emocional, o capacidad para dirigir y manejar las emociones de una forma eficaz. Es la capacidad de evitar respuestas incontroladas en situaciones de ira, provocación o miedo. Supone también percibir nuestro estado afectivo sin dejarnos arrollar por él, de manera que no obstaculice nuestra forma de razonar y podamos tomar decisiones de acuerdo con nuestros valores y las normas sociales y culturales.

Estas cuatro habilidades están ligadas entre sí en la medida en que es necesario ser conscientes de cuáles son nuestras emociones si queremos vivirlas adecuadamente.

Gestionar adecuadamente las emociones supone:

No someterlas a censura. Las emociones no son buenas o malas, salvo cuando por nuestra falta de habilidad hacen daño, a nosotros o a otras personas.

Permanecer atentos a las señales emocionales, tanto a nivel físico como psicológico.

Investigar cuáles son las situaciones que desencadenan esas emociones.

Designar de forma concreta los sentimientos y señalar las sensaciones que se reflejan en nuestro cuerpo, en lugar de hacer una descripción general (“estoy triste”, “estoy nervioso”…).

Descargar físicamente el malestar o la ansiedad que nos generan las emociones.

Expresar nuestros sentimientos a la persona que los ha desencadenado, sin acusaciones ni malas formas y detallando qué situación o conducta es la que nos ha afectado.

No esperar a que se dé la situación idónea para comunicar los sentimientos, tomar la iniciativa.

"No es que sea muy inteligente; es listo, que no es lo mismo". Las últimas teorías psicológicas hablan de la Inteligencia Emocional como nuevo concepto, si no contrapuesto sí distinto a la inteligencia "de toda la vida", la asociada al coeficiente intelectual, a la cultura, a los títulos universitarios y a las destrezas lógicas, numéricas o gráficas. En realidad, estas nuevas teorías no hacen sino racionalizar y estructurar lo que ya sabíamos o presumíamos. Estamos acostumbrados a que personas sin estudios cualificados ni mucha cultura triunfen en casi todo lo que se proponen. Y, al revés, no nos llama la atención que otros individuos muy inteligentes (que entienden todo a la primera, incluso las ideas más complejas; que resumen un libro como si fueran críticos profesionales o que memorizan casi inmediatamente lo que a la mayoría les cuesta horrores) no progresen o no encuentren su sitio en lo profesional ni en lo personal.

Esta aparente contradicción se debe a que hay personas que, si bien no brillan en lo estrictamente racional, son muy habilidosos, muy inteligentes en la gestión de sus emociones y sentimientos. Son, en esta parcela tan relacionada con nuestra calidad de vida, más creativos, eficaces y listos que un eminente catedrático de filosofía o ingeniería industrial.

Hay otra forma de ser inteligente: la de las emociones y sentimientos. Algunos individuos saben afrontar las situaciones y salen airosos de acuciantes problemas mientras otros fracasan y se hunden ante obstáculos nimios. La inteligencia emocional juega un papel decisivo en la explicación a esta bipolaridad tan común. Lograr lo que nos interesa depende más de nuestra capacidad de vivir, de escrutar los problemas y canalizar nuestras emociones, que del razonamiento abstracto o nuestra capacidad para resolver problemas matemáticos.

La historia nos habla de genios (científicos, intelectuales, artistas, políticos, …) cuya vida personal fue un patético desastre. Y, sin embargo, nuestro entorno más inmediato nos muestra personas normales que llevan su existencia (la idea que uno tiene de sí mismo, las relaciones de pareja, las amistades, el trabajo o la capacidad de ser un buen padre o madre) de manera admirable. El complejo mundo de las emociones interviene en cómo resolvemos los problemas. Además, las emociones positivas pueden alterar la organización de la memoria, de modo que se integre mejor el material cognitivo y que ideas antes dispersas surjan relacionadas y fáciles de recordar. Salovey, investigador de Yale, USA, define la inteligencia emocional como “una parte de la inteligencia social, que concierne a la habilidad de comprender sentimientos propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones”. Y añade que una sociedad que no fomenta la inteligencia emocional crea individuos insatisfechos e insolidarios.

Otro especialista en esta materia, Goleman, autor del libro “Inteligencia Emocional”, reconoce que no existen pruebas para determinar la inteligencia emocional equiparables a los ya estandarizados tests que miden el coeficiente intelectual de las personas. Pero asegura que las habilidades emocionales son a veces más importantes para nuestro futuro que ese coeficiente. Aunque los individuos con alto coeficiente intelectual son ambiciosos, productivos e incluso tenaces y despreocupados, según este autor, son frecuentemente fríos, inhibidos, inexpresivos, aburridos, quisquillosos e incómodos con la sensualidad. En cambio, las personas con gran capacidad emocional son más comunicativos y agradables y están más a gusto consigo mismos y con los demás. Todos tenemos los dos tipos de inteligencia, si bien en distinta medida.

El coeficiente intelectual incluye habilidades como el razonamiento abstracto, verbal, numérico y espacial. Pero son muchas las situaciones en que el cerebro emocional “piensa” más rápido y mejor que el otro. Las decisiones trascendentales no son resultado de razonamientos abstractos. Están cargadas de sentimientos y visceralidades, noexplicables por la inteligencia lógica.

Esta capacidad de vivir y manejar las emociones se aprende desde la infancia. Por ello, la familia es la escuela en la que el niño aprende, para bien o para mal, a desarrollar su inteligencia emocional. Pero, desgraciadamente, los padres no siempre son conscientes de la trascendencia que reviste atender, integrar y conducir las emociones infantiles. Los hijos de familias en que se han cultivado bien las emociones, son más sociables y mejores estudiantes, aunque su “otra” inteligencia, la lógica, no sea brillante. Si bien es cierto que la familia y la escuela son fundamentales en el desarrollo de la inteligencia emocional, nunca es tarde para efectuar correcciones y adquirir nuevas habilidades en este terreno. Nos jugamos mucho en ello y, por muy adultos que seamos, podemos desarrollar un dominio más eficaz de las emociones. No olvidemos que las perturbaciones emocionales afectan a la salud.

Gestionar bien las emociones fuertes o negativas, aprender a vivirlas, puede potenciar nuestro sistema inmunológico y cardiovascular. Otra ventaja: en los procesos de selección de personal en las empresas, cada día que pasa se valoran más la madurez y estabilidad emocional de los aspirantes. En la vida de pareja se ha comprobado, asimismo, que la estabilidad de la relación y el éxito en la toma de decisiones dependen mucho de la madurez y estabilidad emocional de sus miembros.

Aunque no se puede medir psicométricamente con la exactitud con que se determina el coeficiente intelectual, hay indicadores de inteligencia emocional. Entre paréntesis, encontrará la respuesta que daría una persona emocionalmente inteligente a las siguientes cuestiones.

¿Sabe usted empatizar, es sensible ante las emociones ajenas? (Sí)

¿Controla adecuadamente sus impulsos? (Sí)

¿Cómo tolera las frustraciones? (Bien, con perspectiva e intentando positivizar)

¿Expresa controladamente sus sentimientos? (Sí)

¿Es capaz de afrontar serenamente los conflictos con otras personas? (Sí)

¿Cómo sale de los baches emocionales? ¿Derrotado? ¿Le duran mucho tiempo? (Con tranquilidad, fijándome en lo positivo de la nueva situación. Con fuerzas para empezar de nuevo. El bache se supera poco a poco, sin prisa, pero sin pausa)

Cuando se enfada ¿lo hace con quien debe y cuando debe? (Sí, exclusivamente)

¿Se prohíbe llorar? (No, a veces lo hago; y no pasa nada)

¿Le parece que reirse a carcajadas o contar chistes es frívolo? (No, en absoluto. El humor es maravilloso )

La Inteligencia Emocional se puede cultivar

Trabaje la empatía, ábrase a los demás. Obsérveles y escuche. Fíjese en sus gestos, en su mirada, en su forma de hablar. Aprenda a sentir lo que ellos sienten.

Cultive el autocontrol, pero sin suprimir las emociones. Observe y analice hasta qué punto esos sentimientos son eficaces para algo. O si le hacen daño.

Analice sus tensiones e instintos. Sin reprimirse, ponga orden y canalícelos.

Rebobine. Después de una discusión o de un día triste, pregúntese por qué. Si su reacción fue proporcionada, si merecía la pena haberse comportado así, …

Busque oportunidades para reir. La risa y el buen humor nos hacen más felices. Y, además, parece que alargan la vida.

El placer ayuda a vivir mejor las emociones. Búsquelo. Los instintos reprimidos dan lugar a agresividades desplazadas.

El mundo no se acaba hoy ni aquí. En situaciones graves o dramáticas, mire hacia detrás (recuerde momentos de plenitud, todos los hemos vivido) y hacia delante (vendrán más). Sobran los motivos para luchar. Un sólo instante de felicidad, aunque sea dentro de un año, merece el esfuerzo que seamos capaces de hacer ahora.

Capítulo 1. Inteligencia Sexual

Todos, en mayor o menor medida, por acción o por omisión, mentimos. Lo hacemos en la medida que no decimos lo que pensamos o que decimos lo que no pensamos o no sabemos, o incluso lo que sabemos incierto. La pérdida de la espontaneidad es un proceso evolutivo cuyas etapas vamos consumiendo desde niños, conforme se asienta en nosotros la convicción de que la sinceridad no siempre es posible ni conveniente porque puede causar perjuicios al receptor de la comunicación, o al propio emisor.

Hay mentiras socialmente más positivas que ciertas verdades incontestables: son muchas las situaciones en que una mentira sabiamente trasmitida genera un efecto beneficioso, o cuando menos paliativo, como para que establezcamos categorías morales radicales sobre esta aparente dicotomía ética: verdad-mentira. Si a esto unimos que todos, antes o después, mentimos u ocultamos verdades relevantes, quizá convendría desdramatizar el hecho de la mentira para poder así abordarlo con más sensatez y sentido de la medida.

Según el diccionario mentir es “decir algo que no es verdad con intención de engañar”. Y si buscamos una definición más académica, nos topamos con “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o piensa”. Así que quien engaña o confunde sin ser consciente de hacerlo, no miente: simplemente trasmite a los demás su propia equivocación.

La relación que cada persona mantiene con la mentira -además de decir mucho de ella-, es bien distinta a la de los demás. Hay quienes sólo recurren a la mentira cuando es compasiva, o cuando les proporciona resultados positivos sin generar engaño importante o si se trata de un asunto banal. Y también los hay que mienten a menudo, casi por costumbre y sólo en temas poco relevantes. Pero no podemos olvidar a quienes mienten esporádicamente pero a conciencia, generando daño a los demás o persiguiendo beneficios personales. Y también los hay que mienten, o callan verdades necesarias, por timidez, por vergüenza o por falta de carácter.

Por último, citemos a los mentirosos patológicos, que mienten con una facilidad pasmosa, ya sea por conveniencia ya por una absoluta y cínica falta de respeto a la verdad.

Algunas personas no mienten nunca (o casi nunca) por razones bien distintas de la ética: por miedo a ser descubiertos, por pereza (no hay que recordar los detalles de la mentira en el futuro), por orgullo (“¿cómo voy a caer yo tan bajo?”)… Pero, si lo pensamos bien, razones bien similares son las que pueden impulsarnos a mentir u omitir, en determinadas circunstancias, lo que pensamos o sabemos. Porque verdades como puños muy inoportunas, o que ofenden o incordian. Tan importante como el hecho de mentir o decir la verdad es la intención con que se hace una u otra cosa. Y he ahí el verdadero dilema moral. Una mentira que a nadie daña o incluso reporta beneficio a su destinatario puede ser más defendible que una verdad que causa dolor innecesariamente. Mentimos por muchas razones: por conveniencia, odio, compasión, envidia, egoísmo, o por necesidad, o como defensa ante una agresión… pero dejando al margen su origen o motivación, no todas las mentiras son iguales. Las menos convenientes para nuestra psique son las mentiras en que incurrimos para no responsabilizarnos de las consecuencias de nuestros actos. Y las menos admisibles son las que hacen daño, las que equivocan y las que pueden conducir a que el receptor adopte decisiones que le perjudican. Concluyamos, por tanto, que los dos parámetros esenciales para medir la gravedad de la mentira son la intención que la impulsa y el efecto que causa.

Quien oculta la verdad retiene parte de una información que para el interlocutor puede ser interesante pero, en sentido estricto, no falta a la verdad. Sin embargo, quien falsea la realidad da un paso más, al emitir una información falsa con etiqueta de real. Resulta más fácil mentir por omisión (no se necesita urdir historias inciertas, y hay menos posibilidades de ser descubierto) y socialmente este tipo de engaño se tiene por menos censurable, a pesar de que puede resultar tanto o más dañino e inmoral que la mentira activa. Se recurre asimismo al falseamiento cuando se ocultan emociones o sentimientos que aportan información relevante al interlocutor, en la medida que pueden inducirle a error de interpretación o a iniciar acciones inadecuadas.

También podemos mentirnos a nosotros mismos, por evitar asumir alguna responsabilidad, o por temor a encarar una situación problemática, o por la dificultad que no supone reconocer un sentimiento o emoción. Invariablemente, antes o después, este autoengaño nos lleva a mentir a los demás.

Otras formas de mentir son las “verdades a medias” (el mentiroso niega parte de la verdad o sólo informa de parte de ella) y las “verdades retorcidas”, en las que se dice la verdad pero de un modo tan exagerado o irónico que el interlocutor, casi ridiculizado, la toma por no cierta.

La mentira racional persigue un interés concreto, es malévola y se emite con al intención de perjudicar o engañar. En la mentira emocional, lo que se dice o hace no concuerda con la situación emocional de la persona. Y en la mentira conductual hacemos creer que somos lo que no somos: más jóvenes, mejor informados, menos anticuados… Pero hay también otras clases de mentiras: chismes, rumores y las mentiras piadosas: . El mentiroso no tiene edad y la mentira puede darse en todo el ciclo de vida. Veamos lo que apunta De Vries :”El niño es mentiroso en la medida en que sus fantasías se hacen presentes para confundirlas con realidades. El adolescente lo es cuando su encuentro con el mundo real le causa frustraciones. El joven miente porque no se ve capaz de afrontar las verdades que le contrarían. El adulto es mentiroso cuando no ha superado los obstáculos que le ha puesto la vida, y engaña para sentirse el triunfador que nunca ha sido. Y el anciano miente cuando no se perdona los errores que ha cometido a lo largo de su existencia”.

Nuestra relación con la mentira (con qué frecuencia mentimos y qué gravedad tienen esas mentiras) la podemos ver como un baremo que mide nuestro grado de responsabilidad y madurez, cómo afrontamos las frustraciones, y si mostramos una coherencia en las actitudes y comportamientos en nuestra vida.