Desobediencia civil - William E. Scheuerman - E-Book

Desobediencia civil E-Book

William E. Scheuerman

0,0

Beschreibung

La desobediencia civil es uno de los conceptos de la filosofía política más controvertidos, nota que impregna asimismo su práctica. En el presente libro, William Scheuerman rastrea de forma analítica y cronológica las cuatro "escuelas" filosóficas,la religioso-espiritual (Gandhi, M. L. King), la liberal (Rawls), la democrática (Arendt, Habermas) y la anarquista, que tienen más presente esta estrategia política que conoce un nuevo auge en nuestros días. Todas ellas comparten un rasgo común: la defensa de la ruptura de la ley cuando ésta es a todas luces ilegítima y existe algo, el derecho natural, que está por encima de ella. Con una saludable objetividad, Scheuerman no deja de tocar temas de actualidad, como el movimiento «Black Lives Matter» o las filtraciones de Snowden, y proporciona la información necesaria para que el lector forme su propio juicio acerca de las diferentes manifestaciones de esta estrategia siempre polémica.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2019

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



William E. Scheuerman

Desobediencia civil

Índice

Prólogo a la edición española

Agradecimientos

Introducción

1. Testimonio de la divinidad

2. El liberalismo y sus límites

3. Un medio para afianzar la democracia

4. El alzamiento anarquista

5. La postnacionalización y la privatización

6. La digitalización

7. ¿Una lucha contra molinos?

Conclusión

Bibliografía

Créditos

Para mis padres

Prólogo a la edición española

Es probable que una disculpa no sea la forma más inteligente de empezar un libro, pero es justamente lo que les debo a mis futuros lectores hispanohablantes. Me veo obligado a reconocer que solo dos de las numerosas referencias a ejemplos recientes de desobediencia civil recogidas en mi libro aluden a casos españoles (capítulos 5 y 7).

No obstante, el hecho de que no haya examinado más ejemplos de desobediencia civil en España no debe atribuirse a una visión del mundo típicamente anglosajona, o peor, centrada en los Estados Unidos. Por el contrario, se debe a la reticencia a abordar en detalle asuntos sobre los que otros, entre los que cuento a la mayoría de los lectores de esta edición, casi con toda seguridad tendrán un conocimiento mayor que el mío.

Entonces, ¿por qué podría interesarles un libro sobre desobediencia civil escrito por un profesor universitario estadounidense que posee un conocimiento insuficiente acerca del desarrollo de los acontecimientos recientes en España?

Si no me equivoco, su país está asistiendo a una proliferación de protestas políticas militantes, a veces de tipo ilegal. Las protestas antiausteridad que cundieron en España en 2011 –por ejemplo, el 15M, Indignados, Tomemos la Plaza–, en las que se llevaron a cabo actos que muchos de los participantes calificaron de desobediencia civil, son el ejemplo más evidente. Otro es el de las apelaciones a una «desobediencia civil en masa» en Cataluña en respuesta a la campaña del gobierno central contra el movimiento independentista (o secesionista).

Los detalles específicos de estos movimientos son propiamente españoles, pero responden a un patrón de escala mundial: incluso en las democracias «avanzadas», un descontento generalizado está dando lugar a rupturas de la legalidad por motivos políticos. Tales infracciones a menudo son calificadas de «desobediencia civil» tanto en las declaraciones de los participantes como en los testimonios externos (por ejemplo, los de los medios y los expertos).

Es aquí donde se inserta este pequeño libro. La premisa en la que se apoya es sencilla: si vamos a seguir empleando el término «desobediencia civil», parece necesaria una clarificación del mismo, que nos permita determinar con exactitud a qué nos referimos al emplearlo. En otras palabras, deberíamos tener una cierta idea de qué es lo que ha caracterizado la desobediencia civil en el pasado, así como de los significados que podría adquirir en el futuro.

La política implica mucho más que utilizar con precisión los términos o conceptos clave, pero si no somos capaces de plantear estos con claridad, es difícil imaginar cómo podamos emprender un debate o acción política potencialmente constructivos.

Mi modesta esperanza es que este libro les sirva como herramienta útil para comprender los acontecimientos recientes, a veces turbulentos, de su país, así como para hallar el modo de responder ante ellos.

William E. Scheuerman

Bloomington (Estados Unidos), 19 de octubre de 2018

Agradecimientos

La primera inspiración para escribir este libro me vino de Edward Snowden, cuyas filtraciones en 2013 me arrancaron de mi letargo académico y me obligaron a reflexionar seriamente acerca de la infracción de la legalidad por motivos políticos y sobre cómo debemos abordarla. Más adelante, el ascenso al poder de Donald Trump fue un escalofriante recordatorio de por qué sigue resultando de vital importancia que comprendamos la desobediencia civil.

En este viaje me han acompañado Robin Celikates y Maeve Cooke, que han apoyado mis esfuerzos con generosidad y comentado partes del manuscrito, como también han hecho mis dos colegas Russell Hanson y Jeffrey Isaac. He aprendido mucho de todos ellos.

Versiones preliminares de las ideas que desarrollo en este libro fueron presentadas en la Universidad de Indiana –la institución en la que trabajo– y en la Universidad de Ámsterdam, la Copenhagen Business School, el Forschungskolleg Humanwissenschaften (Bad Homburg), la Universidad Goethe (Frankfurt), la Universidad de Hamburgo, la Universidad Humboldt (Berlín), la Notre Dame University (Indiana), la Seoul National University, el University College Dublin, la Universidad de Memphis, la Universidad de Pensilvania, la Universidad de Toronto y la Universidad de York (R.U.). Como de costumbre, la Conferencia Anual de Praga sobre Teoría Crítica en Filosofía y Ciencias Sociales, en la que he tenido la fortuna de participar como codirector, me brindó la oportunidad de recibir múltiples observaciones críticas. Las aportaciones de mis auditorios en este y otros lugares me han obligado a reflexionar con mayor lucidez sobre lo que intentaba comunicar. Doy especialmente las gracias a Kimberley Brownlee, Simone Chambers, Gabriella Coleman, Aurelian Craiutu, Verena Erlenbusch, Alessandro Ferrara, Rainer Forst, Jeffrey Green, Joohyung Kim, Poul Kjaer, Mihaela Mihai, Brian Milstein, Darrel Moellendorf, Peter Niesen, Niklas Olsen, Danielle Petherbridge, Maria Pia Lara, Martin Sauter, Sandra Shapshay, Jon Simons, Jiewuh Song, Ernesto Verdeja, Susan Williams y Theresa Züger.

Durante el verano y el otoño de 2016, mi familia y yo nos alojamos en el idílico Forschungskolleg Humanwissenschaften en Bad Homburg, Alemania. Le doy las gracias a Rainer Forst por hacer posible mi visita, y a Beate Sutterlüty, Iris Koban y Andreas Reichhardt por su paciencia y su apoyo. Sin sus esfuerzos nunca habría terminado este libro. La Humboldt Stiftung, la German-American Fulbright Commission y la Universidad de Indiana me ayudaron a financiar la estancia de investigación. Seyla Benhabib y Nancy Fraser apoyaron generosamente mis solicitudes a estas becas.

En este texto he reelaborado algunas secciones de artículos previamente publicados en el Journal of International Political Theory, el Journal of Political Philosophy, el New Political Science y el Philosophy and Social Criticism. Doy las gracias a una hueste de críticos anónimos, y a Jocelyn Borycka, Bob Goodin, Patrick Hayden y David Rasmussen por proporcionarme un cabal asesoramiento editorial en las primeras etapas de la producción de este libro. En Polity, ha sido un placer trabajar con Louise Knight y Nekane Tanaka Galdos.

Expresar la deuda que tengo con Julia, Zoe y Lily trasciende mis limitados talentos literarios y estilísticos.

Por último, dedico este libro a mis padres, Bill y Louise, con la esperanza de que disfrutemos juntos de otro maravilloso medio siglo. Gracias.

Introducción

¿Por qué debe interesarnos la desobediencia civil?

Black Lives Matter (BLM), una agrupación libremente constituida de activistas en contra del racismo y la violencia policiales, recibió su nombre de Alicia Garza, quien utilizó la expresión en una publicación de Facebook en julio de 2013 para criticar la absolución de George Zimmerman, que había disparado y matado al adolescente negro Trayvon Martin. Los asesinatos de Michael Brown y Eric Garner a manos de la policía en 2014, seguidos de otros incidentes sonados de violencia policial, no tardaron en generar protestas, organizadas por jóvenes activistas negros. Aparte de la habitual serie de manifestaciones, marchas y vigilias, BLM no tardó en adoptar tácticas más controvertidas, algunas de las cuales fueron consideradas ilegales por las autoridades públicas y, para sorpresa de nadie, acabaron en arrestos entre los manifestantes. Estos ocuparon comisarías y oficinas sindicales de la policía, bloquearon algunas de las autopistas principales y otros sistemas de transporte de masas, interrumpieron conferencias de políticos como Hillary Clinton y Bernie Sanders y obstaculizaron las compras en grandes almacenes y distritos comerciales urbanos. Aunque estas actividades han sido, por lo general, no-violentas, algunas han resultado en destrucción de propiedades y altercados con la policía (Lowery 2016).

BLM ha generado simpatía entre los políticos progresistas, algunos de los cuales ven en él un legítimo heredero de los movimientos por los derechos civiles que se desarrollaron en Estados Unidos durante los años sesenta y de la idea de desobediencia civil no-violenta de Martin Luther King. Entre la derecha política, no obstante, algunas de las figuras principales, como el presidente Donald Trump, acusan al colectivo de incitar a la violencia contra los agentes de la policía, y califican sus acciones de irresponsables e incongruentes con el «Estado de derecho», un concepto que los conservadores suelen identificar con el de «ley y orden»1. Los expertos de derechas a menudo establecen una clara distinción entre un angelical King y la según ellos deplorable tendencia de BLM a la violencia y a atacar a los blancos.

Una tercera reacción, más compleja, viene de una generación anterior de activistas afroamericanos. Algunos de ellos marcharon junto a King, pero temen que ahora el movimiento haya abandonado las ideas de su inspirador. Acusan a los activistas de carecer de la debida orientación espiritual y de no darse cuenta de por qué una ruptura de la legalidad por motivos de conciencia exige, asimismo, demostraciones públicas de dignidad, decoro y autodisciplina. A su juicio, BLM no ha hecho lo suficiente por diferenciar sus acciones de las de los matones y los salteadores callejeros, y debe volver a cuestionarse cómo puede movilizar el apoyo de las mayorías en favor de sus quejas. Los activistas más recientes han logrado dar una expresión lúcida a la legítima frustración de la población negra, pero no han reflexionado lo suficiente sobre cómo canalizarla con seriedad moral y en formas políticamente productivas (Kennedy 2015; Reynolds 2015).

BLM ha respondido con un distanciamiento del enfoque religioso, patriarcal y a veces conservador de King, aunque al mismo tiempo declara seguir la inspiración de este. El grupo rechaza el «ethos de la política de la respetabilidad» de los anteriores activistas por los derechos civiles, prefiriendo formas de organización menos centralizadas y jerárquicas. En contraste con el reformismo electoral de la élite política negra de hoy en día (y con su estrecha vinculación al Partido Demócrata), los activistas ponen en duda que «el sistema americano sea rescatable, ya que está profundamente arraigado en ideas de casta racial»2. Por ello, el movimiento ha desdeñado los esfuerzos de los líderes electos y de otras figuras políticas por abrazar su causa, al advertir en ellos un peligro real de que su participación desvirtúe los objetivos originales. Los defensores de BLM también han protestado contra las narrativas «depuradas» de las tácticas empleadas por King, señalando que este y sus seguidores también fueron acusados en numerosas ocasiones de incitar a la inestabilidad y a la violencia (Sebastian 2015).

¿Qué podemos sacar en claro de todas estas interpretaciones divergentes? En efecto, BLM ha infringido la ley, y a veces ha adoptado comportamientos que han asustado incluso a sus simpatizantes. ¿Deberíamos prestar una atención especial al aparente desdén por la legalidad que manifiesta el movimiento? ¿Es razonable pensar que sus esfuerzos son por naturaleza anárquicos y criminales? Aunque es muy cierto que los participantes no siempre han calificado sus acciones como «desobediencia civil», este es un término recurrente en las discusiones sobre ellos. Uno de los motivos es que el concepto de «desobediencia civil» posee un prestigio moral y político del que carecen otras alternativas –siendo las más obvias «actividad delictiva» o «ilegalidad»–. Este capital moral y político comporta también algunas ventajas legales modestas: en algunas jurisdicciones, cuando alguien que infringe la ley por motivos políticos logra convencer a un juez o a un jurado de que sus acciones constituyen un acto de desobediencia civil, puede recibir un trato menos severo que otros infractores3. Los manifestantes pueden obtener una sentencia reducida o expectativas fundadas de indulgencia en un futuro no muy lejano. También pueden pretender, con éxito, el amparo de activistas icónicos de la desobediencia civil, como King y Mahatma Gandhi, cosechando en el proceso un valioso reconocimiento público para sus actos.

En resumen, la respuesta que demos a estas preguntas tendrá consecuencias políticas, y, en la vida práctica, es mucho lo que está en juego para los activistas. Ciertamente, el caso de BLM tiene un especial interés para los estadounidenses (y, claro está, para quienes en todo el mundo sienten repugnancia por el racismo)4, pero en muchos otros contextos se generan preguntas análogas. Estamos asistiendo a una proliferación de la ilegalidad políticamente motivada –algunas de sus formas ya nos son conocidas; otras, no tanto–, y tanto los activistas como sus defensores y críticos se hallan en continuo debate acerca de si las ilegalidades en cuestión pueden calificarse de desobediencia civil.

Una controversia parecida es, por ejemplo, la que se ha desencadenado sobre la cuestión de si las migraciones masivas de pueblos a través de las fronteras nacionales, como las que han introducido a millones de inmigrantes en Alemania, Grecia, Turquía y países de menor tamaño como Austria y Suecia, podrían ser razonablemente calificadas como acciones de desobediencia civil. Quienes atraviesan fronteras de manera ilegal para encontrar un trabajo decente, por ejemplo, parecen considerar injustos los requisitos legales de entrada, y violan las leyes que prohíben su libre tránsito de forma no-violenta. Aun cuando el cruce de las fronteras se lleve a cabo a escondidas, más adelante puede llevar a ocupaciones que lo visibilice ante el público mayoritario. Sus acciones también generan un debate público acerca de la inmigración y las políticas de acogida de refugiados, lo que sirve como acicate a la reivindicación de modificaciones en la legalidad. Es posible una interpretación según la cual los migrantes ilegales estén apelando implícitamente a una cierta idea incipiente de justicia mundial o cosmopolita, que priorice los derechos humanos por encima de las prerrogativas nacionales (Cabrera 2010: 131-53). Puesto que sus acciones parecen ajustarse a algunos de los requisitos habituales de la desobediencia civil legítima, ¿por qué no habríamos de describirlas como tal?

Este interrogante y otros relacionados parecen cada vez más lejos de resolverse. Debido a una notable insatisfacción popular ante el funcionamiento normal de las democracias liberales, incluso en el caso de las más asentadas, amplios sectores de la población están ahora dispuestos a ejercer formas de protesta poco convencionales y de legalidad dudosa. En las democracias liberales operativas, las decisiones políticas deberían tomarse a través de los canales legislativos normales; quienes aspiran a cambios legales y políticos no deberían verse obligados a infringir la ley en formas que implican un riesgo personal. Desafortunadamente, ya no está tan claro que muchas de las democracias liberales sean de hecho suficientemente operativas. La actual crisis de la democracia, manifiesta en la apatía creciente de las masas, una indignación populista contra las élites políticas y el declive de los partidos políticos mayoritarios, parece augurar un papel cada vez más prominente a la infracción de la legalidad por motivos políticos. Asimismo, es probable que las alarmantes tendencias autoritarias permitan anticipar un futuro incremento de las infracciones legales por parte de las masas o la oposición, conforme los ciudadanos se enfrenten a los ataques de la autoridad contra las libertades civiles y la democracia.

Debemos comprender la desobediencia civil, sus elementos constituyentes principales, lo que implican y cómo y por qué suponen un tipo especial de infracción de la ley que, en principio, debería merecer nuestro respeto aun cuando nos desagraden la causa política o los activistas que la defienden. ¿Por qué es esto importante? Desde Gandhi y King, el concepto de desobediencia civil ha atraído especialmente a aquellos que desean propiciar un cambio social efectivo. La acción política responsable presupone hoy en día –al igual que en el pasado– una cierta claridad en los conceptos y en la terminología. Queremos una noción de desobediencia civil que nos permita situar este fenómeno dentro de un marco más amplio de términos políticos relacionados, aun cuando la complejidad de las realidades sociales impida, inevitablemente, que se establezcan distinciones blindadas entre todos estos conceptos. Por motivos tanto políticos como teóricos, que se examinarán más adelante, ha habido en los últimos años una tendencia a difuminar los límites entre la noción de desobediencia civil y otras acciones ilegales de motivación política. Ahora, tanto la literatura normativa como la empírica emplean el término más amplio de resistencia política, sea o no no-violenta5. También en el discurso político contemporáneo resistencia es un concepto difuso, que funciona como cajón de sastre para una gran diversidad de tácticas políticas y de perspectivas ideológicas divergentes. Por desgracia, esta tendencia a veces viene con el riesgo imprevisto de no ser capaces de plantearnos la desobediencia civil y sus rasgos distintivos con la necesaria precisión conceptual6.

A diferencia de quienes desechan el término «desobediencia civil» en favor de alternativas conceptuales más generales y potencialmente menos precisas, este libro pretende aferrarse a él. Para ello, debemos explorar los matices de este concepto, así como sus posibles ambigüedades y puntos débiles.

¿Qué tipo de desobediencia civil?

Una posible estrategia pasaría por ofrecer toda una nueva teoría política de la desobediencia civil. Hay que reconocer en justicia que este es el enfoque que persiguen algunos autores contemporáneos; sin embargo, su proyecto presenta un descuido llamativo que nos remite a las ventajas de adoptar un punto de partida más modesto.

Desde hace tiempo, la desobediencia civil ha sido objeto de gran controversia. La cuestión está siendo estudiada nuevamente por autores de inclinación filosófica, cuyos esfuerzos examinaremos en detalle más adelante (capítulo 7). El debate en curso presenta múltiples facetas, pero parece motivado en gran medida por una lectura escéptica del modelo liberal (supuestamente hegemónico) de la desobediencia civil y, sobre todo, del influyente modelo planteado por el filósofo John Rawls en su clásico Teoría de la justicia (1971). La premisa del debate, que sigue aún en marcha, es que solo podremos incluir las realidades políticas contemporáneas y llegar a una alternativa conceptual suficientemente flexible una vez trascendido el modelo liberal ortodoxo de la desobediencia civil. En su preocupación por bajar a Rawls del pedestal en el que se halla, los críticos tienden a limitar sus interpretaciones a una sección reducida del abundante corpus previo de reflexiones políticas y teóricas. Simplifican ideas fundamentales sobre la desobediencia civil, tanto en su versión liberal como en las otras, con lo que se facilitan la tarea a base de oscurecer la historia compleja de este concepto.

No hay una única noción clásica y ortodoxa de desobediencia civil: tradiciones políticas rivales han planteado diversos modelos, fundamentalmente distintos aunque coincidan en ciertos aspectos. Por ello, este libro examina cuatro planteamientos diferentes de la desobediencia civil: se trata, a saber, de sus concepciones religioso-espiritual, liberal, democrática y anarquista, en pugna unas contra otras7. Las ideas sobre la desobediencia civil se han articulado siguiendo líneas divergentes, que las llevan a entrar en mutuo conflicto. Las premisas de la desobediencia civil, sus justificaciones normativas y sus aspiraciones políticas solo pueden comprenderse adecuadamente al situarlas en el contexto de cuatro tradiciones rivales, cada una de las cuales ha hecho aportaciones destacables. Mi exposición es analítica y, al mismo tiempo, resulta a grandes rasgos cronológica: podemos afrontar el ya viejo debate sobre la desobediencia civil como una especie de proceso de aprendizaje, en el que generaciones sucesivas de activistas y pensadores intentan corregir y superar los errores, reales o percibidos, de sus predecesores. Procediendo de este modo, podemos obtener una mejor comprensión de cómo las nociones más recientes de desobediencia civil –en particular, la admirable versión democrática– representan un auténtico progreso conceptual y político. Por último, deberíamos también ser capaces de identificar dónde ha descarrilado el análisis filosófico contemporáneo.

Para Gandhi y King, creyentes los dos, la desobediencia civil era sobre todo un mecanismo para contrarrestar el mal, una forma de testimonio de la divinidad que requería de sus seguidores una conducta espiritual adecuada a determinadas exigencias. Así, todo elemento en este modelo originario tenía una significación religioso-espiritual directa (capítulo 1)8. En contraste, el modelo liberal, tal y como lo plantearon Rawls y otros liberales en los sesenta y principios de los setenta, luchó por liberar la desobediencia civil de su carga religiosa inicial, al comprender que aquella solo mantendría su relevancia política si se reconfiguraba de forma compatible con el pluralismo moderno. A través de ese proceso, los liberales llegaron a una interpretación de la desobediencia civil que la consideraba principalmente como un útil correctivo frente a las amenazas a los derechos de las minorías que periódicamente encarnaban las mayorías políticas dominantes (capítulo 2). El modelo democrático, entre cuyos defensores más representativos se cuentan Hannah Arendt y Jürgen Habermas, supuso un desafío al liberalismo en lo tocante a su concepción estrecha de la democracia y a su diagnóstico insuficientemente crítico del statu quo de la política liberal. La desobediencia civil, según el planteamiento más amplio y, a veces, políticamente radical de Arendt y Habermas, podría ayudar a superar algunas grandes carencias democráticas y despejar el camino para una amplia reforma política y social (capítulo 3). Finalmente, el modelo anarquista, tal y como ha sido practicado por generaciones de militantes políticos y recientemente reformulado por los autodenominados anarquistas filosóficos, se enfrenta a los presupuestos básicos relativos al Estado y la ley sobre los que descansaban los enfoques anteriores. El anarquismo contemporáneo, que supone un profundo desafío a todos los planteamientos previos, sigue en reñida pugna con la idea convencional de la desobediencia civil (capítulo 4).

Esta tipología en ningún caso niega la existencia de modelos alternativos de desobediencia civil. Estos gozan también de buena salud. El movimiento feminista, por ejemplo, ha hecho contribuciones prácticas e intelectuales significativas (Perry 2013: 126-56). No obstante, los cuatro enfoques aquí discutidos (religioso, liberal, democrático, anarquista) siguen siendo enormemente influyentes y los que han tenido una importancia teórica más decisiva. De hecho, en ellos se basan a menudo las autoras feministas que tan provechosamente escriben acerca de la desobediencia civil9.

Dejando de lado las divergencias entre y dentro de los modelos rivales, podemos identificar algunos elementos de crucial importancia, comunes, sobre todo, a las interpretaciones religiosa, liberal y democrática. Pese a sus múltiples configuraciones conceptuales, la desobediencia civil descansa en todos los casos sobre ciertos elementos y aspiraciones comunes.

Principalmente, los planteamientos tanto religioso como liberal y democrático conciben la desobediencia civil como una forma característica de ruptura de la legalidad, basada, por paradójico que pueda sonar, en un mayor respeto por la ley o la legalidad. Tal como dijo King, con gran elocuencia, en su «Carta desde la cárcel de Birmingham»,

sostengo que el individuo que infringe una ley que la conciencia le señala como injusta y acepta voluntariamente su castigo, permaneciendo en prisión con el fin de despertar la conciencia de su comunidad ante esa injusticia, expresa, en realidad, el más alto respeto por la ley (King 1991 [1963]: 74).

Con la notable excepción de la mayoría de los anarquistas, los activistas e intelectuales desde Gandhi hasta Habermas han propuesto, por lo general, diversas variantes de la idea de que la desobediencia civil no solo supone una infracción de la legalidad por motivos morales o políticos, sino, además, una infracción de la legalidad que demuestra fidelidad o respeto a la ley. Sin recurrir a alguna versión de esta idea de infracción de la ley en aras de la legalidad, o ilegalidad en nombre de la legalidad, tal y como propusieron King y otros muchos, resultaría difícil oponerse al tópico argumento de sus detractores, que recientemente están utilizando de nuevo Trump y otras voces hostiles a BLM, de que la desobediencia civil representa un caso deplorable de anarquía o de criminalidad vergonzosa. Esa sencilla pero poderosa intuición, pretendo demostrar aquí, ha sido formulada de diversas formas, más o menos plausibles, y de hecho aún resulta difícil concebir un modelo sostenible de desobediencia civil que no la incluya, pese a los esfuerzos creativos por conseguirlo de algunos autores en los últimos tiempos.

Los distintos modelos contrapuestos de desobediencia civil, a pesar de sus considerables desavenencias, también utilizan un lenguaje conceptual común, aun cuando lo empleen con objetivos distintos. Incluso algunos anarquistas, si se ven contra las cuerdas, sugieren implícitamente que la legitimidad de una infracción de la ley depende del civismo, del actuar desde la conciencia, de la no-violencia y del carácter público, aunque interpreten tales premisas de forma distinta a la de los enfoques divergentes religioso, liberal y democrático. Uno de los rasgos más sorprendentes de la historia que voy a trazar a continuación es la cantidad de elementos del modelo original de Gandhi que tienden a reaparecer –en formas nuevas y, a veces, apenas reconocibles– en planteamientos posteriores. La desobediencia civil no es, en ningún caso, un recipiente vacío en el que tradiciones políticas y teóricas rivales puedan verter sin más sus propios brebajes. Sus exponentes dependen de un lenguaje analítico común. Aun cuando utilicen ese lenguaje con el marcado acento de sus propias perspectivas políticas y filosóficas, hasta el punto de que a otros pueda resultarles difícil de comprender, sigue tratándose de una lengua común que, como tal, proporciona unas restricciones mínimas pero significativas en cuanto a lo que puede o no expresarse con sentido a través de ella.

Del mismo modo que un angloparlante medio que quisiera llevar a cabo con éxito un acto comunicativo no reasignaría arbitrariamente el significado de «gato» a la palabra «perro», también quienes interpretan «desobediencia civil» de manera que incluya agresión verbal o física, o «no-violencia» de manera que posibilite el maltrato corporal, parecen confundidos y tal vez resulten incomprensibles para el hablante medio del lenguaje conceptual de la desobediencia civil10. El civismo, la actuación en conciencia, la no-violencia y el carácter público, dentro de la pluralidad del discurso conceptual de la desobediencia civil, adoptan connotaciones diferentes y, a veces, antagónicas, pero se mantienen como pilares ideológicos generales.

¿Hacia dónde se encamina la desobediencia civil?

Por si acaso el lector estuviera ya molesto, temiendo que pretenda presentar aquí una historia incondicionalmente entusiasta de la desobediencia civil, permítame desmentir sus inquietudes…, o más bien, su falta deinquietudes. De hecho, las versiones canónicas (religiosa, liberal y democrática) están actualmente bajo fuertes presiones; hay muchos motivos de incertidumbre en lo que respecta a su futuro. Algunas de esas presiones proceden de la ahora muy extendida tendencia al antiestatismo y al antilegalismo, que se ha visto promovida por el resurgir de corrientes anarquistas y libertarias. A quienes consideran el Estado y la ley ilegítimos por naturaleza, el enfoque de King de la desobediencia civil, intrínsecamente ligado al «más alto respeto por la ley», les parecerá sin duda ingenuo. Otras tensiones tienen su origen en el proceso de postnacionalización y privatización que hoy en día está afectando a la autoridad pública: se trata de cambios fundamentales en las relaciones entre Estado y sociedad, que operan en detrimento de los presupuestos basados en la noción de Estado-nación (westphalianos) sobre los que se sustenta la noción estándar de desobediencia civil (capítulo 5). Una de las razones por las que muchas de las protestas ilegales de hoy en día ya no concuerdan plenamente con las ideas convencionales sobre la desobediencia civil es que las condiciones sociales e institucionales que implícitamente se le presuponían están dejando de existir. En la actualidad, los activistas se enfrentan a la poco apetecible tarea de aplicar concepciones «anticuadas» de la desobediencia civil a un contexto político y social «moderno» que no propicia en absoluto sus esfuerzos. Esto puede dar resultados algo turbios.

La desobediencia digital, o ruptura de la legalidad digital u online por motivos políticos, se ve de continuo en atolladeros semejantes. Infractores célebres de la legalidad digital, como Edward Snowden, a veces han categorizado sus actos bajo el epígrafe de desobediencia civil. En determinadas situaciones puede haber argumentos de peso para refrendar esta afirmación. Sin embargo, aún no está claro si conceptos que se plantearon pensando en una infracción de la legalidad física o «sobre el terreno» pueden y deben aplicarse sin más a una ruptura digital de la legalidad. Estirar el concepto de desobediencia civil para obligarlo a abarcar fenómenos que probablemente se analizarían mejor por otros medios entraña verdaderos peligros. Al darle un uso demasiado amplio, despojamos el concepto de las delimitaciones analíticas y normativas indispensables y nos privamos de las herramientas de las que dependemos para reaccionar ante los retos de la vida política de manera responsable y bien informada. La desobediencia civil es una pieza esencial en el rompecabezas de la política contemporánea. No obstante, este rompecabezas incluye también otras muchas piezas.

¿Qué hacemos, pues, con BLM, con los migrantes de todo el mundo o con cualquiera de los otros innumerables ejemplos que pueden venirnos a la mente? ¿Tiene sentido emplear el término desobediencia civil a la hora de analizarlos? ¿Cuáles son las ganancias y las pérdidas potenciales al hacerlo? Para encontrar la respuesta a estas preguntas debemos dar un largo rodeo. Este comienza con el modelo religioso-espiritual, que tan vivamente caracterizaron Gandhi y King.

1. En una entrevista para Fox News el 18 de julio de 2016, el candidato presidencial Donald Trump acusó a BLM de instigar a la violencia contra los agentes de la policía, haciendo referencia a unas grabaciones en las que los manifestantes entonaban eslóganes antipoliciales («¿Qué queremos? Polis muertos»). Algunos días antes, el comentarista de Fox News Todd Starnes había acusado a BLM de fomentar la violencia y la anarquía, lanzando a los militantes el mordaz recordatorio de que «the rule of law matters»* (2016).

*«El Estado de derecho importa», deliberado juego de palabras con el propio nombre del movimiento Black Lives Matter. (N. de la T.)

2. Las citas proceden de la declaración «11 Major Misconceptions About the Black Lives Matter Movement» (Black Lives Matter 2015), publicada en la página web del grupo (http://blacklivesmatter.com).

3. No obstante, en el momento de escribir esto, las asambleas legislativas republicanas de los Estados Unidos están debatiendo la posibilidad de establecer sanciones penales adicionales para quienes participen en actos de desobediencia civil (por ejemplo, obstruyendo el tráfico en las autopistas), en parte, como medida contra BLM.

4. La mayoría de los ejemplos de desobediencia civil mencionados en este libro proceden de EE.UU. y de Europa occidental; mi postura puede ser criticada por eurocentrista o, peor aún, por centrarse solo en los Estados Unidos. No obstante, utilizo estos ejemplos únicamente por conocerlos mejor, no porque crea que deban ser imitados en otros lugares o que resulten más esclarecedores o valiosos que los ejemplos no occidentales. Ignoro, sinceramente, si un examen alternativo de la cuestión, a partir de una serie de ejemplos más representativos a nivel mundial, alteraría las líneas generales de la historia conceptual que trazo aquí. En cualquier caso, no creo que los marcos conceptuales para la desobediencia civil analizados a lo largo de este libro puedan desestimarse sin más por ser considerados intrínsecamente estadounidenses o europeos y, por tanto, no significativos en lo que atañe a otras partes del mundo. Nuestra historia empieza, de hecho, con Mahatma Gandhi: todas las concepciones posteriores de la desobediencia civil parten de las ideas de Gandhi, que experimentaron una asombrosa difusión a nivel mundial, como mínimo, implícitamente. Desde sus mismos comienzos, las ideas sobre la desobediencia civil se han extendido a través de las fronteras nacionales, como ha sucedido también con los distintos modelos, mutua competencia, que se analizan en este libro.

5. Existen buenas razones por las cuales los investigadores en ciencias sociales prefieren el término «resistencia», como se ve reflejado en fructíferos estudios empíricos. Algunos emplean esta amplia categoría para presentar el concepto de resistencia como una figura poliédrica, en la que la desobediencia civil es tan solo una de las muchas caras (Chenoweth y Stephan 2013; Roberts y Garton Ash 2011; Schock 2005; 2015). Sin embargo, en lo que se refiere a la teoría normativa, esta corriente a veces elimina distinciones fundamentales, como sucede también con la tendencia, estrechamente relacionada, a prescindir del término «desobediencia civil» en favor del más genérico de «desobediencia» (Caygill 2013; Laudani 2013). Ciertamente, la preferencia del anarquismo por el término «resistencia» descansa en matices teóricos y políticos específicos que requieren una consideración meticulosa (véase capítulo 4).

6. Mientras escribo, en los Estados Unidos los representantes de posturas políticas tan diversas como las de los moderados y liberales (que participan en manifestaciones legales), los liberales de izquierda y radicales (algunos de los cuales practican la desobediencia civil no-violenta) y los anarquistas (entre ellos, los que provocan daños contra la propiedad y se enfrentan a la policía) hablan de «resistencia» a la Administración de Trump. Sean cuales sean las virtudes del término como concepto paraguas, en este como en otros contextos, «resistencia» oculta una realidad compuesta de múltiples puntos de vista, estrategias y tácticas políticas en pugna (Scheuerman 2017).

7. Quizá convenga señalar aquí una precaución metodológica: los modelos rivales que se analizan a continuación constituyen una tipología ideal, lo cual significa que resultan indispensables para dar cuenta de la realidad social pero que, al mismo tiempo, guardan una relación compleja con cualquier situación social concreta. Muchos ejemplos empíricos de desobediencia civil, por ejemplo, no pueden interpretarse clasificándolos bajo una sola categoría (religiosa, liberal, democrática, anarquista); a menudo parecen combinar elementos de más de una. Sin embargo, aún necesitamos modelos ideales tipificados para entender estos ejemplos y sus características, que pueden entrar en conflicto.

8. Puede que mi decisión de comenzar con Gandhi irrite a los lectores con una perspectiva más histórica. ¿Acaso Sócrates no practicó la desobediencia civil? ¿Y qué hay de Henry Thoreau, el disidente estadounidense del siglo XIX a quien comúnmente se le atribuye haber acuñado el término? Aunque no puedo aquí argumentar suficientemente esta afirmación, creo que es erróneo trasladar las nociones modernas de desobediencia civil a la antigüedad clásica: «Los griegos no hacían marchas de protesta; Sócrates nunca lideró un encierro» (Kraut 1984: 75). El papel de Thoreau en nuestra historia es más complejo (Hanson 2017), y de él me ocupo en el capítulo 6.

9. Holloway Sparks (1997), por ejemplo, ofrece un admirable estudio de tendencia feminista sobre Rosa Parks y otras activistas de la desobediencia civil de la modernidad. Aun así, los fundamentos de su enfoque siguen siendo esencialmente democráticos (radicales).

10. Naturalmente, sabemos que incluso términos aparentemente sencillos y directos pueden, a lo largo de la historia, adoptar significados nuevos e inesperados. Sin embargo, no pretendo aquí ofrecer una panorámica conceptual atemporal y transhistórica de la desobediencia civil, sino una que, espero, resultará útil para el presente y el futuro previsible.

1. Testimonio de la divinidad

La desobediencia civil probablemente fue inventada por gente de creencias religiosas, que la concebía como una tarea sagrada, impuesta por su Dios. La infracción de la ley motivada por unos principios y enfrentada a leyes inmorales no solo constituía un derecho moral, sino una obligación divina que no podía desatenderse sino a cambio de un terrible precio espiritual. Aunque podemos rastrear los orígenes de este modelo de desobediencia civil hasta un pasado lejano, fueron las grandes figuras políticas del siglo XX Mohandas K. Gandhi y Martin Luther King, Jr. quienes con vigor modelaron, por medio de sus acciones y escritos, muy relacionados con ellas, lo que rápidamente se convirtió en el ejemplo canónico de desobediencia civil religiosa11. En décadas posteriores, sus ideas han inspirado a toda una serie de activistas que quebrantan abiertamente las leyes que creen en desacuerdo con la voluntad de Dios.

Cuando se lleva a cabo correctamente, de manera que funcione como mecanismo correctivo de un mundo asolado por el mal y el pecado, la ruptura de la legalidad se concibe como una acción que entra en comunicación directa con las fuerzas divinas. Al enumerar una serie de exigencias condicionantes sobre las que fundamentar la legitimidad de la desobediencia civil, Gandhi, King y sus discípulos consideran cada uno de los elementos de esta en términos claramente espirituales. La desobediencia civil constituye una empresa de carácter religioso que requiere de sus practicantes una conducta moral apropiada. Durante la famosa «marcha de la sal» (1930-1931), Gandhi dormía a la intemperie, con solo las comodidades materiales más básicas a su disposición, y viajaba con sus discípulos de una a otra ciudad violando reiteradamente un impuesto sobre la sal que, para ellos, encarnaba la explotación británica. Gandhi

consideraba esto como un peregrinaje sagrado para el que eran esenciales la disciplina y la pureza. De hecho, un aura religiosa envolvía toda la empresa. Sus seguidores y él citaban de forma recurrente los Evangelios, cabe suponer que con el objetivo de establecer una analogía entre Gandhi y Cristo cuando se dirigió deliberadamente a Jerusalén y se enfrentó a las autoridades; las ventas de Biblias entre los hindúes de Ahmedabad se dispararon. El gobierno se dio cuenta de que la posición de Gandhi en la opinión pública era completamente distinta a la de cualquier líder político ordinario (Brown 1989: 237).

Muchos de los activistas estadounidenses por los derechos civiles que quebrantaron los estatutos segregacionistas a finales de los cincuenta y principios de los sesenta procedían de iglesias afroamericanas; mientras se los llevaban a prisión, iban entonando cánticos espirituales. King, al igual que Gandhi, concebía el movimiento del que formaba parte en términos religiosos. En este sentido, como en tantos otros, adaptó de manera creativa las ideas de Gandhi al contexto de los Estados Unidos.

Analizamos primero el modelo religioso de la desobediencia civil debido a su impacto masivo a nivel histórico e intelectual. Todas las consideraciones subsiguientes sobre la desobediencia civil de carácter secular, ya sea liberal, democrático o anarquista, parten implícitamente de las ideas de Gandhi y King, de las que tratan de conservar el esqueleto básico cuando las trasladan al cuerpo de un nuevo sistema filosófico y político. Toman muchas piezas del rompecabezas que construyeron ambos pensadores, pero lo reelaboran a su modo. Esto no siempre resulta tarea fácil, dada la orientación secular de estas nuevas ideologías, que choca con el modelo de corte espiritual del que proceden.

Se presta especial atención a la productiva idea de que la desobediencia civil no constituye ni una infracción corriente de la legalidad ni un mero acto criminal, sino, tal como la plantea King en su «Carta desde la cárcel de Birmingham», una acción que pone de manifiesto «el más alto respeto por la ley» (1991 [1963]: 74). Esta noción de la desobediencia civil, que parte de la premisa del respeto por la legalidad, emergía vívidamente en el pensamiento de Gandhi, al igual que la intuición, pronto generalizada, de que la desobediencia civil requiere «una voluntad de ser identificado y aceptar el castigo» (Perry 2013: 15). Para entender de dónde procede el atractivo atemporal de estas ideas, hemos de examinar el planteamiento religioso en el que se originan.

Aparte de sus muchas virtudes, la desobediencia civil de inspiración religiosa tiene serios inconvenientes; en el contexto del pluralismo moderno, sus fundamentos espirituales suscitan problemas difíciles de resolver y conllevan el riesgo de originar formas de infracción de la legalidad conflictivas, que no puedan ya relacionarse con el «civismo».

Desobediencia civil y satyagraha

Aunque quizá Gandhi nunca llegara a sentirse plenamente satisfecho con el término «desobediencia civil», era el que empleaba para designar la infracción de la ley por motivos políticos, atribuyendo su invención, como muchos otros, de forma equivocada, al disidente estadounidense del siglo XIX Henry Thoreau12. Junto con los boicots, la no cooperación, los piquetes, las huelgas y las marchas, la desobediencia civil constituía una clase particularmente efectiva de satyagraha, o acción política motivada por el «amor» o la «fuerza de la verdad» que, con sus restricciones de origen divino, daba un sentido moral al universo. En su sentido más literal, la satyagraha implicaba «insistencia en la verdad y la fuerza derivable de tal insistencia» (Gandhi 2008 [1919]: 324). «El universo desaparecería sin la existencia de esa fuerza», sostenía Gandhi (1986a [1909]: 244). Siguiendo este planteamiento, Gandhi describía la búsqueda espiritual y las actividades a las que se consagró durante toda su vida como «experimentos con la verdad» (1993 [1957]).

¿Cuál era el mejor modo de practicar esa veracidad divina y, de esta manera, hacerla progresar? Nuestra voz interior o conciencia moral nos daba acceso a la divinidad y era, por lo tanto, incuestionable por naturaleza. Dios está dispuesto a dirigirse a cada uno de nosotros de forma personal y directa (Sorabji 2014: 200). Sin embargo, solo era posible reconocer adecuadamente esa voz a través de la «más estricta disciplina. Los jóvenes irresponsables, por tanto [...], no tienen conciencia y, por el mismo motivo, tampoco la tienen todos los adultos» (Gandhi 1986b [1924]: 125). Solo quienes se embarcasen en rigurosos procesos de autopurificación, en los que tanto la mente como el cuerpo debían someterse a una disciplina mental y física (una dieta estricta y abstinencia sexual, o brachmacharya), serían receptivos a la conciencia divina.

Por necesidad, la desobediencia civil era siempre una ruptura de la legalidad por motivos de conciencia: Gandhi nunca distinguió la desobediencia civil de lo que los liberales, y otros después de ellos, denominaron objeción de conciencia. Una infracción justa de la legalidad debía estar basada directamente en «la voz de Dios, de la Conciencia y de la Verdad, o la Voz Interior» (1986b [1933]: 131). Debía ser cívica, pero no porque conllevase unas obligaciones comunes o civiles para una comunidad de iguales políticos, sino porque sus practicantes debían regirse por unas normas rigurosas acerca de la correcta conducta moral y el decoro. ¿El motivo? Que Dios no se conforma con menos.

En la versión modificada del hinduismo de Gandhi, «Dios es la Verdad», y una fe religiosa genuina conllevaba una incesante búsqueda de la verdad absoluta. Así pues, necesariamente debía sentarse como principio la indiferencia hacia cualquier cosa que se interpusiese en el camino de esa búsqueda (por ejemplo, el bienestar material o el placer sexual). Sin embargo, la búsqueda de la verdad absoluta no debería generar un desdén hacia los demás. Puesto que ningún mortal podría afirmar con legitimidad hallarse en plena posesión de la verdad divina o ser el único al que la conciencia hable con total infalibilidad, se esperaba de todo el que no quisiera caer en un pecado de hybris un respeto básico hacia los otros –a este respecto, Gandhi, siguiendo a Lev Tolstói (1967), solía referirse al amor–. «Una conducta fundamentada en la verdad es imposible sin amor. La fuerza de la verdad es, por tanto, la fuerza del amor», puesto que ningún ser humano tenía el derecho ni la competencia para dañar o castigar, por medios destructivos o violentos, a otros semejantes (2008 [1919]: 324; también Bondurant 1958). La verdad, el amor y la no-violencia (ahimsa) estaban íntimamente entrelazados, puesto que la búsqueda de la verdad absoluta presuponía un reconocimiento de las limitaciones cognitivas y morales del ser humano. La falibilidad humana exigía un comportamiento no-violento, puesto que solo quien se hallase confundido por la hybris creería tener derecho a ejercer la violencia contra los demás. En su lugar, quienes eran conscientes de su propia propensión al error humano declinaban todo intento de imponer sus propios «experimentos con la verdad», posiblemente errados.

La desobediencia civil supuso llevar a la práctica esa búsqueda de la verdad espiritual, un deber sagrado frente a las leyes moralmente corruptas. Cuando la ley humilla o discrimina, hace distinciones arbitrarias o injustas o descansa sobre el simple uso de la fuerza bruta, choca con la Verdad divina o Fuerza-Espiritual. Si los poderes seculares se resisten en la práctica a cambiar o derogar tales leyes cuando se intenta por otros medios (como el boicot económico o negociar con quienes ostentan el poder), reparar el orden moral dañado se convierte entonces en una obligación para quienes buscaban la verdad espiritual. «Que debamos obedecer las leyes, ya sean buenas o malas, es una ocurrencia moderna» (1986a [1909]: 246). Incluso las leyes creadas por mayorías políticas poderosas pueden ser injustas, puesto que la democracia y el gobierno de la mayoría no ofrecen ninguna garantía de rectitud moral (1986a [1909]: 247). El mismo Gandhi reconocía que cuándo y cómo fuera conveniente dar el salto a la ruptura de la legalidad era un problema que obligaba a considerar complejas cuestiones políticas; no obstante, hacerlo seguía constituyendo una obligación moral –y, en último término, divina13–. En parte por sus riesgos y en parte por sus requisitos espirituales, Gandhi se inclinaba por que la ruptura consciente de la legalidad solo se utilizara después de haber agotado convenientemente los medios políticos y legales ordinarios. La ruptura de la legalidad era un asunto serio, y si se llevaba a cabo de manera irreflexiva, podía fácilmente engendrar violencia o el caos. En momentos cruciales –por ejemplo, al oponerse a los estatutos coloniales antisediciosos en 1919– Gandhi interrumpió abruptamente sus esfuerzos a causa a estos temores. «Deberían tomarse todas las precauciones posibles frente a un estallido de violencia o de anarquía general» (1987 [1922]: 99). Gandhi consideraba muy dudosa la probabilidad de obtener resultados políticos favorables si los infractores de la legalidad no cumplían con los requisitos religiosos y la disciplina espiritual pertinentes. Puesto que «solo quien tiene verdadera fe en la religión puede ejercer satyagraha», la noción de la desobediencia civil como una técnica moralmente neutra que cualquier activista podía llevar a cabo, mostrara o no una inclinación espiritual, le inspiraba el más absoluto rechazo (2008 [1909]: 329).

Subrayando su sagacidad estratégica, estudiosos recientes se han opuesto a la visión estereotipada de Gandhi como cruzado por una moral idealista (Mantena 2012). Tales interpretaciones se construyen sobre los intentos previos por desarraigar los métodos y técnicas políticos de Gandhi de su sustrato espiritual, un enfoque que seguramente tenga parte de responsabilidad en la exitosa diseminación de sus ideas a nivel mundial (Sharp 1973; Shridharani 1972 [1939]). De hecho, Gandhi a menudo recurría a metáforas militares y estratégicas, y tenía un ojo perspicaz para evaluar los mecanismos del poder. Aun desde su compromiso fundamental con la no-violencia, reconocía que, en un mundo espiritualmente imperfecto, cierta violencia era inevitable. Se recomendaba la práctica de la no-violencia, no solo hacia otros seres humanos sino también hacia los animales –de ahí el vegetarianismo de Gandhi–, como forma de acercarse a una perfección hacia la que deberíamos tender pero que no siempre podemos alcanzar plenamente, aun cuando estemos moralmente obligados a intentarlo (Sorabji 2014: 198).

A pesar de esto, reconstruir la figura de Gandhi como realista político encubierto no hace sino enmascarar el hecho de que todas las características de su planteamiento de la desobediencia civil formaban parte de una construcción espiritual. La no-violencia, por ejemplo, se sustentaba en algo mucho mayor que simples consideraciones estratégicas o políticas. Tampoco hay en el pensamiento de Gandhi un sentido de la política como elemento con autonomía o relativa diferenciación respecto de la moral. «No puede haber un divorcio entre política y religión. Separada de la religión, la política se vuelve degradante» (1986a [1915]: 374). Su compromiso espiritual probablemente lo empujaba a esperar que, si quienes ejercían la desobediencia civil estaban «en armonía con Dios», tenderían a producirse como resultado avances políticos. La verdad divina estaba destinada a imponerse sobre la injusticia y el mal: aquellos que eran llamados a actuar en nombre de Dios, y que lo hacían adecuadamente, probablemente lograrían convertir –término religioso que Gandhi prefería a los términos políticos convencionales– a sus oponentes. Asimismo, Gandhi no veía distinción entre lo «público» y lo «privado», o entre el Estado y la sociedad, puesto que, en su planteamiento, todos los ámbitos de la actividad social humana estaban legítimamente subordinados a la búsqueda de la verdad divina14.

La desobediencia civil debía ser abierta o pública, no solo porque los activistas tuvieran que convencer o persuadir a sus oponentes, sino sobre todo porque la «verdad [divina] detesta el secretismo» (1986b [1931]: 191). El fraude, la mentira y el engaño estaban en discordancia con la fe. Por ello, Gandhi se mostró en ocasiones partidario de informar de antemano a las autoridades políticas sobre la infracción legal que iba a efectuarse. Aun cuando sus opositores considerasen que las protestas eran contestatarias o que perturbaban el orden público, el propósito principal de estas seguía siendo el de instrucción moral. Como consecuencia, la desobediencia debía ser cívica, es decir, «amable, sincera, humilde, sabia, ejecutada con toda la energía de la voluntad, pero también con amor, en ningún caso criminal o ejercida desde el odio», ya que solo entonces podría hacer progresar la obra de Dios (2008 [1922]: 360). Tampoco podía permitirse que llegara a mostrarse rencorosa, desconsiderada o escandalosa. Debían evitarse el sabotaje y la destrucción de la propiedad. Los participantes debían «observar una perfecta castidad, adoptar la pobreza, seguir la guía de la verdad y cultivar la valentía» (2008 [1909]: 322, 329). Los activistas espirituales no debían mostrar temor alguno hacia sus oponentes o hacia quienes los mantuvieran presos. Por el contrario, se esperaba que aceptarancualquier castigo o maltrato al que debieran enfrentarse, «inclusive la muerte», voluntariamente e, incluso, con alegría (2008 [1930]: 332). Como deber sagrado que era, la desobediencia civil podía conllevar el martirio.

El amor y la fuerza de la verdad imponían una observancia estricta de la no-violencia, establecida como principio característico –y no como mero rasgo pragmático– de la desobediencia civil. La no-violencia purificaba moralmente a quienes la practicaban, al tiempo que preservaba la integridad moral y espiritual de sus oponentes políticos (Brown 1989: 84). Al exigir una virtuosidad tanto mental como espiritual, así como el respeto por la integridad básica de todas las creaciones de Dios, la no-violencia en ningún momento estuvo pensada para los de voluntad débil o para los que carecieran de firmeza de espíritu, sino únicamente para las almas disciplinadas, inspiradas por la búsqueda de la verdad divina. La disposición al sacrificio y al sufrimiento,