Despertando de otra vida - Angela Giuffrida - E-Book

Despertando de otra vida E-Book

Angela Giuffrida

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Beschreibung

Despertando de otra vida. Una colección de relatos que le maravillará por sus historias. Su autora, Angela Giuffrida, hace un ejercicio extraordinario de reflexión existencial sobre las pequeñas cosas de la vida. Altamente recomendable su lectura.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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DESPERTANDO DE OTRA VIDA

Angela Giuffrida

Maquetación: Katia Villarreal Castellanos

Editorial GrupoBuho

http://www.editorialgrupobuho.com

Esta obra no puede ser reproducida, total o parcialmente, sin la autorización de los propietarios del copyright ©

© Editorial GrupoBuho, 2012

1º Edición

ISBN: 978-84-938166-8-1

Impreso en España / Printed in Spain

ÍNDICE

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIV

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

I

La pesadez hacía de las suyas aquella noche fría y reservada que envolvía de lleno las afueras. En la habitación, la luz de la bombilla irradiaba tenuemente; todo estaba dispuesto como siempre, en orden y sin el mínimo vestigio de cambio alguno, ninguna sorpresa.

El espejo del tocador, cuyo reflejo proyectaba una pintura al óleo que descansaba en la pared mucho más arriba de la cama, mostraba un paisaje verde, fantástico, onírico. Haciendo uso de las dimensiones, se discernía una casa a lo lejos, casi podía verse; unas pinceladas hechas para atraer a la imaginación, para que la vista conectara a la mente y ésta pudiera percibir el lugar de ensueño de cada quien, la fantasía de cada interior. Paredes pobremente decoradas y escasas de mobiliario encerraban la terrible desilusión que arropaba a aquella joven; escondían un sentimiento ajeno para los demás, un sentimiento muy personal, muy doloroso. Se sentía desgraciada y aburrida; una reciente depresión la carcomía por dentro. Desde su cama, siempre miraba ese espejo que con generosidad reflejaba un paisaje que la llevaba muy lejos de allí, que la hacía desaparecer.

Con sigilo, dando a entender que nadie más debía verla, se quitó el listón rojo del cabello, se despojó de sus pantuflas rosas cerradas, y se perdió inopinadamente en un sinfín de reflexiones muy suyas; de ilusiones que se quedan en lo más adentro. De repente, un diorama, que según la iluminación del momento, le permitía distinguir el efecto que más deseara: el lugar de sus sueños o la más aterradora de las pesadillas.

«Que mirífico aquel ser que con gran exultación llena una sala, no obstante, el que no pueda, podrá ser encarado con desprecio; culpa de su propia voluntad no poder ser lo que se requiere que sea, porque lo que alegra a unos, debería alegrar a todos.

»Y qué desgracia vivir así. Terrible decepción, no para aquellos que no aceptan, sino para aquel que no se acepta a sí mismo, por cobardía, por miedo de seguir…»

Una isla apartada del mundo, un pedazo de tierra soñado, sólo recreado con perspicacia por el más entusiasta de lo clásico y lo natural, buscador de una fantasía antagónica a un mundo cruel e inhóspito. La representación de lo pasado, de lo digno. Tal vez una sociedad especial, tan perfecta en sus mandatos y virtudes que intensifica la creencia del paraíso, pero más que todo, de algo inexistente. Esplendid conforma, siendo sólo un pedazo de tierra más en un planeta inflexible, el paraje soñado. Proporciona la calidad de vida que desean alcanzar solo aquellos apasionados de verdad por lo suyo, al mismo tiempo que se dejan llevar con tranquilidad a un lugar colmado de sobriedad, costumbres y tradiciones; donde los tabúes abundan y la ironía se manifiesta debido a un respeto claramente establecido, un total respeto a los semejantes.

Llena de secretos, Esplendid sabe disimular bien todos los pecados y todas las angustias de sus habitantes, para que los nuevos ocupantes puedan refugiarse en paz en ella. De antaño y moderna; de vida y muerte; de secretos y confesiones; Esplendid no es más que pura belleza enfrascada en la mente de las personas que buscan alejarse de una existencia inicua y vacía.

Villanueve, una gran casa de tres pisos y de un hermoso estilo victoriano, con una esmerada técnica de almohadillado de tipo de inglete1 reflejada en los sillares que generan sus elevadas paredes grises, aunque notándose la aparición de una que otra piedra en color negro. Enormes y sólidas puertas de madera tallada; grandes ventanas y vitrales impresionantes a la vista de colores claros, apreciándose una inclinación por los tonos azules, mostrando en ellos formas de aves que se posan con sutil delicadeza. Aquella imagen más parecía la de un castillo construido en lo alto de una montaña, abrazada por un pequeño y modesto pueblo, en una isla olvidada por el mundo.

Formada por tres personas, la familia Redeglick vivía en esta lujosa propiedad: el señor Frederic, un tipo de cuarenta y dos años, alto, fornido y bronceado hasta la punta de los dedos; cabello oscuro que lucía un convencional corte militar, y una fisonomía de tipo cuadrada en donde ajustan a la perfección unos ojos grandes y desafiantes de color café. Su personalidad era dominante (casi rasgando en el machismo) y altiva, manifestada por la necesidad de protección a los suyos. Su esposa Caterin, una hermosa mujer joven de veintiséis años; esa clase de mujer comprensiva y llevadora del hogar que cumple con esmero su labor de esposa y madre dedicada, aquella que da mucho y pide muy poco. Sus rasgos físicos podrían rememorar a los de una fina muñeca de porcelana: piel blanca, labios carnosos, un rizado cabello castaño oscuro y soberbios ojos azules tan penetrantes como el mismo océano. Un rostro que encierra ternura y secretos del alma, secretos totalmente desconocidos y privados para los demás. Por último, una pequeña niña de ocho años llamada Josephin, de piel tan blanca como la de su madre, heredando todas sus facciones y preciosos cabellos pero llevando el mismo color café en sus ojos, iguales a los de su padre.

Sin duda era la familia más adinerada de toda la isla. Nacido en el año 1924, el señor Frederic, un hombre muy refinado y de alta sociedad, provenía de la larga dinastía Redeglick, que habitó desde su comienzo en la gran Villanueve en el siglo 1800. Poseía títulos en administración y contabilidad; había realizado estudios de todo tipo en el área de ventas, y de vez en cuando, viajaba al exterior en plan de negocios. Forma parte de la asamblea de la isla integrada por augustas personalidades del ámbito político y social. Su estatus es más importante que el de cualquier ministro o funcionario público, de hecho, aún más importante que el del presidente: el señor Faustino Dery; un hombre viejo y bajo de estatura, de carácter suave y naturaleza cándida, encargado de tomar las decisiones más primordiales junto con Frederic.

Hacía nueve años que Frederic se había casado a escondidas de su madre, que junto con él, constituían los últimos sobrevivientes del apellido Redeglick para ese entonces. Ésta le hizo la vida imposible con su prometida poco antes. Cuando la pareja se veía a escondidas por el pueblo, ella los acechaba respaldada de sus sirvientes, y cuando tenía la posibilidad, se le acercaba a la joven de forma peculiar; su cuerpo parecía poseído por otro ya, con una mirada perdida. Como si aquellos ojos fueran un par de abismos oscuros que te arrastrasen hacia un fondo total y absoluto de maldad e ira provocada por el más empecinado y cruel de los individuos que pueda ocultarse detrás de ellos. Luego de los ataques verbales dirigidos a la joven, Frederic tenía que interponerse a su madre para impedir lo que fácilmente pudieran haber sido ataques físicos.

El odio que una vez existió dentro de esa señora por Caterin era tanto que se podía palpar en el aire; y tenía que ser así, en su cabeza enferma tenía que ser así, porque la novia de su único hijo no era más que una niña pobre del pueblo, y eso no sería tolerado en ese mundo suyo.

Ramona Isabel Briceño Astura descendía de una pequeña pero adinerada familia de origen español. Conoció a su esposo James Eduard Redeglick Black cuando ella y su familia visitaron la isla Esplendid por primera vez en 1921; no fue amor a primera vista ni mucho menos, la verdad, fue un matrimonio arreglado por los padres de ambos, al cual ella nunca puso objeción. Era una mujer no muy agraciada físicamente, pero poseía una mirada que paralizaba el alma. De estatura media, contextura delgada, y una larga cabellera oscura, Ramona no presentó queja a su matrimonio y hasta parecía gustarle bastante la idea.

Tras un largo noviazgo, Ramona se casó con James en la pequeña iglesia del pueblo. Sencilla y revestida por fuera con minúsculas piedritas brillantes, la iglesia presentaba un aspecto acogedor cuando se entraba en ella: pintada toda de blanco, con una cúpula que emanaba luz en el espacio centralizado de abajo, rodeada por grandes columnas con un gran Cristo al final. Los novios se dieron el sí acepto delante de todos sus familiares y amigos —todos pertenecientes al lado Redeglick a excepción del padre y la madre de Ramona—, teniendo dos años más tarde a Frederic.

James, de sangre inglesa y prestigiosa familia, era el primero de tres varones. Sus dos hermanos menores, Gary y Henry, no tuvieron suerte en el entorno matrimonial, puesto que sus esposas no pudieron darles hijos sanos por alguna rara coincidencia. La hija de Gary murió al nacer y el hijo de Henry murió a los tres años por una extraña enfermedad. Luego de eso, sus esposas no llegaron a concebir nunca más. Poco tiempo después, siendo Frederic tan sólo un niño, todos ellos murieron de una terrible peste que acechó a la isla; a excepción de Ramona y su hijo, no sobrevivió más nadie en ninguna de las familias.

Al morir Ramona a causa del cáncer, Frederic quedó como el único heredero y sobreviviente de la dinastía Redeglick. Tiene una hermosa hija y una adorable esposa que a pesar de su juventud ha sabido tratar los problemas y vicisitudes de la vida con indudable gracia y resignación. Ahora, a la espera de otro embarazo nuevamente, la familia Redeglick se prepara para seguir lidiando en un lugar que al parecer no es más que una espléndida isla que guarda suma quietud y paz.

II

—¡Josephin! ¡Josephin! ¡Entra ya, que es hora de comer! —gritaba Caterin desde la entrada de su casa.

—Pero mamá, acabo de salir —respondió Josephin con malcriadez.

El sorprendente interior de la casa Villanueve no podría ser más de estilo barroco. Paredes empapeladas en color crema y dorado, recubiertas de madera hasta alcanzar un poco más del metro de altura —tallada para dar forma a bestias con dientes filosos y ojos grandes y saltones—; escaleras a la imperial con alfombrado céntrico en color verde oliva y pasamanos imponentes con apariencia de seres mitad humano y mitad animal. Hermosas columnas salomónicas, y en fin, un ambiente recargado pero armonioso; todo un deleite para los ojos.

El extenso piso de mármol alfombrado en tonalidades claras sirve de base para que un inmenso espejo vertical embutido en la pared realce sobre la chimenea; esas mismas paredes cubiertas de aparatosas obras de arte con enmarcado prominente en bronce. Un hogar de ensueño decorado con clase y finura por aquel que no escatimó en dinero ni refinamiento; y precisamente al entrar allí, al poner un solo pie dentro de ese hermoso castillo fascinante y justo cuando los destellos de luz que entran por cada uno de los grandes ventanales acarician la cara de sus visitantes, es cuando se dan cuenta, sin pensarlo, de que no hay otro lugar mejor para ellos en el mundo.

—Frederic, estoy bien, solo estoy embarazada, es algo perfectamente natural y ya he pasado por eso, ¿recuerdas? Sólo imagina aquellos tiempos donde las mujeres debían hacerlo solas sin ayuda de un médico —indicó Caterin con voz cansada.

—No insistas, Caterin —dijo Frederic malhumorado—, te has sentido mal todos estos días y hoy van a hacerte un examen completo. El doctor Winston nos espera a las tres y no quiero más excusas; arréglate para marcharnos inmediatamente después del almuerzo.

Por lo general, Josephin era una chica muy curiosa, siempre andaba husmeando en cada pasillo de la casa a escondidas, haciendo lo mismo en casa de su mejor amigo Jerem Patring, un joven de piel morena clara y dos años mayor que ella, con una personalidad extrovertida que disfruta haciendo bromas y fastidiando a cuanta persona desee. Los dos chicos, curiosos por naturaleza, o tal vez solo por cuestiones de edad, se metían constantemente en problemas y por ello pasaban muchos días encerrados en sus habitaciones a causa de los castigos aplicados por sus padres.

Josephin se encontraba detrás de la puerta de la biblioteca cuando escuchó a su padre hablar acerca de la visita al médico; asustada, una vez que su padre había dejado la sala, corrió a preguntarle a su madre de qué se trataba.

—¿Para qué vas a ir al doctor, madre? —preguntó la niña pausadamente—. ¿Acaso te sientes mal por algo que hice?

—¿Cómo crees, mi amor? —respondió Caterin con tono alegre y una gran sonrisa—. La visita tiene que ver con mi embarazo, cariño; sabes cómo es tu padre, siempre preocupado por cualquier cosa. He sentido algunos mareos por estos días, como es normal —dijo mirando hacia el suelo—, y ya él desea que vaya a chequearme.

—Entonces, ¿no es por mí? —balbuceó Josephin y guardó silencio—. Te quiero mucho, madre, quiero que… que sepas que te amo, y que no voy a hacerte enojar nunca más; ¡ya no veo la hora de jugar con mi hermanito! —dijo sonriendo.

—¿Cómo así? —expresó Caterin con asombro. Luego preguntó—: ¿Acaso ya sabes que será varón?

—¡Por supuesto! —respondió la niña con expresión altanera—. Debes de saber, madre, que soy una gran adivina —Caterin alzó las cejas como en señal de admiración—, y lo puedo llegar a saber todo.

—Claro que sí, amor —dijo Caterin con voz suave—, eres la mejor del mundo. Ahora ve al comedor, el almuerzo ya debe estar servido… ¡Y no olvides lavarte las manos esta vez! —le gritaba a Josephin mientras ésta se alejaba.