Deuda y culpa - Elettra Stimilli - E-Book

Deuda y culpa E-Book

Elettra Stimilli

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Beschreibung

Como consecuencia de la gran crisis financiera de 2008, a los países endeudados se les impuso un régimen de "austeridad", es decir, debían ajustar y ahorrar para reducir la deuda. ¿Pero qué es la deuda? La respuesta de Elettra Stimilli es contundente: es la manifestación de una forma de poder represivo basado en un sistema de exclusión en el que participan tanto el Estado como el mercado que se utiliza como herramienta para la gobernanza global. Es un dispositivo de coerción que convierte a los deudores en culpables. En este singular ensayo, Stimilli pretende poner al descubierto los nodos teóricos contenidos en la relación semántica entre "deuda" y "culpa" siguiendo el rastro de investigaciones de Weber y Foucault. Y para ello recurre a las palabras proféticas de Walter Benjamin sobre el capitalismo como un "culto endeudante", que "no es expiatorio sino culpabilizante". Así, este trabajo intenta entender el problema de la deuda en un contexto más complejo que el de la ciencia económica, revelando los mecanismos de una teología política.

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Seitenzahl: 305

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Elettra Stimilli

Deuda y culpa

Traducción deAntoni Martínez Riu

Herder

Título original: Debito e colpa

Traducción: Antoni Martínez Riu

Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

© 2015, Elettra Stimilli

© 2020, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4366-4

1.ª edición digital, 2020

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

Prólogo a la edición española

Introducción

1. La deuda: entre apropiación, intercambio y don

El contexto problemático

Apropiación

Intercambio

Don

Deuda

Resumiendo

2. Una cuestión abierta

El giro neoliberal

La sociedad de la deuda generalizada

El paradigma del hombre endeudado

Resumiendo

3. Entre teología política y teología económica

Más allá de los límites de la ciencia económica

Religión, política y economía

La «fe» en la época del predominio de las finanzas

Deuda y sacrificio

Culpa y violencia, en el origen del poder jurídico

Resumiendo

4. La religión de la deuda

«Nuda vida» y derecho

El capitalismo: un culto sin teología

Economía y experimentación normativa

La invención de la oikonomía

La deuda como inversión

Resumiendo

5. La vida psíquica de la deuda

La culpa de estar en deuda

La institución de la norma: dimensión psíquica y ámbito social

Feminismo y neoliberalismo

El enigma del sentimiento de culpabilidad y la vida psíquica del poder

Hacia nuevas formas de asunción del poder

Resumiendo

Epílogo

Glosario

Bibliografía

Índice analítico

Información adicional

Prólogo a la edición española

Mucho han cambiado las cosas desde que escribí y publiqué este libro en Italia en el punto álgido de la crisis económica. La crisis económica mundial, iniciada en 2007 en Estados Unidos, ha sido la más grave desde la posguerra y ha durado más de diez años. No ha de sorprender, por tanto, que la situación económica favorable, que los medios han intentado difundir a partir de 2018, no sea todavía evidentemente real. Quizá los tiempos requeridos para que se haga visible lo anunciado sean más largos de lo que habría esperado. O tal vez no se ha dicho todo lo que hay.

No hay ninguna duda: la situación es diferente de cuando entre 2011 y 2012 Grecia, junto con otros países del sur de la Unión Europea, corrieron el riesgo de caer en suspensión de pa­gos a causa de la excesiva deuda contraída y de cuando las políticas europeas, guiadas por el «modelo alemán», se caracterizaron por una visión «culpabilizadora» de los países endeudados. El libro que presentamos ahora en lengua castellana fue escrito en ese período, en el momento en que, casi diariamente, los principales titulares alemanes y los periódicos más importantes de muchos países europeos, entre ellos los ita­lianos, hablaban de la «deuda» como de una «culpa», mostrando así explícitamente el nexo contenido en la palabra alemana Schuld/Schulden, que tiene ambos significados en esa lengua y que hemos investigado en este trabajo.

El hecho de que hoy la situación haya cambiado al menos aparentemente no hace que sean menos urgentes las cuestiones de las que partía este libro, cuyo objetivo principal es entender el sentido de la relación entre deuda y culpa de una forma menos obvia que la que presentaban los medios entre 2011 y 2012. Al contrario, creo que los problemas entonces puestos de relieve no han sido desmentidos, sino más bien agravados por un panorama político internacional todavía más crítico.

A la luz de las políticas de relanzamiento y recuperación económica anunciadas y destinadas fundamentalmente a oponerse al sistema de austeridad hegemónica en los últimos años en Europa, tal vez sea posible prestar más atención a lo que realmente es puesto en tela de juicio en la condición de endeudamiento al que el régimen del rigor económico ha intentado contrarrestar. No parece que se haya tratado exclusivamente del estado de una condición que se debe corregir, de una deuda que hay que pagar, como el mandato autoritario de los sacrificios im­puestos por las políticas de la austeridad quisieron hacernos creer. Al menos esto es lo que nos vemos obligados a pensar, dada la situación en la que aún nos encontramos.

A pesar de los datos económicos difundidos por los medios desde hace un par de años, relativos a los países occidentales económicamente más avanzados y fundamentalmente tendentes a difundir un estado de ánimo optimista, así como a constatar, con un exceso de simplificación, la salida de la crisis económica, en 2019 Alemania, uno de los países con una economía de las más potentes del mundo, ha corrido el riesgo de la recesión. En rigor, los datos relacionados con la vida de las personas muestran evidentes señales muy críticas. El informe anual de 2020 de la agencia internacional Oxfam muestra que poco más de dos mil personas, los más ricos del mundo, poseen una riqueza igual al patrimonio de más de cuatro mil millones de personas. Se registra un enorme aumento de la pobreza; un desempleo cada vez mayor, sobre todo juvenil, en particular en los países con mayores dificultades; un aumento de la precariedad en el trabajo y un crecimiento inquietante de formas privadas de endeudamiento incluso sin las debidas garantías —fenómeno, este último, raíz de la crisis económica mundial en Estados Unidos, que no ha acabado verdaderamente.

Si este es el panorama general, la pregunta de la que ha partido nuestro trabajo continúa siendo del todo actual. Es decir, si vale todavía la pena preguntarse si en la denominada «economía de la deuda» ligada a las políticas de la austeridad no está realmente en juego una perspectiva netamente en contraste con los sistemas de recuperación económica adoptados posteriormente, como ha parecido divulgarse o ha sido divulgado por los análisis más generalizados en la época de la posausteridad. La pregunta de la que parte este trabajo es si acaso no se trata en realidad de un mecanismo más complejo, que reúne ambas perspectivas con propósitos aparentemente divergentes, comprometiendo de una manera radical y nunca vista la vida de los individuos, de conformidad con los principios de las políticas neoliberales todavía dominantes, aunque en contextos que han cambiado.

Si se ha podido concebir la deuda contraída por algunos Estados de la Unión Europea como una culpa, si se han propuesto «sacrificios» orientados a pagar la deuda, es porque se ha tratado de interpretar el fenómeno con categorías propias de formas punitivas del poder. Y que en muchos aspectos hayamos asistido a formas claras de represión no puede ponerse en duda (basta pensar lo sucedido en Grecia en 2012). Pero todo esto no debe conducir a simplificar la complejidad del fenómeno al que todavía estamos asistiendo. Debemos entender qué tipo de represión está en marcha.

La enorme transformación ocurrida en los últimos treinta o treinta y cinco años en los modos capitalistas de producción y en las formas que el poder económico ha asumido como consecuencia del dominio de los mercados financieros sobre la política requiere una reflexión más amplia, que tenga en cuenta los cambios a los que han estado sometidas las formas de poder en el momento en que las instituciones políticas han comenzado a adaptarse a los cambios acaecidos en el mundo económico. Esto es lo que he intentado hacer en este trabajo, tratando de sacar a la luz el papel del mercado como institución orientada al gobierno y como punto de referencia para la administración de procesos de valoración cruciales para la eficacia de las políticas neoliberales.

El problema de la deuda generalizada, por tanto, es en muchos sentidos la expresión de un poder coercitivo ya conocido en diversos aspectos, en el que el dispositivo de la «culpa» se ha identificado con el económico de «estar en deuda». Creo, no obstante, que lo que estamos presenciando requiere de nuevos análisis capaces de ahondar en lo que ha comenzado a delinear sus contornos solo en los últimos años.

En este contexto, el surgimiento de populismos —en Estados Unidos, en Europa, pero también en otros lugares—, la emergencia de partidos conservadores en el plano internacional, el fortalecimiento y la difusión cada vez mayor, en el mundo occidental, de posiciones nacionalistas y racistas aparecen como una reacción peligrosa frente a gobiernos que, una vez en el poder, en años anteriores a la crisis, han participado activamente en la definición de un papel político a los mismos parámetros económicos, transformando así desde dentro la institución moderna del Estado. Las democracias occidentales, cada vez más vacías y peligrosamente amenazadas, se rigen por mecanismos de mercado, punto de referencia y lugar de aterrizaje de las instituciones políticas, ya completamente transformadas por las políticas neoliberales.

La crisis económica mundial ha suscitado muchas reflexiones. En los últimos años se ha profundizado en nuevas investigaciones, cada vez más desarrolladas, destinadas a comprender los cambios que se están produciendo. Sin embargo, queda mucho por entender. Espero que este trabajo, ahora en su traducción al castellano, pueda ser una contribución en esta misma dirección, en un intento de encontrar elementos eficaces para cambios radicales.

Enero de 2020

Introducción

Esta investigación empezó en la primera fase de la crisis, cuando el problema de la deuda ya había surgido sobre todo en Estados Unidos, donde nuevas formas de endeudamiento privado hasta el momento inéditas se extendieron como consecuencia de la expansión de productos financieros extremadamente complejos y arriesgados, que habían llevado de forma progresiva al colapso de todo el sistema económico estadounidense. Pero la crisis traspasó rápidamente las fronteras de Estados Unidos. En Europa, la deuda se convirtió en un problema prioritario por las políticas de austeridad promovidas por la llamada troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Comisión Europea), cuando entre 2011 y 2012 Grecia, junto con otros países de la Unión Europea, incluida Italia, corrieron el peligro de caer en suspensión de pagos. «Austeridad» es la consigna que ha prevalecido en las políticas económicas europeas, guiadas por el «modelo alemán», por muchos promotores de una «visión culpabilizante» de los países endeudados. De ahí la conexión entre «deuda» y «culpa» —implícita, por lo demás, en la misma palabra alemana Schuld/Schulden que tiene ambos sentidos— de la que parte este estudio.

La intención principal del libro es poner al descubierto los puntos nodales teóricos contenidos en esta relación semántica mediante una confrontación con los estudios más importantes sobre deuda publicados en los últimos años, prestando atención a cuanto ha acaecido después de la publicación de un trabajo anterior mío sobre el tema,1 que empecé a escribir cuando la crisis actual solo estaba en sus comienzos y que se publicó en plena quiebra económica. El presente trabajo presupone el anterior, aunque uno puede leerse fácilmente sin haber leído el otro.

A la luz de las recientes políticas de reactivación y recuperación económica, que pretenden oponerse al sistema de la austeridad dominante hasta ahora en Europa, me gustaría reflexionar sobre el dispositivo que está en la base de la economía de la deuda que ha prevalecido durante estos años. La pregunta que voy a tratar de responder es si en ese «estar en deuda» al que se nos ha remitido durante el reciente régimen de austeridad podemos efectivamente identificar una situación que deba ser enmendada, como la exigencia autoritaria de los sacrificios impuestos por las políticas de austeridad parecería indicar. También me pregunto si en la economía de la deuda y de las políticas de recuperación no entran realmente en juego dos perspectivas netamente opuestas, como parecería a primera vista, o si no hay más bien en ellas un mecanismo más complejo, que las asocia, aunque con propósitos aparentemente divergentes, involucrando la vida de las personas de una manera tan radical que hace incluso posible hablar, a este propósito, de una verdadera y auténtica «mutación antropológica».

Siguiendo la estela de investigaciones ya conocidas —como la clásica de Max Weber o la más contemporánea de Michel Foucault— y retomando las palabras proféticas de un fragmento de Walter Benjamin sobre el capitalismo como «culto endeudante», este trabajo intenta situar el problema de la deuda en un contexto más articulado que el estrictamente técnico de la ciencia económica, aprovechando recursos provenientes de diferentes puntos de vista, con la intención de desarrollar una investigación en la que la economía no se ahogue entre límites demasiado estrechos y recupere el alcance más amplio que le corresponde.

No es fácil volver a escribir sobre temas ya tratados. Cuando me propusieron emprender este trabajo, realmente dudé, convencida como estaba de que no podría afrontar de otra manera temáticas que ya había tenido ocasión de explorar. Pero la confrontación directa con cuestiones urgentes para los tiempos actuales, mediante una investigación que toma como punto de partida lo contingente para desarrollar una reflexión teórica más amplia, me ha permitido abrir nuevos campos de investigación, que espero puedan hacer alguna contribución en la discusión sobre estos temas.

He procurado aprovechar las ocasiones en las que he podido discutir sobre algunos de los temas tratados. Este libro, a fin de cuentas, no es más que el intento de elaborar una única y larga respuesta a todas las cuestiones planteadas en las circunstan­cias a las que me refiero, a veces cambiando y veces manteniendo las argumentaciones ya utilizadas para ponerlas en diferentes contextos.

Recuerdo en particular la participación, en 2011, en la Conference on Autonomy of Politics, celebrada en la Jan van Eyck Aca­demie en Maastricht y, en 2013, la participación en la Annual Con­ference of The British Society for Phenomenology en Oxford, además del seminario en el Centro para una Filosofía Crítica de la Universidad de Pisa. Muy fértiles fueron las discusiones desarrolladas en el seminario sobre Feminismo y neoliberalismo organizado en la Universidad de Salerno en 2013; la confrontación con Maurizio Lazzarato en la mesa redonda organizada en el ámbito de la Belgrade Book Fair en 2013; el seminario, el mismo año, en la School of Humanities and Social Sciences de la Universidad de Saint Gallen; y la participación, en 2014, en la conferencia internacional «Political Abilities: The Sense of Subjectification» acogida por la School of Humanities and Social Sciences de Innsbruck. Especialmente útil para este trabajo ha sido la organización del seminario permanente de la Asociación Italiana Walter Benjamin, celebrada en Roma entre 2013 y 2014.

Si el libro anterior lo escribí entre las paredes de las bibliotecas sin pensar demasiado en quién podría leerlo, pero con la urgencia de sacar a la luz algo que, aun procediendo de un pasado también lejano, tenía que ver directamente con el presente, en este trabajo he tratado de pensar lo más posible en los lectores, en los del pasado y en los que espero habrá, con la idea de entrar en diálogo con ellos y reflexionar de nuevo y desde puntos de vista diferentes sobre cuanto forma parte de una experiencia común. Espero lograrlo al menos en parte.

Quisiera, por último, dar las gracias a quienes, más o menos directamente, han hecho posible que este trabajo llegara a término, o han contribuido, en diferentes formas, a su realización. Es costumbre hacer coincidir los agradecimientos con el reconocimiento de las deudas contraídas. Por mi parte, en esta ocasión, quisiera intentar mantener los dos ámbitos diferenciados, con la convicción de que la gratitud no responde a la lógica de la deuda.

Doy gracias a Dario Gentili (junto con los otros redactores de la colección Fondamenti) por pedirme que escribiera este libro y por haber discutido en varias ocasiones conmigo sobre muchos de los temas tratados aquí. Fue fundamental para mí, en particular, el diálogo con Roberto Esposito. Muy útiles me fueron, además, las discusiones con Paolo Virno, Massimo de Carolis y Paolo Napoli, así como la oportunidad de discutir y colaborar que me ofrecieron Laura Bazzicalupo, Enrica Lisciani Petrini, Giacomo Marramao, Mario Tronti, Mauro Ponzi, Michele Filippini, Andrea Mura, Gianfranco Ferrero, Petar Bojanic, Emmanuel Alloa, Andreas Oberprantacher y los participantes en el seminario permanente de la Asociación Italiana Walter Benjamin. Aprovecho para agradecer a todos ellos su interés y la disponibilidad mostrada. Quisiera, además, expresar mi agradecimiento a Giorgio Agamben, porque la confrontación con sus investigaciones sigue teniendo un peso importante en mi trabajo. Mi gratitud, por último, para tantas y tantos que sería demasiado largo nombrar, cuyo nombre incluso ignoro o no recuerdo, pero que en todo caso han quedado en mi memoria por los estímulos que recibí de ellos.

Finalmente, no puedo olvidarme de mi confrontación con la vida doméstica, difícil, pero para mí valiosa, también para la realización de este trabajo. Mis pensamientos van hacia aquellos que forman parte de ella.

1E. Stimilli, Il debito del vivente. Ascesi e capitalismo, Macerata, Quodlibet, 2011.

1. La deuda: entre apropiación, intercambio y don

El contexto problemático

Estar en deuda es la característica típica de la experiencia contemporánea. La actual crisis económica ha hecho evidente un fenómeno de enormes proporciones, que sigue estando oculto bajo una cierta opacidad, y sobre el que, por tanto, es oportuno continuar investigando. Como observa Melinda Cooper, ya

los primeros años setenta se caracterizaron por un proceso que convirtió a Estados Unidos en el punto central de un verdadero imperialismo de la deuda —[…] un imperio que se sostiene como no-lugar principal, aunque evanescente, de una deuda continuamente renovada.

[…]

Sin embargo si algo caracteriza la actual forma de la deuda no es simplemente su relación paradójica con el poder imperial estadounidense, sino el nivel de producción sobre el que este actúa. Lo que está en juego en la acumulación capitalista contemporánea es la regeneración de la biosfera, es decir, los límites de la Tierra misma. […] El desvarío de la forma de la deuda […] permite, en efecto, que el capital se reproduzca a sí mismo en el ámbito de la mera promesa, más allá de los límites actuales de la Tierra, […] sueña con reproducir la autovalorización de la deuda en la forma de la autopoiesis biológica.1

El libro de Cooper, publicado en Estados Unidos en 2009, tenía como objetivo analizar los enormes cambios que se han producido en la economía posindustrial tras el desarrollo de las nue­vas bio­tecnologías y la consiguiente transformación de la misma vida biológica en plusvalía. La crisis económica todavía actual ha puesto en radical evidencia que el fenómeno de la valoración de la vida en el corazón de los procesos económicos mundiales —fun­damentalmente centrados en las nuevas formas de producción y en sofisticadas operaciones financieras— no se limita al solo dominio biológico, sino que se extiende a la misma capacidad humana de dar forma y valor a la vida. Sobre este cambio creo que todavía conviene reflexionar para comprender qué es lo que nos jugamos con la economía de la deuda hoy dominante.

La historia de los últimos años es ya, lamentablemente, demasiado conocida. Desde 2001, la rebaja de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal ha alimentado, sobre todo en Estados Unidos, el crédito en modalidades nunca conocidas, favoreciendo la burbuja del mercado inmobiliario y la expansión de los préstamos destinados al consumo, cuya única garantía era una hipoteca de segundo grado sobre la casa comprada. Entre 2000 y 2005 los precios de las viviendas y los préstamos contraídos por las familias estadounidenses se duplicaron en comparación con los registrados en los años inmediatamente precedentes. El nivel de vida de las personas con rentas medias y bajas ya no estaba directamente vinculado al nivel de la renta recibida en función del trabajo realizado. Las grandes instituciones de crédito estadounidenses comenzaron así a emitir productos dirigidos incluso a quien no tenía ingresos o trabajo, y a quien no podía ofrecer garantías patrimoniales. Eran préstamos de alto riesgo, luego conocidos como hipotecas subprime por el elevado riesgo de insolvencia que suponían.

Como escribía Joseph Stiglitz en el periódico La Reppublica el 6 de mayo de 2008: «La burbuja inmobiliaria ha alimentado el consumo de una manera nunca conocida; se sacaba dinero de la casa como de un cajero automático a un ritmo frenético».

Formas de consumo ilimitado basadas en el endeudamiento privado se convirtieron así en el motor principal de la economía estadounidense. No es casualidad que el economista Michael Hudson —que ya en 1972, en el libro Super imperialism,2 identificaba en la deuda pública el factor que impulsaba el dominio mundial estadounidense—, a partir de la elección de Obama, en 2009, incitara a la administración del nuevo presidente a prestar atención a la «nueva psicología de la deuda privada», vista su importancia para la economía global.3

A partir de 2009, cuando la crisis ya había hecho presa de la economía global, asistimos a una transformación progresiva y gigantesca: los problemas inicialmente vinculados a un inédito aumento de la deuda del sector privado involucraron la deuda pública de muchos países económicamente avanzados. Este acontecimiento, en lugar de reducir el volumen total de la deuda y reanimar la economía, sentó las bases para una crisis mayor: la de la deuda soberana, tal como se ha definido en la jerga económica con una expresión que muestra la ambigüedad del fenómeno al que se refiere. Las intervenciones públicas se orientaron en primer lugar a restablecer los niveles patrimoniales mínimos de los bancos para evitar quiebras estrepitosas. Una cantidad sin precedentes de dinero público se destinó a socorrer a las grandes entidades privadas, sobre todo financieras. Partiendo de Estados Unidos, la crisis se extendió a todo el mundo, afectando principalmente a Europa, donde se creó una escisión entre el «modelo alemán», favorable a una política de austeridad, y los países más endeudados, como Grecia, Portugal e incluso Italia, que se vieron obligados a sufrir en muchos aspectos esa política.

Si una forma de endeudamiento planetario es la base de los engranajes de la economía mundial, es conveniente preguntarse qué es lo que está en juego en ella y por qué, después de la figura de la producción y luego la del consumo, la figura central que emerge en nuestros días es justamente la de la deuda.

Para intentar dar una respuesta a estas preguntas quizá sea útil situar la cuestión de la deuda en un contexto más amplio, que implique una confrontación preliminar con aquellas modalidades que, en el discurso económico y político dominante, se relacionan con el sistema productivo: la apropiación y el intercambio. En este mismo horizonte podemos situar un tratamiento específico del don. En cuanto es algo que no puede ser sustraído ni intercambiado, el don está al margen de la lógica de la economía clásica; pero, como hecho social, fruto de prestaciones que crean vínculos, entra en cambio en una formulación de la economía orientada a trazar su perfil de manera diferente y, en este sentido, particularmente fértil para una investigación que quiera aprovechar los recursos que provienen de puntos de vista distintos del estrictamente económico. Se trata solo de un intento con el fin de encontrar nuevas herramientas para afrontar la complejidad en la que nos encontramos.

Apropiación

Aunque sea analizando unos cuantos datos disponibles en la red, no es difícil identificar la causa principal del desastre económico mundial, al que estamos asistiendo, en una nueva forma de apro­piación indebida, de la que son responsables restringidos grupos oligárquicos vinculados a las altas esferas de la política y las finanzas. De ahí el enorme aumento del nivel de pobreza y la distancia cada vez mayor entre ricos y pobres, que constatamos incluso en los países económicamente más desarrollados. Creo que esta es una tesis con la que es difícil no estar de acuerdo y que es importante discutir también a la luz de las diferentes perspectivas que surgen del reciente debate sobre los «bienes comunes», particularmente activo en Italia, que ha iniciado una fértil discusión política que va «más allá de lo privado y lo público»4 y un replanteamiento del papel del derecho.5 Pero creo que este tipo de enfoque, aunque del todo convincente ante la evidencia de algunos hechos indudables, debe seguir cuestionándose para intentar medirnos de una nueva manera con la complejidad del fenómeno al que asistimos. Quisiera, por ello, detenerme en la consideración del concepto de «apropiación», no entendiendo claramente con ese término un gesto genérico de rapiña, sino más bien un proceso político. La pregunta, a la que intentaré dar una respuesta es: ¿en qué sentido el acto apropiativo se conecta con una acción política y, por tanto, de qué tipo de institución esta­mos hablando?

Como es sabido, el primero que supo sacar a la luz la dimensión política de la apropiación en el ámbito económico fue Karl Marx con la teoría de la plusvalía, según la cual, en el proceso de producción, el capitalista se apropia de una determinada cantidad de trabajo no remunerado, explotando en consecuencia al obrero.6 Pero quien ha ilustrado de manera clara los términos del problema desde el punto de vista institucional ha sido más bien el jurista alemán Carl Schmitt —conocido partidario del nazismo, así como del concepto teórico de «lo político»— que en 1953 dedicó específicamente a este tema un ensayo, quizá menos conocido que otros, que aun procediendo en un sentido totalmente opuesto lleva a sus extremas consecuencias la posición de Marx.

El motivo principal del interés de este texto es que la «apropiación» se identifica aquí con la acción primaria origen de todo el ordenamiento jurídico, de todo orden económico y de cualquier estadio de la vida asociada, de modo que desde el comienzo se la identifica como un dispositivo político. Para explicar este proceso, Schmitt se remonta al significado originario de la palabra griega nómos, normalmente traducida por «ley». Este recorrido, que parece un regreso a los orígenes de la cultura occidental, le permite delinear algunas «categorías fundamentales, sencillas, evidentes y de un valor general»,7 que pueden ser útiles para entender en qué sentido la apropiación ha constituido el supuesto previo de las más importantes formas institucionales y políticas modernas. Su perspectiva no es ni puede ser neutra. Pero la síntesis, la claridad y la densidad, características de su discurso, ofrecen interesantes puntos de reflexión sobre el tema.

Schmitt subraya que el sustantivo griego nómos deriva del verbo griego némein y es, por tanto, un nomen actionis, es decir, que indica una acción, un proceso cuyo contenido depende del verbo de referencia. «Némein —escribe Schmitt— significa en primer término lo que la palabra alemana nehmen (tomar)».8 La palabra alemana utilizada en este mismo sentido es nehmen, que —observa— tiene la misma raíz que el verbo griego y está en el origen de la palabra alemana Nahme que significa, precisamente, «apropiación». Por tanto, si «nómos es un nomen actionis de némein», su primer significado hace referencia al acto de tomar y, análogamente, «la relación lingüística de las palabras griegas némein-nómos conduce en alemán a la relación nehmen-Nahme (tomar-toma)».9

Esto quiere decir que nómos «significa ante todo toma(Nahme)»,10 apropiación, y que el proceso de institución de normas jurídicas relacionado con ese ámbito semántico está, en este sentido, conectado a un acto apropiativo.

El verbo griego némein —observa Schmitt— significa también «partir, dividir», en alemán teilen. «El substantivo nómos indica, según esto, en segundo lugar, la acción y efecto de partir y repartir. […] Hablando en abstracto, nómos es derecho y propiedad, es decir, la participación en los bienes necesarios para la vida».11 En tercer lugar, observa,

némein significa […] cultivar/producir/apacentar (en alemán weiden). […] Esto es, el trabajo productivo que normalmente se lleva a cabo sobre la propiedad. [Y agrega que] la justicia conmutativa de la compraventa y del truque en el mercado presupone no solo la propiedad nacida de una primera partición, la divisio primaeva, sino también una producción.12

Según Schmitt, «cada uno de estos tres procesos —apropiación, partición, apacentamiento [o producción]— pertenece a la esencia de lo que ha aparecido hasta ahora en la historia como ordenación jurídica y social».13 Pero queriendo establecer un orden de sucesión, afirma que en Europa, al menos hasta la Revolución industrial del siglo XVIII, «el orden en general, y el de prelación en particular, descansaban inequívocamente en el hecho de que en cualquier caso se reconocía en la apropiación un supuesto y un fundamento evidentes para la partición y producción ulteriores».14 La historia europea sería entonces una historia de apropiación de tierra carente de dueño —o, como podría decirse más allá del texto de Schmitt, una apropiación de tierra común— además de ser una historia de conquista de tierra «enemiga».

El acto apropiativo aparece en este horizonte, por tanto, originariamente conectado al proceso de formación de normas jurídicas y con la acción política base de la institución del Estado nacional moderno. La retención, la captura, el robo o simplemente la conquista son, desde este punto de vista, los actos fundadores presupuestos en la organización estatal, con los cuales se hizo posible la distinción entre «amigo y enemigo» que, en la perspectiva schmittiana, define la naturaleza de una institución política, puesto que produce mecanismos de inclusión y exclusión adecuados para definirla.

Siguiendo este discurso se podría objetar a Schmitt que el progreso de la técnica y el consiguiente aumento extraordinario de la producción han tendido sucesivamente a disolver la necesidad de la apropiación, desplazando así conquista y rapiña fuera de los límites del llamado mundo civilizado. Pero, como demostró enérgicamente Marx, la economía capitalista, en el corazón mismo de este proceso, se fundó ya en sus orígenes en un comportamiento netamente depredador. No es simple coincidencia que sea el mismo Schmitt quien reconozca que Marx supo desvelar, aunque de un modo totalmente opuesto al suyo, «las formas veladas del tomar, en las que la apropiación de la plusvalía producida por el trabajador se lleva a cabo por el capitalista».15

Es interesante observar que, tanto para Schmitt como para Marx, la «apropiación» es el origen de una tensión específicamente política, que se hace visible en el conflicto entre frentes opuestos. Para Schmitt, mediante la apropiación «se hace patente la consecuencia extrema de la agrupación política según amigos y enemigos».16 El Estado nacional moderno aparece en su discurso como la institución histórica concreta que ha sabido hacerse cargo de esta instancia política. A la deriva economicista del liberalismo la identifica en cambio como una fuerza neutralizadora, que anula la energía política constitutiva del Estado. En este sentido, la crítica marxiana de la economía política, que tiende a recuperar dentro del ámbito económico clásico el presupuesto político de la previa «apropiación de la plusvalía producida por el trabajador por parte del capitalista» y la consiguiente «lucha de clases» dirigida a identificar a los «enemigos» que hay que combatir políticamente, toca un punto neurálgico de la teoría schmittiana. Pero mientras que Marx ha planteado por completo su discurso en el plano material de la economía, relegando el campo institucional al ámbito de la superestructura, Schmitt se centra en el discurso jurídico, negando al ámbito económico el estatuto político que, en términos marxianos, le es propio.

La reflexión schmittiana, problemática en muchos aspectos, es particularmente interesante para las cuestiones que se abordarán más adelante, porque permite plantear de una manera clara, también dentro del discurso marxiano, en qué sentido es posible focalizar en la apropiación un acto político que, en términos de Schmitt, se identifica con la acción ordinativa ligada a la institución del Estado y a la definición, dentro del mismo Estado, del derecho de propiedad.

Y aún más interesante resulta el hecho de que, ya desde principios de la década de 1950, Schmitt no dudara en afrontar el problema del «destino histórico de la apropiación» y del papel de lo «político» en la «época de la unidad del mundo» —en la época, diríamos hoy, de la globalización— cuando el mercado mundial domina sin ningún tipo de oposición, homologando y unificando los diferentes rincones del planeta. En particular, de eso trata en un intercambio epistolar con Alexandre Kojève, uno de los intelectuales más brillantes de la época, funcionario del Ministerio de Comercio francés, y sobre todo autor de la innovadora Introducción a la lecturade Hegel,17 que marcó una época y no solo para los estudios de filosofía política. Su nombre está también unido al tema del «fin de la historia», que se impuso en el debate internacional durante los años inmediatamente posteriores a la caída del muro de Berlín, sobre todo gracias al libro de Francis Fukuyama de 1992.18

Kojève, como pone de manifiesto la correspondencia, recibió del mismo autor el ensayo de 1953, y en el intercambio epistolar con Schmitt afronta directamente el papel de la política y la función de la acción apropiativa en la época del dominio planetario del mercado mundial. Ambos reconocen la crisis del Estado nacional moderno y de su estructura jurídica vinculada al predominio mundial de la economía. Pero, para Schmitt, la «apropiación», sobre la que funda la cuestión del nómos yel ordenamiento jurídico, no está todavía terminada; es decir, desde su punto de vista, continúa siendo un acto originario, constitutivo y ordinativo, sobre el que se fundan las determinaciones jurídicas de la política. Coherentemente con el texto de 1953, reconoce todavía que la apropiación es una premisa «autónoma» indispensable y fundamento de los otros dos aspectos (la «división» y la «producción [apacentamiento]») que, en su manera de hablar, caracterizan la institución política como tal. Según Schmitt, el problema del nómos, de la lucha política en torno al nómos y el poder que se funda sobre este, existe también en la era de la política global, en la época de la «unidad del mundo». Aún más, está convencido de que, «por pequeña que pueda haberse vuelto, nuestra Tierra no constituye todavía una unidad de planificación (Planungs-Einheit)».19 Desde su punto de vista, todavía hay

una oposición a la unidad del mundo […] que hace posible la pluralidad, y con ello una enemistad dotada de sentido (sinnvolle Feindschaft), y que funda la capacidad de la historia […] contra la afirmación [que él imputa a Kojève] de que el ciclo del tiempo ha llegado a su fin.20

Según Schmitt, es cierto que en la época del «gran espacio» la cuestión del poder experimenta profundas transformaciones: en lugar de la política mundial se instaura una especie de «policía mundial» y en lugar de las guerras conocidas hasta ahora se origina una sola «guerra civil mundial». Partiendo de esta convicción, en la carta del 16 de junio de 1955, Kojève se pregunta y a la vez pregunta a Schmitt si

existen todavía Estados(Staaten) en el sentido propio de la palabra, esto es gobiernos(Regierungen) que sean algo distinto de las administraciones(Verwaltungen), y Política(Politik) (es decir, guerra) que sea algo más que policía(Polizei) (Police).21

Una vez convertida en una policía planetaria, la política parece reducirse a simple administración.

Ciertamente —escribe Kojève a Schmitt en la misma carta—, existe todavía un cierto tipo de «política exterior». Pero, por el contrario, no existe ya la política interna: todos quieren lo mismo, es decir, nada; de hecho, están fundamentalmente contentos(zufrieden), si es que no satisfechos(befriedigt).22

De ello está convencido el mismo Schmitt, que en el ensayo de 1953 llega a escribir:

El nivel de vida se eleva cada vez más, la distribución es cada vez más fácil, cada vez menos peligrosa, y la apropiación, al final, se convierte no solo en inmoral, sino también, en un sentido económico, en irracional, en un verdadero contrasentido.23

En la quinta apostilla, insertada en la reedición del ensayo de 1968, añade:

En un ensayo fechado el 18 de enero de 1957, Alexandre Kojève acuñó […] la expresión «capitalismo distribuidor». Pretendía expresar con ello que el capitalismo moderno, tendencialmente ilustrado, cuyo objetivo es aumentar el poder adquisitivo de los trabajadores y el desarrollo industrial de los países subdesarrollados, significa a estas alturas algo sustancialmente distinto del capitalismo solo apropiativo, al que se refería Marx. Pero hay que recordarle a Kojève que nadie es capaz de dar algo que, de un modo u otro, no haya hecho suyo. Solo un Dios que crea el mundo de la nada puede dar sin tomar, y aun solo lo puede en el ámbito del mundo que creó a partir de la nada.24

A pesar de sus críticas a Kojève, Schmitt también acaba admitiendo que en el predominio cada vez mayor de la economía, la humanidad se encuentra ahora en una situación completamente nueva.

La humanidad —escribía en un texto de 1959— ha encontrado finalmente su fórmula, igual que la abeja encuentra su colmena. Las cosas se gobiernan por sí solas; la humanidad se encuentra a sí misma; […] el hombre puede dar sin tomar.25

Hay que notar que en la segunda edición de la Introducción a la lectura de Hegel, Kojève usa palabras muy parecidas en la famosa nota añadida en 1968, en la que se detiene en la descripción del «fin de la historia» paralela al cumplimiento del «Estado universal y homogéneo», que cierra su lectura de la Fenomenología. El final de la historia coincidiría, según él, con el retorno de los seres humanos a un estado animal y con la transformación radical del lenguaje, que se haría así semejante al de las «abejas».26 Con el asentamiento global de la economía, la humanidad aparecería cada vez más satisfecha con lo que posee, como el animal lo está con su entorno.