Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La vida está llena de sorpresas…, pero algunas preferiría evitarlas. Mi plan para estas vacaciones era sencillo: 1) Desconectar y disfrutar con las mejores amigas que una puede tener. 2) Recuperar la confianza que perdí después de que mi libro estuviera en lo más alto de las listas del New York Times. 3) Enviar de una vez algo a mi editora para que dejara de escribirme diecisiete veces al día. 4) Ponerme morena. Cosas que no esperaba que ocurrieran: 1) Convertirme en miembro del mile-high club. 2) Acabar enfrentándome a un aspirante a Hugh Hefner. 3) Verme en una situación de vida o muerte. 4) Y, por supuesto…, enamorarme. Tampoco esperaba que mi final feliz se me escapara de las manos por un retorcido golpe del destino. Pero si algo sé es que he llegado hasta aquí luchando. Y no pienso perder esta batalla.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 412
Veröffentlichungsjahr: 2026
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Devoured by You
Primera edición: febrero de 2026
Copyright © 2023 by Tracie Delaney
© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2026
© de esta edición: 2026, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-15-8
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Freepik
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Querido lector:
No puedo creer que poco más de un año después de que se publicara Cautivada por ti ya estemos con Devorada por ti, el sexto libro de la serie. El tiempo vuela, en serio.
Me he divertido enormemente escribiendo esta novela. Blaize y Jill hacían saltar chispas entre las páginas desde la primera vez que se conocieron, y la cosa va a más después.
Sin embargo, si llevas un tiempo conmigo, ya sabrás que mis personajes no lo suelen tener nada fácil. Me gusta ponerles las cosas difíciles, hacer que se ganen su final feliz. Y esta entrega no es distinta, eso te lo aseguro. ;-)
Espero que disfrutes leyendo Devorada por ti. Me encantaría escuchar tu opinión cuando acabes la lectura. Puedes unirte a mi grupo de Facebook, Tracie’s Racy Aces, y participar en los debates que se abren.
Entre tanto, pasa la página y sumérgete en la sexta entrega de TheKingcaid Billionaires. Disfruta de cada segundo de ella.
Feliz lectura.
Con amor
Tracie
Jill
Guapo y, además, astuto. Menuda casualidad
El éxito era un fenómeno extraño.
La gente ambiciosa como yo luchaba por llegar a la cima, resbalándose, arrastrándose y cayéndose hasta llegar arriba. A veces, acabábamos con la nariz rota o con el ego maltrecho, pero volvíamos a recomponernos y seguíamos, no porque quisiéramos, sino porque teníamos que hacerlo.
Durante mucho tiempo he convivido con la necesidad urgente de llegar a la cúspide de mi carrera porque estaba segura de que, cuando consiguiera el objetivo que me había fijado desde que tenía seis años, la felicidad me estaría esperando con los brazos abiertos. El tesoro que hay al fin del camino, por así decirlo.
En cambio, el síndrome del impostor se convirtió en mi nuevo mejor amigo. Y hasta que no encontrara la manera de librarme de ese cabrón, tenía la horrible sensación de que me quedaría atascada con el peor bloqueo creativo del mundo. Llegar al primer puesto en las listas de ventas del New York Times y el Sunday Times fue mi mayor sueño hecho realidad y, al mismo tiempo, mi peor pesadilla. Me había puesto un listón, pero una idea inquietante me empezó a rondar la cabeza: ¿y si había creado uno de esos fenómenos aislados y todo lo que viniera después era una mierda?
Relegué aquel pensamiento a una esquina de mi mente y me subí a un avión para disfrutar de unas más que merecidas vacaciones con las mejores amigas que se podía desear. Me negaba a dejar que aquellas estremecedoras dudas me impidieran disfrutar de aquel descanso. Lo necesitaba. Con desesperación.
Antes de que el estrés pudiera conmigo.
Una escritora amiga mía se había topado con ese problema unos meses antes. Y todavía no se había recuperado. Yo no quería acabar como ella, agotada e incapaz de escribir ni una sola palabra. Por eso había accedido a hacer aquel viaje. Mis mejores amigas se habían reunido, como las tres brujas de Eastwick, y habían organizado un aquelarre.
Y allí estaba yo, volando a todo lujo por primera vez en mi vida. Me había ganado un premio, y un billete en primera clase de Londres a Miami, donde me reuniría con mis amigas antes de comenzar nuestra aventura de dos semanas, era lo que había elegido.
Se me desencajó la mandíbula al ver aquella cabina exclusiva. Guau. Menudo lujo. Un auxiliar de vuelo vestido con un traje azul marino elegante y una corbata azul y dorada me acompañó hasta mi asiento.
A ver, que podría haberlo encontrado yo solita.
Solo había quince en total.
Supongo que formará parte del paquete.
Pero cuando me preguntó a qué hora me gustaría reservar el baño de primera clase —equipado con una ducha en toda regla, ni más ni menos—, me quedé boquiabierta.
—Mmm… No estoy segura. A ver… —Hice un gesto con la mano—. Cuando sea.
—Como quiera, señorita Rowe.
Me acomodé en el asiento de en medio —prefería no sentarme junto a la ventana— y acepté la copa de champán fresquito que me ofreció otro miembro de la tripulación. Una mujer ocupó el asiento que había a mi derecha. Le sonreí. Ella me respondió con una mirada fría. Vale, la gente de primera clase no era habladora, ya lo pillaba.
Podía ser que aquello no fuera tan divertido como había pensado en un principio. Aunque lo de la ducha… tendría que probarlo, aunque solo fuera para presumir con mis amigas.
Hurgué en mi bolso de viaje en busca de mi última novela. Leí la primera línea y suspiré. Horrorosa.
Puedes hacerlo mucho mejor, Jill.
Pero ¿era verdad? Si era capaz de hacerlo mejor, ¿entonces por qué no lo había hecho? Había trabajado en aquel manuscrito durante seis meses, y seguía siendo un montón de mierda apestosa.
—¿No es buena? —dijo una voz sedosa con acento americano desde el asiento 1a, a mi izquierda. Me giré para responder con una sonrisa cordial en la cara. Aaah. El estómago se me llenó de mariposas.
Qué guapo es.
No supe por qué, pero pensaba que me iba a topar con un hombre de mediana edad y que iba a tener que señalar con educación que no tenía ganas de hablar. Sin embargo, al otro lado del pasillo había un hombre al final de la veintena o principios de la treintena, con un pelo castaño que se ondulaba sobre su camisa blanca y unos ojos del color del jade más fino. Tenía una nariz aguileña perfecta, unos pómulos dignos de un modelo y una mandíbula por la que regalaría aquel asiento con tal de poder morderla aunque fuera una sola vez.
—¿Disculpa?
Señaló mi libro con la barbilla.
—Ah. No. Es terrible. —Y no mentía. Si mi editora veía aquello, me dejaría tirada en menos que canta un gallo.
—¿Entonces por qué lo lees? La vida es demasiado corta para obligarnos a hacer cosas que no nos gustan.
Sonreí con ironía.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Me regaló una sonrisa que mostró todos sus dientes blancos perfectos y sacó de su maleta un portátil de color oro con un emblema que no pude distinguir. Unos segundos después, empezó a teclear. Sus dedos largos y delgados se movían rápidamente sobre el teclado, y frunció el ceño de concentración.
Bueno, pues vale.
A lo mejor es que pensaba que lo había hecho callar con mi respuesta. O quizá me encontrara aburrida.
Ay. Deja de flagelarte, Rowe.
Ya tenía la confianza bastante al límite. No necesitaba ningún empujón que me lanzara a las vías del tren.
Regresé a mi lectura. Todas las palabras me quemaban los ojos. Las frases eran inconexas y simples, con demasiada palabrería en vez de hechos; las descripciones eran engorrosas, carecían de color, y mis personajes eran gilipollas y planos.
¿Qué me había pasado? Solía disfrutar escribiendo, pero cuantos más lectores conseguía, peor me sentía. Hubo un tiempo en que era capaz de escribir diez mil palabras al día, y casi no necesitaban edición. Lo mejor que podía hacer con aquel libro era prenderle fuego y empezar de nuevo. Pero ¿y si no podía? ¿Y si aquella ofensa a la literatura era lo último que escribía?
Dejé caer el libro sobre mi regazo y volví a mirar al guapo desconocido. Había girado su portátil con la pantalla hacia mí. Y lo que me encontré fue… a mí misma, observándome.
Solté un gemido. Menuda biografía más estúpida. También odiaba esa fotografía. Parecía tonta. El fotógrafo había insistido en aquella pose tan estúpida. Dijo que parecía «muy escritora», aunque a saber qué quería decir con eso. Mi editorial había hecho palmas al verla, y, en un visto y no visto, apareció estampada en todas partes.
Pero lo peor de todo era que mi guapo desconocido me había pillado leyendo mi propio libro. Desde su punto de vista, debía de parecerle una imbécil ególatra.
—Ah, sí.
—Guau, una autora. Es impresionante.
—De verdad que no.
—No te restes valor. A millones de personas les encantaría tener el talento y la disciplina necesarios para escribir un libro, y tú ya llevas quince.
Los había contado…
Bueno, eran dieciséis… si contábamos con esa cosa que tenía entre mis manos.
—Gracias —murmuré. El avión comenzó a avanzar por la pista. Odiaba el despegue. Cuando estuviéramos en el aire, todo cambiaría, pero ese primer trayecto…
—A veces ayuda hablar de ello.
Fruncí el ceño y volví a centrarme en el hombre de mi izquierda.
—¿De qué? ¿De que odio el despegue?
Torció los labios.
—No. Aunque también podemos hablar de eso si quieres. Me refería a tu exasperación con tu última novela.
—¿Exasperación? ¿Quién dice que esté exasperada?
—Yo. Has suspirado trece veces en menos de dos minutos. Quizá me equivoque, pero a mí eso me parece exasperación.
Puf. Guapo y, además, astuto. Menuda casualidad.
—Estoy segura de que no te apetece oírme hablar de mis penas, señor…
—Es mejor que tener que adivinarlas yo mismo. —Volvió a lanzarme esa sonrisa perfecta. Madre mía, qué guapo era—. Puedes llamarme Blay. —Me tendió la mano.
Yo alargué la mía a través del pasillo y se la estreché. Tenía la palma caliente, la piel suave, y me la sostuvo durante más tiempo del que se podría considerar normal para tratarse de dos extraños. Un estremecimiento delicioso me recorrió la columna.
—Jill.
—Sí, ya lo sé. —Sonrió todavía más.
Ah, ya. Menudo acosador.
—¿Qué significa la T?
—¿Cómo?
—El nombre de la autora inglesa Jillian Rowe es J. T. Rowe —repitió mi biografía—. ¿De dónde viene la T?
—Ah, no te lo voy a contar. Las chicas debemos tener nuestros secretos.
—Seguro que es Tilly.
Me eché a reír por lo bajo.
—Jillian Tilly Rowe. Ni siquiera mis padres podrían ser tan crueles. —Hice una mueca. La última vez que había hablado con ellos fue cuando descubrieron que era escritora de novela romántica. Mi madre, que era muy beata, lo había llamado «porno». Y me había dado un ultimátum: que dejara de escribir esas «porquerías obscenas» o que me olvidara de mi relación con ellos. Y yo elegí a mis personajes. No solían decepcionarme, a diferencia de mis padres. Y tampoco juzgaban todas mis decisiones.
O bien Blay no notó mi cambio de expresión o prefirió no hurgar en ello.
—Jilly Tilly Rowe —se limitó a decir, riéndose a gusto de su propia broma.
—Búrlate de mí todo cuanto quieras. Nunca te lo contaré.
—Pues entonces no te queda otra: para mí siempre serás Tilly.
Arqueé una ceja.
—¿Siempre? Querrás decir durante las próximas nueve horas que dura el viaje hasta Miami, porque después nunca más nos volveremos a ver.
—¿Te has dado cuenta de que ya hemos despegado?
Pues no. Por primera vez en la vida, había superado esa fase sin aferrarme a los reposabrazos.
—Guau, tú sí que sabes hacer milagros.
Se puso una mano sobre el estómago y fingió hacer una reverencia.
—Es uno de mis diversos talentos.
—¿A qué te dedicas?
Se encogió de hombros.
—A esto y aquello.
—Ah, un hombre misterioso.
—Como estamos en un vuelo de Londres a Miami, creo que deberías llamarme «hombre misterioso internacional», ¿no crees?
Arrugué la nariz.
—Como Austin Powers.
—No tengo sus dientes para imitarlo.
—Ni el traje de terciopelo.
Se pasó una mano por la manga de la chaqueta.
—¿Era de terciopelo o de ante?
Me encogí de hombros.
—«Potayto, potahto».
—Esa es una expresión muy americana para ser inglesa.
—Es que escribo sobre personajes americanos principalmente.
—¿Y por qué?
—Porque América es un continente muy diverso. Me brinda muchas oportunidades. Puedo escribir sobre vaqueros, o sobre tipos de Wall Street, o sobre playboys de Hollywood, o sobre magnates del petróleo en Texas.
—¿Y lo has hecho?
—No. Escribo dark romance que podría suceder en casi cualquier parte del mundo. Me encantan los buenos secuestros.
La expresión le cambió y me recorrió con la mirada. Fue una apreciación lenta que hizo que me cosquillearan las puntas de los dedos de las manos y de los pies y que el estómago me rebotara varias veces.
—¿Es una invitación? —murmuró.
Me lamí el labio inferior, atrayendo su mirada hacia mi boca. No era experta en flirteo, pero tampoco se me daba fatal. Un poco de frivolidad durante un vuelo que podría resultar muy aburrido haría que el tiempo pasara más rápido. Los dos éramos adultos. Y estábamos solteros.
¿No?
Eché un vistazo a su mano izquierda. No había anillo.
—¿Estás pillado?
Sonrió con suficiencia.
—¿Es ese el tipo de lenguaje que usas en tus novelas?
—A veces. Depende del personaje.
—No. No estoy pillado. —Volvió a darme otro repaso con la mirada—. ¿Te parece bien mi respuesta?
Sentí que se me hacía un nudo en el estómago. Si mis dotes de flirteo eran pasables, se podría decir que las de Blay estaban en otra liga por completo.
Me aclaré la garganta y me quité una pelusa invisible de la manga de mi camisa.
—No me ha parecido mal.
Las pupilas se le dilataron y me estudió con más detenimiento, como buscando la respuesta a una pregunta tácita. Y la respuesta, por cierto, era un sí enorme.
—Me alegro mucho de haber cogido este vuelo, Tilly.
Quizá terminara adorando aquel apodo.
—Y yo también.
Blaize
Sigo esperando el remate
Aquel viaje estaba resultando ser una sorpresa de lo más agradable.
Pensaba que iba a ser uno de esos vuelos comerciales largos y aburridos a Miami —que me había tocado porque mi padre necesitaba el jet privado de la empresa— sin nada más con que entretenerme que aquella sensación de aprensión que crecía como una mala hierba. Sin embargo, Cupido me había lanzado un salvavidas, una distracción que necesitaba con desesperación para quitarme de la cabeza la inauguración del crucero.
Jill, alias Tilly, Rowe era toda una delicia. Era una belleza de ojos color avellana y pelo castaño oscuro que le rozaba los hombros, con pómulos altos y orgullosos, labios perfectos y un cuerpo capaz de convencer a cualquier hombre heterosexual de que diera todo su dinero solo por tocarlo.
Y estaba sentada justo al otro lado del pasillo. Menuda suerte la mía.
—Bueno, pues entonces, vamos. Cuéntame cuál es el problema con este libro. Hablar de ello con un extraño que no sabe nada de novelas románticas podría ser de ayuda.
Arrugó la nariz como si hubiera olido algo malo. Ah. No estaba segura de que pudiera ayudarla en nada.
Solté una risita.
—Te prometo que no soy uno de esos cabrones que creen que las novelas románticas son solo chorradas, ni porno para madres ni otros innumerables desprecios misóginos que se llevan las mujeres a quienes les encanta la idea del amor y los finales felices. —Le hice un gesto—. ¿Qué daño puede hacer?
Se masajeó las sienes.
—Es complicado. No sé por dónde empezar.
—A mí me suele funcionar empezar por el principio. —Acepté la copa de champán que me ofreció el auxiliar. Jill prefirió un zumo de naranja.
—Eres un tipo gracioso.
—Eso intento.
Le dio un trago a su bebida.
—Siempre me ha encantado leer. Empecé a escribir cuentos en el instituto, pero hasta que no llegué a la universidad no me atreví a soñar que podría convertirlo en un trabajo a jornada completa. Autopubliqué mi primera novela un año después de graduarme, y seguí publicando, otras catorce. Me iba bien, ganaba más que suficiente y era feliz. Entonces, un lector hizo un TikTok sobre mi último libro que se hizo viral, y luego todo cambió.
—¿En qué sentido?
—Una de las mejores editoriales del mundo se puso en contacto conmigo. Querían hacerle una portada nueva a la novela y llevarla a todas las librerías del mundo. La idea de ver a mi precioso bebé en las estanterías me daba mucha ilusión, y firmé un contrato para cinco entregas. Mantuvieron sus promesas. Volvieron a publicar mi libro y llegó al número uno en las listas de ventas del New York Times y el Sunday Times una semana después de salir a la luz, y permaneció en las listas durante seis meses después.
—¿Y eso no es bueno?
—Sí y no. A ver, es un sueño hecho realidad saber cuánta gente ha leído y sigue disfrutando de mis libros. Por eso hago este trabajo, la verdad. Por los lectores. Ellos son quienes importan. Al final, ellos son quienes deciden si algo es bueno o malo, y yo tengo algunos de los mejores lectores del mundo.
A mí todo me parecía de maravilla hasta el momento.
—Estoy esperando el remate.
Me ofreció una sonrisa leve y tensa.
—Mi editorial quería que escribiera una secuela sobre el mismo mundo, con la misma pareja, y ahí es donde empezaron los problemas.
Le dio otro trago al zumo y se quedó mirando al infinito. No la interrumpí; decidí aprovechar la pausa en la conversación para estudiar su perfil. Jillian Rowe era mi tipo: atractiva, inteligente, económicamente autosuficiente, una conversadora excepcional.
Y con un cuerpo hecho para follar.
Se me calentó el paquete. El inminente viaje inaugural del último transatlántico de Kingcaid —el más grande del mundo— había absorbido todo mi tiempo últimamente, y el sexo había ocupado el asiento trasero. Como la mayoría de los tipos de mi edad, pensaba en el sexo al menos cien veces al día, probablemente más. Y estar sentado junto a una mujer que llenaba todas las casillas de mi lista me había puesto a cien.
—… y el editor quiere los tres primeros capítulos, y son horribles. Completamente horribles.
Joder. Me había perdido la mitad de la conversación.
Céntrate, imbécil. Te has ofrecido a escuchar, así que hazlo de una puñetera vez.
—¿Por qué crees que son horribles?
Meneó la cabeza.
—Los personajes son planos, la estructura de las frases es terrible, no enganchan, y hay demasiada palabrería y pocos hechos. Todo parece muy forzado. Y lo peor de todo es que no sé cómo arreglarlo. —Cogió el libro, lo hojeó y luego volvió a meterlo en su bolso de viaje.
—Pensaba que las editoriales solo publicaban en papel cuando estaba acabado el libro.
—Sí, así es. Pero yo siempre me imprimo un ejemplar para mí. He seguido el mismo proceso desde que empecé a publicar. Me ayuda a ver los problemas con mucha más facilidad que leyendo en mi ordenador o en un lector de libros electrónicos. Y, además, así puedo hacer notas en los márgenes. —Volvió a suspirar con fuerza—. No puedo enviar esta mierda.
—A lo mejor podría aconsejarte. ¿No es eso lo que hacen los editores? ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Se rio con amargura.
—Mi editorial podría abandonarme como cliente, eso es lo que podría pasar. Aunque a lo mejor no sería tan malo. Desde que firmé aquel maldito contrato no he podido escribir una mierda. —Se frotó la nuca con la mano—. O mejor dicho: que me abandonen sería lo peor que podría pasar.
—¿Por qué? Antes tenías éxito. Podrás conseguirlo otra vez.
En cuanto aquellas palabras surgieron de mi boca, supe que me había equivocado al decirlas. Frunció los labios y empezó a menear el pie.
—No funciona así. Si mi editorial me abandona después de publicar un solo libro, destrozaré mi reputación. Nadie me volverá a tomar en serio nunca más. —Se tironeó del lóbulo de la oreja—. No espero que lo entiendas. Seguro que todo lo que tocas tiene éxito. ¿Cuándo fue la última vez que perdiste la confianza o que sufriste un brote del síndrome del impostor?
—Esta mañana.
Arqueó las cejas, sorprendida.
—¿En serio? Me pareces de esos que irradian seguridad en sí mismos.
—Todos practicamos ese mismo juego, Tilly. Algunos lo hacen mejor que otros, pero la mayoría de la gente suele sufrir algún que otro hachazo a su confianza. Lo que importa es cómo reaccionas a ello.
—¿Y cómo reaccionaste tú?
—Me dije a mí mismo que todo pasaría, y que el día mejoraría. —La recorrí con la mirada, dejando bien claras mis intenciones—. Y lo ha hecho. De lo lindo.
Se le sonrojaron las mejillas y hundió la barbilla en el pecho. Adorable.
—Ojalá mis dudas también se desvanecieran.
—Lo harán.
—¿Cuándo?
—Encontrar una distracción placentera suele ayudar. —Arqueé las cejas varias veces.
Ella se echó a reír.
—Supongo que te presentas voluntario.
—¿Que me presento? Ay, Tilly, ya he conseguido el puesto.
—Deduzco que tu momento de desconfianza no tenía nada que ver con las mujeres.
—Exacto.
El auxiliar se agachó junto al asiento de Jill.
—¿Qué le traigo, señorita Rowe?
—Ah, no lo he mirado todavía. —Miró a su alrededor, algo perdida—. ¿Qué opciones tengo?
Ay. Así que no es veterana en primera clase.
—Puedo recomendarte el filete —dije—. Es lo que voy a tomar yo, y suele estar bueno. O el salmón, si no te gusta la carne roja. No puedo darte opinión sobre la opción vegetariana, pero si no te gusta ninguna, seguro que te preparan otra cosa. Si tienen los ingredientes a bordo, claro.
Abrió la boca y luego la cerró. Consiguió hablar a la segunda.
—El salmón, por favor.
—Buena elección —afirmé.
El auxiliar anotó su elección y la mía y poco después regresó con la comida.
—¿Te gustaría acompañarme? —Señalé el asiento que había vacío enfrente de mí.
—O podrías venir tú conmigo.
Me reí y me levanté. Me gustaba esa mujer. Un montón.
—Lo que la dama desee.
El auxiliar preparó la mesa para dos, me senté y agité mi servilleta. Jill agachó la cabeza y olfateó la comida.
—Huele genial.
—No es gourmet, pero es aceptable.
—¿Aceptable? —Arrugó la nariz—. Supongo que nunca has viajado en turista.
Me eché a reír y negué con la cabeza.
—Culpable de todos los cargos.
Corté el filete. Poco hecho, justo como lo había pedido antes de embarcar.
—Yo nunca había viajado en primera clase —confesó—. Ha sido un capricho que me he dado por conseguir el número uno en ventas.
—Es importante celebrar nuestros éxitos.
—Sigo trabajando en ello.
Sonreí.
—Yo también.
Tardamos un buen rato en acabar la comida porque no dejábamos de hablar. Jill Rowe no solo era guapa, inteligente y una compañía genial, sino que además tenía ese humor cargado de sarcasmo que tan bien dominaban los británicos.
Observé su cara mientras se reclinaba en su asiento y soltaba un suspiro de satisfacción al tiempo que se frotaba el estómago. Me pilló mirándola. El aire crepitó entre los dos. El cambio en el ambiente ahora que habíamos comido era indiscutible.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó, con voz ronca.
Le cogí la mano y la acerqué a mi lado de la mesa. Le di la vuelta y acaricié las líneas de la palma de su mano.
—Mi abuela lee la mano.
—¿De verdad? —Su voz bajó otra octava.
—Sí. Aprendí un par de cosas de ella. —Le dibujé un ocho sobre la piel. Tenía las manos pequeñas y las uñas pintadas de rosa pálido. Se verían genial agarrándome la polla.
—¿Como qué? —Me lanzó una mirada furtiva y luego volvió a mirarse la mano. Sacó la lengua para humedecerse los labios.
El coqueteo. Una cura maravillosa para el alma.
—Bien, ¿ves esta línea de aquí? —Seguí la trayectoria hacia dentro, empezando por la punta de su dedo corazón—. Es la del destino. No todo el mundo la tiene.
—Entonces, ¿soy especial?
Torcí los labios.
—Sí que lo eres, Tilly.
—¿Qué más significa?
—A ver, es muy profunda, así que quiere decir que te controla mucho el destino. Eres propensa a meterte de cabeza en circunstancias fatales. —La miré. Podía perderme en aquellos ojos—. Como, por ejemplo, conocer a un extraño atractivo en un avión.
Volvió a lamerse los labios. Me ardió el paquete. Esa lengua también tendría muy buen aspecto sobre mi polla.
—¿Estás…?
—¿Señorita Rowe?
Le lancé una mirada fulminante al auxiliar que se había agachado junto a su asiento.
¿Es que no captas la situación, tío?
Ella dejó de mirarme para girarse hacia él. A lo mejor hacía que lo despidieran.
—¿Sí?
—El cuarto de baño ya está disponible para usted.
—Ah. —Le sonrió de nuevo—. Gracias.
Apartó su mano de la mía y me dedicó otra sonrisa. Pero no era igual que la que le había ofrecido a él: la de él había sido educada, la mía, cargada de deseo.
—No tardaré mucho.
Cuando se levantó, le agarré la muñeca.
—Eh, Jill.
—¿Sí?
—No eches el cerrojo.
Jill
¿Sexo en el baño de primera clase? Nunca pensé que me ocurriría a mí
«No eches el cerrojo a la puerta».
Las piernas me temblaban durante el breve trayecto al baño, que estaba en la parte trasera de la sección de primera clase. Entré y apoyé la frente contra la puerta. Tenía que tomar una decisión, y podía quedarme allí todo el día y fingir que estaba sopesando la situación, pero habría sido una gran mentira.
Solo tenía un opción. Una de las mejores distracciones. Si dejaba la puerta abierta, entonces me bajaría de aquel avión en Miami siendo miembro exclusivo del club de las alturas. Aunque tampoco es que se tratara de un club, ni que yo pensara que lo fuera. Bueno, a lo mejor sí que lo era, de esos con asambleas frecuentes en los que todos los socios se sientan para beber champán caro y presumir ante los otros miembros de cómo habían conseguido unirse.
Se te está yendo la olla.
El corazón me latía demasiado deprisa y se saltaba algún latido que otro, con lo que me sentía un tanto mareada. Miré el asa de la puerta. ¿Cuánto tiempo tardaría en girarse? ¿Cuánto tiempo se debía esperar en estas situaciones?
Madre mía, Jill.
Me había prometido a mí misma que me soltaría la melena en aquel viaje, que haría cosas que no había hecho nunca. Pero pensaba que serían cosas como lanzarme en tirolina por la selva, o conducir un quad sobre dunas de arena o practicar el esquí acuático.
Acostarme con un extraño que leía la mano, que sabía escuchar mucho mejor que la mayoría de los hombres y que ganaría la medalla olímpica en la categoría de flirteo ni siquiera se me había pasado por la cabeza. ¿Cómo me lo iba a imaginar?
Podía cerrar la puerta, meterme en la ducha y volver a mi asiento para darle las gracias educadamente por su oferta y explicarle que yo no era de ese tipo de chicas.
Pero quería serlo. Quería ser atrevida, conseguir una historia que pudiera usar algún día en una novela. El rollo de una noche era un tema candente, y lo lógico era escribir sobre lo que uno mismo había experimentado. Aunque siempre pensé que eso era una idea ridícula. Si solo escribíamos sobre lo que sabíamos, ¿entonces cómo iban a existir las novelas de romance paranormal? ¿O las de ciencia ficción? ¿O las históricas?
Me acerqué al lavabo y me quedé mirando mi reflejo en el espejo iluminado. Si iba a follar en ese avión, al menos no lo haría en clase turista.
Imagínate montártelo en este espacio tan diminuto. Uno de los dos tendría que sentarse en el váter. Seguramente él. Así, yo podría…
La puerta se abrió. Blay entró y cerró al pasar.
Joder.
Joder, joder, joder.
El corazón me dio un vuelco. Su mirada ardiente se cruzó con la mía en el espejo.
—No sabía si la encontraría cerrada.
Me lamí los labios y me tragué el nudo que se me había hecho en la garganta y que parecía una piedra. A lo mejor tenía alergia a los cacahuetes y, en cualquier momento, me caía redonda al suelo. La tripulación de cabina nos encontraría a los dos allí dentro y sabría lo que estábamos a punto de hacer.
No tienes alergia a los cacahuetes. Cálmate.
Se acercó, acechante. Literalmente, acechante. Cambié de postura.
—No. Quédate donde estás.
Me aferré al lavabo. Era la única manera de mantenerme en pie. Me temblaban los muslos. Sus manos enormes me agarraron las caderas. Respiré por la nariz y capté el aroma a colonia cara y a masculinidad almizclada. El clítoris me pulsó, y sentí un ardor entre las piernas. Me apartó el pelo y me recorrió el cuello con la nariz.
—Hueles a pecado. —Inspiró con profundidad—. Justo como a mí me gustan las chicas.
—¿Has hecho esto antes? —Mi voz sonó entrecortada, como una actriz de las películas de los años treinta.
—En un vuelo comercial no.
—¿Has volado en aviones privados?
La risa reverberó en su pecho.
—Tengo un avión privado.
—Entonces, ¿por qué no vuelas en él?
Me rozó la oreja con la nariz.
—Mi padre lo necesitaba. —Sus manos me acunaron los pechos y se enfocaron en mis pezones, como si pudiera ver a través de mi blusa y el sujetador—. Y una suerte para mí que así fuera.
Me hizo girar y su boca se apoderó de la mía. Solté un jadeo de sorpresa. Me aferré a sus hombros en busca de apoyo. En solo un instante, lo tenía por todas partes. Sus manos, su cuerpo, su boca, su lengua. Y todo era delicioso. Demasiado. Mis preocupaciones se esfumaron, aplastadas con un solo beso de un hombre que dominaba el arte de besar. O eso parecía, porque era perfecto.
Me metió las manos por debajo de la blusa y me soltó el sujetador. Las dos prendas acabaron en torno a mi cuello, y me succionó un pezón con una mezcla de urgencia y languidez. Aquello no tenía mucho sentido, pero mi cerebro había dejado de producir pensamientos lógicos desde el momento en que empezó a besarme.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —gemí cuando me mordió el pezón y luego lo calmó con la lengua.
—Ni de coña el suficiente —gruñó—. Pero merecerá la pena. Te lo prometo.
Mi falda cayó al suelo. Me metió los pulgares en las bragas y me las bajó. Me quité la blusa por la cabeza y la tiré a un lado. El sujetador siguió el mismo camino.
—Solucionemos este desequilibro de poderes. —Le tiré de la corbata mientras él se desprendía de la chaqueta. Mis dedos le desabotonaron la camisa con torpeza. Tanto que al final se la quitó él mismo, para desvelar una piel bronceada sobre un fecho firme, hombros y brazos definidos y una tableta de chocolate deliciosa.
Sus pantalones y calzoncillos se unieron a mi montón de ropa en el suelo. Me detuve un instante para memorizar su aspecto, aquella cara atractiva, su cuerpo musculoso y su miembro grueso. Menudo protagonista de novela romántica sería. Deseé haberme llevado el móvil para poder echarle una foto, pero tendría que bastarme con el recuerdo.
—¿Vas a incluir esto en un libro? —Sonrió con satisfacción.
—¿Me lees la mente, igual que la mano?
—La verdad es que sí. —Me recorrió la cadera con la mano y se detuvo en mi culo. Su mirada se centró en mis tetas—. Quiero un ejemplar firmado.
Volvió a besarme y no me dejó responder. Empezó a caminar hacia atrás y me llevó con él. Solté un chillido al sentir el agua gélida sobre mí, empapándonos a los dos.
—Qué fría.
—Yo te mantendré caliente.
Mi espalda chocó contra la pared. Me agarró del pelo, me lo apartó a un lado y expuso mi cuello a sus labios, su lengua, sus dientes. Dios, era salvaje, y quería más. Enredé las manos en su pelo y emulé su ferocidad. Me mordió con más fuerza, como si el dolor de tirarle de las raíces del pelo lo hubiera estimulado más. Me hizo girar y me presionó la mejilla contra los azulejos.
—Ni se te ocurra moverte.
La calidez de su cuerpo me abandonó. Me arriesgué a mirar por encima del hombro. Recogió su chaqueta, metió la mano en el bolsillo y sacó un condón.
Me eché a reír.
—¿Tenías pensado seducir a una extraña en este vuelo?
—No. Pero es mejor ir preparado.
Dejó el preservativo encima del gel de ducha, y su cuerpo volvió a cubrir el mío. Sus manos me tocaban, me apretaban, me pellizcaban por todas partes. Estiré el brazo. Había llegado el momento de experimentar por mí misma. En menos de un segundo, me agarró las muñecas y me las sujetó por encima de la cabeza.
—Yo estoy al mando, Tilly. Me tocarás cuando yo te diga que puedes hacerlo.
Cada uno de los músculos que tenía al sur de mi ombligo se contrajo al mismo tiempo. Mis encuentros sexuales solían ser más igualitarios. Nunca antes había asumido el control el hombre hasta el punto en que lo estaba haciendo Blay.
Y me encantaba.
Sí. Aquello iba a ir derechito a un puñetero libro. Quizá tuviera que cambiar de género y escribir erótica bajo un nuevo seudónimo.
Su pulgar me acarició el ano. Me tensé. Ese sí que era un agujero que ningún hombre iba a penetrar.
—¿Eres virgen por el culo?
Asentí.
Su dedo desapareció. No sé si lo que sentí fue alivio o decepción. Puede que un poco de las dos cosas.
—Abre las piernas.
Las separé.
—Más.
—Si las abro más voy a hacer un spagat. Y todo acabará en desastre, créeme.
Una risa ronca le resonó en el pecho.
—Joder, menos mal que mi padre se ha llevado el jet privado.
Sentí que se me henchía el pecho. Cuando le di la tarjeta de crédito al agente de viajes que me reservó el vuelo, pensé que era una extravagancia exorbitante. Ahora pensaba que quizá fueran los mejores diez mil dólares que me había gastado en la vida. Sería un recuerdo que conservaría para siempre.
Él deslizó la mano entre la pared y yo y me introdujo dos dedos, masajeándome con suavidad desde dentro. No me los metió como si estuviera rellenando un pollo. Solté un gemido. Ese hombre podía dar clases de cómo llevar el cuerpo de una mujer al borde de la locura.
—¿Te gusta?
—Dios, sí. —Me frotó el clítoris con el pulgar. Jadeé—. Seguro que tocas la guitarra.
Él se rio.
—De niño sí.
—Lo sabía.
Me mordisqueó el hombro.
—Eres increíble. ¿Cómo es que estás soltera?
—Estoy casada con mi trabajo.
—Lo mismo digo, Tilly. Lo mismo digo.
Sentí que su pene empujaba entre mis glúteos. Me puse rígida. Si la idea de tener un dedo en aquella zona no me entusiasmaba demasiado, un pene enorme era un «no» rotundo.
—Relájate. No te voy a arrebatar la virginidad por el culo. —Apartó los dedos y me dio la vuelta para que lo mirara—. ¿Mejor?
—No soy una mojigata.
Sonrió de oreja a oreja.
—Yo diría que ese barco ya ha zarpado.
—Tienes razón, muy bien dicho.
Cogió el condón.
—Por mucho que me apetezca pasarme horas jugando con tu cuerpo, tenemos el tiempo justo. Y me fastidia. —Desgarró el sobre, sacó el condón y me lo dio—. Colócalo.
Bajé la mirada.
—No tengo el apéndice adecuado.
Se echó a reír otra vez.
—Sí. Increíble.
Sonriendo, pellizqué la punta del condón y se lo deslicé por la erección.
—Mira, te está justito.
Me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás.
—No voy a olvidarte en la puñetera vida.
Antes de darme tiempo a responder, me ensartó. Solté un siseo ante la sorpresa, pero entonces se movió y ya estuve perdida. Nuestros dientes chocaron, nuestras lenguas lucharon y nuestros cuerpos se movieron en un baile fluido. Me levantó y se enganchó mis piernas a las caderas. El sonido del agua al correr ahogó mis jadeos de placer mientras mi perfecto extraño me penetraba. Una emoción salvaje me recorrió el cuerpo. Aquello era obsceno, crudo, prohibido. Sus labios magullaron los míos mientras empujaba cada vez más fuerte. Gemí. Aquel placer era casi imposible de soportar.
—Córrete, Tilly. Joder, córrete.
Cambió de ángulo, y su pelvis me rozó el clítoris.
—Así —gimoteé—, justo ahí.
Volvió a hacerlo, y me desarmé, subí, caí, pero en vez de chocarme contra el suelo, me quedé flotando sobre una nube de pura carnalidad. Blay gruñó, empujó dos veces más, se quedó quieto y luego emitió un suspiro de satisfacción. Segundos después, me bajó al suelo. Salió de mi interior, se quitó el condón y lo enrolló en papel higiénico antes de tirarlo a la papelera. Yo cogí una toalla y me la envolví en el cuerpo.
—Lo sabrán, ¿verdad? —Señalé con la barbilla hacia la puerta.
Él asintió.
—¿Te preocupa?
—No. Probablemente debería, pero no.
—Bien. —Me acercó a él y me besó con fuerza—. Nunca más volverás a verlos, así que… ¿qué más da?
Tampoco volvería a ver a Blay nunca más. Y la desolación que se abrió camino entre mis entrañas fue lo más aterrador de todo.
Blaize
Por suerte para mí, la naturaleza me ha bendecido con una imaginación muy vívida
El Aeropuerto Internacional de Miami estaba repleto de turistas, la mayoría de los cuales trastabillaba de aquí para allá sin saber muy bien adónde ir. Los niños chillaban de aquella manera ensordecedora que tan bien se les da y que hace que los viajeros sin hijos pongan mala cara y miren furiosos a los padres, que, en su mayor parte, son incapaces de conseguir que sus pequeñas criaturitas dejen de emitir aquel maldito sonido. Aunque ellos tampoco debían de estar disfrutando demasiado, la verdad. Pero yo sí tenía una vía de escape.
—¿Cómo es tu maleta? —le pregunté a Jill mientras bajaba mi bolsa de cuero marrón del carrusel.
—Mmm… Son dos. De color rosa, enormes y pesadas. —Miró la mía—. ¿Solo llevas eso?
—Viajo ligero.
—Y que lo digas. —Señaló dos maletas enormes de color rosa chillón que se acercaban lentamente hacia nosotros—. Esas son las mías.
—Ah, te gusta viajar de incógnito, ¿eh? —Sonreí.
—Tengo que decirte que están a la última moda.
—Tendré que aceptar tu palabra. —Extendí un brazo cuando ella se adelantó para cogerlas—. Permíteme.
—¿Eres así de caballeroso con todas tus conquistas en las alturas?
Saqué la primera maleta de la cinta.
—Madre del amor hermoso, ¿qué tienes aquí dentro?
Ella se encogió de hombros.
—Zapatos, ropa, chocolate para emergencias.
La segunda maleta pesaba todavía más que la primera.
—¿Y aquí? —Resoplé al dejarla al lado de la primera.
—Mis vibradores.
Contuve una carcajada y me lamí el labio inferior.
—Menuda lástima que no te los echaras en el equipaje de mano.
—Sí. Una terrible tragedia. —Me recorrió con la mirada y se mordisqueó la esquina del labio—. ¿Qué habrías hecho si los hubiera llevado?
La polla se me volvió a despertar. Aquella mujer podía obligarme a romper mi regla fundamental de no repetir una segunda vez con la misma. Nunca lo hacía, pero, joder, Tilly me estaba tentando.
—Lo dejaré a tu imaginación.
¿Era una expresión de decepción la que cruzó su cara? Miré mi reloj. Mierda. Aunque me tentara, no tenía tiempo.
—¿Puedo llevarte a alguna parte? —A lo mejor podíamos hacerlo en la parte trasera del coche.
—Voy con mis amigas. Pero gracias.
—Ah. —Ahora era yo quien se sentía decepcionado—. Bueno, al menos deja que te las lleve fuera. —Me eché mi bolso sobre el hombro y extendí el asa de sus maletas.
—¿Estás seguro?
—Pues claro. Te enviaré las facturas médicas si me da una hernia.
—Eres todo corazón —contestó, jocosa.
Una sonrisa me tironeó en los labios. Iba a echar de menos a aquella mujer más de lo que debía, para tratarse de alguien a quien acababa de conocer solo nueve horas antes. Arrastré el colosal equipaje al área de llegadas, y, por primera vez en mi vida, no se me ocurrió nada interesante que decir. Tendría que dejar que el sexo hablara por mí.
Extendí la mano.
—Ha sido un placer conocerte, Jilly Tilly Rowe.
Cuando su mano tocó la mía, sentí el impulso de invitarla a cenar aquella misma noche. Pero entonces recordé que yo ya tenía planes con un socio, por no mencionar que así me cargaría de un solo hachazo la regla de las segundas veces.
—Y yo a ti, Blay Sin Apellido.
—Ah. El hombre misterioso internacional, ¿recuerdas?
Su mirada se enterneció, se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla.
—Nunca lo olvidaré.
La calidez de sus labios siguió acompañándome durante todo el camino al puerto de Miami. La nueva incorporación de Kingcaid al imperio de cruceros se cernía majestuoso sobre el resto de barcos que había en el muelle. Sentí un nudo en el estómago: ahora que la compañía femenina había desaparecido y no podía aplastarlas, mis preocupaciones habituales volvían a asumir el poder.
Mil quinientos millones de dólares de la fortuna de mi familia dependían del éxito de aquella empresa. Los cruceros eran un negocio despiadado e implacable. Había montones de personajes vip que habían reservado aquel viaje, la más famosa de ellos, Scarlett Rose, una estrella de Hollywood de primera que hacía poco se había «divorciado» de su mánager de toda la vida y había montado todo un espectáculo en la prensa. Tan solo Scarlett ya contaba con setenta millones de seguidores en las redes sociales, y su influencia se extendía por doquier. Si no estaba contenta con un único aspecto del servicio ofrecido, podría hundir aquel negocio con un solo post incisivo antes de que le diera tiempo siquiera a volver a puerto.
Y por si fuera poco estrés, de todos era sabido que Scarlett era un verdadero grano en el culo, aunque sus millones de fans no conocían a la verdadera mujer que había tras su fachada pública.
Todos los contratos que había firmado desde el momento en que ideé aquel proyecto me habían provocado insomnio y dolores en el pecho. Tenía que salir bien. De no ser así… No podía soportar que aquel pensamiento arraigara en mi mente. Prefería tirarme por la borda antes de decepcionar a mi padre.
A veces deseaba no haberle presentado nunca aquella idea a la junta. En ese momento me encontré con mucha resistencia, e incluso mi padre me advirtió que no me precipitara. Pero yo había seguido luchando, y cuando llegamos a un empate y yo tenía el voto decisivo, aprobé la moción. La exuberancia de mi juventud y la fe de mi padre en que yo podía dirigir una empresa que él había creado desde cero me habían hecho seguir adelante.
Ahora que lo pensaba, y visto con perspectiva, en realidad había sido idiota. La mayoría de proyectos de ese tamaño tenían problemas. Algo tan grande nunca iba de maravilla, y cuanto más nos acercábamos al viaje inaugural, los obstáculos se iban multiplicando y mi firme seguridad anterior en mis capacidades empezaba a flaquear.
En el mundo empresarial hay un concepto llamado el «Principio de Peter», que dice que dentro de una jerarquía la gente asciende hasta su nivel de incompetencia. O sea, que si te esfuerzas mucho, si llegas cada vez más alto, al final te pasas de la raya y fracasas de lo lindo.
¿Y si aquel proyecto se escapaba a mis capacidades? ¿Y si a mí, o a alguien de mi equipo, habíamos pasado por alto un elemento crucial? Como yo era el director general, era el último responsable, así que aunque alguno de mi equipo la cagara, yo cargaría con toda la culpa. Sería yo quien provocara mala reputación a la familia si algo iba mal o si las encuestas de satisfacción de los clientes no llegaban al objetivo previsto del noventa y cinco por ciento o más.
Mi mayor temor era decepcionar a mi padre y que él pensara que había cometido un error al colocarme al mando de un negocio tan grande, uno de los pilares de la marca Kingcaid Vacations. Hasta la fecha había cumplido con sus expectativas, pero lo único que había hecho era asumir las riendas de una empresa de éxito que contaba con una junta directiva consolidada. Pero aquel crucero era mi propia creación, mi bebé, y tanto mi reputación como la de mi familia dependían de su éxito.
Aunque el coche tenía aire acondicionado, el sudor me empapaba la espalda de la camisa y sentía un cosquilleo en el pecho.
Respira.
Todo iría bien. Tenía que ser así.
Salí del coche al llegar a la zona de recepción de navegantes vip. John Simmonds, el capitán del barco, se acercó al verme cruzar las puertas deslizantes. Su enorme sonrisa debería haberme calmado, pero ejerció el efecto opuesto. Seguramente, John pensaba que había ganado la maldita lotería al conseguir aquel trabajo. Un barco completamente nuevo, con toda la parafernalia de la tecnología moderna, debía de ser la fantasía erótica de cualquier marinero. Él no cargaba con el objetivo de los mil quinientos millones de dólares a la espalda.
Era yo el maldito desafortunado que llevaba esa etiqueta.
—John. —Le estreché la mano que me había ofrecido, rezumando la confianza esperada del director general de la empresa—. Nos quedan cuarenta y ocho horas para zarpar. ¿Qué pinta tiene?
—Hay un par de cosillas que me gustaría comentar contigo.
Y los golpes no paran de llegar.
—¿Como cuáles?
John ladeó la cabeza.
—Vamos, demos una vuelta.
Había recorrido el barco muchas veces y observado con fascinación cómo se transformaba durante las distintas etapas hasta alcanzar el resultado final opulento que yo había imaginado. El comité ejecutivo había revisado cada mínimo detalle, afinando y modificando cosas hasta que, entre todos juntos, decidimos que habíamos creado un barco majestuoso.
Serenity, una embarcación solo para adultos, tenía veinte cubiertas y capacidad para ocho mil pasajeros y cuatro mil miembros de la tripulación. Había treinta restaurantes gourmet a bordo y once bares temáticos. Cada noche se ofrecían tres musicales de Broadway en salas a reventar. En cuanto a las cabinas, contaba con doce áticos de lujo y tres cubiertas de alojamientos vip a las que había llamado «las Suites Royalty Kingcaid». Disponíamos de dos piscinas, un gimnasio enorme con spa y una terraza solo para vips con camas balinesas personales, un bar y restaurante con estrella Michelin disponible.
Cuatro años y medio de duro trabajo me habían llevado hasta donde estaba, y nunca me había sentido tan enfermo en toda mi vida.
Y lo peor era que mi hermano mayor, Nolen, había elegido aquella ocasión para celebrar su esperada luna de miel. Se había casado nueve meses antes con el amor de su vida, Marlowe, cuando su hija tenía solo dos meses. Ninguno quería dejarla con esa edad, y por eso lo habían retrasado. Aunque la verdad era que podría habérmelas arreglado sin aquella presión añadida.
Al menos mis padres no habían ido. Eso sí que habría sido presión, y de la buena.
John me llevó al restaurante Crown, la joya de nuestra oferta gastronómica. Estaba en la popa, y tenía unos enormes ventanales que proporcionarían a los comensales unas vistas magníficas de la estela mientras el barco navegara. Parecía un hormiguero de actividad. Todo el mundo estaba centrado en un agujero enorme en el techo.
—¿Qué coño es eso? —gruñí.
—Ha habido una fuga. Se ha roto una tubería. Lo están arreglando ahora.
—¿Han sido demasiado graves los daños?
—No tanto. Pero es mal momento. —Me puso una mano en el hombro—. Se solucionará.
Por sí solo no era un gran problema. Pero el hecho de que se fueran amontonando las complicaciones era lo que me fastidiaba. La semana anterior había recibido un correo en el que se me informaba de que todo el sistema de escaneo de tarjetas había colapsado, con lo que nuestros pasajeros no podrían acceder a nada a bordo, ni siquiera a sus cabinas. Solo costó unas horas arreglar el apagón, pero si aquello hubiera sucedido mientras navegábamos, nuestra puntuación de satisfacción del cliente habría caído por los suelos. El futuro completo de aquella onerosa empresa dependía de un primer viaje espectacular. Necesitaba que todos los pasajeros, pero sobre todo los de mayor alcance, se bajaran de aquel barco y alardearan ante sus seguidores de lo maravilloso que era. El boca-oreja basado en experiencias personales era mucho más poderoso que la mejor campaña de marketing.
Dejamos al equipo arreglando la fuga y continuamos con nuestro recorrido. Acabamos en la cubierta superior, donde estaba situada la zona vip. Los pasajeros que contrataran una de las suites recibirían una pulsera distinta a las demás que les proporcionaría acceso exclusivo a esa parte del barco. Al acercarnos, la puerta estaba abierta. La cerré, pero el mecanismo no se activó. Genial. Un maldito problema más.
—Llama a mantenimiento para que lo arreglen, ¿vale?
—De acuerdo.
John hizo la llamada y, unos minutos después, llegó un equipo de mantenimiento. Seguimos caminando, pero los problemas se iban multiplicando y se me clavaban como puñales en el pecho. La parte lógica de mi cerebro sabía que las complicaciones eran inevitables, pero eso no me impedía buscar la perfección. No podía evitar tomármelo todo como algo personal, a pesar de contar con un equipo enorme que estaba siempre presente para apoyarme. Formaba parte de mi naturaleza hacerme cargo de todos los obstáculos y reprenderme a mí mismo si no se podían superar.
No nos tropezamos con más contratiempos, y tras hablar con todos los miembros de la tripulación con que me fue posible, me despedí de John y bajé del barco en dirección a mi coche.
—A casa, por favor —le pedí al chófer.
