Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La palabra «diaconía» no es corriente en español. No obstante, tiende a caracterizar una dimensión esencial de la vida cristiana subrayada actualmente por nuestras Iglesias. Una primera parte del presente Cuaderno (capítulos 1 a 3) amplía las necesarias definiciones de las palabras para una reflexión sobre las consecuencias concretas de la doble salvación narrada por las Escrituras: el fin de la servidumbre en Egipto según la Torá, por una parte; y el don de la vida en Cristo según Pablo, por otra. La segunda parte (capítulos 4 a 7) invita a leer cuatro textos fundamentales, de géneros muy diferentes, donde brilla la figura de Cristo servidor: 2 Corintios 8-9, Marcos 10,35-45, Hechos 6,1-7 y Juan 13,1-30.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2013
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
CB 159
Portada
Presentación
Prólogo
Obertura
I – De la servidumbre a la fraternidad
La salida de la servidumbre
«Busco a mis hermanos» (Gn 37,15)
«Tu hermano el pobre» (Dt 15)
El respeto
«Sed santos» (Lv 19)
Conclusión: servicio y fraternidad
II – El vocabulario de la diaconía
En el griego clásico y helenístico
En el Nuevo Testamento
Conclusión: un «pasador»
III – La diaconía en san Pablo: hacia un nuevo tipo de relaciones
La diaconía de la Palabra para el Apóstol
La diaconía en las comunidades
Conclusión: una cuestión existencial
Parada
IV – Llamadas a la colecta (2 Corintios 8-9)
2 Corintios 8
2 Corintios 9
V – Prelación y servicio (Marcos 10,35-45)
El asiento, la copa y el bautismo (vv. 35-40)
Esclavo y servidor de todos (vv. 41-45)
Siguiendo a Cristo
VI – Servicio de las mesas y de la Palabra (Hechos 6,1-7)
Una crisis de crecimiento
Los riesgos del crecimiento
De un servicio a otro
Los Siete y los Doce
VII – El signo del lavatorio de los pies (Juan 13,1-30)
Amar hasta el final
El servicio en la vida cristiana
Para no concluir
Para saber más
Lista de recuadros
Créditos
La cuestión del pan es para mí es una cuestión material, pero la cuestión del pan para mis prójimos, para el mundo entero, se convierte en una cuestión espiritual y religiosa» (Nicolas Berdiaev, 1874-1948)1. En las páginas que siguen se tratará a la vez de pan, de mesas a las que sentarse para comerlo y de personas que lleven a cabo el servicio.
Este Cuaderno se enmarca originalmente en el camino de la Iglesia católica en Francia titulado «Diaconía 2013: ¡sirvamos a la fraternidad!»2. En 2009-2010, las Iglesias protestantes emprendieron una reflexión de aproximación. En 2006, en su primera carta encíclica, Deus caritas est [Dios es amor], el papa Benedicto XVI recordó que «la naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia)». Añade que «son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (n. 25).
Por tanto, al «servicio de la caridad» están dedicados los siete artículos de este Cuaderno. El lector verá cómo la atención a la diakonía en los escritos bíblicos hace que aparezca invariablemente la martyría y la leitourgía.
Todo el comité de elaboración de los Cahiers Évangile [original de los Cuadernos Bíblicos] se ha movilizado para la redacción de este trabajo: Paul Agneray, presbítero de la diócesis de Arras, vicario episcopal y responsable de la formación permanente; Jean-Marie Carrière, profesor de exégesis en el Centro Sèvres (París) y responsable del Servicio Jesuita de Refugiados; Roselyne Dupont-Roc, profesora emérita en el Theologicum del Institut catholique de París; Marie-Thérèse Perrot, religiosa responsable de la formación permanente de la diócesis de Coutances; Christophe Raimbault, presbítero de la diócesis de Tours, profesor en el Theologicum del Institut catholique de París; a ellos se ha unido Jean-François Baudoz, presbítero de la diócesis de Besançon y profesor en el Theologicum del Institut catholique de París.
En 2012, los Cahiers Évangile celebran sus cuarenta años de existencia y están felices por ofrecer a sus lectores una reflexión común sobre una línea de fuerza teológica y algunos textos que configuran una dimensión capital de la identidad cristiana.
Gérard Billon
1 Frase citada de forma destacada en el informe sinodal 2010 de las Iglesias luterana y reformada de Francia: «Solidaires au nom de Jésus-Christ. Quand l’Église reconnaît sa vocation diaconale». Cf. Isabelle GRELLIER, «La diaconie: du pain, du soin, de la fraternité, pour les pauvres et pour l’Église», en Cahiers de l’Atelier 530 (2011), p. 31.
2 «Diaconia 2013: servons la fraternité!», cf. http://diaconia2013.fr.
La palabra diaconía no suele ser corriente en español. Traduce casi literalmente el griego diakonía, que teje una red de significados por el lado de los intermediarios, en particular económicos. Una primera parte del Cuaderno (capítulos 1 a 3) amplía la investigación sobre el vocabulario mediante una doble reflexión: por una parte, la experiencia fundacional del final de la servidumbre en la Torá judía y, por otra, el establecimiento de un nuevo modo de relaciones basado en la vida en Cristo, al hilo de las cartas de Pablo. La segunda parte del Cuaderno (capítulos 4 a 7) invita a leer cuatro textos fundamentales, de géneros muy diferentes, donde brilla la figura de Cristo servidor: 2 Corintios 8-9; Marcos 10,35-45; Hechos 6,1-7 y Juan 13,1-30.
Por Paul Agneray,Jean-François Baudoz, Jean-Marie Carrière,Roselyne Dupont-Roc, Marie-Thérèse Perrot, Christophe Raimbault
Según los diccionarios, la «diaconía» designa la tarea de los diáconos en la Iglesia primitiva; los «diáconos», por su parte, son definidos bien como fieles encargados de la distribución de las limosnas, bien como clérigos más (ortodoxia) o menos (catolicismo) importantes en la Iglesia.
Según estas obras, las palabras pertenecen a la esfera religiosa cristiana, de lo cual podemos alegrarnos, aunque predomine un cierto tono de antigüedad. Si, en el futuro, los diccionarios se vieran obligados a modificar sus definiciones, esto significaría que el esfuerzo actual de las Iglesias se habría grabado con profundidad en la cultura. En efecto, una de las mejores fórmulas de la diaconía la adelantó en 2006 Benedicto XVI: «Servicio del amor al prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico» (encíclica Deus caritas est 21), y un cierto número de realizaciones concretas le dan cuerpo y realidad.
El verbo diakoneô y sus derivados son griegos. Cuando buscamos sus raíces bíblicas, nos volvemos naturalmente hacia el Nuevo Testamento, que fue escrito en griego. Vamos a seguir este movimiento a lo largo de estas páginas. Sin embargo, en la primera parte del Cuaderno nuestra atención recaerá en tres puntos:
1. El Nuevo Testamento está cuajado de motivos y módulos narrativos tomados del Antiguo Testamento hebreo, por vía de la traducción griega de los Setenta. Diakoneô traduce el verbo ‘abad, ‘cultivar’, ‘servir’, pero también ‘esclavizar’. Según los contextos, el sustantivo ‘ebed se traduce por diakonos, ‘servidor’, o por doulos (incluso pais), ‘esclavo’. Ahora bien, los libros de la Ley de Moisés –Pentateuco, Torá– cuentan una experiencia fundacional, la de la salida de la servidumbre de Egipto para el servicio al Señor, el cual va de la mano con la fraternidad humana. El artículo I trata sobre esta experiencia.
2. El Nuevo Testamento está escrito en griego, lengua dominante de la cultura mediterránea en el siglo I de nuestra era. Por eso el artículo II está dedicado al vocabulario de la diaconía, que supera el solo empleo de diakoneô.
3. En el Antiguo Testamento, las relaciones dentro del pueblo de Israel están basadas en la experiencia del éxodo; en el Nuevo Testamento, las relaciones humanas están basadas en Jesucristo. Ahora bien, en las cartas de Pablo, la relación con Cristo está mediada por el Apóstol, «siervo de Dios». Un recorrido general por el corpus paulino muestra que el vocabulario de la diaconía se cruza con el del culto (leitourgía) y el del testimonio (martyría) para privilegiar, en el amor (agape), el anuncio de la Palabra. Es la línea directriz del artículo III.
Evidentemente, dado que las referencias a los textos son numerosas, es preferible leer estos tres artículos con una Biblia al lado.
En Dt 26,1-11 leemos un relato que G. von Rad1 llamó «credo histórico» y al que atribuía un importante valor de núcleo de la fe de Israel: «Mi padre era un arameo errante. Bajó a Egipto […] allí se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre […] El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso, en medio de gran temor, señales y prodigios…».
G. Auzou tituló hace años un estudio del libro del Éxodo: De la servidumbre al servicio (Madrid, Fax, 1969; orig. francés 1961). Jugando con la raíz «servidumbre/servicio», trataba con ello de hacer entender cómo el libro del Éxodo cuenta el paso de Israel, en sus comienzos, de la «dura servidumbre» de Egipto al «servicio», es decir, a un servicio a Dios en el respeto, el temor y el amor. En realidad, el Éxodo cuenta la salida de la servidumbre y también el establecimiento de la Morada bajo la guía de Moisés: Israel aprende a no servir más que a su Dios, tanto en su práctica social como en su vida cultural. Este paso de un tipo de servicio a otro resulta sugestivo para una reflexión sobre la «diaconía» de la Iglesia.
Sin embargo, la expresión «dura servidumbre» traduce el hebreo ‘abodah, empleado varias veces en el libro del Éxodo. Si, en Egipto, remite a la penosidad del trabajo impuesto a los hebreos, cuando se emplea en las partes del libro que tratan de la construcción del santuario se mueve en el orden de un trabajo, ciertamente ya no de esclavos sino de obreros llenos de sabiduría, que contribuyen a disponer la Morada (Ex 35,21.26; 36,1; 39,32.40.42). Una sola vez el término remite al oficio de los levitas, sin connotación litúrgica particular (38,21). ¿Es entonces «de la servidumbre al servicio» (al culto) de lo que hay que hablar?
Cuando Dt 15 –sobre el que volveremos más adelante– inscribe la memoria de la salida de Egipto en el corazón de la práctica social, apunta en realidad a promover relaciones de fraternidad. Y sabemos que esta noción de fraternidad es absolutamente capital, tanto en el libro del Génesis como en el Deuteronomio. Así pues, proponemos pensar que el paso que da nacimiento a Israel es el paso de la servidumbre a la fraternidad, lo que sin duda no deja de resultar igual de sugestivo para una reflexión sobre la diaconía de la Iglesia hoy. Pero lo haremos sin olvidar lo que se percibe en la fórmula de G. Auzou: el ideal de fraternidad, manifiestamente fundacional para Israel, ¿tiene algo que ver con el «servicio» a Dios?
Después de una reflexión sobre los relatos de la salida de Egipto en los primeros capítulos del Éxodo, contemplaremos cómo, antes del Éxodo, elabora el Génesis la cuestión de la fraternidad. A continuación, esta misma cuestión la examinaremos, tras el Éxodo, en el Deuteronomio. Entonces tendremos que detenernos en las Diez Palabras, como carta fundacional de Israel en el corazón de la Torá. Y acabaremos sobre el devenir de esta carta con Levítico 19, que pone de relieve la categoría de santidad.
En el punto de partida del libro del Éxodo está el olvido. La descendencia de Jacob ahora está olvidada, «integrada», fundida con otras poblaciones en el territorio de Egipto. Es el vigor de la promesa el que va a sacar del olvido y de la indistinción. Pero la promesa espera ser comprendida de un modo distinto al demográfico, ya que todavía no se refiere al nacimiento de un pueblo, hundido de momento en la brutalidad de la servidumbre.
La servidumbre es primeramente de nivel «económico», es decir, relativa al trabajo, a la subsistencia y a la construcción de un mundo por habitar. La división social, interna al territorio de un Egipto aparentemente homogéneo –el «país de Egipto»–, se olvida: los que pretenden esclavizar y los que no quieren ser esclavizados forman un todo, un bloque.
Salir de la servidumbre implica entonces salir de la servidumbre política. La salida de Egipto crea una distinción que es una separación: la región de Gosén está como separada del país de Egipto, a al espera de que los hijos de Israel sean separados de los egipcios. La distinción-separación supone una distancia e implica «abandonar» lo que constituye y caracteriza al país de Egipto, significado por el personaje del faraón. Israel debe empezar por entender lo que tiene que abandonar: un sistema estático y cerrado. El sistema que el faraón representa es el de una organización económica sin lagunas, con una estructuración social cimentada en la técnica de los magos, con un estado que no tolera una sociedad, con un proyecto que no consiste más que en persistir y en mantenerse, incluso más allá de la muerte, negada como límite. Sistema «absoluto», en cuanto que el rechazo a escuchar paraliza sus propias capacidades para tomar decisiones, en cuanto que su medio primero es la fuerza (militar). El rechazo a escuchar (obstinación, endurecimiento del faraón) pone al descubierto la distinción absoluta entre el orden de la palabra y el de la fuerza. La distinción de Israel en medio del territorio de Egipto descompone esta concepción de la política, la denuncia y la arrolla mediante la palabra de un profeta, portadora de una exigencia imprescriptible: «Deja salir a mi pueblo» (Ex 5,1).
Pero, aunque la salida de la servidumbre significa la distinción-separación del sistema de Egipto, también es pensada como paso, esta vez desde el punto de vista del sujeto afectado, los hijos de Israel. Para estos, abandonar Egipto es también pasar de un paradigma sociopolítico familiar y genealógico a otro estrictamente político, convertirse en un pueblo: el libro del Éxodo empieza mencionando a los «hijos de Israel» (Ex 1,1 desgrana los nombres de los patriarcas hijos de Jacob) y el libro del Deuteronomio acaba con la mención de «todo Israel» (Dt 34,12). Abandonar Egipto es abandonar la «casa» de servidumbre. También es pasar de una situación estable, instalada en un territorio con el que se mantiene una relación privilegiada, hacia una situación nómada, errante –como Abrahán–, en un territorio que no es tal: el desierto. El paso del mar (Ex 14) es un asunto de vida o muerte, la condición de un nacimiento de sí mismo como pueblo. Israel debe llegar a otra orilla, a la que Egipto jamás llegará.
Obligar al faraón «con una mano más fuerte» (Ex 3,19): es preciso esta «violencia» de Dios para llegar al final de la condición de servidumbre. Pero, en realidad, es una violencia –digamos un poder– de la palabra: porque los «golpes» infligidos a Egipto no son otra cosa que signos; «hablan» a Israel y deberían hablar a Egipto: «Preséntate al faraón. Voy a hacer que tanto él como sus cortesanos se muestren inflexibles, y así realizaré en medio de ellos mis prodigios, para que cuentes a tus hijos y a tus nietos cómo traté a Egipto y los prodigios que realicé en medio de ellos. Así sabréis que yo soy el Señor» (Ex 10,1-2).
La respuesta de Israel consistirá en hacer memoria de un relato de los «signos» llevados a cabo por Dios en Egipto y en cantarlos, lo cual es tarea del cántico de Moisés y de María en Ex 15. Este es el primer aspecto del «servicio» de Israel con respecto a Dios: cantar las maravillas. Entonces Israel, salido de la servidumbre, se encuentra dotado de una libertad, pero es una libertad «absoluta», desnuda en alguna medida. ¿Cómo encontrará esta libertad las mediaciones concretas para ejercerse? Esta será la experiencia del desierto, donde Israel aprende a ajustar la circulación de la palabra en las relaciones sociales2: ahí empieza la fraternidad.
Ya en el libro del Génesis, como sabemos, la fraternidad es un tema capital. Su intriga evoluciona a lo largo del libro y se observa en primer lugar en la complejidad de las relaciones familiares; ahora bien, en el juego de estas relaciones hay siempre un elemento que llama a construirla de una forma nueva.
Con Caín y Abel está confrontada con el asesinato fratricida. Con Esaú y Jacob es la intención de asesinar la que la cuestiona y le obliga a encontrar el camino de una reconciliación que, sin embargo, mantendrá a los dos hermanos a distanciados. Finalmente, en la historia de José y sus hermanos, la forma en que estos tratan de eliminar a José –y con ello la cuestión de la fraternidad– vacila entre el asesinato y la venta como esclavo. Así, al final del libro del Génesis, es el hecho de vender a un hermano como esclavo lo que constituye un riesgo para la cuestión de la fraternidad; es sobre este trasfondo como aparecen los relatos de la salida de la servidumbre, al comienzo del libro del Éxodo.
En Gn 37, justo antes de que se cuente la duda de los hermanos en cuanto al modo de desembarazarse de José, este había respondido a un desconocido: «Busco a mis hermanos» (v. 16). Palabras emblemáticas que dan impulso a todo el relato hasta Gn 503. En efecto, José sufrirá altibajos que harán que su vida se balancee de un extremo a otro: en el fondo del pozo, en lo alto de la casa de Putifar, en el fondo de la prisión, casi a la altura del faraón. Cuando sus hermanos vayan a buscar grano a Egipto (Gn 42), José les hará sufrir alternancias semejantes, conforme a las restricciones de una memoria que no está realmente sanada. Los recibe casi como un faraón, muy por encima de ellos. Pero precisamente también es necesario que José recorra un camino hacia sus hermanos en cuanto a sus posiciones respectivas: estará –casi– en el mismo nivel que ellos durante la comida que los reúne a todos al final del cap. 43. La fraternidad que hay que construir supone ese ajuste de los lugares recíprocos. Supone además una memoria restaurada. Bajo la injusta amenaza de las acusaciones de espionaje que lanza José contra sus hermanos, estos van a establecer la verdad de su memoria, reconociendo «no haber escuchado» al hermano «angustiado» (Gn 42,21). En cuanto a José, jugará durante mucho tiempo con esta cuestión de la verdad no solo acusando a sus hermanos, sino también tendiéndoles una trampa (la copa), hasta que el discurso de Judá le permita establecer la verdad de su propia historia, respetando la exigencia del respeto debido a su padre (Gn 44). En este punto de la historia, la fraternidad entre los doce parece haber alcanzado una feliz reconciliación y durante varios capítulos se pasa a otros hechos distintos de los que conciernen directamente la fraternidad. La cuestión reaparece con la muerte del padre Jacob. Para que la reconciliación se produzca, basada en otra razón distinta que el respeto al padre, debe incluir el perdón. La fraternidad que hay que construir en esta historia pasa por la etapa de la reconciliación, pero busca un fundamento más sólido, que es el perdón. A petición de sus hermanos, José remite en realidad el asunto al propio Dios: solo Dios es el que perdona. Algo queda aquí pendiente.
