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Amar y odiar, querer poseer y simultáneamente querer entregarse a la persona amada; desear lo prohibido y al mismo tiempo intentar negar o repudiar eso que nombramos tentación; sentir que hacemos lo correcto pero también tener fuertes dudas al respecto; ¿hay alguien que sea completamente inmune, alguien que nunca haya estado inmerso en este tipo de conflictos, en estas contradicciones, en estas vivencias dialécticas? La primera parte de este libro, titulada «Dialécticas de la identidad», incursiona en los procesos que nos permiten entender por qué los juegos infantiles son igualmente bipolares: por ejemplo, cuando un niño lanza al aire un golpe y él mismo cae derribado por ese golpe que —observemos bien— él lanzó y recibió. El segundo apartado, «Dialécticas del poder», expone los procesos que culminaron con la emergencia simultánea de lo sagrado y lo profano; y la tercera parte, «Voluntad de libertad», ofrece una síntesis creativa de todos los procesos previamente investigados.
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Seitenzahl: 544
Veröffentlichungsjahr: 2022
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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
RECTORA
Tania Hogla Rodríguez Mora
COORDINADOR DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
Fernando Francisco Félix y Valenzuela
RESPONSABLE DE PUBLICACIONES
José Ángel Leyva
La publicación de esta obra fue posible gracias al apoyo de la Secretaría de Ciencia y Tecnología del Gobierno del Distrito Federal, mediante convenio de colaboración interinstitucional 079/2013 celebrado con la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
COLECCIÓN: PENSAMIENTO PROPIO
Dialéctica de la identidad y el poder.
Primera edición electrónica 2022
D.R. © Víctor Manuel Mosquera Peralta
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
C.P. 06720, Ciudad de México
ISBN 978-607-8692-08-8 (ePub)
publicaciones.uacm.edu.mx
Imagen de portada: John William Waterhouse, Eco y Narciso (1903)
Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego, su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, archivada o transmitida, en cualquier sistema —electrónico, mecánico, de fotorreproducción, de almacenamiento en memoria o cualquier otro—, sin hacerse acreedor a las sanciones establecidas en las leyes, salvo con el permiso expreso del titular del copyright. Las características tipográficas, de composición, diseño, formato, corrección son propiedad del editor. Hecho en México
Para Erándeni, porque quería ser princesa
PRELUDIO
PRÓLOGO
DIALÉCTICAS DE LA IDENTIDAD
LA ALTERIDAD DE “EL FALSO AUTOSTOP”
Prefacio
El enigma del yo
¿Qué es un ego experimental?
Literatura y psicología
“El falso autostop”
La alteración recíproca
La trampa de los símbolos
La alteridad externa
La alteridad íntima
Dialéctica inicial de la existencia personal
Objetivación y dialectización íntimas
Imitación fantástica e imitación reflexiva
Los daimónia y los alteri
El enamoramiento y el desamor
Emergencia de la alteridad íntima en “El falso autostop”
Contexto social e interpersonal inicial
La insubordinación del alter promiscuo
Amour, degré zéro
¿QUIÉN ES MI OTRO YO?
Yo soy tu otro yo
Conceptualización inicial
Conceptualización específica
TÚ ERES TU PROPIO ALTER
Una alteridad interiorizada
Las alteridades íntimas
Transhistoricidades interiorizadas
Salvación versus condena
Castidad versus lujuria
Obediencia versus desobediencia
Hacer el bien versus hacer el mal
Comunión versus aversión
Corporeidad mundana versus divina
DIALÉCTICAS DEL PODER
LA SANGRE DE LO SAGRADO
Construcciones transhistóricas
Dialéctica del comportamiento
Violencia virtual
¿Qué es lo humano?
¿Qué es lo sagrado?
¿Qué es el poder?
Dialéctica de los comportamientos y las significaciones
Dialéctica de lo sagrado y los sacrificios
MÁS ALLÁ DE LAS ESENCIAS
Redes de redes significativas
La consagración de las cosas
La consagración del poder
Conclusiones preliminares
VOLUNTAD DE LIBERTAD
Discernir y trascender
Autonomía y creación de libertad
La libertad como categoría transhistórica
La incertidumbre social
Destrucción de los determinismos hegemónicamente impuestos
Cárcel y voluntad de libertad
BIBLIOGRAFÍA
Raymond Ruyer, en el artículo titulado “El mito de la razón dialéctica”,1 muestra que en el razonamiento así nombrado con frecuencia se utilizan significados muy distintos, como lo son entre sí los textos de Platón, Aristóteles, Kant, Hegel o Sartre; además es fácil constatar que en el discurso de la psicología, la palabra dialéctica también es utilizada para expresar significaciones radicalmente diferentes, como las que encontramos en las obras de Wilhelm Reich, Pichon Rivière, Jean Piaget o Henri Wallon. Por ello invitamos al lector a que identifique el significado muy particular con el que aquí se utiliza el término dialéctica, término que está vinculado a la conceptualización de procesos que culminan con diversas síntesis dialécticas y con la emergencia de dialécticas sintéticas muy específicas. El propósito es, pues, ambicioso, y para iniciar esta odisea es importante considerar que todos los procesos que aquí se estudian pueden ser referidos con palabras que al principio también parecen confusas: la identidad, el poder y el amor. ¿Se complicaría aún más el inicio de esta aventura intelectual, si desde ahora también le solicitamos al lector que piense en las diversas significaciones vinculadas con la palabra libertad?
¿Podemos comprender la construcción recíproca del poder social y la identidad personal con la perspectiva que ofrece una sola disciplina, cualquiera que ésta sea? Nuestra respuesta es que para tal propósito es imprescindible el trabajo transdisciplinario. Por ello aquí se expone una perspectiva en la que confluyen conocimientos neurológicos, etológicos, psicosociales, antropológicos y filosóficos; conocimientos que desbordan sus anticuados parámetros disciplinarios y se nutren con las aportaciones cognoscitivas de la literatura experimental.
Estas aproximaciones están articuladas por un eje que apunta hacia la comprensión de varios procesos civilizatorios fundamentales. Es decir, este libro intenta comprender varios procesos que se distinguen por su continuidad transhistórica. Así, el tema central es la transformación de la vida animal en vida humana, y la transformación de la vida humana en vida cada vez más humana —¡nunca demasiado humana!—; entendiéndose lo humano como el proceso por el que cada quien logra apropiarse de sí mismo.
Siguiendo este propósito, en “La alteridad de ‘El falso autostop’” estudio las condiciones que posibilitan la emergencia de la existencia personal, y para ilustrar los problemas inherentes a tal construcción abordo la dinámica que emerge entre los personajes de una novela escrita por Milan Kundera. En esta novela, un joven y su novia quedan atrapados por el juego que ellos ingenuamente inician, y este juego muestra cómo hoy la vida amorosa está frágilmente sostenida por existencias que parecen evanescentes. Lo in teresante es que la facilidad con que los protagonistas de esa novela se alteran parece exagerada o muy fantástica, pero su experiencia es muy similar y hasta limitada frente a la vida real donde el nivel de amor es grado cero.
En “¿Quién es mi otro yo?” comparo la vida frágil con la consistencia que caracteriza a quienes ya han definido para sí mismos un proyecto existencial. Afirmo que la persona se consolida y trasciende cuando construye su futuro y valora su presente desde una ética histórica que resignifica como propia. Este es el nivel donde la persona ya posee personalidad, y es obvio que el sentido que le doy a este término está muy alejado del significado superficial que en los últimos tiempos ha adquirido. Hay, pues, personas que por carecer de autodominio carecen de personalidad. Esto implica que la identidad personal tiene a los procesos que la anteceden como condiciones necesarias pero que no son suficientes.
También pienso que la existencia humana ha estado íntimamente relacionada con la construcción y reproducción del poder, y por ello en “La sangre de lo sagrado” intento aproximarme a la comprensión de los procesos que hicieron posible tanto la emergencia del poder como su mistificación. El sometimiento mediante la fuerza, con los homínidos se transmutó en el poder donde las intersignificaciones del vencedor y el vencido ya no son inmediatas ni directas. El poder simbólico emergió cuando la violencia social virtual fue colectivamente interiorizada, y por esta interiorización el sometimiento es sostenido por el sometido, incluso cuando la fuerza del vencedor ya es muy inferior a la de quien previamente él efectivamente derrotó. Esta interiorización de la violencia social la convierte en omnipresente y trans-temporal, así emergió como el fundamento transhistórico de la propiedad individual, y tal interiorización también fue la condición inicial por la que emergieron rituales en los que los sacrificios sangrientos fueron un ingrediente fundamental. La apropiación individual queda legitimada sólo mediante el consentimiento generalizado de la expropiación colectiva, y esta síntesis dialéctica originaria quedó progresivamente consolidada como una dialéctica sintética que posibilitó, expandió y profundizó el devenir de lo sagrado. En “Más allá de las esencias” continúo explorando los procesos que culminaron con la mistificación del poder y este capítulo termina con reflexiones iniciales en torno a la posibilidad de transformar lo sagrado en una nueva y universal dignificación de lo humano.
En “Discernir y trascender” incursiono en la dialéctica alternante de dos procesos fundamentales. Distinguirnos, separarnos, ya no ser como “agua dentro del agua” fue posible gracias a múltiples procesos, siendo entre ellos crucial la dialéctica de la apropiación individual y la cesión voluntaria de lo que más se deseaba. Discernir es objetivar y trascender, es reencontrarse desde opciones existencialmente nuevas con lo real que ha sido objetivado. Este es el eje central del hipercomplejo devenir que llamamos humanidad, devenir que está constituido por innumerables procesos de discernimiento y trascendencia; por estos procesos la vida humana desde sus inicios ha oscilado en la dramática espiral del ser y el no ser, y desde enfoques muy distintos pero complementarios esta espiral ya ha sido agudamente estudiada por la psicología dialéctica y por el materialismo fenomenológico. Ambas perspectivas han orientado mis investigaciones y esto ha hecho que la primera parte de este libro esté inspirada en la perspectiva teórica que Henri Wallon inauguró. Los estudiosos que no siguen el vaivén de las modas, notarán que en la segunda parte retomo reflexiones desarrolladas por un audaz filósofo vietnamita: Tran-Duc-Thao, y a los nuevos lectores del siglo XXI les comunico que la marginación intelectual que sufrió este autor es absurdamente desproporcionada frente a su innegable importancia.
La potencia teórica y epistémica contenida en las perspectivas inauguradas por Henri Wallon y Tran-Duc-Thao exigía la elaboración de un texto como el que ahora presento, texto que termina con lo que hoy puedo concebir como voluntad de libertad. ¿Pensará el lector que soy muy vanidoso si le confieso que me habría gustado encontrar un libro como el que ahora tiene en sus manos? Si este fuese el caso, en mi defensa diría que la dialéctica de la identidad y el poder es un tema que he estudiado desde hace varios años, y que si pudiese no dudaría en dedicarle otras siete vidas.
Así como los filósofos realizan experimentos mentales,1 en este ensayo utilizo una obra literaria como si fuese un laboratorio psicológico. Ésta es una breve pero muy densa no-vela de Milan Kundera: “El falso autostop” —que pertenece a El libro de los amores ridículos—,2 novela que nos permitirá explorar procesos muy complejos e íntimos. Sus personajes principales son dos jóvenes que se aman e inician unas añoradas vacaciones, y lo interesante es que durante su primer día de descanso ellos se alteran intensamente, siguiendo un ritmo cada vez más acelerado y sutil. Así, inmersos en una dinámica de mutua alteración, en muy pocas horas los dos jóvenes llegan al desconcierto e incluso a la pérdida de la certidumbre que antes tenían de su recíproco amor. Por ello esta inquietante novela termina con los gritos de la joven diciéndole a su novio: “Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo” —y no hay duda de que ella es ella, pero sus gritos y su confusión también exigen la siguiente respuesta: ¡Sí, joven ingenua, tú eres tú, pero también tú eres tu propio alter!
El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: Las cosas son más complicadas de lo que tú crees.
MILAN KUNDERA
Kundera afirma que la única razón de la novela es decir aquello que sólo la novela puede decir. El novelista es un explorador de la existencia, y por ello:
La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de la novela. […] Seamos más precisos. Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo. En cuanto se crea un personaje, se enfrenta uno automáticamente a la pregunta siguiente: ¿Qué es el yo? ¿Mediante qué puede aprehenderse el yo?3
Desde este enfoque, Kundera estudia las aproximaciones literarias en torno al yo e identifica varias tendencias en la historia europea de la novela. Con Dante y Boccaccio —afirma— la novela descubrió que la acción nos distingue y convierte en individuos; con Diderot la novela reveló el sentido imprevisible y paradójico del acto humano; con Cervantes la novela se preguntó qué es la aventura y con Balzac exploró el arraigo histórico del hombre; con Richardson comenzó a examinar la vida secreta de los sentimientos; con Flaubert inició la indagación de lo cotidiano y con Tolstoi se acercó antes que Freud a lo irracional de las decisiones y el comportamiento. Con Proust, Joyce y Thomas Mann la novela se aproximó como nunca antes a las dimensiones del tiempo humano; y con Kafka la novela pudo plantearse la siguiente pregunta: “¿cuáles son aún las posibilidades del hombre en un mundo en el que los condicionamientos son tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada?”.4
Kundera ubica a Kafka, a Musil, a Broch y a Gombrowicz en un periodo posproustiano, porque piensa que estos autores lograron superar la tradición literaria del realismo psicológico. Con Gombrowicz la novela se apoderó de terrenos que se consideraban exclusivos de la filosofía, pero lo más importante es que ni a Musil, ni a Broch, ni a Gombrowicz, les molestaba estar presentes en sus novelas a través de sus pensamientos; y este hecho es crucial, porque así la novela —dice Kundera— vuelve a sus comienzos, y porque en esta reciente etapa de la literatura, el personaje de la novela deja de ser un simple simulacro de ser viviente y decididamente se convierte en un ego experimental.
Kundera se ubica a sí mismo en un espacio creativo que supera el de las novelas psicológicas, porque afirma que él utiliza un medio no psicológico para aprehender al yo. Esto es posible mediante la aprehensión de los problemas existenciales de sus personajes, y tal aprehensión se logra gracias a la identificación de un reducido número de palabras que son especialmente significativas. Kundera comenta que al escribir:
La insoportable levedad del ser me di cuenta de que el código de tal o cual personaje se compone de algunas palabras clave. Para Teresa: el cuerpo, el alma, el vértigo, la debilidad, el idilio, el Paraíso […] Teresa vive con Tomás pero su amor exige tal movilización de sus fuerzas que, de pronto, no puede más y quiere dar marcha atrás, hacia abajo, hacia el lugar de donde vino. Entonces me pregunto: ¿qué le pasa a ella? Y encuentro la respuesta: ha sido presa de un vértigo. Pero ¿qué es el vértigo? Busco la definición y digo: “el embriagador, el insuperable deseo de caer”. Pero me corrijo inmediatamente, preciso la definición: “También podríamos llamarlo la borrachera de la debilidad. Uno se percata de su debilidad y no quiere luchar contra ella, sino entregarse. Está borracho de su debilidad, quiere ser aún más débil, quiere caer en medio de la plaza, ante los ojos de todos, quiere estar abajo y aún más abajo que abajo”. El vértigo es una de las claves para comprender a Teresa. No es la clave para comprendernos, a usted o a mí. Sin embargo usted y yo conocemos esta especie de vértigo al menos como nuestra posibilidad, una de las posibilidades de la existencia. Me fue preciso inventar a Teresa [a un ego experimental] para comprender esta posibilidad, para comprender el vértigo.5
Un ego experimental es el personaje imaginario que en el territorio propio de la novela permite explorar posibilidades existenciales. La novela es la gran forma de la prosa con la que el autor, mediante los egos experimentales que crea, examina hasta el límite algunos de los grandes temas de la existencia.6 Esto equivale a decir que la novela no examina la realidad sino la existencia. Pero la existencia no es lo que ha ocurrido, sino el campo siempre abierto de las posibilidades humanas. La existencia es todo lo que podemos llegar a ser, y por ello Kundera comparte el sentir de Broch, cuando decía que descubrir lo que sólo la novela puede descubrir, es la única razón de ser de una novela.
Para Broch, por ejemplo, la degradación de los valores humanos era una posibilidad realizada, y Kundera comenta que aunque Broch se hubiese equivocado, aunque no hubiese ocurrido esa degradación y sí una evolución positiva que Broch fue incapaz de ver, la aportación cognoscitiva de Los sonámbulos seguiría siendo válida, porque la degradación de los valores es una posibilidad indiscutible del mundo humano.
El mundo kafkiano también parece estar realizándose y esto explica que se hable de la dimensión profética de Kafka, pero de igual modo, aunque las novelas de Kafka no tuviesen ningún valor profético, no perderían su valor cognoscitivo, porque captan una posibilidad de la existencia; una posibilidad humana que puede o no realizarse, y esto último, para la novela, es algo no esencial.7
Kundera también piensa que un término extraído de una obra de arte —lo “kafkiano” por ejemplo— puede captar situaciones existenciales, tanto literarias como reales, que no pueden ser captadas por la politología, la sociología o la psicología. Pero confiesa que, en la literatura, la búsqueda del yo siempre ha terminado y siempre terminará en una para dójica insaciabilidad. Afirma que la novela no puede ir más allá de sus propias posibilidades y que el descubrimiento de estos límites es en sí mismo una gran hazaña cognoscitiva. Entonces, si esto es así, si cuando más grande es la lente que desde la novela observa al yo, más se nos escapa el yo y su unicidad, ¿acaso esta limitación de la literatura no justifica una aproximación transdisciplinaria?
La psicología tiene como uno de sus objetivos prioritarios la comprensión del yo, y para este fin ha dedicado varios siglos de investigación y ha creado métodos específicos. Un ejemplo de estos métodos es la aproximación introspectiva de la escuela de Würzburg, que tuvo como punto de partida las reflexiones de Locke y Hume. Esta escuela, bajo la dirección de Külpe, procuró la introspección experimental sistemática, y lo que ahora quiero resaltar es que esta psicología introspectiva puso especial énfasis en los observadores, quienes “debían prepararse para estudiar los contenidos mentales, más bien como existencias que como significados, con el fin de poder formular una amplia descripción de la estructura mental, es decir formular un minucioso inventario de la mente”.8
Este anhelo por aprehender existencias mentales llegó con Müller a privilegiar los estados psíquicos de disposición, de vacilación, de duda y otros semejantes, y estos estados psíquicos son los que Kundera explora en una pequeña novela que permite muy bien el análisis del yo y de algunas de sus posibles alteraciones —¡de algunos de sus posibles modos existenciales!—. Estas alteraciones que después distinguiremos como externas e íntimas, son las que me interesan, pero antes de abordarlas debemos recordar que la psicología introspectiva pronto se encontró con dificultades que le fueron insuperables. En primer lugar, cuando la investigación introspectiva se lanzó hacia el estudio de la subjetividad más recóndita, esta aspiración de inmediato se vio frustrada por su incapacidad de comunicar sus hallazgos, pues se pensó que si éstos realmente están relacionados con lo más íntimo del individuo que se autoinvestiga, por eso mismo tales descubrimientos debían ser incomunicables.
Para la superación de este subjetivismo radical, algunos imaginaron que podemos comprendernos si logramos comprender a los otros, pero pronto se descubrió que el conocimiento así adquirido sólo es la formulación intelectualizada del conocimiento popular que un grupo social tiene de sí mismo. El conocimiento que mediante este método inter-subjetivo se quería alcanzar, no logró rebasar los límites de la significación social empírica que se encuentra enmascarada por su uso cotidiano.9 Esta es la crítica que Bergson le hizo al método intersubjetivo, y a la introspección tradicional le reprochó cosificar los procesos psíquicos, mismos que, en su opinión, sólo pueden ser aprehendidos si sentimos profundamente el fluir de nuestro ser. Este esfuerzo deliberado por no sólo observar, sino además vivir atentamente nuestra realidad interior, es lo que Bergson llamó intuición, y él pensó que con tal esfuerzo es posible explorar procesos que no están determinados por hábitos sociales o personales; la intuición, según Bergson, es libre y auténtica, y los hábitos no.
Esta intuición planteada por Bergson inspiró a Blondel cuando propuso la superintrospección como método para llegar a la infraconciencia. Las verdades propiamente psicológicas —declaró Blondel— son inteligibles cuando son referidas a las experiencias mentales que somos capaces si no de realizar, sí al menos de imaginar. Así Blondel introdujo, junto a la intuición y el sentimiento, la inteligencia y la imaginación, y pudo afirmar que la superintrospección puede aportarnos un conocimiento de nosotros mismos y hacernos inteligible la vida interior de los demás. Si queremos tener alguna influencia sobre una persona, se supone que debemos comprender los motivos que le hacen actuar y pensar que sólo la experiencia superíntima nos permite conocer el sentido y los alcances de esos motivos. Desde este punto de vista es posible afirmar que puedo comprender que otra persona tiene miedo, sólo si genero en mí mismo el miedo que imagino que la otra persona puede tener.
Esta superintrospección proyectada hacia los otros parecía el método de investigación idóneo, hasta que Wallon demostró su insuficiencia: “¿Acaso el manipulador de hombres tiene tanto más asegurado el éxito en cuanto actúa sobre aquellos cuya vida interior puede representarse mejor, porque son los que más se le parecen?” A diferencia de lo que Blondel piensa,
el manipulador observa que su interlocutor resiste o vacila sin tener la necesidad de revivir él mismo los estados interiores por los que le hace pasar. Entregado a su objetivo, tomará nota quizá de los menores signos anticipadores de éxito, en su experiencia cada vez más afinada, pero se trata de una experiencia completamente enfocada hacia afuera y no de una experiencia íntima.10
Wallon criticó a quienes quieren comprender a los otros produciendo en sí mismos las situaciones que suponen viven aquellos, y para hacer más contundente su crítica, redujo al absurdo la premisa fundamental del método superintrospectivo: “¿se dirá que el lactante logra inspirar la compasión de su madre porque es capaz de percibir en sí mismo el sentimiento de la vigilancia materna?”
En otro orden de ideas, Wallon expresó que existen tesoros para la psicología en la literatura, el teatro, las confesiones y en todo tipo de memorias, e hizo énfasis sobre las dos formas de leer esos tesoros. La primera consiste en buscarnos en las descripciones del autor y en imaginarnos en su lugar “para mejor acoger sus revelaciones, como si el escritor fuese un Prometeo que debiese extraer de su fuego interior algunas chispas de verdad humana. Así se leía no hace mucho tiempo a Horacio y a Cicerón”. La segunda forma es una lectura crítica, porque los sentimientos o pensamientos que puede expresar cualquier autor, no son una explicación, sino hechos que deben ser explicados.11
Pero observemos que esta lectura crítica es quizá la que menos aceptaría Kundera para sus obras, pues él es categórico cuando afirma que “todo lo que hay que saber lo dice la propia novela”. Por esta convicción, cuando Christian Salmon le preguntó si era necesario conocer algo sobre Checoslovaquia para comprender sus novelas, Kundera contestó que es posible la comprensión de Don Quijote sin que se conozca la historia de España y sólo se requiere una idea general de la época caballeresca, por ejemplo del amor cortés y del paso de la Edad Media a la Edad Moderna.12
Kundera está convencido de que sus novelas aportan el conocimiento que sólo ellas pueden revelar, independientemente de que sus personajes sean o no contextualizados históricamente. Utiliza las circunstancias históricas con la máxima economía y únicamente para que los egos experimentales de sus novelas se encuentren dentro de una situación existencialmente reveladora. La novela tiene la virtud de presentar la Historia como una situación existencial en aumento, y esta idea en Kundera es muy firme, porque piensa que “los mecanismos psicológicos que funcionan al interior de los grandes acontecimientos históricos (aparentemente increíbles e inhumanos) son los mismos que rigen las situaciones íntimas (absolutamente triviales y muy humanas)”.13
No obstante, el propio Kundera en varias ocasiones ha intentado revelar el conocimiento oculto de las novelas que más admira. Si la novela tiene un espíritu de continuidad, si cada obra contiene la experiencia anterior y responde a las obras que le preceden, si Cervantes fundó la edad moderna en la novela y si Kafka la llevó hasta su estado actual —hasta el estado de las paradojas terminales:
¿No es el propio Don Quijote quien, después de tres siglos de viaje, vuelve a su aldea transformado en agrimensor? Se había ido, antaño, a elegir sus aventuras, y ahora, en esa aldea bajo el castillo (el Castillo de la novela de Kafka), ya no tiene elección, la aventura le es ordenada: es un desdichado contencioso contra la administración que lo acusa porque existe un error en su expediente.14
Así Kundera, paradójicamente, también legitima la intención que pretende revelar los conocimientos que aportan algunas novelas, y observemos que él es muy minucioso cuando intenta destacar lo que —según él— es menos visible, menos alcanzable en algunas novelas magistrales. La tercera parte de El arte de la novela está dedicada a las tres obras que más admira de Broch. También en varios apartados de ese mismo texto expone su interpretación sobre las obras de Kafka, y en el capítulo titulado “En alguna parte ahí detrás”, incluso nos ofrece sus conclusiones sobre lo kafkiano.
En otro libro se pregunta por qué los ochenta y ocho capítulos del tercer libro de Los sonámbulos tienen un extraño orden, y con relación a ese orden afirma que Broch tuvo en mente los siguientes criterios:
el encanto debido a la sorprendente proximidad de las distintas formas (verso, narración, aforismos, meditaciones filosóficas); el contraste de las distintas emociones que impregnan los distintos capítulos; la diversidad en la longitud de tales capítulos; en fin, el desarrollo de las cuestiones existenciales, mismas que se reflejan como en cinco espejos.
Kundera así afirma que esa obra tiene un carácter polifónico, compuesto de cinco voces o espejos,15 y a nosotros nos corresponde pensar que quizá Broch tenía ideas muy distintas sobre su libro. Broch quizá se habría sorprendido si hubiese conocido las reflexiones de Kundera sobre Los sonámbulos.
Esto le ocurrió al propio Kundera cuando leyó “La geometría de La broma”, el artículo que hizo explícito el orden matemático de aquella obra. “Fue un texto revelador para mí”, dice Kundera.16
Menciono esto porque no quiero que se considere como un sacrilegio el análisis que haré de “El falso autostop”. Esta novela de Kundera es muy corta pero de modo muy denso despliega una posibilidad existencial supuestamente insólita, posibilidad que se desarrolla entre un joven y su novia mediante un juego aparentemente ingenuo. El joven, inicialmente tierno con su chica, después de pocas horas llega a tratarla como si fuese una prostituta —y la joven, después de jugar a ser como las otras, advierte que le causó un gran placer cruzar esa frontera prohibida—. Estos son los procesos que me interesan y que en los siguientes apartados intentaré dilucidar. Kundera piensa que la incertidumbre es la sabiduría de la novela, y yo afirmo que la psicología se caracteriza no sólo por querer explicar, sino también por intentar comprender todo tipo de incertidumbres y sabidurías. Resumamos pues la trama de “El falso autostop”.
Dos egos experimentales. Un joven de 28 años, quien se define como un gran conocedor de las mujeres, sale de vacaciones con su novia. Ella tiene 22 años y es víctima fácil de miedos y angustias. Casi siempre está cansada y tensa, pero su novio la ama porque sabe apreciar en ella lo que hoy se encuentra con menor frecuencia en las mujeres: ¡su pureza! Ambos inician unas vacaciones planeadas con mucha anticipación y durante su primer día de descanso espontáneamente inician un juego que les parece inocente. Ya en carretera deben detener el automóvil para comprar gasolina, entonces ella finge ser una autoestopista, que pide ser llevada por un conductor que es su novio y que tam bién aparenta ser alguien completamente desconocido. Este juego gradualmente envuelve a los dos jóvenes y los lleva a una complicada situación, en la que emergen sus posibilidades existenciales que habían estado durante mucho tiempo inhibidas.
El joven acostumbraba tratar a su novia con ternura paternal, pero muy pronto se convirtió frente a ella en una persona autoritaria y vulgar; y ella, que siempre había sido infantil y sencilla ante su novio, de pronto apareció como una mujer lasciva y dispuesta a la promiscuidad sexual. No pudieron detener su juego: parecían piezas de ajedrez que no podían escapar del tablero.
El joven tiene un trabajo que le consume más de ocho horas diarias, además sus actividades laborales invaden el resto de su tiempo con el aburrimiento de las reuniones y el estudio en casa; incluso las dos semanas de vacaciones que ahora tiene no le brindan una auténtica sensación de libertad, pues siente que hasta las carreteras llega la sombra gris de la severa planificación estatal. Pero el joven súbitamente decide ser alguien distinto. En sus vacaciones le encantó la posibilidad de sentirse un hombre duro y confiado en sí mismo, un hombre que puede tratar sin miramientos a las mujeres, y su novia también quedó fascinada desde que comenzó a representar un papel de literatura barata. Una autoestopista decidió parar un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que la levantó. Así, el conductor supuestamente desconocido y la falsa autoestopista llegan a un hotel, comienzan a beber y después él la trata como a una auténtica prostituta, que ni siquiera merece que le bese la boca.
Él hubiese querido ver a su prostituta bailando sobre la tapa negra de un piano, pero como el cuarto que alquilaron sólo tiene una pequeña mesa con una pata más corta que las otras, sobre ese mueble la joven debe agacharse, bailar y saludar, según los deseos del supuesto desconocido que ya le pagó por sus servicios; y cuando él la penetra, ella siente un intenso placer que le era totalmente nuevo. Entonces el joven ya no deseaba ver la cara de la chica, y ella, después del orgasmo, envuelta en un ruidoso llanto, terminó el primer día de vacaciones, aferrándose a una larga y emotiva tautología: “Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo”.
¿Cuáles son los códigos existenciales que caracterizan a los protagonistas de “El falso autostop”? En los tres ensayos que conozco de Kundera sobre la novela, hay al respecto muy poca información. En Los testamentos traicionados y en El telón: ensayo en siete partes, no hay ninguna referencia; y en El arte de la novela, menciona sólo tres veces El libro de los amores ridículos, que contiene la novela que nos interesa, y sólo dice que no hay que interpretar el título como si tratase de divertidas historias de amor: “El amor ridículo es la categoría del amor desprovisto de seriedad, pues si la idea del amor había estado siempre ligada a la seriedad, ahora la noseriedad es una noción capital para el hombre moderno”.18
¿La no-seriedad, el sarcasmo, la confianza en sí mismo y la vulgaridad son las palabras que forman el código existencial del joven; y el código existencial de su novia está formado por los siguientes términos: coquetería, ligereza, inmoralidad, informalidad y no-seriedad? Tal vez sólo Kundera puede dar respuestas definitivas sobre sus novelas, pero la no seriedad en “El falso autostop” es evidente, porque desde el inicio hasta el fin esa no-seriedad se expresa como un juego. Todas las interacciones de los jóvenes no hacen más que tejer su extraño juego y la rareza de ese juego ocurre porque el joven,
aunque ha asumido estupendamente la función de conductor desconocido, no deja de ver en la autoestopista desconocida a su chica, y eso es preci samente lo más doloroso, porque observa cómo su chica seduce a un hombre desconocido y disfruta del amargo privilegio de estar presente; observa de cerca el aspecto que tiene y escucha lo que dice cuando lo engaña (cuando lo engañaba, cuando lo va a engañar); tiene el paradójico honor de ser él mismo objeto de su infidelidad.
Observemos que la rareza de este juego es producida por el pensamiento que Kundera llama simbólico y que Piaget y Wallon conceptualizaron como sincrético.19 Freud acuñó el término condensación para referir el proceso por el que en los sueños quedan fusionados elementos que en la vida diurna aparecen nítidamente discernidos, y este sincretismo o confusión ocurre cuando el joven le otorga existencia real a la autoestopista que su novia simula ser. Su no discernimiento también emerge cuando él se asume como un perfecto desconocido para la autoestopista —con la misma consistencia de realidad que le otorga a ella—, cuando observa que su novia va a serle infiel con él mismo, y cuando tal infidelidad el joven la extiende hacia el pasado, el presente y el futuro de su chica.
Lo anterior muestra que un recurso muy bien utilizado por Kundera es el pensamiento confuso o sincrético de sus personajes, y que esta forma de pensar es la que produce la sabiduría contenida en sus novelas. Tal pensamiento sincrético es el que Kundera también hace evidente cuando analiza Los sonámbulos de Broch. En esta novela, Pasenow imagina que la Virgen María, la sirvienta que trabajaba en la granja de su padre, y Elizabeth (la mujer con quien ya adulto debía casarse), son la misma persona, y si para el joven de “El falso autostop” su novia es también una autoestopista y una prostituta, entonces no hay duda de que su juego llega a una situación extrema porque ocurre teniendo como eje el pensamiento sincrético.
Es interesante observar que a los jóvenes les fue imposible detener su juego y que cuando éste terminó les fue muy difícil regresar a su relación habitual. Él prostituyó a su novia y ella contribuyó a que él la prostituyera, pero lo que ahora más importa es comprender cómo ocurrió esta inesperada y recíproca alteración.
Si sólo se tratase de un pensamiento lógico y de otro irracional o sincrético (siendo el primero el de la vida ordinaria y el segundo el de los juegos y sueños), los jóvenes sin dificultad habrían regresado a su convivencia habitual. Él seguiría siendo tierno con su novia y ella seguiría comportándose como una chica tímida y sencilla. Esto es lo que ambos de-sean y esto se expresa cuando la joven insiste en que ella es ella, y cuando el joven invoca a su compasión para silenciar la monótona tautología de su novia. No obstante, todo queda en suspenso, porque los jóvenes aún tienen trece días de vacaciones y nada garantiza el retorno a la normalidad. La incertidumbre en la que Kundera quiere dejarnos es evidente y logra su objetivo, pues también nos hizo saber que la situación existencial a la que llegaron los dos jóvenes, no tiene como simple causa sus pensamientos racionales y sincréticos que pueden alternarse e incluso coexistir. Porque los jóvenes mientras jugaban también modificaron sus actitudes y sus interacciones, además el cambio que experimentaron fue intensamente emotivo. Este cambio es muy consistente porque emerge por la convergencia de varios procesos que interpersonalmente lo consolidan. Es decir, si el joven acostumbraba tratar a su novia con delicadeza, después de ser vulgar con ella será más susceptible de tratarla en forma ruda, y la joven que era incapaz de no avergonzarse frente a su novio cuando ocasionalmente debía decirle que necesitaba orinar, después de comunicarle sus deseos de promiscuidad sexual, será más susceptible de tener esos mismos impulsos promiscuos.
El joven amaba la pureza que le atribuía a su novia, pero pudo ver que en ella había de todo: fidelidad e infidelidad, traición e inocencia, coquetería y recato, y aquella mezcla brutal le pareció asquerosa, como la variedad de un basurero, ¿podrá entonces seguir amando la supuesta pureza de su novia? Y la joven que sólo desconfiaba de su novio, después de ver el despliegue de sus habilidades seductoras frente a una mujer desconocida, ¿podrá ahora sólo desconfiar, o creerá que su novio le es infiel cada vez que se le presenta la oportunidad?
Cada uno pudo percatarse de la gran naturalidad con la que el otro actuaba cuando simulaba ser alguien completamente distinto; además conocemos los pensamientos que en secreto tienen ambos. Ella se siente ridícula, pasada de moda y quiere ser tan seductora y atractiva como supone que son las mujeres que no se angustian nunca. Él siente que su vida es monótona y sujeta a todo tipo de controles, por ello durante sus vacaciones quiso mostrarse como un hombre audaz y libre. En los dos casos se trata de deseos ingenuos, pero, dice Kundera, “qué se va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la vejez”.
En síntesis, la alteración externa a la que llegaron los dos jóvenes se manifestó no sólo en sus pensamientos sino también en sus emociones, actitudes e interacciones: fue social y abiertamente recíproca, y esta alteración interpersonal o externa a su vez exige explicar por qué los deseos de los jóvenes aprovecharon a través del juego —y precisamente entre ellos— su oportunidad para emerger. La explicación que ahora intentaremos es precisamente la de esa alteridad íntima.
Sin exponer en este apartado todos los procesos que posibilitan la construcción de la existencia personal, debo por lo menos decir que la noción del yo no surge inmediatamente después del nacimiento biológico. De hecho en la vida neonatal persiste, aunque atenuado, el vínculo fisiológico que fue absoluto durante la vida intrauterina. Este vínculo continúa a través del amamantamiento que la madre le ofrece a su hijo y él además de nutrirse con la leche materna, establece una intensa relación con los estímulos que ella le proporciona. Este primer vínculo posnatal fue considerado por Wallon como una prolongación de la “simbiosis” que existe entre el niño en gestación y su madre, porque el recién nacido continúa en una total dependencia y porque desde su condición de casi absoluta impotencia, aglutina en torno a su madre todas las reacciones que en este primer periodo le son posibles.20 Es decir, el recién nacido carece de una referencia de sí que le sea exclusivamente propia, porque continúa fisiológicamente adherido a su madre de un modo muy intenso. Podríamos decir que él en esta primera época es un “no-yo”, pues no posee las habilidades que le permitirían satisfacer todas sus necesidades vitales y es un ser externo quien necesariamente debe atenderlas.
Por ello quien la mayor parte del tiempo lo atiende, se convierte en su referencia más significativa. Es válido entonces decir que el primer yo del niño está fuera de él. Su primer yo es un alter —exógeno y centrípeto—, porque la persona que con mayor frecuencia satisface sus necesidades más apremiantes, progresivamente se convierte en el primer núcleo de todos sus estímulos referenciales. Quien lo balancea cuando tiene necesidad de movimiento, quien lo alimenta cuando tiene hambre, quien lo abriga con todos los estímulos de su contexto social específico, en la fase inicial del desarrollo es el primer yo del niño. Esto implica que no existe después del nacimiento un ser egocéntrico y encerrado en sí mismo,21 sino un ser completamente abierto y vinculado al alter externo sin cuya intervención el lactante pronto moriría. En esta relación la madre identifica las necesidades de su hijo y actúa de modo complementario satisfaciéndolas. Éste recibe los satisfactores que requiere y no se distingue del ser que se los proporciona. Ambos se encuentran en una relación muy intensa —relación en la que la madre se identifica tanto con su hijo que vive semidiferenciadamente lo que ella supone que éste puede sentir—, y relación totalizadora en la que el pequeño no puede distinguirse nítidamente del ser que lo atiende y él vitalmente necesita (durante sus primeros dos meses de vida el pequeño tiene una referencia significativa de sí únicamente por la presencia de la madre o de quien la ha sustituido, y mediante la red de estímulos que ese alter externo constantemente le ofrece).
Pero observemos que desde el interior de esta relación intensa y difusa, el niño progresivamente construye sus actitudes hacia esa entidad inevitablemente externa pero que también es extremadamente íntima. La matriz actitudinal que así emerge reemplaza a la adherencia fisiológica inicial y genera una nueva relación sincrética, un nuevo vínculo difuso que explica por qué el niño de tres meses, aunque esté biológicamente satisfecho, llora cuando de él se aleja su alter excéntrico. Es como si quedase incompleto sin ese otro externo que lo vive como algo muy íntimo. Tiene con tal alter un intenso vínculo afectivo y como ese otro vital es la más importante referencia que tiene de sí mismo, si pudiese hablar podría decirnos lo siguiente: “ese otro soy yo”.
Es decir, su primer alter externo condensa casi todos los estímulos que le son significativos y por ello atrae casi todas sus tendencias afectivas. Así comienza la construcción subjetiva del niño y ésta se dirige hacia ese otro que es simultáneamente externo e íntimo, alter cuya ausencia provoca que el pequeño pierda casi toda la referencia que tiene de sí. Pero al quedar afectivamente alterado cuando su yo externo se aleja o lo atiende de un modo que no se ajusta a sus expectativas, el niño progresivamente descubre el carácter bipolar de las relaciones en las que se encontraba inmerso desde su nacimiento.
Al principio [aclara Wallon] sólo resulta un sentimiento de desacuerdo, de sorpresa y algunas veces de malestar, que se traduce en manifestaciones puramente afectivas. Pero llega un momento en que el niño se remonta a la fuente de ese desequilibrio entre sus previsiones o intenciones y el efecto real. Descompone la situación en dos fases, una activa y otra pasiva. Es el periodo en que hace la prueba de este descubrimiento, librándose a juegos de alternancia que le hacen desempeñar una y otra vez los papeles de autor y víctima: dar y recibir un golpe, salvarse y volver a caer en la trampa, esconderse y buscar. Así llegará a descubrir al partenaire [al compañero externo], y la práctica de la alternancia le hará reconocer la alteridad en su propia sensibilidad, antes indivisa.22
Por el descubrimiento de estas dimensiones activas y pasivas, que al inicio están fuertemente entrelazadas, emerge una nueva fase identitaria,23 misma que Wallon conceptualiza como fase de las reacciones alternantes y recíprocas. Esta es la que posibilita la posterior construcción del compañero externo (el partenaire, según la terminología de Wallon), concebido como una persona radicalmente distinta y ajena a la sensibilidad del niño; pero antes de esta difícil construcción predominan los compañeros íntimos —sus propios recíprocos—, los compañeros complementarios y alternantes que ha interiorizado, y que el niño menor de tres años de modo evidente expresa en sus juegos. Por interiorización aquí entendemos la microrreproducción de los comportamientos y las actitudes que el niño observa en los personajes reales o ficticios que más lo fascinan. Esta microrreproducción ocurre por la activación de las neuronas que han sido llamadas “espejo”, debido a que en ellas sinápticamente se “reflejan” las acciones que alguien observa con atención.24 Después ampliaremos la descripción de este proceso y por ahora lo que importa es decir que esta microrreproducción de los comportamientos observados, constituye el proceso a través del cual el niño inicia la construcción de sus otros íntimos.
Cada otro íntimo que se construye al microrreproducirlo constantemente, se convierte en su propio recíproco, y cuando el niño juega siempre expresa al otro íntimo activo que ha interiorizado, alternándolo con el personaje íntimo pasivo que también interiorizó y que le es complementario; ambos personajes íntimos son solidarios con las sensaciones e imágenes que el niño de esta edad tiene de sí mismo. Esta es la tercera fase de su construcción identitaria, fase en la que el niño incrementa notablemente su capacidad de acción y extiende el espectro de sus interacciones. Por ello se amplían los ámbitos en los que ocurre la microrreproducción de los comportamientos que le interesan, comportamientos que reproduce efectivamente en sus juegos y por los que el niño construye de modo íntimo las relaciones implicadas entre los comportamientos activos y pasivos que previamente interiorizó. Así la subjetividad del niño intensifica su dialectización y continúa oscilando desde las dimensiones activas hacia las pasivas y viceversa. Es decir, la acción que realiza la continúa inmediatamente con la reacción típica que le es complementaria: por ejemplo cuando hace una pirueta e inmediatamente se felicita gritando “bravo” para sí mismo.
Esto equivale a decir que después de la adherencia fisiológica y del predominio del sincretismo afectivo, el niño conquista su primera distinción frente a los otros externos con los que antes se confundía. Obsérvese que esta separación relativa de su entorno social inmediato más significativo, emerge en la medida en que logra condensar y en forma autónoma expresar las relaciones que antes vivía en forma indivisa. Estas relaciones, primero las vivía de un modo difuso, cuando su madre era la referencia más significativa de él mismo, y cuando quedaba fascinado ante las personas cuyos compor tamientos progresivamente interiorizaba. Después se dedica a reproducir en forma autónoma los comportamientos involucrados en tales relaciones, y así afianza su conocimiento de las dimensiones activas y pasivas que las caracterizan. Es la época en que se dedica a reproducir los personajes íntimos que ha interiorizado y época en la que por tal reproducción emergen nuevas reacciones circu lares que son distintas a las conceptualizadas por Piaget, porque son reacciones predominantemente intrapersonales (protointrapersonales, si queremos ser precisos).25 Dicho de otro modo, en esta tercera fase la subjetividad del niño es bipolar y esta bipolaridad se expresa claramente en sus juegos, que pueden variar de contenido pero siempre conservan la intercambiabilidad de los personajes íntimos que el niño es porque activa e indistintamente los expresa: él es el jinete y es el caballo, él se esconde y se busca, él brinca y él mismo se aplaude, etcétera.
En síntesis podemos decir que después de la adherencia fisiológica y del aglutinamiento afectivo, después de los momentos en que es crucial la especularidad sináptica por la que el niño microrreproduce los comportamientos que más le atraen, el predominio de las reacciones alternantes y recíprocas le proporciona al niño una nueva referencia de sí: ¡referencia en la que él es su propio recíproco indiferenciado! Por ello, si le preguntásemos quién es él, y si pudiese comprender lo que esto significa, nos diría: “yo soy todos los personajes recíprocos que he interiorizado y que en mis juegos de modo alternante expreso”. Es decir, es todos los personajes íntimos que siempre expresa en forma alternante y recíproca, así genera y ejercita las reacciones circulares activas y pasivas ya mencionadas, y esto implica que en esta tercera fase, el niño como si fuese un péndulo, oscila entre la causa y el efecto de su propia acción lúdica.
En esta tercera fase el aglutinamiento afectivo logra atenuarse porque el niño constantemente exterioriza los comportamientos que previamente interiorizó. Él es, insisto, la parte activa y la parte pasiva de sus juegos —es quien tira la pelota y quien necesariamente debe recogerla—, porque se dedica a reproducir los comportamientos complementarios que ha interiorizado y que ahora en forma autónoma explora. Es importante señalar que en esta tercera fase de su construcción identitaria, los niños ejercitan tales comportamientos bipolares sin tener un rol que sea de su preferencia. Ellos juegan alternantemente a ser quienes persiguen y quienes son perseguidos, es decir cada niño se persigue a sí mismo,26 y ésta también es la fase en que predominan los “monólogos colectivos” que Piaget estudió. Estos son los diálogos que los niños tienen consigo mismos, y que realizan para sí, incluso cuando uno está jugando al lado de otro. Piaget los definió como pseudoconversaciones, durante las cuales los niños no hablan con sus supuestos interlocutores, sino que hablan para sí mismos.27 Pero adviértase que en la perspectiva aquí expuesta, tales monólogos únicamente son la expresión externa de los procesos con los que cada niño continúa la construcción y expresión de sus otros-íntimos. En esta tercera fase el infante tiene una identidad dual, pues ha interiorizado los vínculos en los que se ha encontrado inmerso desde su nacimiento, y por tal interiorización su identidad ahora oscila entre las diversas díadas íntimas en las que él es su propio recíproco indiferenciado.
Consideremos también que al principio, el niño al hablar para sí, al dialogar con él mismo, no requiere estímulos distintos a su propio deseo de hacerlo, y que después los otros externos quedan transformados en los excitantes o detonadores de sus diálogos consigo mismo. Esta segunda etapa de la tercera fase del desarrollo identitario tiene la siguiente historia: el niño primero vive indiferenciadamente relaciones que le permiten microrreproducir comportamientos activos y pasivos; después interactúa en su mundo social y reproduce amplia y externamente los comportamientos que interiorizó (comportamientos y relaciones que siguen expresándose en forma indiferenciada); posteriormente oscila, también indiferenciadamente, pero ahora de modo íntimo, entre los personajes complementarios que dan forma a sus juegos (el niño juega con él mismo); y finalmente, justo porque en esta edad también establece, con quienes convive, vínculos recíprocos y alternantes, vínculos en los que por ejemplo él primero persigue e inmediatamente después es perseguido, esos otros externos con los que interactúa comienzan a ser construidos, comienzan a ser significados por el niño, como sus recíprocos externos semidiferenciados.
Es decir, cuando un niño quiere jugar y espera que otro lo persiga, esta expectativa expresa su polo activo y por ello su escapatoria expresa el polo pasivo. Así el niño continúa, pero ahora a través de su otro externo semidiferenciado, sus reacciones alternantes y recíprocas. Evadirse es, pues, efecto de su propia provocación de ser perseguido (evadirse es su reacción ante la acción que él en el otro provocó). Lo mismo ocurre en el niño que lo persigue y que, por ejemplo, después de tocarlo, también quiere ser perseguido por aquel. Sucede lo mismo respecto de los diálogos: prime-ro los vive inmerso en su mundo social y los interioriza; después inician sus intentos de comunicación efectiva con quienes le rodean; sigue el periodo en el que el niño en forma autónoma dialoga consigo mismo; y posteriormente los otros externos son exclusivamente los estímulos que activan sus diálogos íntimos. Esto hace que los otros externos, por ser los excitantes de tales diálogos interiorizados, progresivamente queden transformados en los atractores de los polos que antes el niño ejercía de modo exclusivamente íntimo.28 Así esos otros se convierten en los depositarios de las dimensiones que el niño ahora se deleita en exteriorizar. Podemos pues concluir que por la excitación social externa típica de esta segunda etapa, el niño avanza desde una semidiferenciación externa inicial hacia una semidiferenciación externa radical.
Esta semidiferenciación externa radical constituye la cuarta fase del desarrollo identitario, fase que termina cuando culmina la escisión de las bipolaridades que antes eran exclusivamente íntimas. En esta fase las interiorizaciones previas son radicalmente exteriorizadas, porque el niño intenta depositar en un otro externo, sólo el polo pasivo sobre el que quiere ejercer de modo complementario la parte activa que ahora prefiere. Ahora el niño necesita a ese otro externo y sin él su polo activo queda incompleto; aún no logra su plena diferenciación y requiere a ese otro como su imprescindible complemento. Por esta relación semidiferenciada, el niño exige que el otro se comporte exactamente como él lo desea. Provisionalmente podemos decir que para él ese otro externo sólo existe como su “alter ego”, como su segundo alter excéntrico, como el complemento pasivo de su nueva y ferviente actividad. El niño enfáticamente pretende que ese otro sólo exista como su semidiferenciada mitad. El otro deja de ser un simple detonador de los diálogos íntimos que el niño antes exteriorizaba, y en esta cuarta fase ese otro se convierte en la mitad externa de su subjetividad que antes era íntimamente dual y complementaria. Por ello sigue necesitando a esa mitad de sí que ha sido externamente objetivada, para ejercer sobre ella su ternura, sus bromas o su agresión y sus burlas —y en esta fase nada le incomoda más que no poder estar en forma activa frente a su complemento externo, frente a ese nuevo alter que le representa la anterior mitad de sí mismo; mitad pasiva que ya ha exteriorizado y con la que sigue estableciendo una relación semidiferenciada porque aún la necesita para poder sentirse completo, activamente completo.
Considérese que en la tercera fase el niño no permitía que otro recogiese la pelota que él aventaba, puesto que él era tanto la parte activa como la parte pasiva de sus juegos, y observemos que en la cuarta fase de su construcción identitaria, aunque es mayor y su comportamiento es mucho más ágil, avienta la pelota y exige que otro se la devuelva. Ese otro es su complemento indispensable, porque le ha atribuido —ha exteriorizado en él— las dimensiones pasivas que antes vivía de modo íntimo. Es la famosa época de los berrinches con los que el niño exige que los otros representen las dimensiones pasivas que necesita exteriorizar. Por ello ahora él se esfuerza por mostrarse únicamente desde sus dimensiones activas. Expulsa de sí las dimensiones pasivas que ya no le satisfacen, al adjudicárselas a los otros externos que deben someterse a todos sus deseos.
Así inicia la compleja edificación de una existencia personal que cada vez más quiere ser íntegra y única, y para esta edificación requiere ejercer un dominio creciente sobre su entorno social inmediato, por ello exige que quienes le rodean le obedezcan y le den todo lo que él comenzará a ostentar como propio. Aunque el objeto en sí no le interese, al obtenerlo mediante su inflexible obstinación y poseerlo como si fuese un trofeo, el niño se asume como una causa íntima que de modo expansivo busca situaciones sociales externas para continuar autoafirmándose. Esta es la época en que el niño no quiere beber su leche porque está caliente, porque está tibia o porque está fría. Si el niño al principio parecía ser el simple efecto de las manipulaciones que sobre él ejercía su primer alter excéntrico (alter que en la mayoría de los casos es la madre) y si después sus juegos no eran más que la simple reproducción de relaciones en las que se encontraba confundido —siendo él indistintamente tanto la causa como el efecto—; ahora quiere ser exclusivamente la parte activa ante la cual los demás deben incondicionalmente someterse.
Esta necesidad de ser sólo causa y ya no ser indistintamente causa y efecto, se caracteriza por la semidiferenciación externa en la que el otro debe ser la parte pasiva complementaria. Sin ese otro complementario y pasivo el niño se siente incapaz de ejercer las dimensiones activas que ahora son las únicas que le satisfacen. Estas dimensiones activas dinamizan su actual desarrollo y mediante ellas el niño avanza en su construcción identitaria, al obligar que los otros objetivamente asuman las dimensiones pasivas que antes él vivía en forma exclusivamente íntima. Por ello su identidad sigue siendo estructuralmente complementaria: es la de un ser activo vinculado a la parte pasiva que el otro externo debe representar para él. Así esta fase emerge como una inversión de la condición de subordinación que él casi siempre había tenido frente a quienes han sido para él es pecialmente significativos, y esto también explica por qué los berrinches de los niños de esta edad no son tan radicales frente a las personas que le son poco familiares. Ante quienes no le son especialmente significativos, el niño no requiere invertir la relación pasiva o de insubordinación que en esta cuarta fase él con firmeza rechaza.
Recordemos que, en la tercera fase, el niño ejercita los dos polos de las relaciones que ha interiorizado: primero indiferenciadamente, siendo él su propio recíproco, y después de un modo tenuemente semidiferenciado y teniendo al otro externo no como un auténtico interlocutor, sino simplemente como un estímulo que le anima a expresar en voz alta sus diálogos consigo mismo. Después, cuando se aproxima a su tercer año de vida, el niño accede a la cuarta fase de su desarrollo identitario, y avanza en su diferenciación al exigir que se le entregue la pelota cada vez que él la avienta. Esta diferenciación que será cada vez más radical, se consolidará en la medida en que el niño se asuma como una causa personal frente a la cual los demás sólo deben ser simples efectos. Es el periodo de su identidad oposicionista y que Wallon conceptualizó como fase del personalismo; fase en la que el niño logra la objetivación social de su polo pasivo, al atribuirlo obstinadamente a un otro externo. Obsérvese que esta objetivación o exteriorización de la parte pasiva que ya no le satisface, ocurre simultáneamente con la nueva subjetivación que el niño hace de sí mismo, al preferir actuar exclusivamente desde sus dimensiones activas. Pero el niño no discierne, no exterioriza, no expulsa de sí lo que le parece extraño con relación a una supuesta conciencia previa. Al contrario, el niño exterioriza lo que le parece pertenecer al medio sólo después de un trabajo simultáneo de ensamble y condensación. Esto es lo que se produce con los juegos íntimos alternantes y recíprocos típicos de la tercera fase del desarrollo identitario, y después de haber logrado tal ensamble y condensación, en la cuarta fase es posible la expulsión de los elementos subjetivos pasivos que al niño ya no le agradan. Es decir, por la objetivación externa de su subjetividad pasiva que antes era íntimamente complementaria de su subjetividad activa, poco a poco y por contraste, el niño va configurando su existencia personal, no en forma lineal y homogénea, sino como un desarrollo desigual en el que sus diversos comportamientos y significaciones avanzan con sus respectivas variaciones de amplitud y ritmo.29
Lo importante es que así transita hacia la quinta fase de su construcción identitaria. Aquí la indiferenciación bipolar previa queda relativamente superada y transformada en relaciones cuyos extremos habitualmente designamos como lo objetivo y lo subjetivo. Dicho directamente: en esta fase continúa la construcción de ese centro personal que todos sentimos como íntimamente exclusivo, pues el discernimiento previamente logrado permite que el niño establezca una nueva relación con él mismo. Ahora el niño continúa decididamente construyendo su yo y de modo simultáneo deliberadamente prosigue con la construcción de su ego (su nuevo universo íntimo).
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Precisemos los términos y desde esta quinta fase del desarrollo identitario consideremos al yo como el aspecto referencial y abiertamente comunicable de una persona. Antes de los tres años cualquier niño normal puede decir cómo se llama, puede referir quiénes son sus padres e informar sobre la película que acaba de ver, puede comunicar lo que le gustaría hacer después de comer y expresar el dolor que siente por haberse caído, etcétera. Estos aspectos están relacionados con su yo, mientras que su ego es la intimidad que el niño comienza a construirse en forma decidida cuando supera su fase oposicionista. El yo es, pues, una expresión social y el ego es una nueva construcción íntima. El ego es nuestra interioridad exclusiva y no está directamente relacionada con el entorno inmediato. Esta intimidad del ego es cada vez más amplia y versátil, porque cuando el niño intensifica su diferenciación frente a los demás, de modo simultáneo también construye su nueva socialidad íntima. Esta diferenciación emerge no como un juego intrascendente, sino cuando el niño procura seriamente oponerse, distanciarse, diferenciarse activamente frente a los demás.
Así inicia la quinta fase de su desarrollo identitario, en la que él también se configura un mundo lleno de personajes imaginarios con los que se identifica o hacia los que tiene algún tipo de aversión. Por lo anterior el ego es como un amplio abanico de relaciones íntimas jerarquizadas. Los personajes imaginarios que gozan de la preferencia constante del niño, gradualmente configuran constelaciones sinápticas que involucran procesos actitudinales, emotivos y cognitivos. Esto implica que los personajes imaginarios que el niño casi siempre rechaza, igualmente configuran constelaciones sinápticas que contrastan con las primeras y que designaremos como las dimensiones subordinadas del ego.
Todas estas constelaciones sinápticas se integran por la actividad coordinada de varios grupos de neuronas cuyos procesos convergen desde diversas áreas funcionalmente especializadas. Estos grupos neuronales interactúan fuertemente entre sí y por tal integración funcional cada constelación sináptica no tiene fronteras anatómicas específicas. Como Edelman y Tononi precisan con relación a lo que ellos llaman núcleos dinámicos, un grupo de neuronas puede formar parte de la constelación sináptica temporalmente dominante y así generar un tipo específico de experiencia consciente, pero en otras ocasiones ese mismo grupo de neuronas puede encontrarse parcialmente inhibido y entonces sólo contribuir a la emergencia de procesos preconscientes.30
La inhibición parcial de diversas constelaciones sinápticas después la estudiaremos en forma precisa, y por ahora basta decir que la sincronía sináptica de distintos grupos neuronales puede variar en fracciones de segundo. Por ello un campo sináptico puede cambiar súbitamente y entonces lo que se percibe en primer plano es lo que instantes previos era percibido como fondo. Así las constelaciones sinápticas se contrastan y se consolidan de un modo cada vez más asimétrico. Es importante notar que las constelaciones sinápticas predominantes y sus respectivas constelaciones sinápticas subordinadas con las que se contrastan, no son la simple expresión neurofuncional de los comportamientos externos que han sido interiorizados. Porque estas nuevas constelaciones sinápticas son creadas y recreadas por el propio niño, quien es muy susceptible de exteriorizarlas cuando el contexto le es propicio. De este modo, al asumirse como una causa íntima que produce efectos sociales externos, el niño continúa la edificación de su yo, y por las relaciones jerarquizadas que configura dentro de su propio universo simbólico, el niño también avanza en la consolidación de su ego. Es decir, en la confrontación imaginaria de los personajes que el niño admira y rechaza, su ego progresivamente emerge como dos grandes dimensiones dialécticamente entramadas: una la mayor parte del tiempo es dominante y la otra subordinada. La dimensión dominante sintetiza lo que el niño anhela ser y la dimensión subordinada condensa lo que el niño no acepta para sí mismo. Estos procesos progresivamente configuran su ego, y enseguida veremos cómo tales dimensiones dominantes y subordinadas recíprocamente se consolidan y contrastan.
