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La Cátedra Universitaria para la Cultura de Paz —que fue creada por la comunidad académica del Centro Universitario de Tonalá el 11 de octubre del 2019 con el objetivo de transformar la cultura hacia una visión de paz—, ha entendido muy bien a lo largo de estos primeros años de vida, que dicha transformación no se logrará sin realizar esfuerzos conjuntos por visibilizar los problemas que algunos filósofos, sociólogos y antropólogos nos han advertido en una crisis civilizatoria a la que además se le suma una catástrofe climática que ha puesto en nuestras manos una bomba de tiempo.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Índice
Presentación
Denisse Ayala Hernández
Separata de presentación. Una invitación a pensar la educación para la paz, desde el activismo y la resistencia
Denisse Ayala Hernández
Retos y problemáticas de los pueblos originarios
jorge ignacio rosas, María de Jesús Patricio Martínez (Marichuy), David Daniel Romero Robles, Miguel Gómez Pérez, Fortino Domínguez Rueda
La desaparición forzada en México. Continuidad y cambio
jorge ramírez plascencia, denise ayala HERNÁNDEZ, Camilo Vicente Ovalle, Rubén Martín, Alejandra Cartagena
Deudas sociales y desafíos de la democracia
marco antonio núñez becerra, denisse ayala hernández, Azul Aguiar Aguilar, Daira Arana Aguilar
Semblanzas
Presentación
Denisse Ayala Hernández
La Cátedra Universitaria para la Cultura de Paz —que fue creada por la comunidad académica del Centro Universitario de Tonalá el 11 de octubre del 2019 con el objetivo de transformar la cultura hacia una visión de paz—, ha entendido muy bien a lo largo de estos primeros años de vida, que dicha transformación no se logrará sin realizar esfuerzos conjuntos por visibilizar los problemas que algunos filósofos, sociólogos y antropólogos nos han advertido en una crisis civilizatoria a la que además se le suma una catástrofe climática que ha puesto en nuestras manos una bomba de tiempo.
En este sentido, este texto puede verse como un distanciamiento a los planteamientos que quieren colocar el tema de la cultura de paz —y de la paz en sí— como un asunto de esfuerzo y actitud individual, asumiendo con ello, que el individuo puede actuar de forma autónoma; ignorando el conjunto de condiciones adversas, de precariedad, concentración de la riqueza, violencia, degradación, despojo, violación de derechos humanos e impunidad.
En un contexto así, donde el sentido de libertad y democracia se ponen en entredicho, la resistencia sirve de luz para imaginar que otras realidades deberían ser posibles. En este sentido, el presente texto pretende, a través de los dialogantes, dar voz a los subordinados, a los censurados, a los desplazados, a quienes no tenemos certeza de su vida, pero tampoco de su muerte. Por todos ellos, valió la pena convocar a la Cátedra Universitaria para la Cultura de Paz.
Con todas estas intenciones, los diálogos ocurridos en la Cátedra Universitaria para la Cultura de Paz durante los meses de agosto y septiembre del 2020: Retos y problemáticas de los pueblos originarios; La desaparición forzada en México. Continuidad y cambio y Deudas sociales y desafíos de la democracia, nos vienen a recordar que existen pensadoras y pensadores, activistas, periodistas, así como investigadoras e investigadores, que levantan la voz, para denunciar la multiplicidad de problemas que aquejan la paz.
Separata de presentación. Una invitación a pensar la educación para la paz, desde el activismo y la resistencia
Denisse Ayala Hernández
Habitualmente, las presentaciones de los libros sirven para hablar a profundidad sobre las participaciones de los interlocutores del texto, no obstante, hemos querido aprovechar estas líneas para apuntar algunas pistas que nos ayuden a reflexionar sobre lo que significa educar a partir de las voces sociales de los agentes que documentan a proximidad de las violencias que desdibujan la paz social en cada contexto.
En principio, el discurso de la paz se instauró a propuesta del Congreso General de la Organización de las Naciones Unidas de 1989, que propuso la “cultura de la paz”, donde se plantea incorporar en los programas de enseñanza, elementos relativos a la paz y derechos humanos con base en los valores universales del respeto a la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, derechos humanos e igualdad entre hombres y mujeres (Unesco, 1998a).
En 1999, el Programa de Acción sobre Cultura de Paz de la onu propuso, entre otros elementos: la promoción y práctica de la no violencia mediante la educación; diálogo, cooperación, respeto pleno y promoción de derechos humanos y libertades fundamentales; arreglo pacífico de conflictos; y esfuerzos para satisfacer necesidades de desarrollo y protección del medio ambiente de las generaciones presente y futuras (ibid.).
Actualmente, la construcción de una cultura de paz y el desarrollo sostenible forman parte de los objetivos principales del mandato de la Unesco, señalando la formación y la investigación para el desarrollo sostenible entre sus prioridades, así como la educación para los Derechos Humanos, las competencias en materia de relaciones pacíficas, la buena gobernanza, la memoria del Holocausto, la prevención de conflictos y la consolidación de la paz (Unesco, 1998b). Lo cierto es que, a pesar de los pronunciamientos oficiales que la onu pueda emitir, la realidad es que el mundo nunca ha dejado de atravesar situaciones convulsas que aquejan a los sectores más vulnerables y que deterioran profundamente la paz como condición de posibilidad para la vida social en muchos sentidos y en diferentes escalas.
Los expertos dicen que el primer paso para educar en la paz se da a través de la institucionalización del tema, esto es, que la escuela adopte un enfoque formativo y que propicie actividades para impactar las trayectorias de los estudiantes. Sin embargo, es necesario no perder de vista que esta idea no se sostiene por sí sola, puesto que para educar en la paz, se requiere de un marco conceptual y contextual desde el cual este tópico sea abordado para su socialización y en consecuencia se logre la formación de cierta comunidad de estudiantes. Asumiendo que educar es un acto político, no se puede formar en la paz sin intentar la expansión de nuestro entendimiento sobre el contexto propio y sin deconstruir las violencias. Para ello, se busca promover el desarrollo del pensamiento crítico con el objetivo de reconocer todos aquellos discursos que sientan las bases de sus argumentos en la justificación de la desigualdad frente al mérito, el despojo frente a la capacidad y el mercado como sinónimo de libertad y democracia.
Thomas Piketty (2020) nos dice que en todo el mundo se observa un aumento de las desigualdades económicas desde las décadas de 1980 y 1990. En algunos casos, la pobreza ha adquirido tal dimensión que resulta cada vez más difícil justificar en nombre del interés general.
Existe un enorme abismo entre las proclamas meritocráticas oficiales y la realidad a la que se enfrentan las clases desfavorecidas, especialmente en lo que concierne al acceso a la educación y a la riqueza. El discurso meritocrático y empresarial es, a menudo, una cómoda manera de justificar cualquier nivel de desigualdad por parte de los ganadores del sistema económico actual, sin siquiera tener que someterlo a examen, así como de estigmatizar a los perdedores por su falta de méritos, de talento y de diligencia. La culpabilización de los más pobres no existía o, al menos, no con esta magnitud, en los regímenes desigualitarios del pasado, que ponían el acento en la complementariedad funcional entre los diferentes grupos sociales (Ibid., p. 11).
El correlato de la violencia, por tanto, hunde sus raíces a nuestro parecer en la desigualdad, lo que Piketty explica mejor cuando nos dice que:
La desigualdad moderna se caracteriza por un conjunto de prácticas discriminatorias entre estatus sociales y orígenes étnico-religiosos que se ejercen con una violencia mal descrita en el cuento de hadas meritocrático. Esta violencia nos acerca a las formas más brutales de desigualdad, de las que decimos querer apartarnos. Basta citar la discriminación a la que se enfrentan las personas que no tienen domicilio o provienen de ciertos barrios y orígenes. Pensemos también en los migrantes que se ahogan en el mar. Sin un nuevo horizonte universalista e igualitario que permita afrontar de manera creíble los retos que plantea la desigualdad, los movimientos migratorios y las transformaciones climáticas en curso, es de temer que el repliegue identitario y nacionalista ocupe un espacio cada vez mayor en la construcción de un relato que termine por sustituir al que actualmente predomina (propietarista y meritocrático). Sucedió en Europa durante la primera mitad del siglo xx y vuelve a ponerse de manifiesto a comienzos del siglo xxi en diferentes partes del mundo (Ibid., p. 14).
El reflejo del fenómeno que nos menciona Piketty se replica en Latinoamérica, región en la cual se detienen a miles de personas centroamericanas en la frontera sur de México, quienes sufren todos los días de todo tipo de violencias y atropellos a sus derechos ciudadanos al ser despojados de su dignidad; donde las instancias gubernamentales de dicha frontera replican las vejaciones similares a las que se enfrentan los connacionales en la frontera norte con Estados Unidos.
Si asumimos que una de las tareas históricas de los claustros universitarios es fungir como un espacio de convergencia para las expresiones más diversas del pensamiento, cierto es que la institucionalización cada vez más recalcitrante de las universidades propicia el encuentro de las narrativas que se construyen a partir de la hegemonía del orden social, por ello, para dar cabida a los cuestionamientos al statu quo, tendríamos que reconocer que nada estimula más el pensamiento crítico que aquellos sujetos que construyen una crítica y una resistencia al sistema dominante.
En este sentido, la revisión crítica de las realidades indeseables forma parte del estudio de la paz, pues sin la revisión de las mismas, no podríamos comprender los problemas que se constituyen en los obstáculos materiales que se interponen al logro de sociedades más justas y equitativas. Adriana Cavarero lo explica mejor cuando nos dice:
Mientras la violencia invade y adquiere formas inauditas, la lengua contemporánea tiene una dificultad para darle nombres plausibles. Los procedimientos de nominación que suministran los marcos interpretativos de los acontecimientos y orientan la opinión, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001, son parte integrante del conflicto. Cierto es que terrorismo y guerra evocan viejos conceptos y, más que iluminarlos, los confunden… Toda muerte es una desaparición y toda muerte violenta es un crimen, pero sólo la muerte violenta provocada casualmente y unilateralmente tiene la radicalidad del ultraje (Cavarero, 2009, p. 14).
Frente a las sociedades desiguales caben todas las resistencias, y desde las resistencias se configuran las posibilidades que permiten imaginar que otros mundos son posibles, que otras interpretaciones caben para desplazar las interpretaciones hegemónicas. En México, el movimiento más emblemático es el representado por el zapatismo, donde el subcomandante insurgente Marcos, en su ensayo El mundo. 7 pensamientos en mayo del 2003, apunta que todas las resistencias, en la historia de la humanidad, han parecido inútiles, no sólo la víspera, sino también ya avanzada la noche de la agresión, pero el tiempo corre (paradójicamente) a su favor si es concebida para ello.
Podrán caer muchas estatuas, pero si la decisión de generaciones se mantiene y alimenta, el triunfo de la resistencia es posible. No tendrá fecha precisa ni habrá desfiles fastuosos, pero el desgaste previsible de un aparato que convierte su propia maquinaria en su proyecto de nuevo orden, terminará por ser total. No estoy predicando la esperanza hueca, sino recordando un poco de historia mundial y, en cada país, un poco de historia nacional. Vamos a vencer, no porque sea nuestro destino o porque así esté escrito en nuestras respectivas biblias rebeldes o revolucionarias, sino porque estamos trabajando y luchando para eso. Para ello, es necesario un poco de respeto al otro que en otro lado resiste en su ser otro, un mucho de humildad para recordar que se puede aprender todavía mucho de ese ser otro, y sabiduría para no copiar sino producir una teoría y una práctica que no incluyan la soberbia en sus principios, sino que reconozca sus horizontes y las herramientas que sirven para esos horizontes (Subcomandante Marcos, 2003).
La resistencia siempre tendrá un componente importante de radicalidad, desde ahí se hace presente la rebeldía de no callar, de no tolerar, de no permitir, de no claudicar, la resistencia es el síntoma de que el orden que sirve de base a la hegemonía no es para todos, la resistencia es la cara opuesta de la aceptación por conveniencia o por resignación, la resistencia es el presagio de que la crisis viene.
Marina Garcés (2017) señala una suerte de condición póstuma anunciando que nuestro tiempo es el tiempo del todo acaba. Vimos acabar la modernidad, la historia, las ideologías y las revoluciones. Hemos visto cómo se acababa el progreso: el futuro como tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento. Ahora vemos cómo se terminan los recursos, el agua, el petróleo y el aire limpio. Así la prensa, las redes sociales y el debate público nos invitan a pensarnos desde la lógica de la extinción, no obstante, mucho de ese discurso producido en el espacio público no permea en la universidad, que en gran medida busca aferrarse a una narrativa de la calidad y de la competitividad como si los tiempos no apremiaran.
La misma Garcés denuncia una servidumbre cultural que es necesario erradicar a partir de una crítica radical para combatir la credulidad de los discursos oficialistas pronunciados por los vencedores, es decir, desenmascarar la cultura que nutre los sistemas de la sujeción política.
Una de las tesis que intentamos sostener es que la paz no puede entenderse sin el correlato de la violencia, y el correlato de la violencia tiene una cara multidimensional en la que siempre es evidente la desigualdad.
Explorar las condiciones problemáticas de ausencia de la paz social, hace necesario reconocer que, si bien es un problema muy complejo, podemos ensayar en ejercicio donde revisemos algunos aspectos que se interrelacionan entre sí, y que más o menos puedan funcionar como un recorte de realidad para aproximarnos.
Desde diversas latitudes es posible ubicar una geografía de violencia dispersa por el mundo: Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki, Camboya, Chechenia, Ruanda, Irak, Nueva York, Afganistán, Tijuana. Las muertes en masa pueden identificarse sin mayor dificultad, con una exposición del cuerpo cada vez más obscena.
El caso de nuestro país no es la excepción, si identificamos que la desigualdad social se agudizó a partir de la instauración de las políticas neoliberales en los gobiernos de los años noventa, desplazando la gestión del poder —ya descompuesta por la corrupción—, hacia una ruta destinada a privilegiar los intereses económicos sobre el bien común, gobernando para un pequeño grupo de empresarios que, privilegiados y enriquecidos, concentraron la riqueza del país, para que a la vuelta de una década más —ya hacia el año 2000 y con la alternancia política—, la exacerbación de la violencia fuera una tragedia anunciada, esto gracias a una política de seguridad pública que se pronunció por declarar una guerra contra el narcotráfico, episodio de nuestra historia en la que es bien sabido que llegaría para quedarse un tercer asociado a la gestión del poder: el crimen organizado, quien ha conseguido un nivel de escala tan potente, que hoy existe un concepto para nombrar el fenómeno: el narco-gobierno.
Sayak Valencia (2010) señalaba a la frontera norte de nuestro país como una zona nacional de sacrificio, donde todo vale. Hoy sabemos que esa zona se extendió a todos los rincones del país. Cuando hemos creído haberlo visto todo, las noticias logran sorprendernos con historias de terror donde cualquier ciudadano puede ser extraído de su domicilio para ser desaparecido y ejecutado. Podemos decir que hoy convivimos todos los días con una violencia cada vez más explícita. Así, el recuento de los daños es contado en términos narrativos y cuantitativos todos los días. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reconoce tan solo en Jalisco a más de 16 000 personas desaparecidas. Todos los días podemos documentar en los medios ejecuciones individuales y colectivas tanto de personas como de familias completas que nutren la normalización de un escenario de crueldad extrema.
Para pensar la educación para la paz y anclados en una evidente influencia del pensamiento de Freire, y de frente al escenario antes descrito, proponemos que la Cátedra no se constituya en un espacio para hablar desde los cercos de la academia universitaria exclusivamente, ni mucho menos reproducir en tales ejercicios una visión dominante del mundo, sino dialogar con los sujetos más próximos a las realidades que entraman la violencia en su propia carne o experiencia, para no prescindir del conocimiento crítico de las situaciones concretas que guardan los protagonistas de las historias del activismo y la resistencia de este país.
Si la Cátedra no solamente se ofrece al subalterno —asumido por Gayatri Spivak (2003) como el poseedor de una política de oposición auténtica, referida a los grupos oprimidos y sin voz (las mujeres segregadas, los migrantes, los indígenas, los marginados, los familiares de los desaparecidos, los sujetos precarios)—, sino que se concibe para que busque al subalterno, lo invite y lo acoja. Lo anterior permite articular la posibilidad de que los estudiantes escuchen en primera persona sobre las condiciones, las circunstancias y los rasgos del sistema social que imposibilitan la paz social, lo que podría resultar muy estimulante en términos de la formación de ciudadanía en los estudiantes. Esta formación permitiría, por una parte, que se desarrolle la capacidad de escucha del otro a partir de percibir la manera en que el subalterno registra la realidad que lo golpea, fomentando la generación de un tipo de reconocimiento y empatía social necesaria en nuestros tiempos. Por otra parte, amplía el entendimiento que del contexto puedan tener, lo que no ocurriría si el claustro universitario cierra su círculo a los estudiosos de los temas.
El activismo y la resistencia son reacciones sociales fundamentales para generar equilibrios en la sociedad. Así, el activismo y la resistencia se contraponen a los discursos dominantes, se vuelven antídotos para la reproducción de las violencias estructurales que se manifiestan, pues visibilizan las realidades sociales en sus formas más crudas.
En el presente libro hemos querido presentar tres disertaciones para convocar diversas voces que en conjunto conformen una caja de resonancia que nos ayude a visibilizar algunos fenómenos concretos tales como las violaciones más feroces hacia los ciudadanos de este país, la negación de los pueblos indígenas y el tema de los desaparecidos.
Las y los disertantes actuando desde el periodismo de denuncia (Rubén Martín), la academia crítica (Camilo Vicente Ovalle, Daira Arana, Azul Aguiar, Fortino Domínguez), el activismo de resistencia (Alejandra Cartagena, Miguel Gómez Pérez) y los ejercicios autonómicos de gobierno (David Daniel Romero Robles y María de Jesús Patricio Martínez), son atribuidos de una potencia que los legitima en términos de sus trayectorias, y que dotan de contenido tres fenómenos: la situación de los desaparecidos, los pueblos indígenas y la democracia.
Cada ejercicio es presentado por especialistas que nos facilitan el acceso al tema. Por una parte, Jorge Ignacio Rosas nos introduce al tema “Retos y problemáticas de los pueblos indígenas”, Jorge Ramírez al tema “Desaparición forzada en México. Continuidad y cambio”, y Marco Antonio Núñez Becerra nos facilita el tema “Deudas sociales de la democracia”.
