Dieciséis cuentos y tres tigres - Daniel Nesquens - E-Book

Dieciséis cuentos y tres tigres E-Book

Daniel Nesquens

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Beschreibung

Lo fantástico y la diversión se encuentran a la vuelta de la esquina. Tres tigres que no saben contar, una inundación descontrolada, un impermeable con su propia nube, una estatua que se harta de estar parada bajo la lluvia o el misterio que envuelve a un gran desayuno son solo algunas de las historias que aparecen en este libro. Hechos cotidianos que se vuelven fantásticos aplicando un poco de fantasía a nuestro día a día.

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Seitenzahl: 43

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

TRES TIGRES EN UN TRIGAL

UNA NUBE DIFERENTE

TRES PINGÜINOS

UN MAR DE DUDAS

EL LUTIER

IMPERMEABLE CON SORPRESA

COSAS DE GUISANTES

CORTINA DE BAÑO

UN REGALO PARA PAPÁ

EL SOL Y LAS LUNAS

DESAYUNO SOBRE LA MESA

LA MANGUERA

UNA TRIBU SALVAJE

INUNDACIÓN

LA ESTATUA DEL PARAGUAS

EL SEÑOR SOLO

UN ÁRBOL ALLÍ

ESCRIBIERON Y DIBUJARON

CRÉDITOS

A todos/as quienes leyeron mi primer libro: Diecisiete cuentos y dos pingüinos.DANIEL NESQUENS

A Fede, Fidel y Carlos Enrique por el magnífico principio. EMILIO URBERUAGA

TRES TIGRESEN UN TRIGAL

Era un día claro y despejado. Si mirabas al cielo no se veía ninguna nube. Solo un azul intenso más propio del mar Caribe.

Los tigres, tranquilos, despreocupados, comían trigo en un trigal. No se podía decir que estuvieran tristes. Estaban hambrientos. Bueno, ya no tanto. Se comían las espigas, el tallo, las hojas… Todo para adentro. Por supuesto que eran carnívoros, depredadores y un poco vegetarianos.

—Uno de nosotros cuatro debería vigilar —dijo uno de ellos, el que parecía tener más rayas negras.

—¿Cuatro? Qué risa. Ya veo que no sabes contar. Somos cinco —aseguró el de bigotes más largos.

—Es verdad, no sé contar. Tampoco sé los nombres de los planetas, ni cuando un número es primo o sobrino. Pero sé que uno de nosotros debería vigilar —observó.

—Ja, qué risa. Ni somos cuatro, ni cinco. Somos dos. Tú y yo —rio el que hasta entonces había estado callado.

—¿Y yo?

—Tú ¿qué?

—Que yo también estoy.

—Entonces somos seis. O siete.

—Bueno, da igual cuántos seamos. El caso es que alguien debería vigilar por si viene el dueño del trigal —dijo con aire preocupado el tigre que había hablado primero.

Pero ya era tarde. Una figura emergió por sorpresa. Era un tipo robusto, con aspecto de oso ruso que llevaba varios días sin probar bocado, con la piel tostada por el sol, con un bigote para dar y tomar. Vestía un pantalón de faena y una camisa de franela con un bolsillo cosido en el costado izquierdo.

Los tigres se giraron sorprendidos. Los habían pillado con las garras en la masa.

—Eh, ustedes tres. ¿Qué hacen comiendo trigo en mi trigal? —les gritó el dueño.

Los tigres intentaron dar un paso, pero era como si estuvieran clavados al suelo. Se miraron entre ellos, como no entendiendo nada, como si estuviesen dormidos. El tipo aquel tuvo que volver a preguntar.

—Ustedes tres. ¿Qué hacen comiendo trigo en mi trigal?

Los tigres parecieron despertar del sueño.

—¿Treees? —respondieron los tres al unísono.

—Sí, tres. Uno, dos y tres —insistió el recién llegado.

—¿Tres? Qué curioso.

—Sí, qué cosas.

—Yo hubiera dichos que éramos más.

—Yo menos.

UNA NUBEDIFERENTE

Esto… Ya no recuerdo lo que os iba a contar. Ah, sí.

Alguien me comentó que en Pokhara, una ciudad de casas de madera y argamasa, en pleno centro de Nepal, los hombres se suben a una escalera para coger trocitos de nubes. Las rellenan con una pasta triturada de queso de leche de yak que luego pasan por una sartén ovalada. Vuelta y vuelta. Las condimentan con curry, cúrcuma, cilantro y unos granos de pimienta negra.

Pero no era esto lo que os quería contar. Ahora sí, aquí va…

Todas las nubes mojan montañas, cultivos de maíz, de trigo, de arroz, de quinoa, tejados de pizarra, tiestos de geranios, de claveles, calles, hombres, mujeres, niños… Pero aquella nube no mojaba nada.

Se sentía triste, apenada, desdichada. Su mayor deseo era formar un charco con sus gotas y que un niño lo pisara con sus botas. La nube lo intentaba, pero su agua solo mojaba estrellas, planetas, satélites, asteroides, agujeros negros…

Otra nube, esta con forma de ratón agazapado, se le acercó.

—¿Por qué estás tan triste? —le preguntó.

La nube le explicó por qué estaba triste, por qué se sentía tan desventurada e infeliz.

—Solo mojo planetas, satélites, estrellas…

—¡Eso es imposible! Todas las nubes dejamos caer nuestra agua sobre la tierra —dijo su nueva amiga.

—Tú tampoco me crees —contestó muy sería—. ¡Soy una desdichada! —Y se echó a llorar.

Efectivamente, aquella nube vertía su agua como nadie antes.

Desconcertada, la nube con forma de ratón agazapado miró fijamente a su amiga. Fijamente, como cuando no sabes si es un 5 o una S. O una S o un 5. Volvió a mirarla. Se mordió una uña y se dio cuenta de lo que ocurría.

—¡Estás al revés! —casi gritó—. Solo tienes que darte la vuelta. Tan sencillo como eso.

La nube, emocionada, se dio media vuelta y derramó unas pocas gotas. Su agua, por vez primera, cayó sobre la tierra y mojó la copa de un árbol y a un señor con bigote al que le acababan de poner una multa por estacionar mal su coche.

—Lo que me faltaba, que lloviese ahora —dijo el señor, con cara seria. Y miró al cielo. Su vista se detuvo en una nube que parecía estar en las nubes.