Marcos Mostaza - Daniel Nesquens - E-Book

Marcos Mostaza E-Book

Daniel Nesquens

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Beschreibung

A Marcos Mostaza le hubiera gustado nacer en Estados Unidos, concretamente en el estado de Florida, cerca de Disney World. Pero ni es estadounidense, ni le gustan las hamburguesas, ni el kétchup, ni vive en una casa rodeada por una cerca de listones de madera acabados en punta, sino en un piso en la ciudad de Zaragoza con sus padres y su hermana Marina. Marcos tiene casi once años, un amigo que se llama Hanif, una amiga que se llama Lorena que dice frases misteriosas y un abuelo muy original. Descubre la peculiar vida de Marcos Mostaza, llena de curiosidades, aventuras y mucho humor.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

Aviso del autor

1.Estrellas del pop

2.Un aterrizaje perfecto

3.Patines de cuatro ruedas

4.Un montaje de la NASA

5.Matrícula extranjera

6.Máxima rivalidad

7.Impacto en la Luna

8.Animales insólitos

9.Nueve velas

10.Algo molesto

11.Unos ignorantes

12.Miguitas de pan

13.De misterio

14.Somos nosotros

15.Una bañera con hidromasaje

16.Me gusta mucho

17.1040 euros

18.Lo descubriré

19.En la pizarra

20.Cuénteme eso

21.Una placa de policía

22.Zumo de radio

23.A un millón de kilómetros

24.¡Hola, Lorena!

25.Puré de guisantes

26.Daredevil

27.Después del primer lavado

28.El cielo de Neptuno

29.Yo no tengo madre

30.Tan amarillo

31.Curioso, ¿eh?

32.Me tenías que haber visto

33.Pues tienes que acordarte

34.Se trata de una raza muy rara

35.Es muy complicado escribir con los ojos cerrados

36.¿Ayer?

37.Lo que me faltaba

38.Creo que te equivocas

39.O trece

40.Cuatro días para acabar el curso

41.Es un cerdo lampiño y pesa 80 kilogramos

42.Me la han intentado robar

43.Eres un mentiroso de primera

44.Y un hoyuelo en el mentón

45.Podrías ser un ladronzuelo

46.Lo has entendido perfectamente

47.Eso no nos lo habías dicho

48.Pero qué cuervos ni qué cebras

49.Lorena se puso seria y leyó

50.El hilo plateado de la lejanía

Auténtica entrevista falsa a Marcos Mostaza

Créditos

Aviso del autor

Corría el año 2007; yo era más joven, tú lector incluso igual no habías nacido, cuando sonó el teléfono de mi casa, creo que entonces no tenía móvil. Descolgué y escuché una voz amiga que me hizo una propuesta que me resultaría imposible de rechazar: escribir una serie de libros de un personaje que tuviese unos diez años, viviese en una ciudad de provincias y le sucediesen peripecias divertidas.

A partir de ese momento, en mi cabeza ya no existía otra cosa. Quiero decir que estaba el cerebro, el cerebelo, el tálamo y esas partes tan importantes, pero también se alojaba ese personaje del libro al que tenía que dar forma.

Pasaron los días, las semanas y estaba igual que al principio. Casi me empecé a preocupar por aquel «no ocurrírseme nada». Cuando sucede esto lo que hago es calzarme mis deportivas y echar a correr. Y eso hice. Un día, otro… hasta que se me encendió una. «Joven, lleva usted algo encendido dentro de la cabeza», me dijo un corredor mucho más fibroso y rápido que yo.

«Señor, señor», me ladró un perro señalando con su pata mi cabeza reluciente.

¡Por fin! Ya tenía el apelativo del personaje: Marcos Mostaza, Marcos Mostaza, Marcos Mostaza…Ese era el nombre que se me había ocurrido, ese y no otro. Y, como si alguien hubiese abierto las compuertas, las ideas comenzaron a agolparse dentro de mi cabeza. Tantas que tuve que alquilar otra testa. Y escribí, escribí. Casi como un loco. Escribí cinco historias que luego fueron libros. Libros bonitos, divertidos, amenos, con bastante éxito.

Ya han pasado más de diez años, tengo más canas y he tenido que cambiar unas cuantas veces de deportivas. Ha pasado todo este tiempo y ha pasado que mi teléfono ha vuelto a sonar. Esta vez fue el móvil. Al otro lado, una voz más joven que yo me hacía otra propuesta imposible de rehusar. Que qué me parecía agrupar los cinco libros de Marcos Mostaza en uno solo. «Un solo libro que fuesen cinco».

Un trabajo de un Nesquens Manostijeras que casi me vuelve loco, pero, bueno, aquí está. Que te guste.

Un abrazo y feliz lectura, amigo lector.

1

Estrellas del pop

A mí no me importa ser español, en absoluto. Pero preferiría ser del norte de América, de Estados Unidos. Del estado de Florida, de Orlando más concretamente. A menos de 30 kilómetros de Disney World. Cogeríamos el coche de papá, enfilaríamos la carretera estatal número 4 y en menos de 20 minutos… a disfrutar de todo el encanto del mundo Disney.

Me hubiese gustado decir que la tierra donde vivo la descubrió Cristóbal Colón, pero lamentablemente no es así.

Vivo en un continente que no sé quién lo descubrió. Parece ser que lleva toda la vida aquí. Si me remontase mil millones de años atrás, esta ciudad en la que vivo estaría llena de dinosaurios y vacía de coches, que contaminan con el humo que sale del tubo de escape. Pero como digo ni soy estadounidense, ni me gustan las hamburguesas, ni el kétchup, ni vivo en una casa rodeada por una cerca de listones de madera acabados en punta, ni puedo subir al desván, ni tenemos un garaje adosado a nuestra casa.

Mi nombre es Marcos, tengo casi once años y vivo en el valle del Ebro, en Zaragoza. Saragossa que dicen los extranjeros. Vivo con mis padres y mi hermana en un bloque de pisos y el garaje está debajo de la casa. Encima, como es costumbre, está el tejado y, en este preciso momento, una nube con la forma de Mickey. El cierzo sopla y la nube se va. Adiós, Mickey, adiós. Y recuerdos a Minnie, y a Pluto, y a Goofie...

Mi padre se llama papá y mi madre, mamá. O sea, Ricardo y Carmen. Suena como si fuesen unas estrellas del pop.

«Y ahora con todos ustedes, Richi and Carmen. Un aplauso para este magnífico dúo», diría un presentador micrófono en mano, corbata en cuello, peinado a raya.

Y es que cuando mamá canta, una alegre sonrisa adorna sus labios.

«Richi and Carmen, Carmen and Richi, me dejáis... por favor... sería posible...», dice mi hermana Marina cuando quiere salir con sus amigas o llegar más tarde de las diez.

«Se ha puesto maquillaje, se ha puesto maquillaje», digo yo por meter algo de cizaña.

«Tú te callas, que nadie te ha dado vela en este entierro».

«¿Qué entierro?, ¿qué velas?».

«Es una frase hecha, mocoso».

Y murmura algo que solo ella escucha.

Mocoso: que tiene muchos mocos. O también: dícese del niño o muchacho imprudente.

2

Un aterrizaje perfecto

Mi mejor amigo no vive aquí, tampoco en Estados Unidos, vive en Sevilla. Y aunque viva muy cerquita del Guadalquivir, en el barrio de Triana, no cecea. Se trata de mi primo Carlos. Es el hijo de mi tío Chema y de mi tía Covadonga. Mi tío Chema es geólogo. Ahora mismo está en una expedición científica. No sé de qué se trata, pero es muy importante. Está embarcado en el buque Hespérides, rumbo a la Antártida «para la realización de unas pruebas científicas fundamentales para el ser humano», como diría él mismo con esa voz que tiene de domador de tigres de Bengala.

A mi primo Carlos lo veo solo un par de veces al año.

A quien veo todos los días es a mi compañero de clase, a mi amigo Hanif. Él es tan español como yo, y su padre es tan ingles como el príncipe Carlos. Lo que ocurre es que sus abuelos eran de una ciudad del noroeste de Pakistán, de Gujrat. Su padre es escritor y guionista cinematográfico, es bastante famoso. Hace no sé cuántos años estuvo nominado para un Oscar por un guion que había escrito. Cuando Hanif me lo contó no me lo creía.

—Sí hombre… a nadie le dan un Oscar por escribir un guion —le dije. Y tracé con la puntera de una de mis zapatillas una raya sobre la gravilla.

—Pero qué burro eres. Un guion cinematográfico. Mi padre escribe lo que pasa en la película, lo que dicen los actores, cuándo se besan…

—Ah, ahora sí. ¿Pero se lo dieron o no?

—No, pero papa regresó muy contento de Los Ángeles —me dijo Hanif, sentado en el columpio, dándose todavía más impulso.

—Eh, cuidado Hanif que vas a salir volando —le alerté.

Pero mi amigo de origen pakistaní no me hizo caso y salió volando.

—Adióooos, Marcos. Adióoooos.

Me quedé sentado en mi columpio sin saber qué hacer. ¿Debía esperar a que bajase? ¿Debía llamar a la policía? ¿Debía ir a su casa y decirle a su padre que su hijo había salido volando rumbo a un planeta desconocido? Saqué el cuaderno que siempre llevo conmigo y escribí las tres opciones:

Y añadí una cuarta:

Salir en su búsqueda.

Dibujé un cohete y me puse a los mandos. Antes de despegar debía ponerle un nombre a mi cohete: Brócoli.

Ahora, la cuenta atrás: 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, 0.

Y salí volando en busca de mi amigo Hanif.

¡Cuidado!

Tuve que realizar una maniobra. Un avión lleno de turistas japoneses salió de una nube con forma de nube.

—Aquí Brócoli 301. Le habla el comandante Marc. Cambio.

—Aquí Lechuga 222. Le contesta el piloto Hanif. Cambio.

—¿Dónde se encuentra? Repito, ¿dónde se encuentra? Cambio.

—Estoy entrando en la órbita de Saturno. Veo los anillos. Cambio.

—Piloto Hanif su situación es muy peligrosa. Si roza algún anillo la nave, y está usted dentro, se desintegrarán o algo peor. Cambio.

—¡No puedo hacerme con los mandos de mi nave! ¡El navegador de abordo se ha vuelto loco! ¡Voy a morir! ¡Cambio!

—Todavía no. Lo tengo en mi pantalla. Repito: lo tengo en pantalla. Gire su volante todo lo que pueda. Cuando diga la palabra «Kurkof» salte de la nave.

—Peor eso que nada.

—No ha dicho cambio. Cambio.

—Cambio.

—«Kurkof».

Hanif se puso de pie sobre el neumático que servía de columpio, se agarró a las cadenas y saltó. Fue un aterrizaje perfecto.

Este juego de las naves interespaciales solo lo hacemos si no hay nadie a nuestro alrededor. Si alguien nos escuchase, pensaría que estamos locos. Y no lo estamos.

—La próxima vez te toca saltar a ti, ¿vale? —me dijo Hanif.

—De acuerdo. Pero salimos del sistema solar. Ya estoy cansado de los anillos de Saturno.

—Vale, nos adentraremos en Andrómeda.

—Afirmativo, cambio y corto.

3

Patines de cuatro ruedas

En el colegio, en clase, Hanif se sienta delante de mí. Detrás está Lorena; Lorena es la chica más enigmática de la clase y también es la que más lee. A Lorena le trae sin cuidado lo que piense de ella el resto de la gente. Cuando sale de clase, acude a la biblioteca municipal que hay en nuestro barrio. Es un edificio viejo que han rehabilitado. Antes aquel edificio era un hospital psiquiátrico. La sección infantil está en la planta calle. Si subes a la última planta (la sala de estudio), se ven unas vigas de madera que sirven de armazón para el tejado. Da la sensación de que estás en una de esas casas de turismo rural. Solo falta un jamón, un chorizo y unas longanizas colgadas de las vigas. En esta sala de estudio siempre hay estudiantes hincando los codos.

Lorena me toca con el lápiz en el hombro. Acerca su cabeza a mi oreja y me dice en voz baja, por ejemplo: «La perdiz duerme en el trébol». O: «la cebolla es escarcha cerrada y pobre». Me encojo de hombros y no sé qué decir. Al principio giraba la cabeza, ella se llevaba el dedo índice a la boca y me sonreía. Ahora ya me he acostumbrado a sus arrebatos misteriosos.

Cuando me suelta alguna frase de estas la apunto en el margen del libro que tenemos abierto. Mis libros están llenos de frases que Lorena saca de no sé dónde. «Alondra de mi casa, ríete mucho». «Y luego llegará abril con sus lluvias a trombón». Y más.

Esto es algo que nadie sabe, ni tan siquiera mi amigo Hanif.

Lorena es algo más alta que Raquel, tiene el pelo más largo y su piel es mucho más clara. Raquel es algo más bajita, su pelo, más negro, le cae sobre la frente, y su piel es mucho más oscura. ¡Ay…!

Lorena vive con su abuela y con una tía. Sus padres fallecieron en un accidente de tráfico. Ella se salvó por los pelos. Era muy pequeña. Tan pequeña que no recuerda nada, ni siquiera si iban o venían. Lorena asegura que su abuela es la persona más buena del mundo. Que su tía también es buena, pero no tanto. Para su cumpleaños nos invita a una fiesta que prepara en su casa. La casa tiene dos alturas.

Me cuenta Lorena que su barrio es de los pocos lugares en la ciudad donde las casas son de dos alturas. El barrio se llama Ciudad Jardín. Junto al macetero hay una especie de trastero en el que guarda la bicicleta y los patines de cuatro ruedas, que le costaron los ahorros de todo un año. Enfrente, una caseta en la que duerme Almohadón. Sí, Almohadón. Ya sé que no es nombre para un perro, pero no se lo he puesto yo. Y es que, por lo que parece, Lorena, después del accidente de sus padres, ya instalada en casa de su abuela, se quedaba dormida en el regazo del perro, con la cabecita apoyada en el animal.

Esto es verdad, su tía le hizo fotos. En el pasillo hay una foto enmarcada preciosa, en blanco y negro, de Lorena con apenas dos años con los ojos cerrados y Almohadón a su lado, con los ojos abiertos, mirando a la cámara.

4

Un montaje de la NASA

Mi abuelo Daniel es de lo que no hay. Mi abuelo Daniel es el padre de mi padre y está jubilado. No tiene nada que hacer. Bueno, mejor dicho lo tiene todo por hacer. No para. Ahora está empeñado en demostrar que el hombre no ha pisado la Luna.

Corría el año 1969, cuando la nave Apolo XI alunizó. De los tres astronautas, solo dos bajaron de la nave: Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Este fue quien dijo aquello de… «Un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad». Entre los dos clavaron sobre la superficie lunar una bandera de los Estados Unidos que todavía tiene que seguir allí si es que no han construido apartamentos «a pie de Luna». Si el alunizaje se produjo el 20 de julio, cuatro días más tarde, el Apolo XI regresaba a la Tierra. Fue un éxito total. La nave se posaba en el océano Pacífico donde los esperaba un portaaviones de las fuerzas armadas. El acontecimiento fue retransmitido en directo por televisión para todo el mundo, en blanco y negro.

Pues bien, mi abuelo Daniel está empeñado en demostrar que todo aquello fue un montaje de la NASA, del Gobierno estadounidense. Pero no solo él, al parecer existe más gente que opina como mi abuelo. Pero él ha ido más lejos que todos los demás.

Hace algunos días, estaba merendando cuando sonó el teléfono. Dejé el bocadillo sobre la mesa y lo cogí:

—¿Diga?

—Hola, Marcos Mostaza. ¿Está tu padre?

—Abuelo sabes de sobra que papá no llega hasta las siete.

—¿Y tu madre?

—Sí, mi madre sí que está.

—Dile que se ponga.

—¿Sucede algo, abuelo?

—¿Que si sucede algo? Claro que sí. Me van a hacer una entrevista en la radio.

—¿A ti?

—Pues claro que a mí. A Daniel Mostaza. Investigador privado.

—¿Investigador privado?

—Anda no preguntes tanto y avisa a tu madre.

Me callé y le ofrecí el auricular a mi madre, que me preguntó con un gesto.

—Es el abuelo —le dije, tapando con la palma de la mano el extremo del teléfono por el que se habla.

Mi madre hizo un gesto de resignación.

—¿Sí?

—Carmen, que pongas la radio que me van a hacer una entrevista.

—¿La radio? ¿Una entrevista?

—Sí, ahora a las 18 horas y 25 minutos. Los de Radio Nacional de España. Me ha llamado una señorita muy amable y me ha dicho que les ha llegado mi documentación con mis investigaciones.

—¿Y?

—Pues eso, mujer, que quieren que se entere toda España. Oye que cuelgo. Ah, dile a Marcos que le mande un mensaje a su tía Covadonga para que estén a la escucha.

Mi abuelo colgó el teléfono y mi madre se encogió de hombros.

—Que le mandes un mensaje a la tía Covadonga diciéndole que sintonice (sí, empleó ese verbo) Radio Nacional de España, que van a entrevistar al abuelo.

—¿Pero qué va a decir?

—Imagino que será por lo de la Luna. Esa obsesión que le ha entrado por demostrar que el hombre no pisó la Luna. Qué sé yo.

5

Matrícula extranjera

En el sintonizador sonaba una ráfaga musical, las notas musicales dieron paso a una voz femenina:

—Son las 18 horas y 25 minutos de la tarde. Sintonizan «El tranvía», de Radio Nacional de España. Todos ustedes recuerdan aquella célebre frase del comandante Armstrong, el 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó la Luna: «It’s a small step for man, but a great step for humanity» —dijo una voz grabada, con una calidad de sonido algo deficiente. La locutora continuó su presentación:

—Pues bien, un jubilado de Zaragoza cuestiona y argumenta que todo fue una mentira del Gobierno estadounidense. ¿Don Daniel Mostacho?

—Mostaza, señorita. Mos-ta-za.

—Perdón, señor Mostaza, usted está investigando, indagando sobre este asunto que ocurrió hace casi medio siglo.

—Así es, como usted dice.

—¿Y qué nos podría avanzar de su investigación?

—Pruebas irrefutables.

—¿Qué pruebas son esas? Si se puede saber.