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David comienza a escribir su biografía y cuenta cosas sobre su familia, sus amigos, su colegio... Habla de Roberto, su mejor amigo, bastante callado, pero que conoce datos curiosísimos y que tiene un loro burlón como mascota llamado Plinio el Viejo; de Fernando Sanmartín, que pretendía regalar a un compañero de clase un dragón de komodo como mascota; de Chandani, la niña de origen pakistaní y campeona de esgrima; de Guillermoprieto, que vio al fantasma de su abuelo... Un montón de historias divertidas, y alguna un poco triste.
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Seitenzahl: 52
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Escribieron y dibujaron...
Créditos
Me llamo David. Soy hijo único. Tengo un apellido impronunciable y una mascota de sangre caliente: un hámster sirio o dorado, que viene a ser lo mismo. El apellido «que nadie dice bien a la primera» me lo dio papá; el hámster, mi tío Alberto, con una jaula que tiene de todo, incluso una rueda metálica que gira y gira.
Aunque parezca mentira, no pretendo escribir mis memorias. Todavía no he cumplido los once años. Así que poco puedo contar. Si hubiese alguna ley o algo que me obligase a escribirlas, supongo que no podría alargarme más de unas pocas páginas. Lo que ocurre es que mi padre me ha visto aburrido y me ha dicho que pruebe a escribir algo.
—Algo. A, ele, ge, o. Ya está escrito —le he dicho, haciéndome el gracioso. Pero sé que le ha hecho poca gracia.
Mi padre apenas ve la televisión y, como no le gusta el fútbol ni los deportes, se pasa buena parte de las tardes y los fines de semana leyendo. Sobre la mesilla de noche siempre tiene cuatro o cinco libros. Y una lámpara. También tiene dos radiodespertadores. Uno suena a las siete de la mañana, y el otro suena a las siete y cinco. Por si se queda dormido. Igual debería tener otro que sonase a las siete y diez. Pero tanta cosa encima de la mesilla no cabe. Uno de los libros que está leyendo ahora tiene más de quinientas páginas, es una autobiografía.
Autobiografía: Narración de una vida o parte de ella escrita por el propio sujeto de la misma.
El marcador de lectura está en la página 111, capicúa. Lo sé porque lo acabo de mirar ahora mismo para escribirlo con exactitud. «Luego se fue caminando pesadamente en dirección a su coche», leo en un párrafo del libro, a mitad de página. No sé cómo se puede andar pesadamente, pero bueno…
Se trata de la biografía de un importante político británico que vivió más de cien años. Echando cuentas, salen a cinco páginas por año. A cinco páginas por año, a mí me saldría un libro de cincuenta páginas. O sea, nada.
Como me ha recomendado mi padre, voy a intentar escribir algo; algo que me sea cercano. Asuntos míos, de mi clase tan… tan particular, de sexto B. Y no lo digo por que cada dos por tres se estropeen los radiadores. O por que casi todas las ventanas cierran mal y se escapa el gato. O por que haya varias baldosas levantadas. O por la gotera que aparece sobre nuestras cabezas aunque no haya llovido en semanas. O por que alguien, en el siglo pasado, atornilló un globo terráqueo de plástico sobre la mesa de nuestro profesor y resulta imposible desatornillarla sin romper una buena parte del tablero de la mesa… Lo de particular lo digo por mis compañeros. Parecen que están sacados del reparto de una película de esas de Hollywood.
Podría empezar hablando de Fernando Sanmartín, que un día se presentó en clase con un sombrero mejicano, de esos tan grandes. Tan enorme que parecía un platillo volante. O por Jenaro con jota, que acudió con una videocámara de alta definición que pidió prestada a su padre y la metió en el interior del cajón con la intención de grabar lo que ocurría dentro del cajón. O por Estefanía, que tiene nombre de princesa, pero que cuando no acude al cole con un siete en el pantalón, viene con un ocho en la camisa, o un nueve en el examen, porque eso sí, ella es una estudiante excepcional. O por Ernesto Atilae que plantó en un envase de yogur una piruleta para que creciese. O por Javi Carvajal, que metió una regadera dentro de su mochila con la idea de regar cada uno de los árboles que hay en el patio. O por Bernardo, que una buena mañana de lunes se encadenó a su silla reclamando el cierre de una central nuclear alemana.
—¡Y a ti qué más te da lo que ocurra en Alemania! —le dijo el jefe de estudios, más serio que un higo.
—Y si se juega allí un mundial de fútbol, ¿qué? —le contestó Bernardo, sin dar su brazo a torcer.
O por… Mejor comienzo por mi mejor amigo, por Roberto.
Roberto es mi mejor amigo. Cuando digo mi mejor amigo, quiero decir que me gustaría que fuese mi hermano, por lo menos los fines de semana.
Es un palmo más alto que yo. Toda su familia es del norte del país y eso se nota. Él también es del norte, pero trasladaron a su padre a trabajar aquí y ya se mudaron todos. A su padre todavía se le nota el acento cuando habla, a su madre no. Hay fines de semana que se marchan a ver a sus abuelos. El curso pasado me invitaron a ir con ellos, pero, lo que son las cosas, me puse con fiebre y ya no pude ir.
Si me preguntaseis qué es lo que más me gusta de Roberto, os contestaría que es muy buena persona. Siempre está cuando lo necesito, y son muchas las veces que me obsequia con algún chicle de melón o con alguna nube. Otra cosa que me agrada de él es que sepa cosas que otros no saben. Por ejemplo, Roberto sabe que las víboras no parpadean, o que los ungulados son los mamíferos terrestres más altos y pesados.
—Las jirafas macho pueden alcanzar más de cinco metros de altura —me dijo un día muy serio.
—¿Y se suben a una escalera? —le pregunté.
Roberto no me contestó. Mi amigo es de pocas palabras. Es como si tuviera un cupo. Como si no pudiese emplear más de trescientas palabras al día. Ni una más. A sus padres no les agrada que sea así de reservado, pero cada uno es como es. Yo creo que es de personas inteligentes hablar lo justo.
Esta conversación es de hace un par de semanas, habíamos salido de clase y teníamos todo el fin de semana por delante.
—¡Por fin es viernes! —le dije eufórico.
—Sí.
